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    jueves, 14 de junio de 2018

    Michael Cimino director de El cazador su única obra maestra


    Adiós a Michael Cimino, el rey destronado de Hollywood

    Ha muerto el cineasta del triunfo estelar y el fracaso perfecto. Cuidó el retrato de su vida como un filme: jugó entre el talento y la mentira que engorda el mito. 

    Se llamó a sí mismo “cineasta accidental”. Quién sabe si era una pose. Michael Cimino se encargó de tejer despacito su leyenda, como una araña paciente. Era talentoso, embaucador, pródigo. Receloso, excéntrico, mentiroso compulsivo. Nadie ha podido confirmar la fecha de su nacimiento (presumiblemente, asomó la cabeza el 3 de febrero de 1939) y aún no se conocen las causas de su muerte.
    Intentó vivir así: tirando sólo un poco de la cuerda, creando la sorpresa, como una caja bomba a medio abrir. Sabía jugar con las emociones de la gente, como ya lo hizo en la escena mítica de la ruleta rusa en su única obra maestra (El cazador): “Steven Spielberg me preguntó una vez cómo conseguí mantener tal tensión. Yo se lo dije: convirtiendo la escena de la boda en algo cómico. Si quieres que la gente llore en una película, antes tienes que hacerles reír. Ahí está: nadie quiere ver que le sucede algo malo a alguien que le cae bien”, relató una vez.
    Cimino es un poema épico, una elegía atragantada. Encarna el auge y la caída, retrata a ese Hollywood que te abre los brazos y después te expulsa como si fueses un órgano mal trasplantado. Sólo dirigió siete filmes en su carrera, el niño raro. Nació en Nueva York, hijo de un compositor y de una diseñadora de ropa. Contaba que en la escuela era una especie de crío prodigio -los que lo sufrieron, se decantaban por llamarlo “salvaje”- y que podía hacer círculos perfectos a mano alzada.
    Pasó voluntariamente por el ejército; experiencia que le serviría para inventar, más tarde, que El cazador tenía tintes autobiográficos
    Se graduó en Michigan State y entró en Yale para combinar estudios de Pintura, Arquitectura e Historia del Arte. De vez en cuando se acercaba, medio coqueto, a la Escuela de Drama. Ya le rugía una película dentro. Después pasó voluntariamente por el ejército; experiencia que le serviría para inventar, más tarde, que El cazador tenía tintes autobiográficos. Falso: estuvo sólo seis meses en el servicio militar y, además, el guión era un libreto adaptado del original de Louis Garfinkle y Quinn K. Redeker-. Qué más daba, en realidad: Cimino era una ínfula andante y se hacía hasta divertido verle actuar. 

    Un crío de 12 años

    Llegó a Hollywood siendo muy joven. “Cuando le preguntaban a Clint Eastwood qué hacía en ese momento, él respondía ‘trabajar con un crío de 12 años’. Tenía razón, era un enano”, explicaba. “Trabajaba en la publicidad, en Madison Avenue. Era muy bueno y vestía siempre de negro, con botas, tejanos… sobre todo, era como una especie de bebé Buda. Entonces yo tenía todas las respuestas. Para todo”.
    Eligió esos dos amores que eligen esos hombres que buscan una eterna prolongación de su falo: los coches y las mujeres. Para deleitarse con ambos se mudó a Los Ángeles en 1971.
    Eligió esos dos amores que eligen esos hombres que buscan una eterna prolongación de su falo: los coches y las mujeres
    Allí escribió Naves misteriosas y Harry el fuerte (secuela de Harry el sucio) y sedujo a Eastwood, que quiso comprarle el guión de Un botín de 500.000 dólares. Sin embargo, el ego volvió a hablar, y Cimino lo convenció de que era mejor que la dirigiera él. Era esa picardía la que imprimó en su trabajo: Un botín de 500.000 dólares es la historia de un atracador retirado que vuelve a la actividad con un nuevo socio, un joven enérgico y vividor. Ambos tienen un objetivo: el en apariencia impenetrable Banco de Montana.
    Logró una nominación al Oscar para Jeff Bridges (mejor actor de reparto) y cosechó un éxito que le sirvió de abono para su segunda -e inolvidable película-: ahí Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Savage y John Cazale en El cazador, un relato fascinante y roto sobre la vida después de la guerra de Vietnam. El retrato de tres obreros capturados por el Vietcong que regresan a casa con pánicos, mutilaciones, amores deshechos y vértigo existencial.

    Un tiro basta

    Incluso cargada con 5 Oscar, ya arrastraba algo de premonitorio: “Un tiro”, repite Robert de Niro en la película. “Siempre se ha de cazar la pieza mediante una sola bala. hacerlo con dos es una chapuza. Siempre se lo digo a todos, pero nadie me escucha”. El cazador fue la buena bala de Cimino. La primera certera, la última letal en su carrera. Porque después llegó La puerta del cielo (1980) y todo se fue al carajo. Aquel western basado en la guerra del Condado de Johnson comenzó con un presupuesto de 11,4 millones que acabaron siendo 44. De la epopeya de más de cinco horas que entregó el director salió, al final, un filme de dos horas y media que apenas conseguiría recaudar cuatro millones. Fue un desastre perfecto, un golpe bello de tan absoluto. Llevó a la bancarrota a la productora -que fue adquirida por Metro-Goldwyn-Mayer- y fue considerada una de las tres peores películas de la historia del cine, aunque a veces rayana en un filme de culto maldito. 
    El resto de su vida fue como esa cola de lagartija ya separada del cuerpo del animal que sigue moviéndose por algún nervio que no acaba de morir, pero que ha perdido el vigor originario. Manhattan Sur, El siciliano, 37 horas desesperadas, Sunchaser. Y tantas intentonas: el guión de Los perros de la guerra (hasta que fue apartado del proyecto), Los perfectos extraños (que iba a ser producida por David Picker, pero…), La zona muerta (fue el director original escogido para el clásico de ciencia-ficción hasta que Stephen King decidió prescindir de él)… un relato sobre la vida de Janis Joplin (que, tras muchas reescrituras, se convirtió en la película La rosa), un guión conjunto con Raymond Carver sobre la vida de Dostoievski que nunca llegó a ver la luz. Un largo etcétera de “casis pero no”. 
    Después de unos años de ausencia y silencio, reapareció en Cannes, en 2007, con un espléndido aire a Michael Jackson y su mismo poso de decadencia torpemente reconstruida: la cara extrañamente tersa, las cejas depiladas, la nariz de otro. Cuando le preguntaron si se había cambiado de sexo, tampoco quiso responder.
    El director de cine Michael Cimino.
    El director de cine Michael Cimino. EFE

    https://www.elespanol.com/cultura/cine/20160703/137236419_0.html

    El corazón en su sitio


    Poco después de la medianoche del domingo me enteré de la muerte de Michael Cimino (al parecer Thierry Fremaux, el director del Festival de Cannes, lo anunció el sábado). Si queréis leer un obituario decente, os dejo el de Vasco Câmara en Público.

    Cimino con Robert De Niro y Christopher Walken 
    en el rodaje de The Deer Hunter.
    Cimino con Christopher Walken 
    en el rodaje de La puerta del cielo.

    No recuerdo bien qué dije en el 80 cuando presenté The Deer Hunter (1978) -aquí El cazador- en el cine-club de Tui, pero sí que íbamos a ver una obra maestra del cine americano del los 70 firmada por un heredero de John Ford, y también que preparé la presentación con fervor, me extralimité en la exposición (creo que hablé más de media hora de aquella elegía escrita con relámpagos, sí, Kurosawa era otro de los grandes maestros para Cimino) y a partir de entonces nunca volvieron a invitarme a presentar otra (si no fue ésa la última vez que se presentó una película en el cine-club, que tampoco duraría mucho).

    Cimino entre el director de fotografía Vilmos Zsigmond 
    y Robert De Niro en el rodaje de The Deer Hunter.
    Debajo, un fotograma de la película.

    Ese mismo año de mi excesivo fervor, Cimino estrenaba La puerta del cielo, además de una obra maestra, una película grandiosa que uno iba a tardar muchos años en ver en la versión de 219' (si no recuerdo mal en TVG, en versión original subtitulada en gallego: ¡tiempos!) y aún hubo que esperar lo suyo para verla en un cine. El montaje original de Cimino duraba unas cinco horas y media, aunque también es obra suya la versión -milagrosamente visible- de casi cuatro; en su día la Universal distribuyó una copia de algo menos de dos horas y media (en fin, se repetía la historia de Stroheim y Avaricia).

    Cimino con Isabelle Huppert y Jeff Bridges
    en el rodaje de La puerta del cielo (fotografía de Ernst Haas).
    Debajo, un fotograma de la película.

    Se habló poco entonces de la belleza abrumadora de la película, de la energía portentosa, la pasión desbordante y la elocuencia luminosa desplegadas por un cineasta de genio arrebatador y deslumbrante carisma, perfeccionista obsesivo y maniático del detalle exacto, que podía pasarse horas eligiendo -personalmente- a los figurantes y disponiéndolos en el encuadre, o esperando la luz soñada para filmar una montaña, como un pintor (uno de los grandes paisajistas del cine americano). Como tantas veces, Miguel Marías fue una excepción y valoró el esplendor de la película en Casablanca, revista de cabecera aquellos años, un noviembre de 1981.


    Eso sí, se habló demasiado (como siempre en estos casos) del desastre financiero que llevó aparejado, uno de esos desastres, por otra parte, que los inversores remedian en la bolsa en cuestión de días o semanas, a veces en cuestión de horas; obviando también el contexto -finales de los 70 y principios de los 80- cuando no eran nada raros los proyectos desmesurados, pongamos por caso dos ejemplos memorables que le debemos a Coppola: Apocalipse Now (1979) era un desastre financiero anunciado que salvó la taquilla de milagro y One From the Heart (1982), una ruina de la que sólo se recuperó gracias a Drácula (1992) y al negocio del vino.


    No sé cuántas veces habré visto La puerta del cielo (incluso en la copia en VHS de aquel pase por TVG). ¿Hace falta decir que me gusta más cada vez que la veo? Desde hace unos meses ya existe una edición en bluray que le hace justicia (toda la justicia que se le puede hacer a una película inmensa hecha para la gran pantalla), con un par de muy recomendables extras, la pieza de Michael Epstein, Final Cut: Cómo se hizo y se deshizo "La puerta el cielo", basada en el libro de Steven Bach, uno de los ejecutivos de United Artists responsable del filme, y el encuentro de Cimino con el público en el Festival de Locarno el pasado agosto, con motivo de la entrega del Leopardo de Oro honorífico (el año anterior se lo habían concedido a Víctor Erice)


    Íntimista y épica, La puerta del cielo destila la memoria como espejo de un sueño derrotado, como duelo por una utopía traicionada. Por dos violentas elipsis, como heridas de la memoria que nunca cicatrizarán, respira este western fantasmal sobre la lucha de clases que subyace en el tema (griffithiano) del nacimiento de una nación, una elegía cantada desde las ruinas del tiempo, a través de un velo melancólico, a la luz de Vilmos Zsigmond, tantas veces con visos de ensoñación de duermevela.


    Cinco años después llegaba Year of the Dragon -aquí, Manhattan Sur-, una película magnífica, pero es que además El siciliano (1987) o The Sunchaser (1996) son como mínimo buenas películas. Luego pasaron veinte años. Hasta el sábado. Punto final. Por el camino quedaron un remake de El manantial, de King Vidor (otra de las filiaciones de Cimino), o una adaptación de La condición humana, de Malraux. En junio de 1997, Miguel Marías abrochaba una reseña de The Sunchaser con estas palabras:
    Cimino sigue pareciéndome el único heredero de Ford que tiene el actual cine americano. Tal vez por eso no le quieren.

    En el encuentro con el público en el pasado Festival de Locarno, Cimino recordó su trabajo en El siciliano con el diseñador de vestuario Umberto Tirelli, que había trabajado con Visconti en El gatopardo, pero no podía imaginar lo detallista que podía llegar a ser Cimino en cuestiones de vestuario; acabaron los dos arrodillados con alfileres en la boca retocando las prendas de los pesonajes (a mi madre, costurera y tan maniática como Cimino, por lo menos, le hubiera encantado esta anécdota). Tirelli acabó confesándole su fastidio al cineasta:
    Después de colaborar con Visconti, me había prometido a mí mismo que no volvería a trabajar tanto.
    Fotograma de El siciliano.

    Cimino no podría desear un elogio mejor. El cineasta evocó también Centauros del desierto, una de sus películas favoritas: John Ford había transfigurado Monument Valley en el emblema del Oeste, capturó el alma del lugar; en realidad es el Oeste de Ford, por eso -decía Cimino- él nunca emplazaría la cámara en Monument Valley, ese lugar sólo quiere ser filmado por Ford: es tierra sagrada.


    Me recordó algo que el cineasta había comentado en una entrevista publicada en junio de 1982 en Cahiers du cinéma:
    ...creo que la gran calidad de Ford está más allá de la técnica. Es la emoción lo que importa. Pienso que la obra de Ford continúa presente, no a causa de una superior maestría formal, sino porque sus filmes están hechos con el corazón. Es lo más importante, y la única forma de trabajar sin arrepentirse jamás. Hay que poner en un filme todo lo que se tiene. El esfuerzo no nos merma. Se queda uno mermado por no intentarlo, cuando se economiza. Cuando se da todo lo que se tiene nunca se lamenta el trabajo realizado. La gente me pregunta: "¿Cómo consiguió sobrevivir a La puerta del cielo?" Hay una verdad muy sencilla: cuanto más se da, más fuerte queda uno. Y creo que Ford sobrevive, que Kurosawa sobrevive, Visconti sobrevive, porque continúan dejando un impacto profundo gracias a la calidad de su corazón, no a causa de un savoir faire superior sino porque tenían el corazón en su sitio.
    Cimino en lo alto de la escalera 
    durante el rodaje de La puerta del cielo.

    (Los fotogramas sin pie corresponden a La puerta del cielo.)

    http://www.laescueladelosdomingos.com/search/label/Akira%20Kurosawa







    La Música en el Cine de Michael Cimino (1939 – 2016)

    Michael Cimino y Robert De Niro Durante el Rodaje de “El Cazador”
    El pasado 2 de julio fallecía el extraordinario director de cine Michael Cimino. Un autor que creó  obras magistrales en la historia del séptimo arte. Su filmografía fue corta, apenas siete títulos, pero tres de ellas, en especial “El Cazador”, están esculpidas sobre mármol en el panteón de las obras maestras de la historia del cine.
    Michael Cimino ha pasado desgraciadamente a la historia por el descomunal fracaso de su película “La Puerta del Cielo” de 1980. Fueron tales los sobrecostes de producción del film, además de su fracaso en taquilla, que llevaron a la quiebra a la productora United Artist.
    Me propongo hacer un recorrido por la música que fue soporte sonoro a sus tres grandes películas: “El Cazador” (1978), “La Puerta del Cielo” (1980) y “Manhattan Sur” (1985). Estás bandas sonoras podrían haber sido intercambiables entre estos films. Hay un rasgo común en el cine de Cimino: su grandeza, su descripción nítida y cruda de personajes e historias, su inspiración épica. El filmó sus películas como lo hubieran hecho maestros como John Ford o Raoul Walsh. Puro clasicismo, cine de verdad, del que te impacta, emociona y conmueve.
    Michael Cimino fue el encargado en 1978 de llevar a la gran pantalla el guión de Deric Washburn, inspirado en la novela “Three Comrades” de Erich María Remarque. Tres horas que constituyen una de las primeras películas filmadas sobre la guerra de Vietnam en la que sus responsables no toman partido por ninguno de los bandos, mostrándonos la vida de un grupo de amigos antes, durante y después de su participación en el conflicto. Un extraordinario alegato anti-belicista en el que destaca la destreza de su director, la banda sonora de Stanley Myers y el trabajo de su excelente reparto, encabezado por un Robert De Niro colosal. Simplemente imprescindible.
    Además de ser galardonada con 5 Óscar, la película está considerada como una de las 100 mejores películas de la historia del cine norteamericano por el American Film Institute, obteniendo el puesto 73 de la lista realizada en 1998 y escalando hasta la posición 53 en la revisión de la lista hecha en 2007.
    La banda sonora es de Stanley Myers, un compositor que no se ha prodigado en exceso en el cine, consistiendo la mayoría de sus participaciones en bandas sonoras en contribuciones de un solo tema, muchos de ellos incluso sin acreditar. En “El Cazador” utiliza el tema “Cavatina”, que escribió en 1970 para la película “El Precio de Amar”. En el resto de la banda sonora hay temas tradicionales rusos (“Troika”, “Katyusha”) -los protagonistas forman parte de una comunidad de origen ruso- música clásica (“Praise The Name of the Lord”, “Sarabande”), el tema patriótico “God Bless America”, etc. Sin olvidar el tema “Can’t Take my Eyes Off You” de Frankie Valli, que nuestros protagonistas no dudan en entonar mientras pasan un buen rato en el bar.
    Kris Kristofferson (protagonista de La Puerta del Cielo) dice algo muy interesante sobre la malograda y mítica película de Michael Cimino: “Creo que esta película fue utilizada para poner fin a una manera de filmar donde el director podía ser el autor de la película y además quien controlara el manejo del dinero para realizarla”.
    “La puerta del Cielo” es un monumento a la desmesura, la megalomanía y el perfeccionismo rayano en lo patológico. Pero creo que la leyenda negra que la acompaña, oculta su incuestionables valores cinematográficos. Masacrada en la sala de montaje, esta obra épica narra la guerra sucia entablada por una poderosa Asociación Americana de Ganaderos contra los inmigrantes de origen europeo en Wyoming, a finales del siglo XIX, por una disputa territorial. La guerra de Johnson County, ocurrida en abril de 1892, había sido definida por el propio director como un “genocidio blanco”.
    La película posee una bellísima banda sonora, a cargo del entonces joven compositor David Mansfield, que cuenta con un pequeño papel en la película. La música, que utiliza en muchos pasajes la balalaika, instrumento de cuerda empleado por Maurice Jarre para “Doctor Zhivago”, de David Lean, está maravillosamente integrada en la trama, casi a modo de musical clásico. Destaca el empleo trágico del hermoso Vals Danubio Azul, de Johann Strauss, al que se recurre en diferentes tempos durante la cinta. El realizador cuenta en ese apartado con la ayuda inestimable de músicos como 

    T-Bone Burnett, con el que consigue un fascinante uso de cierta música tradicional que luce en todo su esplendor en la sensacional secuencia del baile-patinaje.
    Cimino, que había sido destrozado por el fracaso de ‘La Puerta del Cielo’, exprimió la poca reputación que le quedaba para rodar una obra oscura, visceral, con unos personajes condenados al fracaso, algo completamente distinto a lo que había hecho hasta entonces pero con la misma fuerza narrativa. La historia se sitúa en Chinatown, en medio de las luchas internas dentro de las Triadas chinas, donde un policía atormentado de origen polaco, Stanley White (Mickey Rourke), lucha contra la corrupción del sistema policial y la brutalidad de las bandas mafiosas, aunque por ello peligren su vida y la de sus seres queridos.
    Nuevamente Cimino confía la creación de la música de la película a David Mansfield, que logra una obra perfecta, sobre todo cuando acompaña esas escenas que te ponen un nudo en la garganta. La banda sonora de la película se mueve entre lo lírico y lo épico, fiel reflejo de lo que se vive en la pantalla.
    Combinando las partes instrumentales, muchas con innegable aire oriental, con temas pop, con ese inconfundible sonido ochentero. Mansfield  consigue un delicado equilibrio entre los temas más trepidantes y los pasajes melódicos, que llegan a un grado de belleza insuperable.

    http://bibliotecas.unileon.es/partitULE/2016/07/10/la-musica-en-el-cine-de-michael-cimino-1939-2016/

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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