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    sábado, 7 de julio de 2018

    EL PSICOANÁLISIS SOBREVIVE A FREUD ? (Dossier)



    CORRIENTES PSICOLÓGICAS

    El psicoanálisis sobrevive 70 años a Freud

    • El psicoanálisis ha desaparecido de los planes de estudios de las Universidades
    • Aún así, más del 9% de los psicólogos españoles sigue las enseñanzas de Freud
    (Ilustración: Jorge Arévalo)
    (Ilustración: Jorge Arévalo)
    Actualizado jueves 05/11/2009
    MARÍA SÁNCHEZ-MONGE
    MADRID.- Imagínense: Carla Bruni, tumbada en el diván, cuenta sus tribulaciones al doctor Woody Allen. Esta escena es irreal, pero tiene un fondo verdadero. La primera dama de Francia narra en un documental que se estrena el 7 de noviembre en la cadena France 3 su primera sesión de psicoanálisis. Por otro lado, es conocida la afición del director estadounidense por dicha corriente psicoterapéutica. Si el Gobierno francés no lo impide, la cantante rodará con Allen en París el próximo verano. Aún no se sabe si la película tendrá algo que ver con Freud. Estos dos personajes muestran el lado más popular del psicoanálisis, pero detrás se esconde una terapia muy controvertida que se resiste a morir.
    Cuando acaban de cumplirse 70 años de la muerte de Sigmund Freud y a pocos meses del centenario de la fundación de la Asociación Psicoanalítica Internacional, la pregunta sigue en el aire: ¿El psicoanálisis está moribundo o tiene buena salud? Si nos centrásemos sólo en el entorno académico, llegaríamos a la conclusión de que su fin está próximo. Según Jesús Sanz, vicedecano de estudios de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, "está en declive en la mayoría de los países, aunque aún goza de un nivel alto en naciones como Francia o Argentina". En España, los planes de estudio no lo incluyen como asignatura y se les explica a los alumnos de forma muy somera. Sanz apunta la razón: "El ámbito científico se ha decantado por los tratamientos respaldados por datos empíricos de eficacia, como el enfoque cognitivo-conductual y otros".
    El representante académico aclara que, "posiblemente, hay terapias psicoanalíticas que podrían ser eficaces, pero carecen de pruebas". Históricamente, los seguidores de Freud "han sido muy reticentes a validar sus protocolos de actuación", asegura. No obstante, "hay una parte minoritaria, sobre todo en Estados Unidos, que trata de demostrar la utilidad de sus procedimientos", añade.
    Dado que las universidades han ido decantándose por la terapia cognitivo-conductual, cabe pensar que ésta es la que predomina entre los psicólogos. Y así es, pero con un importante matiz. Si el psicoanálisis sigue haciendo mella en la conciencia popular, este imán también parece atraer a muchos licenciados.

    Enfoque dominante

    En España hay 51.133 psicólogos colegiados. Una encuesta publicada en 2002 en la revista Papeles del Psicólogo, editada por el Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos, revelaba que el 49% de los profesionales prefiere la orientación predilecta del entorno académico. Pero las cifras de partidarios de la otra opción no eran despreciables: más del 9% se adscribía a las psicologías de inspiración psicoanalítica y cerca del 4% a la línea más ortodoxa dentro de esta terapia. Si se extrapolan los datos al conjunto de quienes ejercen esta profesión, hay nada menos que más de 6.800 herederos de Freud.
    El número de adeptos podría ser incluso más alto, a tenor de los datos recogidos en el Directorio de Centros, Consultas y Servicios de Psicología del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, que actualmente cuenta con 1.752 personas inscritas. El 59% de ellas tiene una orientación cognitivo-conductual y el 28% sigue la corriente denominada psicodinámica, que es una forma evolucionada de psicoanálisis. Trasladar este porcentaje al conjunto del país tal vez sea excesivo pero, por otro lado, hay que tener en cuenta a un colectivo que también está capacitado para practicar el psicoanálisis: los médicos —y, en particular, los psiquiatras—.
    De hecho, tal y como apunta Milagros Cid, presidenta de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, "inicialmente, en algunas sociedades, como la americana, solamente podían ser psicoanalistas los psiquiatras". Teóricamente, hoy en día basta con tener una titulación superior pero, "con la legislación vigente, se está restringiendo cada vez más, puesto que se pueden presentar problemas legales", expone la psicoterapeuta.
    La entidad que encabeza Cid pertenece a la Asociación Psicoanalítica Internacional, que representa la línea más ortodoxa dentro de estas terapias. Sus miembros siguen practicando lo que se conoce como cura tipo, que generalmente se realiza con un diván y consta de tres o cuatro sesiones semanales de 45 minutos a lo largo de varios años.

    Libre asociación

    Además, quienes la llevan a cabo deben haber recibido una formación muy exhaustiva y eminentemente práctica con la supervisión de psicoanalistas acreditados.
    Durante la consulta, el profesional emplea, según expone Cid, la técnica de la libre asociación: "La persona habla libremente de lo que vaya surgiendo en su mente y el analista, con esos elementos y con sus conocimientos teóricos, puede ir haciendo un rastreo de lo que serían los procesos inconscientes del sujeto". De este modo, se observa "cómo se ha construido ese individuo, con sus experiencias afectivas, sus huellas, sus recuerdos y las fallas en esa estructura".
    La presidenta de la asociación madrileña indica que, aunque se mantienen los fundamentos de Freud, "ha habido muchos autores que han aportado nuevos elementos y corrientes que han hecho hincapié en unos aspectos u otros". Sin embargo, en esa evolución se han caído algunos de los cimientos de la teoría del médico vienés. La psiquiatra María Teresa Miró, profesora titular de la Universidad de Barcelona y miembro de la Sociedad Española de Psicoanálisis, señala que, con los años, "se ha ido matizando mucho el sesgo sexual de Freud". Así, por ejemplo, ya no se habla la teoría falocéntrica o del complejo de castración de la mujer. Por otro lado, la experta niega que existan clichés para explicar cada personalidad. "No es cierto que nos dediquemos a interpretar el significado de soñar con mariposas; cada persona es diferente y los tratamientos son personalizados", afirma.

    Terapia dinámica

    Miró forma parte de un grupo de expertos de distintas corrientes psicológicas que presentó hace unos meses un documento en el que se diseñan las bases de la futura cartera de servicios de psicoterapia del Servicio Catalán de Salud. Si la Generalitat da luz verde al texto, ciertas variantes del psicoanálisis podrían entrar por la puerta grande en la sanidad pública.
    La psiquiatra recalca que la presencia de métodos basados en corrientes freudianas ya es un hecho en muchos centros de salud mental. La cuestión es que, de momento, sólo pueden beneficiarse quienes caigan por casualidad en manos de un psicoanalista que trabaje para el sistema público. Miró y otros especialistas aspiran a que, en un futuro no muy lejano, el propio paciente (o su médico) pueda elegir el enfoque psicoterapéutico más adecuado para su caso concreto.
    Fernando Chacón, presidente del Colegio de Psicólogos de Madrid, resume la adscripción de los terapeutas: "Hay muchas terapias, pero en primer lugar se sitúa la de tipo cognitivo-conductual; a continuación, las de carácter psicodinámico, que es un psicoanálisis más heterodoxo. Finalmente, hay otro grupo, con menor presencia que los anteriores pero también muy importante, en el que se sitúan la psicología humanista y Gestalt, que van muy unidas". strong>¿Cuál es la mejor opción?
    El psicoanálisis se basa en la introspección, el pasado de cada persona y la búsqueda de las causas del sufrimiento. La corriente cognitivo-conductual se centra más en el presente y trata de reconocer y corregir las creencias y comportamientos que alteran la salud mental. En un principio actuaba sólo sobre la conducta, que se mantiene porque existen elementos que la refuerzan. Sin embargo, en palabras de Chacón, "a partir de los años 70 se vio que ese planteamiento era limitado y era preciso tener en cuenta los factores cognitivos, es decir, como se percibe una situación".
    Carmen Vázquez, presidenta de la Asociación Española de Terapia Gestalt (con 700 socios), reclama un lugar para esta opción. "Nos interesa el aquí y el ahora. No nos preocupan los síntomas, sino quién es la persona. A diferencia del psicoanálisis, tenemos una relación igualitaria con el paciente", explica. El terapeuta no pretende corregir directamente el problema, sino ayudar a que el sujeto se encuentre consigo mismo y afloje los hábitos o automatismos que le causan malestar. "Los terapeutas buenos que conozco se definen como bastante eclécticos", concluye Chacón.

    Fuente de inspiración y refugio de famosos

    Carla Bruni, el diseñador Karl Lagerfeld y el cineasta Claude Chabrol son tres de las celebridades que cuentan su experiencia en el documental dirigido por el psicoanalista Gérard Miller que está a punto de estrenar la cadena de televisión France 3. La primera dama francesa ha confesado que se entregó a esta terapia "en cuerpo y alma" tras la muerte de su padre y que lleva ocho años analizándose.
    Otra de las cantantes que ha reconocido que se tumba en el diván es Shakira, quien ha llegado a afirmar que algunas de sus canciones se inspiran en la corriente fundada por Freud. Las letras de Bimba Bosé también contienen trazas de esta disciplina que algunos consideran una ciencia y otros opinan que es arte en estado puro.
    Con tanto famoso afiliado al psicoanálisis, no han faltado las voces críticas que lo han calificado como hobby de yupies. Esta consideración se apoya, entre otras cosas, en que no todo el mundo puede permitirse acudir a una consulta de este tipo. El precio de cada sesión puede oscilar entre 40 y 80 euros. Si se multiplica por tres o cuatro a la semana a lo largo de una década o más, la suma resultante no está al alcance de todos los bolsillos. No obstante, las asociaciones psicoanalíticas ofrecen precios reducidos a personas con bajos recursos económicos.
    Aún hay otro tipo de adictos al psicoanálisis: los creadores que han encontrado en él una fuente de inspiración inagotable. Woody Allen y sus neuróticos personajes constituyen un buen ejemplo. Alfred Hitchcock también explotó este filón. En su película Recuerda, Gregory Peck sufre una fobia asociada a recuerdos reprimidos y en Marnie la ladrona, Tippi Hedren no logra controlar su cleptomanía hasta que descubre la causa en su pasado.
    En España también ha habido artistas geniales ligados al psicoanálisis. Ahí está el surrealismo en la obra de Salvador Dalí y su particular manera de acceder al inconsciente. Las películas de Luis Buñuel también se asoman a la mente humana de una forma muy freudiana. Por ejemplo, en Él ofrece su visión de la paranoia. El director aragonés también se atrevió con el análisis de los sueños en Los olvidados.
    http://www.elmundo.es/elmundosalud/2009/11/04/neurociencia/1257364555.html
    Sigmund Freud visto por el fotógrafo Max Halberstadt (1882-1940)Imagen: Mary Evans Picture Library

    Freud y la vigencia del psicoanálisis

    En el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, algunas voces cuestionan la eficacia de esta teoría mientras otras le auguran un próspero futuro


    ¿Continúa el psicoanálisis vigente? ¿Es una teoría válida para el futuro? Con motivo del 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, considerado padre del psicoanálisis, son muchas las incógnitas que se plantean respecto a una corriente que vivió su momento de esplendor a finales del sigo XIX, pero que en la actualidad ha sido puesta en tela de juicio por algunos autores. De un lado, se acusa al psicoanálisis de carecer de base científica y de recurrir a un tratamiento excesivamente largo -puede durar hasta seis años. Del otro, los defensores de las teorías freudianas aseguran que se encuentra en plena vigencia, y que mientras haya quien quiera comprender el origen de un trastorno en lugar de recurrir a psicofármacos para calmar la ansiedad o hallar solución a su problema, el psicoanálisis no desaparecerá.

    Origen y evolución

    A finales del siglo XIX, Josef Breuer, médico internista vienés, y su colega, el neurólogo Sigmund Freud, descubrieron que un número nada despreciable de sus pacientes histéricos lo eran como consecuencia de las vivencias traumáticas vividas en el pasado. La idea surgió de una conversación entre ambos a raíz de Bertha Pappenheim, conocida defensora de los derechos de la mujer y los niños que pasaría a la historia con el nombre de Anna O. Breuer la trataba desde años atrás a causa de un cuadro de histeria y había descubierto el alivio que suponía para la mujer conversar sobre su enfermedad, lo que ella denominaba «cura por la palabra». Breuer decidió entonces someterla a hipnosis y constató que, durante el trance, la mujer recordaba cosas que no era capaz cuando estaba consciente, y que eran precisamente estos episodios los que la estaban ayudando a superar su problema. Los resultados suscitaron el interés de Breuer y Freud, que comenzaron a reflexionar sobre un nuevo método de tratamiento. Había nacido el psicoanálisis.
    En los años posteriores, Freud se dedicó a profundizar en esta nueva corriente, hasta tal punto que hoy se le reconoce mundialmente como el padre del psicoanálisis. Por ello, cuando se cumplen 150 años de su nacimiento (6 de mayo de 1856) el clima de celebración es unánime en muchos países del mundo. Grandes ciudades como Viena, París, Roma, Londres o Nueva York conmemoran este aniversario con múltiples exposiciones, conferencias y debates.
    Que la cultura occidental preste tanta atención a Freud y a su teoría podría considerarse algo así como «una buena señal» sobre la importancia de su legado, dice Eduardo Chamorro, profesor en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, director de un Máster en Teoría Psicoanalítica y coordinador de un Programa de Doctorado en Psicoanálisis. «Pero conviene ser críticos», advierte. «Hoy, en un momento de escasez de creatividad, de desconcierto, en el que la cultura se pregunta qué papel le corresponde, es explicable que se vuelva hacia su propio pasado e intente reconocerlo como propio y así reconocerse», continúa.
    La plena vigencia del psicoanálisis se mantiene hasta la llegada de la psicobiología, mediada la década de los 70
    A modo de síntesis, se puede considerar que el psicoanálisis nació en 1895, con las investigaciones sobre Anna O. En los años posteriores, se asentó como tratamiento de cura de pacientes histéricos o con angustias y triunfó entre un buen número de sectores que estudiaban la salud mental. Aurelio Argaya, director de la Asociación Española de Psicoanálisis Freudiano y del centro Oskar Pfister, recuerda que el psicoanálisis tuvo hacia 1920 una «época dorada» en Europa y en Norteamérica. «Fueron momentos extraordinarios en los que [el psicoanálisis] se extendió por muchos países», explica. El auge siguió, y aunque a partir de 1934 experimentó un pequeño declive, después de que Freud se viera obligado a emigrar tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, el psicoanálisis recuperó su influencia. En buena parte, como consecuencia de la obligada diáspora de intelectuales de origen judío, como era el caso del propio Freud. En esta época, muchos psicoanalistas que ya se habían formado se marcharon a Estados Unidos, Inglaterra, Francia y diversos países de Sudamérica. Fue entonces cuando llegó el esplendor del psicoanálisis, con algunas vertientes y corrientes que empezaban a marcar diferencias con las freudianas originarias.
    Pese a la muerte de Freud en 1939, el psicoanálisis mantuvo su vigencia hasta 1970, con la introducción de elementos nuevos y cambios. A partir de los años 40, las corrientes de Jacques Lacan y otros autores cobraron fuerza en países como Francia y desplazaron en parte a las teorías freudianas, que, sin embargo, no llegaron a extinguirse. En esta época, destacaron también los trabajos de discípulos de Freud, como Carl G. Jung, Alfred Adler u Otto Rank, y los de psicoanalistas como Karen Horney o Melanie Klein, que introdujo importantes novedades en el psicoanálisis infantil. Posteriormente, desde mediados de los 70, en las facultades de psicología y en los estudios de psiquiatría se va tomando una orientación biológica con la aparición de nuevos fármacos y se empieza a dejar en segundo plano la psicoterapia, «a favor de las corrientes cognitivo-conductuales que, de alguna manera, cuestionan al psicoanálisis», señala Argaya.

    Freud y la vigencia del psicoanálisis

    En el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, algunas voces cuestionan la eficacia de esta teoría mientras otras le auguran un próspero futuro

    Conceptos clave

    El famoso diván de Sigmund Freud, conservado en el Freud Museum de LondresImagen: Konstantin Binder
    Hablar de psicoanálisis es hablar del inconsciente, la primera de las aportaciones de Freud, que tiene relación con los pensamientos y los sentimientos que no se encuentran en el plano de la conciencia. De acuerdo a esta teoría, Freud aseguró que detrás de las acciones de una persona siembre hay intenciones ocultas, inadvertidas para esa persona, pero que determinan su comportamiento y son la causa de su angustia. Según Mario Sobreviela, psicoanalista adscrito al Colegio de Psicólogos de Madrid, el descubrimiento del inconsciente fue «el elemento rompedor» de la psicología, ya que descubrió que no todos los actos son absolutamente voluntarios, que están regidos exclusivamente por la voluntad. Sobreviela argumenta esta afirmación con una serie de ejemplos: «abrimos la puerta de casa con la llave del despacho, queremos ir a casa de un amigo y tomamos otra dirección, vamos a una fiesta en la que no conocemos a nadie y decimos de antemano quién nos va a caer bien y quién no. El inconsciente determina estas acciones o pensamientos».
    Freud desarrolló también el concepto de pulsiones o instintos. Explica Eduardo Chamorro cómo para el psicoanalista las pulsiones sexuales fueron las fuerzas inconscientes presentes en cada persona desde la infancia y que habían sido reprimidas. Precisamente, esta represión era la fuerza que impedía el acceso hacia la conciencia y que aparecía en forma de sueños, «como un disfraz al que uno se ha acostumbrado, hasta el punto de que el sujeto olvida su verdadero rostro». Por este motivo, el tratamiento consiste en «ayudar a quitarse el disfraz y tolerar lo que aparezca detrás», señala Chamorro. La represión fue considerada un esfuerzo por desalojar de la mente aquello que tenía que ver con el deseo sexual. De hecho, Freud no renunció a creer que las pulsiones sexuales eran la clave del inconsciente y que la mejor manera de descubrirlo estaba en la psicoterapia.
    Freud sostuvo que las pulsiones sexuales eran la clave del inconsciente y la psicoterapia era la mejor manera de descubrirlo
    A lo largo de varias sesiones semanales, en tratamientos que duraban (y duran) años, los pacientes eran ayudados a comprender que detrás de gestos a los que se prestaba una escasa atención había algo más, y que ese algo más sólo podía conocerse si uno se disponía a escuchar lo que los pacientes decían. «Ése fue el acierto de Freud, el término escucha dice muy bien lo que el psicoanálisis pretende», asegura Chamorro. Se trata de una manera de pensar el psiquismo y de actuar sobre él, que suscitó una intensa polémica cuando nació, a comienzos del siglo XX. «Y esa polémica no ha cesado desde entonces».
    El tratamiento psicoanalítico puede resultar una experiencia muy difícil para el paciente, una mezcla de satisfacción y sufrimiento, pero en la que va perdiendo esa repulsa inicial a admitir lo inconsciente. Por su parte, el psicoanalista tiene la misión de acompañar al paciente en esa experiencia y ser testigo de su transformación. «El paciente sabe que ha encontrado un espacio muy peculiar en el que sus preocupaciones, sus angustias, sus sentimientos más íntimos, están siendo escuchados por alguien que acepta sin más, sin juzgar, sin condenar, sin aplaudir», revela Chamorro.
    Los psicoanalistas tienen como objetivo hacer comprender el porqué de un trastorno psicológico para conseguir liberar al paciente. «Hay personas que sufren angustia, se toman un ansiolítico y creen que todo está solucionado, pero otras quieren saber por qué les ocurre eso, no quieren soluciones basadas sólo en la medicación o en un tipo de tratamiento donde se les anima a realizar determinadas conductas, sino que necesitan entender por qué les pasa lo que les pasa», explica Aurelio Argaya, para quien «sólo cuando se comprende se pueden empezar a incluir alternativas y ampliar el campo de libertad». No obstante, los psicoanalistas reconocen que, en ocasiones, se puede recurrir a tratamientos combinados con otras terapias o psicofármacos, como en el caso de personas con una depresión grave, que no pueden esperar a que el psicoanálisis, con terapias que se prolongan hasta seis años, descubra el origen del trastorno.
    La libido, relacionada con el instinto sexual; el complejo de Edipo, estudiado como los sentimientos del niño enamorado de la madre y el complejo de Electra, el de la niña enamorada del padre; o el elloel yo y el superyó(tendencias impulsivas, la percepción y el esfuerzo por superar el complejo de Edipo, respectivamente), fueron otros términos acuñados por Freud y que durante muchos años han servido de base a otros investigadores para continuar el estudio del psicoanálisis y su utilidad como tratamiento en pacientes depresivos, con angustias, ansiedad, fobias, obsesiones o trastornos de identidad.

    Presente y futuro del psicoanálisis

    © Shinzo Ningen/Flickr
    ¿Continúa vigente el psicoanálisis? ¿Seguirá siendo útil en el futuro? Éstas son dos grandes incógnitas. Mientras los detractores de esta corriente no contemplan la psicoterapia como un tratamiento válido de las enfermedades mentales y aseguran que se basa en teorías no científicas, sus defensores reconocen que ha perdido la pujanza de los inicios, pero afirman contundentes que tiene mucho futuro. «Aunque es verdad que hemos quedado en un segundo plano, el numero de personas que solicita ayuda psicoanalítica sigue siendo muy grande», explica Argaya. «Muchos creen que en un mundo que va tan rápido no hay espacio para una terapia tan lenta, pero, precisamente por ello, muchas personas se niegan a ser dominadas por las prisas y recurren al psicoanálisis», añade. Argaya lamenta asimismo que el psicoanálisis haya sido apartado progresivamente del ámbito académico universitario y su utilización se haya reducido, prácticamente, a las clínicas privadas.
    En España, según Chamorro, los propios psicoanalistas «están divididos» sobre su eficacia y vigencia, aunque considera que «si el psicoanálisis continúa es porque, a pesar de todo lo que está lloviendo, hay hombres y mujeres que desean ser escuchados y que eso, simplemente eso, les va a hacer más llevadera la existencia». Por su parte, Mario Sobreviela también insiste en la idea de que «cada vez hay más necesidad de poder pensar con alguien que pueda ayudar a ello», y advierte de que el actual ritmo es más propenso a necesitar del psicoanálisis.
    La vigencia del psicoanálisis se explica 'por el deseo de ser escuchado' sin juicios ni reproches, sostienen sus defensores
    A juicio de Sobreviela, nada puede sustituir a las sesiones con el psicoanalista, en un lugar adaptado, con el mítico diván que utilizaba Freud «para detener la máquina y escucharse a uno mismo, cosa que prácticamente ni hacemos». Asegura que en los últimos 30 años han aparecido más autores y más escuelas de psicoanálisis, que asientan su futuro, y destaca que, aunque las líneas de investigación pueden ser varias y diversas, todas tienen como eje elemental a Freud. «La principal ventaja del psicoanálisis no es que acaba con el síntoma, sino con la enfermedad», dice. Es igual que cuando tenemos fiebre si tomamos sólo un antitérmico en lugar de tomar antibiótico contra la infección. «La fiebre baja, pero la infección continúa». En este sentido, la crítica habitual que se hace al psicoanálisis es que es muy lento, pero se necesita de esta lentitud para encontrar aquellas causas que preocupan y que son inconscientes. Elaboradas esas cuestiones, «la persona está mejor», agrega.
    En esta línea, los más románticos aseguran sentirse salvados por aquellas personas que no se conforman con que se les calme el dolor psíquico, mientras eluden escuchar a quienes cuestionan sus técnicas. «Hemos perdido vigencia en centros académicos y hemos quedado reducidos a centros privados, pero el número de pacientes sigue siendo alto». Nadie de los que se dedican a ello prevé la desaparición del psicoanálisis. «Al contrario, porque siempre habrá un número de personas que no se conformará con no entender, no comprender las causas de su sufrimiento, frente a aquellos que quieren que se les calme y no investigar la razón por la que surgió». Como siempre va a haber esa categoría de personas que quieren comprender las razones de su sufrimiento, «la terapia psicoanalítica no va a desaparecer en el futuro», augura Argaya.

    Freud: el padre del psicoanálisis

    Sigismund Schlomo Freud nació el 6 de mayo de 1856 en Freiberg (actual Príbor, en la Republica Checa). Hijo de comerciantes judíos, fue fruto del segundo matrimonio de su padre, que se había casado por primera vez a los diecisiete años. Era estudioso, hablaba seis idiomas y se educó en la Universidad de Viena, donde residió la mayor parte de su vida después de que, con tres años, su familia llegará allí tras huir de los disturbios antisemitas de Freiberg. Se enamoró de Martha Bernays y después de un noviazgo que duró varios años, ambos se casaron y tuvieron cinco hijos.
    Sus primeros pasos académicos le llevaron a decantarse por la medicina, una carrera que estudió durante tres años, hasta que ingresó en el Instituto de Fisiología. Empezó a investigar los efectos de la cocaína y publicó varios trabajos sobre este tema, que no lograron el éxito que esperaba. Como investigador de neurofisiología que apenas ganaba para mantener a la familia, en 1886 abrió un consultorio privado como neurólogo, después de conocer los efectos de la hipnosis y la importancia del inconsciente de la mano de Josef Breuer y su tratamiento a Anna O. Sus primeros pacientes fueron personas con histeria, a los que trató con electroterapia e hipnosis, hasta que en 1895 adoptó la psicoterapia y se centró en la teoría de que los trastornos son originados por la represión y hay que llegar al inconsciente para superarlos.
    Cuando un año después murió su padre (1896), definió el complejo de Edipo a través de sentimientos de amor hacia su madre y de celos hacia su padre. Continuó con la publicación de importantes trabajos como «La interpretación de los sueños» (1899) y en 1910 fundó la Sociedad Internacional de Psicoanálisis, cuyo primer presidente fue su discípulo Carl Jung. «Pero en 1920 todo va a cambiar, por nuevas experiencias que va viviendo y a las que no puede dar explicación adecuada con lo que ha teorizado hasta entonces», narra Eduardo Chamorro. Es en esa época cuando murió su hija. Tres años después (1923), le detectaron un cáncer de mandíbula del que fue intervenido quirúrgicamente más de una treintena de veces. En 1938 huyó a Londres tras la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi y la creciente hostilidad hacia el mundo judío. Falleció el 23 de septiembre de 1939 por una sobredosis de morfina administrada a petición propia por el dolor y el sufrimiento provocado por el cáncer que padecía. La figura de Freud sufriría un nuevo revés cuando, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, sus hijos varones fueron enviados a luchar al tiempo que Adolf Hitler ordenó quemar sus libros y los de otros intelectuales judíos.
    http://www.consumer.es/web/es/salud/psicologia/2006/05/23/152267.php?page=3

    PSICOLOGIA › ADELANTO EXCLUSIVO DEL LIBRO HORIZONTES NEOLIBERALES EN LA SUBJETIVIDAD

    Capitalismo y sujeto

    Profesor honorario de la UBA, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (España) y de la Escuela de Orientación Lacaniana (Argentina), Jorge Alemán aborda en su último libro, que distribuye estos días Ediciones Grama, una mirada propia sobre las consecuencias del Neoliberalismo salvaje, tomando como punto de partida una lectura rigurosa de Freud, Marx, Heidegger y Lacan.
     Por Jorge Alemán
    Voy a empezar por Laval y Dardot, dos autores franceses que estudian el Neoliberalismo. Y voy a situar una diferencia en la que vengo insistiendo en mis últimos trabajos, pero que ha comenzado desde el inicio, aunque se formuló en la conjetura de una izquierda lacaniana. Suele haber en el campo de la filosofía, de las ciencias sociales o de los politólogos, una enorme confusión entre subjetividad y sujeto. Es un hecho que actualmente la cuestión de la subjetividad se ha vuelto crucial en todos los campos: se habla de la subjetivación de la política, se habla de procesos subjetivos en tal o cual registro, se habla de dispositivos de producción de la subjetividad. En fin, está a la orden del día el tema de la subjetividad, por lo tanto más que nunca es muy importante considerar qué es lo inapropiable para estos circuitos productores de subjetividad. Ahí es donde entran las conjeturas sobre una izquierda lacaniana.
    En primer lugar, deberíamos pensar si verdaderamente el psicoanálisis fue un discurso, a partir de Freud y Lacan, que se propuso advertirnos desde distintos lugares y de distintas maneras, sobre los riesgos del totalitarismo que las empresas colectivas implicaban. Si es así, ahora tenemos que hacer un nuevo ejercicio de pensamiento, y plantear las malas noticias que tiene el psicoanálisis, para pensar la cuestión de otro modo. Es decir, ya no solamente funcionar en la lógica de las advertencias que implica el totalitarismo, sino ver qué elementos puede presentar el psicoanálisis, que sean precisamente inapropiables. Pensar lo inapropiable me parece una cuestión de primer grado, una cuestión clave, diría, que es la condición de imposibilidad para pensar lo político. No la política como gestión o como un subsistema de la realidad, o como un modo óntico de decir las cosas; sino lo político en su condición de institución de lo social. Y para ello es clave pensar lo que es inapropiable.
    Es un hecho que Lacan, después del ‘68, entra veladamente en un debate con Foucault sobre cómo considerar el tema de la subjetividad. Para los foucaultianos, la subjetividad procede siempre de las construcciones históricas del poder. Es decir, hay subjetividad porque los dispositivos de poder, sus tecnologías, sus nuevos procedimientos, sus nuevos funcionamientos, producen subjetividad. El primer hallazgo de Foucault es captar el problema de la biopolítica –recuerden que para él el poder no es meramente represivo, sino que tiene una faz más bien productiva–. El primer momento de Foucault, su momento brillante, es cuando ve que van a aparecer los expertos, va a aparecer la biopolítica, y toda la población se va a transformar en un objeto de saber de los expertos. Pero luego vislumbra otro momento, que justo es en el final de su vida, cuando hace su Seminario sobre liberalismo. Foucault ve que ya no se trata sólo de la biopolítica, sino que se trata de fabricar subjetividades: que el Neoliberalismo es una mutación del Capitalismo. Porque ya no se trata del concepto de alienación en el sentido de Marx, donde hay una parte de sí mismo extraña, que a través de una praxis uno puede recuperar, sino de algo mucho más radical, más grave, que es producir e inventar la subjetividad misma. Es decir, se ha ingresado en un tiempo histórico del Capitalismo –acompañado por narrativas de autorrealización como la autoayuda, los managments y otras teorías–, donde dispone de los dispositivos para producir subjetividades. La forma que tuvo Foucault de vislumbrar estos dispositivos fue bajo el nombre de empresarios de sí mismos. Es decir, concebir la vida de uno, la relación con los otros, bajo una performance de sexualidad, deporte y trabajo, en donde la cuestión del rendimiento y de optimizar la propia vida y sus recursos, se pongan al frente del asunto.
    Esto es muy interesante, porque ya no está en el marco de la biopolítica que primero pensó Foucault, sino que ya vemos que es un paso distinto, porque ya él dice que un empresario de sí mismo no tiene que tener una empresa, ni tiene que tener nada. Es simplemente alguien que se ha producido y ha quedado constituido en un dispositivo que llamaría, desde el punto de vista lacaniano, un dispositivo de goce; es decir, un dispositivo que está más allá del principio del placer, un dispositivo que ya fue preanunciado por Freud en “El malestar en la cultura”, y que en el Neoliberalismo se consuma históricamente; la realización del sujeto pasaría entonces por algo en donde lo ilimitado ha entrado en su vida.
    Digo lo ilimitado para también evocar el discurso capitalista, que al no tener corte alguno, y al conectar todos los lugares, y al estar constituido no como un discurso –porque estamos forzando las cosas cuando decimos discurso capitalista–, es un dispositivo. Es decir, lo podríamos legítimamente llamar un dispositivo del discurso capitalista. O un funcionamiento, como cuando decimos que en la psicosis hay un funcionamiento y no hay Nombre del Padre: hay forclusión, y sin embargo, algo funciona. Es decir que el discurso capitalista funciona.
    Es como si se hubiera entendido el verdadero matema del Neoliberalismo, el que verdaderamente muestra el enclave libidinal del empresario de sí; aunque no es la única figura que se produce en el Neoliberalismo, porque creo que habría que atender también a variantes: por ejemplo, en Europa, el inempleado estructural. Es decir se ha desecho la relación capital-trabajo, e igual produce plus de goce. Es decir, se puede estar en la miseria y seguir siendo productor de plus de goce. Es una nueva lógica en donde no es necesaria la fórmula mercancía para la fuerza de trabajo; es algo mucho más radical que el mundo que Marx percibió. Por eso el concepto de alienación queda sustituido por la misma producción de subjetividad, que tiene en el empresario de sí, una figura privilegiada, pero podemos pensar, en el inempleado estructural; también podemos pensar atendiendo a este momento lacaniano de lo real como campo de concentración, en lo que Agamben llama posteriormente la nuda vida. Es decir, vidas que ni siquiera son ofrendables, que ni siquiera son sacrificables, que simplemente son matables, y que nadie hace el duelo por las mismas. Como está sucediendo ahora contemporáneamente en ese horizonte de vergüenza europea.
    Esa es una primera cuestión que he tratado de zanjar: separar al sujeto de la subjetividad. Porque si sujeto y subjetividad son lo mismo, ya le concedemos, como le pasó a Foucault, el grave problema de que el poder, en su ontología, fabricaba al sujeto. Y entonces, ¿cuál era el punto de lo inapropiable si ya estaba todo producido desde el poder? Entonces es muy importante decir que el inconsciente del sujeto del que habla Lacan, ya sea en su variante clásica –correlacionado con la falta, el que construye un fantasma para que esa falta pueda quedar obturada, el que se sostiene del otro a través del fantasma–, cualquiera sean sus operaciones, o el ultimísimo parlêtre, en cualquier caso, nunca son el resultado de una construcción histórica.
    Siempre hay en Lacan –y esto tiene una importancia política decisiva– una apelación a una invariante estructural que uno no puede permitir concebirla como que se deriva de algo que fue muy importante en toda la izquierda, que es la idea de que todo es construcción histórica. Nosotros tenemos que pensar que no todo es histórico, porque si no le regalamos al poder, todo. Por ejemplo, en una mesa redonda, con una gran compañera feminista de Podemos, en Madrid, ella hablaba de las mujeres que gozan con fantasías de sumisión, y hablaba de los vestigios de la lógica patriarcal en esas fantasías. Y yo le decía que no, porque si ya introducimos en que el modo de gozar de una mujer está contaminado por una lógica de poder, estamos haciendo en cierto modo lo que hizo la URSS con los homosexuales, que durante un tiempo los consideraba desviados ideológicos. Estamos a punto de decirle: “Compañera, usted está gozando mal porque tiene todavía el patriarcado en el horizonte”. Hay que separar la producción de subjetividad de lo que consideramos que es el sujeto.
    Y por otro lado, sin embargo, respetar esto que vislumbró Foucault. Incluso Margaret Thatcher le dio la razón cuando dijo que la economía era nada más que el método, y que el objetivo era el alma. Es decir, el Neoliberalismo tiene un impulso que lo describe muy bien a sí mismo, que es el querer generar un dispositivo de rendimiento y goce que está más allá del principio del placer, en donde –y por eso se extienden las patologías de la responsabilidad–, el sujeto está siempre más allá de sus posibilidades. Está bajo imperativos con los que no puede cumplir. Si vamos al Freud de “El malestar en la cultura”, que para mí sigue siendo uno de los textos más radicales de la política contemporánea, vemos que el gran hallazgo de Freud –en ese aspecto mucho más subversivo que Nietzche–, es que la conciencia moral no es la que impone la renuncia; es la renuncia la que inventa la conciencia moral, y le da a la conciencia moral, por lo tanto, un rasgo sádico. Es decir que toda la temática freudiana parece un libro de contraautoayuda y autoestima, porque de entrada dice que la felicidad no tiene nada que ver con la verdadera existencia del ser humano, y que la obligación de ser feliz va a traer consecuencias deplorables, como las que tienen las narrativas de autoayuda que logran hacerle creer a cada sujeto que las lee –que en ese momento no es sujeto, es subjetividad–, que uno ha entrado en la captura de la producción de subjetividad que consiste en el uno por uno. Por eso alerté últimamente en los debates con los queridos colegas de mi Escuela, ciertos reparos cuando dicen “nosotros estamos en el uno por uno”, porque no hay mejor dispositivo que sepa atender el uno por uno que el Neoliberalismo, que le hace creer a cada uno que ese libro está destinado a él, cuando se vendieron 48 millones de ejemplares. Y que lo que ha leído palabra por palabra está escrito para él, hasta que el circuito de rendimiento y goce se agotan, y resulta que la infelicidad aumentó.
    No es ya tan sencillo decir “vamos por el uno por uno, porque no estamos en la lógica del para todos”. No, la lógica del uno por uno está tomada por el para todos. O sea que la singularidad y el uno por uno no son lo mismo. Yo creo profundamente en la autonomía política del psicoanálisis: fue muy rica incluso la experiencia de los 70 en la Argentina. El error de haber reunido el psicoanálisis con el marxismo y haber hecho desaparecer la clínica psicoanalítica, a expensas de politizar el psicoanálisis. Esa vía nunca me ha interesado. Creo en la autonomía del psicoanálisis, creo que el psicoanálisis es en sí mismo un hecho político que aporta elementos para pensar lo que es inapropiable para los dispositivos neoliberales; pero también pienso que puede contribuir –y eso no quiere decir intentar volver a los lacanianos de izquierda–, a pensar lo colectivo desde las malas noticias. O sea pensar un común, que es el término que he escogido yo, que no pertenece a la tradición psicoanalítica, a partir de lo que es verdaderamente el “no hay”. En vez de pensar el común a través de las propiedades positivas de las identificaciones o de la psicología de las masas, hay tres “no hay” dice Lacan en “El atolondradicho”: no hay relación sexual, no hay metalenguaje, no hay universal que no se sostenga de una excepción, que es justamente lo que tenemos en común.
    Es difícil de introducir esto en los debates con otras visiones de lo común que tiene la izquierda, porque es un común que se sostiene en el “no hay”. La puesta de lo común no es lo que tenemos ni lo que compartimos, ni aquello en lo que nos identificamos. La puesta de lo común es la manera en que tratamos los “no hay” juntos. A eso lo he llamado Soledad:común, que es un libro que ahora va a salir en Italia. Y pienso que el acontecimiento político es portador siempre de las marcas de la Soledad: Común. O sea, pienso que no hay ninguna posibilidad de pensar un acontecimiento político sin las marcas de la Soledad: Común.
    Pero Soledad: Común es un modo de nombrar lo inapropiable, aquello que no es la producción de los dispositivos neoliberales de rendimiento y goce. Es decir, aquello en donde verdaderamente aparecería una diferencia por esa producción, ya que Marx se imaginó metafísicamente, que la historia era la historia de la lucha de clases, unificando tres cosas que no son susceptibles de ser unificadas: historia, lucha de clases y humanidad. Hay varios Marx: está el Marx analítico de El Capital, está el Marx de la filosofía de la historia más hegeliano, y está el Marx revolucionario. Pero hay un lugar vacío que quedó, no hay ningún sujeto histórico, por eso de golpe Lacan ha entrado en el centro mismo de la escena de todos los debates políticos.
    En el caso de Žižek, trata de llevar el debate a un Hegel muy distinto del que cuentan los lacanianos porque, en vez de ser el Hegel que se completa al final, en la relación entre la verdad y el saber, y narra toda una historia del espíritu donde el espíritu se repone de todos sus desgarramientos y se realiza en el saber absoluto. Esta es la parte más seria de Žižek, ya que lo demás es la producción de un artista pop. Donde sí es muy fuerte es en su lectura del idealismo alemán, donde directamente ha lacanizado al idealismo alemán. En el Hegel de Žižek, ya estaba el objeto a, la pulsión de muerte, lo real, el ultimísimo Lacan… Pero hay que decir que subvierte el Hegel de Kojève y el relato sobre Hegel que está muy instalado en la opinión general de una reconciliación al final.
    Luego está el amigo Badiou, que intenta también introducir una noción de sujeto como sujeto vacío, pero luego con un principio de fidelidad al acontecimiento, y si bien hay muchas cosas que discutir con él, me atrevería a decir para tomar el problema del pase al que eludió Belaga, ese es el momento leninista de Lacan. Es decir, Lacan dice “aquí hay un acto subversivo, un acto instituyente, que es el acto analítico”.
    Ahora bien, todo acto instituyente no tiene más destino que ser incluido en una institución. Y a la vez, la institución está hecha para no querer saber nada del acto instituyente. Pero a la vez, sin la institución, el acto instituyente se evapora. Ahora por ejemplo, los franceses ayer a la noche hicieron un levantamiento en París, y uno de ellos ya dijo: “Podemos es un contraejemplo, nosotros no lo vamos a hacer porque no vamos a tener ni líder, ni vamos a organizarnos para las elecciones, ni vamos a hacer un partido, ni un movimiento, porque vamos a estar todo el tiempo en la calle”. Sí, pero eso es un principio de fe de que el acto por sí mismo, como cree Badiou, es un camino a la eternidad. Uno se incorpora a la verdad del acto, y se vuelve eterno como sujeto. Lo que enseñó Lacan es otra cosa: fue pensar cómo puede haber un tipo de institución que aloje un acto que es contrario a lo que en la institución rige. En las instituciones hay jerarquías, hay ideales, hay estratificaciones, y el acto no es algo que hace emerger lo que estaba, no es algo que da visibilidad, o algo que estaba invisible en la situación, se vuelve visible por el acto. No, el acto hace surgir algo radicalmente nuevo, que no estaba ni siquiera latente. De modo que las condiciones del acto son muy serias.
    ¿Cómo se aloja eso institucionalmente si la institución está hecha para borrar esto? Entonces hay que encontrar una fórmula donde se acepte el desafío de que por un lado, esté la institución que aloje esto, y que a la vez, esa institución no termine de matar lo que fue el acto. Es un problema que también estuvo en Sartre cuando analizaba “La razón inercial”. Y es un gran tema leninista, porque Lenin mismo fue el primero que captó que no había ninguna forma de organizar la revolución, que la tenía que inventar él. O sea que Marx no había pensado, en ese sentido, absolutamente nada acerca de cómo era una organización que se hiciera cargo de un proyecto revolucionario. Por eso dije que lo del pase es un momento leninista.
    Y ahí aparece la figura del santo, al que le podemos perdonar el carácter enigmático que tiene, porque dado que las figuras de la desconexión del discurso capitalista se han eclipsado todas, dado que no podemos nombrar a ninguna, dado que no hay ningún exterior al discurso capitalista, se llama “santidad” laica, por supuesto, a un ejercicio donde se supone que ese dispositivo de rendimiento neoliberal donde uno está todo el tiempo produciéndose a sí mismo, se interrumpe. Se interrumpe porque el sujeto no puede ser algo producido. Es decir, la gran disputa política es que hay algo en el sujeto nuestro que no está producido. Es decir, si realmente el sujeto tiene su origen en la producción, no tenemos nada que hacer. El sujeto es el efecto de una causa que cojea y que no está presente de forma plena nunca. Eso es –vamos a decir– lo lacaniano. No es algo que se derive de nada que pueda ser producido como un ente.
    El santo tiene como condición esta diferencia: es que ese momento, en donde el discurso capitalista es capaz de capturar la insaciabilidad que se extiende del deseo con el acceso directo al plus de goce, se interrumpa. O sea que hay algo del consumidor consumido que se interrumpe.
    Lacan es un conservador, un conservador subversivo, una categoría que yo creo que le va perfectamente, porque en una izquierda lacaniana lo que merece ser discutido es qué es lo que debe ser conservado, porque es el Neoliberalismo lo que va a llevarse por delante todo; se lleva por delante la familia, los lazos sociales, el trabajo, la relación de cada uno con su lugar, con su país, con su pueblo. No es el Mayo del ‘68 como decía Nicolas Sarkozy, lo que provocó el declive de las autoridades simbólicas. La gran máquina de erosión de todas las autoridades simbólicas, el gran declive de todas las instituciones, de la pérdida de prestigio de todas las figuras de lo simbólico, la está generando esta producción de subjetividad neoliberal, que además –como dice Lacan del discurso capitalista, y eso es lo que tiene de conservador su visión–, marcha hacia su consunción. Es decir, marcha hacia algo que va a producir su propia disolución violenta, porque consunción quiere decir desarrollar internamente una energía que te destruye. O sea que él no ve una salida histórica, al modo de la filosofía hegeliana marxista, sino que ve algo que efectivamente habría que ser muy ciego –por lo menos estando en Europa– para no verlo, que es que ahora el futuro no es más una incertidumbre: marcha todo hacia algo que no se va a poder sostener. Hoy cualquiera, sea de derecha o de izquierda, admite con bastante facilidad que el mundo así como va y en la dirección que va no es sostenible. Que verdaderamente si hay algo que discutir es lo que decía Walter Benjamin: “¿Cómo es el freno de mano aquí?”, porque si no hay freno de mano la cosa va a un lugar que no tiene salida –esto me llevaría a establecer diferencias con Ernesto Laclau–, porque el discurso capitalista yo creo que no está pensado en la lógica hegemónica, pero tampoco está pensado como Badiou formula el Capitalismo. O sea, el discurso capitalista en Lacan, en ese sentido, es más marxista, porque Marx dice en un momento que el Capitalismo es una abstracción, que ya no nos dominan hombres, ni personas, ni instituciones, que nos domina una abstracción. Eso es mucho más serio, mucho más grave como problema político. Y mucho peor aún si la abstracción encima tiene la propiedad de generar plus de goce. Es como si se realizara por fin una cosa que es muy seria, porque lo del amor, cuando Lacan dice que rechaza el amor, no lo tenemos que pensar como algo que procede de una tradición humanista. Es decir, “este hombre piensa en el amor de los seres humanos”. No, está diciendo que la imposibilidad es rechazada y por lo tanto lo que se tiene que saber hacer con respecto a la imposibilidad se va a ir destruyendo. El saber hacer sobre lo imposible se va a ir destruyendo en esa consunción.
    Por eso, y aunque eso no se percibe aun en Argentina, el Neoliberalismo no escoge al psicoanálisis. No lo ha escogido, y se ve claramente en Europa. Se ve el declive de la filosofía y se ve el declive del psicoanálisis. Puede haber algunas culturas que mantengan, por razones históricas, su presencia. En cambio la autoayuda se expande transversalmente, devora a la filosofía, al psicoanálisis, a la divulgación científica; se empieza escribiendo sobre los protones y se termina escribiendo sobre cómo vivir con tu suegra. Es decir, rápidamente se pasa de un registro a otro, porque hay un gran rendimiento.
    https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-308894-2016-09-12.html
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    Freudismo

    Contrariamente a lo que muchos imaginan, el psiquiatra no tiene necesariamente que ser lo que se denomina un "conocedor del hombre", es decir, aquel sujeto que sabe del quid de una conducta, que acierta en el blanco de la intencionalidad de una actuación. Puede llegar a serlo, en efecto, pero sobre su experiencia del trato con hombres, como por otra parte puede llegar a serlo un cura, el maitre de un gran hotel, un corredor de ganado o de fincas, un dermatólogo; en suma, cualquiera que no sea psiquiatra. Este conocimiento es meramente empírico. Se puede ser, pues, también psiquiatra y patán. La razón de ello es que en los tratados de psiquiatría se aprende a diagnosticar neurosis y psicosis, para lo cual se describen conductas tipificadas que hacen factible su catalogación. Hoy mismo, el manual de cabecera de que estamos dotados todos los psiquiatras de este planeta, conocido como DSM-III-R (Diqgnostic and statistical manual of mental disorders; thrid edition revised, 1987), funciona del siguiente modo (es un ejemplo): alucinación auditiva (oye voces, ruidos) + delirios (le persiguen, le controlan, le influyen) + pensamiento disgregado (el discurso aparece fragmentado) + durante seis meses como mínimo = esquizofrenia (si menos, trastorno esquizofreniforme). Si se domina este catálogo, se alcanza a ser psiquiatra en tanto disgnosticador, pero no se asegura que deje de ser un patán en lo que respecta al tema de que tratamos.Toda conducta -como lo sabe el conjunto de los habitantes de este mundo, salvo muchos psiquiatras y psicólogos- no se agota con su descripción. Permanentemente tenemos ocasión de experimentarlo en la relación interpersonal: la conducta del otro con el que interactuamos ha de ser interpretada. No basta con verla y decir: se ha tocado la nariz, se ha rascado la coronilla, ha dicho cabrón. Pensamos, para los dos primeros casos, que en ese momento el sujeto de la conducta quizá esté perplejo con lo que le hemos dicho, no sabe qué decir, está tomando sus precauciones; por lo que respecta al tercero, intuimos que cabrón es usado ahora, aunque groseramente, como una muestra del afecto o la alegría que le suscitamos, no como insulto. En fin, hipotetizamos acerca del sentido, significación o intencionalidad que subyace tras la conducta externa que observamos. La conducta, por tanto, no comienza donde termina (en el toque nasal o de la coronilla, en la pronunciación de una palabra o una frase), como quieren los conductistas, sino donde ha de empezar (si es que este término se ajusta rigurosamente a lo que quiero decir), esto es, en la intención de la acción. Y es ésta la que interesa: porque si en la mirada de mi interlocutor, pongamos por caso, creo ver (en realidad trans-ver, es decir, presuponer) simpatía, mi respuesta es totalmente otra que si presupongo simulacro de la misma. Todos somos, pues, interpretadores, o dicho con palabra más culta, hermeneutas.
    Repito: ni la psiquiatría ni la psicología académicas dieron ni dan claves para la interpretación de las conductas. Algunos han ido a estas disciplinas esperando encontrarlas para así solucionar sus insuficiencias personales, o sea, para curarse ellos mismos:, se equivocaron. La pregunta es ahora ésta: ¿dónde es posible conocer entonces a los hombres si la psiquiatría y la psicología no abastecen este saber?
    Este saber se adquiere en tres fuentes: la primera, mediante el trato malicioso con los demás. El psicólogo (en la acepción coloquial del término, no en la de licenciado en psicología), el hombre de mala fe, ha de entrar en sospecha. No hay perspicaz que no sea un malvado, no en sus actuaciones, pero sí en sus pensares acerca de los demás, porque es en éstos en los que él se reconoce. Es cierto que se equivoca a veces, pero cuando tiene éxito, aunque sea ocasionalmente, le confirma en su teoría no de la intencionalidad (que eso ya lo sabemos desde Aristóteles), sino de la mala intencionalidad de toda acción humana. Para este perspicaz, buenas intenciones sólo se dan en tontos de remate, y aún así, duda. Los más son listos, es decir, dejan entrever su intención como inocente, cuando no santa, mientras ocultan otra, la egoísta, la perversa, por mentirosa. Son, aunque no lo sepan, niestcheanos, descubridores por sí mismos de que la vida humana es un tratado de paz sus tentado por la mentira consensuada.La segunda fuente es la literatura, más concretamente el teatro y la novela: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Cervantes, Stendhal, Flaubert, Dostoievski, Proust, etcétera, son omnipotentes con sus criaturas y nos hacen ver en ellas lo que en la vida sospechamos de los demás: la doble, y hasta triple, intención. Además poseen la capacidad de persuadirnos de que la cosa es así y no de otra manera. Es una literatura de la complejidad: por eso volvemos insistentemente a ella. Es, desde luego, literatura, pero es, además, sabiduría, porque de la literatura se nos hace pasar a la vida, y la vida a que ahora aludimos no es, naturalmente, la del biólogo, sino la del vivir del hombre.
    La tercera se encuentra en algunos filósofos más cercanos a la sabiduría que a la metafísica: Montaigne, Pascal, Spinoza, Ignacio de Loyola, Gracián, Schopenhauer, Nietzsche. Son filósofos morales, aunque no traten tanto de la teoría del deber hacer, cuanto de los mores, es decir, de los hombres como sujetos de conductas.
    El conocimiento adquirido de esta forma, incluso en la última, aunque en ésta en menor medida, es un conocimiento asistemático (en algunos más que en otros, claro es), intuitivo, analítico en ocasiones. No concluye en la teoría de las actuaciones humanas porque ésta ha de depender de la teoría del hombre, y ésta apenas ha sido enunciada. Se han tratado las pasiones (Tomás de Aquino, Descartes, por ejemplo), y se ha tratado la razón, pero este complejo que es el hombre -pasión y razón de consuno- y su contradictoriedad apenas se ha plasmado en construcciones embrionarias (por citar algunas, las de Max Scheler u Ortega), y no dan base para una intelección medianamente plausible.
    Es aquí donde debe ser incluida la aportación de Freud. No como introductor de un método terapéutico, el psicoanálisis, que no lo es porque no cura (el propio Freud hubo de reconocerlo muchas veces, y por fin en su último trabajo, Análisis terminable o interminable, en el que sostiene la tesis, capaz de inhibir el optimismo de cualquier terapeuta, del análisis como inacabable), sino como creador de un método de autoconocimiento hasta ahora no superado, una forma de accesis al sujeto completamente original. La aportación freudiana tampoco es, como él pretendiera (con su aspiración constante al reconocimiento académico durante las primeras seis décadas de su existencia), a la psicología, que es psicología de funciones: percepción, atención, asociación, memoria, inteligencia, afectividad, etcétera, o de rendimientos (aprendizaje, adaptación). Lo que se debe, sin embargo, a Freud es una teoría del sujeto, porque el hombre es el único ser de la serie animal que posee reflexividad, se hace objeto de sí mismo, y es, pues, sujeto. De manera que decir teoría del sujeto equivale a decir teoría del hombre. Por eso Freud influyó decisivamente en la vida social, que es vida de seres humanos comportándose. Y por eso mismo puede situarse junto a esa serie de filósofos que hicieron objeto de su pensar más que cómo adquirir el conocimiento de la realidad, o cuáles son los límites de ese conocimiento que llamamos la razón, cómo alcanzar el hombre la realidad del hombre mismo. Freud es una antropólogo y, en consecuencia, moralista. Ofrece un sistema del hombre, no una intuición más o menos feliz de sus actuaciones aisladas. Si el psicoanálisis es terapia, no sirve; si trata de ser psicología, hay que decir que su pretensión es errónea, porque no lo es. Es una teoría del hombre, y entonces es etología del homo sapiens, es decir, antropología, una concepción antropológica a la que conviene el nombre de freudismo.
    A la insistente pregunta de estos días, con motivo del 50º aniversario de la muerte de Freud, de qué lugar ocupa el psicoanálisis en la psiquiatría actual, me parece correcto responder de la siguiente manera: si el objeto epistemológico de la psiquiatría es la perturbación de un órgano, el cerebro, como órgano que hace posible la vida de relación, y queda subsumida en la neurología, entonces la doctrina de Freud está fuera de ella. Si el psiquiatra ha de ocuparse del sujeto y de las perturbaciones de su conducta, y la conducta es siempre una relación del sujeto con los objetos (otros sujetos, otros objetos, animados o inanimados), en tanto objetos significativos, entonces el freudismo constituye una buena teoría para la interpretación del sujeto a partir de su conducta, es decir, una hermenéutica de la actuación, para la que no se precisa la multiplicidad de supuestos que enunciara Freud, que actúan como deux ex machinaabastecedores de seudosatisfactorias explicaciones.
    Es una desgracia que el freudismo sea en la práctica obra sólo de Freud. Apenas si tras él se han hecho aportaciones de interés, y en todo caso fragmentarias. Los denominados psicoanalistas debieron encomendarse una tarea: junto al desarrollo de la doctrina de Sigmund Freud, la conversión del discurso psicoanalítico, legítimamante precientífico en la obra del fundador, en el único discurso científico posible, el susceptible de discusión y de contrastación en cualquiera sea el ámbito, no en el exclusivo de los adeptos. Difícilmente se hallará, sin embargo, un colectivo mejor dotado para la pereza intelectual que el colectivo de psicoanalistas, oscilante entre el no hacer nada o el peor hacer de todos, el de la charlatanería.
    Carlos Castila del Pino es psiquiatra y catedrático extraordinario de la universidad de Córdoba.
    * Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de noviembre de 1989
    https://elpais.com/diario/1989/11/03/opinion/626050805_850215.html

    Las frases de Sigmund Freud que usamos sin darnos cuenta



    Sigmund FreudDerechos de autor de la imagenSCIENCE PHOTO LIBRARY

    Hace 160 años nació Sigmund Freud, pero los términos y frases que popularizó están profundamente arraigados en la cultura popular y el lenguaje cotidiano. ¿Cómo se extendió tanto la jerga freudiana?
    Está el Freud de los libros de texto; el gran pensador barbudo vienés, pionero del psicoanálisis; el Freud sobre el que los académicos nunca se cansan de discutir.
    Y está el otro Freud: el del bar; el Freud al que uno podría recurrir cuando menciona los sueños, actos fallidos, o alguien a quien le guste su mamá. Su relación con el primer Freud es tangencial, en el mejor de los casos.
    Escuche furtivamente una conversación y es probable que, tarde o temprano, aparezca un concepto inventado o popularizado por el artífice de la asociación libre.


    Términos freudianosDerechos de autor de la imagenAP

    Complejo de Edipo. Negación. Ello, yo y superyó. Libido. Deseos de muerte. Fijación retentiva anal. Mecanismos de defensa. Desplazamiento. Símbolos fálicos. Proyección. Transferencia. Y, por supuesto, los deslices freudianos.



    No es solamente la terminología freudiana que forma parte de todo el léxico popular. Es un adjetivo por derecho propio.

    Sin competencia

    "¿Qué pensaría Freud?" y "Eso es algo freudiano" son básicamente expresiones usadas por personas interesadas en hacer saber que fueron a la universidad.
    Otros intelectuales del Siglo XX no pueden competir: ni Sartre ni Chomsky ni Einstein. Las reseñas cinematográficas de los tabloides rara vez citan a Foucault o De Beauvoir.
    Pero todos saben de qué se habla cuando se menciona a Freud. O al menos creen que saben: el inconsciente, represión sexual, sueños, cuestiones de papá y mamá.
    "No tienes que leer a Freud para vivir en un mundo donde Freud es importante o para pensar de manera freudiana", dice Stefan Marianski, de la Casa Museo Freud, en Londres. "Todo lo que necesitas es consumir cultura popular masiva producida desde mediados del Siglo XX en adelante.
    Freud tuvo la ventaja de ser un escritor extremadamente bueno, que ilustraba el psicoanálisis con referencia a la obra de grandes artistas, como Shakespeare, Dostoyevski y Leonardo da Vinci.

    Presencia cinematográfica

    Para el psicólogo Oliver James, "la razón por la cual Freud se convirtió en semejante fuerza cultural es que llegó a la cultura popular a través del cine".
    Comenzando con "Cuéntame tu vida", la película de suspenso psicológico de 1945 de Alfred Hitchcock, las referencias explícitas a Freud abundan en el cine.


    Fotograma de "Spellbound"Derechos de autor de la imagenGETTY
    Image captionLa película de 1945 de Alfred Hitchcock "Spellbound" ("Cuéntame tu vida" en América Latina o "Recuerda" en España) se centra en el psicoanálisis.

    Es notable el caso de prácticamente la obra entera de Woody Allen: como dice al inicio de "Annie Hall": "Nunca tuve un período de latencia".
    Luego está la dinámica de padre e hijo en "El imperio contraataca" y, por cierto, "Volver al futuro".
    "Es básicamente el complejo de Edipo", indica Marianski. "La lógica de 'Volver al futuro' es la misma de 'Psicosis' (otra de Hitchcock), realmente".
    También están las novelas de monólogo interior de Virginia Woolf y James Joyce; Salvador Dalí y los surrealistas; "Los Soprano" y "Frasier"; la película de 2011 "Un método peligroso", con Viggo Mortensen como Freud, o cualquier cosa que incluya un recuerdo reprimido, una secuencia onírica o un personaje con impulsos incestuosos.
    No es que mucho de esto sea estrictamente freudiano, en el sentido que le dan los académicos al término. La brecha entre el Freud de bar y lo que Freud realmente escribió suele ser enorme.
    Aunque muchas de sus ideas -sobre todo en torno a "la sexualidad infantil"- eran consideradas peligrosamente radicales durante su vida, los aspectos más desafiantes de su obra fueron poco tratados por los medios masivos.


    Teléfono langostaDerechos de autor de la imagenGETTY
    Image captionEl "teléfono langosta" de Salvador Dalí: el arte surrealista fue muy influenciado por los escritos de Freud.

    "Creo que mayormente tenemos sólo una idea vaga -quizás defensivamente vaga- de lo que Freud está diciendo, especialmente porque en el campo de la cultura popular su trabajo ha sido procesado para suavizarlo, hacerlo más aceptable, reducir su perspicacia, su complejidad -y, supongo, su dificultad- y convertirlo en una fantasía acogedora y tranquilizadora", afirma el doctor Nicholas Ray, catedrático de la Universidad de Leeds.
    Típicamente, al final de la película, se recupera la memoria reprimida, se concede autoconocimiento a la heroína y se da a la audiencia una conclusión narrativa satisfactoria.
    Pero incluso si Freud es ampliamente incomprendido y tergiversado, y el complejo de Edipo en los dramas televisivos resulta muy distinto del expuesto en "La interpretación de los sueños", nadie duda que sus conceptos siguen fascinando al público.


    Libros de FreudDerechos de autor de la imagenALAMY
    Image captionLa obra de Freud "hoy en día es leída mayormente en departamentos de humanidades", según Stefan Marianski, de la Casa Museo Freud, en Londres.

    Vigencia de Freud

    Es aún más notable, dado que mucho de lo que escribió Freud fue superado por investigaciones posteriores y que en algunos círculos académicos sus teorías han sido ferozmente atacadas, particularmente por feministas, que consideran misóginos conceptos como envidia del pene, y lo acusan de ignorar pruebas de que algunos de sus pacientes fueron víctimas de abuso infantil.
    Freud aún tiene seguidores, incluido Oliver James, quien sostiene la validez de sus escritos sobre los sueños, el inconsciente y el papel de la primera infancia. Pero Marianski admite que Freud es "mayormente leído en departmentos de humanidades", no por científicos.
    Sin embargo, mucho de esto no interesa al profano. Quizás lo más significativo, indica Marianski, es que el lenguaje freudiano fue popularizado durante una era particularlmente egocéntrica.
    "Desde una perspectiva histórica, es parte de un movimiento general donde la gente empezó a mirarse más hacia adentro", afirma Marianski. "Hubo una amplia transformación cultural: ¿cómo se conceptualiza el ego?".
    Pero hay mucho en la obra de Freud que hace que la continua prominencia de sus términos parezca incongruente. Especialmente, sus teorías sobre la represión pertenecen a un mundo anterior a la revolución sexual.
    "Ahora que los jóvenes parecen ser libres para hacer lo que quieran y hablar de lo que quieran, resulta interesante que Freud les siga interesando", comenta James.
    Sin duda, esto no hará que la gente deje de usar terminología freudiana como le parezca, al servicio de una gran actividad del Siglo XXI: colocarse a ellos mismos y a otros en el proverbial diván.
    Como escribió el poeta W.H. Auden tras la muerte de Freud, "Para nosotros ya no es una persona, sino todo un clima de opinión".
    Es más elegante que "Freud de bar".
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    Sigmund Freud 1856-1939



    Sigmund Freud 1856-1939Derechos de autor de la imagenGETTY

    • Neurólogo austriaco y fundador del psicoanálisis, es considerado una de las mentes más influyentes -y controvertidas- del Siglo XX.
    • Nacido en Freiberg, Moravia (ciudad llamada ahora Pribor, en República Checa).
    • Su familia se mudó a Leipzig y luego se estableció en Viena, donde Freud estudió medicina.
    • Desarrolló la teoría de que los seres humanos poseen un inconsciente en el que los impulsos sexuales y agresivos están en conflicto perpetuo por supremacía con las defensas en su contra.
    • Su principal obra, "La interpretación de los sueños", fue publicado en 1900 y en él los sueños eran explicados en términos de deseos inconscientes y experiencias.
    • En 1923, publicó "El yo y el ello", que sugería un nuevo modelo estructural de la mente, dividido entre el "ello", el "ego" o "yo" y el "superyó".
    • En 1938, poco después de la anexión de Austria a la Alemania nazi, Freud dejó Viena para ir a Londres, donde murió al año siguiente.
    (*) Este artículo se publicó originalmente en septiembre de 2014, con motivo del 75 aniversario de la muerte de Sigmund Freud.
    http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:http://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/09/140925_freud_frases_comunes_finde_jgc

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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    Item Reviewed: EL PSICOANÁLISIS SOBREVIVE A FREUD ? (Dossier) Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
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