Lilí Brik habla de Mayakovski
Hemeroteca 24 octubre, 2016 Lilí Brik



Texto publicado en la revista número 25 del año 1978



“En el fondo de su alma seguía siendo un niño insaciable”

Lilí Brik

Vladimir Vladimirovitch Mayakovski nació en Bagdadi, un pueblecito de la República de Georgia, el 7 de julio de 1893. Murió de un tiro que él mismo se pegó en la sien el 14 de abril de 1930, a los 37 años de edad.
Todavía adolescente participó en actividades revolucionarias y fue uno de los principales portavoces de la revolución estético-literaria que nació con el siglo. Perteneció al mismo círculo que los pintores Malevitch y Rodjenko, el cineasta Eisenstein, el dramaturgo Meyerhold y los músicos Shostakovich y Prokofiev. Firmó el manifiesto futurista “Una bofetada al gusto del público”. Como poeta, sin embargo, nunca quiso divorciarse de su pueblo y empleó un lenguaje coloquial “antipoético”, hecho de imágenes insólitas y de rimas inusitadas, recreador del léxico y la sintaxis, lleno de un lirismo épico a la vez individual y social. Sus estrofas –cortas, nerviosas y vibrantes– frecuentemente están construidas con versos escalonados (técnica que toma del Mallarmé de Un coup de dés).

Su temperamento inquieto encontró en la Revolución de Octubre el clima adecuado para expresarse. Fundador del LEF (Frente de Izquierda del Arte), cantó apasionadamente la ideología bolchevique en Oda a la revolución, La guerra y el universo, El hombre, Vladimir lIich Lenin, A plena voz, etc. Su vertiente satírica se desarrolló, fundamentalmente, en sus piezas dramáticas, en las que criticó irónicamente las costumbres pequeño-burguesas (Misterio bufo, La chinche) y el burocratismo que poco a poco se iba enseñoreando del nuevo régimen (Casa de baños).

Toda la obra de Mayakovski puede considerarse, también, como un encendido canto al amour fou que sintió por su compañera y amante Lilí Brik, actriz, bailarina y escultora, una de las mujeres más cultas e inteligentes de su tiempo. El mensaje que le dejó en su carta de despedida, dos días antes de morir (“Lilí, ámame”) bien podía haber sido este otro, más bretoniano, “Lilí, te deseo que seas locamente amada”.

Ahora que Lilí Brik acaba de morir, nos ha parecido interesante publicar sus recuerdos sobre los últimos días del poeta, recuerdos que se encuentran en el hermoso libro de Cario Benedetti Lili Brik e Majakovskij, Editori Riuniti, Roma 1978.

* * *
Vladimir Vladimirovitch Mayakovski
Vladimir Vladimirovitch Mayakovski
—El día 17 por la mañana llegamos a Moscú. El féretro estaba expuesto en la asociación de escritores. Una inmensa multitud había venido a dar su último adiós a Volodia. La mayoría eran jóvenes. Nadie acababa de creer que Mayakovski se hubiese suicidado. El día 14 de abril, que en el viejo calendario corresponde al 1º de abril, cuando se divulgó la noticia de su muerte, fueron muchos los que pensaron en la posibilidad de una broma macabra.

Por lo que a mí respecta, mi primera suposición fue que Volodia había sido asesinado por los kuláks.

Poco después, hablando con uno de la Rapp,1 le pregunté por qué no le habían confiado a Volodia un trabajo en el que se encontrase a gusto. “Pero, ¡cómo! –me contestó, sin pensárselo mucho–. ¡Si nos habíamos puesto de acuerdo para que examinase todos los originales en verso que llegasen a la redacción de Oktjabr!”. No valía la pena seguir hablando.

Recuerdo también la exclamación de otro rappista: “¡No entiendo por qué arman tanto barullo por un intelectual que se ha suicidado!” Me produjo náuseas esta mediocridad tan segura de sí, una mediocridad que le hizo exclamar también: “Nosotros somos distintos. ¡No nos pegaremos un tiro, nosotros, no!”

Si uno no se pega un tiro es por una de estas dos razones: o porque es más fuerte que las contradicciones que le desgarran o porque no tiene ni idea de lo que es una contradicción. Evidentemente, el mediocre rappista no tenía en cuenta esta segunda posibilidad.

¿Por qué se suicidó Volodia? La pregunta es muy compleja y la respuesta, inevitablemente, también ha de serlo. Ossip Maksimovitch no nos ha proporcionado esta respuesta “compleja”, cuyo origen, sin embargo, ha de buscarse en las observaciones de Brik sobre el estado de ánimo de Volodia a finales de 1929.

—¿Por qué, pues, se suicidó Mayakovski?

—Mayakovski amaba frenéticamente la vida, en todos los sentidos. Amaba la revolución, el arte, el trabajo; me amaba a mí, a las mujeres; amaba el peligro, el aire que respiraba… Su maravillosa energía superaba todos los obstáculos. Pero sabía que no podía vencer a la vejez y, morbosamente horrorizado, la esperaba desde niño.

Volodia no hacía más que hablar del suicidio. Era una obsesión. Recuerdo una vez, en 1916, que el teléfono me despertó de madrugada. Al descolgarlo, oí la voz sorda y grave de Volodia diciendo: “Me voy a matar. Adios, Lilik”. “¡Espérame!”, grité, y poniéndome sobre el camisón lo primero que hallé a mano, me precipité por las escaleras. Le supliqué al cochero que se diese prisa, incitándole, golpeándole con mis puños en la espalda. Al llegar, Mayakovski me abrió la puerta. Sobre la mesa había una pistola. “Me he pegado un tiro –dijo– pero el revólver se ha encasquillado y no he tenido valor para intentarlo otra vez. Te estaba esperando”. Yo estaba aterrorizada y no conseguía sobreponerme. Fuimos a mi casa de la calle Zukovski y allí me obligó a jugar una partida de cartas. Los dos estábamos muy excitados. A él le producía un gran alborozo que yo perdiese. Me aturdía con su temperamento, me cortaba constantemente, declamando:

y el hombre, invisible en las tinieblas del bosque 
se estremeció como una hoja caída 
y gritó: ¡qué ha hecho por ti tu amado, qué ha hecho tu amado por ti?

Y seguía así, con Ajmátova y con otros poetas, incansablemente… Siempre me decía: “Me voy a pegar un tiro, voy a terminar de una vez. ¡Treinta y cinco años! Ni un día más”. Yo me atormentaba tratando de convencerle de que no debía temer a la vejez, que él no era una bailarina. Tolstoi y Goethe no eran ni “jóvenes” ni “viejos”: eran León Tolstoi y Wolfgang Goethe. También él, Volodia, sería siempre Vladimir Mayakovski. Y yo, ¿iba a dejar de amarle porque le saliesen arrugas? Verle con bolsas debajo de los ojos y con patas de gallo sólo habría despertado en mí ternura.

Pero él, testarudamente, repetía que no quería llegar a viejo ni verme vieja a mí. De nada valía lo que yo le decía: que la “sensatez”, por muy desagradable que sea, no es un rasgo infalible de la vejez . Tolstoi, por ejemplo, nunca se sometió a ella. Poco antes de morir se escapó de su casa, travieso como un niño.

Cuando cumplí los treinta años, y Volodia estaba a punto de cumplirlos, volvimos a discutir, como de costumbre, sobre el mismo tema. Estábamos sentados en un sofá, en el comedor de la calle Gendrikov. “¿Qué voy a hacer –le pregunté– ahora que ya tengo treinta años?” Volodia contestó: “Tú no eres una mujer. Tú eres una excepción”. “¿Y tú –repliqué yo–, acaso no eres una excepción?” No dijo nada más.



Lilí Brik habla de Mayakovski
Osip Brik, Lilí Brik y Vladimir Mayakovski



La idea del suicidio, para Mayakovski, era como una enfermedad crónica, y como todas las dolencias de este tipo, empeoraba cuando las condiciones ambientales eran perjudiciales. Naturalmente, lo que decía y lo que pensaba al respecto no siempre me daba miedo. De lo contrario, no hubiese podido vivir a su lado. En ocasiones, sin embargo, era difícil. Si alguien demostraba no tener demasiadas ganas de jugar con él a cartas, Volodia enseguida exclamaba que se sentía inútil. Si una chica no llamaba por teléfono a la hora convenida, decía que nadie le quería y que era absurdo seguir viviendo. Cuando le daban estos ataques de histeria, yo trataba de tranquilizarle o bien le maldecía, suplicándole que no se atormentase, que no me asustase de aquel modo. Pero a veces, si presentía la proximidad de la catástrofe, el miedo me atenazaba. Recuerdo una vez que, al volver del Gosizdat –donde se había visto obligado a esperar a alguien durante mucho rato, a hacer cola ante una ventanilla y a discutir cosas obvias– se tendió cara abajo sobre el diván, largo como era, y, literalmente, aulló: “No puedo máááás… “

Apenada y asustada, rompí a llorar, y él, repentinamente, se olvidó de sí mismo y corrió a tranquilizarme.

Hay otro episodio anotado en mi diario, con fecha “11 de octubre de 1929, por la noche”. Estábamos tranquilamente sentados en el comedor de la calle Gendrikov. Volodia tenía que ir a Leningrado por cuestiones de trabajo y estaba esperando que llegase el coche que tenía que venir a buscarlo. La maleta estaba ya en la calle.

Mientras esperábamos, llegó una carta de Elsa.3 La abrí y, como era mi costumbre, comencé a leerla en voz alta. Junto a otras novedades, mi hermana me comunicaba que Tatiana Jakovleva –la mujer que Volodia había conocido en París y de la que, por inercia, todavía estaba enamorado– iba a casarse. Al parecer, iba a hacerlo con un vizconde, en la iglesia, con traje blanco y un ramillete de flores. Elsa manifestaba su preocupación por el escándalo que podía provocar Mayakovski si se enteraba, y que podría frustrar la boda. Al final de su carta, mi hermana me rogaba que no le dijese nada a Volodia. Pero Mayakovski ya se había enterado y poniéndose en pie, con el semblante alterado, dijo: “Bueno, me voy”. “¿Adónde vas, Volodia? Todavía es pronto”. Pero él cogió la maleta, me dio un beso y se marchó.

Poco después, el chófer de Mayakovski, V. Gamazin, nos dijo que lo había encontrado en la avenida Vorontsovskaya. Con gran estrépito, Vladimir Vladimirovitch había arrojado la maleta dentro del coche y había agredido al chófer, cosa que nunca había hecho antes, ni una sola vez. Estuvo callado durante todo el trayecto, y al llegar a la estación, había dicho: “Perdóneme, no se enfade conmigo, amigo Gamazin, se lo ruego. Es el corazón…”

En aquella ocasión, me asusté de verdad. A la mañana siguiente llamé por teléfono a Leningrado, al hotel Europa. Le dije a Volodia que estaba muy preocupada y que no hacía más que pensar en él. Me contestó con las palabras de un viejo cuento: “Este caballo ya no sirve. Lo cambio”, y añadió que me preocupaba en balde. “Quizás sería mejor que me reuniese contigo. ¿Quieres?” Se alegró.

Salí aquella misma noche hacia Leningrado. Volodia se alegró mucho de verme. No me dejó sola ni un momento. Asistí a sus conferencias, en grandes salas, atestadas de gente, la mayoría estudiantes. Daba dos o tres conferencias al día y, al hablar, se refería a menudo a un barón, a un vizconde. “Nosotros trabajamos. No somos vizcondes franceses”; o bien: “El que os habla no es un barón francés”, “si yo fuese un conde…”

El dolor había pasado, pero seguía atormentándole el amor propio, el insulto recibido. Estaba avergonzado ante sí mismo y ante mí por el error cometido. Mayakovski se sentía solo muy a menudo. Y no es que no fuese amado o apreciado, o que no tuviese amigos. Al contrario. Se publicaban sus obras; era leído, escuchado. Las salas se llenaban cuando él estaba presente. Sus amigos, quienes le querían, eran incontables. Pero todo esto era como una gota en el mar para un hombre que “llevaba un niño insaciable en el fondo de su alma”, que quería ser leído por quien no le leía, estar en compañía de quien estaba ausente, ser amado por la única mujer que parecía no amarlo.

¡No había nada que hacer!”

 —Dicho brutalmente, el suicidio era inevitable.

—Yo no estaba en Moscú cuando Volodia se mató. Si hubiese estado allí aquel 14 de abril, quizás la muerte no se hubiese producido todavía. ¡Quién puede saberlo!

Después de la muerte de Volodia, mientras viví en la calle Gendrikov, le sentí volver a casa, abrir la puerta con la llave, colgar ruidosamente el bastón en el vestíbulo; le veía entrar, quitarse la chaqueta, acariciar a Bulka, ir al baño a lavarse las manos y, al poco rato, como no había toallas, lo veía en su habitación, con sus enormes manos tendidas, goteantes. Por la mañana seguía viéndole a mi lado, sentado a la mesa, de lado, bebiendo té y leyendo el periódico. Todavía hoy me parece verlo por las calles de Moscú y Leningrado, y a menudo me dirijo a mis amigos llamándoles Volodia.
Lilí Brik habla de Mayakovski
Brik y Maiakovski


 —Dos días antes de morir, el 12 de abril de 1930, Mayakovski escribió una carta de despedida.

—En sí misma, la redacción de la carta de despedida no implicaba el suicidio como una necesidad absoluta. Si las circunstancias no hubiesen sido tan penosas, quizás el suicidio se hubiese diferido.

Desgraciadamente, todo le salió al revés. O por lo menos eso es lo que creyó Volodia al ver que ya no era irresistible, al comprobar el fracaso de su obra Casa de baños, la obtusa malevolencia de los rappistas, la ausencia, en la exposición, de las personas a las que más quería, la fatiga. En realidad, Volodia se equivocaba. Por una parte, respecto a la mujer a la que pretendía obligar a que abandonase a su marido,4 para demostrarse a sí mismo una vez más que ninguna mujer podía resistírsele. Por otra, respecto a la representación de Casa de baños. Es cierto que la prensa le atacaba a diario, y con brutalidad, pero él no podía ignorar que había hecho un buen trabajo. Por lo demás, las personas en las que más confiaba le habían dicho que aquél texto veía la realidad con muchos años de anticipación, que eran muy pocos los que se daban cuenta del peligro del burocratismo que estaba naciendo, que aquel espectáculo había tenido poco éxito pero que las representaciones sucesivas habrían ido mejor. ¿Acaso no había fracasado también, a la primera tentativa, La gaviota de Chejov? ¿Y quién ignoraba el “valor” de los secuaces de la Rapp? ¿Qué se podía esperar de ellos? ¿A quién podían “decepcionar”?5En cuanto a la exposición, se cansaba de recibir a los jóvenes que le asediaban. ¿Acaso quería Mayakovski “celebrar” su propio aniversario?

No, Volodia era un poeta. Y quería exasperarlo todo. De lo contrario, no habría sido el que era.

En la carta que escribió antes de morir, está todo Mayakovski. Temía que culpasen a alguien de su muerte. Temía las murmuraciones. Le horrorizaban. Y en nuestra vida no habían escaseado. Pedía perdón a sus amigos por el dolor que les causaba y que, cuando estaba vivo, siempre había tratado de evitar. “Lilí, ámame” significa: “perdóname, no me olvides, defiéndeme, no me abandones aunque esté muerto. Ahora, igual que cuando estaba vivo, quiero seguir siendo el primero en tu conciencia”. “Camarada gobierno”, escribe Mayakovski, y con ello expresa su confianza y su amistad con nuestro gobierno. También en el suicidio sigue siendo un bolchevique. Como a un compañero, le confía al gobiemo las personas de las que él mismo se cuidó cuando estaba vivo.

No quería que su muerte se convirtiese en un acto ejemplar. El suicidio, escribía, “no se lo aconsejo a nadie”, no resuelve nada, es una fuga. Pero él no tenía “alternativa”, no tenía fuerzas para enfrentarse a la percepción de la inevitable vejez y de la decadencia que comporta, y que para él asumía un carácter hiperbólico.

“Buena suerte”, nos deseó. Y era sincero. Hasta el último momento, fue fiel a sí mismo.

¡Han pasado tantos años desde la muerte de Volodia! “Lilí, ámame”. Yo le amo. Cada día él habla conmigo con sus versos.

Notas

Rapp: Asociación de escritores proletarios, formada después de la revolución, en la que Mayakovski había ingresado un año antes de morir, y contra cuyo sectarismo se había enfrentado siempre.

Ossip Maksimovitch Brik, marido de Lilí, del que estaba amistosamente separada, y amigo íntimo de Mayakovski.

EIsa Triolet, hermana de Lilí y compañera de Louis Aragón.

Se refiere a Verónica V. Polónskaia, actriz que vivió el último año con Mayakovski, pero que no quiso abandonar a su marido.

Pocos días antes del estreno de Casa de baños, Vladimir Yermilov, líder de la RAPP, atacó a la obra de Mayakovski en Pravda calificándola de “insulto a la clase obrera soviética”. EI día del estreno, Mayakovski hizo colgar, a la puerta del teatro, el siguiente texto: “No es fácil bañar al enjambre de burócratas. No habrían suficientes casas de baño ni jabón. Además, los burócratas gozan de la ayuda de plumas como la del crítico Yermilov”. La Rapp ordenó al “compañero de viaje” Mayakovski que retirase el cartel, lo que éste hizo.

(Traducción y notas: Josep Sarret).

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Mayakovski

El último adiós de Mayakovski


El 12 de abril de 1930, dos días antes de morir, Mayakovski había escrito una carta de despedida, titulada “A todos” y que decía así:


De mi muerte, no se culpe a nadie. Y, por favor, nada de murmuraciones. Al difunto le molestaban enormemente.

Mamá, hermanas, camaradas, perdonadme. No es un método (no se lo aconsejo a nadie). pero no tengo alternativa.
Lilí, ámame.

Camarada gobierno: mi familia se compone de Lilí Brik, mi madre, mis hermanas y Verónica Vitoldóvna Polónskaia.

Si les haces la vida llevadera, gracias.

Envíen los versos sin terminar a los Brik. Ellos sabrán descifrarlos. Como se dice: el “incidente” ha terminado. La barca del amor se estrelló contra la vulgaridad. Estoy en paz con la vida. Es inútil recordar dolores, desgracias y ofensas mutuas.


Buena suerte.


Vladimir Mayakovski


12-IV-1930

Camaradas de la Rapp, no me toméis por un cobarde.
En serio, no hay nada que hacer.

Saludos.

Decídle a Yermílov que lamento haber retirado el cartel.
Tenía que haber discutido hasta el fin.

V.M.


Vladimir Mayakovski


Unos versos de Mayakovski

¡Resucitadme,

aunque sólo sea,

porque soy poeta

y esperaba el futuro,

luchando contra las mezquindades de la vida cotidiana!

¡Resucitadme,

aunque solo sea por esto!

¡Resucitadme,

quiero acabar de vivir lo mío,

mi vida.

La vida

es espléndida

Y vivir,

es espléndido.

Y en nuestra hirviente

jornada combativa

más todavía.

mayakovskySe vive bien

En el país de los soviets

Se puede vivir

y trabajar a gusto

Pero

–por desgracia–

no tenemos muchos poetas

En esta vida

morir es fácil

Vivir

es mucho más difícil.


http://www.elviejotopo.com/topoexpress/lili-brik-habla-de-mayakovski/

Prólogo
GUIA DEL CIUDADANO
PARA EL SIGLO XXI
Por Newt Gingrich 





En la década de los años noventa ha surgido una oleada de cambios
políticos y gubernamentales de proporciones históricas. Desde el colapso del Imperio soviético hasta la sustitución de la estructura política italiana posteriora la Segunda Guerra Mundial, la eliminación virtual del partido gobernante de Canadá en las elecciones de 1993 (que pasó de 153 a 2 escaños parlamentarios), el hundimiento del partido democrático de Japón tras cuarenta años de monopolio virtual del poder (y el desarrollo de un nuevo movimiento reformista) y el auge de Ross Perot y del movimiento United We Stand en Estados Unidos, se repiten una vez y otra los cambios sorprendentes en la política y en el gobierno.
Políticos, comentaristas y estudiosos parecen todos confusos acerca
de la magnitud del cambio. Llaman inevitablemente la atención el dolor de los que predominaron y la desorientación de los que fueron poderosos. La angustia del pasado se impone a la promesa del futuro. Este es un antiguo fenómeno. El otoño de la Edad Media, la espléndida obra de Huizinga, lo refleja en relación con el Renacimiento. Lo que a nosotros, volviendo hacia atrás la mirada, se nos antoja un período brillante y apasionante de innovación, para sus contemporáneos fue el colapso aterrador del orden vigente.
De modo semejante, el derrumbamiento de la China confuciana a partir de la década de los cincuenta del siglo pasado fue considerado un declive horrible del orden y la estabilidad y no el anuncio de un futuro distinto más fructífero y libre.
Alvin y Heidi Toffler nos proporcionan la clave para concebir la confusión actual en el marco positivo de un futuro dinámico y atrayente. Llevan un cuarto de siglo dedicados a enseñar, hablar y escribir acerca del futuro. El título de su primer libro, que batió marcas de ventas, El shock del futuro (1970), se convirtió en término universal para designar la escala de cambios que experimentamos. (Per capita se vendió aún mejor en Japón que en Estados Unidos.) El shock del futuro llamó la atención sobre la aceleración del cambio que amenazaba con abrumar a gentes de todos los lugares y acerca del modo en que a menudo desorientaba a individuos, empresas, comunidades y gobiernos.
Si El shock del futuro hubiese sido su única obra, los Toffler figurarían como comentaristas relevantes de la condición humana. Pero su siguiente gran libro, La tercera ola, representó una contribución aún más importante al entendimiento de nuestra época. En La tercera ola los Toffler pasaron de la observación a la creación de un marco de predicciones. Situaron la revolución de la información en una perspectiva histórica comparándola con las otras dos únicas grandes transformaciones, la revolución agrícola y la revolución industrial. Experimentamos el impacto, dicen, de la tercera gran ola de cambio en la historia y, como resultado, nos hallamos en el proceso de crear una nueva civilización.
Los Toffler entienden, con total acierto, que el desarrollo y la distribución de la información se han convertido ya en la productividad y en la actividad de poder cruciales para la raza humana. Desde los mercados del mundo financiero y la distribución mundial de noticias en tiempo real a través de la CNN durante las veinticuatro horas al día hasta los avances de la revolución biológica y su impacto en la salud y en la producción agrícola, advertimos que virtualmente en cada frente la revolución de la información transforma el tejido, el ritmo y la sustancia de nuestras vidas. Al proporcionar un sentido a dicha transformación, La tercera ola ejerció un fuerte impacto fuera de Estados Unidos sobre las estrategias empresariales y los dirigentes políticos, desde China hasta Japón, Singapur y otras regiones de rápido crecimiento que ahora se concentran en el desarrollo de la alta tecnología con aportación intensiva de información. El libro influyó también en muchos empresarios norteamericanos, que reestructuraron sus firmas, preparándolas para el siglo XXI. Una de las aplicaciones más importantes y afortunadas de este modelo surgió cuando el general Donn Starry, jefe del Mando de Adiestramiento y Doctrina (TRADOC) del Ejército de Estados Unidos, leyó La tercera olacomienzos de la década de los ochenta y concluyó que los Toffler acertaban en su análisis del futuro.
Como consecuencia, los Toffler fueron invitados a Fort Monroe, sede del TRADOC, donde compartieron el modelo de la tercera ola con los elaboradores de las doctrinas militares. Los Toffler describieron brillantemente este proceso en su reciente libro, Las guerras del futuro. Sé cuál fue la influencia que el concepto de revolución de la información de la tercera ola ejerció en la evolución de la doctrina militar desde 1979 a 1982 porque durante mi primer mandato como congresista dediqué mucho tiempo, junto con los generales Starry y Morelli (ahora fallecido), a elaborar las ideas que dieron origen a la concepción del combate aeroterrestre.
La nueva doctrina militar condujo a un sistema más flexible, rápido, descentralizado y rico en información que evaluaba el campo de batalla, concentraba los recursos y empleaba un mando bien adiestrado pero muy descentralizado para superar a un adversario de la era industrial. En 1991 el mundo fue testigo de la primera contienda entre sistemas militares de la tercera ola y una anticuada maquinaria militar de la segunda ola. La Tormenta del Desierto constituyó el aniquilamiento unilateral de los iraquíes por los norteamericanos y sus aliados, en buena parte porque los sistemas de la tercera ola demostraron ser avasalladores. Equipos antiaéreos muy complejos de la segunda ola resultaron inútiles al enfrentarse con el avión «invisible» de la tercera ola. Ejércitos atrincherados de la segunda ola fueron simplemente superados en su capacidad de maniobra y
aniquilados cuando se enfrentaron con sistemas de información de la tercera ola para puntería y logística. El resultado fue una campaña tan decisiva como la derrota en 1898 de las fuerzas de la primera ola del Mahdi de Omdurman a manos del ejército angloegipcio de la segunda ola. Pese a las pruebas de que algo radicalmente nueva está sucediendo en política, economía, en la sociedad y en la actividad bélica, todavía es notablemente escasa la apreciación del carácter crucial del descubrimiento de los Toffler. La mayoría de los políticos, periodistas y editorialistas norteamericanos han hecho caso omiso de las implicaciones de La tercera ola. Aún es menor el esfuerzo sistemático por integrar su concepto de una tercera ola de cambio humano en propuestas y campañas políticas y en actividades gubernamentales. Esta incapacidad para aplicar el modelo de la tercera ola de los Toffler ha mantenido a nuestra política atrapada en la frustración, el negativismo, el cinismo y la desesperación.
El foso entre los cambios objetivos del mundo en general y el estancamiento de la política y del gobierno está minando la estructura misma de nuestro sistema político. Sin el concepto de tercera ola no hay sistema eficaz de análisis que proporcione un sentido a la frustración y la confusión características de la política y el gobierno de casi todos los países del mundo industrializado. No existe lenguaje para comunicar los problemas con que nos enfrentamos, ni visión para esbozar el futuro por el que deberíamos pugnar ni programa que contribuya a acelerar y facilitar la transición. Este no es problema nuevo. Comencé a trabajar con los Toffler al comienzo de los setenta en un concepto denominado democracia anticipante. Yo era entonces un joven profesor auxiliar del West Georgia State College, fascinado por la intersección de la historia y del futuro que constituye la esencia de la política y del gobierno en sus mejores exponentes. Durante veinte años hemos trabajado juntos para tratar de desarrollar una política consciente del futuro y un entendimiento popular que facilitaría a Estados Unidos la transición entre la civilización de la segunda ola, claramente moribunda, y la aparición, si bien en muchos aspectos todavía indefinida e incomprendida, de la civilización de la tercera ola hacia la que debemos desplazarnos. El proceso ha sido más desalentador y el progreso muy inferior a lo que habría supuesto hace dos décadas. Sin embargo, a pesar de las frustraciones, el desarrollo de un sistema político y gubernamental de la tercera ola resulta tan crucial para el futuro de la libertad y el de Estados Unidos que es preciso acometerlo. Aunque soy un líder republicano en el Congreso no creo que los republicanos ni el Congreso tengan el monopolio de la resolución de problemas ni de la ayuda a Estados Unidos para lograr las transformaciones que requiere el ingreso en la revolución de la información de la tercera ola. Alcaldes demócratas como Norquist en Milwaukee y Rendel en Filadelfia han realizado auténticos progresos en la esfera urbana. Algunos de los mejores esfuerzos de Gore por reformar la gestión oficial se orientan en la dirección adecuada (aunque tímidamente y sin constituir un avance decisivo). La realidad es que la transformación se opera diariamente en el sector privado, entre empresarios y ciudadanos que inventan cosas nuevas y crean nuevas soluciones porque la burocracia no ha sido capaz de detenerlos. Este libro constituye un esfuerzo clave para que los ciudadanos puedan dar verdaderamente el salto y comiencen a inventar una civilización de la tercera ola. Creo que si lee esta notable aportación de los Toffler a la gran transformación, subraya los pasajes que le parezcan útiles, busca en su comunidad espíritus afines y emprende unas cuantas tareas, le sorprenderá dentro de unos pocos años cuánto ha conseguido.



1994 Prologo del libro de Alvin Toffler La creación de una nueva Civilización


LIBRO PDF 

La Creación de la Nueva Civilización

biblio3.url.edu.gt/Libros/2011/La_creac.pdf
Alvin y Heidi Toffler nos proporcionan la clave para concebir la confusión actual en el marco positivo de un futuro dinámico y atrayente. Llevan un cuarto.



El ex aspirante presidencial republicano y ex presidente de la Cámara Baja, Newt Gingrich, posible compañero de fórmula de Trump. / AFP
 Newt Gingrich,

 Newt Gingrich,
(nacido Newton Leroy McPherson el 17 de junio de 1943
es un político estadounidense que fue Presidente de la 
Cámara de Representantes (1995-1999).

2 Speaker de la Cámara de Representantes. (N. del T.)
El ex presidente de la Cámara de Representantes y líder de la revolución
conservadora Newt Gingrich (73 años) suena como secretario de Estado.
De carácter explosivo como Trump, es un hombre del establishment de
Washington porque fue miembro del Congreso por 20 años y uno de los
 que arremetió contra el presidente Bill Clinton por el escándalo con
 Mónica Lewinsky.