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    domingo, 27 de mayo de 2018

    James Joyce y el arte de la parodia Por Enrique Héctor González (ULISES PDF)


    Si Jean-Luc Godard es el cine per se, James Joyce es la literatura en sí. Dotado de un arsenal de recursos narrativos inaudito, de una flexibilidad sintáctica poco común hasta entre escritores experimentales de alto caletre, el escritor irlandés supo fraguar en su prosa la tradición del realismo decimonónico y, sobre todo, del naturalismo finisecular, con el vasto universo de sugerentes vaguedades de las vanguardias para hacerlos convenir en una escritura difícil, sí, pero no caprichosa, multialusiva pero no desarticulada, que prueba el viejo aserto de que la irreverencia y la provocación siembran lo que la generación inmediatamente posterior cosecha; es decir, que sin la búsqueda y la inconformidad de los “ismos” no existiría Joyce, pero que sólo cobra plena existencia y se consolida tal cónclave de exabruptos verbales cuando una mente maestra es capaz de modularlos en un acertijo literario que aterriza la gritería y el escándalo en un proyecto como el Ulises, novela esencial del siglo xx.

    Nacido en Dublín en 1882, estrictamente contemporáneo de la otra gran maestra de la lengua inglesa, Virginia Woolf –murieron también el mismo año, 1941, compartieron proyectos editoriales, círculos intelectuales y una mutua admiración–, Joyce encarna una inopinada voz desenfadada en el panorama fatalista de la literatura del siglo pasado, acaso encarnada en la sentencia final de su novela mayor, la última frase pronunciada por Molly Bloom: “sí y el corazón le corría como loco sí dije sí quiero Sí”, la gran respuesta (pese a toda la incoherencia, sinsentido, rudeza innecesaria y tristeza suicida) de la aceptación del mundo. Judío de origen, de formación jesuítica y filiación apátrida, Joyce renegó del necio nacionalismo tanto en sus libros como en la ocurrencia universalmente conocida “ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”.

    Su obra fue escrita a la sombra de las dificultades oculares que lo acompañaron de por vida y abarcó desde la poesía (Música de cámara, 1907) y el teatro (Exiliados, 1918) hasta el cuento (Dublineses, 1914) y la novela, con tres entregas diametralmente opuestas en sus alcances, dimensiones y propósitos: el Retrato del artista adolescente (1919), Ulises (1922) y la intraducible Finnegans Wake (1939). Todos son libros donde la maestría en el oficio de escribir y el lujo del lenguaje rozan el hermetismo y la ininteligibilidad, pero deparan al lector constantes recreaciones librescas y vitales que a veces precisan de una generosa cantidad de notas para ser atisbadas y comprendidas en su totalidad, sobre todo en la última novela.

    Del olvidado arte de caminar


    Las imágenes más persistentes de Dublineses y de la obra en general de James Joyce, observa su biógrafo oficial (Harry Levin), son las de hombres caminando. Quizá no se trate, estrictamente, de un puro peripatetismo aristotélico sino de otra forma de la conversación, ya sea con alguien o a menudo sólo con uno mismo. Los juegos de palabras, tan caros a Joyce y que tanto molestaban a Borges, ya están desde este libro, cuya frase final, como la ya citada de Ulises, es significativa en este sentido: “a slowly swooning soul”, un alma que se desvanece lentamente. De hecho, el diálogo que establece esta colección de cuentos con su novela mayor no es en absoluto fortuito, pues en principio Ulises era una historia de Dublineses que poco a poco se fue robusteciendo hasta convertirse en un proyecto mucho más ambicioso. Los hombres y mujeres fracasados, que con despiadado entusiasmo retrata en estos cuentos, no son sino fotografías infinitesimales del multicromático Bloom, cuyo nombre a veces se oculta –en el entierro de Dignam, un diario consigna apenas la presencia de un tal l. Bloom en el cortejo– en la novela, como el de Odiseo se esconde en Nadie en el poema homérico.

    Levin no tiene empacho en reconocer que “Los muertos”, el último y más largo de los cuentos de Du-blineses, es el “más perfecto” del libro, cualidad que de seguro llevó a John Huston a filmarlo, así fuera tardíamente y sin poder vivir para el estreno, en 1987. Stephen Dédalus, protagonista de Retrato del artista adolescente, personaje importante de Ulises y alter ego de James Joyce, habla en un paseo, de los varios que emprende en la novela mayor, de una colección de relatos sobre Irlanda que ha escrito y “de la que se propone enviar copias a todas las bibliotecas del mundo, inclusive a la de Alejandría”. Ese libro es Dublineses, donde sacarle partido a la riqueza coloquial, a la peculiaridad conversacional del inglés callejero de Dublín, es propósito básico para explorar, como siempre en Joyce, la naturaleza musical del lenguaje, sus tonos y temblores íntimos, sus ruidos más sugerentes. Asimismo, recurre aquí a otra constante de la obra que vendrá: depositar en una frase cursi, en un recuerdo incoherente, en una canción sentimental, la semilla de burla irónica que no deja de ser apego a la entraña de la gente de todos los días, aunque se resuelva, como en el edicto de Jean Paul Richter, a la manera de “baños calientes de sentimientos seguidos de duchas frías de ironía”.

    Los niños de Dublineses son reales porque son expertos en simular. Predominan sobre todo en los primeros cuentos, y muchas veces accedemos a la historia sólo desde su perspectiva, aunque también es muy vivo el retrato de una sociedad adulta inculta y gazmoña. Así, hablando del Mr. O’Madden Burke de “Una madre”, se dice: “Su grandilocuente apellido occidental era el paraguas moral con que equilibraba el problema de sus finanzas.” Como se dice dental, metálicamente, los personajes de Dublineses “no dejan de enseñar el cobre” de sus envidias lo mismo que su irreprimible, ín-clita inclinación al alcohol. Esta suerte de taimado álbum familiar, este inquieto homenaje de dos filos al ser irlandés, cambia de perspectiva en el Retrato del artista adolescente, una novela que se ha leído en clave autobiográfica porque es fácil caer en esa tentación, aunque lo sea menos en episodios verificables que en el espíritu de Stephen Dédalus, siempre necesitado de “encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contempla constantemente”.

    Stephen, como algunos de los personajes del libro anterior, se pasea por las calles porque su sombra le induce a hacerlo y lo lleva a un prostíbulo o a un bar donde, gracias al instinto y la intuición (esos cabalísticos caballos de la intemperancia en la alegoría griega), se asoma a los grandes enigmas de la vida. El protagonista de esta primera novela joyceana, mortificado por su creciente conciencia del pecado, deambula por los pasillos del colegio lo mismo que en retiros escolares que son un espacio para la duda de si seguir el camino espiritual que le proponen los curas o entregarse a la más pagana pero ya ingobernable afición a la poesía y a la belleza de una niña rubia de piernas esbeltas. Sólo en el último capítulo Dédalus se sentirá dueño de su laberinto intelectual, se sabrá llamado artista y se inclinará por el poderoso vicio de evocar el vacío ontológico con argumentos lúdicos, lúcida conducta que, en efecto, fue la que fatigó hasta el cansancio el mismo James Joyce. Sus arengas y devaneos intelectuales cortan el doble cordón umbilical de Irlanda (esa “vieja cerda que devora su propia lechigada”) y del catolicismo, y ante la obsesión materna por volverlo al redil, Dédalus entiende que eso sería como “salir de la Iglesia por la puerta trasera del pecado y volver a entrar a ella por la claraboya del arrepentimiento”.

    De lo que depara la parodia


    La página como partitura, tráfico feliz y exuberante de fonemas, sinfonía de la sintaxis, encuentra en Ulises y en Finnegans Wake marca de fábrica. Es casi imposible que la lengua inglesa vuelva a ser seducida y radiografiada del modo en que lo hizo Joyce, que si en la novela de 1922 ya había gozado de sus goznes como si se tratara de espumosa cerveza en un vaso de esquinas exquisitas, diecisiete años más tarde consigue hacerlo en idéntico número de lenguas para atomizar la historia entrañablemente intraducible de un personaje llamado h. c. e. (Here Comes Everybody). Salvador Elizondo, Víctor Pozanco, Marcelo Zabaloy y otros han intentado verter al español ese venero incalculable de alusiones y juegos de palabras, pero el texto defiende su ostracismo para sólo dejarse oír, según profecía de su autor, en el siglo xxii. Más cercano a la inteligibilidad, el Ulises de Joyce es, entre otras cosas, un ejemplo (quizá el más alto) de lo que la literatura puede hacer con la literatura: dialogar con la tradición, volver al origen, a la vieja épica que treinta siglos atrás marcó el punto de partida, la Odisea atribuida a un tal Homero, para parodiarla y básicamente volver a declamarla en otro tono: se extinguieron los héroes, ya sólo queda un pobre empleado irlandés que cocina de vez en cuando riñones de cerdo; Penélope no espera tejiendo y destejiendo, ahora es Molly Bloom que le da vuelo a la hilacha de sus recuerdos adúlteros para desentumecer su ánimo desangelado; Telémaco no es el hijo pródigo que vuelve luego de una búsqueda tan infructuosa como indispensable, sino el amigo joven que siempre está dispuesto a desconcertar a Leopold Bloom con su lógica porosa.

    Entre los dieciocho capítulos que recuperan las 24 horas que dura el día de Bloom, parodia puntual del idéntico número de rapsodias que constituyen la Odisea, asistimos a una afiebrada sucesión de recuerdos, pasiones pedófilas, desarreglos espirituales de los personajes, sepelios en sepia que se van sumando y deshilvanando como un tejido interminable. Una duda semántica de Molly, la esposa de Leopold, acerca de la palabra “metempsicosis” (“¿con qué se come eso?”), revela una conducta propia de la literatura entera de James Joyce: “Sólo palabras grandiosas para cosas corrientes por el gusto del sonido.” En el flujo ambulatorio de su día, el protagonista topa en otro momento con Gerty MacDowell, una jovencita que recuerda a la Alicia de Carroll e imprime a la novela un sello que más tarde recuperará Nabokov en su Lolita: la de un amor, aquí contemplativo y extático (resuelto finalmente en onanismo), que el tautológico Humbert Humbert del novelista ruso llevará a una endemoniada devoción sexual.

    Pero es sin duda el capítulo que cierra la novela de Joyce, el monólogo interno de Molly Bloom, el que revela mejor, en su naturaleza asintáctica, en su poderosa y libérrima asociación de ideas, en su falta de signos de puntuación durante más de treinta páginas, la naturaleza de radiografía verbal de los estados mentales que asume en Joyce su concepto de la lite-ratura. El onirismo erótico de Molly (que recuerda más bien la infinita obscenidad de la correspondencia recuperada entre Nora Barnacle y el propio James Joyce), los constantes asaltos del recuerdo placentero del or-gasmo, devienen asimismo diatribas contra el género masculino (“son unos estúpidos nunca entienden lo que dice una aunque se les ponga en letras de molde en un cartel grande”) y denuncias soslayadas del conflicto que enfrenta la mujer entre la necesidad de las fórmulas amorosas tradicionales y la asfixia de la vida marital.

    Del narcisismo a la ninfomanía (“Molly guapa me llamaba cómo se llamaba Jack Joe Harry Mulvey”), de la frivolidad a una conciencia muy verosímil de su ser en el mundo, el discurso de la esposa de Bloom es una ventana abierta a los tiempos por venir: en ocho lar-guísimos párrafos, entre infinitas alusiones y parodias, aliteraciones, paronomasias, crasis (palabras enlazadas a través de su fonemas, como ocurre en “primaverano” y “suicidiota”), palindromas menos dramáticos que dromedarios –la doble giba de su lectura inversa arrojando al final una sola protuberancia verbal en el lomo de la página– Molly, escatológica, flatulenta, dispersa como una brisa exuberante de deseos tanto reprimidos como realizados, arroja la imagen más au-téntica del arte de James Joyce, donde el juego y el erotismo de la lengua encarnan la neurosis más lúcida y esquizofrenizante que un personaje literario haya podido, simultáneamente, padecer y disfrutar •

    http://semanal.jornada.com.mx/2018/05/27/james-joyce-y-el-arte-de-la-parodia-9926.html

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    no beberá gratis mientras hago el vino, .... -Dígame, dijo Stephen, dándole al niño en el hombro con ellibro ¿qué es eso de pirrar- se? ...... si funciona ahora ese ardid de descargar la carne en malas condiciones del tren en Clonsi- lla.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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