ESTUDIO SUGIERE QUE LAS PERSONAS CON MUCHO DINERO ESTÁN OBSESIONADAS CONSIGO MISMAS



El dinero en ocasiones puede funcionar como una especie de hipnótico o sedante que impide percibir la realidad que nos rodea. Tal vez porque al depositar en el dinero el valor más importante (no sólo monetario) lo demás pasa a segundo término.

Un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de Nueva York encontró que las personas pudientes le ponen menos atención a las personas que pasan en la calle y lo que llaman "relevancia motivacional" de otras personas, o en otras palabras, qué tan relevantes son los otros para una persona. Según algunos psicólogos le ponemos atención a algo en la medida que le asignamos un valor, ya sea que represente un riesgo o una recompensa. 

En el estudio en cuestión 61 participantes caminaron por las calles de Nueva York utilizando unos google glasses; luego los investigadores analizaron sus movimientos oculares y notaron que aquellos que habían llenado su perfil demográfico como clase alta (aquellos adinerados) no posaban su mirada en las otras personas tanto como las personas de clase más baja.  

Se realizó otro estudio en el que se les pidió que miraran fotografías de Google Street View en una pantalla y de nuevos los ricos miraron menos a las personas. 

En otro estudio, los mismos investigadores reclutaron a 400 estudiantes (de los cuales también averiguaron su extracto socioeconómico). Los voluntarios tuvieron que ver imágenes que se mostraban por unos segundos y luego se volvían a mostrar pero con pequeños cambios. Las personas con menos ingresos respondieron con mayor rapidez y eficacia a los cambios en los rostros de las imágenes, de nuevo mostrando la relevancia motivacional de las otras personas. 

A lo largo de diferentes estudios de campo e investigaciones, se muestra que las otras personas logran captar más la atención de las personas de clase baja que la de los individuos de clase alta", dijo Pia Dietze, una de las investigadoras. 

Estos estudios se suman a algunos anteriores, como el de 2012 de la Universidad de California-Berkeley que notó que las personas adineradas reaccionaban con menos empatía cuando veían un video de niños con cáncer. En el caso de las personas con menos dinero, los investigadores notaron la tendencia en su ritmo cardiaco a volverse más lento, lo que sugiere un estado compasivo. 

Es sólo una conjetura, pero tal vez esta información explique en cierta manera la gran desigualdad económica que existe en nuestro planeta. Si es que puede extrapolarse que las personas con mucho dinero ponen menos atención a lo que le sucede a los demás y han asimilado esto a nivel inconsciente, no sería sorpresivo que no buscaran compartir su riqueza aún cuando realmente no necesiten tanto dinero. En cierta manera el dinero podría generar una obsesión con uno mismo.

http://pijamasurf.com/2016/10/la_burbuja_del_dinero_estudio_muestra_que_los_ricos_no_ponen_atencion_a_los_demas/
Laptops como si fueran "loncheras", tan básicas como el alimento. FOTO: One laptop per children

POR: ALEJANDRO MARTINEZ GALLARDO- 01/26/2016

¿VIVIMOS EN LA ERA DE LA IGNORANCIA? ¿ACASO NO LA TECNOLOGÍA PROMETÍA ALFABETIZAR AL MUNDO Y LLEVAR A TODO EL ORBE LOS FRUTOS DE LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA Y CIENTÍFICAMENTE DOCTA?




Nuestra era ha embanderado la tecnología como una nueva Ilustración. Hace algunos años, la ONU y el MIT lanzaron el programa "Una laptop por niño", en una especie de cruzada mundial de educación bajo el supuesto de que tener una computadora era un derecho universal --casi tan fundamental como la comida-- y el detonador de la liberación de las fuerzas opresoras de la pobreza y la dictadura. La computadora, sugiere el director del Media Lab del MIT y cabeza del proyecto, Nicholas Negroponte, es la herramienta de conocimiento más poderosa de la historia. En esto estaría de acuerdo Steve Jobs, quien en varias ocasiones habló del poder de las computadoras de revolucionar el aprendizaje, y quien, incluso más que Negroponte, se encargó de evangelizar al mundo y hacer que las computadoras fueran ya no sólo deseables sino imprescindibles (al menos para nuestra percepción). 

No hay duda de que la tecnología moderna ha "revolucionado" el conocimiento, pero quizás, a diferencia de lo que supone Negroponte, esta revolución no ha significado una verdadera Ilustración, ni un incremento de un conocimiento capaz de mejorar la vida de las personas y, por qué no, de liberarlas de la opresión política y social --que a fin de cuentas es el sentido esencial del conocimiento: usarse para vivir bien, no sólo para informarse. Quizás ha ocurrido lo opuesto, de la misma manera que la evangelización de la Iglesia Católica significó el yugo y la pérdida de tradición e identidad de los pueblos indígenas de América. Negroponte y la ONU fundamentalmente reparten computadoras en África, pero esta evangelización tecnológica ha ocurrido de manera global, casi sin que nadie se inquiete por lo sucedido. Y es que asumimos que las computadoras y la tecnología no tienen ninguna agenda y son esencialmente bienes materiales de gran valor cultural. (El filósofo anarcoprimitivista John Zerzan sugiere que existe “una intencionalidad en la tecnología… La Revolución Industrial no fue sólo sobre economía. Como dice Foucault, fue más sobre imponer una disciplina”). 

Hace algunos años con la llegada del Internet se decía que vivimos en la era de la información. Esto es indudable, todos hemos escuchado sobre cómo en nuestra época cada 5 años o algo así se duplica la cantidad total de información que generamos. El problema es que más información y más "especialistas" no nos hacen como individuos ni como sociedad más sabios. A fin de cuentas la persona que puede contestar innumerables preguntas de trivia es sólo una curiosidad, la persona verdaderamente admirable es la que puede integrar toda esa información y aplicarla no sólo para producir algo valioso según el mercado --como un nuevo gadget-- sino para aplicarla en su vida diaria y vivir sana y felizmente (independientemente de las presiones de su entorno). Esta es la forma de hacer real la información que de otra manera sólo nos lleva a estar inmersos en un torrente virtual de data, que nunca para, pero tampoco llega a ningún puerto, nunca está en paz.

Es posible que nos estemos apantallando por la cantidad de información que manejamos y confundiéndola con conocimiento cualitativo. Karl Taro Greenfeld escribe en un artículo en el New York Times:

Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada. Elegimos temas y bits relevantes de Facebook, Twitter o alertas de email y los vomitamos después. En vez de ver Mad Men, el Superbowl, los Óscar o el debate presidencial, simplemente puedes navegar los feeds de alguien haciendo live-tweets del evento o leer los encabezados de los diferentes sitios. Nuestro canon cultural está siendo determinado por lo que sea que tenga más clics.

Un estudio reciente sugiere que las personas que dicen ser expertos en realidad no lo son y existe una tendencia innata a exagerar lo que sabemos. Quizás esto está pasando a escala global: una alucinación colectiva de creer o fingir que sabemos. "Nos acercamos peligrosamente a dar un performance de sapiencia que es en realidad un nuevo modelo de no-saber-nada”, agrega Taro Greenfeld. ¿Saber un poco de todo es lo mismo que no saber mucho de nada? O, ¿de toda esta panoplia de trivia, de todas las conexiones de datos superfluos, del agregado hipervinculado surge, como de una gestalt holística, la sabiduría?

En otro ensayo en el New York Times, astutamente titulado “Our (Bare) Shelves, Our Selves” (algo así como "Nuestros libreros vacíos hacen de nuestros seres ceros") , Teddy Wayne escribe:

Los medios digitales nos entrenan para ser consumidores de banda ancha más que pensadores reflexivos. Descargamos una canción, un artículo, un libro o una película instantáneamente, la vemos (si es que no nos quedamos distraídos revisando el infinito inventario que se ofrece) y avanzamos a la siguiente cosa inmaterial.

Esto parece ser lo que está ocurriendo, la simple tesis de que sabemos más datos, sobre muchas más cosas, pero en realidad conocemos menos cosas a fondo, y tenemos menos capacidad de transformar lo que conocemos en algo valioso (y no me refiero a algo con lo que podemos ganar dinero). Somos cada vez más superficiales, adictos a tener cosas, a la pura materialidad, y menos capaces de profundizar y menos interesados por las ideas y los aspectos inmateriales de la realidad. 

El lector podrá claramente argumentar en contra de la tesis de este artículo que, en "la era de la ignorancia", cómo es posible que el autor sepa que no sabemos. ¿Acaso no hay una contradicción? Ciertamente será un buen punto, pero me parece que es posible argumentar, con Sócrates, que el primer paso hacia el conocimiento es aceptar la propia ignorancia y esta humildad no es algo que uno pueda apreciar en la ciencia y en la tecnología modernas que avanzan con una supuesta seguridad inexorable a conquistar la realidad bajo un estrecho paradigma materialista, que poco se pregunta sobre las consecuencias que su "conocimiento" produce en la psique de los individuos y en su búsqueda de significado, y que impone su visión de mundo (de la misma forma que los misioneros religiosos). Por otro lado, más allá de citar estadísticas de lectura, desigualdad, destrucción ecológica o demás cifras que podrían indicar un deterioro cualitativo de nuestra experiencia en el mundo, me remito a la observación del entorno, justamente a la dimensión cualitativa de la realidad y hago una pregunta al lector: si en su entorno nota un incremento del conocimiento que hemos aquí definido como de uso práctico, ético y hasta espiritual (no necesariamente en el sentido religioso, pero que llena de significado la existencia).

En la segunda parte de este ensayo seguiremos la tesis del poeta Charles Simic, quien en 2012 describió nuestra era como "la Era de la Ignorancia", notando que cada vez los jóvenes a los que enseña literatura en la universidad llegan con menos conocimiento y que existe, como si fuere, una estupidización generalizada de la población en Estados Unidos, la cual es sumamente conveniente para la clase política y la élite empresarial. 

                                          II PARTE 

UN DESTACADO POETA Y PROFESOR UNIVERSITARIO HA NOTADO UNA PREOCUPANTE TENDENCIA: LOS JÓVENES QUE LLEGAN A LA UNIVERSIDAD CADA VEZ SABEN MENOS

En un efusivo artículo de 2012 publicado en el New York Review of Books el poeta Charles Simic declaraba que estamos viviendo en la Era de la Ignorancia. Desencantado por las manifestaciones culturales de su país, donde en algún momento el grueso de la población llegó a creer que Saddam Hussein había sido responsable de los ataques del 11 de septiembre o que Obama era musulmán, Simic denunció lo que considera es una "rebelión de mentes opacas en contra de la inteligencia", por lo cual es acertado concluir "con Sidney Hook que la estupidez es una de las grandes fuerzas de la historia", todo lo cual es bastante conveniente para la clase política que "resiente a todo aquel que muestra la habilidad de pensar de manera seria e independiente".

Lo que más me llamó la atención de leer el artículo de Simic, un destacado poeta amigo de Octavio Paz, es su diagnóstico puntual, basado en su observación como profesor universitario de literatura, de que los jóvenes son cada vez más ignorantes, pasan de la escuela a la universidad sin estar preparados y sobre todo adoleciendo en conocimientos de historia. Esto mismo lo detecta Rushkoff en cierta forma en su libro Present Shock: inundados por enormes cantidades de información noticiosa, perdemos las noción de las grandes narrativas, de la continuidad del tiempo y la memoria. Todo es un perpetuo y atiborrado "ahora". Simic escribe sobre la notable carencia que tienen los jóvenes de las grandes ideas de otros tiempos:

Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez para hacernos tan ignorantes como somos hoy. Cualquiera que haya enseñado en una universidad los últimos 40 años, como yo lo he hecho, puede decirte que los estudiantes que salen de la preparatoria cada año saben menos. Primero fue desconcertante, pero ya no sorprende a ningún instructor universitario que los amables y entusiastas jóvenes que se enrolan en las clases no tienen la habilidad de retener la mayoría del material que se enseña. Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

Tengo la impresión de que esto es un fenómeno global. Hablo desde lo que observo en México, pero podemos citar también al exprofesor de Cambridge, Terry Eagleton, quien en un artículo en el mismo tenor que el de Simic denunció la influencia neocapitalista sobre la educación superior, considerando que las universidades son administradas como negocios y que las humanidades están al borde de desaparecer puesto que no pueden competir en la producción de capital con otras carreras. Las impresiones de Simic son sobre los estudiantes en Estados Unidos, el país con la presencia mediática más incisiva del mundo, a la vez también, el país que más influencia tiene el mundo, siendo una especie de oficina central de adoctrinamiento cultural global. Algunos países obtienen lo peor de los dos mundos, son colonizados culturalmente y económicamente, pero no reciben los beneficios materiales de la libre economía y se ven obligados a consumir objetos (como ropa o gadgets) y productos culturales de baja calidad.

Simic hace hincapié en que una de las cosas que se está perdiendo es el conocimiento de la historia --encandilados por el nuevo smartphone que hace desechable todo lo demás (incluyendo nuestra memoria); sin una noción histórica, el pueblo es fácilmente manipulable ya que no tiene el alcance de visión para percibir que los políticos están recurriendo a los mismos trucos o a las mismas falsas promesas que han utilizado antes sin entregar nunca resultados. Como dijo el filósofo George Santayana, "aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo". Me pregunto si, correteando las actualizaciones incesantes que nos hacen llegar nuestros aparatos, no nos estaremos programando para repetir los mismos errores del pasado, pensando que éste ya no existe, que ya lo hemos superado y con él los grandes desafíos de la condición humana. Simic considera que nuestra ignorancia, en el mundo real, nos hace presa fácil de la manipulación política e ideológica. "Para empezar, hay más dinero que ganar de los ignorantes que de las personas educadas, y engañar al pueblo es una de las pocas industrias que seguimos manteniendo en este país. Un pueblo verdaderamente ilustrado sería malo para los políticos y los negocios".  

Cómo explicarnos este incremento en la ignorancia --incremento al menos en lo referente a las bellas artes, a las tradiciones religiosas, a la historia. Simic culpa en Estados Unidos a la educación. "No hay duda de que el Internet y la televisión por cable han permitido que variados intereses políticos y corporativos diseminen desinformación a una escala antes imposible, pero para que eso sea creído es necesaria una población malamente educada y desacostumbrada a verificar las cosas que se le dicen". Me pregunto si no existe una especie de loop de retroalimentación entre los medios electrónicos y la carencia educativa, uno magnificando el efecto de la otra. Pasamos grandes cantidades de tiempo consumiendo contenido electrónico en forma de snack, pedacería diseñada para atrapar nuestra atención y ante este contenido --hecho a la medida de nuestra dopamina-- las películas de cine de arte, los libros de filosofía clásica o las novelas de autores de hace más de 50 años nos parecen aburridas. En inglés se ha creado el término "infotainment" para referirse a la información y al entretenimento como una misma (y ubicua) cosa. Hoy en día todo tiene que ser entretenido, fácil de usar  y útil (en el sentido de que nos brinde un capital, algo que podamos presumir que sabemos o que podamos vender). 

Hace unos días me encontré con esta increíblemente popular app llamada Blinkist, la cual tiene cientos de miles de usuarios y decenas de millones de seguidores en las redes sociales. Me pareció sintomática de lo que Simic llama la Era de la Ignorancia a la vez que, paradójicamente, denota un fuerte deseo de saber. Blinkist ofrece resúmenes de miles de libros que puedes leer en 15 minutos, una especie de resumen ejecutivo compuesto de puros "insights" de populares obras de no ficción. Promete hacerte más inteligente y ahorrarte toda la paja y la molestia de tener que realmente leer el libro. En nuestra era todos queremos ser CEOs, todos traducimos el tiempo en dinero y todos nos preparamos para pasar el examen (no para realmente aprender, sino para parecer que sabemos lo suficiente para pasar el punto de control y obtener el beneficio social o económico).

Se podrá argumentar que los jóvenes no saben menos sino que sus saberes están orientados a lenguajes científico-técnicos, como por ejemplo la tecnología de la información, a través de la cual pueden, por ejemplo, extender su memoria a la Red y utilizar la Nube como un almacén de información mucho mayor de lo que las mentes más prodigiosas albergaban en la antigüedad. Y, también, el siempre citado argumento de que las habilidades intelectuales modernas están orientadas hacia el reconocimiento de patrones y no a la memorización de información. Como si fuéramos más ligeros y estuviéramos uniéndonos a una mente global incorpórea. En algún momento esto puede llevar a creer incluso que estamos por manifestar el sueño de Teilhard de Chardin de la noósfera, la evolución de una capa de conciencia inmaterial, una especie de superalma planetaria (al menos los entusiastas editores de la revista Wired así lo creían). El juicio que he querido exponer aquí, sin embargo, es un juicio de valor: una defensa de la calidad de la información y su capacidad de ser transformada en sentido y no de la cantidad de información que podemos manejar como individuos o en colectivo y su capacidad de ser transformada en ventaja o utilidad. A su vez, no tengo reparos en manifestar que el problema de educación que vivimos es un problema de valores, es decir un problema moral y estético. Hoy la mayoría de las personas preferirían tener una habilidad que puedan capitalizar fácilmente y no una sensibilidad que sea inútil económicamente pero que alimente al individuo de belleza y de una riqueza que no cotiza en la bolsa. Nuestras prioridades y deseos hoy son determinados en función de la economía, el éxito personal (deseo aspiracional) y el materialismo y no de la estética, la ética ni la espiritualidad. En suma, simplemente digo aquí que para mi forma de ver el mundo --una visión tradicional-- el conocimiento debe estar ligado a principios que trascienden modas y corrientes pasajeras; ideas o valores que pueden encontrarse fundamentalmente en el arte, la religión y la filosofía (también en la ciencia, pero sólo en la ciencia que es capaz de encontrar sentido, es decir, en una ciencia siempre vinculada a la filosofía, como fue en el origen). Más allá de las apariencias y las rápidas descargas del hedonismo, lo que todos deseamos es entrar en contacto con algo más duradero y profundo y lo único que sabemos de cierto que trasciende nuestra corta estancia bajo el Sol son las ideas y los valores. Platón nos hablaría del Bien, de la Belleza, de la Unidad. Buda del Dharma (la ley de la cual el universo mismo es sólo una manifestación). Quizás lo mejor que tenemos actualmente --en un mundo fanáticamente secular-- son intentos como los de Carl Sagan por encontrar belleza y sentido dentro del supuesto azar de la ciega máquina universal e incrustar nuestros procesos dentro de la madeja de la evolución cósmica desde una perspectiva de participación. Sobre lo último habría que recordar que las grandes ideas de Sagan --"somos polvo de estrellas", "somos la forma en la que el universo se conoce a sí mismo"-- son solamente ecos o reformulaciones casi exactas de nociones conocidas a través de una ciencia interna hace miles de años por diversas culturas como la védica, la griega o la egipcia, entre otras. 

Intentando entender esta propagación de la ignorancia o este declive cultural --mayormente desestimado en la cresta del progreso tecnológico, puesto que, ¿cómo es posible que se hable de ignorancia cuando producimos tanta increíble, cuasidivina tecnología?-- me parece ineludible dirigir la mirada a cómo hemos asimilado la tecnología o a cómo no nos hemos percatado de los efectos que tienen los nuevos medios en nuestros sentidos y en nuestra cognición. Marshall McLuhan, un autor al que todos deberíamos regresar en esta época, dijo que la tecnología es una extensión de nuestros sentidos, pero que de la misma forma que los amplifica también los amputa. Un automóvil es una extensión de nuestras piernas (aunque alguno ha bromeado que también del pene), un teléfono de nuestros oídos y de nuestra voz (¿un smartphone es un genio o demonio atrapado en el bolsillo?), el Internet es una extensión de nuestro cerebro. No hay duda que sus alcances son enormes, su potencial maravilloso, pero hay que detenernos a observar si su mismo poder, su fabuloso encantamiento no está obnubilando o inundando algunos aspectos de nuestra percepción o por lo menos modificando algunos hábitos que determinan nuestra relación con el mundo y nuestra capacidad de conectarnos con los demás. El sentido de la frase de McLuhan queda claramente ejemplificado en el slogan repetido incansablemente, lo mismo por compañías de telecomunicación que sitios de internet: que nos están conectando donde quiera que estemos, todo el tiempo. ¿Acaso a la vez también no nos están desconectando del mundo real y de nosotros mismos? ¿Si estamos conectados todo el tiempo a la Red podemos estar conectados a nuestro entorno y a lo que sucede fuera de la pantalla? Como dice el anarcoprimitvista John Zerzan: "está claro que las máquinas están conectadas, ¿pero no sé hasta que punto lo están los humanos? Todos están en su teléfono celular todo el tiempo, como zombis, vas por la calle y la gente choca contigo porque está tan embobada viendo sus aparatos".  


Twitter del autor: @alepholo

http://pijamasurf.com/2016/01/vivimos-en-la-era-de-la-ignorancia-la-ilusion-de-que-la-tecnologia-nos-haria-mas-inteligentes/
POR: JUAN PABLO CARRILLO HERNÁNDEZ - 11/09/2016
09/2016
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En los últimos meses han ocurrido al menos tres procesos democráticos cuyo resultado final fue totalmente sorpresivo, opuesto al que auguraban encuestas, analistas e incluso cierto sentido común mínimo. En el Reino Unido, la mayoría de la población eligió salir de la Unión Europea; en Colombia, la mayoría rechazó que el gobierno nacional firmara la paz con las FARC; y ahora, en Estados Unidos, la mayoría ha elegido a Donald Trump como el próximo presidente del país.
Cada uno de estos procesos ocurrió en sus propias circunstancias, y sin duda el resultado de cada uno es efecto de factores específicos, pero también es posible encontrar algunas constantes. Algunos hablan de cierto agotamiento de la democracia como sistema político o, más precisamente, de mecanismos democráticos como las votaciones, que, paradójicamente, no parecen ya la forma más “justa” con que se decide el futuro de toda una población. En el caso del Brexit, por ejemplo, se señaló mucho cómo el sector decisivo fue el de los ancianos, británicos de cepa cuyo voto estuvo inclinado por el discurso xenófobo que alimentaron ciertos medios conservadores. ¿Por qué un sector de la población que no vivirá más de 10 años puede tomar una decisión con efectos para los demás durante al menos los próximos 30?
La democracia es falible, eso se sabe desde tiempos de Platón y Aristóteles, sin embargo, desde entonces se sabe también que hasta ahora es el mejor sistema político que hemos ideado para darle marco a nuestras relaciones políticas. El problema parece ser que en nuestra época ciertos ámbitos de la vida social como la economía o las comunicaciones han ganado complejidad pero no así ciertos aspectos de la política como los procesos electorales, que en algunas de sus características parecen anquilosados, obsoletos.
En este sentido, vale la pena reflexionar sobre una paradoja de la realidad contemporánea que a luz de estos acontecimientos parece mucho más obvia. Es un tanto irónico que hasta hace unos años, con el surgimiento del Internet y las comunicaciones globales, se habló con entusiasmo de cierto “Renacimiento” cultural, se habló de la posibilidad del acceso universal a la información, de la gratuidad del conocimiento, de la libertad con que fluiría la data. Sin embargo, a la vuelta del tiempo el panorama es totalmente distinto: no sólo la humanidad no es más sabia, sino que además, a juzgar por estas decisiones colectivas, la mayoría es francamente ignorante, de una forma además que reúne dos de las características más aborrecibles de la ignorancia, el egoísmo y el orgullo.
Los ignorantes que están decidiendo el futuro de la mayoría son personas en quienes claramente ha fracasado el proyecto humanista del bien común, que no ven más allá de sus intereses ni son capaces de imaginar un punto de vista distinto al suyo; son personas también en quienes se cumple eso que los antiguos llamaban ignorancia supina: la ignorancia de quien aun teniendo los recursos y las oportunidades, se niega a aprender, es decir, se empeña en ser ignorante, se enorgullece de ser ignorante.
¿Qué hace distinto a nuestra época como para que esta ignorancia sea relevante y, tristemente, decisiva en nuestra vida social? De nuevo, los factores pueden ser muchos, pero es claro que la forma en que ocurre la comunicación tiene una amplia responsabilidad en estos sucesos. Nociones como la verdad, la opinión, la certeza o la confianza –todas fundamentales para comunicar o para informar– han tenido cambios cuyo alcance quizá apenas comenzamos a vislumbrar.
En la historia del Internet, uno de los cambios mayores fue la transición hacia la Web 2.0, de cuya amplia historia sólo nos detendremos en un rasgo: la entrega que se hizo al usuario de la generación de contenidos. A diferencia de lo que sucedía en los primeros años del Internet, el usuario dejó de ser sólo un consumidor de contenidos para convertirse en un consumidor y generador de éstos. A los tiempos de la Web 2.0 pertenece el surgimiento de los blogs y, poco después, de las redes sociales, en donde como sabemos por experiencia propia, consumimos lo que otros publican pero a su vez nosotros también podemos publicar lo que otros consumen.
Dicha entrega, sin embargo, se dio sin una noción de responsabilidad. De entonces a la fecha, cualquier puede abrir un blog, cualquiera puede tener un perfil de Facebook y publicar lo que le venga en gana, cualquier puede emitir un juicio sumario en Twitter o subir un video comiendo canela a YouTube. Se le dio a la humanidad uno de los mejores recursos jamás inventados para hacer que la manera personal de ver, entender y experimentar el mundo fuera conocida por otros e importara, y la humanidad lo desperdició en videos de gatitos, lo convirtió no sólo en otro medio para fomentar la estupidez, sino además en un medio que hizo relevantes esas opiniones estúpidas, al tal grado que ahora se están convirtiendo en decisiones de peso, como la elección de un presidente nacional.
Leonardo Curzio –investigador en la Universidad Nacional de México, analista y conductor de un noticiero matutino– ha hablado de “idiotas empoderados” a propósito de estas personas que, solazados en su ignorancia, nutridos por los “análisis” superficiales que hacen sus amigos de Facebook o el youtuber al que siguen, se creen absolutamente informados, plenamente capaces, convencidos del todo de estar tomando la decisión que les conviene a ellos mismos y al resto de su comunidad. También Umberto Eco, algunos años antes de morir, dijo que las redes sociales sólo habían llegado para dar voz a una legión de idiotas.
Y aunque las opiniones tanto de Eco como de Curzio pueden sonar fascistas (pues su corolario es quitarle el derecho de expresión a esos idiotas), ambas deben leerse desde la tradición occidental de la generación de ideas. En toda nuestra historia, desde la Antigüedad clásica hasta la modernidad tardía, emitir una idea supuso siempre cierta responsabilidad, estaba avalada por una autoridad o provenía de un examen amplio de la cuestión, de la reflexión meditativa, de la formación escolarizada, etc. Era muy difícil que una idea estúpida –es decir, una ocurrencia, una idea sin fundamento, un prejuicio– se abriera paso hasta la opinión pública. Pero ahora ocurre lo contrario. La irresponsabilidad se ha revelado como un terreno fértil para la estupidez.

Twitter del autor: @saturnesco

Peter Watson

Historia intelectual del siglo XX
Peter Watson

Trad. David León Gómez. Crítica.
Barcelona, 2002. 965 páginas

BERNABÉ SARABIA | 17/04/2002




Peter Watson es un periodista británico con la osadía de los descubridores ingleses del siglo XIX. Nacido en Birminghan en 1943, su ocupación actual es promocionar este libro por todo el mundo y trabajar, como investigador asociado, en el McDonald Institute for Archeological Research de la Universidad de Cambridge.

Sin que se le conozca un pasado acreditado de historiador o de académico solvente, emprendió un viaje lleno de riesgos y trampas de todo tipo: desmenuzar, ordenar y clasificar el pensamiento del siglo XX. El único salvavidas que se ha permitido ha sido no entrar ni en política ni en guerras. Estamos por tanto ante una empresa ciclópea, nada más y nada menos que darle un repaso al pasado siglo desde la creación artística hasta la científica. Watson ha organizado el material de un modo cronológico a partir de la publicación en el año 1900 de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, texto que marca el comienzo del psicoanálisis. A partir de ahí y a lo largo de casi mil páginas de apretadas líneas va trazando la fantástica aventura del pensamiento y las ideas del siglo anterior. Para ello se sirve de una excelente documentación y de un estilo narrativo muy fluido para ir encadenando acontecimientos, personajes e ideas.

En 1900, el Reino Unido era la nación más poderosa de la Tierra y Max Planck tenía cuarenta y dos años; era el prototipo del científico alemán de cultura humanista y musical. En ese año descubría unos “paquetes de energía” en los electrones a los que denominó cuantos. Era el principio de la física cuántica, el fin de la mecánica newtoniana y el primer resplandor del gigantesco avance científico que es para Watson lo más característico del siglo XX.

Diez años más tarde, en 1910, un profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York, llamado T. H. Morgan descubre, trabajando con moscas, la herramienta a partir de la cual, con los avances científicos y el paso de los años se ha llegado a duplicar seres vivos, como ha sucedido con Dolly, la oveja clonada hace unos años. Dicha herramienta son los cromosomas y la teoría genética. Como escribe Watson, el gen resultó ser una partícula fundamental de mayor peso que el electrón o el átomo, ya que estaba ligado a la humanidad de forma más directa.

En plena II Guerra Mundial, Beveridge, un aristócrata inglés formado en Balliol, uno de los mejores colleges de Oxford, sienta las bases del estado del bienestar. Es en 1941 cuando publica Consideraciones generales acerca del estado de bienestar. En dicho texto señala la necesidad de organizar un sistema que permita, entre otras prestaciones, una sanidad pública y de calidad, desgravaciones por hijos y subsidio de desempleo. El dinero y los recursos para montar lo que desde entonces se conoce como el estado del bienestar debían, en opinión de Beveridge, proceder del individuo, el empresario y el estado.

Para Watson los tres grandes ejes de pensamiento que marcan el siglo XX están conformados por el desarrollo del psicoanálisis a partir de la idea del inconsciente de Freud, de la física cuántica desde el quantum de Planck y, en tercer lugar, por el descubrimiento del gen como origen de la genética. Estas tres grandes innovaciones en la historia de la humanidad cuajan y se desarrollan gracias, en primer lugar, al desarrollo del capitalismo y del estado del bienestar y, en segundo lugar, debido a la consolidación de la ciencia como explicación del mundo y de sus misterios, más allá de cualquier tipo de religión o hecho religioso.

Aunque lo que acabamos de señalar sea esencial en la visión de Watson sobre el siglo pasado, conviene dejar claro que su libro tiene mayor complejidad, es una catarata de información. Recorre el siglo a base de datos tomados de biografías de pintores, músicos, escritores, economistas o cualquier otro personaje con tal de que no sea ni político ni militar. Lo mismo hace con obras de arte o con los libros. Por desgracia eso hace que tan pronto pasa de Leni Riefenstahl a Albert Einstein como de Maya Angelou a Keynes o Thomas Mann. De alguna manera, a esta cantidad gigante de información, aunque presentada de forma amena, se le saltan las costuras en más de una ocasión, como cuando Watson escribe que T.S. Eliot, Joyce y Adolf Hitler, tan diferentes en muchos sentidos, tenían una cosa en común, su amor al mundo clásico. Todo ello hace, no obstante, que este volumen tenga otra utilidad añadida, la de ser leído y utilizado como una enciclopedia de las ideas del siglo XX.

Al lector latino le conviene saber que para Watson el lado bueno del siglo XX está hecho por anglosajones y alemanes anteriores a Hitler. Sus cientos, miles de notas están toda
s en inglés. Watson es un monóglota convencido de su primacía. ¿Tendrá razón? 


http://www.elcultural.com/revista/letras/Historia-intelectual-del-siglo-XX/4572


PDF]Watson Peter - Historia Intelectual Del Siglo XX

www.iutep.tec.ve/uptp/.../WatsonPeter-HistoriaIntelectualDelSigloXX.pd...

1. PETER WATSONHISTORIA INTELECTUAL DEL. SIGLO XX. Traducción ..... vacante el ámbito público —vital para la acción política en nombre del bien del.



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10 jul. 2013 - 1 PETER WATSON HISTORIA INTELECTUAL DEL SIGLO XX Traducción castellana de DAVID LEÓN GÓMEZ CRITICA BARCELONA.