Robert Whitehead, Arthur Miller y Elia Kazan en el Hotel Chelsea. The Inge Morath Foundation / Magnum Photos

Traducción de Miguel Martínez-Lage
D
ecidí mudarme al Chelsea en 1960, sobre todo por la privacidad que me habían garantizado. Me parecía un sitio maravillosamente fuera de cualquier recorrido habitual, poco menos que un cuchitril en el que seguramente a nadie se le iba a ocurrir buscarme. Fue poco después de que Marilyn y yo nos separásemos, y parte de la prensa aún se empeñaba en seguir mis pasos a veces, en busca de los trapos sucios, aunque ya con cierta desgana. Una amiga con la que más adelante me iba a casar había hecho las fotos para un libro sobre Venecia que escribió Mary McCarthy, y fue Mary quien le recomendó el Chelsea por ser un hotel barato, pero muy decente. (Claro está que Mary detestaba mis obras, pero eso no tiene importancia aquí ni la tuvo allí.) Mi amiga, Inge Morath, quien por lo normal residía en París, se había alojado en el Chelsea durante sus breves periodos de trabajo en Norteamérica, y le parecía un sitio desaseado, aunque también informal. «Allí no te molestará nadie», me aseguró.

El propietario, Mr. Bard, me hizo pasar a un apartamento recién redecorado en la sexta planta, con vistas al aparcamiento (posteriormente solar de un bloque de viviendas) de detrás del hotel. El aparcamiento tiene su importancia.
No supe muy bien qué opinión formarme de Mr. Bard. Judío húngaro, de ojos azules, bajo, de cara despejada, redonda, deleitada, desbordante de energía, señaló con un amplio gesto la habitación entera.
–Todo está en perfecto orden de revista –dijo–. Todo el mobiliario es nuevecito, los colchones y las cortinas están sin estrenar… Mire, fíjese en el cuarto de baño.
Según caminamos hacia el cuarto de baño me llamó la atención un trozo desgastado en el medio de la moqueta, y percibí lo que me pareció polvo de carbón, que crujía bajo las suelas de mis zapatos.
–La moqueta… –iba a decir, pero Mr. Bard me cortó en seco.
–Mañana traerán una moqueta nueva –dijo con un dedo en alto, y se le notó que hasta ese preciso instante nunca había pensado en la idea de cambiar la moqueta. Abrió los dos grifos del lavabo y señaló con orgullo el agua que salía–. Los grifos son nuevos, igual que en la ducha. Pero tenga cuidado en la ducha, porque donde pone fría sale caliente y donde pone caliente sale fría. Cosas de Mr. Katz.
–¿Qué sucede con Mr. Katz?
–Es el encargado de la fontanería y demás. A veces… –de nuevo optó por callar–. Bueno, ¿qué me dice? –No me dio tiempo a decir nada–. Le garantizo que nadie se llegará a enterar de que vive usted aquí. Todos los días viene una camarera a hacer la habitación. A veces, cuando me encuentro algo bajo de ánimo, y quizás quiera usted sumarse, voy a pescar al Pantano de Croton.
Casi se percibía a qué hacía referencia Mr. Bard, pero no del todo. Empezó a recordarme a una mujer a la que había conocido en Coney Island, que acostumbraba a salir furtivamente de noche para robar radiadores de los solares en construcción, pues su marido y ella iban a construir ilegalmente una planta más encima de su vivienda. Ante las objeciones de su hijo respondía: «Pero es que tienen muchísimos». Y por su manera de decirlo, parecía de lo más razonable. Mr. Bard tenía un talento similar para anular toda probabilidad adversa, una fluidez emocional que daba a sus pensamientos el vuelo de un gorrión, pasando en sucesivos tirabuzones de un asunto a otro; tenía una visión de la vida llena de entusiasmo, progresista. En una sola palabra, era la anarquía.
–Todo el mobiliario es nuevecito.
–Eso ya me lo ha dicho –dije. De hecho, era un mobiliario tosco, procedente del sur de la frontera, de Guatemala quizás, o de fuera de Queens, y toqué con cautela un escritorio, aunque comprobé agradecido que el barniz estaba seco.
Al cabo de una semana, las columnas de cotilleos, como a medias suponía que había de suceder, dieron cuenta de mi paradero, y los amigos de Europa vieron la misma gran noticia en algunos periódicos británicos y del continente.
–Qué desastre –dijo Mr. Bard cuando se lo eché en cara–. Hicimos todo lo posible por no decirlo. Todo el mundo lo hizo.
–¿Todo el mundo hizo el qué?
–A todo el mundo le dijimos que no dijera nada.
–Incluidos los periódicos.
–Incluidos los periódicos ¿qué?
–Que les dijeron que no dijeran nada.
Le pareció gracioso y se rió con ganas. Yo también me reí. Empezaba a cogerle el tranquillo a las cosas. Había oído un rumor según el cual Mr. Bard ganó el hotel en una partida de cartas con apuestas descabelladas que se jugó en el Hotel New Yorker, que en el transcurso de aquella partida también cambió de manos varias veces.
A pesar de escaldarme en la ducha unas cuantas veces, el hotel empezó a gustarme, o al menos empezaron a caerme bien algunos huéspedes o habitantes, como se hacían llamar algunos. Uno podía colocarse con sólo montar en el ascensor, debido a los residuos de humo de marihuana. «¿Qué humo?», preguntaba Mr. Bard con manifiesta indignación. Allen Ginsberg pregonaba su nueva revista, Fuck You, en el vestíbulo del hotel. Warhol filmaba una película en una de las suites, y una joven con los ojos tan enloquecidos que uno los recordaba como si los tuviera uno encima del otro aparecía en el vestíbulo y comenzaba a distribuir hojas mimeografiadas y repletas de insultos contra el género masculino, al cual acusaba de haberle destrozado la vida y de haber destruido todo lo bueno de este mundo, e incluso amenazaba, con la resma de hojas bajo el brazo, con pegarle un tiro a un hombre el día menos pensado. Tuve una seria conversación, o a mí al menos me lo pareció, con Mr. Bard y con su hijo, Stanley, que poco a poco iba a hacerse cargo del negocio familiar, pero se tomaron a chacota la posibilidad de que aquella chica pudiera hacer ninguna barbaridad. Tal como pude comprender, aunque poco a poco, no les interesaban las malas noticias, fueran las que fueran. La mujer, cómo no, a los dos días le pegó un tiro a Warhol cuando éste entraba en el vestíbulo desde la Calle 23. Y le apuntó a la entrepierna. Pero este incidente sólo fue una perturbación momentánea del tenor sosegado con que transcurría el día en el Chelsea, como era natural con todo lo que estaba pasando.
En cualquier caso, sin duda que era más hogareño que vivir en un hotel de verdad. A comienzos de los sesenta, los camioneros aún tomaban habitaciones sin baño en la segunda planta, y aparcaban sus inmensos cacharros durante la noche, y el Automat aún estaba en la esquina de la Séptima. Allí a menudo desayunaba con Arthur C. Clarke, quien con su adusto talante de pastor de la Iglesia Unitaria se esforzaba por explicarme por qué todas las nuevas poblaciones pronto vivirían en el espacio. Fingía un notable interés por este absurdo asunto, y me preguntaba para qué desearían vivir en el espacio. «¿Qué sentido tuvo que Colón se empeñara en cruzar el océano?», me respondió. Razón no le faltaba, aunque tampoco la tenía toda de su parte en realidad. Entretanto, en las mesas que nos rodeaban se instalaban numerosos transeúntes callejeros que se abrazaban literalmente a sus tazas de café para posponer en la medida de lo posible el momento de la expulsión a la lluvia, al viento, y que en definitiva serían los causantes de que el Automat desapareciera de la zona gracias a su nada apetecible manía de meterse el dedo en la nariz o en las orejas, a sus peleas improvisadas, a sus copiosos accesos de tos y a sus siestas de puro agotamiento encima de la mesa, de las que el encargado a veces no era capaz de despertarlos. Por entonces mucho dudo que ni Clarke ni yo percibiéramos el extraño contraste que había entre aquellas nubladas conversaciones sobre el espacio exterior y la mugrienta realidad del Automat. Al contrario que el espacio, era una realidad que pronto desaparecería de la vista del público, escondida en los refugios de los sintecho.
Sólo con sostener una breve conversación con un macilento y altísimo pastor de adscripción a iglesia desconocida que con su perpetua gabardina hasta los tobillos, empapada, parecía aparecer a la luz del día sólo después de que llevara varios días lloviendo o nevando, se sabía con toda certeza lo mucho que se había recrudecido el tiempo. Era un hombre de reacciones exageradas, propias de quien vive solo con ratones y una bombilla colgando del techo; se lanzaba casi en plancha cuando alguien le ofrecía la mano para estrechársela, a la vez que ejecutaba una reverencia de obediencia absoluta. Siempre llevaba la misma corbata negra y despanzurrada, con las costuras y el forro sueltos, y un traje negro y hostigado, el dobladillo de cuyas perneras aleteaba muy por encima de unos zapatos bulbosos; se ponía de puntillas con cada larga zancada que daba, un hombre de unos cincuenta años, con una expresión agriada que explotaba literalmente de instantánea gratitud ante todo el que le dirigiera la palabra. Llevaba un bolsón de médico, de cuero, no con el termómetro y el estetoscopio de turno, sino con el misal y una estola de satén, en sus buenos tiempos blanca, ahora amarillecida, que se echaba sobre los hombros en los funerales que se había especializado en oficiar, privado como estaba de toda fuente de ingresos por parte de una iglesia. Cuanto más empeoraba el tiempo, más frecuentes eran los funerales, y al cabo de una o dos semanas de lluvias heladoras uno terminaba por contar con ver una expresión animada en su rostro, propia de un hombre de negocios en la cresta de la ola.
–¿Qué, cómo va todo? –le preguntaba cuando subíamos en el ascensor ruidoso.
–Bien, bien, muy bien –entonaba a modo de salmodia.
–Está jodido el tiempo.
–Sí, sí, ya lo creo –respondía, disimulando apenas su contento, mientras la lluvia le goteaba del sombrero negro sobre el bolsón de cuero en el que llevaba el bulto de sus celebraciones.
No tardaron en aparecer bastantes europeos, esperando sabe Dios qué aventuras en aquel hotel de artistas célebres sobre el que habían leído algunos chascarrillos, y no eran pocos los que huían con la misma rapidez presa del pánico, aunque sin prescindir de la debida cortesía. Uno de ellos, un empresario alemán, me dijo lo siguiente: «Esto es igual que un determinado tipo de hoteles que hay en París», y añadió que «de hecho, es casi demasiado parecido». En cambio, para muchos otros daba la talla de sus expectativas: era apasionante saber que Virgil Thompson escribía sus despiadadas críticas musicales en la última planta, y que los lienzos expuestos en el vestíbulo eran de Larry Rivers, sin duda entregados en pago por el uso y disfrute de la habitación, o que la muchacha de mejillas hundidas que vieron en el ascensor era Viva, y que el hombre de ojos huecos que la acompañaba era Warhol mismo, y que el aroma que se percibía era el de la marihuana.
Pero para mí era mucho más importante que las suelas mis zapatos siguieran triturando el polvillo de la moqueta. Rose, la camarera, acudía a diario, tal como se me había prometido, y señalaba unas cosas y otras. Tenía una escoba especial para moquetas, pero se paseaba por el apartamento arrastrándola tras ella a la vez que fumaba. Éstas son cosas que nunca tienen la menor importancia, hasta que, como caída del cielo, a uno se le mete en la cabeza una rabieta que no viene a cuento y uno se descubre dando alaridos por teléfono: ―Por Dios bendito, Stanley, ¿es que no tienes una aspiradora en todo el hotel?
–Pues claro. Tenemos aspiradoras a porrillo.
–Entonces, ¿cómo es que no se usan nunca?
–¿Cómo que no se usan?
–¡Stanley, no me…! ¡Sabes perfectamente que no se usan!
–No me diga eso, porque no me lo creo. ¿Por qué no se usan?
–¿Y eres tú quien me pregunta que por qué no se usan?
–Hombre, usted has sacado el asunto a relucir.
–Mira, tú di que suban aquí una aspiradora y nos olvidamos de la conversación.
–Perfecto. Por lo demás, ¿cómo está usted?
–Si quieres que te diga la verdad, no hay nada por lo demás. Sólo soy un hombre que espera desesperadamente que llegue una aspiradora. –Y se reía, agradecido de contar con otro huésped feliz en su establecimiento.
Una mañana tuvo lugar en el hotel la malhadada, asombrosa entrega de un nuevo rollo de moqueta. Se quedó provisionalmente en el vestíbulo, donde los habitantes se paraban a mirarlo por ser el primer objeto nuevo que muchos de ellos habían visto introducir en el Chelsea. Por ser su tamaño y su peso capitales para la comprensión de los acontecimientos que se iban a producir, vale la pena describirlo: tendría un metro y medio de alto y algo más de medio, casi uno de diámetro, con un peso que seguramente rondaría los doscientos cincuenta kilos, puede que algo más. Estaba destinado al pasillo de la segunda planta, y al cabo de unas cuantas horas allí fue depositado, a la espera de que apareciesen los instaladores, cuya llegada estaba prevista para el día siguiente. Su aparición hizo pensar al respetable en una nueva actitud, una actitud reformista por parte de la dirección, lo cual entrañaría perturbadoras consecuencias para más de uno; de entrada, suponía que el edificio iba a experimentar una serie de reformas, lo cual daría paso a una subida de los precios y daría con algunos huéspedes impecunes en la calle.
Sin embargo, el nuevo rollo de moqueta fue especial fuente de inspiración para Mendel Rubin, el «ingeniero» del edificio, un ex marine judío, voluminoso, benévolo, que llegó a concebir la osada esperanza de que parte del equipamiento del sótano, de cuyo cuidado se encargaba él, también fuera renovado. Entre una tanda y otra de trabajo con las calderas, Mendel de vez en cuando asomaba a la superficie para echar una mano y colgar unos cuadros en el vestíbulo o pegar la hebra para pasar el rato con alguno de los huéspedes, con quienes conversaba sobre asuntos artísticos. Al enterarse de las astronómicas cantidades que ganaba Rivers con la venta de sus lienzos. Mendel no vio que hubiese razón alguna que le impidiera ponerse a garabatear dibujos propios sobre los cuadrados de linóleo que imitaban baldosas, sobrantes que encontró en el sótano, rociándolos con pintura naranja, verde y negra que había encontrado en unas cuantas latas también olvidadas. Esas falsas baldosas las exponía aquí y allá, en el vestíbulo, y una señora que estuvo alojada unos días, creo que de Islandia, o puede que de Nueva Zelanda, le compró varias y se las pagó en metálico. Ya nunca volvería a ser el mismo. Comenzó a dedicar todo su tiempo a pintar baldosas de imitación, e incluso se las apañó para organizar una exposición en una galería del centro. Nunca llegué a saber cómo ni por qué desapareció del hotel, pero antes me confesó que sentía un profundo, pertinaz odio hacia el detective del establecimiento, de quien estaba seguro que era un embaucador, cosa que a la postre –como relataré en breve– tuvo una estrecha relación con el nuevo rollo de moqueta.
En los años sesenta, el Chelsea parecía una combinación de dos ambientes: un caos aterrador y optimista que ya predecía el futuro hippie y, al mismo tiempo, el humor de una familia descomunal, chapada a la antigua, acogedora. Ése era al menos el mito que uno mentalmente acunaba como quien acuna a un bebé en brazos, aunque, como cualquier otro mito, no habría resistido una inspección a fondo. La idea de la familia tenía sus limitaciones. A menos que uno se hubiese drogado hasta las orejas, o que pasara el día embadurnando un lienzo de pintura, o poniendo palabras en un papel, o dale que te pego con el cincel a la piedra, o cantando arias al piano, costaba bastante trabajo contar con la atención de Stanley. De hecho, no recuerdo a un solo huésped que fuera hombre de negocios o empresario, aunque algunos sin duda frecuentaban las habituales partidas de cartas que se prolongaban durante toda la noche, como aquel que provocó un follón considerable cuando dos atracadores se apostaron ante la habitación en que se jugaba y desplumaron a los felices ganadores a medida que salían al pasillo. Pero tales contratiempos no eran corrientes, y la dirección incluso negaba que se produjeran, por más que aportaran salero al hotel, o cierto alivio frente a las represiones y coacciones de la vida real. No era tanto que Stanley cultivase el trato con la gente más rara, con haraganes y descerebrados pasados de rosca, con algunos tipos de inclinaciones artísticas tan extraordinarios como mórbidamente fútiles, sino, más bien, que lisa y llanamente parecía pensar que esos soñadores eran de lo más corriente y moliente; era por tanto natural pensar que eran las personas normales las que lo inquietaban. Fuera como fuese, era norma general que cuando sucedía algo estrambótico, nadie ―desde luego, ni Stanley, ni el tipo del mostrador de recepción, ni la operadora telefónica, ni Mendel― parecía saber ni de lejos qué era lo que había ocurrido en realidad, de modo que una especie de niebla y humo de tubos de escape envolvían las preguntas por todo el edificio.
Lo que sí sucedió sin lugar a dudas fue Kleisinger, que se había mudado al Chelsea tras una vida matrimonial de lo más normal en un suburbio, y que conseguía que le visitaran bastantes chicas por medio de una exposición de peces que tenía en su habitación: en enormes tanques de cristal que casi llegaban hasta el techo flotaban no pocos peces sudamericanos de lo más extravagante, armados de escamas perladas, con antenas como alambres. En unas jaulas de bastante amplitud tenía serpientes que parecían adormiladas a todas horas, víboras anidadas, rarísimas tortugas del Amazonas de morro alargado, que miraban inmóviles a quien las mirase, o lagartos moteados de la Patagonia, y un mono de pequeño tamaño que sumaba su olor al del resto de los animales. De vez en cuando se le escapaba una serpiente, y todo el hotel se ponía de rodillas a la vez, buscándola cada cual debajo de su cama. En las habitaciones contiguas a la mía, una pareja de ciegos que no sabía cómo llamar a las serpientes hicieron que Mendel Rubin peinase al milímetro todo el apartamento. Éste las iba llamando con un insistente «psst, psst, psst», como si buscara a un gato extraviado.
El mayor placer de Kleisinger consistía en dar un buen sobrsalto a sus invitados, en particular a las señoras, abriéndoles la puerta de su apartamento con un grueso reptil parecido a una cobra encima de los hombros. Componía música sobre todo para documentales, aunque en sus comienzos había escrito conciertos para piano y en el pasado más borroso, tengo entendido, oratorios para el Frente Popular. Kleisinger tenía una sonrisa de total felicidad, un talante desenvuelto, gallardo, y una persistente tos de fumador. Había dejado su acomodada vida en los suburbios para vivir al filo de lo imposible. La última vez que lo vi, poco antes de que muriese, iba corriendo como un poseso por la Calle 23, con pantalón corto y calzado deportivo, en pos de la salud y la juventud, dejando a su paso una densa estela de humo emanado de un puro largo y grueso, a la vez que saludaba muy afable a los conocidos del barrio.
El Chelsea, al margen de todo lo que pudiera ser, era una casa de infinita tolerancia. Era propio del genio de los Bard, pensaba yo, haber alcanzado un caos operativo que al mismo tiempo podía funcionar como hogar para personas que no estaban precisamente locas. Allí escribí la mayor parte de Tras la caída; en la fregadera de la cocina dimos a nuestra hija sus primeros baños. Virgil Thomson ofrecía martinis letales a sus invitados de ocasión; en su habitación, Arthur Clarke se empeñaba con terquedad en trazar el mapa del próximo milenio. Trágicamente, también había inquilinos que andaban por los pasillos o los ascensores a mediodía, en pijama, con la soga al cuello, uno de los cuales, al decir de sus colegas de profesión, había sido el mejor diseñador de moda femenina que existió en Norteamérica, Charles James.
Saltaba a la vista que estaba profundamente contrariado, demenciado, y llevaba el desvalimiento y la desesperación escritos en los ojos. Era un hombre de cara ancha, de sesenta y tantos años, todavía bastante fuerte, a mi juicio, e inteligente, aunque a veces tan olvidadizo como para salir a la calle en pijama. Acababan de asesinar a Kennedy cuando nos topamos el uno con el otro en un pasillo; se me sujetó con fuerza de la mano y me dijo «¿Es éste el principio del fin?», y me miró con intensidad a los ojos, como si no le hubieran dado a él las balas por muy poco.
El lugar, de hecho, me recordaba a Nevada a comienzos de los sesenta, y todavía me sucede. Se respiraba el mismo tipo de inadaptación social en muchas de las personas que o bien se habían salido de las roderas habituales o bien nunca habían discurrido por esos caminos trillados por los que fluye casi todo el tráfico humano. El pobre Brendan Behan estuvo allí alojado un par de meses en la fase de su vida en que parecía alegremente divertido por la proximidad de la muerte, aspecto en el que nada se diferenciaba de Charles Jackson y de su tristeza depresiva, antes de poner fin a su vida en su habitación (en 1968, veinticuatro años después de haber publicado Días sin huella), o de la gallardía con que Dylan Thomas se echó a nadar hacia una catarata privada de alcohol que por fin le caería encima de lleno y lo haría pedazos contra las rocas del fondo. Claro que donde hay artistas hay suicidas. Siempre me había parecido raro qué glamurosa consideraban Nueva York tantísimos escritores. Para mí, nacido a fin de cuentas en la esquina de la Calle 112 con la Tercera Avenida, la ciudad era sin lugar a dudas el lugar más interesante del mundo, aunque no era ni mucho menos un campo cuajado de diamantes que brillasen bajo la luz de la luna, repleta como estaba más de personas que de posibilidades infinitas. Behan parecía un iluminado cuando dedicaba muchísimo tiempo a holgazanear en los clubes nocturnos, con traje y corbata impecables, descorchando historias típicas de Irlanda y contando chistes demoledores que al día siguiente aparecerían impresos en la columna de chascarrillos de Leonard Lyon, por más que siguiera bailando a toda la velocidad que le daban las piernas camino de su propia muerte. Me lo encontré una tarde en la acera, a la entrada del Chelsea, bajo un sol magnífico, charlando encantado de la vida con una mujer mientras sin percatarse, y sin dejar de hablar, le caía por la comisura de los labios un reguero de vómito sobre la corbata. Una mañana, de manera sorprendente vino a mi apartamento para invitarme a desayunar en la habitación de Pearl Primus, la coreógrafa. Me lo encontré sobrio, con montones de comida delante de él. Ella, verdadera madre telúrica y negra, obviamente trataba de alimentar a ese hombre, de restablecer sus fuerzas, aun cuando apenas lo conocía de nada, si bien había admirado sus obras teatrales, a la vez que le colocaba la servilleta al cuello en el momento en que él hacía un gesto burlón, imitando a un gran señor feudal, y señalando toda la habitación decía: «Mi segundo hogar». También Dylan había terminado allí, desvalido, en manos de una mujer que lo adoraba. En aquella época, Behan (uno tiene la tentación de añadir «Dios lo acoja en su seno») parecía hacer gala de una personalidad como una colcha de retazos de variados colores, o eso me parecía, como en el fondo era de esperar debido a la desesperación y la irresponsabilidad con que trataba de aferrarse a una fama pasajera que le imponía la imagen del irlandés despreocupado, desenvuelto, descarado y noctámbulo, sin tener en cuenta sus graves problemas estomacales. Mantenía el equilibrio como un chico abusón en la escuela, con los pies bien separados, y largaba por los codos a toda velocidad, como un obrero, aunque en realidad era hijo de una familia irlandesa de clase media. Aquella mañana, cuando me senté a desayunar con él, sin venir a cuento para nada se volvió hacia mí y me soltó de sopetón: «Tú eres un dramaturgo de verdad, y yo no. Yo nada más que he garabateado diálogos un par de veces…». Y se le fue la voz, aunque contuvo el ataque de angustia y lo desvió diciendo: «En fin, que da lo mismo. Todos nacemos y morimos en un día, ¿no?». Cuando le dije que me habían emocionado El chico de Borstal y El rehén, obras suyas, se le animó la expresión, pero pese a todo hizo un gesto de desdén. Con la sobriedad de la mañana parecía haber dejado de esconder algo arrugado, aplastado en las entrañas, a la vez que no contaba chistes y el silencio prevalecía en él; parecía aún más terrible que todo el mundo le animase a beber y a cumplir con su imagen de irlandés encantador, con esas chácharas inagotables, con ese acento irlandés cerrado que a los norteamericanos les fascina.
Fuera a donde fuera por las noches, siempre se oían sonoras carcajadas irlandesas. En cambio, aquella mañana, a la luz que se vertía sobre él por las altas ventanas que miraban a la Calle 23, su tez clara aparecía llena de manchas y el temblor era muy notable en sus manos, sumamente pequeñas y delicadas. Aún tenía el pelo húmedo, y no tanto peinado como aplastado; supongo que se lo había adecentado de cualquier manera debido a mi visita. Si su estado era digno de conmiseración, yo no podía dejar de acordarme de que su amigo y guardaespaldas irlandés, que estaba a su lado de la mañana a la noche, se había cabreado con él por enzarzarse en peleas de bar que, según el guardaespaldas, le tocaba a él terminar. El hombre seguramente estaba celoso por lo que a su juicio debía ser la inmerecida fama literaria de que gozaba Behan, pues resulta que también él había escrito un libro que trataba de publicar como fuera; en cualquier caso, una noche en el bar de la planta baja se había ido de la lengua y había confesado que Behan tenía un hijo pequeño en Jersey, y que aún se acostaba con la madre a pesar de que sospechaba que había contraído la sífilis. ¿Sería ésa la razón, tuve que preguntarme por fuerza, de que estuviera matándose de una manera tan patente a base de beber? ¿O acaso era todo una pesadilla galopante que ya no era capaz de descifrar, surgida de la dolorosa ironía que revestía su gran fama en Nueva York, que iba en aumento precisamente cuando él ya era sabedor de que no podría afrontar ni la escritura de una nueva obra teatral ni cualquier otra cosa?
Cuando dejé aquella mañana a Behan, me pareció cuando menos curioso que fuera allí mismo, en el Chelsea, donde diez años antes me invadió una gran conmiseración por otro celta alcohólico y empeñado en autodestruirse, Dylan Thomas. Brendan sólo aspiraba ya a proseguir su representación un poco más; pese a estar encharcado, se había parado en seco. Dylan había sido un caso muy distinto, acosado todavía, a mi parecer, por la culpa que le producía su propio éxito teniendo en cuenta que su padre, al que tanto amó, había fracasado y no había obtenido el menor reconocimiento. Cuando Dylan se plantaba todavía joven, grueso, con las mejillas como cerezas, ante un público que lo adoraba, en el salón de actos de la escuela de Irving Place, sujetándose con una mano al atril para mantener el equilibrio, y entonaba sus versos con una voz más cantarina que melodiosa, como un instrumento musical, transportándonos con una certeza ultraterrena a sus campos, sus sueños, sus calles, sus aldeas, uno detectaba en su voz algo muy antiguo, algo misteriosamente grave. La suya era una voz en la que resonaban los ecos de las criptas de piedra, de las cosas enterradas. A mí me parecía un hombre elegido para portar algún espíritu extraviado y devolverlo al mundo, más que un escritor en busca de una palabra o un tema, dispuesto a gorronearlos si fuera preciso. Al oírle entendí qué era exactamente un bardo, y supe que se estaba muriendo no por una enfermedad precisa mientras cantaba a cambio de unas monedas, y comprendí que el placer de los desconocidos era terrible y era extraño. Las paredes del Chelsea podrían contar mucho a propósito de ese aborrecimiento de uno mismo que es muy frecuente en las personas de talento.
–¡Vuelva con nosotros! ¡Alquiler gratuito! ¡Tengo un magnífico apartamento para usted!
Era Stanley Bard quien así me saludaba, a gritos, años después de que hubiéramos dejado de vivir en el hotel. Poco más o menos cada año descubrí que me dejaba caer por allí, casi a mi pesar, siempre que estaba por el barrio, más que nada para charlar con él y, lo confieso, para absorber de nuevo, aunque fuera un solo sorbo, el espíritu del lugar. Pero sin excederme.
–¿Y por qué no quiere vivir aquí? –me preguntaba con más insistencia a medida que pasaban los años. Ya era un hombre de cabello entrecano, su padre había muerto mucho antes, su propio hijo empezaba a hacerse cargo de todo, amenazando con limpiar el edificio de arriba abajo e incluso con remozar a fondo bastantes partes del mismo.
–Porque me gustan las sorpresas, pero no en donde vivo –dije–. Por ejemplo, cuando aquella chica se llevó un balazo en el séptimo piso.
–¿Qué chica? –Estaba genuinamente perplejo.
–La prostituta a la que le sacaron un ojo y un dedo de un balazo.
–¡En la vida he oído hablar de tal cosa! –dijo, real y verdaderamente escandalizado, aunque a la vez sonriera con cierta vacuidad, como si se tratase de un comentario que en el fondo no acertaba a entender. ¿Por qué se empeñaría todo el mundo en contarle semejantes historias? Llevar las riendas del Chelsea era como estar al frente de un bosque en el que se declaraban de continuo pequeños incendios.
–Bueno, da lo mismo –dije–. ¿Y qué pasa últimamente?
–Nada. Está todo muy tranquilo. Y lo tenemos lleno.
Estábamos sentados en su despacho, cuya geografía es de una complejidad indescriptible. Una parte está en una habitación, y la otra parece estar en otra, tras un tabique de cristal esmerilado que hay en un extremo, pero que no separa nada de ninguna otra cosa. Y no se atreve uno a preguntar por la función del tabique, no sea que la explicación a nada responda y sólo sea una fuente de inquietud. El mobiliario era de estilo McKinley tardío, una cueva del tesoro llena de mesas de roble oscuro, de sillas de asiento hundido, de antiguos ventiladores eléctricos y archivadores de madera con persiana. Sin motivo aparente, pensé en James, el diseñador.
–¿Te acuerdas de James, cómo se llamaba, el diseñador?
–Claro. Aguarda un momento… –Había sonado el teléfono. Encontré un ejemplar atrasado del New York Times en el suelo; lo recogí y me puse a leer. No recordaba ninguna de las noticias que traía, era como un periódico del futuro, en el que se refiriesen cosas que aún no habían ocurrido. De pronto, Stanley hablaba a gritos por teléfono.
–¡Un momento, Ethel! No… Espera, espera, ¡tengo algo que decirte! Tú no vuelves. De ninguna manera. Me da igual, no vuelves. Aquí no se consienten esa clase de negocios, sabes muy bien de qué te estoy hablando.
Una mujer joven, vestida de maravilla, entró en ese momento.
–¿Stanley…?
–Por favor, querida, calla un momento –dijo a la recién llegada, que con ademán de indignación torció el gesto, alzó el mentón y soltó un pisotón a la vez que apoyaba un puño sobre la cadera–. Ya me has oído lo que he dicho, Ethel –siguió diciendo Stanley por teléfono–. Definitivamente, querida, no quiero verte nunca más por aquí. –Y colgó.
–¿Dónde está mi dinero? –preguntó la bella mujer.
–Escúchame bien, Bernice: yo no soy tu padre, ¡y no tengo ningún dinero para ti hasta primero de mes!
–¡Primero de mes! –la tal Bernice, con un traje beige, botas a juego y una enorme boina blanca, todo ello rayano en unos tres mil dólares del ala, tenía una cara angelical, de niña rica, con unos ojos verdes que daban miedo: en ese momento expresaban todo su ánimo asesino–. ¿Y qué se supone que debo hacer, eh? ¡Todo lo que me queda es un triste billete de veinte dólares! ―en su voz sonaba la queja de una niña pequeña.
–El primero de mes, Bernice, no te puedo decir nada más. Hasta entonces, no tengo ni un centavo para ti. Ahora, por favor, déjame en paz.
Bernice sollozaba y lagrimeaba.
–Ya no te escucho –dijo Stanley, y se volvió hacia mí–. James, ¿se refiere a James, el…? –dijo–. James murió hace un par de años.
Bernice seguía allí de pie, llorando y secándose con un pañuelo de encaje.
–Al final, un hombre patético –dije sin hacer caso de Bernice, tal como hacía Stanley, aunque con la sensación de que si bien su angustia era muy real, aquello seguía siendo una representación, repetida sin duda cada pocas semanas–. Solía quejarse del modo en que le tratabas.
–¿De cómo le trataba? ¿Por qué? ¿Cómo le trataba yo, eh? –y de pronto se acordó de algo–. Espere un momento. Tengo una carta maravillosa, una carta de él… –volvió su silla giratoria y se colocó frente a los archivadores del Chelsea, una pila de papeles amarillentos que alcanzaba casi metro y medio desde su mesa–. Tiene que estar por aquí, espere… –escrutó los cientos de hojas apiladas ante él, alzó una mano y con el índice y el pulgar extrajo delicadamente una hoja, la miró y me la pasó–. Tenga, léala.
Aún impresionado por su sistema de hallazgo de datos, raudo como el rayo, mucho más veloz que cualquier sistema computerizado, tomé el papel, una carta manuscrita, en el momento en que sonaba su teléfono de nuevo. Entretanto, Bernice había salido al vestíbulo para ponerse a dar alaridos. El teléfono siguió sonando mientras Stanley me explicaba lo referente a ella.
–Es de una familia muy adinerada, pero consume drogas, de modo que no estoy autorizado a darle más dinero que el que tiene asignado a primero de mes.
–¿Es que cuidas de ella?
–No es que cuide de ella, es sólo que… –se encogió de hombros como si fuera otra de las preguntas a propósito del Chelsea a las que resultaba imposible responder, o como si no estuviera seguro de cuál fuera su función, salvo la de seguir pegado al hotel. Tomó el teléfono y se puso a dar voces mientras leía la carta.
–¡Ethel, me estás fastidiando la mañana! –y volvió a colgar, con su benévolo rostro ni blanco ni colorado por lo que había sido un arranque de ira.
La carta del difunto Stanley era un ataque en toda regla contra Stanley por haberle exigido una subida en el pago de la habitación, cuando sabía que James ya no era capaz de ganar gran cosa. Por su manera de expresarse, bien podría depender de la beneficencia pública. James hacía una mezcla de iracundos ultrajes y patetismo en sus súplicas. «¡Usted acabará por destruirme!», etcétera.
El teléfono sonó de nuevo; lo descolgó y lo colgó de un golpe.
–A esa loca es que no la aguanto –dijo, y señaló la carta con una benigna sonrisa–. ¿Lo ve?
–Stanley, ¿tú has leído esta carta? –le pregunté.
–Pues claro –se le había nublado el rostro–. Le encantaba vivir aquí. Llevaba años y más años. Éste era el mejor hotel del mundo, según decía a menudo.
–Dice que lo estabas destruyendo.
Me arrebató la carta.
–¡Que yo lo estaba destruyendo! –claramente, en ese momento recordó el contenido de la carta con sólo ver su caligrafía–. Pero mire, mire lo que dice aquí.
Sostuvo la carta delante de mis ojos, señaló la parte inferior y leyó en voz alta:
–«Suyo, muy atentamente». ¿Lo ve? –y golpeó levemente la carta con el dorso de los dedos, resuelta su apelación. Se retrepó en el sillón y sonrió con su vieja, afable sonrisa de siempre–. A James esto le encantaba. Así que escuche, va en serio: le doy el apartamento sin que me pague el alquiler con tal de que viva usted aquí. Por lo menos échele un vistazo.
–No podría vivir aquí ni siquiera pagando el alquiler –dije, pero no captó la broma. Dios sabrá por qué, pero al punto me encontré acompañándolo, en uno de los dos ascensores que ese día funcionaban, camino del séptimo piso, donde los pintores terminaban de pintar un amplio apartamento de techos altos.
–Todo el mobiliario es nuevecito, incluso los grifos… –allí me volvía a encontrar, más de veinte años después de la primera demostración a la que había asistido en presencia de aquel hombre que fue padre a edad ya avanzada, invitado de nuevo a examinar la grifería del baño por la amabilidad de su hijo. ¿Estaba el clan destinado a seguir reproduciéndose para siempre, repitiendo las mismas cosas? Dentro de cien años, ¿habrá un Bard que muestre los grifos nuevos, a estrenar, a un posible y desventurado inquilino? Deprimido por estos pensamientos y por el presentimiento de la muerte que encerraban, no obstante me vi en la tesitura de reconocer que era en efecto un apartamento encantador, aunque no quedaba ni un resto de porcelana en la puerta del frigorífico, aunque era consciente de que siempre tendría que persistir cierto residuo de descuido andrajoso, no fuera a convertirse aquello en un hotel de verdad en el que nadie en su sano juicio querría vivir–. ¡Y fíjese qué tranquilidad! –Stanley alzó una mano como si fuera a dirigir los primeros compases del silencio.
–Es un apartamento magnífico, pero…
–Lo único que le pido es que se lo piense. ¿Va a encontrar usted una quietud semejante a ésta en Nueva York? Porque está usted en Nueva York, aunque no se lo crea. –Aguzó el oído.
Tuve que reconocer que era sumamente tranquilo, a sabiendas de que aquellas antiguas paredes tenían más de medio metro de grosor. Bajamos al vestíbulo y, al salir del ascensor Stanley aún seguía dale que te pego con el tema de la paz y la tranquilidad.
–Podría usted concentrarse sin que nadie lo molestara… –vi por el rabillo del ojo algo extraño, una pila de cristales rotos dentro de la puerta de la calle. Al cruzar el vestíbulo, comprendimos los dos que las puertas acristaladas ya no estaban en su sitio, que se habían hecho trizas, que ése era el montón de añicos que vimos. Stanley, con su expresión de budista intacta, salvo por el pánico que le tensaba los rabillos de los ojos, llamó al recepcionista, quien se presentó al punto.
–No sé qué ha pasado –dijo el recepcionista. No pude estar seguro de que el hombre aún estuviera sobresaltado o de que siempre estuviera tan pálido y sorprendido.
–¿Que no sabe qué ha pasado? ¿Qué quiere decir? ¡Si han desaparecido las puertas!
–Bueno… Un tipo se plantó ahí delante, en la acera; sacó una pistola y disparó contra las puertas.
–¿Que disparó contra las puertas? ¿Qué quiere decir? ¿Cómo es posible?
–Disparó contra las puertas y cayeron hechas añicos.
–Pero… ¡por Dios bendito! ¿Y por qué iba a disparar contra las puertas? –Stanley hablaba muy alto, casi en tono acusador.
–¿Y cómo quiere que lo sepa? Yo le vi pasar por la acera, detenerse, sacar una pistola y ¡bang! Y acto seguido se largó por donde iba.
Stanley, momentáneamente patidifuso, siguió en donde estaba meneando la cabeza. Otro de los dilemas sin respuesta del Chelsea, más allá del alcance de mis facultades de análísis. Allí fuera acababa de llegar la pareja de ciegos; con sus blancos bastones tanteaban los cristales rotos que bloqueaban la entrada del hotel. Stanley pasó por encima de los cristales y tomó a la mujer de la mano para conducirla amablemente, dando un rodeo, hasta dentro; el hombre los siguió mientras Stanley les repetía que no se preocupasen, que estaba todo bajo control.
–A esto me refiero, Stanley –le dije cuando estuvimos de nuevo a solas en su despacho–. Esto es demasiado interesante, aquí no conseguiría sacar adelante el trabajo.
–Bueno, usted nunca salía de su habitación, nunca pasaba el rato en el vestíbulo, en su apartamento no iba a pasarle nada, ¿no? ¿Por qué no se lo piensa?
–Te prometo que no haré otra cosa durante los próximos tres meses –le dije. Y esta vez sí captó la broma y se rió, bien que sin ganas. Sus rápidos cambios de humor me recordaban el atractivo que tenía para muchas personas: era un hombre de sentimientos, un hombre apasionado. Y tenía otras cualidades, aunque al fin y al cabo los negocios son los negocios.
Se me había metido en el ojo una mota de polvo. Crucé los dedos para que no fuera un cristal, y con cuidado me di masajes en el párpado, inclinando la cabeza, hasta que con el ojo bueno descubrí en el techo medio metro cuadrado de linóleo blanco, embadurnado con garabatos rojos y azules. ¡Mendel, el marine!
–¿Qué fue de Mendel, el marine? –le pregunté.
Aparecieron entonces dos policías descomunales, sin duda que con la intención de hablar de los cristales pulverizados, y dejé a Stanley, muy nervioso, visiblemente preocupado por la injusta, inevitable publicidad que le granjeara el suceso. El odio que en los sesenta profesaba Mendel hacia el detective del hotel afloró en el recuerdo mientras esperaba en el vestíbulo a que dos hombres terminasen de recoger los cristales hechos añicos. Bernice estaba sentada allí cerca, ajena a cuanto sucediera, bajo un lienzo de Larry Rivers; hacía un crucigrama con el periódico doblado sobre el muslo. Miré a la calle, donde un apacible domingo, una mañana de primavera, la última antes del asesinato de Kennedy, me las había ingeniado para dejarme las llaves dentro del maletero de mi Buick. El recepcionista de aquel entonces me sugirió que llamásemos al detective del hotel, del cual dijo que tenía «llaves a porrillo». Lo dijo con una sonrisilla ladina que no tuve el tiempo o el ingenio de evaluar debidamente.
A las ocho y media de la mañana de un domingo de primavera, la voz del detective, embozada por el sueño, me sonó controlada, aunque furiosa. Le pedí disculpas y le expliqué el problema; dijo que bajaría en media hora «si me quiere esperar». Lo dijo como si pudiera hacer otra cosa, teniendo la llave de contacto dentro del maletero. Había visto al tipo una vez, un año antes, cuando al cruzar la Calle 23 me fijé en un Saab con el techo tan destrozado que podría haberle caído encima un poste de teléfonos. El parabrisas estaba desgajado del resto de la carrocería, con lo que dejaba abierta una grieta por la que caía la nieve sobre la gorra del conductor. La visera tenía dos dedos de nieve encima. Al llegar al hotel vi al conductor, de quien después supe que era el detective, bajando su equipaje del maletero. Al coche le faltaba una ventanilla, lo cual no le impidió cerrar con todo cuidado las puertas antes de entrar en el hotel; me pareció entonces un hombre de hábitos inamovibles en lo que a las cerraduras se refería. Aquello fue en invierno. En aquella deliciosa mañana de primavera, por fin bajó en mangas de camisa con una arandela de acero del diámetro de un plato llano de los grandes, de la cual colgaba como mínimo un centenar de llaves. Mientras probaba una tras otra en la cerradura del maletero guardé silencio con el corazón encogido, a sabiendas de que eran llaves de cerraduras de casa que jamás podría abrir una cerradura de coche. Terminamos el asunto retirando entre los dos el asiento posterior del coche, lo cual me permitió acceder al maletero desde dentro. Tendría unos treinta años, era un hombre rubio y atildado, con el pelo cortado al estilo militar y una cara poco amiga de las sonrisas, incluso después de que le diera diez dólares por las molestias causadas. Me pareció raro en aquel momento que un detective no supiera distinguir unas llaves de casa, tan distintas de las llaves de contacto, pero una vez más, como siempre en el Chelsea, el espíritu de la indagación terminó por agotarse en preguntas sin respuesta que goteaban como un hilillo de agua en el desierto; si bien se piensa, en eso el hotel se parecía mucho a la vida misma.
En efecto, a la mañana siguiente de que fuera entregado el famoso rollo de moqueta y depositado en la segunda planta, a la espera de los instaladores, salí del ascensor y me encontré a tres o cuatro policías en el vestíbulo, aunque no tenían en la mano una taza de café. Más bien parecían estar enfrascados en su trabajo, hablando en voz baja unos con otros. Aconsejado por mi padre cuando tenía diecisiete años para que me apartase de cualquier gentío, me marché y regresé por la tarde, y al entrar encontré a Mendel el marine, que le vendía en esos momentos uno de sus baldosines de linóleo a una señora de acento extranjero, quizás de Alabama. Mendel me pilló cuando esperaba a uno de los ascensores que funcionaban esa tarde.
–¿Te has enterado?
–¿De qué?
–De robo de la moqueta.
¿Que se habían llevado el rollo de moqueta, de doscientos cincuenta, de cuatrocientos kilos quizás? ¿Que había desaparecido de la noche a la mañana? El recepcionista sin duda tenía que haberlo visto salir, si es que salió por la puerta del vestíbulo. ¿O es que estaba en el ajo? No, imposible: apenas alcanzaba metro y medio de estatura, era un ser de una timidez dolorosa, estaba siempre al borde del agotamiento absoluto. ¿Cómo era posible, entonces, que alguien se hubiera llevado un trasto tan voluminoso y tan pesado? Arramplar con semejante pieza era hazaña equivalente a robar un piano de cola y llevárselo a la calle sin que nadie se diese cuenta.
–Bah, no es para tanto. Eso se puede hacer –masculló Mendel en voz baja.
–¿Cómo?
Mirando a derecha e izquierda para cerciorarse de que nadie estaba pendiente, me indicó mediante un gesto que lo siguiera a uno de los ascensores, el que estaba en funcionamiento.
En el pasillo de la segunda planta, Mendel me señaló un ventanal enorme, de al menos tres metros de altura y casi dos de anchura, que daba al aparcamiento sin iluminar, a espaldas del hotel.
–Esto se puede abrir, con marco y todo –dijo señalando la ventana–. Se aparca ahí mismo un camión pegado al muro y se deja caer el rollo de moqueta. Y te lo llevas en un pispás.
–Pero alguien habría oído el ruido. De hecho… –de pronto me acordé de que el detective del establecimiento había subido por la escalera desde el vestíbulo, en vez de coger un ascensor, después del incidente de la llave del coche–. Tenía la idea de que vivía en una de las plantas más bajas.
Inexpresivo, Mendel alzó un dedo para señalar una puerta en la que había media docena de cerrojos, justo al lado del ventanal.
–Ahí es donde vive el detective.
–Quizás no estuviera en el hotel en el momento de…
–Es cierto, quizás no estuviera. Quizás hoy ni siquiera sea martes.
Durante las semanas o meses que siguieron, ya no lo recuerdo bien, el principal drama del momento fue la continua desaparición, en varias de las habitaciones, de máquinas de escribir, transistores, aparatos de aire acondicionado, televisores e incluso algunas joyas y uno o dos relojes de bastante valor. La policía acudió a investigar y se fue sin una sola pista. Una mañana empezó a salir humo de la habitación contigua a la del detective.
Los bomberos apagaron el incendio en cuestión de minutos; siguiendo el procedimiento habitual pidieron a Stanley la llave de la habitación contigua, que resultó ser la del detective, para cerciorarse de que allí no ardía el rescoldo de ningún foco. Stanley, por descontado, no tenía llave de los seis cerrojos; en esos momentos, el sabueso no estaba en el establecimiento. A pesar de las protestas de Stanley, los bomberos echaron la puerta abajo y entraron en el apartamento. Frente a ellos, del suelo al techo había sucesivas estanterías en las que se exponía una espléndida selección de radios, máquinas de escribir, televisores, abrigos de pieles y otros objetos. La policía esperó al detective a su regreso y fue condenado a una pena mediana, se dijo, habida cuenta de que no había obrado con violencia en sus robos. Desde entonces y hasta su desaparición, Mendel el marine fue una constante sonrisa cada vez que nos tropezamos, un hombre feliz, me parece, durante el resto de sus días.
A pesar de todas las aprensiones que me inspire el Chelsea, nunca podré entrar en él sin que se me acelere un poco el pulso. Posee un indescriptible ambiente hogareño, que al mismo tiempo carece de cierta credibilidad. Es una especie de lugar ficticio, pensaba antes. Igual que en los sueños, hay a la vista de cualquiera determinadas cosas que en otros hoteles están ocultas, como los contenedores de madera en los pasillos, donde se guardan los cubos de basura. Por la razón que sea, esta especie de franqueza parece tan en su sitio que uno sonríe cuando pasa por delante de los cubos de basura. Podría ser tan sólo que a nadie le preocupa ni le apremia demasiado lo que suceda, o podría ser que reina una curiosa libertad, o una grave desconexión con la realidad lisa y llana o, como se suele decir, quizás sea que los internos se han apoderado del manicomio hace mucho tiempo, lo cual puede resultar irritante, aunque en resumidas cuentas tal vez no sea mala cosa, al menos en sentido espiritual. De hecho, podría ser una forma tan sana como la que más de administrar un establecimiento público. No obstante, en los últimos meses, en los años recientes empieza a notarse una indudable determinación de ponerse al día. El hijo de Stanley ya es mayor de edad y hay una moqueta nueva; los revestimientos de madera por fin relucen tal cual eran, una vez suprimidas las sucesivas, antiquísimas capas de pintura que los cubrían. Se ha procedido a una limpieza integral de la fachada, que ha recobrado su elegancia victoriana durante tanto tiempo borrada. En una visita reciente a Arnold Weinstein, con quien he colaborado en el libreto de una nueva ópera basada en Panorama desde el puente, con música de William Bolcom, descubrí que me hundía, en términos psicológicos, en los sentimientos que originalmente tuve por el hotel, llenos de calor, cuando llegué por vez primera hace ya más de cuarenta años. Y mientras comentábamos algún asunto en medio del caos de su cuarto de estar, que no es tanto una habitación amueblada cuanto medio sepultada por objetos de coleccionista aptos para proceder a una donación en masa al Ejército de Salvación, se abrió de pronto la puerta del pasillo y, sin que mediara siquiera una llamada con los nudillos, entró una recia camarera de sonrisa exuberante y reluciente falda negra, deslumbrante por el aura de triunfo que la envolvía. Y levantó por encima de la cabeza cuatro rollos de papel higiénico, dos encajados en los dedos de cada mano, y dio un grito con su alborozada voz de contralto: «¡No me he olvidado de ti, Arnold!». Y éste se levantó de su silla enclenque y, agradecido, aceptó el obsequio. Y de ese modo supe al instante que con fachada limpia o sucia, a pesar de la remodelación del vestíbulo, volvía a encontrarme de nuevo en el Chelsea.

Traducción de Víctor Úbeda
E
staba buscando un lugar tranquilo donde morir. Alguien me recomendó Brooklyn, conque a la mañana siguiente allá que me fui desde Westchester, para reconocer el terreno. No lo pisaba desde hacía cincuenta y seis años y ya no me acordaba de nada. Cuando mis padres se marcharon de la ciudad no tenía más que tres años, pero me sorprendí regresando como por instinto al barrio donde habíamos vivido, arrastrándome como un perro herido hacia mi lugar de nacimiento. Un agente inmobiliario de la zona me acompañó a seis o siete bloques de apartamentos, y a última hora de la tarde ya me había alquilado uno de dos cuartos con patio en First Street, a tiro de piedra de Prospect Park. No tenía ni idea de quiénes eran los vecinos, pero tampoco me importaba. Todos trabajaban en horario de oficina y ninguno tenía hijos, luego el edificio sería relativamente silencioso. Eso era, más que ninguna otra cosa, lo que yo ansiaba: un final silencioso a mi triste y ridícula existencia.

La casa de Bronxville ya estaba apalabrada y cuando a final de mes cerrásemos la operación, no tendría que volver a preocuparme del dinero. Mi ex mujer y yo teníamos previsto repartirnos lo que sacásemos de la venta, de manera que, con cuatrocientos mil dólares en la cuenta, tendría más que suficiente para mantenerme hasta estirar la pata.
Al principio no sabía a qué dedicarme. Me había pasado treinta y un años yendo y viniendo de nuestra casa en las afueras a las oficinas de la Mid-Atlantic Accident and Life en Manhattan y vuelta a casa, pero ahora que ya no trabajaba los días se me hacían eternos. Una semana después de mudarme al apartamento vino a verme mi hija Rachel, que está casada y vive en Nueva Jersey. Me dijo que tenía que involucrarme en algo, inventarme un proyecto personal. Rachel no es lo que se dice tonta. Es doctora en bioquímica por la universidad de Chicago y trabaja como investigadora para una gran compañía farmacéutica en las afueras de Princeton, pero, como le pasaba a su madre, raro es el día en que no se pone a largar topicazos: todas esas frasecitas desfondadas y opiniones de quinta mano que abarrotan los vertederos de la sabiduría contemporánea.
Le expliqué que probablemente me muriese antes de acabar el año y que los proyectos me importaban un carajo. Por un momento pareció que Rachel iba a echarse a llorar, pero logró contener las lágrimas a base de pestañear y en lugar de eso me llamó cruel y egoísta. No le extrañaba que “mami” hubiese terminado divorciándose de mí, añadió, no le extrañaba que ya no lo aguantase más. Estar casado conmigo debía de haber sido un suplicio sin fin, un verdadero infierno. Un verdadero infierno. Ay, Rachel, pobrecita mía, es que no lo puede evitar. Mi única hija lleva veintinueve años sobre la faz de la tierra y ni una sola vez se ha descolgado con un comentario original, una idea que fuese absoluta e irreductiblemente suya.
Sí, de acuerdo, puede que a veces me ponga un poco insoportable. Pero no siempre, ni tampoco por regla general. Cuando quiero puedo ser tan simpático y cariñoso como el que más. Es imposible tener el éxito que yo tuve vendiendo pólizas de seguros simplemente lavándoles el cerebro a los clientes, al menos no durante treinta años largos. Hay que ser receptivo. Saber escuchar. Saber cautivar a la gente. Yo poseo todas esas cualidades y más. No voy a negar que también he tenido mis momentos malos, pero ya sabemos los peligros que acechan en el marco cerrado de la vida en familia. Puede resultar letal para todos los interesados, sobre todo cuando descubres que, para empezar, no estás hecho para el matrimonio. Me encantaba el sexo con Edith, pero al cabo de cuatro o cinco años la pasión se agotó y, a partir de entonces, me distancié un tanto del papel de maridito perfecto. En el apartado paterno, a juzgar por lo que dice Raquel, tampoco es que fuese un padre modelo precisamente. No es por llevarles la contraria a sus recuerdos, pero lo cierto es que, a mi manera, les tenía cariño a las dos, y si alguna vez me vi en los brazos de otras mujeres, se trataba de aventuras que jamás me tomé en serio. Lo del divorcio no fue idea mía. Yo, pese a todo, pensaba seguir con Edith hasta el final. Fue ella la que quiso separarse y, habida cuenta de la larga lista de pecados y faltas que cometí en todos esos años, tampoco podía echárselo en cara. Después de treinta y tres años viviendo bajo el mismo techo, cuando nos fuimos cada uno por nuestro lado, la suma de nuestra existencia en común ascendía aproximadamente a cero.
Le había dicho a Rachel que tenía los días contados, pero no fue más que una réplica exaltada a sus consejitos de metomentodo, un arranque de pura hipérbole. El cáncer de pulmón estaba remitiendo y, según me había dicho el oncólogo después de la última prueba, existían motivos para un prudente optimismo. Lo cual tampoco quiere decir que confiase en él, cuidado. El susto del cáncer había sido tan grande que todavía no me creía que fuese posible sobrevivir a él. Me había dado a mí mismo por muerto y, una vez extirpado el tumor y concluido el agotador suplicio de la radio y la quimioterapia, una vez padecidos los largos episodios de náuseas y mareos, la caída del pelo, la pérdida de voluntad, de empleo, de esposa, me costaba pensar en seguir adelante. De ahí el traslado a Brooklyn. De ahí mi regreso inconsciente al lugar donde comenzó mi historia. Tenía casi sesenta años y no sabía cuánto tiempo me quedaba. Tal vez veinte años; tal vez unos pocos meses. Independientemente del pronóstico médico acerca de mi estado, lo esencial era no dar nada por hecho. Mientras siguiese vivo tenía que hallar un modo de empezar a vivir de nuevo, pero, aun suponiendo que no lograse sobrevivir, algo más tenía que hacer que quedarme sentado a esperar a que me llegase la hora. Como siempre, mi hija la científica había dado en el clavo, por más que, terco de mí, me hubiese negado a reconocerlo. Tenía que dedicarme a algo. Tenía que mover el culo y hacer lo que fuese.
Me mudé al comenzar la primavera y esas primeras semanas me entretuve explorando el barrio, dando largos garbeos por el parque y plantando flores en mi jardín, una parcelita llena de trastos que llevaba años abandonada. Me corté el pelo –que me había renacido con renovados bríos– en la barbería Park Slope de la Séptima Avenida, alquilaba películas en un videoclub llamado Movie Heaven y me dejaba caer por Brightman’s Attic, una librería de lance atestada de volúmenes, todos manga por hombro, propiedad de un homosexual estrafalario llamado Harry Brightman (del que volveré a ocuparme más abajo). Casi siempre desayunaba en casa, pero como no me gustaba cocinar ni tenía el más mínimo don para tal quehacer, solía almorzar y cenar en restaurantes: siempre a solas, siempre con un libro delante, siempre masticando lo más despacio posible con el fin de prolongar la comida al máximo. Tras probar unas cuantas opciones en el vecindario, me decanté por el Cosmic Diner como local habitual donde almorzar. La comida, tirando por lo alto, no era ni fu ni fa, pero había una camarera puertorriqueña llamada Marina que era una monada y no tardé en enamoriscarme de ella. Tenía la mitad de años que yo y estaba casada, conque no existía la menor posibilidad de un idilio, pero era tan guapa, me trataba con tanta amabilidad y estaba tan dispuesta a reírse con mis chascarrillos desaboridos que los días en que libraba la echaba literalmente de menos. Desde un punto de vista estrictamente antropológico, descubrí que, de todas las tribus que había conocido hasta entonces, la de los brooklynianos era la más dispuesta a hablar con desconocidos. Se inmiscuyen en los asuntos del prójimo cuando les da la gana (hay ancianas que echan un rapapolvo a las madres jóvenes por no abrigar lo bastante a sus hijos, o transeúntes que increpan a los que pasean al perro por tirar de la correa más de la cuenta); discuten como chiquillos desquiciados por una plaza de aparcamiento, y te sueltan por sistema cada cuchufleta que te quedas a cuadros. Un domingo por la mañana me metí en una delicatessen que estaba de bote en bote y que tenía un nombre de lo más absurdo: La Bagel Delight. Fui a pedir un bollo cinnamon-raisin pero se me trabó la lengua y me salió cinammon-reagan. El joven dependiente la cazó al vuelo y me soltó: «Lo siento, no nos quedan. ¿Por qué no se lleva un pumpernixon [1]?». Rápido. Rápido de narices. Casi me meo encima.

A raíz de ese lapsus linguae por fin se me ocurrió una idea que le habría parecido bien a Rachel. Tal vez no fuese lo que se dice una idea, pero por lo menos era algo y, si lograba ceñirme a ella tan rigurosa y religiosamente como era mi intención, habría encontrado un proyecto, el pequeño pasatiempo que andaba buscando para escapar de mi indolente y soporífera rutina. A pesar de que el proyecto era humilde, decidí ponerle un nombre grandilocuente, ampuloso incluso, con el objeto de engañarme y hacerme creer que me traía entre manos algo importante. Lo bauticé como El libro del disparate humano, y lo que me propuse fue dejar constancia, en el lenguaje más llano y claro posible, de todas y cada una de las meteduras de pata, de los planchazos, bochornos, manías, dislates e idioteces en que hubiese incurrido durante mi larga y procelosa carrera de hombre. Cuando no se me ocurriesen más historias que contar de mí mismo, escribiría sobre lo ocurrido a conocidos míos, y cuando esta fuente también se secase, recurriría a acontecimientos históricos y registraría las locuras de mis congéneres a través de los tiempos, empezando por las extintas civilizaciones de la antigüedad y avanzando en el tiempo hasta llegar a los primeros meses del siglo XXI. Como mínimo, me serviría para echar unas risas. No pretendía abrir mi corazón ni abandonarme a sombrías introspecciones. El tono sería desenfadado y jocoso de principio a fin; mi único propósito era entretenerme y consumir el máximo número de horas al día que me fuese posible.
Al proyecto le puse nombre de libro, pero la verdad es que de libro no tenía absolutamente nada. Usando blocs amarillos de oficina, folios sueltos, reversos de sobres y cartas de propaganda con formularios para solicitar tarjetas de crédito y préstamos bancarios para reformas en el hogar, fui recopilando toda una colección de anotaciones aleatorias, un batiburrillo de anécdotas inconexas que arrojaba dentro de una caja de cartón tan pronto como remataba una historia. Mi locura no seguía pauta alguna. Muchos de los escritos no pasaban de unas pocas líneas, y unos cuantos, en particular los despropósitos lingüísticos y los retruécanos involuntarios que tanto me gustaban, se limitaban a una simple frase. Chilled greaseburger, hamburguesa de grasa helada, en vez de grilled cheeseburger, hamburguesa con queso a la parrilla, frase que me salió de la boca un buen día durante mi tercer año de instituto, o aquella sentencia cuasimística, profunda sin habérmelo propuesto, que le dediqué a Edith en mitad de una de nuestras encarnizadas peloteras conyugales: «Lo veré cuando lo crea». Siempre que me ponía a escribir, cerraba los ojos y dejaba vagar la mente a su antojo. De esa manera, relajándome a la fuerza, logré desenterrar una cantidad considerable de material procedente del pasado más remoto, cosas que ya había dado por perdidas para siempre. Como la vez aquella (por citar uno de esos recuerdos), en que a Dudley Franklin, un compañero de sexto curso, se le escapó un pedo prolongado y trompetero durante una pausa silenciosa en mitad de clase de geografía. Todos nos reímos, faltaría más (no hay cosa que le haga más gracia a una clase de chavales de once años que un buen cuesco), pero lo que hizo de aquel incidente algo distinto, lo que lo sacó de la categoría de bochornos secundarios para convertirlo en clásico, en imperecedera obra maestra digna de figurar en los anales de la vergüenza y la humillación, fue el hecho de que Dudley fuese tan cándido como para cometer el error garrafal de disculparse. «Perdón», dijo, con la vista clavada en el pupitre y sonrojándose hasta que las mejillas se le pusieron como un camión de bomberos recién pintado. Nunca jamás hay que reconocer un pedo en público. Es la ley tácita, el más riguroso de todos los preceptos de la etiqueta estadounidense. Los pedos no vienen de ninguna parte; son emanaciones anónimas que pertenecen al grupo en conjunto y, aun cuando todos los presentes pudiesen perfectamente señalar al culpable, lo más sensato es actuar como si no hubiese pasado nada. El pánfilo de Dudley Franklin, sin embargo, era demasiado sincero como para eso y le siguieron tomando el pelo años y años. A partir de aquel día empezaron a llamarlo Dudley Perdón y se quedó con el mote hasta que acabó el instituto.
Las historias parecían clasificarse bajo diferentes epígrafes y, al cabo de un mes de iniciado el proyecto, abandoné el sistema de la caja única en favor de un conjunto de varias cajas que me permitiese, una vez finalizada mi labor, conservarla de manera más coherente. Una caja para pifias verbales, otra para desgracias de índole física, otra para ideas fallidas, otra para patinazos de tipo social, etcétera. Poco a poco fui interesándome particularmente por los lances bufos del día a día. No sólo las incontables ocasiones en que, a lo largo de mi vida, me he pillado los dedos o me he dado un coscorrón, ni tampoco la frecuencia con que las gafas se me han caído del bolsillo de la camisa al ir a anudarme los cordones (con la consiguiente humillación que supone dar un traspiés hacia delante y aplastarlas de un pisotón), sino esos percances tan peregrinos que he sufrido repetidas veces desde mi más tierna infancia. Cierta merienda campestre el Primero de Mayo de 1952 en que, hallándome en pleno bostezo, se me metió una abeja en la boca, la cual, presa yo de un súbito ataque de pánico y asco, en lugar de escupir me tragué accidentalmente. O, más insólita si cabe, aquella otra vez, hace siete años, en viaje de negocios, en que al ir a subir a bordo de un avión con la tarjeta de embarque levemente sujeta entre el pulgar y el corazón, me empujaron por detrás y vi cómo la tarjeta se me resbalaba entre los dedos, salía volando en dirección a la rendija que había entre la rampa y la puerta del avión –la rendija más estrecha de todas las rendijas que en el mundo han sido, menos de milímetro y medio, si llegaba–, y, para gran pasmo mío, se colaba limpiamente por ese espacio imposible para aterrizar en el asfalto, siete metros más abajo.
El mejor de todos fue el episodio del inodoro y la máquina de afeitar. Se remonta a la época en que Rachel iba al instituto y yo todavía vivía en casa, un gélido día de Acción de Gracias, a eso de las tres y media de la tarde, con una docena de invitados a punto de llegar, a las cuatro. Edith y yo acabábamos de renovar –por un ojo de la cara– el cuarto de baño del piso de arriba, conque estaba todo flamante: el alicatado, los armaritos, el botiquín, la ducha y la bañera, el lavabo, el inodoro y toda la fontanería. Yo estaba en el dormitorio, haciéndome el nudo de la corbata delante del espejo del armario; Edith estaba abajo, en la cocina, vigilando el pavo y dando los últimos retoques a todo, y Rachel, que por entonces tendría dieciséis o diecisiete años, después de haberse pasado toda la mañana redactando un trabajo de física, estaba en el cuarto de baño, acicalándose a toda pastilla antes de que llegasen los invitados. Acababa de ducharse en la ducha nueva y ahora estaba delante del inodoro nuevo, con el pie derecho en el borde de la taza y depilándose la pierna con una máquina de afeitar Schick a pilas. En un momento dado, la máquina se le escurrió y se le cayó dentro de la taza. Metió la mano y trató de sacarla, pero estaba atascada en el agujero y no conseguía agarrarla bien. Fue entonces cuando abrió la puerta y gritó «¡Papi» (a la sazón todavía me llamaba Papi), «necesito ayuda!».
Y allá que fue Papi. Lo que más gracia me hacía de todo aquel aprieto era que la máquina de afeitar, aun sumergida, seguía zumbando y vibrando. Era un ruido singularmente pertinaz y desagradable, un perverso acompañamiento auditivo a lo que de por sí ya constituía un embolado extraño y puede que hasta sin precedentes. Si encima le añadías el zumbido, además de extraño resultaba irrisorio. Al ver lo ocurrido me eché a reír, y cuando Rachel percibió que no era a costa suya, hizo lo propio. Si tuviese que elegir un instante, un único recuerdo que atesorar de todos los momentos que he compartido con mi hija en los últimos veintinueve años, creo que sería ése.
Rachel tenía las manos mucho más pequeñas que yo. Si ella no había podido desencajar la máquina de afeitar, poco cabría esperar de mí, pero lo intenté para que no se dijese. Me quité la americana, me remangué la camisa, me eché la corbata por encima del hombro y metí la mano. El cacharro estaba atascado con ganas, no había nada que yo pudiese hacer.
Tal vez un cable de fontanero nos hubiese servido, pero como no teníamos, deshice una percha de alambre y probé a introducirla por el agujero. A pesar de ser alambre fino, resultaba demasiado grueso para aquel propósito.
Recuerdo que entonces sonó el timbre: eran los primeros de los muchos parientes de Edith. Rachel seguía en albornoz, de rodillas, contemplando mis infructuosos intentos por extraer la máquina con el alambre, pero el tiempo volaba y le dije que más valía que se fuese a vestir. «Voy a desconectar el inodoro y darle la vuelta», dije. «Puede que así consiga sacar el chisme por el otro extremo». Rachel sonrió, me dio una palmadita en el hombro como si pensase que me había vuelto majara y se levantó. Según salía del baño le dije: «Dile a tu madre que bajo en cinco minutos. Si te pregunta qué estoy haciendo, le dices que no es asunto suyo. Si insiste, le dices que estoy luchando por la paz mundial».
En el armario de las sábanas que había junto al dormitorio teníamos una caja de herramientas. Una vez cerrada la válvula del inodoro, cogí unas tenazas y arranqué la taza del suelo. No sé cuánto pesaba el invento aquél. Conseguí levantarlo en vilo, pero pesaba demasiado como para sentirme capaz de darle la vuelta sin que se me cayese, sobre todo en un cuartucho tan apretujado. Tenía que sacarlo del baño, pero como me daba miedo rayar el suelo de madera si lo plantaba en el recibidor, se me ocurrió bajarlo al primer piso y sacarlo al jardín de atrás.
A cada paso que daba, la taza parecía ganar unos cuantos kilos más. Cuando llegué al pie de las escaleras tenía la sensación de llevar un elefantito blanco en brazos. Por suerte acababa de llegar uno de los hermanos de Edith y, al ver lo que estaba haciendo, se acercó a echarme una mano.
–¿Qué pasa, Nathan? –preguntó.
–Aquí, cargando con la taza del wáter –le dije–. Ayúdame a sacarla al jardín.
Para entonces ya habían llegado todos los invitados, que se quedaron como embobados contemplando la grotesca escenita de dos tíos en camisa y corbata atravesando los cuartos de un chalet de las afueras con una taza de wáter en brazos el día de Acción de Gracias. Olía a pavo por todas partes. De fondo sonaba una canción de Frank Sinatra (“A mi manera”, si mal no recuerdo) y la encantadora Rachel, tímida hasta decir basta, lo observaba todo con cara de trágame tierra, sabiéndose culpable de haber trastocado la fiesta que con tanto esmero había organizado su madre.
Sacamos al elefante y lo colocamos boca abajo encima de la parda hierba otoñal. Ya no recuerdo cuántas herramientas diferentes saqué del garaje, el caso es que ninguna servía. Ni el palo del rastrillo, ni el destornillador, ni el cortafríos o el martillo: nada. Y la máquina, a todo esto, zumba que te zumba, salmodiando su interminable aria monocorde. Unos cuantos invitados se nos habían unido en el jardín, pero les empezó a entrar hambre y frío, se fueron aburriendo, y uno a uno fueron regresando al interior. Todos menos yo, el empecinado Nathan Glass, que nunca ceja hasta rematar la faena. Cuando finalmente me hice cargo de que toda esperanza era vana, agarré un mazo e hice añicos la taza. La máquina rebelde cayó al césped. La apagué, me la metí en el bolsillo y al entrar en casa se le entregué a mi ruborizada hija. Que yo sepa, la muy condenada todavía funciona.
Son sólo algunos ejemplos. En los dos primeros meses escribí docenas de historias como ésas, pero por más empeño que puse en mantener un tono frívolo y desenfadado, me di cuenta de que no siempre era posible. Todos estamos expuestos a rachas de melancolía y he de admitir que en ocasiones sucumbí a la soledad y al desánimo. Me había pasado la mayor parte de mi vida laboral en el negociado de la muerte y había oído tantas historias macabras que no podía evitar pensar en ellas cuando andaba mustio. Toda la gente que había visitado a lo largo de esos años, todas las pólizas que había vendido, todo el pavor y la desesperación que me habían confiado mis clientes durante nuestras charlas… Al final terminé por añadir otra caja a mi colección. Le puse la etiqueta “Destinos crueles” y la primera historia que guardé dentro fue la de un hombre llamado Jonas Weinberg. En 1976 le había vendido un seguro de vida universal de un millón de dólares, cantidad astronómica para la época. Recuerdo que acababa de celebrar su sexagésimo cumpleaños, era un internista afiliado al Columbia-Presbyterian Hospital y hablaba inglés con un ligero deje alemán. Vender seguros de vida no es una labor exenta de pasión y un buen agente ha de saber defenderse en lo que a menudo se torna una conversación escabrosa y atormentada con sus clientes. Ante la perspectiva de la muerte uno tiende inevitablemente a reflexionar sobre asuntos serios, y por más que una parte del trabajo de vendedor de seguros de vida tenga que ver única y exclusivamente con el dinero, otra también está relacionada con las cuestiones metafísicas más trascendentales. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Cómo podré proteger a mis seres queridos cuando ya no esté? El doctor Weinberg, en virtud de su profesión, poseía una lúcida noción de la fragilidad de la existencia humana, de lo poco que cuesta borrar nuestros nombres del Libro de los Vivos. Nos citamos en su apartamento de Central Park West y cuando terminé de exponerle los pros y los contras de las diferentes pólizas disponibles, se puso a rememorar el pasado. Me contó que había nacido en Berlín en 1916 y que como a su padre lo mataron en las trincheras de la primera Guerra Mundial, quien lo crió como hijo único fue su madre, actriz para más señas, una mujer extremadamente independiente, a veces incluso escandalosa, que jamás mostró el más mínimo interés en volver a casarse. Igual me paso sacando punta a sus comentarios, pero tengo la impresión de que el doctor Weinberg me estaba dando a entender que a su madre le gustaban más las mujeres que los hombres y que, en los frenéticos años de la república de Weimar, debió de hacer gala de dicha preferencia sin el menor recato. En contraste con la impetuosa Frau Weinberg, el joven Jonas era un jovencito muy callado y estudioso que sacaba unas notas excelentes y soñaba con ser médico o científico. Tenía diecisiete años cuando Hitler se hizo con el control del gobierno y pocos meses después su madre ya estaba preparándolo todo para sacarlo de Alemania. Unos parientes de su padre afincados en Nueva York aceptaron acogerlo y Jonas salió del país en la primavera de 1934, pero su madre, pese a haber demostrado estar muy al tanto de los peligros que en el Tercer Reich se cernían sobre los no arios, rechazó, tozuda como ella sola, la oportunidad de marcharse también. Su familia había sido alemana durante siglos, le explicó a su hijo. ¿Cómo diantres iba a permitir ella que un tiranuelo de tres al cuarto la mandase al exilio? Estaba empeñada en aguantar mecha contra viento y marea.
Y el caso es que aguantó. De milagro, pero aguantó. El doctor Weinberg tampoco entró en detalles (puede que ni él mismo llegara a enterarse nunca de toda la historia), pero por lo visto su madre, en varios momentos críticos, recibió ayuda de un grupo de amigos gentiles, y hacia 1938 o 1939 había logrado agenciarse una documentación falsa. Cambió de imagen radicalmente –algo no muy difícil para una actriz especializada en personajes excéntricos– y bajo su nuevo apellido cristiano y su disfraz de rubia con gafas, anticuada y sosaina, se procuró un trabajito como contable de una tienda de confecciones en una pequeña ciudad a las afueras de Hamburgo. Cuando terminó la guerra, en la primavera de 1945, llevaba once años sin ver a su hijo. Para entonces Jonas Weinberg contaba cerca de treinta años, era un médico hecho y derecho a punto de terminar su internado en el Bellevue Hospital, y en cuanto se enteró de que su madre había sobrevivido a la guerra se puso a iniciar los preparativos para que fuera a verlo a los Estados Unidos.
Lo planearon todo hasta el más mínimo detalle. El avión aterrizaría a tal hora, los pasajeros desembarcarían por tal puerta, y allí estaría Jonas Weinberg para recibir a su madre. Sin embargo, justo cuando se disponía a salir hacia el aeropuerto, lo llamaron del hospital para una operación de urgencia. ¿Qué iba a hacer el hombre? Como médico que era, por más que ardiese en deseos de reunirse con su madre después de tantos años, se debía, ante todo, a sus pacientes. Deprisa y corriendo puso en marcha un plan alternativo. Llamó a la compañía aérea y pidió que mandasen a un representante a recibir a su madre cuando desembarcase en Nueva York para explicarle que su hijo había tenido que ocuparse de un asunto de última hora y que cogiese un taxi hasta Manhattan. Que le había dejado una llave al portero y que subiese a casa y lo esperase allí. Frau Weinberg siguió las instrucciones y enseguida encontró un taxi. El taxista salió zumbando y a los diez minutos de trayecto perdió el control del vehículo y se estrelló de frente contra otro coche. Tanto él como la pasajera resultaron gravemente heridos.
Para entonces el doctor Weinberg ya se hallaba en el hospital, listo para empezar a operar. La intervención duró poco más de una hora. Cuando hubo terminado, el joven doctor se lavó las manos, volvió a vestirse de calle y salió corriendo de los vestuarios, ansioso por llegar a casa y poder celebrar el postergado reencuentro con su madre. Al llegar al vestíbulo vio cómo ingresaban en el quirófano a una nueva paciente.
Era la madre de Jonas Weinberg. Según me contó él mismo, murió sin llegar a recobrar el conocimiento.
[1] El desatino lingüístico del narrador es intraducible. Se basa en la relativa semejanza fonética entre raisin (uva pasa) y Reagan. La ingeniosa creación del tendero deriva de pumpernickel (pan integral de centeno). [N. del t.]