A CINCO AÑOS DE SU MUERTE

2005
Roberto Bolaño

"Siempre con un comentario arremetedor contra sus compatriotas escritores, Bolaño nunca ocultó sus opiniones respecto a la obra de Isabel Allende, a quien no consideraba una escritora; lo mismo a la mexicana Ángeles Mastretta, el español Arturo Pérez Reverte o el chileno Antonio Skármeta. Contrario a ellos, veía en Borges y, principalmente, en Nicanor Parra figuras indiscutibles que habían influenciado e influenciaban su ejercicio literario."

Culturacolectiva.com/roberto-bolano-un-salvaje-en-tierra-de-escribidores/


Traducido al inglés y editado en España, es el ídolo de la joven generación literaria hispanoamericana. Este 15 de julio se cumplen 5 años de su desaparición física y, su recuerdo desafía su profecía contra la inmortalidad de los escritores. 






Cuando murió en el Hospital Valle de Hebrón, en Barcelona, en la madrugada del 15 de julio de 2003, luego de varios días de agonía por un coma hepático, Roberto Bolaño ya era un narrador y poeta famoso. Un escritor "de culto" en el ambiente literario, bendecido por Mario Vargas Llosa y ninguneado por Carlos Fuentes. En 1998 y 1999 Bolaño había ganado dos prestigiosos premios literarios el Premio Herralde y el Premio Rómulo Gallegos por su novela Los detectives salvajes . Ahora, a cinco años de su muerte, el fenómeno Bolaño es evidente. Traducida al inglés, la novela Los detectives salvajes fue saludada por The New York Times como uno de los mejores libros del año 2007, la elogió Paul Auster y será adaptada al cine. El escritor Jorge Edwards le dedicó un ensayo, mientras abundan las tesis universitarias sobre la obra de Bolaño en Francia, España, Chile y México. Bolaño está hoy en los blogs literarios más leídos y es un ídolo para la joven generación de escritores hispanoamericanos, como Javier Cercas, Enrique Vila Matas, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Alan Pauls y Rodrigo Fresán.

Para el escritor peruano Iván Thays, en menos de diez años, Bolaño se ha convertido en un referente para todos los escritores de América latina . Esto obedece a distintos factores. Según el escritor argentino Andrés Neuman, además del inmenso talento literario de Bolaño, influye la falta de referentes literarios claros y unánimes en los últimos años . También, dice Neuman, la capacidad de Bolaño para poetizar como nadie la trayectoria de rebeldía, búsqueda y desilusión de los jóvenes latinoamericanos de los años 60 y 70 . A esto añade que la literatura latinoamericana, tal como se entendió desde el boom de los años 60, necesitaba un broche y a la vez un cambio de tema, funciones que Bolaño cumplió .

Admirador de Borges, Cortázar y Di Benedetto, el chileno Bolaño se definía a sí mismo como un autor latinoamericano. Decía que su única patria eran sus dos hijos y tal vez en un segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mi . Su vida estuvo hecha de aventuras y riesgos. Desde 1978 y durante años, se ganó la vida en Cataluña donde ya vivía su madre como vigilante nocturno de un camping y cosechador de uvas, mientras ganaba pequeños concursos literarios en España y paseaba sus manuscritos por las editoriales de Barcelona, donde lo descubriría Jorge Herralde, el dueño de Anagrama. Mucho antes, en la vanguardia literaria mexicana que formó hacia 1974 junto a los poetas Mario Santiago y Bruno Montané el movimiento Infrarrealista él decía que el riesgo está siempre en otra parte. El verdadero poeta es el que siempre está abandonándose, nunca demasiado tiempo en un mismo lugar. Su escritura estaba asociada a lo experimental. Escribir maravillosamente bien no era para Bolaño el pasaporte seguro a una literatura de calidad. Se trataba de saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es un oficio peligroso. En las palabras y en los hechos de Bolaño hay un jugarse el todo por el todo, un arriesgar todo por la literatura, dice Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano y editor del libro Bolaño Salvaje.

Era un autor que no ahorraba polémicas. Decía en voz alta que no soportaba la poesía de Octavio Paz, que leer a Antonio Skármeta le revolvía el estómago y que Isabel Allende no era una escritora. Sospecho que Bolaño tenía una máxima que nunca formuló explícitamente, pero que parecía cumplir con jocoso rigor: toda la complicidad para los jóvenes, ninguna piedad para los consagrados, recuerda Andrés Neuman, quien fue su amigo. Iván Thays anota que Bolaño huía de todo estrellato: sabía bien lo difícil que era el camino y aunque estaba orgulloso y consciente de la calidad de su propia obra, no estaba dispuesto a convertirse en una estrella distante. Lo cierto es que hoy su literatura brilla y cada día conmueve a más lectores.


http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/07/15/01715608.html






"Entre sus libros más destacados se encuentran Estrella distante, Putas Asesinas, Amuleto, Una novelita lumpen, Entre Paréntesis, Llamadas telefónicas y la novela que le entregaría el Premio Rómulo Gallegos en 1999: Los detectives salvajes, considerada una de las más brillantes novelas mexicanas, después de La región más transparente, de Carlos Fuentes, y uno de los 100 textos que hay que leer antes de morir; comparada con Rayuela, de Cortázar. "

“Se acostaba tardísimo y siempre decía que él, antes de pensar, ya estaba escribiendo, que le pasaba un fenómeno muy raro porque el lápiz se le movía antes de que pudiera elaborar las frases; era bien extraño […]”

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 Algunas estatuas en edificios del Graben, en el centro de Viena, Austria


Viena y la sombra de una mujer

ROBERTO BOLAÑO
25 AGO 2000
No sé qué fue lo más importante de Viena: si Viena o Carmen Boullosa. Todo el mundo sabe que Viena es una ciudad muy hermosa, culta, la capital de un país que coquetea (y puede que el coqueteo haya llegado a la fase del manoseo) con el neofascismo. Pocos saben en España, sin embargo, quién es Carmen Boullosa.

Las primeras noticias que tuve de ella hablaban de una mujer muy hermosa por la que los poetas líricos mexicanos perdían la cabeza. Carmen, que entonces todavía no escribía novelas, también era una poeta lírica mexicana. No supe qué pensar. Tantos poetas perdidamente enamorados de una poeta me parecía una exageración. Para colmo, todos aquellos que eran abandonados por Carmen (o por sí mismos) se hicieron amigos, o ya lo eran, y habían fundado de facto una tertulia o club que dedicaba un día a la semana o al mes a juntarse en bares del centro del DF o de Coyoacán para soltar pestes de la antes tan adorada.

También me enteré, siempre por terceros, de que Carmen, en respuesta, había fundado un club o tertulia o comando de mujeres escritoras que, con idéntico sigilo, hacía lo mismo que su contrapartida masculina.

Un día, en un libro de historia de la literatura mexicana contemporánea, vi una foto suya. Sin duda se trataba de una mujer muy hermosa, morena, alta, de ojos enormes y cabellera hasta la cintura. Me pareció muy atractiva, pero también pensé que debía de escribir como los muchos epígonos de un realismo mágico hecho para el consumo de zombis.

Después leí algo suyo y mi opinión cambió: Boullosa no tenía nada que ver con los epígonos ni con los epígonos de los epígonos. Leí sólo unas páginas, pero me gustaron. Y así hasta que recibí una invitación para ir a Viena, en donde estaría en una misma lectura con ella.

Una de las cosas buenas de ir a Viena es que uno puede viajar en un avión de Lauda Air, la línea aérea del mítico piloto de fórmula 1, en donde las azafatas van vestidas como si fueran mecánicos de un circuito de alta velocidad. La comida, por lo demás, es buena. Con suerte (o con mala suerte) puede que el avión lo conduzca el propio Nikki Lauda. Y al cabo de un rato, en menos de lo que se tarda en rezar tres padrenuestros, ya estás en Viena y en un taxi, y si tienes suerte puedes incluso alojarte en el hotel Graben, un establecimiento pequeño, en la Dorotheergasse, al lado de la catedral de San Esteban, es decir en pleno centro de la ciudad. Aunque lo más importante del hotel Graben no es su ubicación, sino que allí se alojaban Max Brod y Franz Kafka cuando iban a Viena.

En el exterior del hotel hay una enorme placa de bronce que así lo afirma, pero yo llegué de noche y no vi la placa, por lo que cuando el recepcionista me dijo que me iba a dar la habitación de Brod o de Kafka (no estaba muy seguro de cuál), yo entendí que me recomendaba la lectura de ambos escritores praguenses, lo que me pareció, dada la coyuntura política del país, muy pertinente. Después, armándome de valor, le pregunté si había llegado la señora o señorita Boullosa, que el recepcionista pronunció Bolosa, y que me hizo pensar que aunque Carmen era mexicana y yo chileno, ambos compartíamos un mismo origen gallego. La respuesta me pareció decepcionante. Frau Bolosa no estaba en el hotel, ni tenía reserva ni nada se sabía de ella.

Así que me fui a caminar por los alrededores, por la calle Graben (curioso: mi hotel se llamaba Graben pero no estaba en la calle Graben), por la plaza de la catedral, la Stephansdom, el Figarohaus, la Franziskanerkirche, la Shubertring y el Stadtpark, los lugares que mi amigo Mario Santiago había recorrido de noche y de forma clandestina, y luego volví al hotel y me acosté y pasé una noche extraña, como si efectivamente hubiera alguien más en el cuarto, Kafka o Brod o alguno de los miles de clientes que ha tenido el Graben y que han muerto.

Por la mañana conocí a Leopold Federmair, un joven narrador austriaco, y con él seguí dando vueltas por la ciudad, recorriendo los cafés a los que iba Bernhard cuando estaba en Viena, un café que quedaba muy cerca de mi hotel, no recuerdo si en la Lobkowitzplatz o en la Augustinerstrasse, y luego en el café Hawelka, enfrente de mi hotel, en donde su propietaria, una ancianita salida de un cuento medieval, nos ofreció bollos gratis que luego nos cobró, y después seguimos caminando y visitando otros cafés, hasta que llegó la hora de mi lectura y del instante en que iba a conocer o no a Carmen Boullosa, que había desaparecido.

Cuando llegamos a la sala, tarde, pues Federmair se perdió en dos ocasiones, ella ya estaba allí. No me costó nada reconocerla, aunque en persona es mucho más guapa que en las fotos. Parecía tímida. Es inteligente y simpática. Después de una fiesta en un restaurante en donde se conservaba, incrustada en una pared, una bala de cañón lanzada por los turcos, prueba palpable del humor entre ingenuo y malicioso de los vieneses, nos quedamos solos. Entonces me dijo que la catedral de San Esteban estaba secretamente dedicada al demonio y luego me contó su vida. Hablamos de Juan Pascoe, que fue su primer editor en México y también el mío, de Verónica Volkow, la bisnieta de Trotski, de Mario Santiago, que había estado algunas veces en su casa, de nuestros respectivos hijos.

Tras dejarla en su hotel volví caminando al Graben y esa noche me visitó o soñé que me visitaba Kafka, o Brod, y los vi a ambos, uno en mi habitación y el otro en la habitación contigua, haciendo o deshaciendo maletas y silbando una melodía pegajosa que a la mañana siguiente yo también silbaba.

Nuestra siguiente excursión fue al Danubio, al que llegamos en metro. Boullosa estaba aún más guapa que la noche anterior. Nos pusimos a caminar en dirección a Hungría y durante el trayecto vimos a un par de patinadores, a una mujer sentada que miraba el río, a una mujer de pie que lloraba silenciosamente y a unos patos rarísimos, unos negros y otros marrones claros, y cada pato negro se emparejaba con uno marrón claro, lo que llevó a Boullosa a pensar que los contrarios se atraen, a menos que los patos negros fueran los padres y los marrones claros las crías.

Y luego todo discurrió de la mejor manera posible. Kafka y Brod se marcharon del hotel, Helmut Niederle, un vienés magnífico, me contó la historia del famoso zapatero de Viena que incluí en un libro, cenamos en la embajada mexicana, en donde la simpática embajadora, a instancias de Boullosa, supongo, me trató como si yo fuera mexicano, insulté sin querer a un nazi, no me atreví a entrar en la catedral de San Esteban, conocí a Labarca, un excelente novelista chileno, y a dos chicas latinoamericanas que cada año realizan un festival beatnik en Viena, y sobre todo paseé y conversé hasta la extenuación con Carmen Boullosa, la mejor escritora de México.

Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953) es autor, entre otros títulos, de Los detectives salvajes y Amuleto, ambos en Anagrama.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de agosto de 2000,El País 

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Roberto Bolaño, una contradicción 
en carne viva

El escritor y poeta chileno, Roberto Bolaño.




Una decena de amigos y escritores recuerdan al autor 

de '2666'

ANA CABANILLAS Santander@anacabs

23/07/2016 11:59

Roberto Bolaño (1953-2003) colgó en su obra los desgarros de una vida poco dichosa. Su éxito llegó cuando él mismo comenzaba a desvanecerse: una contradicción más, como él mismo lo fue. El escritor y poeta chileno, hoy considerado una de las grandes voces de la literatura latinoamericana, obtuvo el reconocimiento poco antes de su muerte, con el Premio Herralde de novela (1998) y el galardón Rómulo Gallegos (1999).Un final de desaliento, un desenlace no del todo feliz, como el que en vida arrojó a su prosa. Esta semana, una docena de personalidades literarias le han rendido homenaje al mito en el encuentro Roberto Bolaño: Estrella distante, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Fundación Chile España. A través de textos, correspondencias y la memoria de quienes le conocieron, reconstruyeron a un Bolaño de contrastes siempre fuera de lugar. Un escritor chileno que murió en Barcelona, pero que hasta en su patria se sintió extraño."Roberto estuvo siempre a la contra, pero no lo hacía de un modo gratuito", relata el poeta Bruno Montané, que mantuvo con él una estrecha amistad. "Él creía que la literatura era un campo de batalla como la vida misma. No un lugar de paz, como la muerte, sino de conflicto vital", resumió el coetáneo, que conoció a Bolaño en México, donde el autor de Estrella distante vivió durante ocho años hasta su traslado a Barcelona en 1977."Por entonces era un chico que se leía y escribía obras de teatro, ni siquiera escribía novela ni poesía", cuenta Montané, que también fue testigo de la "fogata" que Bolaño prendería más tarde para acabar con el rastro de su obra teatral: "Es muy malo, ni siquiera es representable", aseguró el autor en su día. "Fue una especie de ritual para marcar el fin de una cosa y el comienzo de otra", medita Montané.La dureza de este gesto acompañó a su obra y a su persona. "Era capaz de hacerte sentir como una pulga en mitad del mar; un mal humor que fue remitiendo de un modo sano y extraño", recuerda su amigo de juventud, en quien se inspiró Bolaño para el personaje de Felipe Müller en la novela Los Detectives Salvajes. También fue con Montané con quien fundó el movimiento infrarrealista en su etapa mexicana, una corriente que desafiaba los patrones literarios y políticos del momento y que reivindicaba la cotidianidad desde la vanguardia.El desafío al oficialismo se tradujo en su aversión a los críticos. "No le interesaba la interpretación especializada, lo que le gustaba era la literatura viva, el proceso de escribir", cuenta Wilfrido H. Corral, Profesor de Literatura Latinoamericana de la Universidad chilena de Playa Ancha. "Hay quienes le llaman 'autodidacta' para desautorizarlo, pero no se dan cuenta de que la formación no siempre tiene que ver con la escritura. Es subestimar su capacidad para interpretar la vida", destaca Corral.La violencia y la crudeza son el mar de fondo en la obra de Bolaño. "Lo horrible es que la violencia es latente, está contenida hasta que estalla", observa Dunia Gras Miravet, amiga de Bolaño y profesora de la Universidad de Barcelona del área de Literatura Latinoamericana.El conflicto que rodea a su obra también pobló su existencia; una suerte de supervivencia diurna, con trabajos como el de vigilante de seguridad o vendedor de bisutería. Los galardones que ganaba eran bautizados por él mismo como "premios bisonte, con los que sobrevivía la larga travesía del invierno", detalla Gras. Su lucha diaria contrastaba con las noches de desvelo y de entrega a la lectura. "La tranquilidad de la noche fue su única droga; disfrutaba de ese tiempo apacible y definitivo que daba la noche", cuenta Montané.A esta quietud, que dio nombre a Nocturno de Chile, una de sus obras más traducidas, se unía su aislamiento social, que el mismo Bolaño narra en Llamadas telefónicas, donde describe su primera época en Gerona: "En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. (...) Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar".El aislamiento y la nocturnidad, además de su peculiar carácter, le forjaron la imagen de un autor maldito. Una percepción que se hizo mito con su muerte temprana, a los 50 años, por unas causas que profundizan la leyenda: "Murió de una enfermedad hepática, diagnosticada en 1992", explica Gras, que quiere desmontar una de las fábulas que envuelven al escritor chileno: "Esta enfermedad se relaciona con el alcohol y los excesos, pero nada más lejos: Roberto bebía manzanilla, pero no la de jerez, sino la infusión".La dulcificación final de Bolaño tuvo un punto de inflexión: el nacimiento de su primer hijo y el diagnóstico de su enfermedad. El escritor, hasta entonces centrado en la poesía, decide dedicarse a la novela para dejar un legado económico a su familia. Así, dejó 2666, publicada después de su muerte y una de las más novelas reconocidas del autor. Entre las obras inéditas, destaca El espíritu de la ciencia ficción, que verá la luz el próximo otoño.

La enfermedad, además de ser el detonante de viraje literario, fue una constante en su vida. "Él contaba que desde niño tuvo una salud frágil", cuenta la escritora y traductora Menchu Gutiérrez, que define la poesía como "su tabla de salvación" ante la enfermedad que le permitía "la reflexión del tiempo que caduca, de un tiempo efímero". Una poesía que invadió también la narrativa, donde "unas veces ponía las vísceras encima de la mesa, y otras cargaba la pluma con formol". La antítesis que describe a la vez al autor y a su obra, en un viaje en que Bolaño quiso emparejar ficción y realidad para cumplir sus máximas, ahora revividas la poeta que le guarda homenaje: "Él decía que, en la literatura contemporánea, aunque se equivocara, tenía que emprender siempre grandes aventuras".

Entre lo viejo y lo nuevo

Una vez en España, un joven Roberto Bolaño escribió una carta pidiendo consejo a Enrique Lihn, otra de las grandes figuras de la literatura chilena y ya por entonces consagrado. El intercambio postal, que se prolongó entre 1980 y 1983 con un total de 14 cartas, representa el diálogo que mantuvieron literatura tradicional y rupturismo. Algo que llegó en "un contexto definitivo para los comienzos de Bolaño y los finales de Enrique Lihn", afirma el paisano y amigo del chileno, el escritor Roberto Brodsky. Pese a sus distintas posiciones, ambos tenían algo en común: "El exilio permanente como estrategia narrativa", apunta Brodsky, al ser Lihn "un exiliado en casa propia". Situaciones cruzadas que hicieron que, "en distintos momentos de ficción y realidad, el uno fuera el otro". Los dos autores nunca llegaran a conocerse personalmente, aunque Bolaño, en el relato Encuentro con Lihn, vuelve a volcarse en la ficción, describiendo un mejorado Lihn que por entonces ya había fallecido.


Jean-Marie Gustave Le Clézio

Fausto Triana
París, Estocolmo y La Habana (PL).-
Escribir es una forma de agrandar mi familia, decía en una ocasión Jean-Marie Gustave Le Clézio, el nombre que hoy recorre el mundo con el brillo del Premio Nobel de Literatura.



Le Clésio, nacido en 1940, pero también oriundo de Islas Mauricio, de padre británico y madre francesa. Un navegante de caminos irreverentes, fascinado por cada "descubrimiento" de la cultura de todos los países que ha conocido, que son muchos.
"Mi familia podían ser los libros o la gente que encontraba en la calle. Después quise agrandar la familia. Necesitaba más amor, salir de la soledad", confesó este hombre que alterna su vida en Alburqueque, Nuevo México, y el sur de Francia.
De Africa tiene hermosos recuerdos, cuando llegó a conocer a su padre desde una Europa pobre y marcada por las guerras a un continente espléndido en riquezas y entornos naturales. "Ahora es todo lo contrario", se lamenta.
Considerado el mejor escritor francés vivo, distinción concedida en 1994, Le Clézio, doctor en letras de la Universidad de Niza, debutó en la literatura a los siete años y con sólo 23 fue reconocido con el galardón Renaudor por El atestado.
Tiene una historia de amor con México y Panamá, donde residió en 1970 varios meses al lado de poblaciones indígenas.
"Esa experiencia cambió toda mi vida, mis ideas sobre el mundo del arte, mi manera de ser con los otros, de andar, de comer, de dormir, de amar y hasta de soñar", relató emocionado en una ocasión.
Bajo su sello aparecen Terra amata, La Guerra, Desierto, su obra monumental, Onitsha, El pez dorado, Diego y Frida, entre otros trabajos, además del más reciente, Ritournelle de la faim.
La exigente Academia sueca tomó en cuenta su apego a la naturaleza y subrayó que se trata de un "escritor de la ruptura, la aventura poética y el éxtasis sensual y un "explorador de la humanidad".Como ejemplo de su vuelo, vale terminar con un fragmento de su crónica publicada en el 2003 en España, que revela los manejos británicos y luego estadounidenses para convertir a la isla Diego García en base militar y desaparecer al archipiélago de los Chagos.
"Habría podido ser el paraíso. Perdido en el océano Indico, a más de dos mil kilómetros de Islas Mauricio y de las islas Seychelles, un rosario de islas de coral sembrado sobre bancos de arena blanca, encerrando lagunas color turquesa, cada isla con una cabellera de cocoteros inclinados por la dulzura de los alisios, lejos de cualquier ciclón. Para los habitantes de estas islas, fue, en efecto, durante generaciones, no el paraíso, sino su tierra, suspendida entre el cielo y el mar, donde la vida no era nada idílica (...)
Esto habría podido durar eternamente, y Chagos habría podido deslizarse suavemente en el nuevo milenio con la gracia despreocupada de las sociedades criollas, e incluso recoger un poco más de ese maná providencial (...]".
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Cómo reaccionan los Nobel
Anubis Galardy
El escritor francés Jean Marie Gustave Le Clézio recibió oficialmente la noticia del Nobel a la hora piadosa del mediodía, a diferencia de sus colegas de otros lados del mundo, muchas veces despertados al amanecer el día.Es el caso de los latinoamericanos, por ejemplo. Los europeos, en cambio, pueden escucharla incluso en los noticieros de la una de la tarde, cuando el secretario de la Academia Sueca lee, en tono protocolar, el veredicto de sus colegas.Le Clézio, quién no figuraba en las listas de los augures de todos los años, escribía apaciblemente a la hora en que lo llamó la emisora radial RS, de Estocolmo, y por lo menos en apariencia sus nervios estaban controlados.Tal vez en su interior anidaba algún pálpito sobre la posibilidad de ceñir la corona de laurel del Nobel, pues desde hace tres días la prensa francesa había comenzado a especular con su candidatura.El secretario de la Academia Sueca, Ohorace Engdahl, lanzó a fines de la semana pasada una pista cuando afirmó que Europa sigue siendo el centro literario del mundo y no Estados Unidos.No dijo más, pero dejó un hálito perturbador en el aire, interpretado de varias maneras.La respuesta de Le Clézio a la radio sueca, sobre la impresión que le había causado el premio, fue escueta y formal. Es un gran honor, dijo, tras expresar su agradecimiento a la Academia Sueca.Otros laureados han sido mucho más elocuentes, incisivos a veces. José Saramago, a su turno, se apresuró a declarar que el Nobel no iba a cambiarle la vida, que seguiría siendo el mismo escritor de siempre.La recompensa monetaria aparejada al lauro, añadió, solo le serviría para resolver algunas urgencias materiales, siempre postergadas, y hacer más felices a sus familiares y amigos.Únicamente me espantan, comentó, los 12 meses de recepciones, conferencias, encuentros y presentaciones alrededor del mundo que me esperan.La británica Doris Lessing estaba tan desentendida de las apuestas por el Nobel pese a su permanencia en la relación de favoritos- que se fue de compras al supermercado como un ama de casa cualquiera y a los periodistas les costó un arduo trabajo localizarla.Al enterarse en 1976 de que había sido agraciado con el lauro más ambicionado del mundo, al norteamericano Saul Bellow se le escapó del alma una frase de desaliento: Dios mío, que desastre, dijo.Pablo Neruda en cambio, entonces embajador de Chile en Francia, quien se enteró tres días antes por un comunicado oficial de la Academia Sueca, en 1971, invitó a sus amigos a una suculenta cena en París, pero sólo él sabía lo que festejaba.El británico William Goldwing, galardonado en 1983, no interrumpió su rutina cotidiana en el pueblecito de campo Broadchalke donde vivía, cerca de Salisbury, como es típico de la flema inglesa. La noticia transcurrió allí sin aspaviento.Gabriel García Márquez, laureado en 1982, solo pensó, aterrado, en el discurso que debía pronunciar dos meses después. Dos meses de angustia frente a las páginas en blanco luego convertidas en 15 cuartillas memorables.
Más de una vez confesó que terminó escribiéndolas a cuatro manos con su compatriota Álvaro Mutis. Neruda, en cambio, escribió su discurso de corrido, en el dorso de un menú de restorant, entre el ruido y el fragor urbano, siguiendo la huella incontenible de la tinta verde que usaba siempre.
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Ganadores del Nobel desde el 2000
Desde su fundación en 1901, 106 escritores fueron premiados con el Nobel de Literatura, entre ellos 14 franceses, con el lauro recién otorgado al novelista Jean Marie Gustave Le Clezio.Prensa Latina transmite a continuación la relación de premiados desde 2000:
2000 Gao Xingjian (Francia)2001 V.S. Naipaul (Gran Bretaña)2002 Imre Kertész (Hungría)2003 John Maxwell Coetzee (Suráfrica)2004 Elfriede Jelinek (Austria)2005 Harold Pinter (Gran Bretaña)2006 Orhan Pamuk (Turquía)2007 Doris Lessing (Gran Bretaña)2008 Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francia)

Jean Marie Gustave Le Clezio
(1940/04/13 - Unknown)
Jean Marie Gustave Le Clezio
Jean Marie Gustave Le Clezio
Jean Marie Gustave Le Clezio 

Escritor francés



Nació el 13 de abril de 1940 en Niza, en el seno de una familia bretona.

Hijo de Raoul Le Clézio, un cirujano que ejerció en África a las órdenes de la armada británica; y de Simone Le Clézio. Sus padres son primos hermanos y provienen de familias bretonas que emigraron a Isla Mauricio en el siglo XVIII, donde adquirieron la nacionalidad británica.

Se crió en Roquebillière, un pequeño pueblo cerca de Niza hasta 1948 cuando junto a su madre y su hermano se trasladaron a Nigeria.



Escribió su primer cuento a la edad de siete años, en la cabina de la embarcación que los llevaba a Nigeria, donde encontrarán con su padre, que pasó allí la Segunda Guerra Mundial.

Después de estudiar en la Universidad de Bristol en Inglaterra desde 1958 hasta 1959, terminó su licenciatura en Niza en el Institut d'études littéraires. Obtuvo un máster en la Universidad de Provence con una tesis sobre Henri Michaux. Se trasladó a Estados Unidos para trabajar como profesor y durante 1967 estuvo en el ejército francés sirviendo en Tailandia, siendo expulsado del país por protestar contra la prostitución infantil y enviado después a México para terminar su servicio militar. De 1970 a 1974, vivió con la tribu  Emberá-Wounaan en Panamá.

Con sólo 23 años, publica con Gallimard su primera obra: Le procès verbal, con la que se impone en la escena internacional, ganando el prestigioso Prix Renaudot (1963) el más importante de las letras francesas, cuenta también con el Paul Morand y fue elegido en 1994 mejor escritor francés vivo por los lectores de la revista 'Lire'.

Entre sus obras traducidas al castellano destacan La cuarentena, El africano ( ambos en Tusquets) o El atestado (Catedra). En su obra se distinguen dos etapas: de 1963 a 1975, su obra aborda temas como el lenguaje y la escritura, con la voluntad de explorar ciertas posibilidades formales y tipográficas. Desde últimos de los años setenta publica una escritura más serena, donde evoca los años de la infancia y los viajes relatando una renovada armonía entre el hombre y el mundo.

El 9 de octubre de 2008 se le proclamó ganador del Premio Nobel de Literatura 2008. La Real Academia sueca lo definió como "el escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensibilidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante".

Casado desde 1975 con la marroquí Jémia, tiene tres hijas (una de su primer matrimonio).


Premio nobel de literatura 2008

Predecesora
Doris Lessing

Sucesora
Herta Müller


Obras

1963 Le Procès-verbal
1965 La Fièvre
1966 Le Déluge
1967 L'Extase matérielle
1967 Terra Amata
1969 Le Livre des fuites
1970 La Guerre
1970 Lullaby
1971 Haï
1973 Mydriase
1973 Les Géants
1975 Voyages de l'autre côté
1976 Les Prophéties du Chilam Balam
1978 Vers les icebergs
1978 Mondo et autres histoires
1978 L'Inconnu sur la Terre
1980 Désert
1980 Trois villes saintes
1982 La Ronde et autres faits divers
1984 Relation de Michoacán
1985 Le Chercheur d'Or
1986 Voyage à Rodrigues
1986 Sur Lautréamont, para Complexe
1987 Les annés Cannes
1988 Le Rêve mexicain ou la pensée interrompue
1989 Printemps et autres saisons
1991 Onitsha
1992 Étoile errante
1992 Pawana
1994 Diego et Frida
1995 Ailleurs
1995 La Quarantaine
1997 Le Poisson d'or
1997 Gens des nuages
1997 La Fête chantée, et autres essais de thème amérindien
1998 L'inconnu sur la Terre
1999 Hasard
2000 Coeur brûle et autres romances
2002 Tarabata
2003 Peuple du ciel
2003 Révolutions
2004 L'Africain
2006 Raga
2006 Ourania
2007 Ballaciner
2008 Ritournelle de la faim
2011 Histoire du pied et autres fantaisies
2014 Tempête

Pierre Bourdieu

Semblanza biográfica de Pierre Bourdieu

Sobre los cambios que la II Guerra Mundial generó en el modo, o modos, de entender el “poder”.
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Costa-Gavras es sin lugar a dudas uno de los más importantes referentes de todos los tiempos del cine político, representando con maestría historias reales de represión sociopolítica. La producción “Z” recrea el asesinato del líder demócrata griego Grigoris Lambrakis. Costa-Gravas realiza propuestas de genuino coraje tomando en cuenta que fueron realizadas durante las dictaduras orquestadas por los mismos personajes a los que hace referencia en sus films.



Z.
Año
Duración
127 min.
País
 Argelia
Director
Guión
Jorge Semprún
Música
Mikis Theodorakis
Fotografía
Raoul Coutard
Reparto
,
Productora
Coproducción Argelia-Francia; Reggane Films / O.N.C.I.C.
Género
Drama | PolíticaCrimenBasado en hechos reales
Sinopsis
En un país regido por una corrupta democracia, donde el gobierno utiliza a la Policía y al Ejército para erradicar cualquier amenaza izquierdista, un diputado de la oposición es asesinado en plena calle cuando acababa de presidir un mitin de carácter pacifista. De la investigación del caso se encarga un joven magistrado, consciente de que se trata de un crimen político cometido por dos sicarios a sueldo. Al mismo tiempo, un ambicioso periodista se servirá de métodos poco ortodoxos para acumular pruebas que inculpen a varios militantes de un partido de extrema derecha, los cuales, a su vez, atribuyen la responsabilidad del atentado a altos cargos de la policía y del ejército. (FILMAFFINITY)


Dr. Strangelove – Stanley Kubrick, Inglaterra
Obra de reflexión mordaz que vio la luz en el cenit de la paranoia sobre la posibilidad de una guerra nuclear. Kubrick realiza una genial sátira del absurdo de la lógica política de la Guerra Fría, logrando quizás la única película que nos hace reír ante la auténtica posibilidad del fin del mundo. Como si fuera poco, los múltiples roles de Peter Sellers han convertido su actuación en una de las más famosas jamás plasmadas en celuloide.










Claudio Magris © Thomas Laisné/Corbis

«Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas», escribió Borges en una inolvidable parábola acerca de sí mismo y de su propia escisión, tal vez la más grande y la más poética página que se haya escrito jamás sobre la relación que existe entre vivir y escribir. El autor de ese apólogo, que habla en primera persona, dice no ser el famoso escritor que aparece en todos los diccionarios biográficos del mundo y en las cubiertas de muchos libros; él es sólo el individuo que figura en el registro civil como Jorge Luis Borges, el que camina por las calles de Buenos Aires mirando distraídamente los zaguanes, mojándose con la lluvia o cogiendo un resfriado, viviendo y dejándose vivir, rumiando alguna indefinible melancolía que ni siquiera el otro, el poeta, podrá comprender jamás y deslizándose, como el fluir del tiempo, hacia el final. Del otro, del célebre escritor, le llegan noticias a través de los periódicos y se da cuenta, con ligero estupor, de que su torpe y oscura existencia le suministra al otro, al Borges de la literatura mundial, la materia para algunas fábulas reticentes y abusivas. «Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII», dice, «el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor.»

¿Quién de ellos es el que ha muerto hace algunas horas?, ¿el anónimo y melancólico señor del bastón, que tal vez no conoció el amor y se perdía en los meandros de las calles y de la tarde, desapareciendo en la sombra como un día que se acaba?, ¿o bien el autor de libros que, jugando inexorablemente con las nostalgias de aquel desconocido, nos ha proporcionado la ilusión de que algunos volúmenes, con sus lomos bien encuadernados que relucen en un anaquel, pueden justificar una vida inalcanzable en su misterio? Los teletipos han anunciado al mundo la muerte del actor, de quien expresaba la pasión del hombre, del desconocido héroe de la historia, el gusto por el café o por Stevenson, no sin contaminar esas predilecciones con una punta de falsedad, y las necrologías hacen referencia también al otro, al protagonista de las voces de las enciclopedias y de los ensayos críticos. Éste seguro que se habría divertido viendo las pruebas generales o asistiendo al estreno del duelo por su fallecimiento. Del frágil individuo de ochenta y siete años —de sus miedos, de sus pesares, del frío o del sudor de sus últimas horas— no se puede decir ni imaginar nada.

Toda la obra de Borges está impregnada por la melancólica conciencia de que la literatura no puede salvar la vida y de que un poeta, en una poesía acerca de un tigre, sólo consigue decir «palabras, palabras, palabras», un tigre de sílabas y de papel, y busca en vano al otro tigre, al que no está en el verso sino en la selva. Pero Borges es grande precisamente porque logra evocar la vida, su plenitud y su vanidad, expresando la falta de adecuación de la literatura para representarla y haciendo propia esa inadecuación, asumiendo todos los riesgos del vacío y la aridez y consiguiendo así expresar la verdad de la ausencia moderna, del significado que no se deja atrapar y de las cosas que no se dejan aferrar. Gran intérprete de esta ausencia moderna, sabe ser también su víctima, destinando su obra a parecerse al mapa del imperio del que traza una parábola, un mapa que reproduce fielmente la tierra y se ajusta a ella con exactitud, pero que al final el viento acaba por hacer pedazos.

Se ha ensalzado a Borges como a un funámbulo del artificio y a un prestidigitador de la relojería literaria y los mecanismos literarios que se tienen como fin a sí mismos. Ésa es una mala pasada que el sapiente actor, para distraer su melancolía, ha jugado a muchos de sus émulos y admiradores, sofisticados, es decir, toscos y destinados a simular miserablemente la dolorosa e irónica ambivalencia de su poesía, que parece fácil de imitar como la kafkiana, pero al igual que ésta es inimitable y no muestra desde luego el triunfo coqueto del sofisma, sino la aventura y el extravío de la inteligencia en la trama elemental del mundo.

El mismo Borges, en muchas páginas repetitivas, se parece a sus flojos plagiarios; no es ciertamente un intelectual y ni siquiera es verdaderamente culto, porque su enorme erudición es un centón de motivos más acumulados que verdaderamente asimilados, pero sabe ser, a ratos, un gran poeta de lo elemental, de esa sencillez suprapersonal que nos afecta a todos y cada uno, y sabe expresar la luz de una tarde, la caída de la lluvia, la cercanía del sueño, la sombra de la casa natal o la frescura del agua que regocija en un espléndido relato, las especulaciones de Averroes. Es el poeta de la valentía, de la fidelidad, de la épica familiaridad con la vida y la muerte —de esos valores que él sabe que no posee ni en la existencia ni, salvo raras excepciones, en el arte y de los cuales sólo puede expresar la nostalgia.

Pero esa nostalgia constituye su genio. Sus dioses, ha dicho, no le concedieron la expresión que crea la vida, sino sólo la alusión que la menciona de refilón. Su poesía dice la melancolía de esa alusión fugitiva, «la inminencia de una revelación que no se produce», la espera de un secreto que no se revela. Algunos de sus relatos parecen apenas el genial esbozo de un relato que está todavía por escribir. En esa potencialidad a menudo decepcionada él encarna el destino de la literatura, a la que ya no le es dado transmitir valores y contar la unidad de la vida.

Para consolar y engañar a sus imitadores, el actor ha fingido complacerse con el jaque en que la literatura pone a la existencia. La grandeza de Borges consiste en cambio en la valentía con la que afrontó esa aridez personal y epocal, una valentía digna de esos héroes suyos que él tanto envidiaba —porque, a diferencia de él, saben empuñar la espada— y que le permitió hablar, en nombre de todos, de los miedos, de los apuros y la esterilidad de todos nosotros. Y de ese modo el bibliotecario acosado por la falta de amor y de deseo pudo escribir, en El Aleph, una gran parábola del amor reprimido y perdido.

La vida de Borges parece toda ella resumida en su escritura, en una bibliografía: su nacimiento en Buenos Aires, sus estudios en Europa, el culto de las memorias patrióticas y militares argentinas, su breve compromiso vanguardista pronto abandonado en favor de un escéptico clasicismo, la redacción de sus obras maestras dedicadas a los laberintos de la existencia, a las paradojas metafísicas, a la repetición circular del acaecer, a la épica de los suburbios bonaerenses. Pero su muerte nos impresiona, más que como un luto por la literatura, como la muerte de ese Cada Uno de las representaciones sagradas medievales. Nos lleva a pensar, como no ocurre con otros escritores, en nuestra vida, en nuestro amor y nuestra muerte.

Su desaparición no induce a escribir necrologías edificantes ni a atribuirle todas las virtudes. Tenía sus miopes y estrechas durezas de reaccionario, sus cerrazones, pecados y miserias de las que responder a sus dioses. Pero todo eso le hace ser hermano nuestro, espejo de nuestro destino. Hace algunos años, en Venecia, se sentía embarazado cuando le daban las gracias por lo que había escrito; sabía que no podía vanagloriarse de sus palabras y que la grandeza de su obra, misteriosa y tal vez casualmente conseguida por el otro, por el actor, formaba ya parte del mundo y no le pertenecía a él más que a mí o a cualquier otro. En sus últimos años, la gran libertad de la vejez le llevaba a disfrutar incluso con las chucherías de la vida, a haraganear por premios y congresos literarios incluso de escaso interés, regocijándose con los huecos de tiempo que le quedaban y persiguiendo esa cosa infinita e irrecuperable que todo hombre, como él había escrito, sabe que ha recibido y perdido.

1986



En Utopía y desencanto
Traducción: J.A. González Sainz
Imagen: © Thomas Laisné/Corbis


Christopher Hitchens © William Coupon/Corbis





Todas las religiones tienden a contener algún mandamiento o prohibición en relación con la dieta, ya se trate del actualmente caduco mandamiento católico de comer pescado los viernes, de la adoración por parte de los hinduistas de la vaca como animal sagrado e invulnerable (el gobierno de la India llegó incluso a ofrecerse a importar y proteger a todo el ganado destinado al matadero como consecuencia de la epidemia de encefalopatía bovina o «enfermedad de las vacas locas» que asoló Europa en la década de 1990), o de la negativa de otros cultos orientales a consumir cualquier tipo de carne animal o a hacer daño a cualquier otra criatura, ya se trate de una rata o una pulga. Pero el fetichismo más antiguo y persistente es el odio, e incluso el miedo, al cerdo. Apareció en la primitiva Judea y durante siglos fue una de las maneras (la otra era la circuncisión) mediante las que se diferenciaba a los judíos.

Aun cuando la sura 5.60 del Corán condena expresamente a los judíos, pero también a los demás infieles, por haberse convertido en monos y cerdos (un motivo temático muy destacado en la predicación musulmana salafista reciente), y el Corán califica la carne de cerdo de impura o incluso de «abominable», los musulmanes parecen no percibir ninguna ironía en la adopción de este tabú exclusivamente judío. El auténtico horror al puerco se manifiesta en todo el mundo islámico. Un buen ejemplo de ello sería la prohibición permanente de la novela Rebelión en la granja, de George Orwell, una de las fábulas más exquisitas y valiosas de la modernidad, de cuya lectura se priva a los escolares musulmanes. He examinado con detenimiento algunas de las prohibiciones expresas redactadas por los ministros de educación árabes, que son tan estúpidos que son incapaces de percibir el papel maligno y dictatorial que desempeñan los cerdos en la historia.

De hecho, a Orwell le disgustaban los cerdos como consecuencia de su fracaso como pequeño granjero, y muchas personas que han tenido que trabajar con estos difíciles animales en granjas comparten este rechazo. Amontonados en pocilgas, los cerdos suelen actuar de forma canallesca, por así decirlo, y mantener ruidosas y desagradables peleas. En algunos casos han devorado a sus propias crías e incluso sus propios excrementos, mientras que su tendencia a exhibir cierta galantería indiscriminada y pródiga suele resultar desagradable a las personas más sensibles. Pero con frecuencia se ha informado de que, si se deja que los cerdos sigan sus inclinaciones naturales y se les asegura el suficiente espacio, se mantendrán muy limpios, construirán pequeñas enramadas, criarán familia y entablarán cierta interacción social con otros cerdos. Estas criaturas también hacen gala de muchos signos de inteligencia, y se ha estudiado que la proporción determinante (entre el peso del cerebro y el peso corporal) es casi tan elevada en ellos como en los delfines. El cerdo tiene mucha capacidad para adaptarse a su entorno, como atestiguan los verracos asilvestrados y los «cerdos salvajes» en contraposición a los gorrinos de crianza y los juguetones cochinillos más cercanos a nuestra experiencia de la especie. Pero esa pezuña partida, las manos del cerdo, se convirtieron en un símbolo diabólico para los temerosos, y me atrevería a decir que resulta fácil conjeturar qué fue primero, si el diablo o el cerdo. Sería absurdo preguntarse cómo el diseñador de todas las cosas concibió una criatura tan versátil y a continuación ordenó al mamífero superior, también de su creación, que lo evitara por completo si no quería contrariarle eternamente. Pero hay muchos mamíferos, inteligentes para otras cosas, a los que afecta la creencia de que el cielo detesta el jamón.

Espero que en este momento usted ya habrá imaginado lo que en cualquier caso sabemos: que esta selecta bestia es uno de nuestros primos más cercanos. Comparte gran parte de nuestro ADN, y recientemente los trasplantes a seres humanos de piel, válvulas cardíacas y riñones procedentes de cerdos han tenido una buena aceptación. Si existiera un nuevo doctor Moreau capaz de corromper los recientes avances de la clonación y crear un ser híbrido, algo que espero de todo corazón que no suceda, el miedo más generalizado sería el derivado de que el resultado más probable fuera el «hombre-cerdo». Mientras tanto, casi todo el cerdo es útil: desde su nutritiva y exquisita carne hasta su piel curtida para elaborar cuero o sus pelos para fabricar pinceles. En La jungla, la novela gráfica de Upton Sinclair sobre la actividad del matadero de Chicago, resulta angustioso leer cómo se cuelga a los cerdos de unos ganchos desde donde chillan cuando se les corta el pescuezo. Hasta los nervios de los trabajadores más acostumbrados a ello resultan afectados por la experiencia. Esos chillidos tienen algo...

Si lo llevamos un poco más lejos, podríamos observar que cuando se consigue que los rabinos y los imanes dejen en paz a los niños, estos se acercan mucho a los cerdos, sobre todo a los más pequeños; y que a los bomberos por regla general no les gusta comer cerdo asado ni crujiente. En Nueva Guinea y en otros lugares el término antiguo en lengua vernácula que se emplea para referirse a un ser humano asado significa «cerdo grande»: jamás he tenido la pertinente experiencia degustativa, pero parece que, cuando se nos ingiere, tenemos un sabor muy parecido al del cerdo.

Esto contribuye a reducir al absurdo las habituales explicaciones «seculares» de la prohibición judía original. Se afirma que la prohibición era al principio racional, puesto que la carne de cerdo en los climas cálidos puede volverse maloliente y alimentar a las larvas de la triquinosis. Esta objeción, que tal vez sí pueda aplicarse en el caso del marisco, no autorizado por las normas kosher, es absurda al analizar las condiciones reales. En primer lugar, la triquinosis se da en todos los climas, y de hecho en los climas fríos con mayor frecuencia que en los cálidos, y en segundo lugar, los arqueólogos pueden diferenciar fácilmente los asentamientos judíos de la Antigüedad de las tierras de Canaán por la ausencia de huesos de cerdo en sus basureros, en contraposición a su presencia en los depósitos de residuos de otro tipo de comunidades. Dicho de otro modo, los no judíos no enfermaban ni morían por comer cerdo. (Aparte de cualquier otra consideración, si hubieran muerto por ese motivo no habría habido necesidad alguna de que el dios de Moisés exhortara a su matanza a quienes no comían cerdo.)

Por consiguiente, debe de haber otra solución para este acertijo. Reivindico la mía propia porque es original, aunque tal vez no hubiera dado con ella sin la ayuda de sir James Frazer y del gran Ibn Warraq. Según muchas autoridades de la Antigüedad, la actitud de los primeros semitas hacia el cerdo era tanto de veneración como de repugnancia. Comer carne de cerdo se consideraba algo especial, incluso un privilegio con ciertos rasgos rituales. (Esta demencial confusión de lo sagrado y lo profano puede encontrarse en todos los cultos y en todas las épocas.) La atracción y repulsión simultáneas procedían de una raíz antropomórfica: el aspecto del cerdo, su sabor, sus chillidos agónicos y su evidente inteligencia recordaban demasiado desagradablemente al ser humano. La porcofobia y la porcofilia se originaron tal vez en la noche de los tiempos de los sacrificios humanos e incluso del canibalismo, del que los textos «sagrados» suelen hacer algo más que una insinuación. Nada que sea optativo, desde la homosexualidad hasta el adulterio, se castiga jamás a menos que quienes lo prohíben (y exigen castigos furibundos) sientan un deseo reprimido de participar. Como escribió Shakespeare en El rey Lear, el policía que azota a la prostituta tiene una necesidad imperiosa de utilizarla para la misma ofensa por la que él se aplica con el látigo.

La porcofilia también puede utilizarse para fines opresores y represivos. En la España medieval, donde se obligaba a los judíos y musulmanes a convertirse al cristianismo so pena de tormento y muerte, las autoridades religiosas sospechaban con bastante razón que muchas de las conversiones no eran sinceras. De hecho, la Inquisición nació en parte del santo pavor de que asistieran falsos fieles a misa, donde, por supuesto, e incluso con más asco aún, fingían comer y beber carne y sangre humana en la persona del propio Cristo. Entre las costumbres que nacieron como consecuencia de ello se encontraba la de ofrecer, tanto en los acontecimientos más formales como en los informales, una bandeja con productos de charcutería. Quienes han tenido la suerte de visitar España, o algún buen restaurante español, estarán familiarizados con este gesto de hospitalidad: literalmente, decenas de piezas de cerdo curado de diferente modo y cortado en lonchas de distinta forma. Pero el lúgubre origen de esta costumbre reside en la lucha permanente por descubrir la herejía y de mantenerse atento sin pausa a las delatoras manifestaciones de repugnancia. En las manos de los primeros fanáticos cristianos, hasta al apetecible jamón ibérico podía ser llamado a ejercer como una modalidad de tortura.

Hoy día, la estulticia de la Antigüedad vuelve a cernirse sobre nosotros. En Europa, los fanáticos musulmanes están exigiendo que se aparte de la inocente mirada de sus hijos a los tres cerditos, a la cerdita Peggy, a Piglet, de Winnie-the-Pooh, y a otros personajes y mascotas tradicionales. Tal vez los amargos cretinos de la yihad no hayan leído lo suficiente a Wodehouse para conocer a la emperatriz de Blandings y al gusto infinitamente renovado que experimenta el conde de Emsworth con las espléndidas páginas del incomparable autor de The Care of the Pig, el señor Whifle pero si llegan hasta ese extremo habrá problemas. En un arboreto de la Inglaterra conservadora y de clase media, una estatua de un jabalí macho ya ha sufrido en sus carnes el vandalismo islámico descerebrado.

A pequeña escala, este fetiche en apariencia trivial muestra cómo la religión, la fe y la superstición distorsionan nuestra imagen del mundo en su conjunto. El cerdo está tan próximo a nosotros, y ha sido tan accesible en tantos aspectos, que en la actualidad los humanistas están llevando a cabo una intensa campaña en contra de que se críe en granjas industriales, recluido, apartado de sus crías y obligado a vivir entre sus propias inmundicias. Dejando a un lado las demás consideraciones, la blanda y sonrosada carne resultante es un tanto repugnante. Pero esta es una decisión que podemos tomar bajo la clara luz de la razón y la compasión, considerándolos criaturas y parientes iguales, y no como consecuencia de hechizos procedentes de las fogatas de la Edad del Hierro en las que se ensalzaban ofensas mucho peores en el nombre de dios. «Cabeza de cerdo en un palo», dice el excitado pero tenaz Ralph ante el rostro del ídolo que zumba y supura (primero, asesinado y, después, adorado) erigido por unos colegiales crueles y atemorizados en El señor de las moscas. «Cabeza de cerdo en un palo.» Y tenía más razón de lo que hubiera imaginado; y era mucho más sensato que sus mayores, y más también que los jóvenes delincuentes que le rodeaban.



En Dios no es bueno
Traducción: Ricardo García Pérez
Imagen: © William Coupon/Corbis

 
Paul Virilio  

PDF]El Cibermundo, la política de lo peor

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Colección Teorema. PaulVirilio. El Cibermundo, la política de lo peor. Entrevista con Philippe Petit. Traducción de Mónica Poole. TEOREMA ...

Portada 



Paul Virilio y la prisión temporal
del mundo

 18.12.07 
Paul Virilio 
"YO IRÍA aún más lejos y diría que la velocidad, a fines del siglo XX, es el centro de todo. Ahora que estamos hablando, no estamos en la velocidad. Bien por ello, aunque más bien no a gran velocidad, pues estamos en la velocidad del metabolismo, a la velocidad de los nervios y los reflejos, efectivamente de lo viviente. Mientras hablamos el uno con el otro, está funcionando su aparato grabador, que retiene nuestro encuentro, a una velocidad completamente diferente [de la nuestra], la que puede variar también, tanto disminuirse como acelerarse"
Paul Virilio
Una súbita detensión de por vida
en la prisión temporal del mundo





Paul Virilio: Pensar la velocidad 

(Stéphane Paoli, 2009)







El progreso y la catástrofe son el anverso y el reverso de la misma medalla. Construir el Airbus 380 son 1000 asientos y son 1000 muertos. No es triste decirlo, en absoluto, es una realidad. Es cierto en cuanto a cualquier invento, sea el que sea. Inventar el tren es inventar el descarrilamiento, inventar el avión es inventar el accidente, acabamos de decirlo, y el Titanic es inventar el naufragio del Titanic. No hay ningún pesimismo en esto, ninguna desesperanza. Es un fenómeno racional. Es un fenómeno ocultado por la propaganda del progreso.
Según Virilio, el progreso, nuestro culto a la velocidad, tiene un reverso oscuro,catastrófico: el arsenal nuclear, la bomba informática, la desaparición de lo político en manos de los mercados, la posibilidad de un agujero negro en el acelarador de partículas del CERN o la globalización de los afectos (por ejemplo, el caso de Omaya Sánchez que murió en directo ante las cámaras de todo el mundo en 1985)
Cabría, por tanto, dice Virilio en tono irónico, crear una Universidad del Desastre o del Apocalipsis donde cualquiera pudiese obtener un Grado en Fin del Mundo por Especulación Financiera o Fin del Mundo por Cambio Climático. Habría también, por qué no, la posibilidad de los Dobles Grados, Fin del Mundo por Muerte del Arte y de la Novela.
La aceleración de la historia es un producto del dogma del tiempo real, de la obsesión por la información instantánea, la estética CNN. Los acontecimientos se acumulan y  desaparecen sin dejar rastro. El directo televisivo, habilitado globalmente, ha conseguido que el mundo real se desvanezca.
En cualquier caso, el curso del río de la historia que todos compartimos está señalado por tres imágenes esenciales: la bomba atómica, la masacre de Tiananmen o la China que pudo ser y no fue, y el vacío dejado por las Torres Gemelas del World Trade Center.
Estas son las ideas principales del documental Pensar la velocidad dedicado al urbanista y filósofo Paul Virilio y dirigido por Stéphane Paoli para el Canal Arte en 2009. Está disponible en Youtube y subitulado al castellano gracias al web A parte rei.
Algunos libros de Paul Virilio que te pueden interesar:
  1. Estética de la desaparición. Barcelona: Anagrama, 2003.
  2. El cibermundola política de lo peor. Madrid: Cátedra, 1997.
  3. La bomba informática. Madrid: Cátedra, 1999.

Velocidad e información. ¡Alarma en el ciberespacio!
Paul Virilio.

Los fenómenos asociados de inmediatez e instantaneidad son en nuestros días uno de los problemas más apremiantes que confrontan las estrategias políticas y militares. El tiempo real prevalece sobre el espacio real y la geosfera. La supremacía del tiempo real, la inmediatez, sobre espacio y superficie es un hecho consumado y tiene un valor inaugural (anuncia una nueva época). Algo correctamente evocado en un anuncio francés elogiaba con estas palabras los teléfonos celulares: "el planeta Tierra nunca ha sido tan pequeño". Es un momento dramático en nuestra relación con el mundo y para nuestra visión del mundo. 
Hay tres barreras físicas establecidas: el sonido, el calor y la luz. Las dos primeras ya han sido superadas. La barrera del sonido ha sido barrida por el super e hipersónico avión, mientras la barrera del calor es penetrada por el cohete que saca a seres humanos fuera de la órbita de la Tierra para aterrizar en la Luna. Pero la tercera barrera, la de la luz, no es algo que se pueda traspasar: te estrellas contra ella. Es precisamente esta barrera del tiempo la que confronta la historia en el día de hoy. Haber alcanzado la barrera de la luz, haber alcanzado la velocidad de la luz, es un hecho histórico que deja la historia en desorden y confunde la relación del ser viviente con el mundo. El sistema político que no hace esto explícito desinforma y engaña a sus ciudadanos. Tenemos que reconocer aquí un cambio principal que afecta a la geopolítica, geoestrategia, pero también por supuesto a la democracia. puesto que ésta última es tan dependiente de un lugar concreto, la ciudad. 

El gran evento que amenaza para el siglo XXI en conexión con esta velocidad absoluta es la invención de una perspectiva de tiempo real, que suplantará a la perspectiva del espacio real que fue inventada por los artistas italianos del Quattrocento. Todavía no ha sido suficientemente enfatizada con cuanta profundidad, la ciudad, la política, la guerra y la economía del mundo medieval fueron revolucionadas por la invención de la perspectiva. 

El ciberespacio es una nueva forma de perspectiva. No coincide con la perspectiva audiovisual que ya conocemos, Es una perspectiva completamente nueva, libre de cualquier referencia previa: es una perspectiva táctil. 

Ver a distancia, oir a distancia: esa era la esencia de la antigua perspectiva audiovisual. Pero tocar a distancia, sentir a distancia, esto equivale un cambio de perspectiva hacia un dominio que todavía no se abarca: el del contacto, el contacto a distancia, el telecontacto. 

Junto al levantamiento de las superautopistas estamos enfrentándonos a un nuevo fenómeno: la pérdida de orientación. Una pérdida de la orientación fundamental que complementa y concluye la liberación social y la realización de los mercados financieros cuyos nefastos efectos son bien conocidos. Se está haciendo una duplicación de realidad sensible en realidad y virtualidad. Amenaza una estereo-realidad de géneros. Una pérdida total de los comportamientos del individuo que amenaza con ser abundante. Existir es existir - in situ -, aquí y ahora, - hic et nunc -. Esto es precisamente lo que se está viendo amenazado por el ciberespacio y lo instantáneo, la información globalizada fluye, lo que hay delante es una distorsión de la realidad; es un shock, una conmoción mental, y este resultado debería interesarnos. ¿Por qué?: Porque nunca ningún progreso en una técnica ha sido llevado a cabo sin acercarte a sus aspectos negativos específicos. El aspecto negativo de estas autopistas de la información es precisamente esa pérdida de la orientación en lo que se refiere en la alteridad (el otro); es la perturbación en la relación con el otro y con el mundo. 

Es obvio que esta pérdida de la orientación, esta no-situación, va a anunciar una profunda crisis que afectará a la sociedad y por lo tanto a la democracia. La dictadura de la velocidad al límite chocará cada vez más con la democracia representativa. Cuando algunos ensayistas se dirigen a nosotros en términos de "ciberdemocracia", de democracia virtual; cuando otros afirman que la "democracia de opinión" va a reemplazar a la "democracia de partidos políticos", uno no puede dejar de ver nada que no sea esa falta de orientación en asuntos de política, de los cuales el "media-comp" de Mayo de 1994 de Silvio Berlusconi fue una prefiguración de estilo italiano. La llegada de la era de los videntes y los sondeos de opinión necesariamente avanzarán con este tipo de tecnología. La palabra globalización es una farsa. No hay globalización, sólo hay virtualización. Lo que está siendo efectivamente globalizado es el tiempo. Ahora todo sucede dentro de la perspectiva del tiempo real: de hoy en adelante estamos pensados para vivir en un sistema de tiempo único(1). Por primera vez la historia va a revelarse dentro de un sistema de tiempo único: el tiempo global. Hasta ahora la historia ha tenido lugar dentro de tiempos locales, estructuras locales, regiones y naciones. Pero ahora, en cierto modo, la globalización y la virtualización están inaugurando un tiempo universal que prefigura una nueva forma de tiranía. Si la historia es tan rica, es debido a que era local, fue gracias a la existencia de tiempos limitados espacialmente que no hicieron caso a algo que hasta ahora sólo ha ocurrido en la astronomía, el tiempo universal. Pero en un futuro muy cercano, nuestra historia sucederá únicamente en tiempo universal, es, en sí mismo el resultado de la instantaneidad. De este modo vemos por un lado al tiempo real sustituyendo al espacio real. Un fenómeno que está haciendo de ambas distancias y superficies algo irrelevante en favor del "time-span" (tiempo de duración), y un extremadamente corto tiempo de duración en esto. Por otro lado tenemos el tiempo global, perteneciente al multimedia, al ciberespacio, increíblemente dominando la estructura del tiempo local de nuestras ciudades, nuestras vecindades. Tanto que hay un debate para sustituir el término "global" por "glocal", una concatenación de las palabras local y global. Esto surge de la idea de que lo local ha llegado, por definición, a ser global y lo global, a ser local. Tal deconstrucción de la relación con el mundo no está desprovista de consecuencias en la relación entre los propios ciudadanos, nada se obtiene sin que se tenga también algo que perder. Lo que se ganará de la información y la comunicación electrónica necesariamente provocará una pérdida en alguna otra cosa. Si no somos conscientes de esa pérdida y no la tenemos en cuenta, lo que ganemos carecerá de valor. Esta es la lección que debe aprenderse del previo desarrollo de la tecnología de los transportes. La realización del servicio de ferrocarril de alta velocidad ha sido posible sólo porque los ingenieros del s. XIX habían inventado el sistema de bloqueo automático(2) que es un método para regular el tráfico de forma que los trenes son acelerados sin riesgo de catástrofes ferroviarias. Pero hasta ahora la ingeniería de control del tráfico en las autopistas de la información brilla por su ausencia. Hallamos aquí otro punto importante: que ninguna información existe sin desinformación, y ahora un nuevo tipo de desinformación está poniéndose a la cabeza y es totalmente distinta a la censura voluntaria. Tiene que ver con cierto tipo de obstrucción de los sentidos, una pérdida de control sobre la razón de los géneros. Aquí yace un nuevo y mayor riesgo para la humanidad procedente de la multimedia y los ordenadores. Albert Einstein ya lo había profetizado en la década de los cincuenta, cuando habló sobre la "segunda bomba". La bomba electrónica, después de la atómica. Una bomba por la cual la integración del tiempo real será a la información lo que la radioactividad es a la energía: La desintegración no afectará sólamente a las partículas de materia sino también a la gente que compone nuestras sociedades. 

Esto es precisamente lo que se puede ver en el trabajo con la masa de desempleo, los trabajos unidos y el brote de empresas deslocalizadas. Uno podría suponer que del mismo modo que el surgimiento de la bomba atómica provocó la rápida elaboración de una política de disuasión adaptada al s. XXI, ésta podría ser una forma de disuasión para contrarrestar el daño causado por la explosión de información ilimitada. Éste será el mayor accidente del futuro, el que viene detrás de la sucesión de accidentes que fue específica de la era industrial. (Así mientras barcos, trenes, aviones o plantas nucleares fueron inventadas, naufragios, descarrilamientos, accidentes de aviación y el desastre de Chernobyl también fueron inventados al mismo tiempo...) Después de la globalización de las comunicaciones se debería esperar un tipo generalizado de accidente, sería algo como lo que Epicuro llamó el "accidente de accidentes" (y Saddam Husseim seguramente llamaría la "madre de todos los accidentes"). El colapso de la bolsa es una mera figura de ello sin importancia. Nadie ha visto este accidente generalizado todavía. Pero vigila si oyes hablar sobre la "burbuja financiera en la economía": una metáfora muy significativa es utilizada aquí y hace aparecer visiones de algún tipo de nube recordándonos algunas otras nubes tan espantosas como las de Chernobyl...Cuando uno se cuestiona sobre los riesgos de accidentes en las autopistas de la información la finalidad no es la información en sí misma sino la absoluta velocidad de los datos electrónicos. El problema aquí es la interactividad. La ciencia de los ordenadores no es el problema, sino la comunicación por ordenadores, o más bien el (todavía no completamente conocido) potencial de la comunicación por ordenadores. En los USA, el Pentágono (origen de internet) está incluso hablando en términos de una "revolución de lo militar" junto con una "guerra de conocimiento", que podría sustituir a la guerra de cerco, de la cual Sarajevo es un trágico recordatorio. Cuando Eisenhower dejó la Casa Blanca en 1961 apellidó el complejo militar - industrial "como una amenaza contra la democracia". Sabía de lo que estaba hablando, ya que él ayudó a construirlo en primer lugar. Pero llega 1995, momento en el que el complejo militar informático está tomando forma con algunos líderes políticos americanos, más notablemente con Russ Perot y Newt Gingrich, que hablan sobre la "democracia virtual" [3] en un espíritu con reminiscencias del misticismo fundamentalista, ¿cómo no alarmarse?. ¿Cómo no ver las outlines de la cibernética convertidas en una política social? El narcocapitalismo del wired world, el poder sugestivo de las tecnologías virtuales no tiene paralelo. Al lado del ilícito narco-capitalismo basado en drogas, que está actualmente desestabilizando la economía mundial, se está construyendo rápidamente una narco-economía de comunicación por ordenadores. La cuestión sería si los paises desarrollados no están jugando con tecnologías virtuales para devolver la pelota a los países subdesarrollados que están, especialmente en Latinoamérica, viviendo de la producción ilícita de drogas químicas. Cuando uno observa cuánto esfuerzo de investigación en tecnologías avanzadas se ha canalizado en el campo del ocio (videojuegos, gafas de realidad virtual, etc...). ¿Debería este potencial, sometido e instantáneo, que está siendo desencadenado por estas nuevas técnicas en las poblaciones, permanecer oculto?. Algo está flotando entre nosotros que parece un "ciberculto". Debemos saber que las nuevas tecnologías de conocimiento sólo promoverían la democracia si, y solamente si, nos oponemos desde el principio a la caricatura de la sociedad global que es tramada para nosotros desde las grandes empresas multinacionales lanzándose a sí mismas, en una marcha peligrosa, a las autopistas de la información.;

Este artículo apareció en "Le monde diplomatique" en Agosto de 1995. 

1. "Le temps unique", en francés. Esta es una referencia a la ahora casi paradigmática editorial "La perseè unique" de Ignacio Ramonet, en Le Monde Diplomatique, Enero de 1995.

2. El sistema de bloqueo automático consiste en separar una red de ferrocarril en segmentos, cada uno protegido por una señal de acceso. Un tren recorriendo un segmento automáticamente lo cierra (mientras al segmento previo sólo se puede acceder con una reducida velocidad). Este sistema permite a una hilera de trenes correr a alta velocidad dentro de una distancia controlada ( dos bloqueos por ejemplo, típicamente,  3 1/2 millas entre cada uno). Este sistema no puede prevenir totalmente colisiones frontales, y es por lo tanto utilizado mejor en redes ferroviarias de varias vías.

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PAUL VIRILIO, EL FIN DE LA GEOGRAFÍA
Juan E. Fernández Romar

Luego de la desaparición física de Foucault, Deleuze, Guattari, y Baudrillard, el filósofo y urbanista Paul Virilio ha quedado bastante solo como exponente de una generación rebelde, crítica e iconoclasta, capaz de embestir contra todo lo instituido y animarse a cuestionar aquello que nadie interroga. Se trata de un profesional de la objeción y de una de las figuras más emblemáticas de la intelectualidad francesa posestructuralista.

Este polifacético pensador con aires de profeta exaltado y tremendista, parece responder a un sincero impulso neurótico con ribetes paranoides antes que a una intención mercadológica. Virilio se ha empeñado en explicar el mundo contemporáneo en clave apocalíptica haciendo un gran acopio de información sobre desastres, accidentes, atentados y guerras. De ese modo ha logrado difundir en todo el orbe ciertas advertencias y recelos, e imponer un nuevo orden conceptual de temores sobre la vida en las grandes ciudades, las reacciones en cadena, las ciberbombas y otras catástrofes en curso o inminentes.

En los años 90, mientras Baudrillard revisitaba una y otra vez las enseñanzas de la Guerra del Golfo, Virilio, desde la segunda fila del escaparate filosófico francés, rumiaba sus inelaborables obsesiones: Chernobyl, la insoportable aceleración de los procesos de la comunicación, la guerra de Kosovo, el terrorismo urbano, la desaparición de la geografía, el totalitarismo del progreso tecnológico, o el pánico en las megalópolis como Nueva York, Hong Kong, el DF mexicano, o San Pablo.

UN NIÑO DE LA GUERRA

Nacido en 1932, fue, según sus propias palabras, un war-baby, un auténtico niño de la guerra. Hijo de madre bretona y padre italiano y comunista (que había conseguido la residencia pero no la ciudadanía francesa), creció en Nantes, donde a los ocho años presenció la llegada de los alemanes, y a los once la destrucción de la ciudad bajo una lluvia de bombas de los aliados.

Al finalizar la guerra descubrió el mar al mismo tiempo que la paz, ya que la costa era zona de exclusión. En las playas Virilio se fascinó con los bunkers dejados por los combatientes, enigmas de una arquitectura bélica que comenzaba a ser reciclada por la población civil con otros fines.

Con una cámara Leica realizó un extenso inventario fotográfico, iniciando lo que treinta años después se convertiría en un ensayo arqueológico sobre las tecnologías de la guerra (Bunker Archéologie, 1975). Las crónicas posteriores de Auschwitz e Hiroshima y el descubrimiento de esos bunkers definirían su trayectoria filosófica posterior, marcada por una constante preocupación por el potencial destructivo de las nuevas tecnologías.

A diferencia de la mayoría de sus amigos -que luego de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a militar en organizaciones marxistas- y como buen hijo rebelde de padres comunistas, Virilio se inclinó por el cristianismo. Mientras su generación leía El Capital de Marx, él decidió bautizarse y optó por el estudio de la Biblia, siguiendo los consejos de un cura obrero que trabajaba en la fábrica Renault y que vivía en una buhardilla en Saint Denis.

A los 18 años, aceptando una sugerencia de su mentor se abocó a la pintura, iniciando así lo que hoy denomina su "época Montparnasse". Para ganarse la vida pintó muros de cuatro por doce con afiches propagandísticos de los estrenos cinematográficos del momento. Actividad que terminó odiando por su contribución a la "polución del campo visual" y su complicidad con la industria publicitaria "ese gran bluff, violador de conciencias". Para zafar de esa desagradable tarea, se volvió rápidamente maestro vidriero, dedicándose al vitraux y fundamentalmente al arte sacro, actividad que lo convirtió en un cotizado vitralista cristiano.

Fuera del horario de trabajo estudiaba a Merleau Ponty, asistía a los cursos de Vladimir Jankelevich y Raymond Aron, e invertía vacaciones y días libres en completar pacientemente su colección de fotos de los bunkers del muro Atlántico. Estos fueron siempre una de las grandes obsesiones de Virilio y actualmente es considerado el mayor especialista en ese tipo de fortificaciones.

Curiosamente, en 1966 ganó un concurso de diseño para construir la catedral de Nevers (la única construida durante el siglo XX en Francia) con un proyecto inspirado justamente en esas formas inquietantes de cemento. Esta extraña construcción, mitad gruta, mitad bunker, desató una amplia polémica y despertó una fuerte oposición eclesiástica. Virilio suele recordar que en la liturgia de consagración de esa catedral, el obispo a cargo repitió tantas veces que esa iglesia era un horror. El novel párroco del lugar terminó interrumpiéndolo para recordarle que aquella era "una ceremonia de consagración y no un exorcismo".

MUSEO DE LAS CATÁSTROFES

En 1963 Virilio fundó junto con Claude Parent, su socio intelectual durante muchos años, la influyente revista Architecture Principe, publicación analítica de la modernidad arquitectónica y urbanística. Años más tarde, durante el Mayo francés, Virilio tuvo una activa participación en todas las movilizaciones llegando a ocupar el célebre teatro Odéon y resistiendo la represión que sobrevino después. Durante esa ocupación planificó junto con otros rebeldes, la creación de la Escuela Especial de Arquitectura, de la que se volvió su máximo responsable hasta 1998.

A comienzos de los años 70 comenzó a difundir sus ideas sobre las transformaciones del arte y la percepción moderna, colaborando con las revistas Esprit y Cause Commune, y especialmente en Tomate, radio alternativa fundada por él junto a Félix Guattari, donde Virilio delineó sus obsesiones personales: la relación entre la guerra, la ciudad y la política; y en especial su preocupación por la velocidad.

En 1973, cuando ya era un reconocido ensayista del urbanismo contemporáneo, aceptó la dirección de la colección Espacio Crítico, de la editorial francesa Galilée, y quince años después le fue concedido el Gran Premio Nacional Crítica de la Arquitectura, ganándose un lugar muy original en la reflexión filosófica.

En 1990, cuando Jacques Derrida asume la dirección del Collège International de Philosophie, Virilio es elegido como coordinador de los programas académicos, al tiempo que despliega en forma paralela una intensa actividad como curador de numerosas exposiciones de arte de la Fundación Cartier. Más recientemente, justo en el cambio de siglo, inauguró en Japón el Museo de las Catástrofes, construcción realizada bajo su dirección y proyecto.

CLAUSTROFÓBICO Y ASMÁTICO

Lo que más sorprende de la obra de Virilio es esa indefinición intrínseca. Por momentos parece configurar una necesaria ampliación del universo reflexivo de un urbanista, y por otros, la de un filósofo atípico cuyo acervo principal proviene de la arquitectura, la plástica, y fundamentalmente de la historia de las ciudades europeas y sus grandes guerras.

También llama la atención la discontinuidad de su pensamiento y una cierta desprolijidad argumental, balbuceando ideas potentes con una premura más propia de un periodista que debe entregar su nota, que la de un pensador que debe interrogar concienzudamente sus hipótesis. Rasgo de estilo que compartió con Baudrillard, aunque el lenguaje de Virilio está más cerca del patentado por Deleuze y Guattari, la dupla esquizoanalítica francesa, con la que mantuvo una larga amistad. De hecho, ningún otro pensador contemporáneo -aparte de ellos tres- ha revelado un interés semejante por pasar de un uso metafórico a un uso instrumental de categorías propias de la geografía política y de la arquitectura.

Hay un uso intensivo de conceptos muy alejados del arsenal conceptual de la filosofía clásica, tales como: territorialidad, mesetas de intensidades, poblaciones, nómadas y sedentarios, planos de consistencia, y líneas de fuga. Ese lenguaje popularizado por Gilles Deleuze y Félix Guattari para pensar la subjetividad contemporánea, sólo encuentra resonancia y similitud en las preocupaciones teóricas de Virilio, siendo muy clara la influencia recíproca entre los tres. No obstante, Virilio no se detiene en la deriva del deseo humano sino en el impacto político y subjetivo de la velocidad, los motores, las pantallas, y la digitalización del mundo. Autodefinido como claustrofóbico, asmático y resistente frente al desarrollo descontrolado de la tecnología, Virilio parece estar siempre vaticinando catástrofes.

LA TIRANÍA DEL MIEDO

Hace ya 24 años un camarógrafo registró cómo los tuaregs, esa tribu nómada del desierto del Sahara, detuvieron su migración anual durante diez días para poder seguir los últimos capítulos de la serie Dallas por televisión. Acontecimiento luego revisitado por numerosos ensayistas para ejemplificar la globalización. Desde hace más de quince años, los niños de China continental disfrutan a diario de Mickey Mouse y el Pato Donald, en una versión doblada al mandarín; al tiempo que los árabes de Marruecos siguen en el canal Retro las viejas películas mexicanas de Cantinflas, y los japoneses celebran la Navidad aunque los cristianos sean menos del 1% de la población.

La globalización se aparece como el hogar inevitable, una gran residencia donde todos habitan. La nueva cultura mundializada impulsa una redefinición de lo universal y lo particular bajo un proceso indetenible de intensificación de las comunicaciones y de aceleración del flujo entre lo local y lo global. Mientras muchos pensadores celebran el vértigo tecnológico de las últimas décadas, Virilio no deja de alertar al mundo sobre los peligros inminentes que subyacen a los procesos de globalización. Desde su primer libro "filosófico", La inseguridad del territorio (1976) hasta su último trabajo, Ciudad pánico. El afuera comienza aquí (2004), Virilio ha rondado los mismos temas aportándoles nuevos colores y perspectivas.

Fiel a su formación profesional, en más de una ocasión se ha presentado como un pensador del espacio-tiempo, afianzando un discurso negativo del progreso técnico aunque de fondo siempre parece revelar una suerte de fascinación tecnológica, comentando a cada paso algún detalle poco conocido de las nanotecnologías informáticas o del último tren de alta velocidad chino. En cada uno de sus libros Virilio no deja de señalar que la eficacia del progreso acarrea como contrapartida una fragilización, un nuevo peligro, una propensión al accidente y por la misma razón, al atentado.

La racionalidad instrumental de la tecnología siempre está en cuestión en sus reflexiones. Virilio busca ese punto de inflexión en que deja de ser una construcción dominada por el ser humano para convertirse en una amenaza inesperada. Su posición remite a la búsqueda de nuevas formas de emancipación de la tiranía del progreso cuando éste se vuelve un fin en sí mismo.

A nivel académico se suele asociar el nombre de Virilio con la novel dromología, disciplina propuesta por él para el estudio de la lógica de la velocidad, y más en particular, del impacto subjetivo de la conquista de la velocidad mediante nuevos desarrollos técnicos. Algo así como una nueva economía política de la velocidad, estudio que se impone a partir de la revolución de los transportes durante el pasado siglo y del protagonismo adquirido por las telecomunicaciones instantáneas.

En perspectiva, tanto El arte del motor, La velocidad de la liberación o El cibermundo, la política de lo peor hablan básicamente de ese tipo de problemas y riesgos. Con los transportes ultra-rápidos y las telecomunicaciones todo puede ser hecho "sin tener que partir ni viajar obligatoriamente. Es la era de la llegada generalizada...". La velocidad es poder y las sociedades se reordenan en torno a ese nuevo vector. No obstante, la velocidad genera una nueva forma de polución y exige una nueva ecología. Se acerca el día en que "el espacio-tiempo del mundo habrá dejado de existir porque habremos perdido la extensión y la duración del mundo por culpa de la velocidad".

Mientras se discute el fin de la historia Virilio advierte sobre el fin de la geografía. La modernidad se caracterizó por un encadenamiento secuenciado del pasado, presente y futuro. Pero eso ha dejado de verificarse. Las experiencias y enseñanzas del pasado han perdido gran parte de su utilidad y no hay formas confiables de prever el futuro. Hemos ingresado a un presente permanente que todo lo succiona.

Siguiendo los planteos formulados por Einstein poco antes de morir, la humanidad enfrenta el peligro de tres bombas que amenazan su porvenir. La bomba atómica, es decir la tecnología bélica, que ya ha estallado de múltiples formas; la bomba de la información, que Virilio reformula como la bomba informática; y por último, la bomba demográfica. Bomba que debería ser pensada también desde el biopoder enunciado por Foucault y la tecnología genética.

Virilio no cesa de advertir sobre los inminentes estallidos de las fantasías redentoras de la mundialización y sobre las catástrofes en ciernes. Flujos migratorios descontrolados hacia las ciudades ricas; un posible crack económico debido a la liberación del mundo bursátil y comercial de las restricciones y controles estatales; la implosión de Internet por saturación de sus ramificaciones; las ciudades blindadas mediante televigilancia convertidas en guetos de lujo, asfixiantes y frágiles, debido a una babelización creciente, una incontenible concentración demográfica y una excesiva dependencia tecnológica y energética. O ciudades gobernadas por un virtual Ministerio del Miedo que tomó el reemplazo de los viejos Ministerios de Guerra, al reconocerlas y proponerlas como blanco predilecto de todas las agresiones militares posibles.

EL AFUERA COMIENZA AQUÍ

El libro Ciudad pánico tiene ya tres años, aunque sólo uno de su traducción al español, y refleja esa visión paranoide del futuro que Virilio ha sabido cultivar. Aunque a lo largo de 140 páginas parece esbozar y prometer una nueva teoría política para entender mejor el actual estado de las cosas, no llega a redondear ni una tesis canónica ni un ensayo exhaustivo sobre el miedo contemporáneo en las grandes ciudades. No obstante, Virilio desgaja permanentemente ideas fértiles y provocativas que demandan un tratamiento más detenido y un abordaje más minucioso.

Sus argumentos no son sencillos de reconstruir. Frases cortas casi aforísticas que se encadenan ritmando el hilo de sus asociaciones mentales y esbozando un collage temático matizado con sus omnipresentes temores. Además de un estilo muy singular siempre anegado de prefijos (trans-, mega-, geo-, híper-, etc.) y con múltiples detalles de edición -palabras en itálicas, mayúsculas o versalitas que jalonan y destacan la importancia de lo que quiere transmitir- Virilio ha salido a defender en numerosas ocasiones estas predilecciones. Aduce la influencia que ejercieron sobre él por vía paterna los poetas futuristas italianos, con quienes compartió el interés por la tecnología, la velocidad y los recursos gráficos de imprenta.

Pese a todo, una idea central recorre Ciudad pánico: el paulatino abandono de los Estados nacionales como unidad de medida política en beneficio de los intereses concentrados en las grandes ciudades; esas "ciudades del bienestar" (a las que las masas sueñan con emigrar) comienzan a importar más desde cualquier punto de vista que el territorio de un país.

Hasta el pasado siglo, tanto la política como la guerra giraron en torno a los intereses del territorio extenso de los Estados nacionales, caracterizados por poblaciones mucho más distribuidas, con un ejército protector de sus fronteras y una policía que cuidaba de la seguridad interna. Siguiendo esta lógica, los ejércitos daban batallas territoriales procurando su conquista, enfrentándose en campo abierto y dejando a las ciudades como el último escenario bélico posible. Desde la Segunda Guerra Mundial, las ciudades dejaron de ser el trofeo del invasor para convertirse en el blanco preferido de los bombardeos y la victoria a dirimirse mediante el daño y el miedo infligido a poblaciones de civiles.

Las grandes ciudades contemporáneas con sus poblaciones nómades multiétnicas pautan ahora los ritmos económicos, las estrategias de seguridad, y los flujos de inversiones. Allí comienzan a verificarse fenómenos nuevos, el ejército y la policía comienzan a indiferenciarse en sus tecnologías y funciones; los ciudadanos también deben adecuarse a desconfiar y vigilar a sus vecinos y estar preparados para todo, en un estado de alerta permanente frente a dos situaciones análogas: el atentado y el accidente. Los dos ingredientes cotidianos de la vida en las metrópolis gobernadas por la inseguridad y el pánico.

Pese a su extrema banalidad y puerilidad hollywoodense, la película Duro de Matar 4 (2007), es la que mejor refleja los terrores urbanos analizados por Virilio. El atentado multiplicándose en accidentes cuando los terroristas toman el control de los semáforos y por consiguiente de la velocidad de desplazamiento vehicular; el complejo militar atacando objetivos civiles por comunicaciones interceptadas; hackers diseminando virus que desestabilizan la economía mundial; mercenarios ubicuos controlando todo desde laptops; multitudes secuestradas por la falta de electricidad y una gran ciudad convertida en una gigantesca ratonera de la que no es posible salir.

Según Virilio, el pánico actual post 11/ 9 anula las posibilidades de reflexión colectiva y clausura la democracia debido a la instauración de un estado de emergencia permanente, en el que la información clasificada es administrada por unos pocos y los medios masivos de comunicación dejan de "estandarizar a la opinión pública" para procurar una "sincronización emocional" de las masas bajo el signo paranoico del terror. El mundo de las pantallas abandona el rol de sustituto de la política deliberativa y uniformizador de la reflexión común, para gobernar sobre los afectos, marcando el ritmo sincopado de los corazones de las teleaudiencias. Un estado de paranoia y desconfianza permanente pauta el estado subjetivo de las grandes urbes, expuestas tentadoramente como blanco del terrorismo global y como espacios propiciatorios de accidentes en cadena.

Sin embargo, cabe aclarar que el relevamiento obsesivo de los peligros contemporáneos no es usado por Virilio para multiplicar lo que denuncia sino para reclamar que el progreso se autocritique, en el entendido que la crítica es el único fundamento ético admisible de la ciencia.

LIBROS DE VIRILIO EN CASTELLANO

Estética de la desaparición, Anagrama, Barcelona, 1988.
La máquina de visión, Cátedra, Madrid, 1989.
El arte del motor, Manantial, Buenos Aires, 1993.
La velocidad de la liberación, Manantial, Buenos Aires, 1995.
Un paisaje de acontecimientos, Paidós, Buenos Aires, 1997.
El cibermundo, la política de lo peor, Cátedra, Madrid, 1997.
La inercia polar, Trama, Madrid, 1999.
La bomba informática, Cátedra, Madrid, 1999.
La inseguridad del territorio, La Marca, Buenos Aires, 2000.
El procedimiento silencio, Paidós, Buenos Aires, 2001.
Ciudad pánico. El afuera comienza aquí. Ed. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2006.

(Notas publicadas en el suplemento Cultural del 09.11.07 del diario El País de Montevideo)

Iglesia de Sainte-Bernadette, Nevers, Francia. Paul Virilio
Paul Virilio (1932-)
PERFIL BIOGRÁFICO Y ACADÉMICO


Nació en París, en 1932, de padre italiano, refugiado comunista en Francia. La guerra mundial le hizo especialmente sensible ante la destrucción y la muerte, circunstacia que influirá en su obra, en la ‘estética de la desaparición’. Estudió arquitectura en París, de cuya Escuela de Arquitectura llegaría a ser su máximo responsable durante tres décadas (1968-1998). En 1963 funda con Claude Parent la revista de la modernidad arquitectónica y urbanística Architecture Principe. Desde 1973, es director de la colección Espacio Crítico, de Editions Galilée. Gran premio nacional Crítica de la Arquitectura en 1987. En 1990, es nombrado coordinador de los programas del Collège International de Philosophie, bajo la dirección de Jacques Derrida. Ha trabajado en numerosas exposiciones de arte contemporáneo en la Fundación Cartier. En 2000 se inauguró en Japón el Museo de las Catástrofes, realizado bajo su dirección y proyecto.
Entre sus libros: Bunker archéologie, Centre de Création Industrielle, París, 1975; L'insécurité du territoire, Stock, Paris, 1976; Vitesse et politique, Galilée, Paris, 1977; Défense populaire et luttes écologiques, Galilée, París, 1978; Esthétique de la disparition, Éditions Balland, París, 1980; Guerre et cinéma, Éditions de l'Étoile, París, 1984; Logistique de la perception, Cahiers du Cinéma, París, 1984; L'espace critique, Christian Bourgeois, París, 1984; L'horizon négatif, Galilée, París, 1985; L'inertie polaire, Christian Bourgeois, Paris, 1990; La machine de vision, Éditions Galilée, París, 1992; L'art du moteur, Éditions Galilée, París, 1993; La vitesse de libération, Galilée, París, 1995. Cybermonde (conversaciones con Philippe Petit), Textuel, París, 1996; Un paysage d'événements, Éditions Galilée, París, 1996; La bombe informatique, Éditions Galilée, París, 1998; Ce qui arrive, Éditions Galilée, París, 2002; Discours sur l’horreur de l’art, entrevista con Enrico Baj, Atelier de création libertaire, París, 2003; L'Art à perte de vue, Galilée, París, 2005; L'Université du Désastre, Galilée, París, 2007; Le Futurisme de l’instant, Galilée, París, 2009; Le Grand Accélérateur, Galilée, París, 2010.
Entre las traducciones de su obra en lenguas española: Estética de la desaparición, Anagrama, Barcelona, 1988; La máquina de visión, Cátedra, Madrid, 1989; El arte del motor, Manantial, Buenos Aires, 1993; La velocidad de la liberación, Manantial, Buenos Aires, 1995; El arte del motor. Aceleración y realidad virtual, Manantial, Buenos Aires. 1996; Un paisaje de acontecimientos, Paidos, Buenos Aires, 1997; El cibermundo, la política de lo peor, Cátedra, Madrid, 1997; La inercia polar, Trama, Madrid, 1999; La bomba informática, Cátedra, Madrid, 1999; La inseguridad del territorio, La Marca, Buenos Aires, 2000; El procedimiento silencio, Paidós, Buenos Aires, 2001; Amanecer crepuscular, FCE, Madrid, 2003; Lo que viene, Arena Libros, Madrid, 2005; Ciudad pánico: el afuera comienza aquí, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2007; Discurso sobre el horror en el arte, Casimiro Libros, Madrid, 2010.
En lengua portuguesa: Guerra e Cinema, Scritta, São Paulo, 1992; O espaço crítico, Editora 34, Rio de Janeiro, 1993; A máquina de visão, José Olimpio, Rio de Janeiro, 1994; A arte do motor, Estação Liberdade, São Paulo, 1995; Velocidade e Política, Estação Liberdade, São Paulo, 1997; A Bomba Informática, Estação Liberdade, São Paulo, 1999; Estratégia da decepção, Estação Liberdade, São Paulo, 2000; Cibermundo, a política do pior, Teorema, Lisboa, 2000.



PENSAMIENTO Y EXPRESIÓN CIENTÍFICA

Arquitecto, urbanista, filósofo, su pensamiento describe una visión integral de lo urbano y de la urbanística dentro de un sistema tecnológico avanzado, donde la velocidad (el tiempo), la información y las redes juegan un papel determinante. La civilización actual se diferencia por un rasgo: la velocidad, que entraña incertidumbre, riesgo... accidente. Las catástrofes no son nuevas, pero hay una vértigo cultural nacido de la aceleración del ritmo de la historia. El mundo de los medios de comunicación y el desarrollo de la cibernética aparecen de forma continua en su obra. Describe los problemas de una sociedad de la información donde el ciudadano se ve sometido a procesos de simulación de abundancia que esconden la realidad de la desinformación. 
Desde una visión determinista del desarrollo tecnológico, la crítica de Virilio entiende que las nuevas técnicas secuestran, seducen, simulan la realidad, 'hacen desaparecer la realidad'.
Para Virilio, la primera de las seducciones de la tecnología es la velocidad, la capacidad de romper lo previsible, como instrumento de control y dominación, pero también de riesgo, de precipitación hacia un 'nuevo desorden mundial', porque 'parar significa morir'. El vértigo de la aceleración hace que la información conocida no coincida con la realidad sobrevenida, porque la realidad va más rápida que la información. Por ello, controlar la tecnología, la velocidad del cambio, es controlar la sociedad, el espacio y la información [v. "Velocidad e información"].
Las guerras por el control han conocido el desarrollo de la bomba atómica, la bomba genética y, más tarde, según el pensador francés, la 'bomba infromática', que, desde una visión pesimista, enuncia como el anticipo de la nueva Babel, en un mundo atemorizado por el narcotráfico informatizado, el terrorismo, las armas 'inteligentes'.
La crítica ácida de Virilio, que contrastó con radicalidad durante los años de literatura tecnocéntrica complaciente, ha cobrado actualidad tras el 11 de septiembre de 2001 y de las guerras preventivas. En su libro Estrategia de la decepción habla de los 'ataques automáticos' dirigidos por los Estados Unidos contra los 'Estados delincuentes', basados en la ilusión tecnológica desarrollada por Washington tras la caída del muro de Berlín.
Virilio retoma a Wiener en los fundamentos de la cibernética para descubrir en el desarrollo de la tecnología las claves de un nuevo totalitarismo. Si la cibernética es la gestión la red de lo humano en su dimensión individual y social, la aceleración tecnológica, la velocidad de la técnica se convierte en poder y la velocidad de la cibernética en 'tiempo real' se hace poder absoluto. La globalización -la 'mundialización del tiempo y la velocidad'- es, por consiguiente, el acotamiento espacial del control a través del dominio tecnológico. Al tiempo, esa velocidad se desprende de los referentes históricos, los aleja y oculta, por lo que la historia se transforma en mera estadística.
Relevantes son sus reflexiones sobre el mundo de la imagen, ya que aúna y superpone en el imaginario individual y social los distintos planos de visualización. Para Virilio no hay imágenes autónomas. La imagen mental, la imagen virtual de la consciencia, no se puede separar de la imagen ocular de los ojos, ni se puede tampoco separar de la imagen corregida ópticamente. Enuncia un conjunto indivisible: imágenes mentales, biológico-oculares, físico-ópticas, gráficas o pictóricas, fotográficas, cinematográficas, videográficas, holográficas e infográficas. Forman una sola y misma imagen, como 'enorme nebuloso filosófica', como una extensión bio-tecnológica de percepción-interpretación, que supone una mutación en el régimen de interacción individual y social. Las imágenes electrónicas, dinámicas y modelables por su definición numérica, crean un nuevo estatuto, una nueva cultura en el conjunto de las relaciones sociales y políticas. Pero sobre todas las imágenes se impone el flujo dirigido de las imágenes virtuales, recreadas por el culto a la cirugía estética de lo digital, con representaciones publicitarias idealizadas que ocultan las miserias de la realidad.