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    domingo, 2 de abril de 2017

    El desafío ético de la globalización Zygmunt Bauman ( DOSSIER)



    Zygmunt Bauman 


    “Globalización” significa que todos dependemos unos de otros. Las distancias importan poco ahora. Lo que suceda en un lugar puede tener consecuencias mundiales. Gracias a los recursos, instrumentos técnicos y conocimientos que hemos adquirido, nuestras acciones abarcan enormes distancias en el espacio y en el tiempo. Por muy limitadas localmente que sean nuestras intenciones, erraríamos si no tuviéramos en cuenta los factores globales, pues pueden decidir el éxito o el fracaso de nuestras acciones. Lo que hacemos (o nos abstenemos de hacer) puede influir en las condiciones de vida (o de muerte) de gente que vive en lugares que nunca visitaremos y de generaciones que no conoceremos jamás.

    Seamos conscientes o no, éstas son las condiciones bajo las que hacemos hoy nuestra historia común. Aunque buena parte (y muy posiblemente toda o casi toda) la historia que se va tejiendo dependa de decisiones humanas, las condiciones bajo las que se toman estas decisiones escapan a nuestro control.

    Una vez derribados la mayoría de los límites que antes confinaban nuestra potencial acción a un territorio que podíamos inspeccionar, supervisar y controlar, hemos dejado de poder protegernos, tanto a nosotros como a los que sufren las consecuencias de nuestras acciones, de esta red mundial de interdependencias.

    No se puede hacer nada para dar marcha atrás a la globalización. Uno puede estar “a favor” o “en contra” de esta nueva interdependencia mundial. Pero sí hay muchas cosas que dependen de nuestro consentimiento o resistencia a la equívoca forma que hasta la fecha ha adoptado la globalización.

    Hace sólo medio siglo, Karl Jaspers podía aún separar limpiamente la “culpa moral” (el remordimiento que sentimos cuando hacemos daño a otros seres humanos, bien por lo que hemos hecho o por lo que hemos dejado de hacer) de la “culpa metafísica” (la culpa que sentimos cuando se hace daño a un ser humano, aunque dicho daño no esté en absoluto relacionado con nuestra acción). Esta distinción ha perdido su sentido con la globalización. La frase de John Donne “no preguntes nunca por quién doblan las campanas; están doblando por ti” representa como nunca la solidaridad de nuestro destino, aunque todavía esté lejos de ser equilibrada por la solidaridad de nuestros sentimientos y acciones.

    Cuando un ser humano sufre indignidad, pobreza o dolor, no podemos tener certeza de nuestra inocencia moral. No podemos declarar que no lo sabíamos, ni estar seguros de que no hay nada que cambiar en nuestra conducta para impedir o por lo menos aliviar la suerte del que sufre. Puede que individualmente seamos impotentes, pero podríamos hacer algo unidos. Y esta unión está hecha de individuos y por los individuos.

    El problema es, como alegaba Hans Jonas, otro gran filósofo del siglo XX, que, aunque el espacio y el tiempo ya no establezcan límites a las consecuencias de nuestras acciones, nuestra imaginación moral no ha ido mucho más allá del ámbito que tenía en los tiempos de Adán y Eva. Las responsabilidades que estamos dispuestos a asumir no se han aventurado tan lejos como la influencia que nuestra conducta diaria ejerce sobre las vidas de personas cada vez más lejanas.

    El “proceso de globalización” significa que esa red de dependencias llega a los más remotos recovecos del planeta, pero poco más (por lo menos hasta ahora). Sería muy prematuro hablar de una sociedad global o de una cultura global, y más aún de una política o un derecho globales. ¿Está surgiendo un sistema social global en ese extremo último del proceso de globalización? Si tal sistema existe, no se parece a los sistemas sociales que solemos considerar normativos. Solíamos pensar en los sistemas sociales como una totalidad que coordinaba y adaptaba todos los aspectos de la existencia humana a través de mecanismos económicos, poder político y patrones culturales. Hoy día, sin embargo, aquello que se solía coordinar al mismo nivel y dentro de una misma totalidad ha sido separado y situado en niveles radicalmente diferentes.

    La globalidad del capital, las finanzas y el comercio (esas fuerzas decisivas para la libertad de elección y la eficacia de las acciones humanas) no se ha emparejado a una escala semejante con los recursos que la humanidad ha desarrollado para controlar las fuerzas que rigen las vidas humanas. Y lo que es más importante, la globalidad no se ha igualado con una escala global semejante de control democrático.

    De hecho podemos decir que el poder ha “volado” de las instituciones desarrolladas a lo largo de la historia que, en los Estados nacionales modernos, solían ejercer un control democrático sobre los usos y abusos del poder. La globalización en su forma actual significa pérdida de poder de los Estados nacionales y (por el momento) ausencia de cualquier sustituto eficaz.

    Ya en otra ocasión, los actores económicos efectuaron una desaparición a lo Houdini semejante a ésta, aunque, evidentemente, a una escala mucho más modesta que la que se ha efectuado en nuestra era de la globalización. Max Weber, uno de los analistas más agudos de la lógica de la historia moderna (o de la falta de ella), observó que lo que marcaba el nacimiento del nuevo capitalismo era la separación de la actividad económica de lo doméstico (donde lo “doméstico” significaba la densa red de derechos y obligaciones mutuas mantenidos por las comunidades rurales y urbanas, por las parroquias o los gremios de artesanos, en las que familias y vecinos habían estado estrechamente envueltos). Con esta separación (mejor llamarla “secesión” en honor de la antigua alegoría de Menenio Agripa), el mundo de los negocios se aventuró por una auténtica tierra fronteriza, una tierra de nadie libre de problemas morales y restricciones legales y pronta a ser subordinada al código de conducta propio de la empresa.

    Como ya sabemos, esta extraterritorialidad sin precedentes de la actividad económica condujo en su momento a un espectacular avance de la capacidad industrial y al acrecimiento de la riqueza. También sabemos que, durante casi la totalidad del siglo XIX, esa misma extraterritorialidad redundó en mucha miseria humana, en pobreza y en una casi inconcebible polarización de las oportunidades y niveles de vida de la humanidad.

    Por último, también sabemos que los Estados modernos entonces emergentes reclamaron esa tierra de nadie que el mundo de los negocios consideraba de su exclusiva propiedad. Los organismos que establecen las normas del comportamiento de los Estados invadieron aquel espacio hasta que, no sin vencer una resistencia feroz, se lo anexionaron y colonizaron, llenando así el vacío ético y mitigando sus consecuencias más desagradables para la vida de sus súbditos o ciudadanos.

    La globalización se puede considerar como la “segunda secesión”. Una vez más, el mundo económico se ha escapado del confinamiento doméstico, aunque esta vez el hogar que se ha abandonado es el moderno “hogar imaginario”, circunscrito y protegido por los poderes económicos, militares y culturales del Estado nacional, a los que se suma la soberanía política. De nuevo, el ámbito económico ha conseguido un “territorio extraterritorial”, un espacio propio por el que pueden andar, tumbando con toda libertad los pequeños obstáculos levantados por las débiles potencias de lo local y tratando de sortear los obstáculos construidos por los fuertes, y donde pueden perseguir sus fines pasando por alto o dando de lado el resto de los fines, a los que consideran irrelevantes económicamente y por tanto ilegítimos. Y una vez más observamos unos efectos sociales semejantes a aquellos que, en tiempos de la primera secesión, tropezaron con la repulsa social, sólo que esta vez a una escala inmensamente mayor, global (como la segunda secesión en sí).

    Hace casi dos siglos, en plena primera secesión, Karl Marx acusó de “utópicos” a aquellos que abogaban por una sociedad mejor, más equitativa y justa y que tenían la esperanza de lograrlo deteniendo en seco el avance del capitalismo y volviendo al punto de partida, al mundo pre-moderno del ámbito doméstico y los talleres familiares.

    No había vuelta atrás, insistía Marx; y, al menos en ese punto, la historia le dio la razón. Cualquier tipo de justicia y de equidad susceptible de arraigar hoy día tiene que partir del punto en que unas transformaciones irreversibles han llevado ya a la condición humana.

    Una vuelta atrás de la globalización de la dependencia humana, del alcance global de la tecnología y de las actividades económicas es imprevisible con toda seguridad. Respuestas como “pongamos las carretas en círculo” o “volvamos a las tiendas de campaña tribales” (nacionales, comunitarias) no servirán. No se trata de cómo remontar el río de la historia, sino de cómo luchar contra su contaminación y canalizar sus aguas para lograr una distribución más equitativa de los beneficios que comporta.

    Y otro punto que es necesario recordar: sea cual fuere la forma que adopte el control global sobre las fuerzas globales, no puede ser una copia ampliada de las instituciones democráticas desarrolladas en los dos primeros siglos de la historia contemporánea. Dichas instituciones se hicieron a la medida del Estado nacional, que entonces era la 'totalidad social', de mayor tamaño y que más abarcaba y son particularmente poco aptas para ser ampliadas hasta una escala global.

    El Estado nacional no era tampoco una hipérbole de los mecanismos comunitarios sino que, por el contrario, era el producto final de formas radicalmente nuevas de convivencia humana, así como de solidaridad social. Tampoco fue el resultado de una negociación y un consenso logrado tras una dura negociación entre comunidades locales. El Estado nacional, que finalmente proporcionó la tan buscada respuesta a los desafíos de la “primera secesión”, surgió a pesar de los obstinados defensores de las tradiciones comunitarias y mediante la progresiva erosión de las ya escuálidas y menguadas soberanías locales.

    Toda respuesta eficaz a la globalización no puede más que ser global. Y el destino de semejante respuesta global depende de que surja y arraigue un ámbito político global (entendido como algo distinto de “internacional” o, para ser más precisos, interestatal). Es este ámbito político el que hoy brilla por su ausencia.

    Los actuales actores mundiales se niegan abiertamente a establecer dicho ámbito. Sus adversarios visibles, entrenados en el viejo y cada día menos eficaz arte de la diplomacia entre Estados, parecen carecer de la habilidad necesaria y de los recursos indispensables para lograrlo. Se necesitan nuevas fuerzas para establecer y dar vigor a un foro auténticamente mundial adecuado a la era de la globalización, y éstas sólo se harán valer evitando a unos y otros.

    Ésta parece ser la única certeza. El resto depende de nuestra inventiva compartida y de la práctica política del tanteo. Al fin y al cabo, muy pocos pensadores, si es que hubo alguno, fueron capaces de prever en plena primera secesión la forma que adoptaría finalmente la operación encaminada a reparar los daños. De lo que sí estaban seguros era de que una operación de esa clase era la necesidad más imperiosa de su tiempo. Todos estamos en deuda con ellos por esa clarividencia.



    http://elpais.com/diario/2001/07/20/opinion/995580007_850215.html


    Comentario a Zygmunt Bauman: 
    La globalización. Consecuencias humanas

    Por Dara Paula Costas
    Fondo de Cultura Económica, Bs.As, 2005


    Zygmunt Bauman persigue el objetivo de abordar ese generalizado y obtuso concepto denominado globalización. El mismo autor inicia su libro señalando que a pesar de que ciertas prácticas concretas le dieron origen, se transformó en una palabra opaca que en lugar de explicar invisibiliza.
    Por eso se propone trabajar este concepto desde los usos del tiempo y del espacio, que son tan diferenciados como diferenciadores. La estratificación que se produce por la distribución desigual de la mercancía, supone que a pesar de que la libertad de movimiento sea cada vez mayor, no lo es para todos. Es por ello que el autor plantea a modo de hipótesis implícita que la globalización genera efectos desiguales para los globales y los locales. Es decir, en una sociedad donde algunos tienen el acceso al total movimiento, aquellos que no pueden trasladarse quedan en la penuria y degradación social. Se alejan del espacio público y progresivamente van padeciendo la marginación social.
    De este modo el control del espacio y el tiempo, resulta una característica fundamental de las sociedades actuales, ya que el modo en que se comprende a estas variables, influye en el modo en que se estructuran estas últimas. La forma en que se construye el significado de estos constructos lejos de ser pacífico, se impone por la violencia y tiene graves consecuencias para los que no pueden ingresar en las nuevas coordenadas sociales, que son cuestionados por su "vida inmóvil".
    En el primer capítulo, Tiempo y Clase, el autor plantea la diferente relación con la espacialidad que poseen empleadores y empleados. Señala que las empresas son sólo 
    de los inversores, que en tanto operan desde la virtualidad, no están sujetos al espacio local, y por ello se desligan de toda responsabilidad respecto a sus empleados. Mientras que estos últimos gracias a su familia y vivienda se encuentran atados a su localidad. La libertad de movimiento para los primeros está sólo delimitada por la ley, lo que les permite evitar el encuentro con la alteridad. La decisión de cerrar una empresa es mucho más sencilla si los empleadores no tienen la obligación de enfrentarse a las consecuencias sociales de sus acciones. Así es posible que se invierta en un lugar o se cierre otro, con una velocidad mucho mayor, debido a que la distancia entre distintos puntos del globo es cada vez menor.
    En este sentido el autor acuña la expresión "fin de la geografía", indicando que la distancia es un producto social, cuya magnitud varía en función del coste a alcanzar la velocidad necesaria para cubrirla. Los medios de comunicación son cada vez más económicos, por lo que el binomio "cerca-lejos" queda desactualizado para algunos. La acumulación tecnológica tiende a polarizar la conducta humana, entre los que poseen libertad sin obstáculos y los que quedan anclados en lo local.
    Asimismo genera un poder sin territorio, en el sentido en que se encuentra aislado de la localidad, es un poder que circula a través del globo por canales más o menos visibles. Sin embargo, esto no significa que lo territorial desaparezca, sino que por el contrario se lo estructura de un modo mucho más estricto, generando espacios prohibitivos para la inaccesibilidad física de aquellos locales a los que se los priva de toda movilidad.
    En Guerras por el espacio: informe de una carrera, segundo capítulo, aporta una reflexión en torno a la concentración del poder de medición en manos del Estado. Apunta que hasta el medioevo los humanos medían el mundo con sus cuerpos, sin mucha rigurosidad a partir de prácticas locales sin coordinación entre sí. Los Estados comenzaron a reclamar para sí el derecho de controlar el servicio cartográfico, con el objetivo de crear un mundo transparente y legible para el poder administrador y al mismo tiempo privar a los nativos de sus medios de orientación. A partir de este momento histórico, comenzó a reformarse el espacio a partir del mapa, a planificar ciudades desde cero, uniformes y controladas.
    A continuación propone que este clásico panóptico es acompañado por dos nuevos dispositivos, el de las bases de datos informáticas que permiten seleccionar, separar y excluir individuos, de acuerdo a su capacidad para el consumo. Y por el llamado sinóptico, por el que muchos (locales) miran a unos pocos (globales) en sus vidas lujosas a través de los medios de comunicación.
    En su tercer capítulo, Después del Estado nacional ¿qué?, plantea el rol del Estado nacional frente a lo trasnacional que lo erosiona desde distintos ángulos. Previo a la globalización, el mundo era concebido una totalidad abstracta que avanzaba hacia un orden universalizador. En la actualidad las organizaciones supranacionales y la llamada globalización parecen imponer un mundo caótico que aparentemente fluye en una dirección sin ser controlado por nadie. Frente al orden de los modernos, aparece el desorden de los globales.
    Retrocediendo históricamente, recuerda que para imponer el orden, el Estado debió controlar el monopolio de los medios de coerción, separando el poder social de la colectividad. La soberanía conquistada implicaba autosuficiencia en los ámbitos militar, económico y cultural. Ésta entra en una aguda crisis luego del fin de la Guerra Fría. Al mismo tiempo caen las aspiraciones a la igualdad de consumo y aumento de la productividad, bajo la presión especulativa de los mercados. El Estado queda despojado de casi todas sus funciones, pero asume una crucial: "mantener un presupuesto equilibrado" y aceptar las reglas del mercado.
    En relación con lo explicado la globalización genera una fuerte fragmentación política, ya que la soberanía de ayer, hoy es sólo de carácter nominal. Al estar despojados de la facultad de tomar decisiones económicas, los Estados débiles son la contracara del auge de los mercados financieros. En este sentido el autor explica: "Integración y parcelación, globalización y territorialización son procesos recíprocamente complementarios. Más precisamente, son las dos caras de un mismo proceso: el de la redistribución mundial de la soberanía, el poder y la libertad para actuar, detonada (aunque en modo alguno determinada) por el salto cualitativo en la tecnología de la velocidad. " (p.94)
    Para definir este proceso toma el concepto de glocalización de Roland Robertson que incorpora al análisis esta tensión entre lo global y lo local, dando cuenta de la importancia de la libertad para actuar y moverse que es concentrada por algunos, en detrimento de la mayoría que no la posee. Bajo las promesas de la libertad de mercado, se esconde que la movilidad y riqueza de unos tiene como reverso la inmovilidad y miseria de otros. Los medios de comunicación ayudan a que unos y otros conciban sus realidades como escindidas. Así en un mundo donde los ricos no necesitan a los pobres, las riquezas son globales mientras que la pobreza es local y lejana, y sobre todo indiferente.
    En su anteúltimo capítulo, Turistas y vagabundos, subraya la idea de que todos vivimos en movimiento, ya sea físico o virtual. Este movimiento perpetuo, va eliminando la idea de límite o frontera, tanto desde lo espacial como desde el deseo. En este sentido Bauman considera que el deseo por consumir no se agota nunca y que por ello la pobreza ya no es algo a "erradicar" sino que es el síntoma de una sociedad de mercado saludable donde todos padecen el ansia de adquirir. En la sociedad moderna ya no se forman trabajadores, sino consumidores. Y el tiempo juega un rol fundamental, toda necesidad debe ser satisfecha en el momento y debe terminar enseguida, para dar lugar a que aparezca una nueva.
    Sin embargo, como ya se adelantó, el movimiento constante no es lo mismo para "los de arriba" que para "los de abajo". Mientras que los primeros recorren el mundo a voluntad, los segundos son echados del lugar que quisieran ocupar. En este sentido, el autor señala que el acceso a la movilidad global, es el más elevado de los factores de estratificación de la sociedad actual.
    Así, para el primer mundo, el espacio perdió sus cualidades restrictivas, ya que es fácil de atravesar desde lo real y lo virtual y el tiempo es sólo el del presente. Pero para los demás, el espacio real se cierra, quedando sólo la accesibilidad virtual o los 
    medios de comunicación y el tiempo es abundante, innecesario e inútil. A los primeros los denomina turistas, ya que deciden formar parte de ese mundo en movimiento del aquí y ahora, y a los segundos vagabundos que son la otra cara de esa vida, confinada a la marginación.
    Para estos últimos, el desplazamiento, es la única elección soportable y saben que no permanecerán mucho tiempo en algún lugar ya que no son bienvenidos en ninguna parte. Unos y otros son caras de la misma moneda, dice Bauman: "No hay turistas sin vagabundos, y aquellos no pueden desplazarse en libertad sin sujetar a estos..." (p.123)
    En tanto están absolutamente imbricados, comparten el carácter de consumidores en la sociedad moderna, pero los vagabundos lo son en forma defectuosa, ya que si bien son tentados con las mismas vivencias y riquezas no pueden acceder a ellas. Pero a pesar de que parece operar una división polar entre los turistas y vagabundos, el autor advierte que un importante grupo se ubica en el medio de ambos, y que esta categoría siempre corre el riesgo de caer en lo indeseable. Por este motivo se recurre a distintas estrategias de marginación que permiten alejar este fantasma, que puede convertirse en realidad. Y así se explican los crecientes controles migratorios, las leyes de residencia y la política de calles limpias aplicadas en las ciudades del primer mundo.
    El último capítulo del libro, denominado Ley global, órdenes locales, presenta la relación entre las políticas de flexibilización laboral y la criminalización de la pobreza. En primer término señala que la primera implica libertad para aquellos que se ubican del lado de la demanda de la fuerza de trabajo, pero que tiene como reverso la absoluta inestabilidad del lado de los que la ofertan.
    Luego repasa la función tradicional que se le asignaba a la institución correccional, en tanto formadora de trabajadores disciplinados, para contraponerla con la situación actual donde la misma se ve modificada. En tanto no existen puestos de trabajo, listos para ser ocupados, la prisión se presenta como una alternativa al empleo, que permite neutralizar o deshacerse de una parte importante de la población a la que no necesita como productora. En lugar de disciplinar, deshace los hábitos de trabajo y condena a los castigados a la inmovilidad característica de la marginación.
    También aborda, la selectividad penal, que comienza desde la legislación donde delitos son vistos como "libre comercio", "reducción del personal" o "racionalización". Además, sostiene que los delitos en la cima, no son castigados, debido a la dificultad de separar lo lícito de lo ilícito y a la amplia red de lealtades que los mantienen ocultos. Estos motivos hacen que el crimen quede solamente identificado con la clase baja, lo que provoca que el rechazo a la misma circunscriba a las localidades como si fueran campos de concentración, y éstas mismas al percibir el rechazo se transformen en fortalezas. De este modo, si bien comparten la sociedad de consumo, la brecha de la desigualdad entre los globales y los locales continúa acrecentándose día a día.

    http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2468-99632015000100013

    Zygmunt Bauman

    Conciencia moral de la globalización

    Los que tuvimos la fortuna de conocer a Bauman no podemos deslindar su teoría del personaje inquisitivo e irónico


    Los que tuvimos la fortuna de conocer a Zygmunt Bauman no podemos deslindar su teoría del personaje inquisitivo e irónico que siempre nos sorprendía con un nuevo giro en su evaluación de este curioso mundo de la globalización. Pasará a la historia intelectual como el teórico de la modernidad líquida, esa forma de organización social en la que nada permanece, en la que todo es fugaz, incompleto, indefinido, donde, en efecto, todo lo sólido se desvanece en el aire. Detrás de su evaluación hay, sin embargo, una preocupación profunda por la pérdida de la dimensión de ética pública. Hoy habríamos abandonado ya el sentido de misión colectiva asociado a la modernidad clásica. El poder ya no está en manos de la política, ha emigrado a otras instancias libres de todo control democrático. Los derechos económicos están fuera del alcance del Estado; los derechos políticos se han reducido al pensamiento único de los mercados desregulados del neoliberalismo; y los derechos sociales son reemplazados por el deber individual de velar por nosotros mismos.
    El resultado es una situación de “vulnerabilidad mutuamente asegurada”. De ahí también su última insistencia en trazar los contornos de la nueva geografía del mal, eso que él denominaba la adiaforización, la neutralización y banalización de lo éticamente incorrecto. El mal ya no reside solo en las guerras o en las ideologías totalitarias; se arraiga también en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, como en la cuestión de los refugiados, o en las “orgías verbales de odio anónimo, cloacas virtuales de defecación en los otros y los incomparables despliegues de insensibilidad” que encontramos en Internet.
    Como Thomas Hobbes o Norberto Bobbio, es de los pensadores que culminaron su obra en la senectud. A partir de los ochenta años entró en una sorprendente productividad y en un incesante activismo intelectual. No había semestre en el que no publicara algún libro, que no diera alguna entrevista. Por eso su ausencia va a ser tan dolorosa.
    Hemos perdido al guía, al viejo y sabio maestro que siempre supo arrojarnos algo de luz en tiempos de oscuridad, en uno de los momentos de mayor desconcierto teórico.

    http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/09/actualidad/1483990292_868235.html
    Zygmunt Bauman y la globalización:
    A los 91 años muere el padre de la "modernidad líquida"

    Zygmunt Bauman y la globalización: 

    "Es una costumbre humana culpar y castigar a los mensajeros por el odioso contenido del mensaje que transmiten"


    El filósofo polaco, uno de los intelectuales clave del siglo XX, quien falleció este lunes en la ciudad inglesa Leeds, a través de su análisis "mensajeros de la globalización" reflexionó sobre la llegada de refugiados a Europa y el distanciamiento humano que se genera frente a la oleada de inmigrantes, advertida como “presagios de malas noticias”.

    El pensador polaco, una de las voces más críticas contra "el capitalismo salvaje" y la situación de "desigualdad" que ha generado, falleció este lunes a los 91 años en la ciudad inglesa donde residía hace años, Leeds.
    El creador del concepto de la "modernidad líquida", en 2015, a través del texto "Mensajeros de la globalización" realizó un crudo análisis sobre la deshumanización que genera la globalización frente a oleadas de inmigrantes que llegan y "sacan a la luz la realidad de la (¿incurable?) fragilidad de nuestro confort".
    A raíz del desastre ocurrido en octubre de 2013 en las costas de Lampedusa, Italia, Bauman aseguró que la Unión Europea ha repetido su reacción frente a los brotes de inmigrantes y añadió que "la explosión de sentimientos fraternales desatada por la fotografía del cadáver de Aylan Kurdi ha sido breve, las fronteras de Europa están volviendo a fortificarse frente a los otros indeseados y las condiciones para entrar son cada día más estrictas".
    Al mismo tiempo, el filósofo explica que "las expresiones de solidaridad con los seres humanos que viven esta tragedia inhumana han quedado relegadas otra vez a los márgenes, de forma que el proscenio político queda a merced de los alarmistas, y el escenario público, en manos de la insensibilidad moral y la indiferencia. El debate político vuelve a recurrir al catálogo de argumentos más manidos, una mezcla de miedos económicos y de seguridad".
    "El hecho de que no podemos dejar de darnos cuenta de que la aparición masiva y repentina de desconocidos que llaman a nuestra puerta es un fenómeno que ni hemos provocado nosotros ni podemos controlar. No es extraño que, para muchos, las sucesivas oleadas de inmigrantes sean (parafraseando a Bertolt Brecht) 'presagios de malas noticias'”, analizó.
    El polaco indicó que estos "mensajeros" que llegan de sorpresa a "nuestra tierra", solo "nos recuerdan sin cesar lo que nos encantaría olvidar o, mejor aún, hacer desaparecer: unas fuerzas globales, distantes, que a veces se oyen, pero son intangibles, ocultas y misteriosas, y con la capacidad de inmiscuirse en nuestras vidas al mismo tiempo que desprecian e ignoran nuestras preferencias", y que "la verdadera culpa imperdonable de las víctimas colaterales de esas fuerzas, una vez que se han convertido en nómadas sin hogar, es que sacan a la luz la realidad de la (¿incurable?) fragilidad de nuestro confort y la seguridad de nuestro lugar en el mundo".
    "Estos nómadas, que lo son no de forma voluntaria, sino por el veredicto de un destino despiadado, nos recuerdan de manera irritante la vulnerabilidad de nuestra posición y la fragilidad de nuestro bienestar. Es una costumbre humana, demasiado humana, culpar y castigar a los mensajeros por el odioso contenido del mensaje que transmiten, en lugar de responsabilizar a las fuerzas mundiales incomprensibles, inescrutables, aterradoras y lógicamente resentidas que sospechamos que son las culpables del angustioso y humillante sentimiento de incertidumbre existencial que nos arrebata la confianza y causa estragos en nuestros planes de vida".
    Para el ensayista, "el conflicto es llamar a una puerta completamente cerrada y pedir o exigir que se abra la mirilla y se examine con detalle al intruso. Los que están detrás de la puerta a la que es posible que llamen pueden reaccionar por adelantado instalando cerraduras más sólidas y rodeando la casa de cámaras de seguridad".
    Blauman quiso citar al sociólogo y filósofo alemán, Georg Simmel, en su escrito, para señalar que "hasta que nos enfrentamos a él, el desconocido sigue siendo extraño, extraño de pies a cabeza, incomunicado por naturaleza y de aquí a la eternidad".
    El padre de la modernidad líquida, que culpa a la globalización de este fenómeno deshumanizado, advierte que "aunque no podemos hacer nada para controlar las asombrosas fuerzas de la globalización, escurridizas y lejanas, al menos podemos desviar el enfado que nos producen y descargarlo, por persona interpuesta, sobre sus consecuencias, que están cerca y a nuestro alcance", y afirmó que "nos llaman a separar en vez de unir y, de esa forma, ayudar a las fuerzas globales descontroladas en el despliegue de su estrategia de divide y vencerás, la causa principal de esta catástrofe. Por muy costoso que sea ofrecer solidaridad a las víctimas deliberadas y colaterales de esas fuerzas, por muy dolorosos que puedan ser los sacrificios personales que se nos exigen ahora, esa es, a largo plazo, la única respuesta con posibilidades realistas de prevenir otros desastres humanos y el empeoramiento del actual".


    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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