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    viernes, 24 de febrero de 2017

    La tortuosa vida de un genio, Lawrence Durrell

    Lawrence Durrell, ¿por qué volver al autor de ‘El cuarteto de Alejandría’



    Pedro García Cueto -

    Volver a Durrell, como si la memoria aún navegase por las aguas del Mar Muerto, por el mundo abigarrado de calles donde los viandantes muestran los encantos de la ciudad de Alejandría, volver a los lugares amados por Justine, Baltazhar, Melissa o Nessim. La mirada de cada uno de ellos aún hiere en la retina nostálgica de aquellos que leímos con voracidad El cuarteto de Alejandría.

    Los hermanos Durrell, Lawrence y Gerald, escritores que impregnaron al lenguaje de la luz de la imaginación, si el primero dejó su huella sobre los rostros tortuosos de seres heridos para siempre por el amor, el segundo nos dejó novelas y cuentos para niños, envueltos siempre en la inmensa humanidad de un hombre insólito.

    Lawrence Durrell nació en la India el 27 de febrero de 1912. Hijo de colonos británicos, a los once años le enviaron a la escuela en Inglaterra. Pero allí no fue feliz. Nunca se implicó en la educación formal, ya que fracasó en sus exámenes de ingreso a la Universidad, pero ya latía en él el romántico que quería transmitir las ensoñaciones que sentía, el hombre que imaginaba la pasión del viaje como algo único en el proceso vital. Durrell había empezado a escribir poesía a los quince años. Su primera colección, Quaint Fragments, se publicó en 1931.

    El 22 de enero de 1935 se casó con Nancy Isobel Myers, la primera de sus cuatro esposas. En marzo de ese año, Durrell, Nancy, su madre y sus hermanos se trasladaron a la isla griega de Corfú. La novela Pied Piper of Lovers fue su primera incursión en el género narrativo en ese año. Comenzó su amistad con Henry Miller, ya que el escritor admiraba a Miller y le escribió tras leer admirado su Trópico de Cáncer.

    En agosto de 1937 él y Nancy viajaron a la Villa Seurat en París, para conocer a Miller y a Anais Nin. La relación fue buena, porque ambos entendían la vida como aventura, como un deseo de exprimir el tiempo, conscientes de la vacuidad de todo ser humano, envuelto en las sombras permanentes de la muerte. Como un antídoto ante tanta pesadumbre vital, las novelas de ambos planean como un canto a la vida total.

    El libro azul, su siguiente obra, tuvo gran éxito. Lo escribió en París en 1938. Ya abunda en él el juego de palabras, lo grotesco, porque solo a través de la imaginación y la distorsión del lenguaje se puede vencer al paso invisible del tiempo, la literatura como luz en las sombras de la vida.

    Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial su madre y sus hermanos regresaron a Inglaterra, mientras él permaneció en Corfú. Después de la caída de Grecia, el escritor escapó, a través de Creta, a Alejandría, donde escribió sobre Corfú y su vida en la estupenda novela Prospero´s Cell.

    Pero Durrell era un hombre de la aventura, del riesgo, no le gustaba vivir como un burgués. Fue agregado de prensa en las embajadas británicas, primero en El Cairo y luego en Alejandría. Después de la guerra desempeñó cargos diplomáticos y docentes. Fue en Alejandría donde conoció a Eve (Yvette) Cohen, que se convirtió en modelo para una de las novelas del Cuarteto: Justine.

    Durrell se separó de Nancy en 1942. Unos años después, en 1947, se casó con Yolanda Vega y en 1951 tuvieron una hija, Sappho Jane, que recibió ese nombre como homenaje a la genial poeta griega Safo de Lesbos.

    En 1947 fue nombrado director del British Council en Córdoba (Argentina) donde durante los siguientes dieciocho meses impartió clases sobre asuntos culturales. Regresó a Londres en el verano de 1948, y de allí se trasladó a Belgrado de nuevo con un cargo cultural, ya que Tito había roto relaciones con el Kominform de Stalin. Permaneció allí hasta 1952. En ese año se trasladó a Chipre, donde compró una casa y se dedicó a enseñar literatura inglesa en el Pancyprian Gymnasium para poder subsistir mientras escribía.

    Las novelas que conforman El cuarteto de Alejandría las escribió entre 1957 y 1960: Justine (1957) –primera novela de la tetralogía–, Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960). Su propia experiencia queda reflejada en sus cuatro novelas, sus años en Alejandría están impregnaron profundamente su memoria, el olor de sus calles, la belleza de un paisaje que deja imágenes imborrables en las cuatro incursiones del Cuarteto.

    Quiso repetir el éxito de con El Quinteto de Avignon, pero no lo consiguió. Su estilo sigue siendo preciosista y detallado, pero los personajes no calan en nuestra imaginación, no prenden en nuestro inconsciente como los del Cuarteto, no pasean con nosotros, como espíritus llenos de luz que nos alumbran en el camino de la vida como los que surgieron, de forma magistral, en sus novelas de Alejandría.

    Murió a causa de una apoplejía en 1990 dejando una obra sólida y hermosa, donde conviven novelas con poemas, pero también con relatos de viajes. Durrell era un enamorado del paisaje, un hombre que, lejos del turista, supo entender la verdadera armonía del viajero, del ser que recorre el mundo sin pertenecer a ninguna parte, aunque en cada lugar atesora amores e impresiones, como los de su inolvidable Cuarteto, una forma de narrar que conjuga, con lucidez, la profundidad y el preciosismo descriptivo.

    El Durrell de El cuarteto de Alejandría describe las intimidades de unos personajes que se adentran en nosotros, seres que llevan el orgullo y la dignidad de una vida sufrida y hermosa a la vez, hombres y mujeres que se encuentran y se desencuentran en la selva de Alejandría. La ciudad es retratada con una excelente prosa, desde el primer libro, Justine:

    “Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego del pueblo parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir a Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la dulce anarquía del cuerpo, porque ha ido más allá del cuerpo. Nessim dijo una vez, recuerdo –y creo que lo había leído en alguna parte–, que Alejandría es el más grande lagar de amor; escapan de él los enfermos, los solitarios, los profesores, es decir, todos los que han sido profundamente heridos en su sexo” (p. 12).

    El autor comprime la visión de la ciudad, su sensualidad latente, pero también la tristeza de todo deseo, el reverso del placer, hecho dolor para siempre. La ciudad donde los hombres y mujeres venden el placer para dejar en lo hondo de los cuerpos una herida incurable.

    Justine es la mujer deseada, la que engloba el placer y la lujuria, un ser inteligente que se posa sobre los seres como una araña para dejar su veneno. La visión de Darley, personaje y narrador de la historia, es demoledora, habla de Justine, de su arrogancia:

    “¿Quién puede pretender que Justine no tenía su lado estúpido? El culto del placer, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella, la arrogancia” (p. 25).

    La intimidad con Darley era un cimiento de intelectualidad extraña, una forma de leer el pensamiento de un ser acomodado a ella, para alabar su vanidad. Pero el amor de Cohen, otro de los personajes, es una entrega a Melissa, una mujer frágil y hermosa, donde el hombre encuentra el afecto que la frialdad de Justine no ofrece. Darley lo describe así:

    “Melissa y él derivaban, abrazados, por las aguas sanguinolentas y poco profundas del Mareotis, hacia las miserables chozas de barro situadas en el antiguo emplazamiento de Rhakotis” (p. 117).

    Hombres y mujeres eslabonados por una clandestinidad amorosa, por una complicidad intelectual, que les obligaba a aguzar los pensamientos, por unos silencios que la ciudad amada contemplaba mientras el placer de otros cuerpos, en otros lugares, rompía como un eco la calma de ese espacio de mudez contemplativa.

    Pero Darley también ama a Melissa, siente el poso de su piel impregnando la suya. Es, sin duda, uno de los personajes más importantes del Cuarteto, una mujer que deja marca, que se ahonda en los ojos del que la mira, sin que Justine deje de fascinarnos, porque también vive en el corazón de Durrel. Melissa se va y deja a Darley con el vacío de su ausencia en un ambiente presidido por la colonización, por los fantasmas británicos, lo que es testimonio de una vida exprimida hasta el tuétano, la del escritor nacido en la India:

    “Policías en la sombra. De pie contra una pared maloliente, me despido de ella con un beso. Se va por una semana, pero medio dormido, lleno de pánico, se me ocurre que no volverá jamás. Su beso suave y resuelto, sus ojos brillantes, me llenan de vacío. En el oscuro andén se oyen golpes de culata de fusil y el castañeteo del bengalí: un destacamento de tropas indias en tránsito a El Cairo” (p. 110).

    Pero las páginas de la novela encuentran su espejo en la que escribió Arnauti, un escritor que cuenta su historia amorosa con Justine, y que nos enciende el misterio de la novela dentro de la novela, como si renaciese de las cenizas el espíritu cervantino, donde las historias se intercalan, en una ficción interminable.

    Lawrence Durrell conoce las entretelas de la ficción y empuja a los personajes a vivir el amor y la derrota más inexorables, siempre con el escenario de Alejandría detrás. Nessim, Pursewarden, seres que van y vienen en el Cuarteto, todos ellos testigos y actores del drama de esta historia de amor en Alejandría. Pursewarden representa la inteligencia, el cinismo (en la película de Cukor sobre la novela tuvo el rostro de Dirk Bogarde, un actor de gran magnetismo; a Justine la encarnaba Anouk Aimée, otra actriz de belleza fascinante y misteriosa). Nessim es la fuerza, el ser que toca a Justine y la colma de su masculinidad, el hombre que dibuja con las manos el cuerpo de la mujer fría, la gran araña de este libro inmortal.

    Justine es el enigma, la mujer por descubrir. Darley lo sabe. Las otras mujeres se destapan, lloran, ríen, pero Justine maneja su cuerpo con la evanescencia de una diosa, una mujer no mancillada por la culpa de su propia sexualidad.

    En Balthazar, otra de las novelas de la tetralogía, Pursewarden, denota su condición de demiurgo de la historia:

    “Vivimos –escribe Pursewarden– vidas que se basan en una selección de hechos imaginarios. Nuestra visión de la realidad está condicionada por nuestra posición en el espacio y en el tiempo, no por nuestra personalidad, como nos complacemos en creer. Por eso toda interpretación de la realidad se funda en una posición única. Dos pasos al este o al oeste, y todo el cuadro cambia” (p. 15).

    Balthazar, el médico, es el testigo del amor entre Melissa y Darley, entre Nessim y Justine. Y Clea, otro de los personajes clave, la pintora, es la mujer artista, llena de sensualidad, un ser herido por la vida, presa de su vulnerabilidad hacia un paisaje hermoso pero hostil como el de Alejandría.

    Justine y Clea. Un encuentro en un mundo lleno de sensualidad. La pintora que quiere desentrañar el enigma de la mujer fascinante y fascinada por la ciudad y por la vida, pero hermética, de belleza de difícil descripción:

    “Clea, que solo la conocía de oídas, pasó por la larga galería un día en que Justine posaba, y sorprendida por la oscura belleza alejandrina de su rostro, la contrató para hacerle un retrato” (p. 56).

    Frases de Durrell que se graban en nuestra alma. Como cuando dice que somos autores de nuestro propio infortunio y en él imprimimos nuestras propias huellas dactilares, referidas al caso de Clea, mujer hipersensible, lastimada por la existencia.

    Y en Clea, otra de las novelas, que, junto a Mountolive, dejan en nuestro corazón el poso de sus personajes, nos inundan con la hondura de una historia que Durrel ha imaginado con el afán de perdurar, de inmortalizar a figuras más reales que muchos de los que hemos conocido en nuestra vida. Eso dice acerca de la pintora, un retrato que no se borra:

    “Clea estaba ahora totalmente blanda, lánguida y abandonada, con el largo pelo flotante extendido como una cola. Las olas se rizaban en torno a su cuerpo, lo atravesaban como una juguetona corriente eléctrica. Reinaba una calma absoluta” (p. 294).

    Lawrence Durrell exprimió cada instante de su vida. Por eso pudo cuajar obras tan admirables como El cuarteto de Alejandría. Pero no hay que olvidar el peso indudable de escritores como Proust en sus novelas, donde cada detalle pesa, donde los retratos tienen alma, son minuciosos, o de D. H. Lawrence, escritor lleno de sensualidad, Durrell arma sus novelas como cuerpos a los que ama con pasión, deteniéndose en cada poro de la piel, en cada brizna de una historia de amor. 

    Para concluir me detengo en un párrafo más del Cuarteto, cuando Darley, el narrador, manifiesta su entidad de testigo de un tiempo que se va, como el propio Durrell, que resume la vida y la obra de nuestro escritor:

    “Una vez más, como siempre que el drama de los acontecimientos exteriores alteraba la estructura emocional de las cosas, empecé a ver la ciudad con nuevos ojos, a examinar las formas y los contornos salidos de la mano del hombre con el desapego del entomólogo que estudia una especie de insecto hasta entonces desconocida. Allí estaba esa raza, y cada uno de sus representantes absorto en la solución de preocupaciones individuales, de amores, odios y miedos” (p. 245).

    Quizá sea así como imaginó Lawrence Durrell su vida. Como observador del mundo, como entomólogo que bucea en lo recóndito, sin que le influya en realidad. Pero todos sabemos que el ser humano, al contemplar la vida, se deja impregnar por la huella de lo que percibe, y por las sombras, que están en sus obras, tan cerca de su vida, de su espíritu libre, en una época que tuvo más sombras que luces, tan parecida y al tiempo tan diferente a la nuestra.




    Pedro García Cueto (Madrid, 1968) es doctor en Filología Hispánica y antropólogo por la UNED, profesor de Lengua y Literatura en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine y colaborador en diversas revistas, ha publicado dos libros sobre la obra de Juan Gil-Albert y un estudio acerca de doce poetas valencianos contemporáneos que escriben en lengua castellana. En FronteraD ha publicado, entre otros, La visión de Rubén Darío sobre la piel de toro en su libro ‘España contemporánea’, ‘Hora de España’: la gran revista de la Guerra Civil en la zona republicana y Víctor Erice, una poética del silencio en el cine.

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    Justine, de Lawrence Durrell

    Por  Javier Aparicio Maydeu
    31 octubre 2007

    Edhasa reedita Justine en su colección Diamante, la que alberga los sesenta títulos más emblemáticos de su catálogo, entre los que la obra más aplaudida de Durrell –primer volumen de su legendaria tetralogía Cuarteto de Alejandría:Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1969)–, destaca por ventas, por número de reimpresiones en distintos formatos y por la calidad de la traducción de Aurora Bernárdez, que a un tiempo ensalza la densidad lírica y la fastuosa imaginería del texto y redime al lector de la insoportable y gravedosa retórica de algunos pasajes de la novela que, por otra parte y como sucede en las demás obras del ciclo, encarna en forma de epígono buena parte de las virtudes de la vanguardia narrativa, comenzando por esa poética caleidoscópica que presenta perspectivas distintas de un mismo haz de personajes y de acontecimientos que los envuelven. Si por un lado el Cuarteto es repetitivo, pues explica n veces lo que sucede una sola vez debido al cambio de punto de vista (“si algunos personajes tienden a ser peleles es porque estoy tratando de iluminarlos desde diferentes ángulos”, se excusaba Durrell en una entrevista a The Paris Review), en Justine, como en las demás novelas, el autor británico fragmenta el status emocional de sus personajes como si lo descompusiese en un cuadro de Georges Braque o en un espejo múltiple, analizándolo de forma obsesiva y laberíntica de la mano de merodeos y de coquetas complacencias verbales y asimismo conceptuales, circunstancia que, unida a la querencia filosófica de su prosa, le advierte al lector de estar enfrentándose a una obra compleja que se muestra realista o tradicional sólo en apariencia. También resultan deudas contraídas con la vanguardia las audaces imágenes nacidas del futurismo tecnófilo y de la irracionalidad surrealista (puesta de manifiesto en la fantasía sexual de Justine o en los delirios oníricos y las alucinaciones de Nessim, acomodados en un universo freudiano que adopta formas que satisfarían sin duda a Marcel Duchamp). Durrell, aventajado lector de Henry Miller, le rinde una suerte de velado homenaje tiñendo las páginas de Justine de un hedonismo libertino inspirado por la Justine del Marqués de Sade, que va convirtiendo la novela en una enredada madeja de amoríos cruzados y de sexo sórdido a la vez que trascendido por bizantinas disquisiciones. Recorre la novela un paganismo frío que corre parejo a un erotismo picassiano, cinético y bíblico (“Desnudos, riendo, chapotearon en el agua tomados de la mano hasta entrar en el mar helado. Era como la primera mañana del mundo”), en el que sobre todo se relee al Miller del Trópico de cáncer, “La carne despierta. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura. Los cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez cómplice”. Ecos de Al faro de Virginia Woolf en el párrafo inicial y de la obra entera de la autora de La señora Dalloway en la comunión de la naturaleza y de la ciudad con el estado anímico de los protagonistas: “somos hijos de nuestro paisaje. Nos dicta nuestra conducta en la medida en que armonizamos con él”, proclama Darley. Justine abre de par en par las puertas de la ciudad de Alejandría, iluminada en cada página como el Dublín de Joyce, el Berlín de Döblin o el Nueva York de Dos Passos, una tradición del modernism a la que contribuye Durrell con su ciudad egipcia convertida en una cornice o en la escenografía que arropa al amor saliendo a escena a causar estragos irreparables en las vidas de Darley, Melissa, Justine y Nessim, unidas en una danza agorera y extenuante por el amor que las truncará. La propia prosa abigarrada de Durrell sale a la escena de la novela, su obra entera tiene un aire teatral, se exhibe en el escenario de la página, se gusta. Una atmósfera proustiana, el exotismo del espacio narrativo del que tanto fruto extrajo E. M. Forster.
    Justine es narrativa de vanguardia après la lettre, efectivamente. ¿Acaso no es vanguardista su narrador autoconsciente Darley, profesor y escritor que narra su historia mirando de reojo al lector por medio de una retórica del apóstrofe constante? ¿No remite a Proust su empleo poderoso de la primera persona al servicio de la más meticulosa introspección, del tiempo suspendido en la memoria (“Esos momentos son los que colman al escritor […] y perduran para siempre. Podemos evocarlos cuantas veces queramos o utilizarlos como fundamento para construir esa parte de la vida que es la tarea de escribir”)? A Darley le halaga la impostura literaria, detiene su discurso para justificarlo, afila el lápiz con el que escribe las palabras, se escucha escribiendo. De ahí el manierismo de sus descripciones plásticas (“en verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes”), su codicia lingüística (tiene párrafos, reconozcámoslo, de lo que a Marsé le gusta llamar “prosa de sonajero”) y su sofisticada imaginería (“yace Melissa respirando levemente, como una gaviota, mecida por los esplendores oceánicos de una lengua que no conocerá jamás”).
    La belleza de sus palabras, la maravilla de la proximidad física que procura su talento para las imágenes y el ardor con el que Darley refleja en su relato el deletéreo poder de la pasión amorosa que Justine le inyecta a su vida son capaces de mitigar la irrefrenable inclinación de Durrell hacia la grandilocuencia, y su no menos palmaria vocación narcisista. Justine abre la fruta madura del Cuarteto de Alejandría, una de las obras imperfectas más perfectas de la narrativa de la segunda mitad del veinte. ~


    http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/justine-lawrence-durrell



    HACE 100 AÑOS
    La tortuosa vida de un genio,
     Lawrence Durrell
    A los 12 años escribía sus poemas en los garitos de jazz londinenses,
    su hija se ahorcó tras acusarle de incesto. Mito literario, ésta es su historia.
    La tortuosa vida de un genio, Lawrence Durrell
    Lawrence Durrell posa en París, Francia, el 1 octubre de 1984 (Propias)


    TERESA AMIGUET
    27/02/2012 
    Topé con el universo Durrell de la mano del pequeño de los hermanos, Gerald, naturalista de renombre que me conquistó con su divertidísima obra autobiográfica, Mi familia y otros animales. Él me presentó a Larry. Afincados en Corfú, describe a su hermano con la precisión del científico que se estaba incubando, ofreciendo de él un humorístico que no irrespetuoso retrato. Encerrado siempre en su cuarto, perdido en un mar de folios, empecinado en sembrar los cimientos de la que será su obra futura, convencido de llegar a formar parte del olimpo de los grandes. Tamaña aspiración despertó mi curiosidad y decidí leer la que se considera su obra magna, El Cuarteto de Alejandría. La obra me cautivó. La adolescencia es una edad delicada, Durrell gran explorador del amor y los sentimientos, fue para mí una revelación. Con ella intenta crear una nueva literatura, huye de los convencionalismos establecidos y experimenta acudiendo a la física. Así El cuarteto intenta basarse en la teoría de la relatividad. Su lectura me resultó tan abrumadora como deslumbrante.
    Descubrí nuevas facetas del amor: supe que si él es lo único que da sentido a nuestras vidas, es también incomprensible. El amor es un jeroglífico escrito en un lenguaje que desconocemos y que somos incapaces de descifrar aunque nos pasamos la vida intentándolo una y otra vez.
    ¿Pero cuál había sido la vida de Durrell para conseguir reflejar el alma humana con tal maestría?
    Había nacido en la India, "en las laderas del Everest", alardeaba, en el seno de una familia de colonos de clase media. Su padre, británico, trabajaba como ingeniero de los ferrocarriles, su madre era irlandesa. El pequeño Larry adoraba el país, pero a los 12 años sus padres le enviaron a Londres, y con los ojos puestos en Cambridge, le matricularon en los más exclusivos colegios católicos. Larry odió Inglaterra desde el principio, su clima, sus gentes y el rígido puritanismo de la encorsetada sociedad inglesa le asfixiaban.
    Consumado aprendiz de poeta estaba más interesado en frecuentar los garitos de jazz que las aulas, de modo que no superó las pruebas de acceso universitarias. Alguno de sus biógrafos atribuye a este hecho su aversión por los británicos. Fracasado su intento universitario, decidió  probar suerte con la literatura e hizo sus primeros pinitos en el mercado literario, publicando a los 19 años su primer libro de poesía,  Quaint Fragment (1931). Fue un honorable despegue, que se confirmaría con el tiempo, Durrell conseguiría crear una poesía muy superior a la de sus contemporáneos.
    Cuatro años después, su vida da un giro completo. 1935 será un año clave para el escritor: contrae el primero de sus cuatro matrimonios y, dispuesto a huir del odioso invierno inglés, convence a toda su familia para viajar a Grecia, a la isla de Corfú, donde además la vida será más económica. Allí escribirá el proyecto del que será su mayor logro literario, El cuarteto de Alejandría. Ese mismo año se produce un hecho que marcará su existencia. En un lavabo encuentra un libro, Trópico de Cancer (1934), y subyugado por su lectura decide escribir a su autor, Henry Miller, profesándole su admiración. Nace así una sólida amistad epistolar que se prolongará durante cuarenta y cinco años. Miller pasa de ser adulado maestro a respetado mentor. Eran muy distintos, pero les une su vigorosa vocación literaria, su aspiración creativa y, pese a la diferencia de edad, su vitalidad. Ambos aspiran a cambiar los rumbos de la literatura del siglo revistiéndola de modernidad, a renovar la estética narrativa desde su apasionada sensualidad y desinhibición.
    Al estallar la guerra, huyendo del avance nazi se refugia junto a su esposa y su primera hija en Alejandría, Egipto, donde trabaja en el Foreign Office y pese a su rencor hacia Inglaterra, forma parte del servicio diplomático e incluso espía a su favor. Allí encuentra inspiración para la obra que le da fama mundial, El cuarteto de Alejandría (1957-1960).
    Viajero impenitente,  siempre a caballo entre Oriente y Occidente, trashumante confeso, viviría a partir de entonces una azarosa existencia reflejada indisociablemente, para morboso deleite de sus lectores en su irregular producción. Infatigable trotamundos, vivió varias vidas: policía en Jamaica, periodista mercenario, llegaría a ser torturado por los marxistas en Yugoslavia. Alcohólico y mujeriego, fracasó en sus matrimonios, tuvo una cohorte de amantes, y fue, según su segunda hija, un abominable padre. Sappho, llamada así en honor de la legendaria poetisa, se ahorcó a los 33 años tras acusarle de incesto en sus memorias, un episodio jamás demostrado, que causó gran revuelo mediático y  marcaría funestamente los últimos años del escritor.
    Durrell fue un hombre torturado que huía de su propio yo buscando en su obra alivio a su desequilibrio interior: "Mi propia obra me produce una náusea terrible, una náusea puramente física". Su íntimo deseo era conseguir una reacción paralela y contradictoria, consolar a los atormentados a la par que angustiar a los bienaventurados: "Siempre quise escribir una novela que funcionase como un electrodoméstico, capaz de planchar la psique de un solitario con deseos de evolucionar". Lo consiguió. Pese a no ser siempre comprendido por la crítica, que incluso le denostó,  es un hecho que su primera obra autobiográfica, apadrinada por Miller, El Cuaderno negro, su mítico Cuarteto de Alejandría, su obra poética, sus hilarantes sketches diplomáticos, su maduro Quinteto de Avignon o sus deleitables libros de viajes, entre los que se encuentra su póstumo Visión de Provenza , le han hecho merecedor de un lugar de honor en la literatura contemporánea.

    http://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20120227/54258642689/la-tortuosa-vida-de-un-genio-lawrence-durrell.html
    Lawrence Durrell

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    Lawrence Durrell



    (Charles Norden; Julundur, 1912 - Sommières, 1990) Narrador y poeta inglés contemporáneo. Estudió en Inglaterra, pero su vida transcurrió casi por entero en la región mediterránea: Corfú, Rodas, Chipre, Egipto y el sur de Francia. Durrell ideó para su propio uso narrativo concepciones literarias de novelistas de gran clase como Conrad, Joyce y Lawrence en Inglaterra, y Gide y Proust en Francia. Al igual que ellos, en su insatisfacción ante las formas existentes, también él quiso crear nuevas técnicas literarias. En cuanto al estilo, el suyo se caracteriza por su riqueza y sensualidad, unido a una gran capacidad evocadora y un gran talento para describir el espíritu de un lugar o paisaje.


    Lawrence Durrell

    La primera novela propiamente dicha de Durrell es Cefalú (1948), aunque en 1938 había aparecido, en París, El libro negro, obra narrativa donde predomina el elemento autobiográfico. Cefalú está considerada como una de sus más logradas novelas; contiene las principales preocupaciones intelectuales de su autor, sobre las que volvería, luego, en dos series de novelas.
    La obra de Durrell podría calificarse como exótica en un primer nivel de lectura, pues fijó sus espacios novelísticos por lo general fuera de Inglaterra. Su monumental El cuarteto de Alejandría, por ejemplo, que lo situó entre los renovadores de la novela moderna por las técnicas utilizadas y por el nivel de la prosa, entre refinada y realista, transcurre en dicha ciudad, pero el talento narrativo de Durrell supo sortear los escollos del exotismo mediante una prosa intensa y gracias a su instinto mágico crear atmósferas trágicas y modernas.
    La novela está conformada por cuatro títulos: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960) y cada una repercute en la otra, creando un juego de espejos, como si individualizadas pudieran servir de explicación o punto de apoyo a alguna de las otras, para lo cual optó por utilizar puntos de vista narrativos diferentes, técnica abierta por H. James a comienzos del siglo XX. Justine quizá sea la más lograda del conjunto, por su confluencia natural entre intelecto y naturaleza, entre erotismo y análisis, entre trama y técnica narrativa.
    Se entrecruzan en este trabajo literario varios personajes inolvidables: Justine, que simboliza la extrañeza de la mujer eterna, oscura y a la vez fatal; Narouz, egipcio que representa el orientalismo hermético; Nessim, su antípoda cosmopolita y emprendedor ligado a las fuerzas del capital; Mountolive, diplomático británico; y Pursewarden, que alude al escritor. A pesar de poseer una estructura totalmente moderna, las novelas del cuarteto ejercen una fascinación especial por la continua narración de sucesos que las relacionan con obras de corte realista, sustentadas en la trama y las descripciones.
    Esta tensión entre dos maneras de escribir resueltas al mismo nivel dio a Durrell una personalidad especial dentro de la novelística moderna, más abocada a un experimentalismo tenaz que al mencionado concierto. Incluso algunos críticos han deducido que tal dualidad es más un defecto que una virtud, ignorando la voluntad del autor. Otros críticos han situado el conjunto dentro de un "realismo mágico o fantástico", haciendo énfasis en el misterio exótico que desprenden las novelas en conjunción con las técnicas relativistas que difuminan el contexto.
    Henry Miller y Lawrence Durrell (1962)

    La obra y vida de Durrell se relacionaron estrechamente con las del narrador norteamericano Henry Miller, con quien sostuvo una larga amistad e intercambio epistolar. Las estructuras amorfas de las novelas de Miller pudieron haber influido en Durrell y viceversa, aunque cada uno singularizó su estilo hasta el extremo. La obra posterior al Cuarteto de Alejandría no ha logrado el mismo reconocimiento. No deben olvidarse otros libros, como Reflexiones sobre una Venus marina (1955) y Limones amargos (1957), libros de viajes de una extraña belleza. De este último (premio Duff Cooper Memorial) dijo el propio Durrell que no es un libro político, sino simplemente un estudio impresionista de las costumbres y el ambiente de Chipre durante los conflictivos años de 1953-1956.
    Otras obras suyas son Tunc (1968) y Nunquam (1970), carentes del virtuosismo de la tetralogía, aunque conservan un lenguaje y un humor macabro; y por último El quinteto de Avignon, que comenzó a escribir en 1974 y que lo integran las novelas Monseñor (1974), Livia (1978), Constance (1982), Sebastián (1983) y Quinx (1984). Si en el Cuarteto Durrell utilizó como simbolismo la Teoría de la Relatividad, en el Quinteto utiliza un simbolismo quíntuple porque, para los budistas, la personalidad está formada por cinco elementos Skandab, que proceden de los griegos clásicos e incluyen casi todas las categorías aristotélicas como fragmentos de la personalidad.
    Con posterioridad publicó The big supposer (1972), Carrusel siciliano (Sicilian carousel, 1977) y Collected Poems (1980). La obra de Durrell incuestionablemente quedará como una de las más acabadas expresiones de una narrativa altamente lírica. En 1985 publicó Antrobus (The Antrobus complete) y, póstumamente, apareció su último libro, titulado Visión de Provenza (Caesar's Vast Ghost: A Portrait of Provence).

    http://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/durrell.htm

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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    Item Reviewed: La tortuosa vida de un genio, Lawrence Durrell Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
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