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    domingo, 8 de julio de 2018

    John Cheever El coleccionista de matrimonios fracasados

    Casas con pileta, clubes de golf y mucho alcohol pueblan los cuentos del escritor estadounidense, ahora reeditados. Sus diarios y cartas completan las novedades.

    Claves. Cheever no se resigna a que el cuento tenga un solo tema, desconfía de la "invención cerrada". En la imagen, el autor en su casa de Ossining, Nueva York, en 1979. Foto: Paul Hosefros/The New York Times


    Pablo de Santis



    Toda recopilación de cuentos esconde siempre otra colección. Son esas cosas que los autores repiten contra su voluntad: crímenes, viajes en tren, rutas vacías, esperas en aeropuertos. John Cheever colecciona matrimonios fracasados. En este volumen de casi 900 páginas, casi no hay cuento que no tenga su pareja amenazada, o ya destruida, por la infidelidad, el alcohol o el aburrimiento. La persistencia del fracaso tiene un efecto abrumador sobre el que lee. En secreto, siempre esperamos que nos cuenten una historia de amor.

    Esta edición de los Cuentos de Cheever retoma el volumen que se publicó en 1978 (The Stories of John Cheever), y que le dio a su autor un lugar en las listas de best-séllers –algo insólito para un libro de cuentos–, el premio Pulitzer y un aura de reconocimiento definitivo. En 1980 la editorial argentina Emecé se hizo eco de ese éxito y lo publicó con la tapa roja original de la edición estadounidense. El libro que ahora llega a nuestras librerías incorpora doce cuentos que no estaban en la recopilación de 1980. Rodrigo Fresán, que escribió muchísimas páginas sobre Cheever a lo largo de los años, y que fue siempre un fiel defensor de su obra, agrega a estos cuentos un epílogo donde nos habla de la relación del autor con sus editores, especialmente con Robert Gottlieb. Fue él quien le propuso al autor la recopilación de los cuentos, a pesar de lo poco que habían vendido sus libros anteriores.
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    Cheever está lejos del modelo de cuento instalado por Poe y que consiste en la metódica preparación de un efecto final. Renuncia a la sorpresa. En más de un caso la construcción parece errática. El autor no se resigna a que el cuento tenga un solo tema como destino. Suma argumentos, personajes, distracciones. Nos cuenta Fresán que una de las consignas que Cheever daba a sus alumnos de taller de escritura de la Universidad de Iowa era que escribieran un texto donde debían conectar una serie de cosas o hechos en apariencia irreconciliables. Esta búsqueda de vínculos entre cosas distintas es una de las claves de su poética, que desconfía de la invención cerrada. De sus combinaciones imprevistas vienen sus hallazgos y sus derrotas.

    Este gigantesco volumen de sesenta y un cuentos encierra algunos relatos que están entre los mejores de la literatura norteamericana. El más famoso es “El nadador”, cuyo protagonista, Ned Merrill, se propone atravesar el condado a nado, como si las piletas de sus vecinos formaran un río secreto. Ned, atlético y optimista, aparece al principio como un ejemplo de la pura voluntad, hasta que lo conquistan el cansancio, el frío y la verdad. Cheever construye para él un auténtico “camino del héroe” hecho de piletas y alcohol. Como ocurre en el esquema mítico, Ned se encuentra con obstáculos y ayudas, pero le ha tocado una época en la que la idea de meta ha desaparecido. En 1968 Burt Lancaster interpretó a Ned Merrill en una película que empezó a dirigir Frank Perry y terminó Sydney Pollack.
    "El nadador". Burt Lancaster, como Ned Merrill, protagonizó la película de 1968, basada en el cuento emblemático de  John Cheever.

    "El nadador". Burt Lancaster, como Ned Merrill, protagonizó la película de 1968, basada en el cuento emblemático de  John Cheever.


    El cuento “Reunión”, breve y perfecto, podría haberse titulado “La última vez que vi a mi padre”, porque son las palabras que abren y cierran el relato. Instala uno de esos padres que acaban de llegar y ya están por irse, esas figuras inasibles que también encontramos en Truman Capote y en Paul Auster. La locuacidad irrefrenable del padre se completa con la reticencia del hijo, el narrador. De recomendar un solo cuento de todo el libro, elegiría este.

    En “La profesora de música” y en “El tren de las cinco cuarenta y ocho”, Cheever se acerca al cuento policial, pero no al de crimen e investigación, sino a esas miniaturas irónicas que tallaron autores como Stanley Ellin, John Collier o Roald Dahl, y que más tarde pasaron a formar parte del corazón del programa Alfred Hitchcock presenta.

    “El gusano en la manzana” es una reflexión irónica sobre su propio lugar como manipulador de personajes. El narrador nos presenta a una familia perfectamente normal y feliz, y nos cuenta los pasos de su vida siempre a la espera de que se revele una infidelidad, una mentira, una pérdida. En definitiva, el “gusano en la manzana”.

    Una buena parte de los cuentos de Cheever transcurre en los suburbios que son su marca registrada: Shady Hill y Bullet Park. Casas con pileta, reuniones de vecinos, viajes en tren al trabajo, clubes de golf. Y mucho alcohol. La agencia de viajes de Cheever es muy limitada: sus personajes solo pueden sacar pasajes para Italia. Allí transcurre “El mundo de las manzanas”, historia maravillosa donde un viejo poeta laureado pierde el rumbo de su inspiración y de su vida. Para solucionar las cosas, el poeta hace una ofrenda al santo de una iglesia de pueblo. Y murmura: “Dios bendiga a Walt Whitman. Dios bendiga a Hart Crane. Dios bendiga a Dylan Thomas. Dios bendiga a William Faulkner, a Scott Fitzgerald y, especialmente, a Ernest Hemingway”. Aunque nombra más narradores que poetas, Dios escucha el pedido y le devuelve la inspiración.

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    “La monstruosa radio” tiene uno de los mejores argumentos y el único que coquetea con lo fantástico. Un matrimonio sufre una catástrofe: se descompone la radio. El marido trae a casa un nuevo y enorme aparato. Su mujer quiere escuchar música, pero la radio deja oír diálogos inconexos, tristes. La mujer se da cuenta de que en el nuevo aparato aparecen las voces de sus vecinos. Escucha primero con curiosidad y luego con horror el murmullo de la infelicidad humana. También el escritor parecía tener en su estudio un aparato semejante, que atrapa en el aire las ondas de la desgracia ajena.

    Cheever nació en la ciudad de Quincy, cerca de Boston, en 1912. Desde joven comenzó a publicar relatos en revistas, y mantuvo una larga relación con The New Yorker. Su primera colección de cuentos, The Way Some People Live, es de 1943; su primera novela, Crónica de los Wapshot, apareció en 1957. Mucho más difundidas en español fueron sus siguientes novelas: Suburbio, Falconer y Esto parece el paraíso. En esta última, que es muy breve, está presente el descubrimiento de la homosexualidad. Como puede verse en sus Diarios, de publicación póstuma (y que ahora también han vuelto a ser editados en español), ese tema obsesionaba a Cheever, y sin embargo casi no hay rastros de él en su literatura.

    Se considera a Cheever como un escritor realista, pero no fue esa impresión la primera que tuve cuando leí, al fin de la adolescencia, Suburbio, en traducción de Aníbal Leal. En esa novela Cheever invitaba a recorrer un mundo extraño: se parecía a ese barrio de casas con jardines que encontramos al comienzo de la película Terciopelo azul. Que los protagonistas se llamaran Clavo y Martillo le daba a la historia un aire a parábola y hasta a alegoría, aunque su sentido último fuera continuamente escamoteado.

    La novela comienza así: “Imagino una pequeña estación de ferrocarril, diez minutos antes de oscurecer”. Este “imagino” está presente de muchas maneras en Cheever, como si no se resignara a ser un escritor realista, como si quisiera que lo imagináramos a él en la tarea de poblar su mundo de casas y jardines y desesperación. En la primera línea de Esto parece el paraíso, su última novela, lo que se pone en escena no es la escritura, sino la lectura: “Este es un relato para leer en la cama, una noche de lluvia”. Aunque sus cuentos reclamen otra clase de lectura menos plácida, podemos dejar un par (“Reunión”, “El mundo de las manzanas”) para que sean leídos en la cama, una noche de lluvia.

    Pablo De Santis ha publicado, entre otros, El enigma de París, Premio Planeta-Casa de las Américas 2007, y es miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

    https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/coleccionista-matrimonios-fracasados_0_H1jiLznM7.html

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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