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    domingo, 29 de julio de 2018

    Isaac Bábel un gran escritor talento extraordinario y genio



    Isaak Babel y Caballeria Roja

    Domingo 21 de marzo de 2010. Nodo50 | 
    Nekane Bengoa
    "En las siguientes líneas de mi carta me apresuro a escribirle sobre padrecito, que hace un año mató a golpes a mi hermano Feodor Timofeyevitsch Kurdyukof. Nuestra brigada roja, la del compañero Paulitschenko, atacaba Rostof, cuando se cometió una traición en nuestras filas. Por entonces estaba padrecito con Denikin mandando compañía como suplente."
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    Fotografía de la ficha de Babel detenido por el NKVD
    La carta es uno de los 34 relatos breves que componen Caballeria Roja. Publicado en 1925, es el resultado del trabajo de Isaak E. Babel sobre su diario de guerra, en el que recogió sistematicamernte su experiencia como soldado en el famoso "Primer Ejército de Caballería" del mariscal Semyon Budionni. Microhistorias, "cápsulas literarias", "relatos caleidoscópicos" a partir de su participación en la guerra civil rusa y en la campaña contra Polonia. El libro fue duramente criticado por el propio Budionni, escandalizado por la crudeza del relato y el desprecio de Babel por la "mitica" y la propaganda.
    Hay en Caballeria Roja un esfuerzo evidente por dar fe de la realidad en terminos concretos. Los protagonistas de las guerras y las revoluciones son de carne y hueso, viven y encabezan grandes acontecimientos históricos, y lo hacen condicionandos por sus propias miserias y contradicciones, no siempre luchando contra ellas. El marco histórico de la confrontación es épico y al tiempo la cotidianidad es esperpento. La burocracia soviética crucificó al libro por derrotista sin comprender que Babel parece querer contar que las gestas colectivas suelen alimentarse de un montón de incompresibles y dramáticas peripecias individuales. Muchas dramáticas, otras patéticas, trágicas. "Es espléndido nuestro ejercito" escribe Babel poco después de describir la ejecución despiadada de una campesina que malvive traficando con alimentos (La sal).
    En los años 30 Babel será sometido a duras presiones para modificar su manuscrito y adaptarlo a los cánones del "realismo socialista". Había que eliminar la ironía, hacer desaparecer la carga sarcástica y profundamente humana de su visión sobre la guerra y los hombres y mujeres que participaron en ella. De la misma manera que Mijail Bulgakov(La Guardia Blanca) pagó cara su sensibilidad al describir la crisis colectiva de la oficialidad zarista desde la experiencia individualizada de seres humanos que luchan, sufren, matan y mueren en defensa de un mundo que se derrumba; el stalinismo condenó a Babel por presentar a unos vencedores demasiado humanos, como sujetos pegados a sus contradicciones que en la guerra social ganan y pierden, se equivocan, sufren, matan. Hay también un punto de melancolía y tristeza en Babel al describir la descomposición del universo religioso y cultural judio en el campo ucraniano, sacudido por la guerra revolucionaria y la destrucción de sus relaciones de propiedad y de producción tradicionales. Mal asunto este para un escritor judío en la Unión Soviética de los años 30, donde antisemitismo y depuración política se reforzaban en una pinza criminal.
    Acusado de "trotskysta", de cometer "crimenes contra el Estado soviético" y de trabajar para "potencias extranjeras" fue detenido y fusilado en 1940.
    Nekane Bengoa

    LA CARTA

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    Portada de la primera edicion rusa de Caballeria Roja
    He aquí la carta que me dictó, para su casa Kurdyukof, un soldado de nuestra sección. La carta merece no ser olvidada. La escribí sin el menor aditamento, y fidedigna y literalmente la transcribo:
    Querida madre Yefdokia Feodorofna: En las primeras líneas de esta carta, me apresuro a participarle que, gracias a Dios, vivo y estoy sano, lo cual desearía oír también de usted. Me inclino profundamente ante usted desde la blanca frente hasta la tierra húmeda... [Siguen parientes, padrinos, compadres... Prescindimos de todo esto y vamos al segundo párrafo.]
    Querida madre Yefdokia Feodorofna Kurdyukova: Me apresuro a escribirle a usted que estoy en la caballería roja del compañero Budienny. Su compadre Nikon Vassilievitsch está también aquí. Ahora es un héroe rojo. Me ha llevado con él a la expedición de la sección política, desde donde enviamos al frente literatura y periódicos: Izvestia de Moscú, del Comité Central Ejecutivo, Pravda de Moscú, y nuestro querido e implacable periódico El Jinete Rojo, que todo combatiente, en el frente más avanzado desea leer para batir luego con ánimo heroico a los insolentes nobles..., y a mí me va divinamente con Nikon Vassilievitsch.
    Querida madre Yefdokia Feodorofna: mándeme usted muchas cosas, todo lo que pueda. Haga el favor de matar el cerdo pío y mandarme un paquete a la sección política del compañero Budienny, para Vassili Kurdyukof. Todos los días me acuesto sin comida y sin ropa, así es que paso un frío horrible. Escríbame una carta sobre mi Stiopa y dígame si vive o no. Haga el favor de tener cuidado de él y escríbame si tiene todavía aquel defecto o ha pasado ya, y también sobre la matadura en la pata delantera y si le han herrado ya o no. Haga el favor, querida madre Yefdokia Feodorofna, de lavarle la pata con el jabón que le dejé detrás del santo, y si se ha gastado ya el jabón, compre más en Krassnodar y Dios no la abandonará. Puedo decirle también que esta tierra es muy miserable. Los campesinos huyen con sus caballos a los bosques ante nuestras águilas rojas. Trigo se ve muy poco y está bajísimo. Nosotros nos reímos de él. Los campesinos siembran centeno y avena también. El lúpulo crece aquí en estacas, lo cual da un gran aspecto. Hacen aguardiente de él.
    En las siguientes líneas de mi carta me apresuro a escribirle sobre padrecito, que hace un año mató a golpes a mi hermano Feodor Timofeyevitsch Kurdyukof. Nuestra brigada roja, la del compañero Paulitschenko, atacaba Rostof, cuando se cometió una traición en nuestras filas. Por entonces estaba padrecito con Denikin mandando compañía como suplente. Gente que le ha visto dice que llevaba su medalla como en tiempos del antiguo régimen. A consecuencia de aquella traición se nos hizo prisioneros a todos, y padrecito echó la vista encima de mi hermano Feodor Timofeyevitsch. Padrecito empezó a dar con el sable a Fedia, gritando al mismo tiempo: "Carroña, perro rojo, hijo de perro" y más todavía, y le siguió golpeando hasta que oscureció y hasta que mi hermano Feodor Timofeyevitsch cayó muerto. Entonces le escribí a usted una carta de cómo Fedia estaba enterrado sin cruz. Pero padrecito me pilló la carta y me dijo: "Hijos de madre, que habéis salido a la madre, sois una ralea de zorra. Yo he preñado a vuestra madre y volveré a preñarla. Mi vida camina a su fin; pero, en nombre de la Verdad, voy a exterminar a mi propia simiente...", y mucho más dijo todavía. Yo soporté ese sufrimiento como nuestro salvador Jesucristo. Pero pronto escapé de padrecito y volví a alistarme en las tropas del compañero Paulichenko. Y nuestra brigada recibió orden de dirigirse a la ciudad de Voronezh para equiparse, y allí nos dieron caballos, mochilas, polainas y todo lo que nos hacía falta. Puedo decirle, querida madre Yefdokia Feodorofna, que Voronezh es una ciudad muy bonita; pequeña, aunque más grande que Krassnodar. La gente es muy guapa y hay allí un riachuelo que sirve para bañarse.
    Todos los días nos han dado dos libras de pan, media libra de carne y bastante azúcar, de manera que al levantarnos, y por la noche lo mismo, hemos tomado té dulce y hemos olvidado el hambre. A mediodía fui a ver a mi hermano Semión Timofeyevitsch para hartarme de ganso y de tortilla dulce. Después me dormí. Por entonces quiso todo el regimiento tener de comandante a Semión Timofeyevitsch por su valentía, y vino orden del compañero Budienny, y Semión Timofeyevitsch recibió dos caballos, magnífica vestimenta, un carro para el bagaje y la orden de la Bandera Roja, y yo, como hermano suyo, me he quedado con él. Si ahora nos ofendiese un vecino, Semión Timofeyevitsch podía matarle sin más ni más. Después empezamos a perseguir al general Denikin; matamos a miles de los suyos y los echamos hasta el mar Negro; pero ni rastro de padrecito, y eso que Semión Timofeyevitsch ha hecho indagaciones sobre él en todas partes porque le atormenta el recuerdo de su hermano Fedia. Pero, querida madre, ya conoce usted a padrecito y sabe usted lo testarudo que es. Se había pintado tranquilamente la barba roja de negro, y se hallaba vestido de paisano en la ciudad de Maikop, donde nadie podía conocer que era un verdadero sargento de caballería del antiguo régimen. Pero la verdad se abre paso siempre. Su compadre Nikon Vassilievitsch le vio por casualidad en una choza y dio cuenta de ello a Semión Timofeyevitsch. Montamos a caballo y corrimos furiosamente doscientos kilómetros, yo, mi hermano Semión y unos cuantos mozos voluntarios.
    Y ¿qué vimos en la ciudad de Maikop? Pues vimos que el interior no sufre como el frente, y que lo mismo que allí, en todas partes hay traición, y que todo está lleno de judíos, igual que en el antiguo régimen. Y Semión Timofeyevitsch disputó violentamente en la ciudad con los judíos, que tenían a padrecito bajo cerrojos y no querían entregarle diciendo que había llegado orden del compañero Trotski de no matar a los prisioneros; que ellos mismos le juzgarían; que no querríamos ser malos con ellos; que padrecito recibiría lo suyo. Pero demostró que era comandante de un regimiento y que poseía todas las órdenes de la Bandera Roja del compañero Budienny. Amenazó con apalear a todos los que defendían la persona de padrecito y no quisieran entregarle, y los mozos del pueblo amenazaban también con ello. Y cuando padrecito salió, empezó Semión Timofeyevitsch a pegar a padrecito y, según la costumbre de la guerra, apostó en el patio a todos los soldados. Y luego Senka le tira agua a la cara a padrecito Timofei Rodionitsch, y la pintura corría barba abajo. Y Senka preguntó a Timofei Rodionitsch:
    —¿Le va a usted bien en mis manos, padrecito?
    —No —dijo padrecito—; me va mal.
    Entonces preguntó Senka:
    —Y a Fedia, ¿le iba bien en sus manos cuando le mató usted a golpes?
    —No —contestó padrecito—; mal lo pasó Fedia.
    Entonces volvió a preguntar Senka:
    —¿Creía usted entonces, padrecito, que también usted lo pasaría mal alguna vez?
    —No —dijo padrecito—; no creí que lo pasaría mal.
    Entonces se volvió Senka a los que estaban presentes y dijo:
    —Yo creo que vosotros no andaríais con miramientos conmigo si cayera en vuestras manos. Con que, padrecito, vamos a terminar...
    Entonces Timofei Rodionitsch empezó con todo descaro a decir cosas a Senka, a la madre de Senka y a la madre de Dios, y Senka a pegarle en los morros; y Semión Timofeyevitsch me mandó salir del patio, así que no puedo decirle, querida madre Yefdokia Feodorofna, cómo terminó padrecito, porque entonces precisamente me echaron del patio.
    Luego acuartelamos en la ciudad de Novorossik. De esta ciudad puede decirse que detrás de ella no hay más tierra seca... Agua, pura agua, el mar Negro. Allí estuvimos hasta mayo, luego fuimos al frente polaco y allí nos las entendimos con los nobles hasta no poder más...
    Quedo de usted su querido hijo
    Vassili Timofeyevitsch
    Madrecita, eche una mirada de cuando en cuando a Stiopa y Dios no la abandonará...
    Ésta es la carta de Kurdyukof, en la que no he cambiado una palabra. Cuando la terminé, cogió la hoja escrita y se la metió debajo de la camisa, pegada al cuerpo.
    —Kurdyukof —pregunté al mozo—, ¿era malo tu padre?
    —Mi padre era un perro contestó sombríamente.
    —¿Y tu madre es mejor?
    —¡Psss!... Si quieres verla... Aquí tienes a nuestra familia.
    Y me alargó una fotografía arrugada. Allí se veía a Timofei Kurdyukof, un sargento de caballería, ancho de hombros, con gorra de uniforme, la barba cuidadosamente partida, los pómulos salientes e inmóviles y los ojos fijos, sin color ni expresión. A su lado, en un sillón de mimbre, una campesina pequeña miraba vivazmente. Estaba sentada, con una blusa que caía sobre la falda y con un semblante enfermizo, dulce y tímido. Y en el inocente fondo de la fotografía —flores y palomas— estaban de pie como árboles, dos mozarrones; dos raros gigantes de mirada apagada, caras anchas, tiesos como a la voz de "¡Firmes!" Eran los dos hermanos de Kurdyukof: Feodor y Semión.

    LA TRAGEDIA DE ISAAK BABEL

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    Isaak E. Babel
    «Babel aprendió a escribir de manera sucinta, condensando sus experiencias en cápsulas muy bien balanceadas. Cada uno de sus cuentos era reescrito una y otra vez. Algunos los llegó a rehacer hasta un centenar de veces. Se apasionaba con lo que hacía. Confesaba que cuando no podía perfeccionar una oración le entraban palpitaciones cardiacas. Un pasaje de quinientas, o mil, palabras podía llevarle hasta un mes para concluirlo. Escribir era para él tan angustioso como escalar una afilada escarpa, le confesó a Paustosky, ganando cada metro con una trabajosa ascensión. Babel le dijo a su colega y amigo, que no tenía imaginación, era incapaz de inventar nada; necesitaba autenticidad, tenía que nutrirse con incidentes reales que luego iba transformando. Presenciaba situaciones extremas de la conducta humana y las recogía fielmente para luego convertirlas en literatura. Su olfato especial consistía en saber seleccionar adecuadamente sus muestras de vida.»
    (...)
    «El juicio de Isaac Babel tuvo lugar el 26 de enero de 1940 en la oficina de Laurenti Beria, el sucesor de Yagoda. Duró veinte minutos. Por las actas, que ahora se conocen, se sabe que sus últimas palabras fueron: "No soy un espía. Nunca permití ninguna acción contra la Unión Soviética. Me acusé falsamente y me forzaron a acusar a otros. Solamente pido una cosa: ¡déjenme terminar mi trabajo!". A la una y media de la madrugada fue ejecutado.»
    La tragedia de Isaak BabelLisandro Otero. Rebelión




    Las gafas rotas de Isaac Bábel


    La historia siempre es injusta con el sufrimiento de los débiles, y no sólo porque tiendan a escribirla los vencedores de las guerras, o porque, como dice fríamente La Rochefoucauld, los malvados gozan de mayor consideración que sus víctimas: la historia es injusta con los que sufren porque su mismo relato tiende a erigirse con las proporciones geológicas de los grandes desastres, y en ellas las vidas y las muertes individuales quedan tan perdidas como las gotas de agua en el cataclismo de una inundación. La historia del siglo XX es un catálogo de monstruosidades que se neutralizan al reducirlas a cifras: los millones de muertos de la I Guerra Mundial, los muertos de hambre durante las colectivizaciones forzosas de la agricultura en la Unión Soviética, los muertos de la guerra civil española, los presos de la posguerra, los judíos aniquilados en el Holocausto, los millones de desplazados que erraban por la Europa en ruinas de 1945, los océanos de muertos provocados por los delirios de Mao Zedong en China y de Pol Pot en Camboya... El dolor de los débiles jamás consigue redención ni memoria por el simple hecho de que se pierde en la unanimidad aritmética, en las dimensiones excesivas de los libros de Historia, en los que siempre ocupan mucho más espacio los dictadores que sus víctimas.Leo estos días con incansable interés y creciente repugnancia un libro de más de mil páginas de letra diminuta, Hitler y Stalin: vidas paralelas, del historiador británico Allan Bullock, que es una compacta enciclopedia de la infamia, y estoy tan embebido en los episodios simétricos de esas dos biografías abominables que pierdo, sin advertirlo, el sentido de las proporciones, y miro de cerca los rasgos minuciosos y siniestros de los dos tiranos con una precisión que no soy capaz de dedicar a los sufrimientos individuales de ninguno entre los cientos de millones de súbditos que los dos aplastaron. Igual que en los noticiarios de los años treinta, Hitler y Stalin se alzan sobre multitudes humanas y agitan el mundo con ademanes furiosos de directores de orquesta germánicos o con una helada economía de estos que no es menos aterradora.
    Es muy bueno leer varias cosas alismo tiempo, y ue las lecturas se e crucen a uno, iluminándole cosas que de otro modo no vería. En una revista encuentro un artículo sobre el escritor ruso Isaac Bábel, que fue detenido por el KGB y desapareció sin rastros en 1939, y un solo detalle, descubierto hace poco, de las últimas semanas de su vida, se contrapone en mi imaginación a los millones de detalles que Allan Bullock acumula ciclópeamente acerca de los dos dictadores de! su libro: a Isaac Bábel, que era un judío pequeño, desmañado, muy miope, gordito, un funcionario de la policía secreta o un carcelero de la Lubianka le quitó las gafas y se las pisoteó, dejándolo medio ciego e inválido hasta el día de 1940 en que lo fusilaron, después de semanas de interrogatorios y torturas. Lo habían encarcelado, le habían arrebatado lo único que tenía, quince carpetas con manuscritos de cuentos y cuadernos de diarios que desaparecieron para siempre. Pero no les bastaba con quitárselo todo: también tenían que romperle las gafas, tal vez para consumar así un agravio escolar, la burla inveterada del grandullón soberbio, la humillación del cuatro ojos que al quedarse sin gafas se queda aún más perdido y frágil en el mundo.Las gafas de Bábel, tan imposibles de hallar como sus manuscritos, pertenecen a la arqueología de los horrores sepultados del siglo, pero que ahora nos acordemos de ellas es también un indicio menor de restitución. Una gran parte de la obra de Isaac Bábel está perdida, pero en Estados Unidos han vuelto a traducirse todos los relatos que tuvo tiempo de publicar antes de que lo callaran y lo mataran, y también el diario que escribió en 1920, mientras era corresponsal de guerra en un regimiento de cosacos, un gordito con gafas que apenas sabía sostenerse encima de un caballo y era víctima frecuente de las bromas crueles de sus compañeros de armas. De las anotaciones de aquel diario proceden los cuentos secos y magníficos de Caballería roja, que aquí se leyeron mucho en los primeros setenta. Yo prefería, sin embargo, los otros dos volúmenes de Bábel que estaban en Alianza, Cuentos de Odesa y Debes saberlo todo, que eran libros para llevar siempre en un bolsillo y para estar siempre leyéndolos, cuentos muy breves de tenderos judíos y rabinos y niños torpes y miopes a los que sus padres obligan a estudiar violín, historias de mucho antes de la revolución, de cuando los progroms de principios de siglo, relatos de suprema ironía y ternura en los que el laconismo de Bábel no era una señal de sequedad, sino una sabiduría y una delicadeza del pudor, una poética que logra su máxima expresividad mediante la absoluta contención: "no hay cuchillo que pueda entrar tan certeramente en el corazón humano como un punto y aparte colocado en el momento justo".
    A la vida de Isaac Bábel le puso el punto final un tiro en la cabeza. Mientras Hitler y Stalin se repartían Europa con un pantagruelismo de ambición más devastador que las peores catástrofes de la naturaleza él pasaba sus últimas semanas viendo objetos borrosos y tanteando los muros de una celda, estremeciéndose al oír pasos y ruidos. El libro de Bullock es un admirable adoquín de mil páginas que leo en la cama con dificultad y agrava el peso de mi bolsa de viaje: la autobiografía de Bábel que venía en los Cuentos de Odessa era una maravilla de página y media, con cada palabra y cada punto en el lugar justo para acertar al corazón. Sin duda la literatura es menos cruel que la historia, pues rescata unas pocas cosas de los naufragios tremendos de la experiencia humana y a veces otorga la dignidad de lo real o lo que dejó de existir: gracias a la literatura uñas gafas pisoteadas y un legajo de manuscritos desaparecidos constituyen las pruebas de un crimen y atestiguan la presencia en el mundo de Isaac Bábel.
    * Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de junio de 1995
    https://elpais.com/diario/1995/06/14/cultura/803080813_850215.html
    Resultado de imagen para isaac babel
    Isaak Bábel, un poeta en el campo de batalla
    Jesús Aller
    Rebelión
    El crítico y teórico del formalismo ruso Víktor Shklovsky describe a Isaak Bábel en el comienzo de su carrera literaria, en 1915, como un joven de veintiún años, de baja estatura, y cabeza grande, cargado de hombros y de voz queda y tranquila, que era habitual en la redacción de Létopis (crónicas), la revista que Máximo Gorki dirigía a la sazón en San Petersburgo. Bábel tenía un carácter en el que se mezclaban jovialidad burlona y escéptica y capacidad de vivirlo todo con intensidad. En este sentido, su amigo Iliá Ehrenburg recuerda en sus memorias que “amaba apasionadamente la vida, participaba en ella a cada minuto y estaba entregado al arte desde los años de su infancia.” En otro lugar dice: “Fuera a donde fuera, en seguida se sentía como en casa y penetraba en la vida ajena. Pasó un corto tiempo en Marsella, pero, cuando me hablaba de la vida marsellesa, sus impresiones no eran las de un turista: hablaba de gángsteres, de elecciones municipales, de huelga en el puerto, de una envejecida mujer, parece que lavandera, que al recibir inesperadamente una gran herencia se asfixió con gas.” Esta habilidad para impregnarse de la realidad, unida a una sensibilidad de poeta y su dominio de los recursos literarios son las marcas distintivas de un autor cuya obra, truncada por la represión estalinista, incluye dos de las mejores colecciones de relatos cortos que se publicaron en Rusia en el siglo XX: Caballería roja y Cuentos de Odessa.
    Isaak Emmanuílovich Bábel nació en 1894 en Moldavanka, el barrio judío de Odessa, en una familia de comerciantes con rabinos entre sus antepasados. Historia de mi palomar (1926) y otros relatos breves que se suelen incluir hoy día entre los Cuentos de Odessa (por ejemplo en la versión castellana de Alianza editorial de 1972; trad. de José Fernández Sánchez) proporcionan valiosa información sobre sus primeros años. Nos habla allí de la muerte de su abuelo Shoil, asesinado durante el pogromo de 1905 que conmovió la ciudad después del intento revolucionario de ese mismo año, y también de la indeleble impresión que le produce ese día la imagen de su padre implorando de rodillas a un oficial cosaco que intervenga contra la turba que asalta su tienda. Conocemos además las dificultades de los muchachos judíos para acceder a la instrucción, y cómo al fin pudo matricularse en la Escuela Comercial Nicolás I de su ciudad. Sus estudios de francés le llevan a una honda admiración por Flaubert y Maupassant, y con quince años comienza a escribir relatos en ese idioma, aunque después reconoce que "los paysans y las digresiones me salían sin gracia; sólo los diálogos se me daban." Es la época en que hace novillos huyendo de las lecciones de música que la familia le impone y vaga por el puerto, donde "las olas macizas del espolón me alejaban más y más de nuestra casa con olor a cebolla y a suerte judía". Los textos hebraicos le habían apartado de las diversiones de los chicos de su edad y empieza entonces a hacer travesuras. No obstante, "el arte de nadar resultó inadmisible. Me arrastraba al fondo la hidrofobia de todos mis antepasados: rabís españoles y cambistas francfortianos."
    En 1911, ante la imposibilidad de acceder a la Universidad de Odessa por los problemas que antes señalábamos, viaja a Kíev para estudiar en su Instituto de Comercio, pero en 1915 lo encontramos ya en San Petersburgo tratando de sobrevivir como escritor. Sus creaciones son rechazadas hasta que se decide a acudir a Gorki. Años después Bábel reconoce: "Lo debo todo a aquel encuentro y hoy pronuncio el nombre de Alexéi Maxímovich con cariño y veneración. (...) El me enseñó cosas de extraordinaria importancia, y después, cuando se aclaró que mis dos o tres tolerables experimentos de adolescente habían sido una casualidad y que escribía asombrosamente mal, Alexéi Maxímovich me envió a que me mezclara entre el pueblo." Esto es exactamente lo que hace Bábel entre 1917 y 1924, tiempo en que recorre Rusia como soldado, funcionario y periodista, viviendo en el frente y en la retaguardia toda la violencia de aquellos años. Después habría de admitir: "Sólo en 1923 aprendí a expresar mis pensamientos de forma clara y sin explayarme mucho." La mayor parte de los relatos por los que es conocido y que le valieron prestigio universal aparecen a partir de entonces en el plazo de unos años.
    Tras un sinfín de correcciones, los cuentos que constituyen Caballería roja se publican en forma de libro en 1926. Se trata de treinta y seis fragmentos no muy extensos en los que con aliento poético se narran experiencias del autor en el año 1920 en los campos de batalla de la guerra polaco-soviética, conflicto que a veces se considera un episodio de la Guerra Civil Rusa. Allí, Bábel, con el nombre de Kíril Vasílievich Liútov, que velaba su origen judío, participó como reportero en numerosos combates, englobado en unidades cosacas del I Ejército de Caballería de Semión Budionni. Caballería roja contiene descripciones de extrema dureza en las que aflora todo el horror de la guerra y que nos recuerdan el Tarás Bulba de Gógol, pero lo que marca la obra sobre todo es cómo su autor consigue, haciendo uso de sus soberanas virtudes artísticas, transmutar estas vivencias en una aproximación literaria al problema universal de la violencia y la fascinación que ésta produce en nosotros.
    En el narrador de los sangrientos episodios que se desgranan en Caballería roja reconocemos al propio Bábel, el que en cierta ocasión se presentaba a sí mismo como un hombre con “lentes en la nariz y otoño en el alma". Es un erudito poco dotado para el ejercicio físico, un joven versado en antiguas escrituras el que antes de enfrentarse al enemigo ha de hacer frente a los cosacos que ven en él más que nada un blanco risible para sus puyas. La integración del intelectual en el "grupo salvaje" exige una violencia ritual y ésta es la que se nos muestra en el relato titulado Mi primer ganso. Liútov, despreciado por los cosacos a cuya sección ha sido asignado, da muerte brutalmente a un ganso que era el animal preferido de la patrona que los albergaba, y obliga a ésta a que se lo ase. El efecto en los soldados que comen a lo lejos es milagroso: "Hermano -se dirigió a mí de pronto Surovkov, el mayor de los cosacos-, siéntate con nosotros a catar esto, mientras se te dora el ganso." Sin embargo, en las palabras que cierran el fragmento, reconoce que de noche, "mi corazón, en carne viva por el asesinato, crujía y sangraba." La violencia que surge como un requisito para la admisión en un grupo deja paso después a la que enseñorea el campo de batalla, al atroz espectáculo de la muerte triunfante por la mano del hombre.
    Es conocido que la publicación de Caballería roja generó reacciones adversas, entre ellas la del propio Budionni, que se refirió al libro como una colección de "chismorreos de viejas", y habló de "calumnias irresponsables", "degeneración literaria" y "odio de clase". Estos improperios se relacionan con un primer mérito de la obra, que es su alejamiento, a través de una aproximación objetiva a la realidad, de lo que hubiera podido ser un trabajo de propaganda. El joven talmudista que vaga entre el horror y ve "cadáveres monstruosos sobre los túmulos milenarios" no reconoce una explicación simple y maniquea de lo que observa. Cree que es necesario luchar por el progreso que supone el poder soviético, pero la crueldad de los cosacos le sobrecoge y no renuncia a contárnoslo todo. Su esperanza, que tiñe de ironía las páginas más terribles, descansa sobre todo en dos pilares: los valores humanos que se adivinan en algunos protagonistas de la tragedia y la presencia constante de una naturaleza que se convierte en el elemento alquímico capaz de transmutar el sufrimiento en serena contemplación: "El sol naranja rueda por el cielo como una cabeza cortada, una luz delicada se enciende en los desfiladeros de las nubes, los estandartes del ocaso ondean sobre nuestras cabezas." La prosa del libro, un trabajo de orfebrería pródigo en adjetivos y metáforas arrebatadas, derrama poesía como un bálsamo que mitiga el dolor.
    El enemigo polaco siempre acechante, aldeas destruidas, judíos miserables en el límite de la extenuación, iglesias y sinagogas como mudos testimonios de otro tiempo, temerarios y brutales cosacos, y una naturaleza que ejerce aquí de silencioso decorado para lo terrible, son los elementos entre los que un joven erudito que ama ante todo el fluir de las palabras que reflejan el mundo se afana por encontrar un alivio en estas mismas palabras para el espanto y la desolación. El perdurable atractivo de los relatos de Caballería roja mide en realidad la habilidad de su autor para lograr una obra de arte cabal en la que este objetivo se cumple plenamente. Un diario escrito sobre el terreno, Diario de 1920, del que existe una versión castellana publicada conjuntamente con Caballería roja (Galaxia Gutenberg, 1999; trad. de Ricardo San Vicente y Margarita Estapé), muestra las anotaciones de Bábel en una escueta crónica que nos sumerge sin contemplaciones y con un ritmo frenético en la locura de la guerra.
    Los Cuentos de Odessa suelen publicarse hoy día incluyendo los fragmentos autobiográficos que señalábamos antes, pero en su redacción original de 1931 presentaban sobre todo retratos de los hampones judíos que reinaban en la ciudad en los años anteriores a la revolución, hombres de una pieza como Benia Krik y Froim Grach, envueltos en un aura de leyenda, crueles y generosos. Bábel nos narra sus hazañas, sus amores y guerras, y cómo su dominio se eclipsa con la llegada del poder soviético. El relato titulado Carlos-Yánkel describe en clave de humor las peripecias que rodean los primeros días de Yánkel, un niño judío al que su padre, un comunista ausente de la ciudad, había ordenado que se pusiera el nombre de Carlos “en honor al maestro Carlos Marx”. Cuando el padre llegó de improvisó, "desempañó al niño y comprobó su desdicha". Todo se resuelve en descacharrantes escenas cuando se enjuicia al anciano Naftulá Guérchik, responsable de haber circuncidado al bebé. Éste se defiende argumentando que hace treinta años hizo lo propio con el fiscal y señalándole acusador, añade: "Hoy vemos que usted se hizo un hombre muy importante con el poder soviético, y que Naftulá no cortó, además de esa pequeñez, nada que después le habría hecho falta..." Se encuentra en este libro toda la ironía y la prosa excelsa del mejor Bábel, y conocemos en él un periodo decisivo de la historia de la hermosa metrópoli del mar Negro, rusa y meridional, cosmopolita y judía.
    En los años treinta, Bábel publica menos y viaja con frecuencia, en varias ocasiones a París donde su esposa se había instalado en 1925. Las críticas arrecian sobre él mientras tanto, acusado de formalista y de baja productividad, y en su intervención en el congreso de escritores soviéticos de 1934 reconoce que se está convirtiendo en maestro de un género literario nuevo, el género del silencio. Tras la sospechosa muerte de Gorki en 1936, Bábel no ocultaba su preocupación, y sin tardar mucho, en 1939 desaparece en el caserón de la Lubianka, imputándosele complicidad con el "terrorismo trotskista " y espionaje para Occidente. En enero de 1940 fue fusilado en la prisión de Butirka en Moscú, aunque después se hizo circular la noticia de que había muerto en 1941en un campo de trabajo en Siberia. Todos sus archivos y manuscritos fueron confiscados sin que se haya vuelto a saber de ellos. Su obra completa, de la que existe una traducción inglesa reciente (Norton, 2006; trad. de Peter Constantine), incluye, aparte de los libros que hemos señalado, algunos relatos más, un diario, crónicas periodísticas, fragmentos incompletos, su correspondencia, guiones cinematográficos y un par de piezas teatrales. En enero de 1954, poco después del fallecimiento de Stalin, fue exonerado de todos los cargos.
    Enclenque y erudito, educado en la tradición judaica y en lo mejor de la literatura occidental, Isaak Bábel hubo de afrontar y sufrir en carne propia las convulsiones que en la Rusia de comienzos del siglo XX pugnaban por alumbrar un mundo nuevo. Comprometido desde joven en el oficio de escribir y sometido a la violencia de la guerra, todo el legado cultural que portaba hubo de ser utilizado en la construcción de una obra que fuera su respuesta literaria a los hechos de los que había sido testigo y también, al mismo tiempo, una indagación personal de su sentido y un intento de exorcismo. Surge de esta forma el más conocido de sus libros, Caballería roja, hermoso y cruel testimonio del paso de un poeta por el campo de batalla. Esta colección de relatos, junto con los Cuentos de Odessa, que nos dejan entrever, aureolada de leyenda, la vida de los judíos en la vieja ciudad, tienen la virtud esencial de afanarse siempre en busca de esa suprema armonía de las palabras que redime y alimenta la esperanza.
    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=60622

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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    Item Reviewed: Isaac Bábel un gran escritor talento extraordinario y genio Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
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