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    domingo, 22 de enero de 2017

    La cuarta vida de Badiou, filósofo de lo esencial

    Alain Badiou en Buenos Aires. Sostiene que las verdades pueden provenir de la invención científica o de un encuentro amoroso, de la acción política o la creación artística. Foto: Diego Diaz

    El gran pensador francés cumple 80 años, clausurará un seminario pero continuará su compromiso político con la verdad. 

    Por María del Carmen Rodríguez
    Desde su considerable estatura, Alain Badiou suele presentarse a sí mismo, con aire jocoso o combativo, como el más importante de los filósofos franceses vivos y, si destacan su vivacidad, como “el Mick Jagger de la filosofía”. Además de dramaturgo, novelista y ensayista, es, ante todo, el autor de una obra filosófica inmensa. Un padre profesor de matemáticas, una madre profesora de francés, un liceo experimental de Toulouse –donde debutó, también, como actor–, estudios superiores de filosofía en la École normale supérieure de París y, en especial, la enseñanza de aquellos a quienes considera sus “maestros” –Sartre, Lacan y Althusser– conforman algunas instantáneas de su formación. Este 17 de enero cumple 80 años y lo festejará rodeado de compañeros de ruta académica y de la vida. Será una larga jornada a la medida del protagonista, que compartirá el escenario del Teatro de la Comuna de Aubervilliers (en las afueras de París) con más de un amigo de sus aventuras filosóficas, teatrales y políticas, en encuentros escandidos por la proyección de fragmentos elegidos del último seminario de tres años e interludios teatrales y musicales.
    A los momentos clave de la formación de Badiou habría que agregar un detonante mayor: Mayo del 68, que además de hacerle descubrir “otra” política y lanzarlo a una intensa militancia (primer “trabajo de campo” del que resultaría, más tarde, su elaboración de “la hipótesis comunista”), le hizo recuperar la idea de sujeto, por entonces denostada en filosofía. Teoría del sujeto (1982), su primer gran obra, es fruto de la revisión de un seminario (1975 y 1979), muy a menudo interrumpido por su propia militancia. Su filosofía se afianzó en los ochenta, al afirmarse bajo el signo de Platón (cuya República reescribiría en 2012) y al renovar las categorías metafísicas de ser, sujeto y verdades (así, en plural). Estas dos últimas forman, con el elemento azaroso del acontecimiento, una tríada en permanente reelaboración en su obra, tan sistemática como consistente: los casi ochenta libros que escoltan a sus obras mayores (imposible no nombrar el ciclo de El ser y el acontecimiento), incluyendo grandes obras intermedias, teatro, ensayos políticos y su best seller internacional, Elogio del amor, se asientan sobre esas bases.
    Hubo siempre un seminario, que hizo las veces de campo de experimentación del pensamiento, detrás de la obra de Badiou: el primero debutó en 1966, en el Collège Universitaire de Reims, y en 1969 se mudó a la flamante Universidad de Vincennes. En 1986 tomó la forma de seminario público, de libre acceso, en el Collège International de Philosophie, que luego pasó a la École normale supérieure, y en 2014, cuando las magnitudes de toda aula magna, escalinatas incluidas, ya no bastaban para acoger a su público, lo recibieron gustosos en el Teatro de Aubervilliers –donde comenzaría también a organizar otras actividades– y su seminario subió al escenario. Para publicar los tomos de lo que ya se llama El Seminario solo se dispone de suficiente documentación a partir de 1983, y, gracias al invalorable trabajo de edición de Isabelle Vodoz y Véronique Pineau, las ediciones Fayard se abocan, desde 2013, a esa tarea. Hasta ahora se han publicado en Francia ocho tomos (algunos equivalen a tres ciclos lectivos). Serán veinte en total y las primeras traducciones al español aparecerán este año (Amorrortu).
    Trayectoria, obra, seminario: todo tomará un nuevo giro en el Teatro el 16 de enero, de 14 a 24, un día antes de que Badiou cumpla 80 años. En esta jornada se condensarán adioses, anticipos y la celebración del pasaje de Badiou a una “cuarta vida”. En 2015 había sostenido que “se puede considerar que el despliegue adulto incluye la vejez, que finalmente incluye, como quien dice, ‘el ser para la muerte’. Yo no. Quiero decidir algo”.
    –Decidir comenzar una “cuarta vida” a los 80 es de una notable originalidad, ¿por qué esa decisión?
    –Tengo el sentimiento de que con La inmanencia de las verdades, que espero publicar en 2017, después de Teoría del sujeto (1982), El ser y el acontecimiento (1988) y Lógicas de los mundos (2006), habré acabado mi obra propiamente filosófica. Como mi seminario era el laboratorio de esta obra, decido su fin: mi último seminario regular será el 16 de enero, y cumpliré ochenta años el 17. Mi compromiso político, por cierto, persistirá, ya que la hipótesis comunista, aunque sea la única salida posible para la humanidad en su conjunto, no recobrará toda su fuerza mañana. Pero la edad ya no es más compatible con una vida de manifestaciones de protesta, de organizaciones obreras, de arrestos repetidos por parte de una policía poco amable, de presencia en la madrugada en la puerta de las fábricas o en los mercados populares ni de polémicas incesantes, esa vida característica del real militante de las verdaderas políticas. O sea que estaré presente en el campo ideológico y teórico, pero eso no basta para hacer una vida. ¿Me volveré actor? Tal vez: el teatro era mi primera vocación. ¿Voy a escribir mis memorias de ultratumba? Veremos. Pero está claro que hay que hacer algo nuevo.
    –Leeremos sus memorias, lo veremos actuar… ¿Pero no está abandonando, con su seminario, la tarea de “corromper a la juventud” a la que se dedica con tanto esmero?
    –¡Pero yo mismo me asombraría si me quedara en silencio! Bajo una u otra forma, voy a seguir “corrompiendo a la juventud”, es decir, intentando convencerla de que existe, entre el arribismo social y el nihilismo mortífero, una orientación nueva desde siempre y, además, apasionante: cambiar el mundo bajo el imperativo de la igualdad y de la justicia.
    –Desde 2014, su seminario se despliega, a sala llena, en el Teatro, y no faltan escenas en que la reflexión filosófica se combina con la comedia. ¿Es un modo de poner en escena ese entrecruzamiento?
    –Como usted sabe, incluso Platón, enemigo encarnizado del teatro, le dio a su obra conceptual una forma teatral, dialogada. La palabra filosófica, como dice Lacan, es del orden del discurso del Amo Maître (“amo” y/o “maestro”) y ese discurso supone siempre una relación directa, física, con su audiencia. No tenía razón Derrida cuando preconizaba lo escrito contra la presencia de la palabra, y, por otra parte, ¡él mismo recorría el mundo hablando! Todo filósofo es un actor potencial. Y es cierto que, como debemos dirigirnos a todos, es muy importante, a menudo, jugar con los lenguajes y comprometer nuestros cuerpos en ese juego.
    –Muchos pondrán sus cuerpos en juego en el escenario para acompañarlo en sus adioses, en el pasaje a su “enigmática” cuarta vida, y en una suerte de recepción anticipada de La inmanencia de las verdades. Esta obra de largo aliento, ¿es también una suerte de finalización?
    –Primero, me gustaría aclarar por qué hablé de “cuarta vida”. La primera fue la infancia, por supuesto, en Marruecos, y luego en Toulouse. La segunda fue la juventud: mis vacilaciones filosóficas (de Sartre al estructuralismo), mis vacilaciones políticas (de la socialdemocracia al comunismo), mis vacilaciones de autor (de la novela al teatro y a la filosofía). La tercera edad fue la del largo desarrollo adulto: el compromiso comunista nuevo después de Mayo del 68, la estabilización de la obra filosófica y la teatral, que la acompaña. Es cierto que el fin del ciclo en tres volúmenes (1988, 2006 y… este año) de lo que se llama El ser y el acontecimiento I, II y III marca una cesura, la apertura inevitable de una cuarta vida. Es esa apertura la que marcaré, el 16 de enero, con mis amigos y con mi audiencia regular.
    –Cuando ese ciclo acababa de comenzar, con el primer tomo de El ser…, usted escribía en Condiciones (1992) que el matemático Georg Cantor, con su concepción del infinito actual, “laicizó” el infinito. ¿Es eso lo que le permite a usted “laicizar”, con las verdades, las ideas de eternidad y de absoluto, también ligadas, clásicamente, a la de Dios?
    –Es cierto que los conceptos de eternidad y de absolutidad estaban, de algún modo, confiscados por la figura de lo Uno, tal como la construyeron los monoteísmos y sus comentadores filósofos. Esa figura se confundía estrechamente, a su vez, con el infinito. La palabra “Dios” designaba, de manera esencial, lo Uno-infinito. Al mostrar que existen muchos tipos de infinito (en realidad, una infinidad…), Cantor separó la pareja Infinito-Uno y liberó todos los conceptos que se ligaban a esa pareja. Se volvió posible afirmar que una verdad es eterna desde el momento en que, creada en un mundo determinado, puede resucitar tal cual en un mundo totalmente diferente y, en particular, en un tiempo por completo diferente. Pensemos en las esculturas de las Cícladas, olvidadas o desconocidas durante casi tres mil años. O en la obra de Arquímedes, que, caída en un pozo de ignorancia durante siglos, resucitó en el Renacimiento para volverse un útil mayor de la ciencia contemporánea. Y esa eternidad supone una absolutidad, o sea, supone que el efecto de una verdad no es relativo al contexto sociohistórico de su aparición. El sufrimiento amoroso de Safo, en lengua griega arcaica, nos conmueve, y la revuelta de los esclavos bajo la dirección de Espartaco es tan poco relativa al contexto “república romana”, quedó tan poco encerrada allí, que los revolucionarios alemanes dirigidos por Rosa Luxemburgo tomaron el nombre de “espartaquistas”. Todo eso, desde luego, debe volver a afirmarse y a demostrarse en el contexto relativista, escéptico y gozador que se nos presenta como el ideal democrático de nuestro presente.
    –En el último año de su seminario, usted propone pensar las verdades “como modo de acceso finito al infinito”. ¿Puede desarrollarnos esta idea?
    –Démosle a la palabra “finito” su extensión máxima: es “finita” toda organización, proposición, ideología, propaganda que intente convencernos de que hay que arreglarse con lo que hay y no soñar con otro mundo posible. Arreglarse con lo que hay es construir una vida ordenada según las cosas ya conocidas, nombradas y experimentadas, y no arriesgarse nunca a lo desconocido. Y sabemos qué es eso “ya conocido”: es el mundo de la mercancía, del dinero, del trabajo asalariado, del desempleo, de las desigualdades monstruosas, el poder de una oligarquía financiera muy restringida: hoy en día, ¡264 personas poseen tanto como tres mil millones de otras! El infinito es lo que puede surgir de imprevisto. Las verdades, ya provengan de la invención científica, del encuentro amoroso, de la acción política o la creación artística, atestiguan en este mundo, mediante obras finitas, que podemos ubicarnos en una apertura infinita. Por eso digo que esas verdades son cosas como la Revolución rusa, la invención de la pintura no figurativa, la relatividad general de Einstein, el indestructible vínculo amoroso de Sartre y Simone de Beauvoir, que son, ciertamente, obras finitas en el tiempo, pero que atestiguan que somos capaces de “tocar” el infinito.
    –La verdadera vida –esa que “está ausente”, escribía Rimbaud– es el título de un libro que usted consagra a los jóvenes y, a la vez, un tema importante de La inmanencia de las verdades. ¿Qué es la verdadera vida?
    –La verdadera vida es la vida que se pone bajo el signo de que participamos en las verdades, ya sea en su creación, como lo hacen –por ejemplo– los pintores, los matemáticos, los enamorados y los militantes del nuevo comunismo, ya en su existencia, algo que puede hacer quienquiera. Es una vida orientada por el infinito que toda verdad “toca”. Se opone, por una parte, a la vida instalada del triunfo social; por otra, a la vida malograda, devastada, del nihilismo. Digamos que no es ni la vida del pequeñoburgués occidental satisfecho con sus menudos privilegios, ni la del “terrorista” asesino y suicida. Y trasciende todas las identidades: la verdadera vida se despliega en lo universal.
    –¿Es posible una verdadera vida cuando “la verdadera política está ausente”, algo de lo cual los nuevos fascismos y la elección de Trump en los Estados Unidos son solo síntomas?
    –Del hecho de que la verdadera política, a escala mundial, esté ausente, resulta que una verdadera vida posible consiste en consagrarse, ya sea en el nivel de la teoría y de la convicción, ya por experiencias locales y, mejor aún, en los dos niveles a la vez, a la resurrección-creación de esa política. La insidiosa fascinación del mundo contemporáneo es el efecto de la mundialización capitalista, de la reducción de todo valor a un precio en el mercado: esas son obscenidades históricas. No tenemos por qué bajar los brazos ante esta violencia monetaria que nos abruma. Pensemos, y levantémonos. Eso es posible en todas partes.
    –¿Y de qué modo es posible?
    –Pienso siempre en el proceso que consistiría, mediante reuniones transnacionales, conferencias sobre el comunismo nuevo e intercambios de experiencia, en preparar la creación de un diario mundial que exista, a la vez, en tantas lenguas como podamos, en versión papel y on line. Podría llamarse “Diario de los obreros del mundo”, tomando “obrero” en su sentido habitual (como las centenas de millones de obreros que existen en China) y, al mismo tiempo, en el sentido de realizador, de creador: el diario de aquellos que quieren obrar en el mundo nuevo, ser los obreros de su invención. Y que para eso tienen que trabajar en la organización miles de millones de obreros y excluidos del mundo contemporáneo, todos los que componen lo que llamo el proletariado nómade.
    –Y en un futuro más cercano, más íntimo, ¿cómo se prepara para la gran jornada del 16 de enero?
    –Sabe, esa “gran jornada” no es nada más que una reunión de mi audiencia, los fieles a mi seminario, algunos amigos, gente que quiero, para que sancionemos juntos mi decisión de poner fin al seminario. Y también para que le demos acogida a mis 80 años, que, al menos en nuestras comarcas privilegiadas, marcan simbólicamente el inicio de la gran edad. Pienso en un poema de Saint John Perse, que comienza por “¡Gran edad, henos aquí!”. Y bueno, sí, heme aquí. Heme aquí aprehendido en una reunión que sella el pasaje a mi cuarta vida. Eso me hace feliz. Muy feliz.
    María del Carmen Rodríguez es doctora en Letras por la Universidad de Caen (Francia), docente y traductora.
    http://www.revistaenie.clarin.com/revista-n/ideas/cuarta-vida-badiou-filosofo-esencial_0_ry30PAjUl.html




    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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