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    lunes, 25 de diciembre de 2017

    .Debate sobre la Revolución de 1917



    La Revolución que reinventó el mundo

    Josep Fontana
    Historiador
    La Revolución que reinventó el mundoLa conmemoración del centenario de la revolución rusa de octubre de 1917 debería llevarnos a una evaluación razonada de sus aciertos y sus errores, de la cual podamos sacar lecciones útiles para un presente de desconcierto e incertidumbre.Entre sus aportaciones positivas figura en primer lugar la de haber alentado en todo el mundo las esperanzas de cambio y la voluntad de protesta de los de abajo hasta forzar a los gobiernos del capitalismo avanzado a desarrollar políticas de “reformismo del miedo” para defenderse de la amenaza potencial de la subversión. Fue en gran medida el miedo al comunismo lo que favoreció que la socialdemocracia crease lo que llamamos el estado del bienestar, basado en una redistribución de los beneficios de la actividad económica. La prueba de ello es que cuando, a fines de los años setenta, desapareció el miedo al comunismo,comenzó el desguace del estado del bienestar y se inició la etapa de desigualdad creciente en que estamos hoy sumergidos. Otra de sus aportaciones decisivas fue su contribución al proceso de descolonización, un campo en el que los comunistas se mantuvieron activos desde que en 1927 inspiraron la reunión en Bruselas de la Liga contra el imperialismo que reunió a representantes de 134 organizaciones, procedentes de 37 territorios coloniales distintos, con la participación de figuras como Sukarno, Nehru, Haya de la Torre, Messali Hadj y una amplia representación del Kuomintang chino. Un año más tarde, en septiembre de 1928, el sexto congreso de la Internacional comunista publicaba unas Tesis sobre los movimientos revolucionarios en los países coloniales y semicoloniales en que se planteaban los métodos con que ayudar a las “revoluciones democrático-burguesas” de estos países. Entre sus errores más graves figura el de haber renunciado al ideal leninista de crear una sociedad que, tras una fase transitoria de dictadura del proletariado, procedería a abolir gradualmente todos los mecanismos de poder del estado –la policía, el ejército y la burocracia- iniciando así el camino hacia su desaparición y hacia una sociedad en que se preveía incluso el fin del trabajo asalariado. Lejos de ello, el poder soviético acabó erigiendo un estado opresor, escudándose en la necesidad de defender la revolución de sus enemigos internos y externos.Para entender cómo ocurrió esto hay que ir hasta la génesis de la revolución. Su planteamiento inicial, desde febrero de 1917, repetía la fórmula de los partidos socialdemócratas tradicionales: convocar una asamblea constituyente, establecer una república democrático-burguesa y emprender el camino de una lenta evolución hacia el socialismo. Fue Lenin quien en abril de 1917, haciéndose eco de la crítica a la socialdemocracia que Marx había formulado en 1875, propuso ir más allá y forzar el paso inmediato a una sociedad socialista. Seis meses más tarde, en octubre, era evidente que el gobierno que presidía Kerensky no podía seguir conteniendo la disolución del ejército y el malestar de obreros y campesinos, de modo que la toma del poder por un gobierno de los soviets se produjo con facilidad.En lo que se había equivocado Lenin era en sus previsiones de que el capitalismo europeo estaba en trance de “venirse abajo”. Lejos de ello, replicó armando a los participantes en una llamada “guerra civil” en que intervinieron, directa o indirectamente, hasta dieciséis países distintos, que causó ocho millones de muertos y destruyó por completo la economía.El programa de transformación de la sociedad que se había iniciado en 1917 se estancó en el verano de 1918 como consecuencia del inicio de una revuelta en que participaban a la vez los partidarios de la asamblea constituyente y las fuerzas del zarismo, armadas por las potencias capitalistas. La denuncia que Kaustky hizo en Die Diktatur des Proletariats, presentando lo que ocurría en Rusia como el enfrentamiento entre un socialismo democrático y una dictadura bolchevique,demostraba que no había entendido lo que estaba ocurriendo realmente. La ”guerra civil” se ganó gracias al apoyo de los obreros y los campesinos, pero lo que en octubre de 1917 era un poder representativo de los soviets se había convertido entre tanto, por las circunstancias de la guerra, en una dictadura bolchevique, contra la que en 1921 protestaban los obreros de Petrogrado y los marinos de Kronstadt. Lenin consideró que era necesario mantener este control político mientras se emprendía una campaña de reconstrucción económica, como condición necesaria para reemprender el programa de transformación social.Tras la muerte de Lenin este proyecto pudo haber seguido sobre la base de la continuidad de la Nueva Política Económica y del desarrollo de los métodos de planificación que elaboraba el Gosplan, como proponían Bujarin o Rykov. Pero Stalin optó en 1929 por iniciar una nueva “revolución” que propugnaba la industrialización forzada, lo cual condujo a un enorme despilfarro de recursos y a una oleada de violencia que se reforzó todavía entre 1937 y 1938, cuando el pánico a la supuesta amenaza de una conjura interior, en complicidad con un ataque externo, costó la vida a más de setecientas mil víctimas.Aunque los sucesores de Stalin no volvieron a recurrir al terror en esta escala, conservaron un miedo a la disidencia que hizo muy difícil que tolerasen la democracia interna. Consiguieron así salvar el régimen soviético, pero fue a costa de mantener un estado opresivo y de la renuncia a avanzar en la construcción de una sociedad socialista.A pesar de todo, en el resto el mundo la ilusión generada por el proyecto leninista siguió animando durante muchos años las luchas de quienes aspiraban a realizar la revolución, lo cual ayudó a la socialdemocracia en su tarea de combatir la expansión de las ideas revolucionarias con una política de reformas que hizo posible que entre 1945 y 1975 se viviesen en el mundo desarrollado lo que los franceses llaman “los treinta años gloriosos” en que el crecimiento económico estuvo acompañado por un grado de igualdad social como no se había conocido hasta entonces en la historia reciente.A partir de 1968, sin embargo, el “socialismo realmente existente” mostró claramente sus límites como proyecto revolucionario, cuando en París renunció a implicarse en los combates en la calle, y cuando en Praga aplastó las posibilidades de desarrollar un socialismo con rostro humano. Perdida su capacidad de generar esperanzas, dejó también de aparecer como una amenaza que inquietase a las clases propietarias de “occidente”, lo cual las permitió retirar las concesiones que habían hecho hasta entonces, al tiempo que la socialdemocracia se acomodaba a la situación y aceptaba plenamente la economía neoliberal.En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieronque no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño. Sabíamos entonces, afirma, que lo que nuestraprensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre “occidente” era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de su país. Hubiese deseado, concluye, haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal. Una reflexión como esta debería servirnos de advertencia en estos días, cuando la mayoría de las evocaciones del centenario de la revolución que se publiquen van a ser enteramente negativas, fruto de cien años de lavado del cerebro de una propaganda hostil, animada todavía hoy por el interés en ocultar todo lo que pueda haber de positivo en su legado. La alternativa no puede ser la defensa a ultranza, sino un análisis objetivo -no digo desapasionado, porque no es posible eliminar la pasión en algo que trata de la vida y el bienestar de los seres humanos- con el fin de rescatar lo que siga siendo válido de sus aciertos y evitar caer de nuevo en sus errores.


    Trotsky


    Trotsky y la revolución rusa





    Jaime Pastor Verdú
    Editor de 'Viento Sur' y profesor en el Departamento de Ciencias Políticas en la UNED
    29/11/2017

    * Prólogo de 'Historia de la Revolución rusa' de León Trotsky 

    Al igual que Tucídides, Dante, Maquiavelo, Heine, Marx, Herzen y otros pensadores y poetas, Trotsky alcanzó su plena eminencia como escritor en el exilio durante los pocos años de Prinkipo. La posteridad lo recordará como el historiador, así como el dirigente, de la Revolución de Octubre (Isaac Deutscher, 1969:206). 

    Así pues, sea cual sea el desfase que se observa entre las realidades que genera la Revolución de Octubre, por un lado, y, por el otro, el ideal del proyecto socialista tal como lo imaginaban los bolcheviques, la obra de Trotsky constituye sin duda la única que, en la Historia, nos lleva a una rotunda inteligibilidad de los acontecimientos que transformaron el curso de la revolución (Marc Ferro, 2007, XII). 

    Así valoraban el escritor polaco y el historiador italiano la excepcional relevancia de la contribución que hiciera Trotsky con esta obra que aquí presentamos. En efecto, nos encontramos ante un extraordinario trabajo historiográfico que ha tenido un creciente reconocimiento no solo por parte de muchos de sus contemporáneos, incluidos rivales políticos como Miliukov y Sujanov, sino también por un elenco muy plural de historiadores. A lo largo de sus páginas hay un relato vivido en primera persona de un proceso revolucionario triunfante, pero también un ejemplo de “historia desde abajo y desde dentro”, apoyada en el empleo en “estado práctico” (como hiciera Marx en sus escritos sobre Francia) de conceptos que pasarían luego a ser de uso corriente. Una obra que ha sido referencia para posteriores estudios sobre las revoluciones, como es el caso de los realizados por Charles Tilly, o considerada superior a otros desde el punto de vista metodológico, como los emprendidos por Theda Skocpol (Burawoy, 1977). 

    Lecciones del “ensayo” de 1905 

    Con todo, no se puede entender esta aportación de tan alta calidad sin el ensayo que ya escribió el autor a propósito de la Revolución rusa de 1905 en su obra Balance y perspectivas, publicada un año después. En ella introducía un esbozo de lo que definirá como ley del desarrollo desigual y combinado, con el fin de poder comprender la especificidad del tipo de capitalismo que se estaba conformando bajo el Imperio ruso en el marco de la nueva fase imperialista. Una tesis que suponía en cierto modo un esfuerzo por enlazar con las últimas reflexiones que hiciera Marx, gracias a la influencia de sus lecturas del populismo ruso, superando así lo que este mismo escribiera en su prólogo a la primera edición del Libro I de El Capital, según el cual “el país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro”. 

    Así, en su análisis del contexto histórico en que se inserta la revolución de 1905 sostenía que “el capitalismo, al imponer a todos los países su modo de economía y de comercio, ha convertido al mundo entero en un único organismo económico y político” (Trotsky,1971: 211). Será luego, en el capítulo I de esta obra que nos ocupa, cuando desarrolla esa argumentación sobre el carácter desigual pero también combinado del capitalismo “aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de las distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas”, ya que “el privilegio de los países históricamente rezagados –que lo es realmente– está en poder asimilarse las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilarlas antes del plazo previsto, pasando por alto toda una serie de etapas intermedias”. 

    Es esa nueva configuración del capitalismo en su etapa imperialista la que le lleva a analizar Rusia dentro de la economía mundial entre Europa y Asia y, por ello mismo, a sostener que la revolución que habrá que promover en ese país no puede limitarse a derrocar al zarismo y a apoyar a una burguesía “progresista” para realizar algunas tareas democráticas sin duda fundamentales, como lo serán la conquista de la paz, la reforma agraria y la libre determinación de los pueblos. Dada la debilidad de esa burguesía, esos objetivos solo podrán alcanzarse si son asumidos por el nuevo proletariado industrial en ascenso –siempre que se ganara el apoyo del campesinado– y, por tanto, exigen también emprender medidas que conduzcan a cuestionar la propiedad privada de los principales sectores de la economía. 

    Para Trotsky, la misma dinámica competitiva en que se inserta el Estado zarista respecto al sistema de Estados que se está configurando en Europa obliga a aquel a “acelerar artificialmente con un esfuerzo supremo el desarrollo económico natural (…). El capitalismo aparece como un hijo del Estado” (1971: 152). Es esa contradicción entre “las exigencias del progreso económico y cultural y la política gubernamental” la que explicaría que “la única salida a esta contradicción que en la mencionada situación se ofrecía a la sociedad consistía en acumular el suficiente vapor revolucionario en la marmita del absolutismo para poder hacerla volar” (1971: 152-153). 

    Con todo, ya en esa obra alertaba también frente a toda interpretación mecanicista del marxismo: “Pero el día y la hora en que el poder ha de pasar a manos de la clase obrera no dependen directamente de la situación de las fuerzas productivas sino de las condiciones de la lucha de clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de elementos subjetivos: tradición, iniciativa, disposición para el combate…” (1971: 171). 

    Justamente a partir de esa experiencia de 1905 –en la que el joven Trotsky ha presidido el Sóviet de Petrogrado[2]– observa la emergencia de una nueva forma de organización y representación de los trabajadores y campesinos, los sóviets o consejos, que le permite pensar en que puede llegar a extenderse en una futura situación revolucionaria hasta el punto de convertirse en un órgano de poder alternativo al Estado zarista. Así ocurriría en 1917. 

    El estallido de la Gran Guerra en 1914 y la implicación del Estado zarista en ella mostrarían bien a las claras los efectos de esas particularidades rusas: las de esa “combinación de la tecnología más avanzada del mundo industrial con la monarquía más arcaica de Europa. Finalmente, por supuesto, el imperialismo, que había armado al absolutismo ruso en un primer momento, lo acabó ahogando y destruyendo: la prueba de la Primera Guerra Mundial fue demasiado para él (…). En febrero de 1917, las masas tardaron una semana en derrumbarlo” (Anderson, 1979: 367-368). 

    Comenzaba así una revolución en un país que, como recuerda Alexander Rabinowitch (2016: 23), era ya entonces el tercero del mundo por su dimensión, con una población de 165 millones de habitantes que ocupaban una superficie tres veces más extensa que la de Estados Unidos de América o que la de China e India juntas. Los efectos políticos, económicos y sociales de su participación en la Gran Guerra no se harían esperar. 

    De febrero a octubre: un proceso convulso de doble poder 

    El marco teórico y estratégico en el que analiza todo el proceso vivido desde febrero a octubre de 1917 parte, por tanto, de su tesis sobre el desarrollo desigual y combinado –y la que será su corolario, la revolución permanente–, así como de la apuesta por un proyecto de poder alternativo basado en los sóviets o consejos de trabajadores y trabajadoras, campesinos y soldados, ya esbozada, como hemos visto, en 1906. 

    Apoyándose en las enseñanzas de 1905 y 1917, desarrolla un concepto de “revolución” que ha sido posteriormente recogido por diferentes historiadores. Así, en el prólogo de esta obra nos encontramos con varias consideraciones previas sobre la misma: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos (…). La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”. A continuación, sin embargo, precisa: “Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja”. Es entonces cuando se puede plantear abiertamente la lucha directa por el poder, tarea en la que se resume definitivamente toda revolución. 

    De esas consideraciones más generales pasa a la que plasma concretamente en el capítulo XI: “El régimen de la dualidad de poderes solo surge allí donde chocan de modo irreconocible las dos clases: solo puede darse, por tanto, en épocas revolucionarias y constituye, además, uno de sus rasgos fundamentales”. Una dualidad de poderes que Trotsky recuerda que se ha dado en procesos revolucionarios vividos en el pasado, como en las revoluciones inglesa y francesa, y que aplica al periodo abierto en febrero de 1917. 

    Así pues, toda situación revolucionaria implica la existencia de una dualidad de poderes, la cual “atestigua que la ruptura del equilibrio social ha roto ya la superestructura del Estado”. Esa es la que se da a partir de febrero cuando “la cuestión estaba planteada así: o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los sóviets tendrían que retirarse por el foro, o estos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no solo el viejo aparato político, sino el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba este”. 

    Esta cuestión, la de la resolución en un sentido u otro del doble poder que se va desarrollando en todo el país, es la que preside los conflictos que se van manifestando hasta octubre. A través de los mismos vemos sucederse pasos adelante y pasos atrás de unos y otros contendientes en liza, con distintos momentos y puntos de bifurcación en los que la relación de fuerzas se puede inclinar a favor de uno u otro contendiente. Es justamente en esas coyunturas críticas cuando se pone a prueba el papel del factor subjetivo, de los distintos actores y, en este caso, del partido bolchevique y sus dirigentes, como bien explica el autor de esta obra. Comentaremos brevemente estos momentos. 

    No por casualidad, Trotsky destaca en el capítulo XVI como un punto de inflexión clave el cambio de orientación que se da en el bolchevismo a partir de la presentación por Lenin de las conocidas como “Tesis de abril” en una conferencia de delegados del partido. En ellas, recién llegado del exilio, insiste en que se ha producido un cambio de fase: “La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el Poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el Poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”. Partiendo de ese salto en el proceso, rechaza cualquier tipo de apoyo al gobierno provisional, calificado como un “gobierno de capitalistas”. Sin embargo, reconociendo que el bolchevismo está todavía en minoría dentro de los nuevos órganos de contrapoder emergente, defiende la necesidad de una explicación paciente de los errores de ese gobierno “propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los sóviets de diputados obreros”. 

    Esas Tesis, como se sabe, cogieron desprevenidos a la mayoría de los delegados en esa conferencia, pero finalmente se aprobaron, no sin notables resistencias. Fueron, en cambio, vistas por Trotsky, que llegaría a Petrogrado desde Nueva York el 5 de mayo, como la comprobación de que ya no existían divergencias sustanciales entre sus ya conocidas posiciones sobre el rumbo que debía seguir la revolución y las defendidas a partir de entonces por Lenin. Por eso, en agosto, él y el Grupo Interdistritos del que formaba parte pasarán a integrarse en su partido. 

    El mes de junio marcaría una nueva radicalización en el seno de los sóviets frente al gobierno de coalición, el cual, pese a sus promesas, mantiene su participación en la Gran Guerra. Es entonces cuando el Primer Congreso de Diputados Obreros y Soldados empieza a asumir la consigna “Todo el poder a los Sóviets”. En cambio, posteriormente, tras la derrota en las conocidas como “jornadas de julio”, llega el reflujo e incluso la represión contra los bolcheviques, promovida por el nuevo gobierno presidido por Kerenski. Más tarde, en agosto, la sublevación de Kornílov, como constata el autor, es derrotada por un frente unido contra el intento de golpe de estado reaccionario para pasar luego a dar un nuevo impulso hacia la izquierda en los sóviets. Una radicalización que en su relato hace recordar a Trotsky el comentario de uno de los compañeros de lucha citando unas palabras de Marx: “Hay momentos en que la revolución necesita ser estimulada por la contrarrevolución”. 

    Efectivamente, es justamente después del fracaso de Kornílov cuando se produce un salto adelante enorme en la reactivación de una diversidad de organizaciones de base armadas (que serían a partir de entonces denominadas “guardias rojas”), así como la extensión de los sóviets con alrededor de 23 millones de miembros, según cuenta Trotsky, con una creciente hegemonía de los bolcheviques en su seno. Aun así, estaba abiertoel problema de qué organismos podían convertirse en órganos de la insurrección, ya que además de los sóviets los comités de fábrica[3] e incluso los sindicatos también estaban jugando un papel destacado bajo la dirección de los bolcheviques. 

    Por eso, a partir de septiembre vemos cómo se desarrolla un intenso debate entre los dirigentes bolcheviques respecto a cuál ha de ser el momento de la insurrección armada y a la necesidad de contar con la legitimidad de los sóviets para esa tarea. Una polémica en la que Lenin representó la posición más impaciente mientras que Zinoviev y Kamenev lo fueron de la más contraria. La dinámica de los acontecimientos, en la que jugaría un papel importante la creación de un “comité de defensa revolucionario”, luego convertido en “comité militar revolucionario”[4], favoreció la presión de Lenin, si bien no habría sido tan fácil si no hubiera contado con decisiones provocadoras del gobierno de Kerenski, como la de querer mandar la guarnición de Petrogrado al frente de la guerra en la segunda semana de octubre[5]. Desde entonces, la legitimación que buscaban Trotsky y otros dirigentes para el derrocamiento “técnico”[6] del gobierno provisional mediante la toma del Palacio de Invierno se lograría finalmente con el apoyo del Sóviet de Petrogrado poco tiempo después de consumarse. 

    Al día siguiente, el Congreso de los Sóviets asumía la nueva situación y aprobaba una declaración que proponía como tarea del nuevo gobierno “el inicio inmediato de las negociaciones para una paz justa y democrática” y, con ella, la abolición de la diplomacia secreta[7]. Una decisión inédita en la historia que fue acompañada, como recuerda Trotsky, nombrado Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, por la declaración de que el nuevo gobierno obrero y campesino dirige sus propuestas simultáneamente “a los gobiernos y a los pueblos de todos los países beligerantes (…), en particular a los obreros conscientes de las tres naciones más avanzadas”, o sea, Inglaterra, Francia y Alemania. 

    Porque, como ya hemos recordado más arriba y como resume Rabinowitch, “el desenlace de la revolución de 1917 en Petrogrado tiene también mucho que ver con la guerra mundial. Si el gobierno provisional no hubiera consagrado toda su energía a la obtención de una victoria militar, habría estado seguramente en mejores condiciones para hacer frente a los múltiples problemas consustanciales al hundimiento del antiguo régimen, y sobre todo para satisfacer las exigencias populares en materia de reformas fundamentales y urgentes (…). En ese contexto una de las fuentes principales del vigor y la autoridad crecientes de los bolcheviques en 1917 residía en la fuerza de atracción de su plataforma partidaria, tal como se había encarnado en los eslóganes “paz, tierra y pan” y “Todo el poder a los sóviets” (Rabinowitch, 2016: 445). 

    Unos eslóganes que, junto con el establecimiento del control obrero de la producción, la reforma agraria y el reconocimiento del derecho de autodeterminación y a la separación de los pueblos, tal como lo había defendido Lenin, permitirían dotar de mayor legitimidad al nuevo gobierno. Precisamente, la cuestión nacional es objeto de un capítulo, el XXXIX, de este libro. En él podemos encontrar un análisis de las características que adoptaba la opresión nacional bajo el Imperio zarista: Trotsky comparte con Lenin la tesis de que “el gran número de naciones lesionadas en sus derechos y la gravedad de su situación jurídica daban una fuerza explosiva enorme al problema nacional en la Rusia zarista”. Un pronóstico que se confirmaría cuando pudieron comprobar cómo “la lucha nacional por sí misma quebrantaba violentamente al régimen de febrero, creando para la revolución en el centro una periferia política suficientemente favorable”. 

    ¿Revolución o golpe de estado? 

    Mucho se ha escrito en torno a si la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917 fue una revolución social o un golpe de estado. Existen datos incontestables, sin embargo, procedentes incluso de adversarios irreconciliables con los bolcheviques, de que fue lo primero y de que estos contaban con el apoyo de la mayoría de los sóviets cuando decidieron el asalto decisivo. 

    Ernest Mandel recuerda, por ejemplo, lo que escribió Sujanov, miembro de la corriente socialista revolucionaria: “Las masas vivían y respiraban de común acuerdo con los bolcheviques. Estaban en manos del partido de Lenin y Trotsky (…). Resulta totalmente absurdo hablar de una conspiración militar en lugar de una insurrección nacional, cuando el partido era seguido por la gran mayoría del pueblo y cuando, de facto, ya había conquistado el poder real y la autoridad”. O también el reconocimiento del historiador alemán Oskar Anweiler, crítico del bolchevismo: “Los bolcheviques eran mayoritarios en los consejos de diputados de casi todos los grandes centros industriales, así como en la mayor parte de los consejos de diputados de soldados de los cuarteles” (Mandel, E., 2005: 124-125). 

    Uno de los historiadores más documentados sobre este acontecimiento, Rabinowitch, no tiene dudas tampoco al respecto: frente a quienes consideran que aquello fue un accidente histórico o el resultado de un golpe de estado ejecutado con mano maestra y sin apoyo significativo de la población, sostiene: “Estudiando las aspiraciones de los obreros de fábrica, de los soldados y de los marineros tal como se reflejan en los documentos de la época, constato que sintonizaban ampliamente con el programa de reforma política, económica y social promovido por los bolcheviques. Justo en el momento mismo en que todos los principales partidos políticos estaban profundamente desacreditados debido a su incapacidad para promover con suficiente vigor cambios significativos y para hacer cesar inmediatamente la participación rusa en la guerra. Eso es lo que explica que en octubre los objetivos de los bolcheviques, al menos tal como las masas los entendían, gozaran de un amplio apoyo popular” (Rabinowitch, 2016: 26). 

    Otra cuestión que importa resaltar de todo el proceso que transcurrió desde febrero a octubre de 1917 es la que tiene que ver con la propia evolución del partido bolchevique. Lejos de la imagen de un partido monolítico y disciplinado bajo la batuta de Lenin y un hipotético plan preconcebido, lo que se puede comprobar a través de las páginas que siguen, y también de las narraciones de una gran diversidad de historiadores, es la dinámica de un partido en el que los debates, las divergencias y las tensiones internas llegan incluso hasta la víspera misma de la toma del poder, e incluso se prolongarían luego respecto al tipo de gobierno que habría que formar y a las negociaciones que se empezarían a abrir para poner fin a la participación rusa en la guerra. 

    Baste recordar las tensiones que se vivieron en la conferencia de abril en torno a las Tesis presentadas por Lenin, las diferencias respecto al papel de la consigna “Todo el poder a los sóviets” en sucesivos momentos del proceso o, sobre todo, las relacionadas con el cuándo, el cómo y con qué legitimidad se debía producir la insurrección de octubre. Fue esto último, ante su temor de que pasara el momento en que fuera posible, lo que llevó incluso a Lenin a presentar su dimisión en el Comité Central, decisión que obviamente no fue aceptada. 

    Esto demuestra también que el partido bolchevique no era una secta de fanáticos ni tampoco estaba dotado de una “ciencia” que le permitía prever la dinámica de los acontecimientos. Confirma, ciertamente, que era un partido cada vez más relacionado con el movimiento real y, por tanto, se hallaba bajo la influencia de los diferentes estados de ánimo que se producían entre los trabajadores y trabajadoras, los campesinos y los soldados rusos. Las divergencias tácticas más o menos profundas que se manifestaban en su interior tenían que ver, por tanto, con esos cambios en la conciencia y su interpretación a través de las experiencias vividas, especialmente cuando surgían esos puntos de bifurcación que hemos mencionado en abril, julio, agosto u octubre. 

    Llegaría luego la etapa más difícil, la de la construcción de un nuevo Estado y, con ella, surgirían los sucesivos problemas que debería afrontar el nuevo gobierno de “comisarios del pueblo”: empezando por la integración o no en él de otras fuerzas de izquierda –y, a su vez, entrando en una tendencia sustitucionista de los sóviets por “el partido”[8]– y siguiendo con la convocatoria y posterior disolución de la Asamblea Constituyente (decisión, como se sabe, muy controvertida y criticada también por alguien que se declaró firmemente solidaria con los bolcheviques como Rosa Luxemburg), la negociación de los que acabarían siendo Acuerdos de Brest-Litovsk (con posiciones diferentes en la cúpula bolchevique), y el inicio de una guerra civil –con intervención imperialista– que dejaría enormemente debilitada a la clase trabajadora rusa y llevaría a errores graves de los bolcheviques como la continuación de la política de requisición de trigo que provocó la crisis social de 1921, sin olvidar la que se produjo en Kronstadt (Mandel, E., 2005: 170 y 216). 

    Ya Trotsky, con su teoría de la revolución permanente, y Lenin, con su tesis sobre “el eslabón más débil de la cadena imperialista”, habían alertado frente al contraste que se podía producir entre, por un lado, las mayores posibilidades de la revolución en Rusia y, por otro, las enormes dificultades que un país atrasado tendría para dar pasos adelante en la construcción del socialismo si esa revolución no se extendía a otros países capitalistas avanzados. De ahí su esfuerzo por construir una nueva Internacional y su apoyo a los procesos revolucionarios que en los años posteriores agitarían a distintos países europeos y, en particular, a Alemania. 

    En más de una ocasión, Trotsky reconocería que el futuro del nuevo Estado se planteaba en términos de una disyuntiva histórica: así lo hace en la Conclusión de esta obra cuando sostiene que “o la Revolución rusa desata el torbellino de la lucha en Occidente o los capitalistas aplastan nuestra revolución”. Tampoco descartó, ya en 1919, que las nuevas revoluciones vinieran del Este, como luego se reflejaría en sus esperanzas en el proceso vivido en China hasta la derrota sufrida por las fuerzas del Partido Comunista en 1927. 

    Sin embargo, la derrota de la Revolución alemana, ya definitiva a partir de 1923, venía a confirmar las notables diferencias entre Rusia y Occidente que ya empezaron a reconocer tanto Lenin como Trotsky a partir del Segundo Congreso de la Internacional Comunista y que luego destacaría Antonio Gramsci con mayor rigor[9]. La entrada en un nuevo periodo de reflujo acabaría así favoreciendo a quienes dentro de Rusia se estaban convirtiendo en representantes del nuevo grupo social dominante en el seno del Estado, cuyo ascenso no era ajeno a medidas adoptadas por el propio Lenin, con el apoyo de Trotsky, como la prohibición de los partidos soviéticos o el grado de autonomía de que gozaría la nueva policía secreta, la Cheka, como recuerda Mandel (2005). 

    Aun así, Trotsky tardaría en abandonar su, a veces excesivo, “optimismo de la voluntad” respecto a la capacidad de la clase obrera rusa para hacer frente a la burocratización del nuevo Estado, así como sus expectativas en la clase trabajadora europea durante el periodo de entreguerras para superar sus derrotas. Con todo, pese al contexto internacional que pronto se mostraría adverso, fueron enormes las conquistas que se lograron en los primeros años de la revolución, no solo en el plano político y social (con la primera “Declaración de derechos del pueblo trabajador y explotado” de la historia), sino también en los que entonces eran frentes de lucha hasta ese momento “olvidados”, como los nuevos derechos alcanzados por las mujeres (Cirillo, 2002: 19-24; Bengoechea y Santos, 2016) o la emergencia de nuevas vanguardias culturales y artísticas (García Pintado, 2011). Poco después, sin embargo, llegaría la involución de todo este proceso, no sin provocar conflictos internos in crescendo dentro del partido bolchevique (autodenominado a partir de 1918 “comunista”). Confrontaciones cada vez más violentas que también se reflejarían en el seno de la Internacional Comunista recién formada. Finalmente, el triunfo y la consolidación del estalinismo en los años treinta vendrían a confirmar la consumación de una contrarrevolución política, denunciada también con rigor y firmeza por Trotsky en La revolución traicionada, escrita en 1936. 

    Cien años después de aquellos “diez días que estremecieron al mundo”, en feliz resumen de aquellas jornadas de octubre por John Reed, y pese al hundimiento de un sistema que no tenía nada de “soviético” en su sentido original, el impacto de aquella Revolución sigue siendo comparable al que tuvo la Revolución francesa, también “traicionada”. Por eso no nos cansaremos de recordar lo que escribiera Immanuel Kant a propósito de ese Acontecimiento: es “demasiado grande, está demasiado ligado a los intereses de la humanidad y tiene una influencia demasiado extendida sobre el mundo y todas sus partes, como para que no sea recordada a los pueblos en cualquier ocasión propicia y evocada para la repetición de nuevas tentativas de esta índole”. Por eso, ni nostalgia ni reivindicación acrítica sino voluntad de, como nos propone Catherine Samary (2016), “retomar el hilo de los debates más ricos del pasado” para “repensar la revolución” y el proyecto socialista y/o “común-ista”, siempre con preguntas y respuestas tentativas y abiertas en torno a lo que continúa siendo esa vieja y cada vez más necesaria aspiración a “transformar el mundo, cambiar la vida”.

    Notas: 

    [1]Deutscher recuerda: “Cuando su Historia fue publicada, y durante muchos años después, la mayor parte de los jefes de los partidos antibolcheviques –Miliukov, Kerenski, Tsereteli, Chernov, Dan, Abramóvich y otros– vivían y estaban activos como emigrados. Sin embargo, ninguno de ellos ha revelado una falla significativa en la presentación de los hechos por Trotsky; y ninguno, con parcial excepción de Miliukov, ha intentado seriamente escribir otra obra para contradecir a la de aquel” (1969: 221). 

    [2] En septiembre de 1917 volvería a presidir el sóviet que se había constituido en la misma ciudad de Petrogrado a partir de febrero. 

    [3] Sobre la dinámica de la revolución en las empresas a partir de febrero, las sucesivas experiencias de control obrero por los comités de fábrica y los debates que generan hasta llegar a octubre, así como sobre la transición a las expropiaciones como medidas necesariamente defensivas frente al boicot empresarial: Mandel, D. (1993). 

    [4] Es importante recordar que, frente a lo defendido por la mayoría de historiadores occidentales, según los cuales ese organismo estaba estrechamente controlado por los bolcheviques, estos no eran los únicos activos en su seno y eran hegemónicos pero mantenían posiciones diferentes entre sí (Rabinowitch, 2016: 355). 

    [5] A partir de entonces se decidió poner en práctica un plan que incluía alzar un farol rojo en el mástil de la fortaleza de Pedro y Pablo como señal para que el crucero Aurora hiciera un disparo sin bala para intimidar, pero no se consiguió encontrar uno…; finalmente, la toma del Palacio se hizo sin apenas violencia. 

    [6] Así lo define Ernest Mandel, quien recuerda la conclusión de otro gran historiador de la Revolución rusa, E. H. Carr: “El éxito, casi sin esfuerzo, del golpe de Petrogrado del 25 de octubre de 1917 parece demostrar que detrás de él se encontraba la gran mayoría de la población. Los bolcheviques tenían razón cuando se enorgullecían de que la revolución propiamente dicha había costado muy pocas vidas humanas y de que la mayor parte de ellas se había perdido en el curso de tentativas de sus adversarios para arrancarles la victoria luego de que esta había sido conquistada” (Mandel, E., 2005: 212). 

    [7] Esto implicaba la publicación de todos los tratados y documentos que habían suscrito los anteriores gobiernos, no sin tener que superar las resistencias del conde Tatistxev, antiguo alto funcionario del ministerio, a darles las llaves de las cajas fuertes en donde estaban fielmente guardados. Entre ellos estaba el conocido como Acuerdo Sykes-Picot, firmado en 1916 por los ministros británico y francés, según el cual establecían un reparto de los territorios dependientes de un Imperio otomano que acabaría siendo derrotado en la Gran Guerra. Se verificaban así los fines expansionistas de la Gran Guerra, por los cuales a Rusia le habrían correspondido Galitzia, Constantinopla y los Balcanes. 

    [8] Uno de los análisis más detallados de la evolución de esa relación sóviets-partido bolchevique sigue siendo, en mi opinión, el de Farber (1990), si bien tienen interés las observaciones que hace Mandel respecto a su debate con John Rees (Mandel, 2005: 195-198); también, desde una mirada más crítica del bolchevismo, pero con un recorrido previo por los precedentes del “consejismo”: Anweiler (1975). 

    [9] Como constata Perry Anderson, “la intuición más profunda de Gramsci era correcta: después de la Revolución de Octubre, el moderno Estado capitalista de Europa occidental era todavía un objeto político nuevo para la teoría marxista y para la práctica revolucionaria” (Anderson, 1979: 368). 


    Referencias:

    Anderson, P. (1979): El Estado absolutista, Madrid, Siglo XXI.
    Anweiler, O. (1975): Los Sóviets en Rusia 1905-1921, Madrid, Biblioteca Promoción del Pueblo.
    Bengoechea, S. y Santos, M. J. (2017): “Las mujeres en la Revolución rusa”, Viento Sur, 150, 18-25.
    Burawoy, M. (1997): “Dos métodos en pos de la ciencia: Skocpol versus Trotski”, Zona Abierta, 80/81, 33-91.
    Cirillo, L. (2002): Mejor huérfanas, Barcelona, Anthropos.
    Deutscher, I. (1969): El profeta desterrado,México, Era.
    Farber, S. (1990): Before stalinism. The rise and fall of sóviet democracy, Cambridge,Polity Press.
    Ferro, M. (2007): “Prefacio”, en L. Trotsky, Historia de la Revolución rusa, Madrid, Veintisiete letras, I-XII.
    García Pintado, A. (2011): El cadáver del padre. Artes de vanguardia y revolución, Barcelona, Los libros de la frontera.
    Mandel, D. (1993): “Comités d’usine et contrôle ouvrier à Petrograd en 1917”, Cahiers d’étude et de recherche, nº 21, IIR.
    Mandel, E. (2005): “Octubre de 1917: ¿Golpe de estado o revolución social?”, en Escritos de Ernest Mandel, Madrid, Los libros de la catarata-Viento Sur, 123-222.
    Rabinowitch, A. (2016): Les bolcheviks prennent le pouvoir, París, La fabrique.
    Samary, C. (2017): “Comunismo en movimiento”, Viento Sur, 150, 151-162.
    Trotsky, L. (1971): 1905. Resultados y perspectivas, Tomo 2, París, Ruedo Ibérico.

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    La revolución rusa fue un golpe de estado y Stalin era igual que Hitler. ¿O no?

    Marga Ferré
    Presidenta de la Fundación Europa de los Ciudadanos
    23/11/2017
    Lecciones para el presente de la revolución de octubre: 

    Informe Semanal tuvo a bien dedicar un reportaje a la Revolución de Octubre en su centenario y de los 10 minutos que duró, 6 los dedicaron a describir la muerte de los Romanov y 4 a asentar la teoría del golpe de Estado dictatorial, diseñado desde el primer momento por la pérfida cabeza de Lenin. Por muy burda que sea esta representación histórica de los hechos del 17, cumple su función al reproducir la ortodoxia neoliberal sobre el siglo XX, tan reiterada y profusamente repetida por los medios y por la academia. 

    El uso político del pasado es algo de lo que la izquierda también sabe un rato, pero tras la caída del Muro, la narrativa capitalista necesitaba un relato que deslegitimara la importancia, la épica y, sobretodo, la posibilidad de una revolución que lo desafíe. El historiador Enzo Traverso disecciona esta manipulación histórica (y su intencionalidad política) a través de dos categorías que el descomunal sistema de reproducción ideológica del capital repite sin salirse una línea: el presentismo y la equidistancia. 

    El presentismo es la técnica de presentar los hechos de forma aislada, como una sucesión de acontecimientos, sin analizar sus causas ni sus consecuencias. Aplicados a la Revolución de Octubre, vemos como ésta se presenta, como mucho, favorecida por la I Guerra Mundial y como un golpe de estado de los malignos bolcheviques que no aceptaron las bondades del gobierno provisional de Kerensky. Este golpe de estado provocó una guerra civil y llevó, inexorablemente, al estalinismo y a los gulags. Una narrativa que no por falsa deja de ser tremendamente eficaz. 

    La equidistancia es el verdadero objetivo, como sabemos muy bien en el caso de nuestra Guerra Civil. El relato contemporáneo narra el siglo XX como una época de catástrofes y extremismos y para evitar que se repita, equipara nazismo y comunismo, Hitler y Stalin, de forma que el liberalismo nos parezca el único sistema viable que evite los desastres del siglo XX. Aplicado a la Revolución de Octubre, vemos como reiteradamente retuercen la historia para intentar demostrar que el estalinismo estaba en el origen mismo de la Revolución, de toda revolución. 

    Describía Stefan Sweig como uno de sus “10 momentos estelares de la humanidad”, el viaje de Lenin desde Suiza a la estación Finlandia en el tren sellado. Y lo fue, la Revolución de Octubre fue uno de los momentos más importantes de la historia de la humanidad y por eso llama la atención lo desapercibido de su centenario, que salvo la profusión editorial y este debate en Público, parece querer silenciarse. Mejor no hablar de revoluciones, no sea que… 

    A lo largo de la serie de artículos en esta sección publicados, pareciera haber cierto consenso sobre los elementos más positivos de los hechos de Octubre y unanimidad sobre el más negativo, que, a modo de resumen, me atrevo a sintetizar: 

    1. El impacto de la Revolución de Octubre fue inmediato y universal. La esperanza de los pobres y los explotados del mundo tuvo una referencia crucial en una revolución que triunfó y que demostró que es posible vencer la tiranía del capital. Una esperanza real y tangible que originó movimientos, partidos y sindicatos de protesta, resistencia y ofensiva de los explotados en todo el planeta. 

    2. La victoria contra el nazismo, en la que la URSS y sus 20 millones de muertos fue determinante. De hecho, estuve en Moscú para la conmemoración del centenario de la Revolución y constaté que para los rusos, la victoria en la II Guerra Mundial contra el nazismo es más importante aún que la Revolución de 1917. 

    3. La existencia de la URSS permitió en Europa el desarrollo del Estado de Bienestar, como concesión del capital para evitar revoluciones similares. De hecho, tras la caída del Muro, Donald Rumsfeld, a la sazón Secretario de Defensa de George W Bush, declaró sin sonrojarse: “muerto el peligro comunista, el Estado del Bienestar es un lujo innecesario”. Palabras proféticas. 

    4. Dejo para el final la aportación más importante del legado de Octubre: los procesos de descolonización de países y pueblos sometidos al imperialismo, que tuvieron un aliado potentísimo en la URSS y un ejemplo vivo en la Revolución. 

    La consecuencia negativa del 1917 es obvia para cualquier observador de los sucesos del siglo XX. El estalinismo, que determina el curso de la URSS durante casi 30 años y que aleja a la URSS de los principios fundacionales de la Revolución de Octubre (ir más allá de la dictadura del proletariado hasta la abolición del Estado) de forma autoritaria y violenta. 

    Sé que es pretencioso intentar sacar lecciones para el presente de la Revolución rusa, pero leyendo los artículos aquí publicados, podríamos extraer las siguientes: 

    - No es posible enfrentarse a los poderosos de manera inocente. La violenta respuesta a la revolución nos demuestra que los que ostentan el poder económico y político no lo cederán de forma graciosa. 

    - No es posible originar un cambio de gran magnitud en un solo país. Quizá la tragedia de Rusia fue que la esperada revolución en Alemania y en otros países occidentales no se produjera, quedando aislada frente a los países de la Intervención Aliada en Rusia que apoyaron al Ejercito Blanco. 

    - El modelo alternativo no puede parecerse al capitalismo. Stalin basa el crecimiento económico en la URSS en la utilización del excedente agrario para forzar una industrialización acelerada. Un sistema que se parece asombrosamente a la forma de acumulación originaria del capital. 


    Y la lección que más nos puede servir hoy de lo que aconteció en Rusia hace 100 años es que fue una revolución inesperada, en un lugar donde nadie creía que podría producirse. Una revolución en la periferia, que es, exactamente, el lugar desde el que yo escribo. 

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    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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