Portada


Crítica literaria: "The Establishment", de Owen Jones
Escrito por Ed Taylor
Miércoles 19 de Noviembre de 2014

Resulta un poco extraño pensar que, en 2011, el autor de Chavs: la demonización de la clase obrera era entonces relativamente desconocido. Tres años después, Owen Jones se ha convertido en la cara mediática de las opiniones de izquierda. Además de ser un columnista para The Guardian, se le ve a menudo en programas de televisión, como el “Question Time” de la BBC o el Show de Alan Titchmarsh. Es también un activista, y figura clave del movimiento Asamblea Popular y del centro de estudios CLASS, y ha intervenido como orador en varios eventos públicos.

 Su segundo libro se titula: The Establishment: And how they get away with it (“El Establishment: y cómo se sale con la suya”). Quienes hayan leído el trabajo anterior de Jones este nuevo libro les resultará familiar. Incluye partes de muchos de sus artículos y hasta fragmentos de Chavs. Dicho esto, el libro tiene un carácter propio.

La puerta giratoria de la clase dominante

Como sugiere el título, el libro se centra en el establishment, refiriéndose a "grupos poderosos que necesitan proteger su posición" y "administran la democracia para asegurar que sus intereses no se vean amenazados". A lo largo del libro, Jones disecciona varios sectores del establishment como la policía, los medios de comunicación, Westminster, etc. Señala los numerosos crímenes e hipocresías de estas instituciones y también pone de relieve cómo hay una puerta giratoria entre ellas para los individuos que son miembros del establishment - es decir, la burguesía.

Lo que hace ameno este libro es precisamente la descripción que hace Jones de los lugares y personas entrevistadas. En el libro, se relatan almuerzos en restaurantes de lujo, reuniones en edificios financieros etc. Es en estos lugares donde queda con varios miembros de la burguesía, cuyo perfil, no siempre, pero a menudo, es descrito de manera mordaz. Aunque probablemente sirva para dar a los lectores una idea de cómo es el mundo del establishment, no siempre es políticamente relevante. Sin embargo, el humor del libro se basa en comentarios sobre individuos de falso bronceado y por el estilo.

El pozo negro de la política del Westminster

También hay momentos oscuros en estas entrevistas. Jones obviamente tiene un don para arrancar un acto de sinceridad a sus entrevistados. A menudo, durante estas conversaciones se levanta la tapa de la cloaca que es la mentalidad capitalista. La página de apertura se inicia con una entrevista a Paul Staines (“aka Guido Fawkes”), quien afirma que "no es un entusiasta de la democracia" y más adelante afirma "apoyar a los plutócratas del mundo".

También son terribles los relatos de algunas de las víctimas que aparecen en el libro. Por ejemplo, mujeres "violadas por el Estado" que mantuvieron relaciones con policías encubiertos sin saberlo, o historias trágicas de quienes murieron días después de ser declarados aptos para trabajar para ATOS, ponen los pelos de punta y dan escalofríos.

¿Dónde está la clase obrera?

Es aquí donde el libro causa su mayor impacto. Sin embargo, existen algunos defectos políticos.

La parte inicial se centra en lo que Jones llama los “precursores”, refiriéndose a los comités de expertos, departamentos universitarios, columnistas de prensa, etc.. Estos “precursores” promueven opiniones irrelevantes, al principio, hasta que consiguen desplazar el debate. El blog Guido Fawkes, de Staines, se pone como ejemplo, o el “Adam Smith Institute”. También nombra a Friedrich Hayek como “precursor” clave históricamente. Si se entiende correctamente, Owen Jones nos estaría diciendo que debido a que estos grupos llevan el debate a sus parámetros, es lo que provoca el consenso actual “neoliberal”.

Hay un problema con esta idea – y aparece en varios puntos en el libro. Irónicamente, siendo una publicación de crítica a la burguesía, parece a menudo quedarse atrapada en una mentalidad burguesa.

Para ser claros, muchos de los críticos de Jones lo han acusado de ser miembro del establishment y, por lo tanto, un hipócrita. Pero tanto si lo es como si no, no es eso lo importante. De cualquier manera, hay una falta de discusión o incluso reconocimiento de la clase obrera como una fuerza en la sociedad. En el libro, se da a entender que todo sucede desde arriba hacia abajo.

Por ejemplo, Jones habla de la prensa de Murdoch como si fuera quien decidiera quién gana las elecciones. Es cierto que su influencia es peligrosamente grande. Pero veamos un ejemplo, como el fracaso del Partido Laborista bajo Kinnock en las elecciones de 1992. ¿Qué fue lo más probable que afectara en la conciencia de los trabajadores? ¿La portada que The Sun publicó el día antes de las elecciones como parte de una campaña mediática contra Kinnock; o la larga lista de fracasos del líder laborista a la hora de representar a los trabajadores, traicionando completamente la lucha de los mineros durante la huelga del 84/85? Jones no aborda esto último y sí parece estar sugiriendo lo anterior.

Visión idealista de la historia

En la conclusión del libro, Owen Jones pide una "revolución democrática", que él define como "reclamar por la vía pacífica los derechos democráticos y el poder usurpado por el establishment". Sostiene que para hacer esto, la izquierda debe ganar una batalla de ideas y cambiar los términos del debate mediante el uso de comités de expertos al igual que hicieron los “precursores” de derecha en los años 1970/80.

Esta es una visión idealista y utópica del cambio histórico. Las ideas de los “precursores” de derechas, como dice Jones, sirvieron a los intereses del establishment. Lo más importante, reflejaron las necesidades del capitalismo mundial en ese momento. Reducir la política y la historia sólo a una batalla de ideas es equivocado. Lo que se conoce como el neoliberalismo fue sólo la lógica del capitalismo después del final del auge de la posguerra, cuando se produjo la primera crisis generalizada del capitalismo en 1973-74. Se tuvieron que reducir los niveles de vida de los trabajadores con el fin de restaurar las ganancias de los capitalistas. El capitalismo no podía otorgar concesiones a los trabajadores de la misma manera que lo había estado haciendo antes de la crisis.

Los “precursores” de Jones bien pueden haber influido en este proceso, pero debe entenderse que estaban empujando una puerta abierta de una manera que nunca podrán los “precursores” de izquierdas.

¿Reforma o revolución?

Se pueden hacer paralelismos entre aquella crisis y la que atravesamos hoy. De manera asombrosa, Jones es incapaz de plantear que el capitalismo está en crisis y achaca la austeridad actual en Gran Bretaña a la constante "energía intelectual" y "dinamismo" de los “precursores ideológicos”.

Las conclusiones políticas de Owen Jones apestan a reformismo, planteando cambios dentro de los parámetros del capitalismo. Aunque no se deja explícito de tal manera, el libro parece estar sugiriendo que la izquierda debería funcionar dentro del establishment con el fin de ganar una batalla ideológica y luego conceder más derechos democráticos a los trabajadores.

La clase obrera necesita una revolución -que pueda derrocar al capitalismo y dar a los trabajadores un auténtico control democrático sobre el funcionamiento de la sociedad. Al establishment sólo lo puede erradicar un movimiento revolucionario de los trabajadores y la juventud.

Como libro, The establishment está bien escrito, es informativo y emotivo. Como argumento político, no proporciona una auténtica solución a los problemas que enfrenta la mayoría de la gente en este periodo de crisis capitalista, por su falta de confianza en el poder de la clase obrera para cambiar la sociedad.

Portada


http://www.luchadeclases.org/inicio/79-libros/1939-2014-11-19-00-13-50.html


El Establishment - Owen Jones.pdf

https://vk.com/doc258128380_409368305?hash...

Portada

Revolución y reforma


Septiembre 2015 |
Owen Jones
El establishment: la casta al desnudo
Traducción de Javier Calvo
Barcelona, Seix Barral, 2015, 480 pp.
De la reflexión intelectual al activismo o la irrupción de nuevos actores, la corrosión de la crisis ha traído consigo un interés renovado por la política. Junto a la discusión sobre la regeneración de la vida pública o la sostenibilidad del Estado del Bienestar, la copiosa producción actual de ensayismo político ha devuelto la desigualdad al centro del debate, a modo de largo examen de conciencia sobre las políticas que antecedieron a la crisis. Como apelación emotiva en Hessel, como objeto de estudio económico en Piketty, como pretexto para el conservadurismo compasivo de Mount o para el elogio socialdemócrata de Judt, las distintas modulaciones y calidades en su tratamiento no hacen sino refrendar su importancia, sobre todo en la izquierda, pero no solo en ella.
Más cercano al reportaje periodístico que a la ciencia política pura, El Establishment no es una mera adición más al debate, siquiera sea por su retórica combativa, su fenomenal impacto en Gran Bretaña y la influencia que goza un Owen Jones convertido en referencia de la izquierda británica. Si en Chavs, publicado en España por Capitán Swing, trató sobre “la demonización de la clase obrera”, el propósito expreso del autor pasa ahora por “investigar sobre los grupos de personas […] que verdaderamente manejan el cotarro, no solamente por medio de la riqueza y del poder, sino gracias a las ideas y mentalidades” que asentaron su dominio. Según Jones, este Establishment(que él escribe en mayúsculas) “ha recortado la democracia británica” para “favorecer a una élite minúscula”. Y, dado que “la democracia en Gran Bretaña seguirá estando en peligro” hasta que no cambie esta situación, Jones propone, en un breve epílogo, “una revolución democrática” que extienda “la democracia a todas las esferas: […] también a la economía y al lugar de trabajo”.
Sorprende poco que la Gran Bretaña actual haya podido dar pie a un volumen como el de Jones, que no deja de retomar una materia ya secular. No en vano, las desigualdades han sido “el tema que todo lo absorbe”, como escribió Betjeman, desde que Disraeli vio a la sociedad británica dividida “en dos naciones” y acuñó el paternalismo del torismo one nation. De entonces a hoy, la cuestión ha estado presente lo mismo en Gladstone que en Atlee o en Heath, en el Major que anticipó “la sociedad sin clases” y en los intentos comunitaristas de Blair o Cameron. Véase, en fin, que Establishment, como grupo de poder o “clase extractiva”, no necesita traducción.
De acuerdo con la crítica habitual a la tradición aristocratizante de la política británica, Jones engloba en elEstablishment al “cártel de Westminster”, así como “a los barones de los medios que establecen los términos del debate; a las empresas y financieros que dirigen la economía, y a las fuerzas policiales que hacen cumplir unas leyes amañadas a favor de los poderosos”. Son los mismos grupos ya presentes en un hito como Anatomy of Britain(1962), y a todos ellos dedica Jones capítulos de honda carga testimonial y crítica. Su mayor originalidad radica en la lectura del paso entre el “capitalismo del bienestar” de la posguerra y el “socialismo para los ricos” implantado por el thatcherismo y continuado por el New Labour. Ahí, a imagen de los “escuderos” del neoliberalismo, Jones urge a “ser más que agresivo en la batalla de las ideas”, hasta “cambiar los términos del debate político”.
La publicación de El Establishment coincide con un auge de “declinólogos” que también señalan los puntos críticos de la democracia en las islas, y no deja de causar sorpresa que Jones comparta tanto de su diagnóstico con comentaristas de una derecha tocada de populismo. El carácter anglocéntrico del libro puede disuadir a un lector inexperto en los pormenores de la política británica, pero el tono le resultará familiar: la invocación del interés del pueblo frente a una casta, el énfasis emotivo, las llamadas a la movilización y la ausencia de concreción en sus programas para establecer “una democracia real” también pueden merecer la consideración de populistas. La filosofía de la sospecha, la entronización de un enemigo difuso o el ribete conspiracionista tan visible en el libro no hacen sino reafirmar esa impresión y, tras leer, por ejemplo, sobre “el control absoluto que tiene la élite corporativa sobre la democracia británica”, es fácil pensar que estamos más ante un manifiesto que ante un ensayo.
La univocidad del diagnóstico de Jones tiene sus fisuras: baste pensar que los defensores del “dogmatismo del régimen neoliberal” son los primeros que creen tener perdida esa “batalla de las ideas”. Y la sonrosada lectura que hace de las políticas de posguerra elude un dato ineludible como es la profundísima crisis que, a lomos de laboristas y conservadores, asoló Gran Bretaña en los setenta. Su propia preocupación social parece inmune al hecho de que, en la génesis de las subprime, operó una coartada noble: no excluir del crédito a los desfavorecidos. Ayer mismo, la Gran Bretaña de Brown fue pionera en la detección de la crisis, y hoy es de los países europeos líderes en crecimiento. ¿Está mejor o peor Gran Bretaña que hace tres décadas? ¿Hay más o menos espacios para la meritocracia? El matiz o la moderación romperían el discurso de un Jones que, poco suelto en materia económica, parece pedir a la política cosas que la política no puede dar. De ahí, tal vez, el gran desfase entre la contundencia de su denuncia y la anemia de sus propuestas: si “implantar una política oficial de creación de pleno empleo” tiene mucho de pensamiento desiderativo, apoyar la vivienda pública “para crear puestos de trabajo” ya fue susceptible de prueba y error.
La llamativa falta de citas en apoyo de los planteamientos de Jones se ve reemplazada por un recurso constante a las estadísticas que muestran la conformidad de los británicos con sus postulados. En un momento dado, al explicar el éxito del Establishment, Jones recuerda que, pese a todo, “la democracia les complica las cosas”. Irónicamente, esa misma democracia es la que, a despecho de los datos de Jones, ha dado la mayoría a Cameron. Quizá, como se ha apuntado, ocurra que él llama Establishment a lo que otros llaman consenso. O quizá es que los británicos siempre prefirieron la modestia de la reforma a la grandilocuencia de la “revolución democrática”. ~

http://www.letraslibres.com/revista/libros/revolucion-y-reforma



El jovencísimo ensayista británico Owen Jones


El joven ensayista británico explica que la demonización de la clase obrera no ocurre sólo en el Reino Unido: "Es inevitable en todas partes por las desigualdades".

"Cuando la izquierda reclama más impuestos a los ricos, los medios de comunicación rebaten la idea fomentando la envidia. Lo mismo ocurre con la inmigración"

"La destrucción de la idea de que no existe una clase obrera y que todos somos clase media es la clave"
Lucía Lijtmaer
20/05/2014 -


Antes de Owen Jones, chav era una palabra para anglófilos. La leías en los medios del Reino Unido asociada a los chicos de chándal que comían pollo frito en la puerta de su vivienda de protección oficial o lo escuchabas de boca del personaje de Vicky Pollard si eras fan de Little Britain. De repente llegó un jovenzuelo rubio con pinta de estudiante y la convirtió en el síntoma de todo un país.

Su libro Chavs, la demonización de la clase obrera (Capitán Swing) ha resultado ser un espejo enfermo y quirúrgico sobre la representación de la clase trabajadora británica en la actualidad. Owen Jones visita España para dar dos conferencias; el lunes estuvo en el CCCB y el martes en el Círculo de Bellas Artes, donde ha diseccionado su trabajo.

¿La demonización de la clase obrera es un fenómeno exclusivamente británico?

La demonización es inevitable en todas partes por las desigualdades. Si lo piensas, la desigualdad es irracional: el poder y la riqueza no deberían estar en manos de tan poca gente. La desigualdad se racionaliza y justifica con la idea de que los miembros de las élites merecen estar donde están porque son más listos y trabajan más, mientras que los que están por debajo merecen estar ahí porque son estúpidos y vagos. Cuanto más desigual es la sociedad, más necesitas demonizarla para justificarlo. El caso del Reino Unido es clave porque es mucho más acuciante especialmente a partir del thatcherismo, donde se produce este cambio en el que la pobreza y la desigualdad ya no se presentan como problemas sociales sino como fracasos individuales.

Hay una frase muy famosa de un político thatcherista: "En los años treinta, cuando mi padre se quedó sin trabajo se subió a su bicicleta y salió a buscarlo". Así, "súbete a la bici" se convirtió en un cliché nacional. Las enormes desigualdades y la fluctuación de la necesidad de la respuesta colectiva al individualismo gubernamental ocurren en otros países, pero es especialmente reseñable en el Reino Unido donde los medios de comunicación sostienen y apoyan este discurso.

Eso se comprueba fácilmente en Chavs, dónde la connivencia entre medios de comunicación y el discurso ultraconservador es evidente.

Sí, los medios lo magnifican todo utilizando ejemplos extremos. El año pasado, el caso de Mick Philpott fue muy famoso: seis de sus 17 hijos murieron en un incendio provocado por él. En el Reino Unido solo hay 190 familias con más de diez hijos en situación de desempleo, pero aparecen constantemente en los medios como un estereotipo de la clase obrera que se aprovecha de los subsidios. Después del juicio, el Daily Mail, el segundo diario más leído, tituló "Otro producto execrable del Estado del bienestar en el Reino Unido". Se culpa al Estado del bienestar por estos casos extremos constantemente.

Resulta chocante cómo el trabajo de investigación revela tanta agresividad explícita por parte de los medios.

Lo terrible es que las cosas han empeorado desde que escribí el libro. En él aludo a varios casos de demonización por parte de la prensa, pero el que te acabo de describir directamente relaciona el Estado del bienestar con un asesinato.

¿Por qué ocurre esto?

Cuando la izquierda reclama más impuestos a los ricos, los medios de comunicación rebaten la idea fomentando la envidia. Lo mismo ocurre con la inmigración: se visibilizan más los casos de inmigrantes que consiguen casas a través de las ayudas sociales para fomentar un discurso racista. Se detallan las pensiones de los trabajadores del sector público -enfermeras, médicos, profesores- para fomentar la envidia de los trabajadores del sector privado. Así, los medios de comunicación magnifican casos para manipular a la opinión pública. Un 0,7% del gasto social está mal empleado, pero la percepción de la gente es que se trata del 27%. Nuestros medios de comunicación, muy ideologizados, no cuentan la realidad tal como es.

¿Cree que algunos de estos medios, como sucede en otros países, deberían ser penados por ley? Por ejemplo, en aquellos que incitan al odio racial.

El tema es que se incita al odio de manera muy sutil. Se expone un caso de derroche de un subsidio y se muestra que se trata de un inmigrante, y con eso basta, el subtexto está ahí. Con el auge de UKIP, el partido de derechas populista que centra su debate en la inmigración, la atmósfera en el Reino Unido se está tornando muy siniestra. Nigel Farage, su líder, dijo la semana pasada que entendía que la gente estuviera preocupada si se mudaba a su barrio un vecino rumano. Recuerda a la campaña tory de los sesenta, que hacía un juego de palabras con una campaña: "Si quieres a un negro como vecino, vota a los laboristas". Ya en esa época la opinión pública se escandalizó, en cambio ahora vuelve a legitimarse la misma idea.

¿Está de acuerdo con que el avance es posible porque es la extrema derecha la que está haciendo la revolución?

Parcialmente sí, por un fracaso de la izquierda, que no ha sabido canalizar la rabia de la gente. La derecha ha logrado trasladar esa rabia contra los banqueros, evasores de impuestos o explotadores hipotecarios hacia sus propios vecinos, inmigrantes y trabajadores del sector público. La derecha logra culpar a la base usando un populismo que hace mella en el público. La izquierda no ha podido con eso, y la derecha ha aprovechado el hueco. Se puede ver en Francia, con las cifras en poblaciones con una potente clase obrera que solía votar al Partido Comunista y ahora votan al Frente Nacional en medio de una crisis económica devastadora.

Entonces, ¿la demonización de la clase obrera es un síntoma o una consecuencia?

La destrucción de la idea de que no existe una clase obrera y que todos somos clase media es la clave. Esta idea, fomentada por políticos y periodistas de clase media, pulveriza el debate sobre las desigualdades, porque si no hay clases sociales, no hay nada que debatir. Se combina con la noción de que los que quedan fuera de la dominante clase media son los vagos y maleantes chavs que no quieren trabajar. Si unimos eso al aumento de pobreza y desigualdad y el cambio de discurso en el que se culpabiliza al trabajador, ya tenemos el discurso completo. La guetización de la clase obrera en viviendas sociales implicó que aquellos con mayores necesidades acabaron separados del resto de la población. Eso hizo mucho más fácil que todo un sector fuera demonizado. Toda la clase empobrecida está concentrada, y el resto de la gente sólo sabe de ellos por lo que cuenta la televisión.

En su libro cita Estates, de Lynsey Hanley, una obra clave que explica exactamente cómo esa guetización fue planeada y fue de todo menos casual.

Es que fue una decisión ideológica. Originalmente, las viviendas de protección oficial promovían unas comunidades mixtas. Aneurin Bevan, creador también de la sanidad pública, dijo que quería recrear los mejores aspectos de aquellos preciosos pueblos ingleses y galeses, donde el doctor y el carnicero vivían puerta con puerta. El problema es que los tories rebajaron la calidad de las construcciones y hacinaron a la gente en monstruosos bloques de pisos que no fomentaban ningún valor comunitario. En los ochenta, al ofrecer los pisos de protección oficial para la venta, se reservó una partida para los más desprotegidos. Eso generó la guetización de las comunidades, pero también su fragmentación y división, ya que todos estaban compitiendo por los mismos pisos.

¿Qué pasa con la cultura pop? En el libro se explora cómo el ocio y el entretenimiento parecen haber desaparecido para el chav.

La idea de que no existen clases sociales en parte proviene de la idea de una democratización de la cultura. Factor X es un programa (de televisión) que podría ver el príncipe Guillermo y también un chav. Antes, la cultura popular era para las masas, mientras que la alta cultura era para la clase media-alta . Y aunque es cierto que resultaría difícil encontrar a alguien de clase obrera en la ópera, la cultura popular se ha ampliado. El problema es que solía ser el refugio y la cultura de la clase obrera -los Beatles son el ejemplo clásico- pero si comparamos las listas de éxitos de 1990 a las de ahora, encontramos que ahora los músicos son todos de clase acomodada y han recibido una educación privada, a la que sólo tiene acceso el 7% de la población.

El ataque a la Seguridad Social y al sistema de becas hace que muy poca gente de clase obrera pueda sostener que sus hijos se dediquen a la música mientras les mantienen sus padres. Lo mismo pasa con el fútbol, tradicionalmente una ocupación de clase obrera. Cuando en los noventa la clase media comenzó a demostrar interés, los precios de las entradas a los partidos subieron, también como un intento de frenar la violencia que se consideraba intrínseca de la clase obrera. Además, se introdujeron los canales de deportes de pago. Al final, la propia cultura de la clase obrera ha acabado siendo inaccesible para ella.

Eso convierte a la clase obrera en consumidora y no productora de su cultura.

Exacto. Junto a un montón de otras profesiones a las que ya la clase obrera no tiene acceso, como la de periodista. Si para ser becario tienes que trabajar gratis durante meses, ¿quién puede pagar eso? Se desplaza la idea de que el talento es lo más importante en favor del dinero que tiene tu familia, no solamente para estudiar sino para producir cultura. Es una barrera de clase relativamente nueva.

Factor X perpetúa en parte el mito conservador de la meritocracia: puedes lograrlo todo si realmente lo intentas.

Sí, y copia una tradición obrera de los clubs de hombres, el karaoke. Pero aunque parezca raro, Factor X resulta positivo para la clase obrera, porque en el reality enseñan las vidas de los concursantes, todos de clase obrera. Es uno de los pocos espacios que muestra a gente de clase trabajadora en su vida cotidiana, en vez de describir situaciones criminalizables. Por otro lado, sí, fomenta una idea en la que todos podemos ser ganadores de una lotería si tenemos talento, y todos podemos llegar a la cumbre si nos esforzamos, lo cual es falso. Por eso las aspiraciones de los jóvenes de clase obrera son poco realistas: estrella del pop, futbolista... Es porque se trata del único modelo que se les ofrece.

Esta demonización tuvo un paréntesis en los noventa, ¿no? El turismo de clase, la imitación del acento cockney...

Sí, se daba mucho en la universidad. Es lo que hicieron Blur, ¿no? (ríe). En los noventa se puso de moda rebajar tu estatus social, demostraba heroicidad. Se veía como algo positivo, porque en el fondo si venías de un entorno obrero, se asumía que estabas ahí por tu talento. En la música el epítome de la glorificación de lo obrero fue Oasis, mientras que ahora está Coldplay, una banda considerada algo ñoña y de entorno privilegiado. Ahora no se me ocurre ningún grupo de la importancia de Oasis que pueda cumplir ese perfil. En la actualidad en las universidades lo que está de moda es ser pijo, incluso sólo estéticamente. El look de Retorno a Brideshead, con sus camisas rosas y sus corbatitas ridículas, ha vuelto, y se organizan fiestas temáticas chavs como manera de echarse unas risas. Es un cambio sustancial.

Tras un libro de tanto éxito como Chavs, ¿qué viene ahora?

Estoy trabajando en un libro sobre la clase dirigente, The Establishment and how do they get away with it (La clase dirigente, y cómo se salen con la suya), y es sobre la clase dominante y lo que hace, basado en una gran cantidad de entrevistas, centrado en cómo gestiona el poder y lo mantiene.

¿Algún descubrimiento interesante?

Que son unos cabrones (ríe). ¡Lo dicen ellos mismos! Describo su mentalidad como un anuncio de L'Oreal: "Porque yo lo valgo". Así justifican sus privilegios políticos y sociales, se suben el sueldo y pasan del sector público al privado sin ningún tipo de remordimiento.

http://www.eldiario.es/cultura/entrevistas/Owen-Jones-empeorado-escribi-Chavs_0_262124428.html


Portada

Owen Jones - Chavs, la demonización de la clase obrera

Sinopsis: En la Gran Bretaña actual, la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Desde la Vicky Pollard de Little Britain a la demonización de Jade Goody, los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad cuyos miembros se han estereotipado en una sola palabra cargada de odio: chavs. 


En este aclamado estudio, Owen Jones analiza cómo la clase trabajadora ha pasado de ser «la sal de la tierra» a la «escoria de la tierra». Desvelando la ignorancia y el prejuicio que están en el centro de la caricatura chav, retrata una realidad mucho más compleja: el estereotipo chav, dice, es utilizado por los gobiernos como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos y justificar el aumento de la desigualdad. Basado en una investigación exhaustiva y original, este libro es una crítica irrefutable de los medios de comunicación y de la clase dirigente, y un retrato esclarecedor e inquietante de la desigualdad y el odio de clases en la Gran Bretaña actual.


PDF]Chavs: la demonización de la clase obrera - WordPress.com

https://asturiesdixebra.files.wordpress.com/.../jones_owen_-_chavs_la_de...
4 nov. 2013 - palabra cargada de odio: chavs. En este aclamado estudio, OwenJonesanaliza cómo la clase trabajadora ha pasado de ser «la sal de la ..