pOR: JUAN PABLO CARRILLO HERNÁNDEZ - 04/01/2017


EN NUESTRA ÉPOCA SE HA CUMPLIDO PARCIALMENTE UNA DE LAS FANTASÍAS MÁS IMPOSIBLES DEL CAPITALISMO: LA ABOLICIÓN DEL TIEMPO

Pocas cosas que asusten tanto al hombre contemporáneo como el tiempo libre, el tiempo vacío, los tiempos muertos, el tiempo ocioso, el tiempo sin obligaciones, el tiempo inútil, el tiempo sin sentido manifiesto ni propósito declarado; en pocas palabras: el tiempo para sí. Apenas se encuentra con una de estas pausas, uno de esos intermedios en que no sabe qué hacer, en el hombre contemporáneo se dispara un acto reflejo: lleva la mano a su bolsillo, tantea un poco, encuentra su teléfono portátil, lo desbloquea, toca dos o tres veces la pantalla y comienza a ver el espectáculo mínimo que se despliega en la palma de su mano, ese teatro bufonesco que se monta a cada instante, infatigable, siempre renovado y siempre igual, y que por otro nombre se conoce como redes sociales. No es nada urgente y ni siquiera necesario. No es que el hombre contemporáneo tenga el pretexto de contestar un mensaje impostergable o de revisar un correo relacionado con su trabajo. Nada de eso. Simplemente, el hombre contemporáneo no sabe estar haciendo nada; dicho de otro modo, parece que necesita estar siempre haciendo algo.
Pero no algo así como así. No algo ambiguo, indefinido, abierto, ni azaroso. Algo, por el contrario, muy específico: consumir. A juzgar por lo que sucede actualmente a todas horas, en muchísimos puntos del planeta, el hombre contemporáneo no sabe estar si no está consumiendo.
Desde hace algunos años, Internet ha vuelto realidad una de las fantasías más imposibles del capitalismo: abolir el tiempo real para convertirlo en una sucesión perpetua de consumo ininterrumpido.
Si por un momento y en un ejercicio de imaginación consideramos únicamente los minutos del día que pasamos conectados, ¿encontraremos alguna diferencia que indique la temporalidad de cada uno? ¿Podríamos decir que hacemos algo distinto cuando estamos conectados por la mañana que cuando nos conectamos en la tarde o en la noche? ¿No pasa que, en términos generales, al estar conectados hacemos siempre lo mismo?
Revisamos nuestro feed de Facebook, compartimos una imagen que nos hizo reír, subimos nosotros mismos una fotografía, miramos un video (o empezamos a verlo e, impacientes, lo dejamos a los 5 o 6 segundos si no cautivó nuestra atención)… y poco más que esto. Y esto, repetido a cada momento, todos los días, sin importar las circunstancias. Puede ser un día cualquiera, común y corriente, en nuestro trabajo; un domingo que pasamos con la familia; un sábado por la noche, en medio de una fiesta. Si reuniéramos eso que hacemos al estar conectados, si lo aisláramos y lo sacáramos de su contexto, ¿no nos quedaría una suma monótona, repetitiva, de actos siempre iguales?
Hace un par de siglos, Charles Baudelaire encontró inspiración en el aburrimiento. Al hombre contemporáneo esto le puede sonar contradictorio pero, aunque lo dude o le parezca absurdo, fue posible. Aburrirse no siempre fue tan terrible como a nosotros nos hicieron creer. Baudelaire, decíamos, valoró el aburrimiento, al que en distintas ocasiones y por distintos motivos llamó ennui y spleen, el primero un tanto más vital, el segundo un tanto más fisiológico (como la melancolía, la “bilis negra” de los antiguos). Como si habláramos, en español, de tedio y de acedia, de esa pesadez que nos sobreviene y no nos suelta los domingos a partir de las 6 de la tarde, por ejemplo; y, por otro lado, esa desidia inexplicable que nos ha impedido emprender tantas cosas que quisiéramos hacer pero frente a las cuales algo siempre se interpone, así sea un maratón innecesario de la serie de la que todo mundo está hablando.
Más allá de estas especulaciones filológicas, lo importante es que Baudelaire, a diferencia del hombre contemporáneo, no rehuyó el aburrimiento. No intentó, como nosotros, evadirlo y llenar su vacío engañoso con ocupaciones triviales. Por el contrario: lo enfrentó, lo investigó, lo diseccionó, expuso sus entrañas y, finalmente, lo convirtió en otra cosa. En poemas, sobre todo. Baudelaire, acaso intuitivamente, se dio cuenta de que no es cierto que el aburrimiento sea el reflejo de un tiempo vacío, un tiempo muerto, sino, en todo caso, es señal de nuestra falta de creatividad para vivir y hacer algo con el tiempo que nos fue dado. Mirar una nube, recordar nuestros amores pasados, imaginar qué diría el perro que acompaña nuestras tardes… Hacer algo que sea cualquier cosa.
Un par de poemas de El spleen de París arrojan una luz inesperada sobre este tiempo sin tiempo de nuestra época, este tiempo sin divisiones evidentes, sin separación clara entre tal o cual momento del día, este tiempo en que podemos estar conectados siempre que queramos y sin diferencia alguna para quienes convierten nuestra acción en consumo.
Dice Baudelaire en “El crepúsculo de la noche”:
Va cayendo el día. Una gran paz llena las pobres mentes, cansadas del trabajo diario, y sus pensamientos toman ya los colores tiernos o indecisos del crepúsculo.
Y más adelante, en este mismo texto:
El crepúsculo excita a los locos.
¿Quién podría decir esto ahora? ¿Quién, en este reloj amputado de manecillas en el cual vivimos, podría elogiar o al menos distinguir así el crepúsculo? ¿Cuántos de los que viajan del trabajo a su casa por la tarde, absortos en su teléfono, tienen tiempo y atención para percibir los efectos del crepúsculo en su estado de ánimo?
En Baudelaire mismo encontramos una posible respuesta a estas preguntas. Escribe en “La estancia doble”, también de El spleen de París:
Ha reaparecido el tiempo; el tiempo reina ahora soberano, y con el horrible viejo ha regresado su demoníaco cortejo de recuerdos, pesares, espasmos, miedos, angustias, pesadillas, cóleras y neurosis.
Os aseguro que ahora los segundos están fuerte y solemnemente acentuados, y cada uno, al brotar del péndulo dice: "Yo soy la vida, la insoportable, la implacable vida".
Que el consumo nos aleja de nuestra propia vida es evidente por la forma en que lo ejercemos en nuestra época. Pero, si Baudelaire tiene razón, podría decirse que rehuimos los tiempos muertos, el aburrimiento, el aparente vacío propio de toda cotidianidad, porque éste, apenas rompemos la membrana finísima que separa la distracción de la atención, nos revela eso que señala el poeta: recuerdos, pesares, espasmos, miedos, angustias, pesadillas, cóleras y neurosis. ¿Y quién quiere enfrentar eso?
¿Quién quiere ahora vivir su propia vida, cuando parece más fácil vivir la vida que se nos ha asignado?
¿Quién quiere crear su propia vida cuando parece mucho más fácil tan sólo consumir la formas de vida que ya se nos ofrecen?

Twitter del autor: @juanpablocahz
- 04/01/2017








NO NOS DAMOS CUENTA -POR LO MISMO QUE ESTAMOS DISTRAÍDOS- DE QUE LA DISTRACCIÓN ES UNA DE LAS CAUSAS PRINCIPALES DE NUESTRO MALESTAR EXISTENCIAL Y SU CÍCLICA PROPAGACIÓN

Desde hace algunos años se viene diciendo que en la era actual, regida por la tecnología de la información y el capitalismo, la divisa más preciada es la atención. Los ciudadanos ya no son sólo consumidores sino también productos; si una empresa logra captar su atención no sólo puede venderles un objeto de consumo sino que puede también vender o beneficiarse de la información que produce la captación de la atención. Y es justamente debido a que la atención es tan valiosa, y por el hecho de que lo económico supera en importancia a lo estético o a lo espiritual, que estamos creando y programando una sociedad de individuos distraídos. (En este sentido es de notar el trabajo de Tristan Harris, quien desmenuza cómo las compañías de tecnología diseñan sus plataformas con la intención de hacer adictos a los usuarios). 
El economista ganador del Nobel, Herbert Simon, escribió en 1971: "en un mundo rico en información, la riqueza de información significa una carencia de otra cosa: una escasez de aquello que sea que la información consume. Lo que la información consume es algo bastante obvio: consume la atención de sus receptores". Simon, de manera visionaria, entendió que la sobreabundancia o riqueza de la información produce una pobreza de atención. Si el bombardeo de estímulos del caudal informativo fuera sumamente relevante, lleno de bits intencionados a llevar a la reflexión profunda, al deleite estético y demás, sería un poco diferente. Pero como notó Aldous Huxley, el método de propaganda actual no es la represión de la verdad sino su anegación en un mar de irrelevancia. El mar de información en el que navegamos es un mar de trivialidad... pero incluso si fuera un mar significativo tendría el peligro de hacernos adictos a sus emisiones constantes y hacernos desatender nuestro mundo inmediato. El peligro de todo esto es sustantivo: perder la capacidad de dirigir y controlar nuestra atención. Lo anterior es lo que define a un hombre de genio, según William James:
Ya sea que la atención llegue como genio o logro de la voluntad, entre más se atiende un tema evidentemente más maestría se logra. Y la facultad de comandar una atención divagante una y otra vez es la raíz misma del juicio, el carácter y la voluntad... Una educación que aumente esta facultad sería la educación por excelencia.
James, uno de los más brillantes pensadores de los últimos 150 años, había sugerido basar nuestra educación en el entrenamiento de la atención. El mundo actual ha hecho todo lo contrario y se puede argumentar que colectivamente padecemos un trastorno de déficit de atención.
Sugerimos aquí que vivimos en la era de la distracción, un contexto cultural que está mermando aceleradamente la capacidad de dirigir la atención a voluntad. Por necesidad esto ha producido que por primera vez de manera masiva Occidente empiece a ser consciente de la necesidad de cultivar su atención, de paliar las fuerzas del estrés y la tensión, apropiándose de técnicas orientales de samadhi o concentración, generalmente bajo el término "mindfulness". El cultivo de la atención en Oriente es tan viejo, por lo menos, como los primeros textos religiosos que tenemos (en los Vedas se exalta el tapas). Los sabios de la India notaron que de hecho el mundo en el que vivimos, este mundo sujeto al cambio, la muerte, el sufrimiento, etc., es el resultado de la distracción. Todas las eras que sufrimos bajo el Sol son de hecho las hijas de la distracción. Lo que otorga al hombre la liberación o ese estado que trasciende el sufrimiento, a veces equiparado con la luz de la divinidad, es el dominio de la atención. Este es el origen de la meditación. 
El maestro budista Dzongsar Khyentse Rinpoche nota la centralidad de la distracción en la continuidad formativa del samsara, el mundo cíclico ilusorio en el que naufragamos:
Todas las religiones parecen hablar de una fuerza negativa, de un enemigo... El budismo no cree en la existencia de una fuerza maligna que exista externamente pero si nos viéramos obligados a hablar de una fuerza maligna en el budismo diríamos que es la distracción. Esta distracción es más sutil que la distracción de pasar tiempo navegando la web... la distracción es el no estar atendiendo plenamente al presente... constantemente no estamos conscientes de lo que está pasando en nuestra esfera de conciencia. Esta forma de vida inconsciente es lo que los budistas llaman ignorancia, avidya. Este es el agente que da vueltas en la existencia cíclica del samsara.
Literalmente el samsara se reproduce permanentemente del acto de percepción que no es consciente de su propia naturaleza y que confunde la manifestación de la luminosidad inherente con fenómenos externos, separados de su propia conciencia, a los cuales proyecta una existencia sólida e independiente. En otras palabras, es el no darse cuenta de que no hay separación entre lo que vemos y lo que somos lo que produce la incesante rueda de sufrimiento, cuyo fundamento es la dualidad, la ignorancia primordial que surge de la inconsciencia o distracción. El gran maestro budista del siglo XIX Mipham Rinpoche explica que la distracción (viksepa en sánscrito, yang en tibetano) entra en la categoría de los tres venenos de la existencia. "Es la moción mental o divagación hacia un objeto que causa la inhabilidad de permanecer unipuntualmente en un objetivo virtuoso". Los tres venenos o kleshas son las tres raíces fundamentales que causan el deseo o avidez (tanha), que es la causa del sufrimiento.
Dzongsar Khyentse Rinpoche nos dice que en tibetano el término para "distracción" tiene la connotación de no estar ahí, de una ausencia. Quizás algo así como un estado de sonambulismo, un estado zombi más o menos funcional:
La razón por la que tomamos analgésicos es para no estar ahí con el dolor y luego los tenemos que tomar otra vez, esa es la razón por la que hacemos fiestas, bebemos alcohol, navegamos la web, vamos de shopping, todo tipo de adicciones. Y la sociedad de consumo lo ama, porque si todas las personas lograran cultivar la atención y evitaran estar distraídos el mercado colapsaría. Pero no creo que nos debemos preocupar mucho de esto ahora. Todos anhelamos distraernos... a veces la distracción nos produce dicha, pero el problema es que la distracción lleva a más distracción y hace que nos enredemos con las cosas... Si tienes distracción no tienes una vida plena, no estás al 100%. Estas pensando en algo más, estás en el pasado o en el futuro.
El enredarnos con las cosas es justo lo que produce deseo, miedo o esperanza y genera karma y da energía a la rueda del samsara. Por otro lado, el hecho de que la distracción nos hace estar disminuidos, a medio gas, por así decirlo, puede constatarse gracias a un estudio realizado por investigadores de la Universidad Carnegie Mellon, el cual mostró que cuando un grupo de estudiantes era interrumpido con mensajes de texto mientras hacían un examen sus resultados eran 20% más bajos que cuando sus teléfonos estaban apagados. 
La idea de que la distracción es una fuerza relativamente maligna, bien entendida tiene un significado radical que debe hacernos sobresaltar y reflexionar profundamente. Va en radical oposición al curso que lleva nuestra sociedad y a los valores tácitos que promueve. En el mundo contemporáneo se asume que la distracción es un bien o un beneficio de la vida moderna. Nos ganamos el derecho a distraernos luego de trabajar, como Dios en el séptimo día. Creemos que nuestra realización es poder entretenernos en familia o en pareja. La libertad es poder escoger cómo nos entretenemos, cómo matamos nuestro tiempo. Ya que la existencia no tiene significado, ya que no existe más que esta realidad material, todo lo que podemos hacer es pasar bien el rato, entretenernos y distraernos de la inminencia de la muerte, de la nada. Nuestra cultura generalmente no se preocupa por producir obras de arte que nos hagan cuestionar esta forma de existencia o que nos inspiren a buscar el significado, a buscar con pasión una forma alternativa de vida que permita trascender la mezquinidad de lo convencional. Toda la creatividad está puesta al servicio del entretenimiento, de la captación de la atención con un fin comercial.
La imagen que define a nuestra época es la siguiente: una joven pareja cena en un restaurante; ella mira fotos y mensajes en su teléfono celular; él hace lo mismo. Sus miradas casi no se encuentran, y cuando lo hacen son interrumpidas por las demandas de la pequeña e insaciable pantalla. (Esta misma escena idéntica puede también transpolarse a la recámara antes de dormir, acaso con tabletas). La tristeza de esto, en la cual no se ha reparado lo suficiente, es que si no somos capaces de cultivar la atención, de atender completamente al otro y al entorno, no somos capaces del amor como acción sostenida. El amor sin atención es sólo algo que decimos que tenemos y con lo cual nos distraemos de una realidad que, si la miráramos atentamente, nos dejaría tan insatisfechos que no podríamos más que comenzar a hacer algo al respecto para sanearla, acaso de la misma manera que un hombre que está ahogándose en el mar lo único que tiene en mente es liberarse del peso del agua y salir a la superficie para respirar.

Twitter del autor: @alepholo