Escritora Isak Dinesen (Karen Blixen). Fuente de la imagen


El escritor José Manuel de la Huerga, a quien entrevisté días atrás para hablar de su libro SolitarioS, nos ha recomendado el cuento “El festín de Babette”, de Isak Dinesen. De la Huerga se ha decantado por ese cuento porque es “mi preferido. No he leído otro cuento que me haya embrujado como este”.
Karen Blixen (o Isak Dinesen, su seudónimo; se llamaban realmente Karen Dinesen) es la celebérrima autora de la novela Memorias de África, llevada al cine por Sydney Pollack en 1985 e interpretada, entre otros, por Robert Redford y Meryl Streep. El festín de Babette ha tenido igualmente una versión en la gran pantalla, con título homónimo, dirigida por Gabriel Axel (1987).


                       EL FESTÍN DE BABETTE
                               (cuento)
                          Isak Dinesen

I. Dos damas de Berlevaag
En Noruega hay un fiordo –o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas- llamado de Berlevaag.  Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.
Hace sesenta y cinco años, vivían dos damas en una de las casas amarillas. En aquel entonces, las señoras llevaban polisón, y estas dos hermanas podían haberlo llevado con tanta gracia como cualquier otra, ya que eran altas y esbeltas.  Pero jamás poseyeron ningún artículo de moda; toda la vida vistieron solemnemente de gris o de negro. Fueron bautizadas Martine y Philippa por Martín Lutero y Philip Melanchton. El padre había sido deán y profeta, fundador de un piadoso grupo o secta religiosa que fue conocida y considerada en todo el país de Noruega. Sus miembros renunciaban a los placeres de este mundo, ya que para ellos la tierra y cuanto contenía no eran sino una especie de ilusión, mientras que la verdadera realidad estaba en la Nueva Jerusalén, por la que suspiraban. No juraban en absoluto, sino que su comunicación era sí sí y no no, y se trataban entre ellos de Hermanos y Hermanas.
El deán se había casado tardíamente y había muerto ya. De año en año, sus discípulos se volvían más escasos, más canosos o calvos, y más duros de oído; incluso se volvían algo quejumbrosos y enojadizos, de modo que llegaban a producirse pequeños cismas en la congregación. Pero aún seguían reuniéndose para leer e interpretar la palabra divina. Todos conocían a las hijas del deán desde pequeñas; incluso ahora seguían siendo muy pequeñas para ellos, y queridas a causa del padre. Notaban que, en la casa amarilla, el espíritu del Maestro estaba con ellos; aquí se sentían a gusto y en paz.
Estas dos damas tenían una criada francesa, Babette. Resultaba extraño, en un par de puritanas de un pueblecito noruego; el hecho parecía incluso requerir una explicación. La gente de Berlevaag encontraba esa explicación en la piedad y bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo deán consagraban su tiempo y sus pequeños ingresos a las obras de caridad; ningún ser afligido o desventurado llamaba en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflicción.
Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos.
II. El amor de Martine
De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas. Jamás se las vio en bailes y fiestas; pero la gente se volvía a mirarlas cuando pasaban por la calle, y los chicos de Berlevaag iban a la iglesia a verlas deambular por la nave. La más joven tenía también una voz preciosa con la que, los domingos, llenaba la iglesia de dulzura. Para la congregación del deán, el amor terreno y con él el matrimonio, era asunto trivial, mera ilusión; sin embargo, es posible que más de uno de aquellos Hermanos mayores apreciase a las jóvenes hermanas mucho más que a los rubíes, y se lo hubiese sugerido así a su padre. Pero el deán había declarado que en lo que atañía a su vocación, sus hijas eran para él como la mano derecha y la mano izquierda. ¿Quién querría privarle de ellas? Y así, las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él, y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo.
Sin embargo, turbaron el corazón de dos caballeros que pertenecían al mundo exterior de Berlevaag.
Uno de ellos fue un joven oficial llamado Lorens Loewenhielm, que había llevado una vida alegre en la ciudad de su guarnición y había contraído deudas. En 1854, cuando Martine contaba dieciocho años y Philippa diecisiete, el irritado padre de este joven mandó a su hijo a pasar un mes con su tía, en una vieja casa de campo de Fossum, próxima a Bervlevaag, a fines de que tuviese tiempo para meditar y mejorar sus costumbres. Un día cogió el caballo, fue al pueblo, y vio a Martine en la plaza del mercado. Bajó la mirada hacia la preciosa joven; y ella alzó los ojos hacia el apuesto jinete. Martine acabó de cruzar; y cuando hubo desaparecido, el joven Loewenhielm no supo si creer a sus propios ojos.
Existía una leyenda en la familia Loewenhielm según la cual, hacía mucho tiempo, un caballero de este apellido se había casado con una Huldre, espíritu femenino de las montañas de Noruega, tan hermoso, que el aire de su alrededor tiembla y resplandece. Desde entonces, los miembros de la familia tenían de cuando en cuando destellos de clarividencia. Hasta ahora, el joven Lorens no había notado ningún don espiritual particular en su propia naturaleza. Pero en este momento surgió ante sus ojos la visión súbita y poderosa de una vida más pura y superior, sin acreedores, cartas de apremio ni sermones paternos, sin secretos y desagradables remordimientos de conciencia, y con un ángel dulce y de cabellos dorados que le guiara y recompensase.
Por medio de su piadosa tía consiguió ser recibido en casa del deán, y vio que, sin la cofia, Martine era más bella todavía. Siguió su esbelta figura con ojos adoradores, pero detestó y despreció la impresión que él mismo causaba en la proximidad de ella. Se sentía asombrado y estupefacto al comprobar no era capaz de encontrar nada en absoluto que decir, ni inspiración alguna en el vaso de agua que tenía ante sí. “La Verdad y la Misericordia, queridos hermanos, se han abrazado” dijo el deán. “La Rectitud y la Bienaventuranza se han besado.” Y el joven pensó en el momento en que él y Martine podrían abrazarse y besarse. Repitió su visita una y otra vez, y en cada una de ellas le parecía que se iba haciendo más pequeño, insignificante y despreciable.
Cuando por la noche regresaba a casa de su tía, arrojaba sus brillantes botas de montar, de una patada, al  fondo de la habitación, apoyaba la cabeza sobre la mesa y lloraba.
El último día de su estancia hizo un último intento de confesarle a Martine sus sentimientos. Hasta entonces, le había sido fácil decirle a una bella que la amaba; pero ahora se le pegaban las tiernas palabras en la garganta cuando miraba el rostro de la joven. Tras despedirse de los demás, Martine le acompañó a la puerta con una vela en la mano. La luz brillaba en la boca de ella y proyectaba hacia arriba la sobra de sus largas pestañas. Estaba a punto de dejarla, preso de muda desesperación, cuando le acogió la mano, en el umbral, y se la llevó a los labios.
-¡Me voy para siempre! –exclamó-. ¡Nunca más la volveré a ver! ¡Pues aquí he aprendido que el Destino es riguroso, y que en este mundo hay cosas que son imposibles!
Cuando estuvo de nuevo en el pueblo de su guarnición, consideró concluida su aventura, y comprobó que no le gustaba pensar en ella. Mientras los jóvenes oficiales hablaban de sus lances amorosos, él guardaba silencio sobre el suyo. Porque, contemplada desde la sala de oficiales, y a través de los ojos de éstos, por así decir, la aventura era lastimosa. ¿Cómo es posible que un teniente de húsares se hubiese dejado derrotar por un puñado de sectarios descontentos encerrados en una habitación sin alfombras de la casa de un viejo deán?
Y entonces sintió miedo; el pánico se apoderó de él. ¿Era la locura familiar, que aún prolongaba en él el sueño de una joven tan hermosa que hacía que el aire de su alrededor resplandeciese de pureza y de santidad? No quería ser un soñador; quería ser como sus camaradas oficiales.
Así que procuró serenarse, y con el esfuerzo más grande que había hecho en su joven vida, decidió olvidar lo que le había acontecido en Berlevaag. En lo sucesivo, decidió, miraría hacia delante, no hacia atrás. Se concentraría en su carrera, y quizá llegara el día en que causase una espléndida impresión en un mundo brillante.
Su madre se sintió gratamente sorprendida ante los resultados de su estancia en Fossu, y escribió a la tía expresándole su agradecimiento. No sabía por qué extraños y sinuosos caminos había alcanzado su hijo su concepto moral de la felicidad.
El joven y ambicioso oficial llamó muy pronto la atención de sus superiores e hizo progresos extraordinariamente rápidos. Fue enviado a Francia y a Rusia; y a su regreso se casó con una dama de honor de la reina Sophia. Se desenvolvía con gracia y donaire en estos círculos elevados, contento con su ambiente y consigo mismo. Y en el transcurso del tiempo sacó provecho incluso de las palabras y comentarios de casa del deán que se le habían quedado en la memoria, ya que la devoción estaba ahora de moda en la corte.
En la casa amarilla de Berlevaag, Philippa sacaba a relucir el tema del joven apuesto y callado que tan súbitamente había hecho su aparición y tan súbitamente había vuelto a desaparecer. La hermana mayor le contestaba entonces dulcemente, con semblante sosegado y sereno, y encontraba otras cosas de qué hablar.
 III. El amor de Philippa
 Un año más tarde llegó a Berlevaag una persona aún más distinguida que el teniente Loewenhielm.
El gran cantante Achille Papin, de París, había cantado durante una semana en el Royal Opera de Estocolmo y había entusiasmado a su auditorio igual que en todas partes. Una noche, una dama de la corte, imaginando una aventura con el artista, le había descrito el paisaje grandioso y agreste de Noruega. Su naturaleza romántica se conmovió con el relato, y a su regreso a Francia había querido pasar por la costa de Noruega. Pero se sintió pequeño ante los sublimes escenarios naturales; y como no tenía con quién hablar, se sumió en una melancolía que le hacía verse a sí mismo como un viejo, al final de su carrera, hasta que un domingo, no ocurriéndosele otra cosa que hacer, entró en la iglesia y oyó cantar a Philippa.
Entonces, en un instante, se dio cuenta de todo, y lo comprendió. Porque aquí estaban las cumbres nevadas, las flores silvestres y las blancas noches nórdicas, traducidas a su propio lenguaje de la música, y traídas para él en la voz de una joven. Igual que Lorens Loewenhielm, tuvo una visión.
“¡Dios Todopoderoso!”, pensó. “Tu poder es ilimitado, y Tu piedad llega a las nubes. Aquí hay una prima donna de la ópera que pondrá París a sus pies.”
Achille Papin era por entonces un hombre apuesto de cuarenta años, con el cabello negro y ondulado, y una boca roja. La idolatría de las naciones no le había estropeado; era una persona bondadosa y honesta consigo misma.
Fue directamente a la casa amarilla, dio su nombre –cosa que el deán no le dijo nada- y explicó que había venido a Berlevaag por motivos de salud, y que durante ese tiempo le encantaría tomar a la joven señorita como discípula.
No mencionó la Ópera de París, pero describió con todo detalle cuán maravillosamente podría la señorita Philippa cantar en la iglesia, para gloria de Dios.
Por un momento, se olvidó de sí mismo; pues cuando el deán le preguntó si era católico romano, contestó de acuerdo con la verdad, y el viejo clérigo, que jamás había visto a un católico romano, se puso un poco pálido. No obstante, el deán se sintió complacido de poder hablar en francés, ya que le recordaba sus tiempos jóvenes en que estudiaba las obras del gran escritor luterano francés, Lefébre d´Etamples. Y como nadie podía resistirse a Achille Papin cuando ponía su empeño en una cosa, al final el padre dio su consentimiento y le comentó a su hija: “Los senderos de Dios recorren los mares y las montañas nevadas, donde el ojo del hombre no puede descubrir rastro alguno.”
Así que el gran cantante francés y la joven noruega se pusieron a trabajar. Las esperanzas de Achille se convirtieron en certidumbre y su certidumbre en éxtasis. Pensó: “Me equivocaba al creer que estaba envejeciendo. ¡Aún tengo ante mí nuevos triunfos! ¡El mundo creerá una vez más en los milagros cuando cantemos juntos ella y yo!”.
Un rato después, no pudo guardarse para sí sus sueños, y se los contó a Philippa.
Ella, dijo, se elevaría como una estrella por encima de todas las divas del pasado y del presente. El emperador y la emperatriz, los príncipes, las grandes damas y  los bels sprits de París la escucharían con lágrimas de emoción. El pueblo llano la adoraría también, y ella  llevaría consuelo y fortaleza a los oprimidos. Cuando saliese del Grand Opera del brazo de su maestro, la multitud desengancharía los caballos de su coche, y ella misma la llevaría al Café Anglais, donde la aguardaría una espléndida cena.
Philippa no repitió estas esperanzas a su padre ni a su hermana, y ésta fue la primera vez en su vida que tuvo un secreto para ellos.
El profesor dio luego a su discípula el papel de Zerlina de la ópera de Mozart Don Giovanni, a fin de que lo estudiase. Él mismo, como había hecho frecuentemente, cantó la parte de don Giovanni.
Jamás había cantado Achille Papin como lo hacía ahora. En el dúo del segundo acto –llamado dúo de la seducción- sintió que le elevaban del suelo la música celestial y las voces celestiales. Cuando acabó de apagarse la última nota, cogió las manos de Philippa, la atrajo hacia sí y la besó solemnemente, como el esposo podría besar a la esposa ante el altar. Luego la dejó ir. Porque el instante era demasiado sublime para que ninguno de los dos dijese una palabra o hiciese un movimiento; el propio Mozart les contemplaba a los dos desde lo alto.
Philippa regresó a casa, le dijo a su padre que no quería dar más lecciones y le pidió que le escribiese a monsieur Papin comunicándoselo así.
El deán dijo:
-Los senderos de Dios cruzan también los ríos, hija mía.
Cuando Achille recibió la carta del deán, se quedó inmóvil, sentado, durante una hora. Pensó: “Me he equivocado. Mis días han terminado. Nunca más seré el divino Papin. ¡Y este pobre jardín plagado de malas yerbas ha perdido a su ruiseñor!”
Poco después, pensó: “No sé qué le pasará a esa lagarta; ¿la llegué a besar por casualidad?”
Al final pensó: “¡He perdido mi vida por un beso, y no recuerdo en absoluto haberla besado! ¡Don Giovanni besó a Zerlina, y es Achille Papin quien lo paga! ¡Este es el destino de los artistas!”
En casa del deán, Martine percibía que el asunto era más hondo de lo que parecía, y escrutaba la cara de su hermana. Por un momento, temblando ligeramente, imaginó también que el caballero católico romano pudo haber tratado de besar a Philippa. No imaginaba que quizá su hermana se había sorprendido y asustado por algo propio de su naturaleza.
Achille Papin tomó el primer barco que salía de Berlevaag.
Las dos hermanas hablaron podo de este visitante del gran mundo; carecían de palabras con las que hablar de él.
IV. Una carta de París.
Quince años más tarde, una lluviosa noche de junio de 1871, la cuerda de la campanilla de la puerta recibió tres tirones violentos. Las dueñas de la casa abrieron a una mujer voluminosa, morena, mortalmente pálida, con un lío en el brazo, la cual se les quedó mirando, dio un paso y se desplomó en el umbral presa de un mortal desmayo. Cuando las asustadas damas consiguieron que volviese en sí, y se hubo incorporado, les lanzó una mirada con sus ojos hundidos, y sin decir una sola palabra, hurgó en sus ropas mojadas, extrajo una carta y se las tendió.
La carta iba dirigida a las dos, pero estaba escrita en francés. Las dos hermanas juntaron sus cabezas y la leyeron. Rezaba así:
“¡Mis queridas señoras!:
¿Se acuerdan de mí? ¡Ah, cuando pienso en ustedes, siento el corazón inundado de lirios silvestres de los valles! ¿Podrá el recuerdo de la devoción de un francés inclinar sus corazones a salvar la vida de una francesa?
La portadora de esta carta, Madame Babette Hersant, al igual que mi hermosa emperatriz, ha tenido que huir de París. La guerra se ha desatado en nuestras calles. Las manos francesas han derramado sangre francesa. Los nobles communards, al levantarse en defensa de los Derechos del Hombre, han sido aplastados y aniquilados. El esposo y el hijo de Madame Babette, eminentes peluqueros los dos, han muerto. Ella misma fue detenida por pétroleuse (palabra empleada aquí para designar a las mujeres que pegan fuego a las casas con petróleo) y ha escapado por los pelos de las sangrientas manos del general Galliffet. Ha perdido cuanto tenía y no se atreve a permanecer en Francia.
Tiene un sobrino que va de cocinero en el barco Anna Colbioernsson, con destino a Cristianía (que es, creo, la capital de Noruega), el cual tiene una oportunidad de embarcar a su tía. ¡Se trata de su último recurso!
Sabedora de que yo visité una vez ese magnífico país que tienen ustedes, acude a mí, me pregunta si hay buena gente en Noruega, y de ser así, me pide que le proporcione una carta para esas personas. Las dos palabras, “buena gente”, traen inmediatamente a mis ojos la imagen de ustedes, sagrada en mi corazón. Se las envío. No sé cómo irá de Cristianía a Berlevaag, ya que he olvidado el mapa de Noruega. Pero es francesa, y como descubrirán por ustedes mismas, aún le queda capacidad para desenvolverse, dignidad y auténtico estoicismo.
La envidio en su desesperación: va a ver el rostro de ustedes.
Cuando le den misericordiosa acogida, mándenme a Francia un pensamiento misericordioso.
Durante quince años, señorita Philippa, he lamentado que su voz no llenara el gran Teatro de la Ópera de París. Cuando esta noche pienso en usted, sin duda rodeada de alegre y adorable familia, y en mí, gris, solo, olvidado de quienes en otro tiempo me aplaudieron y adoraron, me digo que quizá ha elegido usted el mejor papel en esta vida. ¿Qué es la fama? ¿Qué es la gloria? ¡La tumba que nos espera a todos!
¡Sin embargo, mi malograda Zerlina, sin embargo, soprano de las nieves!…Mientras escribo esto, siento que la tumba no es el final. Sin duda oiré otra vez su voz en el Paraíso. Allí cantará, sin temores ni escrúpulos, como Dios quiso que cantara. Allí será la gran artista que Dios quiso que fuera. ¡Ah, cómo embelesará a los ángeles!
Babette sabe cocinar.
Les ruego, señoras, que se dignen a recibir el testimonio de gratitud de  éste que en otro tiempo  fue su amigo,
Achille Papin.”
Al final de la página, a modo de postdata, venían pulcramente escritos los dos primeros compases del dúo de Don Giovanni y Zerlina.
Hasta ahora, las dos hermanas sólo habían tenido a una pequeña sirvienta que les ayudaba en la casa, comprendiendo que no podían permitirse mantener una ama de llaves madura y experta. Pero Babette les dijo que ella serviría a la buena gente de monsieur Papin sin cobrar salario alguno, y que no serviría a nadie más. Si la rechazaban, se moriría. Babette permaneció en casa de las hijas del deán doce años, hasta la época de este relato.

V- Vida callada.
Babette había llegado ojerosa y con la mirada extraviada como un animal acosado; pero en este ambiente nuevo y amable, no tardó en adquirir todo el aspecto de una criada respetable y digna de confianza. Había parecido una pordiosera; resultó ser una conquistadora. Su semblante sereno y su mirada firme y profunda tenían fuerza magnética; bajo sus ojos las cosas se ordenaban, calladamente, ocupando ellas solas su lugar.
Sus amas, al principio, temblaron un poco, como le había ocurrido al deán en otro tiempo, ante la idea de acoger a una papista bajo su techo. Pero no quisieron atormentar a un ser humano que había sufrido ya tanto, catequizándola; por otra parte, tampoco se sentían muy seguras con su francés. Acordaron en silencio que el mejor medio de convertir a la criada era con el ejemplo de una buena vida luterana. En este sentido, la presencia de Babette en la casa se convirtió, por así decir, en acicate moral para sus habitantes.
Desconfiaron de la afirmación de monsieur Papin de que Babette sabía cocinar. En Francia, ellas lo sabían, la gente comía ranas. Enseñaron a Babette a preparar un plato de bacalao, y sopa de pan con cerveza; durante la demostración, el semblante de la francesa se mantuvo absolutamente inexpresivo. Pero una semana después, Babette preparaba el bacalao y la sopa tan bien como cualquiera de los nacidos y criados en Berlevaag.
La idea del lujo y el derroche franceses casi había alarmado a las hijas del deán. El primer día de entrar Babette en servicio, la llamaron y le explicaron que eran pobres y que para ellas la vida lujosa era pecado. Su misma comida debía ser lo más sencilla posible; eran los cubos de sopa y los cestos de pan de sus pobres lo que importaba. Babette asintió con la cabeza; de joven, contó a sus señoras, había sido cocinera de un viejo sacerdote que era un santo. Al oír esto, las hermanas decidieron superar en ascetismo al sacerdote francés. Y pronto descubrieron que desde el día en que Babette se hiciera cargo de la casa, los gastos se habían reducido milagrosamente, y los cubos de sopa y los cestos de pan adquirieron un nuevo y misterioso poder para estimular y fortalecer a sus pobres y enfermos.
El mundo exterior a la casa amarilla llegó a reconocer también las excelencias de Babette. La refugiada no consiguió aprender a hablar nunca la lengua de su nuevo país; pero en un noruego imperfecto, regateaba los precios a los tenderos más inflexibles de Bervelaag. En el muelle y en el mercado le tenían temor.
Los viejos Hermanos y Hermanas, que al principio miraban con recelo a la extranjera entre ellos, notaron un cambio feliz en la vida de sus hermanas pequeñas, y se alegraron y se beneficiaron también. Descubrieron que las inquietudes y preocupaciones habían sido conjuradas de su existencia, y que ahora tenían dinero del que disponer, tiempo para las confidencias y las quejas de sus viejos amigos, y paz para meditar sobre cuestiones celestiales. En el transcurso del tiempo, no pocos de la hermandad incluyeron el nombre de Babette en sus oraciones, y dieron gracias a Dios por la callada desconocida, la oscura Marta de casa de sus dos fieles Marías. El sillar que los constructores casi habían rechazado se convirtió en piedra angular de su edificio.
Las dueñas de la casa amarilla eran las únicas personas que sabían que su piedra angular tenía un rasgo misterioso y alarmante, tanto como si tuviese relación con la misma Kaaba, la Piedra Negra de la Meca.
Casi nunca aludía Babette a su vida pasada. Cuando en los primeros días le expresaron dulcemente las hermanas su condolencia por todo lo que había perdido, se tropezaron con esa dignidad y ese estoicismo de los que Monsieur Papin les había hablado en su carta: “¿Qué le vamos a hacer, señoras?”, había contestado ella encogiéndose de hombros. “Es el Destino”.
Pero un buen día, de repente, les informó que desde hacía muchos años compraba un billete de lotería francesa, y que un fiel amigo de París se lo seguía cogiendo cada año. Quizá le tocase alguna vez el grand prix de diez mil francos. Al oír aquello, sintieron que la vieja bolsa de viaje de su cocinera estaba hecha con una alfombra mágica; en cualquier momento podía subirse encima de ella y regresar a París.
Y ocurría que, cuando Martine o Philippa le hablaban a Babette, no obtenían ninguna respuesta, y se preguntaban si oía siquiera lo que ellas le decían. La encontraban en la cocina, con los codos en la mesa y las manos en las sienes, enfrascada en el estudio de un libro que secretamente sospechaban que era un devocionario papista. O permanecía inmóvil en la silla de tres patas de la cocina, con sus fuertes manos en el regazo y sus ojos negros muy abiertos, enigmática y fatal como una Pitia en su trípode. En esos momentos se daban cuenta de que Babette era profunda; y en los sondeos que hacían de su ser notaban pasiones, y que había recuerdos y anhelos de los que no sabían nada en absoluto.
Un pequeño y frío estremecimiento las sacudía, y pensaban para sus adentros: “Quizá, después de todo, ha sido una verdadera pétroleuse.”
VI. La suerte de Babette

El 15 de diciembre se cumplía el centenario del nacimiento del deán.
Hacía tiempo que sus hijas esperaban esta fecha y querían celebrarla como si su querido padre estuviese aún entre sus discípulos. Así que era triste e incomprensible para ellas que este último año la discordia y la disención hubiesen levantado cabeza en su rebaño. Habían hecho todo lo posible por imponer la paz, pero comprendían que habían fracasado. Era como si el excelente y amable vigor de la personalidad del padre se hubiese evaporado, del mismo modo que se evaporó la anodina voluntad de Hoffman al dejarla en el estante de una botella destapada. Y su desaparición había dejado las puertas abiertas a cosas hasta ahora desconocidas para las dos hermanas, mucho más jóvenes que los hijos espirituales del deán. Desde hacía medio siglo, en que estaban  las ovejas sin pastor y extraviadas por las montañas, unos huéspedes sombríos no invitados se agolpaban tras los telones de los adoradores y entenebrecían las pequeñas habitaciones y dejaban entrar el frío. Los pecados de los viejos Hermanos y Hermanas llegaban con un arrepentimiento tardío y penetrante como un dolor de muelas, y los pecados de los otros contra ellos volvían con amargo resentimiento, como un envenenamiento de la sangre.
Había en la congregación dos viejas que antes de su conversión se habían estado calumniando mutuamente, se habían arruinado el matrimonio la una a la otra, y también una herencia. No eran capaces de recordar sucesos de ayer o de hacía una semana; sin embargo, recordaban las ofensas de hacía cuarenta años y seguían repasándose antiguas cuentas; se regañaban la una a la otra. Había un hermano viejo que de repente se acordó de cómo otro hermano, hacía cuarenta y cinto años, le había engañado en un negocio; quizá quería apartar el asunto aquel del pensamiento; pero se le adhería como una astilla infectada y metida muy dentro. Había un honrado capitán de cabello gris y una viuda piadosa y arrugada que en sus tiempos jóvenes, mientras ella era esposa de otro hombre, habían estado enamorados. Hacía poco, cada uno había empezado a lamentarse –al tiempo que pasaba la carga de su culpa de sus propios hombros a los del otro y viceversa- y a atormentarse por las terribles consecuencias que probablemente le acarrearía para toda la eternidad precisamente quien había pretendido quererle mucho. Palidecían en las reuniones de la casa amarilla, y cada uno evitaba la mirada del otro.
A medida que se acercaba el aniversario, Martine y Philippa sentían crecer el peso de la responsabilidad. ¿Miraría el fiel padre a sus hijas desde lo alto y las tendría por injustas administradoras? Hablaban entre sí, una y otra vez, de estas cuestiones y se repetían la frase de su padre: que los senderos del Señor cruzaban incluso mares salados y montañas cubiertas de nieve, donde los ojos del hombre no podían descubrir huella alguna.
Un día de este verano el correo trajo una carta de Francia para Madame Babette Hersant. En sí, esto era algo sorprendente; pues durante doce años Babette no había recibido ninguna carta. ¿Qué contendría?, se preguntaban las amas. Se la llevaron a la cocina a fin de observar a Babette mientras la abría y la leía.  Babette la abrió, la leyó, alzó los ojos de la carta al rostro de sus señoras, y les dijo que había salido su número de la lotería. Le habían tocado diez mil francos.
La noticia produjo tal impresión en las dos hermanas que durante un minuto entero no pudieron decir una sola palabra. Estaban acostumbradas a recibir su modesta pensión en pequeñas asignaciones, de modo que les resultaba difícil incluso imaginar la cantidad de diez mil francos uno encima del otro. Luego le estrecharon la mano a Babette, con sus manos un poco temblorosas. Jamás habían estrechado la mano de una persona que un momento antes hubiera entrado en posesión de diez mil francos.
Un rato después, comprendieron que el acontecimiento las afectaba a ellas tanto como a Babette. El país de Francia, comprendieron, se alzaba poco a poco ante el horizonte de su criada, y consecuentemente la existencia de ellas mismas se hundía bajo sus propios pies. Los diez mil francos que a ella la hacían rica…¡qué pobre hacían la casa donde había servido! Una tras otra, las viejas y olvidadas inquietudes y tribulaciones empezaron a acecharlas desde los cuatro rincones de la cocina. Las felicitaciones se les murieron a flor de labios, y las dos piadosas mujeres sintieron vergüenza de su propio silencio.
Durante los días siguientes, anunciaron la noticia a sus amigos con el semblante alegre, pero les aliviaba ver cómo las caras de sus amigos se ponían tristes al oír aquello. Nadie, comprendieron en la Hermandad, podía culpar verdaderamente a Babette: los pájaros vuelven a sus nidos y los seres humanos a su país de nacimiento. Pero, ¿se daba cuenta esta buena y fiel criada de que al marcharse de Berlevaag dejaría a muchas viejas y pobres personas sumidas en la aflicción? Las hermanas pequeñas ya no tendrían tiempo que dedicar a los enfermos y menesterosos. En efecto, las loterías eran cosa impía.
A su debido tiempo, el dinero llegó a las oficinas de Cristianía y a Berlevaag. Las dos damas ayudaron a Babette a contarlo, y le dieron una caja para que lo guardase. Manipularon los siniestros trozos de papel y se familiarizaron con ellos.
No se atrevieron a preguntarle a Babette la fecha de su marcha. ¿Se atrevería a esperar que se quedase con ellas hasta el 15 de diciembre?
Jamás habían sabido con seguridad las dos hermanas hasta dónde era capaz la cocinera de seguir o entender sus conversaciones privadas. De modo que se quedaron sorprendidas cuando, una noche de septiembre, entró Babette en el salón, más humilde o sumisa de lo que nunca la habían visto, a pedir un favor. Les suplicaba, dijo, que le permitiesen preparar una cena para conmemorar el aniversario del deán.
Las dueñas no habían pensado dar ninguna recepción. Una cena sencilla con una taza de café era el banquete más caro al que habían invitado a ningún huésped. Pero los oscuros ojos de Babette se mostraron tan ansiosos y suplicantes como los de un perro; así que consintieron en dejarle hacer lo que quisiera. Al oír esto, el semblante de la cocinera se iluminó.
Pero tenía más cosas que decir. Quería, dijo, preparar una cena francesa, una verdadera cena francesa, por esta única vez. Martine y Philippa se miraron. No les gustó la idea; se daban cuenta de que no se sabía qué podía significar. Pero la misma extrañeza de la petición las desarmó. No tuvieron argumento que oponer a la proposición de confeccionar una verdadera cena francesa.
Babette dejó escapar un largo suspiro de felicidad, pero no se movió. Tenía una petición más que hacer. Suplicaba que le permitiesen pagar la cena francesa con su propio dinero.
¡Ah, no, Babette!- exclamaron las damas. ¿Cómo podía imaginar una cosa semejante? ¿Se creía ella que iban a permitir que se gastase su precioso dinero en comida y bebida…o en ellas? No, Babette; desde luego que no.
Babette dio un paso adelante. Hubo algo formidable en ese movimiento, como el crecimiento de una ola. ¿Había avanzado así, en 1871, para plantar la bandera roja en una barricada? Habló, en un extraño noruego, con la clásica elocuencia francesa. Su voz fue como una canción.
¡Señoras! ¿Les había pedido ella, durante doce años, algún favor? ¡No! ¿Y por qué? Señoras, ¿ustedes, que rezan sus oraciones todos los días, pueden imaginar lo que significa para un corazón humano no tener ninguna petición que hacer? ¿Qué podía haber pedido Babette? ¡Nada! Esta noche brotaba una súplica desde el fondo de su corazón. ¿No sienten, pues, esta noche, mis señoras, que les corresponde concederlo con la alegría con que el buen Dios se la concede a ustedes?
Las damas, durante un rato, no dijeron nada. Babette tenía razón; era su primera petición en doce años; muy probablemente, sería la última. Decidieron pensarlo. Al fin y al cabo, se dijeron, su cocinera tenía ahora más dinero que ellas, y una cena podía no importar para una persona que poseía diez mil francos.
Su consentimiento, al final, transfiguró completamente a Babette. Vieron que de joven había sido hermosa. Y se preguntaron si en este momento, por primerísima vez, no se habían convertido ellas en la “buena gente” de la carta de Achille Papin.
VII. La tortuga

En noviembre, Babette emprendió un viaje.
Tenía que hacer algunos preparativos, dijo a sus señoras, y necesitaría un permiso de una semana o diez días. Su sobrino, el que antaño la trajera a Cristianía, aún hacía la ruta marítima a esa ciudad; debía ir a verle, y hablar con él. Babette soportaba muy mal el mar: hablaba de su único viaje por mar, de Francia a Noruega, como de la experiencia más horrible de su vida. Ahora se mostraba singularmente sosegada; las dos hermanas comprendieron que su corazón estaba ya en Francia.
Diez días después, regresó a Berlevaag.
¿Había arreglado las cosas tal como deseaba? preguntaron sus amas. Sí, contestó, había visto a su sobrino y le había entregado una lista de mercancías que debía traerle de Francia. Para Martine y Philippa ésta fue una explicación oscura, pero no querían saber nada de su marcha, así que no le hicieron más preguntas.
Babette estuvo algo nerviosa durante las semanas siguientes. Pero un día de diciembre anunció triunfal a sus señoras que las mercancías habían llegado a Cristianía, y tras embarcarlas allí, habían llegado este mismo día a Berlevaag. Había alquilado, añadió, a un viejo una carretilla para que se las trajera del puerto a casa.
Pero ¿qué mercancías, Babette?, preguntaron las señoras. Pues, mis señoras, replicó Babette, los ingredientes para la cena del aniversario. Gracias a Dios, han llegado todas de buen estado de París.
A todo esto, Babette, como el demonio embotellado del cuento de hadas, había ensanchado y aumentado en tales proporciones que sus señoras se sentían pequeñas en su presencia. Ahora veían la comida francesa que se les venía encima como algo de naturaleza y alcance incalculables. Pero jamás en la vida habían roto una promesa; así que se pusieron en manos de su cocinera.
De todas formas, cuando Martine vio entrar en la cocina una carretilla cargada de botellas, se quedó petrificada. Tocó las botellas, y alzó una de ellas. “¿Qué contiene esa botella, Babette? preguntó en voz baja. “¿No es vino?” “Vino, Madame!”, contestó Babette. “No, Madame. ¡Es un Clos Vougeot de 1846!” Y tras una pausa añadió: “De Philippe, de Rue Montorguel!” Martine jamás había sospechado que los vinos pudiesen tener nombre, y se vio reducida al silencio.
Avanzada la noche, abrió la puerta a una llamada, y se enfrentó nuevamente con la carretilla, esta vez empujada por un joven marinero pelirrojo, como si el viejo hubiese quedado atrás, muerto de cansancio. El joven le sonrió al tiempo que descargaba de la carretilla un bulto voluminoso e indefinible. A la luz de la lámpara, parecía como una piedra verdinegra; pero cuando la depositó en el suelo de la cocina, surgió de ella súbitamente una cabeza de reptil que se balanceó blandamente de un lado a otro. Martine había visto representaciones de tortugas; incluso había tenido una tortuguita de mascota. Pero este ser era de tamaño monstruoso y tenía una presencia terrible. Salió reculando de la cocina sin decir palabra.
No se atrevió a contarle a su hermana lo que había visto. Pasó la noche casi sin conciliar el sueño; pensaba en su padre y sentía que en su mismo aniversario, ella y su hermana estaban prestando su casa para la celebración de un aquelarre. Cuando finalmente se quedó dormida, tuvo un sueño terrible, en el que veía a Babette envenenando a los Hermanos y Hermanas, a Philippa y a ella misma.
Ya de madrugada, se levantó, se puso su abrigo gris y salió a la calle oscura. Anduvo de casa en casa, abriendo su corazón a sus Hermanos y Hermanas, y confesando su culpa. Ella y Philippa, dijo, no pretendían hacer mal alguno; habían concedido a su criada una petición, pero no habían previsto qué podía ocurrir. Ahora no sabían qué se les a dar de comer y de beber a sus invitados en el día del aniversario de su padre. No llegó a mencionar la tortuga, pero estuvo presente en su semblante y su voz.
Los ancianos, como se ha dicho, conocían a Philippa y a Martine desde que eran niñas; las habían visto llorar amargamente sobre una muñeca rota. Las lágrimas de Martine habían arrancado lágrimas a sus propios ojos. Así que se reunieron por la tarde y hablaron del problema.
Antes de volverse a separar prometieron, por las pequeñas hermanas, guardar silencio, en el gran día, sobre todo lo que se refiriese a la comida y la bebida. Nada de cuanto les pusiesen delante, ya fuesen ranas o caracoles, arrancaría una palabra de sus labios.
Aún así -dijo un Hermano de barba blanca-, la lengua es un pequeño adminículo que se jacta de grandes cosas. A la lengua no la puede domesticar ningún hombre; es un demonio indisciplinado y lleno de veneno mortal. El día de nuestro maestro limpiaremos nuestra lengua de todo sabor y la purificaremos de toda delicia o repugnancia de los sentidos, guardándola y preservándola para las funciones superiores de alabanza y de acción de gracias.
Pocas eran las cosas que ocurrían en la pacífica existencia de la fraternidad de Berlevaag, de modo que en este momento estaban profundamente conmovidos y elevados. Se estrecharon la mano en confirmación de su promesa, y para ellos fue como si la hubiesen hecho ante el Maestro.
VIII. El himno
El domingo por la mañana empezó a nevar. Los copos blancos caían rápidos y espesos; los pequeños cristales de las ventanas de la casa amarilla quedaron embadurnados de nieve.
A primera hora de la mañana, un mozo de Fossum trajo a las dos hermanas una nota. La anciana señora Loewenhielm todavía residía en su casa de campo. Ahora tenía noventa años, estaba sorda como una tapia y había perdido el sentido del olfato y del gusto. Pero había sido una de las primeras seguidoras del deán, y ni sus achaques ni el viaje en trineo le impedirían ir a honrar la memoria del Maestro. Ahora bien –decía-, su sobrino el general Lorens Loewenhielm, había llegado inesperadamente de visita. Hablaba con profunda veneración del deán, motivo por el cual les pedía permiso para traerle con ella. Eso le haría mucho bien, ya que el querido muchacho parecía algo deprimido.
Martine y Philippa recordaron entonces al joven oficial y sus visitas; hablar de viejos tiempos felices les alivió su presente ansiedad. Contestaron que el general Loewenhielm sería bien recibido. Llamaron también a Babette y le informaron que ahora serían doce a cenar; añadieron que su último invitado había vivido en París varios años. Babette pareció encantada con la noticia, y les aseguró que había comida suficiente.
Las anfitrionas hicieron sus pequeños preparativos en el cuarto de estar. No se atrevieron a poner los pies en la cocina, pues Babette había conseguido misteriosamente un cocinero de un barco del puerto –el mismo joven, se dio cuenta Martine, que había traído la tortuga- para que le ayudase en la cocina y a servir; y ahora la mujer morena y el muchacho pelirrojo, como una bruja y su espíritu familiar, habían tomado posesión de estas regiones. Las dos hermanas no sabían qué fuegos ardían o qué calderos borboteaban allí desde antes del amanecer.
La mantelería había sido mágicamente planchada, pulida la vajilla y traídos vasos y frascos sólo Babette sabía de dónde. Como la casa del deán no tenía doce sillas, habían trasladado al comedor el largo sofá de crin de caballo; y el salón, poco amueblado de por sí, parecía ahora extrañamente desnudo y grande sin él.
Martine y Philippa hicieron cuanto pudieron para embellecer los dominios que les había dejado. Fueran cuales fuesen las vicisitudes que aguardaban a sus invitados, en todo caso no pasarían frío; durante todo el día las dos hermanas estuvieron alimentando la vieja e imponente estufa con leños de abedul. Pusieron una guirnalda de enebro alrededor del retrato de su padre, colgado en la pared, y encendieron velas en la pequeña mesita de trabajo de la madre, debajo de él; quemaron ramitas de enebro para perfumar la habitación. Entre tanto, se peguntaban si llegaría el trineo de Fossum con este tiempo. Al final se pusieron sus mejores y viejos vestidos negros y los crucifijos de oro de su confirmación. Se sentaron, plegaron sus manos en el regazo y se encomendaron a Dios.
Los viejos Hermanos y Hermanas llegaron en pequeños grupos y entraron en la habitación lenta y solemnemente.
Esta habitación baja, con el piso desnudo y escaso mobiliario, era cara a los discípulos del deán. De ventanas para afuera, se extendía el ancho mundo. Visto desde aquí, ese mundo, con su blancura invernal, estaba siempre preciosamente bordeado de rosa, azul y rojo gracias a la hilera de jacintos de los alféizares. Y en verano, cuando las ventanas se abrían, el mundo tenía un marco de muselina blanca que tremolaba blandamente.
Esta noche, los invitados fueron recibidos en el umbral por un calor y un olor agradables, y miraron el rostro de su querido Maestro rodeado de enebro. Sus corazones se ablandaron igual que los dedos entumecidos.
Un hermano muy viejo, tras unos momentos de silencio, atacó con voz temblona uno de los himnos del maestro:
Jerusalén, mi hogar feliz,
Nombre siempre caro a mí…
Una tras otra, se unieron las demás voces: las voces inseguras y débiles de las mujeres, los gruñidos profundos de los Hermanos, antiguos marineros y, por encima de todas, el timbre claro de soprano de Philippa, un poco gastado por los años, pero todavía angelical. Inconscientemente, el coro se cogió la mano. Cantaron el himno hasta el final, pero no consintieron en dejarlo ahí, y siguieron con otro:
No te atribules ansioso
por la comida y la ropa.
Algo tranquilizadas con esto las dueñas de la casa, las palabras del tercer versículo:
¿Darías a tu hijo una piedra,
un reptil para comer?…
le llegaron a Martine directamente al corazón y le infundieron esperanzas.
En medio de este himno, se oyeron cascabeleos en el exterior: los invitados de Fossum habían llegado.
Martine y Philippa salieron a recibirles y les pasaron al salón. La señora Loewenhielm, con la edad, se había vuelto pequeñita, con la cara descolorida como un pergamino, y muy sosegada. A su lado, el general Loewenhielm, alto, ancho y rubicundo, con su uniforme flamante y el pecho cubierto de condecoraciones, se contoneaba y resplandecía como un ave ornamental, un faisán dorado o un pavo real, en esta apacible asamblea de grajos y cuervos negros.

IX. El general Loewenhielm

El general Loewenhielm había venido todo el trayecto desde Fossum a Berlevaag inmerso en un extraño estado de ánimo. Hacía treinta años que no visitaba esta parte del país. Ahora había venido a descansar de su ajetreada vida en la corte, y no había encontrado la tranquilidad. La vieja casa de Fossum era bastante pacífica y parecía algo patéticamente pequeña, después de las Tullerías y el Palacio de Invierno. Pero tenía una figura inquietante: el joven teniente Loewenhielm vagaba por sus habitaciones.
El general Loewenhielm vio pasar junto a él su figura esbelta y apuesta. Y al pasar, el joven le dirigió a este hombre mayor una mirada breve, y esbozó una sonrisa: la sonrisa altiva y arrogante que los jóvenes dirigen a las personas de edad. El general podía habérsela devuelto un poco afable y tristemente, como sonríen los años a la juventud, de no haber sido porque no tenía humor para sonreír; como su tía había dicho en su misiva, estaba en baja forma.
El general Lewenhielm había conseguido todo aquello por lo que había luchado en la vida, y era admirado y envidiado por todos. Sólo él conocía un hecho que no concordaba con su próspera existencia: no era completamente feliz. Había algo que andaba mal, y tanteaba cuidadosamente por todo su yo como se tantea para localizar el sitio donde uno tiene clavada una espina invisible y profunda.
Gozaba altamente del favor real; había cumplido bien en su profesión y tenía amigos por todas partes. La espina no estaba alojada en ninguno de estos sitios.
Su esposa era una mujer brillante y todavía estaba de buen ver. Quizá descuidaba un poco su propia casa a causa de las visitas y las fiestas; cambiaba de criados cada tres meses y al general se le servían las comidas con una gran falta de puntualidad. El general, que daba gran valor a la comida, sentía por esto un ligero rencor hacia su esposa, y la culpaba secretamente de las indigestiones que a veces padecía. No obstante, la espina tampoco estaba aquí.
Además, últimamente le venía sucediendo algo absurdo al general Loewenhielm: se sorprendía a sí mismo preocupándose por su alma inmortal. ¿Tenía alguna razón para ello? Era una persona moral, fiel a su rey, a su esposa y a sus amigos, y un ejemplo para todo el mundo. Pero había momentos en que le parecía que el mundo no era una cuestión moral, sino mística. Se miraba en el espejo, observaba la hilera de condecoraciones de su pecho y suspiraba para sí: “¡Vanidad de vanidades y todo es vanidad!”.
El extraño encuentro en Fossum le había impulsado a hacer el balance de su vida.
El joven Lorens Loewenhielm había atraído a los sueños y las fantasías como una flor atrae a las abejas y las mariposas. Había luchado por liberarse de todo eso; había huido, pero los sueños y las fantasías habían seguido tras él. Había tenido miedo de la Huldre de la leyenda familiar, y había declinado su invitación a entrar en la montaña; había rechazado firmemente el don de la clarividencia.
El maduro Lorens Loewenhielm se sorprendió a sí mismo deseando que acudiese a él aunque fuera un pequeño sueño, y que le mirase una mariposa gris de la noche antes de que oscureciese. Se sorprendió deseando tener la clarividencia, como un ciego ansía la facultad normal de la visión.
¿Puede el total de la suma de las victorias, a lo largo de muchos años y países, dar como resultado una derrota? El general Loewenhielm había hecho realidad los deseos del teniente Loewenhielm, y había satisfecho sobradamente sus ambiciones. Podía afirmarse que había conquistado el mundo entero. Y había llegado a esto: a que el hombre maduro se volviese ahora hacia la figura joven e ingenua para preguntarle gravemente, incluso amargamente, en qué había salido ganando. En alguna parte había perdido algo.
Cuando la señora Loewenhielm le habló a su sobrino del aniversario del deán, y él decidió acompañarla a Berlevaag, su decisión no había sido la aceptación normal de una invitación a una cena.
Esta noche, resolvió, resarciría al joven Lorens Loewenhielm, que había sido apocado y cohibido en casa del deán, y al final se había sacudido el polvo de las botas de montar. Haría que el joven se probase a sí mismo, de una vez por todas, que treinta y un años atrás había hecho la elección adecuada. Las habitaciones bajas, el arenque y el vaso de agua que pondrían delante de él, en la mesa, probarían que la existencia de Lorens Loewenhielm, en medio de todo esto, habría sido muy pronto absolutamente desgraciada.
Dejó que su pensamiento se extraviase en la lejanía. En París había ganado una vez un concours hipique y había sido felicitado por los más altos oficiales de caballería franceses, príncipes y duques entre ellos. Se había celebrado una comida en su honor en el restaurante más elegante de la capital. Frente a él, en la mesa, había estado sentada una noble dama, una famosa belleza a la que desde hacía tiempo galanteaba. En medio de la cena, ella había alzado sus ojos aterciopelados y negros por encima del borde de su copa de champán y, sin palabras, le había prometido hacerle feliz. Ahora, en el trineo, recordó de pronto que había visto entonces, por un segundo, el rostro de Martine ante él, y lo había rechazado. Durante un rato escuchó el tintinear de cascabeles del trineo; luego sonrió un poco mientras reflexionaba sobre cómo dominaría esta noche la conversación en torno a la misma mesa en la que el joven Lorens Loewenhielm había permanecido callado.
Los grandes copos caían espesamente; detrás del trineo, el rastro se borraba con rapidez. El general Loewenhielm iba sentado sin moverse al lado de su tía, con la barbilla hundida en el grueso cuello de piel de su abrigo.
X. La cena de Babette
Cuando el pariente pelirrojo de Babette abrió la puerta del comedor y los invitados cruzaron el umbral, se soltaron las manos y enmudecieron. Pero fue un silencio dulce; porque, en espíritu, aún cantaban con las manos cogidas.
Babette había puesto una fila de velas en el centro de la mesa; las pequeñas llamas brillaban sobre las chaquetas, los vestidos negros y el uniforme escarlata y se reflejaron en los ojos claros y húmedos.
El general Loewenhielm vio el rostro de Martine a la luz de las velas tal como lo había visto al despedirse, hacía treinta años. ¿Qué huellas habían dejado en él treinta años de vida en Berlevaag? El cabello rubio estaba ahora veteado de hebras plateadas; el rostro sonrosado se había vuelto de alabastro. Pero ¡qué serena era la frente, qué pacíficos y confiados sus ojos! ; la boca, como si jamás hubiese pasado por sus labios una palabra precipitada, qué pura y dulce!
Cuando todos estuvieron sentados, el miembro más anciano de la congregación dio gracias con palabras del deán:
                             Que este alimento mantenga mi cuerpo,
                          que mi cuerpo sostenga mi alma,
                          y mi alma, con palabra y obra,
                         dé gracias por todo al Señor.
A la palabra “alimento”, los invitados, con sus viejas cabezas inclinadas sobre sus manos juntas, recordaron que habían prometido no decir nada sobre el particular, y en sus corazones se reafirmaron en esta promesa: ¡no dedicarían siquiera un pensamiento a tal cosa! Estaban sentados a comer, eso sí, tal como se sentaron las gentes en las bodas de Caná. Y la gracia decidió manifestarse allí, en el mismo vino, tan espléndidamente como en cualquier otro lugar.
El joven ayudante de Babette llenó un vasito a cada uno de los comensales, y éstos se lo llevaron a los labios gravemente, confirmando de este modo su resolución.
El general Loewenhielm, algo receloso del vino, bebió un pequeño sorbo; se sobresaltó, se lo llevó a la nariz, luego a los ojos y se quedó perplejo. “¡Esto es muy extraño!”, pensó. “¡Amontillado! ¡El mejor amontillado que he probado jamás!” Un momento después, y para someter a prueba sus sentidos, tomó una cucharada de sopa, tomó una segunda, y dejó la cuchara. “¡Esto es extraño por demás!”, se dijo a sí mismo. “Porque sin duda estoy tomado sopa de tortuga… ¡y qué sopa!” Se sintió dominado por una especie de pánico y vació el vaso.
Normalmente, en Belevaag, la gente no habla mucho durante las comidas. Pero, de alguna forma, esta noche se soltaron las lenguas. Un Hermano viejo contó la historia de su primer encuentro con el deán. Otro analizó aquel sermón que sesenta años atrás había propiciado su conversión. Una anciana, la misma a la que Martine había contado sus inquietudes en primer lugar, recordó a sus amigos cómo, en toda aflicción, cualquier Hermano o Hermana estaba dispuesto a compartir la carga con los demás.
El general Loewenhielm, que debía dominar la conversación de la mesa, contó que la colección de sermones del deán rea uno de los libros favoritos de la reina. Pero al servirse un nuevo plato guardó silencio. “¡Increíble!”, se dijo. “¡Es un Blinis Demidoff!” Miró en torno suyo a los comensales. Todos ellos comían en silencio su Blinis Demidoff sin el menor signo de sorpresa o aprobación, como si lo hubiesen estado comiendo todos los días durante treinta años.
Un Hermano, al otro lado de la mesa, abordó el tema de los extraños sucesos que solían ocurrir cuando el deán todavía estaba entre sus hijos, y que uno podía aventurarse a calificar de milagrosos. ¿Recordaban, preguntó, la vez en que prometió un sermón de Navidad al pueblo del otro lado del fiordo? Desde hacía dos semanas, el tempo venía siendo tan malo que ningún patrón o pescador quería arriesgarse a cruzar. Los lugareños fueron perdiendo las esperanzas; pero el deán les dijo que si no le llevaba  ninguna embarcación iría a ellos caminando sobre las olas. ¡Y ya veis! Tres días antes de Navidad amainó la tormenta, llegó el frío y el fiordo se heló de orilla a orilla… ¡Cosa que ningún hombre recordaba que hubiera sucedido anteriormente!
El ayudante de Babette llenó los vasos una vez más. Ahora los Hermanos y las Hermanas se dieron cuenta de que lo que les daban a beber no era vino, puesto que centelleaba. Debía de ser una especie de limonada. La limonada iba tan bien con su exaltado estado de ánimo que parecía elevarles del suelo hacia una esfera más alta y más pura.
El general Loewenhielm dejó el vaso otra vez, se volvió hacia su vecino de la derecha y le dijo: “Pero esto es un Veuve Cliquot de 1860, ¿verdad? Su vecino le miró afablemente, le sonrió e hizo un comentario sobre el tiempo.
El ayudante de Babette había recibido instrucciones: llenó los vasos de la Hermandad una sola vez, pero volvía a llenar el del general tan pronto como lo veía vacío, y el general lo vaciaba rápidamente una y otra vez. ¿Pues cómo debe comportarse un hombre cuando no puede fiarse de sus sentidos? Es preferible estar borracho a estar loco.
Muy frecuentemente la gente de Berlevaag, en el curso de una buena comida, se siente algo pesada. Esta noche no ocurría así. A medida que comían y bebían, los convives se sentían cada vez más ligeros de peso y de corazón. Ya no necesitaban tener presente su promesa. Es, se daban cuenta, en el momento en que el hombre no sólo olvida por completo, sino que renuncia firmemente a toda clase de alimento y bebida, cuando come y bebe con el adecuado estado de ánimo.
El general Loewenhielm dejó de comer y se quedó inmóvil. Una vez más se sintió transportado a aquella cena en París, cuyo recuerdo le había venido a la memoria en el trineo. En ella habían servido un plato increíblemente suculento y recherché; en aquella ocasión le había preguntado el nombre a su vecino, el coronel Galliffet, y el coronel le había dicho sonriente que se llamaba cailles en sarcophague. Le había dicho además que el plato lo había inventado el chef del mismo café en el que estaban cenando, persona conocida en todo París como el genio culinario más grande de su tiempo, que –sorprendentemente- ¡era una mujer! “Y en efecto”, había dicho el coronel Galliffet, “esta mujer está convirtiendo una cena en el Café Anglais en una especie de aventura amorosa…, ¡en una aventura sentimental de esa noble y romántica categoría en la que uno ya no distingue entre el apetito corporal o espiritual y la saciedad! Antes de ahora, he sostenido un duelo por una hermosa dama. ¡Por ninguna otra en todo París, mi querido amigo, habría derramado más gustosamente mi sangre!” El general Lowenhielm se volvió hacia su vecino de la izquierda y le dijo: “Pero ¡esto son cailles en sarcophague!” El vecino, que había estado escuchando la descripción de un milagro, le miró con ojos ausentes, asintió luego con la cabeza y contestó: “Sí, sí; por supuesto. ¿Qué otra cosa podía ser?”
De los milagros del Maestro, la conversación en torno a la mesa había pasado a los milagros menores de bondad y generosidad que realizaban a diario sus hijas. El viejo Hermano que al principio había iniciado el himno citó la frase del deán: “Las únicas cosas que podemos llevarnos con nosotros de esta vida en la tierra son aquellas de las que nos hemos desprendido.” Los invitados sonrieron: ¡en qué nababs no se convertirían estas pobres y sencillas doncellas en el otro mundo!
El general Loewenhielm ya no se extrañó de nada. Cuando, minutos más tarde, vio uvas, melocotones e higos frescos ante sí se echó a reír, comentándole al vecino que tenía al lado de la mesa: “¡Hermosas uvas!” Su vecino replicó: “Y fueron al arroyo de Eshcol, y cortaron una rama en un racimo de uvas. Y la colgaron de un bastón.”
Ahora el general consideró que había llegado el momento de pronunciar un discurso. Se levantó y se quedó muy tieso.
Nadie más de la mesa se levantó a hablar. Las personas ancianas alzaron los ojos hacia el rostro que tenían por encima de ellas con intensa y feliz expectación. Estaban habituados a ver marineros y vagabundos completamente borrachos de tosca ginebra del país, pero no reconocieron en un guerrero y un cortesano la embriaguez producida por el vino más noble del mundo.
XI. El discurso del general.
-Se han abrazado -dijo el general- la misericordia y la verdad, amigos míos. La rectitud y la dicha se besarán mutuamente.
Hablaba con una voz clara que había adiestrado en el campo de instrucción y había resonado dulcemente en los salones reales; sin embargo, hablaba de forma tan nueva para él mismo, y tan extrañamente conmovedora, que después de la primera frase tuvo que hacer una pausa. Porque tenía costumbre de pronunciar sus discursos con cuidado, consciente de su invención; pero aquí, en medio de la sencilla congregación del deán, era como si la figura entera del general Loewenhielm, con su pecho cubierto de condecoraciones, no fuese más que un megáfono dispuesto para el mensaje que iba a pronunciar.
-El hombre, amigos míos –dijo el general Loewenhielm-, es frágil y estúpido. Se nos ha dicho que la gracia hay que encontrarla en el universo. Pero en nuestra miopía y estupidez humanas, imaginamos que la gracia divina es limitada. Por esa razón temblamos… –nunca hasta ahora había confesado el general que temblaba; se quedó sinceramente sorprendido, y hasta estupefacto, al oír su propia voz proclamando tal cosa-. Temblamos antes de hacer nuestra elección en la vida; y después de haberla hecho, seguimos temblando por temor a haber elegido mal. Pero llega el momento en que se abren nuestros ojos, y vemos y comprendemos que la gracia es infinita. La gracia, amigos míos, no exige nada de nosotros, sino que la esperamos con confianza y la reconocemos con gratitud. La gracia, hermanos, no impone condiciones y no distingue a ninguno de nosotros en particular; la gracia nos acoge a todos en su pecho y proclama la amnistía general. ¡Mirad! Aquello que hemos elegido se nos da; y aquello que hemos rechazado es derramado sobre nosotros en abundancia. ¡Pues se han abrazado la misericordia y la verdad, y la rectitud y la dicha se han besado mutuamente!
Los Hermanos y Hermanas no comprendieron del todo el discurso del general; pero su rostro sereno e inspirado, y el sonido de las palabras familiares y queridas, inundaron y conmovieron todos los corazones. Así es como, treinta años después, el general Loewenhielm consiguió dominar la conversación en casa del deán.
De lo que ocurrió más tarde nada puede consignarse aquí. Ninguno de los invitados tenía después ciencia clara de ello. Sólo recordaban que los aposentos habían estado llenos de una luz celestial, como si diversos halos se combinaran en un resplandor glorioso. Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de lenguas; los oídos, que durante años habían estado casi sordos, se abrieron por una vez. El tiempo mismo se había fundido en eternidad. Mucho después de la media noche, las ventanas de la casa resplandecían como el oro, y doradas canciones se difundían en el aire invernal.
Los corazones de las dos viejas que antes se habían calumniado retrocedieron ahora más allá del período maligno al que habían vivido aferradas, hasta esos días de su primera juventud en que, juntas, se preparaban para la confirmación e inundaban de canciones los caminos de Berlevaag cogidas de la mano. Un Hermano de la congregación le dio un golpe a otro en las costillas, a modo de caricia entre chicos, y exclamó: “¡Tú me engañaste con aquella madera, sinvergüenza!” El Hermano así interpelado estuvo a punto de caerse al suelo acometido por un ataque de celestial risa; pero brotaron lágrimas de los ojos. “Sí, te engañé, querido Hermano”, contestó, “te engañé”. El capitán Halvorsen y Madam Oppegaarden, de repente, se sorprendieron muy juntos en un rincón, dándose el largo beso para el que le incierto y secreto amor de su juventud jamás les había brindado ocasión.
La grey del viejo deán estaba formada por gente humilde. Cuando, pasado el tiempo, pensaban en esta noche, nunca se les ocurría que aquella exaltación se debiera a sus propios méritos. Se daban cuenta de que les fue concebida la gracia infinita de que el general Loewenhielm les había hablado, y ni siquiera se maravillaban de ello, pues no había sino el cumplimiento de una esperanza siempre presente. Las vanas ilusiones de este mundo se habían disuelto ante sus ojos como el humo y habían visto el universo como verdaderamente es. Se les había concedido una hora de eternidad.
La vieja señora Loewenhielm fue la primera en marcharse. Su sobrino la acompañó, y las anfitrionas salieron a despedirles con luces. Mientras Philippa ayudaba a la vieja dama a ponerse sus múltiples envolturas, el general cogió la mano de Martine y se la retuvo largo rato en silencio. Por último, dijo:
-He estado con usted cada día de mi vida. Sabe usted que es cierto, ¿verdad?
-Sí –dijo Martine-; sé que lo es.
-Y –prosiguió él- seguiré estándolo cada uno de los días que me queden por vivir. Cada noche me sentaré, si no corporalmente, lo que no significa nada, sí de manera espiritual, que lo es todo, a cenar con usted, exactamente igual que esta noche. Pues esta noche he aprendido, querida hermana, que en este mundo todo es posible.
– Sí; así es, querido hermano –dijo Martine-. En este mundo todo es posible.
Dicho esto, se despidieron.
Cuando finalmente se disolvió la reunión, había cesado de nevar. El pueblo y las montañas tenían un esplendor blanco, ultraterreno, y en el cielo brillaban miles de estrellas. En la calle, la nieve era tan espesa que resultaba difícil caminar. Los invitados de la casa amarilla se fueron a pie y andaban haciendo eses, se caían sentados o sobre las manos y rodillas, y se levantaban cubiertos de nieve, como si se hubiesen lavado los pecados y hubiesen quedado tan blancos como la lana; y con este vestido de inocencia recobrada andaban retozando como corderos. Era maravilloso para todos ellos haberse vuelto como niños; era bienaventuradamente gracioso ver a los Hermanos, que tan en serio se tomaban entre ellos, inmersos en esta especie de segunda niñez celestial. Daban traspiés, se enderezaban, caminaban o se quedaban parados, formando a veces una gran cadena de beatíficos lanciers.
-“¡Benditos, benditos, benditos seáis!”, resonaba por todas partes como un eco de la armonía de las esferas.
Martine y Philippa permanecieron largo rato en la escalera de piedra del portal. No sentían frío. “Las estrellas están más cerca”, dijo Philippa.
-Se acercarán todas las noches- dijo Martine en voz baja-. Es muy posible que no vuelva a nevar más.
En esto, sin embargo, se equivocaba. Una hora después empezaba a nevar otra vez, y cayó una nevada como nunca se había conocido en Berlevaag. A la mañana siguiente, las gentes apenas podían abrir sus puertas contra la nieve acumulada. Las ventanas de las casas estaban tan espesamente cubiertas, según se contaba años después, que muchos buenos vecinos del pueblo no se dieron cuenta de que había amanecido y siguieron durmiendo hasta bien entrada la tarde.
XII. La gran artista.

Cuando Martine y Philippa cerraron la puerta se acordaron de Babette. Una oleada de ternura y de piedad las invadió: sólo Babette no había participado de la dicha de esa noche.
Así entraron en la cocina, y Martine le dijo a Babette:
-Ha sido una cena maravillosa, Babette.
Sus corazones se llenaron súbitamente de gratitud. Comprendían que ninguno de sus invitados había dicho una sola palabra sobre la comida. Efectivamente, por mucho que se esforzaban, no recordaban ninguno de los platos que se habían servido. Martine se acordó de la tortuga. No había visto absolutamente nada de ella, y ahora le parecía muy vaga y lejana; muy posiblemente, no era más que una pesadilla.
Babette estaba sentada en el tajo, rodeada de las más negras y grasientas cacerolas y sartenes que sus señoras hubieran visto en la vida. Estaba tan pálida y tan mortalmente agotada como la noche en que apareció y se desvaneció en el umbral.
Al cabo de largo rato, las miró a la cara y dijo:
-En otro tiempo fui cocinera del Café Anglais.
Martine repitió:
-Todos han dicho que fue una cena espléndida –y como Babette no decía nada, añadió: – Todos recordaremos esta noche, cuando usted regrese a París, Babette.
Babette dijo:
-No voy a regresar a París.
-¿No va a volver a París?- exclamó Martine.
-No -dijo Babette-. ¿Qué haría yo en París. Todos han desaparecido. Los he perdido a todos, Mesdames.
El pensamiento de las hermanas voló hacia Monsieur Hersant y su hijo, y dijeron:
-¡Oh, mi pobre Babette!
-Sí, todos han desaparecido –dijo Babette- ¡El duque de Morny, el duque de Descazes, el príncipe Narishkine, el general Galliffet, Aurélian Scholl, Paul Darm, la princesa Pauline, todos!
Aquellos nombres y títulos desconocidos de personas que habían muerto para Babette dejaron a las dos hermanas ligeramente confundidas; pero había tan infinita perspectiva de tragedia en el anuncio que en su sensible estado espiritual sintieron aquellas pérdidas como propias, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Al final de otro largo silencio, Babette les sonrió súbitamente y dijo:
-¿Cómo iba yo a regresar a París, Mesdames? No tengo dinero.
-Que no tiene dinero? –exclamaron las dos hermanas al unísono.
-No -dijo Babette.   
-Pero, ¿y los diez mil francos? –preguntaron las hermanas con una horrorizada aspiración.
-Esos diez mil francos los he gastado. Mesdames –dijo Babette.
Las dos hermanas tuvieron que sentarse. Durante un minuto, no fueron capaces de hablar.
-¿Los diez mil? –susurró despacio Martine.
-¿Qué quieren ustedes, Mesdames –dijo Babette con gran dignidad-. Una cena para doce en el Café Anglais habría costado diez mil francos.
Las damas seguían sin saber qué decir. La noticia era incomprensible para ellas, pero en cierto modo esa noche había habido muchas cosas que escapaban a toda comprensión.
Martine recordó un cuento que había oído a un amigo de su padre que estuvo de misionero en África. Había salvado la vida de la esposa favorita de un viejo jefe, y para demostrar su gratitud el jefe le invitó a un rico banquete. Sólo mucho después se enteró el misionero, por su criado negro, de que lo que se había comido era un nieto pequeño del jefe, guisado en honor del gran hombre-medicina cristiano. Martine se estremeció.
Pero a Philippa se le derritió el corazón. Parecía que una noche inolvidable debía terminar con una prueba inolvidable de lealtad y abnegación humanas.
-Querida Babette- dijo suavemente-, no ha debido desprenderse de cuanto tenía por nosotras.
Babette dirigió a su señora una mirada profunda, una mirada extraña. ¿No había piedad, incluso burla, en el fondo de aquella mirada?
-¿Por ustedes? –replicó-. No. Ha sido por mí.
Se levantó del tajo y se quedó de pie ante las hermanas.
-¡Yo soy una gran artista! –dijo. Calló un momento y luego repitió-: Soy una gran artista, Mesdames.
Otra vez, durante largo rato, se hizo un profundo silencio en la cocina. Luego dijo Martine:
-Entonces, ahora será pobre toda su vida, Babette.
-¿Pobre? –dijo Babette. Sonrió como para sí-. No, nunca seré pobre. Ya es he dicho que soy una gran artista. Una gran artista, Mesdames, jamás es pobre. Tenemos algo, Mesdames, sobre lo que los demás no saben nada.
Mientras la hermana mayor no encontraba nada más que decir, en el fondo del corazón de Philippa vibraron cuerdas olvidadas. Porque ella había oído, antes de ahora, hacía mucho tiempo, hablar del Café Anglais. Había oído, antes de ahora, hacía mucho tiempo, los nombres de la trágica lista de Babette. Se levantó y dio un paso hacia la criada.
-Pero toda esa gente a la que ha mencionado –dijo-, esos príncipes y esas gentes de París de que habla, Babette… usted ha luchado contra ellos. ¡Usted es una communard! ¡El general al que ha nombrado es el que mató a su marido y a su hijo! ¿Cómo puede afligirse por ellos?
Los ojos negros de Babette se encararon con los de Philippa.
-Sí –dijo-, fui una communard. ¡Gracias a Dios, fui una communard! Y las personas que he nombrado, Mesdames, eran malvados y crueles. Dejaban que la gente se muriese de hambre; oprimían a los pobres y les hacían objeto de injusticias. Gracias a Dios, he estado en las barricadas; ¡cargaba el fusil de mis hombres! Pero de todos modos, Mesdames, no volveré a Paris, ahora que esas personas de las que he hablado ya no están allí.
Permaneció inmóvil, sumida en sus pensamientos.
-Esas gentes, Mesdames, -dijo por fin-, me pertenecen, eran mías. Habían sido criadas y educadas con mayores gastos de lo que ustedes, mis pequeñas señoras, podrían imaginar o creer jamás, para comprender a la gran artista que soy. Yo podía hacerles felices. Cuando ponía todo mi empeño, les hacía perfectamente felices.
Calló un momento.
-Lo mismo que le ocurría a Monsieur Papin –dijo.
-¿A Monsieur Papin? –preguntó Philippa.
-Sí, con su Monsieur Papin, mi pobre señora –dijo Babette-. Me lo decía él mismo: “Es terrible e insoportable para un artista”, decía, “ser alentado, aplaudido para hacer una cosa lo mejor posible, por segunda vez.” Y decía: “A través del mundo se propaga un grito largo que brota del corazón del artista: ¡dejad que lo haga lo mejor que me sea posible!”
Philippa se acercó a Babette y la rodeó con sus brazos. Sintió el cuerpo de la cocinera contra el suyo como un monumento de mármol, pero se estremeció y tembló ella misma de pies a cabeza.
Durante un rato no pudo hablar. Luego susurró:
-¡Sin embargo, esto no es el fin! Tengo la impresión, Babette, de que esto no es el fin. En el Paraíso usted será la gran artista que Dios quería que fuese. ¡Ah! –añadió, con las lágrimas corriéndole por las mejillas-. ¡Ah, cómo deleitará a los ángeles!

http://narrativabreve.com/2013/11/cuento-karen-blixen-festin-babette.html








Max Aub, autor del cuento “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”

La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco

En la entrevista de Página 2 (TVE) que Óscar López le hizo al periodista y escritor Gregorio Morán, autor de libros polémicos como El cura y los mandarines, le preguntó por alguna recomendación literaria. Morán, que no aprecia demasiado la novela del siglo XX, recomendó La colmena, de Cela, Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, y “un cuento precioso, ese sí que es divertido, se lo pueden pasar muy bien, que es ‘La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco’, de Max Aub.
Doy el cuento, incluido en Enero sin nombre. Los Relatos Completos del Laberinto Mágico, Alba Editorial 1994.
Y podéis ver el vídeo al final del cuento.
Enero sin nombre
Enero sin nombre, de Max Aub (Alba, 1995)


Cuento de Max Aub: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco



I
Ignacio Jurado Martínez nació en El Cómichi, congregación del municipio de Arizpe, en el estado de Sonora, el 8 de agosto de 1918. Tres años después, la familia bajó al ejido del Paso Real de Bejuco, en el municipio de Rosamorada, en Nayarit. De allí, cuando la mamá enviudó por un “quítame estas pajas”, se trasladaron –eran cinco hijos– a la villa de Yahualica, en Jalisco. Al cumplir los ocho años, Ignacio se largó a Guadalajara donde fue bolero hasta que, a los quince, se descubrió auténtica vocación de mesero. Un lustro después entró a servir en un café de la calle del 5 de Mayo, en la capital de la República.
–¿Usted, de dónde es?
–De Guadalajara.
Ser mozo de café es prestar servicios, no famulato; dependencia, no esclavitud; tiénese ocasión de ofrecer, indicar, recomendar, reconocer; lazarillo de gustos ajenos; factótum, no lacayo; maestresala, copero, no mono; camarero, no siervo ni siquiera apellidando libertad. Un mesero tiene personalidad, mayor con los años si cuenta con parroquia fija, más ligada ésta a la costumbre que el servidor Sólo el peluquero se le puede comparar, y no en la asistencia, menos frecuente.
Ser mesero titular otorga derechos y conocimientos múltiples. Nacho, del café Español, llegó a institución. Renunció a su semanal día libre porque nada le gusta tanto como andar de la cocina a sus mesas –ocho, del fondo–, al tanto de las conversaciones, metiendo cuchara en cualquier ocasión, que no faltan.
Le place tener relación directa con las cosas: el mármol –tan duro, tan fino, tan liso, tan resbaladizo al paso del trapo húmedo–; el vidrio, todavía un poco mojado, de los vasos; la loza, blanca brillante, de tazas y platos; las agarraderas de ébano –luego de baquelita– de las grandes cafeteras de aluminio.
El aseo, la nitidez, el abrillantamiento de la piedra, logrado por el rodeo vivo del paño. (No recoge los trastos; hácelo Lupe, la «Güera»; la trata poco, teniendo en cuenta las categorías. Mándala con mirar, pocas palabras, alguna seña de la mano.) Vierte el café y la leche con precisión, a chorro gordo, de pronto cortado a ras del borde de la taza o vaso, con un recorte que demuestra, a cada momento, su conocimiento profundo del oficio.
–¿Mitad y mitad?
–¿Basta?
Le molestó la introducción del café exprés, que le daba servido el brebaje.
Desde el día de su llegada a la capital, el 7 de octubre de 1938, halló un cuarto en la azotea de una casa de la calle de 57, a dos pasos de su trabajo; allí siguió. Bastábale su cama, una silla, una comodita, el baño común –al final del pasillo–, un aparato de radio, para que las noticias no le cogieran desprevenido, a la hora de los desayunos. Come y cena en el café, según lo que sobra en la cocina. Vida sentimental nunca tuvo; carece de interés masculino: nació neutro, lo dio por bueno. Abundaban busconas por el rumbo, sobre todo los primeros años –las alejó el crecimiento, a borbotones, de la capital–; le conocieron, dejándole de ofrecer sus servicios; él, en cambio, no dejó de prestarles algunos, con lo que fue bien visto, como en todas partes; que eran pocas. La ciudad, para él, empieza en el Zócalo, acaba en la Alameda: la calle del 5 de Mayo, algo de las de Tacuba y Donceles; mojones impasibles, a izquierda y derecha: la Catedral, el Palacio de Bellas Artes; enfrente, los Ferrocarriles Nacionales: la Religión, el Arte, el Mundo, todo al alcance de la mano; le bastaba, sin darse cuenta de ello.
Pequeño, hirsuto, canicas de obsidiana los ojos vivísimos; barba cerrada, magro, tirando a cobrizo, limpio a medias, los dienten muy blancos de por sí y de no fumar, se movía sin prisas, seguro de su importancia, de llevar a cabo sus funciones con perfección –lo cual era relativo.
–Dos exprés, dos capuchinos, un tehuacán.
–Una coca, un orange, un cuarto de leche.
–Unos tibios, tres minutos; pan tostado. Dos jugos de naranja.
–Una limonada preparada. Dos cafés americanos.
Conoció las paredes del establecimiento cremas, grises y verdes claras (1938–1948–1956); el mostrador al fondo, luego a la izquierda (1947); el cambio de ventiladores (1955), la subida paulatina de precio del café, de 0,25, en 1938, a un peso, en 1958. Un cambio de dueño, en 1950, sin que se alteraran rutina, lista de consumiciones, ni disposición del local, como no fuese el cambio de lugar del mostrador, antes mencionado.
–Téllez renuncia la semana que viene.
–El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras.
–Ruiz pasa a Economía.
–Desaforarán a Henríquez.
–Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila.
Cierto odio hacia los vendedores de billetes de la lotería nacional, que juzga institución inútil no teniendo necesidades económicas; añádese la protección un tanto prosopopéyica que otorga a los boleros, por su pasado.
Con los años y el oído se hizo una “cultura”. Su concepción del mundo es bastante clara; aceptable como está. Más, constante, la curiosidad por los problemas de sus parroquianos y los planteados por los mismos; nada preguntón, por oficio, seguro de que su clientela acaba revelando, a la corta o a la larga, a unos u otros, la solución de sus casos, si la hay.
Existen, naturalmente, consumidores de paso, sin interés, a menos que entren a dilucidar un problema, y lo logren, lo cual se refleja en la propina. De por sí, el oído fino; lo afinó, como sucede con todo, con el diario ejercicio. Las fuentes de su saber fueron variadas, según las horas y el tiempo. Temprano, desayunaban en la mesa de la esquina unos altos empleados de la Compañía de Luz y Electricidad comentando la actualidad puesta de relieve por los titulares de los diarios. Dejando aparte a don Medardo García, bilioso, que sólo se preocupa de su salud, a menos que salte el tema de las inversiones extranjeras, su fuerte, y a don Gustavo Molina, frotándose siempre las manos, lector de algunas revistas norteamericanas, que pasa por listo, a pesar de los cuernos, apasionado por los chistes. Fijos eran, en la mesa contigua, dos libreros, don Pepe y don Chucho, que parecen hermanos, sin serlo; dos funcionarios de los Ferrocarriles, don Juan y don Blas, que sólo se afeitan los miércoles; dos joyeros, don Antonio y don Sebastián; todos viejos, con aficiones a la política aduanera, al cine y a los toros. Dos jóvenes empleados de confianza de un banco gubernativo hablaban, con una regularidad digna de mejor causa, de lo ingurgitado la noche anterior y sus, para ellos, naturales consecuencias. Nacho tuvo así –a lo largo de cinco años, al cabo de los cuales, por cambio normal de Presidente de la República, pasaron a ocuparse de los problemas nacionales de la pesca– conocimiento preciso de casas de lenocinio de todas calañas; lo cual le dio autoridad hasta en este tema, que no le atañía. Juntábanse, a la misma hora, en las otras mesas, tres masones, dependientes de la Secretaría de Comunicaciones, comentando tenidas y los avatares escondidos de la política nacional; el sonorense se dio pronto cuenta de que no se debían tornar muy en serio sus constantes vaticinios de cambios en los equipos burocráticos y ministeriales. A pesar de ello, le servían, sirviendo, para darse por enterado:
–Téllez renuncia la semana que viene.
–El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras.
–Ruiz pasa a Economía.
–Desaforarán a Henríquez.
–Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila.
En las horas semivacías que siguen, aparecen forasteros; se encuentran amigos que se ven de tarde en tarde; cuéntanse sus peripecias, el nacimiento del último hijo, el cambio de «chamba», la perspectiva de un negocio, cómo les fue en un viaje reciente. Algún senador bebe agua mineral con un amigo particular en busca de recomendación; otro toma café con un conocido apenas, que intenta lo mismo.
De dos a tres y media, el café se puebla de oficinistas: de Comunicaciones, de Agricultura, del Senado, de Correos, de Bellas Artes, del Banco de México, de Ferrocarriles, cuyos edificios fueron construídos alrededor del «Español».
Es la hora menos interesante: se comentan hechos pequeños, se truena contra los jefes y compañeros, se hacen planes para la tarde, se habla –poco– de la familia, se interpretan las noticias de los periódicos de mediodía, algún artículo o caricatura de los de la mañana, las agruras, el dolor de riñones, la solapada intención de un columnista.
A las dos y treinta y cinco don Luis Rojas Calzada se sentaba en su mesita cercana al mostrador, hablaba, con Elena Rivas, la cajera, mientras trasegaba sus primeros tequilas antes de irse a la cantina de la esquina, a seguir tomando y jugar dominó hasta la una de la mañana. Don Luis, cajero de Ferrocarriles en tiempos de don Porfirio, se conservaba en alcohol; rojito, rejileto, feliz. Faltó el 14 de junio de 1948 porque le enterraron esa misma mañana. Sólo hablaba de lo muy pasado; el mundo, para él, acabó en 1910.
Pegado, a la calle –en la mesa que por la mañana ocupaban los de la Compañía de Luz– se reúnen, antes de comer en un restorán de las calles de Brasil, Celerino Pujadas, Nemesio Santos, Mauricio González y Norberto Moreno; suele añadírseles algún conocido de todos. Para ellos no hay más universo que el que forjaron, en la década de los veinte, Carranza, Obregón y Calles. Discuten y añoran tranquilamente, aportando datos (todos guardan, a su decir, documentos inéditos que causarán gran revuelo).
–Cuando Maytorena…
–Cuando el general González…
–Cuando el coronel Martínez…
–Cuando Lucio…
–Cuando Villa…
–Eso fue cuando Emiliano.
–No, hermano, perdóname, fue Cárdenas, en 1929.
A lo largo de los años, Nacho tuvo por esa sola mesa, aunque algo unilateralmente –lo reconocía–, un conocimiento pormenorizado de la Revolución; anecdótico y parcial desde luego, pero suficiente para sus afanes históricos, lo que compensaba ciertas exigencias acerca de la temperatura de los brebajes que tragoneaban: tibio el café de don Nemesio, hirviendo el de don Mauricio.
Cuando se retiran los «revolucionarios», empiezan a llegar los «intelectuales», que ocupan, durante tres horas –de tres y media a seis y pico–, las tres mesas del centro.
Los Revueltas, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Octavio Barreda, Luis Cardoza y Aragón, Lolito Montemayor, José y Celestino Gorostiza, Rodolfo Usigli, Manuel Rodríguez Lozano, Lola Álvarez Bravo, Lupe Marín, Chucho Guerrero Galván, Siqueiros, a veces Diego Rivera, hablan de literatura, de la guerra española, de arte; unos de otros, mal por lo común. De teatro, de política, de viajes, de las noticias de los ausentes. Comentan las revistas propias y ajenas. De cine.
La noche, en México, no es propicia para el café; sí para el amor. Entran y salen mujeres al acecho, cinturitas, jotos. Algunos empleados cansados; varios provincianos haciendo recuerdo de lo hecho y por hacer antes de recogerse en los hoteles cercanos. Dos o tres burócratas en mal de horas extraordinarias.
Las meretrices callejoneras le tienen al corriente de los chismes de unas y otras, cuidadosas de callar –como no sea de bulto– los azares de su profesión.
A las nueve y media se bajan las Cortinas de fierro. A las diez, tras mojar dos panes de dulce en su café con leche, a dormir despaciosamente. Todo cambió a mediados de 1939: llegaron los refugiados españoles.

II
Varió, ante todo, el tono: en general, antes, nadie, alzaba la voz y la paciencia del cliente estaba a la medida del ritmo del servicio. Los refugiados, que llenan el café de la mañana a la noche, sin otro quehacer visible, atruenan: palmadas violentas para llamar al «camarero», psts, oigas estentóreos, protestas, gritos desaforados, inacabables discusiones en alta voz, reniegos, palabras inimaginables públicamente para oídos vernáculos. Nacho, de buenas a primeras, pensó regresar a Guadalajara. Pudo más su afición al oficio, la cercanía de su alojamiento, la comodidad, el aprecio del patrón (feliz con el aumento consumicionero, que le permitió traspasar provechosamente el establecimiento a los tres años). El hondo resquemor del inesperado y furioso cambio no desapareció nunca. Sufrió el éxodo ajeno como un ejército de ocupación.
Los recién llegados no podían suponer –en su absoluta ignorancia americana– el caudal de odio hacia los españoles que surgió de la tierra durante las guerras de Independencia, la Reforma y la Revolución, amasado lo mismo con los beneficios que con las depredaciones. Ni alcanzarían a comprenderlo, en su cerrazón nacionalista, con el orgullo que les produjo la obra hispana que descubrieron como beneficio de inventario ajeno, de pronto propio. Jamás las iglesias produjeron tanta jactancia, y más en cabezas, en su mayor número, anticlericales.
Los primeros años, la prensa más leída, partidaria de Franco, les solía llenar de lodo; mientras los revolucionarios, en el poder, antihispanistas por definición, los acogían con simpatía política, los opositores —carcas y gachupines– los vieron con buenos ojos, por españoles, repudiándolos por revolucionarios. Un lío. Para Ignacio la cosa resultó más fácil, los despreciaba por vocingleros.
A los dos meses, supo de la guerra española como el que más.
Hasta este momento, las tertulias habían sido por oficios u oficinas, sin hostilidad de mesa a mesa. Los españoles –como de costumbre, decia don Medardo– lo revolvieron todo con sus partidos y subdivisiones sutiles que sólo el tiempo se encargó de aclarar en la mente nada obtusa, para estos matices, del mesero sonorense; por ejemplo: de cómo un socialista partidario de Negrín no podía hablar sino mal de otro socialista, si era largocaballerista o «de Prieto», ni dirigirle la palabra, a menos que fuesen de la misma provincia; de cómo un anarquista de cierta fracción podía tomar café con un federal, pero no con un anarquista de otro grupo y jamás –desde luego– con un socialista, fuera partidario de quién fuera, de la región que fuese. El haber servido en un mismo cuerpo de ejército era ocasión de amistad o lo contrario. El cobrar los exiguos subsidios que se otorgaron a los refugiados los primeros años, subdividía más a los recién llegados: los del SERE frente a los del JAKE, así fuesen republicanos, socialistas, comunistas, ácratas, federales, andaluces, gallegos, catalanes, aragoneses, valencianos, montañeses o lo que fueran. En una cosa estaban de acuerdo: en hablar sólo del pasado, con un acento duro, hiriente, que trastornaba. Nacho llegó a soñar que le traspasaban la cabeza, de oreja a oreja, con un enorme alfiler curvo, en forma de C, en un pueblo catalán. De tanto español le nació afición por Cuauhtémoc, que supo perder callando –rémora de cierta tertulia de los jueves por la tarde, de algunos escritores de poco fuste y mala lengua, amenizada por un coronel de tez muy clara y ojos azules, enemigo personal de Hernán Cortes y sus descendientes que (para él) eran, sin lugar a duda, todos los refugiados–. A pesar de que Carmen Villalobos –zapoteca puro– le hizo ver, el 11 de febrero de 1940 (lo hago constar porque luego las frases se han repetido como propias), que los recién llegados no parecían haben tenido gran cosa que ver en la toma de Tenochtitlán, sino más bien los ancestros del bizarro coronel Chocano López.
El mal era otro: traíanse impertérritos en primer lugar y voz en grito:
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–Cuando yo le dije al general…
–Cuando tomamos la Muela…
–Cuando yo, al frente de mi compañía…
De la compañía, del regimiento, de la brigada, del cuerpo de ejército… Todos héroes. Todos seguros de que, a los seis meses, regresarían a su país, ascendidos. A menos que empezaran a echarse la culpa, unos a otros:
–Si no es porque la 47 empezó a chaquetear.
–Si no es porque los catalanes no quisieron…
–¡Qué carajo ni qué coño!
–Si no es porque Prieto…
–¡Qué joder!
–Si no es porque los comunistas…
–¡No, hombre!
–¡Mira ése!
–¿Qué te has creído?
–Ese hijo de puta…
Todos con la c y la z y la ll a flor de labio, hiriendo los aires. Horas, semanas, meses, años.
En general, los autóctonos emigraron del local. Quedaron los del desayuno –que los españoles no eran madrugadores– y los «intelectuales». Ese grupo creció en número y horas. A los mexicanos, se sumaron puntuales Pedro Garfias, León Felipe –barba y bastón–, José Moreno Villa –tan fino–, José Bergamín –con el anterior, únicos de voz baja–, Miguel Prieto, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, José Herrera Petere, Juan Rejano, Francisco Giner de los Ríos, Juan Larrea, Sánchez Barbudo, Gaya: veinte más que trajeron aparejados otros mexicanos en edad de merecer: Alí Chumacero, José Luis Martínez, Jorge González Durán, Octavio Paz. Con ellos transigió Nacho. A pesar de lo parco de las consumiciones: ocupábanse del presente, hablaban de revistas y de libros; pronto, el número se redujo por incompatibilidades personales, a las que no solían referirse en voz alta. Además, las conversaciones variaban al aire de las circunstancias, lo que no era el caso en las otras mesas:
–Cuando atacamos la Muela…
–Si los murcianos no hubieran empezado a gritar: ¡estamos copados!…
–Si el gobierno no hubiera salido de naja, el 36…
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–No, hombre no.
–¡Qué carajo ni qué coño!
–La culpa fue…
–Pues joder…
–Ahora, cuando volvamos, no haremos las mismas tonterías…
No sólo las lides militares: los jueces, los fiscales, los directores generales, los ministros, rememorando –siempre como si fuese ayer–, y la esperanza, idéntica:
–Cuando caiga Franco…
Ahí estaba el quid:
–Cuando caiga Franco…
–Cuando caiga Franco…
Horas, días, meses, años. Vino la guerra, la otra; contó poco:
–En Jaén, cuando atacamos…
–En el Norte, durante la retirada…
–En Lérida…
–¡Que te crees tú eso!
–En Brunete, cuando yo…
–Y veíamos Córdoba. Si no hubiera sido por el traidor del general Muñoz, nos colábamos…
–Vete a hacer puñetas…
En 1945 todo parecía arreglado. No hubo tal. Algunos murieron; otros no aparecieron más por el café, trabajando. Llegaron más: de Santo Domingo, de Cuba, de Venezuela, de Guatemala, según los vaivenes de la política caribeña. Lo único que no variaba era el tema, ni el tono, de las discusiones:
–Cuando caiga Franco…
–Aquello no puede durar…
–Tiene que caer…
–¿Ya leíste que…?
–Es cuestión de días…
De semanas, de meses –a lo sumo–. Los que dudaban acababan callando, apabullados.
El ruido, las palmadas (indicadoras de una inexistente superioridad de mal gusto), la algarabía, la barahúnda, la estridencia de las consonantes, las palabrotas, la altisonancia heridora; días, semanas, meses, años, iguales a sí mismos; al parecer, sin remedio.

III

En 1952, entró a servir en otro turno Fernando Marin 0lmos, puertorriqueño, exiliado en México por partidario de Albizu Campos, cabeza cerrada –y encerrada– de los independentistas de Puerto Rico.
Fernando, hablar cantarino y nasal caribeño, menudo, oliváceo, pelo lacio –tan abundante como oscuro–; nariz afilada, larga; boca fina, de oreja a oreja, había sido maestro rural. Luego, en Nueva York, probó toda clase de oficios; en México, después de intentar vender libros a plazos, entró a servir al café Español; cumplido y de pocas palabras. Entendióse bien con Nacho, que respetaba su desmedido afán por las mujeres, y aun le ayudó en alguna ocasión en que el sueldo no le daba para satisfacer su cotidiano apetito sexual.
Tenía Nacho sus ahorros; empujado por su compañero, que no carecía de ideas comerciales, aunque no las supiera poner personalmente en práctica –¿con qué?, siempre en la quinta pregunta–, empezó a prestar pequeñas cantidades a gentecillas de los alrededores, con elevados réditos, que acrecieron su capital con cierta rapidez. Pronto Fernando Marín fue confidente de la indignación que le producían el tono –y las salidas del mismo–, los temas obsesivos de los refugiados españoles. No compartió el isleño esa opinión, antes muy al contrario. Nacho cesó inmediatamente su lamentación; le molestaba hablar con quien no fuera de su parecer. Su reconcomio siguió, solitario, carcomiéndole el estómago. De ahí cierta úlcera que, desde entonces, le ató al bicarbonato y al insomnio.
–Cuando caiga Franco…
–El día que volvamos…
Las interminables discusiones hurgaban al sonorense de la glotis al recto. Pensó, con calma, midiendo estrechamente ventajas y desventajas, cambiar de establecimiento; tuvo proposiciones: una de San Ángel, otra en Puente de Vigas, otra al final de la Calle de Bolívar; todas lejos de su casa, que no quería abandonar a ningún precio, entre otras razones porque parte de sus obligados económicos solían pagarle allí los intereses semanales de sus préstamos; otros lo hacían en el café (el W. C. era buen despacho). Sin contar que no quería perder la compañía de Fernando, siempre dispuesto a sustituirle mientras despachaba con su clientela reditora. Supo corresponder, duplicando su turno, cuando después de un frustrado atentado, en Washington, de unos irredentos puertorriqueños contra el Presidente Truman (germen, tal vez, de su gran idea), detenían a Marín cada vez. que llegaba a México algún personaje norteamericano en viaje oficial (si venía de vacaciones, le dejaban en paz).
Marin solía discutir con los refugiados españoles acerca de las ventajas e inconvenientes del atentado personal. No comprendía cómo habiendo tantos anarquistas en España no hubieran, por lo menos, intentado asesinar a Franco. Los comunistas se oponían asegurando que no serviría de nada su desaparición violenta, como no fuera para reemplazarlo por otro general de la misma clase; los republicanos objetaban sus propios convencimientos liberales; algún federal, opuesto a la pena de muerte, se sublevaba con la sola idea. Los ácratas traían a colación las insalvables dificultades policíacas y militares.
(Nacho no sabe abstraerse; no puede oír el alboroto como tal y desentenderse: tiene que saber y, si puede, meter baza, pegar la hebra, sacar consecuencias. Los diálogos, la cháchara, el chisme, son su sustento, si no mete cuchara, si no echa su cuarto de espadas, si no comenta –que no es discutir–, no está contento. Lo que le gusta del oficio es el ruido confuso del café, pero con sentido: el palique, el cotorreo, el oír mantener opiniones contra viento y marea, una pregunta tras otra, atropelladas; ver crecer, aproximarse como una ola reventona, el momento en que alguien no puede zafarse más que con insultos; resiente propias las victorias de la dialéctica, pero no aguanta –aguantándolas– tantas alusiones, parrafadas, retruques, indirectas, memorias, acerca de si hicieron o dejaron de hacer fulano y zutano en Barcelona, éste o aquél en Lérida, Pedro o Juan en Valencia, Negrín, Prieto, Caballero, Azaña, en Madrid, en Puigcerdá, en Badajoz, en Jaén, en Móstoles, en Alcira, en Brunete, en Alicante. Todos los días, uno tras otro, durante doce horas, desde 1939; desde hace cerca de veinte años:
–Cuando caiga Franco…
–El día que Franco se muera…
–Cuando tomamos la Muela…
–No entramos en Zaragoza por culpa de los catalanes.
–¡Vete a hacer puñetas!
Ignacio Jurado Martínez —casi calvo, casi en los huesos (la úlcera), casi rico (los préstamos y sus réditos)– no aguanta más. A lo largo de sus insomnios, el frenesí ha ido forjando una solución para su rencor, entrevé un café idílico al que ya no acuden españoles a discutir su futuro enquistados en sus glorias multiplicadas por los espejos fronteros de los recuerdos: resuelto el mañana, desaparecerá el ayer. Tras tanto oírlo, no duda que la muerte de Francisco Franco resolverá todos sus problemas –los suyos y los ajenos hispanos–, empezando por la úlcera. De oídas, de vista –fotografías de periódicos españoles que, de tarde en tarde, pasan de mano en mano–, conoce las costumbres del Generalísimo. Lo que los anarquistas españoles –que son millones al decir de sus correligionarios– son incapaces de hacer, lo llevará a cabo. Lo hizo.
(Nunca se supo cómo; hasta ahora se descubre, gracias al tiempo y mi empeño. ¿Hasta qué punto pesaron en la determinación de Nacho los relatos de las arbitrariedades, de los crímenes del dictador español, tantas veces relatados en las mesas que atendía? Lo ignoro. Él, negando, se alzaba de hombros.)

IV
El 20 de febrero de 1959 habló con su patrón, don Rogelio García Martí, haciéndole presente que, en veinte años, jamás había tomado vacaciones.
–Porque usted no quiso.
–Exactamente, señor.
–¿Cuánto tiempo faltará?
–¿Mande? (A veces, desde hacía tiempo, se le iba el Santo al cielo, aun en el servicio.) No sé. Pero no se preocupe, el Sindicato le enviará un sustituto.
–¿Para qué? Marcial (su entenado) no tiene mucho que hacer. ¿Dónde va a ir?
–A Guadalajara.
–¿Por mucho tiempo?
–Pues a ver.
–¿Un mes, dos?
–Quién sabe.
–Pero, ¿volverá?
–Si no, ¿qué quiere que haga, señor Rogelio?
–También es cierto… Y ¿cuándo se va?
–Ya le avisaré con tiempo.
Sacó su pasaporte. Tuvo una larga conversación con Fernando:
–México no reconoce al gobierno de Franco.
El puertorriqueño le miró con cierta conmiseración:
–Chico, si no tienes algo más nuevo que decirme…
–¿Me vas a guardar el secreto?
–¿De qué? ¿De qué Mexico…?
–No. Voy a ir a España.
–¿De viaje?
–¿Qué crees? ¿A quedarme en la mera mata? No, hermano; con los que hay aquí me basta.
–Entonces ¿a qué vas?
–Eso es cuestión mía.
–Chico, perdona.
–Quiero que me hagas un favor.
–Tú mandas.
–México no reconoce al gobierno de Franco…
–Chico, y dale.
–Me molesta ir con mi pasaporte.
–¿Por qué?
–Cosas mías. Pero tú tienes un pasaporte americano.
–Por desgracia de Dios.
–Préstamelo.
–Nos parecemos como una castaña a una jirafa.
–Perico lo arregla de dos patadas. Nos cambia las fotos como si nada.
 (Perico Guzmán, «EI gendarme»; porque lo fue después de ladrón, antes de volver a serlo. No le gustó el «orden».)
–Y yo ¿mientras tanto?
–¿Para qué lo quieres?
–Chico, a veces, sirve.
–Te quedas con el mío.
–A ti no te puedo negar nada.
Así se hizo: por mor de unos papeles, exactamente a las 11 p.m. del 12 de marzo, Ignacio Jurado Martínez se convirtió, para todas las naciones del universo, en Fernando Marín 0lmos sin que, por el momento, hubiera reciprocidad. El flamante ciudadano norteamericano obtuvo sin dificultad un visado de tres meses para «pasearse» por España; añadió Francia e Italia, con la buena intención de conocer esos países antes de regresar a la patria. Voló a España el 2 de junio, en un avión de la compañía Iberia.
En Madrid, se alojó en el 16 de la Carrera de San Jerónimo, en una pensión que le recomendó don Jesús López, que iba y venía con frecuencia «de la Corte a la Ciudad de los Palacios», como le gustaba decir, rimbombante y orondo representante de una casa de vinos de Jerez de la Frontera (gastaba una de las pocas rayas en medio que quedaban –Peinado de libro abierto a la mitad, como decía Juanito, el bolero– y reloj de bolsillo).
Sabía, por Fernando, que en la embajada norteamericana de la capital española trabajaban algunos paisanos de la Isla. Como sin querer, Nacho se relacionó, a los pocos días, con uno de ellos, en el local del consulado de la gran república. Para curarse en salud, evitando preguntas a las que no pudiera dar cumplida respuesta, se inventó una vida verosímil: salido niño de San Juan, años en Nueva York (sin necesidad del inglés), muchos más en México, de donde el modo de hablar.
Madrid le gustó. Le pareció que los de la «Villa del oso y del madroño» –otra expresión aprendida de don Juan López— «pronunciaban» menos que sus parroquianos del café Español. Sintióse a gusto en tantos cafés de los que salió poco, como no fuera para acompañar a Silvio Ramírez Smith, su nuevo amigo, empleado puntual, aficionado a los toros y a la manzanilla, deseoso de permanecer en España, con el miedo constante de ser trasladado a Dinamarca o a Suecia, lo que parecía muy posible; casado con una madura flaca de Iowa que, al contrario, ansiaba abandonar la península, que la molestaba en todo.
El 21 de junio, conoció a Silvano Portas Carriedo, teniente de infantería, ayudante de uno de los cien agregados militares de la embajada. Liberal de sí y de sus dólares, bien parecido, menudo, de ojos verdes, no daba abasto al tinto ni a las mujeres bien metidas en carnes, de su real gusto, generalmente compartido. Nacho le fue útil por sus conocimientos profesionales en ambas materias; así, por su ser natural y la úlcera, no fuera más allá de los consejos, eso sí, excelentes; como tal, agradecidos. El sonorense iba a lo suyo, sin esforzarse; callar y mentir no le costaba. Vivía el teniente Portas en un hotel de la calle de Preciados, en el que ocupaba dos cuartos para mayor facilidad de algunos compañeros que los pagaban a escote, utilizándolos de cuando en cuando. Silvano era de los pocos solteros de la misión. (La palabra misión hacía gracia en el caletre más bien estrecho de Nacho: la misión norteamericana, que le recordaba las españolas de California –un poco más arriba de su Sonora natal– y la que le llevaba a Madrid.).
Dejando aparte unos solitarios paseos por la Castellana, Nacho Jurado no hizo nada para preparar el atentado; tenía la convicción de que todo saldría como se lo proponía. De lo único que no prejuzgaba: de la fuga. En el fondo, le tenía sin cuidado. Lo que llevaría a cabo, respondiendo a un impulso natural, era completamente desinteresado, como no fuese por librarse, si salía con bien, de las conversaciones españolas en «su» café mexicano. Puede ser que obedeciera, sin saberlo, a los intereses de su clase meseril. De todos modos, no esperaba agradecimiento: de ahí el anonimato en que permaneció el autor del hecho hasta hoy.
El 18 de julio, víspera del Gran Desfile, convidó a Silvano Portas a comer en la Villa Romana de la Cuesta de las Perdices; el invitado prefirió dar vueltas por algunas tascas y freidurías en busca de pájaros fritos, a los que era muy aficionado, entre otras cosas porque daban ocasión de distinguir entre los tintos vulgares, ciencia en la que demostraba un conocimiento que dejaba atónitos a los dueños de las tabernas. Recalaron, hacia las tres, en el Púlpito, en la Plaza Mayor, donde comieron, muy a gusto, una tortilla de espárragos.
–¿Qué pasa contigo hoy, viejo?
–Es mi santo.
–No es cierto.
–Bueno, mi cumpleaños.
–¿Cuántos?
–Tanto da.
Tomaron café y coñac en el Dólar, en la calle de Alcalá, y tanto hablaron de cocina y en particular de corderos asados que, después de haber tomado unos vasos de tinto en una taberna de la Cava Baja, donde era muy conocido el militar puertorriqueño, fueron a comerse uno, al lado, en el Mesón del Segoviano, tras una visita a casa de la Lola, en la calle de la Luna, frente a las Benedictinas de San Plácido.
–Tú, ¿no?
–No.
–No eres poco, misterioso en este asunto.
–Cada uno es como es.
–¿No te gusta ninguna? Te advierto que esta trigueña no está mal.
–Otro día.
–Tú te lo pierdes, viejo.
A las dos de la mañana fueron, paseando la noche, al Heidelberg, en la calle de Zorrilla, a comerse un chateaubriand, como resopón. Transigió el de la isla con un Rioja, aún emperrado:
–Con todo y todo, prefiero mi Valdepeñas…
Uva perdido, salieron los últimos.
–Me tengo que acostar temprano, viejo. Mañana tengo que estar a las diez en la Castellana. El desfile ese de mierda.
–¿Nos tomamos un coñac? ¿El del estribo?
–¿Tú, viejo?
–Por una vez…
Mientras su invitado iba al urinario, el sonorense echó unas gotas de un compuesto de narcotina en la copa del mílite, al que tuvo que sostener regresando al hotel, y meter en la cama.
Lo despertó a las nueve, el de la isla no podía entreabrir los ojos:
–Agua.
Se la dio, con más soporífero.
–No te preocupes: tienes tiempo.
Antes de dar media vuelta, Portas regresó al mundo de los justos. Nacho se vistió, con toda calma, el uniforme de gala, recién planchado, dispuesto en una silla. Le venía bien. Se detuvo a mirarse ante el espejo –cosa que nunca hacía–. El verse le dio pie al único chiste que hizo en su vida, de raíz madrileña para mayor inri:
–Hermano, das el opio.
El botones le vio salir sin asombro: los militares norteamericanos suelen vestir de paisano. Sin embargo, pensó:
–Creí que éste no lo era.
Ignacio tomó un taxi, hizo que lo dejara en la calle de Génova. Bajó hacia la Plaza de Colón, tranquilamente se dirigió hacia la tribuna de los agregados militares extranjeros. Hacía un tiempo espléndido, el desfile había comenzado; la gente se apretujaba por todas partes; aviones por el cielo; pasaba la tropa con pasos contados y recios por el centro del paseo. El cielo azul, los árboles verdes, los uniformes y las armas relucientes, los espectadores bobos. Todo como debía ser.
Se acercó a la entrada de la tribuna:
–Traigo un recado urgente para el general Smith, agregado militar norteamericano.
Se cuadró el centinela. Pidiendo perdón, Nacho se abrió paso hacia la esquina izquierda del tablado. Apoyó la pierna zoca contra el barandal. A diez metros, en el estrado central, Francisco Franco presidía, serio, vestido de capitán general. Jurado sacó la pistola, apoyó el cañón en el interior de su codo izquierdo doblado –exactamente como lo pensó– ¿quién podía ver el estrecho círculo de la boca?). Disparó al paso bajo de unos aviones de caza. El estruendo de los motores cubrió el de los tiros. El Generalísimo se tambaleó. Todos se abalanzaron. Nacho entre los primeros, la pistola ya en el bolsillo del pantalón. Poco después, se zafó de la confusión, subió por Ayala hasta la calle de Serrano; frente a la embajada de la República Dominicana alcanzó un taxi.
–¿Ya acabó? –preguntó el chófer, interesado.
–Sí.
Se referían a cosas distintas.
–¿Adónde vamos?
–A la Puerta del Sol.
–No se puede pasar.
–De el rodeo que ea.
–A sus órdenes, mi general.
Silvano Portas, como era de esperar, seguía dormido. Nacho tuvo tiempo de limpiar y engrasar la pistola. A los diez días, tras dos pasados en Barcelona, asombrado de tanto catalán, pasó a Francia. Estuvo un día en Génova, otro en Florencia, tres en Roma, dos en Venecia, según el itinerario establecido por la agencia Hispanoamericana de Turismo, de la plaza de España. Llegó a París el 7 de agosto. A su asombro, le sobraba dinero, el suficiente para quedarse un mes más en Europa. Pensando en dejar boquiabierto a Fernando Marín se pagó un tour por Bélgica, Holanda, Dinamarca y Alemania. Desembarcó en Veracruz el 13 de septiembre, del Covadonga que había tomado en Vigo. Dejó pasar las fiestas patrias y se presentó a trabajar el 17, muy quitado de la pena.

V
Parece inútil recordar los acontecimientos que, para esa época, se habían sucedido en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República. (Todo ello oscura razón verdadera de la tardanza de Ignacio Jurado en regresar a México; dando tiempo a que los refugiados volvieran a sus lares.)
Don Rogelio –el patrón– le acogió con el mayor beneplácito:
–Ya era hora. Y ¿cómo le fue?
–Bien.
–¿Cuándo entra a trabajar?
–Ahora mismo, si le parece.
–Perfecto. Ya podía haber enviado alguna postal.
Acudía presuroso Fernando Marín:
–¿Te cogió allá el bochinche?
–No. Estaba en Dinamarca.
–Chico: ¡vaya viaje!
–¿Y tú? ¿Mucho trabajo?
–No quieras saber.
–¿Qué pasa?
Lo supo enseguida. Allí estaban los de siempre –menos don Juan Ceballos y don Pedro Torner, muertos–, todos los refugiados, discutiendo lo mismo.
–Cuando yo…
–Calla, cállate la boca.
–Cuando yo mandaba…
–Cuando tomamos la Muela…
–Cuando yo, al frente de la compañía…
–¡Qué coño ibas tú!
Más cien refugiados, de los otros, recién llegados:
–Cuando yo…
–Al carajo.
–¿Eras de la Falange o no?
–Cuando entramos en Bilbao…
–Allí estaba yo.
–¡Qué joder!
–¡Qué joder ni qué no joder!
Ignacio Jurado Martínez se hizo pequeño, pequeño, pequeño; hasta que un día no se le vio más
Le conocí más tarde, ya muy viejo, duro de oído, en Guadalajara.
–El café es el lugar ideal del hombre. Lo que más se parece al paraíso. ¿Y qué tienen que hacer los españoles en él? ¿O en México? Sus ces serruchan el aire; todo este aserrín que hay por el suelo, a ellos se debe. Un café, como debiera ser: sin ruido, los meseros deslizándose, los clientes silenciosos: todos viendo la televisión, sin necesidad de preguntarles: –¿Qué le sirvo? Se sabe de antemano, por el aspecto, el traje, la corbata, la hora, el brillo de los zapatos, las uñas. Las uñas son lo más importante.
Hecho una ruina.
–¿Ya se va? Cuando de veras se quiere hablar de cosas que interesan, siempre se queda uno solo. De verdad, sólo se habla con uno mismo. ¿Usted no es mexicano, verdad? A mí me hubiera gustado mucho hablar. Por eso fui mesero; ya que no hablaba, por lo menos oía. Pero oír veinte años lo mismo y lo mismo y lo mismo, con aquellas ces. Y eso que soy muy aguantador. Me ha costado mucho darme cuenta de que el mundo no está bien hecho. Los hombres, a lo más, se dividen en melolengos, nangos, guarines, guatos, guajes, guajalotes, mensos y babosos. Cuestión de matices, como el café con leche. ¿O cree que el café con leche ha vuelto idiota a la humanidad?
Al día siguiente, en su puesto de tacos y tortas, me contó la verdad.
(Guadalajara, amarilla y lila, tan buena de tomar, tan dulce de comer.)
Max Aub, Enero sin nombre. Los Relatos Completos del Laberinto Mágico, Alba Editorial 1994