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    jueves, 12 de enero de 2017

    El lado B de Leonard Cohen (Dos interesantes ficciones)


    El lado B de Leonard Cohen


    Fragmento de Hermosos Perdedores 
    de Leonard Cohen
    Leonard Norman Cohen es un poeta, novelista y cantautor canadiense. y es el autor de este fragmento extraído de su libro hermosos perdedores, libro que inspiro a Luca Prodan, para su cd como solista, nada más que este invirtió el titulo original. 
    Se puede escribir bien acerca de cualquier cosa, hasta de la constipación: 
    Me puse a hacer planes como una clase a punto de graduarse. Me olvidé de quién era. Olvidé que nunca aprendí a tocar la armónica. Olvidé que abandoné la guitarra porque el fa me hacía sangrar los dedos. Me olvidé de las medias que endurecí de semen. Traté de pasar junto a la Plaga en una góndola, joven tenor a punto de ser descubierto por un turista busca-talentos. Me olvidé de los frascos que Edith me pasó y que yo no pude abrir. Me olvidé de cómo murió Edith, de cómo murió F., limpiándose el culo con una cortina. Olvidé que sólo me queda una oportunidad. Creí que Edith descansaría en un catálogo. Creí ser un ciudadano, reservado, usuario de las instalaciones públicas. ¡Me olvidé de la constipación! La constipación no me dejó olvidar. Constipación desde el momento en que armé la lista. Cinco días arruinados en sus primeras medias horas. ¿Por qué yo? La gran queja de los constipados. ¿Por qué para mí el mundo no funciona? El hombre solitario sentado en la máquina de porcelana. ¿Qué hice mal ayer? ¿Qué irreductible ribera de mi psique necesita mierda? ¿Cómo puedo empezar algo nuevo con todo lo de ayer dentro de mí? El odiador de la historia agachado sobre el cuenco inmaculado. ¿Cómo puedo probar que el cuerpo está de mi lado? ¿Mi estómago es mi enemigo? El perdedor crónico de la ruleta mañanera planea su suicidio: saltar al St. Lawrence llevando como lastre un intestino sellado. ¿De qué sirven las películas? Soy demasiado pesado para la música. Soy invisible si no dejo una evidencia diaria. La comida vieja es veneno, y las bolsas gotean. ¡Libérenme! ¡Houdini exhausto! ¡Perdí la magia cotidiana! El hombre acuclillado negocia con Dios, enviando listas de resoluciones de año nuevo, una tras otra. Comeré solamente lechuga. Dame diarrea si tengo que tener algo. Déjame ayudar a las flores y a los escarabajos de la bosta. Déjame pasar al club del mundo. No disfruto de las puestas de sol; ¿para quién arden, entonces? Voy a perder el tren. Mi parte del trabajo mundial no será hecha, te lo advierto. Si el esfínter tiene que ser moneda, haz que sea moneda china. ¿Por qué yo? (…) ¡Déjame proyectar sombra! Por favor vacíame, si estoy vacío puedo recibir, si puedo recibir significa que viene de fuera de mí, ¡si viene de fuera de mí no estoy solo


    A dos meses de su muerte, se lo recordó poco como el autor de dos interesantes ficciones.
    Son más las fotos de Leonard Cohen con máquina de escribir que las de Bob Dylan. De los dos cantautores –la palabra no termina de perder su piel de ridiculez– fue Cohen el que nació con la ambición de ser escritor. Con ese fin, el canadiense cambió el frío de su país por la niebla de Londres, de clima más literario. No es que al lado de Thomas Pynchon –para quedarnos en otro alucinado surgido en los años 60– alguno de los dos lo mereciera, pero la muerte de Cohen poco después de elogiar al último Premio Nobel de Literatura –“es como condecorar al Everest”– dejó un aire enrarecido.
    Cohen editó su primer disco un año después de haber impreso su última novela. Dejó de ser narrador para ser poeta (no se consideraba ni músico ni cantante y admitía, en broma, que Lorca le arruinó la vida). Claro que no pocos están agradecidos de que haya dejado la escritura de novelas para hacer posible la escritura de canciones como “Famous Blue Raincoat”, “Sisters of Mercy” o “If It Be Your Will”. Sus letras son más que eficientes como tales, pero en general no ejercitan la soltura que sí proponen sus dos novelas. Como el salto que debe dar el músico entre lo que oye en la cabeza y lo que oirá otro en una grabación, el escritor oye un rumor previo, que generalmente no se traduce con exactitud en la página, y está claro que aunque dejó de redactar ficción Cohen siguió oyendo esos rumores toda su vida y supo traducirlos a canciones.
    Si la genialidad llama poco más de dos veces –en fin, tiene al menos dos discos casi perfectos, Various Positions y I’m Your Man–, Cohen tuvo la fortuna de poseer genialidad en la voz, que en la superficie empata los desniveles entre sus composiciones. Su devoción tardía por la disciplina del zen acaso obedeció a un intento por dejar de oír esos susurros –esas solicitudes–, abandonar la escritura al modo de una victoria sobre la monomanía de la creación. Sus novelas perduran casi irónicamente, como la obra de un doble, allí antes y después de la carrera que lo volvió célebre.
    Publicada en 1963, El juego favorito refiere las relaciones amorosas y los asuntos familiares de un joven de los años 60. Novela de iniciación sobre un canadiense de origen judío –su carrera universitaria, sus experimentos con la hipnosis, sus primeros trabajos, su nueva vida en Nueva York–, prima en ella una observación social y religiosa a menudo sobresaliente, de parte de un narrador llamado Lawrence Breavman. El juego favorito es una novela que aproxima mucho más y mejor al Cohen escritor y cantante que Hermosos perdedores, y no sólo porque sea marcadamente autobiográfica y ofrezca disquisiciones sobre componer y cantar.
    La época (un concierto de Pete Seeger basta para poner fechas) está pacientemente retratada y los diálogos, emparentados con Salinger y Hemingway (entre la novela deliberadamente joven y la efectividad), dictan el ritmo, que jamás decae. El juego favorito ofrece, no obstante, más descripción –de las dignas y honradas– que en cualquiera de los otros dos autores. El lector se cruza, también, con singulares recuerdos de infancia, como el comienzo de clases en que un niño entra a una librería a comprar los útiles que ese año va a estrenar.
    El estilo de Cohen es equivalente al de no pocas de sus canciones: elipsis de una frase a la siguiente, de un capítulo a otro. A propósito, los capítulos son breves y ágiles, y hay un aire de austeridad general más que bienvenida en quien acaba de llegar a la última página de su otra novela, Hermosos perdedores, y de inmediato quisiera embarcarse en esta. El juego favorito es más auténticamente poética, más lúcida, mejor compuesta que Hermosos perdedores.
    Se sospecha rápida y ridículamente de quien sabe hacer más de una cosa bien. Pero se puede afirmar sin temor que Leonard Cohen consiguió escribir sino una gran, al menos una excelente novela americana. Como novela de iniciación y pintura de un joven artista, la obra es destacable. Las carreras literaria –es curioso notar la desesperación de Canadá por hallar un nuevo Keats– y romántica de Lawrence Breavman están decorosamente calibradas.
    Si El juego favorito hubiera sido publicada por un joven escritor argentino, digamos, no es improbable que se convirtiera en un éxito de crítica inmediato. Hermosos perdedores habrá sido un libro de culto en ciertos ambientes pero como ficción esta primera novela de Cohen es superior. Un detalle subrayable: el título alude a un juego en que alguien toma a otro de los brazos, lo hace girar hasta que el otro se desprende y cae en la nieve. Debe quedar rígido en la posición que cayó y gana quien consigue dejar en la nieve la figura más cómica o inesperada.
    Novela experimental acerca de un triángulo amoroso, sus lances sexuales y su obsesión por una santa del siglo diecisiete, Hermosos perdedores es más sofisticada, y a la vez más difusa, ardua y lenta que El juego favorito. Sin embargo fue favorecida por el público de los años 60 y convertida, como quedó dicho, en un libro de culto, no importa si fallido. Publicada en 1966, tres años más tarde que su primera ficción, se tradujo al castellano no mucho después. (Fue reeditada, con nueva traducción de Laura Wittner). Se trata de una novela menos realista, más vaporosa que la otra (en cuanto a la posibilidad de mantener en la cabeza una imagen clara del libro mientras se avanza en la lectura). En apariencia está más trabajada, y es ostensiblemente más literaria que El juego favorito, pero esta resulta, paradójicamente, mejor literatura.
    Los capítulos alternan entre la vida del narrador, su mujer Edith y su alucinado amigo F., últimos miembros de una presunta tribu, hipnotizados por la vida de Catherine Tekakwitha, una santa Mohawk, cuya vida se va deshilvanando con el correr de las páginas. La religión no es novedad entre los temas de Leonard Cohen pero la novela lleva este interés a una suerte de fiebre teológica. Hay floridas reflexiones espirituales (creíbles) y el narrador se dirige al lector en no pocos pasajes. (El Cohen cantante también mira a cámara, por decirlo así, en algunas de sus canciones). Hermosos perdedores puede leerse como una fantasía religiosa (y fantasía connota, también, raptos de exacerbada sexualidad) no exenta de arrebatos de delirio histórico. Es más lo que el lector aprende de esta santa que lo que se interna en la vida actual de los personajes. (La santa fue tratada en otra novela, de William Vollmann; aunque a lo que recuerda esta novela de Cohen es a una posterior ficción de M. John Harrison, El curso del corazón, de otra dimensión y resonancia).
    De todos modos, Cohen logra contrastar la América capitalista de esos años con el clima religioso de cuatro siglos antes, y es llamativo comprobar cómo un judío nacido en Canadá se ve tan fecundamente atraído por el imaginario católico de sus conciudadanos. Más allá del entusiasmo bíblico del libro y de su prosa encendida, Cohen no olvida del todo su escepticismo y su distancia imperturbable, que años más tarde lo llevarían a la práctica del budismo zen. (No olvidemos, por nuestra cuenta, que Hermosos perdedores fue escrita durante el lapso que Cohen vivió en la entonces sosegada isla de Hydra, en Grecia. Su colega Bob Dylan, que durante esos años prefirió el exilio de algunas sustancias, publicó entonces Tarántula, narración cubista, más surrealista y alborotada, desvergonzadamente ilegible).
    Cohen describió Hermosos perdedores como una serie de “riffs de jazz, bromas de arte pop, kitsch religioso y plegarias sofocadas”. Los riesgos que asume, la presunción de ficción “inspirada”, le dan un aire de manuscrito, aunque Cohen nunca pierde el control del todo y es cierto que no se tiene la impresión de estar leyendo algo poco corregido o mal terminado. El primero y el último párrafos delatan lo deliberado, lo artificioso de la operación. Es una novela acaso excesiva, en parte poderosa, y en el camino el lector consigue juntar algunas perlas entre innumerables migajas dispersas. Extrañamente, ecos de Hermosos perdedores parecen oírse en los coros de “Who By Fire”, y en las coristas exigidas de otras canciones de este mujeriego ascético.
    Un músico puede ocultar cómo genera un sonido, pero un escritor no tiene manera de ocultar cómo arma una frase porque la frase queda impresa en la página, aunque es cierto que el camino hasta la frase permanece desconocido y misterioso, a menudo hasta para el propio escritor. Leonard Cohen ya desapareció de la escena y no dejó, respecto de los enigmas de sus artes, ninguna revelación que no sean las mismas obras, que remiten unas a otras como en el juego de la búsqueda del tesoro.
    Hermosos perdedores, Leonard Cohen. Edhasa, 288 págs.
    El juego favorito, Leonard Cohen. Edhasa, 256 págs.
    http://www.revistaenie.clarin.com/revista-n/literatura/lado-leonard-cohen_0_SJBwMYpSl.html

    Misticismo, ceremonia y espesura




    Misticismo, ceremonia y espesura

    Leonard Cohen sólo escribió dos novelas en su vida. La segunda, "Hermosos perdedores", de 1966, es el relato sobre una indígena que renuncia al matrimonio y al sexo. Por esta historia, Cohen fue acusado de obsceno y genial.


    En 1960, a poco de haber cumplido 26 años, Leonard Cohen dejó su Montreal natal y se fue a la isla de Hydra, en el mar Egeo. Se enamoró de una casona que se erguía sobre una colina, y la compró por 1.500 dólares; "supongo que generaciones de marinos han vivido aquí", le contó, por carta, a su madre. En una vieja Olivetti y a la luz de una lámpara de parafina ­no había electricidad en Hydra­ Cohen escribió su tercer libro de poemas, Flores para Hitler, y sus dos únicas novelas: El juego favorito en 1963, y Hermosos perdedores en 1966, que todavía hoy es una de las piezas literarias más radicales, más hermosas y más extrañas de las letras canadienses. En la contratapa a la primera edición, se cita a un periodista del Boston Herald, que dijo: "James Joyce no ha muerto. Vive bajo el nombre de Cohen y escribe desde el punto de vista de Henry Miller". 

    La comparación con Joyce puede resultar excesiva y no más que el intento de etiquetar algo que escapa a todo diseño apelando a un gran autor que no puede oponerse porque ya murió. La comparación con Miller puede tener que ver con el erotismo medular del libro, y aún así resulta arbitraria. Sin embargo sí hay que reconocer algo en semejante elogio: la absoluta libertad con la que Cohen se sentó frente a su máquina de escribir, y la capacidad para convertir en literatura el fluir de la conciencia. 

    Relato de una obsesión 

    Hermosos perdedores tiene tres partes y, salvo la tercera, que es la que le da el nombre al libro, está narrado en la primera persona de un historiador anónimo perseguido por una obsesión: seguirle los pasos a Catherine Tekakwitha, una indígena mohawk del siglo XVII, famosa por haber abrazado el catolicismo y el sacrificio, por renunciar al matrimonio y al sexo, y por haber sometido su cuerpo a un sinfín de martirios. A Catherine, que vivía cerca de lo que hoy es Nueva York pero terminó sus días en lo que hoy es Montreal, se le atribuyen acciones milagrosas y fue beatificada en 1980. Cohen se reconoce como su devoto: solía dejar flores a la figura que la evoca en la Catedral de San Patricio en Nueva York, y en una entrevista de 1999 dijo que Tekakwitha era uno de los espíritus que cuidaban su hogar. Si el narrador que él construyó le sigue los pasos, es porque quiere comprender qué es una santa, y en los intermitentes diálogos sin respuesta que tiene con ella, explicarse por qué los hombres toman las decisiones que toman y cómo es que éstas terminan por configurar sus destinos. Pero esas explicaciones son siempre esquivas: lo que termina ocurriendo nunca es el resultado exacto de unas causas específicas. 


    Existe un misterio primordial que todo lo compone o todo lo descompone, que se intuye pero es invisible y por lo tanto es como una ausencia. Cohen entiende que no hay otra forma de abordarlo que no sea la vía mística. Y buena parte de su posterior producción musical brotaría de allí, como sus canciones "Jean of Arc", "Song of Bernardette" o incluso la célebre "Suzanne", dedicada a una mujer de este mundo pero con referencias a Jesús, que, como Catherine, alcanzó una "remota posibilidad humana". 

    La trama ausente 

    Si el lector le pide una trama formal a Hermosos perdedores, no va a encontrarla. La fuerza de la prosa ­lo que la hace intensa e inolvidable­ está en el lirismo de cada renglón; Cohen es un escritor excepcional que combina la profunda belleza de la forma ­incluso en las partes que la crítica calificó en su momento de "obscenas" y hasta pornográficas­, con el desconcierto acerca del lugar al que nos lleva, y queda en quien lee la libertad de decidir "de qué trata" el libro. Porque puede leerse en clave teológica, en clave política, en clave sexual. Se puede leer como el gran delirio ebrio de un artista talentoso, o como el mismo Cohen diría más tarde: "un salmo, una misa negra, un monumento, una sátira, una oración, un grito, un mapa en la espesura, una afrenta sin gusto, una alucinación (...), en breve, una desagradable épica religiosa de belleza incomparable". 

    Más que nada, puede decirse que Hermosos perdedores es una elegía sobre el amor, en su sentido más total. 

    Porque además de Tekakwitha, otros dos personajes, a quienes sabemos ya muertos en las primeras páginas, completan el mapa de relaciones: Edith, la esposa del narrador, y F., el amigo y amante de ambos. La descripción de su tiempo juntos oscila entre el deseo y el resentimiento sin poder acercarse al estado de beatitud que alcanzó Tekakwitha, a quien las pasiones humanas no tocaban salvo en el dolor físico. El triángulo entre Edith, F. y el narrador es a la vez sórdido y doloroso y bello e incondicional, como la entrega espiritual de Catherine y como la pureza de la nieve, cuya desaparición por la inminencia de la primavera inaugura la tercera parte del libro. "Un epílogo", lo llama Cohen, en el que la ausencia se representa como la cintura de un reloj de arena, mientras fuera de él ­del tiempo­ una revolución agita las calles de Montreal, una en la que todos los perdedores de este mundo piden al destino una segunda oportunidad.

    http://www.clarin.com/rn/literatura/ficcion/Leonard_Cohen-libro_0_B1Sw__jTv7e.html

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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