728x90 AdSpace

alojamiento wordpress
  • Más Nuevos

    domingo, 14 de mayo de 2017

    Encuentro con Svetlana Aleksiévich "No tengo esperanza en ninguna revolución"

    Marina Artusa

    Encuentro con Svetlana Aleksiévich

    "No tengo esperanza en ninguna revolución"

    La Nobel 2015, gran cronista de Chernóbil y del fracaso en Afganistán, ahonda en los rasgos del Homo Sovieticus.


    La premio Nobel, en un café de Milán.“El ciudadano ruso hoy detesta a los refugiados; Rusia tiene sus fronteras blindadas”. Foto: Cezaro de Luca

    Acaricia el soldadito de plomo. Le pasa el pulgar por la cara lustrosa, como si quisiera despertarlo de su sueño. Svetlana Aleksiévich se encariña con el chiche que le dio el fotógrafo: “Pertenece al ejército blanco que combatió contra los bolcheviques en la Revolución Rusa”, dice ella en ruso –la única lengua que habla–, mientras lo acuna en la mano, como más de una vez habrá sentido el impulso de acunar a quienes dan testimonio en las crónicas que escribe y por las cuales fue premiada con el Nobel de Literatura en 2015.
    Reflexiona, desencantada, sobre la revolución que destronó a los zares y coronó el comunismo hace cien años: “La Revolución Rusa ha sido una trampa –dice Aleksiévich–. Si hace un siglo no hubiera existido la guerra civil, habríamos asistido a un proceso evolutivo, lento; pero Rusia hoy sería distinta. Cada revolución es un retroceso. No tengo esperanza en ninguna revolución”.
    –¿Cómo se leen hoy las consecuencias de lo que sucedió hace un siglo?
    –Vemos el retorno de la idea comunista. Los populismos que se están afirmando no son más que una expresión de la idea comunista, aquella promesa de hacer el bien a todo el mundo. En los últimos 40 años me ocupé de reconstruir la historia de la Revolución Rusa. Conversé con compañeros de Lenin, analizo los días de Putin y la disolución de la URSS.
    –¿Hay algo para celebrar?
    –Cuando se lo pregunto a las personas de mi generación, dicen que sí, que hemos destruido al comunismo y que hay una especie de libertad. Algo de esto hay. La gente viaja al exterior y en las casas hay más bienes y comodidades que en el pasado. Pero no estamos para festejar la gran victoria sino una victoria modesta. No la hemos logrado, pero comprendimos que la libertad es un camino largo.
    –¿Es consciente de ser la última cronista del imperio ruso?
    –Sí. Lo he hecho durante 40 años. Escribí la historia que he vivido. La mayor parte de mi vida transcurrió en este imperio. Y día a día he escrito lo que veía, lo que vivía. Llevo décadas escribiendo sobre el modo en el que fácilmente se mata y se muere por una idea.
    –¿Cómo es ser cronista y testigo a la vez?
    –Es simple. ¿Qué hace el cronista? Anota lo que el testigo cuenta y lo que ha vivido. Lo difícil es transformar todo eso en literatura sin alterar la credibilidad. Cómo, entre centenares de testimonios, elegir los que de manera más clara e inequívoca representan el período que quiero contar. Para cada obra recojo entre 500 y 700 voces y, por lo tanto, escribir un libro me lleva entre siete y diez años.
    Hace horas que llegó a Milán desde Minsk, donde vive en un dos ambientes que ni el casi millón de dólares del Nobel le hará cambiar. “Quiero vivir con las personas de quienes escribo. Tengo siempre un oído muy atento a lo que sucede en la calle–dice–. Flaubert decía de sí mismo que era un ‘hombre-lapicera’. Yo me siento una ‘mujer-oreja’. Cuando voy por la calle y escucho frases, exclamaciones, pienso en cuántas novelas desaparecen sin dejar señales. Una parte de la vida humana, la hablada, escapa a la literatura”.
    Así, empalmando testimonio detrás de testimonio, Aleksiévich ha escrito sobre la Segunda Guerra Mundial, la guerra soviética en Afganistán, el desastre nuclear de Chernóbil y el colapso de la Unión Soviética.
    –¿Creó un nuevo género literario?
    –No soy la única que en la literatura rusa intenta poner en el centro de una obra literaria los testimonios. Tolstoi, cuando escribía Anna Karenina o Guerra y paz, en su propio diario anotaba que no es cuestión de inventarse la vida. Es suficiente describirla tal cual es.
    –Su escritura es desnuda, sin artificio. ¿Cuánto le importa el contenido y cuánto la forma de su relato?
    –Cuando entrevisto a una persona, enseguida advierto si será importante en mi relato o no. Si lo es, vuelvo a verla cuatro, cinco veces, y le dedico cincuenta páginas, cien. Me doy cuenta en la sinfonía que comienzo a escuchar en mi cabeza si un testimonio será media página o diez. El artificio literario está y hay un gran trabajo de literatura pero lo que está en mis libros es lo que ha dicho el entrevistado y lo que yo he visto y he percibido.
    –Usted ha confesado que, pese a la crudeza del tema, escribir Voces de Chernóbil sobre la catástrofe nuclear de 1986 fue menos difícil que reunir testimonios sobre la guerra porque, al ser una tragedia sin antecedentes, la gente lograba abrir su corazón con un poco menos de dificultad.
    –Escribir el libro sobre Chernóbil fue difícil porque se trataba de un evento que la humanidad no había jamás vivido en su historia. Luego sucedió lo de Fukushima (en 2011) pero allí se utilizó lo que se había aprendido de Chernóbil. En cambio, cuando ocurrió Chernóbil, la gente salía con los chicos a los balcones para hacerles ver lo que sucedía y les decía: “Mirá bien, acordate de lo que estás viendo”. Había una luz color violeta. La gente no sabía que estaba de frente a la muerte que asumía nuevas semblanzas. Recuerdo haber llegado horas después de la explosión y ver a tantos militares y soldados haciendo guardia con fusiles. Yo les preguntaba: “¿A quién le piensan disparar?”. No tenían ni idea de qué era la radiación, ese enemigo que no se podía combatir con un fusil.
    –¿Nos cuesta hablar de la guerra?
    –Escribir sobre la guerra es muy difícil. La guerra está acompañada de dolor, de sufrimiento. Pero desde que el mundo es mundo, los hombres siempre han hecho guerras. Existe una cultura de la guerra. Para los rusos, la Segunda Guerra fue la Gran Guerra Patria. La ven como una guerra necesaria que sirvió para defendernos. Por eso no aceptaban que yo entrevistara (para La guerra no tiene rostro de mujer) a mujeres que participaron y contaban el horror con pequeños gestos cotidianos. En Afganistán en 1979, que fue una guerra criminal, la situación ha sido diversa. Lo interesante ha sido indagar en las peculiaridades de cada guerra. Lo difícil es comprender cómo en la guerra el hombre no pierde la propia racionalidad.
    –¿Usted pertenece a la generación soviética o postsoviética?
    –Es interesante. Cuando la URSS colapsó, cuando llegó la perestroika y comenzó el movimiento democrático, yo ya tenía 40 años. Toda mi vida había transcurrido con personas soviéticas. Mi educación, mi familia, mis amigos eran soviéticos. El país se despedazó y comenzó una nueva vida. Algunas naciones de Asia Central se acercaron a Turquía. Los países bálticos se volcaron a Europa y los eslavos empezaron a combatir entre sí. Soy una persona de ideas democráticas y, desde hace 40 años, no hago más que estudiar la vida del “Homo Sovieticus”, el hombre que vive de ideas comunistas. En el laboratorio marxista-leninista que montaron los comunistas surgió un hombre nuevo, soviético, que no se parece a los demás. En los últimos 20 años hubo una tentativa de construir algo nuevo pero no lo hemos conseguido. ¿Por qué? Porque el hombre que vivió en el lager no puede cruzar de punta en blanco del otro lado de la reja y crear condiciones de libertad y democracia. Hemos construido una nueva URSS donde no hay casi ninguna experiencia de libertad. Ha aparecido lo que yo llamo “el Hombre Rojo”, compuesto por generaciones que idealizan el pasado.
    –¿Cómo es la versión 2017 de este “Homo Sovieticus”?
    –Venga a Moscú. Encontrará a millones. Es alguien que detesta a los refugiados. En Europa, bien o mal, se lleva adelante una política para recibirlos. En cambio, en Rusia las fronteras están blindadas. Además, todavía hay una conciencia militarizada; sigue predominando la idea de que vivimos rodeados de enemigos de quienes debemos defendernos. En la escuela jamás nos enseñaban cómo forjarnos una vida feliz sino que nos educaban para morir por la patria. En Rusia no existe el individuo. La gente está englobada en un único cuerpo social y el “Homo Sovieticus” se angustia cuando no tiene reglas preestablecidas. Sin el comunismo, está desorientado y busca depositar en otro las riendas de su vida. Muchos lo han hecho con la iglesia, que ahora los gobierna. Hoy Putin se convirtió en una figura que propone la gran Rusia contra todos.
    –“Nuestro tiempo llega a nosotros como de segunda mano”, dice usted en el libro donde analiza el colapso de la URSS. ¿Cómo es vivir así?
    –Hace 30 años pensábamos que la libertad estaba a mano. En realidad, veíamos la libertad en la vidriera de Occidente. Estamos volviendo al pasado. Se abren museos dedicados a Stalin; hay una rica mitología sobre lo que fue. Estamos involucionando.
    –¿Se siente una sobrevivente?
    –Como todos. Todavía tenemos mucho de soviéticos.
    –¿Cuánto de ese “Homo Sovieticus” reconoce en usted?
    –Dice Dostoievksi: “Provenimos de la misma locura”. Recuerdo que mis entrevistados me decían: “Yo me abro y te cuento lo que he vivido porque sólo un ‘Homo Sovieticus’ puede comprender a otro ‘Homo Sovieticus’”. Aunque mi padre haya sido un comunista hasta el final de su vida y aunque haya sido educada en un ambiente totalitario, yo logré salir, con gran dificultad, y me considero una persona del mundo, aunque el “Hombre Soviético” permanece en mí.
    –¿De qué tomó conciencia luego de haber transitado los tiempos soviéticos y postsoviéticos?
    –Hay una pregunta que me atormenta y a la que todavía no hallé respuesta: ¿Por qué nuestro sufrimiento no se convierte en libertad? ¿Por qué todos nuestros esfuerzos resultan vanos?


    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

    • Blogger Comments
    • Facebook Comments

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    Item Reviewed: Encuentro con Svetlana Aleksiévich "No tengo esperanza en ninguna revolución" Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
    Ir Arriba