El extranjero debe morir

Con El hombre rebeldeEl extranjero es el mejor libro que escribió Camus. Nació como proyecto, al parecer, en agosto de 1937, aunque de manera muy vaga, cuando Camus convalecía en un sanatorio de los Alpes de una de las muchas recaídas que padeció desde la tuberculosis de 1930. En sus Carnets señala que terminó la novela en mayo de 1940. (Pero sólo fue publicada en 1942, por Gallimard, gracias a una gestión de André Malraux, quien había sido uno de los modelos literarios del joven Camus.)

La época y las circunstancias en que fue concebido El extranjero son ilustrativas. En el helado pesimismo que baña la historia en lo que se refiere a la sociedad y a la condición humana tuvieron mucho que ver, sin duda, la enfermedad que debilitaba por épocas ese cuerpo sensible y la angustiosa atmósfera de la Europa que vivía el final de la entreguerra y el comienzo de la segunda conflagración mundial.

El libro fue recibido como una metáfora sobre la sinrazón del mundo y de la vida, una ilustración literaria de esa «sensibilidad absurda» que Camus había descrito en El mito de Sísifo, ensayo que apareció poco después de la novela. Fue Sartre quien mejor vinculó ambos textos, en un brillante comentario sobre El extranjero. Meursault sería la encarnación del hombre arrojado a una vida sin sentido, víctima de unos mecanismos sociales que bajo el disfraz de las grandes palabras —el Derecho, la Justicia— sólo escondían gratuidad e irracionalidad. Pariente máximo de los anónimos héroes kafkianos, Meursault personificaría la patética situación del individuo cuya suerte depende de fuerzas tanto más incontrolables cuanto que son ininteligibles y arbitrarias.

Pero, muy pronto, surgió una interpretación «positiva» de la novela: Meursault como prototipo del hombre auténtico, libre de las convenciones, incapaz de engañar o de engañarse, a quien la sociedad condena por su ineptitud para decir mentiras o fingir lo que no siente. El propio Camus dio su respaldo a esta lectura del personaje, pues, en el prólogo para una edición norteamericana de El extranjero, escribió: «El héroe del libro es condenado porque no juega el juego..., porque rechaza mentir. Mentir no es sólo decir lo que no es. También y sobre todo significa decir más de lo que es, y, en lo que respecta al corazón humano, decir más de lo que se siente. Esto es algo que hacemos todos, a diario, para simplificar la vida. Meursault, contrariamente a las apariencias, no quiere simplificar la vida. Él dice lo que es, rehusa enmascarar sus sentimientos y al instante la sociedad se siente amenazada... No es del todo erróneo, pues, ver en El extranjero la historia de un hombre que, sin actitudes heroicas, acepta morir por la verdad.»

Ésta es una interpretación perfectamente válida —aunque, ya lo veremos, incompleta— y ha pasado a ser poco menos que canónica en los estudios sobre Camus: El extranjero, alegato contra la tiranía de las convenciones y de la mentira en que se asienta la vida social. Mártir de la verdad, Meursault va a la cárcel, es sentenciado y, presumiblemente, guillotinado, por su incapacidad ontológica para disimular sus sentimientos y hacer lo que hacen los otros hombres: representar. Es imposible para Meursault, por ejemplo, fingir en el entierro de su madre más tristeza de la que se siente y decir las cosas que, en esas circunstancias, se espera que un hijo diga. Tampoco puede —pese a que en ello le va la vida— simular ante el tribunal arrepentimiento por la muerte que ha causado. Esto se castiga en él, no su crimen.

Quien quizás haya desarrollado mejor esta argumentación es Robert Champigny, en su libro Sur un héros paien (París, Gallimard, 1959), dedicado a la novela. Allí asegura que Meursault es condenado porque rechaza «la sociedad teatral, es decir, no la sociedad en tanto que se halla compuesta de seres naturales sino en cuanto ella es hipocresía consagrada». Con su conducta «pagana» —es decir, no romántica y no cristiana— Meursault es una recusación viviente del «mito colectivo». Su probable muerte en la guillotina es, pues, la de un ser libre, un acto heroico y edificante.

Esta visión de El extranjero me parece parcial, insuficiente. No hay duda de que la manera como se lleva a cabo el juicio de Meursault es ética y jurídicamente escandalosa, una parodia de justicia, pues lo que se condena en él no es el asesinato del árabe sino la conducta antisocial del acusado, su psicología y su moral excéntricas a lo establecido por la comunidad. El comportamiento de Meursault nos ilumina las insuficiencias y vicios de la administración de la justicia y nos deja entrever las suciedades del periodismo.

Pero de allí a condenar a la sociedad que lo condena por ser «teatral» y reposar sobre un «mito colectivo» es ir demasiado lejos. La sociedad moderna no es más teatral que las otras; todas lo han sido y lo serán, sin excepción posible, aunque el espectáculo que represente cada una de ellas sea distinto. No hay sociedad, es decir convivencia, sin un consenso de los seres que la integran respecto a ciertos ritos o formas que deben ser respetados por todos. Sin este acuerdo, no habría «sociedad» sino una jungla de bípedos libérrimos donde sólo sobrevirían los más fuertes. También Meursault, con su manera de ser, interpreta un papel: el de ser libre al extremo, indiferente a las formas entronizadas de la sociabilidad. El problema al que nos enfrenta la novela es, más bien: ¿la manera de ser de Meursault es preferible a la de quienes lo condenan? Esto es discutible. Pese a lo que insinuó su autor, la novela no saca ninguna conclusión al respecto: es tarea que nos incumbe a sus lectores.

El «mito colectivo» es el pacto tácito que permite a los individuos vivir en comunidad. Esto tiene un precio que al hombre —lo sepa o no— le cuesta pagar: la renuncia a la soberanía absoluta, el recorte de ciertos deseos, impulsos, fantasías, que si se materializaran pondrían en peligro a los demás. La tragedia que Meursault simboliza es la del individuo cuya libertad ha sido mutilada para que la vida colectiva sea posible. Eso, su individualismo feroz, irreprimible, hace que el personaje de Camus nos conmueva y despierte nuestra oscura solidaridad: en el fondo de todos nosotros hay un esclavo nostálgico, un prisionero que quisiera ser tan espontáneo, franco y antisocial como es él.

Pero, al mismo tiempo, es preciso reconocer que la sociedad no se equivoca cuando identifica en Meursault a un enemigo, a alguien que, si su ejemplo cundiera, desintegraría al todo comunitario.

Su historia es una dolorosa pero inequívoca demostración de la necesidad del «teatro», de la ficción, o, para decirlo más crudamente, de la mentira en las relaciones humanas. El sentimiento fingido es indispensable para asegurar la coexistencia social, una forma que, aunque parezca hueca y forzada desde la perspectiva individual, se carga de sustancia y necesidad desde el punto de vista comunitario. Esos sentimientos ficticios son convenciones que sueldan el pacto colectivo, igual que las palabras, esas convenciones sonoras sin las cuales la comunicación humana no sería posible. Si los hombres fueran, a la manera de Meursault, puro instinto, no sólo desaparecería la institución de la familia, sino la sociedad en general, y los hombres terminarían entrematándose de la misma manera banal y absurda en que Meursault mata al árabe en la playa.

Uno de los grandes méritos de El extranjero es la economía de su prosa. Se dijo de ella, cuando el libro apareció, que emulaba en su limpieza y brevedad a la de Hemingway. Pero ésta es mucho más premeditada e intelectual que la del norteamericano. Es tan clara y precisa que no parece escrita, sino dicha, o, todavía mejor, oída. Su carácter esencial, su absoluto despojamiento, de estilo que carece de adornos y de complacencias, contribuyen decisivamente a la verosimilitud de esta historia inverosímil. En ella, los rasgos de la escritura y los del personaje se confunden: Meursault es, también, transparente, directo y elemental.

Lo más temible que hay en él es su indiferencia ante los demás. Las grandes ideas o causas o asuntos —el amor, la religión, la justicia, la muerte, la libertad— lo dejan frío. También, el sufrimiento ajeno. La golpiza que inflige su vecino, Raymond Sintés, a su amante mora, no le provoca la menor conmiseración; por el contrario, no tiene inconveniente en servir de testigo al chulo, para facilitarle una coartada con la policía. Pero tampoco hace esto por afecto o amistad, sino, se diría, por mera negligencia. Los pequeños detalles, o ciertos episodios cotidianos, en cambio, le resultan interesantes, como la relación traumática entre el viejo Salmadano y su perro, y a ellas dedica atención y hasta simpatía. Pero las cosas que de veras lo conmueven no tienen que ver con los hombres, sino con la Naturaleza o con ciertos paisajes humanos a los que él ha privado de humanidad y mudado en realidades sensoriales: el trajín de su barrio, los olores del verano, las playas de arenas ardientes.

Es un extranjero en un sentido radical, pues se comunica mejor con las cosas que con los seres humanos. Y, para mantener una relación con éstos, necesita animalizarlos o cosificarlos. Éste es el secreto de por qué se lleva tan bien con María, cuyos vestidos, sandalias y cuerpo mueven en él una cuerda sensible. La muchacha no despierta en él un sentimiento, es decir algo durable; apenas, rachas de deseos. Sólo la parte animal de su persona, el instinto, le interesa en ella, o, mejor dicho, en lo que hay en ella de instintivo y animal. El mundo de Meursault no es pagano, es un mundo deshumanizado.

Lo curioso es que, pese a ser antisocial, Meursault no es un rebelde, pues no hay en él ninguna conciencia de inconformidad. Lo que hace no obedece a un principio o creencia que lo induciría a desafiar lo establecido: él es así. Rehusa el pacto social, incumple los ritos y formas que sostienen la vida colectiva, de manera natural y sin siquiera advertirlo (por lo menos hasta que es condenado). Su pasividad, su desinterés, son sin duda más graves que su falta, para quienes lo juzgan. Si tuviera ideas o valores con qué justificar sus actos, su manera de ser, acaso sus jueces serían más benevolentes. Podrían contemplar la posibilidad de reeducarlo, de persuadirlo de que acepte la norma colectiva. Pero, siendo como es, Meursault es incorregible e irrecuperable para la sociedad. A su contacto, las limitaciones, excesos y ridículos que forman parte del «mito colectivo» o pacto social saltan a la luz: todo lo que hay de falso y absurdo en la vida comunitaria, desde la experiencia del individuo aislado, de cualquiera, no sólo de un ser anómalo como Meursault.

Cuando el Procurador dice de él que no tiene nada que hacer «con una sociedad cuyas reglas desconoce», dice la verdad. Cierto, entrevisto desde el escaño del magistrado, Meursault es una especie de monstruo. Por otra parte, su caso muestra el lado monstruoso, mutilante, que tiene la sociedad, pues en ella, aun en la más libre, siempre habrá trabas y castigos para la libertad absoluta a la que aspira, en el fondo de su ser, todo individuo.

Dentro del pesimismo existencial de El extranjero arde, sin embargo, débilmente, una llama de esperanza: no significa resignación sino lucidez, y aparece en ese hermoso párrafo final, cuando Meursault, purgado de la cólera que le produjo el capellán que quería domesticarlo con la piedad, asume, con serena confianza, su destino de hombre expuesto «a la tierna indiferencia del mundo».

El pesimismo de Camus no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía. El lector sale de las páginas de la novela con probables sentimientos encontrados respecto a Meursault. Pero, eso sí, convencido de que el mundo está mal hecho y de que debería cambiar.

La novela no concluye, ni explícita ni implícitamente, que, como las cosas son así, haya que resignarse a aceptar un mundo organizado por fanáticos como el Juez instructor o por histriones leguleyos como el Procurador. Ambos personajes nos producen repugnancia. E incluso el capellán nos desagrada por su inflexibilidad y su falta de tacto. Con su comportamiento perturbador, Meursault muestra la precariedad y la dudosa moral de las convenciones y ritos de la civilización. Su actitud discordante con la del ciudadano normal, pone al descubierto la hipocresía y las mentiras, los errores y las injusticias que conlleva la vida social. Y, asimismo, pone en evidencia aquella mutilación —o, en términos de Freud, su gran descubridor, y el primero en explorarlas, las represiones— de la soberanía individual, de aquellos instintos y deseos que exige la existencia gregaria.

Aunque es muy visible la influencia en ella de Kafka, y aunque la novela filosófica o ensayística que estuvo de moda durante la boga existencialista haya caído en el descrédito, El extranjero se sigue leyendo y discutiendo en nuestra época, una época muy diferente de aquella en que Camus la escribió. Hay, sin duda, para ello una razón más profunda que la obvia, es decir la de su impecable estructura y hermosa dicción.

Como los seres vivos, las novelas crecen y, a menudo, envejecen y mueren. Las que sobreviven cambian de piel y de ser, como las serpientes y los gusanos que se vuelven mariposas. Esas novelas dicen a las nuevas generaciones cosas distintas de las que dijeron a los lectores al aparecer, y, a veces, cosas que jamás pensó comunicar a través de ellas su autor. A los lectores de hoy, sobre todo a los de esta Europa tanto más próspera, confiada y hedonista que aquella, miedosa, atolondrada y cataclísmica, en la que El extranjero vio la luz, el solitario protagonista de esta ficción puede atraerlos por lo que hay en él de epicúreo, de ser contento de su cuerpo y orgulloso de sus sentidos, que asume sus deseos y apetitos elementales sin rubor ni patetismo, como un derecho natural. De todo el fuego de artificio que fue la «revolución de mayo» de 1968, ese gran alboroto de jóvenes insatisfechos con su sociedad y su tiempo, vagamente idealistas, generosos y confusos, eso es lo que parece haber quedado como logro: los deseos humanos salen de los escondites adonde habían sido confinados por el cuerpo social y comienzan a adquirir carta de ciudadanía.

En esta civilización de los deseos en libertad, que parece despuntar, Meursault también hubiera sido castigado por haber matado a un hombre. Pero nadie lo hubiera enviado a la guillotina, artefacto obsoleto, aherrumbrado en el museo, y, sobre todo, a nadie hubiera chocado su desinterés visceral por sus congéneres ni su desmesurado egoísmo. ¿Debemos alegrarnos por ello? ¿Es un progreso de los tiempos que el Meursault fantaseado por Camus hace medio siglo aparezca como premonición de un prototipo contemporáneo? No hay duda de que la civilización occidental ha derribado muchas barreras indispensables y es hoy más libre, menos opresiva, en lo referente al sexo, la condición de la mujer, las costumbres en general, que la que (tal vez) hizo cortar la cabeza a Meursault. Pero, al mismo tiempo, no se puede decir que esa libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de la vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría. Por el contrario, parecería que, en innumerables casos, apenas obtenidas, aquellas libertades se traducían en conductas que las abarataban y trivializaban, y en nuevas formas de conformismo entre los afortunados beneficiarios.

El extranjero, como otras buenas novelas, se adelantó a su época, anticipando la deprimente imagen de un hombre al que la libertad que ejercita no lo engrandece moral o culturalmente; más bien, lo desespiritualiza y priva de solidaridad, de entusiasmo, de ambición, y lo torna pasivo, rutinario e instintivo en un grado poco menos que animal. No creo en la pena de muerte y yo no lo hubiera mandado al patíbulo, pero si su cabeza rodó en la guillotina no lloraré por él.

Londres, 5 de junio de 1988

En La verdad de las mentiras; ensayos sobre literatura

POR: PIJAMASURF - 04/03/2017

OCCIDENTE HA CREADO EL MITO DE ORIENTE Y DEL EXOTISMO E INFERIORIDAD DE TODO LO QUE NO SE AJUSTA A SU ANGOSTA VISIÓN DEL MUNDO

En poco más de 2 minutos este notable video presentado por Al Jazeera nos introduce al trabajo de Edward Said y su importante noción de orientalismo, la creación de un estereotipo de lo que es lo oriental.  Said argumenta que Oriente, y en esto debemos incluir a los pueblos nativos del continente americano, nunca pudo representarse a sí mismo, y por lo tanto se creó un mito de uso político en la imaginaria occidental.

La colonización ocurrió "Nó sólo con ejércitos sino con literatura, no sólo con conquista sino con antropología, no sólo con opresión sino con narrativa". Occidente pintó una imagen de Oriente: encantadores de serpientes, bailarinas exóticas, ladrones, holgazanes, lo sensual, lo pervertido, lo peligroso; mientras que los occidentales eran siempre lo racional, lo civilizado, lo disciplinado, lo iluminado. Said, un intelectual palestino versado en la cultura occidental, notó como se construyó esta narrativa en la literatura del siglo XIX y hoy continúa en la cultura moderna: la narrativa moderna política de "ellos contra nosotros", lo irracional contra lo racional, lo barbárico contra lo civilizado. El video identifica los siguientes estereotipos:

Africanos: déspotas corruptos, muertos de hambre.

Latinoamericanos: narcos, futbolistas, dictadores.

Árabes: terroristas, misóginos.

Asiáticos: fanáticos religiosos, ingenieros de software.

Podríamos añadir otros, pero éstos capturan la esencia de cómo se ha construido el mito, cómo se ha fijado la identidad. Es doblemente dañino, pues por una parte se construye el mito y se lleva a la imaginaria colectiva como un prejuicio que se manifiesta como una visión de la realidad de los ciudadanos promedio; por otro lado se usa dentro de una agenda política para justificar la invasión y la intervención. La continuidad de la evangelización, ahora de manera secular; antes con espadas, biblias y crucifijos, ahora con iPhones, tarjetas de crédito y modelos de Victoria's Secret.  entre otros, quienes más que pensadores originales, según su propia admisión, obtuvieron buena parte de sus conocimiento de fuentes egipcias y asiáticas. En cierta forma el despertar de la filosofía occidental viene de la raza negra, algo que escandalizó a los intelectuales del siglo XVIII y XIX.



El siguiente video utiliza un ejemplo que se encuentra en la obra de Said: el orientalismo es como si un profesor universitario de edad avanzada fuera a un rave o a una fiesta de jóvenes. De igual manera al mirar hacia Oriente, los intelectuales, no podían entenderlo y por eso lo juzgaron como enigmático y lo romantizaron a la vez que lo satanizaron. El intelectual que mira con una mezcla de excitación y desprecio siente que sus valores están justificados, ya que es un académico que tiene una reputación de autoridad que le permite sentirse superior. Said creía que la academia occidental influyó en las sociedades imperialistas con una intelectualidad dudosa, incapaz de ver más allá de sus propios prejuicios basados en la creencia de la superioridad occidental. La intelectualidad está afectada de una visión política y es utilizada como justificación para la colonización, reformulando la invasión como salvación.


Es de mencionar que el complejo de superioridad de los intelectuales occidentales ha hecho que se olvide que lo más preciado de esta propia intelectualidad tiene fuentes orientales o africanas, como es el caso de la filosofía griega y de grandes exponentes como Platón y Pitágoras, entre otros, quienes más que pensadores originales, según su propia admisión, obtuvieron buena parte de sus conocimiento de fuentes egipcias y asiáticas. En cierta forma el despertar de la filosofía occidental viene de la raza negra, algo que escandalizó a los intelectuales del siglo XVIII y XIX



POR: ALEJANDRO MARTÍNEZ GALLARDO 03/01/2017

POR MÉTODOS POCO SUTILES, PARECE SER QUE ESTAMOS DESCUBRIENDO POR TODOS LADOS QUE EL MUNDO ES UNA SIMULACIÓN. PARAFRASEANDO A BAUDRILLARD, "BIENVENIDOS AL DESIERTO DE LO REAL".

Este lugar es un sueño. Sólo alguien dormido lo considera real. Luego llega la muerte como el amanecer, y te despiertas riéndote de lo que pensabas era tu sufrimiento.
-Rumi
En algunos monasterios budistas se acostumbra reforzar su filosofía repitiendo cada tanto "esto es un sueño". Hoy en día la llamada "realidad" parece sugerirnos de manera natural esta práctica: ¿es real lo que estamos viviendo? ¿el mundo se encuentra en un intensificado proceso de revelar que es una broma? ¿O quizás una farsa? La idea budista de repetirse "esto es un sueño" tiene que ver con establecer un proceso de desidentificación y reconocer que los fenómenos que se experimentan no tienen existencia intrínseca o separada de la propia mente que los percibe. Si esto es así, ¿estamos entonces todos soñando a Donald Trump? La respuesta, creo, debe ser afirmativa. Pero, si lo es, también sería cierto que hemos soñado colectivamente antes a Obama y a George Washington (y a su fantasma)... a Napoleón y a Hitler y en cierta forma al Buda, a Jesús, a Mahoma.
Tal vez Trump es uno de esos glitches en la Matrix que nos revelan que estamos dentro de un programa informático. Borges los llamó "intersticios de sinrazón" que revelan que la arquitectura del mundo es sueño:
Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.
Adam Gopnik menciona en el New Yorker, después del error en la entrega de la mejor película en los Oscar y del triunfo de Donald Trump, "Así estos dos extraños eventos ponen en la mente una simple pero inquietante tesis: estamos viviendo en la Matrix, y algo está saliendo mal con los controladores". Y agrega: "Puede que no sean un glitch en la Matrix. Puede que de repente alguien como el travieso Loki, esté controlándola". Loki es el dios nórdico ligado al arquetipo del trickster, el encargado de subvertir lo convencional, de romper toda lógica y confort para colocarnos en un estado de pánico o de conciencia alterada en el cual es posible trascender lo establecido, acaso despertar del sueño con un golpe. En la religión del Discordianismo se habla del reino de Eris, la diosa del caos, cuyo modus operandi básicamente es el "mindfuck" (uno de sus textos sacros reza: "El disparate puro es la clave de la iniciación"). Uno de los altos jerarcas de esta religión fantástica, Robert Anton Wilson, habla del "Cosmic Joker", el cual se hace notar por alterar el tejido de la realidad con incoherencias, glitches, sincronicidades, cáscaras de plátano en el piso y demás irregularidades en el programa. Trump copió el discurso de Bane, el villano de Batman, en su discurso inaugural, pero quizás más acertado sería el parangón con la figura del Guasón (como encarnación de las fuerzas del caos, al menos). Aunque estas deidades podrían parecer crueles, dioses que juegan con nosotros (como dijera Le Corbusier:  "Detrás de la pared, los dioses juegan, juegan con los números de los cuales está hecho el universo") y se ríen de nuestras catástrofes que son para ellos meras nimiedades ("es un imperio eso que se apaga... o una luciérnaga"), en realidad tienen una función vital en el esquema global, ese estremecimiento o shock que nos hace despertar o transformarnos forzosamente, la necesaria energía de la destrucción. En este caso, la destrucción no de un sistema económico solamente, sino de un sistema de percepción: de un mundo real, predecible, estable, sólido, separado...
Por supuesto, Gopnik está bromeando cuando habla de que vivimos en la Matrix. Aunque la idea de que vivimos en una simulación (en la Matrix, en un holograma, en un sueño) no es ninguna broma ontológicamente, por descabellada que parezca para nuestra mentalidad fincada en el objetivismo y en el materialismo que ocultan "el desierto de lo real" --es una de las ideas centrales de la filosofía espiritual de la India (maia, lila, samsara, etc.) y recientemente ha sido discutida por filósofos occidentales como David Chalmers y Nick Bostrom y explorada por físicos. Recientemente se dieron a conocer aparentes pruebas teóricas de que el universo es un holograma. Simulación informática, simulación cósmica y simulación política, el pan espectral de cada día.
Justo después del triunfo de Trump en noviembre, Jonathan Zap escribió en Reality Sandwich: "Hay una sensación de que la Matrix fue manipulada de alguna forma para crear el resultado que incluso los más optimistas en la campaña de Trump no anticipaban. Para aquellos que siguen The Walking Dead, se siente extrañamente cercano al triunfo de Negan". Intentando encontrar sentido, Zap cita el poema apocalíptico de Yeats, The Second Coming:

The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

(Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores
están llenos de una apasionada intensidad).

Agrega: "Las elecciones, como las fluctuaciones del mercado, están impulsadas por espíritus animales, y algunas veces el espíritu animal es un perro rabioso". O un gallo colérico de piel naranja-fuego, ufano e histriónico. Zap cita la famosa frase de James Joyce que tanto le gustaba a Terence Mckenna y que el mismo Borges utiliza en su ensayo sobre el budismo: "La historia es una pesadilla de la cual intento despertar". Suele ocurrir en los sueños que el cariz mismo de la pesadilla es lo que precipita el despertar. Pero hay dos formas de "despertar", salir expulsados del sueño a la vigilia, acaso simplemente sobresaltados sin mucha conciencia de lo ocurrido, o en el mismo sueño cobrar lucidez, notar que lo que aparentemente atenta contra nosotros, la sustancia misma de la pesadilla, no es más que una fabricación de nuestra imaginación, que su poder está en nosotros, como un desplazamiento de nuestra propia psique que se objetifica. Un demonio al cual alimentamos.  
Otra cita de Zap, esta vez de Jung (el autor que Trump o su escritor fantasma alaban en uno de sus libros por su concepto de la máscara o persona): "No hay bomba de  hidrógeno en la naturaleza. Todo es hechura del hombre. Somos el gran peligro. La psique es el gran peligro". Sobre Hitler, Jung había dicho: "Hitler no manipuló a la psique alemana, Hitler era la psique del pueblo alemán". Trump es la psique estadounidense, y en cierta medida la psique del mundo (y si nos vemos en el espejo psíquico de Trump quizás nos darán ganas de llorar pero seguramente después de reír). Jung escribió: "La psique crea la realidad todos los días, la única expresión que puedo usar para esta actividad es la fantasía". De alguna manera Trump es la acumulación de nuestra fantasía, de nuestras proyecciones, de las intenciones mentales (cetana) que el budismo conoce como karma. Bienvenidos al reino de la fantasía (animada por nuestros deseos, miedos y esperanzas), presidido por una rana verde xenofóbica, misogina, fascisto-coqueta, por un meme (que se llama Pepe), por un tulpa.


En la concepción cíclica del tiempo de la India, se habla de que vivimos en el Kali-Yuga, una era oscura caracterizada por el materialismo y la pérdida de los valores y tradiciones espirituales. Se dice en uno de los puranas que el Kali-Yuga será identificado por el hecho de que los reyes tendrán muchos elefantes, es decir, el poder estará con los que acumulen riqueza material Después de este yuga sigue el Sathya-Yuga o era de la verdad, similar a la época de oro de la que se habla en la mitología griega. Curiosamente recientemente se ha popularizado la idea de que vivimos en la "era de la pos-verdad"; esto a partir de que se manejara que en la elección presidencial de Estados Unidos y el consumo de noticias ha dejado de tener importancia que la información sea verdadera. Si bien existen otros dos yugas entre el Sathya-Yuga y el Kali-Yuga (Treta-Yuga y Dvapara Yuga), se podría decir que por definición el Kali-Yuga es la era de la pos-verdad, el momento de mayor decadencia y distancia de la verdad. Si la teoría de ciclos es "verdadera" (en la era de la pos-verdad, sólo podemos ponerlo entre comillas), entonces lo que sigue a la máxima ilusoriedad que caracteriza a nuestra época es la verdad, si bien vía la crisis y la destrucción. Por supuesto que sería un exceso pensar que Trump es el gran emisario del Kali-Yuga, Kalki (el jinete del Apocalipsis indio), pero tal vez no sea equivocado decir que es una de las múltiples señales, una de las intensidades, que nos hacen descubrir el engaño y la irrealidad en la que vivimos. Ante tal sopor, parece que necesitamos cosas sumamente burdas y groseras que nos hagan identificar por fin que hemos construido un insostenible mundo ilusorio que se está yendo a la goma. 
Donald Trump, el multimillonario (el hombre con muchos elefantes de concreto y metal en la grande Babylon) y estrella de Reality TV vuelto presidente (así cumpliendo el cuento de hadas que refleja el deseo rampante de nuestra sociedad enajenada por la fama y el dinero), nos coloca en un escenario donde uno no sabe si llorar o reír. O quizás los dos, una tras otro. Llorar: sacar la emoción contenida; reír: relajar la tensión. Dos conductas genuinamente humanas y necesarias en un mundo robótico. Uno se descubre llorando cuando despierta de una pesadilla, pero poco después le puede seguir la risa, cuando uno entra en la conciencia de que el monstruo que nos perseguía era una ilusión, una ridícula y absurda fabricación de nuestra mente. El miedo se desvanece, uno puede entonces analizar al monstruo (o a la situación que nos había sometido al estrés) y contemplarlo como si se tratara de una especie de representación teatral, un baile de máscaras, un acto de magia. Uno preferiría un espectáculo más sublime, de mayor logro estético, pero, a fin de cuentas, cualquier cosa que nos saque del letargo en el que estamos sumidos es buena.

Twitter del autor: @alepholo


CADA VEZ MÁS ESTUDIOS CONFIRMAN LO QUE LA MAYORÍA EXPERIMENTAMOS DÍA A DÍA: LAS REDES SOCIALES ESTÁN CAUSANDO ESTRAGOS EN NUESTRA PSIQUE

Ansiedad, narcisismo o dependencia, son sólo algunos de los fenómenos que hoy son cada vez más comunes que nunca. Y en este escenario las redes sociales, de acuerdo con múltiples estudios, tienen una responsabilidad significativa. ¿Te has puesto a analizar cuántas veces al día checas alguna de tus múltiples redes (ya sea Facebook, Twitter, Instagram, incluso WhatsApp)? ¿Qué emociones o sensaciones te produce este ritual tautológico? 
Hace apenas unos días la American Psychological Association liberó un estudio que practica anualmente y, por primera vez en 10 años, refleja un contundente aumento en los niveles de estrés entre la población. Si bien en el caso de los estadounidenses el "ambiente político" se apuntó como uno de los factores (cortesía del Sr. Trump, suponemos), el reporte hace énfasis en el rol que la tecnología, y en especial de las redes sociales, tienen en este incremento.
En la última década el uso de redes sociales se ha catapultado, y en el caso de Estados Unidos el 43% de la población califica como un "constant checker", es decir, personas que revisan compulsivamente, o al menos con una frecuencia insana, sus correos, chats o cuentas en redes. Estas personas evidenciaron niveles de estrés 20% superiores al resto de la población (5.3, en comparación con el 4.4 promedio). 
El punto es que este aumento significativo de estrés se manifiesta de múltiples y poco deseables maneras, entre ellas niveles más altos de depresión, incontables problemas de salud a nivel físico y conductas nocivas que afectan el tejido social, las relaciones interpersonales y, en pocas palabras, la mente y salud colectivas.
El antídoto es tan obvio como impopular: desconectarse cada vez más, hacer tiempos durante el día, semana o mes para estar completamente desconectados y, mientras chocamos nuestros numerosos canales de "interacción" a distancia, dedicar un instante a observar lo que esta actividad nos genera para luego modular nuestra experiencia.


REDES SOCIALES Y LAS HABILIDADES PARA LA VIDA

Chile/27 mayo 2016/Autor: Marcela Momberg/ Fuente:MarcelaMomberg
Si existe una realidad irrefutable, es que nuestros niños y jóvenes viven hiperconectados, desde que nacen. De hecho antes de ser presentados a la familia, ya existen en las redes sociales. ¿Cuántas veces en una cuenta Facebook, hemos compartido un “me gusta” a la ecografía de una amiga, que presenta feliz su embarazo?
 Desde que se levantan hasta que se acuestan, restándole incluso tiempo de sueño, viven actualizando sus cuentas, pendientes de la última publicación y del comentario de quienes les interesan.
 El único lugar donde no pueden vivir enREDados es en la Escuela, pues la mayoría bloquea las redes sociales e impide el uso de celulares en ella.
Paradójico, educamos a nuestros niños en un ambiente que no es en el que ellos viven y tratamos que mantengan la motivación e interés en un espacio que les es lejano. Tremendo desafío y cuesta arriba.
¿Por qué no educar en redes y desarrollar nuevos aprendizajes significativos?
No solamente lograríamos una amplia participación, motivación sino que a su vez podríamos reconocer lo que les fascina a nuestros niños, lo que les hace ser diferentes, únicos e irrepetibles, de tal manera que seríamos un verdadero coaching de vida.
Paralelo a ello, podríamos desarrollar habilidades sociales fundamentales en su vida diaria y futura, las que les permitirán vivir en comunidad.
 Trabajándolas desde los primeros años, de tal manera que puedan reconocer las emociones de sus pares y las suyas propias.
Según, René Diekstra, “un  niño que conoce y sabe gestionar sus emociones no solo tendrá mejores resultados académicos, sino que estará más preparado para el mundo laboral. Uno de los grandes descubrimientos de las últimas décadas es que se pueden educar las emociones y el comportamiento.”
 (Elsa Punset y René Diekstra, Aprendizaje emocional y social
Tremendo desafío, no sólo es necesario desarrollarlas en la vida real, también en la vida virtual.
Si desde los 10 años, nuestros alumnos ingresan a las redes sociales, expuestos a un espacio de gran creatividad, movilidad, información y también sobre exposición. Posibles candidatos por falta de Red Educación al Cyberlullying o al Grooming, viviendo experiencias que afectarán no sólo su autoestima sino que los marcará para siempre.
 Conviviendo diariamente con  la dualidad adulta en redes, que les permite tomarse licencias para agredir, deslegitimar, burlarse, lo que probablemente en el mundo real, no harían.
 Feroz tarea docente, desarrollar habilidades para la vida en el mundo virtual, tales como ponerse en el lugar del otro, respetar la diversidad, valorar la crítica, esperar que respondan una pregunta sin sobre reaccionar porque se demoran en hacerlo, proponer en vez de destruir lo que crea, aceptar y valorar al que piensa diferente, construir relaciones virtuales de mutuo crecimiento..
 Pero sobre todo ser capaces de emprender en el mundo de las redes, fortaleciendo sus anhelos y sueños personales.
Ciertamente parece difícil y agotador. Más con la carga que los docentes llevan día a día.
Pero, se puede, trabajo en redes sociales hace años, todos los jueves por dos horas observó en un Taller Digital, un grupo de niños desarrollar sus proyectos de vida.
 Imposible no recordar, como llegan a primera hora, como esperan la semana para que llegue cada jueves, como trabajan como un panal de abejas, en ebullición y creatividad diaria.
¿Por qué no replicar en cada establecimiento, Talleres Digitales, que unan creatividad, difusión del conocimiento, desarrollo de las habilidades para la vida?
¿Queremos equidad e igualdad de oportunidades?
La sociedad digital nos ofrecen herramientas, absolutamente gratuitas, masivas, fácilmente aplicables y de grandes beneficios para la comunidad.
¿Qué esperamos los educadores para liderar el cambio de paradigma?
Red Educar, educar en un mundo de posibilidades.
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