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    martes, 23 de mayo de 2017

    Cualquier tiempo pasado fue mejor para quien lo dice


    ABRIL 18, 2017

    Es un lugar común que cada generación encuentre algún motivo para añorar su particular edad de oro, normalmente coincidente con su juventud, y defenestrar a los jóvenes acusándolos de casi todo: ignorancia, ineptitud, frivolidad, inmadurez, inexperiencia, torpeza, desidia, cinismo, cobardía…Otro lugar común, derivado del anterior, es que a quienes protestan contra la nueva generación se les recuerde que eso mismo decían los sabios antiguos de los jóvenes de su época.
    En realidad, esos sabios antiguos se reducen a uno, Sócrates, y la cita que se le atribuye es que los jóvenes de hoy no respetan a sus superiores, pierden el tiempo yendo de un lado para otro, contradicen a sus padres y tiranizan a sus maestros. Pues bien, Sócrates no sólo no pronunció semejante frase sino que fue injustamente condenado a muerte bajo la acusación de corromper a los jóvenes con sus enseñanzas.
    Escultura de Sócrates, obra de arte romana del siglo I d. C.
    No hace falta recurrir a citas falsas de algún filósofo de antes de Cristo para demostrar la existencia del eterno cascarrabias, o sea, alguien que, con más pasado que futuro, arremete contra las cosas nuevas por considerarlas de una calidad inferior a las que él conoció en su juventud. Lo nuevo goza de la inocencia de lo inédito, de lo que aún no ha sido probado por la experiencia y aguarda su oportunidad para demostrar su valía. Su éxito inicial obedece a la expectación que suscita, pero también a la avidez de novedades provocada por la pérdida de expectativas en las cosas demasiado vistas.
    Sin embargo, como dijo el sabio, no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que hay en cantidades ingentes es olvido. Si no se olvidaran esas cosas demasiado vistas, tampoco se las tomaría por nuevas cuando, algún tiempo después de haber sido olvidadas, reaparecen con otro ropaje.
    Mientras los viejos disponen de una amplia perspectiva de un pasado que ya no volverá y el presente se les antoja lejano e incomprensible, los jóvenes lo perciben como una catarata de novedades y les cuesta penetrar en el pasado vivido por los viejos. Por tanto, todo se reduce a la disparidad de unos puntos de vista.
    “Las tres edades del hombre”, de Giorgione
    Aun así, las diferencias son menos profundas de lo que parecen. Pero los viejos continúan atrapados en su percepción juvenil, como si la edad que tienen fuese ficticia. Son incapaces de alzar la vista por encima del tiempo para comprobar que los ciclos se repiten más de lo que creen y que la singularidad de sus experiencias juveniles no es tal. Añoran su reinado, del que fueron destronados hace tiempo, y tienen celos de los nuevos reyes, a los que también un día les llegará la hora del destronamiento.
    En suma, no sienten la vejez por ninguna parte -porque viejos son siempre los otros-, excepto cuando aparece algún achaque propio de la edad. Seguros de percibir el mundo tal como lo vienen percibiendo desde su juventud, concluyen que en ellos han cambiado pocas cosas, desde luego menos de las que se podría inferir de su edad. Pero, por poco que crean haber cambiado, resulta que el mundo no deja de cambiar, así sea por la cuenta que le tiene. Después de todo, la vida es cambio y el estancamiento presagia la muerte. Renovarse o morir.
    De cualquier manera, las protestas contra las novedades caen en saco roto. Lo quiera o no el cascarrabias, éstas terminan imponiéndose. Sólo le queda el recurso del pataleo, como al viejo Don Luis de la película ¡Bienvenido, Mister Marshall! que, ante el anuncio de la esperadísima llegada de los americanos que vendrían a salvar de la indigencia a los habitantes de Villar del Río, proclamaba que, por muy adinerados y modernos que fuesen, no eran más que unos indios. Aunque pobre, él, un hidalgo de pura raza, tenía la suficiente dignidad como para mendigarles nada. Al final, tampoco hizo falta: los americanos pasaron de largo por el pueblo…
    El actor Alberto Romea en el papel de Don Luis, el viejo hidalgo de “¡Bienvenido, Mister Marshall!” (1953), de Luis García Berlanga
    Probablemente la frase cascarrabias con mejor fortuna es la que pronunció el famoso diplomático y estadista francés Charles Maurice de Talleyrand (1754-1838):
    “Quienes no han vivido antes de 1789, no conocen la dulzura de vivir”
    ¿Qué quería decir este camaleónico superviviente del pasado con la dulzura de vivir que de pronto disparaba la imaginación y hacía brotar una nostalgia sincera por una época mucho más cercana para sus contemporáneos que la Edad Media añorada por los románticos? Ese dulce vivir parecía impregnado de los recuerdos de una sociedad en la que se procuraba contener la expresión de los sentimientos y era de mal gusto exhibir el yo y en la que se cultivaban las amistades y la conversación, cuidando las formas pero sin ceremonias. Fue la época de la Ilustración y del neoclasicismo, de la que se conservan hermosos testimonios pictóricos, recreados fielmente por Stanley Kubrick en su película Barry Lyndon.
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    Fotograma de “Barry Lyndon” (1975), de Stanley Kubrick
    Cuando Talleyrand pronunció esa frase ya había saboreado la dulzura de vivir del Antiguo Régimen, de cuya élite formó parte. Consciente de los profundos cambios que se avecinaban, se adaptó enseguida a lo nuevo, sobreviviendo a tres turbulentos regímenes políticos –el surgido de la Revolución, el Consulado y el Imperio napoleónico-, en los que desempeñó nada menos que la función de ministro de Relaciones Exteriores. Los exitosos esfuerzos por adaptarse a las circunstancias no nublaron el recuerdo que conservaba de la “dulzura de vivir”. Tenía motivos para añorar la Francia de antes de 1789.
    Aunque no detalló en qué consistía “la dulzura de vivir”, en sus Memorias ofreció algunos indicios. Al recordar en las primeras páginas su infancia y juventud, se detiene en la temporada que pasó en casa de su bisabuela, princesa de Chalais. De esta dama, que residía en su castillo de Chalais, en la comarca de Périgord, rodeada de una especie de corte formada por viejos gentileshombres de antigua estirpe, destaca su ingenio, su lenguaje, la nobleza de sus modales y el encanto de su voz. El modelo perfecto de mujer Ancien Régime. A las primeras impresiones en el castillo de su bisabuela debía el espíritu general que gobernaba su conducta: unos sentimientos afectuosos e incluso tiernos, pero sin demasiada familiaridad, y amor y respeto a los viejos.
    “El señor y la señora Andrews” (1748-49), de Thomas Gainsborough
    También deja constancia de la dignidad –un modo “cortés y bienhechor”- que en las provincias alejadas de la capital regulaba las relaciones de los antiguos grandes señores con la nobleza de orden inferior y con los otros habitantes de sus tierras. Tal como lo describe Talleyrand, era un mundo con acusados rasgos feudales. Así, los campesinos sólo veían a su señor “para recibir socorros y palabras de ánimo y consuelo”.
    “Las costumbres de la nobleza en Périgord se asemejaban a sus viejos castillos; tenían algo de grande y de estable; la luz penetraba poco, pero llegaba suave. Se avanzaba con una útil lentitud hacia una civilización más iluminada”.
    Ni siquiera la Revolución había logrado desencantar las viejas moradas donde había residido la soberanía. Lo que Talleyrand no dice es que el orden jerárquico vigente en aquella sociedad feudal garantizaba la estabilidad de quienes lo tutelaban, pero ahogaba las perspectivas de progreso personal y social a los tutelados, para quienes el futuro no era más que una réplica del pasado. El guión de sus vidas y el de sus hijos estaba escrito antes incluso de que nacieran. Siempre eran otros quienes lo escribían.
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    Retrato de Charles Maurice de Talleyrand
    De su juventud, Talleyrand recuerda la época en que se reunía en su casa con amigos escritores (entre ellos estaba Chamfort), nobles, militares y otros hombres de profesiones liberales, para hablar de todo un poco y con la mayor libertad, siguiendo el espíritu y la moda del tiempo. “Había en todo ello placer e instrucción y alguna ambición en perspectiva”. Fueron unas mañanas “tan magníficas” que, después de tantos años y avatares, estaba dispuesto a repetirlas. Aquellas discusiones pertenecían a un orden de ideas tan distinto de lo que después había visto que le parecía útil conservar sus huellas.
    De estos recuerdos se deduce que para Talleyrand la dulzura de vivir que conoció bajo el Antiguo Régimen consistía en una sociabilidad viva, amable y cercana, cimentada en la cortesía, en el cultivo de la conversación, de la que él fue todo un maestro (Madame de Staël dijo que “si la conversación de Monsieur de Talleyrand se vendiese, yo me arruinaría” y Napoleón lo llamó “el rey de la conversación en Europa”), en el relato de anécdotas sabrosas, contadas con gracia, y en la ausencia del apresuramiento en la toma de decisiones.
    Nicolas Chamfort (1741-1794)
    Sin embargo, como él mismo consignó en las Memorias, su juventud transcurrió en medio de dificultades. A causa de la deformidad en un pie, que toda la vida le obligó a cojear, sus padres, con los que tuvo un trato escaso, lo destinaron a la carrera eclesiástica en contra de su voluntad. El relato que hace de aquella época se asemeja a los años que Julien Sorel, el joven héroe de Rojo y Negro, pasó en el seminario mayor de Bensançon, entre lecturas intensivas de las obras de los moralistas, poetas e historiadores que encontró en la biblioteca y un mutismo casi absoluto.
    Como el personaje de Stendhal, el seminarista Talleyrand era un muchacho “desgraciado e interiormente enfurecido”, que sólo dialogaba con el autor del libro que tenía entre manos. Era un diálogo entreverado con profundas discrepancias. Los libros le habían enseñado, pero jamás le habían avasallado.
    Talleyrand-político
    Caricatura que representa a Talleyrand como un político oportunista
    Afortunadamente, en aquella vida de aislamiento intelectual en el seminario parisino de San Sulpicio entró un rayo de luz cuando un día se cruzó en la capilla con una hermosa muchacha que se dedicaba al teatro y con la que pronto entabló una estrecha amistad. A los dos los unía el que desempeñasen sus destinos por imposición de los padres. La relación se prolongó durante dos años, devolviéndole la amabilidad.
    ¿Qué se suele añorar del pasado? Algo que, incluso con sus defectos, tuvo sus días de esplendor, era genuino y brillaba con luz propia. Hasta que un cambio brusco o progresivo lo eclipsó para siempre. La mutación puede sobrevenir por factores y circunstancias tan variopintas como una revolución, una guerra, un nuevo régimen político, una emigración masiva, oscuros intereses económicos, una administración incompetente, un cambio en los gustos del público, el ascenso de una generación de mediocres, una tecnología innovadora -el ferrocarril que Edward Hopper pintó junto a la solitaria mansión victoriana-, el desembarco de una masa de turistas bárbaros y hasta una invasión de automóviles.
    Estas causas son hasta cierto punto comprensibles y universales. Pero hay una infrecuente y más difícil de entender sobre todo para la posteridad: la autodestrucción deliberada. Ocurre cuando se propaga una sensación de fatiga y hastío, como si se hubiesen satisfecho los objetivos trazados con un criterio de racionalidad y, sin embargo, se sintiera la necesidad de buscar otros nuevos, emprendiendo una ruta desconocida y peligrosa, aunque excitante. De aquí a la pérdida del sentido de la realidad y de la responsabilidad no hay más que un paso. Es la muerte por éxito. Tenía razón Goethe cuando dijo que “todo se soporta en la vida, con excepción de muchos días de continua felicidad”.
    “Casa junto a la vía del tren” (1925), de Edward Hopper
    En sus memorias La casa de la vida, el escritor y crítico literario Mario Praz cifró el final de toda una época en la plaga de coches que a partir de 1953 invadió la hasta entonces apacible Vía Giulia de Roma. “En un determinado momento, casi de la noche a la mañana, se produjo una erupción de automóviles. The calamity is the masses (Emerson)”. Emerson había dicho de las masas que son “rudas, débiles, incompletas, perniciosas en sus exigencias e influencia” y que no necesitan ser halagadas, sino escolarizadas.
    “No quiero concederles nada, sino domarlas, perforarlas, dividirlas y romperlas y extraer de ellas individuos”.
    Mario Praz
    Praz añoraba el sereno silencio de Vía Giulia que se le grabó desde el lejano día de 1917, en que la visitó por primera vez, a la edad de veintiún años. Aquel silencio “tenía una fisonomía, un ritmo como el de una música oída que siempre he deseado escuchar”. Entonces la más hermosa de las calles de Roma, según Annibal Caro, construida por iniciativa del papa Julio II, era una vía señorial de una ciudad de provincias.
    En 1934 Praz encontró en el Palacio Ricci de esta calle venerable la primera casa de su vida (la segunda sería el palacio Primoli, al que se trasladó en 1969 y donde murió: hoy es el la Casa-Museo de Mario Praz), que amuebló y decoró con multitud de antigüedades, impulsado por la nostalgia del siglo XIX, la misma que Talleyrand sentía por el XVIII. A mediados de los años treinta Via Giulia seguía siendo tranquila, pero no como en 1917, cuando en ella sólo aparcaban carros de caballos que traían sacos de patatas y legumbres.

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    La Via Giulia con el Arco Farnese
    Todavía tuvo que ser más tranquila en los años jóvenes del marqués Giulio Ricci, el casero de Praz y su esposa, cuando entre las losas del asfalto crecía la hierba y el barrio olía a cuadras debido a las cocheras de las carrozas señoriales tiradas por caballos. Por entonces Henry James situó en el palacio Ricci la lóbrega morada de la pareja Osmond de su novela Retrato de una dama.
    Los caballos fueron los últimos animales no domésticos, excluyendo por supuesto a los cautivos en los parques zoológicos, que convivieron con los hombres en las ciudades, antes de que, en su función de animales de tiro, los reemplazasen los primeros automóviles. Los viandantes estaban familiarizados no sólo con el traqueteo de las distintas variedades de coches y el repique de las herraduras sobre el asfalto de granito, sino con los excrementos que arrojaban estos animales y el hedor proveniente de las cuadras, algunas de tres y cuatro pisos, dotadas con rampas de acceso.
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    Fotografía de París fechada en 1908
    Mario Praz recuerda que ya en 1941 el historiador del arte Roberto Papini publicó un artículo dedicado a Via Giulia con el título Vida y muerte de una calle, en el que afirmaba que ésta había sido “profanada, destripada y amenazada de muerte” tras la construcción del Liceo Virgilio, un edificio de corte fascista. A la vista de este declive imparable, habrá que concluir que si lo bueno dura poco, lo malo se eterniza…
    La calamidad de las masas fue la novedad que más llamó la atención a Ortega y Gasset hace casi un siglo. En La rebelión de las masas (1930) da cuenta de un hecho que entonces le pareció insólito: la repentina irrupción de las aglomeraciones humanas en las ciudades europeas. De pronto todo se llenó de gente, las casas, los hoteles, los trenes, los cafés, los paseos, las salas de médicos famosos, los teatros y los cines. Hasta las playas rebosaban de bañistas. Gente por todas partes, y todo ello después de una cruenta guerra en la que murieron millones de jóvenes.
    Retrato de José Ortega y Gasset, por Ignacio Zuloaga
    Una impresión similar tuvo el periodista Julio Camba cuando, en su viaje de 1934 a Estados Unidos, comprobó que el pueblo colonial que era antes de la Gran Guerra se había transformado después de ésta en una potencia bajo cuya influencia caería todo el mundo. “Llegará el día en que estaremos americanizados todos”. Durante su estancia en Nueva York, la “ciudad automática”, vio en ella “una civilización de masas y no de individuos”, una ciudad de grandes estructuras arquitectónicas, un pueblo “que carece de vida privada y completamente uniforme”, como sus trenes, que llevaban al viajero a sitios más o menos iguales.
    Era un mundo en el que la estandarización se batía contra la diferenciación, la masa contra el individuo, la cantidad contra la calidad, el automatismo contra la inteligencia, y cuyo resultado se traducía en “una Humanidad en serie opinando en serie y divirtiéndose en serie”.
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    Julio Camba
    ¿Qué había ocurrido para que se produjera ese cambio tan brusco en la sociedad de la postguerra? Ortega argumenta que las muchedumbres ya estaban ahí antes de que se agruparan en un conglomerado uniforme, instalándose en los lugares preferentes de la sociedad, sólo que entonces estaban fragmentadas y cada cual, individualmente o en grupo, ocupaba un sitio en el campo, en la aldea, en la ciudad o en el barrio de la gran urbe. Dos siglos de educación generalizada y un paralelo enriquecimiento de la sociedad favorecieron la formación del “brutal imperio de las masas”, con el consiguiente ascenso del nivel vital.
    Por las grietas de la fortaleza de la vieja burguesía liberal, abiertas tras el desastre bélico de 1918, se coló una nueva mayoría social compuesta por individuos pertenecientes a la poblada pequeña burguesía, de la que se nutrieron el fascismo y el nazismo, las ideologías aduladoras de la juventud (“Giovinezza” fue el himno del partido fascista de Mussolini), sepultureras de la democracia liberal, a la que tachaban de vieja y caduca, y abanderadas del nuevo orden frente al comunismo. Había estallado eso que desde entonces entendemos por modernidad y que en los casi cien años transcurridos no ha hecho más que generar réplicas continuas, como las que suceden a un gran terremoto. Pero el molde original data de aquellos tiempos.
    Precisamente Tiempos modernos fue el título de la película de Charles Chaplin, estrenada en 1936, en la que se describen las peripecias de un obrero metalúrgico en la cadena de montaje de una fábrica al que sus superiores pretenden tratar como si fuera una pieza más del engranaje.
    Fotograma de "Tiempos modernos" (1935), de Charles Chaplin
    Fotograma de “Tiempos modernos” (1936), de Charles Chaplin
    Después de la Primera Guerra Mundial, la generación que vivió la última fase de la Belle Époque -así fue como se denominó posteriormente este largo periodo de relativa paz en Europa-, añoraba la honestidad de las personas y una sociabilidad amable, la cortesía, la conversación en los cafés, el clima de seguridad, el buen gusto. Stefan Zweig recordó en su autobiografía El mundo de ayer que en 1910  la vida en las capitales europeas había ascendido de nivel en todas las capas sociales.
    En todas partes se progresaba, gracias a un régimen de vida más saludable y a los portentosos avances técnicos. Excepto algunos ancianos, nadie añoraba los “buenos tiempos pasados”. Al contrario que unas décadas atrás, todo el mundo quería ser joven o parecerlo. “Compadezco a los que no participaron siendo jóvenes de aquellos últimos años de la confianza europea”.
    ¿Cómo es que aquel hermoso edificio se vino abajo casi repentinamente? Zweig culpa a la codicia de los poderosos -“el afán de obtener más y más los había enloquecido a todos”- y al exceso de energías y de dinamismo interior almacenado durante cuarenta años de paz. La demencial euforia con la que se acogió la guerra en agosto de 1914 actuó como una válvula de escape.
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    Stefan Zweig
    Andrés Maurois recordó en sus Memorias que en 1914 él y su familia, residentes en la localidad francesa de Elbeuf, formaban parte “de un sistema sólido, inmutable, que tenía leyes fijas, cuyo conocimiento permitía prever los acontecimientos y proceder con sabiduría”. Pero la guerra le demostró que los imperios pueden derrumbarse en unos días, bajo la presión de la violencia, como los edificios por la sacudida de un terremoto.
    Después de la contienda volvió a Elbeuf pero ya sin ardor ni confianza. Había visto que existía un mundo mayor y no creía ya en la solidez duradera de la máquina de la cual él era una pieza. Su proyecto, cuatro años antes inconcebible, era abandonar el negocio familiar, su ciudad y su provincia y reedificar en otra parte una vida que la guerra había sembrado de ruinas.
    Maurois
    André Maurois
    Fue a principios del siglo XX, en 1907, cuando el joven James Joyce escribió el relato Los muertos, el último de los quince que componen Dublineses. La celebración de una velada familiar en la noche de Reyes, en una casa de Dublín habitada por las dos viejas hermanas Morkan, solteronas y aficionadas a la música, y una sobrina, profesora en una academia de música, le sirve a Joyce para mostrar un minucioso rompecabezas de sensaciones dominadas por la añoranza y la despedida del mundo de ayer.
    El lector tiene que leer con mucha atención estas páginas si quiere penetrar hasta el fondo en la atmósfera y en el alma de los personajes principales que participan en la velada, para que no se le escape ningún detalle. Cada uno de ellos es portador de alguna clave esencial para la comprensión de la historia y su sorprendente desenlace.
    Fotograma de “Los muertos”, la película de John Huston basada en el relato de Joyce
    A través del protagonista del relato, el profesor de liceo y crítico literario Gabriel Conroy, sobrino carnal de las anfitrionas y casado con Gretta, también presente en la velada, el narrador despliega todo un mapa de sensaciones, pensamientos, palabras e intuiciones, en el que los personajes principales parecen ponerse de acuerdo para entonar a coro la misma canción de despedida, nunca mejor dicho tratándose de una familia tan musical. Porque no sólo Gabriel Conroy sino el lector presiente que esa será la última velada que congregue a los amigos en la casa de las hermanas Morkan.
    El mundo que encarnan éstas y sus invitados se desmoronó después de la guerra, si bien las señales de descomposición eran evidentes a comienzos de siglo, como dedujo el propio Joyce al escribir Los muertos, un título premonitorio. Un destino similar aguardaba a la sociedad aristocrática y de clase alta europea retratada en 1911 por Thomas Mann en La muerte en Venecia, absorta en su propio éxito y con la mirada perdida en los espejos que la rodeaban.
    No es casual que en ambas historias la palabra clave sea “muerte”. Una muerte anunciada y descrita minuciosamente por dos perspicaces novelistas. Como ha ocurrido en tantas ocasiones, también en este caso la ficción literaria se anticipó a la realidad, aunque luego fuese superada por ésta.
    Escena de “Muerte en Venecia” (1971), película de Luchino Visconti inspirada en la novela de Thomas Mann
    En Los muertos se evoca el tiempo pasado, el de los amores juveniles, las costumbres ya extinguidas o en proceso de extinción, la vieja educación, las memorables noches en la ópera del Teatro Nacional de Dublín, al que los aficionados acudían devotos para escuchar las voces de prestigiosos cantantes, las entrañables veladas familiares y entre amigos, en torno a un piano o alrededor de una buena mesa, las grandes nevadas de la infancia, las plácidas excursiones estivales al continente, la música antigua, todavía no “atormentada por las ideas”, y el recuerdo de los seres queridos muertos.
    La presencia en la reunión de la señorita Ivors, una joven profesora, ferviente nacionalista y adversaria “ideológica” de Gabriel Conroy, al que en tono despectivo tilda de pro-inglés por publicar sus reseñas literarias en un periódico no nacionalista, se erige en símbolo del alineamiento a las nuevas ideologías de masas que, como el nacionalismo, empezaban a propagarse entre los jóvenes procedentes de la pequeña burguesía urbana y lectores de la prensa adicta a sus simpatías ideológicas.
    Tras la guerra, el fervor nacionalista causante de la carnicería, en vez de extinguirse, experimentó un nuevo auge como reacción a la crisis económica mundial de 1929, la incapacidad de las democracias para restaurar la confianza en las clases medias y el miedo al comunismo propagado por quienes en aquel clima de confusión hallaron una oportunidad para adueñarse del poder del Estado con sus promesas neoimperialistas.
    La señorita Ivors y Gabriel Conroy en la película “Los muertos”
    De aquella experiencia aprendimos que, ante un largo periodo de incertidumbre económica y social, suele agudizarse la tendencia al repliegue en las fronteras nacionales, aumenta la desconfianza en el presente y en el futuro y se idealiza el pasado que, por su condición de inamovible -aunque se lo pueda remover cuanto se quiera-, goza de la ventaja de hallarse libre de toda incertidumbre.
    “Me encanta el pasado. Es mucho más tranquilo que el presente y mucho más seguro que el futuro”, decía el director de cine Max Ophüls, muchas de cuyas películas están ambientadas en tiempos pasados.
    Un caso diferente es el de quienes consideran que cualquier tiempo pasado fue mejor. En Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique escribió unos versos que expresan este sentir. Ante el dolor causado por el recuerdo de los placeres que se esfumaron, el poeta confiesa que “a nuestro parecer/ cualquier tiempo pasado/ fue mejor”.
    El director de cine Max Ophüls (1902-1957)
    Sí, cualquier tiempo pasado fue mejor para quien lo dice (“a nuestro parecer”) y, como Talleyrand, encuentra motivos para añorarlo, no para el que encuentra muy pocos e incluso ninguno, y más todavía cuando el presente le ha traído algo de prosperidad y espera mantenerla en el futuro. La mentalidad moderna se basa en esta premisa: mirar siempre hacia delante y esperar del porvenir bienes aún mejores que los disfrutados por las generaciones anteriores.
    Somos herederos de alguna promesa, pese a las dudas que de un tiempo a esta parte surgen sobre el porvenir de la herencia: si, en lugar de promesa, como se espera que sea, no se convertirá en deuda y rémora para nuestros descendientes. Muy lejos queda de nosotros la mentalidad de los hombres de la Edad Oscura -así se denomina a la Alta Edad Media en Inglaterra-, para quienes cualquier tiempo pasado fue mejor porque, según Chesterton, miraban hacia atrás en busca de la luz y hacia delante previendo nuevos males. El progresista de ahora era el conservador de entonces:
    “Cuanto más pudiera conservar del pasado, más podría disfrutar de una ley justa y de un Estado libre; cuando más cediera al futuro más tendría que soportar la ignorancia y los privilegios”.

     https://enlenguapropia.wordpress.com/2017/04/18/cualquier-tiempo-pasado-fue-mejor-para-quien-lo-dice/#more-9434

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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