:

La poesía de César Vallejo surge en un momento de transición, a caballo entre los modos fosilizados de un modernismo en decadencia y el nuevo aire de libertad que significó la renovación estética preconizada por las diversas tendencias del vanguardismo. Desde sus primeras expresiones la voz del gran escritor peruano ofrece un acento original, ronco, áspero y profundamente individualizado, siempre presente a lo largo de su trayectoria posterior. La continuidad de su obra se alimenta de sus obsesiones, heredadas de los grandes románticos. Si en Los heraldos negros (1918) Vallejo sigue fiel a Darío y a Herrera y Reissig, en Trilce (1922), ya decididamente vanguardista, lleva a la práctica su innata aspiración a la total libertad creadora; su poesía descoyuntada, hermética, llena de neologismos, irregularidades sintácticas y metáforas audaces es capaz, sin embargo, de comunicar una honda emoción. La solidaridad con el ser humano y el anhelo de justicia, temas innegablemente relacionados con el contexto vital del poeta, se hacen especialmente patentes en la última etapa parisiense de Vallejo;Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, publicados póstumamente, son libros sumidos en una desolación esperanzada.

El presente volumen recoge toda su obra poética, incluidos los facsímiles de sus poemas póstumos, a la vez que nos brinda la posibilidad de llevar a cabo una nueva lectura, abierta y crítica, hacia los contenidos de una poética donde experimentación y solidaridad forman un todo desde el que Vallejo construye la utopía del lenguaje.

Portada


Con el paso del tiempo, "En el camino", un libro que fue la biblia y el manifiesto de la generación beat, se ha convertido en una «novela de culto» y en un clásico de la literatura norteamericana. Con un inconfundible estilo bop, que consiguió para Kerouac el título de «heredero de Charlie Parker», en esta novela se narran los viajes enloquecidos, a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados, de Dean Moriarty el mítico hipster, el héroe de todos los beatniks, «un demente, un ángel, un pordiosero» y el narrador Sal Paradise, recorriendo el continente, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo establishment. Una crónica cuyos protagonistas, en la vida real y en el libro, fueron Jack Kerouac (Sal Paradise), Neal Cassady (Dean Moriarty), Allen Ginsberg, William Burroughs.


En esta obra la autora refleja la resignación y desesperanza interior de los años previos a su exilio. Aborda el destino de una familia de origen alemán que espera con ansiedad la autorización para abandonar Rumanía. Los personajes, asfixiados por unas fronteras no solamente geográficas, trazadas por los aparatos represivos de la dictadura, reflejan una gran tensión en sus vidas. 

«He escrito un libro titulado El hombre es un gran faisán en el mundo. Ése es un giro rumano. En rumano es muy frecuente decir “He vuelto a ser un faisán”, que significa: “He vuelto a fracasar”, “No lo he logrado”. O sea, en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina.» Herta Müller.
Portada


Un grupo de cuatro amigos que se resisten a ser anulados por el sistema, ven en el suicidio de Lola, una joven estudiante del sur de Rumanía que intenta escapar de la pobreza durante el régimen de Ceausescu, una razón para continuar resistiéndose. Porque La bestia del corazón nos habla de la resistencia que se ha de tener para que no destruyan nuestra individualidad. Y habla también de la corrupción y la asimilación social, de la violación de las normas, del hastío del mundo, de ser «un error para nosotros mismos». Herta Müller nos describe en esta sobrecogedora novela, llena de poesía, una sociedad que excava su propia tumba a través de la supresión y de las privaciones materiales: «Si nos mantenemos en silencio, nos odiamos a nosotros mismos. Si hablamos, nos volvemos ridículos»


Tres espléndidos ensayos de la ganadora del Premio Nobel de Literatura del año 2009, una de las figuras literarias europeas más valientes y rutilantes de los últimos cincuenta años.

En las tres conferencias que componen este libro, Herta Müller refleja las condiciones existenciales de la escritura. Con los ejemplos del expresionista Theodor Kramer, exiliado durante el nazismo, de Ruth Klüger, superviviente del Holocausto, y de la poeta Inge Müller, que se quitó la vida a mediados de los sesenta en la antigua RDA, la autora hace patentes los vínculos indisolubles entre el texto y la vida de los autores. Es más: los textos nos presentan lo vivido en primera persona como una condición única de la existencia misma. Sin duda, este impactante alegato de la literatura que surge de la vivencia y que halla su justificación en lo existencial también debe leerse como la poética de la propia Herta Müller.
Portada



«Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944, después de que el gobierno alemán hubiera decidido, a causa de la escasez creciente de mano de obra, prolongar la vida media de los prisioneros que iba a eliminar». Así comienza Si esto es un hombre, libro que inaugura la trilogía que Primo Levi dedicó a los campos de exterminio nazis. Crónica del horror cotidiano, el libro describe en el lenguaje mesurado y sobrio del testigo la espera de la nada, la privación cotidiana, el olvido de la condición humana de los prisioneros.

Completan la Trilogía de Auschwitz dos obras posteriores: La tregua (1963), relato picaresco de las tribulaciones de un grupo de italianos, liberados de los campos nazis, que recorren durante meses los caminos de Europa central en compañía del Ejército Rojo, y Los hundidos y los salvados (1986), un ensayo en el que Primo Levi trata de comprender, a partir del ejemplo de los campos nazis, las condiciones y circunstancias que permiten la degradación del ser humano.

«El descubrimiento inaudito que Levi realizó en Auschwitz se refiere a una materia que resulta refractaria a cualquier intento de determinar la responsabilidad […] El testigo da testimonio a favor de la verdad y la justicia, pero […] los verdaderos testigos (martis, en griego) son los que no han testimoniado ni hubieran podido hacerlo.» Giogio Agamben, Lo que queda de Auschwitz (1999).
Portada


La presente antología autorizada por la Fundación Nobel, es el tributo de Común Presencia al pensamiento de once grandes creadores contemporáneos. La versión íntegra de sus discursos leídos ante la Academia Sueca, ha sido compilada y bellamente traducida de sus idiomas originales, con el criterio de mostrar sus reveladoras y vigentes reflexiones sobre nuestro trágico acontecer. Es enriquecedor entregar por primera vez en español este importante y poético testimonio humanístico, que amplía la percepción sobre el acto creativo, y nos compromete a “inventar en el planeta una paz que no sea la de la servidumbre” (Albert Camus), “para que al fin las puertas de la percepción se entreabran y aparezca el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia” (Octavio Paz). Este Tomo 1 contiene los discursos de: Octavio Paz, José Saramago, Pablo Neruda, Albert Camus, Saint-John Perse, William Faulkner, Günter Grass, Ernest Hemingway, Derek Walcott, Gabriel García Márquez y Salvatore Quasimodo
Portada


El segundo tomo de los discursos de los Premios Nobel de literatura, autorizado por la Academia Sueca, profundiza el territorio de lo sensible y propone significativas reflexiones sobre nuestro devenir. Las lúcidas palabras leídas por los deslumbrantes autores que han obtenido la más alta distinción de la literatura, son un verdadero legado poético de nuestro tiempo y una aguda indagación sobre la experiencia creativa. Los once autores aquí seleccionados, provenientes de distintas latitudes, culturas e idiomas, se suman a los publicados anteriormente que ya pertenecen al universo de lo imprescindible. La resistencia de la memoria propuesta por Czeslaw Milosz, la conciencia solar soñada por Odiseas Elytis, el signo fraterno que debe originar nuestro porvenir buscado por Seamus Heaney, la conspiración contra el silencio promulgada por Joseph Brodsky, y el arduo combate para que el lenguaje se libere de sus cárceles emprendido por Toni Morrison, son algunos de los rumbos transitados en estas páginas, en búsqueda de una necesaria oportunidad para lo humano. Las palabras deben ser despertadas por el lector si queremos que la imaginación se oponga a los apocalipsis. Es tiempo de asumir este riesgo esencial. Este Tomo 2 contiene los discursos de: Czeslaw Milosz, Odiseas Elytis, Yasunari Kawabata, Toni Morrison, Camilo José Cela, Seamus Heaney, Naguib Mahfouz, V.S. Naipaul, Heinrich Böll, Wislawa Szimborska, Joseph Brodsky.
Portada




El tambor de hojalata fue considerado de difícil lectura cuando se publicó en 1959. El tiempo le ha otorgado la facilidad de las obras maestras, la indiscutible afirmación de su propio genio, la talla enorme de su desmesurada inventiva, la clara penetración de su crítica cruel, casi masoquista (de alemán sobre Alemania). La historia de Óscar, el pequeño que no quería crecer, es uno de los símbolos literarios más entrañables de nuestro tiempo. El tambor de hojalata es, sin ninguna exageración, uno de los libros que el siglo XX dejará en la Historia de la Literatura. Nadie sabrá leer nuestro presente sin haberlo leído.

El día de su tercer cumpleaños es un fecha determinante en la vida de Oscar, el pequeño que no quería crecer. No sólo es el día en que toma la decisión de dejar crecer, sino que recibe su primer tambor de hojalata, objeto que habrá de convertirse en compañero inseparable para el resto de sus días.

La crítica mordaz, la ironía despiadada, el espectacular sentido del humor y la libertad creadora con que Günter Grass construye esta obra maestra convierten a El tambor de hojalata en uno de los títulos más destacados de la historia de la literatura.

Con prólogo de Mario Vargas Llosa, semblanza biográfica de Francisco J. Satué y una ojeada retrospectiva de Günter Grass.
Portada



El existencialismo es un humanismo se ha convertido en un clásico del pensamiento occidental del siglo XX, sobre todo porque en él aparecen expuestas, de una forma clara y accesible, las propuestas fundamentales del existencialismo. La vigencia del pensamiento de Sartre (su definición del hombre como un hacerse continuo, su vehemente afirmación de la elección personal como compromiso que atañe a toda la humanidad, su negativa a que la angustia desemboque en apatía) no sólo permanece incólume, sino que se revela como un instrumento muy útil para afrontar el presente.
Portada 


Anaclet Pons (L’Atzúbia, 1959) es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat de València. Su trabajo, desplegado en numerosos artículos y libros, se ha centrado en dos campos preferentes: la historia social y la historiografía, casi siempre en colaboración con su colega Justo Serna Alonso. En cuanto a lo primero, es coautor de diversos volúmenes sobre la burguesía, desde “La ciudad extensa” (1992) hasta “Los triunfos del burgués” (2012); por lo que respecta a lo segundo, ambos han publicado libros del tipo de “Cómo se escribe la microhistoria” (Cátedra, 2000) o “La historia cultural: autores, obras y lugares” (Akal, 2005, reedición prevista en 2013). Al margen de esas dos áreas, han desarrollado una amplia labor de difusión editorial, promoviendo y traduciendo distintos autores y obras: desde la biografía de Fernand Braudel que escribiera Giuliana Gemelli hasta la reciente edición del volumen “¿Qué es la cultura popular?”, de Antonio Gramsci (Publicacions de la Universitat de València, 2011). Ha destacado asimismo por sus reflexiones sobre las nuevas tecnologías y por sus iniciativas en ese campo. 
Portada


James George Frazer (1854-1941), originario de Glasgow, Escocia, profesor y socio del Colegio de Estudios Sociales y Antropológicos de la Universidad de Cambridge, publicó en 1890 su primera versión de La rama dorada. Magia y religión en dos volúmenes. La segunda edición (1907-1915) creció hasta alcanzar los doce tomos que finalmente redujo a uno en 1922, que fue traducido al español y publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1944. A partir de entonces, las reimpresiones han sido continuas. El libro de Frazer debe su éxito a que ha hecho comprensible a la mentalidad occidental una amplia gama de usos y costumbres primitivas, descritas a su vez en un estilo que no está lejano del de la literatura.

La rama dorada tiene raíces mágicas y poéticas, es mencionada por Virgilio en una de sus poesías y, posteriormente, el pintor inglés Turner pintó el paisaje del lago del bosque de Nemi, Italia, llamado también 'el espejo de Diana' y, siguiendo la leyenda narrada por Virgilio, tituló a su cuadro La rama dorada.

Como es común, tras la belleza del lago, del cuadro de Turner y de la poesía de Virgilio, se esconde el primitivismo: en el bosque que rodea al lago merodeaba, según las leyendas de la Antigüedad, un sacerdote del culto de Diana armado con una espada y que mataba a quien se atreviera a penetrar en el bosque.

Frazer inició la escritura de este libro para explicar y explicarse el porqué de esta leyenda: el resultado superó sus aspiraciones: no sólo descubrió la trama oculta por la leyenda sino que, al mismo tiempo, delineó una teoría sobre las formas que fue adquiriendo el conocimiento.
Portada



¿Han oído ustedes el cuento del niño gitano que muere devorado por una hiena frente a dos damas contrariadas? ¿Y el del señor que conoce tan bien a su esposa que ha pasado dos horas conversando con ella sin percatarse de que estaba muerta? Estos no son chistes; son relatos de historias más bien perversas y llenas de ironía.

Preparémonos a reír un poco con ellas. No será una risa de alegría; será acaso de satisfacción al ver delatadas ciertas crueldades que se alojan en el alma de los hombres. Si algo parece caracterizar a Saki en sus relatos, es el vicio de andar metiéndose en el lugar más íntimo y sagrado de los hombres (al que llamamos corazón), para luego ir vociferando a los cuatro vientos todo lo que solemos ocultar allí, tras su tierna y noble apariencia.

La finura de su estilo nos muestra la crueldad de los personajes (y del autor mismo) arrancándonos una sonrisa, que es la misma risita rubicunda de quien se siente descubierto.


Saki

(Héctor Hugh Munro)
Escocia: 1870-1916
Portada 


Pocos escritos exploran la vida amorosa de una mujer con tanto detalle y sutileza como estos diarios no censurados de Anaïs Nin. En ellos se abordan abiertamente los aspectos físicos y psicológicos de esta autora que buscó actuar con plena libertad desde sus deseos sexuales y emocionales.

En Incesto (1932-1934) aparecen por primera vez todos los fragmentos omitidos en publicaciones anteriores de sus diarios. Destaca la decisiva transgresión que supuso el incesto con su padre, y que subyace en la mente de una mujer en apariencia tan libre de ataduras y prejuicios.

En Fuego (1934-1937), Anaïs Nin prosigue el apasionante relato de su vida. Esta vez la acción transcurre entre París y Nueva York, y aborda sus ya conocidas relaciones con Henry Miller y el psicoanalista Otto Rank. También escribe en estos diarios sobre la guerra civil española, Rafael AlbertiAlejo Carpentier o Constantin Brancusi.

Chirstopher Hitchens 



Soy hombre de un solo libro.
Tomás de Aquino

Sacrificamos el intelecto a Dios.
Ignacio de Loyola

La razón es la ramera del diablo, que no sabe hacer más que calumniar y perjudicar cualquier cosa que Dios diga o haga.
Martín Lutero

Contemplando las estrellas, sé muy bien que, por ellas, me puedo ir al infierno.
W. H. Auden, «El más entregado»


Antes he señalado que jamás volveríamos a tener que enfrentarnos a la imponente fe de un Tomás de Aquino o un Maimónides (en comparación con la fe ciega de las sectas milenaristas o absolutistas, de las que según parece disponemos de un suministro infinita e ilimitadamente renovable). Se debe a una sencilla razón. Una fe de ese tipo, de las que pueden aguantar en pie al menos un rato en una confrontación con la razón, es hoy día a todas luces imposible. Los primeros padres de la fe (se aseguraron de que no hubiera madres) vivieron en una época de una ignorancia y temor abismales. En su Guía de perplejos, Maimónides no incluía a aquellos a quienes calificaba de indignos de merecer el esfuerzo: a los pueblos «turcos», negros y nómadas cuya «naturaleza es como la de las bestias privadas de habla». Tomás de Aquino creía a medias en la astrología y estaba convencido de que en el interior de cada espermatozoide individual estaba contenido el núcleo completamente formado de un ser humano (no es que conociera ese término como lo conocemos nosotros). No podemos hacer más que lamentarnos por las deprimentes y absurdas lecturas sobre continencia sexual que nos podríamos haber ahorrado si este disparate hubiera sido desenmascarado antes de lo que lo fue. Agustín era un cuentista egocéntrico y un ignorante obsesionado con la tierra: estaba convencido, con cierto sentimiento de culpabilidad, de que a dios le preocupaba su banal hurto en un insignificante peral, y bastante convencido también, mediante un solipsismo análogo, de que el sol giraba alrededor de la tierra. asimismo inventó la absurda y cruel idea de que las almas de los niños no bautizados eran enviadas al «limbo». ¿Quién puede imaginarse la angustia que esta «teoría» morbosa ha supuesto para millones de padres católicos durante años hasta que, en nuestros días, la Iglesia la ha revisado con bochorno y únicamente de forma parcial? Lutero estaba aterrorizado por los demonios y creía que los enfermos mentales eran obra del diablo. Los propios discípulos de Mahoma dicen que este pensaba, igual que Jesús, que por el desierto merodeaban djinns o espíritus malignos.

Debemos afirmarlo con rotundidad. La religión proviene de un período de la prehistoria de la humanidad en el que nadie, ni siquiera el poderoso Demócrito, que concluyó que toda la materia estaba compuesta de átomos, tenía la menor idea de lo que sucedía. Proviene de la vociferante y atemorizada infancia de nuestra especie, y es una tentativa pueril de hacer frente a nuestra ineludible exigencia de conocimiento (así como de comodidad, tranquilidad y demás necesidades infantiles). Hoy día, el menos culto de mis hijos sabe mucho más sobre la naturaleza que cualquiera de los fundadores de la religión, y nos gustaría pensar que esta es la razón por la que a estos niños parece interesarles tan poco enviar al infierno a seres humanos iguales (si bien esta relación no puede demostrarse por completo).

Todos los intentos de reconciliar la fe con la ciencia y la razón están llamados a fracasar y a quedar en ridículo precisamente por tales razones. Sin ir más lejos, he leído que una conferencia ecuménica de cristianos desea dar muestras de su amplitud de miras e invita a asistir a ella a algunos físicos. Pero me veo obligado a recordar lo que sé: que este tipo de iglesias no habría existido en primera instancia si a la humanidad no le hubiera asustado el clima, la oscuridad, las epidemias, los eclipses y toda la variedad de fenómenos que en la actualidad pueden explicarse con facilidad. Ni tampoco si la humanidad no se hubiera visto obligada, so pena de sufrir unas consecuencias extremadamente angustiosas, a pagar los exorbitantes diezmos y tributos con los que se levantaron los imponentes edificios religiosos.

Es cierto que los científicos han sido religiosos a veces, o supersticiosos en cierta medida. Sir Isaac Newton, por ejemplo, era un espiritualista y alquimista de una especie singularmente irrisoria. Fred Hoyle, un ex agnóstico que se encaprichó con la idea del «diseño», fue el astrónomo que acuñó la expresión «big bang». (Esta expresión bobalicona se le ocurrió por casualidad, para intentar desacreditar lo que hoy día es la teoría aceptada sobre los orígenes del universo. Este fue uno de esos comentarios mordaces que, por así decirlo, le salieron por la culata a quien los profirió puesto que, al igual que los términos «conservador», «impresionista» y «sufragista», fueron adoptados por aquellos a quienes iban dirigidos como un insulto.) Stephen Hawking no es creyente, y cuando fue invitado a Roma para conocer al ya fallecido papa Juan Pablo II pidió que le mostraran las actas del juicio contra Galileo. Pero sí habla sin avergonzarse de la posibilidad de que la física «conozca la mente de Dios»; lo que ahora resulta una metáfora bastante inofensiva, como cuando, por ejemplo, los Beach Boys cantan, o yo mismo digo, «God only knows...» («Solo Dios sabe...»).

Antes de que Charles Darwin revolucionara toda la concepción sobre nuestros propios orígenes y Albert Einstein hiciera lo mismo sobre los orígenes del cosmos, muchos científicos, filósofos y matemáticos adoptaban lo que podría calificarse como la postura por defecto y profesaban una u otra versión del «deísmo», que sostenía que el orden y la predictibilidad del universo parecían presuponer la existencia de un creador, aunque no fuera necesariamente un creador que interviniera de forma activa en los asuntos humanos. Se trataba de una concesión lógica y racional hacia su tiempo y fue particularmente influyente entre los intelectuales de Filadelfia y Virginia, como Benjamín Franklin y Thomas Jefferson, que consiguieron dominar un momento de crisis y utilizarlo para consagrar los valores de la Ilustración en los documentos fundacionales de los Estados Unidos de América.

Sin embargo, como dijo san Pablo de un modo inolvidable, cuando se es un niño, se habla y se piensa como un niño. Pero cuando uno se vuelve adulto, nos deshacemos de los objetos infantiles. No hay demasiadas posibilidades de determinar el momento exacto en que los eruditos dejaron de hacer girar la moneda sobre el canto para decidir entre un creador y un largo y complejo proceso, ni cuándo dejaron de tratar de marginar a la herejía «deísta», pero la humanidad comenzó a crecer un poco en las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del siglo XIX. (Charles Darwin nació en 1809, el mismo día que Abraham Lincoln, y no cabe duda de cuál de ellos ha demostrado ser mayor «emancipador».) Si uno tuviera que emular la estupidez del arzobispo Ussher y tratar de proponer la fecha exacta en que esa moneda conceptual se decantó con firmeza por uno de sus lados, sería el momento en que Pierre-Simon Laplace fue invitado a conocer a Napoleón Bonaparte.

Laplace (1749-1827) fue el brillante científico francés que llevó la obra de Newton un paso más allá y demostró mediante el cálculo matemático cómo el comportamiento del sistema solar respondía al de unos cuerpos que giraban de forma sistemática en el vacío. Cuando, con posterioridad, dirigió su atención hacia las estrellas y las nebulosas, postuló la idea de un colapso e implosión gravitacional, o lo que hoy día denominamos con jovialidad un «agujero negro». Expuso todo esto en un libro en cinco volúmenes titulado en inglés Celestial Mechanics y, al igual que a muchos otros hombres de su tiempo, también le intrigó el orrery, una maqueta planetaria que representaba el sistema solar visto, por primera vez, desde fuera.Estos son hoy día asuntos trillados, pero en aquel entonces fueron revolucionarios, y el emperador pidió que le presentaran a Laplace con el fin de que le entregara una colección de sus obras o (según las versiones) un ejemplar del orrery. Personalmente sospecho que el sepulturero de la Revolución francesa quería más el juguete que los libros; era un hombre que siempre tenía prisa y se las había arreglado para que la Iglesia bautizara su dictadura con una corona. En cualquier caso, y a su modo infantil, exigente e imperioso, quiso saber por qué en los psicodélicos cálculos de Laplace no aparecía la figura de dios. Y así nació la réplica impasible, altanera y meditada «Je n'ai pas besoin de cette hypothése». Laplace acabaría siendo marqués y tal vez dijera en tono más modesto algo así como «Funciona bastante bien sin esa idea, alteza». Pero simplemente afirmó que no lo necesitaba...

Y nosotros tampoco. La decadencia, caída y descrédito del culto a dios no se inicia en ningún momento dramático, como el histriónico y contradictorio anuncio de Nietzsche de que dios había muerto. Nietzsche no tenía más razones para saberlo, ni para suponer que dios hubiera vivido alguna vez, que un sacerdote o un brujo para afirmar que conoce la voluntad de dios. Más bien, el fin del culto a dios se manifiesta en el momento, al que se llega de forma bastante más gradual, en el que se convierte en algo opcional, o en una más entre muchas posibles creencias. Se debe recalcar siempre que durante la mayor parte de la existencia de la humanidad no existió realmente esta «opción». Gracias a muchos fragmentos de textos y confesiones quemadas o mutiladas, sabemos que siempre hubo seres humanos escépticos. Pero desde los tiempos de Sócrates, que fue condenado a muerte por propagar el malsano escepticismo, se consideraba poco aconsejable imitar su ejemplo. Y a miles de millones de personas a lo largo de todos los tiempos la cuestión sencillamente no se les planteaba. Los incondicionales del Barón Samedi de Haití gozaban del mismo monopolio, basado en la misma coerción brutal, que los de Calvino en Ginebra o Massachusetts; he escogido estos ejemplos porque corresponden a un pasado no muy lejano de la historia de la humanidad. Muchas religiones se aproximan a nosotros hoy día con una sonrisita obsequiosa y la mano tendida, como un comerciante lisonjero en un bazar. Ofrecen consuelo, solidaridad y apoyo compitiendo en el mercado. Pero tenemos derecho a recordar la brutalidad con que se han comportado cuando eran fuertes y realizaban una oferta que la gente no tenía posibilidad de rechazar. Y si por casualidad olvidamos cómo debió de haber sido aquello, basta con dirigir la vista a los países y sociedades en los que el clero tiene todavía poder para imponer sus condiciones. En las sociedades actuales todavía pueden verse los patéticos vestigios de ello en los esfuerzos que realiza la religión para controlar la educación, o para quedar exentos de impuestos, o para aprobar leyes que impidan que la gente insulte a su divinidad omnipotente y omnisciente, o incluso a su profeta.

Desde nuestra nueva condición mediocre y semilaica, incluso las personas religiosas referirán con bochorno la época en que los teólogos disputaban con un fervor fanático acerca de proposiciones fútiles: medir la longitud de las alas de los ángeles, por ejemplo, o debatir cuántas de estas criaturas mitológicas podrían danzar en la cabeza de un alfiler. Por supuesto, resulta aterrador recordar cuántas personas fueron torturadas y asesinadas y cuántas fuentes de conocimiento fueron arrojadas a las llamas por contener argumentos falaces sobre la Trinidad, los hadices musulmanes o el advenimiento de un falso Mesías. Pero es mejor que no incurramos en el relativismo, o en lo que E.R Thompson denominó «la enorme condescendencia de la posteridad»

1. Los obsesos escolásticos de la Edad Media hacían lo que podían con una información lamentablemente limitada, un miedo siempre presente a la muerte y al Juicio Final, una esperanza de vida muy baja y una sociedad de analfabetos. Al vivir bajo un auténtico estado de terror a las consecuencias de incurrir en el error, emplearon sus mentes hasta el máximo grado posible entonces y desarrollaron imponentes sistemas de lógica y dialéctica. No es culpa de hombres como Pedro Abelardo que tuvieran que trabajar con fragmentos de Aristóteles, muchos de cuyos escritos se perdieron cuando el emperador cristiano Justiniano cerró las escuelas de filosofía, pero que se preservaron traducidos al árabe en Bagdad y luego se propagaron desde allí hasta llegar a una Europa cristiana sumida en la ignorancia a través de la Andalucía judía y musulmana. Cuando se apropiaron del material y reconocieron a regañadientes que antes del supuesto advenimiento de Jesús habían existido discusiones inteligentes sobre ética y moral, se esforzaron al máximo para cuadrar el círculo: no tenemos gran cosa que aprender de lo que pensaban, sino mucho que trabajar para enterarnos de cómo pensaban.

Un filósofo y teólogo medieval cuyas palabras siguen siendo elocuentes con el paso de los siglos es Guillermo de Ockham. Conocido también como Guillermo de Ockham (u Occam) y llamado así según parece por el nombre de su aldea natal de Surrey, en Inglaterra, que todavía lleva ese nombre, nació en una fecha que desconocemos y murió en Munich en 1349, seguramente sumido en la desesperación y el miedo y muy probablemente a causa de la horrenda peste negra. Era franciscano (en otras palabras, discípulo del mamífero mencionado antes del que se decía que predicaba a las aves) y eso le exigía acercarse de forma radical a la pobreza, lo cual le supuso problemas con el papado de Aviñón en 1324. La disputa entre el papado y el emperador en torno a la división de poderes secular y eclesiástica es hoy día irrelevante para nosotros (puesto que en última instancia ambas partes «perdieron»), pero Ockham se vio obligado a buscar incluso la protección del emperador ante las mañas del Papa en este mundo. Enfrentado a las acusaciones de herejía y a la amenaza de excomunión, tuvo la fortaleza de responder diciendo que el hereje era el Papa. En todo caso, y dado que siempre respondía circunscribiéndose al limitado marco de las referencias cristianas, incluso las autoridades cristianas más ortodoxas reconocen que fue un pensador original y valiente.

Le interesaban, por ejemplo, las estrellas. Sabía mucho menos sobre las nebulosas de lo que sabemos nosotros, o incluso Laplace. De hecho, no sabía nada en absoluto de ellas. Pero las utilizó para formular una interesante especulación. Suponiendo que dios pueda hacernos sentir la presencia de una entidad inexistente, y suponiendo además que no necesite complicarse de este modo si puede producir en nosotros el mismo efecto mediante la presencia real de dicha entidad, si quisiera, dios siempre podría hacernos creer en la existencia de las estrellas sin que estuvieran realmente presentes. «Todo efecto que Dios causa por la mediación de una causa secundaria puede producirlo inmediatamente por sí mismo.» No obstante, esto no significa que debamos creer en cosas absurdas, puesto que «Dios no puede causar en nosotros un conocimiento tal que por él se vea evidentemente que una cosa está presente aunque esté ausente, porque ello implica contradicción». Antes de que empiece a impacientarse presuponiendo la descomunal tautología que se avecina, como sucede con tanta teología y teodicea, pensemos en lo que el padre Copleston, el eminente jesuíta, tiene que decir al respecto:. Si Dios hubiese aniquilado las estrellas, todavía podría causar en nosotros el acto de ver lo que había sido visto alguna vez, siempre que el acto sea considerado subjetivamente, e igualmente Dios nos podría dar una visión de lo que será el futuro. Uno u otro acto serían una aprehensión inmediata, en el primer caso de lo que ha sido, y, en el segundo, de lo que será .

Resulta verdaderamente asombroso, y no solo para su tiempo. Desde la época de Ockham nos ha costado varios centenares de años llegar a constatar que cuando miramos las estrellas a menudo estamos viendo luz procedente de unos cuerpos lejanos que hace mucho tiempo han dejado de existir. No importa especialmente que el derecho a observar a través de un telescopio y a especular acerca del resultado de ello fuera obstaculizado por la Iglesia: no es culpa de Ockham y no existe ninguna ley general que obligue a la Iglesia a ser tan necia. Y avanzando desde el insondable pasado interestelar que nos envía luz recorriendo unas distancias abrumadoras para nuestros cerebros, hemos acabado dándonos cuenta de que también sabemos algo sobre el futuro de nuestro sistema, incluida su velocidad de expansión y cierta noción de su definitivo final. Sin embargo, y esto es fundamental, ahora podemos hacerlo mientras nos deshacemos de la idea de dios (o incluso, si usted insiste, conservándola). Pero en cualquier caso, la teoría funciona sin esa suposición. Se puede creer en un agente divino si se desea, pero da exactamente igual, y entre los astrónomos y los físicos la fe se ha convertido en algo privado y bastante poco común.

Fue Ockham en realidad quien preparó nuestra mente para esta (según él) inoportuna conclusión. Concibió un «principio de economía», popularmente conocido como «la navaja de Ockham», cuya eficacia se basaba en deshacerse de las suposiciones innecesarias y aceptar la primera explicación o causa suficiente. No se deben multiplicar los entes sin necesidad. Este principio puede desarrollarse más. «Todo lo que se explica usando algo distinto del acto del entendimiento —escribió—, puede explicarse sin usar tal cosa distinta.» No tenía miedo de seguir su razonamiento allá donde pudiera conducirlo y anticipó la aparición de la auténtica ciencia cuando aceptó que era posible conocer la naturaleza de las cosas «creadas» sin hacer referencia alguna a su «creador». De hecho, Ockham afirmó en rigor que no se puede demostrar que dios, si se le define como un ser que posee las cualidades de la supremacía, la perfección, la singularidad y la infinitud, exista en absoluto. Sin embargo, cuando uno se propone detectar la primera causa de la existencia del mundo puede optar por llamarla «dios», aun cuando no sepa con exactitud la naturaleza exacta de esa primera causa. Y hasta la idea de primera causa presenta sus escollos, porque una causa requerirá a su vez otra. «Es difícil o imposible —escribió— probar frente a los filósofos que no puede haber un regreso infinito en la serie de causas de la misma especie, o que una pueda existir sin la otra.» Por consiguiente, el postulado de un diseñador o creador únicamente plantea la pregunta sin respuesta de quién diseñó al diseñador o creó al creador. La religión, la teología y la teodicea (ahora soy yo quien habla y no Ockham) han fracasado sistemáticamente en la tentativa de superar esta objeción. El propio Ockham tuvo que replegarse hacia la desesperada posición de que la existencia de dios solo se puede «demostrar» mediante la fe.

Como lo formuló complaciente o irritantemente, según se prefiera, el «padre de la Iglesia» Tertuliano, Credo quia absurdum, «Creo porque es absurdo». Es imposible discrepar de forma relevante de semejante opinión. Si debemos tener fe para creer algo o en algo, entonces la probabilidad de que ese algo tenga visos de certeza o de valor disminuye considerablemente. La mucho más esforzada labor de investigar, poner a prueba y demostrar algo es infinitamente más gratificante y nos ha plantado cara con hallazgos mucho más «milagrosos» y «trascendentes» que cualquier teología.

En realidad, el «acto de fe» (por asignarle el memorable nombre con que Soren Kierkegaard lo obsequió) es una impostura. Como él mismo señaló, no es un «acto» que se pueda ejecutar de una vez por todas y de manera definitiva. Es un acto que tiene que seguir realizándose una y otra vez, pese a la creciente acumulación de evidencias en contra. En efecto, este esfuerzo resulta excesivo para la mente humana y conduce a engaños y obsesiones. La religión comprende a la perfección que el «acto» está sujeto a una merma de beneficios tremenda, lo cual es el motivo por el que en realidad no suele basarse en absoluto en la «fe», sino que por el contrario corroe la fe e insulta a la razón ofreciendo evidencias y aportando «pruebas» amañadas. Algunas de estas pruebas y evidencias son el argumento del diseño, las revelaciones, los castigos y los milagros. Ahora que el monopolio de la religión se ha quebrado, está al alcance del ser humano considerar que estas evidencias y pruebas son las invenciones de la mentalidad débil que en realidad son.


En Dios no es bueno
Traducción: Ricardo García Pérez
Imagen: Angela Gorga