LA PRÁCTICA DE KAIHŌGYŌ ES UNA DE LAS MÁS EXTREMAS DENTRO DE LAS VARIAS SECTAS DEL BUDISMO: LOS MONJES DEBEN CAMINAR DURANTE MIL NOCHES A LO LARGO DE 7 AÑOS, PARA PREPARARSE PARA PASAR 9 DÍAS SIN COMER, BEBER NI DORMIR EN LOS QUE, AL ACERCARSE A LA MUERTE, TAMBIÉN SE ACERCAN AL DESPERTAR
El Kaihōgyō (literalmente, "circular la montaña") es una práctica ascética extrema realizada por monjes de la secta budista tendai, la cual involucra caminar cerca del monte Hiei donde yace su templo, a la vez que reflexionan, dejen ofrendas y rezan. La práctica suele hacerse en las noches, ya que en los días los monjes realizan sus labores normales. Durante la misma, los monjes practican anular su ego e identificarse con el buda Fudo Myoo. Generalmente se lleva a cabo a lo largo de 7 años, llegando a correr en el séptimo año 84km por día durante 100 días, seguidos de 40km por día otros 100 días. En total, los monjes recorren una distancia similar a la circunferencia total de la Tierra.
Durante estos mil maratones en mil noches por los bosques, los monjes se entrenan y purifican para alcanzar la iluminación. Al final deberán entrar en una habitación oscura, donde deberán mantenerse despiertos durante 9 días sin alimento ni agua. Esta experiencia busca emular la muerte de la manera más cercana. En 130 años, sólo 46 hombres lo han logrado; aunque existe secrecía en este sentido, se dice que los que no lo consiguen deben matarse. Los que lo logran son considerados santos vivientes de la más alta práctica, Daigyoman Ajari. Antes, estos monjes eran los únicos que podían utilizar zapatos en presencia del emperador.
En una hermosa película titulada The Seven Year Pilgrimage to Enlightenment, Ivan Olita ha filmado parte de los rituales y la experiencia que viven los monjes que intentan el Kaihōgyō. El material es algo muy poco común, ya que es muy raro que se dé acceso a este ritual, pese a que es muy famoso en Japón.




POR: PIJAMSURF - 07/17/2017

POR: ALEJANDRO MARTÍNEZ GALLARDO 

07/16/2017


COINCIDEN FILÓSOFOS Y MÍSTICOS DE TODAS LAS ERAS EN QUE EL SILENCIO ES EL PRINCIPIO DEL MÁS ALTO CONOCIMIENTO


El silencio es el recogimiento del Ser en el retorno a su verdad.
(Heidegger)
El silencio es el sueño que nutre la sabiduría.
(Francis Bacon)
La mente recubre la realidad sin darse cuenta. Para conocer la naturaleza de la mente necesitas inteligencia, la capacidad de observar a la mente en silencio con conciencia desapegada.
(Nisargadatta Maharaja)
Sé tan silencioso como un pez y sumérgete en el océano de la dicha.
(Rumi)
Permanezcamos en silencio para que así podamos escuchar el murmullo de los dioses.
(Emerson)
El que habla no sabe; el que sabe no habla.
(Lao-Tse)

El silencio en todas las tradiciones místicas y gnósticas tiene un lugar central. Filósofos y místicos de todas las eras han reconocido que para que la mente logre acceder a los aspectos más sutiles de la existencia y pueda realmente conocer lo que es, es necesario silenciar el pensamiento discursivo, conceptual o representacional. Un símil utilizado en las tradiciones de la India puede servir para entender esto: si tenemos una imagen (por ejemplo, la Luna) reflejada en un cuerpo de agua, podremos verla con mayor claridad si la superficie está quieta; si en cambio existen agitaciones, ya sea por el viento o por una roca que al caer genera ondas en el agua, no podremos ver con la misma claridad la imagen.
El matemático y filósofo francés Blaise Pacal escribió: "La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación". Una frase que hay que leer a la luz del silencio, tanto en su aspecto gnóstico como en su aspecto más secular como un remedio para el estrés. En este artículo intentaremos explicar por qué el silencio y la quietud son las llaves que llevan no sólo a la felicidad sino, más aún, a la sabiduría, que es al final de cuentas una felicidad serena y duradera que conquista la mutabilidad del ánimo y de las circunstancias. Es sólo el hombre que es capaz de aquietar su mente y sus emociones quien puede ver la realidad. Podemos parafrasear: "Quédate quieto y te conocerás a ti mismo y a los dioses".
La frase de Pascal también puede entenderse en relación al concepto de Heidegger del "pensamiento meditativo" que piensa al Ser, a diferencia del pensamiento superficial, representacional o calculador. Heidegger sugiere que para para alcanzar este pensamiento meditativo es necesario "esperar". Este esperar es estar receptivo a la apertura del Misterio, al claro del Ser (que a su vez también nos espera); se trata de un esperar que no espera nada en específico, una espera sin objeto o meta, una espera pura y totalmente abierta, una espera meditativa. "No debemos hacer nada en absoluto, sólo esperar", dice Heidegger en el texto Diálogos en un camino de campo. Hay que aprender a no hacer nada, como dice Pascal, y hay que aprender a esperar, que es también algo así como saber estar en una habitación quietos (lo cual no significa no pensar; al contrario, significa pensar y contemplar lo más cercano e íntimo que es el Ser). Al hacer esto, dice Heidegger, nos volvemos sensibles a la voz del Ser, y si la seguimos nos podemos transformar de tal forma que todo pensamiento (Denken) se vuelve agradecimiento (Danken). Aquí Heidegger cobra una dimensión mística similar a la de Meister Eckhart, quien sugirió que si nuestra única oración es "dar las gracias" eso es suficiente para el conocimiento de Dios. Aunque este esperar, este pensamiento meditativo no es exactamente lo mismo que el silencio, sí es claramente un estado místico similar al wu-wei taoísta, un hacer sin hacer, una especie de concentración meditativa sin esfuerzo o voluntad. El concepto clave aquí es Gelassenheit, que ha sido traducido al español como "serenidad", "dejidad" o "ecuanimidad" y que alude a dejar ser, a una liberación, a una soltura; se trata, según el mismo Heidegger, de una disponibilidad ante el Ser que deja que las cosas sean en sí mismas, "en su misterio e incertidumbre". Heidegger llama a esto una forma "superior de acción", emparentada con la espera, que es a la vez "un acto superior que sin embargo no es ninguna actividad". Así el Gelassenheit "yace más allá de la distinción entre actividad y pasividad" y del "dominio de la voluntad", algo que suena justamente a una paradoja taoísta. En el Tao Te Ching leemos: "el sabio actúa sin hacer nada", "El Sendero es siempre inacción, y sin embargo nada queda sin hacerse", o "La más alta virtud es no hacer nada. Y, sin embargo, nada necesita hacerse. La más baja virtud hace todo. Y, sin embargo, mucho queda por hacerse".

El silencio en las tradiciones contemplativas de la India y el Tíbet

La India es un país que quizás no haya aportado tanto a la evolución de la tecnología y de la ciencia que permiten, entre otras cosas, que sondeemos la profundidad del espacio cósmico con poderosos aparatos. Sin embargo, su aportación al nivel de lo que podemos llamar ciencia interna o de una disciplina del conocimiento de la naturaleza de la mente es difícil de igualar. Particularmente le debemos a las tradiciones que se derivan del pensamiento védico el desarrollo del "samadhi", un término que tiene numerosas acepciones, pero que a grandes rasgos podemos traducir como "calma" y "concentración", y que etimológicamente hace alusión a "unir" o "perfeccionar" (en relación a la mente) --una acepción más que viene de los Yoga-sutras de Patanjali es la de éxtasis o logro espiritual, equivalente al nirvana. Podemos decir que el verdadero éxtasis es la calma, la constante quietud de la cual emerge la dicha, que es una especie de luminosidad creativa --esta es la imagen védica de la creación, una luz que empieza a relumbrar en las aguas calmas de la mente. El maestro de meditación y físico Alan Wallace sugiere que el samadhi es el telescopio Hubble de la mente y que lograr amaestrar lo que la tradición contemplativa budista ha mapeado como diferentes etapas de absorción meditativa (de generación de samadhi) es el requisito esencial para alcanzar los estados más altos de sabiduría. En el budismo esto se lleva a cabo a través de la meditación shamata, la cual al producir samadhi da pie al vipassana (la visión clara introspectiva). "Una vez que la estabilidad se logra, entonces el misterio puede ser revelado", escribe Wallace.
El gran maestro budista tibetano Longchen Rabjam explica esta misma idea de cómo son la quietud y la ecuanimidad lo que permite que alcancemos el conocimiento de la verdad, algo que en el budismo mahayana es representado como la diosa Prajnaparamita ("la diosa de la perfección de la sabiduría trascendente"). Lo que descubre el practicante que logra el silencio de la mente es la vacuidad (la interdependencia de todos los fenómenos) que tiene una cualidad radiante, una cualidad cognitiva pese a que no es una cosa:
entiende que los fenómenos [dharmas] del samsara y el nirvana no tienen naturaleza propia y descansa ecuánimemente sobre eso. Asienta la mente sin elaboración externa hacia las cosas sólidas ni interna en retraimiento concentrativo. Entonces, al no referenciar ningún fenómeno que sea otro que eso, la mente dualista racional se subsume en un estado igual al espacio, el cual se expande hacia todos los confines, y es llamado "prajna-paramita".
[Traducción de Tony Duff]
Aquí Longchenpa hace referencia a una meditación sin esfuerzo, a un estado ciertamente avanzado pero a la vez completamente natural en el que la mente se ha aquietado y deja de colorear con sus propias elaboraciones tanto los fenómenos externos que percibe como los internos. Al descansar en este estado la mente se torna naturalmente amplia y luminosa como el espacio mismo, una expansión que contiene todos los fenómenos pero que no se agarra de ninguno. Este estado, que en realidad es la naturaleza prístina de la mente, es conocido como rigpa en la tradición tibetana. Longchenpa ahonda:
Dentro de la brillante vacuidad de rigpa, mientras descansamos en la suprema claridad natural sin involucrarnos con nada, la luminosidad de las apariencias externas no tiene límites y los sentidos yacen relajados y libres, y ya que no hay nada de qué asirse, los objetos en el campo de las apariencias no se reifican. En el vasto silencio existencial de la luz clara innata, en la ininterrumpida matriz radiante que no tiene principio, las apariencias son como reflejos en un lago pelúcido.
[traducción Keith Dowman, Natural Perfection].
Esta misma idea en cierta forma se encuentra también en los Yoga-sutras de Patanjali, quizás el texto más traducido en la historia de la filosofía mística de la India. La frase sánscrita más conocida es esta: yoga nirodha chitta vritti. Una traducción novedosa de Christopher Wallis la vierte así: "yoga es el estado en el que las fluctuaciones mentales y emocionales se han aquietado". Aquí Wallis define yoga (que podemos referir como la unión con lo divino) como un estado y no como una práctica per se: el estado que resulta de aquietar las fluctuaciones de la mente que impiden contemplar la naturaleza esencial del ser, que para la tradición de Patanjali tiene una identidad con lo divino, es decir, el ser individual tiene una existencia temporal mayormente ilusoria, su naturaleza verdadera es el Ser intemporal, inmutable e inefable. De nuevo podemos evocar la imagen del lago tranquilo en el cual podemos ver la realidad: lo que somos, más que la imagen que se refleja, es el agua que puede acomodar toda imagen sin perturbarse. 

El silencio en el zen

No hay duda de que la tradición del budismo zen tiene una de las relaciones más ricas e íntimas con el silencio. De hecho, el silencio es su fundación a la vez que su último florecimiento: el principio y el final se encuentran en el silencio de la transmisión del Buda y en el silencio de la realización del contemplativo, que reconoce al practicar zazen que siempre ha sido Buda (se dice en el zen que el silencio que se bebe cuando uno medita, incluso en la mente de un principiante, es ya Buda).
En uno de los textos clásicos del zen, Denkoroku (Crónicas de la transmisión de la luz), el maestro Keizan narra:
Ante una asamblea de 80 mil monjes en el monte Grdhrakuta [monte Buitre], el Buda sostuvo una flor en su mano y guiñó el ojo. Nadie en la asamblea entendió lo que estaba haciendo, y permanecieron en silencio. Mahakashyapa sonrió... El Buda sostuvo una flor y mostró que no estaba cambiando. Mahakashyapa sonrió para mostrar que era eterna. De esta forma Shakyamuni y Mahakashyapa se conocieron y sus pulsos se entremezclaron. El entendimiento perfecto y puro no involucra la mente que discrimina, así Mahakashyapa se sentó en meditación y cortó la raíz del pensamiento. 
Esta historia narra el origen del zen, una transmisión de la luz de la sabiduría budista que ocurre en silencio, y continúa 2 mil 500 años después, en un linaje ininterrumpido de maestros y discípulos que fundamentalmente se dedican a cultivar el silencio. El silencio es el secreto que al entenderse germina como la flor de la iluminación, pero aquello mismo que se entiende no es más que silencio.

El silencio de la mente meditativa en la obra de Krishnamurti

Aunque Jiddu Krishnamurti buscó separarse de las antiguas tradiciones contemplativas de la India y forjó su propio camino, es indudable que sus enseñanzas están fincadas profundamente en el dharma del país donde nació. El silencio es fundamental en la visión de Krishnamurti, incluso podemos decir que en Krishnamurti el silencio toma el rol del gurú que es tan vital en el budismo y en el hinduismo (y del cual Krishnamurti quiso distanciarse). La propia mente, cuando logra entrar en silencio, se vuelve el maestro que muestra lo divino inmanentemente. A continuación, un hermoso pasaje del libro La mente meditativa:
La meditación implica un completo y radical cambio en la mente y el corazón. Esto sólo es posible cuando existe un extraordinario sentido de silencio interno, y con eso solamente surge la mente religiosa. Esa mente sabe lo que es sagrado…
Una mente meditativa es silenciosa. No es este el silencio el cual el pensamiento puede concebir; no es el silencio de una tarde calmada; es el silencio en el cual el pensamiento –con todas sus imágenes, palabras y percepciones– ha cesado. Esta mente meditativa es la mente religiosa –la religión que permanece intocada por la Iglesia, los templos o los cantos. La mente religiosa es una explosión de amor. Es este amor que no conoce separación. Para él, lejos es cerca. No es lo uno o lo múltiple, sino el estado de amor en el que no existe división. Como la belleza, no es la medida de las palabras. Sólo desde este silencio la mente meditativa actúa.  
...
Esa noche, particularmente en ese valle distante de antiguas colinas que esculpían finamente las peñas, el silencio era tan real como el muro que tocabas. Y veías las estrellas brillantes por la ventana. No era el silencio autogenerado; no era que la tierra estaba quieta y los pobladores se habían ido a dormir, sino que venía de todas partes –de las estrellas distantes, de esas colinas oscuras, y de tu propia mente y corazón. Este silencio parecía cubrir todas las cosas desde el más pequeño grano de arena en el estero –que sólo conoció el agua corriente cuando llovió– hasta el alto y expansivo baniano y una ligera brisa que ahora soplaba. Hay un silencio de la mente que nunca es tocado por ningún ruido, por ningún pensamiento o por el viento pasajero de la experiencia. Es este silencio que es inocente, y tan interminable. Cuando hay este silencio de la mente, la acción brota de él, y esta acción no causa confusión ni miseria.
La meditación de una mente que es completamente silenciosa es la bendición del hombre que siempre está buscando. En este silencio toda cualidad de silencio es.  Hay ese extraño silencio que existe en un templo o en una iglesia vacía en un pueblo remoto, sin el ruido de turistas o fieles; y el silencio oneroso que yace en la superficie del agua que es parte de aquello que está afuera del silencio de la mente.    
La mente meditativa contiene todas estas variedades, cambios y movimientos del silencio. Este silencio de la mente es la verdadera mente religiosa y el silencio de los dioses es el silencio de la Tierra.
La mente meditativa fluye en ese silencio, y el amor es la vía de esta mente. En este silencio hay dicha y alegría.

La voz del silencio en la cábala

El místico y cabalista  David Chaim Smith nos introduce al papel del silencio en la vida contemplativa en su libro de cábala no-emacionista The Awakening Ground:
La práctica contemplativa empieza con el amor al silencio. Silencio en este caso no se refiere a la mera ausencia de sonidos audibles, aunque este es uno de los aspectos que invitan a la mente a la gran expansión de su naturaleza esencial. El gran silencio es pleno, resonante y habla a través de todas las cosas. Puedes empezar llamándolo en tu interior, donde reside sin interrupción.
El amor al silencio es una especie de hambre o sed. Cala profundamente hondo. La urgencia de unirse a él es como el fuego que intensifica la aspiración gnóstica.
Smith habla de este amor al silencio como un fuego, un fuego que se enciende en el corazón de un practicante con la aspiración gnóstica, que es fundamentalmente el deseo de encontrar la libertad a través de la sabiduría, una sed de lo absoluto, de contemplar siempre la fuente. Este fuego, el cual es descrito también como un fuego fluido o un fuego líquido, va purificando la mente en una especie de baño lustral en el cual el contemplativo va eliminando lo inesencial, todo el ruido mundanal de conceptos y distracciones. El silencio además de purificar, de hacer la mente como el espacio primordial sin mácula, es también para Smith el método más alto de conocimiento, ya que la verdad no puede decirse, aunque sí puede saberse: un saber que es un ser, un silencio, una oscuridad luminosa. Así el tzadik, el equivalente al bodhisattva de la tradición mística judía, es aquel que se despersonaliza, aquel que "no tiene una psique individual, esto en el sentido de que ya no hay más apego al significado de los fenómenos relativos" y se convierte en una expresión viviente de ese silencio luminoso: "El tzadik no es más que esta centella del silencio asumiendo forma, la cual anula la separación entre su singularidad y su infinita variación".
En la cábala, la mente en su estado primordial de sabiduría indiferenciada es representada por la imagen de las aguas y la letra mem (que representa la sefira chokmah, según el Sefer Yetzirah). Esta es el agua en la cual sopla el espíritu de Dios su hálito de deseo gnóstico (Ruach Elohim), unas aguas que son una sabiduría tan profunda que no puede expresarse: el silencio. Y sin embargo esta totalidad indiferenciada, siempre pura, aparece como mundos y cuerpos. Este es el sonido del silencio (el mundo en su manifestación), expresado por la letra shin, un fuego crepitante (equivalente a binah). Pero, aunque el mundo se manifiesta, aunque las letras divinas se inscriben en el espacio con toda su serie de correspondencias y emanaciones, la gnosis más profunda revela que aquello que se manifiesta no es más que lo absoluto en su infinito juego creativo. Cada una de las esferas del árbol de la vida cabalístico y cada una de las apariencias no son más que Ein Sof (lo Infinito, lo Absoluto). "¿Cómo puede el infinito vaciarse o dividirse? ¿Estas acciones sólo aplican a sustancias materiales finitas, así que cómo pueden aplicarse a Ein Sof?... El infinito se refleja a sí mismo en cada detalle de sus apariciones", dice Smith.
La forma en la que el infinito irradia y se manifiesta como energía en el mundo toma en la cábala un término sumamente sugerente: "chasmal", literalmente "la voz del silencio", y que es traducido a veces como ámbar o electrum, una referencia a una cualidad eléctrica o radiante. Este término es utilizado por el profeta Ezequiel para describir su famosa visión mística de una carroza o rueda flamante compuesta de cuatro bestias angelicales con los rostros de un buey, un águila, un león y un hombre (asociados con signos astrológicos, las cuatro direcciones y los cuatro mundos cabalísticos), que se mueve de manera coordinada, centelleando con el espíritu de Dios. Esta visión es el origen del misticismo del merkabah y el carro flamante es descrito a veces como el trono de Dios, como un vehículo luminoso, como la figura misma del hombre en su estado superno de iluminación. David Chaim Smith sugiere que el merkabah representa el vuelo gnóstico de una mente libre de fijaciones conceptuales que asciende hacia la contemplación mística de lo divino. Poéticamente, escribe que "el merkabah debe seguir volando hasta que se convierte en el cielo", esto es, eliminar toda dualidad entre un sujeto que percibe y lo que se percibe. 
Smith explica que chasmal, la voz del silencio, es la energía espiritual que profiere a aleph, la primera letra del alfabeto hebreo, y la cual simboliza la totalidad, una identidad con Ein Sof. En otras palabras, el mundo surge como una corriente eléctrica en las aguas indiferenciadas del silencio y aunque se manifiesta como diversidad no es nunca más que ese fondo silencioso, una fuente ubicua.
De alguna manera, la contemplación silenciosa lleva a contemplar esta paradoja primordial de la manifestación divina (también conocida como el tzimtzum, una manifestación que es a la vez un ocultamiento de lo absoluto en lo relativo). La mente es como esa agua cuya sustancia no es otra que la gnosis. La mente que no se aferra a sus propios constructos, presencia la voz del silencio que es la luminosidad creativa que escribe mundos como hologramas sobre el lienzo del espacio.

La disciplina del silencio en la escuela pitagórica

Se dice que Pitágoras, el gran sabio que conjugó el conocimiento científico con el conocimiento místico, en su escuela de Crotona, requería que sus candidatos pasaran algo así como 5 años en silencio antes de ser admitidos a sus misterios. Esto ejemplifica de manera explícita la tesis de este artículo de que el silencio y el aquietamiento de las oscilaciones mentales es la base sobre la cual se establece el más alto conocimiento.
Dice Thomas Stanley, uno de los más grandes biógrafos de Pitágoras, que los 5 años de silencio eran una prueba de conducta por la cual "el alma podía convertirse en ella misma lejos de las cosas externas, de las pasiones irracionales del cuerpo para asumir su propia vida que es la vida eterna". Sobre esta disciplina del silencio, Clemente de Alejandría explica que "al abstraerse del mundo sensible, el discípulo podía buscar a Dios con una mente pura". Luciano agrega sobre este método que tenía la virtud de producir la reminiscencia. Lo que parece razonable, ya que el silencio parece hacernos olvidar nuestros pensamientos superficiales para abandonarnos en la profundidad de la mente, accediendo tal vez a capas más profundas del ser; siguiendo la máxima platónica del conocimiento como recuerdo, podemos decir que el silencio es una ciencia de la reminiscencia. 
La vida pitagórica requería numerosos sacrificios además del silencio, siempre moderación y frugalidad. Pitágoras pedía a sus discípulos que no bebieran vino, que comieran y durmieran poco, se abstuvieran de la carne y en general de cualquier alimento de difícil digestión. La idea general que se esboza aquí es que sus hábitos estuvieran orientados siempre a no gastar energía en otra cosa que no fuera el estudio de la filosofía y el cultivo de sus facultades. Thomas Stanley dice que Pitágoras "procuraba a sus discípulos una conversación con los dioses en visiones y sueños" --lo que no podía ocurrir a un alma perturbada por el placer o la ira, o cualquier otro transporte inadecuado, o con la impureza o la ignorancia. Stanley precisa que no todos los alumnos eran sometidos a 5 años de silencio; al parecer Pitágoras personalizaba su instrucción y algunos de espíritu naturalmente más tranquilo no tenían que pasar el lustro (a veces 2 años eran suficientes). Una vez que los pupilos cruzaban este umbral de silencio se les llamaba Mathematici, antes eran Acoustici. "Si no has sido cambiado, estás muerto para mí", era el lema que se aplicaba a aquellos que no lograban superar el período de prueba.

El silencio es lo que hace al mago y al chamán

En un artículo anterior escribí sobre la relación entre el chamanismo y el silencio, basándome en una edición de la revista Artes de México en la que se concluye por diversas fuentes que “La habilidad chamánica consiste en percibir y mirar lo ausente y escuchar lo que el silencio revela”. Esta misma idea puede aplicarse también a los magos (siendo la más alta magia el misticismo y el conocimiento de lo divino). La mejor elucidación de esta relación es la que hace el místico hermético cristiano Valentin Tomberg en su libro Los arcanos mayores del tarot. Para concluir con este acercamiento al silencio, que está impulsado por la inflamación misma de la mente que desea el silencio como se desea a un amante, como el alma desea a Dios, como los ojos desean contemplar el cielo o como el fuego desea el aire, descansamos en el ardor poético de estas palabras cuya riqueza de matices lo mismo glosa los Yoga-sutras de Patanjali que del wu-wei taoista o de "la noche del alma" de San Juan de la Cruz:
La concentración sin esfuerzo –es decir, ese lugar en el que no hay nada que suprimir y en donde la contemplación se vuelve tan natural como la respiración y el latido del corazón– es el estado de conciencia (i. e., pensamiento, imaginación, sensación y voluntad) de calma perfecta, acompañada de la completa relajación de los nervios y los músculos del cuerpo. Es el profundo silencio de los deseos, las preocupaciones, de la imaginación, de la memoria y el pensamiento discursivo. Uno podría decir que todo el ser se vuelve como la superficie quieta del agua, reflejando la inmensa presencia del cielo estrellado y su armonía inefable. ¡Y las aguas son profundas, tan profundas! Y el silencio crece, perpetuamente… ¡qué silencio! Su crecimiento se lleva a cabo a través de ondas regulares que pasan, una tras otra, a través de tu ser: una onda de silencio seguida por otra onda de silencio más profundo y luego otra vez una onda de silencio aún más profundo… ¿Alguna vez has bebido silencio? Si tu respuesta es afirmativa, entonces ya sabes lo que es la concentración sin esfuerzo. 
Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma. Es como el servicio perpetuo en la iglesia del Sagrado Corazón en Montmartre que se realiza en París mientras uno trabaja, uno interactúa, uno se divierte, uno sueña, uno muere… De la misma forma que “un servicio perpetuo” de silencio se establece en el alma, esto continua siempre aunque uno esté trabajando o cuando uno está conversando. Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso. Entonces tendrás no sólo concentración sin esfuerzo, también actividad sin esfuerzo. Es precisamente aquí que encontramos la expresión de la segunda parte de nuestra fórmula:
transformar el trabajo en juego
La transformación del trabajo, que es obligación, en juego, ocurre como consecuencia de la presencia de la “zona de silencio perpetuo”, de la que uno extrae una especie de secreta e íntima respiración, cuya dulzura logra ungir el trabajo y convertirlo en juego. Y es que la “zona de silencio” no sólo significa que el alma está, fundamentalmente, en reposo, sino, sobre todo, que existe un contacto con el mundo celestial o espiritual, el cual colabora con el alma. Aquel que encuentra silencio en la soledad de la concentración sin esfuerzo, nunca está solo. Nunca carga solo el peso que debe llevar; las fuerzas celestes, las fuerzas superiores, están ahí participando de ahora en adelante. Así en verdad se cumple la tercera parte de la fórmula:
haz que todo yugo que hayas aceptado sea sencillo y cada peso que cargas sea ligero,
se vuelve experiencia en sí misma. Puesto que el silencio es el signo del contacto real con el mundo espiritual y este contacto, a su vez, siempre engendra el influjo de las fuerzas. Este es el cimiento de todo misticismo, toda gnosis, toda magia y todo esoterismo práctico en general.
Todo esoterismo práctico está fundado en la siguiente regla: es necesario ser uno en uno mismo (concentración sin esfuerzo) y uno con el mundo espiritual (tener una zona de silencio en el alma) para que pueda ocurrir una verdadera experiencia espiritual o revelatoria. En otras palabras, si uno quiere practicar algún tipo de esoterismo auténtico –ya sea misticismo, magia o gnosis– es necesario ser el Mago, i.e., concentrado sin esfuerzo, operando con soltura como si uno estuviera jugando, y actuando en perfecta calma. Esta es, entonces, la enseñanza práctica del primer arcano del tarot. Es el primer consejo, mandamiento o advertencia en lo que concierne a la práctica espiritual; es el aleph del “alfabeto” de las reglas prácticas del esoterismo. Y de la misma forma que los números son sólo aspectos (múltiplos) de la unidad, así también todas las otras reglas prácticas comunicadas por los otros arcanos del tarot son sólo aspectos y modalidades de esta regla básica.



Twitter del autor: @alepholo









http://www.plataformaarquitectura.cl/cl/770164/clasicos-de-arquitectura-casa-malaparte-adalberto-libera


Introducción

La Casa Malaparte, actualmente gestionada por la Fundación Malaparte, con su atractivo, esconde significados distintos e inspira sensaciones infinitas; es seguramente una de las casas-símbolo capaces de atraer la atención no sólo por su arquitectura sino también por la huella dejada sobre la isla de Capri como así también por la personalidad de su propietario.

Historia
Nacida de la controvertida colaboración entre el emblemático propietario Curzio Malaparte y uno de los mayores exponentes del racionalismo arquitectónico del s.XX, el arquitecto Adalberto Libera.

La Casa Malaparte es una obra arquitectónica moderna de 1937 considerada por mucho tiempo como obra del arquitecto italiano Adalberto Libera y actualmente atribuida a su dueño, el escritor Curzio Malaparte.

Malaparte rechaza el esquema inicial por considerarlo racionalista y lineal; comparándolo con un bunker o una prisión, además de lejano al espíritu mediterráneo. Finalmente el arquitecto y el escritor discuten al comenzar la obra, y es el mismo Malaparte quien con la ayuda de albañiles locales dirige y culmina el proyecto.

De esta forma es un error asignar el proyecto a Libera pues para el propio Curzio Malaparte, el arquitecto tan solo firmó unos planos.

La Casa Malaparte estuvo abandonada durante mucho tiempo tras la muerte de Curzio Malaparte.
Muy dañada por el tiempo y por el vandalismo, perdió incluso su suntuosa estufa de cerámica antes de realizarse un largo y costoso programa de restauración en los años 1980-90.
Fue dejada en herencia por el escritor a la República Popular de China.
El legado fue impugnado por la familia de Malaparte. Su sobrino-nieto, Niccolo Rositani, fue el artífice de la restauración y preservación de esta obra arquitectónica excepcional.

Todavía hoy con sus líneas sobrias, enclavada en una roca, la casa de frente a los Farallones parece desafiar la belleza selvática del lugar y el pasar del tiempo.
Precisamente los Farallones son los verdaderos protagonistas del panorama que se puede admirar desde las ventanas-cuadro del salón sobre el mar dividiendo escenas fijas en la decoración de la casa.

La silueta de la villa confirma la marcha del escollo, hasta el punto de ser considerada su prolongación.

Siendo una creación arquitectónica y siendo el testimonio de dos personalidades diferentes entre ellas que trabajaron en su creación y realización durante un periodo histórico tan rico de acontecimientos como lo fue la segunda guerra mundial, Casa Malaparte se considera un monumento histórico.

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Situación

Casa Malaparte (Villa Malaparte) es una casa en Punta Massullo, en la parte oriental de la Isla de Capri, Italia.
Se asienta sobre un peligroso acantilado a 32 mts sobre el nivel del mar con vistas al Golfo de Salerno.

Acceso
La Casa Malaparte es ahora un lugar de estudio para los arquitectos y aficionados del mundo entero.
Algunos eventos culturales se celebran habitualmente en ella.
El acceso a la casa exige atravesar la isla. Los últimos 20 m de marcha discurren por una propiedad privada perteneciente a la Fundacion Ronchi. El trayecto representa una hora y media de marcha desde la Piazzetta de Capri, en la cumbre del funicular de Marina Grande. La Casa Malaparte es igualmente accesible desde el mar, únicamente con calma, ya que las rocas afloran y hacen el acceso muy peligroso. Una escalera de 99 peldaños conduce a nivel de la casa.
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Concepto

Haber elegido construir su casa en ese lugar encantado no fue casual, la idea fija de Malaparte era poseer una casa para sí en el golfo de Nápoles, y en particular Capri representaba una síntesis perfecta de los elementos esenciales de su búsqueda, de soledad y de amor; pero también un reto consigo mismo para la realización de una empresa considerada imposible.

Malaparte escribió un ensayo explicando sus intenciones para la Casa Malaparte, en el que explicaba que con la casa se construía a sí mismo, que sería su propio retrato en piedra.









Espacios

El edificio se articula en 3 niveles, en la cumbre se extiende una amplia terraza al mar al que se llega recorriendo una escalinata con corte trapezoidal que se adapta perfectamente a ese tramo de roca.

La Casa Malaparte es un paralelepípedo de albañilería roja entallada por una monumental escalera en pirámide invertida que conduce a una cubierta plana utilizada como solárium.
Un muro blanco en curva libre se desarrolla sobre el tejado.

En la planta baja, además de un ala de huéspedes, hay una sala de Tirol con una estufa de leña.
Resultado de imagen para CASA DE CURZIO MALAPARTE En la primera planta cuartos y baños de mármol en estilo pompeyano se combinan con un inmenso atrio como sala de recepción, es moderno y arcaico, romántico y a la vez vincula elementos clásicos. También alberga una biblioteca.

El gran salón en el centro del edificio oblongo es como el patio de un pequeño castillo.
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En una de las paredes hay una gran chimenea, y en otro de los muros un gran relieve de Pericle Tazzini, un contemporáneo de Malaparte, entretejido con figuras humanas que recuerdan los relieves eróticos de las fachadas en los antiguos templos de Kajuraho, India.

La atención se centra en las vistas desde las ventanas, mostrando fragmentos del paisaje de Punta Massullo, en particular los farallones de rocas cercanos. Curzio Malaparte había persuadido a un amigo pintor para encuadrar la longitud de las ventanas con los mismos marcos de madera utilizados para lienzos, lo cual da a las vistas un carácter pictórico y colorista.

Uno de los puntos culminantes es la pared trasera de la chimenea, hecha de vidrio que da la oportunidad de disfrutar de las vistas también a través de las llamas. Este vidrio especial que resiste las altas temperaturas fue encargado a la fábrica Zeiss en Jena.




Materiales

Albañilería típica mediterránea de la época, ladrillos, cemento, piedra.

Marcos de madera en puertas y ventanas.

Bañera de mármol del dormitorio principal como también en el revestimiento de algunas paredes.

El piso, hecho de losas de piedra áspera en el gran salón y con cerámicos decorados en muchas de las otras estancias, como habitaciones, atrio y baños .

Vidrio refractario especial en la pared del fondo de la chimenea.

Pintura exterior rojo Pompeya, interiores pintura blanca.

Arquitecto
Adalberto Libera
Curzio Malaparte
Año de Construcción
1938-1943
Ubicación
Punta Masullo, Capri, Italia


https://es.wikiarquitectura.com/edificio/casa-malaparte/

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3 oct. 2014 - norteamericanas, es el escenario de la más célebre novela de CurzioMalaparte. Un Malaparte visionario que, en las páginas de La piel.


Curzio Malaparte, el último condotiero


Firmó un libro sobre cómo dar un golpe de Estado, caricaturizó a dictadores y mantuvo una relación de escandalosa ambigüedad con el fascismo. Su personalidad contradictoria permite entender la Europa de la Segunda Guerra Mundial.

 Christopher Domínguez Michael 

15 febrero 2016

Snob comme le sont toujours 

les révolutionnaires...

Daniel Halévy, Pays parisiens (1932)


En beneficio de quienes hemos repetido como pericos aquello de que en cinco siglos será difícil distinguir a un fascista del XX de un comunista del mismo siglo, Curzio Malaparte (1898-1957) está de regreso para ayudarnos a ganar la apuesta. Por motivos mucho más trascendentales que su bien ganada reputación de vedette del fascismo, Malaparte se reedita en Nueva York, Barcelona, México y París, junto a una biografía al parecer definitiva: Malaparte. Vidas y leyendas, de Maurizio Serra. Sin Malaparte –nacido Kurt Suckert, hijo de un alemán protestante al que odiaba y de una madre italiana quien al parecer lo alejó del resto de las mujeres– es difícil entender lo que significó no solo el común origen revolucionario de los totalitarismos bolchevique y fascista sino lo que la Segunda Guerra Mundial fue para sus protagonistas.


En sus dos grandes novelas-reportaje, Kaputt (1944) y La piel (1949), Malaparte fue el último en pregonar, estilísticamente, que aquella barbarie también era un momento culminante en la historia de la civilización. Presiento –es decir, no tengo pruebas para afirmarlo– que aquella frase famosa de Adorno sobre la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz fue una reacción a la lectura de Malaparte, cuya prosa elegante y decadente es poesía de la guerra. En Kaputt, madame Frank, la esposa del comisario del Tercer Reich en esas “tierras de sangre”, alaba a Schumann mientras los invitados les disparan a los judíos que escapan “como ratones” por los muros del gueto de Varsovia. La visión de Malaparte es a veces dantesca, a veces lírica y hasta elegíaca para escándalo de una época dada a creer –con Claude Lanzmann– que el Holocausto, por ejemplo, es, aunque sujeto a filmarse, metodológicamente inenarrable; o aterrada ante un libro como Vida y destino (escrito en 1959 y publicado en 1980), de Vasili Grossman o sus secuelas, ya más bien mórbidas, como Las benévolas (2006), de Jonathan Littell.


Malaparte no oculta el horror, siendo él mismo uno de los muchos que lo impusieron, pero tampoco se priva de contraponerlo con una Europa donde él y sus amigos aristócratas y diplomáticos gozan de la naturaleza, la gran conversación, los perros y los espectros del Antiguo Régimen. Muchas de sus páginas, sentado el autor a la mesa de los asesinos en la remota Finlandia o en Polonia bajo el dominio del “rey” nazi Hans Frank, las pudo haber escrito un Proust vigorizado por el baño sauna nórdico. No lo hace con cinismo sino con la naturalidad de un hombre de otro tiempo pues él, en efecto, fue un condotiero, aquellos mercenarios alemanes de lujo que bajaban a la península desde el norte para ponerse al servicio de los príncipes italianos. Estos soldados de fortuna trabajaban muchas veces, como lo hizo Malaparte con la literatura, para su propia gloria.


Formado en la guerra de 1914, ingresa como voluntario a la Legión Extranjera del ejército francés, dada la pereza italiana en entrometerse en esa batalla de los latinos contra los germánicos, tal cual la veía el joven Suckert (quien desde 1925 firma Malaparte en contraposición irónica al Buonaparte de Napoleón). Una vez terminada la guerra y aunque Italia se cuente, con ganancias de escaso valor, entre los vencedores, Malaparte se alista en el llamado fascismo rojo: salido de los sindicatos, quiere nacionalismo en vez de internacionalismo, el predominio del Estado y no su disolución, la guerra y no la paz, el vigor de las razas por encima de un obrerismo al que, por otro lado, nunca renunciará. Como Mussolini, Malaparte viene de la izquierda y su obra maestra, la Técnica del golpe de Estado (1931), según la docta opinión del filósofo Ernst Bloch, solo podía haberla escrito un marxista. El “maquiavelismo” del libro causa escándalo: tras las ilusiones humanistas decimonónicas, alguien pintaba cómo se obtenía el poder absoluto, no cómo debía ser.


Antes de Hannah Arendt, Malaparte omite la oposición izquierda/derecha como una segunda naturaleza del siglo y afirma que si desde 1919 no triunfaron las revoluciones rojas o negras, se debió a que no abundaban los Trotski y los Mussolini, los únicos capaces de entender la esencia técnica del golpe de Estado totalitario, la gran lección bonapartista del 18 de brumario que solo los tontos confunden con una conspiración militar. El totalitario obtiene legalmente el poder: lo lograron los bolcheviques con la Asamblea Constituyente, Mussolini al hacerse nombrar primer ministro por el rey, Hitler al ganar sus elecciones. La voluntad general no existe: nadie menos rousseauniano que Malaparte.1


A casi ninguno de los involucrados les gustó que Malaparte los pusiera frente al espejo: el humanitario Trotski, lector de Anatole France y libertador fallido de todos los pueblos, aparece en Técnica del golpe de Estado como el genio sin escrúpulos que se apodera del país más grande de la tierra, tomando los puntos estratégicos de San Petersburgo ante la cobardía de un Lenin disfrazado de obrero convencido de que la Revolución soviética todavía puede diferirse una generación. Trotski le envía en 1932 un telegrama de protesta a Malaparte; años después, enamorado del viejo Stalin, Malaparte –quien siempre disloca nuestra versión de las cosas con ucronías históricas fantásticas– dirá que la Segunda Guerra la ganó Stalin el día que Mercader le dio un pioletazo a Trotski en Coyoacán: ese “místico hebreo”, seguido por una corte de popes, sabía tomar un Estado, pero no ganar una guerra.2 Como si se tratara de la develación de un secreto de Estado (y algo había de eso), Mussolini mandó prohibir el libro.


En 1931 Hitler todavía no ha llegado al poder y si Malaparte logró morir del lado de la izquierda fue por su antihitlerismo, que fácilmente puede ser interpretado, recurriendo al psicoanálisis de banqueta, como odio hacia su propio padre. Aun cuando no lo haya hecho el propio Hitler, que no era hombre de libros, otros nacionalsocialistas vaya que leyeron Técnica del golpe de Estado en 1933 y después. El bufón Malaparte se permitió llamar a Hitler una mujerzuela histérica con los ovarios dañados (y opinar que “no existen hombres que sean hombres de la cabeza a los pies. Hay siempre en ellos una parte de fémina”)3 y, pese a las reticencias del círculo del Führer, recibió la autorización para ser corresponsal de guerra junto a los alemanes en el Frente Oriental, de donde regresó regañado por haber mostrado demasiada empatía hacia los soviéticos. La sovietofilia de Malaparte, hija sietemesina de su amor por el Cristo ruso, le duró desde La rivolta dei santi maledetti (1923), uno de sus primeros libros, hasta En Russie et en Chine (1959), inmediatamente póstumo.


Escasamente se toma en cuenta que fue hasta 1935 cuando Mussolini se acercó de verdad a su discípulo Hitler, del cual resultó ser el peor de los aliados, con su ejército rascuache y sus decisiones siempre inoportunas. Antes de ello, el amor secreto de los fascistas originales, los de 1922, era el bolchevismo y la urss, el proyecto de gran imperio a imitar. Eso pensó hasta el fin de sus días Malaparte sin olvidar que Mussolini fue el primer soberano de Europa en reconocer diplomáticamente a los soviéticos. Pensaba lo mismo el conde Galeazzo Ciano, yerno del Duce y protector de Malaparte. Cuando Ciano se confabuló contra su suegro, escapó a Alemania, de donde Hitler lo devolvió a la efímera República de Saló. Ahí fue fusilado por traidor.


La relación de Malaparte con Mussolini es una de las más extrañas que puedan registrarse entre un intelectual y un tirano. Antes de entrar en materia, deben decirse ciertas cosas. El fascismo italiano, comparado a la Alemania hitleriana y a la urss de Stalin, nunca fue un régimen del todo totalitario. En potencia lo era, pero esa potencia nunca se multiplicó al grado de que Víctor Manuel III, una vez depuesto Mussolini en 1943, le encargó al mariscal Badoglio que Italia cambiase de bando. Castigos como los impuestos a Malaparte –fascista “independiente” y escritor a la vez temerario y travieso que viajaba por las universidades británicas dando sus opiniones heterodoxas sobre la Europa de los dictadores– no fueron más allá de confinamientos a sitios áridos como Lipari entre 1933 y 1938, desde donde, con pseudónimo, siguió colaborando en la prensa italiana y recibiendo a amigos o a escritores judíos como Alberto Moravia (al igual que muchos italianos, Malaparte era antisemita de baja intensidad: solo lamentaba que Marx hubiera sido “hebreo”). Y el aburrimiento en Lipari estuvo a punto de someterlo al matrimonio con la viuda de Edoardo Agnelli, presidente del Juventus y de la Fiat, quien había sido maltratado por el obrerista Mussolini (a diferencia de Hitler, tan obsequioso con el capital financiero, si en algo pecó de totalitarismo Mussolini fue al someter a los empresarios italianos a su capricho).


Don Camaleón, como nos lo recuerda Malaparte en las ediciones de 1946 y 1953, fue editado en 1928. “No después de 1945, cuando Mussolini estaba muerto e indefenso” sino cuando podía defenderse, como lo hizo, retirando el libro de la circulación. En ese prólogo de la posguerra, Malaparte se presenta como un verdadero disidente del régimen (y se compara con el comunista Gramsci, a quien ni los nazis ni los soviéticos le hubieran permitido escribir los Cuadernos de la cárcel, ni autorizado su muerte en un hospital). Es una deliciosa novela satírica donde Mussolini le sugiere a Malaparte que eduque a un camaleón como su bibliotecario, pero la operación es tan exitosa que don Camaleón se convierte en el segundo hombre del régimen, su confidente, su ninfa Egeria, su eminencia gris, un Talleyrand reptil que visionariamente le advierte al Duce que los italianos detestan contarse entre los vencedores. Lo suyo es la derrota.


Serra, el biógrafo de Malaparte, advierte que la primera edición de Don Camaleón estaba dedicada al liberal Piero Gobetti, muerto en París en 1926, como consecuencia de la paliza que le propinaron los fascistas. De esa matonería rufianesca, nos recuerda Serra, había participado Malaparte cuando asesinaron al diputado socialista Giacomo Matteotti en 1924, crimen en el cual el escritor estuvo involucrado. El cuadro completo indica que Malaparte era un bufón de la corte al cual le estaba permitido burlarse del Duce, una vez acreditado su fascismo en hechos de sangre, lo cual no niega –y por ello la dedicatoria a Gobetti– que Malaparte aspirase a un fascismo más liberal en cuanto a su trato con los intelectuales. El condotiero era escéptico y juguetón. Arriesgaba, sin duda, su margen de libertad. Y en 1928, el fascismo italiano –como ocurría en la urss con la oposición trotskista– todavía toleraba los conflictos internos.


Acaso lo más doloroso para Malaparte –concluye Serra– fue la relativa indiferencia con que Mussolini dejó pasar Don Camaleón, en la misma época en que había decidido deshacerse del amenazante Gabriele D’Annunzio, él sí, años atrás un rival de peligro tras su aventura en el Fiume, “sepultándolo en oro como a una muela podrida”. Con buen ojo, el dictador los consideraba a ambos exhibicionistas literarios de la misma calaña. Malaparte, de ser el Architaliano, como se titulaba un libro de poemas suyo en 1928, paso a ser el camaleón, en lugar de Mussolini, quien una vez muerto –aunque Malaparte dudaba que los muertos no pudieran defenderse– se convirtió en Muss y solo después de ser colgado, ya cadáver, de las patas en la plaza Loreto de Milán, en el gran imbécil.4


Expulsado de la prensa oficial en 1931, Malaparte dijo haber renunciado al partido fascista el 18 de enero de ese año. No le faltaban enemigos en Italia, sobre todo entre los colegas envidiosos en un momento de gran éxito en Francia –aplaudido por los Maurois, los Bernanos, los Giraudoux– del nativo de Prato en Toscana, tanto por la Técnica del golpe de Estado como por Le bonhomme Lénine (1932). Serra no encuentra documentación que pruebe un encono particular del dictador hacia él aunque todas sus andanzas en París eran consignadas religiosamente por los servicios secretos del Duce, a quien le aburrían los frívolos, fuesen D’Annunzio, Malaparte o su yerno Ciano. Más bien quería castigar a Malaparte con el látigo de su desprecio.


Desde París, Malaparte deseaba ser el caricaturista de los dictadores y por ello escribió su venganza, dice Serra, contra el padre padrone: Muss. Retrato de un dictador. El bufón aspiraba a convertirse en condotiero y batirse por su propio honor, oro y prestigio: no le faltaba inteligencia ni historia. Había visto nacer el fascismo y quería jugar su propio juego como un amante de Italia sin ser un lacayo de Mussolini, capaz de relacionarse con intelectuales antifascistas, como lo hacía con Gaetano Salvemini, íntimos ambos de Daniel Halévy, el contacto de Malaparte en Francia.


Anarquista de derechas o no –así lo llamó el expresidente italiano Giorgio Napolitano, quien lo trató en la segunda posguerra–, Malaparte creía en la libertad del escritor y no la encontraba incompatible, vaya sorpresa, con el fascismo italiano de su juventud, en el cual se veía como un “restaurador de nuestra fe católica, un hombre de la Contrarreforma, soldado y profeta, un restaurador de la autoridad de la fe, del dogma, del heroísmo” y toda la cantaleta contra el maléfico racionalismo de la Ilustración.5 Aunque lo de Malaparte era más el modernismo en su versión fascista, esas contradicciones entre tradición y vanguardia eran muy propias de la derecha revolucionaria. Malaparte deja al futurista Marinetti en calidad de un provinciano entusiasta de los aviones de hélice pero él mismo es miembro nominal del Strapaese, un ruralismo italiano. La peste en Nápoles, con su desenlace prostibulario, en La piel, está más cerca del Sade de Pasolini que del pobrecito de Asís.


Muss es un violento libro contra Hitler, que envilece y corrompe a millones de niños alemanes, donde también se deploran las “condiciones de esclavitud a las que el fascismo ha reducido al pueblo italiano”, aunque luego se pierda Malaparte en consideraciones confusas sobre las diferencias entre la violencia legal y la ilegal. Sus sueños totalitarios eran esencialmente proletarios: pan y trabajo para los obreros sin detenerse en las tonterías de la democracia burguesa. Se burla de Muss, a quien no desea volver a ver nunca por concebirse como héroe del cinematógrafo, junto con todos los políticos de la época. Siempre usa a Mussolini como el mal menor junto a Hitler, un austríaco que tradujo al bávaro el fascismo, este mismo la suma de todos los defectos de la civilización católica del sur.


“John Stuart Mill y Marx se nos aparecen como los últimos herederos de Lutero” mientras que Hitler y Mussolini lo son de Ignacio de Loyola, dice Malaparte. Sus críticas al liberalismo anuncian lo que será el fin de su vida: una última conversión, primero a Stalin, luego a Mao Zedong. Pero en el camino, en un verdadero galimatías, Malaparte recuerda a su maestro liberal Gobetti y afirma: “no es Mussolini el que ha inventado la técnica de la divinidad artificial, pero es quien la ha perfeccionado hasta su grado máximo” dejando como un juego de niños al Estado policíaco napoleónico. Finalmente, se justifica como un italiano acaso indigno de ser compatriota de Maquiavelo (la Técnica del golpe de Estado sería El príncipe del siglo XX), se precia de la heterodoxia de su obra literaria y de “imprudente conducta política”,6 así como de sus duelos, pues fue Malaparte, gran esgrimista, uno de los últimos duelistas de la historia y lamenta (en privado) que el fascismo haya vuelto moralmente indigno al pueblo italiano.


Salvo los fragmentos contra Hitler, las consideraciones de Malaparte sobre la conversión del fascismo en una bufonada no se publicaron sino póstumamente. Pero este publicista todavía guardaba sus cartuchos contra Lenin. Es propio del fascismo primigenio el tener un horror contra la burguesía aún mayor que el de los distintos socialismos. En Le bonhomme Lénine, se divierte Malaparte burlándose del mito burgués sobre el supuesto Atila de los soviets, quien a los ojos de su Técnica del golpe de Estado resulta un despreciable pequeñoburgués. Marx interpreta la realidad, dice el italiano, Lenin la transforma. ¿Cómo lo hace? Alejándose del bello ejemplo de su hermano terrorista Aleksandr Uliánov y evitando parecerse a Robespierre o a Napoleón. Vive sus exilios europeos en la estrechez y la avaricia, alimentado por su esposa y por su madre, metido en una biblioteca donde se la pasa calculando la crisis del capitalismo y sus ciclos, escribiendo mamotretos de filosofía inepta, mientras en 1905 sus camaradas intentan por primera vez el sovietismo en San Petersburgo. Consagra el fanatismo de su voluntad a deshacerse de los mencheviques. Para tener una visión de Lenin como la de Malaparte habrá que esperar al Taurus (2001), la película de Aleksandr Sokúrov sobre los últimos días del fundador de la urss.


Como el Lytton Strachey de los tiranos, Malaparte no tiene parangón. Entréguenle a Lenin, a Trotski, a Mussolini, a Hitler como monstruos y les devolverá unos personajes circenses, contorsionistas, histéricos. Quizá solo la estólida e imperturbable maldad de Stalin le pareció a la altura de su sueño de superhombre y por eso no se ocupó de él, mientras que es probable que Malaparte haya muerto ignorando los millonarios crímenes de Mao, su última pasión. Nadie nunca, asegura Malaparte, ha ejercido el arte de la calumnia, de la destrucción de aquellos que le eran más afines, como Lenin, quien sin Trotski no hubiera podido dar el golpe de Estado de octubre de 1917 y habría quedado como un oscuro agente del Káiser (que le dio paso franco en un vagón sellado, para firmar, como ocurrió en Brest-Litovsk, la paz por separado con Alemania). Como todos los ignorantes, Lenin no distinguía las ideas de las personas y por ello a nadie dejó sin traicionar, dice su deturpador. Aunque Malaparte en los años de los procesos de Moscú había decidido callar, disciplinado por Muss, debió ver en la matanza estalinista la consecuencia lógica de la inmoralidad consustancial a Lenin. Una vez que se hicieron del Palacio de Invierno en 1917, el jefe bolchevique solo buscó un tocador para quitarse su disfraz de obrero y tomar el aspecto de comisario del pueblo, escasamente mayestático a ojos de Malaparte. Veinte años antes, tras una ceremonia, Lenin había olvidado su sombrero sobre la tumba de Marx en Highgate.


A Malaparte nunca lo citan los sovietólogos y hacen mal. Aunque era mentiroso y cambiaba fechas para darle coherencia a su narración, como en Le bal au Kremlin (aparecido en 1971), donde altera el día del suicidio de Mayakovski para inventarse una visita al despacho del poeta, nadie pone tan en duda los tópicos y los clichés como él. Su descripción de la sociedad soviética antes del pleno dominio de Stalin, hacia 1930, es formidable. No podía haber gente en el mundo más despreciable que los soviéticos, porque hablaban el peor francés. Urgidos, los bolcheviques crearon sobre los restos de la antigua nobleza una aristocracia pedestre, ladrona y servil, más decepcionante incluso para el autor de Kaputt que el fascismo italiano que según él se había desviado de su camino revolucionario. Sin embargo, como anotó agudamente Gramsci, nadie supo qué entendía por “revolucionario” Malaparte, el verdadero don Camaleón.7


Negándose a ser el Thomas Mann italiano, el supremo caricaturista de los dictadores decide, inesperadamente, volver a Italia a principios de los años treinta con la intención de ser el mandamás de la prensa del régimen. Renunciaba a aquello en lo que había emulado a D’Annunzio: ser un escritor italiano cuyos libros se editaban primero en francés y luego en su lengua. Siendo mentira su supuesta renuncia al carnet fascista, tal parece que cayó en desgracia no por hablar mal de Hitler, apenas elegido canciller del Reich en ese momento, ni de Mussolini, el cual toleraba los chistes de su bufón. Y no solo eso: en cuanto se filtró a la prensa que Malaparte estaba enfermo debido a la penosa reclusión a la cual era sometido por el fascio, Muss mismo lo mandó fotografiar totalmente desnudo, en un gesto que hoy es difícil no calificar de homoerótico, para exaltar la belleza muscular de su bello bufón.


Todo fue una intriga palaciega. Malaparte le faltó el respeto a un condotiero de mayor rango que él, el aviador Italo Balbo (1896-1940), quien en 1933 comandó, ida y vuelta, el vuelo de veinticuatro hidroaviones entre Chicago y Roma. Balbo, más que toda su obra literaria y política, lo remitió a su confinamiento en Lipari, como si fuese un modesto enemigo del zar internado en Siberia. Tuberculoso, al parecer por los gases tóxicos inhalados durante la Gran Guerra, el audaz Malaparte tampoco era un suicida. La nueva guerra se aproxima, carece de permiso médico para reingresar al ejército y Mussolini nazifica el país con las leyes antisemitas de 1938. Pero si los nacionalsocialistas querían imponer el dominio de la raza aria exterminando a los judíos, a Malaparte le entusiasmaba la eugenesia solo para mejorar a las razas caninas. “Ninguna voz humana expresa el dolor universal de manera tan intensa como el ladrido de un perro”, llega a decir en Kaputt.8


Esos años los dedica Malaparte al arte y a la literatura modernas con Prospettive, una magnífica revista que reúne a toda la vanguardia internacional encabezada por Picasso junto con Joyce, García Lorca, Pound y Heidegger, nada menos, y a muchos escritores italianos, prueba de que el Duce toleraba “el arte degenerado” perseguido por los hitlerianos.9 Cuando Malaparte necesitaba dinero para Prospettive recurría a su magnificencia. Serra insiste en que, contra toda corrección política, los años del fascismo fueron, más prolongadamente, similares en creatividad y riesgo a los inicios de la Revolución rusa.


Antes de 1939 Malaparte vive a la expectativa, escribiendo secretamente contra Mussolini lo que después será Muss. Retrato de un dictador y cultivando sus dos grandes pasiones: sus perros y la arquitectura. Es difícil leer una biografía moderna donde un varón heterosexual le dé tan poca importancia a las mujeres. A Virginia, la más cercana, la culpa de ser indiferente a los animales, dueña de una feminidad no abstracta, sino distraída. A Febo, su perro favorito y fundador de una dinastía, le escribirá una elegía en prosa, “Un cane come me”, de la misma manera que a su casa en Capri, una de las maravillas de la arquitectura del siglo XX, la llamará “Una casa come me”, sitio iniciático donde filmaron Godard y Bardot y que no ha sido indiferente a la pluma de Tom Wolfe o de Bruce Chatwin, quienes, además de admiradores de la Casa Malaparte, hablan de su creador como uno de los padres no reconocidos del new journalism.


Otra vez, esta suerte de navío funcionalista (cuyo arquitecto fue Adalberto Libera) que parece aterrizar en el risco de Punta Massullo parece un escenario dispuesto para Sokúrov. Se trataba naturalmente de contraponer, al Vittoriale degli Italiani, en el lago de Garda, donde se había enterrado D’Annunzio en vida, una esbelta fantasía futurista, envidiada por Axel Munthe, el autor de La historia de San Michele, otro de los famosos del vecindario.10 El tercer episodio lo protagonizará, ya no en la arquitectura monumental familiar sino en el cine, el tercero en la dinastía camaleónica, Pier Paolo Pasolini. Según Serra, uno hereda en el otro. Los unió, dice, el perdón y la venganza. Quizás, agrego yo, fueron los primeros cristianos de la no muy católica Italia.


No siendo posible reseñar aquí sus dos grandes novelas sobre la guerra, solo puedo decir que Kaputt es el norte, la aristocracia, el gueto de Varsovia, el grito de Munch, la anticipación del nazi como ogro propia de Tournier o de Sarban, mientras que La piel es el sur, la pobreza, la peste y la prostitución, es Goya y sus desastres de la guerra. Escritas ante una Italia derrotada, entrampada desde el comienzo con una invasión de Grecia que retrasará la Operación Barbarroja contra la urss, acortando la llegada del General Invierno, el dueto malapartiano no compone, desde luego, un par de novelas patrióticas. Están hechas para corroborar que en 1944 como en 1918, sea cual sea su bando, Italia siempre pierde y Malaparte solo puede ser el dibujante de un bestiario. Cada parte de Kaputt lleva el nombre de un animal y describe una comedia “humana” donde el crimen y la perversión se suman a la melancolía y la indiferencia de la naturaleza ante la historia. Mientras Jünger (que no lo cita en sus Diarios de guerra y ocupación) narra memoriosamente, dice Serra, Malaparte pinta con acentos líricos aun lo más siniestro: ya se trate del grotesco Hans Frank, quien quiso evadir la horca en Núremberg haciéndose pasar por el monaguillo que fue de niño, o del ustacha Ante Pavelić, cuyas orejotas le recuerdan a la música de Honegger o Milhaud. Malaparte se esconde en la noche blanca de Finlandia entre una tropilla de inútiles como él, jubilados por la historia, en la que se destaca el poeta y aristócrata español, el “fúnebre” Agustín de Foxá, embajador de Franco en Helsinki, amistado con el escritor italiano. Serra, en todo caso, las llama “novelas-reportaje” para enaltecerlas: compara a Malaparte con Flavio Josefo y Daniel Defoe.


El fin de la guerra hace que en Malaparte nazca un cristiano a la rusa, como puede mirarse en la única película que filmó (El Cristo prohibido, que compitió contra Los olvidados de Buñuel en Cannes) y leerse en Le bal au Kremlin, donde Malaparte interroga obsesivamente a Lunacharski y a otros bolcheviques para saber qué hay de cristianismo en ellos. Le dicen todo y nada. Malaparte elucubra tonterías –si el trotskismo es el nuevo judaísmo, etcétera– y al final, como el poeta simbolista Aleksandr Blok, reconoce que la última y desoída oportunidad de recristianizar primitivamente al mundo fue la del apostolado bolchevique. En El gran imbécil, a su vez, Malaparte narra su encuentro seguramente imaginario con el asesino de Mussolini, el hombre que dirigió su fusilamiento en Giulino di Mezzegra, supongo. En sus novelas, quien importa es él, el narrador.


Este gran stendhaliano quería que todo el mundo, desde su mujer hasta su casa pasando por su perro, fuera como él, grandioso y etéreo, incorruptible entre la peste. Este método egotista vuelve particularmente fascinante la lectura de Kaputt y La piel (de la cual hay una versión ligera, Il compagno di viaggio, editada hasta 2007), libros donde no hay identificación con las víctimas como en Grossman (que llega a ser una incesante mortificación para el lector), pero tampoco la altivez aristocrática de Jünger, su distanciamiento. Malaparte siempre es él y lo que él significa, precisamente esa Europa deliciosa y decadente, delicada y técnica, cosmopolita y nacionalista a la vez, madre de Proust y de Hitler. Por ello insisto en que la empatía fatal establecida por la Escuela de Fráncfort entre la Ilustración y la barbarie del siglo pasado es una lectura malapartiana de la Segunda Guerra, sus causas y sus secuelas. Malaparte fue el último de los intelectuales que creyó que la guerra no solo era la continuación de la política por otros medios. La guerra misma, él que la provocó y la sufrió, era a la vez el gran arte de Occidente y su consumación.


En 1944, asegura Serra, no queda claro a quién debe obedecer el oficial de reserva Malaparte, si a la República de Saló o a la moribunda monarquía que se ha deshecho de Muss. Nada tonto, Malaparte elige ser oficial de enlace de los vencedores, los estadounidenses, a quienes trata con la habitual condescendencia europea, y luego el condotiero se las arregla para caer parado. Serra demuestra que es falsa su historieta como disidente del exilio interior, cuando más bien fue un tolerado enfant terrible del fascismo, dueño de un relativo fracaso –no llegó a ser un D’Annunzio, rey de una Barataria a modo– y un dandi regañado por ofender a un gran aviador.


Antes de la Guerra Fría, cuando los comunistas todavía forman parte de los gobiernos vencedores en Italia y Francia, Malaparte se alinea con quienes vencerán en la siguiente ronda, los democratacristianos, y se perfuma de anticomunismo. Y una vez que el Partido Comunista Italiano queda, poderoso pero aislado, lejos del gobierno, Malaparte se saca un as de la manga: Palmiro Togliatti, el jefe de los comunistas italianos y la figura más importante en el mundo comunista después de los jerarcas soviéticos, lo adora y lo necesita. Limpia con gran éxito el expediente de Malaparte, esta vez presentado como un auténtico compañero de viaje. Tras la invasión soviética de Hungría en 1956, no muy exitoso ni como hombre de cine ni de teatro (montó en 1949 Das Kapital, qué habrá sido eso), Malaparte le da por la sinofilia y recorre la China comunista justo antes del Gran Salto Adelante que mataría más seres humanos que varios de los dictadores que él ridiculizó. Se inventa una entrevista con Mao (qué más da: Chateaubriand, uno de sus modelos, había hecho lo mismo con Washington) y de China llegan dos noticias. Una buena y otra mala. La buena es que Malaparte ha logrado la intercesión del Gran Timonel para que libere a los católicos presos en las ergástulas maoístas. La mala es que Malaparte ha caído mortalmente enfermo en una aldea del sur de China. Trasladado a Pekín, los médicos confirman que aquella vieja tuberculosis tóxica contraída en la Primera Guerra se ha convertido en el cáncer de pulmón que le impedirá ser testigo de la tercera, si la hay. El traslado de Pekín a Roma se convierte en una noticia mundial y, según rumores, se realizó en el turbojet de Jrushchov y Bulganin, anota Maurizio Serra.


En Roma su lecho de muerte queda rodeado de ratas eclesiásticas de todos los colores. La clínica Sanatrix de la ciudad es un desfile de celebridades: tras Amintore Fanfani, líder de la Democracia Cristiana, hacen pasar a Togliatti con el carnet del pci firmado por él mismo para el camarada Malaparte. Se dice que lo rompió una vez que Togliatti salió de la habitación. Se dicen muchas cosas. La curia se mueve con eficacia y pese a que La piel ha sido puesta en el Index, o por ello, consigue que el hijo del protestante Erwin Suckert, el Camaleonísimo al que amaron con pasión lo mismo Togliatti que Henry Miller, se convierta al catolicismo. Roma locuta, causa finita.


Muchos, muchos años después, vi, una sola vez en mi vida, al más amado de los discípulos de Malaparte, el narrador trilingüe Carlo Coccioli, quien gozó de muy escasas simpatías entre los escritores mexicanos. Una historia de amor lo trajo a vivir a México donde murió en 2003. “¿Ha leído usted a Curzio Malaparte?”, me preguntó muy sangrón como era él. “No”, respondí, seguramente pensando, atolondrado, en Errico Malatesta. “Pues vaya y léalo. No hacerlo es como subirse a un pegaso y no saber que vuela.” ~


1 Curzio Malaparte, Opere scelte, edición de Luigi Martellini y testimonio de Giancarlo Vigorelli, Milán, Mondadori (I Meridiani), 1997, p. 139.

2 Curzio Malaparte, Le bal au Kremlin, París, Denoël, 1985 y 2005, p. 161.

3 Malaparte, Muss, p. 82.

4 Serra, Malaparte, pp. 146-154.

5 F. Perfetti, prólogo a Muss, p. 22.

6 Malaparte, Muss, p. 69.

7 Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, 6, edición crítica de Valentino Gerratana, traducción de Ana María Palos y José Luis González, México, Era, 1999, p. 120.

8 Malaparte, Opere scelte, p. 735.

9Ibid., p. XXVII.

10 Michael McDonough, Malaparte. A house like me, prólogo de Tom Wolfe, Nueva York, Clarkson Potter/Verve Editions, 1999, 198 pp.


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El camaleón








 Por Juan Forn

Imaginen el avance incontenible de las tropas nazis en el frente oriental. Han llegado hasta Finlandia. Con ellas marcha un oficial fascista italiano, que cubre la guerra para el Corriere della Sera. Su nombre es Curzio Malaparte. Mussolini mantiene con él una relación de amor-odio; le inventó esa misión para sacárselo de encima. El frente está a sólo dos horas de distancia, pero Malaparte está cenando en un palacio de Helsinki, entre duques y baronesas. El anfitrión es el conde de Foxá, embajador franquista en Finlandia. Los vinos españoles dan al salmón y a la lengua de reno ahumada “un delicado sabor a sol”. Todos los comensales escuchan a Malaparte, que está contando lo que ha visto en el frente un par de días antes, cuando las fuerzas alemanas y finlandesas hicieron retroceder a la caballería rusa hasta las orillas del Ladoga, incendiando un bosque para cortarles la retirada. Caballos y jinetes tratan enloquecidamente de cruzar a la otra orilla, los finlandeses les dicen a los alemanes que no gasten balas y esperen. Con la caída de la noche la temperatura baja de golpe, el agua se congela, los sonidos se apagan. Al alba, el Ladoga es una enorme lápida de mármol blanco en la que sobresalen cabezas de caballos, congelados en rictus agónicos. Los finlandeses invitan a los alemanes a sentarse sobre esas cabezas, a beber té humeante y contemplar el paisaje, ignorando los cadáveres de rusos congelados que se alcanzan a ver bajo la capa de hielo.
Meses después, cuando el Duce ha caído y las tropas aliadas avanzan hacia Nápoles, Malaparte logra llegar de incógnito a su casa en Capri y se cruza caminando por el bosque con su vecino Axel Munthe, que había hecho célebre su amor por las aves en su best seller La historia de San Michele. Munthe le pregunta preocupado si es cierto que los nazis matan a los pájaros. El mundo no tendría sentido sin el canto de las aves, dice. Malaparte le contesta que, cuando seguía a las tropas alemanas por Ucrania, cruzaban un bosque en medio de la niebla y se oía un lamento horrible que se fue acallando de a poco hasta que desembocó en el más escalofriante silencio. Entonces se alzó la niebla y Malaparte comprendió qué había sido aquel sonido: judíos clavados vivos a los árboles que rogaban a los que pasaban a sus pies que les acortaran su suplicio con un misericordioso balazo. El espeluznado doctor Munthe quiere retirarse, pero Malaparte no ha terminado: agrega que sólo oyó ese silencio otra vez en su vida, el día anterior en el puerto de Nápoles, mientras buscaba quién lo cruzara a Capri. En un sótano descubrió una perrera clandestina. Rebalsaba de perros enloquecidos pero, inexplicablemente, no ladraban: les habían cortado la lengua al capturarlos para poder hacer acopio de mercadería sin llamar la atención, y luego ir matándolos y vendiendo la carne a precio de oro en el mercado negro.
Malaparte escribió así sobre la guerra cuando la guerra aún no había terminado. Estas dos escenas pertenecen a Kaputt, un libro que publicó en 1944, cuando ya se había reformulado camaleónicamente como oficial de enlace para los norteamericanos. Un año después de la guerra se hizo comunista, primero pro soviético y luego maoísta. Escribió un libro al respecto. Se llama Yo en Rusia y en China. Las malas lenguas dicen que Malaparte era tan egocéntrico que en toda boda quería ser la novia y en todo funeral el muerto. De hecho, antes de la guerra había publicado en el diario La Stampa de los Agnelli una serie de fantasías autobiográficas tituladas “Una mujer como yo”, “Un perro como yo”, “Una tierra como yo” y “Un santo como yo”, y su casa casi sin ventanas en Capri, construida en la cima de un acantilado y pintada de color sangre de toro, con una enorme terraza donde hacía su gimnasia ritual contemplado desde las colinas por mujeres enamoradas de él, se llamaba “Casa come me” porque era “triste, dura y severa” como había sido su exilio (harto de él, Mussolini lo había hecho encerrar en la prisión romana de Regina Coeli; el conde Ciano, yerno del Duce, logró interceder para que la pena fuera conmutada por un exilio de cinco años en Lipari; Malaparte cumplió sólo uno, luego vino la guerra y logró que lo enviaran adonde había acción).
Todos los libros de Malaparte tienen el mismo mecanismo: él en palacios, galas y banquetes, o en caminatas a solas con algún ilustre personaje, oropeles por doquier, y él relatando episodios escalofriantes en el barro de las trincheras, en los bajos fondos de la miseria humana. Siempre es él hablando y siempre hay ilustres que lo escuchan pero, cuando cuenta lo que vio, Malaparte se olvida de sí mismo y su prosa es alucinatoria. Que nunca supo callarse es obvio, para bien y para mal. Es casi risible cómo se amaba a sí mismo (“No me perdonan que sea veinte centímetros más alto que la mayoría de los escritores italianos”), pero también es cierto que, en 1932, en un librito que publicó en París porque en Italia no podía (Técnica del golpe de Estado), dijo que Hitler era la mujer que Alemania merecía, así como en su novela La piel (que el Vaticano incluyó en su Index de libros prohibidos) escribió que para los italianos fue una vergüenza ganar la guerra. “Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre con tal de salvar la piel, esta piel asquerosa. Antes se soportaba el hambre, la tortura, los martirios más terribles, se mataba y se moría, se sufría y se hacía sufrir, para salvar el alma. Hoy hacemos lo mismo, pero ya no para salvar el alma, sino para salvar la piel.” Podría jurar que Lina Wertmüller sacó de ahí aquella famosa escena en que Pasqualino, el esmirriado Giancarlo Giannini, acepta hacerle un cunnilingus a la horrorosa kapo del campo de concentración y ella le dice, mientras se deja lamer: “Ustedes van a terminar ganando la guerra, porque son capaces de todo”.
“Me pasé la vida tratando de ser italiano como el resto de los italianos, pero creo que nunca lo logré”, dijo Malaparte en su lecho de muerte. En una visita a Pekín se había pescado “una pequeña fiebre china” que resultó ser un fulminante cáncer de pulmón. Cuando se internó en la clínica Sanatrix de Roma pidió la habitación 32 porque era la que estaba más cerca del montacargas que iba a la morgue, pero lo primero que hacía cada mañana era leer, en las páginas de sociales de los diarios, la lista de ilustres que había ido a visitarlo la jornada anterior. En aquella clínica aceptó, con alta cobertura mediática, el carnet del Partido Comunista, pero los medios no se privaron de anunciar el día después de su muerte que, a último momento, entre aullidos y lágrimas, había roto el carnet en pedazos y se había convertido al catolicismo. Los curas ya saboreaban el botín: la invalorable casa de Malaparte en Capri. Pero cuando las enfermeras de la clínica limpiaron el cuarto encontraron bajo el colchón el carnet del PC intacto, junto con un testamento donde el finado legaba su casa, como residencia de verano, a la Asociación de Jóvenes Artistas de la República Popular China.

https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-206386-2012-10-26.html

Curzio Malaparte, el dandy canalla

Malaparte en su último viaje. Aquí en la muralla china en noviembre de 1956.
Malaparte en su último viaje. Aquí en la muralla china en noviembre de 1956.
Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.
(Fotos extraídas del libro Il Malaparte illustrato de Giordano Bruno Guerri, Milán, Mondadori, 1998).
De él dijeron todo y lo contrario. Un genio y un canalla. Un escritor visionario y un modesto taquígrafo del poder. El chaquetero por antonomasia y un hombre coherente con sus principios. Un mujeriego empedernido y un hombre solitario. Un arriesgado reportero de guerra y un acomodado burgués amante del lujo. Probablemente Malaparte fue todo eso a la vez. Y lo contrario.
Giorgio Luti, uno de los mayores expertos de la literatura italiana, lo definió como “un escritor que antes de todo fue un personaje público, un gran protagonista de la vida cultural y política italiana durante el ventennio fascista y en la posguerra, un intelectual inquieto, constantemente en vilo entre comunismo y fascismo”. Giovanni Pardini, autor de su biografía política, lo juzgó “un esteta de la política”. Maurizio Serra, cuya reciente biografía traducida también al castellano –Malaparte, vidas y leyendas (Tusquets, 2012)– ha sido galardonada con el Premio Goncourt 2011, habla de él como de un gran provocador y un “eterno contreras”, que de todos modos, en una aparente constante incoherencia, mantuvo toda la vida una cierta coherencia: la de ser republicano, antiburgués y anticlerical.
De Gramsci a Togliatti
Probablemente el juicio más conocido sobre Malaparte fue el de Antonio Gramsci. En una de sus reflexiones contenidas en los Cuadernos de la cárcel, el marxista sardo le atribuyó “un desenfrenado arribismo, una desmesurada vanidad, un esnobismo camaleonesco”. Mientras Gramsci escribía estas palabras encerrado en las prisiones de Mussolini, donde encontraría la muerte en 1937, Malaparte era un conocido fascista del ala más radical, admirador del Duce y periodista de éxito en la Italia del fascio littorio.
Distinto fue el juicio, unos años más tarde, de otro de los fundadores del PCI, Palmiro Togliatti, secretario general del partido hasta 1964. Le interesaba la figura de Malaparte, quizás llegó también a admirarlo. Justo después de la caída de Mussolini, cuando Italia estaba dividida en dos por la guerra civil, Togliatti se mostró favorable a concederle el carnet del PCI. En el verano de 1944 le pidió también que escribiera cinco artículos para L’Unità, que firmó con el seudónimo de Gianni Strozzi. La cosa no prosperó por la oposición de Alicata y de otros dirigentes comunistas y Malaparte, como todo buen narcisista, después del “rechazo” empezó a criticar el “fascismo de los antifascistas” y a condenar la peligrosa “raza marxista”.
Pero la cosa no acabó ahí, porque de otra manera no se trataría de Malaparte, a fin de cuentas. Al cabo de diez años quedó fascinado por la China de Mao. En otoño de 1956, gracias a Maria Antonietta Macciocchi, directora de Vie Nuove, revista ligada al PCI, Malaparte viajó a Pekín a la conmemoración del escritor Lu Xun. Fue el último de sus muchos viajes: en los pueblos del interior del gigante asiático enfermó. Volvió a Roma y murió el 19 de julio de 1957 por un cáncer cuyos orígenes se encontraban en el gas mostaza que respiró durante la I Guerra Mundial. En los últimos meses, en la clínica romana Sanatrix, recibió la visita de muchas personalidades: escritores, periodistas, curas, políticos. Entre ellos el líder de la Democracia Cristiana Amintore Fanfani y el mismo Togliatti, que le entregó el carnet del PCI. El superfascista Malaparte moría oficialmente comunista.
Malaparte durante su viaje en Etiopía a principios de 1939, como enviado de Il Corriere della Sera.
Malaparte durante
su viaje en Etiopía a
principios de 1939, como enviado de
Il Corriere della Sera.



















De una guerra a otra
En los últimos días de vida de Malaparte encontramos las claves para entender su compleja y polifacética personalidad, y su trayectoria zigzagueante en la Europa de la primera mitad del siglo XX: la guerra y la ambigua relación entonces entre las grandes ideologías.
Malaparte, cuyo verdadero nombre era Kurt Erich Suckert (su padre era un alemán que se mudó a Italia a finales del siglo XIX), nació en Prato, la capital textil de la Toscana, en 1898. Con solo dieciséis años, en el invierno entre 1914 y 1915, se fue a Francia con los voluntarios garibaldinos que tras el estallido de la contienda decidieron defender el país galo del ataque del Kaiser.
La guerra lo marcó para toda la vida. Después de la entrada en guerra de Italia se incorporó al ejército de Víctor Manuel III, luchando en el frente alpino. En julio de 1918 regresó al frente Occidental, del que Erich Maria Remarque ofrece un estremecedor retrato en Sin novedad en el frente. Bajo el mando del general Albricci, el cuerpo de expedición italiano del cual formaba parte, Malaparte luchó con los franceses y los ingleses en la batalla de Bligny, a la que dedicó un largo poema a finales de los años treinta.
No fue esa la única obra literaria de Malaparte en que la guerra tenía un papel relevante. A la derrota de Caporetto de octubre de 1917, cuando los austrohúngaros rompieron la línea de defensa italiana –véase aquí el espléndido relato del acontecimiento contenido en Adiós a las armas de Ernest Hemingway– y llegaron a pocos kilómetros de Venecia, dedicó Malaparte su primera novela. El título era una provocación en sí mismo: Viva Caporetto! Publicado en 1921, cuando las escuadras fascistas, con el visto bueno de las clases dirigentes liberales, empezaban la destrucción sistemática del poderoso movimiento obrero italiano, el volumen fue retirado inmediatamente de las librerías de la península. Se volvió a publicar dos años más tarde con el título de La rivolta dei santi maledetti, una elección más aceptable para la Italia del primer Gobierno Mussolini, que de la experiencia de la guerra y del patriotismo nacionalista hacía su estandarte.
La guerra, otra vez la guerra. Siempre la guerra. O casi. Periodista extremadamente lúcido y capaz, fue el corresponsal de Il Corriere della Sera en la Etiopía recién conquistada por las tropas italianas. En 1939 viajó varios meses al interior del país africano, donde la guerrilla financiada por los ingleses impuso una serie de derrotas al ejército de Mussolini. Luego vino la II Guerra Mundial y Malaparte siguió por largas etapas el conflicto para el histórico periódico milanés dirigido por Aldo Borelli. Desde los Alpes del valle de Aosta en la guerra franco-italiana de junio de 1940 a la Grecia de Metaxas en el invierno siguiente. De los Balcanes invadidos por Hitler y destrozados por la violencia Ustacha en la primavera de 1941 al frente ruso, entre Rumanía y Finlandia, tras el comienzo de la Operación Barbarroja. Artículos y más artículos –siempre bien pagados– y varios libros sobre estas experiencias, como Il sole è cieco Il Volga nasce in Europa, que recopilan esas corresponsalías.
Experiencias que en los años siguientes Malaparte consiguió plasmar en sus dos novelas de más éxito: Kaputt (1944) y La piel (1949). Dos obras que le dieron fama, más en Francia que en Italia, y que habrían tenido que ser parte de una trilogía, Mamma marcia, publicada tras la muerte del escritor, hubieran debido ser el cierre de este fresco de la Europa destrozada por la guerra. El crítico Luigi Martellini las ha definido acertadamente como “una fiction based on facts: cada hecho que se relata es verdadero, pero sufre una transformación a través del arte”.
Malaparte utilizó su experiencia en los frentes del segundo conflicto mundial para crear metáforas. Los animales en Kaputt, ese “monstruo alegre y cruel” que recorre Europa entre 1940 y 1943. “Ninguna palabra mejor que Kaputt –vocablo alemán, que literalmente significa ‘roto, acabado, deshecho, destruido…’– podría dar a entender lo que es ahora Europa, y, por consiguiente, nosotros: un montón de escombros”, explica Malaparte en la prefacio del libro. La piel –cuyo título hubiera debido ser La peste, pero Malaparte lo cambió por la publicación del homónimo libro de Albert Camus– es la piel de Italia, durante la liberación por parte de los aliados, a cuyos ejércitos acompañó como oficial de enlace en 1944. Una piel destrozada y quebrada. Europa era y seguía siendo una madre podrida: una mamma marcia. Imágenes que volverían también en dos obras teatrales malapartianas de la siguiente década: También las mujeres han perdido la guerra, estrenada en la Biennale de Venecia en 1954, y El compañero de viaje, obra inédita que volvía otra vez al paisaje destrozado del mezzogiorno italiano en el verano de 1943.
La decadencia del Viejo Continente era un hecho incuestionable a esas alturas por un Malaparte que era hijo de las teorías del ocaso de Occidente de Oswald Spengler y era hermanastro, en un cierto sentido, del teatro de la crueldad de Artaud. Y, ¿cómo no?, del mundo de Céline y de Chateaubriand. A este respecto el crítico Giuseppe Panella habla de la capacidad de Malaparte para transfigurar oníricamente los episodios bélicos en puro horror y, al mismo tiempo, en puro lirismo. Un hecho que explica esa técnica de escritura absolutamente peculiar  que el mismo Panella define como “provocación estético-poética”.
Una de las últimas fotografías de Malaparte. En el hospital, en la primavera de 1957, en los últimos meses de vida, recibe la visita de Palmiro Togliatti, secretario del PCI, que le entregó el carnet del Partido Comunista Italiano.
Una de las últimas fotografías de Malaparte. En el hospital, en la primavera de
1957, en los últimos meses de vida, recibe la visita de Palmiro Togliatti, secretario del PCI, que le entregó el carnet del Partido Comunista Italiano.
Entre el fascismo y el comunismo
Malaparte tuvo un referente en esa Francia que tanto amó y en la cual vivió dos periodos de su intensa vida: Pierre Drieu La Rochelle. No lo conoció personalmente ni a principios de los años treinta, cuando se retiró a orillas del Sena para escribir, ni a finales de los años cuarenta, cuando volvió a la ville lumière con el objetivo frustrado de convertirse en un intelectual de fama mundial.
Como Drieu, Malaparte tuvo una trayectoria zigzagueante entre las dos grandes ideologías del siglo XX. Pero si Drieu –también voluntario en la Gran Guerra– pasó del compromiso con el comunismo y con el surrealismo a principios de los años veinte al colaboracionismo en la París ocupada por la Wermacht, Malaparte hizo el viaje al revés. Al comunismo se convirtió solo en el lecho de muerte. Y siempre a su manera. Pero es también verdad que en los años anteriores había mostrado particular interés por la experiencia soviética. En 1929, como joven director del periódico turinés La Stampa, hizo un viaje a la URSS del primer plan quinquenal, desde donde envió una serie de reportajes, recopilados luego en Intelligenza di Lenin. Al país de los soviets volvió durante la II Guerra Mundial y luego, rumbo a China, en el que fue su último viaje. Se publicó póstumo Io, in Russia e in Cina, que fue su diario de aquellos meses entre Moscú, Pekín y Chunking. Entre uno y otro viaje, otras tres obras de Malaparte están centradas en el comunismo y el marxismo: Le bonhomme Lénine, publicado en Francia en 1932; Das Kapital, obra teatral estrenada en París en 1949, e Il ballo al Kremlino, novela inacabada, que debía ser una especie de fresco de la “nueva aristocracia marxista”.
Technique du coup d’État, publicada en Francia en 1931, junta en una misma obra el interés por el comunismo y el fascismo, aunque no fue el momento en que Malaparte dejó el carnet del Partido Nacional Fascista y se alejó de Mussolini. A la vuelta a Italia, en octubre de 1933, tras el éxito de la publicación de la obra que alababa las técnicas de la conquista revolucionaria del poder (in primis Trotsky, pero también Mussolini y Lenin) en la Europa de la posguerra, es cierto que Malaparte fue detenido y enviado al confinamiento por un año, pero las razones fueron otras y tenían que ver con las relaciones de poder internas del fascismo italiano y la enemistad del jerarca Italo Balbo hacia este escritor narciso y provocador. Malaparte siguió siendo fascista hasta la caída de Mussolini en julio de 1943. Lo que supo hacer, a veces bien, otras veces de forma chabacana, fue contar otra historia, rescribir su historia, mezclar su vida con muchas leyendas que con el tiempo han conseguido esconder los hechos reales.
Al fascismo, se diga lo que se diga, Malaparte había dedicado gran parte de su vida, viendo en el partido fundado por Mussolini, al cual se afilió en septiembre de 1922, un elemento regenerador de la nación italiana. En los años veinte fue un destacado representante del fascismo más intransigente, cercano a figuras políticas como la de Roberto Farinacci. No consiguió hacer carrera política ni diplomática, esto también es verdad, pero, gracias a su hiperactivismo y a su talento, supo ocupar un espacio importante en el mundo de la cultura comprometida con la política (y con el poder): en 1923 publicó L’Europa vivente, un ensayo teórico sobre el sindicalismo nacional, y en los años siguientes, antes de ser premiado con la dirección de La Stampa, fue uno de los fundadores del movimiento Strapaese con Mino Maccari y Leo Longanesi y, con Massimo Bontempelli, del movimiento Stracittà. Las dos almas del fascismo, aparentemente opuestas y en competición.
Malaparte era indudablemente un provocador y, como notó su primer biógrafo, Giordano Bruno Guerri, más que un oportunista era un hombre que “vivía de impresiones y de estados de ánimo” y que estaba “dotado de una completa indiferencia ideológica” que le permitió pasar a lo largo de su vida sin excesivos problemas de una posición a otra en el espectro político. ¿Fue efectivamente indiferencia ideológica? ¿O se trató de esa rebeldía inconformista que tanto marcó a los intelectuales de entreguerras? En una cosa se puede estar absolutamente de acuerdo con Guerri: Malaparte era una persona que “quería gustar a toda costa a todo el mundo”. Malaparte era un dandy canalla.
PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 38, MAYO DE 2015


Curzio Malaparte

(Kurt Suckert; Prato, 1898 - Roma, 1957) Escritor italiano. Su padre era alemán, pero desde su infancia fue separado de su familia y confiado a unos pobres campesinos toscanos, en cuyo hogar se mantenía aún viva la tradición popular del republicanismo garibaldino. Seguía con brillantez los estudios secundarios en Prato cuando el 2 de agosto de 1914 se fugó, pasó la frontera y se alistó en el Ejército francés. Combatió durante toda la Primera Guerra Mundial, primero en la Legión extranjera y luego en el 408.º regimiento de infantería. Condecorado por méritos de guerra, en 1918 quedó inútil para el servicio militar por acción de los gases.

Curzio Malaparte
Entró luego en la carrera diplomática, asistió a la conferencia de la paz en Versalles y después formó parte de la legación italiana en Polonia. En 1921 regresó a Italia y abandonó la carrera administrativa. Atraído por la figura de Mussolini, entonces todavía muy próximo a sus orígenes socialistas, se adhirió al partido fascista en 1922. Un año antes había publicado su primer libro (La revuelta de los santos malditos) y se hacía llamar Malaparte. Un día Mussolini le preguntó por qué había escogido este nombre funesto, a lo que contestó el escritor: "Napoleón se llamaba Bonaparte y terminó mal, yo me llamo Malaparte y terminaré bien".
Durante algún tiempo fue delegado de las "haces" en el extranjero, pero no tardó en presentar la dimisión. La decisión obedeció tan sólo a un deseo de independencia, ya que Curzio Malaparte continuó siendo uno de los intelectuales más brillantes del movimiento acaudillado por el Duce. Director del semanario fascista La Conquista dello Stato, publicaba ensayos de títulos virulentos como Las bodas de los eunucos (1922), Italia contra Europa (1923) o La Italia bárbara(1925), en los que exponía un nietzcheísmo político basado esencialmente en la antítesis entre la plebe italiana "que no quiere sufrir", y el héroe-superhombre (evidentemente Mussolini) que debía convertirse forzosamente en un tirano si quería llevar al país al desempeño de un gran papel histórico.
Con todo, en ese tiempo, Curzio Malaparte ya se permitía pequeñas rebeldías cada vez más frecuentes con respecto a la disciplina del partido y del mismo Duce. Administrador de las célebres ediciones de la Voce, a menudo entraba en conflicto con los dirigentes fascistas. Pero a raíz del pacto de Letrán, en 1929, atacó directamente a Mussolini en un breve libelo aparecido en una revista genovesa bajo el significativo título de Don Camaleón. Las autoridades prohibieron su publicación en volumen y Mussolini decidió alejar a Malaparte de Roma y confiarle la dirección del gran diario turinés La Stampa.

Curzio Malaparte
Después de un largo viaje por Europa, África y Asia, nuestro autor abandonó ruidosamente el partido fascista en enero de 1931. Refugiado en París, publicó allí en francés dos obras capitales: Técnica del golpe de estado (1931) y Le Bonhomme Lénine (1932), que le valieron por fin la vasta notoriedad que no había podido alcanzar con su novela Aventure d'un capitano di sventura ni con su libro de poemas, también autobiográfico, L'Archiitaliano, cantate di Malaparte.
Establecido en Londres, Malaparte iniciaba allí su carrera de corresponsal político cuando Mussolini, en 1933, le ordenó que regresara a Italia. Malaparte obedeció, por bravata, pero fue detenido al apearse del tren "por manifestaciones antifascistas en el extranjero" (sus dos libros Técnica del golpe de estado y Le Bonhomme Lénine estaban prohibidos en Italia y Alemania). Tras un encarcelamiento de algunos meses, el escritor fue condenado a cinco años de confinamiento en las islas Lipari. Allí escribió Fughe in prigione (1936) y Sangue(1937).
Cumplida la condena, pudo establecerse en Roma, pero quedó bajo la vigilancia de la policía y fue detenido durante la visita de Hitler a Roma en 1938. Con todo, en 1939 fundaba Malaparte la revista de oposición Prospettive, en la que publicó textos de antifascistas notorios como Alberto Moravia y, durante la guerra, poemas de Paul Éluard e inclusive artículos de escritores judíos. Parecía, no obstante, que Mussolini trataba a su antiguo discípulo con cierta benevolencia, por cuanto en 1940, a raíz de la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, Malaparte, que acababa de publicar su novela Donna come me, recibió el nombramiento de corresponsal de guerra y fue agregado a un regimiento de tropas alpinas.
Pero, dando una nueva prueba de su incurable espíritu de libertad, Malaparte se puso a escribir su novela Il Sole e' cieco, condenación moral de la agresión contra una Francia que se hallaba ya al borde de la derrota. El libro fue confiscado y Malaparte, enviado al servicio armado, hizo la campaña de Grecia a bordo de un avión de bombardeo. En 1941 pudo reintegrarse a sus funciones de corresponsal de guerra y partió al frente de Rusia con el cuerpo italiano del general Messe. Pero sus artículos desfavorables a Alemania originaron su expulsión del frente ucraniano a fines de 1941.
Su estancia en la Europa del Este ocupada por los alemanes y sus sorprendentes encuentros con jefes nazis como Franck, gobernador-títere de Polonia, e incluso con Himmler, le suministraron la materia del más conocido de sus libros, Kaputt, que fue publicado en 1944 en Nápoles (ocupado ya por los norteamericanos) y rápidamente traducido a todas las lenguas.
Después de pasar el año 1942-43 en el frente de Finlandia, Malaparte se refugió en Suecia y, a la caída de Mussolini, pasó a la parte de Italia controlada por los aliados y luchó hasta la paz con los resistentes de la División Potente. Asqueado por el espectáculo de la Italia de la inmediata postguerra (La Pelle, 1949), Malaparte decidió en 1945 instalarse en París e incluso pensó en escribir solamente en francés. En francés estrenó con poco éxito dos obras de teatro: Du coté de chez Proust (1948) y Das Kapital (1949). Vuelto a Italia, vivió en su casa de Capri, donde realizó algunas apreciables tentativas cinematográficas.
En 1956 hizo un gran viaje a China y afirmó sus simpatías por el régimen comunista. Pero en 1957, poco después de la aparición de su último libro, Maledetti Toscani, sufrió unos ataques pulmonares y cardíacos, secuela de sus heridas de guerra. Llevado a Roma en avión, empezó entonces una patética lucha de cuatro meses contra la muerte, que afrontó con gran valor y plena conciencia, hasta el punto de registrar en una cinta magnetofónica sus impresiones de agonizante. Días antes de su muerte, Malaparte, que era protestante y había visto su libro La Pelle incluido en el índice en 1949, se convirtió al catolicismo.
Aun cuando es difícil emitir ahora un juicio sobre Curzio Malaparte, no parece aventurado afirmar que fue uno de los más vigorosos temperamentos literarios de su época. A pesar de las exageraciones voluntarias que contienen, libros como Kaputt y La Pelle quedarán probablemente como testimonios decisivos de la tragedia de los años 1939-45. Se le ha reprochado con razón el cinismo de que hace gala, pero es posible que este cinismo no fuese para Malaparte más que la máscara tras la que se ocultaba su lúcida desesperación ante la decadencia europea.