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    lunes, 17 de abril de 2017

    Interpretaciones sobre Hitler Alemanes apoyaron y encumbraron a Hitler porque sus políticas les beneficiaban.


    Hibris y Némesis: Hitler y el Nacionalismo por Jochen Köhler

    Círculo de Lectores, Barcelona
    Trad. José Manuel Álvarez Flórez
    1.120 págs. 3.173 ptas.
    Deutsche Verlags-Anstalt, Stuttgart
    Traducción del inglés de Klaus Kochmann
    S. Fischer Verlag, Frankfurt am Main
    Traducción del inglés de Udo Rennert y Karl Heinz Silber



















    En la edición original inglesa de su biografía de Hitler, Ian Kershaw ha añadido al título del primer volumen el concepto «Hibris» y al título del segundo el concepto complementario «Némesis». . Con este recurso a la mitología griega, en la que la blasfema arrogancia de un hombre atrae sobre sí la venganza de los dioses, Kershaw delimita las dimensiones casi inimaginables de una catástrofe provocada por la ilimitada soberbia de un solo individuo. No hay ningún ejemplo comparable en la historia moderna. Sin embargo, Kershaw está lejos de demonizar a Hitler, porque eso no explicaría nada. El historiador británico niega también con vehemencia que los alemanes fueran víctimas desvalidas de un «lavado de cerebro», de una propaganda hipnotizadora o de un ilimitado terror. Aun así, siguieron a su «Führer» hasta el borde de la total autoaniquilación. Por qué lo hicieron es lo que Kershaw trata de averiguar a lo largo de 2.300 páginas de apretada escritura.
    El primer tomo de la biografía de Hitler –reseñado en el número 29 de Revista de libros, de mayo de 1999– termina en 1936. Ese año marca el provisional punto culminante de una carrera en la que la autoglorificación de Hitler y su divinización por los alemanes, el triunfo personal y el júbilo nacional se reforzaban recíprocamente. Al cabo de sólo cuatro años, el régimen nazi parecía tan «estable, fuerte y exitoso» que Hitler disfrutaba incluso en el extranjero de un prestigio que no tuvo ningún otro estadista de su tiempo. Kershaw empieza por recapitular en el segundo tomo los datos esenciales del primero: la «no persona» orwelliana de Hitler, que emergió en su papel de «Führer», la imparable dinámica de sus objetivos ideológicos a largo plazo, que se convirtió en motor del régimen nacionalsocialista. Para Hitler, el triunfo del año 1936 no significó el fin de sus aspiraciones de poder, sino sólo un comienzo, una etapa y un trampolín. Cuando Kershaw asigna a los dos primeros capítulos los títulos de «Radicalización incesante» y «Dinámica expansionista», anticipa los resultados de su análisis: para sobrevivir, el régimen necesitaba de la permanente movilización de la «comunidad popular», así como de la expansión del «Tercer Reich», que sin una guerra carecía de expectativas.
    «En la guerra, el nacionalsocialismo se encontró a sí mismo», escribe Kershaw citando casi literalmente al historiador alemán Martin Boszat, y al hacerlo reduce muchas cosas a un común denominador. El nacionalsocialismo había surgido del trauma de la guerra mundial perdida y de la evocación del «espíritu de 1914», y volvía a ese espíritu y a una segunda guerra mundial. Una vez que el Tratado de Versalles se reveló como «una suerte para el extorsionador» Hitler e hizo posible sus éxitos en política exterior hasta 1939, él pudo llevar a la práctica su convicción de que «todos los éxitos históricos... tienen que ser renovados». Sólo en la lucha eterna, según la ideología de Hitler, demostraba su fuerza un pueblo y se abría camino en la historia, una historia que, en su carácter implacable, se asemejaba a la historia natural. En todo caso, además había motivos muy sólidos para la guerra, porque los problemas económicos de Alemania, agudizados en 1939, sólo se podían resolver mediante la conquista y la rapiña.
    La «guerra de aniquilación» en el Este y el genocidio judío estuvieron inseparablemente unidos. Desde el principio la jefatura del ejército alemán, que había elaborado con independencia de Hitler planes para una campaña en Rusia, se comprometió a erradicar el «bolchevismo judío». Una entrada del diario de Goebbels –que el historiador contempla como una fuente central, de la que extrae datos inagotablemente–, aportada por Kershaw como prueba, pone de manifiesto hasta qué punto Hitler fue «el incesante paladín y portavoz de una solución radical», es decir, el verdadero causante del Holocausto. Sólo el secreto absoluto ordenado por él, que en última instancia funcionó a la perfección, envolvió en un velo el conocimiento que el «Führer» tuvo de la aniquilación de los judíos. Hitler no hubo de dar órdenes escritas. Sus paladines y los ayudantes de éstos se apresuraban, compitiendo entre sí, a «adelantarse a sus deseos» a la hora de hacer realidad sus «visiones», lo que Kershaw destaca ya en el primer volumen de la biografía como clave más importante para la comprensión del régimen nazi. En Polonia se vio con claridad que el caos administrativo y la «radicalización acumulativa» eran en realidad dos caras de la misma moneda.
    Kershaw contempla de manera muy diferenciada al comandante en jefe del Reich panalemán, Von Keitel, el complaciente jefe del mando supremo del Ejército, festejado como «el más grande general de todos los tiempos» después de la victoria sobre Francia. Los inesperados e indudables éxitos del primer año de la guerra camuflaron los déficit militares de Hitler. Al fin y al cabo, Hitler había reconocido la «genial osadía» del plan de operaciones de Manstein contra Francia y dado su aprobación a ese heterodoxo marginal. «Casualmente», dice Kershaw, los brillantes planes de un estratega profesional y el instinto de un diletante se solaparon. Desde ese momento Hitler fue tomando las decisiones militares, a menudo incluyendo los menores detalles. Al mismo tiempo se esfumó su confianza en los generales, a la mayor parte de los cuales despreciaba. Después de cada derrota les echaba todas las culpas y cambiaba a sus mandos. Algunos de ellos –como Halder, durante muchos años jefe del Estado Mayor– afirmaron tras la guerra haber tenido que obedecer las órdenes dictatoriales de un incapaz. En cambio, Kershaw constata que la táctica de Hitler raras veces era absurda y, en la mayoría de los casos, tampoco era completamente distinta de la de sus consejeros militares.
    Cuanto más se incluye la guerra en la biografía de Hitler, tanto más extensa se vuelve también la presentación de la misma. Así, se suceden larguísimas citas de los diarios de Goebbels, recién editados en su versión íntegra. Parece como si Kershaw, a la vista tanto del fin de su trabajo como de la muerte de su objeto, hubiera desarrollado un creciente temor a volver a concentrarse en lo esencial. Cuando el autor constata que «toda la existencia de Hitler se vio, por así decirlo, consumida por la dirección de la guerra», fundamenta también en ello su desbordante descripción y discusión del desarrollo de la misma. Sin embargo, la lectura sigue siendo interesante y emocionante. Más allá del marco habitual de una biografía, el segundo volumen es al mismo tiempo un magnífico compendio de la segunda guerra mundial, sus circunstancias e implicaciones.
    El período comprendido entre el comienzo del año 1944 y el suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945 ocupa cinco capítulos, con un volumen total de casi 300 páginas. Sus epígrafes –«Esperando un milagro», «Una suerte diabólica», «Sin salida», «En el abismo», «Crepúsculo»– indican que se acerca el fin. La excesiva alternativa histórica de Hitler entre «victoria total» o «aniquilación total» puso de manifiesto sus consecuencias. Fueron, sobre todo para los judíos, más criminales que nunca. Después de la catástrofe de Stalingrado, a principios de 1943, apenas disimulable como «heroica», la posición «carismática» de Hitler se convirtió cada vez más en una desventaja: en adelante los alemanes le hicieron personalmente responsable de las derrotas militares, su halo desapareció. Sin embargo, siguieron a su lado aquellos que –como los jerarcas del partido– se lo debían todo al régimen nazi. El «Führer» reaccionó a su creciente pérdida de popularidad con una retirada de la opinión pública. Pronunciaba cada vez menos discursos y, si lo hacía, no tenía en principio nada que decir que fuera nuevo, esperanzador y con visión de futuro.
    Hacia el final de su vida, se acentúan en Hitler rasgos de carácter que durante su larga carrera se habían mantenido ocultos o borrosos: la desconfianza y la tendencia a ver culpa y traición por todas partes, la vengatividad y la destructividad, la ceguera ante la realidad y la inclinación a soñar despierto. A esto se añadía la tendencia a las lamentaciones. Echaba de menos la vigorosa «gratitud» de aquellos que más beneficio habían sacado del nacionalsocialismo, y lamentaba haber respetado a las viejas élites en vez de haber llevado a cabo una «revolución total»: «A posteriori, uno lamenta ser demasiado bueno». En tales afirmaciones, perfectamente creíbles, se manifiesta con total ingenuidad la arrogancia moral de una «rapaz» humana.
    «Aniquilación» era una de las palabras favoritas de Hitler, escribe Kershaw, y recuerda que en sus discursos ante públicos grandes y pequeños gustaba de insertar amenazas extremas. Es sabido que Hitler quería borrar del mapa metrópolis como Moscú y Leningrado, y, conforme a sus órdenes, París –como dos meses después Varsovia– debía ser reducida a cenizas. Una vez que los aliados pisaron suelo alemán en el Oeste, el «Führer» ordenó incluso la aniquilación de los fundamentos vitales de su pueblo, que ya no podía ganar la guerra. Con eso demostraba un nihilismo tan característico del régimen nazi como su agresividad, su verdadero rostro. Consecuentemente, ese nihilismo sólo podía terminar en la autoaniquilación. Con su propio «sacrificio heroico», Hitler creía de hecho poder eternizarse históricamente como mito y modelo para «posteriores generaciones». Pero Kershaw describe los últimos días del dictador en el búnker sin énfasis teatral, tal como fueron: lúgubres y macabros, míseros y lamentables. El propio Hitler se reveló al final como lo que a los ojos de Kershaw siempre fue: un «personaje miserable».
    Hace más de veinte años que Ian Kershaw se dedica a investigar el nacionalsocialismo. En 1980 apareció su primer estudio, limitado a Baviera, sobre la formación del «culto al Führer desde abajo». La versión alemana de El mito de Hitler, de 1999, se basa en un libro publicado en Inglaterra en 1987, para el que había empleado materiales de otras regiones del «Tercer Reich». En 400 páginas, el autor expone los fundamentos más importantes de este mito, imprescindible como factor de integración social para el funcionamiento del régimen nazi, cosa que ningún historiador discute. Las fuentes en las que Kershaw se apoya entran dentro de dos categorías diametralmente opuestas: por una parte, se trata de informes confidenciales proporcionados por el servicio de seguridad de las SS, por las autoridades alemanas y por órganos del partido nazi; por otra, de informes secretos destinados a adversarios del régimen en el exilio, especialmente a la dirección del SPD, la Sopade. Es interesante que tampoco los informes de la Sopade puedan negar la creciente popularidad del «Führer» en círculos obreros. En conjunto, las fuentes arrojan una imagen de perspectiva amplia y, sin embargo, bastante unitaria.
    En su introducción a El mito de Hitler, Kershaw remite al modelo político-teórico que después impregnará también su biografía de Hitler: el «arquetipo ideal» de la «autoridad carismática» de Max Weber. Según Weber, el carisma de un líder descansa menos en sus cualidades objetivas que en las valoraciones subjetivas de sus seguidores. Éstos creen de buen grado en su fortaleza extraordinaria, casi sobrehumana, mientras mantiene un alto grado de éxito. En cambio, los fracasos debilitan el carisma de manera amenazadora. Al apostar a pérdidas o ganancias, un liderazgo carismático depende de la «dinámica de los continuos éxitos», lo que le da un permanente carácter revolucionario. Lo nuevo en la estrategia investigadora de Kershaw es que elabora el tema de la acción carismática de Hitler en el pueblo alemán y en la gente normal, y no sólo en sus más estrechos colaboradores.
    Ya a finales del siglo XIX la derecha nacionalista y popular en Alemania anhelaba un «líder heroico», anhelo que después de la derrota de 1918 se articuló en numerosos textos. En esos textos se encuentra toda una lista de atributos del ansiado «Führer», que posteriormente Hitler pudo asumir al pie de la letra. Sin duda, dentro del NSDAP ya se le aplicaba el apelativo «Führer» en 1921, pero sólo como líder del partido. Hitler, que inicialmente se veía a sí mismo como «heraldo» y precursor de un futuro redentor, no se enamoró hasta 1926 del mito de Hitler, que Goebbels propagaba con exaltación pseudorreligiosa. Goebbels resaltará repetidas veces que haberlo creado fue su mayor logro. Cuando en 1930 se veía con asombro, dentro y fuera del país, el increíble éxito electoral del NSDAP ––el salto en dos años de pequeño partido a segundo grupo parlamentario––, muchos todavía no parecían tener claro el magnetismo que emanaba en su momento del culto a la personalidad.
    Kershaw describe muy gráficamente cómo el mito del Führer fue cristalizando paso a paso: desde el «líder de la futura Alemania», que corría de una concentración de masas a otra, hasta el «genio militar» y el «más grande general de todos los tiempos», pasando por el «canciller del pueblo», en honor del cual cientos de ciudades y pueblos alemanes plantaron un «roble de Hitler», y al que otorgaron la dignidad de ciudadano honorario, el «constructor del nuevo imperio», el «símbolo de la nación alemana» y el «guardián de la paz». Sin embargo, Goebbels no olvidó dotar al ídolo de cualidades simpáticas. Así, convirtió a un afectado tramposo en un auténtico fanático de la honradez, a un hombre con tendencia a lo ocioso en un titán que trabajaba día y noche, y al narcisista que no conocía ni la verdadera amistad ni el amor en padre que sacrifica su vida privada en aras del pueblo alemán. «¡Nuestro Hitler!», como anunciaba sacerdotalmente Goebbels, parecía completamente identificado con su pueblo: «Carne de su carne y espíritu de su espíritu».
    Incluso prestigiosos líderes eclesiásticos se doblegaron ante esta mesiánica aspiración al absoluto, y destacados constitucionalistas se entregaron a la tarea de construir un «Estado del Führer» en el que la arbitraria actuación de Hitler quedaba legitimada como «ejecución de la voluntad del pueblo». El mito de Hitler sustituyó lo que faltaba en el programa del nacionalsocialismo: homogeneidad, una línea clara y unitaria. Ese es uno de los motivos por los que la imagen del «Führer» y la del partido se separaron en gran medida. En la opinión del pueblo, Hitler no tenía nada que ver con las maquinaciones –intrigas, corrupción, arbitrariedad y vejaciones– de los dirigentes del partido que el nacionalsocialismo había llevado a los resortes del poder. Estaba muy extendida la convicción de que él no sabía nada de todo eso. La enorme popularidad de Hitler ni siquiera favorecía la aceptación de sus objetivos ideológicos. La mayoría de los alemanes no compartía ni su antisemitismo eliminatorio ni su imperialismo, orientado a la conquista de «espacio vital» en el Este. El que saliera a la luz pública con los más virulentos ataques contra el judaísmo o no, tenía poca influencia sobre la curva de su popularidad. Fuera del movimiento nazi y del aparato del Estado ocupado por él, otros aspectos de su dominio tenían una importancia mucho más vital.
    Kershaw llega al siguiente juicio general: «El mito de Hitler constituía, por así decirlo, el motor central de integración, movilización y legitimización del sistema de dominio nazi». Su papel resultó funcional, sobre todo, en relación con las masas no organizadas y el fundamento plebiscitario de la «dictadura del Führer». Pero, ¿cuál era su función para las élites tradicionales? Ellas no se habían unido a Hitler por su carisma, sino debido a «consideraciones pragmáticas de poder político». El resultado fue que las «élites del poder» se convirtieron en meras «élites funcionales», que tenían misiones que cumplir en el marco del sistema y ya no tenían recursos para ejercer el poder de forma autónoma y mucho menos poner freno a Hitler y a la dinámica de su radicalización.
    En el capítulo final de su investigación, basada en abundantes materiales, Kershaw resume, de forma un tanto asistemática, «siete importantes fundamentos del mito de Hitler»: Hitler personificó la unidad de la «comunidad popular»; fue comúnmente considerado único responsable del «milagro económico» alemán de los años treinta; fue percibido como garante de una moral popular; se creía en su honradez personal; defendió los «legítimos intereses» de Alemania; pareció –hasta 1942– un inspirado dirigente militar; y fue visto como último «bastión» contra una prepotente conspiración internacional. Esta imagen popular representaba una «total inversión de la realidad».
    Una vez que la esperada guerra relámpago contra la Unión Soviética se Berlín aclama a Hitler tras su retorno de Austria, millón y medio de personas le recibieron a lo largo del camino desde el aeropuerto. detuvo a las puertas de Moscú en diciembre de 1941 y que, con la entrada de los Estados Unidos, la guerra se convirtió en guerra mundial, se habría derivado como una consecuencia lógica que desde ese momento los alemanes hubieran hecho responsable a Hitler de la dolorosa prolongación de la contienda. Pero la fe en el «Führer» no se desmoronó sino con lentitud. Sin embargo, los documentos examinados por Kershaw dan cuenta del gradual crecimiento de rumores extravagantes, chistes macabros y manifestaciones críticas para con el régimen. La credibilidad de Hitler iba erosionándose cada vez más.
    La carga de la prueba que Kershaw reunió para documentar el ocaso del mito del Führer después de Stalingrado y el bombardeo de las ciudades alemanas es aplastante. Incluso Goebbels se quejaba en su diario de que había una «crisis del Führer». Sólo los «viejos combatientes» y los nuevos trepas, los soldados del frente que se aferraban a cualquier esperanza y una parte considerable de la juventud adoctrinada se mantenían férreamente leales. El fallido atentado del 20 de julio de 1944 produjo una vez más una «polarización de las actitudes»: miles de personas se muestran en cartas espantadas y solidarias con su «Führer», pero a la Gestapo tampoco se le escaparon los numerosos deseos de muerte denunciados. De todos modos, casi nadie confiaba ya en la «victoria final». «En los primeros meses de 1945, el pueblo alemán se veía a sí mismo como la principal víctima de Hitler», constata Kershaw. De este modo, el mito del Führer se estrellaba contra sus promesas incumplidas... de forma, por así decirlo, simétrica a su cristalización. La caída estaba escrita.
    Es notable que la más detallada y completa biografía de Hitler se deba a un historiador británico. Lo mismo ocurre con la representación global del nacionalsocialismo. Nacido en 1955, y por tanto doce años más joven que Ian Kershaw, Michael Burleigh ha presentado, después de varios trabajos sobre el racismo, el programa de la «eutanasia» y el imperialismo del régimen nazi, una síntesis que no admite competencia. Como Kershaw, Burleigh parte de la cuestión de cómo fue posible la «total bancarrota moral de una sociedad industrial altamente moderna», y se centra, más aún que Kershaw, en los elementos pseudorreligiosos del nacionalsocialismo. Burleigh lo contempla como una «religión política» en el sentido que daba a la expresión Eric Voegelins (1901-1985), que interpretaba movimientos políticos como el jacobinismo y el bolchevismo como religiones terrenales, y se apoya además en un concepto comparativo de «totalitarismo». El hecho de que la parábola novelística de George Orwell 1984 le parezca más esclarecedora que la difusa teoría de Hannah Arendt atestigua su movilidad intelectual. La enorme representación global de Burleigh conquista no sólo por la multitud de informaciones que proporciona sobre el estado actual de la investigación, sino también por un estilo brillante que une, en apariencia sin esfuerzo, la representación narrativa de acontecimientos ejemplares con el profundo análisis de caracteres esenciales.
    Sin despreciar el orden cronológico, el libro de Burleigh se subdivide en bloques temáticos que exponen con todos sus matices las realidades del «Tercer Reich»: la seductora ideología de la «comunidad popular», la guerra racial contra los judíos o la política de ocupación y colaboración, por ejemplo. El resultado es una enciclopedia del nacionalsocialismo. En primer término está la vida cotidiana de los súbditos normales, tanto las víctimas como los verdugos. Así se pone de manifiesto cómo pudo el nacionalsocialismo destruir una cultura pluralista y ocupar y «homogeneizar» las cabezas de las personas. El amplio capítulo primero traza el camino hasta ahí desde la primera guerra mundial, una muy buena visión de conjunto de la heterogénea sociedad de la República de Weimar.
    «Adolf Hitler vino con una nueva religión política», afirma Burleigh citando a un pequeño dirigente de las SA, que indicaba en 1933 por qué se había hecho nacionalsocialista. Y cita a un trabajador que confesaba: «La fe fue lo único que nos mantuvo», sobre todo «la fe en nuestro Führer». Burleigh caracteriza la visión del mundo de Hitler como cada vez más «apocalíptica y paranoide»: «Al contrario que los comunistas, los nazis estaban dispuestos a arrastrar consigo a la perdición a toda la humanidad. De hecho, esta ideología partía de una última confrontación y ajuste de cuentas con los judíos». A diferencia de otras formas de racismo, el antisemitismo de Hitler atribuía a los judíos un poder monstruoso. Sin embargo, Burleigh sobreestima en este punto la originalidad de Hitler. O mejor dicho: confunde originalidad con eficacia, porque ningún predicador de secta comparable tuvo tanta audiencia.
    Con ayuda de una «olla ideológica», Hitler intentó compensar sus enajenaciones psíquicas y dar sentido al supuesto caos del mundo. Este sentido falso y prefabricado, que Burleigh diagnostica como «patológico», constituía la quintaesencia ideológica del nacionalsocialismo. En todo caso, Burleigh acepta que la nueva religión estaba en condiciones de conjugar y entremezclar racionalidad neocientífica y una política del sentimiento que, para Burleigh, es el «rasgo más moderno» del nacionalsocialismo. El evidente objetivo era una biopolítica estatal que impulsara la «selección» de los más adecuados y la inclemente «erradicación» de los individuos inútiles.
    Como político, Hitler se movía en una «realidad demagógica, mesiánica y plebiscitaria». La democracia representativa fue sustituida por plebiscitos de carácter puramente propagandístico. Naturalmente, Hitler no se sentía vinculado por las mayorías: «El pueblo estaba allí sencillamente para seguirlo». Burleigh dedica capítulo propio a la destrucción del Estado de derecho por parte de los nazis. Las leyes ya no debían defender derechos individuales, sino servir a los intereses de la «comunidad popular», y por tanto responder al «sano sentimiento del pueblo». Esta concepción jurídica desembocó en sentencias tan absurdas como contrarias a todas las normas civilizadas. Tales sentencias impusieron penas de muerte con carácter retroactivo y legitimaron crímenes a posteriori, como el asesinato de Walter Rathenau, ministro de Asuntos Exteriores de Weimar, en 1922. Para poder anular un contrato con un judío, el Tribunal Supremo alemán recurrió al constructo jurídico medieval de la «muerte civil». Los judíos se vieron pronto obligados a sufrir precisamente un «sistema de apartheid jurídico» que les privaba de derechos fundamentales. La mayoría de la población no protestó ni siquiera débilmente en contra de que congéneres suyos fueran degradados a la condición de «ciudadanos de segunda».
    En su incomparable especificidad, el Estado nacionalsocialista es para Burleigh un «Estado racial». La «práctica criminal de origen racista del régimen nazi» se extiende como hilo conductor por todo el libro. Ocupan amplio espacio la privación de derechos, persecución y asesinato de los judíos. Aunque la segunda guerra mundial tenía un doble objetivo, es decir, estaba planeada desde el principio –como Goering dijo abiertamente– como «guerra racial», el genocidio judío no discurrió dentro de un proceso sencillo y lineal, sino a impulsos y oleadas. Cada nueva solución de emergencia era el resultado de problemas logísticos y de otro tipo, que los propios nazis habían provocado y agravado. Aun así, es erróneo atribuir el Holocausto a condiciones «estructurales», puesto que fueron «un resultado de la acción individual consciente». Los «historiadores de la estructura» tienden a pasar por alto la complicidad concreta de la gente sencilla. Burleigh también se guarda de equiparar el Holocausto a una «limpieza étnica». Al fin y al cabo, los nazis no sólo expulsaron a los judíos de territorios que estaban previstos para los alemanes, sino que enviaron también a sus cazadores de judíos a países en los que los alemanes nunca reclamaron zonas de asentamiento. Ningún gasto resultaba demasiado grande a la hora de atrapar al último judío en el último rincón y transportarlo a campos de exterminio situados a miles de kilómetros.
    Para Burleigh está fuera de toda duda que Hitler estaba decidido a aniquilar a los judíos. Menciona varios documentos que atestiguan que inmediatamente después de la declaración de guerra alemana a los Estados Unidos Hitler vio llegado el momento de comunicar su decisión ––tomada fuera cuando fuese– a los miembros de su círculo más próximo. Las negativas reacciones al programa de «eutanasia» pudieron enseñarle a no dar instrucciones escritas. Sin embargo, sin que él ocupara el papel central era inimaginable una operación a escala europea. «Hitler era el que tenía la visión de conjunto». Los organizadores de la «solución final» no podían actuar al máximo nivel diplomático. Sin duda, Hitler participó en el exterminio de los judíos húngaros al instruir al jefe del Estado húngaro, Horthy, en el sentido de que cada pueblo tenía que librarse de sus judíos. Cuando amenazaba la derrota militar del «Tercer Reich», los nazis forzaron el Holocausto. Por motivos psicológicos, Burleigh no considera en modo alguno absurda esta estrategia, a pesar de ser contraproducente en primer término, porque la forma de entenderse a sí mismo del nacionalsocialismo sólo admitía una explicación tanto para sus propias calamidades como para la «misteriosa» superioridad del adversario bélico: los judíos.
    Dado que Michael Burleigh argumenta a menudo en contra de los juicios, prejuicios y errores globales entre la opinión pública interesada, pero también contra las distorsiones unilaterales de sus colegas especialistas, su representación global ofrece multitud de hechos sorprendentes. Mencionaremos aquí algunos a modo de ejemplo: la «toma del poder» de los nacionalsocialistas fue comparada con toda seriedad por los académicos del movimiento con la Revolución francesa y la «Glorious Revolution» inglesa. Hitler y otros grandes del nazismo condenaron en 1933 no sólo las devastadoras denuncias de supuestos adversarios del régimen, sino también la creciente «psicosis de deshonra racial» entre la población, que había empezado a indagar en busca de relaciones íntimas entre judíos y alemanes. Los planes para la esterilización forzosa de «débiles mentales» estuvieron a punto de extenderse por exceso de celo a los miembros –según el test de inteligencia– «débiles» de las SA. Como tantas veces, aquí hubo que dar marcha atrás.
    Burleigh pone al descubierto como una de tantas leyendas la eliminación del paro mediante la construcción de autopistas: sólo el dos por ciento de los parados de 1933 encontraron empleo en ella. Como reserva natural, la Rusia conquistada debía hacer del futuro imperio alemán un ente autárquico, pero bajo la ocupación alemana proporcionó muchas menos materias primas que en los años de paz precedentes, y sólo una séptima parte de las que procedían de Francia. En contra de lo que decían los eslóganes propagandísticos, Hitler no tenía ningún interés en una confederación europea bajo hegemonía alemana, porque lo único que le importaba era la expansión del Reich panalemán hasta la condición de superpotencia. Sin duda, Hitler admiraba la potencia económica americana y el moderno consumo de masas, pero apreciaba muy poco a los «judeificados y ennegrecidos» Estados Unidos como adversario militar. Al principio no se equivocaba: en el momento de la declaración de guerra alemana, los Estados Unidos disponían de 188.000 soldados, 20 tanques y 19 nuevos bombarderos..., una fuerza de combate realmente ridícula.
    De forma sorprendentemente sencilla, Burleigh sabe poner en cuestión senderos muy trillados dentro de los círculos especializados. Desafía la imagen ortodoxa de «caos administrativo» y «maraña competencial» del régimen nazi con el argumento de que lo mismo puede apreciarse en muchas grandes organizaciones que no por eso son ineficaces. Por lo demás –y esta es la crítica matriz–, siempre hay más documentos escritos sobre querellas que sobre casos en los que reinaba el consenso. Para Burleigh, también es problemática la crítica que se hace hoy en día a los planes de futuro del círculo conservador de la resistencia alemana. Las denuncias de que éste seguía reflexionando acerca de una solución de la «cuestión judía», despreciaba a las «masas», tenía una postura antidemocrática y aspiraba a un Estado autoritario aplica criterios políticos actuales –por ejemplo, la constitución de la República Federal de Alemania–, de los que la oposición de entonces no podía disponer. Con tales objeciones, la obra de Burleigh no sólo está a la última desde el punto de vista científico, sino, en un sentido amplio, a la altura de los tiempos.
    01/08/2001
    http://www.revistadelibros.com/articulos/hitler-1936-1945-biografia-de-kershaw


    Desvelan las técnicas de dominación  que Hitler utilizó para aglutinar el poder
    La obra 'Hitler. Biografía' del historiador alemán Peter Longerich, desde esta semana en las librerías alemanas, revisa el papel que tuvo el dictador en el ascenso del partido nazi al poder y en las decisiones tomadas durante los doce años del III Reich.
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    RODRIGO ZULETA (EFE)
    BERLÍN.- Una nueva biografía de Hitler, desde esta semana en las librerías alemanas, revisa el papel que tuvo el dictador en el ascenso del partido nazi al poder y en las decisiones tomadas durante los doce años del III Reich, que llevaron a la Segunda Guerra Mundial y al Holocausto.

    "Hitler. Biografía" es el lacónico título del libro de más de mil páginas del historiador Peter Longerich, reconocido por sus investigaciones sobre el Holocausto. Las dos biografías más conocidas del dictador hasta el momento eran las de Joachim Fest, publicada en 1973, y la del británico Ian Kershaw, cuyo primer tomo llegó a las librerías en 1998.

    Ambos parten más o menos de la misma pregunta -¿cómo fue posible el ascenso de Hitler?-, pero ofrecen enfoques distintos para resolverla. Mientras Fest se concentra en la psicología de Hitler, a quien ve como un seductor de las masas, Kershaw considera que para entender al nazismo no hay que mirar tanto al dictador, sino a quienes le siguieron.

    Apuntando directamente contra el mito de un pueblo inocente seducido por un demagogo, Kershaw interpreta a Hitler, ante todo, como un producto de la sociedad alemana de su tiempo y relega a un segundo plano las reflexiones sobre su personalidad. En el mismo sentido, el historiador alemán Hans Mommsen llegó a sostener la tesis de que Hitler había sido un "dictador débil" a quien sus subordinados y la sociedad alemana le habían hecho el trabajo.

    Ahora Longerich apuesta por un término medio entre el enfoque de Fest -cuya biografía considera ya superada- y el de Kershaw, frente al que marca claramente distancias. El argumento central contra Kershaw es que, si bien buena parte de la población alemana siguió a Hitler, también hubo otra parte que estuvo en contra desde el comienzo y que trató, sin éxito, de detener su ascenso.

    De hecho, según recuerda Longerich, la sociedad alemana en la República de Weimar estaba profundamente escindida y las diferencias entre los distintos grupos no quedaron atrás con la llega al poder de los nazis en 1933. La clave, para este historiador, no está en la capacidad de seducción de Hitler, como tendía a creer Fest, ni en que los alemanes proyectaran en él sus propios deseos, como apuntaba Kershaw, sino en el desarrollo de una técnica de la dominación en la que empleó todos los recursos de una dictadura.

    Longerich apuesta por un término medio entre el enfoque de Fest -cuya biografía considera ya superada- y el de Kershaw, frente al que marca claramente distancias

    Ello implica volver sobre la personalidad de Hitler -al final del libro Longerich agradece el apoyo de un grupo de psicoanalistas-, aun sin perder de vista las fuerzas sociales que contribuyeron a su ascenso. La historia de Hitler empieza después de la I Guerra Mundial, cuando el ejército le da formación como propagandista y lo integra en un equipo encargado de prevenir que veteranos de guerra den un giro a la izquierda.

    Ese camino lo lleva al partido nazi, en el que se integra y dentro del que asciende hasta asumir la jefatura y convertirse más tarde, ayudado por las élites conservadoras, en canciller de Alemania, para crear desde allí una dictadura con consecuencias nefastas. Longerich admite en el capítulo final del libro que la desolación moral y física de Alemania en 1945 no había sido el resultado de la dictadura de un sólo hombre, pero agrega que para ello se necesitaba una figura política que usará las condiciones dadas para canalizarlas en determinada dirección.

    Contra la tesis del "dictador débil" de Mommsen, Longerich subraya que Hitler organizó el Estado y el partido de tal manera que le permitía saltarse instancias formales para influir directamente en todas las decisiones claves. Hitler, sostiene, tuvo que ver directamente con los pasos clave que llevaron al Holocausto, pese a que a comienzos de los años treinta mantuviera cierta cautela táctica, así como con la estrategia de Alemania en la II Guerra Mundial.
    http://www.publico.es/culturas/desvelan-tecnicas-dominacion-hitler-utilizo.html



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    Hans Mommsen

    Entrevista al Profesor Hans Mommsen.


    Miembro de una famosa familia de historiadores (su bisabuelo Theodor, especialista en historia clásica, ganó el Premio Nobel de literatura en 1902, y su hermano gemelo Wolfgang, fallecido en 2004, fue un prominente historiador de los periodos Bismarckiano y Guillermino), Hans Mommsen (Marburg, Alemania, 5-11-1930) es el principal representante de la corriente “funcionalista” de interpretación del Nazismo, que comenzó a adquirir importancia en Alemania en los años 60 y 70.

    En numerosos libros y artículos sobre la República de Weimar y el Tercer Reich, Mommsen resalta la culpabilidad de las élites económicas conservadoras y los militares en el ascenso de Hitler al poder y en la consolidación de su sistema de gobierno. Ha sido crítico con interpretaciones que destacan el papel personal de Hitler en el sistema Nazi, olvidando la complicidad de las élites colaboradoras, así como las condiciones y estructuras que permitieron al dictador lograr un indiscutido control total.

    Mommsen está de acuerdo con la noción de un régimen Nazi “policrático” en el que distintas autoridades competían entre si y que podría atribuirse en gran medida al rechazo de Hitler a procedimientos burocráticos ordenados y la confianza en la improvisación y en instituciones creadas ad hoc para lograr sus objetivos políticos. El irregular estilo de liderazgo de Hitler contribuyó a crear lo que Mommsen define como típico proceso Nazi de “radicalización acumulativa” en el que las distintas agencias e instituciones burocráticas del Estado y el Partido compiten entre sí para llevar a cabo la percibida voluntad del Fuhrer.

    Según Mommsen la ideología antisemita y las intenciones de Hitler no bastan para explicar la “Solución Final”, que fue el resultado de una secuencia de medidas de emergencia para solucionar el autoimpuesto ”problema judío” y no la materialización de un plan maestro para el exterminio. Sin embargo, Mommsen resalta también el papel de los factores ideológicos como motor indispensable de la “radicalización acumulativa”.

    La fanática resistencia alemana al final de la guerra la atribuye Mommsen a la movilización ideológica nazi y a su creencia de que la voluntad decidida podría compensar la falta de recursos materiales. El historiador alemán da gran importancia a la determinación de los lideres nazis por evitar los que suponían habían sido grandes errores de la Primera Guerra Mundial, que habían roto, según ellos, la unidad del frente interno.

    Mommsen es crítico con la teoría del totalitarismo que sitúa al Nazismo más cerca de los movimientos revolucionarios de izquierda que de los contrarrevolucionarios de derecha. También rechaza las interpretaciones del Nazismo como movimiento modernizador, ya fuera este proceso llevado a cabo de forma intencionada o no.

    Mommsen jugó un papel importante en la Historikerstreit, donde se posicionó junto a Jurgen Habermas en contra de Ernst Nolte y sus partidarios.


    FUENTES:
    The Routledge Companion to Nazi Germany. Roderick Stackelberg. Routledge 2007
    http://en.wikipedia.org/wiki/Hans_Mommsen


    La siguiente es la traducción de la entrevista realizada a Hans Mommsen por miembros del Centro Mundial para la Investigación, Documentación, Educación y Conmemoración del Holocausto Yad Vashem (http://www.yadvashem.org/yv/es/index.asp)en 1997 y puede descargarse en su original en inglés aquí: http://www.yadvashem.org/odot_pdf/Micro ... 203850.pdf.

    Debido a su extensión la presentaré en varios mensajes.Espero os resulte interesante.


    UNA ENTREVISTA CON EL PROFESOR HANS MOMMSEN

    Ruhr- Universidad de Bochum.
    12 Diciembre 1997, Jerusalem.
    Entrevistadores: Adi Gordon, Amos Morris Reich, Amos Goldberg.

    LAS ESCUELAS DE PENSAMIENTO “FUNCIONALISTA” E “INTENCIONALISTA”.

    Pregunta.-¿Es usted un representante de los funcionalistas?

    Respuesta.-Pertenezco a los representantes de esa escuela, pero este hecho ya no es demasiado importante, ya que de un tiempo a esta parte se ha producido una mezcla entre las distintas corrientes de pensamiento. Esto fue, en cierto modo, impulsado por la controversia Goldhagen, quien en cierto sentido parecía ser un super-intencionalista. En épocas anteriores mi posición metodológica difería en gran medida de la de Christopher Browning o Raul Hilberg. Pero hoy en día estas diferencias se están diluyendo, y la distinción tradicional entre intencionalismo y estructuralismo ha perdido mucha de su relevancia. En su lugar surge una divergencia entre la generación más joven y la generación a la que pertenezco, que se hace sentir en el campo de la investigación sobre el Holocausto, mientras que el conflicto entre funcionalistas e intencionalistas se está desvaneciendo.

    Si uno examina el libro de Browning sobre el Batallón Policial 101 de Hamburgo, se da cuenta que utiliza una gran cantidad de argumentos funcionalistas. Este cambio es incluso más evidente en el caso de Raul Hilberg. Hilberg comenzó como intencionalista y acabó como funcionalista. De manera inversa, personalidades como yo mismo, representantes del funcionalismo están dispuestos a aceptar gran cantidad de argumentos de la otra parte. En contraste con esto, existe una constelación de historiadores más jóvenes, a los que parece necesario señalar con más fuerza que no fue sólo el factor ideológico el que condujo a la implementación del Holocausto, sino que influyeron una variedad de factores, algunos incluso más relevantes. Hoy en día, incluso Yehuda Bauer ha llegado a la conclusión de que no existe ningún conflicto significativo entre las dos escuelas. El asunto principal en el debate sigue estando relacionado con la cuestión de cuando el Holocausto se puso en marcha, entendido esto como el momento en que se decidió que la matanza abarcara a todos los judíos europeos y no sólo a los judíos del este o a los judíos alemanes.

    Se ha llegado a un acuerdo básico en que el camino hacia el genocidio sistemático (que queda circunscrito por la palabra Auschwitz) fue sinuoso como ha sostenido Karl Schleunes -que uno se enfrenta a un proceso cada vez más acelerado. Por lo tanto, es menos importante definir si el “turning point” se produce en Marzo de 1941 o en Julio de 1941, o si tiene más que ver con las cruciales conversaciones de Septiembre de 1941 entre Hitler y Himmler o incluso si se produjo no antes de Abril de 1942 después de que Eichmann examinara las instalaciones para la matanza de Globocnik- una opinión por la que yo mismo me inclino, pese a que asumo que es una posición aislada entre los expertos. Estos debates pueden ser importantes para los estudiosos, pero no parecen muy relevantes para alcanzar conclusiones generales.

    LA MOTIVACION DE LOS PERPETRADORES

    P.-¿El concepto básico era ideológico, la historia o el aparato burocrático?

    R.-De una manera algo simplificada, suelo apuntar el hecho de que no fueron Goebbels y Streicher los que produjeron el Holocausto, ellos eran principalmente ideólogos. Para implementar el asesinato masivo sistemático, otra gente era necesaria y no estaba guiada principalmente por consideraciones ideológicas.

    P.-¿Puede centrarse en qué les motivaba?

    R.-Sin lugar a dudas, existía un consenso acerca de la necesidad de deshacerse de los judíos. La cuestión que se planteaba era la de si había que matarlos o presionarles para que abandonaran el país. En realidad, con respecto a esta cuestión el régimen Nazi se movió hacia un callejón sin salida, porque la emigración forzosa se vio superada por la extensión del área de poder alemán. No existía un concepto bien definido hasta 1941. El proceso de radicalización acumulativa de las medias antijudías surgió de una auto-inducida generación de situaciones de emergencia que alimentaban el proceso.

    En una etapa más avanzada, los perpetradores se ajustaban a matar gente sin reflexionar sobre ello. En lo que respecta a los cuadros de la SS, estaban guiados, sin duda, por prejuicios racistas y fanatismo nacionalista. Pero otros factores contribuían a la escalada de la violencia. El académico alemán Goetz Aly, por ejemplo, demostró muy claramente que entre las motivaciones adyacentes, el programa para reasentar a los alemanes étnicos procedentes de los Estados Bálticos, Volhynia y más tarde Besarabia, jugó un papel importante. El programa de reasentamiento funcionó como un ímpetu indispensable para intensificar la deportación y por último la liquidación de los judíos que vivían en las partes anexadas de Polonia y en el Gobierno General. Existía una interacción entre el objetivo de reasentar a los alemanes étnicos, con el fin de crear el Gran Reich Alemán y la eliminación de los judíos en la Europa oriental y central. Los perpetradores principales como Adolf Eichmann y Odilo Globocnik empleaban originalmente alrededor de un 80% de su trabajo en cuestiones de reasentamiento y sólo un 10% en la “Cuestión Judía”. Así, el trabajo de implementar el Holocausto parece ser bastante “desagradable”, pero forma una parte inseparable de la construcción del Gran Reich Alemán. Como cabía esperar desde el principio, después de que las iniciativas para el reasentamiento fracasaran casi por completo, la liquidación de los judíos se convirtió en una especie de tarea compensatoria y la implementación del Holocausto fue finalmente todo lo que se llevó a cabo de un programa mucho más exhaustivo de limpieza étnica y reordenación en el este.

    Este es un ejemplo de que la motivación antisemita estaba a menudo interconectada con un ramillete de intereses y motivaciones nacionalistas. Simultáneamente, el programa de liquidación se convirtió en un proceso que se autoalimentaba. Cuando, en 1944, Heinrich Himmler intentó detener las operaciones de liquidación, Eichmann continuó con los asesinatos en masa. Para poder explicar las actitudes de los perpetradores y de aquellos que estaban directa e indirectamente implicados, necesitamos una explicación más compleja que la que pueda proporcionar la interpretación ideológica heredada.

    El desafío metodológico consiste en analizar la relación entre los diversos factores que contribuyeron a producir los asesinatos deliberados. A este respecto, tiendo a poner más peso en los factores sistemáticos, representados por los mecanismos burocráticos y las interrelaciones políticas. Este punto de vista puede estar influenciado por el hecho de que al final, aunque no por ello de manera menos importante, analizamos el régimen nazi con el objetivo de prevenir en el futuro la aparición de constelaciones políticas y psicológicas similares, aunque no reaparezcan en la misma escala. Desde esta perspectiva el factor ideológico parece ser menos relevante que otros factores si acontecimientos similares al genocidio antijudío volvieran a producirse de nuevo. Estoy convencido de que principalmente son los determinantes estructurales los que producen situaciones en las que el imperio de la Ley se ve amenazado y las instituciones heredadas se ven socavadas, lo que supone el requisito previo para el reino del terror y los asesinatos masivos. Todo gobernante producirá una justificación ideológica, más o menos convincente, para el uso de la violencia. Esto, sin embargo, no significa que el papel único del antisemitismo racial, especialmente en el desarrollo intelectual europeo, deba ser ignorado.

    EL PAPEL DEL ANTISEMITISMO

    P.-¿Diría Vd. qué no sólo las condiciones previas, sino la naturaleza misma del asesinato en masa, debe atribuirse al papel del aparato burocrático? 

    R.-La cuestión básica que debe resolverse es la de cómo se produjo el cambio fundamental en la naturaleza del antisemitismo entre el siglo XIX y principios del XX y el periodo de post-guerra. Los factores ideológicos per se permanecían inalterados. El antisemitismo Nazi no difería significativamente del de sus precursores de finales del siglo XIX. Lo que cambió fue la intensidad y las circunstancias bajo las cuales se convirtió en virulento. Esto, sin duda, está conectado con el carácter fascista del movimiento nazi. Su tendencia inherente a reemplazar los medios por los fines y su concepto visionario y propagandístico de la política son los nuevos elementos.

    Hannah Arendt ya ha apuntado que una nueva cualidad surge en la manera en que la matanza se llevó a cabo, porque este se consideraba como un trabajo ordinario y no como un acto excepcional. El carácter pseudo-racional de la persecución fue la principal diferencia con respecto a los pogromos históricos que estaban impulsados por sentimientos espontáneos, incontrolados e indisciplinados. Por lo tanto fue un fenómeno trágico el que los judíos del este esperaran evitar el ataque violento de los alemanes adaptándose a la situación y comportándose de acuerdo a las situaciones de los pogromos históricos. Ciertamente se equivocaban al hacerlo, porque existía una diferencia específica entre la antigua forma de movilizar el odio a los judíos y la implementación deliberada del asesinato en masa, que es lo que hicieron los nazis.

    P.-Tengo la impresión, por lo que ha dicho, que no está muy de acuerdo con los puntos de vista de Goldhagen.

    R.-No, no estoy de acuerdo en absoluto. Goldhagen no conoce mucho de los movimientos anti-semitas en el siglo XIX. Sólo hace referencia al impacto que el antisemitismo tuvo en las masas en Alemania, especialmente en el periodo de la República de Weimar, lo cual es bastante problemático.

    P.-Pero Goldhagen también dijo que no hay gran diferencia entre el antisemitismo Nazi y formas previas de antisemitismo, salvo que el aparato Nazi fue capaz de poner los objetivos antisemitas en práctica.

    R.-No dijo eso explícitamente, pero interpreta que existe una continuidad lineal del antisemitismo alemán desde el periodo medieval en adelante y sostiene que Hitler es el resultado del antisemitismo alemán. Sin embargo, esta y otras propuestas similares, están muy equivocadas, porque la toma del poder por Hitler no fue debida a ningún impacto significativo de su propaganda antisemita en ese momento. Obviamente, el antisemitismo no jugó un papel significativo en las campañas electorales entre Septiembre de 1930 y Noviembre de 1932. Goldhagen simplemente ignora este fenómeno crucial. Además de eso, Goldhagen, mientras habla todo el tiempo de antisemitismo alemán, omite el impacto específico del antisemitismo volkisch proclamado por Houston Stuart Chamberlain y el movimiento Richard Wagner que directamente influenciaron a Hitler, así como al Partido Nazi. Goldhagen no tiene ningún conocimiento de las diversidades del antisemitismo alemán y tampoco conoce mucho acerca de la estructura interna del Tercer Reich. Por ejemplo, afirma que los judíos perdieron su ciudadanía alemana por las Leyes de Nuremberg, cuando en realidad esto fue debido a la colaboración entre Hans Globke y Martin Bormann para cambiar la legislación sobre la ciudadanía en 1938.

    DEL ANTISEMITISMO CRIMINAL A LA ACCION CRIMINAL

    P.- En su opinión ¿Qué hizo que el antisemitismo criminal se convirtiera en el Holocausto, la acción criminal?

    R.- Utilizando el término “antisemitismo criminal” se acerca usted a la terminología de Daniel Goldhagen, lo que creo no resulta muy útil. Se debe diferenciar, por un lado, entre el antisemitismo cultural, sintomático en los conservadores alemanes –especialmente entre el Cuerpo de Oficiales y los altos funcionarios de la administración civil- y principalmente dirigido contra los judíos del este y por otro lado el antisemitismo volkisch. La variedad conservadora funcionaba, tal como ha señalado Shulamit Volkov, como una especie de código cultural. Esta variedad del antisemitismo alemán jugaría más tarde un papel significativo, en tanto impidió a la élite funcional distanciarse de las repercusiones del antisemitismo racial. Así, no hubo prácticamente ninguna protesta relevante contra la persecución de los judíos por parte de los generales o las élites dentro del Gobierno del Reich. Esto resulta especialmente evidente en relación con la proclamación de Hitler de “la guerra de aniquilación racial” contra la URSS. Además del antisemitismo conservador existía en Alemania un antijudaismo más bien silencioso dentro de la Iglesia Católica, que tuvo un cierto impacto en inmunizar a la población católica contra la escalada de la persecución. La famosa protesta de la Iglesia Católica contra el programa de eutanasia no fue, por lo tanto, acompañada de alguna protesta contra el Holocausto. 

    La tercera y más virulenta variedad de antisemitismo en Alemania (y en otros lugares) es el llamado antisemitismo o racismo volkisch y este es el mayor defensor del uso de la violencia. De todos modos, hay que ser conscientes de que incluso Hitler, hasta 1938 o posiblemente 1939, confiaba en la emigración forzosa para deshacerse de los judíos alemanes y no existía aun la idea definida de matarlos. Esto, sin embargo, no significa que los nazis, a todos los niveles, dudaran en utilizar métodos violentos y los atentados contra los judíos, los negocios judíos y sus instituciones lo demuestran muy claramente. Pero no existía ningún programa formal de aniquilación hasta el segundo año de la guerra. Surgió cuando los proyectos para la creación de “reservas” habían fracasado. Esto, no obstante, no quiere decir que estos métodos no incluyeran un componente letal.

    Existían, por lo tanto, tres variedades de antisemitismo en Alemania y Austria, de los cuales la versión racista-volkisch era minoritaria, al menos con anterioridad a los años 30. Surge entonces la necesidad de explicar porque un grupo de posiblemente entre el 10% y el 12%, incluso dentro del propio Partido Nazi fue capaz de determinar el rumbo político del régimen con respecto a las políticas antijudías. Un componente era el hecho de que Hitler siempre impedía que se llevara a cabo cualquier sanción legal contra los racistas radicales, incluso aunque hubieran cometido actos criminales. Así, los ardientes antisemitas no tenían que temer ninguna sanción si empleaban métodos violentos contra sus compatriotas judíos.

    Otro mecanismo ha de ser tenido en cuenta también. El movimiento nazi como organización de masas no obtuvo una influencia considerable en las decisiones gubernamentales o administrativas. De forma inversa, su influencia fue eliminada de casi todas las esferas relevantes en la formulación de las políticas. Especialmente, el ala más extremista del Partido Nazi y la Sturmabteilung reaccionaron de forma amarga a lo que consideraban como una inapropiada exclusión. Encontraron una esfera donde podían desarrollar su mentalidad de protesta -la persecución de los judíos-. Incluso los representantes de la administración civil tendían a dirigir las inquietudes social-revolucionarias dentro del Partido hacia el campo de las actividades antisemitas. Así, existía una tendencia sistemática a respaldar las emociones antisemitas con la intención de satisfacer al NSDAP, que en otras esferas políticas había perdido casi todas de sus antiguas competencias.

    Mientras que por un lado las acciones antisemitas servían como una especie de válvula de escape, por otro lado las energías social-revolucionarias del movimiento eran conducidas hacia el ámbito de las políticas antijudías porque estas no eran bloqueadas -como sucedía en muchos asuntos políticos domésticos- por intereses sociales adquiridos. Sin duda, la implacable propaganda antisemita del movimiento Nazi dio como resultado un creciente adoctrinamiento antijudio, particularmente entre la generación más joven. Resultaba sintomático que la mentalidad racista se desarrollara sin relación con la realidad de la vida judía. 

    RADICALIZACION ACUMULATIVA

    P.- Ha mencionado usted un porcentaje de quizás el 10% que forzó su propia agenda sobre toda la nación. ¿Puede concretar qué hizo posible esta escalada cuando la mayoría del país adoptaba posiciones de indiferencia u oposición? 

    R.-La explicación del fenómeno fue uno de los incentivos para llevar a la escuela funcionalista a la existencia. La típica escalada de objetivos políticos dentro del movimiento nazi debe ser explicada por la estructura interna del partido, así como por el sistema político que surgió después de 1933. En ambos casos no existe una separación bien definida entre las competencias funcionales dentro del partido y el Estado. Así, nos enfrentamos con interminables rivalidades entre los jerarcas nazis, mientras el sistema se mantenía unido por el culto al Führer. En segundo lugar, con la completa ausencia de cuerpos representativos tanto en el Partido como en el Estado, el proceso de toma de decisiones políticas permanecía completamente informal, y no existía ninguna institución en la que discutir asuntos críticos entre los distintos poderes. Como consecuencia la supuesta unidad de voluntad realmente no existía. Las llamadas órdenes del Führer que solían reemplazar a la legislación ordinaria estaban lejos de estar coordinadas y frecuentemente caudillos competidores darían legitimidad a sus ambiciones enfrentadas haciendo referencia a diversas órdenes de Hitler.

    En el campo de las políticas antijudias, existían intereses divergentes entre las instituciones y agencias del Partido implicadas. En el caso de la expropiación de los bienes judíos contemplada desde principios de verano de 1938, la anexión alemana de Austria aumentó el apetito de los jerarcas del partido porque, después de ocupar Austria, los nazis tomaron casi todos los negocios de propiedad judía en Viena. Aproximadamente 8.000 tiendas y pequeños negocios pasaron a manos de camaradas del partido. El gobierno del Reich intentó aplicar un impuesto a los nuevos propietarios, pero no tuvo mucho éxito. Como consecuencia Julius Streicher, el Gauleiter de Franconia, intentó enriquecerse apropiándose de los bienes judíos para mejorar los recursos financieros de su Gau. La necesidad de dinero de la organización del Partido surgía del hecho de que Hans Xaver Schwarz, el tesorero del Partido, mantenía a las organizaciones locales y regionales del Partido escasas de fondos. En el otoño de 1938 el incremento de la presión sobre la propiedad judía alimentaba las ambiciones del Partido, especialmente desde que Hjalmar Schacht fue cesado como ministro de economía del Reich.

    Este, sin embargo, es sólo un aspecto del origen del pogromo de noviembre de 1938. El gobierno polaco amenazó con extraditar a todos los judíos que eran ciudadanos polacos, pero residían en Alemania, creando de esta manera una carga de responsabilidad en el lado alemán. La reacción inmediata de la Gestapo fue empujar a los judíos polacos -16.000 personas- hasta la frontera, pero esta medida fracasó debido a la tenacidad de los oficiales de fronteras polacos. La pérdida de prestigio como resultado de esta operación fracasada demandaba alguna clase de compensación. De esta forma surgió la exagerada reacción ante el atentado de Hershel Grynszpan contra el diplomático Ernst von Rath, que condujo al pogromo de noviembre. El antecedente del pogromo estaba constituido por profundas diferencias de intereses entre las distintas agencias del Partido y del Estado. Mientras que el Partido Nazi estaba interesado en mejorar su capacidad financiera a nivel regional y local apropiándose de los bienes judíos, Hermann Goering, a cargo del Plan Cuatrienal, esperaba tener acceso a divisas extranjeras con la idea de pagar las importaciones de las imprescindibles materias primas. Heydrich y Himmler estaban interesados en fomentar la emigración judía. Finalmente el propio Partido no se benefició de la expropiación de los judíos alemanes y Heydrich no obtuvo la aprobación de Hitler para el establecimiento de guetos judíos y la introducción de la Estrella Amarilla. Al menos Goering le proporcionó las competencias para controlar la llamada “Cuestión Judía”, mientras que la continuación de las acciones ilegales por parte de los radicales del Partido fue prohibida de manera más estricta.

    El compromiso entre los intereses enfrentados se encontraba en la perspectiva de una futura “Solución Final”, en cuya condición previa –la completa exclusión de los judíos de la economía alemana- existía un acuerdo. Fue sintomático que no se alcanzara alguna solución definitiva entre los intereses en conflicto. Existía todavía la esperanza de ser capaces de presionar a los gobiernos Aliados para llegar a un acuerdo en las negociaciones Rublee para que las potencias occidentales pagaran por la emigración de los judíos alemanes. Pero, al mismo tiempo, Hitler percibía la posibilidad de usar mayor presión en caso de un conflicto militar.

    “AMBIVALENCIA” COMO FACTOR EN LA IMPLEMENTACIÓN DE LA ”SOLUCIÓN FINAL”

    P.-Christopher Browning en su debate de 1992 con Goetz Aly y Susanne Heim demostró que tanto en el gueto de Varsovia como en el gueto de Lodz (especialmente en el gueto de Varsovia) los burócratas no trabajaron para resolver las cosas sino para agravarlas. Después llegó una orden desde arriba que implementó la “Solución Final”.

    R.-Browning describió la lucha entre los “nutricionistas” y los “atricionistas” apuntando a dos grupos diferentes dentro de la administración pública que diferían respecto al tratamiento de los internos de los guetos que estaban muriendo de hambre por la falta de alimentos y provisiones para el trabajo. Ellos no eran necesariamente responsables del deterioro de las condiciones de vida de la población judía, pero existió una interacción entre la Oficina Central de Seguridad del Reich y los funcionarios a nivel local. Las insostenibles condiciones en el gueto de Lodz alentaron las deliberaciones sobre la posibilidad de matar al menos a aquellos que no estuvieran en condiciones de trabajar. Investigaciones recientes muestran que interacciones comparables ocurrieron por todas partes en lo que se refiere a la “Cuestión Judía”.

    Un ejemplo destacado lo encontramos en la llamada “Aktion Reinhard” que fue puesta en marcha por Odilo Globocnik en la Galicia Oriental. Parece sintomático que fuera Globocnik el que tomara la iniciativa y luego las agencias centrales en Berlin se unieran al proyecto y mandaran a Adolf Eichmann a Lublin para inspeccionar las instalaciones para la matanza. El famoso discurso de Heydrich en la Conferencia de Wansee, por ejemplo, mencionaba las prácticas de Globocnik de usar trabajadores judíos en la construcción de la famosa ruta D VI. Ejemplos similares de esta interacción entre las agencias locales, especialmente los Jefes Superiores de la SS y la Policía, y la Oficina Central de Seguridad del Reich son múltiples, incluyendo las actividades de los grupos antisemitas autónomos y la SS, como en el caso de Lituania y Ucrania.

    Además de esta pauta especifica en el proceso de decisión con respecto a la “Cuestión Judía” existe el fenómeno de que la implementación del Holocausto se estaba desarrollando sobre la base de una cierta ambigüedad. Por una parte la propaganda no ocultaba la intención del régimen de solucionar la “Cuestión Judía” de una vez por todas, pero las intenciones reales estaban lejos de ser claras. El mismo Hitler tendía a evitar una opción clara, aunque siempre actuaba como el motor ideológico para intensificar la persecución. Cuando en 1942 Hans Frank acudió a Hitler para protestar contra la orden de Heinrich Himmler de retirar a los trabajadores judíos de las factorías de armamentos del Gobierno General, el dictador replicó que Frank debería solucionar el asunto directamente con Himmler, evitando de este modo tomar ninguna opción específica. 

    La ambigüedad con la que se llevó a cabo el proceso de destrucción fue una condición previa que significaba que cualquier desacuerdo con el genocidio no podía ser oficialmente articulado. Incluso para miembros del gobierno y oficiales en puestos de liderazgo del ejército resultaba difícil obtener información fidedigna. Consecuentemente los intereses de los opositores no pudieron lograr ninguna influencia, siendo sofocados con la advertencia de que la eliminación en marcha era el resultado de situaciones de emergencia. Este fenómeno no ha sido único y ciertamente no restringido sólo al sistema Nazi. El caso de la guerra de Vietnam muestra similitudes porque las atrocidades cometidas por tropas americanas ocurrieron sin una responsabilidad clara y las protestas se vieron sofocadas por la desorientación general y el hecho de que nadie era responsable. Los efectos de políticas informales, por lo tanto, no pueden ser sobreestimados.

    EL PAPEL DE HITLER

    P.-¿Cuál fue el papel de Hitler?

    R.-El papel de Hitler fue importante, sobre todo, en el nivel ideológico porque su insaciable odio contra los judíos era la base de la continua escalada de las medidas antijudías. Sus declaraciones públicas con respecto a la “Cuestión Judía”, sin embargo, evitaban cualquier alusión directa al proceso de aniquilación que estaba en marcha y se limitaban a metáforas. Incluso en su último discurso en el Platterhof en agosto de 1944, cuando toco el tema de la “Cuestión Judía”, se aferró a las estadísticas de población de 1938 y habló de la eliminación de los judíos como un proceso a llevar a cabo en el futuro. Obviamente, evitaba escrupulosamente verse identificado personalmente con la Solución Final la cual, como él sabía muy bien, era extremadamente impopular entre la población alemana. Sintomático de la necesidad de proceder de forma clandestina en el proceso de eliminación de los judíos resulta en el hecho de que cuando la Cancillería del Partido emitió una orden a los llamados líderes políticos para preparar a la población alemana para las “necesariamente duras medidas” que debían utilizarse para eliminar los parásitos judíos se vio obligada a revocar su instrucción y reemplazarla por la consigna oficial de que los judíos estaban siendo trasladados al este como trabajadores. Uno no podía permitirse por lo tanto hablar francamente acerca de los procesos sistemáticos de matanza ante amplios grupos de la población alemana.

    Incluso antes de la guerra Hitler intentó evitar cualquier responsabilidad directa en la “Cuestión Judía”, como se puede observar con respecto al pogromo de noviembre de 1938, cuando no apoyó abiertamente los excesos antijudíos. También más tarde reaccionó de forma más bien tímida cuando se le solicitó la aprobación formal de una extensión de la persecución con respecto a los matrimonios mixtos, solicitada por Himmler en 1942 y finalmente rechazada por el dictador. Por eso la protesta en Berlín Rosenstrasse, después de que la Gestapo encarcelara a cientos de judíos de matrimonios mixtos, logró el éxito de obligar a la Gestapo a dar marcha atrás.

    El papel de Hitler fue siempre ambivalente. Resulta discernible con respecto a su tratamiento del proyecto de las Leyes de Nuremberg y el asunto del “párrafo ario”; durante el pogromo de noviembre de 1938 cuando pronunció un discurso a la prensa alemana el 10 de noviembre sin la menor alusión a la “Cuestión Judía” y al pogromo que estaba en marcha. Por otro lado, cuando Hitler celebró su tradicional cena en la Cancillería del Reich con diplomáticos extranjeros y otros altos dignatarios, detuvo inmediatamente a Joseph Goebbels cuando este último quiso informar sobre el pogromo. Incluso en conversaciones internas en el Cuartel General del Führer resultaba inusual mencionar el asunto. Cuando Odilo Globocnik fue recibido por Hitler en 1942 no tuvo ninguna oportunidad de informar sobre la “Aktion Reinhard” que se estaba llevando a cabo, aunque de todos modos estaba convencido de que Hitler estaba al tanto de las acciones.

    En realidad el dictador no quería ser confrontado con asuntos desagradables de esa naturaleza, aunque sin duda respaldó a Himmler en su aspiración de acelerar la solución de la “Cuestión Judía”. Es un hecho que Hitler no quería identificarse personalmente con el proceso homicida ya fuera pública o privadamente. En los años 70, Adalbert Rueckerl, el principal fiscal de la Oficina Central para antiguos criminales de guerra en Ludwigsburg, fracasó en su intento de proporcionar la evidencia jurídica de que un hombre que había sido tesorero en el Comisariado del Reich Ostland (y más tarde Secretario de Estado en el gobierno de Adenauer) sabía que los paquetes de oro que enviaba al Reichsbank contenían dientes de oro de los judíos asesinados. Por ello le remarqué que tendría dificultades similares en probar la responsabilidad judicial de Hitler en las masacres, porque el dictador había evitado firmar algún documento que pudiera ser considerado como la presunta orden del Führer, que como ahora sabemos nunca fue promulgada. La investigación del Holocausto ha hecho todo lo que ha podido para probar que Hitler dirigió el proceso de aniquilación, pero es más probable que indirectamente alentara a sus caudillos a llevarlo a cabo.

    Otro ejemplo de la extraña actitud de Hitler es el hecho de que Heinrich Himmler se abstuviera finalmente de enviarle el llamado informe Korherr. Korherr era el principal estadístico a cargo de la estimación de los resultados cuantitativos del proceso de aniquilación. Cuando, finalmente, Korherr entregó el informe a Himmler, este se lo devolvió con la orden de retirar el término “Sonderbehandlung” [Nota: Tratamiento especial], aunque incluso esta expresión ya camuflaba el procedimiento de exterminio. Incluso después de esta revisión, el informe (que había sido ya mecanografiado en el tipo de letra grande especial para el Führer) no fue enviado, obviamente porque a Hitler le desagradaba verse enfrentado directamente con la realidad de la aniquilación. (Los documentos originales se hallaban en los archivos de Himmler y este no habría enviado a Hitler otra cosa que los originales). Este es un ejemplo de la actitud ambigua del dictador en este asunto.

    Había un acuerdo unánime entre los nacional-socialistas, y sin duda en Hitler, en que los judíos europeos debían ser eliminados, mientras que los métodos para conseguirlo variaron en el tiempo. La expectativa predominante era que después de haber cumplido este objetivo uno podía retornar a cierta clase de normalidad moral. Esto se demuestra en las ideas de Rudolf Hoess, quien representaba una mentalidad pequeño-burguesa. Hitler no era una excepción: por un lado impulsaba continuamente el Holocausto sin querer verse implicado en ello, pero por otra parte rehuyó la realidad y nunca visitó un campo de exterminio.

    Existe la reveladora historia de Henriette von Schirach, la esposa de Baldur von Schirach, el Gauleiter de Viena. Se encontraba en Bruselas y fue testigo de la deportación de judíos, pues el punto de reunión estaba frente a su hotel. Dándose cuenta del tratamiento brutal e inhumano que los judíos recibían por parte de los guardias decidió afrontar a Hitler en su próxima visita al Obersalzberg, creyendo que se uniría a ella en su indignación. Argumentaba que el tratamiento de los judíos estaba en contra de los ideales Nacional Socialistas. De acuerdo con su relato, que parece ser correcto, Hitler la evitó con la observación de que las mujeres no entendían nada de política y carecían de la necesaria dureza. La señora Schirach replicó citando a Goethe: “Nuestra meta no es odiar sino amar” y, después de que Hitler tratara otra vez de evitar el asunto, ella y su marido abandonaron abruptamente la sala mientras Hitler remarcaba a su ayudante: “Bueno, nunca me gustó porque siempre lleva los labios pintados”. Esta era una reacción típica que muestra que la represión a través de los crímenes comenzaba desde arriba y acompañaba su comisión. Incluso en una de sus últimas declaraciones en el bunker bajo la Cancillería del Reich, Hitler argumentó en su testamento que “somos incluso más humanos que las fuerzas aéreas británicas y americanas que están destruyendo las ciudades alemanes”, como si el asesinato deliberado de cinco millones de judíos europeos pudiera considerarse como una represalia por las ofensivas aéreas aliadas.

    Las condiciones políticas creadas por Hitler condujeron a la destrucción de un proceso gubernamental normal y ordenado y evitaron que el sistema político restableciera algún tipo de equilibrio interno. En lugar de ello se puso en marcha un proceso de radicalización acumulativa que se dejaba sentir primero en el campo de las políticas raciales, pero que no se restringía a esta esfera. Mediante la destrucción de la estructura gubernamental heredada y su sustitución por una lucha socio-darwinista entre instituciones competidoras y sátrapas, Hitler creó las condiciones previas para la aceleración de la violencia y la barbarie, pero no actuó por sí mismo. La fuerza conductora fue gente como Himmler, Heydrich, Globocnik y Eichmann, así como los principales generales y diplomáticos, quienes exigieron la implementación de lo que hasta ese momento había sido predominantemente un objetivo propagandístico. 

    Generalmente se describe a un Hitler resuelto desde el principio a lograr la aniquilación de los judíos europeos. No cabe duda de que esta idea es sumamente problemática. Sin duda alguna, el enfoque visionario de Hitler iba en esta dirección, pero esto no puede ser identificado con algún programa político concreto. Un ejemplo a este respecto es el famoso discurso pronunciado por Hitler en el Reichstag el 30 de enero de 1939 (Recientemente he publicado un artículo sobre este asunto en Historia y Memoria en honor al 65 cumpleaños de Saul Friedländer). Suele ser considerado como el anuncio público de la intención de Hitler de matar a los judíos en el caso de una guerra general, que solía describir como el resultado de maquinaciones judías. La amenaza era que en el caso de que la “judería internacional” provocara la guerra, el final sería la destrucción de los judíos. En realidad, el aviso no era nuevo del todo; encontramos constantemente expresiones similares en la tradición del antisemitismo, pero incluso una declaración casi idéntica efectuada por Hitler en 1932 cuando hacía mención a la posibilidad de una guerra parece casi irrelevante. Dos puntos de su discurso resultan interesantes en particular. En primer lugar, esta parte del discurso -que duró casi tres horas y cubrió una gran variedad de temas– abordaba los resultados de la Conferencia de Evian e intentaba presionar a Estados Unidos y otras naciones occidentales para proporcionar los fondos para la emigración forzosa judía de Alemania. En conexión directa con la frecuentemente citada amenaza, Hitler sostuvo que había suficiente espacio en el mundo para el establecimiento de un estado judío. Incluso en ese momento Goering continuaba las conversaciones con George Rublee en Londres a través de su emisario Wohltat con el objetivo de alcanzar un acuerdo en el asunto de la emigración. 

    Así, la famosa declaración de Hitler debe situarse en su contexto político y no puede interpretarse como un anuncio de la “Solución Final”. Falta por aclarar la cuestión de porque Hitler reiteró esta amenaza especial varias veces, debido a que es muy excepcional que se citara a sí mismo, incluso aunque erróneamente fechara su declaración el 1 de septiembre de 1939, el día que comenzó la Segunda Guerra Mundial. La respuesta a esta cuestión descansa, al menos parcialmente, en el hecho de que Joseph Goebbels, mientras preparaba la película “El Judío Eterno” en 1940 insertó en la misma la sentencia de Hitler en su discurso del Reichstag. Debido a que Hitler mostraba gran interés en la producción de la película y seguía las diferentes fases de su desarrollo, visionándola posiblemente diez o quince veces, memorizó las palabras precisas y pudo retornar a ellas más tarde, normalmente en el mismo contexto propagandístico de advertencia a sus oponentes. En lo que respecta a la retórica de Hitler, la noción de usar a los judíos como rehenes, con la intención de presionar para lograr concesiones políticas es bastante familiar en la historia del antisemitismo. Por ejemplo, Hermann Esser era uno de los compañeros más cercanos a Hitler y un antiguo miembro de la racista Liga de Protección Alemana-Volkisch, uno de los puntos de reunión más importantes del antisemitismo organizado. Esser, en un discurso público que trataba la situación política inmediatamente antes de la invasión francesa del Ruhr en 1923, cuando fue preguntado por un miembro de la audiencia como iba reaccionar si los franceses realmente avanzaban respondió que el tomaría un judío alemán en custodia por cada soldado francés. Así, Hitler era cualquier cosa menos original en su argumentación y no resulta sorprendente que el público alemán no la tomara muy en serio y lo mismo se puede decir incluso con respecto a las organizaciones judías.

    En general, no obstante, la implementación del Holocausto nunca fue el resultado de una decisión ideológica, sino un proceso político que finalmente condujo a la conclusión de que no había otra salida que matar a los judíos en Auschwitz y lugares similares. Esta conclusión no se llevo a la práctica hasta la segunda mitad de 1941.

    ¿QUE SE SABIA EN ALEMANIA ACERCA DEL HOLOCAUSTO? 

    P.-Usted ha comentado que las medidas antijudías y finalmente el Holocausto eran impopulares en Europa. Exactamente ¿Cómo de impopulares? ¿Qué sabía la población alemana cómo reaccionaron los alemanes a lo que sabían?

    R.-Esta es una cuestión difícil. Primero vamos a preguntarnos cuanto sabía la población alemana acerca del proceso de aniquilación. En conexión con el debate Goldhagen el Primer Canal de la televisión alemana encargó una encuesta con una muestra de población mayor de 65 años a la que se le preguntaba si había tenido algún conocimiento acerca de la liquidación sistemática de los judíos en los campos de concentración. Inesperadamente, más del 27% de los encuestados respondió que si, aunque no hay la menor duda de que esta es una cifra demasiado alta, y cualquier estimación realista se sitúa entre el 7% u 8% como mucho.

    Desde luego, queda la cuestión de que puede entenderse por “conocimiento”. Darse cuenta de que a los judíos deportados les esperaba un “destino terrible” es una cosa y otra el conocimiento preciso acerca del proceso de asesinatos masivos. Sin duda, desde la primavera de 1942 había múltiples rumores, la mayoría derivados de las cartas de los soldados del frente, pero también de informes de nazis radicales. Se sabía mucho de las atrocidades cometidas en Polonia, mientras que la información acerca de los campos de exterminio era más bien escasa, e incluso el movimiento de resistencia alemán no tuvo conocimiento de lo que pasaba hasta el otoño de 1942, cuando la mayoría de los asesinatos ya se habían llevado a cabo. Un ejemplo para apoyar esto son los detallados folletos del grupo de resistencia “Rosa Blanca” en Munich.

    De forma general, sin embargo, prevalecía la impresión de que las ejecuciones de los judíos eran excesos responsabilidad de Himmler y la SS, mientras que sólo unos pocos contemporáneos estaban dispuestos a aceptar que este era un procedimiento sistemático del régimen. La anteriormente mencionada ambigüedad, por lo tanto, servía como cortina de humo para prevenir cualquier conocimiento integral del proceso de aniquilación. Incluso muy altos funcionarios dentro del régimen carecían de información adecuada acerca del proceso de destrucción.

    El ciudadano medio tenía la impresión de que Himmler era el principal responsable y mientras le culpaban a él de los crímenes cometidos contra los judíos eximían a Hitler de cualquier responsabilidad sobre los mismos. Este mecanismo psicológico era un fenómeno muy extendido, que reflejaba la necesidad de los individuos de proteger su sentido de solidaridad nacional, que era un vínculo inseparable con la figura líder de Hitler. Esto ayuda explicar porque los alemanes contemporáneos tendían a reprimir el conocimiento de la liquidación sistemática de sus antiguos vecinos judíos y a considerar los crímenes como excesos evitables. En algunos aspectos los gobiernos aliados, el Vaticano, las potencias neutrales e incluso las organizaciones judías pensaban de la misma manera.

    EL AISLAMIENTO DE LOS JUDIOS DEL RESTO DE LA POBLACION ALEMANA

    P.-¿Puede usted hacer referencia al periodo 1933-1939 y después a las reacciones de los alemanes a los ciudadanos judíos desde el periodo de preguerra hasta 1933?

    R.-Una de las condiciones previas básicas para la implementación del Holocausto fue la separación social y cultural de los judíos del resto de la población. Esto se logró en especial como resultado de la creciente legislación antijudía y la cada vez mayor discriminación que convirtió a los judíos en parias y los puso en manos de la supervisión de la Gestapo.
    Así las cosas, el alemán medio perdió cualquier contacto social y, lo que es peor, cualquier interés en el destino de sus conciudadanos judíos.

    P.-¿Considera que durante los cinco o seis años durante los cuales tuvo lugar la separación no hubo demasiadas protestas en contra de la misma, al contrario de lo que sucedió con el programa de eutanasia?

    R.-En realidad, no hubo casi protesta, incluso en los primeros años cuando la resistencia podría haber sido posible sin un gran riesgo. El antisemitismo conservador, que ya he mencionado anteriormente, tuvo el impacto de reducir cualquier reserva moral. Resulta equivocado, sin embargo, asumir que la gran mayoría estaba de acuerdo con el programa antijudío. Supongo que aproximadamente entre el 25% y el 30% de la población se oponía a las políticas antisemitas del régimen, mientras que la mayoría era indiferente. Así una minoría radical que comprendía entre un 6% y un 8% de la población –más tarde, bajo la presión del adoctrinamiento continuo, esta cifra era mucho más alta- que tenía el apoyo del partido y la administración pudo establecer el tono y situarse a la cabeza de las acciones salvajes contra los ciudadanos y las instituciones judías. Debido a que no temían ninguna sanción, resultaba muy difícil protestar abiertamente, dejando aparte el hecho de que sólo unos pocos se atrevían a hacerlo.

    Para entender la creciente pasividad de la mayoría de la población ante la escalada en la represión resulta útil comparar las condiciones en Holanda. Mientras los judíos holandeses vivieron en una estrecha relación social con la mayoría de la población se produjo una abierta y activa resistencia por parte de estos últimos. Pero cuando los Nazis lograron trasladar a los judíos a campos de trabajo separados y, por lo tanto, interrumpieron la comunicación con la mayoría de la población, la resistencia se desvaneció, aunque actividades para rescatar niños judíos continuaron durante años. 

    Bajo las condiciones que se daban en Alemania, los judíos se retiraron al anonimato de las grandes ciudades. Aquí eran menos visibles y estaban menos expuestos que en las pequeñas ciudades y pueblos, donde eran un objetivo fácil para la discriminación y los ataques por parte de la SA y los grupos de las Juventudes Hitlerianas. Incluso bajo las condiciones del pogromo de Noviembre de 1938, los ciudadanos medios no se atrevieron a intervenir, aunque detestaban profundamente el comportamiento de los radicales del partido que consideraban ilegal. Que estaban en desacuerdo resulta obvio por las frecuentes compensaciones poco después de que se hubieran levantado las medidas de boicot. 

    LA FALTA DE OPOSICION Y PROTESTA CONTRA LAS POLITICAS NAZIS HACIA LOS JUDIOS

    P.-¿Muchos judíos alemanes sintieron que no tenían la solidaridad que hubieran esperado de sus vecinos?

    R.-Es cierto. Pero no creo que este fenómeno fuera resultado sólo de prejuicios antijudíos. El trasfondo se encuentra en el hecho de que la simbiosis germano-judía se había ya roto durante el periodo de entreguerras. Después de que el régimen se estableciera el aislamiento de los judíos se convirtió en casi insalvable. Victor Klemperer refiere que los socios judíos también temían estar en contacto demasiado estrecho con sus asociados alemanes por miedo a las represalias. Pero lo que supe de las actitudes de los colegas de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Marburg durante los primeros años del régimen me cubren de vergüenza hasta hoy en día. El extremo aislamiento de los judíos estaba ahí desde el principio y no necesitó de ninguna presión terrorista para lograrse. Desde este punto de vista, el episodio en el que mi padre –en aquel momento profesor en Marburg- invitó a uno de sus últimos alumnos judíos (que vive ahora en Haifa) a pasar las Navidades de 1933, resulta haber sido extremadamente raro.

    Pero en general los judíos perdieron todo contacto con sus antiguos vecinos, se marcharon al anonimato de las grandes ciudades y se vieron obligados, debido a la exclusión social y cultural así como a la creciente expropiación, a formar una comunidad propia con la inclusión de los judíos asimilados. La mayoría de la población no se interesaba por el destino de los judíos y se vieron más bien sorprendidos cuando sus vecinos judíos reaparecieron a causa de la introducción de la Estrella Amarilla obligatoria. La reacción se manifestó en una completa indiferencia. No cabe duda de que la mayoría no apoyaba las llamadas acciones “salvajes”, es decir, las palizas espontaneas a judíos cometidas por nazis extremistas.

    Que el ciudadano medio alemán rechazaba el uso de la violencia ilegal resulta obvio en el pogromo de 1938. Pero era sintomático que los mismos ciudadanos que detestaban las atrocidades de la noche del 9 de noviembre aplaudieran el encarcelamiento de 20.000 judíos alemanes al siguiente día porque la detención era una orden oficial del jefe de la Gestapo lo que lo hacía aparecer como un procedimiento legal. No fue la ausencia de sentimientos antisemitas, sino la mentalidad alemana de favorecer la ley y el orden la responsable de las críticas públicas del pogromo. 

    Que la población judía era considerada con total indiferencia por parte de la mayoría de la población, se sostiene por el hecho de que en conjunción con las Leyes de Nuremberg, el más modesto punto de vista de la burocracia ministerial prevaleció sobre la ambición del partido de introducir un Párrafo Ario mucho más rígido, a través del cual una mayor parte de la población se podría ver afectada. Mediante la exclusión de los medio judíos y de los judíos viviendo en los llamados matrimonios mixtos privilegiados, se pudo lograr una clara separación entre los dos grupos de población. La separación fue acelerada por la disposición de que los judíos tenían que vivir en barrios separados y establecer su propio sistema de bienestar público, escolarización y vida cultural –bajo el control de la Gestapo y casi en condiciones desesperadas. La separación se completó con una miríada de discriminaciones, que apartaron la vida de los judíos de la mayoría de la población incluso antes de que resultara visible con la introducción de la Estrella Amarilla. Las deportaciones tuvieron lugar bajo la mirada de la población aria pero, con unas pocas excepciones, no hubo ninguna protesta pública e incluso las iglesias cristianas cedieron. 

    La indiferencia se prolongó durante los años de guerra, aunque hay bastantes indicaciones de que el genocidio se habría encontrado con la oposición incluso de aquellos alemanes adoctrinados por la propaganda antisemita. Resulta difícil asegurar hasta qué punto el ciudadano medio, incluso el que era crítico hacia el régimen estaba al tanto del programa de asesinatos. Cuando en 1941 Goebbels hizo todo lo que pudo para explotar propagandísticamente la masacre de Katyn, la opinión pública clandestina reaccionó críticamente y señaló el hecho de que los alemanes habían cometido ellos mismos bastantes asesinatos, aludiendo al destino de los judíos. Pero muy sintomáticamente esta percepción casi desapareció en los siguientes años, porque ahora había otros problemas, además de la impresión producida por una cada vez más costosa y brutal guerra en el este. Bajo el impacto de la ofensiva de bombardeo aliada, reminiscencias del genocidio emergieron otra vez, y los ataques aéreos se consideraban de forma creciente como una represalia por el asesinato de los judíos. Pero esta reacción nunca fue consistente, y la consigna oficial de que la conspiración judía mundial era responsable de la continuación de la guerra tenía una resonancia considerable.

    Mientras que bajo estas condiciones la disposición a tolerar los crímenes contra los judíos persistía, en lo que se refiere a la parte nazificada de la población, es difícil asegurar hasta que punto llegaba la oposición a la persecución de los judíos. Las fuentes disponibles no nos aclaran nada, porque la extrema presión de la policía y los tribunales impedía cualquier alusión a mentalidades desviadas incluso en los informes del Servicio de Seguridad. Estos sólo mencionan a aquellos críticos con el proceso de deportación que querían mantener a los judíos locales alejados de la persecución mientras seguían creyendo en la agitación nazi antijudía. En cualquier caso, incluso bajo las más difíciles condiciones del periodo de guerra en Alemania, sobrevivieron al menos tantos judíos como en Holanda, aunque formaban una minúscula minoría.

    La controvertida pregunta de por qué no hubo una protesta significativa necesita una respuesta diferenciada. En los primeros años la protesta limitada era posible, pero más tarde, cuando el régimen se consolidó y no temía por una intervención extranjera, las protestas abiertas eran casi imposibles. En lo que respecta al ciudadano medio, el sistema tendía a crear una atmósfera caracterizada por un apoyo nada sincero a la propaganda oficial y una pérdida de interés en los asuntos públicos. Los individuos tendían a preservar su esfera privada y a no mostrar ya ningún interés por la política. Esto dio como resultado una creciente indiferencia política y moral, lo que puede explicar la casi completa ausencia de protesta contra el tratamiento de los judíos o los prisioneros de guerra soviéticos. Incluso la esfera privada ya no estaba a salvo, y cada vez segmentos más pequeños de la sociedad se vieron en mayor o menor medida expuestos al control del partido.

    Dando cuenta de esta creciente apatía amoral el líder del grupo de resistencia Kreisau, Helmuth James Graf von Moltke, concluyó que el principal objetivo del movimiento de resistencia alemán era restaurar “la imagen del hombre en los corazones de nuestros conciudadanos” y recuperar el sentimiento de portar una responsabilidad pública. La casi completa atomización social de la sociedad alemana es difícil de evaluar. Hay que darse cuenta que el individuo normal no podía encontrar ya un lugar donde expresarse con franqueza –ni siquiera dentro de su propia familia, que generalmente estaba dividida políticamente. Esta constelación de circunstancias hacía extremadamente difícil articular la protesta política y formar el núcleo de cualquier oposición colectiva.

    No cabe duda de que esto es algo diferente en lo que respecta a los altos funcionarios. Pero incluso aquí resulta sintomático que la ambigüedad del proceso de aniquilación prevaleciera, excepto dentro del circulo de personalidades directamente implicadas. Un ejemplo de esto es la implicación del Secretario de Estado en la Cancillería del Reich, Wilhelm Kritzinger, que procedía de la más alta administración pública prusiana además de ser un activo cristiano protestante y miembro de la Iglesia Confesional. Uno de sus colegas, el Ministerialrat Killy estaba casado con una medio-judía. A principios de 1945, Martin Bormann intentó relevarlo de su cargo, pero la derrota alemana lo impidió. Kritzinger intentaba obtener información acerca de la ejecución de judíos en Polonia de la que había sido informado por Melitta Wiedemann. Cuando envió a alguno de sus funcionarios al Gobierno General, estos fueron expulsados por la policía y Himmler le advirtió de que cualquier interferencia futura tendría como consecuencia el envío de los emisarios a un campo de concentración.

    Este es un impactante ejemplo de cómo incluso importantes líderes no obtuvieron información precisa acerca del proceso de aniquilación. Hasta en los diarios de Joseph Goebbels, el sistema de Auschwitz se describe sólo vagamente. En diciembre de 1941, Kritzinger pertenecía al grupo que dentro de la alta burocracia ministerial presionaba para posponer la solución de la “Cuestión Judía” hasta el final de la guerra. Presumiblemente esperaban lograr una solución menos intolerable de la que Himmler tenía en mente. En todo caso querían prevenir la posibilidad de que Himmler pudiera informar oficialmente a Hitler de sus aspiraciones y obtener la aprobación para la implementación de lo que se ocultaba bajo el término “Solución Final de la Cuestión Judía”. Obviamente, Wilhelm Lammers (?) [Nota: Un lapsus de Mommsen o un error de transcripción. El nombre de pila de Lammers era Hans Heinrich], Ministro del Reich y Jefe de la Cancillería y Franz Guertner, el Ministro de Justicia del Reich, podían evitar la iniciativa de Himmler, pero no podían obstaculizarlo si continuaba hacia adelante sin una decisión formal de Hitler –que debería entonces haber sido tramitada por la Cancillería del Reich.

    El mismo Kritzinger pertenecía al grupo de altos funcionarios que estuvieron presentes en la Conferencia de Wannsee el 20 de enero de 1942. La conferencia sirvió para dos propósitos. El primero estaba relacionado con la cuestión de cómo definir las categorías de judíos que debían ser incluidos en las deportaciones. El segundo consistía en solucionar los problemas de transporte. Dado que el programa incluía a los países ocupados así como a los satélites de Alemania, el Ministerio de AA.EE. estaba también representado. La definición del grupo perseguido se pospuso y fue fijado en una reunión posterior de Secretarios de Estado en marzo de 1942. Incluso entonces, los mecanismos de aniquilación estaban lejos de ser claros. Al menos, el discurso de Heydrich en la conferencia de Wannsee no fue tomado literalmente por observadores críticos como Kritzinger, quien informó a Killy de que todo el asunto no había alcanzado ningún resultado definitivo (utilizando la expresión alemana “Hornberger Schiessen”, no llegar a ninguna solución). Parece casi increíble, pero hay que tener en cuenta que diez días después incluso Heydrich, en un discurso reservado a sus subordinados de Praga, presentó el plan para deportar a los checos no asimilables al distrito del Mar Helado [Nota: una zona en el área del Mar Blanco] que debía ser transferido a la SS y la Gestapo y convertido en una inmensa área de campos de concentración destinada a albergar los 11 millones de judíos europeos de los que había hablado en la villa de Wannsee. Al mismo tiempo, Himmler ordenó el envío de 100.000 judíos alemanes a Auschwitz-Birkenau, que había sido concebido por él como un centro para suministrar prisioneros a la industria de armamento. La orden fue irrelevante porque los prisioneros, que ya habían muerto en los Stalag, ya no estaban disponibles. Obviamente, en esta fase del desarrollo, Himmler intentaba reemplazarlos por judíos alemanes. Un par de meses más tarde Birkenau se convirtió en el principal lugar para el asesinato de judíos mediante gas.

    Cuando en la primavera de 1942 Kritzinger fue consciente de lo que realmente ocurría, acudió a Lammers y solicitó su dimisión. Lammers, sin embargo, rechazó su petición con el comentario de que sin Kritzinger las cosas podían desarrollarse incluso peor. El ejemplo Kritzinger prueba la dificultad para que aquellos que estaban ligados al aparato gubernamental obtuvieran información fidedigna sobre el Holocausto y para poder penetrar a través del lenguaje eufemístico. Entre los altos funcionarios civiles, todavía prevalecía la esperanza de que a la larga podrían aislar a Himmler, que era considerado el mayor culpable. Según sabemos hoy en día esta era una disculpa demasiado sencilla y servía para exonerar a todos los perpetradores indirectos. Finalmente, a finales de 1944, Himmler, estando al mando de las tropas alemanas en Alsacia, se vio separado del Cuartel General del Fuhrer y perdió el control del proceso central de decisión. 

    Otro ejemplo es el papel de Albert Speer, en los últimos años una influencia predominante, quien aseguró que él no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo en Auschwitz. Quizás este es el resultado de una continua represión de la verdad o simple ingenuidad política conectada con la pérdida de cualquier estándar moral. Si cosas como estas podían ocurrir en lo más alto del régimen, entonces es improbable que los alemanes ordinarios adquirieran cualquier otro conocimiento acerca Solución Final, aunque con frecuencia en el Tercer Reich, el hombre de la calle, especialmente oponentes socialistas y comunistas, era más consciente de los acontecimientos que la clase política, que hacia todo lo posible para reprimir una realidad no deseada.

    Raul Hilberg, quien originalmente estaba convencido de que el alemán medio tenía conocimiento del proceso de aniquilación, revisó más tarde su posición después de haber estudiado las condiciones del sistema de ferrocarriles alemán y las reacciones de los empleados del mismo relacionados con los trenes a Auschwitz. Una experiencia similar ocurrió con Christopher Browning cuando analizó el papel del Batallón Policial 101 de Hamburgo. En lo que respecta a las implicaciones morales, siempre destaco el hecho de que el alemán medio pudo adquirir suficiente información sobre el destino que les esperaba a sus conciudadanos judíos examinando el Reichsgesetzblatt y la legislación normal.


    INTERES ALEMAN EN EL HOLOCAUSTO HOY EN DIA

    Quiero señalar que hoy en día en Alemania se puede encontrar una gran sensibilidad por parte de las generaciones más jóvenes hacia la historia del Holocausto y su legado político. Esto se refleja en el hecho de que hasta hoy se han vendido unas 180.000 copias de los diarios de Victor Klemperer. En lo que respecta a la población de mediana edad –que comprende básicamente a los hijos de la generación de los perpetradores- tienden a evitar una situación en la que sienten dificultad para expresarse francamente sobre la responsabilidad alemana por el Holocausto. En general, Alemania está hoy preparada para aceptar el legado histórico del Holocausto y no se debe sobrestimar el papel de pequeños grupos de activistas de extrema derecha.

    LA SINGULARIDAD DEL HOLOCAUSTO

    P.-¿Qué opina acerca de la singularidad del Holocausto?

    R.-No hay duda de que el Holocausto fue históricamente único en muchos aspectos –la dimensión moral, la crueldad de los perpetradores, la implementación sistemática, etc. Pero esta singularidad no excluye una visión comparativa y su consideración como ejemplo extremo de la caída en la barbarie de la civilización occidental. Es de crucial importancia aprender del estudio de este acontecimiento excepcionalmente complejo para prevenir constelaciones análogas, bajo las cuales fenómenos como el Holocausto podrían reaparecer. Por lo tanto no se debe sobrestimar su singularidad, y tiende a convertirse en agnosticismo el que alguien afirme que este acontecimiento no es explicable mediante la investigación histórica interdisciplinar. No es una caja negra.






    El carisma no explica el respaldo del pueblo alemán a Hitler, según una polémica biografía


    Peter Longerich abre un debate nacional en Alemania y rebate los libros de Fest y Kershaw



    Hilter y sus mariscales de campo
    Hilter y sus mariscales de campo - ABC



    ROSALÍA SÁNCHEZ Corresponsal En Berlín


    «El fenómeno Hitler no se puede explicar fundamentalmente, como hace Ian Kersaw en su biografía estructuralista, por las fuerzas sociales y por las condiciones y estructura de la dictadura nazi. También es necesario despedirse de una vez de la imagen de un hombre a la sombra de su propio carisma que se alejaba cada vez más de la realidad, que se distanció del proceso político y dejó suceder los acontecimientos, una imagen que Hans Mommsen ha planteado en su tesis sobre el dictador débil».
    Así rebate Peter Longerich en el prefacio de su biografía recién publicada en Alemania, «Hitler», los planteamientos de los más prestigiosos historiadores que en los últimos años se habían ocupado de la figura del dictador alemán. En su tomo de 1.295 páginas, recién llegado a las librerías alemanas y que ya empieza a hacer bastante ruido, Longerich pone el acento en el constante respaldo que Hitler se procuró por parte del pueblo alemán para sus políticas y el alto nivel de identificación de este con su Führer. «Así se obtiene una imagen diferenciada», subraya, sugiriendo que Hitler se sirvió de los intereses y del potencial del resentimiento de los alemanes para obtener progresivamente poder y que eso es lo que explica cómo pudo llegar tan lejos.

    Subestimado

    Longerich, un reconocido investigador de la historia del Tercer Reich y que actualmente trabaja como profesor en la Universidad de Londres, considera que se ha subestimado la agudeza política del líder nazi en beneficio de una falsa creencia en sus habilidades hipnóticas sobre los alemanes. En su opinión, las primeras tres décadas de la vida de Hitler, mitificadas en Mein Kapf y después por el aparato de propaganda nazi, sirven solamente para explicar la formación de una personalidad que tendría una gran influencia en la historia, pero no para permitir entender cómo se produjo semejante concentración de poder en manos de un solo individuo en un país culto, sensible e inteligente. Y en la respuesta a esta pregunta central de la obra, los alemanes no salen muy bien parados, ya que Longerich concluye que apoyaron y encumbraron a Hitler porque sus políticas les beneficiaban. Puro interés.
    «¡En general, es la imagen de un dictador que controló mucho más y que estuvo más estrechamente relacionado con decisiones individuales de lo que se pensaba. He querido volver a colocar a Hitler como persona en el centro de atención», defiende, «distanciándose de visiones sociológicas que fundamentaban en una coyuntura histórica y social determinada el ascenso de Hitler al poder, incluido el más amplio planteamiento de Joachim Fest, al que también rebate abiertamente.
    La biografía de Longerich rechaza por tanto la respuesta que se proporcionó a sí mismo el pueblo alemán tras el final de la II Guerra Mundial, aferrado a la creencia de que había sido rehén de una banda criminal liderada por el carismático Hitler, empeñado en conquistar Europa y exterminar a los judíos. «No hay pruebas de que en su juventud fuese tan fanáticamente antisemita como se ha mantenido», advierte, «más bien se dio cuenta de que el antisemitismo existente en la sociedad alemana podría proporcionarle beneficios políticos y se apropió del tema».
    «Durante los años 1919 y 1920, Hitler se percató de que podría triunfar en la política si se apoyaba e incitaba el antisemitismo», sostiene el autor, para quien el antisemitismo no se convierte en un elemento de primera línea del discurso de Hitler hasta al menos 1930. Basándose en los primeros discursos públicos de Hitler y en material de los diarios de su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, Longerich afirma que incluso sus políticas racistas, que culminaron con el Holocausto y la muerte de al menos 6 millones de judíos, fueron tomadas en gran parte basándose en el oportunismo político.
    Recuerda que «Hitler fue entrenado como propagandista por el Deutscher Arbeitpartei (Partido de los Trabajadores Alemanes) en Múnich, lo que entraña consideraciones políticas muy concretas», y que «ciertas deficiencias funcionales» del Estado alemán funcionaron como «requisito previo para su omnipotencia».

    Sin voyeurismo


    Algunos críticos, como Philipp Schnee, reprochan que esta biografía «carece del elemento vivo», que no aborda una caracterización pormenorizada del carácter y la vida privada del protagonista, pero Longerich rechaza esa perspectiva «voyeurista» y opta por una presentación sobria y sin color. «Es aconsejable evitar la embriagadora fascinación por el horror», reflexiona, «y no caer en la trampa psicológica». Su fría conclusión es que la figura política del Führer se alimentó de una serie de «fuerzas externas» predominantes y argumentos que Hitler asumió como suyos.
    http://www.abc.es/cultura/libros/abci-carisma-no-explica-respaldo-pueblo-aleman-hitler-segun-polemica-biografia-201511152008_noticia.html
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    ENTREVISTA:PETER LONGERICH | ENTREVISTA

    "Los nazis eran seres humanos, 

    ése es el problema"




    1 Nov. 2009

    ¿Cómo se gesta un genocida? ¿Influye el subdesarrollo sexual? Este historiador alemán ha escrito una apasionante biografía de Heinrich Himmler, uno de los peores criminales nazis.


    Himmler. No imagina uno persona peor. Jefe de la Gestapo y de las SS, ministro del Interior de la Alemania nazi, comisario étnico y organizador de la Solución Final, el exterminio de los judíos. A escribir su biografía, sumergiéndose en sus crímenes, sus extravagancias y su infecta alma, se ha entregado durante años el historiador alemán Peter Longerich (Krefeld, 1955). El resultado es un libro monumental (Heinrich Himmler, RBA) que radiografía como nunca la acción política, la carrera asesina y la compleja psicología del siniestro personaje, ofreciendo a un tiempo una de las más preclaras descripciones de cómo se desarrolló en el seno del gobierno hitleriano la cadena de decisiones y circunstancias que condujeron al Holocausto. No parece que a Longerich le haya afectado excesivamente la larga convivencia con Himmler: es una persona simpática y agradable (aunque se deja invitar a la comida) y, de hecho, al acabar de escribir sobre el Reichsführer-SS, en vez de salir corriendo en dirección contraria, se puso a hacerlo sobre Goebbels, que es como ir de un basilisco a otro.


    "para Himmler, o dominabas o te dominaban. no tuvo amistad con hitler"
    "Himmler tenía problemas psicológicos, pero no era una lunático"

    Director del Centro de Investigación sobre el Holocausto e Historia del Siglo XX en Royal Holloway (Universidad de Londres), donde trabaja con otro de los grandes especialistas en el III Reich, el historiador británico David Cesarini (autor de la biografía de referencia sobre Eichmann: lo que han de disfrutar los dos estudiosos yendo de copas juntos), Longerich hace más que escribir y enseñar sobre el nazismo: tuvo un activo papel como testigo en el proceso que significó el descrédito de David Irving, documentando la responsabilidad absoluta de Hitler en las políticas de exterminio, y además ha colaborado en la lucha contra los neonazis y el negacionismo, una actividad sobre la que pide discreción. La cita con el profesor es en su despacho en Royal Holloway, Egham, un college de lo más británico cuyo edificio principal, de época victoriana e inspirado extravagantemente en el Château de Chambord, recuerda la Escuela Hogwarts de Harry Potter.
    Cuando Longerich llega lo esperan en la puerta, además del periodista, dos jovencitas que le entregan entre tímidas risitas un trabajo sobre el Mein Kampf.Aunque quien firma estas líneas encuentra que el despacho es ideal para la entrevista -en las estanterías reposan The Waffen SS, de Geschichte, y la voluminosa Enzyklopadie des Holocaust, por no hablar de que por la ventana pueden verse entre los árboles dos altas chimeneas de ladrillo (resulta que son de las viejas cocinas del colegio, pero es imposible no pensar en referentes más siniestros)-, el historiador decide que vayamos a comer en su coche a un pequeño restaurante especializado en pescado en Egham. Longerich encarga para los dos sopa de marisco y lenguado al limón. Él come con gusto. Después de tanto tiempo, Himmler no le quita el apetito.
    Mire, por buscarle un pero a su magnífico libro: no menciona la visita de Himmler al monasterio de Montserrat. No sé que opinarán los monjes...
    Es cierto. Pero no es un libro pensado específicamente para el lector español.
    Sí que habla de la posible mediación de Serrano Súñer para que Himmler hiciera llegar propuestas de paz a los británicos al final de la Guerra Mundial.
    Sí, en la documentación alemana consta que ofreció sus servicios, pero no tengo idea de qué había detrás. No sé qué podrían encontrar ustedes sobre el particular en sus archivos. No hace mucho, aquí, en Gran Bretaña, apareció esa nota de Churchill: "Mensaje de Himmler destruido por mí". Quizá encaja con lo de Serrano Súñer.
    Éste es su octavo libro.
    Así es, y he terminado en agosto el siguiente, la biografía de Goebbels, que aparecerá en un mes.
    ¿Quién cree que es más interesante, Goebbels o Himmler?
    Son tan diferentes... Los historiadores suelen buscar el nazi ideal, la personalidad que más se ajusta al arquetipo. Mi idea, que transmito en ambos libros, es que el secreto del éxito de los nazis fue su capacidad para poner en el lugar exacto a la persona adecuada, desde su punto de vista. Himmler, con su personalidad taimada y sigilosa, se convirtió en jefe de seguridad; el extrovertido y mundano Goebbels, en jefe de propaganda. Uno no tiene vida sexual casi, para el otro el sexo es muy placentero. En realidad no puedes decir que haya un nazi ideal, uno que los represente a todos. Creo que ahora, cuando se pueda leer la biografía de Goebbels, será interesante hacer comparaciones. La idea es usar estas figuras no sólo para explicar sus vidas, sino para introducirse en áreas oscuras de los nazis, de las políticas del Holocausto, por ejemplo. Las biografías abren un nuevo acceso a la historia del III Reich, porque es una época en la que el poder político estaba extremadamente personalizado. Himmler tenía tantas funciones diferentes, policía, asentamientos, política racial, Waffen SS... La clave de su éxito es que consiguió mantener todas esas cosas juntas en una organización bajo el paraguas de las SS. Lo mismo puede decirse de Goebbels, combinaba las competencias de propaganda, pero también de organización del partido en Berlín, tareas culturales, militares... Esta gente se construyó, despiadadamente, pequeños imperios, cuyo mejor acceso es a través de las biografías.
    Eran gente bastante competente en lo suyo. En fin, no entienda esto como un elogio.
    Competente... Bueno, eran las personas estupendas para esas tareas, dicho, claro, con ironía.
    La verdad es que hay bastante ironía en su libro sobre Himmler. Y cierto sentido del humor, muy de agradecer visto lo siniestro de la materia. De hecho, si me permite, a veces parece usted más británico que alemán.
    Me gusta la ironía británica.
    ¿No cree que hay algo, no sé, la palabra resulta tan inadecuada, pero sí, cómico, en Himmler? Quizá grotesco sea mejor.
    Ajá.
    Una extraña combinación de crueldad y estupidez.
    No soy psicólogo, pero para entender a estos tipos necesitas cierto enfoque psicológico. Recabé consejo profesional y utilicé literatura estándar del tema. Los psicólogos me introdujeron en esa idea de que Himmler sufría trastorno de vinculación. Tenía una gran inmadurez emocional. Estaba emocionalmente subdesarrollado. No entendía las relaciones interpersonales. No sabía cómo canalizar su interés por la amistad o por las mujeres, buscaba algo que no sabía exactamente qué era. Eso puede explicar su atracción por la figura del militar y su idealización de ella. Es muy tentador en una biografía decir: ésta es la razón de que esta persona fuera como era. Era inseguro en sus relaciones personales y desarrolló estrategias para superar esas dificultades. Tenía dos caras diferentes y para la gente era difícil saber cuál era la real. Esa personalidad dual, frío y jovial, inseguro y duro...
    Su reacción ante la realidad de los campos de exterminio, ante la visión de los asesinatos no era, dice usted, pusilánime. No parece que la confrontación con la muerte violenta le provocara ningún 'shock'. Tras ver funcionar las cámaras de gas de Auschwitz se tomó unos vinitos. Sí. Hay ese famoso caso en Minsk. Alguien me preguntó en una conferencia sobre él. Aquello de que no pudo aguantar ser testigo de la matanza y se puso enfermo. Es una historia inventada. Encontré otra, de un oficial, que explicaba que estuvo muy frío, e incluso dijo al ver que uno de los fusilados seguía vivo en la fosa...
    "Teniente, dispárele a ése", sí, está en su libro. Es escalofriante.
    Es mucho más creíble. Himmler visitó lugares de ejecución muchas veces -era un gran viajero-. Y estuvo comunicativo con sus hombres. Probablemente, pero esto, claro, es especulación, sentía curiosidad sobre el hecho de matar. Hay otras historias acerca de que estaba interesado en los experimentos médicos, en el imaginario de los cuerpos mortificados. Algunas cosas hacen pensar que era un sádico. No estoy seguro. Siempre insistió mucho ante sus hombres en el concepto de decencia. En que se podía matar decentemente. Es increíble cuántas veces -lo he calculado con el ordenador- Himmler usaba en sus textos y discursos la palabra decencia. Escribió a su novia que tenía problemas de estómago precisamente, recalcó, porque era tan valiente y decente. Creo que le atraía la crueldad, pero lo importante en su personalidad, lo definitorio, era la obsesión por controlar sus emociones. Los sentimientos fuertes, el amor, el odio, el sadismo.
    Es impresionante en el caso de Himmler la estrecha relación entre psicología y política.
    La historia del III Reich es tan peculiar porque, aunque duró relativamente poco, estuvo llena de cambios. Y esta gente, los líderes nazis, tuvieron una gran capacidad de maniobra, mucha libertad de acción. No se puede comparar a Himmler o a Goebbels con un primer ministro de Alemania de después de la guerra, o con un secretario de Estado de EE UU, porque el papel de éstos está fijado por normas. Los nazis crearon sus propias posiciones. Es importante entender su psicología.
    No eran monstruos.
    No, ése es el asunto. Eran seres humanos. Ése es el problema. La vida de Himmler, al principio, su juventud, su época de estudiante en Múnich, es de lejos la de una persona normal, inofensiva.
    Y un peculiar agitador y revolucionario que vivía en casa de sus padres.
    Sí. Era de una familia de clase media católica y estaba sobreprotegido. Tenía buenas relaciones con su padre, hablaba de sus dudas de fe con él. Era una familia, en buena medida, intacta. Por eso no estoy de acuerdo con cierta idea general de que la personalidad de Himmler se debe al conflicto con su padre. He tenido que luchar con esa concepción errónea. Ese conflicto no existió.
    ¿Qué percepción hay en Alemania en general de Himmler? Debe de ser difícil asumir que un tipo así fuera un compatriota.
    En general, en Alemania la gente encuentra difícil entender al personaje. Es un terrible asesino de masas y resulta complicado acercársele. Es una figura tabú. Otros nazis, Goebbels o Goering... la gente los encuentra más accesibles. Algunos han querido verlo como un excéntrico. Mi intención ha sido presentarlo como normal. Tenía problemas psicológicos, pero no era un lunático.
    Bueno, hay algunos componentes de su personalidad que son extraños, por decirlo suave. Sus obsesiones con minucias y ocultismos.
    Tenía muchos intereses diferentes al mismo tiempo. Para nosotros es el organizador del Holocausto y el arquitecto del genocidio, pero, psicológicamente, para él, todas sus tareas tenían importancia y las hacía una detrás de la otra. Y una de ellas era eliminar a los enemigos del Reich. En su rutina diaria no significaba algo muy especial. Y, de hecho, en un momento anotó: "Ya está, acabado", con respecto a la cuestión judía.
    Bueno, ¿y no es eso una marca de locura, pensar que era tan importante matar a los judíos como determinar los mejores cultivos para Ucrania, imponer los límites de velocidad o decidir las insignias de los musulmanes de las Waffen SS?
    Podemos ver esa locura, quizá, pero para él era perfectamente normal hacer lo que hacía.
    Himmler tenía esa misma sensación de abrumadora responsabilidad, de exceso de tarea ingrata no reconocida, que expresan el comandante de Auschwitz Rudolf Höss o el de Treblinka Franz Stangl. Demasiado trabajo. También lo deploran los jefes de Einsatzgruppen.
    Sí, matar como trabajo.
    Himmler trató de involucrar a otros miembros del partido y a las Fuerzas Armadas en el Holocausto.
    Cierto, por un lado, dio pasos para convertirlos en cómplices. Pero, por otro, consideraba que el genocidio formaba parte de la historia que no debía ser escrita. Era un secreto abierto. Había una doble medida. Todo el asunto, si es lícito matar gente, si debes ser fiel a tu mujer... la moralidad de ese individuo, Himmler, es típica de la doble moral del pequeño burgués.
    ¿Hay una lección moral en todo eso que podamos extraer?
    Si estudias la historia de los perpetradores descubres que procedían de muy diferentes pasados. No hay una manera típica, un camino único de convertirse en genocida. Todos tenemos la capacidad y el peligro de serlo. Observando a los nazis no puedes identificar un sector de la sociedad del que provengan los asesinos.
    En el libro sólo menciona usted un caso en el que Himmler maltratara a alguien con sus propias manos, un solo caso de crueldad directa, personal.
    Sí, con el autor del intento de asesinato de Hitler en la cervecería Burgerbrau de Múnich, Georg Elser, le interrogó y le pegó.
    ¿Hay otros casos?
    No.
    Es extraño que no tratara de ver qué se sentía matando, visto su temperamento. Era muy fácil cargarse a un preso en un campo o a un judío durante una matanza colectiva. Se lo impedía probablemente esa idea recurrente suya de matar ordenadamente, decentemente. Él estaba en un nivel de mando, era una labor profesional. Como jefe no debía intervenir. El mando no actuaba personalmente en las ejecuciones.
    ¿Cree que tenía una curiosidad personal en la experiencia de matar?
    Quería mirar. Igual que quiso ver experimentos médicos con humanos.
    No hemos hablado de la contradicción entre su apariencia física y el ideal ario que defendía.
    Su educación se centraba en la idea de autocontrol. Controlar las emociones te hace fuerte y te permite ganar poder. Himmler bailaba, tomó lecciones de baile, no fue muy bueno en deportes, pero los practicaba, jujutso, pesas, esgrima.
    Con sus rasgos no ofrecía exactamente el gran ejemplo de pureza racial.
    No, y se hacían bromas sobre ello en las SS. Algo que he querido dejar bien claro en el libro es el sinsentido y el caos de toda la política de la raza en el III Reich.
    ¿Hasta qué punto el éxito de Himmler fue producto de la suerte o de sus... vamos a llamarles virtudes? Al final reunió tanto poder...
    Ejerció diferentes papeles en distintas áreas. Tenía una extraordinaria capacidad de adaptación. Al final de la guerra se veía en la posición de negociador con sus grandes redes de información, seguridad y espionaje en toda Europa. Tenía también a los prisioneros de los campos para negociar.
    En varios asuntos fracasó.
    Cierto, como comandante militar, en la creación de empresas de armamento, en su lucha contra los movimientos de resistencia europeos... Y las divisiones SS de extranjeros tampoco dieron un gran resultado.
    En la cuestión judía, en cambio, fue un hacha, si me permite la expresión.
    Era más fácil para él destruir que crear.
    Tenía buen olfato para escoger colaboradores. Gente tan mala como él: Dirlewanger o Globocnik. Olfateaba sus debilidades y los utilizaba.
    Se equivocó con algunas personas dándoles según qué tareas. Pero les manipulaba muy bien y le eran muy leales.
    Hay una especie de gran agujero negro en el libro que es Hitler. No se habla apenas de la relación personal de Himmler con él.
    Su relación con Hitler es fría y calculada. Himmler entra en el movimiento nazi por Röhm.
    Que es como decir que apuesta por el caballo perdedor.
    Exacto. Inicialmente, no le convenció nada la lectura del Mein Kampf. Pero percibió que Hitler era la autoridad absoluta en el partido. De todas formas, nunca llegó a tener una relación tan colorista y cálida como Goebbels. No percibía el carisma de Hitler. Pero como político no era capaz de imaginar su papel sin Hitler. Su posición era dependiente de él.
    Pero no había seducción, como en Speer. Ni amistad.
    No. Himmler no podía establecer amistad en los términos en los que lo hacía Hitler. Para Himmler, o dominabas o te dominaban. Sus, digamos, amigos personales eran siempre diez años mayores que él. Eran figuras paternales.
    No hay en el libro momentos de intimidad con Hitler.
    No existieron. Contactos, sí, cantidad. Recibía órdenes. Goebbels, en cambio, conversaba mucho. Pero piénselo: ¿usted, de ser Hitler, habría querido pasar las veladas con Himmler?
    Me parece que no. ¿Qué opina del final, de la traición del fiel Heinrich?
    No creo que pueda hablarse de traición. Himmler simplemente pensaba que Hitler era incapaz de actuar y que él era el adecuado para negociar con los Aliados.
    ¿No cree que en algún momento su biografía pueda inducir a pensar que Himmler actuó muy independientemente en el Holocausto? Sé que, desde luego, ésa no es su opinión.
    He escrito otro libro, La orden no escrita, sobre la responsabilidad de Hitler. Puede parecer que cuando Himmler toma iniciativas hace cosas que van más allá de las órdenes. Pero cualquier actuación sigue a un estímulo emanado desde Hitler.
    ¿Qué hay del aspecto sexual de Himmler? Fue virgen hasta los 27 años, eso ha de marcar.
    Sí. Su voyeurismo y su miedo a la homosexualidad -le preocupaba un exceso de virilidad en las SS- hacen pensar en un subdesarrollo sexual.
    No hemos hablado del ocultismo, Hörbiger, la Ahnenerbe...
    No creo que sea clave para entender a Himmler. Se puede considerar una parte privada que, además, no le gustaba a Hitler, así que él tendía a no airearlo mucho. Trabajó en el desarrollo de esa religión alternativa, pero no llegó a una conclusión definitiva. Pensó que hay cosas que no se pueden explicar racionalmente. Aunque había una parte práctica, como lo de encontrar o recuperar la supuesta arma misteriosa de los germanos, "eléctrica".
    El martillo de Thor.
    Eso.
    Hay un aspecto curioso de Himmler que es su capacidad como diseñador. Es el responsable de parte de la iconografía de las SS, a la que no puede negársele éxito.
    Sí, pero en relación con lo otro coincidirá en que es un aspecto menor.
    Su libro aporta una visión muy clara sobre el proceso de decisión del Holocausto.
    Fue un largo proceso. La última decisión es en la primavera del 42. Si miras lo que Himmler hizo en los siguientes seis meses, puedes ver que el inicio del Holocausto es parte de un concepto más amplio y que las decisiones clave se toman escalonadamente.
    ¿Hay algo irreductible en Himmler, algún misterio aún para usted?
    Esa obsesión por controlar sus sentimientos. Al principio, el Himmler personal aparece en sus cartas y diarios, pero luego se esconde en su vida oficial.
    No hay un mito Himmler.
    Por su final. Cabía esperar que muriera en combate o que afrontara su responsabilidad en los tribunales. Pero trató de desaparecer disfrazándose de sargento. Ésa es la razón, probablemente. Tampoco hay un mito Goering, ni Goebbels, al único que han mitificado los neonazis es a Rudolf Hess, porque pueden imaginarlo como víctima. Y a Hitler, claro.




    LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO


    Peter Longerich
    Nació en Krefeld (Alemania) en 1955. Es historiador de la Universidad de Londres y uno de los más relevantes investigadores del Holocausto. Ha colaborado en la lucha contra los neonazis y el negacionismo. Y ha trazado una magistral biografía de Heinrich Himmler (en la imagen), jefe de la Gestapo y las SS, uno de los peores criminales de la Alemania nazi.
    Para elaborar este libro monumental, Longerich ha consultado más material biográfico que ningún otro biógrafo de un nacionalsocialista. Desde el diario íntimo de Himmler hasta su correspondencia con amigos y familiares.
    Así fue como el historiador alemán se adentró como nadie hasta ahora en la psique de una persona con "rasgos
    de carácter anormales".

    * Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de noviembre de 2009

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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