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    sábado, 23 de junio de 2018

    Expertos internacionales investigaron a Freud y su método, y el resultado es lapidario.




    El libro negro del psicoanalisis 

    Expertos internacionales investigaron a Freud y su método, y el resultado es lapidario. 

    El psicoanálisis se hizo marginal 

    Francia es, con la Argentina, el país más freudiano del mundo. 
    En estos dos países se admite comúnmente que: 
    - todo lapsus es "revelador" 
    - que los sueños inevitablemente develan "deseos inconfesables" 
    - o que todo psicólogo es forzosamente un "psicoanalista". 
    En Francia, cuando los alumnos preparan sus exámenes finales del bachillerato, y a lo largo de toda la formación de maestros y profesores, las ideas de Freud son enseñadas como verdades incuestionables. 

    De trece mil psiquiatras, el setenta por ciento practica psicoanálisis o alguna terapia de inspiración psicoanalítica. 
    Los freudianos están sólidamente instalados en hospitales y universidades. En los medios de comunicación se les prodigan generalmente los calificativos de "expertos" o "especialistas". El psicoanálisis goza así de un prestigio evidente. 
    Sin embargo, son muy pocos los que saben que esta situación es única en el mundo. 
    En el extranjero, el psicoanálisis se ha hecho marginal. En los Países Bajos, la nación donde se consume menos cantidad de ansiolíticos, el psicoanálisis es casi inexistente en tanto terapia. 
    En Estados Unidos, sólo cinco mil personas se psicoanalizan: en relación con los 295 millones de norteamericanos. 
    El Myers, el manual que sirve de referencia a los estudiantes de Psicología allende el océano, consagra apenas once páginas a las teorías freudianas, de las 740 con las que cuenta. 

    ¿Tendrán razón Francia y la Argentina, solas, en contra del resto del mundo? 


    Freud y la cocaína 


    Por Han Israëls. Historiador de la psicología. Autor de "El caso Freud. Histeria y cocaína". 

    En 1884 Freud, que entonces tenía 28 años, comenzó sus experiencias con la cocaína, una sustancia relativamente mal conocida en aquella época. Freud quería descubrir algo. Intenta así utilizar la cocaína como medio de liberarse de la morfinomanía: había leído en una revista norteamericana que eso era posible. Lleva a cabo la experiencia con Ernst von Fleischl-Marxow, un colega y amigo que se había vuelto morfinómano luego de una penosa operación quirúrgica. 

    Si se da crédito a las publicaciones de Freud, la desintoxicación de la morfina fue un acierto total. En 1884, escribe que el morfinómano en cuestión –del que evidentemente no proporciona el nombre– había logrado de inmediato, gracias a la cocaína, abstenerse de la morfina sin padecer síntomas de abstinencia importantes y que además, diez días más tarde, había dejado de tomar cocaína. En 1887 afirmó que que era posible curar la morfinomanía por la cocaína y que él había participado directamente en la cura de este tipo, que había sido un éxito total. 

    Pero en su correspondencia privada, Freud cuenta, ofreciendo detalles, una historia muy distinta. (...) En mayo de 1885, un año después del comienzo del tratamiento, Freud anota en una carta a Martha que Fleischl sólo sobrevivía con ayuda de cocaína y de morfina, y que había utilizado grandes cantidades de cocaína durante los últimos meses. El consumo había sido tal que le había provocado una intoxicación crónica cuyas consecuencias eran un grave insomnio y una suerte de deliriums tremens. Se sentía tan mal que prometía suicidarse luego de la muerte de sus padres. 

    (...) La lección de esta historia es la siguiente: en sus publicaciones, Freud no tuvo ningún escrúpulo en presentar una terapia desastrosa como un éxito resonante. Un investigador que comunica sus resultados de este modo no merece ser tomado con seriedad. Sólo se puede calificar de estafador. 

    Los pacientes imaginarios 


    Por Mikkel Borch-Jacobsen. Filósofo. Autor de siete libros sobre psiquiatría e historia del psicoanálisis. 

    Una de las razones por las cuales ha sido necesario tanto tiempo para hacerse una idea más precisa de la eficacia de los análisis practicados por Freud es que evidentemente no se conocía la identidad real de sus pacientes. Protegido por el secreto médico, Freud podía entonces permitirse escribir lo que fuera, y sólo muy progresivamente se hizo camino la verdad, a medida que los historiadores lograban identificar a las personas que se ocultaban detrás de los nombres pintorescos de "Elisabeth von R.", del "Hombre de los Lobos" o del "Pequeño Hans". (..) El balance resulta poco convincente. 



    Señorita Anna O.: Sabemos ya que Bertha Pappenheim no se había curado en absoluto de ningún síntoma histérico por la "cura por la palabra" de Breuer, contrariamente a las aseveraciones repetidas por Freud. Se comprende, en estas condiciones, que ella haya sido más que escéptica en relación con el psicoanálisis: 
    según el testimonio de Dora Edinger, "Bertha Pappenheim no habló nunca de ese período de su vida y se oponía con vehemencia a toda sugerencia de un tratamiento psicoanalítico para las personas que tenía a su cargo, ante la gran sorpresa de la gente que trabajaba con ella". 

    Cecilia M.: Su verdadero nombre era Anna von Lieben, nacida baronesa de Tedesco. Esta paciente muy importante e Freud llamaba su "Maestra" (Lehrmeisterin) sufría también múltiples síntomas y excentricidades. Era además morfinómana. Según Peter J. Swales, que fue el primero en identificarla públicamente, su tratamiento con Freud, que duró de 1887 a 1893, no produjo ninguna mejoría en su estado, sino al contrario. Su hija declaró más tarde a Kurt Eissler –que la entrevistó para los Archivos Freud– que la familia detestaba cordialmente a Freud ("todos lo odiábamos&quot y que la paciente misma se interesaba mucho menos por la cura catártica que por las dosis de morfina que su doctor le administraba con liberalidad: "Vamos, lo único que esperaba de él era la morfina". 


    El Pequeño Hans: "La historia de enfermedad y curación" del pequeño Herbert Graf no fue tal, como tampoco las de Aurelia Kronich o Ida Bauer. Freud y el padre del niño, Max Graf, gastaron tesoros de ingeniosidad psicoanalítica para la curación de aquello que Freud llamó una fobia a los caballos, considerando que provenía del complejo de castración del pequeño niño. Herbert, que evidentemente parecía tener más sentido común que sus dos terapeutas, atribuía su miedo a los caballos y a otros grandes animales a un accidente de ómnibus del que había sido testigo, en el curso del cual dos caballos habían caído para atrás. En esta segunda hipótesis, mucho más simple y prosaica, no hay por qué asombrarse de que la angustia del niño por los animales se haya atenuado espontáneamente después de un tiempo. ¡Lo sorprendente es más bien que Herbert haya salido indemne del espantoso interrogatorio edípico-policial al que su padre y Freud lo sometieron! 

    El Hombre de los Lobos: En el caso de Sergius Pankejeff, podemos evaluar la eficacia a largo plazo de sus dos momentos de análisis con Freud, y es rigurosamente nula: sesenta años después, Pankejeff seguía siendo víctima de pensamientos obsesivos y de ataques de depresión profunda, a pesar de un seguimiento analítico casi constante por parte de los discípulos de Freud. Este brillante éxito terapéutico fue en realidad un fracaso total. 

    Una nebulosa sin consistencia 
    Por Mikkel Borch-Jacobsen. 

    No nos preguntaríamos más por qué el psicoanálisis tuvo tanto éxito si estuviéramos persuadidos de su validez. En realidad, la cuestión sugiere implícitamente que no creemos, o que ya no creemos: "¿Cómo explicar que una teoría falsa como el psicoanálisis haya tenido tanto éxito?". Para decirlo de otro modo: "¿Cómo hemos podido engañarnos hasta este punto?". 

    (...) ¿Qué hay en la teoría psicoanalítica que la vuelve capaz de cumplir tantas funciones? Nada, según mi opinión: precisamente porque es perfectamente vacía, perfectamente hueca, esta teoría pudo propagarse como lo hizo, y adaptarse a contextos tan distintos. Se equivoca quien se pregunta qué explica el éxito del psicoanálisis, ya que nunca hubo algo como el psicoanálisis, al menos entendiéndolo como un cuerpo de doctrina coherente, organizada en torno a tesis claramente definidas y por consiguiente potencialmente refutables. El psicoanálisis no existe; es una nebulosa sin consistencia, un blanco en perpetuo movimiento. 

    ¿Qué hay en común entre las teorías de Freud y las de Rank, de Ferenczi, de Reich, de Melanie Klein, de Karen Horney, de Imre Hermann, de Winnicott, de Bion, de Bowlby, de Kohut, de Lacan, de Laplanche, de André Green, de Slavoj Zizek, de Julia Kristeva, de Juliet Mitchell? Más aún, ¿qué hay en común entre la teoría de la histeria profesada por Freud en 1895, la teoría de la seducción de los años 1896-1897, la teoría de la sexualidad del año 1900, la segunda teoría de las pulsiones de 1914, la segunda tópica y la tercera teoría de las pulsiones de los años veinte? Alcanza con consultar cualquier artículo del "Diccionario del psicoanálisis" de Laplanche y Pontalis para darse cuenta de que el "psicoanálisis" ha sido desde el comienzo una teoría que se renueva (o flota) permanentemente, capaz de tomar los virajes más inesperados. 

    (...) Freud se permitió a menudo cambiar sus teorías cuando percibía que estaban invalidadas por los hechos (Clark Glymour, Adolf Grünbaum), pero se confunde rigor falsacionista y oportunismo teórico. Ningún "hecho" era susceptible de refutar las teorías de Freud, las adaptaba a las objeciones que se les hacían. 

    El psicoanálisis decepcionó al mismo Freud 
    Por Isabelle Stengers. Filósofa de las ciencias belga. 

    Final de su vida, en el artículo "Análisis terminable e interminable" de 1937, Freud confiesa en términos muy claros el fracaso de toda su empresa. (...) Freud mostró con enorme insistencia que la relación de fuerzas entre el paciente y el analista es desfavorable para este último, en el sentido de que todo lo que puede movilizar en contra de las resistencias del paciente no basta, la mayoría de las veces, para vencerlas. Entonces la técnica psicoanalítica no ha cumplido sus promesas, decepcionó al viejo Freud exactamente de la misma manera en que la hipnosis lo había decepcionado en los tiempos del inicio del psicoanálisis. 
    Desde este punto de vista, este artículo pone un punto al psicoanálisis, un punto verdaderamente final, y, si uno lo lee desde esta perspectiva, como nosotros lo hemos hecho, es algo que resulta del todo evidente. 

    Los honorarios sin escrúpulos 
    Por Peter Swales. Historiador del psicoanálisis galés. 

    Tres años más tarde (en 1913), en un ensayo titulado "Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis", Freud aborda la cuestión de los honorarios, un tema que omitió profundizar siempre en su obra publicada –tan lamentablemente, hay que señalarlo–. Recomienda a los practicantes adoptar desde el comienzo una actitud muy franca. Deben convenir expresamente, con audacia y sin escrúpulos, honorarios suficientemente altos para que los clientes potenciales tengan la impresión de que la prestación que les será propuesta tiene valor. 
    A la "cuestión molesta" de la duración del tratamiento –una cuestión "a la que, de hecho, es casi imposible responder"– Freud responde que un analista sólo puede dar garantía de que durará "más de lo que prevé el paciente". 

    Freud sostuvo que los honorarios elevados estaban justificados por el hecho de que, cualquiera fuera la duración del tratamiento, el psicoanálisis contaba con su promesa de partida: la cura de la neurosis. Por otra parte, es a partir de consideraciones terapéuticas que él recomendó esa actitud interesada; después de todo, la reducción progresiva del volumen del portafolio o del contenido de los bolsillos del paciente podía servirle de aguijón para mejorar en la vida. En virtud de este razonamiento y de la idea de que el pago de honorarios permitía mantener la relación entre el doctor y su paciente en un plan estrictamente profesional, el psicoanalista estaba entonces por la fuerza de las cosas en la imposibilidad de seguir con los pacientes por caridad, lo que, de todas formas, habida cuenta de los tiempos pasados, había sido fuertemente perjudicial para sus ingresos. 

    El corolario era que se les negaba a los pobres el beneficio del psicoanálisis, y que sólo merced a los dones del dinero, cualesquiera que fueran, podían hacer desaparecer sus neurosis. Con tales propósitos, Freud afirmaba hablar con conocimiento de causa. 

    Durante diez años, preocupado por hacer llegar la luz hasta los secretos de la neurosis, había atendido siempre a uno o dos pacientes gratis; luego las cosas tomaban un carácter inevitablemente personal, arruinando de manera irreversible la alianza terapéutica. 

    Cualquiera puede ser psicoanalista 
    Por Jacques Van Rillaer. Profesor de Psicología de la Universidad de Louvain-la-Neuve en Bélgica. 

    Detengámonos un poco más en el hecho de que el psicoanálisis es una actividad fácil, lo que poca gente comprende, salvo quienes lo han practicado. Sin embargo, el propio Freud lo ha dicho y lo ha repetido: "La técnica del psicoanálisis es mucho más fácil de aplicar de lo que uno se imagina a partir de su descripción". La regla de atención flotante, que dirige el modo en que el psicoanalista escucha, "permite economizar un esfuerzo de atención que no se podría mantener todos los días durante horas". "Cada uno posee en su propio inconsciente un instrumento con el cual puede interpretar las expresiones del inconsciente de los demás". "El trabajo analítico es un arte de la interpretación, cuyo manejo concluyente demanda cierto tacto y práctica, pero que no es difícil aprender". 


    (...) En una curación, el analista freudiano adopta esencialmente tres tipos de actividad: (a) escuchar en estado de atención flotante, es decir, sin el esfuerzo de atención; (b) emitir regularmente "hummmm", para asegurarle al cliente que se lo está escuchando y que tiene interés en continuar asociando "libremente"… sobre temas freudianos; (c) hacer de tiempo en tiempo interpretaciones, a veces comprensibles, a veces enigmáticas. 


    La decodificación psicoanalítica es muy simple: en gran parte, consiste en separar las palabras –llamadas "significantes"– y en señalar analogías o significaciones simbólicas. Esto es accesible a toda persona que terminó el secundario y que leyó algunos libros de psicoanálisis. Cuando el cliente hace preguntas comprometedoras, sólo hace falta devolverle el fardo: "¿Por qué me pregunta eso?", "¿Qué interpela eso?", etc. Sus críticas y sus oposiciones se interpretarán como "resistencias", "negaciones" o manifestaciones de una "transferencia hostil". Nunca remiten al analista en cuestión. 


    Cualquiera puede autorizarse como "psicoanalista" y ejercer este oficio, que no tiene estatus legal. Desde que el psicoanálisis ha tenido éxito, numerosas personas lo han practicado sin haber hecho estudios de psicología o de psiquiatría. 


    La táctica de la jerga incomprensible 
    Por Jacques Van Rillaer 

    Los freudianos –principalmente en Francia– utilizan bonitas fórmulas y se jactan de una vasta cultura literaria y filosófica. A instancias de Lacan, citan mucho a Platón, a Goethe, a Poe. Conocen algún mito antiguo y desde luego a los poetas surrealistas. Pero no hay que dejarse intimidar, y resulta útil recordar, según el eminente epistemólogo Gaston Bachelard, que "la paciencia del erudito no tiene nada que ver con la paciencia científica". Otro modo de engañar con falsas apariencias es el uso de una jerga incomprensible. Este tipo de lenguaje ofrece seguridad intelectual porque vuelve a la doctrina aparentemente "irrefutable" (a toda objeción, se puede responder: "Usted no ha comprendido nada", "La verdad analítica es otra, está en todas partes&quot, promueve mistificaciones (haciendo pasar simples acrobacias verbales por nuevas contribuciones al saber), facilita el abuso de poder y de la explotación financiera, proporciona intensas satisfacciones narcisistas. Para no dejar que se burlen de uno, conviene leer el análisis hecho por Erwin Goffman de los procedimientos de mistificación del público. Citemos sus conclusiones: "Como lo muestran innumerables cuentos populares e innumerables ritos de iniciación, el verdadero secreto oculto detrás del misterio es, a menudo, que en la realidad no hay misterio; el verdadero problema radica en impedir que el público también lo sepa". 


    (...) Lacan explotó sin avergonzarse la táctica de interpretaciones sibilinas. Los alumnos-analizantes intentaban, en grupo, decodificar sus palabras. Jean-Guy Godin escribió, en el diario de su análisis didáctico con el maestro parisino: "Por supuesto, la estrategia –digamos el cálculo de Lacan– era uno de nuestros temas de conversación regular en ese bistró donde estábamos; ya que sus intervenciones presentaban siempre un costado enigmático, algo indecible: ¿se podía apostar con certeza acerca de la presencia de intenciones o sobre la ausencia de segundas intenciones?". Para sus admiradores, Lacan podía producir cualquier asociación libre y decir lo que sea: ellos se encargarían luego de otorgarle un sentido, un sentido profundamente bien comprendido. 


    Las mentiras de Freud 
    Por Frank Cioffi. Epistemólogo norteamericano. Autor de "Freud y la cuestión de la pseudociencia". 

    Sigmund Freud pudo haber sido un gran hombre, pero no era por ello un hombre honorable. Grande por la imaginación y la elocuencia, se deshonró al dirigir un movimiento dogmático en interés del cual nunca dejó de perjurar. Es posible que haya sido herido, alguna vez, por su tendencia a renegar de sus ideales. 


    (...) Entre las mentiras de Freud, se pueden citar las siguientes: que descubrió el complejo de Edipo sobre la base de falsos recuerdos de seducción paterna; que había una vez una joven llamada Anna O.; que su teoría de la sexualidad ha sido confirmada por la observación directa que emprendió de los niños; y que no tenía ninguna idea preconcebida en cuanto a la influencia de la sexualidad cuando comenzó a analizar a sus pacientes, por lo que la supuesta corroboración no pudo ser debida a la sugestión. 


    (...) Algunos reconocen las mentiras de Freud, pero las perdonan en virtud de verdades que no han sido sin embargo transmitidas y de sus consecuencias benéficas. Este razonamiento no es nuevo. Un historiador norteamericano, escandalizado por el rechazo de Speer a admitir que estaba al tanto de la "solución final" (de los nazis) y persuadido de que había mentido cuando rechazó asistir a una conferencia sobre este tema, habría modificado el informe de los debates, de manera que Himmler parecía dirigirse directamente a Speer. Un filósofo de las ciencias canadiense le concedió a Freud las mismas circunstancias atenuantes: "Freud, como muchos teóricos celosos, sin dudas falsificó las pruebas en función de la teoría. Freud demostró un compromiso apasionado por la Verdad, la verdad profunda, subyacente, en tanto que valor. Este compromiso ideológico es totalmente compatible con el hecho de mentir como un zapador, y hasta puede incluso exigirlo." 


    ¿El psicoanálisis cura? 
    Por Jean Cottraux. Psiquiatra francés. Director de la unidad de tratamiento de la ansiedad del hospital de la Universidad de Lyon. 

    Exploración indefinida o cura de las mentes con problemas? ¿Disciplina reina del conocimiento de sí o método terapéutico? ¿Desarrollo personal o terapia? Los psicoanalistas han sabido aprovechar esta ambigüedad notablemente. Cuando se les pregunta sobre la eficacia de la terapéutica, responden que su objetivo último es el conocimiento de sí. Cuando se les exige que justifiquen los conocimientos que adquirieron por este método, dicen que la prueba brillante son sus resultados terapéuticos y que éstos se miden con la vara de los testimonios de cada caso definitivamente curado. A este doble lenguaje se añade a veces la arrogancia frente a los demás tratamientos psicológicos y farmacológicos. Estos últimos se orientan a tratar pero no a curar. El psicoanálisis cambiaría las estructuras mentales mientras que los otros métodos no harían más que desplazar los síntomas. 


    Sin embargo, los capítulos de este libro no permiten afirmar que la cura sea muy frecuente en psicoanálisis, incluso en las manos particularmente esclarecidas del padre del psicoanálisis. El mito de la sustitución de los síntomas en las otras formas de psicoterapia, en particular de las terapias cognitivo-conductuales, ha recorrido un largo trecho.

    En nuestros días, la cuestión de los resultados del psicoanálisis agita no sólo al mundo de los psicoanalistas, sino también al gran público. Éste está mejor informado y deseoso por comprender qué le espera en el diván, y también quiere evaluar las alternativas a un método largo y costoso. 

    Desde los orígenes, se le reprocharon a Freud menos sus ideas, sus juicios banales y próximos a los de Charcot y Janet, que la poca eficacia de su método. Durante el siglo XX, la controversia continuó a pesar de la marcha triunfal del psicoanálisis. Desde los años sesenta, los cuestionamientos han sido, en especial, más numerosos y han llevado al advenimiento de otras formas de psicoterapia en la mayoría de los países democráticos, en particular en Estados Unidos y en los países de Europa. No ha sucedido lo mismo en Francia, que sigue siendo, con la Argentina y Brasil, uno de los bastiones de la influencia psicoanalítica casi sin parangón hasta el día de hoy. 


    Víctima del análisis 
    Por Annie Gruyer. Se psicoanalizó durante siete años. 

    Un martes de septiembre de 1992, puse término a siete años de terapia de inspiración psicoanalítica. Yo acababa de cumplir veinte años. Me acuerdo del inmenso alivio que sentí ese día: tenía la impresión de que me estaba arrancando de una especie de laberinto donde yo erraba desde hacía años, sin ningún fin preciso, sin poder estar segura de que un día encontraría una salida. Me sentía liberada, aun cuando no había resuelto ninguna de mis dificultades, aun si retomaba mi camino con los mismos sufrimientos, las mismas preguntas al hombro. 


    (...) Centro hospitalario, consulta externa, un lunes a las dos de la tarde. Inicié mi primera entrevista en terapia cognitiva-conductual (TCC). El médico psiquiatra que me recibió comenzó inmediatamente el diálogo. Me preguntó por qué había venido, cuáles eran mis dificultades. Yo le expliqué mis perturbaciones y qué cosas me invalidaban en la vida cotidiana. Después de haberme planteado algunas preguntas suplementarias, me dijo esto: "A través de todo lo que usted me explicó, le puedo decir que todo lo que usted describe lleva un nombre: agorafobia acompañada de una perturbación pánica. Es importante que usted sepa que yo entiendo lo que sufre, y que usted no está sola en este caso. Es una fobia conocida y que se puede tratar: podemos ayudarla". 


    Siete años barridos en una sesión. Me sentía aliviada, ligera: yo no estaba loca, yo no era la única en sentir esas terribles crisis de angustia, yo podría librarme de ellas. Y ahora me sentía apoyada.(...) En 18 meses, hice progresos que no imaginaba que fueran posibles. Entonces, ¡existían otras terapias además del psicoanálisis! Enfoques sin un Gran Maestro todopoderoso ni discípulos fanáticos. Para mi, la solución vino de la TCC. Para otros, se tratará de otra forma de tratamiento. Hoy lo importante ya no es hacer del paciente una víctima, un ser pasivo al que se deja empantanado en un síntoma que sería "solamente" la parte visible de un iceberg... Que cada persona que sufra pueda ser aliviada prioritariamente de sus perturbaciones y síntomas por médicos y psicólogos que dialogan y que tratan. Cada enfermo, aún en el terreno de la salud mental, tiene derecho a un diagnóstico, a una explicación del enfoque propuesto por el terapeuta. El fin de un tratamiento debería ser el alivio del sufrimiento y la autonomía del individuo en una "alianza terapéutica" y humana. Es una cuestión de salud pública. 


    El psicoanálisis saboteó a las madres 
    Por Violaine Guéritault. Psicóloga. Autora de "La carga emocional y física de las madres". 

    Durante décadas, el psicoanálisis se dedicó a sabotear ese frágil lugar que la sociedad de los hombres había dejado a la mujer: su rol materno, la transmisión, con la vida, del amor, de la educación de los primeros años. Durante milenios las mujeres habían sido consideradas inferiores a los hombres, excepto en el dominio familiar, en el cual se les reconocía su competencia y su valor. Con el psicoanálisis ya no les queda ni siquiera ese espacio reservado a ellas. 


    Durante mucho tiempo, Estados Unidos contribuyó a vehiculizar esas teorías culpabilizadoras de la madre hasta que la corriente de pensamiento freudiana perdió progresivamente su vigor en los años ochenta y noventa. (...) La psicología moderna comprendió que el psiquismo humano no era un parque de diversiones en el cual uno puede permitirse enunciar pseudoverdades sin tener pruebas tangibles de lo que se postula. El drama psicológico que durante años vivieron cientos de madres de esquizofrénicos o autistas, acusadas de los peores delitos basándose sólo en la fe que se prestaba a un puñado de psiquiatras, resulta tanto más inadmisible si se atiende a que la investigación científica ha demostrado hoy que esas graves perturbaciones son en buena medida de origen neurofisiológico. ¿Qué consecuencias trágicas ha traído la culpabilización a ultranza de estas madres? ¿Cuántas madres han vivido con la convicción de que eran monstruos incapaces de amar verdaderamente a sus hijos? ¿Cuántos dramas familiares y vidas arruinadas? 


    (...) Parecería que, en Francia, las madres son siempre consideradas peligrosas para sus hijos, y aun mortíferas. Tal como la Reina de la Noche, en "La flauta mágica" de Mozart, que quiere arrancar a su hija Pamina de la influencia de su padre, el sabio Sarastro, ellas se desgañitan en gritos histéricos y devastadores. No estamos hablando de algunos casos abusivos, de algunas madres: ¡no! Son LAS madres en general, TODAS las madres. ¿Dónde están los estudios, las investigaciones? ¿Sobre qué reposan estas perentorias acusaciones? 


    Los mitos sobre la homosexualidad 
    Por Pascal de Sutter. Psicólogo y sexólogo. Jefe de Sexología del Hospital de Waterloo, Canadá. 


    Freud enunció teorías muy refutables sobre la homosexualidad. No duda en citar a Iwan Bloch para afirmar que la homosexualidad "está extraordinariamente difundida en numerosos pueblos salvajes y primitivos". 

    ¿De dónde viene, entonces, que la llame una "perversión"? De la madre, probablemente… Según el psicoanálisis, ella es muy a menudo la causa de los problemas. "Entre todos los hombres homosexuales, existió en la primera infancia, olvidada más tarde por el individuo, una relación erótica muy intensa con la persona femenina, generalmente la madre, suscitada o favorecida por la ternura excesiva de la madre misma, reforzada además por la retirada del padre en la vida del niño", escribió. 

    Y si un homosexual afirma que su madre no suscitaba una ternura excesiva, Freud dirá que la ha "olvidado". Advirtamos sin embargo que, para Freud, no sólo los padres se ven cuestionados: la acentuación del erotismo anal también sería un factor que favorecería la predisposición. 

    El erotismo anal es una idea que regresa numerosas veces en los escritos de los sucesores de Freud. Esto alude evidentemente a la práctica de la sodomía. ¿Pero no es ridículo vincular el fenómeno de la homosexualidad a una simple práctica sexual (que por otra parte no concierne a todos los homosexuales, ni es practicada por todos ellos)? Siguiendo la misma lógica, se podría decir que las mujeres que practican la felación ¡tienen una fijación con el erotismo oral! 

    (...) Freud estaba impregnado de las concepciones de su tiempo, una época en la que se consideraba a las mujeres como inferiores, a los homosexuales como perversos y a los niños como a seres a quienes sólo una sólida educación podía conducir por el recto camino. ¿Era la suya, a pesar de todo, una luz liberal en un océano de oscurantismo? Podemos dudarlo si se considera que en su época vivía Havelock Ellis (conocido por otra parte por Freud, quien lo cita alguna vez). (...) Ellis estimaba que la homosexualidad podía ser considerada como una simple variación estadística, idea totalmente escandalosa en su época. Freud, mucho más conformista, la clasificaba entre las perversiones. 

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    Nota de Página 12 

    Hasta el mismísimo Sigmund sale mal parado. Según el historiador galés Peter Swales, Freud era “un charlatán ávido por llenarse los bolsillos”. Las legendarias Freud Wars lanzadas a principios de los años ‘80 en los Estados Unidos se nutren ahora de una jugosa ofensiva que retoma algunos de los argumentos conocidos, entre ellos el principal: el psicoanálisis es una farsa disfrazada de disciplina científica. Piadoso, el gran filósofo Karl Popper había dicho que, a lo sumo, el psicoanálisis era “una metafísica”. La publicación del libro es tanto más impactante cuanto que Francia no sólo se considera como “la primera hija de Freud” sino que, además, es la patria natal de otro de los renombrados psicoanalistas de la historia, Jacques Lacan. A este respecto, el voluminoso argumento contra los practicantes del diván afirma que el psicoanálisis es una “costumbre” que sólo perdura en Francia y en la Argentina. Estos dos países, “los más freudianos del mundo, están ciegos”. Según El libro negro..., en el resto del mundo el psicoanálisis se ha vuelto un “tratamiento marginal” y su “historia oficial ha sido puesta en tela de juicio por descubrimientos gigantes”. Terapias erróneas, teorías aproximativas, las flechas envenenadas no esquivan ningún campo. Así, el psiquiatra suizo Jean Jacques Degion va hasta acusar a los herederos de Freud de tener las manos llenas de sangre, de ser criminales encubiertos con el estatuto de médicos. Degion sustenta que la base de la toxicomanía es “neurobiológica” y que, por consiguiente, al impedir el desarrollo de tratamientos médicos de sustitución, los psicoanalistas provocaron “una catástrofe sanitaria” y, por ende, “contribuyeron a que murieran miles de individuos”. 

    El libro es de una virulencia que a menudo llega al insulto. El “librito” sostiene que los psicoanalistas son “perezosos” por cuanto se contentan con emitir repetidos “mmmm, hemmm, hejemm, para que los pacientes se sientan escuchados y se tranquilicen”. Y también son oportunistas, miembros de un selecto club dictatorial y oscurantista que hace todo cuanto puede para que la ciencia no progrese. Cita textual: “Los psiquiatras universitarios, los médicos y, sobre todo, los psicólogos, no tienen ningún interés en que las investigaciones recientes modi- fiquen lo establecido. Es el psicoanálisis el que les permite acumular sus ganancias”. La conocida historiadora del psicoanálisis Elizabeth Roudinesco salió en defensa de la disciplina freudiana. Roudinesco dijo que “los freudianos han sido puestos en el banquillo de los acusados. Desde sus orígenes, todos los representantes del movimiento psicoanalítico se ven atacados con una violencia poco común. Pero las cifras son falsas, las afirmaciones inexactas, las interpelaciones resultan a veces delirantes. Las referencias bibliográficas son erróneas y el índice es un tejido de errores. Francia y los países latinoamericanos están calificados de atrasados, como si, por razones oscuras, el psicoanálisis se hubiese refugiado ahí mientras que, en todos los países civilizados, el psicoanálisis ha sido borrado del mapa”. Dirigido por la editora Catherine Meyer, El libro negro del psicoanálisis agrupa las contribuciones de conocidos especialistas, algunos de los cuales se destacaron por sus trabajos críticos sobre los orígenes del freudismo, como Mikkel Borch-Jacobsen, o renombrados expertos en TCC (terapias comportamentales cognitivas), como el psiquiatra Jean Cotraux y el psicólogo Didier Pleux, fundador del Instituto Francés de Terapias Cognitivas. Responsable de la edición, Catherine Meyer explica que “para mostrar los caminos sin salida y los excesos de un dogma, así como los caminos posibles, se adoptaron varios enfoques: terapéutico, histórico, epistemológico, filosófico. La vida continúa después de Freud. Para mi generación, que se decía hija de Marx y de Freud, se trata de un cambio. Freud decía: ‘El psicoanálisis es como el Dios del Antiguo Testamento; no admite la existencia de otros dioses’. Ese monoteísmo no me parece sano”. 

    “Quieren destruir el psicoanálisis para entregar las almas a los guardapolvos blancos”, objetan los psicoanalistas. “Es una sucia guerra entre disciplinas con historia, como el psicoanálisis, y otras emergentes como las TCC”, explica un psiquiatra del hospital Salpetrière de París. El psicoanalista Claude Halmos denunció el libro como digno de la “prensa abonada a los escándalos, la injuria y la calumnia”. Los autores de El libro negro... no lo ven así. Mikkel Borch-Jacobsen se rebela ante el espacio que el psicoanálisis pretendió ocupar en todos los ámbitos. Borch-Jacobsen se pregunta: “¿Qué hay en la teoría psicoanalítica que le permite ocupar tantas funciones?”. Y responde: “Nada en mi opinión. Es precisamente porque la teoría está vacía, porque es hueca, que pudo propagarse como lo hizo y adaptarse a contextos tan diferentes. Es una nebulosa sin consistencia”. Frank Sulloway, historiador de las ciencias, se muestra nostálgico y... demoledor: “Terminé por ver al psicoanálisis como una suerte de tragedia, como una disciplina que pasó de una ciencia prometedora a una pseudo ciencia decepcionante”. Más concretas son las críticas formuladas por los médicos y los psiquiatras. Estos acumulan una amplia gama de denuncias y ejemplos para interpelar a una disciplina que, en casos como el tratamiento de los niños o la esquizofrenia, se permitió afirmar hipótesis que se volvieron verdades cuando en realidad, según la doctora y psicóloga Violane Guéridault, “la psicología moderna entendió que la psiquis humana no es un terreno de juego donde podemos permitirnos enunciar pseudo verdades como si fuesen verdades tangibles”. Elizabeth Roudinesco rechaza esas afirmaciones y destaca que El libro negro... no “menciona ninguno de los aspectos positivos del psicoanálisis”. Roudinesco señala también que “los autores invitan a los pacientes que se analizan a dejar los divanes para dirigirse a los que, hoy, serían los únicos capaces de curar la humanidad de los problemas psíquicos: los psiquiatras partidarios de las terapias cognitivas”. Pero el problema de fondo que plantea en Francia el ataque al freudismo va más allá de los debates históricos o terapéuticos. 

    El libro apareció en un momento delicado para la práctica psicoanalista francesa, atacada también desde los bancos del gobierno. El año pasado, un diputado de la mayoría conservadora, médico de profesión, depositó una enmienda en la Asamblea Nacional con el propósito de reglamentar el ejercicio de la profesión. El doctor Accoyer encontró “anormal” que cualquier persona pudiese colgar una placa en su puerta con el título “psicoterapeuta”. En la primera versión de la enmienda, el diputado doctor incluyó a los psicoanalistas. Tras muchas polémicas, debates, enredos, insultos y presiones, la enmienda dejó afuera a los psicoanalistas. Sin embargo, la sospecha sobre la legitimidad de la disciplina se instaló en la sociedad. Peor aún, en el curso del 2003, el Ministerio de Salud francés publicó un informe sobre la “incomparable eficacia” de las TCC, terapias comportamentales cognitivas, frente a los misteriosos meandros del psicoanálisis. Nueva crisis. El informe fue retirado de la circulación y los representantes del TCC denunciaron lo que consideraron como “una censura científica” por parte de un ministerio. Una vez más, el psicoanálisis se encontró en la mira telescópica de la duda. 

    Catherine Meyer dice no estar en contra de Freud sino de su “hegemonía”. Para la editora del polémico brulote, lo que se buscaba era “abrir una brecha” y, también, poner al descubierto “las increíbles mentiras y estafas de Freud”. El medio analítico francés se siente injuriado y rebajado. Algunos autores de El libro negro..., en cambio, persisten en denunciar justamente el carácter “cerrado” de los psicoanalistas y su incapacidad para “revisar” sus esquemas. A este respecto, Philippe Pignare, uno de los autores, recuerda hasta qué grado absurdo los psicoanalistas tardaron en rever temas tan centrales como la homosexualidad o la culpabilidad de las madres, a las que se juzgó como únicas responsables del autismo de sus hijos. Existe, con todo, un consenso: más allá de la pluma envenenada de El libro negro..., se considera lícito restablecer la verdad sobre Freud. Frédéric Bieth, psicoanalista y miembro del “Cartel” freudiano de París, afirma que siempre “se ha presentado de forma excesiva el freudismo como un horizonte que no se podía sobrepasar. No fue entonces inútil hacer un libro de 800 páginas para salir de ese horizonte”. Lo cierto es que, pese a sus 800 páginas, El libro negro del psicoanálisis acaparó la atención de los lectores y, lógicamente, de quienes se sienten concernidos por los ataques, los freudianos. Los primeros llevaron el libro al octavo lugar en las ventas de ensayos, con más de 20 mil ejemplares vendidos. Los segundos organizaron la contraofensiva en todos los medios de comunicación disponibles. Y la guerra no es inconsciente. 

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    ACA LA RESPUESTA DE UNA PSICÓLOGA ARGENTINA A ALA REVISTA NOTICIAS 

    Por Graciela Avram 


    En el caso de los supuestos innovadores que pretenden tirar por la ventana al psicoanálisis, habría que decir que lo que está de moda no es la nostalgia sino vender cosas viejas. 

    Su posición no es la del antropólogo inocente o la del científico riguroso, sino la de seguir anotando páginas en una mitología tan vieja como el mundo: sostener el ideal de la psicohigiene del amor humano, el ideal de la autenticidad como posible y la preceptiva de no dependencia. Una suerte de profilaxis de la dependencia. 

    ¿Se reduce el aporte del psicoanálisis a la elaboración de una mitología más creíble, más laica que la que se presenta como revelada? 

    Jacques Lacan recuerda en su seminario de la Ética que, ciertamente, Freud no duda, tampoco Aristóteles, de que el hombre busca la felicidad, que ese es su fin. Pero lo decisivo es que para esa felicidad, dice Freud, absolutamente nada está preparado en el macrocosmos ni en el microcosmos. Este es el punto totalmente nuevo. 

    En primer término, cabe recordar que un psicoanalista no es un señor con barba fumando habanos mientras garrapatea anotaciones furtivas a espaldas de un caballero con recursos, tendido en un diván. Ni una señora con tailleur de Armani que mira perpleja a una paciente aburrida, mientras pregunta: "¿Y a usted qué le parece?". La reducción a la caricatura es un artilugio clásico para ridiculizar lo que se ignora, por intereses que han entrado en competencia. 

    Es verdad, como afirma Catherine Meyer (editora de "El libro negro del psicoanálisis. Vivir, pensar y estar mejor sin Freud&quot que "los psicoanalistas ocupan una posición dominante en el universo de la salud mental", sólo si se entiende por dominante que ninguna "terapia" o casi ningún discurso pueden prescindir del recurso al psicoanálisis. No es privilegio de Francia o la Argentina, como asegura Meyer, sino que en los Estados Unidos Freud también ha calado tan hondo en la retórica popular que basta mirar cualquier site.com actual o película hollywoodense para detectar la presencia del psicoanálisis. Pero esto no parece ser un problema mientras se lo pueda seguir usando para componer desde guiones cinematográficos hasta papers para literatos que arman su tesis y filósofos que entretienen a la opinión pública. 

    El verdadero problema se presenta cuando los psicoanalistas dejan de ser una caricatura de Woody Allen para emerger como lo que verdaderamente son: aquellos que no están dispuestos a cargar con la miseria del mundo en general, pero sí a responder a los que se acercan con sus tristezas, sus desesperaciones, sus dilemas, y tienen alguna intención de afrontar lo que les pasa, en vez de acallar su situación con pastillas o adiestramientos para replicantes de ciencia ficción. Porque no son historias felices las que un psicoanalista escucha. 

    "¿Exploración indefinida o cura de las mentes con problemas? ¿Disciplina reina del conocimiento de sí o método terapéutico? ¿Desarrollo personal o terapia? Los psicoanalistas han sabido aprovechar esta ambigüedad notablemente", asegura el psiquiatra francés Jean Cottraux en el Libro Negro, apelando a un interlocutor genérico, quien le respondería que el psicoanálisis es, en definitiva, un "conócete a ti mismo". Sería quizás más interesante saber de qué ambigüedad se aprovecha Cottraux como director de la Unidad de Tratamiento de la Ansiedad del hospital de la Universidad de Lyon. Porque los psicoanalistas también están en los hospitales, en las escuelas, en los centros de discapacidad, en los manicomios, en los grupos de emergencias urbanas, en los centros de recuperación de adictos y en todo lugar donde la desdicha mental se pasea. Muchas veces gratis o por un modesto salario, cubriendo equipos enteros de la desmantelada Salud Mental del Estado. 

    Que los analistas cobren sólo puede ser un escándalo para aquellos que sufren por no poder capturar hasta el último excedente monetario del consumo o para quienes se sientan culpables por ganarse la vida de algún modo. ¿O acaso puede haber alguna comparación entre lo que gana un psicoanalista que se explota a sí mismo y la acumulación salvaje de los emporios farmacéuticos cuyos chalecos químicos, a la hora de curar, tienen también efectos inciertos? 

    Pero el psicoanálisis cura. No cura la estupidez, ni tantos otros males. No cura el hambre ni la pobreza, pero cura aquellos que en particular ya reconocen un sufrimiento mental, cuando se dirigen a un psicoanalista. Tengamos en cuenta que la buena voluntad del médico no bastaría para curar a un enfermo que no tomara los antibióticos recetados. 

    A Freud le importaba poco si el paciente creía o no en el dispositivo analítico, confiaba en la efectividad de su método, y lo invitaba a quien fuera a probar su práctica. Sin duda, no curó a quienes no se entregaron a ella, lo cual dice a las claras que no es una práctica para todo el mundo. No se trata del precio, sino de que alguien se preste a la experiencia, ya que no es suficiente con visitar a un psicoanalista para que la misma sea efectiva. Freud proponía al paciente desplegar un saber desconocido que estaría en la causa de sus padecimientos y, por supuesto, sólo era un medio para la resolución de síntomas. Porque también están los que no suponen ese saber, y por lo tanto no pueden acceder al mismo. 

    Esto no atañe sólo a los pacientes. Hace alguna décadas el doctor Ricardo Musso enumeró una serie de terapias derivadas del psicoanálisis; terapias de inspiración psicoanalítica, como le gusta llamarlas a Meyer. Pero una terapia de inspiración psicoanalítica no es psicoanálisis, y estas múltiples terapias han sido ya olvidadas o recicladas con distintos nombres. Las TCC (terapias cognitivo-conductuales) se venden como nuevas, pero tienen mucho del conductismo tradicional –que es un método de reeducación cuyos efectos duran lo que cualquier sugestión dura– y nada de las ciencias cognitivas a las que aluden. 

    Por otra parte, los "novedosos" aportes de Borch-Jacobsen y de Van Rillaer –también presentes en el libro negro– son escritos que tienen años y cuya novedad responde más a una política sanitaria que a la eficacia de una práctica.

    Michel Foucault plantea que la medicalización es una de las estrategias del poder; de los que deciden cómo se considera lo que es patológico o disfuncional, cómo se lo categoriza, se lo nomina y cómo se implementan los modos oficiales de tratarlo y controlarlo. Esto último, muchas veces, en el peor sentido. Pero las nuevas nominaciones no parecen traer mejores soluciones. Es decir, que no se trata de que nuevas soluciones obligan a reformular el problema, sino que se reformulan los términos del problema para adaptarlo a una supuesta solución. Porque es un hecho que en el campo de lo mental es muy poco lo que se sabe de la complejidad que parecería tener esa sofisticada máquina que es el cerebro, y de los modos de incidir sobre ella. 

    El psicoanálisis está lejos de solucionar estos problemas. Y, por supuesto, las investigaciones anatómicas y químicas no son de su competencia. "El inconsciente es un supuesto que no tiene otra función que la de llenar la brecha entre el cerebro y la vida anímica", escribía Freud en 1915. Pero el psicoanálisis tiene la gran virtud, entre tantas otras, de no suponer que se trata de un aparato simple. Freud introduce la advertencia, más allá de cierto hermetismo fantasmagórico que puedan evocar algunos de sus términos o los de Jacques Lacan, de que el funcionamiento mental es algo muy complejo y profundamente opaco. No cree que lo mental esté producido por una maquinaria sencilla y, por lo tanto, está lejos también de plantear que la solución pueda serlo. 

    La transformación de un organismo por la incorporación de modificadores químicos es algo tan viejo como la civilización. Freud no lo ignora, e incluso plantea que para muchos es la solución más próxima. El opio, el peyote, el alcohol y un sinnúmero de drogas locales, según cada región y comunidad, fueron y siguen siendo la solución inmediata al "malestar en la cultura", esa discordancia con la realidad que algunos llaman exterior. 

    Entonces, lo que hay de nuevo es la tecnificación, la industrialización y la medicalización de viejas prácticas tanto como de viejas sustancias en manos de nuevas estrategias de poder que, a decir verdad, también son bastante viejas. Pero parecería que el poder genera cada vez soluciones más sofisticadas al amparo del discurso científico, y las instrumenta para la forma de vida que quiere imponer como norma general. 

    Después de todo, la globalización, quizá, no sea más que una nueva nomenclatura para designar el hecho de que cada vez se llega más lejos y en menos tiempo a incidir con la técnica sobre los organismos. 

    Freud, también en "El malestar en la cultura", un texto mayor según Lacan, introduce el tema del dominio de la naturaleza como otra de las salidas al malestar. No sabemos si sospechó el alcance que esto tendría y el encuentro de estas dos soluciones: la del dominio de la naturaleza a través de la técnica, en tanto modificación del organismo mediante agentes químicos industrializados. El psicoanalista e investigador Germán García, por su parte, al referirse a las ciencias cognitivas, aclara que no se trata de "una" ciencia sino de un pool de disciplinas que ya lleva más de cincuenta años, y que tiene la función de heredar y traspasar los límites de lo que fue el conductismo y la psicología conductista. La gran pregunta que se plantea es si lo ha logrado, y podemos responder que no. Ya que lo que sigue presente es cómo manipular los cuerpos para hacerlos obedecer a requerimientos creados por los imperativos de la época. 

    Esto no es un llamado al oscurantismo o a que todo tiempo pasado fue mejor, ni a la negación de la verdaderas innovaciones. Simplemente se trata de no comprar cosas viejas con etiquetas nuevas. Productos vencidos a los que se les cambia la fecha para seguir vendiéndolos. Ya Warhol mostró que el packaging es más importante que el producto. 

    En lo que respecta a la química, sabemos que los avances son muy limitados en relación a los problemas mentales habituales. Y en cuanto a las terapias verbales que se presentan como superadoras del psicoanálisis, suelen ser refritos de un freudismo mal leído y peor practicado, cuando no encontramos la supuesta innovación bajo la figura de las TCC cuyos programas de adiestramiento no conducen a la singularidad de cada uno y cuya eficacia, aún para los modestos propósitos que sus seguidores declaran, tampoco está probada. 

    Es decir que la política orientada a reducir lo más particular de un sujeto a una patología válida para todos, medible, localizable y objetivamente comprobable, es otro intento de captura por parte del mercado a través de diversas maneras: o bien vendiendo soluciones inexistentes para beneficio de los laboratorios, o bien tratando de conducir a los sujetos a prácticas de condicionamiento rápido al servicio de necesidades creadas por los intereses dominantes. 

    Si los Servicios de Salud y las empresas de medicina prepaga han encontrado la posibilidad de obtener el mayor rédito al menor costo, a expensas de los profesionales de la salud y de los pacientes, esto no es a causa de la ineficacia del psicoanálisis, que sigue siendo la teoría y la práctica más seria y mejor fundada, a pesar de sus límites. Se debe, en cambio, a que lo que se llama el avance de la ciencia no parece haber resuelto el misterio de la vida anímica, que no es otro que el de la vida misma. 

    De todos modos, saludo la aparición de "El libro negro del psicoanálisis". Los opositores, sin duda, colaboran a la renovación del debate al que el psicoanálisis siempre está dispuesto, esperando que los "misterios", que tanto parecen molestar a los autores de este libro, sean alguna vez develados. 

    Graciela Avram es Psicoanalista. Autora de “Terapias y Terapeutas. El fin del psicoanálisis no ha tenido lugar” (Grama Ediciones, 2005). 


    fuente: revista noticias, página 12 y http://www.elpsitio.com.ar/ 

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    PDF]el libro negro del psicoanálisis - la mentira del psicoanálisis

    https://helenpg.files.wordpress.com/2013/12/libroneg.pdf
    Los psicoanalistas ocupan una posición dominante en el universo de la salud .... El libro negro del psicoanálisis nos abre a otras maneras de ver y de pensar.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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