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    martes, 11 de abril de 2017

    La memoria del mundo Por Italo Calvino


    Es por eso por lo que le he mandado llamar, Müller. Ahora que mi dimisión ha sido aceptada, usted será mi sucesor: su nombramiento como director es inminente. No finja que se cae de las nubes: hace tiempo que el rumor circula entre nosotros, y seguramente habrá llegado también a sus oídos. Por lo demás, no hay duda de que entre los ovenes cuadros de nuestra organización usted, Müller, es el más preparado, el que conoce –se puede decir– todos los secretos de nuestro trabajo. Por lo menos en apariencia. Permítame que se lo diga: no le hablo por iniciativa mía, sino por encargo de nuestros superiores. Sólo de algunas cuestiones no está aún al corriente y ha llegado el momento de que lo sepa, Müller. Usted cree, como todos los demás, claro está, que nuestra organización está preparando desde hace muchos años el centro de documentación más grande que jamás se haya proyectado, un fichero que recoja y ordene todo lo que hoy se sabe de cada persona y animal y cosa, con vistas a un inventario general no sólo del presente sino también del pasado, de todo lo que ha habido desde los orígenes, en resumen una historia general de todo contemporáneamente, o mejor un catálogo de todo, momento por momento. En efecto, en esto trabajamos y podemos decir que hemos avanzado bastante: no sólo el contenido de las bibliotecas más importantes del mundo, de los archivos y los museos, de las colecciones anuales de los diarios de todos los países está ya en nuestras fichas perforadas, sino también una documentación recogida ad hoc, persona por persona, lugar por lugar. Y todo este material pasa a través de un proceso de reducción a lo esencial, condensación, miniaturización, que no sabemos todavía en qué punto se detendrá; así como todas las imágenes existentes y posibles son archivadas en minúsculas bobinas de microfilmes, y microscópicos carretes de hilo magnético encierran todos los sonidos registrados y registrables. Lo que intentamos es construir una memoria centralizada del género humano, tratando de almacenarla en un espacio lo más reducido posible, del tipo de las memorias individuales de nuestros cerebros.


    Pero es inútil que le repita estas cosas a usted que entró en nuestra casa por haber ganado el concurso de admisión con el proyecto «Todo el British Museum en una castaña». Usted está con nosotros desde hace relativamente pocos años, pero conoce ya el funcionamiento de nuestros laboratorios tanto como yo, que ocupo el puesto de director desde la fundación. Nunca hubiera abandonado este puesto, se lo aseguro, si me acompañaran las fuerzas. Pero después de la misteriosa desaparición de mi mujer, padezco una crisis depresiva de la que no consigo restablecerme. Es justo que nuestros superiores –aceptando por lo demás lo que es también deseo mío– hayan pensado en sustituirme. Me corresponde pues ponerle al tanto de los secretos de oficina que hasta ahora le estaban vedados.



    Lo que usted no conoce es la verdadera finalidad de nuestro trabajo. Es para el fin del mundo, Müller. Trabajamos con vistas al próximo fin de la vida sobre la Tierra. Para que todo no haya sido inútil, para transmitir todo lo que sabemos a otros que no sabemos quiénes son ni qué saben.



    ¿Puedo ofrecerle un cigarro? La previsión de que la Tierra no seguirá siendo habitable por mucho tiempo más –al menos para el género humano– no puede causarnos demasiada impresión. Ya sabíamos todos que el Sol ha llegado a la mitad de su vida: por bien que vaya, dentro de cuatro o cinco mil millones de años todo habrá terminado. En fin, de aquí a un tiempo el problema de todos modos se plantearía; la novedad es que los plazos son mucho más cercanos, que no tenemos tiempo que perder, eso es todo. La extinción de nuestra especie es desde luego una perspectiva triste, pero llorar por ella es un consuelo vano, como recriminar una muerte individual. (Sigo pensando siempre en la desaparición de mi Angela, perdone mi emoción.) En millones de planetas desconocidos viven seguramente seres semejantes a nosotros; poco importa que para recordarnos o continuarnos estén sus descendientes en lugar de los nuestros. Lo importante es comunicarles nuestra memoria, la memoria general puesta a punto por la organización de la que usted, Müller, está a punto de ser nombrado director.



    No se asuste; el ámbito de su trabajo seguirá siendo el que ha sido hasta ahora. E1 sistema para comunicar nuestra memoria a los otros planetas es estudiado por otra rama de la organización; nosotros tenemos ya qué hacer, y ni siquiera nos concierne si se idearán medios ópticos o acústicos más idóneos. Incluso puede ser que no se trate de transmitir los mensajes, sino de depositarlos en lugar seguro, bajo la corteza terrestre: los despojos de nuestro planeta errante en el espacio podrían ser recogidos y explorados un día por arqueólogos extragalácticos. Ni siquiera el código o los códigos que se escogerán previamente son asunto nuestro: hay sin embargo una rama que estudia sólo esto, el modo de hacer inteligible nuestro stock de informaciones, cualquiera que sea el sistema lingüístico que utilicen los otros. Para usted, ahora que lo sabe, no ha cambiado nada, se lo aseguro, salvo la responsabilidad que le incumbe. De esto quería hablarle un poco.



    ¿Qué será el género humano en el momento de la extinción? Cierta cantidad de información sobre sí mismo y sobre el mundo, una cantidad finita, dado que ya no podrá renovarse y aumentar. Durante cierto tiempo el universo ha tenido una oportunidad especial de recoger y elaborar información; y de crearla, de hacer saltar información allí donde no hubiera nada que informar sobre nada: esto ha sido la vida sobre la Tierra y en especial el género humano, su memoria, sus invenciones dignas de comunicar y recordar. Nuestra organización garantiza que esta información no se dispersará, independientemente de que sea o no recibida por otros. Será preocupación del director hacer que no quede nada fuera, porque lo que queda fuera es como si nunca hubiese existido. Y al mismo tiempo será preocupación suya hacer como si nunca hubiese existido todo aquello que terminaría por embrollar o dejar en la sombra otras cosas más esenciales, es decir, todo lo que en lugar de aumentar la información crearía un desorden y una confusión inútiles. Lo importante es el modelo general constituido por el conjunto de informaciones, del cual podrán extraerse otras informaciones que nosotros no damos y que ojalá no tengamos. En suma, no dando ciertas informaciones se dan más de las que se darían dándolas. El resultado final de nuestro trabajo será un modelo en el que todo cuenta como información, incluso lo que no existe. Sólo entonces se podrá saber, de todo lo que ha sido, qué es lo que realmente contaba, o sea, qué es lo que verdaderamente ha sido, para que el resultado final de nuestra documentación sea al mismo tiempo lo que es, ha sido y será, y todo el resto, nada.



    Claro que hay momentos en nuestro trabajo –usted también los habrá tenido, Müller– en que uno está tentado de pensar que sólo lo que escapa a nuestro registro es importante, que sólo lo que pasa sin dejar trazas existe verdaderamente, mientras que todo lo que nuestros ficheros conservan es la parte muerta, las rebabas, la escoria. Llega el momento en que un bostezo, una mosca que vuela, una picazón nos parecen el único tesoro, justamente porque es absolutamente inutilizable, dado de una vez por todas y de inmediato olvidado, sustraído al destino monótono del almacenamiento en la memoria del mundo. ¿Quién puede descartar que el universo consista en la red discontinua de los instantes no registrables y que nuestra organización no controle sino la reproducción en negativo, el marco de vacío y de insignificancia? Pero nuestra deformación profesional es ésta: apenas nos fijamos en algo, queremos incluirlo en seguida en nuestros ficheros; y así es como me ha sucedido con frecuencia, lo confieso, catalogar bostezos, forúnculos, asociaciones de ideas indecentes, silbidos, y esconderlos en el paquete de las informaciones más calificadas. Porque el puesto de director que usted estará llamado a ocupar tiene este privilegio: el de poder dejar una impronta personal en la memoria del mundo. Sígame, Müller: no le estoy hablando de una arbitrariedad o de un abuso de poder, sino de un componente indispensable de nuestro trabajo. Una masa de informaciones fríamente objetivas, incontrovertibles, correría el riesgo de proporcionar una imagen alejada de la verdad, de falsear lo más específico de cada situación. Supongamos que nos llegue de otro planeta un mensaje de puros datos fácticos, de una claridad francamente obvia: no le prestaríamos atención, ni siquiera lo advertiríamos; sólo un mensaje que contuviese algo inexpresado, dudoso, parcialmente indescifrable forzaría el umbral de nuestra conciencia, obligaría a recibirlo e interpretarlo. Debemos tener en cuenta esto: es tarea del director marcar el conjunto de datos recogidos y seleccionados por nuestras oficinas con esa leve impronta subjetiva, ese elemento opinable, de riesgo que necesitan para ser verdaderos. Quería advertirle de esto antes de ponerlo en su cargo: en el material recogido hasta ahora se nota aquí y allá la intervención de mi mano –de una extrema delicadeza, entendámonos–; hay dispersos juicios, reticencias, hasta mentiras.



    La mentira sólo en apariencia excluye la verdad; como usted sabe, en muchos casos las mentiras –por ejemplo, para el psicoanalista, las de los pacientes– son tanto o más indicativas que la verdad; y así será para los que tengan que interpretar nuestro mensaje. Müller, al decirle lo que ahora le digo, no hablo ya por encargo de nuestros superiores, sino a partir de mi experiencia personal, de colega a colega, de hombre a hombre. Escúcheme: la mentira es la verdadera información que hemos de transmitir. Por eso no he querido abstenerme de un uso discreto de la mentira, siempre que no complicara el mensaje sino que, por el contrario, lo simplificase. En las noticias acerca de mí, sobre todo, me consideré autorizado a abundar en detalles no verdaderos (no creo que la cosa perturbe a nadie). Por ejemplo, mi vida con Angela: la he descrito como hubiera querido que fuese, una gran historia de amor en la que Angela y yo apareciéramos como los eternos enamorados, felices en medio de adversidades de todo tipo, apasionados, fieles. No ha sido exactamente así, Müller: Angela se casó conmigo por interés y en seguida se arrepintió, nuestra vida fue una sucesión de mezquindades y subterfugios. ¿Pero qué importa lo que ha sido el día a día? En la memoria del mundo la imagen de Angela es definitiva, perfecta, nada puede hacerle mella y yo seré para siempre el marido más envidiable que jamás haya existido.



    En principio no tenía más que proceder a un embellecimiento de los datos que me proporcionaba nuestra vida cotidiana. En cierto momento esos datos que tenía bajo los ojos al observar a Angela día a día (y después espiándola, siguiendo al final sus pasos) empezaron a ser cada vez más contradictorios, ambiguos, hasta justificar sospechas infamantes. ¿Qué debía hacer, Müller? ¿Confundir, hacer ininteligible esa imagen de Angela tan clara y transmisible, tan amada y amable, oscurecer el mensaje más resplandeciente de todos nuestros ficheros? Eliminaba esos datos día a día, sin vacilar, pero temiendo siempre que en torno a la imagen definitiva de Angela quedase algún indicio, algún sobrentendido, una traza de la que se pudiera deducir lo que ella –lo que la Angela en la vida efímera– era y hacía. Me pasaba días en el laboratorio seleccionando, borrando, omitiendo. Estaba celoso, Müller: no celoso de la Angela efímera –esa ya era para mí una partida perdida– sino celoso de aquella Angela–información que sobreviviría mientras durase el universo.



    La primera condición para que la Angela–información no fuese tocada por ninguna mancha era que la Angela viviente no siguiera superponiéndose a su imagen. Entonces fue cuando Angela desapareció y todas las búsquedas fueron vanas. Sería inútil que yo le contara ahora, Müller, cómo conseguí deshacerme del cadáver trozo a trozo. Pero tranquilícese, estos detalles no tienen ninguna importancia para los fines de nuestro trabajo, porque en la memoria del mundo yo sigo siendo el marido feliz y después el viudo inconsolable que todos ustedes conocen. Pero no encontré la paz: la Angela–información seguía formando parte de un sistema de informaciones, algunas de las cuales podían prestarse a ser interpretadas –por perturbaciones en la transmisión, o por malignidad del descodificador– como suposiciones equívocas, insinuaciones, inferencias. Decidí destruir en nuestros ficheros cualquier presencia de personas con las que Angela podía haber tenido relaciones íntimas. Me fue muy desagradable, porque de algunos de nuestros colegas no quedará traza alguna en la memoria del mundo, como si nunca hubiesen existido.



    Usted piensa que le digo estas cosas para pedirle su complicidad, Müller. No, la cuestión no es esa. Debo informarle de las medidas extremas que estoy obligado a tomar para que la información sobre cualquier amante posible de mi mujer quede excluida de los ficheros. No me preocupan las consecuencias que tenga para mí; los años que me quedan por vivir son pocos respecto de la eternidad con la que me he acostumbrado a echar cuentas; y lo que he sido en realidad ya lo he establecido de una vez por todas y consignado en las fichas perforadas.



    Si en la memoria del mundo no hay nada que corregir, lo único que queda por hacer es corregir la realidad allí donde no concuerde con la memoria del mundo. Así como he borrado la existencia del amante de mi mujer en las fichas perforadas, así debo borrarlo a usted del mundo de las personas vivas. Y por eso saco ahora la pistola, le apunto con ella a usted, Müller, aprieto el gatillo, lo mato.


    (De: La gran bonanza de las Antillas, Tusquets. Traducción Aurora Bernardez)

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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