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    domingo, 29 de julio de 2018

    James Salter un influyente escritor norteamericano



    A comienzos de los 60, Salter se encontró en Nueva York, sin trabajo y sin dinero y con dos hijos a su cargo que no sabía cómo iba a mantener. A partir de aquel momento tuvo que vender piscinas y casas en las riberas del Hudson, luego montó una panadería que no funcionó, escribió para revistas y periódicos (llegó a entrevistar a Nabokov en el Grand Hôtel de Montreux), y también hizo documentales deportivos y documentales sobre la vanguardia artística neoyorquina (fue uno de los primeros en descubrir a Andy Warhol). Al final terminó escribiendo guiones en Hollywood, algunos para Robert Redford, como el de «El descenso de la muerte», e incluso llegó a rodar en Francia una película propia, «Three», con Charlotte Rampling y Sam Waterston. Sin embargo, la desilusión seguía rondándole y Salter no se sentía a gusto con su trabajo. En su última novela, «Todo lo que hay», Salter ni siquiera se dignaba mencionar el mundo del cine, a pesar de que se pudo comprar su hermosa casa en Bridgehampton -«está a 250.000 dólares de la playa», decía con una sonrisa astuta- gracias al dinero que ganó en Hollywood.

    Supongo que este contraste entre una vida a primera vista apasionante y unos resultados vitales muy poco satisfactorios marca por completo su obra narrativa. Porque debajo del mundo de las mujeres guapas, las casas en Manhattan y en los Hamptons, los vecinos agradables que toman un martini en el jardín y nadan en la playa hasta que entra el otoño, y la gente sofisticada que va y viene de Europa a América, se esconde la lenta carcoma de la destrucción y el fracaso. Muy poca gente ha escrito tan bien sobre el erotismo y el esplendor de la carne, y al mismo tiempo muy poca gente ha escrito tan bien sobre el reverso melancólico que tienen todos los placeres y todos los éxitos mundanos”.

    Eduardo Jordá, ABC, 22/06/2015

    James Salter

    Se publican en castellano El arte de la ficción de James Salter
    Todo lo que sé
    Hombre de acción, piloto de la fuerza aérea, escritor de culto de otros escritores, guionista y director de Hollywood, en 2015 James Salter dio tres conferencias en la Universidad de Virginia a los ochenta y nueve años, pocos meses antes de morir. Ahora esos tres textos llenos de evocación sincera sobre el propio aprendizaje en la escritura, las lecturas y los tropiezos del amateur, se publican en castellano. Breve y luminoso, El arte de la ficción permite, más que asistir a un cierre, una puerta de entrada a la obra de un escritor norteamericano muy influyente a partir de mediados de los años 70, y paradójicamente secreto.
    Por Rodrigo Fresán

    A esta altura, la historia real de James Salter (New Jersey 1925-2015) ya es muy bien conocida por todos aquellos a los que les interesan las verdaderas buenas ficciones. De hecho, el propio Salter la narró en una ardiente memoir de 1997 titulada Quemar los días: hombre de acción y piloto de caza hemingwayano (a propósito de la Fuerza Aérea escribió que “yo me la comí y me la bebí, estuve a su lado sin considerar el día o el clima, recité su discurso infinito, le entregué mi corazón”), posterior bon vivant fitzgeraldista (moviéndose entre Manhattan y las grandes capitales europeas y sets de filmación como guionista con un aire entre Paul Newmann y Don Draper), y celebrado “escritor de escritores” por nombres que incluyen los de Graham Greene, Susan Sontag, Richard Ford, John Irving, Julian Barnes, Michael Ondaatje, Joseph Heller, Harold Bloom y todo aquel más o menos preocupado por comprender el misterio y el don de la construcción de frases perfectas sin por eso dejar de indignarse por su privilegio/estigma de ser “el más secreto de los escritores secretos”. Por el camino, obras maestras como Juego y distracción, Años luz, los cuentos perfectos de Anochecer y La última noche (reunidos en inglés con prólogo de John Banville con quien Salter compitió cabeza a cabeza por el premio Príncipe de Asturias de 2014) y la despedida triunfal con esa extraña a la vez que clásica –y hoy, seguro, para muchas y muchos, demasiado “masculinista”– novela de título tan honesto como transparente, tan humilde como soberbio: Todo lo que hay.

      Ahora –faltando aún por traducirse una de sus novelas de combatiente en las nubes, su poesía, la correspondencia con Robert Phelps y una recopilación de recetas gastronómicas junto a su esposa Kay, sus crónicas de viaje, una sustanciosa recopilación de entrevistas en la canonizadora serie editada por la University of Mississippi Press, y el recién aparecido en Estados Unidos armonioso rejunte de sus artículos periodísticos variados Don’t Save Anything– llega este pequeño en tamaño pero amplio en intenciones El arte de la ficción.

      Destilados a partir de una crepuscular estadía, pocos meses antes de morir, como escritor en residencia en la University of Virginia, los tres textos aquí incluidos –“El arte de la ficción”, “Escribir novelas” y “Convertir la vida en arte”; es una lástima que la edición local haya optado por prescindir del profundo retrato a modo de larga introducción que hace de Salter el colega y amigo y también literario macho alfa sensible John Casey, otro gran narrador al que no estaría mal que se tradujese –funcionan más y mejor si no se los considera meditadas reflexiones sobre la teoría sino inspiradas charlas acerca de la práctica–. No tienen, conviene anticiparlo, la densidad maliciosa y los fuegos artificiales de las enseñanzas de Nabokov (a quien Salter idolatraba y perfiló en Montreux), pero sí ese encanto casual de coincidir con un ser luminoso junto a la barra de un bar con algo muy bueno en el vaso o la copa. Así, el discurso casi juguetón en su libre pero disciplinada asociación de ideas de Salter –paradigma del self-made writer, siempre más cerca de lo que le gusta que de lo que debería gustar, su ideario es sencillo aunque no simple– no pasa por el férreo sermoneo de mandamientos sino por la delicada evangelización a base de afectos consciente de que no se puede enseñar a escribir pero sí a leer a partir del ejemplo de los maestros; teniendo bien en claro que el escritor no es otra cosa que su estilo y admitiendo que todo lo que aprendió ha venido de los libros y que “estaría entre tinieblas sin ellos”. Aquí, entonces se evocan el ya mencionado Nabokov, Faulkner, Babel, Faulkner, Balzac, Bellow, Kerouac (compañero de escuela), Hemingway Flaubert y tantos otros que lo guiaron en lo que el entendía como el arte de “juntar palabras... me gusta frotar a las palabras entre ellas, como si las tuviera en una mano cerrada. Sentirlas dar vuelta, chocar, y después elegir nada más que a las mejores”. Alguien que, cuando le preguntaban qué es lo que más deseaba en la vida, respondía con soberbia humildad que “ser inmortal”.

      Con la misión cumplida y la obra vencedora, Salter vuela de regreso a su base.

    https://www.pagina12.com.ar/131278-todo-lo-que-se

    Dos fragmentos de El arte de la ficción, de James Salter

    Kerouac, el del instituto

    Estaba en Pensacola una tarde, ya después de la guerra, caminando por la calle, cuando me detuve a mirar el escaparate de una librería. Había un libro con una cubierta llamativa titulada La ciudad y el campo. El nombre del autor atrajo mi atención: Jack Kerouac. Conocía a un Jack Kerouac con el que había estudiado en el instituto y que entonces escribía relatos. ¿Sería él?

    “Esto lo escribió Jack Kerouac”, le dije a mi mujer, enseñándoselo.Entré y busqué el libro. En la solapa había una fotografía. Lo reconocí inmediatamente. Me quedé atónito. Iba un curso por delante del mío en el instituto, al igual que todos sus amigos. Era fornido y atlético, corría muy rápido. Jugaba al fútbol americano. Sabía que se había ido a Columbia a jugar. Leí varias páginas del libro, y lo compré y me lo llevé a casa.
    A ella no la conocí hasta mucho después del instituto, así que tuve que ponerla en antecedentes. Le expliqué quién era, pero no le expliqué cómo me había sentido al ver su libro: celoso, incluso asqueado de envidia, superado.
    Mi mujer no veía con especial simpatía mi interés por la escritura. Tampoco se oponía; le era indiferente. Pero yo, caminando de uniforme por una calle en Pensacola, de pronto me había topado con la imagen de una vida distinta a la que yo vivía.
    La ciudad y el campo del título eran Nueva York –donde Kerouac conoció a las figuras fundamentales de su vida, William Burroughs, Allen Ginsberg, Neal Cassady, y también a varias de las mujeres con las que se casó– y Lowell, Massachussets, su pueblo natal. La escritura está marcadamente influida por Thomas Wolfe. Yo había leído a Thomas Wolfe, las tres novelas colosales, sus largas, exuberantes descripciones de lo prosaico y su naturaleza insaciable, su búsqueda de sentido y amor, que a veces acaban en pie yámbico, la señora Jack, Esther Jack, sacada de su propia vida. Fue esa exuberancia lo que Kerouac encontró en él y transformó en una fuerza torrencial para que la elegía sonara a jazz. Leí La ciudad y el campo; me conmovió profundamente el mero hecho de que se hubiera escrito.
    Yo nunca había escrito una novela, aunque lo había intentado. Había escrito varios cuentos. En un momento dado escribí uno mucho más largo y se lo enseñé a un buen amigo. Su novia y él lo leyeron y me aconsejaron que lo rompiera. Es una lección de humildad escribir algo sobre ti mismo y verlo ridiculizado. Claro que yo había fingido que no era sobre mí, pero se traslucía en cada página.
    No sé de dónde sale el afán de escribir. No creo que sea innato, pero llega pronto. Yo no albergaba un demon, como al parecer le ocurría a Faulkner, o a D. H. Lawrence, pero hay escritores que no están poseídos de ese modo. No creo que fuera el caso de Ford Madox Ford. John Updike no tenía demon. Tampoco Lampedusa. Sea como sea, el genio obra a su antojo. Lo mío era solo un deseo que podría haber durado hasta cierto punto. Entonces apareció en mi camino una figura compasiva. Era un agente que había dirigido mucho tiempo una revista y que me aceptó a pesar de que no hubiera publicado ni pudiera mostrar nada aparte de aquel único intento, pero yo había seguido trabajándolo y le pareció lo bastante bueno para presentarlo.
    En mi otra vida, me habían destinado al transporte aéreo. Era aburrido pero eres joven; los nombres de lugares lejanos significan algo para ti. Nadie pensaba que habría una guerra; eso se había acabado, Hablo de 1946, cuatro años antes de que la Guerra de Corea estallara de repente, como una tormenta, casi pareció que de la noche a la mañana. Cuando eso ocurrió, yo estaba en el cuerpo de cazas y ansioso por entrar en combate. Sería ridículo morir en un caza y que no fuera en la guerra. Fue operístico, decir adiós y cargar con el miedo de no volver… sin confesarlo nunca.
    En algún momento recibí una nota de mi agente: Harper’s había rechazado el manuscrito, pero, al devolverlo, el editor había dicho: “Si escribe otro libro, nos interesaría verlo”. Así que por fin era escritor. O quizá lo sería al cabo de cinco años. Ése fue el tiempo que transcurrió desde el momento en que volví a empezar hasta que terminé.
    La novela que empecé fue Pilotos de caza. Supe desde el principio cuál sería el estilo, pero no la forma. No podía encontrarla, por más vueltas que le daba y a pesar de que prácticamente la veía, es decir, la imaginaba escrita. Hasta que un día la vi clara. Me senté y escribí en la zona en blanco de un mapa el esbozo de la novela en capítulos. Me la aceptaron e incluso me mandaron un contrato para otra.

    Todo lo que no está escrito desaparece

    Creo que fue Turguéniev, o si no uno de los Goncourt, quien dijo que siempre que los hombres cenan juntos, la conversación gira en torno a las mujeres y el amor. En cualquier caso, así era con Saul Bellow, al menos en los años que yo lo conocí, desde finales de los setenta y en la década de los ochenta. En esa época tenía en mente sobre todo a las mujeres, porque su ex esposa, la tercera, le había puesto un pleito pidiendo más dinero, después de que ganara el Premio Nobel y los seiscientos o setecientos mil dólares que traía consigo. El juicio era en Chicago y Bellow temía que hubieran sobornado al juez. No llegué a conocer a su ex mujer, aunque tengo la sensación de haberlo hecho. Ella estaba en manos, por decirlo así, de un fabuloso contador de historias. Bellow estaba en manos del juez y ella en las de Bellow. Pedía que aumentaran su pensión y la ayuda para mantener a su hijo. Estábamos en Aspen, donde el Instituto de Estudios Humanísticos lo había invitado aquel verano; mientras Bellow nadaba estilo rana –había una piscina–enumeraba los motivos por los que sospechaba del juez y por qué era evidente que ella tenía el ojo puesto en el dinero del premio. Más que el ojo.
    https://www.pagina12.com.ar/131278-todo-lo-que-se

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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