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    domingo, 9 de abril de 2017

    Contra el populismo, inclusión social : Jürgen Habermas diagnostica un nuevo desorden mundial

    Jürgen Habermas diagnostica un nuevo desorden mundial y la impotencia de EE.UU. y Europa frente al terrorismo.
    Después de que –a partir de 1989– se hablara de un “fin de la historia” en la democracia y en la economía de mercado, hoy vemos un fenómeno nuevo: el surgimiento –desde Putin y Erdogan hasta Donald Trump– de formas de liderazgo populistas y autoritarias. Ahora es evidente que una nueva “internacional autoritaria” logra determinar cada vez más el discurso público.
    –¿Tenía razón entonces su coetáneo Ralf Dahrendorf cuando preveía un siglo XXI bajo el signo del autoritarismo? ¿Se puede o se debe hablar ya de un giro de los tiempos?
    –Después del giro que se produjo hacia el 89-90, Fukuyama retomó el eslogan de la “post-historia” –que originalmente estaba ligado a un conservadorismo feroz. Esta interpretación suya del concepto daba expresión al triunfalismo miope de las élites occidentales que se basaban en la fe liberal en la armonía preestablecida entre democracia y economía de mercado. Estos dos elementos plasman la dinámica de la modernización social, pero están conectados con imperativos funcionales que continuamente tienden a entrar en conflicto. Sólo gracias a un Estado democrático digno de este nombre ha sido posible conseguir un equilibrio entre crecimiento capitalista y participación de la población en el crecimiento medio de economías muy productivas; participación esta que era aceptada, aunque solo en parte, en cuanto fuese socialmente equitativa. Históricamente, sin embargo, esta ecuanimidad, que sólo puede merecer el nombre de “democracia capitalista”, ha sido más la excepción que la regla. Ya por esto solo se entiende que la idea de que el “sueño americano” pudiera consolidarse a escala global no es más que una ilusión. Hoy son motivo de preocupación el nuevo desorden mundial y la impotencia de EE.UU. y Europa frente a los conflictos internacionales, y nos destrozan los nervios la catástrofe humanitaria en Siria o en Sudán del Sur y los actos terroristas de matriz islamista. Pero en cualquier caso, no alcanzo a distinguir una única tendencia directa hacia un nuevo autoritarismo: solo diversas causas estructurales y muchas casualidades. El elemento unificador es el nacionalismo, que entre tanto también tenemos en casa. Tampoco antes de Putin y Erdogan, Rusia y Turquía eran ciertamente “democracias impecables”. Con una política occidental solo un poco más astuta quizá hubiésemos podido establecer relaciones diferentes con estos países: quizá hubiéramos logrado también reforzar las fuerzas liberales presentes en la población de esos países.
    –¿No se sobrevaloran así retrospectivamente las posibilidades que había en manos de Occidente?
    –Claramente, para Occidente –solo a causa de sus intereses divergentes– no era fácil confrontar, de un modo racional y en el momento oportuno, con las pretensiones geopolíticas de la degradada superpotencia rusa o con las expectativas de política europea del irascible gobierno turco. Muy distinta es en cambio la situación en lo que se refiere al ególatra de Trump, un caso significativo para Occidente íntegro. Con su siniestra campaña electoral Trump llevó a consecuencias extremas una polarización que los republicanos, por abandono y de manera cada vez más descarada, han alimentado desde los 90; pero lo hizo de forma tal de que parezca como que este mismo movimiento finalmente se le escapaba de las manos al Grand Old Party, que no obstante sigue siendo siempre el partido conservador de Abraham Lincoln. Esta movilización del resentimiento también expresó las tensiones sociales que atraviesan a una superpotencia política y económicamente en declive. Lo que encuentro inquietante, entonces, no es tanto el nuevo modelo de una internacional autoritaria, a la que se aludía en la pregunta, como la desestabilización política en todos nuestros países occidentales. Al evaluar el paso atrás de Estados Unidos en el rol de gendarme global siempre dispuesto a intervenir no debemos perder de vista cuál es el contexto estructural en el cual eso se produce, contexto que comprende también a Europa. La globalización económica, puesta en marcha en los 70 por Washington con su agenda política neoliberal, arrojó como consecuencia un declive relativo de Occidente a escala global respecto de China y otros países Bric en ascenso. Nuestras sociedades deben desarrollar la percepción de este declive global y junto con eso la complejidad cada vez más explosiva de nuestra vida cotidiana, conectada con el desarrollo tecnológico. Las reacciones nacionalistas se fortalecen en los estratos sociales que no obtienen ningún beneficio –o que no los obtienen suficientemente– del aumento del bienestar medio de nuestras economías.
    –¿Estamos presenciando una especie de irracionalización política de Occidente? Hay una parte de la izquierda ahora que se pronuncia a favor de un populismo de izquierda como reacción al populismo de derecha.
    –Antes de actuar de manera puramente táctica hay que resolver un enigma: ¿cómo ha sido posible llegar a una situación en la cual el populismo de derecha priva a la izquierda de sus temas propios?
    –¿Cuál debería ser la respuesta de la izquierda al desafío de la derecha?
    –Hay que preguntarse por qué los partidos de izquierda no quieren asumir la dirección de una lucha decidida contra la desigualdad, que impulse formas de coordinación internacional capaces de domar los mercados no regulados. En mi opinión, ciertamente, la única alternativa razonable tanto al status quo del capitalismo financiero salvaje como al programa de recuperación de una presunta soberanía del estado nacional, que en realidad está desgastada ya de hace rato, es una cooperación supranacional capaz de dar una forma socialmente aceptable a la globalización económica. En una época la Unión Europea intentaba eso; la unión política europea podría entonces hacerlo.
    –Hoy, sin embargo, parece peor incluso que el populismo de derecha en sí ser el “peligro de contagio” del populismo dentro del sistema de los partidos tradicionales, en toda Europa.
    –El error de los viejos partidos consiste en admitir el frente que define el populismo de derecha: o sea “Nosotros” contra el sistema. Solo una marginalización temática podría desviar el agua al molino del populismo de derecha. Por lo tanto, se debería hacer reconocibles las oposiciones políticas, además de la contraposición entre el cosmopolitismo de izquierda –“liberal” en sentido cultural y político– y la peste etnonacionalista de la crítica de derecha a la globalización. La polarización política debería cristalizarse de nuevo entre los viejos partidos en torno a oposiciones reales. ¿Los partidos que le prestan atención al populismo de derecha, en lugar de despreciarlo, no pueden esperar que la sociedad civil sea quien prohíba los eslóganes y la violencia de la derecha?
    Entrevista publicada por Blätter für deutsche und internationale Politik. Las preguntas fueron elaboradas por la redacción de MicroMega.Traducción del alemán al italiano: Giorgio Fazio; del italiano: Román García Azcárate.
    https://www.revistaenie.clarin.com/revista-n/ideas/populismo-inclusion-social_0_SJxWgdSTe.html

    La tercera ola neocon llegó a la Casa Blanca

    La primera ola fue la de Ronald Reagan y Irving Kristol; la segunda, de George W. Bush, D. Rumsfeld y Condoleeza Rice.
    La tercera ola neocon llegó a la Casa Blanca
    Segunda ola neoconservadora. George W. Bush, Donald Rumsfeld y Condoleeza Rice. AP.
    Fabian Bosoer
    El nacionalismo populista que llegó al gobierno de los EE.UU en 2017 deroga el consenso liberal-conservador que modeló la política estadounidense de los últimos setenta años. Lo verdaderamente sorprendente es que se haya soslayado esa tradición profundamente antiliberal que hunde sus raíces en la historia estadounidense y tuvo distintas expresiones en cada etapa. Como lo sintetizaron John Michlethwait y Adrian Wooldridge, editores de The Economist, en un libro sobre el tema, “Estados Unidos siempre ha sido un país conservador, macerado en religión, amor por los negocios y hostilidad hacia el Estado”.
    Puede decirse, en tal sentido, que el “trumpismo” representa una tercera ola neoconservadora, de ruptura con el conservadorismo tradicional y de confrontación en todos los planos con las bases de la cultura política liberal. La primera ola “neocon” llega al poder en los años 80 con el presidente Ronald Reagan. Representa a una corriente de intelectuales y publicistas que salen al debate público en los años 60 y 70, confrontando con las ideas progresistas y pacifistas durante la Guerra de Vietnam y el movimiento de derechos civiles. Eran profundamente anticomunistas en lo político y ultraliberales en lo económico. Irving Kristol, uno de sus ideólogos, los define como “una corriente de pensamiento que ha emergido fuera del mundo académico e intelectual, provocada por la desilusión ante el liberalismo contemporáneo. Su relación con la comunidad de los negocios –fuente tradicional del conservadorismo norteamericano– es libre e inquieta, aunque no sea necesariamente conflictiva”.
    La segunda ola neocon se gesta durante los años 90, durante la era Clinton, llega a la Casa Blanca con George W. Bush de la mano de Donald Rumsfeld y Condoleeza Rice y tiene su momento de apogeo tras los atentados del 11-S de 2001, en la dirección planteada por el Project for a New American Century (PNAC), un think tank que adopta desde la derecha las pretensiones internacionalistas de remodelar el mapa del mundo según los valores e intereses de los Estados Unidos.
    La tercera ola neocon surge como reacción a la era Obama, frente al multiculturalismo y la globalización, y se gesta desde movimientos y corrientes de opinión ultraconservadoras y localistas como el Tea Party, para encontrar en el magnate inmobiliario y conductor televisivo Donald Trump un vocero de sus ideas en la propuesta de “restaurar la grandeza de los EE.UU” y “llevar nuevamente al pueblo al poder¨. Como los neocons de Reagan, Trump tiene sus publicistas e ideólogos, liderados por Steve Bannon, un excéntrico personaje surgido del mundo de las finanzas y los medios de comunicación. Así como los de la “segunda ola” (Bush hijo) seguían el semanario The Weekly Standard, los actuales tienen como órgano de difusión el portal Breitbart, un instrumento de guerrilla informativa contra los grandes medios, que acoge lo que se da en llamar la “derecha alternativa”, incluyendo expresiones abiertamente racistas y combinando sensacionalismo y populismo.
    Los Neocons 3.0 rompen con el internacionalismo de sus predecesores y adoptan una posición nacionalista y proteccionista, aunque como aquellos, estos también plantean una política exterior más agresiva apoyada en la fuerza militar. El anticomunismo de los conservadores tradicionales se reviste aquí de antiislamismo y el rechazo a los valores culturales y políticos del liberalismo se extiende a las ideas económicas de apertura y librecambio. Aunque recogen, al mismo tiempo, algunos tópicos del anarco-liberalismo antiestatista –los llamados “libertarios”, seguidores de las ideas de Ayn Rand, la mítica autora de La rebelión de Atlas–.
    Otra diferencia importante es su talante antiintelectual. Los viejos neocons eran marcadamente elitistas y se sentían herederos de un linaje aristocrático desde el cual observaban con recelo el avance de la cultura de masas. Los actuales se proponen una nueva revuelta de las masas contra las élites liberales, tal como lo planteaban los movimientos fascistas en sus orígenes, en los años 20 y 30 del siglo pasado. Si los de la primera ola fueron un producto de la Guerra Fría y los de la segunda ola lo fueron de la Pos-Guerra Fría, los neocons de la tercera ola surgen de la posglobalización y la posverdad. Rompen con sus antecesores inmediatos y por eso apelan a referencias históricas e iconografías más lejanas: Theodore Roosevelt y el “Gran Garrote” o Andrew Jackson, el primer presidente populista, en el siglo XIX, cuyo retrato fue colocado en la Oficina Oval detrás del escritorio en el que firma sus decretos. Teniendo como fondo unas nuevas y relucientes cortinas doradas, su personal signo, el rostro del séptimo presidente de los Estados Unidos (1829-1837) contempla al nuevo presidente y este se sabe mirado por aquel. En la genealogía presidencial, Jackson fue el primer presidente no vinculado con el momento fundacional de los Estados Unidos. De Washington a Adams, todos habían estado relacionados con la Revolución y el congreso constituyente de Filadelfia. Su distancia con los patricios le permitió hablar del “hombre común” frente a las élites políticas, buscar la elección presidencial directa y organizar la administración en torno a él mismo. Vetó diversas leyes y se opuso al status quo de su tiempo. Las puestas en escena tienen aquí también su simbología ideológica.
    Fabián Bosoer es politólogo y periodista. Editor Jefe Opinión, diario Clarín

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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