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    sábado, 21 de julio de 2018

    La fecha improbable. por Eric Hobsbawm (1998) (Libro: 1968, Magnum en el mundo.)




    En líneas generales, la historia da muchas satisfacciones a quienes gustan de contemplarla de acuerdo con períodos bien delimitados, pero a veces parece compadecerse de ellos. 1968 es una fecha de igual importancia en la historia de los tres mundos que los observadores acostumbran a distinguir en la época de la guerra fría: el «primer mundo» del capitalismo occidental, «segundo mundo» de los estados comunistas y el «tercer mundo» de Asia, África e Hispanoamérica. Esta fecha parece haber sido concebida para servir de punto de referencia a los historiadores.
    Ninguno de aquellos que vivieron en el 1968 lo podrá olvidar. Para todos contiene acontecimientos tan perturbadores como había sido para los estadounidenses (pero sólo para ellos) el asesinato del presidente J. F. Kennedy. Esos acontecimientos están presentes en nuestra memoria, no simplemente a la manera de titulares periodísticos o de imágenes televisivas, sino como una parte de la textura misma de nuestras vidas individuales. Mientras escribo, veo de nuevo el torrente humano que afluye a las calles de París cuando, a principios de mayo, tienen lugar las manifestaciones de los estudiantes y que arrastra con él la silueta respetable y encorbatada de un amugo Albert Soboul, historiador de la Revolución, en profundo desacuerdo con la contracultura y la izquierda heterodoxa, pero moralmente obligado a seguir «cuando el pueblo se echa a la calle». A mi mismo me veo recorriendo un vale desnudo del País de gales una mañana de agosto, atónito e incrédulo tras el anuncio en la radio de la invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética. Al simple enunciado de «1968», nosotros, de nuevo en ese año singular.
    Pero aquellos para quienes 1968 en un recuerdo vivo se encuentran hoy en la edad madura o en la vejez. Haber estado presente en 1968 significa tener al menos treinta años hoy. Muy pocas personas de menos de cuarenta y cinco años pueden considerar realmente este gran año como parte de sus vidas subjetivas de hombre y mujeres. Así pues, para las generaciones posteriores al 68 sin duda es útil empezar a recordar lo que ocurrió verdaderamente en el curso de esos doce meses extraordinarios.
    Casi todo se produjo sin previo aviso. Las economías de los países occidentales desarrollados se encontraban en la cima de lo que algunos observadores franceses iban a llamar los «treinta gloriosos»: el más fuerte período de prosperidad y crecimiento de la historia del mundo industrializado. Lo último que podían imaginar los políticos, e incluso el establishment intelectual, eran los tumultos en ciudades como París y la conversión, aparentemente súbita, de una multitud de chicas y chicos de la clases medias a la causa revolucionaria. No menos sorprendentes, tanto en el interior como en el exterior del mundo comunista, fueron los acontecimientos de Checoslovaquia: un partido comunista en el gobierno abrazaba oficialmente un pluralismo tolerante. Y si es cierto que ya entonces se podía predecir que los Estados Unidos, a pesar de su poder planetario, no se mantendría eternamente en Vietnam, ¿quién podía prever en diciembre de 1967 la ofensiva del Tet y sus repercusiones espectaculares, casi inmediatas en la política exterior estadounidense?
    Ese carácter súbito e inesperado es lo que hizo que los acontecimientos de 1968 fueran impactantes y dramáticos. Y fue un año sumamente rico es acontecimientos. Empezó con la ofensiva suicida de los vietnamitas el día del Tet, que, como hoy sabemos, quebró la voluntad de las fuerzas armadas estadounidenses y determinó definitivamente su derrota. Esto comportó casi inmediatamente a decisión de L. B. Johnson de no presentarse a las elecciones, en gran parte bajo la presión de las manifestaciones de los estudiantes contra la guerra. Dicha decisión está en el origen de la elección, el mismo año, de Richard Nixon como presidente. En la mismas semanas, Alexander Dubcek tomó las riendas del partido comunista checoslovaco. La dimisión del presidente Novotny fue seguida por las reformas de la Primavera de Praga y la tentativa de instaurar un «comunismo con rostro humano», que iba a ser aplastada en el 20 y el 21 de agosto con la invasión de la pequeña republica. El triunfo de los reformadores de Praga provocó en Polonia manifestaciones estudiantiles que fueron severamente reprimidas, y que el clan ultranacionalista, predominante en el gobierno, imputó a los judíos. La mayor parte de los varios miles de judíos todavía residentes en el país fueron expulsados.
    La primavera fue también un momento de crisis para Francia. Los «acontecimientos de mayo» no sólo constituyeron la mayor movilización de estudiantes que este país ha conocido, sino que además se propagaron mediante una huelga general que podría ser igualmente las más grande de su historia. Se ha discutido mucho, en nuestro tiempo, para saber si este extraordinario levantamiento habría podido desembocar en la primera revolución occidental, en tiempos de paz, desde la guerra civil española. Probablemente no. Pero, aunque el general De Gaulle sobrevivió a la crisis, su marcha el año siguiente fue con toda seguridad consecuencia directa, aunque retardada, de mayo de 1968, como lo fue la restauración de la unión de la izquierda en torno a un programa común a principios de la década siguiente. Los «acontecimientos de mayo» fueron seguidos casi inmediatamente, en Yugoslavia, por manifestaciones de estudiantes a favor de las reformas, que el presidente Tito consiguió calmar el 9 de junio. La casi simultaneidad de los movimientos estudiantiles a uno y otro lado de los que entonces se llamaba el telón de acero es uno de los aspectos más significativos y más imprevistos de 1968.
    El movimiento estudiantil no se limitó a Europa. Cuando, en otoño, la chispa cruzó el Atlántico y prendió en México, el episodio más dramático fue la matanza de estudiantes —y no sólo de estudiantes— en el curso de una gran concentración pública en la ciudad de México, poco antes de los Juegos Olímpicos, punto culminante de una importante agitación estudiantil y popular en el país. Aunque ésta chocó inmediatamente con una represión brutal, la política del gobierno mexicano registró un giro a la izquierda bajo el presidente (que había sido responsable de la represión como ministro de Interior).
    En Hispanoamérica tuvo lugar otra repercusión. La muerte del Che Guevara, en 1967, había marcado el fin de la tentativa cubana, muy criticada, de extender la revolución castrista exportando la guerrilla al continente, y al hacerlo había trasformado la imagen del Che en un icono político universal. No obstante, ahora las guerrillas parecían suplantadas por golpes de estado de signo progresista y antiimperialista. (Los golpes de estado conservadores eran relativamente habituales en Hispanoamérica y en otros sitios: en Brasil, y poco antes del período que nos ocupa, en 1967, en Grecia). El del general Omar Torrijos en Panamá había conducido a una confrontación a la vez enconada y larga con los Estados Unidos. El de la junta del general Velasco en el Perú, más importante, había comportado la reforma agraria más considerable acometida por un régimen no revolucionario en el hemisferio occidental.
    Por último, de nuevo en Europa, el otoño 1968 marca también el inicio de los combates en Irlanda del Norte, con los incidentes de Londonderry entre la policía y los manifestantes a favor de los derechos civiles. En el mismo momento, en Alemania Federal, la tentativa de asesinar al líder estudiantil Rudy Dutschke desencadenaba un período de agitación estudiantil en masa, mientras que en Italia, la combinación de manifestaciones y tumultos estudiantiles con la huelga general de 24 horas de los obreros anunciaba ya el gran movimiento que iba alcanzar su apogeo en el «otoño caliente» de 1969.
    A estos acontecimientos dramáticos hay que sumar los que, aun siendo de consecuencias menos graves, ocupaban las primeras páginas de los periódicos, como el asesinato de Martin Luther King o el de Robert Kennedy en los Estados Unidos, el levantamiento —tan imprevisto como los otros— de Watts, barrio negro de la prospera ciudad de los Los Angeles, e incluso los actos simbólicos de radicalización afroamericanos, como el saludo, puño en alto, de los atletas negros en los Juegos Olímpicos en México. Pero no hay que olvidar cuatro procesos que sucedieron durante todo el año y le imprimieron su sello.
    El primero es la Gran Revolución cultural de Mao en China, que entonces alcanzaba su apogeo. Es un episodio que los chinos preferirían olvidar, pero que en Occidente, donde China era poco conocida, inspiró un breve período de entusiasmo por el maoísmo, sobre todo entre los intelectuales jóvenes, atraídos por las llamadas del Gran Timonel a la revolución sin fin. El segundo proceso es la continuación del conflicto de Oriente Medio. Después de la victoria delos israelíes en la guerra de los Seis Diás en 1967, la acción armada de los comandos palestinos tomó un giro cada vez más dramático, exactamente igual que el contraterrorismo israelí. El tercer proceso es la trágica guerra civil de Nigeria, desencadenada por el intento secesionista de una de sus regiones 1967. Se prolongó durante todo el año 1968, hasta la derrota de la Biafra secesionista, debida, con carácter terminante, al aislamiento diplomático de que ésta fue objeto. Por último — acontecimiento tan sonoro como visible— está el seísmo contracultural, la gran revolución cultural del mundo occidental : 1967-69 fueron los años de los grandes festivales de rock —de Monterrey a Woodstock y Altamont— y 1968 fie su epicentro.
    Los historiadores que vivieron 1968 evocaron entonces, como no podía ser por menos, otro año descrito en términos poético-estacionales como la «primavera de los pueblos»: 1848, el año de las revoluciones europeas. Como éste, terminó en decepción. A la postre, los dramáticos acontecimientos de la escena pública desembocaron en contadísimos avances concretos. Tal vez es en parte por eso por lo que 1968 se ha prestado al reportaje fotográfico. La fotografía registra el momento vivo, la manera como la gente vive la historia, pero no las consecuencias históricas, aunque Magnum supo captar mejor que cualquier agencia fotográfica el tono histórico y el clima de la época. En los mejores casos, y tal vez de la manera más espectacular, esas fotos concentran en una sola imagen la complejidad y las contradicciones de una situación; así ocurre, por ejemplo, en la foto de Don McCullin en la que una mujer de Biafra lleva sobre la cabeza una carga de cartuchos de artillería como si fuera un cántaro o un racimo de plátanos. O el pequeño burgués de Henrí Cartie-Bresson, que contempla los graffiti de las paredes de mayo. Sin embargo, son imágenes que sólo pueden evocar un contexto e ignoran las consecuencias. Si el fotógrafo de Magnum hubiera estado presente en Waterloo, habría captado la batalla desde el punto de vista del Fabrice de La cartuja de Parma antes que desde el de Napoleón, Wellington o Talleyrand. En cualquier caso, ese precursor de nuestros reporteros casi con toda seguridad habría considerado decisiones menos interesantes, visualmente, que la acción sobre el terreno, salvo para hacer un retrato ecuestre. Pero, ¿exactamente quién tomaba las grandes decisiones en 1968? Los movimientos más característicos de este año hacían de la espontaneidad un ideal y eran alérgicos a las directrices, a las estructuras y a las estrategias. Su ideología natural debería haber sido el anarquismo, y no los simulacros de Marx, Lenin, Mao y el Che que sus miembros más politizados preferían. El arma natural de la rebelión de 1968 no era ni el fusil, ni la resolución política, sino los grafffiti, el cartel improvisado y el micro.
    No obstante, sería un error considerar 1968 como un año revolución o revoluciones fallidas, o, para retomar la fórmula de un historiador a propósito de 1848, como «un curva en la que Europa erró la maniobra». Bajo la iluminación más favorable, era un signo de que los cimientos de la edad de oro de la economía occidental estaban hundiéndose, exactamente igual que lo de as economías centralizadas de tipo soviético, cuyas debilidades se hacían cada vez más evidentes. Sin embargo, como demostrará el aplastamiento de la Primavera de Praga por los carros de combate soviéticos, para el Este aún no había llegado el momento de la desintegración del imperio, aunque después de 1968 era evidente que sólo la pronta intervención de Moscú había salvado el status quo.
    En los países occidentales desarrollados, la edad de oro del crecimiento económico y del Estado-providencia keynesiano llegó a su fin antes del derrumbe del comunismo —1973 marca la gran inflexión— sin que nadie lo hubiera previsto. Ninguna de las grandes corrientes políticas —y los partidos socialistas europeos menos que los otros— contaba seriamente con un cambio de régimen económico; es más, nada permitía vislumbrar su posibilidad. En Occidente, la revuelta estudiantil, aunque parecía hablar un lenguaje político, era un fenómeno ajeno a la economía y la política. Exceptuada su contribución a la lucha contra la guerra de Vietnam, su impacto en la política, o en la luchas obreras, no era intencionado. Su alcance cultural fue mucho más grande que su impacto político, a diferencia de los que ocurría en el mismo momento en los países comunistas y en otras dictaduras.
    Lo que hace de 1968 una fecha esencial en la historia del siglo XX es la explosión cultural después de veinte años de transformaciones económicas y sociales sin precedentes. Este año vio estallar la revolución en la educación que, en los tres «mundos», transformaba la población estudiantil, formada entonces por élites salidas de las clases medias, en ejércitos inmensos. En Francia su número se había triplicado en el curso de los años sesenta hasta llegar a 650,000. 1968 presenció la mundialización explosiva de las comunicaciones, con la difusión en unas semanas de los mismos iconos, de las mismas barreras, de campus en campus, a través de continentes y océanos. Puso de manifiesto de manera rotunda una prosperidad sin precedentes que se traducía en el poder adquisitivo de una capa social emergente, la «juventud», cultural y económicamente autónoma. La industria del disco podía contar ya, en el 75% de su cifra en negocios, con el rock, seguido masivamente por los jóvenes de 14 a 24 años. 1968 hizo estallar la falla (en las tradiciones, el comportamiento, los temores, las esperanzas y las expectativas) entre las generaciones anterior y posterior a 1950. Y tal vez por encima de todo, el año 1968 aceleró la dispersión, el alcance de los cambios en los comportamientos públicos y privados, en las relaciones entre las generaciones y los sexos, que habían empezado en los años sesenta. Ésta fue la década en la que, dentro de la industria francesa del prêt à porter femenino, por primera vez se produjeron más pantalones que faldas, la década en la que las vocaciones sacerdotales cayeron verticalmente, la década de la contracultura militante.
    Éstos no eran fenómenos políticos en el sentido tradicional del término, aunque, como todos los grandes cambios socioeconómicos y culturales, hayan tenido repercusiones políticas y se hayan expresado, entre otros lenguajes, en el tradicional de la política, que continua hoy. Pero su en la retórica de 1968 no había una diferencia clara entre el amor, tomar LSD o hacer la revolución, la conversión de John Lennon a una especie de radicalismo político que llevará al FBI a abrir un voluminoso expediente sobre él, no constituye el episodio más interesante del rock en general y de la historia de los Beatles en particular. Lo que 1968 puso de manifiesto de manera espectacular en Occidente, menos dramáticamente en la Europa comunista — y menos aún en el tercer mundo—, es la extraordinaria aceleración de las transformaciones sociales en el curso de las décadas posteriores a 1945, período que los historiadores terminarán por definir como el más revolucionario de la historia mundial.
    1998, Éditions Hazan, Paris
    1998, Lunwerg Editores, Barcelona, Magnum Photos
    traducción Ramón Ibero.
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    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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