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    domingo, 11 de junio de 2017

    Me destruyo, por lo tanto existo : Adicciones y consumos

    Juan Eduardo Tesone

    Adicciones y consumos: el sujeto elige modos de satisfacerse que lo llevan a un “masoquismo de vida”.
    Humos. “Consumen, se consumen y consumen a otros en su vértigo destructivo”, afirma Tesone.

    El consumo problemático es el resultado del encuentro entre una personalidad y un producto. La personalidad puede ser variable y no responde necesariamente a una homogenización del diagnóstico en términos conductuales o en términos psicodinámicos. Es bien sabido que encontramos consumos problemáticos en neuróticos, psicóticos, perversos y en pacientes border-line. No es el consumo en sí mismo lo que nos esclarece sobre la singularidad del sujeto que consume. Dicho sea de paso, es curioso el término “consume”, dado que más que consume correspondería decir “se consume”, dando la entera responsabilidad al sujeto en su elección.

    No confundo culpa con responsabilidad. Mi intención no es culpabilizar o judicializar al consumidor, sino responsabilizarlo en su participación como sujeto en dicha alienación. No basta con repetir lo que sostiene el consumidor: yo domino el consumo. Pero tampoco el lugar común que la sustancia domina al sujeto, como si diéramos por sentado que el sujeto ha desaparecido. Sitúo el trabajo terapéutico en la intersección de un estado de la mente de un sujeto y su relación con un producto. A los consumos conocidos, ya sean legales o no, se puede agregar cualquier sustancia consumida en exceso, a tal punto que genere daño.

    Una paciente de 40 años me fue derivada por su nefrólogo por consumir en exceso agua. Su potomanía (necesidad exagerada y urgente de beber) la llevaba a consumir 12 litros de agua por día, su intención racionalizada era adelgazar. Sin embargo, la sustancia más inocua y considerada saludable en apariencia, le estaba dañando sus riñones por exceso de filtrado. El consumo de agua era problemático para sus riñones pero no para ella, cuyo propósito consciente era adelgazar a cualquier precio, incluso el de una insuficiencia renal que pudiera conducirla a la muerte. Si un común denominador existe entre las personas que manifiestan un consumo problemático, parece ser el de la ausencia de límite. Pero al mismo tiempo, y paradójicamente, una forma insidiosa, solapada, omnipotente, de confrontarse a un límite, el único que logra frenar el consumo: la muerte.

    Patologías del vacío

    Situaría a los sujetos con consumos problemáticos no perteneciendo a una nosografía en particular sino dentro de las patologías del vacío, en la frontera de diferentes entidades nosológicas. Son pacientes que inquietan pues están en el borde de la frontera, entre las nosologías:a-estructurados más que estructurados, pero no desestructurados, no se deciden a pertenecer a ninguna clasificación de enfermedades clásica. El yo moderno no sólo está escindido entre un consciente y un inconsciente, es a su vez múltiple, polifónico al decir del filósofo del lenguaje Mijaíl Bajtin.

    No creo en las estructuras psíquicas compartimentadas, prefiero hablar de configuraciones psíquicas predominantes. Es innegable que en cada sujeto prevalece una manera de funcionar psíquicamente como respuesta al aparente evitamiento del dolor psíquico. No se elige la modalidad de funcionamiento psíquico en una góndola de supermercado, la configuración se impone al sujeto para protegerlo del sufrimiento y a veces y paradójicamente lo precipita en el mismo. La resistencia al cambio, aun si en casos extremos lo lleva primero a la muerte psíquica y luego a la muerte de su soma, es el precio que el sujeto está dispuesto a pagar para creer que puede llenar su vacío existencial con un producto.

    Ahora bien, si aceptamos junto con Bajtin que el sujeto es polifónico, es posible seguir sosteniendo que pertenece a una sola configuración psíquica. ¿O acaso no está en la naturaleza de los contenidos psíquicos atravesar fronteras? ¿No podemos decir que si bien el sujeto tiene una modalidad prevalente de funcionamiento psíquico, todas las configuraciones coexisten en el mismo individuo y hablan en él y de ellas?

    No estoy afirmando que no existan las configuraciones psicopatológicas, estoy proponiendo que existen vasos comunicantes entre dichas configuraciones y que ninguna funciona de manera unívoca y aislada de las otras. Conviene considerar a la patología del vacío como casos límites de lo analizable.

    El consumo suele ser simultáneamente problemático para el entorno, ya sea el familiar o la sociedad considerada en su conjunto, quienes padecen las consecuencias de una conducta que tiene impacto no sólo en el sujeto, sino en círculos concéntricos que se van ampliando. Es sabido que un sujeto tomado por una sustancia puede llegar a delinquir, perdiendo incluso toda referencia ética frente al sufrimiento del otro. Estamos confrontados a los límites de lo terapéutico frente a sujetos que no se sienten responsables de un consumo. Consumen, se consumen y consumen a otros en su vértigo destructivo. ¿Cómo no pensar que en el trasfondo de esta compulsión a la repetición predomina lo que un analista francés de origen rumano, Benno Rosenberg llama masoquismo de muerte. Si el sujeto de consumos problemáticos no tiene capacidad de espera para satisfacer su impulso, es porque busca desesperadamente reencontrarse con el objeto perdido de la satisfacción primaria. Si el masoquismo es el aumento de la tensión psíquica en el aparato psíquico, se requiere cierta capacidad de aumento de la tensión y de espera para lograr satisfacción, siempre frustrante porque nunca es absoluta. A esa capacidad de espera y de relativo aumento de la tensión psíquica, Rosenberg la llama masoquismo de vida, en la medida que permite que la vida sea posible.

    En cambio, la búsqueda de satisfacción inmediata, absoluta, conforma lo que Rosenberg llama masoquismo de muerte. En el asujetado (súbdito) al consumo, la espera, el duelo del reencuentro con el objeto perdido y de la obtención de lo absoluto no ha tenido lugar. Como un bólido que circula a 200 km por hora, sólo encuentra su límite al chocarse contra el muro de la muerte. La destructividad, auto y hétero, es el meollo de ese tipo de personalidades que obstaculiza la potencia creativa de la libido hasta asfixiar la vida psíquica. La búsqueda de placer inmediato aparente se degrada en displacer sustentada por odio de sí mismo. El amor es siempre incierto, el odio es más constante y certero: nos confrontamos a la certeza del narcisismo de muerte de la persona que consume. ¿Cómo no nombrar este proceder de masoquista, dado que se convierte en una búsqueda de existencia al destruirse? Niega simultáneamente su sentimiento de existencia y la del otro. No hay compasión, es decir sentir con, dado que no hay un sujeto que asuma su responsabilidad como tal. La pregunta ontológica que subyace al sujeto que consume sería la siguiente: ¿estoy vivo o muerto? La respuesta podría ser que quizá ni lo uno ni lo otro.

    Caídas profundas

    Si una mutación no interviene, la duda se disipa ante la muerte deseada, negada, pero finalmente encontrada. El masoquismo, en estos casos, puede ser vivido como el signo de una omnipotencia invertida. No conoce la “derrota”. Aquello que para otros sería causa de abatimiento, decepción, desilusión, aquí es vivida como una suprema apoteosis destructiva. Más profunda será la caída, más alta la victoria. La derrota con signo opuesto marca su pretensión de invencible. En el truco desafiante con la Parca, se cree poseedor del as de espada. Lo que no advierte es que no hace falta convocar a la Parca, la espada se la clava él mismo. Su triunfo consiste en dicha autonomía autodestructiva. El desafío que consistiría en descentrar la lógica de dicho cogito requiere el convencimiento del sujeto que otra forma de existencia es posible.

    Sin asunción de su responsabilidad en la cura, más allá de la multiplicación de abordajes, individuales, familiares y grupales, incluidas las eventuales internaciones, el cambio me parece difícilmente posible. No hay consumo que desaparezca si no hay dolor tolerable y elaborable. Y para eso se necesita que el sujeto asuma su responsabilidad, que se sienta concernido por una mutación que lo presentifique como sujeto del sufrimiento y no como objeto víctima de lo padecido por el consumo del producto que sea.

    Tesone es miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Sociedad Psicoanalítica de París. Escribió: En las huellas del nombre propio.

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    Darle lugar al tiempo interno

    Juan Eduardo Tesone



    Es importante diferenciar el tiempo calendario del tiempo interno que tiene cada uno, porque no siempre coinciden.

    El calendario impone algunos tiempos bien claros: el ciclo lectivo y los plazos judiciales son buenos ejemplos. A la vez, otros procesos dependen de la elaboración interior. Los duelos son un ejemplo tradicional: antes se decía que había que guardar luto por un año, pero lo cierto es que un duelo puede durar una semana o tres años. Lo que hay que dilucidar es cuál de los dos tiempos está funcionando como amo, y no quedarse en ninguno de los extremos entre una cosa y la otra, sino poder encontrar un equilibrio.

    No vale la pena postergar indefinidamente la reflexión sobre lo que nos impide tomar decisiones ni tampoco dejar que el tiempo interno se lleve por delante el del calendario: no se puede llegar todos los días tarde al trabajo por no tener en cuenta la realidad circundante. Pero sí hay que darle lugar a los tiempos internos que construyen la subjetividad de todos nosotros.

    Hacer una dieta o dejar de fumar, por ejemplo, son decisiones que suelen tratarse en el ámbito de las psicoterapias y tienen que responder a tiempos internos de cada individuo, a que llegue el momento en el que decís: “No me quiero hacer este daño”. Hay que escuchar eso en el momento en que ocurra.


    Las edades también influyen en los tiempos internos: a los 20 años uno quiere todo para ahora, pero también siente que es eterno, que no hay apuro para realizar casi nada. En cambio más adelante, cuando hay más conciencia de la finitud de la vida, las urgencias por realizar deseos tienen que ver con esa realidad.

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    Primero, la obligación de proteger a los niños

    Juan Eduardo Tesone

    La paidofilia, como su nombre lo indica, es la atracción sexual que ciertas personas sienten por niños o pre-púberes. El artículo de la doctora Margo Kaplan en el New York Times plantea esta particularidad de la sexualidad humana que sienten ciertos sujetos y postula que la misma no sería un delito sino un trastorno. Se advierte en dicho artículo la confusión no sólo entre un trastorno de índole psíquico y un delito, sino simultáneamente la confusión entre el acto y la fantasía.

    Una cosa es la problemática que pueden sentir ciertos sujetos al sentirse atraídos por niños, en su fantasía, es decir tan sólo en su imaginación sin pasar al acto; y otra cosa es cometer un acto sexual que incluya un niño real. Dicho delito está tipificado en nuestro código penal. La sexualidad humana es una psico-sexualidad; es decir, cada sujeto tendrá una sexualidad que le es propia y singular orientada por su psiquismo, y en ese sentido se aleja de la sexualidad animal que está regida biológicamente por instintos predeterminados.

    Si bien la sexualidad de cada humano no se elige, sino que es la resultante de una alquimia difícilmente previsible, no se puede sin embargo des-responsabilizar a la persona de la consecuencia de sus actos ligada a las formas de su sexualidad. Entiendo, y en eso coincido con el artículo, que los paidófilos deberían recibir una ayuda psicológica que les permita, en el mejor de los casos, canalizar su sexualidad de otra manera, o al menos contenerla en su fantasía sin pasar al acto. En algunos países como Holanda, se les propone una internación de larga duración, evitando así el pasaje al acto mientras dura el apoyo psicológico que estén dispuestos a asumir.

    Nadie puede cambiar, independientemente de la ayuda que reciba, sin un deseo propio de cambio. No se puede iniciar una psicoterapia, ya sea analítica, cognitiva o de cualquier otra tendencia, si el riesgo de pasaje al acto contra un niño es factible. Sería contraria a la más elemental exigencia ética del terapeuta, que lo convertiría en cómplice voyeurista del pasaje al acto perverso. Pero si el paidófilo pasa al acto, abusando de un niño, que no está nunca en condiciones de dar un consentimiento, esto no sólo constituye un delito, sino que es un traumatismo con consecuencias psíquicas graves para un niño, que es devastado en su psiquismo incipiente. Que la paidofilia sea considerada por algunos como un trastorno psíquico, no des-responsabiliza al sujeto de sus actos.

    La eventual existencia de problemas orgánicos, uterinos o neurológicos ligados al origen de la paidofilia no ha sido comprobada científicamente y los argumentos presuntamente científicos esgrimidos por el artículo del NYT sin citar sus fuentes, son de una pobreza lastimosa y particularmente peligrosa. Si todo sujeto con un “trastorno psíquico” fuera des-responsabilizado de sus actos, no sería necesario que existiese el sistema penal, dado que todo acto sería justificable y nadie sería punible. Si bien existen algunas patologías psíquicas graves como la psicosis que son inimputables, la mayoría de los llamados “trastornos psíquicos” incluyen la conciencia de sus actos y del mal que provocan al otro, y por lo tanto son perfectamente punibles. Entiendo que un paidófilo puede ser ayudado psicológicamente si el mismo vive su sexualidad como perturbadora para sí mismo y para los otros.

    Es imposible ayudar a una persona que no tiene consciencia de la gravedad de sus impulsos sexuales y si no expresa una demanda explícita de cambio. La existencia de paidófilos es un desafío para la sociedad y hasta ahora no se ha encontrado una solución simple ni evidente para combatir este flagelo. La sexualidad del paidófilo puede ser fuente de sufrimiento para él mismo en algunos casos, pero lo más frecuente es que no se apiade de sus víctimas, a los que no trata como un ser digno de respeto, sino como a un fetiche inanimado del cual se sirve para su goce.

    Pero más allá del destino individual de cada paidófilo, la sociedad tiene no sólo el derecho sino la obligación de proteger a los niños de dicho tipo de personas que expresan su sexualidad de manera dañina para aquellos niños susceptibles de padecerla.



    Juan Eduardo Tesone

    PSIQUIATRA (APA) AUTOR DEL LIBRO “EN LAS HUELLAS DEL NOMBRE PROPIO”

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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