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17 Abr 2015

Este artículo trata de cómo se está hundiendo el imperio americano: podrido por dentro pero todavía sacando pecho y con una engañosa apariencia de buena salud. A la manera de John Dos Passos en su Trilogía USA, fresco de aroma izquierdista de las primeras tres décadas del siglo XX, lo cuenta George Packer, periodista de la escuela de The New Yorker, en El Desmoronamiento. Treinta años de declive americano, editado por Debate. Aquí están las claves del proceso por el que, a partir de la crisis del petróleo de 1973 (“último año de la década de los 50”, según uno de los personajes del libro), EEUU se sumió en una crisis existencial y de identidad, en una fractura interna de la que ni siquiera la recuperación económica puede ya rescatarla.

Si Dos Passos presentaba a 12 personajes de ficción representativos de la realidad social de la época (desde un impresor, a una dependienta, un mecánico o un periodista y activista), Packer expone la experiencia vital de un puñado de personajes reales. A través de ellos refleja los claros y oscuros de un país en el diván del psiquiatra, fragmentado y dividido, de ciudades sin alma y en proceso de descomposición, cada vez más dependiente del vehículo privado, sin redes de transporte que faciliten la integración y la actividad comunitaria, con barrios arrasados por el tsunami de los desahucios.

Se trata de un país que, mientras ostenta aún la supremacía tecnológica y científica, aspira a mantener el liderazgo mundial, y da lecciones de moralidad y democracia, es más desigual que nunca, discrimina entre sus ciudadanos, les priva de derechos y servicios esenciales y destruye la clase media, el tejido con el que durante muchas décadas se vestía su modelo de grandeza. Con una analogía extrema, podría decirse que hoy la alternativa se sitúa entre ganar un millón de dólares al año o nueve dólares a la hora en un Wal-Mart.

Packer expone este desolador panorama en El desmoronamiento, sin el mismo aliento ideológico izquierdista de Dos Passos, dejando cierto margen a que no todos los lectores saquen las mismas conclusiones, pero con una eficacia similar. Sus personajes son parecidos y al mismo tiempo diferentes de los de la Trilogía USA. El hecho de que sean reales les dota de una superior fuerza como categorías. En el libro se les sigue a lo largo del tiempo, se les ve evolucionar, caer y levantarse, enfrentarse a las dificultades, confiar y desengañarse de los políticos, ilusionarse con proyectos empresariales condenados al fracaso y, con carácter excepcional, hacer realidad el individualista y casi siempre insolidario sueño americano.

Son gente como un periodista cargado de ideales que escarba en el pozo de mierda de las hipotecas subprime que hundieron a millones de familias y en la indefensión ante las entidades financieras; una obrera negra, madre soltera e hija de drogadicta, expulsada del aparato productivo por la crisis de la industria metalúrgica, y que se reconvierte en activista comunitaria; un visionario emprendedor que combate la crisis de la gasolina cara (una tragedia para el estilo de vida norteamericano hoy desactivada por la caída del precio del crudo) desarrollando la producción de biodiesel incluso a partir del aceite que desechan los restaurantes; un  magnate de Silicon Valley que se hace rico con Facebook, PayPal y otros proyectos tecnológicos, que luego cae hasta el borde de la ruina y que reniega de las universidades que no enseñan cómo gestionar una empresa; un asistente político y lobbista que es testigo de las miserias de la política y que mantiene durante décadas una lealtad a Joe Biden (actual vicepresidente) que no encaja con el perfil egoísta que se ofrece de éste; un magnate corresponsable del crash financiero que, pese a todo, termina de secretario del tesoro de Obama… y un Obama que representó la esperanza cuando fue elegido pero que, cada día que pasa, se revela más como otro presidente vendido a -o acogotado por- los poderes fácticos, empezando por el financiero.

No sólo los ciudadanos son personajes de El Desmoronamiento. También las ciudades, y dos muy en particular: Youngstown (Ohio) y Tampa (Florida). La primera fue siempre irrespirable, en sentido no figurado, porque las chimeneas de los altos hornos formaron parte del paisaje urbano y lo ensuciaban con sus pestilentes emanaciones. Sin embargo, al mismo tiempo, ese veneno inevitable era el símbolo de la prosperidad, garantizaba el pleno empleo y unos buenos salarios que daban a los habitantes la oportunidad de organizar sus vidas sin agobios materiales. Hasta que la crisis vació muchos barrios, atrapó a miles de familias que no podían pagar hipotecas descabelladas, multiplicó las cotas de delincuencia y la proporción de pobres dependientes de la asistencia social, y forzó un despoblamiento brutal e irreversible.

Algo parecido ocurrió en Tampa, aunque en ese rincón de Florida, la clave del desarrollo no fue la industria del acero, sino la del sol, la fuente de una calidad de vida que debía atraer a los adinerados de todo el país, lo que provocó una desaforada burbuja inmobiliaria en la que los nuevos barrios crecían como hongos, los precios de la vivienda se doblaban de un día para otro, donde el que no tenía ni donde caerse muerto se embarcaba en la compra inmobiliaria a crédito en la confianza de que poco después podría vender con ganancias fabulosas. Algo parecido a lo ocurrido en España, pero a escala aún más brutal. Porque lo que llegó fue una epidemia de desahucios. Cuando el globo se pinchó, en su interior atrapó a muchos ilusos. El peso de su inconsciencia, estimulada por especuladores sin escrúpulos, les hizo pegarse un batacazo del que la mayoría no se recuperarán ya jamás.

En eso quedó el sueño de Tampa de convertirse en La Próxima Gran Ciudad Americana, promovido incluso con dos finales de la Super Bowl y una convención republicana. Mientras tanto, la política, siempre la maldita política, y la emergencia explosiva del Tea Party, impedían que cuajasen proyectos de regeneración de la vida ciudadana como el de una línea de ferrocarril urbano que redujera la dependencia del automóvil privado, rehabilitase el centro como un punto de encuentro ciudadano y acabase con el aislamiento de los barrios alejados fruto de la pésima planificación urbanística y privados de los servicios más esenciales.

Al igual que Dos Passos, Packer trufa las historias individuales resultado de centenares de entrevistas con los retratos no siempre complacientes (y a veces destructivos) confeccionados a partir de fuentes secundarias de personajes conocidos como el escritor Raymond Carver, un clásico moderno que en la era de Reagan se convirtió en “cronista de la desesperanza obrera”; el político republicano Newt Gingrich que antes de estrellarse personificó el conservadurismo más reaccionario; el empresario San Walton, patrón del gigante de las ventas baratas, creador de Wal-Mart, adalid de los salarios de miseria y la intolerancia a los sindicatos;  la comunicadora Oprah Winfrey, el rapero Jay-Z, el financiero y secretario del Tesoro Robert Rubin, la activista Elisabeth Warren y la campeona de la comida sana y ecológica Alice Waters. Y junto a ellos, varios perdedores sin esperanza de redención, siempre en lucha desesperada por conseguir una asistencia médica adecuada, un cubil en el que malvivir o unos dólares para comprar algo de ropa y dar de comer a los hijos, con la alternativa de recurrir a la humillación de la siempre insuficiente caridad pública o privada.

El desmoronamiento, sostiene Packer, trajo paradójicamente “más libertad que nunca”. Libertad para ganar y perder (“el deporte favorito de los norteamericanos”), para superar el bache y rehacer tu vida en la tierra de las oportunidades, donde cualquiera puede llegar a ser presidente. Pero, sobre todo, libertad para que te despidan, te drogues, te declares en bancarrota, fracases, te quedes solo (el porcentaje de familias unipersonales es el más alto de la historia)…Libertad que hace desaparecer el tejido industrial, hunde las ciudades y los pilares ciudadanos, desde las iglesias a los sindicatos o las organizaciones cívicas.

Podría argüirse que, de forma mucho más clara que en España, ese desmoronamiento se ha frenado, que la economía de Estados Unidos lleva varios años en expansión, que la tasa de paro se ha reducido tanto que casi se puede hablar de pleno empleo, que lo peor ha pasado, que ha llegado de nuevo la hora del optimismo. Pero se trata de un espejismo, porque la forma en que políticos, banqueros y grandes empresarios se han enfrentado a esta crisis no ha cerrado las heridas, no ha reconstruido el tejido social preexistente. Y porque tener un empleo, en la era de la precariedad y la devaluación salarial, ya no es garantía de una vida digna. Ni allí ni aquí.

Tras la II Guerra Mundial hubo en EEUU algo parecido a una época dorada del capitalismo, más de dos décadas en las que el implícito contrato social establecía un reparto de la riqueza no equitativo pero tampoco demasiado abusivo, un sistema en el que todos ganaban (aunque unos pocos mucho más que la gran mayoría) y la paz social se salvaguardaba con el desarrollo económico. Pero el paisaje actual es muy diferente, muestra un deterioro sin vuelta atrás que arranca de la era de Reagan y que no han logrado detener ni siquiera las administraciones demócratas. Ni Carter, ni Clinton ni siquiera el Obama del Yes, we can.

En 1980, el 50% de los norteamericanos pensaban que la próxima generación viviría peor que la suya. Hoy la cifra ha ascendido hasta un aterrador 80%. El cáncer de la desigualdad hace metástasis, corroe la sociedad entera. Los ricos son más ricos que nunca. Y los pobres más pobres. Packer no hace de predicador, se limita a contar historias y reflejar hechos. Oficialmente no toma partido. Ni falta que hace, porque las conclusiones son unívocas.

El desmoronamiento no es el primer libro que ilustra esta tragedia existencial, ni será el último. Sin embargo, o mucho me equivoco o está llamado a quedar como referencia de la crisis más destructiva de la historia de EEUU. A fin de cuentas, ése fue el gran mérito de Dos Passos con La trilogía USA: que es inevitable referirse a esas novelas para analizar aquella época convulsa, aunque quizá no tanto como la actual, cuando el imperio pretende aún marcar la pauta en el mundo mientras la podredumbre le corroe las entrañas.

http://blogs.publico.es/elmundo-es-un-volcan/2015/04/17/asi-se-esta-pudriendo-por-dentro-el-imperio-americano/




Grandes preocupaciones: A propósito de George Packer 
y su libro-reportaje ‘El desmoronamiento’

Chris Lehmann - 22-01-2015


En su libro de memorias del año 2000, Blood of the Liberals, George Packer menciona un encuentro con uno de sus antiguos compañeros de clase de Yale, un joven analista político derechista que había contratado a Packer –que por entonces dividía su tiempo en Boston entre trabajos de carpintería en obras de construcción y periodos de voluntariado en un centro de acogida para gente sin hogar– para montarle una estantería. Fue a mediados de los 80, y el conservador era un joven enérgico, que se inclinaba con confianza hacia el movimiento posliberal zeitgeist. El de Yale era “un defensor radical de la economía de laissez-faire y de una especie de moralismo conservador Tory en cuanto a temas sociales”, escribe Packer, con una actitud hacia los pobres mezcla de desprecio y como de nobleza obligada: deshagámonos del estado de bienestar y así tendrán que limpiar sus vidas, imitando el comportamiento de sus benévolos y atentos superiores”.

Para rematar, en un principio el analista le pagó a Packer por la estantería con un cheque sin fondos, y ordenó con sequedad al carpintero que recogiera algunos materiales olvidados en el lugar de trabajo o se tirarían a la basura. Para él, la enseñanza de ese episodio no podía ser más clara: “Ya no éramos iguales como sí lo habíamos sido en la universidad, y él ahora se sentía obligado por principios a tratarme de forma diferente, es decir, mal”. Algunos años más tarde, el maleducado derechoso alabó en una de sus columnas periodísticas de forma poco entusiasta un artículo que Packer había publicado en Harper’s Magazine, y señaló que el tiempo fundamentalmente le había dado de lado; Packer, observaba el autor, había sido “un chico serio y profundamente inteligente” destinado a “hacer grandes cosas”, pero que en su lugar había “desaparecido de la faz de la Tierra después de la graduación”.

Este año, ese mismo analista político –escarmentado por un periodo de servicio como redactor de discursos en la Casa Blanca de George W. Bush y por una destitución infame del American Enterprise Institute por instar a los republicanos a llegar a un acuerdo respecto a la reforma sanitaria de 2010– ha tenido la gentileza de escribir una alabanza en la contraportada de The Unwinding [El desmoronamiento. Treinta años de declive americano, recién publicado en España por Debate], crónica que Packer, ahora redactor de The New Yorker, ha publicado con una gran acogida. “Las vidas y corazones rotos en esta segunda gran depresión han encontrado en George Packer su elocuente voz y a un fiero defensor”, dice con entusiasmo David Frum. “The Unwinding es una tragedia americana y un triunfo literario”. Una vez más, George Packer y David Frum están a la misma altura.

Cierto es que este fragmento en cuanto a reputación literaria es poca cosa, sobre todo cuando se pone junto a las narraciones de gran envergadura sobre la erosión constante de la república estadounidense, bajo la presión de un capitalismo global despreocupado, que Packer construye pacientemente tanto en Blood of the Liberals como en The Unwinding. Aún así, vale la pena detenerse en este curioso momento de reajuste de su reputación, ya que dice mucho sobre las respetables ambiciones intelectuales de Packer (su no-desaparición, por así decirlo) y las difíciles convenciones del discurso político en nuestra “segunda gran depresión”.

Por un lado, la convergencia de los puntos de vista de Frum y Packer tras la crisis podría ser considerada como un hecho esperanzador, un entendimiento de la izquierda y la derecha altamente esperado por los auténticos estadounidenses que estaban sumidos en un estado prolongado de abandono malicioso, ganando poco más que condescendencia retórica y palabrería barata por parte de las principales instituciones y los responsables políticos que coreografiaron la gran liberación socioeconómica de las últimas cuatro décadas. Tal vez ese patán que da cheques en blanco, arrogante y derechoso de la era Reagan –más conocido por ayudar a crear la expresión El eje del mal, frase a favor de la invasión durante el apogeo post 9/11 de la doctrina Bush– ha permitido medias tintas, y matices de inseguridad económica para llegar a su visión maniquea del mundo. Y quizás Packer, que como todo el mundo sabe se había acercado a la opinión de los “halcones liberales” durante ese mismo preludio lúgubre a la misión imperial americana –postura que retomó con dolor en su libro sobre la invasión y ocupación de Iraq por parte de Estados Unidos: The Assassins’ Gate (2005)–, podría hablar ahora con renovada autoridad sobre las luchas de los estadounidenses normales para vencer a las fuerzas brutas de dudoso privilegio y a la excesiva estrechez económica.

De una manera más triste –y, por tanto, más verosímil– uno podría suponer que el acuerdo post milenio entre estos viejos antagonistas de Yale sugiere que las explicaciones de nuestros problemas económicos se han despolitizado, sin reparar de forma clara en quién exactamente se beneficia del saqueo de las otrora sólidas comunidades de la América de clase media y trabajadora. Al igual que muchos otros intentos de trazar un camino hacia la recuperación cívica en medio de condiciones de ruina económica, El desmoronamiento se alimenta de un deseo ferviente de que nuestras instituciones políticas puedan ser más sensibles a nuestras necesidades materiales más urgentes, pero pivota sobre un asunto básicamente fatalista de deriva institucional y de humanidad en nuestra sociedad –uno que hace que sea muy difícil imaginar cómo podría tener lugar este cambio tan esperado–.

En vez de eso, en El desmoronamiento se nos deja para la reflexión una crónica de la lucha de nuestras productivas vidas (aunque inmensamente entretenida y convincente) que rechaza contundentes explicaciones ideológicas o políticas de las causas de nuestra crisis actual en favor de una densa descripción narrativa de sus síntomas. Casi cada personaje en este panorama de caída libre económica que presenta Packer –principales y secundarios, famosos y poco conocidos– es una figura bienintencionada y casi siempre trágica, atrapada en juicios económicos impersonales que soplan a través de sus vidas a la manera de una tormenta de polvo de los años 30, dejándolos desconcertados, desahuciados y cada vez más desesperados por arrebatar algún sentido duradero del significado personal de la vorágine.

La analogía con los años 30 es especialmente acertada aquí, ya que Packer toma como modelo para la estructura narrativa de El desmoronamiento la de la importante trilogía de John Dos Passos U.S.A., ficción de corte realista sobre los años de la Depresión compuesta por El paralelo 42, 1919, y El gran dinero. Siguiendo el innovador estilo de Dos Passos de mimetismo de corta y pega de los ritmos de desplazamiento social en la edad moderna, El desmoronamiento oscila entre los íntimos retratos de sus protagonistas principales –la maquinista de Youngstown Tammy Thomas, el funcionario y activista de Washington DC Jeff Connaughton, y el ejecutivo de la energía alternativa de Carolina del Norte Dean Price– y unos horizontes más amplios de América, evocados a través de fragmentos frenéticos y semafóricos de titulares de época, letras de canciones y breves biografías de las celebridades representativas del momento, desde Colin Powell y Oprah Winfrey hasta Robert Rubin y Newt Gingrich.

Sin embargo, mientras que el uso pionero de esta técnica por parte de Dos Passos ofreció un rico panorama de las convulsiones sociales tras los dramas del ego, las dificultades económicas y la confrontación global de su época, la recopilación de Packer tiene un curioso efecto de aplanamiento. Una explicación obvia de este contraste es que Dos Passos conocía muy bien las fuerzas sociales en las que su narrativa se centraba –el caos destructivo del capitalismo industrial en masa, que igualó tanto la personalidad humana como las perspectivas de un futuro político compasivo–. Packer, por su parte, no se atreve a atribuir la miseria y la frustración personal, que narra de manera desgarradora, a ningún sistema de distribución de recursos, las finanzas o el privilegio político en particular. En su lugar, ya que la mayoría de los signos vitales de la economía estadounidense destellan poco a poco en la oscuridad a través de las páginas de su saga –como el traslado de fabricantes al extranjero, las hipotecas cayendo en el olvido, el colapso de granjas y negocios pequeños, y los estudiantes universitarios que se gradúan para ser esclavos de la deuda de por vida–, Packer se lamenta de un fracaso difuso de las instituciones y de los ciudadanos estadounidenses para estimularse mutuamente y volver a la vida.


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El tono que predomina en El desmoronamiento no es uno de traición o de indignación populista, sino más bien el de una decepción épica. La base de nuestra prosperidad material está desapareciendo bajo nuestros pies –las personas que alguna vez habían depositado su fe en las instituciones de poder ahora desgraciadamente tienen que depender de sus propios recursos, que son insuficientes– y es triste y descorazonador. Además, en las contadas ocasiones en que los personajes del libro intentan resistir a través de las fuerzas aplastantes de consternación institucional, o son rápidamente despojados de sus ilusiones dignas de compasión o simplemente dejados de lado. Por ejemplo, Packer sigue a un par de activistas de Occupy Wall Street durante los emocionantes meses de protestas en el centro de la capital financiera. Nos despedimos de uno de ellos –una coordinadora carismática de Brooklyn llamada Nelini– después de que la encarcelen tras el violento desmantelamiento del campamento de Zuccotti Park dictado por el alcalde Michael Bloomberg en noviembre de 2011. La otra figura del movimiento, un obrero de Seattle sin rumbo en la cincuentena llamado Ray, termina sin hogar y desorientado, escondiéndose de la policía en un lugar remoto al sur del puente de Brooklyn. De hecho, a juzgar por el informe de Packer de la protesta, nunca sabrías que el movimiento Occupy continúa siendo en gran medida un negocio en marcha, organizando ingeniosos “aniversarios” de condonación de la deuda y nuevas campañas contra la explosión depredadora de la industria de préstamos estudiantiles.

Estos personajes no concentran mucha atención del narrador, al parecer, porque él ya ha trazado las amargas deficiencias de la incidencia política. Incluso en los más altos niveles del poder, señala Packer, “el sistema era mucho más importante que cualquier presidente”. El motivo de esta triste observación es el cambio de rumbo por parte del presidente Bill Clinton sobre la cuestión de aprobar una regulación más estricta del comercio financiero. Cuando el tema surgió por vez primera en su administración –a través de la Ley de Reforma de Litigios de Valores Privados, una medida de “reforma de agravios” falsa, improvisada por el primer Congreso de Gingrich en 1995– el serio liberal Jeff Connaughton, que entonces trabajaba como asistente especial del consejero de la Casa Blanca Abner J. Mikva, se encargó personalmente de la argumentación para vetar el proyecto de ley. En un debate informal y emocionante, que fue como una inyección de ánimo, con el acosado presidente, Connaughton le aseguró que estaba haciendo lo correcto. Como ya sabemos, para el final de su segundo mandato Clinton había cambiado por completo de opinión sobre el tema, encabezando con entusiasmo la desregulación desenfrenada del sector financiero. Sin dudar, firmó el acta Gramm-Leach-Bliley de 1999, derogando de manera desastrosa aquellas disposiciones de la ley Glass-Steagall de 1993, que prohibía que las financieras participaran en la inversión y la banca comercial, así como la no menos catastrófica Ley de Modernización de Mercados Futuros de 2000. Esta última medida, que abolió las restricciones más significativas en la inversión de derivados, fue aprobada a pesar de la enérgica –y profética– oposición del jefe de la Comisión de Comercio en Futuros de Materias Primas, Brooksley Born, quien advirtió que relajar los controles gubernamentales del volátil mercado de derivados era una receta para el riesgo sistémico en Wall Street.

Discrepancias como la de Born refutan claramente la afirmación generalizada de que “el sistema” de alguna forma está por encima del servil máximo representante del poder ejecutivo en el panorama político estadounidense. Clinton tuvo acceso a una amplia información contrastada en esos críticos momentos para el futuro financiero del país y simplemente consideró que tanto personal como políticamente era conveniente hacer caso omiso de ella y seguir los tontos consejos de sus amigotes-asesores económicos, como sus dos últimos secretarios del Tesoro, Robert Rubin y Lawrence Summers. Estos dos fideicomisarios de la élite bancaria deberían, por derecho propio, ser el remate final de un chiste amargo, de la misma manera que el principal liquidador del Tesoro del gobierno de Herbert Hoover, el magnate ladrón Andrew Mellon, se retiró de la vida pública como un hazmerreír virtual.

En cambio, a Rubin se le concede todo un capítulo surrealista y lleno de adoración para él solo en El desmoronamiento. Descubrimos, por ejemplo, que tras su recorrido como tecnócrata de bajo perfil en el auge de Wall Street de los años 80, se convirtió en el co-presidente de Goldman Sachs en 1990 “a fuerza de mantener la modestia de su ambición y la tranquilidad de su osadía”. Aunque Rubin, como la mayoría de los titanes financieros de Nueva York, “se situaba en el centro político”, también era un demócrata de toda la vida, “ya que estaba preocupado por la difícil situación de los pobres”. De hecho, este titán de las finanzas compasivo parecía que cambiaba su aspecto físico al mismo tiempo que se iba acumulando el sobreendeudamiento a su alrededor: “Mientras Rubin envejecía y le salían canas, sus ojos caídos se volvieron más tristes y más escépticos. Mientras Wall Street se convertía en un gigante cada vez más grande y volátil, él se mantuvo tan delgado como un galgo inglés. Mientras se desregulaban los servicios financieros, él se mantuvo bien regulado”.

En la dirección de la política económica de la Casa Blanca en la era Clinton, Rubin fue, en palabras de Packer, aún más sabio. Después de haber frustrado los planes para estimular la economía, por los que Clinton hizo campaña en 1992, a favor de los recortes de gastos para apaciguar a Wall Street, Rubin instó con dureza al presidente a abandonar incluso la retórica populista de su exitosa campaña presidencial. Por supuesto, aconsejó a Clinton que evitara “controvertidos términos clasistas como los ricos y asistencialismo corporativo”. Como señala Packer sagazmente, este consejo no surgió “de la solidaridad de clase, sino del temor de que se minara la confianza de las empresas en el presidente”. Después de todo, Rubin simplemente difundía “su mejor asesoramiento económico, siempre desinteresado y sobre el fondo del asunto (si por casualidad era la opinión de Wall Street también, bueno, la economía habría sido dominada por el sector financiero, y cualquier presidente demócrata estaría acabado si perdiera su confianza, especialmente después de que el partido comenzara a recaudar la mayor parte de su dinero en Wall Street)”. Oh, a veces Rubin se inquietaba: “como secretario del Tesoro, continuó preocupándose acerca de los riesgos de los derivados, la forma en que podían involucrar a las instituciones financieras y magnificar los excesos en el mercado. No se oponía, en principio, a que los derivados estuvieran regulados –no por Brooksley Born– a pesar de que nunca llegó a hacer nada al respecto debido a la oposición que se habría encontrado desde Wall Street”.

Y cuando el presidente firmó la Ley de Modernización de Futuros de Materias Primas y la Ley Gramm-Leach-Bliley, Rubin pudo disfrutar –después de la expiración formal de su recorrido por el Tesoro– de la más bendita de las exenciones de Washington: negación. Para estar seguro, se fue en octubre de 1999 para trabajar como el “consigliere interno” del recientemente fusionado Citigroup, que tuvo que esperar a la derogación de las restricciones de Glass-Steagall con el fin de hacer negocios, ganando la cuantiosa suma de 15 millones de dólares al año, además de abundantes opciones sobre acciones, por las molestias. Pero, un momento, Rubin no tenía “nada que ver directamente con la derogación [de Glass-Steagall] y nadie pudo acusarlo con pruebas de haber cobrado generosamente de Citigroup”.

Es más o menos en este momento de la odisea del Rey Mago Bob cuando el lector se da cuenta de que Packer, embriagado por el método de Dos Passos de perspectiva múltiple ojo de la cámara, está mostrando este retrato compasivo de Rubin como una parodia. Lo más importante a tener en cuenta acerca de la culminación del ejercicio de Rubin en el Tesoro es que se fue por su cuenta, por su necesidad de salir y tener éxito en Citigroup. Técnicamente, Rubin había dejado el puesto a finales de 1999, cuando Gramm-Leach-Bliley se convirtió en ley, pero él y el resto de los burócratas del equipo económico de Clinton (incluyendo al propio adjunto de Rubin, y más tarde su sucesor, Lawrence Summers) habían dedicado todo el año anterior a preparar con vehemencia los fundamentos de la derogación de Glass-Steagall con los señores de Wall Street, hasta el punto de que la futura supervisora de Rubin en Citigroup, Sandy Weill, bromeó abiertamente con que la medida debería ser conocida como la Ley de Weill-Gramm-Leach-Bliley.

Pero la maniobra narrativa de Packer es demasiado inteligente. Si uno intenta dar una explicación coherente de las calamidades que arrojaron las aspiraciones de la clase media estadounidense al cubo de la basura de la historia, no tiene sentido tratar a alguien como Rubin como parte de una serie de víctimas colaterales de la pérdida de confianza del público en las instituciones americanas. Y Packer no facilita ninguna información correctiva de peso, ni en el capítulo de Rubin ni en otro lugar, que aclare cómo de destructiva resultó ser la desregulación radical del sector financiero –una medida de la que Rubin es el responsable directo (por no hablar de que sacó provecho de ella de la manera más fea que se pueda imaginar)–. Considerarlo como el responsable de facto de los graves desaciertos políticos del equipo económico de Clinton es similar a alabar a Charlie Sheen como consejero de la sobriedad del año. Lo mismo sucede con la explicación algo maliciosa que da Packer del ascenso de Colin Powell desde el Ejército y su mendaz labor como secretario de Estado de George W. Bush –un retrato de un “hombre de la institución” que es especialmente incómodo viniendo de Packer, ya que fácilmente sirve de justificación para el apoyo sumamente imprudente del autor a la invasión de Iraq en 2003–.


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La tendencia narrativa de El desmoronamiento mantiene los hechos a una distancia cuidadosa de Rubin y de los otros promotores de la vuelta al empobrecimiento de la nación desde la prosperidad generalizada del contrato social New Deal de la posguerra. Esta aporía es particularmente desesperante porque Packer presenta, de manera aguda, crónicas probadas de las luchas de varios de los protagonistas centrales del libro, abandonados para arreglárselas solos mientras examinan las consecuencias de la continua contracción de sus oportunidades de vida en la América trabajadora.

Tammy Thomas, una trabajadora de ensamblaje afroamericana de Youngstown (Ohio), resistió sucesivas oleadas severas de recesión en el cinturón industrial, manteniendo a su familia como madre soltera, sólo para ser despedida con una cláusula de rescisión de su empresa, Packard Electric, después de que sus nuevos dueños corporativos cerraran la compañía en 2006 –una entre innumerables reestructuraciones de plantas manufactureras estadounidenses destinadas a abaratar los costes de mano de obra y trasladar las operaciones al extranjero–. Thomas encuentra un nuevo trabajo estimulante como organizadora comunitaria, y también es voluntaria en las campañas de Barack Obama de los años 2008 y 2012, que ganaron en el estado indeciso de Ohio en ambas elecciones. Cuando Packer se despide de ella, a Thomas se le encarga la triste tarea de confeccionar un mapa completo de las propiedades abandonadas en el Youngstown asolado por la recesión, incluso aunque está exultante por la victoria de Obama en 2012. “Dios mío”, piensa ella tras la reelección del presidente, “esto significa que tenemos la oportunidad de hacer algo de verdad”.

Mientras tanto, otro de los protagonistas de Packer también se ha dado un atracón de la esperanza inyectada por Obama: el infiltrado en Washington DC Jeff Connaughton hace un regreso triunfal a los centros de poder demócrata cuando su ídolo político de toda la vida, Joe Biden, es elegido vicepresidente. Pero Connaughton se desmoraliza comprensiblemente por la noticia de que el exitoso candidato del “cambio” de 2008 está considerando nombrar al mismísimo Robert Rubin como secretario del Tesoro. Como Packer recuerda con dureza a sus lectores.

“No se necesitaban más evidencias de que el sistema (aquel que Clinton había invocado esa noche en su estudio privado) saldría del desastre en buena forma. Los dirigentes podrían fallar y fallar y todavía sobrevivir, e incluso prosperar... Rubin ya no era viable para el Tesoro, pero los que trabajaron con él eran prácticamente los únicos candidatos en consideración para Obama, quien, después de todo, se había abierto camino en el sistema desde más atrás que cualquiera de ellos”.

En otras palabras, la esperanza de Tammy Thomas y la desesperación en aumento de Jeff Connaughton se quedan en suspenso alrededor de la misma presidencia épica, con Packer expresando solamente la insistencia desalentadora de que el traspaso de poder en Washington tiene mucho de teatro de sombras, patrocinado y alquilado para beneficio de los auténticos manipuladores de estos acontecimientos mundiales, el establishment de Wall Street. ¿En qué historia va a confiar el lector? ¿En el amiguismo repugnante que impera en la cima de nuestros santuarios de diseño de política económica, o en el espectro de un “cambio real” que está finalmente tomando forma ante los ojos de Tammy Thomas? Asimismo, teniendo en cuenta la descripción que hace Packer en tono de burla del periodo de Rubin en el cargo, ¿vamos a ver también su capítulo sobre una auténtica reformista financiera –la senadora populista por Massachusetts y defensora del consumidor Elizabeth Warren– como más forraje para el inevitablemente más triste y más sabio cómputo de erróneas ambiciones reformistas?

Eso no parece importar demasiado en el universo de El desmoronamiento. Por todos los desgarradores detalles personales de pérdida, desconcierto y dolor que Packer extrae de sus sujetos, las fuerzas siniestras que los despojan de todo son extrañamente impersonales: o bien un “sistema”, que ha reducido la Casa Blanca a un juguete glorificado de la clase inversionista, o bien, con igual frecuencia, las “instituciones” que atrapan a incautos de buenas intenciones como Rubin y Powell, dejando a los estadounidenses menos afortunados esforzándose una vez han desaparecido las convicciones morales y sociales. En su retrato de una familia pobre de Tampa, los Hartzell, Packer insinúa que son tanto víctimas del abandono institucional, por parte de sus familiares y de la escena política nacional, como víctimas de la privación material: “Estaban separados de los parientes que les quedaban, muchos de los cuales eran alcohólicos. Tenían pocos amigos, y no pertenecían a ninguna iglesia (a pesar de que eran cristianos) o sindicato (a pesar de que eran de clase trabajadora) o asociación de vecinos (a pesar de que querían que la zona fuera lo bastante segura para que los niños salieran a pedir caramelos en Halloween). Apenas habían pensado en la política. Sólo se tenían el uno al otro”. En resumen, esta es la clase de personas a las que favorece instintivamente la estrategia narrativa de Packer: llevados por la anomia, pero sin embargo esperanzados; apolíticos, pero preocupados; heridos, pero aún no enfadados. En caso de que se involucren en esa esfera favorable de indignación o (un escalofrío) de reclamar sus derechos, bien podrían terminar en la calle o en la cárcel, al igual que las almas desventuradas a quien Packer escoge para simbolizar el movimiento Occupy.


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La anulación en sí es otro ejemplo de abstracción sin motivo. En la mayor parte de la crónica de Packer, el término hace referencia al estado marchito de la economía de fabricación y del estado de bienestar liberal, así como a la incesante disminución de simpatizantes tanto entre la élite política como en la clase media que cae en picado. Pero en el ensimismamiento de otro de los soñadores curtidos en batallas del libro, el ejecutivo de la energía Dean Price, la anulación rememora la destrucción creativa de una inevitable nueva era de la energía renovable y determinación empresarial, una oportunidad para una recuperada República Americana de crecer bajo el gobierno benevolente de una nueva generación de pequeños terratenientes jeffersonianos. “Si estos agricultores pueden producir sus propios cultivos y llenar el depósito de sus tractores, no están sometidos a nadie y son sus propios jefes, eso es un gran cambio”, reflexiona Price. “Y en lugar de que estemos pensando que vamos a entrar en la anulación, para mí esta es la mayor explosión económica que va a golpear nuestras vidas, ya que todo ese dinero que se está concentrando en lo más alto, con la comida, el combustible, la ropa –¿qué más controlan? La banca– podría volver a las pequeñas ciudades”.

De hecho, por supuesto, las penurias económicas que los estadounidenses de a pie están sufriendo equivalen a mucho menos a una anulación –o como a Packer le gusta describirla usando de forma engañosa un símil naturalista, una “plaga”– que a un atraco absoluto. Una clase de inversores especulativos se ha enriquecido por la titulización sistémica de casi cada aspecto de la vida americana –desde el mercado hipotecario a la burbuja de préstamos estudiantiles (precariamente exagerado, por supuesto, en las universidades con fines lucrativos) y los mercados desregulados para productos básicos tales como el aluminio y el petróleo–. Este no es un panorama de americanos bienintencionados atrapados en una sarta de instituciones indiferentes. Es, más bien, un mecanismo para la redistribución ascendente de la riqueza, conseguida mediante la reducción de los ingresos de trabajadores y consumidores a otra materia prima explotable.

Vale la pena recordar que algunos de los cronistas más destacados de nuestra primera Gran Depresión captaron su esencia e informaron sobre ella de forma extraordinariamente detallada. (Esto no era, por cierto, el punto fuerte de Dos Passos; como escribió el gran historiador de la literatura Alfred Kazin, “La historia, en el sentido más tangible –lo que sucedió–, es obviamente más importante en Dos Passos que las personas a las que les sucedieron las cosas”). Edmund Wilson, en su propia colección panorámica de periodismo de la Depresión, The American Jitters, de 1932, catalogó una amplia gama de conocidos escenarios americanos puestos patas arriba por las dificultades económicas: desde mítines comunistas a las cadenas de montaje de Detroit, pasando por las obras de construcción o celdas de la cárcel. Novelistas como John Steinbeck, James T. Farrell y Tess Slesinger procuraron reflejar las luchas y los contratiempos de las sometidas masas trabajadoras de la nación, así como el carácter más culto (y a veces bastante poco serio) de la rebelión intelectual e ideológica de la década. En estudios retrospectivos, periodistas como Studs Terkel y Murray Kempton midieron de forma realista la solidaridad fugaz y los legados culturales más perdurables de los años 30.

De hecho, resulta que Melville House y The Baffler (una revista para la que trabajo) han publicado recientemente por primera vez Cotton Tenants [Algodoneros. Tres familias de arrendatarios], el manuscrito sin fecha que surgió tras el escrito de James Agee para Fortune en 1936, para perdurar entre los empobrecidos campesinos del Profundo Sur. Este fue el proyecto de revista que sentaría las bases para el libro de referencia de 1941, Let Us Now Praise Famous Men [Elogiemos ahora a hombres famosos] de Agee y Walker Evans; hacia el principio del manuscrito, Agee ofrece esta introducción a su estudio de cerca de las vidas que atraviesan una difícil situación a causa de un sistema de privación brutal:

“Una civilización que por cualquier motivo pone una vida humana en situación de desventaja –o una civilización que sólo puede existir por poner la vida humana en una situación de desventaja–, no es digna ni de nombre ni de continuidad. Y un ser humano cuya vida se nutre de un ventaja que ha acumulado desde la desventaja de otros seres humanos, y que prefiere que ésta permanezca como está, es un ser humano sólo por definición, teniendo mucho más en común con la chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros que habitan las profundidades del mar.

“Solo si consideramos que tales verdades son evidentes, e inevitables, y muy posiblemente más serias y con toda seguridad más inmediatas que cualquier otra, podemos dirigirnos a nuestra historia con total sinceridad, historia que es una breve reseña de lo que le ocurre a la humanidad, y de lo que la humanidad no puede de ninguna manera esencial escapar, en circunstancias algo desfavorables”.

Dicho de otro modo, de poco sirve lamentarse de la atrofia de nuestras instituciones sin una clara explicación de los valores que se supone que las estimulan. Si los desastres de nuestra reciente historia económica nos han enseñado algo es que la mayoría de los organismos institucionales de nuestra vida cotidiana son, en el mejor de los casos, siluetas vacías, y en el peor, depósitos llenos de supersticiones tóxicas y obsoletas.

El libro de Packer hace alusión a los más profundos males que se ocultan bajo su historia de declive económico corrosivo y las migraciones, pero nunca se decide a asumir la invocación moral que Agee sí hizo. En un momento dado, El desmoronamiento repara en la historia de Mike van Sickler, un serio periodista de investigación del St. Petersburg Times (ahora el Tampa Bay Times). A raíz del colapso hipotecario –que ocurrió en Florida mucho antes de 2008, y que parece que paralizará la economía del estado aún durante algún tiempo– Van Sickler había descubierto la historia de Sang-Min (Sonny) Kim, un especulador inmobiliario de Tampa que había defraudado, a través de una empresa fantasma, con la compra y venta de más de 100 propiedades en su mayoría abandonadas por toda la ciudad, y había sacado en limpio más de 4 millones de dólares en ganancias.

La historia de Van Sickler dio lugar a un mediático procesamiento de Kim, acusado de cargos de blanqueo de dinero y fraude, pero el reportero no quedó satisfecho. Se opuso a los tópicos complacientes sobre el colapso de las hipotecas que estaban contando otros importantes compañeros de profesión: “No sabemos por qué, simplemente nos volvimos muy avariciosos y todo el mundo quería tener una casa que no se podía permitir”, dice, resumiendo la idea que prevalece en los medios de comunicación. Van Sickler añade: “Creo que eso no es periodismo serio. Eso es una salida fácil para los políticos que quieren mirar hacia otro lado. No todos somos culpables de esto”.

Después de que Kim se declarara culpable, el fiscal de Estados Unidos para el Distrito Medio de Florida anunció que había más imputaciones a la vista, de peces mucho más gordos en la cadena alimenticia de las hipotecas. Nunca llegaron. “¿Dónde están los arrestos importantes?”, se pregunta Van Sickler. “¿Dónde están los banqueros, los abogados, los profesionales del sector inmobiliario?”. Packer termina la reflexión por él, con una frase que sus lectores ya saben bastante bien: “Kim era sólo una pieza de una cadena; ¿qué pasa con las instituciones?”.

Pero esa no era la pregunta que se estaba haciendo Van Sickler; las “instituciones” son abstracciones opacas para todo buen periodista de investigación. Van Sickler necesitaba saber los nombres de las personas concretas que se estaban beneficiando de esta locura particular de nuestra civilización. Por desgracia, no los va a encontrar en El desmoronamiento. Treinta años de declive americano, únicamente puede esperar a que los fiscales federales de Tampa los dejen al descubierto. Así no es de extrañar que a David Frum le guste el libro de Packer.

 Este artículo fue originalmente publicado el 30 de septiembre de 2013 en el semanario estadounidense The Nation.

 Chris Lehmann es periodista. Uno de los editores de la revista The Baffler y de bookforum, y colaborador de numerosos medios, como The Nation, es titulado en historia por la Universidad de Rochester y autor de Rich People Things: Real-Life Secrets of the Predator Class.




Traducción: Inés Guerrero Congregado
La ciudad de Detroit es quizás el gran ejemplo del desmoronamiento que define Packer.



George Packer delinea un retrato desolador sobre la caída del sueño americano

CARRETERAS TAN DESOLADAS COMO LAS CIUDADES FANTASMALES QUE CONECTAN Y ESQUELETOS DE INDUSTRIAS QUE EVOCAN UN PASADO PUJANTE Y PROMETEDOR, SON EL ESCENARIO DESPIADADO SOBRE EL QUE SE MONTA EL DESMORONAMIENTO, UNA CRÓNICA CORAL DEL PERIODISTA GEORGE PACKER QUE RETRATA EL DECLIVE DEL SUEÑO AMERICANO Y SUS CONSECUENCIAS SOBRE LAS ESTRUCTURAS ECONÓMICAS, MORALES Y CULTURALES DE LA SOCIEDAD ESTADOUNIDENSE.

"Nadie sabe cuándo comenzó a desmoronarse todo, cuando cedió el correaje que mantení­a a los estadounidenses unidos y a salvo, ciñéndolos con una fuerza a veces sofocante. Como ocurre siempre que se producen grandes cambios, la estructura empezó a resquebrajarse innumerables veces, de formas diversas. En un momento dado, el paí­s, siempre el mismo paí­s, cruzó una lí­nea y se convirtió en algo irrevocablemente distinto", escribe el periodista en los tramos iniciales de esta obra.

Packer describe los humores y las tensiones de una nación que desde hace cuatro décadas agudiza su proceso de descomposición en sintonía con el avance de una versión cada vez más salvaje del capitalismo: los nacidos después 1960, se han pasado casi toda su vida asistiendo al derrumbe de las fábricas, las granjas y al mismo tiempo de los valores morales que sostenían el "american way life".

El desmoronamiento, publicado por editorial Debate, narra los últimos treinta años de la historia de Estados Unidos a partir de un reparto coral encabezado por Dean Price, hijo de granjeros que trata de abrirse camino en la economí­a del sur rural y Tammy Thomas, una obrera en el cinturón industrial del paí­s que intenta sobrevivir al colapso de su ciudad.

Por el libro circulan también un representante del cí­rculo polí­tico de Washington que oscila entre el idealismo y el materialismo, y un magnate de Silicon Valley que cuestiona la importancia de las redes y construye una visión radical del futuro.

Estas criaturas anónimas comparten espacio con otras reales que le sirven a Packer para trazar un perfil de época -desde el político republicano Newt Gingrich, el diplomático Colin Powell y el rapero Jay-Z-, ensamblados en un collage multirreferencial que abarca menciones a portadas de periódicos, lemas publicitarios y letras de canciones que capturan la marcha de los acontecimientos. 

Packer escribe para The New Yorker y es autor de la obra La puerta de los asesinos, que obtuvo varios premios y fue elegida como uno de los diez mejores libros de 2005 por The New York Times Book Review, además de haber obtenido el prestigioso National Book Award de No Ficción en 2013. 

El autor desmonta los engranajes de la compleja maquinaria financiera estadounidense y pone el foco en la figura de Samuel Walton, el fundador de la cadena Walmart: "El paí­s no comprendió lo que habí­a hecho esa empresa. Con los años, Estados Unidos se habí­a ido pareciendo cada vez más a Walmart: un sitio barato donde los precios eran más bajos, y los salarios también. Habí­a menos puestos de trabajo en las fábricas protegidos por sindicatos, y más empleos a tiempo parcial como ayudante de tienda", explica.

La obra, a medio camino entre la novela y la crónica, remite al modelo de país ideado por Franklin Roosevelt en los años treinta "un modelo socialdemócrata en el que el Estado protegí­a y redistribuí­a"" y que empezó a cuestionarse en los 80 con Ronald Reagan.

En su mixtura de personajes desconocidos y figuras públicas, Packer recorre históricas contiendas polí­ticas -con eje en los vaivenes del Partido Demócrata durante los años ochenta-, revisa el rol desempeñado por movimientos como Occupy Wall Street o el Tea Party, disecciona la falta de escrúpulos que campea en el mundo de las finanzas y objeta los subsidios sociales bajo el argumento de que prolonga indefinidamente la pobreza y la torna estructural.

"De la noche a la mañana, a kilómetros de cualquier lugar, puede nacer un espléndido vecindario para luego desvanecerse igual de rápido. Las viejas ciudades pueden perder su tejido industrial y dos tercios de su población, mientras que sus pilares -iglesias, gobierno, empresas, organizaciones no gubernamentales, sindicatos- se hunden como castillos de naipes ante la tormenta, sin apenas hacer ruido", describe el libro.


Sin embargo, Packer deja con final ambiguo la hipótesis que plantea el desmoronamiento de Estados Unidos, aunque algunos tramos que aluden a la alta predisposición para la innovación y la capacidad de adaptación dejan entrever que finalmente la nación se reinventará y sorteará airosa las dificultades que irrumpan a futuro.


http://www.telam.com.ar/notas/201510/123255-george-packer-delinea-un-retrato-desolador-sobre-la-caida-del-sueno-americano.html

Corredores de Bolsa trabajan en el parqué bursátil de Nueva York EFE

Para ganar mucho dinero en Wall Street hay que entender un poco de matemáticas, saber mentir y ser un auténtico hijo de puta
Se estrena en España 'La Gran Apuesta', la película que relata por qué se hundió la economía de Estados Unidos en 2008 dando inicio a la Gran Recesión
Iker Armentia

20/01/2016 -

Para ganar mucho dinero en Wall Street hay que entender un poco de matemáticas, saber mentir y ser un auténtico hijo de puta. Esta regla de oro sobre el éxito en la cuna financiera de Estados Unidos se la reveló el bróker Kevin Moore al periodista George Packer en 'El Desmoronamiento'. “Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños”, explica. El elitismo cerrado sobre el conocimiento económico no es más que otra forma de impunidad.
El relato de Michael Lewis, otro exbróker metido a escritor, también es inquietante: “La predisposición de un banco de inversiones de Wall Street a pagarme cientos de miles de dólares por proporcionar asesoramiento de inversiones sigue siendo a día de hoy un misterio para mí”. Lewis cuenta que nunca había hecho un curso de contabilidad, que no tenía ningún conocimiento sobre acciones y bonos en la Bolsa. Y, sin embargo, no dejó de ganar pasta en Salomon Brothers. “¿Cuáles son las probabilidades de que la gente tome decisiones inteligentes sobre el dinero si resulta que no necesitan tomar decisiones inteligentes, si resulta que pueden enriquecerse tomando decisiones tontas?”, reflexiona Lewis.
Michael Lewis es el autor de 'La Gran Apuesta', el libro en el que se basa  la película que este viernes se estrena en España y que explica cómo un puñado de tipos descubrieron que la burbuja de hipotecas basura que regaba Wall Street de champán caro, bonus millonarios y 'jets' privados iba a saltar por los aires tarde o temprano. No eran activistas, sino brókers que apostaron a que todo se vendría abajo porque sabían que el sistema estaba corrompido por la falta de regulación y los chanchullos. Las hipotecas estaban podridas -y llegarían los impagos- por una forma de actuar que habían propiciado bancos de inversión, el Gobierno, agencias de calificación y promotores. Acertaron, el crac inmobiliario se cumplió y ganaron un montón de dinero.
Y empezó la Gran Recesión en la que estamos metidos ahora.
En Estados Unidos, como luego pasaría en España, las instituciones -es decir, los contribuyentes- inyectaron un buen chute de dinero público para que el sistema financiero se mantuviera a flote. Sí, Lehman Brothers y otros bancos quebraron pero, tal y como cuenta Michael Lewis, el Tesoro estadounidense regaló miles de millones de dólares a Citigroup, Morgan Stanley, Goldman Sachs y otros colegas más. Muchos siguieron haciéndose ricos como si aquello solo hubiera sido una pequeña gripe mientras millones de ciudadanos en todo el mundo se quedaban en la calle y sin trabajo. “En Wall Street la crisis se vivió como un bache en la autopista”, recuerda Kevin Moore.
La crisis arrancó en 2008 pero se había estado gestando durante mucho tiempo. Lewis sitúa el Big Bang en 1981 cuando Salomon Brothers pasó de ser una sociedad colectiva a cotizar en Bolsa, y el resto de entidades se apuntaron a la lluvia dorada de dólares. La otra fuerza que empujó hacia el desastre fue la desregulación. “El proceso consistente en deshacerse de las normas fue la exigencia principal del sector financiero del mundo angloamericano durante unos cuarenta años”, señala John Lanchester en 'Cómo hablar de dinero'. Y los bancos lo consiguieron, en la City y en Wall Street. Los políticos les dieron lo que pedían (entre otros, ese señor que parece tan enrollado llamado Bill Clinton). Por poner un ejemplo, en Estados Unidos hay una ley que prohíbe toda ley que regule algunos de los productos financieros más cuestionados. El sueño húmedo de todo banquero hecho realidad.
La codicia y un reguero de decisiones políticas a favor de los banqueros fueron la bomba de hidrógeno de la crisis.
En 'La Gran Apuesta' hay una escena en la que dos corredores de hipotecas de Florida está desvelando sus trapicheos a dos brokers llegados de Nueva York, y uno de los brokers le pregunta al otro:
-¿Por qué están confesando?
-No están confesando. Están fanfarroneando -le responden.
Y da la impresión de que, todavía hoy, los causantes de la Gran Recesión siguen fanfarroneando.



http://www.eldiario.es/norte/almargen/canallas-Wall-Street-siguen-fanfarroneando_6_475662450.html
Portada
La revolución de la riqueza
Alvin Toffler y Heidi Toffler

Traducción de Julià de Jòdar. Debate.2006. 651 páginas, 29’90 euros

BERNABÉ SARABIA | 21/09/2006 

Hegeliano y marxista de formación, Alvin Toffler es en la actualidad, junto con su mujer Heidi, profesor en la National Defense University de Washington. Ambos dirigen una empresa de consultoría, Toffler Associates (toffler.com), que desde hace muchos años asesora a empresas y gobiernos de todo el mundo interesados en la prospectiva y en la influencia de las nuevas tecnologías sobre el desarrollo económico y social.

No deja de ser curiosa la transformación del joven estudiante de izquierdas de la Universidad de Nueva York en el famoso y reputado senior adviser actual, alineado con la política de seguridad desplegada desde Washington por la administración norteamericana. En cierto modo, sólo en cierto modo, recuerda el cambio experimentado por Zyg-munt Bauman, que también partió de Hegel y Marx y ahora explica el mundo desde una posición crítica pero con una carga de complejidad y ambivalencia que no cabe en los viejos maestros alemanes.

Bauman (Poznan, 1925) y Toffler (Nueva York, 1928) coinciden en sus lúcidos análisis del vertiginoso cambio que mueve el mundo actual. Bauman desde su teoría de la sociedad líquida, Toffler desde su larga reflexión sobre la tercera ola. Atentos en sus textos a la transformación de los lazos afectivos y de corresponsabilidad que están teniendo lugar en la vida familiar y amorosa. Transformación que a ellos dos, hombres de una mujer, esposa y compañera de trabajo para toda la vida, les inquieta por sus amplias e inciertas repercusiones individuales y sociales y les sirve de metáfora para advertir que el acelerado cambio actual puede convertirse en un despeñadero.

La revolución de la riqueza es un texto largo y denso del que es difícil afirmar si es más interesante su análisis del pasado o su predicción del futuro. Tanto lo uno como lo otro prenden al lector a páginas implacables que sin duda han de molestar a derecha e izquierda, a ricos y pobres, a creyentes y agnósticos. En todo caso es un libro encadenado a la obra anterior de los Toffler que, como se recordará, saltaron a la fama mundial en 1970 cuando publicaron El shock del futuro (1971), el primer libro de una trilogía que se completó con La tercera ola (1980) y El cambio de poder (1990). En 1993 publicaron War and Anti-War, traducido un año después al español como Las guerras del futuro, obra en la que anticipan el papel de la comunicación en guerras tan características del siglo XXI como las de Afganistán, Iraq o la última de Líbano.

Los cincuenta capítulos que articulan esta obra comienzan por señalar que la revolución de la riqueza no es otra cosa que una fuente de oportunidades para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la Tierra. “La riqueza tiene futuro”, afirman los Toffler, a condición, eso sí, de conocer su génesis y sus fundamentos. El dinero y el bienestar se han producido según los autores a lo largo de tres grandes periodos de cambio. La Primera Ola llegó con la invención, seguramente a cargo de una mujer, de la agricultura. La tribu nómada aprendió a cultivar y aparecieron sobre la Tierra los primeros granjeros. Nace entonces el concepto de trabajo y se inicia un lento aumento de la población dedicada al trabajo manual en un medio rural.

La segunda y gigantesca oleada es la consecuencia de la transformación de las sociedades agrarias en comunidades urbanas e industriales. Dicho cambio aparece según los Toffler hacia 1650. El surgimiento de la Revolución Industrial trae a la historia la estandarización, la especialización, el centralismo y la producción a una escala cuanto mayor mejor. En opinión de los autores, si todos esos ingredientes se ponen sobre la mesa lo que se consigue es burocracia, burocracia piramidal. Hace ya más de trescientos años la revolución científico técnica no sólo cambia la forma de producir bienes, dinero, sino también la organización del mundo y, como se señala en estas páginas, la producción manual es desplazada por la producción en serie. En esta Segunda Ola se expande una cultura en la que la figura del productor queda separada de la del consumidor. Es la ola de la sincronía.

La Tercera Ola comienza según los Toffler a finales de los años 50 del siglo XX con el comienzo de la carrera espacial. Su consecuencia es un cambio que trae una sociedad postindustrial en la que las grandes, inmensas compañías, perciben que la Sociedad de la Información está transformando sus potenciales clientes y que no sólo se está hablando de nuevas tecnologías, hay algo más. De lo que se trata es del paso de la industria al conocimiento. Ya en el ecuador de este volumen los autores desgranan las características, y las consecuencias, del conocimiento en los albores del siglo XXI.

Uno de los efectos más característicos de la sociedad del conocimiento es la aparición del prosumo. éste no es sino “una enorme economía oculta, en la que se produce una gran cantidad de economía no detectada, no calculada y no remunerada. Es la economía prosumidora no monetaria”. El término prosumidor lo acuñaron los Toffler en La tercera ola para designar a todo aquel que crea recursos, bienes de todo tipo, servicios o experiencias para su propio disfrute o para ayudar a los demás. Quien haya tenido un ser querido en un hospital sabe bien lo que es un prosumidor, en todas aquellas ocasiones que se ha ocupado de su enfermo. Un prosumidor, con gran frecuencia una mujer, crea riqueza y en el futuro está destinado a ser un elemento crucial en la sociedad propiciada por la revolución de la riqueza.

La decadencia de las sociedades industriales es imparable en Occidente, tal como argumentan los Toffler en la última parte de este volumen. El nuevo sistema de riqueza emergente no se puede entender en el marco de la economía convencional. El conocimiento es la nueva clave del desarrollo personal y social y dicha clave implica un nuevo concepto del espacio y del tiempo. El prosumidor tendrá, gracias a los avances científicos, nuevas herramientas a su disposición y eso aumentará su productividad. Por otro lado, los combustibles fósiles quedarán substituidos por nuevas energías. Entre ellas los Toffler señalan el helio-3, abundante en la Luna.
Se cierra este volumen con una apuesta por la desaparición de la sociedad de masas. En el mundo de la sociedad opulenta que dibujan los Toffler las economías de conocimiento intensivo permitirían transformar a los trabajadores en creativos de clase media capaces de desarrollar sus iniciativas y perfilar sus actividades preferidas.

Es evidente que La revolución de la riqueza es un magnífico ejercicio de análisis histórico y de la sociedad actual. Documentado y brillante, evidencia una capacidad de observación excepcional. Sin embargo los Toffler parecen tener un punto ciego inmenso en sus retinas porque son incapaces de percibir todo aquello que se relaciona con las consecuencias del cambio para la vida de las personas. Tampoco entran en cuestiones éticas que en el terreno de la biología, la genética y las ciencias de la salud tienen una trascendencia innegable. Al mismo tiempo, el optimismo de los Toffler en torno al papel de la razón y de la ciencia puede parecer excesivo o voluntarista. No obstante, y aunque como ya se ha escrito la periodización de la historia en tres grandes olas o sistemas de producción parece un tanto rígida, lo cierto es que los Toffler no pretenden la finura académica, lo suyo es trazar grandes panoramas, dibujar a grandes trazos el futuro. Y eso, aunque sea con la brocha gorda, lo hacen muy bien aunque molesten a veces.
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Alvin y Heidi Toffler

Heidi Toffler & Cía


Nacidos en Nueva York (él en 1928, ella en el 29), los Toffler se conocieron en la Universidad de Nueva York, donde él se doctoró en letras, leyes y ciencia. Como buen radical, en los 50 trabajó como obrero en una fábrica de automóviles y en una fundición de acero. Más tarde se inició en el periodismo como corresponsal en el Congreso y en la Casa Blanca de un diario de Pennsylvania, para formar parte años más tarde de la redacción de la revista “Fortune”.



Profesor visitante de la Russell Sage Foundation y de la Cornell University, en los años noventa reivindica la importancia en la sombra de su mujer, Heidi, como coautora de sus libros más populares: La tercera ola, El schock del futuro y El cambio del poder. A partir de entonces, los Toffler siempre firman de manera conjunta sus libros, ya sea Las guerra del futuro, La creación de una nueva civilización: la política de la tercera ola o La revolución de la riqueza. Más aún: ella desempeña un papel esencial en el The 20th Century: Yesterday's Tomorrows (1999), un documental de Barry Levinson en el que el matrimonio analiza como como será la vida en el siglo XXI teniendo en cuenta cómo los sueños de prosperidad tecnológica de comienzos del siglo XX desembocaron en el terror nuclear.




La importancia de Heidi Toffler no acaba aquí: juntos crearon el Instituto Toffler (Toffler Associates), una compañía de consultoría que trabaja para empresas y gobiernos de todo el mundo. Según su propia definición, el Instituto Toffler asesora a “clientes a quienes les interesa comprender el futuro y preparar a sus empresas para que sean eficientes en un mercado y sociedad definidos por la cada vez más cercana economía de la tercera ola del futuro”. Sus clientes son, insisten, líderes y planificadores empresariales, así como ejecutivos clave y funcionarios de entidades gubernamentales, encargados de la toma de decisiones.


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Alvin Toffler

La Revolución de la Riqueza



El siguiente documento presenta un resumen del libro "La Revolución de la Riqueza" de Alvin y Heide Toffler.


Desde la publicación de los grandes éxitos internacionales La tercera ola y El shock del futuro, Alvin y Heidi Toffler se erigieron como referentes fundamentales a la hora de reflexionar sobre el futuro y acertar con las claves que rigen el desarrollo de la sociedad por su agudeza, imaginación y capacidad de análisis. Lúcidos pero optimistas, porque predicar pesimismo es uno de los modos más fáciles de disfrazarse de sabio, con La revolución de la riqueza han logrado un libro de actualidad y análisis que nos invita a reflexionar sobre el mundo que nos rodea y los cambios que se avecinan.


Esta obra, fruto de años de trabajo, habla del futuro de la riqueza visible e invisible, una forma revolucionaria de riqueza que redefinirá nuestras vidas, nuestras empresas y el mundo, que se nos echa encima a toda prisa. Para explicar lo que esto significa, analizaremos de mano de los Toffler desde la vida familiar y los empleos hasta las urgencias del tiempo y la creciente complejidad de la vida cotidiana, y nos enfrentaremos a las nuevas profesiones, los oficios obsoletos, los mercados y el dinero. El resultado arroja una luz sorprendente sobre la colisión entre el cambio y la continuidad en el mundo y en nuestro propio interior.


La revolución actual de la riqueza abrirá incontables oportunidades y nuevas trayectorias de vida no solo para los empresarios tradicionales, sino también para los empresarios sociales, culturales y de la educación. Creará nuevas oportunidades para atacar la pobreza tanto en el interior de cada país como a escala mundial. Pero esta invitación a un futuro brillante irá acompañada de una advertencia: no es que los riesgos se estén multiplicando, sino que ya dan vértigo debido a su velocidad.


Periodista, profesor e investigador de talla mundial, Alvin Toffler (Nueva York, 1928) estudió letras en la Universidad de Nueva York donde se doctoró en letras, leyes y ciencias y conoció a su mujer, Heidi (Nueva York, 1929), incansable compañera intelectual. Como estudiantes radicales, decidieron renunciar a la vida académica y pasaron cinco años trabajando en distintas fábricas del medio oeste estadounidense. Las lecciones que allí aprendieron fueron fundamentales para su futura carrera como estudiosos de las tecnologías y los nuevos medios y sus efectos sociales. Desde la publicación de El shock del futuro (Plaza & Janés, Barcelona, 1971), sus obras han revolucionado cómo pensamos la sociedad contemporánea y sus cambios. Han recibido el reconocimiento académico de numerosas universidades e instituciones, como la New School for Social Research de Nueva York, el International Institute for Strategic Studies y la American Association for the Advancement of Science, además de varios doctorados honoris causa, y el nombramiento de Alvin como oficial de la Orden de las Artes y Letras de Francia. En lengua española se han publicado, además, La tercera ola (Plaza & Janés, Barcelona, 1983) y El cambio del poder (Plaza & Janés, Barcelona, 1990). En 1996 fundaron Toffler Associates, una consultora internacional que trabaja con líderes políticos, países, empresas y ONG del mundo entero.


La revolución de la riqueza es un texto largo y denso del que es difícil afirmar si es más interesante su análisis del pasado o su predicción del futuro. Tanto lo uno como lo otro prenden al lector a páginas implacables que sin duda han de molestar a derecha e izquierda, a ricos y pobres, a creyentes y agnósticos. En todo caso es un libro encadenado a la obra anterior de los Toffler que, como se recordará, saltaron a la fama mundial en 1970 cuando publicaron El shock del futuro (1971), el primer libro de una trilogía que se completó con La tercera ola (1980) y El cambio de poder (1990). En 1993 publicaron War and Anti-War, traducido un año después al español como Las guerras del futuro, obra en la que anticipan el papel de la comunicación en guerras tan características del siglo XXI como las de Afganistán, Iraq o la última de Líbano.
Los cincuenta capítulos que articulan esta obra comienzan por señalar que la revolución de la riqueza no es otra cosa que una fuente de oportunidades para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la Tierra. "La riqueza tiene futuro", afirman los Toffler, a condición, eso sí, de conocer su génesis y sus fundamentos. El dinero y el bienestar se han producido según los autores a lo largo de tres grandes periodos de cambio.


El punto principal es la riqueza; que no necesariamente significa dinero, sino el bienestar de las personas. La riqueza ha ido evolucionando constantemente y ahora se encuentra en una nueva variación. Los autores del texto intentan expandir la visión del lector a través de sucesos reales que están ocurriendo alrededor del mundo.


Existieron algunas “olas” que cambiaron a la humanidad, que podemos describir a continuación:
La Primera Ola llegó con la invención, de la agricultura. La tribu nómada aprendió a cultivar y aparecieron sobre la Tierra los primeros granjeros. Nace entonces el concepto de trabajo y se inicia un lento aumento de la población dedicada al trabajo manual en un medio rural.

La segunda y gigantesca oleada es la consecuencia de la transformación de las sociedades agrarias en comunidades urbanas e industriales. Dicho cambio aparece según los Toffler hacia 1650. El surgimiento de la Revolución Industrial trae a la historia la estandarización, la especialización, el centralismo y la producción a una escala cuanto mayor mejor con esfuerzo físico y contaminación al mundo. En opinión de los autores, si todos esos ingredientes se ponen sobre la mesa lo que se consigue es burocracia. Hace ya más de trescientos años la revolución científico técnica no sólo cambia la forma de producir bienes, dinero, sino también la organización del mundo y, como se señala en estas páginas, la producción manual es desplazada por la producción en serie. En esta Segunda Ola se expande una cultura en la que la figura del productor queda separada de la del consumidor. Es la ola de la sincronía.

Después llegó la tercera ola, conocida como el Conocimiento; este último todavía no ha mostrado todo su potencial. Esta ola promete mejorar la calidad de vida de las personas, enfocarse en la personalización de servicios y seguir incrementándose día a día, sin tener que preocuparse de que se agoté. Al ser intangible, en cuanto mayor sea su uso más rica se vuelve.
La Tercera Ola comienza según los Toffler a finales de los años 50 del siglo XX con el comienzo de la carrera espacial. Su consecuencia es un cambio que trae una sociedad postindustrial en la que las grandes, inmensas compañías, perciben que la Sociedad de la Información está transformando sus potenciales clientes y que no sólo se está hablando de nuevas tecnologías, hay algo más. De lo que se trata es del paso de la industria al conocimiento. Al medio de este volumen los autores desgranan las características, y las consecuencias, del conocimiento en los albores del siglo XXI.

El autor hace énfasis en los cambios de los fundamentos profundos, que son: Tiempo, Espacio y Conocimiento.


Al hablar del tiempo, se puede evidenciar que existen muchos choques de velocidades, esto genera que no todos estemos sincronizados. Existen líderes y rezagados, un aspecto preocupante es el tiempo de ejecución de empresas privadas contra instituciones públicas; cada vez la brecha es mayor y esto puede producir un quebrantamiento en el sistema de seguir así.
El hecho de mejorar la sincronización entre personas, empresas, acciones; va a permitir una aceleración mayor aún a la existente y consecuentemente mayor productividad.
La aceleración se puede notar en todo campo, desde mensajes electrónicos que utilizan códigos pequeños hasta la manera como las personas llegan a conocerse. Los horarios fijos de trabajo de la era industrial desaparecerán paulatinamente.


Al pensar sobre el espacio, se puede pensar en el Internet como la herramienta principal que ha permitido a las personas romper cualquier frontera. Este ha sido una ventaja y desventaja para otros; ya que al estar en una era de conocimiento, se puede utilizar la fuerza laboral a nivel mundial que resulte más conveniente para el empresario.
Los países también han crecido, las personas no buscan solamente ciudades grandes para vivir ahora, sino lugares donde ellos puedan tener mejores niveles de vida, su trabajo puede ser hecho desde su casa y atender a clientes que estén muy distantes. A pesar de la existencia del Internet las personas todavía siguen transportándose a través de miles de kilómetros con distintos fines.
Otros países se han dedicado a exportar en su mayoría bienes al mundo; pero a la vez han descuidado a su mercado local y recursos naturales. De seguir así se podría producir situaciones difíciles para toda la humanidad, el autor hace referencia a escenarios Mad Max.
Tecnología que una vez fue desarrollado para Nasa ahora puede ser utilizada para cuidados médicos; combinaciones de productos existentes puede crear riquezas mayores.
El conocimiento es una ventaja que hace algunos años no era muy apreciada; el hecho de ser intangible hacía difícil su medición. Ahora el mundo se ha dado cuenta de lo importante que es el conocimiento y se está haciendo mayores esfuerzos en mejorarla. Algunos países han destinado mayores presupuestos a Investigación y Desarrollo; a fin de crear mejores procesos, productos, etc. Aquellos que se dedican a la producción masiva siempre necesitaran un diseño original que venga del conocimiento primero.


Un factor interesante es que a pesar de estar constantemente expuestos a información; mucho de lo que sabemos hoy es realmente conocimiento obsoleto.
A fin de tener filtros de información, generalmente buscamos un fundamento que valide los datos; estos pueden ser: consenso, consistencia, autoridad, revelación, durabilidad y ciencia. Claro está que muchas veces las personas también son manipuladas con estos filtros.

Uno de los efectos más característicos de la sociedad del conocimiento es la aparición del prosumo. Éste no es sino "una enorme economía oculta, en la que se produce una gran cantidad de economía no detectada, no calculada y no remunerada. Es la economía prosumidora no monetaria". El término prosumidor lo crearon los Toffler en La tercera ola para designar a todo aquel que crea recursos, bienes de todo tipo, servicios o experiencias para su propio disfrute o para ayudar a los demás. Quien hayan creado y utilizado un bien por si mismo saben bien lo que es un prosumidor, en todas aquellas ocasiones que se ha ocupado arreglar un problema por sí mismo. Un prosumidor, con gran frecuencia crea riqueza y en el futuro está destinado a ser un elemento crucial en la sociedad propiciada por la revolución de la riqueza.

La economía no toma en cuenta en sus estimaciones de PIB mucho del trabajo que se realiza a modo “prosumo”; es decir que la misma persona es productora y consumidora a la vez. El “prosumismo” viene de la necesidad de las personas de innovar, muchos de los productos finales pueden ser comercializados después. Al existir mayores niveles de conocimiento los usuarios finales son más listos y creativos.


Es común encontrar en el mercado muchos productos “Hágalo usted mismo”; estos estimulan a los prosumidores. Desde el campo de la salud hasta hobbies. Al ser un prosumidor generalmente no estamos siendo remunerados por dicho trabajo; estos son “almuerzos gratuitos” que tiene la sociedad. Inclusive se dice en el texto que hacemos el trabajo de las escuelas al educar a nuestros hijos en el hogar.

Todos estos cambios constantes están afectando a la humanidad, se puede notar una pérdida de valores y orientación. Las personas están buscando donde refugiarse y aceptación de la sociedad tomando en cuenta sus diferentes puntos de vista y diversidad.

Hay otras personas que están “soñando” con su retiro y no están muy consientes de que las instituciones que las financian están cerca de una implosión.
Inclusive se puede notar una falta de sincronización en instituciones tan críticas como el FBI; que muchas veces manejadas por personas cerradas ante el cambio, producen tragedias irremediables.


Un pensamiento diferente es preguntarse si el Capitalismo tendrá futuro o no. El capitalismo necesita la oferta y la demanda; conjuntamente con el juego de precios que viene implicado por ellos debido a la escasez. Pero en una sociedad de conocimiento, la sabiduría es infinita, no se termina y no es escaza.


También el autor hace referencia a un “Impuesto Oculto” que todos pagamos por el uso del dinero. Se dice que la moneda y papel irán desapareciendo paulatinamente. Y que el trueque o canje se está utilizando todavía.
Los niveles de pobreza actuales comparados con los existentes hace siglos es menor; sociedades pobres han ido desarrollándose día a día como es el caso de India y China, los cuales tienen una visión futurista.


India está dedicada a la tecnología en todo sector, inclusive se habla de semillas transgénicas, que podrán ser cultivadas en distintas zonas y ser resistentes al clima. Estas semillas inclusive pueden tener vacunas para enfermedades dentro de ellas; todo en fin de mejorar los niveles de vida de las personas.


En China y Japón se está dando un montaje o choque de olas, esto produce miedo a las personas de la primera y segunda ola; porque ven que su trabajo cada vez es menos remunerado y más automatizado. Estos choques llevan a conflictos mayores.


Europa avanza muy lentamente, el autor dice que las instituciones europeas son demasiadas socialistas y burócratas; esto no permitirá su pleno desarrollo.


Mientras que en Estados Unidos su sistema educativo escolar y colegial, no es el apropiado para generaciones de conocimiento; sino que aún están preparando personas para la era industrial, sin estimular su innovación. Pero que si existen empresas que están haciendo esfuerzos y experimentando con el conocimiento.


La decadencia de las sociedades industriales es imparable en Occidente, tal como argumentan los Toffler en la última parte de este volumen. El nuevo sistema de riqueza emergente no se puede entender en el marco de la economía convencional. El conocimiento es la nueva clave del desarrollo personal y social y dicha clave implica un nuevo concepto del espacio y del tiempo. El prosumidor tendrá, gracias a los avances científicos, nuevas herramientas a su disposición y eso aumentará su productividad. Por otro lado, los combustibles fósiles quedarán substituidos por nuevas energías.


Se cierra este volumen con una apuesta por la desaparición de la sociedad de masas. En el mundo de la sociedad opulenta que dibujan los Toffler las economías de conocimiento intensivo permitirían transformar a los trabajadores en creativos de clase media capaces de desarrollar sus iniciativas y perfilar sus actividades preferidas.
Se debe tomar en cuenta como la religión está incrementando, debiéndose posiblemente a como se sienten las personas en ambientes que están perdiendo sus valores.
Todos estos cambios han sucedido en años recientes, es muy posible que en el futuro las personas se vuelvan más prosumidores y se crean nuevas esperanzas para mejorar la riqueza humana.

Es evidente que La revolución de la riqueza es un magnífico ejercicio de análisis histórico y de la sociedad actual. Documentado y brillante, evidencia una capacidad de observación excepcional.


Comentarios


Este libro tiene varios puntos de vista interesantes, se considera hechos pasados y posibles escenarios futuros que tendrá la humanidad.


Fue útil esta lectura ya que permite expandir los horizontes del pensamiento y a la vez identificar y tomar acciones que podrán convertirse en ventajas competitivas en nuevos mercados.


Se puede entender que el futuro de la humanidad está muy relacionado con los fundamentos profundos (tiempo, espacio, conocimiento). Además de la tendencia al prosumismo, servicios cada vez más personalizados y flexibles. La riqueza se creará al combinar ideas que aparentemente no serían apropiadas.
http://larevoluciondelariqueza.blogspot.com/

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Resumen "La Revolución de la Riqueza"

Les dejo un pequeño ensayo que realicé yo mismo para mi master en Administración


LA REVOLUCIÓN DE LA RIQUEZA
Alvin y Heidi Toffler.

El libro la Revolución de la Riqueza está basado principalmente en la riqueza, no como la conciben los economistas, sino como generadora de bienestar a los seres humanos. Dicha riqueza ha ido evolucionando y es de este modo que los autores han clasificado las fuentes de riqueza en tres olas que han ido cambiando en el tiempo a la humanidad.
La primera ola apareció con la agricultura, donde se crearon los primeros excedentes de producción, ya no solo se esperaba a que la tierra hiciera “lo suyo” sino que se propiciaba, mediante el riego de semillas, el nacimiento de nuevos cultivos y nace de este modo la comunidad agraria.
La segunda ola surgió como consecuencia de una profunda transformación de la sociedad agraria en comunidades industriales, esto se dio a mediados del siglo XVII y se caracteriza por la producción a gran escala sin importar el daño que se haga al medio ambiente ya que trajo consigo el colonialismo y las guerras. Esta ola cambió drásticamente la forma de producir bienes y la acumulación de riqueza. Y además queda bien diferenciado el rol que juega el productor del que juega el consumidor.
La tercera y actual ola es la del conocimiento. Se diferencia por ser una ola de producción intangible, que recién ahora ha empezado a mostrar todo su potencial. Por su característica de ser intangible, entre mayor sea su uso más rica se hará. Esta ola surge con la carrera espacial a mediados del siglo anterior. Mientras la segunda ola masificó la producción, la tercera ola desmasifica la producción, los mercados y la sociedad.
Se hace especial énfasis y se dedica un amplio espacio a los cambios en: tiempo, espacio y conocimiento.
Tiempo: existe una desincronización de las empresas y en el momento que se sincronicen se producirá una mayor aceleración y consecuentemente mayor productividad. En cuanto al tiempo y la generación de riqueza se está llevando a cabo la transformación más radical jamás conocida.
Espacio: con el internet y las redes sociales se ha eliminado el factor espacio y ya las personas no se preocupan tanto por buscar grandes ciudades para vivir y trabajar ya que su trabajo puede ser desarrollado desde su casa. Recién ahora los países le están dando al conocimiento la importancia que se merece y han dedicado un buen porcentaje de su presupuesto para inversión en investigación, desarrollo e innovación a fin de mejorar y hacer más eficientes los procesos productivos.
Uno de los efectos más característicos de la sociedad del conocimiento es la aparición del prosumo. Éste no es sino "una enorme economía oculta, en la que se produce una gran cantidad de economía no detectada, no calculada y no remunerada. Es la economía prosumidora no monetaria". Este término fue acuñado por los autores en su libro antecesor “La tercera ola” para designar aquella economía donde el productor y consumidor son el mismo, esto es, todos aquellos bienes y servicios que la persona realiza para su propio beneficio o disfrute y que sería casi imposible contabilizar en las cuentas del producto interno bruto de cualquier país y dada su difícil contabilización y el desinterés que los economistas o los entes gubernamentales han dado a la economía prosumidora, los autores dicen que al PIB debería llamársele “producto impresionantemente bruto”.
Cada vez los sistemas se han vuelto más y más complejos, ya lo dijo Bill Gates “la complejidad aumenta astronómicamente”. Se supone que los ordenadores han de ayudarnos a enfrentarnos con la complejidad, pero el software, según la Technology Review del MIT, “han sobrepasado nuestra capacidad para comprenderlo”.
Siempre se ha definido la propiedad como “una o varias cosas que pertenecen a alguien” pero la revolución informática ha hecho que se modifique su definición ya que los intangibles han adquirido una importancia preponderante en las empresas al llegar inclusive a superar el componente tangible. El capitalismo se ve amenazado debido a lo inagotable de los productos del conocimiento en donde canciones que recién salen al mercado son pirateadas instantáneamente o inclusive antes de que el artista lo saquen al mercado, lo mismo pasa con películas, programas y hasta fórmulas de medicamentos que son pirateados por empresas que no han invertido ni tiempo, ni un solo peso en su investigación y desarrollo. Los abogados de los creadores han tratado de defender a sus clientes con argumentos de la segunda ola pero todo ha sido en vano.
Todo el boom de la tecnología ha hecho que se democraticen las inversiones y por tanto los capitales, pues ya no son exclusivas de corredores o expertos economistas. Y toda esta revolución del capital y la estructura financiera traen consigo efectos secundarios que están esperando para emerger y que pueden ser tanto buenos como malos.
Se prevé la desaparición del dinero y muy probablemente del capitalismo, según los autores antes del año 2300, debido a las nuevas y revolucionarias formas de pagar y cobrar y nuevas oportunidades de hacer negocios que no usarán dinero en absoluto.
La pregunta es si el capitalismo seguirá siendo capitalismo con todos los cambios que la tercera ola está haciendo sobre la industrialización y que se está difundiendo en todas las esferas.
Algunas empresas se saltan algunos pasos con el fin de lograr simultaneidad en los procesos, y es precisamente esto lo que están logrando China y la India, que no se conforman con terminar la segunda ola o de industrialización, sino que están pasando en forma paralela al de la tecnología y de este modo están logrando el mayor experimento de reducción de pobreza que se haya realizado en la historia.
El fenómeno chino empezó después de que Deng Xiaoping liberara a China del anticapitalismo y por consiguiente ha centrado toda su capacidad en desarrollar una economía de conocimiento intensivo, tratando de evitar las etapas tradicionales de la industrialización. Y lo está logrando, al convertirse en unos pocos años en una superpotencia biotécnica.
Con relación a India puede decirse que ha despertado gracias a la economía del conocimiento de, como lo llaman los autores, más de medio siglo de sueño poscolonial, que ha ayudado a sacar de la pobreza a más de cien millones de indios.
Estados Unidos solo está preparado a nivel de empresas, porque en las escuelas y colegios se sigue preparando a los estudiantes para la era industrial y no para la generación del conocimiento, mientras que Europa avanza a un ritmo muy lento porque según los esposos Toffler está compuesta por instituciones demasiado socialistas y burócratas.
Con todos estos cambios revolucionarios en los usos del espacio, el tiempo y el conocimiento se están desplegando un acontecimiento histórico y además inesperado y es el resurgimiento del prosumo. El prosumo podría ser la solución a problemas tales como el desempleo ya que en una economía de conocimiento el problema es más cualitativo que cuantitativo, esto es, que si el problema es un desempleo de un millón de personas, éste no se soluciona empleando un millón de personas sino capacitando y dando la formación específica exigida por el nuevo mercado de trabajo. Y esta formación debe ser continua porque los avances tecnológicos así lo exigen, o sea, que el reciclaje de mano de obra no será como en otros tiempos, debe ser estructurada y capacitada.
Al final del libro La Revolución de la Riqueza se habla de temas varios tales como problemas de calentamiento global y las implicaciones que tiene el hecho del resurgimiento de Asia en general, ya que demandan mucha más energía. Los combustibles fósiles se “cree seguirán relativamente bajos” y según Matthew R. Simmons, “muchos de los grandes campos petrolíferos están en grave declive”, aún así los autores no creen que a muy corto plazo las energías alternativas sustituyan las fuentes fósiles a menos que se pongan en práctica políticas gubernamentales para reducir emisiones de gases.

Y para concluir, desde que los esposos Alviny Heidi Toffel publicaron los exitosos y leídos libros “La tercera Hola” y “el shock del Futuro” se instituyen como importantes referentes al momento de discernir y discutir sobre el devenir económico, social y cultural de la humanidad pero, con cada palabra, con cada párrafo y con la totalidad de “La revolución de la riqueza” invitan los autores a reflexionar sobre los grandes cambios en tecnología y sobre las comunicaciones y comercialización entre todos los países y culturas del mundo, marcados por mercados integrados, dinámicos, cambiantes y superpoblados, donde las empresas deben ser ejes de innovación, desarrollo y modernización como contraste al proteccionismo de todos los gobiernos burocratizados.

http://www.taringa.net/posts/economia-negocios/8988011/Resumen-La-Revolucion-de-la-Riqueza.html

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Portada

Alvin Toffler y Heidi Toffler (2006),
La revolución de la riqueza.
México,
Debate,
651 pp.
La riqueza no disfruta de la presunción de inocencia.
Sin embargo, la riqueza es neutra en sí misma y,
por tanto, en estas páginas, será inocente
mientras no se pruebe su culpabilidad.
Lo que importa es quién la tiene y quién no
y a qué propósitos sirve.
ALVIN y HEIDI TOFFLER

En la actualidad, el sistema capitalista transita por la fase de la globalización,
en gran parte sustentada en la llamada nueva economía, y es muy común
escuchar sobre los cambios que desde hace algunas décadas se han venido
presentando de manera acelerada en las economías y empresas, el comercio,
sociedad y cultura, en los jóvenes, la educación, los valores, la religión y en
la política, como corolario de las innovaciones en la tecnología de las comunicaciones
y la información.
Al respecto, los futurólogos Alvin y Heidi Toffler los observan, y describen
de la manera siguiente: el paso del trabajo asalariado a la cartera de trabajo
y el autoempleo; de un prosumo artesano a otro basado en la tecnología;
del valor asignado a máquinas y materias primas al cimentado en las ideas,
imágenes, símbolos y modelos; el crecimiento de las economías sustentado
cada vez con mayor fuerza en datos, información y conocimiento; y en relación
a éstos, se plantean, entre muchos otros, los interrogantes siguientes:
¿en qué medida se verá afectado el capitalismo actual?, ¿hacia dónde se dirige?,
¿será un capitalismo lo que quede de todo ello?
Los autores responden a las preguntas con la obra La revolución de la riqueza,
que trabajaron durante 12 años, y ofrece una sucesión de hechos en el
mundo. Ejemplifican con claridad cómo se van presentando todos estos fenó-
menos, y dan una explicación sobre el origen y consecuencias de dichos
acontecimientos.
La tesis central sobre el cambio histórico, que está transformando al
hombre, y a la vez cimienta una civilización nueva, cuya génesis fue en
Estados Unidos, —los autores comentan ampliamente la crisis económica,
política y social de dicho país—, es la forma de concebir, de crear la riqueza,
acorde a la alteración de lo que designan como los fundamentos profundos:
tiempo, espacio y conocimiento, que han regido la actividad económica,
política y social de la humanidad, desde la época de los cazadores-recolectores
hasta nuestros días. Sin el análisis de los factores mencionados y su
integración al conocimiento, es imposible entender dichas tendencias. El
tiempo toma unidades de medida nuevas, como el nanosegundo, picos y
femtos; en el espacio las distancias son cada vez más cortas y el conocimiento
es ahora lo que define las ideas y con ello la creación de riqueza,
lo cual no implica que antes no formara parte de la producción de ella,
sino que en la actualidad es determinante.
En el transcurso de la historia de la humanidad, según los autores, se han
presentado tres grandes sistemas de creación de riqueza: a) la primera ola,
fundamentado en hacer crecer cosas; b) el segundo, en fabricar cosas y c) el
tercero basado en el conocimiento, es decir, en pensar, saber, experimentar y
servir. Ellos desarrollan ampliamente los tres sistemas de producción de
riqueza y los cambios que se generan en torno a éstos, en el conocimiento,
tiempo y espacio, pilares de las transformaciones subsecuentes.
Para explicarnos esto, estructuran su trabajo en diez capítulos. En el primero
conceptualizan la revolución de la riqueza. En el segundo trabajan los
fundamentos profundos y en el tercero, cuarto y quinto los despliegan. En
el sexto comentan el prosumo, es decir, todas las actividades que se realizan
cotidianamente sobre las cuales no se recibe un salario y que van modificando
a la economía monetaria. En el siguiente abordan la trayectoria de decadencia
del sistema capitalista actual y sus particularidades nuevas, y en el octavo 
proyectan su futuro posible y el noveno lo dedican a tratar el aumento
en la pobreza mundial, como resultado de los cambios globales. Por último,
en el décimo narran la situación por la que transitan Estados Unidos,
China, Japón y Europa.
Exponen, por un lado, la forma de obtención de la riqueza en la economía
industrial, fundamentada en la mano de obra y la generación masiva de
mercancías, y por otro su paso a la del conocimiento, asentada en el trabajo
de la inteligencia, detonante del avance científico tecnológico sucesivo.
Ubican el punto de partida de este proceso en 1956, cuando los trabajadores
eran significativamente menos en relación a los empleados y funcionarios en
Estados Unidos.
Otro suceso que consideran importante se registró en 1957, cuando la 
entonces Unión Soviética lanzó el Sputnik, el primer satélite artificial
alrededor de la tierra, lo que a su vez generó una carrera espacial con
Estados Unidos, y concibió la teoría de sistemas, las ciencias de la información
y el software para programación, cimiento de la economía nueva.Todo
ello empezó a gestar la revolución de la riqueza, y transformar a su vez la
tecnología, las instituciones y la estructura de la sociedad.
El eje de esta dinámica nueva es el sistema de creación de la riqueza,
entendida como “cualquier posesión, que tiene utilidad, al proporcionarnos
alguna forma de bienestar por sí misma o mediante el intercambio con alguna
otra forma de riqueza que satisfaga dicho bienestar” (p. 42), cuyo origen
es el deseo.
Los autores consideran que esto empezó en la prehistoria, con el descubrimiento
de la agricultura, al hacer que la naturaleza produjera lo deseado.
El avance de la actividad agrícola revolucionó la vida del hombre desde ese
momento, generando mayor división del trabajo, y con ello la forma de
intercambio y la organización de la sociedad; constituyó el primer sistema
de riqueza.
El segundo surgió a finales del siglo XVII, impulsado por la industrialización;
condujo al asentamiento de las fábricas, la producción en serie, la urbanización
y el laicismo, la educación masiva, los medios de comunicación y la
cultura de masas, que exigió, igual que el anterior, cambios en la organización
social, en las instituciones económicas, políticas y religiosas, al mismo
tiempo que se formó una elite comercial urbana e industrial, dueña de la
riqueza generada en esta etapa de desarrollo de la humanidad. En el paso de
una ola a la otra media un periodo de transición, en el que las viejas formas
de creación de riqueza y su entorno político, económico y social van perdiendo
fuerza para dar lugar a las ideas nacientes que van conformando la nueva.
La tercera ola, sistema de creación de riqueza, al que se refiere toda la
obra de los Toffler, empezó en la década de 1850, se caracterizó principalmente
porque sustituyó a los factores de la producción industrial: tierra,
mano de obra y capital por el conocimiento, como generador primordial de
la riqueza. Estos cambios en la producción transforman la fabricación, los
mercados y la sociedad, por tanto, los desmasifican. Las innovaciones en la
generación de riqueza revolucionan la vida en general. Las instituciones
básicas del sistema fabril empiezan a ser obsoletas, se transforman los valores,
creencias, estructuras familiares, instituciones políticas, el arte, la literatura,
música, educación, cultura y economía.
Esta revolución se cimienta en tres fundamentos profundos: el tiempo,
espacio y conocimiento. El primero, consideran los investigadores, puede
ocasionar crisis severas en Estados Unidos, China y Europa, por el efecto de
desincronización. Esto significa que en el impulso hacia el avance económico 
las instituciones básicas de cada país se desarrollan a un ritmo no acorde
con las necesidades de la economía del conocimiento. Por tanto, no existe
una sincronización en el acoplamiento de las organizaciones a los cambios
de la tercera ola. Los autores ejemplifican dicha situación con las instituciones
básicas de Estados Unidos, prácticamente su objeto de estudio.
La empresa es la primera de ellas, impulsada por las innovaciones tecnológicas,
es el motor de esta dinámica nueva, y es la que se desplaza con
mayor rapidez. A continuación está la sociedad civil, que asimila ágilmente
los cambios de las empresas. Siguen las familias, según el orden de adaptación
a los cambios recientes planteados por losToffler, van transformando su
concepción, al mismo tiempo que permiten integrar al trabajo de nuevo a
los hogares. La cuarta institución, representada por los sindicatos, se mantiene
en los modelos heredados de la década de 1930, por ello, se desplazan a
una velocidad aún más lenta, y no corresponde al movimiento acelerado de
la empresa. Luego está la burocracia gubernamental, que ralentiza también
los cambios de las empresas. Para seguir con el proceso de adaptación, está
el sistema escolar en sexta posición, responde con lentitud a las modificaciones
de las anteriores, y continúa con la preparación de los jóvenes hacia una
economía industrial de principios del siglo XX.
Las organizaciones mundiales tampoco corresponden al dinamismo que
exige la era del conocimiento; entre las más rezagadas figuran las instancias
políticas y las leyes. Ello implica que en derredor de este nuevo paradigma
económico, basado en el conocimiento, hay instituciones del esquema fabril
que se resisten a la transformación, y detienen la evolución de la tercera ola.
Los cambios en las instituciones se observan en el tiempo, espacio y
conocimiento. El primero está modificando su concepción, se está cruzando
hacia productos y mercados personalizados. Un ejemplo es el trabajo pagado
por proyecto concluido o cualquier condición no basada en el tiempo. La
medida del valor del trabajo pasa a ser el conocimiento, que sustituye en
forma paulatina a la jornada de ocho horas. En Estados Unidos, la cuarta
parte de su fuerza laboral trabaja en esta condición libre, lo que representa
el doble de empleados de las fábricas. Los cambios en el tiempo impulsan la
disfuncionalidad de las instituciones, reflejada en las disparidades crecientes
en el espacio, que también se modifica conforme se exteriorizan los cambios
en el tiempo, los sitios donde se crea la riqueza, —regiones con conocimiento
intensivo, por ende, con alto valor añadido— acompañados de los
criterios para esta elección y su vinculación. Uno de estos lugares es Asia,
con China y Japón que compiten fuertemente por el capital, la tecnología y
los recursos humanos más creativos.
El tercer fundamento, el conocimiento, generador de las variaciones en
el tiempo y el espacio, que como factor principal de reproducción de rique-
za, de componente de crecimiento acelerado en el entorno económico y
social, según los autores, se distingue por lo siguiente: a) es intrínsecamente
no rival; b) es intangible; c) no es lineal; d) es relacional; e) se empareja
con otro conocimiento; f) es más portátil que cualquier otro producto; g)
puede comprimirse en símbolos o abstracciones; h) se puede almacenar en
espacios cada vez más pequeños y por último i) puede ser explícito o implí-
cito, expresado o no, compartido o tácito. Estas particularidades van sustituyendo
a las categorías económicas de la fabricación industrial, y al mismo
tiempo extendiendo el paso hacia la producción vía el conocimiento. Sin
embargo, los autores consideran que se sabe todavía muy poco sobre él, se
preguntan ¿qué cantidad hay de conocimiento? y ¿cuál es su valor? Hasta
hoy no existen respuestas concretas. Lo que sí consideran por demás evidente
es el aceleramiento en la innovación, en los cambios en los mercados y la
gestión, en el crecimiento de las industrias en la red, en el carácter irreductible
de los productos del conocimiento y en el incremento rápido de la personalización
de los bienes elaborados en la nueva era, entre otros.
No obstante, la forma revolucionaria de concebir la riqueza en el mundo
actual tiene en sí aspectos que pueden considerarse negativos, los cambios
nos conducen a movimientos arrítmicos en las diferentes actividades econó-
micas, políticas, sociales, comerciales y financieras practicadas por todo el
mundo. Verbigracia, los mercados monetarios son totalmente globales; los
de renta fija, demasiado lentos; mientras que las bolsas cotizan valores del
propio país. Otra de las consecuencias mundiales, que se pueden considerar
negativas, es la fuerza que han tomado las actividades ilegales como las drogas,
negocio de 400 mil millones de dólares anuales, extendido por toda la
tierra, a través de redes internacionales, con el uso de la tecnología más eficiente.
Otro más es el comercio del sexo, que atrapa a más de un millón de
jovencitas cada año. En el aspecto ambiental, los resultados hasta hoy son
funestos en los cuatro puntos cardinales de la geografía mundial. El calentamiento
global, la contaminación del aire, la disminución de la capa de ozono
y la escasez de agua potable son prueba de ello. Los autores piensan que
China es culpable de estos problemas.
Ellos rechazan categóricamente la probabilidad de que se presente un
progreso lineal, que permita la evolución hacia una economía y un gobierno
mundialmente integrados. Por el contrario, consideran que el rumbo de
los Estados que mueven la economía mundial se dirige cada vez con mayor
potencia hacia convulsiones espaciales severas en los mercados laborales, las
tecnologías, la moneda y las personas por todo el orbe.Ante los cambios en
el concepto de la propiedad, del dinero —al modificarse las formas de pago
y cobro—; del producto —al cambiar sustancialmente la demanda de bienes
tangibles a intangibles—; del mercado —al hacerlos más provisionales— 
y de acumulación del capital —al modificarse quién lo aporta, cómo
se asigna, la forma en que se presenta y la velocidad a la que fluye—.
Un elemento que se integra de manera sustancial a estas convulsiones es
el prosumo, la economía no monetaria, que interactúa con la monetaria desplazando
el valor de un lado a otro, e insertándose así en el mecanismo económico,
cada vez con mayor fuerza, a tal grado que puede llegar a ser la
forma dominante. Los autores consideran de suma importancia al prosumo y
sus generadores, los prosumidores, por lo siguiente: son compradores de bienes,
aun cuando su trabajo no es remunerado; comercializan productos, servicios
y técnicas; crean valor cuando actúan como voluntarios; aceleran la
innovación, generan conocimiento y reproducen la fuerza de trabajo.
Por último, consideran que los cambios en los tres fundamentos profundos:
tiempo, espacio y conocimiento derribarán las instituciones familiares,
la cultura, educación, el sistema de valores, las fronteras académicas, econó-
micas y políticas y el carácter social que se erigió con la infraestructura de
la segunda ola, y conducirán al mundo entero, con China como superpotencia,
a un mañana social y económico sin precedentes, totalmente nuevo y
extraño.

Carmen O. Bocanegra Gastelum*

http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=10204411

Alvin y Heidi Toffler, 2006. 
La revolución de la riqueza. 
Debate.
Seyka Sandoval1
En La revolución de la riqueza, el lector encontrará una explicación general del cambio de
paradigma de la segunda ola industrializadora a la tercera basada en el conocimiento como
motor del crecimiento.
El libro escrito en un estilo periodístico y rico en ejemplos particulares, tiene como idea
central a los fundamentos profundos: tiempo, espacio y conocimiento, considerados como
las variables clave para entender la evolución de la sociedad, la cual los autores segmentan
en tres grandes olas caracterizadas por tres sistemas de riqueza: agrícola, industrial y de
conocimiento. Más allá de las categorías ampliamente utilizadas por economistas como la
producción, niveles de consumo, empleo, etc., los fundamentos profundos son las
herramientas por medio de las cuales los autores exponen la forma en la que se ha creado,
se crea y se asigna la riqueza.
La riqueza es el concepto central del texto y se define desde una perspectiva amplía que
trasciende a la economía monetaria, para alcanzar el conjunto de actividades no
remuneradas que realizan los seres humanos en sus hogares y comunidades, denominadas
prosumo. En consideración de los autores, para entender la procedencia de la riqueza es
condición necesaria comprender el cambio revolucionario, definido como un “trastorno
similar…al de la revolución industrial, cuando miles de cambios sin relación aparente se
unieron para formar un nuevo sistema económico”.
La visión del texto indica que sólo comprendiendo el cambio del nuevo sistema económico
y sus implicaciones de amplio espectro, y dejando atrás la visión industrializada de “talla
única” economistas y diversos tomadores de decisiones serán capaces de insertarse en éste
y beneficiarse del mismo.
El tono evolucionista schumpeteriano de las ideas vertidas en el voluminoso texto de
lectura ligera y atractiva al público en general, sitúa al desarrollo tecnológico emanado de
la ciencia, la innovación y la creatividad como la cuña del progreso -evolución- de las
sociedades, de las cuales, Estados Unidos representa el liderazgo por excelencia, al mismo
tiempo que la región asiática liderada por China, parece disputarle la hegemonía con su
estrategia de “doble pista” –impulso a la segunda y tercera ola-.
El progreso tecnológico capitalizado a toda velocidad por la empresa y los negocios a
escala global, contrasta con la parsimonia adaptativa de las instituciones y organizaciones
públicas. Este fenómeno denominado desincronización, sitúa a los Toffler al lado de
diversos autores estudiosos de la sociedad del conocimiento y con tradición
schumpeteriana, entre los cuales, la sinergia entre la estructura económica y el universo
institucional, proporcionará o no una senda de desarrollo, en función de la capacidad de las
instituciones para adaptarse al cambio identificando las nuevas áreas de oportunidad, que la
nueva base material-tecnológica ofrece2
. En resumen:


“Esta revolución no es sólo un asunto de tecnología, oscilaciones bursátiles,
inflación o deflación, sino también de profundos cambios sociales, cultural,
políticos y geopolíticos. Nuestra incapacidad para reconocer las conexiones entre
estos y la economía nos lleva a subestimar gravemente los cambios inminentes a los
que nos enfrentamos.”
El lector no debe confundirse, este no es un texto de economía, esta es solo una parte de la
historia. Y sin embargo, invita a todos los integrantes de dicha ciencia a pensar fuera de la
caja e interactuar con otros conocimientos de las diversas disciplinas, ante una realidad que
se complejiza y no puede ser explicada desde la unilateralidad del fundamentalismo
económico de la era de la industrialización.
Fundamentos profundos
El efecto desincronización evidencia las distintas velocidades de los actores económicos y
sociales, produciendo altos costos de oportunidad o “impuestos de tiempo” que
obstaculizan el proceso de adaptación a nuevas y futuras realidades. Al mismo tiempo que
se producen externalidades positivas a partir del desequilibrio, verbigracia la “industria de
la sincronización” basada en innovaciones del tipo “justo a tiempo” o “inventario cero”.
Los efectos negativos por otro lado son los retrasos al desarrollo, de los cuales, a decir de
los autores, el del sistema educativo es de los más sobresalientes, caracterizado como un
coche a 15 kilómetros por hora “que corre con una rueda pinchada y echando humo por el
radiador, reteniendo al tráfico detrás de él”, el sistema educativo estadounidense de tipo
fábrica está extraviado, frente a una rampante necesidad del mercado de trabajo por
trabajadores flexibles intensivos en conocimiento. Este fenómeno es global.
En este escenario de aceleración y freno el fundamento del espacio también presenta serios
desequilibrios. Mientras que las empresas han transcendido al límite de lo nacional y el
espacio de la firma, las instituciones continúan librando batallas contra pandemias globales
como el narcotráfico en escalas nacionales y locales, que impiden su eficiente combate.
Más allá de analizar el fenómeno de la globalización, a la cual consideran un hecho
ventajoso, los autores advierten la posible des-globalización como resultado del
endurecimiento de políticas nacionales frente a fenómenos como el terrorismo y las armas
biológicas.
Desde la consideración del espacio la propuesta del texto es reflexionar el nuevo rol de los
organismos reguladores y su transformación frente al espacio en expansión. El tema se sitúa
en los recientes debates del papel del Estado en el desarrollo de los países, y nos remite a la
pregunta del por qué unos países crecen y otros no, cuestionamiento que discute el factor
institucional sobre la base de las experiencias asiáticas, a las que los autores definen en un
camino de éxito, sobre todo en China, sin ignorar sus crecientes contradicciones.
El tercer fundamento, el conocimiento, adquiere en la tercera ola una función sin
precedentes que cada vez con mayor fuerza prepondera lo intangible, poniendo a discusión
temas clásicos en la ciencia económica y las políticas públicas como: la teoría de los bienes
escasos y rivales, la propiedad intelectual y rediscute la relación entre precios y valor en el
contexto de la riqueza que crean los prosumidores.
Pero si por si solos los fundamentos profundos plantean temas trascendentales para
entender el cambio y el desarrollo, son sus interacciones, de acuerdo a los autores, las
causas de un sin número de futuros de los que aún no tenemos la menor idea.
Capitalismo y conocimiento
El conocimiento no es un bien rival, no se gasta si un creciente número de personas lo
utiliza, por el contrario, su uso extendido incrementa el stock de riqueza en términos de los
Toffler. ¿Cuáles son las implicaciones para un sistema de riqueza otrora basado en la
escasez? Pero ese no es el único de los cuestionamientos que los autores realizan en
referencia al futuro del capitalismo, temas como: la copia, difusión y la caída estrepitosa de
los costos, trabajadores accionistas, democracia del capital, sistemas bursátiles globales, el
fin de la intermediación, el papel de los medios de comunicación, los mercados de una
persona y el paradinero. Nos invitan a re-pensar, sin ofrecernos respuestas contundentes,
en el futuro del capitalismo considerando que fundamentos como la escasez, la propiedad y
las diferencias entre trabajadores y capitalistas están en jaque.
Prosumo, prosumidores y riqueza
El prosumo es el producto de toda actividad realizada en el hogar y la comunidad que no
está remunerada, los prosumidores son los agentes y su producción también es riqueza.
Prosumidor es la conjunción de las palabras producción y consumo. Con estas categorías
los autores pretenden englobar la riqueza como la suma entre economía monetaria y no
monetaria, además de evidenciar su predilección por los prosumidores a quién atribuyen
una mayor producción de la riqueza total.
Si bien la propuesta es interesante y creativa, además de estar apoyada por diversos
estudiosos citados a lo largo del desarrollo del tema. Desde el punto de vista del ciclo
económico, por ejemplo, lo que el consumidor hace con los productos que ha adquirido en
la economía monetaria ¿debe ser un asunto a considerar y contabilizar en el Producto, o en
el Producto Impresionantemente Brutalizado como lo refieren los autores? Si bien la
contabilidad económica debe transformarse con mayor rapidez, considerar la actividad
personal del consumidor como autónoma en la creación de riqueza no es convincente en su
argumento.
Los inputs con los que los prosumidores prosumen provienen de la economía monetaria, lo
cual plantea confusiones al contabilizar como riqueza, a partir del valor y no del precio, el
cuidado de los hijos o los enfermos, compartir una tarta, escribir un blog o sistematizar
información, como algo más que la actividad personal que realizan los consumidoresciudadanos.
O bien quizá los autores tiene razón y habría que pensar outiside the box.
Optimismo
Más allá de los temas más generales y centrales del texto como el de los fundamentos
profundos y el prosumo, la revolución de la riqueza es un libro que rebosa de un ingenio
atrevido en el que los escenarios futuros, se esbozan sin el recato formal de los textos
académicos. Las ideas desarrolladas no son ingenuas ni laxas, por el contrario, esconden
tras de sí concepciones del cambio tan antiguas como las de Heraclito, que los propios
autores reconocen en un libro que nos cuenta el futuro y sus implicaciones.
La lectura de este texto dotará al lector de un contexto general de lo que ocurre y ocurrirá
en los próximos años más allá de su contexto local y nacional en peligro de difuminarse.
La convicción de que lo único constante es el cambio, y el conocimiento de que este se
desarrolla a gran velocidad, le ha dado parcialmente la razón a los autores a siete años de la
aparición del texto, un periodo en el que algunas de sus sospechas se confirman y otras se
quedan cortas.
Finalmente, y considerando los riesgos que la interacción tiempo-espacio-conocimiento
pudieran acarrear, los autores son optimistas respecto del futuro y el avance de la riqueza
revolucionaria, después de todo afirman, citando a Eisenhower “El pesimismo nunca ganó

una batalla.”

1
Seyka Verónica Sandoval Cabrera, Dra. en Economía. Profesora de Teorías de la Crisis y
Ondas Largas y Formación Económica. Maestría del Posgrado de la Facultad de Economía,
UNAM.

2 Carlota Pérez, es una de las autoras más sobresalientes en esta corriente de pensamiento económico.

http://www.proglocode.unam.mx/sites/proglocode.unam.mx/files/Alvin%20y%20Heidi%20Toffler%20(Seyka%20Sandoval).pdf



La creación de la ‘riqueza revolucionaria’, según Alvin Toffler








Nadie puede precisar cuándo empezó la revolución de la riqueza, pero el futurista Alvin Toffler está casi seguro de una cosa: pudo haber empezado en 1956 con las famosas palabras del premier soviético Nikita Kruschev, cuando este le manifestó a principios de la Guerra Fría a los líderes del mundo occidental: "os enterraremos".


"Resultó ser el peor pronóstico del siglo XX", dice Toffler, de 78 años, el aclamado autor de libros como Third Wave y Revolutionary Wealth.

Pero 1956 también fue el año en que la cantidad de trabajadores de cuello blanco y del sector servicios rebasó a los trabajadores de cuello azul en Estados Unidos por primera vez. Un año más tarde, la Unión Soviética lanzó Sputnik al espacio, dando inicio a la carrera espacial, y en 1960 nació Arpanet, una nueva tecnología militar que fue la antecesora de lo que hoy llamamos internet. Algunos años después, los primeros robots empezaron a encenderse alrededor del mundo. La era digital, o la tercera ola, había llegado.

La era digital

La velocidad con que se desplaza la "tercera ola" tecnológica y con la que se propaga la revolución de la economía del conocimiento está derribando barreras políticas, económicas, culturales y mentales en cada rincón del planeta, explica Toffler. A medida que avanza la transformación de la economía basada no en "músculos" sino en el poder de la mente, surge lo que Toffler llama "una nueva forma extraña de la vida" que requiere de nuevas aptitudes que antes no eran necesarias.

Hoy, las cerca de 800 millones de computadoras en el planeta permiten a las personas trabajar desde sus casas, en aviones y en la playa. Armados con mil 700 millones de teléfonos a nivel mundial, más personas buscan un formato de trabajo flexible fuera de la oficina para adaptarse a sus necesidades cotidianas.

Con el número de usuarios de internet acercándose a los mil millones globalmente, el ciberespacio es otro mundo geográfico que ha sido creado paralelo al actual, con miles de millones de dólares en comercio cambiando de manos todos los días, y esa cifra aumenta cada vez más drásticamente.

El mundo atraviesa cambios dramáticos, pasando de empleos con un formato de 9 a 5, a una producción permanente de 24 horas, 7 días a la semana.

"El río de la vida está cambiando", recalca Toffler. Junto a su esposa, Heidi, el autor estadounidense de múltiples best sellers viene vaticinando los cambios más importantes del futuro desde la década de los años 60. Y sus ideas frecuentemente ponen el "establecimiento" de cabeza.

Nuevos fundamentos

Por ejemplo, en un mundo basado en el conocimiento, la definición pura de la "economía" –la adjudicación eficiente de recursos escasos– ya no es necesariamente válida porque el conocimiento es un recurso inagotable.

"De hecho, el conocimiento es uno de los pocos recursos intangibles que genera más de sí mismo, pero la realidad es que conocemos muy poco del conocimiento", dice Toffler.

Además, el futurista cuestiona los fundamentos económicos mismos y sugiere que hay fundamentos más "profundos" que determinan el comportamiento de los otros factores económicos y financieros como la inflación, el empleo, los precios de las acciones, las tasas de interés, etc.

Estos fundamentos profundos son tres: el tiempo, el espacio y el conocimiento, y según él, al final determinando el tipo de educación que un país provee a sus jóvenes.

"Si los estamos preparando para una economía de campesino, los estamos preparando para el fracaso", acotó. En cambio, sugirió algunas ideas innovadoras para equiparar el sistema educativo de hoy, que piensa que en muchos países está obsoleto, para adecuarlo a la cultura más personalizada y cambiante de los negocios (Ver tabla).

La velocidad y la aceleración del tiempo están llevando a los jóvenes a aprender cosas mucho más rápido que nunca, y probablemente, mucho más rápido que los adultos. Hoy son capaces de multi-task y hacer múltiples funciones simultáneamente, realizar operaciones digitales y de multimedia con audio y video en computadores personales, Ipods, celulares e internet.

Son capaces de comunicarse con una docenas de amigos y desconocidos con solo oprimir un botón, y su universo se mueve mucho más rápido que las mismas escuelas.

Deserción escolar

La educación de hoy es una reliquia de la era industrial, dice Toffler, un vestigio de disciplinas propias para trabajar en una línea de montaje en una fábrica, que no es apta para preparar las mentes del mañana y así generar las riquezas que ofrece la nueva economía.

Peor, la cultura educativa de "una talla para todos" está contribuyendo a las elevadas tasas de deserción y fracaso de los estudiantes. En Estados Unidos, hasta los maestros están desertando de las escuelas.


"No necesitamos una reforma educativa, sino un reemplazo educativo", ha dicho en ocasiones Bill Gates, el fundador de Microsoft y el hombre más rico del mundo, él mismo un desertor universitario.

Miguel Ángel Cañizales, ministro de Educación de Panamá, calcula que en 2005, la repetición y la deserción representaron para el Estado panameño un gasto adicional de 22.1 millones de dólares.

Hay nuevas formas de crear mayores riquezas, quizás hoy más que nunca antes en la historia humana. Pero la economía del conocimiento requiere de personas que sepan pensar en el futuro, no en el pasado.

"La revolución de la tercera ola tiene el rostro de la tecnología", dice Toffler en su último libro Revolutionary Wealth. "La revolución está en camino. Y la civilización que está surgiendo con ella va a desafiar todo lo que pensábamos que sabíamos sobre la riqueza".


Fuente: Prensa.com (Panamá)