Rebelión




Me parece que el imaginario personal y social se alimenta de abundantes mitos sobre los cuales, pasado el tiempo, vale la pena volver con una mirada crítica. El caso Jünger es un caso interesante porque presenta una mitología moderna muy curiosa. Si entendemos el mito como un modelo ejemplar entonces Ernest Jünger lo fue para muchas generaciones y desde un espectro político-ideológico extraordinariamente amplio. No sólo para los extremos ( que para algunos se tocan) sino también para el centro. El neofascismo se entusiasmó con Jünger ( como podemos comprobar en muchas de sus publicaciones, como "Punto y coma") peo también lo hizo un sector de intelectuales heterodoxos procedentes de la izquierda radical ( como podemos también comprobar en antiguos números de revistas ya desaparecidas como "Archipiélago" o "Ajoblanco"). Lo sorprende es que también estadistas de la socialdemocracia como Mitterand o Felipe Gónzalez visitaron a Jünger en su mansión de la Selva Negra con la única intención de conocerle y conversar con él.
¿ Porqué diablos nos sedujo Jünger ? Su legendaria y romántica figura de superviviente, de hombre que había recorrido un siglo después de mil batallas. Su talante aventurero que le hace enrolarse en la Legión Extranjera en sus años juveniles, que le lleva a experimentar con drogas alucinógenas buscando ampliar las puertas de la percepción. Sus incansables viajes en la vejez. Su carácter indomable, que le hacía ser respetado por Bretch y por Hitler, que paraban respectivamente a los comunistas y a los nazis que querían acabar con él. Un hombre inquieto, entusiasta, lleno de energía pero capaz de mantener su serenidad en las situaciones más difíciles. Una especie de samurai europeo, un ronin sin señor al que someterse. Un emboscado, como se definía, que resistía la uniformidad del mundo burgués, de la lógica de la mercantilización. Todo esto formó parte de un imaginario juvenil muy variopinto que merece ser analizado hoy con un ojo crítico y desde un posición ética y política de izquierdas, ya que muchos de los que nos consideramos de esta tradición caímos en este espejismo.

¿ Quién fue realmente Jünger ? No cabe duda que Jünger formó parte en su juventud de la revolución conservadora alemana, aristocrática, nacionalista y guerrera. Que no fue un oportunista y que se mantuvo al margen del nazismo, con todos los peligros que comportaba, aunque manteniendo una posición política ambigua bajo el lema de la lealtad a su patria. Que a la larga se convirtió en un escéptico que mantuvo un espíritu muy crítico con el mundo en que vivía. ¿ Desde que posición ? Yo diría que desde una serenidad aristocrática, nietzscheana, que despreciaba lo plebeyo, que no soportaba a las masas y que sentía nostalgia por un pasado de caballero heroico que seguramente nunca existió y que queda reflejado en su novela Abejas de Cristal y en su ensayo La emboscadura.

¿ Que queda de aprovechable de Jünger una vez "muerto el mito" ? Algunas cosas, por supuesto. No creo que sean sus parábolas políticas, como Heliópolis, Los acantilados de mármol o Eumeswill , que me parecen algo caducas. Tampoco sus libros teóricos como El trabajador. Quizás tampoco la mayoría de sus novelas, que merecen ni más ni menos que la atención hacia cualquier buen escritor, como bien le reconoció el Premio Goethe. Tampoco me parece hoy especialmente interesante, aunque tenga pensamientos brillantes, que quizás donde mejor se reflejan en escritos tardíos ligeros como La tijera. Lecturas críticas para un lector de izquierdas, ya que Jünger no pierde nunca una actitud aristocratizante, que como diría Rancière, refleja un "odio a la democracia", al poder de cualquiera. Quizás haya también aspectos recuperables en su análisis sobre la técnica ( lo que llama "la era de los titanes") o sobre el nihilismo. En un sentido más específico Jünger continua siendo uno de los ensayistas que han tratado de forma más sugerente la experiencia de las drogas ( Acercamientos).

Pero lo que yo salvaría incondicionalmente de Jünger son sus diarios. Empezando por Tempestades de acero, relato único de un oficial desde las trincheras, con todas las reservas de su actitud belicista, Continuando por Radiaciones y todos los diarios que fue escribiendo y se fueron publicando a lo largo de su vida. Los seis diarios que en conjunto forman sus Radiaciones sí me parecen un documento muy valioso para entender el siglo XX. El nombre ya es sugerente y el propio Jünger nos explica en el prólogo su procedencia : hace referencia a un diario que se recuperó de siete marineros que murieron en un naufragio cerca de la Isla de San Mauricio ( en el Océano Glaciar). Pero la idea viene del impacto que dejan a Jünger tanto el mundo y sus objetos como los otros seres humanos. Radiaciones a veces son claras y a veces oscuras y que reflejaban tanto la luz como la oscuridad que forman parte inevitable d ella condición humana. Estas radiaciones están también dirigidas al lector y en este sentido lo que hace el autor es un trabajo preliminar que armoniza y valora las imágenes visibles según su rango invisible. Y aquí elogia la Palabra como magia que actúa en la cripta, en las profundidades como una especie de crisol de la experiencia vital que contiene a la vez poder y sufrimiento.

Si concretamos este conjunto de seis diarios vemos que ocupan casi diez años de vida que se corresponden con la Segunda Guerra Mundial, sus preliminares y su resto inmediato. Los diarios van desde la primavera de 1944 hasta el invierno de 1953. La edad del autor va desde los 44 años recién cumplidos hasta el final de los 53 . El itinerario es circular : va desde el avance alemán hacia territorio francés, ( “Jardines y carreteras”,1939-40), la primera estancia en el París ocupado ( “Primer diario de 1941-2”), su brusca y peligrosa participación en la incursión en el Cáucaso (“Anotaciones de 1942-3”), su segunda estancia en el París ocupado ( “Diario 1943-4”) hasta el retorno de Francia a Alemania marcado por la derrota (“Hojas de Kirchhorst”). Finalmente los años en la Alemania ocupada por el ejército aliado ( “La choza de la viña, 1945-8”).

Lo primero que llama la atención es un hilo conductor marcado por la experiencia interna. El estilo de Jünger no es intimista, no se recrea en las emociones pero al mismo tiempo y de forma paradójica está marcado por lo interno no por lo externo. Los acontecimientos externos son muy rápidos, muy fuertes y de unas dimensiones imprevisibles y terribles. Pero Jünger no dramatiza, mantiene su distancia aunque a veces manifieste su repulsión por los hechos, pero también es una repulsa contenida. Jünger se mantiene fiel a sí mismo pero al mismo tiempo es extraordinariamente adaptable. Esta fidelidad a sí mismo es intelectual, ética y estética y se mantiene en un hábito, que es el de la lectura, que Jünger mantiene en situaciones de paz y de guerra, en un hotel o en una cabaña, en casa o viajando, en el bosque o en la ciudad. Resulta paradójico que Ernst Jünger, que ha fascinado a tantos intelectuales como hombre de acción confiese reiteradamente, en diarios y entrevistas, que es la literatura la que da sentido a su acción, la que le consuela en los momentos más difíciles. Otro de los hábitos es la escritura, que no solo se refleja en sus diarios sino también en su extensa obra. Podemos comprobar en estos diarios como se concreta el proceso de elaboración de una de sus obras capitales, que aquí llama La reina de las serpientes y que más tarde se haría famosa con el título de Sobre los acantilados de mármol. Y sus sugestivas reflexiones sobre el simbolismo de los sueños, el que se destila de sus propios sueños.

Pero más allá de lo personal estos diarios hay un testimonio histórico de primera mano sobre un sector del Ejército alemán que vivió el nazismo de una manera diferente de los que conocemos ( los verdugos, las víctimas). Jünger vive la experiencia del nazismo de una manera desgarrada porque cada vez tiene más claro que la batalla, en cualquier caso, está perdida. Gane o pierda Jünger vive cualquiera de estas opciones como un desastre personal y nacional. La única opción, cada vez más clara, es un golpe de Estado contra el poder nazi. Las reflexiones políticas y metafísicas de Jünger tienen un gran valor. También la experiencia personal de un altivo nacionalista que empieza defendiendo la heroicidad de la guerra para acabar en un escepticismo en la que solo resta una dignidad propia individual y la humanidad delante del sufrimiento del otro.

También me parece que vale la pena rescatar las inteligentes entrevistas de los italianos Antonio Gnoli y Franco Volpi ( Los titanes venideros) o el francés Julien Hervier (Conversaciones con Ernst Jünger), ambas dirigidas a un viejo Jünger con una perspectiva serena sobre su propia vida en el recorrido de todo el siglo XX. Un personaje y un escritor polémico que nos da un valioso material para entender nuestro mundo.

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La conversión de Ernst Jünger


Ernst Jünger, uno de los grandes escritores en lengua alemana del siglo XX, siempre fue un árbol sacudido por el viento, a él no le valió una vida burguesa y resuelta, la incomodidad de sus permanentes cuestionamientos vitales le condujeron al final de sus días a la Iglesia católica, murió en 1998. Hay conversiones abruptas, como las sobrevenidas por un granizo de gracia, y las hay tan de medios pasitos que se parecen al olor a humedad cuando está a punto de llover, no sabes cuándo ocurrirá, pero intuyes su inminencia. Así le ocurrió a Jünger.
En su adolescencia quedó marcado por las lecturas de Darwin, en las que descubrió que el hombre no es más que un pez gordo, evolucionado, eso sí, caprichoso y grandullón, pero solitario, sin un cielo ni una relación sobrenatural contra la que apoyarse. Llamó a su posición: “nihilismo heroico”. Después de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a devorar ávidamente la Biblia, sin rigor pero con apasionamiento, en sus diarios relata la salida de aquel abismo negro en el que se había sumido, “mi interés teológico pasa por el conocimiento. Debo probar la existencia de Dios para poder creer en Él. Para volver a Él, he de recorrer vuelta atrás el mismo camino por el que lo perdí”.
En 1999, un año después de su muerte, dos periodistas alemanes escribieron un artículo en el periódico “Welt amm Sonntag”, en el que desvelaban el misterio del cambio en Jünger, su itinerario interior, “mostró siempre respeto por lo religioso aunque guardaba distancias con las Iglesias. Sin embargo, según muestran sus diarios, en los últimos años de su vida buscó una puerta de entrada en la catedral del catolicismo. La lectura de las obras del escritor católico Léon Bloy (1846-1917), vista con los ojos del presente, fue seguramente una preparación para el acto final de la conversión. A Jünger le fascinaban sobremanera sus cruzadas contra la tibieza religiosa y su deseo total de salvación”.
Y no podía ser de otra manera, hubo un sacerdote al final de sus días con el que mantenía asiduas conversaciones. Ambos conectaron en seguida, entre ellos fluía la complicidad espiritual que el escritor siempre había deseado. La existencia de un Dios personal ocupaba el lugar central de las conversaciones. En su libro de memorias, ya habla de la necesidad de un auténtico mediador en la vida. A su abuelo dedica la novela “Venganza tardía”, un homenaje al maestro vocacional, desestimando esa pedagogía negra de los profesores sin pasión por la búsqueda de la verdad. El primer mediador fue un profesor enamorado de las plantas que llevó a los alumnos al patio de la escuela, les dijo que se sentaran delante de un parterre, “luego nos enseñó las flores que allí crecían: el llantén, el diente de león, la ortiga amarilla, la eufrasia, también el nomeolvides. Era un mediador. Hace mucho tiempo que he olvidado su nombre, el de las flores.
El padre Kubovec, que así se llamaba el sacerdote de la penúltima hora en la vida de Jünger, estudiaba la historia del Camino de Santiago y le regaló una bendición papal con motivo de su 95 cumpleaños. Según el sacerdote, “cantar una vez es mejor que rezar tres”, cosa que gustó mucho a Jünger, ya que desde su niñez siempre había conservado en su memoria el recuerdo del canto litúrgico como símbolo confiado del trato personal con Dios.
Por eso, en una de sus mejores novelas, “Sobre los acantilados de mármol”, recurre al canto litúrgico como signo de la esperanza en una nueva humanidad. La novela es una alegoría contra el nazismo, propone que sólo la fe religiosa puede deshacer el nudo de perpetuidades de las tiranías. El protagonista es un monje cristiano que porta un anillo con una inscripción, “mi paciencia tiene una causa”. En aquella novela, publicada en 1939, ya se perciben los brotes de su conversión, “nos vamos acercando al misterio escondido en el polvo. Cualquiera que sea el lugar donde nos encontremos, allí está el anillo puro que nos desposa con la Eternidad”.
El párroco de Wilflingen, Roland Niebel, el último mediador en el largo camino hacia la conversión de Jünger, escribió que el escritor llevó a cabo su conversión “de una manera totalmente consciente, por convencimiento e iniciativa propia”. El acto de la conversión tuvo lugar, según el párroco, en la Misa de mediodía en el último banco del coro de la Iglesia de Sankt Nepomuk. “Allí pronunció el credo católico”.
Javier Alonso Sandoica

Ernst Jünger
Ernst Jünger
(Heidelberg, Alemania, 1895-Wiflingen, id., 1998) Novelista y ensayista alemán. Hijo de un farmacéutico, en 1913 huyó de su casa para alistarse en la Legión extranjera, y al año siguiente se presentó como voluntario de guerra en Hannover, siendo admitido en un regimiento de fusileros. Al término de la contienda, en la que resultó herido siete veces, recibió la orden "Pour le mérite" y continuó trabajando en el ejército hasta 1923, año en que inició estudios de filosofía y ciencias naturales -especialidad de zoología- en Leipzig.
De aquel período datan sus primeros trabajos literarios: Tempestades de acero (1920), diario escrito en el frente francés que constituye un documento de estremecedora lucidez sobre la gran conflagración europea, La lucha como vivencia interior (1922), fervorosa glorificación de la guerra, y El bosquecillo 125 (1925), crónica del combate en las trincheras centrada en un solo mes de 1918.

Tras la aparición de El corazón aventurero (1929), colección de viñetas en prosa que recogen impresiones y reflexiones diversas, publicó en 1932 su polémico libro El trabajador. Dominio y figura, estudio programático en el que presenta la figura del trabajador como una nueva magnitud social surgida de la Gran guerra y determinada por los medios de producción de la era técnica.

En 1933 rechazó la admisión en la Academia Prusiana de las Artes que le ofrecía el nuevo régimen nacionalsocialista, frente al cual mantuvo una prudente y no siempre bien interpretada distancia que no le impidió, sin embargo, ocupar un puesto de oficial del ejército alemán en París, donde pasó casi toda la Segunda Guerra Mundial. Su controvertida postura de "anarca aristocratizante" unida a cierto dandismo esteticista y visceralmente antiliberal y antidemocrático le convirtieron, sobre todo después de 1945, en blanco permanente de ataques y críticas que alcanzaron particular relevancia al serle concedido, en 1982, el premio Goethe de la ciudad de Frankfurt.

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De los títulos que publicó entre 1933 y 1945 conviene destacar Juegos africanos (1936), recreación de su fugaz experiencia adolescente en la legión, la novela Los acantilados de mármol (Auf den Marmor-Klippen, 1939), sin duda su obra más difundida, tras cuya textura simbólico-alegórica se advierten claras alusiones al régimen de terror imperante en Alemania, y Jardines y calles (1942), primera parte de sus voluminosos diarios de guerra y ocupación, escritos entre 1939-1948, que fueron reunidos bajo el título general de Radiaciones (Strahlungen, 1949).
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Desde su instalación en la mansión forestal de Wilflingen, que le fue cedida por un amigo en 1950, la actividad creativa de Ernst Jünger siguió desarrollándose en tres vertientes principales: la obra narrativa, la prosa ensayística y los diarios y escritos autobiográficos. A la primera pertenecen tres importantes novelas utópicas: Heliópolis (Heliopolis. Rückblick auf eine Stadt, 1949) considerada por algunos como su obra maestra dentro del género, Las abejas de cristal (1957) y Eumeswil, de 1977, a las que habría que añadir Visita a Godenholm (1952), El tirachinas (1973), El problema de Aladino (1983) y Un encuentro peligroso (1985).


Entre su prolífica producción ensayística sobresalen Más allá de la línea (1950), dedicado a Martin Heidegger, La emboscadura (1951), en que resume algunas ideas centrales de su concepción del mundo, El libro del reloj de arena (1954), Junto al muro del tiempo (1959), Ad hoc (1970) y Aproximaciones (1970). Sobre su vida y actividades entre 1965 y 1980 dan testimonio los dos tomos del diario Los setenta se desvanecen, publicados en 1980 y 1981, respectivamente. Sus últimas publicaciones fueron Zwei Mal Halley (El cometa Halley por segunda vez), de 1987, y La tijera (Die Schere, 1995). En los últimos años de su centenaria existencia, Ernst Jünger se dedicó con afán a la entomología, su gran afición.

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El denominado Diario de Ana Frank es uno de los puntos más sensibles de lo que constituye una auténtica industria de la lástima, que gira en torno a la historia del Holocausto. El contraste de la imagen inocente e infantil de la protagonista, frente a sus intrínsecamente perversos captores, ha convertido a esta obra no sólo en un best-seller mundial (con innumerables ediciones, traducciones, teatralizaciones y adaptaciones cinematográficas), sino además en un muro de lamentos, donde toda refutación sobre la veracidad del holocausto es respondida con una bien estudiada campaña de histeria y sensiblería.

El historiador británico David Irving, el profesor de la Universidad de Lyon, Robert Faurisson, y el sueco, Ditlieb Felderer, entre muchos otros, han demostrado la falsedad de los pretendidos manuscritos que se atribuyen a una niña judía llamada Ana Frank, fallecida por una epidemia de tifus en 1944 en el campo de Bergen Belsen.

Según se dice, el comerciante judío Otto Frank, de la ciudad de Frankfurt, huyó junto a su familia en 1933 a la ciudad holandesa de Amsterdam, debido a la llegada de Hitler al poder. Cuando durante la II Guerra Mundial los alemanes ocupan Holanda, los Frank deciden refugiarse en un escondite para salvarse de la persecución nazi. En 1944, toda la familia es arrestada y deportada por la Gestapo, siendo el único sobreviviente Otto Frank, quien es enviado a Auschwitz. Terminada la guerra, Otto Frank retorna a Amsterdam donde le entregan los originales del Diario y publica su primera edición, en 1947.

En un artículo del investigador Enrique Aynat Eknes, encontramos los principales argumentos que aquí citaremos. Destaquemos que este trabajo de Eknes tiene como base el libro de Dietleb Felderer titulado: Anne Frank's Diary, a Hoax (El Diario de Ana Frank, una mentira).


1. Con significativa obstinacion, Otto Frank (fallecido en 1980), siempre se negó a que el manuscrito fuera sometido a un análisis exhaustivo con tal de verificar su autenticidad.

2. En 1980, a consecuencia de un juicio contra Ernst Roemer -un jubilado de setenta y seis años que se atrevió a negar la autenticidad del Diario-, la Caja Alemana de Defensa Legal logró, a pedido del Dr. Rieger, que el Departamento Criminal Federal sometiera a análisis los textos y constató que parte de los mismos habían sido escritos con bolígrafo, invento introducido en 1951, es decir, cuanto menos siete años después de la muerte de Ana Frank.

3. En 1960, la perito calígrafa Minna Becker había dictaminado judicialmente que todos los textos manuscritos del Diario provenían de una sola caligrafía. Por lo tanto, quien hizo el manuscrito puso los agregados con bolígrafo, lo que significa, en conclusión, que Ana Frank no fue la autora del Diario.

4. Una de las pruebas presentadas por David Irving, fue el contraste entre dos documentos, uno conteniendo la caligrafía auténtica de Ana Frank, correspondiente a las cartas enviadas por ella en esa misma época, y otro con las anotaciones delDiario, cuya caligrafía no se corresponde en absoluto con el de la niña.

5. Un folleto de la "Fundacion Ana Frank”, de Amsterdam, afirma que los amigos holandeses de la familia hallaron un cuaderno de ejercicios con tapas de cartón y de pequeño tamaño. El diario sueco "Expressen" del 10 de octubre de 1976, publica una fotografía de Otto Frank sosteniendo un volumen considerable que en nada se parece al cuaderno mencionado. Con relacion al texto en sí mismo, éste es un mar de contradicciones. El historiador Felderer hace algunas observaciones que permiten puntualizar:

6. Resulta poco creible, por decir lo menos, que en un estrecho refugio, en el que permanecieron durante casi dos años, ninguna de las ocho personas que se encontraban en él supieran que Ana Frank redactaba un diario durante ese lapso (junio 1942-agosto 1944). El padre dice que se entera después de retornar de Auschwitz.

7. La necesidad de silencio en el refugio, para no llamar la atención y evitar ser capturados (nota del 23.3.43), se contrasta con las descripciones de las "riñas terroríficas" (2.9.42), "peleas escandalosas", "gritos y alaridos, golpes e insultos que habría ni que imaginarlos" (29.10.43), así como las practicas de danza de Ana cada noche (12.1.44).

8. Es curioso, según el Diario, que los Frank para escapar a la persecución hayan elegido las mismas oficinas y el mismo almacén de Otto Frank para esconderse (9.7.42).

9. Son reveladoras, nos dice E. Aynat, las fuertes y maduras tendencias sexuales de esta niña de trece años: "Recuerdo que cuando he dormido con una amiga, he sentido el fuerte deseo de besarla (...) No he podido dejar de ser terriblemente inquisitiva sobre su cuerpo. Le pregunté, si como prueba de nuestra amistad, podíamos acariciarnos mutuamente los senos, pero rehusó (...) Llego al éxtasis cada vez que veo la figura desnuda de una mujer, como una Venus, por ejemplo. Me afecta de tal modo que me es difícil impedir que me caigan las lágrimas. Si por lo menos tuviera una amiga". (5.1.44).

10. Según una entrevista a Otto Frank en 1956, las persianas siempre estuvieron bajas y las ventanas nunca se abrieron, pero Ana afirma que mirar el cielo era "mejor que las píldoras Valeria y el bromo" (15.6.44) contra la ansiedad y la depresión.

11. Así también, queda en evidencia el mediocre objetivo de este Diario: su germanofobia manifiesta: "Serán permitidas todas las lenguas civilizadas, excepto el alemán" (17.11.42). "Los alemanes son las bestias más crueles que han pisado la faz de la tierra" (19.11.42).


Desearíamos cerrar esta nota -que ha ilustrado los principales detalles de este ardid publicitario- con las certeras palabras del británico Richard Harwood, quien a propósito del Diario dijo lo siguiente:

"Es justo reconocer que las consideraciones que exponemos son hasta cierto punto ociosas. En efecto, no importa demasiado que el Diario sea falso o verdadero. Los eventuales sufrimientos de una niña judía de doce años no son más significativos por el hecho de que haya, o no, escrito un diario, que los sufrimientos tanto o más terribles de otros niños judíos; o que las desgracias de los infinitamente más numerosos niños alemanes, italianos, japoneses, polacos o de otras nacionalidades que han sufrido horriblemente, despedazados o quemados vivos, mutilados o inválidos por toda la vida a causa de los bombardeos aliados a ciudades abiertas; abandonados en medio del caos por la muerte o desaparición de sus padres; violados o corrompidos por la barbarie de las tropas enemigas. O de los niños palestinos torturados, violados, quemados, castrados, inhabilitados genéticamente o derechamente asesinados por Israel".

De todos estos innumerables casos horrendos nadie habla. No hay best-sellers, no hay dramatizaciones, no hay 40 ediciones, no hay cine, ni teatro, ni radio ni televisión. La falsedad del mito de Ana Frank va mucho más allá, es muchísimo más profundo que la eventual falsificación del texto. Reside en la unilateralidad y en la recurrencia infinita del tema. Una especie de Bolero de Ravel de la propaganda, una perfecta aplicación política del viejo tema de la niña inocente atrapada por la maldad, pero que triunfa aún después de la muerte.

Así, el mito de Ana Frank, por la fuerza de su impacto sobre la sensibilidad colectiva, se convierte no sólo en símbolo de la “inocente” nación perseguida, sino más aún y contra todas las reglas de la lógica, en prueba indiscutible de la maldad intrínseca, irredimible, de los perseguidores.

http://terroryculturaonline.blogspot.com/search/label/Mitos%20e%20Historia



LA FUNDACIÓN ANA FRANK RECONOCE FINALMENTE QUE EL PADRE FUE AUTOR DE LA NOVELA


Ana-Frank
El diario de Ana Frank se enfrenta a una disputa legal entre quienes defienden que la obra debe estar libre de derechos de autor a partir de 2016 y el Fondo Anne Frank de Basilea (Suiza), que reclama que los derechos de emisión deben seguir vigentes.
Esta fundación con sede en Suiza, que es la propietaria actual de los derechos de edición de los diarios, reclama que el padre de Ana Frank, Otto Frank, es coautor de estos escritos, por lo que los derechos de autor no expirarían en 2016, informó hoy el periódico neerlandés Volkskrant.
La ley vigente en Países Bajos establece que los derechos de autor de una obra expiran 70 años después del fallecimiento del autor, y Ana Frank falleció en marzo de 1945 en el campo de concentración alemán de Bergen-Belsen.
Dado que Otto Frank, hasta ahora considerado solo editor del diario, falleció en 1980, la fundación exige que esta obra siga bajo derechos de autor hasta 2050.
ana frank
Por su parte, la Fundación Anne Frank, encargada de gestionar la casa museo en Amsterdam donde Ana y su familia se refugiaron durante la Segunda Guerra Mundial, declaró que los derechos de autor expiran el próximo año, según recoge el diario neerlandés.
Un calígrafo pudo comprobar, además, que todo había sido escrito por la misma mano y que, por tanto, no podía ser la de Anne Frank.
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Se trata de Minna Becker, perito calígrafo judía, quien afirmó ante el juez, repetidamente, que toda la escritura del diario pertenece a una misma mano (35). Para dilapidar este tema sólo ha hecho falta acceder a las cartas auténticas que Anne Frank escribió de niña a unas amigas, publicadas en los Estados Unidos; la letra de estas cartas sí tiene el aspecto normal de una niña de 10 ó 12 años, lo que no es el caso del “manuscrito original”, que nos revelan a un autor de mayor edad.
La Fundación Anne Frank anunció incluso que ya prepara el lanzamiento de una nueva edición, libre de copyright, de los diarios de Ana Frank, una obra que cuenta con el reconocimiento internacional y está dentro de la lista de patrimonio de laliteraturamundial y documental de la Unesco.
Sus diarios, símbolos del horror de la Segunda Guerra Mundial, han sido traducidos a 70 lenguas y vendidos en 100 países diferentes, y han inspirado a ocho producciones cinematográficas.
El Diario de Ana Frank relata la conmovedora historia de Annelies Marie Frank, una joven judía que se ocultaba de los nazis durante la ocupación alemana de Amsterdam. El libro tenía previsto pasar a formar parte del patrimonio cultural libre el uno de enero de 2016, pero algo se lo ha impedido. Ahora resulta que tiene un nuevo autor.
Las leyes europeas prevén que una obra pasa a formar parte del patrimonio público 70 años después de la muerte de su autor. Anna Frank murió en 1945, así que su diario iba a pasar a liberarse el 1 de enero de 2016. A la fundación suiza que gestiona los derechos del libro (y cobra por ello) no le ha gustado esto, así que han encontrado una treta legal para impedirlo.
diario
Esa treta ha sido nombrar a Otto Frank, padre de Ana, co-autor del diario. Hasta ahora, Otto Frank era solo el editor del libro, la persona encargada de recopilar y publicar los trabajos de su hija. Según lafundación con sede en Basilea, Suiza, el trabajo de Otto Frank a la hora de editar los diarios le hacen merecedor del título de autor, algo que no se había reclamado nunca antes y que resulta muy conveniente para la Fundación. Otto Frank murió en 1980, así que nombrarlo coautor asegura retener los derechos sobre el libro en territorio europeo hasta 2050. El problema no afecta a Estados Unidos, donde los derechos sobre el libro expiran en 2047, 95 años después de su primera publicación.
La maniobra ha generado un problema imprevisto para el Museo de Ana Frank en Amsterdam. La fundación sin ánimo de lucro que gestiona el museo llevaba tiempo preparando ediciones comentadas online del diario que se iban a publicar cuando expirasen los derechos. Maatje Mostart, representante de la casa museo, ha explicado que la publicación de estos trabajos divulgativos gratuitos aún no se ha decidido y siempre se hará de acuerdo a la legalidad. No obstante, Mostart ha rechazado la idea de que ni Otto ni ninguna otra persona puedan ser coautores del diario. El Museo de Ana Frank conserva buena parte de los cuadernos y manuscritos originales de la adolescente.
Juicio esclarecedor
Mayores sospechas nos asaltan, lógicamente, al estudiar el pleito en que se enzarzaron el conocido escritor judío norteamericano Meyer Levin y el padre de Anne Frank. El juicio transcurrió entre 1956 y 1958 ante el County Court House de la ciudad de Nueva York, obteniendo el demandante Meyer Levin un fallo a su favor que condenaba a Otto Frank a abonarle una indemnización de 50.000 dólares de la época por “fraude, violación de contrato y uso ilícito de ideas”; el pleito, que se arregló privadamente después de la sentencia por obvio mutuo interés, versaba sobre la “dramatización escenográfica” y venta del “Diario”. El juez, así mismo judío, era Samuel L. Coleman, quien dictó sentencia en el sentido de que Otto Frank debía pagar a Meyer Levin “por su trabajo en el diario de Anne Frank” (25).
Para cualquier interesado, todo lo referente al caso Levin-Frank está archivado en la Oficina del Condado de Nueva York (N. Y. Country Clerk’s Office) con el número 2241-1956 y también en el New York Supplement II, Serie 170, y 5 II Serie 181 (26). Así pues, la sentencia del juez -y juez judío- en el sentido de que el autor del Diario es Meyer Levin y no la niña, existe (27).
Lo que interesa hacer notar es que de la lectura de la numerosa correspondencia privada de Otto Frank y de Meyer Levin que fue aportada al juicio como prueba de las partes, surge la grave presunción “juris tantum” de que el “Diario” “es substancialmente una falsificación” (28), y que el autor material de esa falsificación fue el igualmente judío Meyer Levin. Levin, en legítima defensa de sus derechos de autor, además de demandar al Sr. Frank por cuatro o cinco millones de dólares por su labor de parafrasear el manuscrito “para el fin que tenía que cumplir…”, pleiteó igualmente contra el productor de cine Kiermit Bloombarden, pues en la película -del mismo título que la obra- aparecen también escenas escritas por él y que no estaban contenidas en el Diario original (29).
Meyer Levin había sido corresponsal en España durante la guerra civil de 1936 a 1939 y más tarde enviado de la Agencia Telegráfica Judía durante los enfrentamientos con los palestinos entre 1945 y 1946. La Enciclopaedia Judaica le reconoce como “el primer escritor en poner en escena el Diariode Anne Frank (1952)” (Vol. 11, pág. 109) (30).
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Un timo moral
Richard Verrall (que publica bajo el nombre literario de Harwood) advierte que la falsedad del mito de Anne Frank va mucho más allá, es muchísimo más profunda que la eventual falsificación del texto. Reside en la “unilateralidad” y en la “recurrencia infinita” del tema: una perfecta aplicación política de la propaganda actual del viejo tema de la niña inocente atrapada por la maldad exclusiva de los otros, pero que triunfa incluso después de muerta. El mito de Anne Frank, por la fuerza de su impacto sobre la sensibilidad colectiva, se convierte no sólo en símbolo de la “inocente” nación judía perseguida, sino más aún y contra todas las reglas de la lógica, en “prueba indiscutible” de la maldad intrínseca, inmedible, de los perseguidores.
Dresde, Alemania 1945. Reconozcámoslo pronto, en efecto, no importa desde un punto de vista humano que el “Diario” de Anne Frank sea una falsificación o no. Esta niña falleció, víctima del tifus -y no en una “cámaras de gas” inexistente en Bergen o convertida en “pastillas de jabón” que se han revelado una falacia, todo hay que decirlo-; y el padecimiento y muerte de cualquier niño es siempre lamentable.
Pero es importante constatar que los posibles sufrimientos de una niña judía de 14 años, en tiempo de guerra, no son más significativos por el “hecho” de que hubiese escrito un diario, que los sufrimientos tanto o más terribles de otros posibles niños judíos; o que las desgracias infinitamente más numerosas de otros niños alemanes, italianos, japoneses, polacos, rusos o de otras nacionalidades que han sufrido horriblemente por muchos otros motivos en esa misma guerra: despedazados, quemados vivos a millones, mutilados o inválidos para toda la vida a causa de los bombardeos masivos de población civil efectuados por los aliados contra ciudades abiertas alemanas; abandonados en medio del caos ante la muerte o desaparición de sus padres; violados, corrompidos por la barbarie de buena parte de las tropas enemigas. Sólo en el Holocausto alemán de Würzburg, durante los últimos días de la guerra, fueron quemadas 5.000 personas, de entre las cuales más de 100 niñas y mujeres se llamaban Anna, convertidas en cenizas durante la noche del 16 de Marzo de 1945 (44).
¿Pero quién se acuerda de tal suma de horrores sufridos por los no judíos? ¿Quién llora por el niño alemán que, en Dresde, junto a otros 250.000 civiles, mujeres y niños principalmente, corre aullando envuelto en el fuego inextinguible del fósforo líquido? ¿Quién por la niña alemana violada varias veces hasta la muerte por una sucesión de bestias animadas a ello por el judío soviético Ilya Ehrenburg? ¿Quién escribe novelas lacrimógenas por los no menos reales e inocentes niños japoneses de Hiroshima y Nagasaki? ¿Quién por los niños de la misma edad de Anne Frank, masacrados en Paracuellos del Jarama, que en su propio país tampoco cuentan con una calle?. Nadie.
No hay “best sellers” para ellos, no hay “dramatizaciones”, ni 50 ediciones, ni cine, ni teatro, ni bombardeo televisivo, ni campañas en su nombre, ni recogidas de firmas, ni movilizaciones entre los partidos políticos del sistema y sus parlamentarios, ni manifestaciones públicas cincuenta años después, ni nadie que quiera recordarles cambiando el nombre de una calle, por pequeña que esta fuera. ¿Por qué? ¿Tal vez porque no cuentan con un lobby que haga del dolor un negocio sin precedentes? ¿Porque les falta la conveniente orquestación de los “mass-media”, que hacen del sufrimiento ajeno un arma política, con la intención de desarmar moralmente a quienes denuncian semejante hipocresía? ¿O deberíamos ser más atrevidos y decir que, simplemente, porque no son judíos?. Entonces habría que denunciar y perseguir igualmente a aquellos que por dinero o por oscuros intereses políticos y personales hacen, con los niños que han padecido en el pasado, discriminaciones en razón de su raza, religión o ideas políticas de los padres y sólo se acuerdan de unos niños muy concretos y minoritarios, soslayando a los demás. Se trata, sin duda, de un agravio comparativo.