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    sábado, 13 de mayo de 2017

    EL CUADERNO ROJO – PAUL AUSTER (cuento completo)




    1 En 1972 una íntima amiga mía tuvo problemas con la ley. Vivía aquel año en una aldea de Irlanda, no muy lejos de la ciudad de Sugo. Yo había ido a verla por aquel entonces, el día que un policía de paisano se presentó en la casa con una ci­tación del juzgado. Las acusaciones eran lo suficientemente serias como para re­querir un abogado. Mi amiga pidió infor­mación, le recomendaron un nombre, y a la mañana siguiente fuimos en bicicleta a la ciudad para reunirnos y hablar del asunto con aquella persona. Con gran asombro por mi parte, trabajaba en un bu­fete de abogados llamado Argue & Phibbs.[1]
    Ésta es una historia verdadera. Si al­guien lo duda, lo reto a que visite Sligo y compruebe por sí mismo si me la he in­ventado. Llevo veinte años riéndome con esos apellidos y, aunque puedo probar que Argue & Phibbs existían de verdad, el he­cho de que los dos apellidos hubieran sido emparejados (para formar el chiste más in­genioso, la sátira más certera contra la abogacía) es algo que todavía me parece increíble.
    Según mis últimas noticias (de hace tres o cuatro años), el bufete continúa siendo un negocio floreciente.
    2
    Al año siguiente (1973) me ofrecieron un trabajo de guarda en una granja del sur de Francia. Los problemas legales de mi amiga eran agua pasada, y puesto que nuestro noviazgo intermitente parecía fun­cionar de nuevo, decidimos unir nuestras fuerzas y aceptar juntos el trabajo. Los dos andábamos mal de dinero por aquel en­tonces, y sin aquella oferta hubiéramos te­nido que volver a Estados Unidos, cosa que ninguno de los dos aún había previsto.
    Fue un curioso año. Por una parte, el lugar era precioso: un caserón de piedra del siglo xviii, rodeado de viñas por uno de sus flancos y, por el otro, por un parque nacional. El pueblo más próximo estaba a dos kilómetros de distancia, y no lo habita­ban más de cuarenta personas, ninguna de menos de sesenta o setenta años. Era un sitio ideal para que dos escritores jóvenes pasaran un año, y tanto L. como yo, traba­jando de verdad, sacamos en aquella casa mucho más fruto del que ninguno de los dos hubiera creído posible.
    Por otra parte, vivíamos permanente­mente al borde de la catástrofe. Los due­ños de la finca, una pareja estadounidense que vivía en París, nos enviaban un pe­queño salario mensual (cincuenta dóla­res), dietas para la gasolina del coche, y di­nero para la comida de los dos perros perdigueros que había en la casa. En con­junto, era un acuerdo generoso. No había que pagar alquiler, y aunque nuestro sala­rio nos viniera corto para vivir, cubría una parte de nuestros gastos mensuales. Nues­tro plan era conseguir el resto haciendo traducciones. Antes de abandonar París e instalarnos en el campo habíamos acor­dado una serie de trabajos que nos ayudarían a pasar el año. Con lo que no había­mos contado era con que los editores suelen ser lentos a la hora de pagar sus deudas. Habíamos olvidado también que los cheques enviados de un país a otro pueden tardar semanas en cobrarse, y que, cuando los cobras, el banco te descuenta comisiones y gastos de cambio. Así que, al no haber dejado un margen para equivoca­ciones o errores de cálculo, L. y yo nos en­contramos frecuentemente en una situa­ción económica desesperada.
    Recuerdo la feroz necesidad de nico­tina, el cuerpo entumecido por la absti­nencia, cuando registraba bajo los cojines del sofá y buscaba detrás de los armarios alguna moneda perdida. Con dieciocho céntimos (unos tres centavos y medio), po­días comprar cigarrillos de la marca Pari­siennes, que vendían en paquetes de cua­tro. Recuerdo que les echaba de comer a los perros, y pensaba que comían mejor que yo. Me acuerdo de conversaciones con L., cuando nos planteábamos en serio abrir una lata de comida de perro para la cena.
    Nuestra otra única fuente de ingresos aquel año procedía de un tal James Sugar. (No quiero insistir en los nombres metafó­ricos, pero las cosas son como son, qué va­mos a hacerle.) Sugar pertenecía al equipo de fotógrafos del National Geographic, y entró en nuestras vidas porque había cola­borado con uno de los dueños de la casa en un artículo sobre la región. Hizo fotos durante meses, recorriendo Provenza en un coche alquilado que le proporcionó la revista, y, cada vez que se encontraba por nuestros pagos, pasaba la noche con noso­tros. Puesto que la revista le abonaba die­tas para sus gastos, nos daba muy amable­mente el dinero que tenía asignado para gastos de hotel. Si recuerdo bien, la suma ascendía a cincuenta francos por noche. Así, L. y yo nos habíamos convertido en sus hoteleros particulares, y como además Sugar era un hombre encantador, siempre nos alegrábamos de verlo. El único pro­blema era que nunca sabíamos cuándo iba a aparecer. Nunca avisaba, y la mayoría de las veces transcurrían semanas entre visita y visita. Así que habíamos aprendido a no contar con el señor Sugar. Llegaba de re­pente como caído del cielo, aparcaba su deslumbrante coche azul, se quedaba una o dos noches, y volvía a desaparecer. Cada vez que se iba, estábamos seguros de que era la última vez que lo veíamos.
    Vivimos los peores momentos al final del invierno y al principio de la primavera. Los cheques dejaron de llegar, robaron uno de los perros, y poco a poco acaba­mos con toda la comida de la despensa. Sólo nos quedaba, por fin, una bolsa de ce­bollas, una botella de aceite y un paquete de masa para empanada que alguien había comprado antes de que nosotros nos mu­dáramos a la casa: un resto revenido del verano anterior. L. y yo aguantamos du­rante toda la mañana, pero hacia las dos y media el hambre pudo con nosotros. Nos metimos en la cocina a preparar nuestro último almuerzo: dada la escasez de ingre­dientes con que contábamos, un pastel de cebolla era el único plato posible.
    Después de que nuestro invento perma­neciera en el horno lo que nos parecía tiempo de sobra, lo sacamos, lo pusimos sobre la mesa y le hincamos el diente. En contra de todas nuestras expectativas, lo encontramos exquisito. Creo que incluso llegamos a decir que era la mejor comida que habíamos probado nunca, pero me temo que sólo era un ardid, un tímido in­tento de darnos animo. Pero, en cuanto comimos un poco más, vino la decepción. De mala gana -muy de mala gana- nos vi­mos obligados a admitir que el pastel no había cocido lo suficiente, que el centro aún estaba crudo, incomestible. No había más remedio que ponerlo en el horno otros diez o quince minutos. Considerando el hambre que teníamos, y considerando que nuestras glándulas salivares acababan de ser activadas, abandonar el pastel no fue fácil.
    Para entretener nuestra impaciencia, salimos a dar un paseo, pensando que el tiempo pasaría más deprisa si nos alejába­mos del buen olor de la cocina. Me acuerdo de que dimos una vuelta a la casa, quizá dos. Quizá nos dejamos llevar por una profunda conversación sobre algo que he olvidado. Pero, hiciéramos lo que hicié­ramos y tardáramos lo que tardáramos, cuando volvimos a la casa la cocina estaba llena de humo. Nos lanzamos hacia el horno y sacamos el pastel, pero era dema­siado tarde. Nuestro almuerzo sólo era una ruina. Se había incinerado, reducido a una masa carbonizada y ennegrecida: no se podía salvar ni un trozo.
    Ahora parece una historia divertida, pero entonces era cualquier cosa menos una historia divertida. Habíamos caído en un agujero negro y no sabíamos la manera de salir de él. En todos mis años de es­fuerzo por convertirme en un hombre, dudo que haya existido un momento en el que me sintiera menos inclinado a reír o a bromear. Era realmente el fin, una situa­ción terrible y espantosa.
    Eran las cuatro de la tarde. Menos de una hora después, el imprevisible señor Sugar apareció inesperadamente. Llegó hasta la casa en medio de una nube de polvo: la tierra y la gravilla rechinaban bajo los neumáticos. Si me concentro, to­davía puedo ver la cara boba e ingenua con que bajó del coche y nos saludó. Era un milagro. Era un verdadero milagro. Y yo estaba allí para verlo con mis propios ojos, para vivirlo en mi propia carne. Hasta aquel momento, yo pensaba que co­sas así sólo ocurrían en los libros.
    Sugar nos invitó a cenar aquella noche en un restaurante de dos tenedores. Comi­mos copiosamente y bien, nos bebimos va­rias botellas de vino, nos reímos como lo­cos. Y ahora, por exquisita que fuera, no puedo recordar nada de aquella comida. Pero no he olvidado nunca el sabor del pastel de cebolla.
    3
    No mucho después de mi regreso a Nueva York (julio de 1974) un amigo me contó la siguiente historia. Tiene lugar en Yugoslavia, durante lo que serían los últi­mos meses de la Segunda Guerra Mundial.
    El tío de S. era miembro de un grupo partisano serbio que luchaba contra la ocupación nazi. Un día, sus camaradas y él amanecieron rodeados por las tropas alemanas. Se habían refugiado en una granja, en un lugar perdido del campo, y la nieve alcanzaba casi medio metro de altura: no tenían escapatoria. No sabiendo qué ha­cer, decidieron echarlo a suertes: su plan era salir de la granja uno a uno, corriendo a través de la nieve para intentar salvarse. De acuerdo con los resultados del sorteo, el tío de S. debía salir en tercer lugar.
    Vio por la ventana cómo el primer hombre corría por la nieve. Desde detrás de los árboles dispararon una ráfaga de ametralladora. El hombre cayó. Un ins­tante después, el segundo hombre salió y le ocurrió lo mismo. Las ametralladoras disparaban a discreción: cayó muerto en la nieve.
    Entonces le llegó el turno al tío de mi amigo. No sé si vacilaría en la puerta. No sé qué pensamientos lo asaltarían en aquel momento. La única cosa que me han con­tado es que echó a correr, abriéndose paso a través de la nieve con todas sus fuerzas. Parecía que la carrera no tenía fin. Enton­ces sintió de repente dolor en una pierna. Un segundo después un calor insoportable se extendió por su cuerpo, y un segundo después había perdido el conocimiento.
    Cuando se despertó, se encontró ten­dido boca arriba en el carro de un campesino. No tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, no tenía ni idea de cómo lo habían salvado. Simplemente había abierto los ojos: y allí estaba, tumbado en un carro que un caballo o un mulo arras­traba por un camino rural, mirando la nuca de un campesino. Observó esa nuca durante algunos segundos, y entonces, pro­cedentes del bosque, se sucedieron violen­tas explosiones. Demasiado débil para moverse, continuó mirando la nuca, y de repente la nuca desapareció. La cabeza voló, se separó del cuerpo del campesino, y, donde un momento antes había habido un hombre completo, ahora había un hombre sin cabeza.
    Más ruido, más confusión. Si el caballo seguía tirando del carro o no, no lo puedo decir, pero, pocos minutos o pocos segun­dos después, un gran contingente de tro­pas rusas bajaba por la carretera. Jeeps, tanques, una multitud de soldados. Cuan­do el oficial al mando vio la pierna del tío de S., rápidamente lo envió al hospital de campaña que habían montado en los al­rededores. Sólo era una choza tambaleante de madera: un gallinero, quizá el coberti­zo de una granja. Allí el médico del ejército ruso dictaminó que era imposible salvar la pierna. Estaba destrozada, dijo, y había que amputarla.
    El tío de mi amigo empezó a gritar. “No me corte la pierna”, imploró. “Por fa­vor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!”, pero nadie lo escuchaba. Los enfermeros lo sujetaron con correas a la mesa de ope­raciones, y el médico empuñó la sierra. Ya rasgaba la sierra la piel cuando se produjo otra explosión. El techo del hospital se hundió, las paredes se derrumbaron, el lo­cal entero saltó hecho pedazos. Y una vez más, el tío de S. perdió el conocimiento.
    Cuando despertó esta vez, estaba acos­tado en una cama. Las sábanas eran lim­pias y suaves, el olor de la habitación era agradable, y aún tenía la pierna unida al cuerpo. Un momento después, miraba la cara de una joven maravillosa, que sonreía y le daba un caldo a cucharadas. Sin saber qué había sucedido, de nuevo había sido salvado y trasladado a otra granja. Cuando volvió en sí, durante algunos minutos, el tío de S. no estuvo seguro de si estaba vivo o muerto. Le parecía que a lo mejor había despertado en el paraíso.
    Se quedó en la casa mientras se recu­peraba y se enamoró de la joven maravi­llosa, pero aquel amor no prosperó. Me gustaría decir por qué, pero S. nunca me contó más detalles. Lo que sé es que su tío conservó la pierna y, cuando terminó la guerra, se trasladó a Estados Unidos para empezar una nueva vida. No sé cómo (no conozco bien los pormenores), acabó en Chicago de agente de seguros.
    4
    L. y yo nos casamos en 1974. Nuestro hijo nació en 1977, y al año siguiente ya había terminado nuestro matrimonio. Pero todo eso importa poco ahora, salvo para localizar el escenario de un incidente que ocurrió en la primavera de 1980.
    L. y yo vivíamos entonces en Brooklyn, a tres o cuatro manzanas de distancia, y nuestro hijo dividía su tiempo entre los dos apartamentos. Una mañana, yo había ido a casa de L. para recoger a Daniel y lle­varlo al colegio. No me acuerdo si entré en el edificio o si Daniel bajó las escaleras solo, pero recuerdo con claridad que, cuando ya nos íbamos, L. abrió la ventana de su apartamento en el tercer piso para echarme dinero. Tampoco me acuerdo de por qué lo hizo. Quizá quería que echara una moneda en el parquímetro; quizá yo tenía que hacerle algún recado, no lo sé. Lo único que se me ha quedado grabado es la ventana abierta y la imagen de una moneda de diez centavos volando por el aire. La veo con tal claridad que es casi como si hubiera estudiado fotografías de ese instante, como si la moneda formara parte de un sueño recurrente que yo hu­biera tenido desde entonces.
    Pero la moneda de diez centavos chocó contra la rama de un árbol, y se rompió la curva descendente que describía camino de mi mano. La moneda rebotó contra el árbol, aterrizó sin ruido por allí cerca y se esfumó. Me acuerdo de haberme agachado a buscarla, removiendo las hojas y las ra­mas al pie del árbol, pero los diez centavos no aparecieron por ninguna parte.
    Puedo fechar este incidente a princi­pios de la primavera porque sé que más tarde, el mismo día, asistí a un partido de béisbol en el Shea Stadium: el partido que inauguraba la temporada. Un amigo mío había conseguido entradas, y generosa­mente me había invitado a acompañarlo. Yo no había estado nunca en el primer partido de la temporada, y recuerdo bien la ocasión.
    Llegamos temprano (parece que había que recoger las entradas en alguna taquilla) y, mientras mi amigo hacía la gestión, yo lo esperaba en uno de los accesos del estadio. No se veía un alma. Me refugié en un hueco para encender un cigarro (aquel día hacía mucho viento), y allí, en el suelo, a un palmo de mi pie, estaban los diez cen­tavos. Me agaché, los cogí y me los metí en el bolsillo. Por absurdo que pueda pare­cer, tuve la certeza de que eran los mis­mos diez centavos que había perdido en Brooklyn esa mañana.
    5
    En el parvulario de mi hijo había una niña cuyos padres estaban tramitando el divorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arqui­tectónicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltó la suerte necesaria para convencer a los mar­chantes de que apoyaran su obra. La única vez que expuso, la galería quebró al poco tiempo.
    B. no era un intimo amigo, pero lo pa­sábamos bien juntos, y, siempre que lo veía, yo volvía a casa con renovada admi­ración por su tenacidad y su calma inte­rior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lástima de sí mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los últimos años (infinitos problemas de di­nero, falta de éxito artístico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecía desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasión de siempre, y, al revés que muchos, nunca mostró ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a él.
    A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacía copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copió un día y que me pareció extraordinario. No era una copia, sino más bien una ré­plica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millo­nario tejano vio trabajar a B. y quedó tan impresionado que le encargó la copia de un Renoir para regalársela a su novia.
    B. era sumamente alto (casi dos me­tros), guapo y amable, cualidades que lo hacían especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superó el divorcio y vol­vió a la circulación, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sólo lo veía dos o tres veces al año, pero cada vez había una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por él. Sólo tenías que ver cómo miraban a B. para adivinar lo que sentían, pero, por una u otra razón, ninguna de sus relaciones du­raba demasiado.
    Dos o tres años después, el casero de B. consiguió su propósito y lo echó del estu­dio. B. abandonó la ciudad, y dejamos de vernos.
    Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volvió a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo también estába­mos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cómo había co­nocido a su futura mujer.
    Unos seis meses antes, nos contó, había hablado por teléfono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezó a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de muje­res atractivas e interesantes. Pero ningu­na te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿Qué te pasa? ¿Qué demonios quieres?
    No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la en­contrarás, le respondió su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sólo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?
    Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionó sobre el asunto detenidamente. Sí, dijo por fin. Había una. Una mujer que se llamaba E., a la que había co­nocido en Harvard cuando era estudiante, hacía más de veinte años. Pero entonces E. salía con otro, y B. salía con otra (su futura ex mujer), y no había habido nada entre ellos. No tenía ni idea de dónde es­taba E. ahora, dijo, pero si encontrara a al­guien como ella, no dudaría en casarse de nuevo.
    Ése fue el final de la conversación. An­tes de hablarle de E; a su amigo, B. no se había acordado de aquella mujer durante más de diez años, pero, ahora que le había vuelto al pensamiento, no se la podía qui­tar de la cabeza. En los tres o cuatro días siguientes, pensó en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensación de que hacía varios años había perdido una oportunidad única de ser feliz. Entonces, como si la in­tensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a través del mundo, el teléfono sonó una noche y allí estaba E., al otro lado de la línea.
    B. la tuvo al teléfono más de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decía, pero ha­bló y habló hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordina­rio había sucedido y no podía dejarlo esca­par otra vez.
    Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresó en una compañía de baile y durante los últimos veinte años se había de­dicado exclusivamente a su carrera. Nun­ca se había casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenía familia (sus padres se habían matado en un accidente de coche cuando era ni­ña) y se había criado con dos tías que ya habían muerto.
    B. quedó en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardó mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como había imaginado. Volvía a estar enamorado de ella, y varias semanas después decidieron casarse.
    Para que la historia sea aún más per­fecta, resultó que E. tenía bienes. Sus tías habían sido ricas, y a su muerte ella había heredado todo su dinero, lo que signifi­caba que B. no sólo había hallado el verda­dero amor, sino que los incesantes proble­mas de dinero que lo habían agobiado durante años habían desaparecido de re­pente. Todo de golpe.
    Un año o dos después de la boda, tuvie­ron un hijo. Según mis últimas noticias, el padre, la madre y el niño están bien.
    6
    En la misma línea, a pesar de abarcar un período de tiempo más corto (unos meses en lugar de veinte años), otro amigo, R., me habló de cierto libro inencontrable que había estado intentando localizar sin éxito, husmeando en librerías y catálogos en busca de una obra supuestamente ex­cepcional que tenía muchas ganas de leer, y cómo, una tarde que paseaba por la ciu­dad, tomó un atajo a través de la Grand Central Station, subió la escalera que lleva a Vanderbilt Avenue, y descubrió a una jo­ven apoyada en la baranda de mármol con un libro en la mano: el mismo libro que él había estado intentando localizar tan de­sesperadamente.
    Aunque no es alguien que normal­mente hable con desconocidos, R. estaba tan asombrado por la coincidencia que no se pudo callar.
    -Lo crea o no -le dijo a la joven-, he buscado ese libro por todas partes.
    -Es estupendo -respondió la joven-. Acabo de terminar de leerlo.
    -¿Sabe dónde podría encontrar otro ejemplar? -preguntó R.-. No puedo de­cirle cuánto significaría para mí.
    -Éste es suyo -respondió la mujer.
    -Pero es suyo -dijo R.
    –Era mío -dijo la mujer-, pero ya lo he acabado. He venido hoy aquí para dárselo.
    7
    Hace doce años, la hermana de mi mujer se fue a vivir a Taiwan. Su inten­ción era estudiar chino (que ahora habla con fluidez pasmosa) y mantenerse dan­do clases de inglés a los nativos de Tai­pei de habla china. Fue aproximadamen­te un año antes de que yo conociera a mi mujer, que entonces hacía los cur­sos de doctorado en la Universidad de Columbia.
    Un día, mi futura cuñada estaba ha­blando con una amiga norteamericana, una joven que también había ido a Taipei a estudiar chino. La conversación tocó el tema de sus familias en Estados Unidos, lo que dio pie al siguiente diálogo:
    -Tengo una hermana que vive en Nueva York -dijo mi futura cuñada.
    -También yo -contestó su amiga.
    -Mi hermana vive en el Upper West Side.
    -La mía también.
    -Mi hermana vive en la calle 109 Oeste.
    -Aunque no te lo creas, la mía también.
    -Mi hermana vive en el número 309 de la calle 109 Oeste.
    -¡La mía también!
    -Mi hermana vive en el segundo piso del número 309 de la calle 109 Oeste.
    Su amiga suspiró y dijo:
    -Sé que parece un disparate, pero la mía también.
    Es prácticamente imposible que haya dos ciudades tan lejanas como Taipei y Nueva York. Están en las antípodas, sepa­radas por una distancia de más de quince mil kilómetros, y cuando es de día en una es de noche en la otra. Mientras las dos jó­venes se maravillaban en Taipei de la sor­prendente conexión que acababan de descubrir, cayeron en la cuenta de que sus dos hermanas probablemente dormían en aquel instante. En el mismo piso del mismo edificio del norte de Manhattan, cada una dormía en su apartamento, ajena a la conversación que, acerca de ellas, tenía lugar en el otro extremo del mundo.
    Aunque eran vecinas, resulta que las dos hermanas de Nueva York no se conocían. Cuando por fin se conocieron (dos años después), ninguna de las dos seguía viviendo en el mismo edificio.
    Siri y yo ya estábamos casados. Una tarde, camino de una cita, nos paramos a echar un vistazo en una librería de Broad­way. Seguramente curioseábamos en dife­rentes secciones, y, porque Siri quería en­señarme algo o porque yo quería ense­ñarle algo a ella (no me acuerdo), uno de los dos llamó al otro en voz alta. Un segundo después, una mujer se nos acer­có corriendo. “Ustedes son Paul Auster y Siri Hustvedt, ¿verdad?”, dijo. “Sí, exacta­mente”, contestamos. “¿Cómo lo sabe?” La mujer nos explicó entonces que su hermana y la hermana de Siri habían estu­diado juntas en Taiwan.
    El circulo se había cerrado por fin. Desde aquella tarde en la librería, hace diez años, esa mujer ha sido una de nues­tras mejores y más fieles amigas.
    8
    Hace tres veranos, encontré una carta en mi buzón. Venía en un gran sobre blanco y estaba dirigida a alguien cuyo nombre no conocía: Robert M. Morgan, de Seattle, Washington. En la oficina de Co­rreos habían estampado en el anverso del sobre varios sellos: Desconocido, A su pro­cedencia. Habían tachado a pluma el nom­bre del señor Morgan, y al lado alguien ha­bía escrito: No vive en esta dirección. Trazada con la misma tinta azul, una fle­cha señalaba la esquina superior izquierda del sobre, junto a las palabras Devolver al remitente. Suponiendo que la oficina de Correos había cometido un error, com­probé la esquina superior izquierda para ver quién era el remitente. Allí, para mi absoluta perplejidad, descubrí mi propio nombre y mi propia dirección. No sólo eso, sino que estos datos estaban impresos en una etiqueta de dirección personal (una de esas etiquetas que se pueden en­cargar en paquetes de doscientas y que se anuncian en las cajas de cerillas). La orto­grafía de mi nombre era correcta, la direc­ción era mi dirección, pero el hecho era (y lo sigue siendo) que nunca he tenido ni he encargado en mi vida un paquete de eti­quetas con mi dirección impresa.
    Dentro del sobre había una carta meca­nografiada a un solo espacio que empe­zaba así: “Querido Robert, en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1989 debo de­cirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi obra.” Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filósofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacción, el autor de la carta elogiaba a “Robert” por las ideas que había desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre no­vela contemporánea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamás se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecía a la mía, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mi, y, por lo que sé, lo sigue intentando.
    Un amigo me sugirió que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podía llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en rea­lidad el autor de la carta me estaba en­viando a mí sus comentarios. Pero esto hu­biera implicado una confianza injustifi­cada en el servicio de correos de Estados Unidos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre eti­quetas de dirección y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pu­diera dejar algo al azar. ¿O sí? Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren.
    Tengo pocas esperanzas de resolver al­gún día este pequeño misterio. El bromista ha borrado hábilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dándome escalofríos cada vez que la miro. Un hombre sensato la habría tirado a la ba­sura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convirtiera en un objeto más, per­manente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no de­jará nunca de escapárseme.
    9
    Uno de mis mejores amigos es un poeta francés que se llama C. Hace ya más de veinte años que nos conocemos, y, aunque no nos vemos muy a menudo (él vive en París y yo en Nueva York), seguimos man­teniendo una estrecha relación. Es una re­lación fraternal, como si en una vida ante­rior hubiéramos sido de verdad hermanos.
    C. es un hombre muy contradictorio. Se abre al mundo y a la vez se aísla del mundo: es una figura carismática con mul­titud de amigos en todas partes (legendaria por su amabilidad, su humor y su conver­sación chispeante), y, sin embargo, ha sido herido por la vida, y le cuesta un auténtico esfuerzo enfrentarse a las tareas sencillas que la mayoría de la gente da por resuel­tas. Poeta excepcionalmente dotado y pen­sador de la poesía, C. sufre, sin embargo, frecuentes bloqueos en su trabajo de escri­tor, rachas patológicas de desconfianza en sí mismo, y, cosa sorprendente (para al­guien tan generoso, tan totalmente despro­visto de mezquindad), es capaz de rencores y rencillas interminables, generalmente por una tontería o por algún principio abs­tracto. Nadie es tan universalmente admi­rado como C., nadie posee más talento, na­die se erige con mayor facilidad en el centro de atención, y, sin embargo, siem­pre ha hecho todo lo que ha podido para estar al margen. Desde que se separó de su mujer hace muchos años, ha vivido solo en una serie de pequeños apartamentos de una habitación subsistiendo prácticamente sin dinero con empleos efímeros y esporá­dicos, publicando poco y rehusando escri­bir una sola palabra de crítica literaria, aunque lo lea todo y sepa más de poesía contemporánea que ninguna otra persona en Francia. Para los que lo queremos (y somos muchos), C. es a menudo motivo de inquietud. En la medida en que lo respeta­mos y deseamos su bien, también nos preocupamos por él.
    Tuvo una infancia difícil. No puedo de­cir hasta qué punto eso lo explica todo, pero no deberíamos pasar por alto los he­chos. Parece que su padre se fue con otra mujer cuando C. era pequeño, y mi amigo se crió con su madre, hijo único sin una vida familiar digna de este nombre. Nunca he conocido a la madre de C., pero, según todos los indicios, tiene un carácter ex­traño. Durante la infancia y la adolescen­cia de C., fue de amor en amor, cada vez con un hombre más joven. En la época en que C. abandonó su casa para ingresar en el ejército a la edad de veintiún años, el novio de su madre apenas era mayor que él. En los últimos años, el objetivo princi­pal de su vida ha sido una campaña a favor de la canonización de un sacerdote ita­liano (cuyo nombre se me escapa ahora). Asedió a las autoridades católicas con un sinfín de cartas en defensa de la santidad de ese individuo, e incluso llegó a encar­gar a un artista una estatua a tamaño natu­ral del cura: todavía se alza en su jardín como perdurable testimonio de su causa.
    Aunque no tiene hijos, hace siete u ocho años que C. se ha convertido en una especie de pseudopadre. Después de una pelea con su amiga (durante la que temporalmente se separaron), ésta mantuvo una breve relación con otro hombre y se que­dó embarazada. La relación terminó ense­guida, pero ella decidió tener el hijo. Nació una niña, y, aunque C. no es su verdadero padre, se ha dedicado a ella desde el día de su nacimiento y la adora como si fuera de su propia sangre.
    Hace aproximadamente cuatro años, C. fue un día a ver a un amigo. En el apartamento había un Minitel, un pequeño orde­nador que distribuye gratis la compañía te­lefónica francesa. Entre otras cosas, el Minitel contiene la dirección y el número de teléfono de todos los abonados de Fran­cia. Cuando C. jugaba con el nuevo apa­rato de su amigo, se le ocurrió de repente buscar la dirección de su padre. La encon­tró en Lyon. Cuando aquel día volvió a casa, metió uno de sus libros en un sobre y lo envió a la dirección de Lyon: era el pri­mer contacto que entablaba con su padre en más de cuarenta años. No le encon­traba sentido a lo que estaba haciendo. Ja­más se le había ocurrido que quisiera ha­cer una cosa así, antes de ver que estaba haciéndola.
    Esa misma noche, coincidió en un café con una amiga -una psicoanalista- y le contó esos actos extraños e impreme­ditados. Le dijo que era como si hubiera sentido la llamada de su padre, como si una fuerza misteriosa se hubiera desen­cadenado en su interior. Teniendo en cuenta que no se acordaba en absoluto de aquel hombre, ni siquiera podía conjetu­rar cuándo se habían visto por última vez.
    La psicoanalista reflexionó un instante y preguntó: “¿Qué edad tiene L.?” Se refería a la hija de la novia de C.
    -Tres años y medio -contestó C.
    -No estoy segura -dijo la mujer-, pero apostaría cualquier cosa a que tenias tres años y medio la última vez que viste a tu padre. Te lo digo porque quieres mu­cho a L. Es muy intensa tu identificación con L., y estás reviviendo tu vida a través de L.
    Varios días después, llegó de Lyon una respuesta: una carta cariñosa y verdadera­mente amable del padre de C. Después de darle las gracias a C. por el libro, hablaba de lo orgulloso que estaba de saber que su hijo era escritor. Por pura coincidencia, añadía, había echado al correo el paquete el día de su cumpleaños, y el simbolismo de ese gesto lo había emocionado mucho.
    Nada cuadraba con las historias que C. había oído en su infancia. Según su madre, su padre era un monstruo de egoísmo que la había abandonado por una cualquiera y nunca se había preocupado por su hijo. C. había creído tales historias, y había evi­tado cualquier contacto con su padre. Ahora, a la vista de la carta, ya no sabía qué creer.
    Decidió contestar la carta. El tono de su respuesta era precavido, pero al menos era una respuesta. Días después recibía de nuevo respuesta: la segunda carta era tan cariñosa y amable como la primera. C. y su padre empezaron a escribirse. Se escribieron durante un par de meses, y un día C. pensó en la posibilidad de viajar a Lyon para encontrarse con su padre cara a cara.
    Antes de que pudiera hacer planes defi­nitivos, recibió una carta de la mujer de su padre que le informaba de que éste había muerto. Le decía que durante los últimos años la salud de su padre había sido mala, pero que el reciente intercambio de cartas con C. lo había hecho muy feliz, y sus últi­mos días habían rebosado alegría y opti­mismo.
    Me enteré entonces de los cambios in­creíbles que habían tenido lugar en la vida de C. En el tren de París a Lyon (iba a visitar a su madrastra por primera vez), me escribió una carta que resumía a grandes rasgos la historia de los últimos meses. Su letra re­flejaba cada sacudida de los raíles, como si la velocidad del tren fuera la imagen exacta de las ideas que le bullían en la cabeza. Como me decía en la carta: “Tengo la sen­sación de haberme convertido en un perso­naje de alguna de tus novelas.”
    La mujer de su padre no pudo ser más cordial con él durante su visita. C. averiguó, entre otras cosas, que su padre había sufrido un ataque al corazón la mañana de su último cumpleaños (el mismo día que C. había buscado su dirección en el Minitel), y que, sí, C. tenía exactamente tres años y medio cuando sus padres se divor­ciaron. Su madrastra le contó entonces la historia de su vida según el punto de vista de su padre, que contradecía todo lo que su madre le había contado. En esta ver­sión, era su madre la que había abando­nado a su padre; era su madre la que había prohibido que su padre lo viera; era su ma­dre la que había matado a disgustos a su padre. Su madrastra le contó a C. que, cuando era niño, su padre iba al colegio para verlo a través de la verja. C. recordaba a aquel hombre, que, sin saber quién era, le había dado miedo.
    Entonces la vida de C. se convirtió en dos vidas: existían una Versión A y una Versión B, y las dos eran su historia. Había vivido las dos en igual medida, dos verda­des que se anulaban mutuamente, y desde el principio, sin saberlo, había estado atra­pado entre las dos.
    Su padre había tenido una pequeña pa­pelería (el típico surtido de papel y mate­rial de escritorio, juntó a un servicio de al­quiler de libros baratos). El negocio le había dado poco más que para vivir, así que dejó una herencia muy modesta. Las cantidades no tienen importancia. Lo sig­nificativo es que la madrastra de C. (ya una anciana) insistió en que se repartieran a medias el dinero. Nada en el testamento la obligaba a hacerlo y, moralmente ha­blando, no tenía ninguna necesidad de re­nunciar a un solo céntimo de los ahorros de su marido. Lo hizo porque lo deseaba, porque era más feliz compartiendo el di­nero que guardándoselo para ella.
    10
    Cuando pienso en la amistad, sobre todo en cómo algunas amistades duran y otras no, me acuerdo de que, desde que tengo carnet de conducir, sólo se me han pinchado las ruedas del coche cuatro ve­ces, y las cuatro veces me acompañaba la misma persona (en tres países distintos, y en un período de ocho o nueve años). J. era un amigo del colegio y, aunque siem­pre hubo una sombra de incomodidad e in­compatibilidad en nuestras relaciones, du­rante cierto tiempo fuimos íntimos amigos. Una primavera, antes de terminar la ca­rrera, cogimos la vieja furgoneta de mi padre y nos fuimos a los parajes desiertos de Quebec. Las estaciones se suceden con mayor lentitud en esa zona del mundo, y todavía duraba el invierno. El primer neu­mático pinchado no supuso ningún pro­blema (llevábamos rueda de repuesto), pero cuando, menos de una hora después, reventó el segundo, nos quedamos desam­parados en aquel territorio glacial y deso­lador prácticamente todo el día. Entonces no le di ninguna importancia al incidente, sólo un caso de mala suerte, pero, cuatro o cinco años después, cuando J. fue a Francia para visitar la casa en la que L. y yo trabajábamos como guardas (apático y deprimido, en un estado deplorable de autocompasión, incapaz de darse cuenta de que abusaba de nuestra hospitalidad), ocurrió exactamente lo mismo. Habíamos ido a pasar el día a Aix-en-Provence (a unas dos horas de camino) y volvíamos de noche por una oscura carretera comarcal, cuando sufrimos otro pinchazo. Pensé que era una simple coincidencia, y me olvidé del asunto. Pero entonces, cuatro años después, en los meses finales de mi matrimonio con L., J. volvió a visitarnos, esta vez en el estado de Nueva York, donde L. y yo vivíamos con Daniel, casi recién na­cido. En un momento determinado, J. y yo cogimos el coche para ir a comprar la cena. Saqué el coche del garaje, di la vuelta en el camino de tierra lleno de ba­ches, y avancé hasta la carretera para mi­rar a la izquierda, a la derecha y a la iz­quierda antes de seguir adelante. Y enton­ces, cuando esperaba que pasara un co­che, oí el silbido inconfundible del aire al escaparse. Otro neumático se había pin­chado, y esta vez ni siquiera nos habíamos alejado de casa. J. y yo nos echamos a reír, desde luego, pero la verdad es que nuestra amistad nunca se recuperó de aquel cuarto neumático pinchado. No digo que las ruedas pinchadas tuvieran la culpa de nuestro distanciamiento, pero, maligna­mente, son el emblema de cómo han sido siempre nuestras relaciones, el signo de al­guna sutil maldición. No quiero exagerar, pero, aún hoy, no consigo convencerme de que esos neumáticos pinchados no sig­nifiquen algo. El caso es que J. y yo deja­mos de vernos, y no hemos vuelto a hablar desde hace diez años.
    11
    Volví a París unos días en 1990. Una tarde pasé por el despacho de una amiga para saludarla, y me presentaron a una checa, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, una historiadora de arte amiga de mi amiga. Me acuerdo de que era una persona atractiva y alegre, pero, como estaba a punto de irse cuando lle­gué, apenas si coincidimos cinco o diez minutos. Como suele ocurrir en tales si­tuaciones, no hablamos de nada impor­tante: una ciudad norteamericana que los dos conocíamos, el tema de un libro que estaba leyendo, el tiempo que hacía. Luego nos dimos la mano, cruzó la puerta y nunca he vuelto a verla.
    Cuando se fue, la amiga que había ido a visitar se retrepó en su asiento y me preguntó:
    -¿Quieres oir una buena historia?
    -Desde luego -le respondí-. Las bue­nas historias siempre me interesan.
    -Quiero mucho a mi amiga -conti­nuó-, así que no te llames a engaño. No voy a contarte chismes. Pero creo que tie­nes derecho a saber esto.
    -¿Estás segura?
    -Sí, estoy segura. Aunque debes pro­meterme una cosa: si escribieras alguna vez esta historia, no citarías ningún nombre.
    -Te lo prometo -le dije.
    Y así mi amiga me contó el secreto. De principio a fin, no tardó más de tres minu­tos en contarme la historia que voy a con­tar ahora.
    La mujer que yo acababa de conocer había nacido en Praga durante la guerra. Era muy pequeña cuando hicieron prisio­nero a su padre, lo enrolaron a la fuerza en el ejército alemán y lo mandaron al frente ruso. Su madre y ella no volvieron a saber de él. No recibieron ninguna carta, ni noticias de si estaba vivo o muerto, nada. La guerra se lo había tragado: desa­pareció sin dejar rastro.
    Pasaron los años. La joven creció. Acabó sus estudios en la universidad y llegó a ser profesora de historia del arte. Según mi amiga, tuvo problemas con las autoridades a finales de los sesenta, du­rante la invasión soviética, pero no precisó qué tipo de problemas. No son difíciles de imaginar, por las historias que conozco so­bre lo que les sucedió a otros durante ese periodo.
    Un día le permitieron volver a la ense­ñanza. En una de sus clases había, por un programa de intercambios, un estudiante de Alemania del Este. El estudiante y ella se enamoraron y acabaron casándose.
    Poco tiempo después de la boda, llegó un telegrama que anunciaba la muerte del padre de su marido. Al día siguiente, su marido y ella viajaron a Alemania del Este para asistir al funeral. Una vez allí, no sé en qué ciudad, se enteró de que su difunto suegro había nacido en Checoslovaquia.
    Durante la guerra los nazis lo hicieron pri­sionero, lo enrolaron a la fuerza en su ejér­cito y lo mandaron al frente ruso. Había conseguido sobrevivir milagrosamente. En lugar de regresar a Checoslovaquia des­pués de la guerra, se había quedado en Alemania bajo un nombre nuevo, se había casado con una alemana, y allí había vi­vido con su nueva familia hasta el día de su muerte. La guerra le había dado la oportunidad de volver a empezar, y parece que nunca se había arrepentido.
    Cuando la amiga de mi amiga preguntó cuál había sido su nombre en Checoslova­quia, comprendió que era su padre.
    Esto significaba, desde luego, que, en tanto que el padre de su marido era el mismo hombre, el hombre con el que se había casado era también su hermano.
    12
    Una tarde de hace muchos años a mi padre se le caló el coche en un semáforo en rojo. Se había desencadenado una terri­ble tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzó un gran árbol de la calle. El tronco del árbol se partió en dos y, cuando mi padre se es­forzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del árbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguía, viendo lo que iba a suceder, pisó el acelerador y empujó el coche de mi padre más allá del cruce. Un instante después, el árbol se es­trellaba contra el suelo, en el sitio exacto que había ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasó de ser una anécdota en la historia inacabada de su vida.
    Un año o dos más tarde, mi padre es­taba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sé cómo (yo no es­taba presente), resbaló del alero y se precipitó al vacío. Otra vez iba de cabeza al de­sastre, y otra vez se salvó. Un tendedero frenó su caída, y escapó del accidente con apenas unos chichones y algunas magulla­duras. Ni siquiera una conmoción. Ni si­quiera un hueso roto.
    Ese mismo año nuestros vecinos de en­frente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayó del tejado y se mató.
    Resulta que la niña que vivía en aque­lla casa era la mejor amiga de mi her­mana. Una noche de invierno, fueron jun­tas a una fiesta de disfraces (tenían seis o siete años, y yo tenía nueve o diez). Mi pa­dre había quedado en recogerlas después de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacía un frío que pelaba, y las calles estaban cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hici­mos sin problemas el trayecto de ida y vuelta. Pero cuando nos detuvimos frente a la casa de la niña, de repente se desenca­denó una serie de acontecimientos invero­símiles.
    La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para com­pletar el disfraz, había cogido un par de za­patos de tacón de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertía en una aven­tura. Mi padre paró el coche y se apeó para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrás con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que ba­jar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguía salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, noté que el coche se deslizaba lentamente marcha atrás, quizá por el hielo, quizá por­que mi padre había olvidado echar el freno de mano (no lo sé); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyó en la acera los tacones de su madre y se res­baló. Cayó bajo el coche -que seguía mo­viéndose-, estaba a punto de morir aplas­tada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agaché, le cogí con fuerza la mano dere­cha y de un tirón la subí a la acera. Un ins­tante después, mi padre notó por fin que el coche se movía. Saltó al asiento del con­ductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debió de durar más de ocho o diez segundos.
    Durante años he tenido la sensación de que éste había sido el momento más hermoso de mi vida. Había salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccioné, la seguridad de mis movimientos en aquella situación crítica. Volvía a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivía la sensación de sacar a la niña de debajo del coche.
    Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volví a verla hasta quince años más tarde.
    Era junio, y mi hermana y yo habíamos vuelto a la ciudad a pasar unos días. Por casualidad su antigua amiga apareció y nos saludó. Había crecido mucho, ahora era una joven de veintidós años recién li­cenciada, y debo decir que sentí un cierto orgullo al ver que había llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusión a la noche en que la había sacado de debajo del coche. Tenía curiosidad por saber cómo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresión de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogi­miento de hombros. ¡No recordaba nada!
    Entonces me di cuenta de que no se había enterado de que el coche se movía. Ni siquiera se había enterado de que es­taba en peligro. Todo el incidente había durado lo que dura un relámpago: diez se­gundos de su vida, un intervalo sin conse­cuencias, que no había dejado en ella el menor rastro. Para mí, sin embargo, aquellos segundos habían sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordina­rio de mi historia íntima. Lo que más me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucedió en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora más de cuarenta años.
    13
    Un número equivocado inspiro mi pri­mera novela. Una tarde estaba solo en mi apartamento de Brooklyn, intentando tra­bajar en mi escritorio, cuando sonó el telé­fono. Si no me engaño, era la primavera de 1980, no muchos días después de que encontrara la moneda de diez centavos frente al Shea Stadium.
    Descolgué, y al otro lado de la línea un hombre me preguntó si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado de nú­mero, y colgué. Luego volví a mi trabajo y me olvidé de la llamada.
    El teléfono volvió a sonar la tarde si­guiente. Resultó que era el mismo indivi­duo y me hacía la misma pregunta que el día anterior: “¿Agencia Pinkerton?” Volví a decirle que no, volví a colgar. Pero esta vez me quedé pensando qué hubiera suce­dido si le hubiera respondido que sí. ¿Y si me hubiera hecho pasar por un detective de la Agencia Pinkerton?, me preguntaba. ¿Qué habría sucedido si me hubiera encar­gado del caso?
    A decir verdad, sentí que había desper­diciado una oportunidad única. Si ese individuo volviera a llamar, me dije, por lo menos hablaría un poco con él e intenta­ría averiguar qué quería. Esperé a que el teléfono sonara otra vez, pero la tercera llamada nunca se produjo.
    Después de aquello, empecé a darle vueltas a la cabeza, y poco a poco se me abrió un mundo lleno de posibilidades. Cuando me senté a escribir La ciudad de cristal un año después, el número equivo­cado se había transformado en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia. Un hombre lla­mado Quinn recibe una llamada telefónica de alguien que quiere hablar con Paul Auster, detective privado. Tal y como yo hice, Quinn responde que se han equivocado de número. A la noche siguiente, pasa exacta­mente lo mismo: Quinn cuelga otra vez. Pero, al contrario que yo, Quinn tiene otra oportunidad. Cuando el teléfono suena la tercera noche, Quinn le sigue el juego al que llama, y se hace cargo de la investiga­ción. Sí, dice, yo soy Paul Auster: entonces comienza la locura.
    Quería, sobre todo, permanecer fiel a mi primer impulso. Si no me ceñía estrictamente a la verdad de los hechos, escribir ese libro carecía de sentido. Así que debía implicarme en el desarrollo de la historia (o implicar a alguien que se me pareciera, que se llamara como yo), y escribir sobre detectives que no eran detectives, sobre suplantación de personalidad, sobre miste­rios irresolubles. Para bien o para mal, sentí que no tenía elección.
    Muy bien. Terminé el libro hace diez años, y desde entonces me he dedicado a otros proyectos, otras ideas, otros libros. Pero, hace menos de dos meses, descubrí que los libros no se terminan nunca, que es posible que las historias continúen es­cribiéndose a sí mismas sin autor.
    Estaba solo en mi apartamento de Brooklyn aquella tarde, intentando traba­jar ante mi escritorio, cuando el teléfono sonó. Era un apartamento distinto del que tenía en 1980: otro apartamento con otro número de teléfono. Descolgué el auricu­lar y, al otro lado de la línea, un hombre me preguntó si podía hablar con el señor Quinn. Tenía acento español y no reco­nocí su voz. Por un momento pensé que era un amigo que quería tomarme el pelo. “¿El señor Quinn?”, dije. “¿Es una broma o qué?”
    No, no era una broma. Aquel hombre llamaba completamente en serio. Quería hablar con el señor Quinn, y me rogaba que le pasara el teléfono. Le pedí, para es­tar seguro, que me deletreara el nombre. Tenía un acento muy fuerte, y yo esperaba que quisiera hablar con el señor Queen. Pero no tuve tanta suerte: “Q-U-I-N-N”, respondió el hombre. Me asusté y, durante unos segundos, no pude articular palabra. “Lo siento”, dije por fin, “aquí no vive nin­gún señor Quinn. Se ha equivocado de nú­mero.” El hombre se disculpó por ha­berme molestado y colgamos.

    Esto ha sucedido de verdad. Como todo lo que he escrito en este cuaderno rojo, es una historia verdadera.

    [1] To argue significa argüir, discutir, polemizar, pelearse. Fib significa embuste, mentirilla, bola, trola. Argue y Phibbs: ¿Argüir y Trolas? (N. del T.)

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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    Item Reviewed: EL CUADERNO ROJO – PAUL AUSTER (cuento completo) Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
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