Gilles Lipovetsky (París1944) es un filósofo y sociólogo francés. Es profesor agregado de filosofía y miembro del Consejo de Análisis de la Sociedad y consultor de la asociación Progrès du Management. En sus principales obras (en particular,La era del vacío) analiza lo que se ha considerado la sociedad posmoderna, con temas recurrentes como el narcisismo apático, el consumismo, el hiperindividualismo psicologista, la deserción de los valores tradicionales, la hipermodernidad, la cultura de masas y su indiferencia, la abolición de lo trágico, el hedonismo instanteneista, la pérdida de la conciencia histórica y el descrédito del futuro, la moda y lo efímero, los mass media, el culto al ocio, la cultura como mercancía, el ecologismo como disfraz y pose social, entre otras. Es profesor de la Universidad de Grenoble.




La era del vacío - Universidad de Palermo

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Vivir la religión, ¿altera el equilibrio psíquico?

Sigmund Freud: Un mito creador de mitos

Por Antonio Orozco-Delclós


La revista Europe Today (28-XII-1995) da noticia de la protesta de 50 psicólogos, historiadores y feministas, por la celebración de una exposición dedicada a Sigmund Freud en la Biblioteca del Congreso de Washington. Las críticas no han sido atendidas. La exposición no se había organizado en torno a ningún aniversario, pero la Biblioteca del Congreso dispone de la más amplia colección de cartas y objetos del fundador del psicoanálisis y ha parecido lógico que organizase una exposición sobre ese hombre que ha marcado «un nuevo rumbo al pensamiento del siglo XX».

Más de 50 años después de su muerte, la personalidad de Freud (1856-1939) sigue siendo controvertida. El premio Nobel de Medicina Sir Peter Medawar, ha calificado al freudismo como «uno de los pasajes más tristes y extraños de la historia del pensamiento del siglo XX». El mismo Freud sufrió, durante su vida, duras críticas que le acusaban de poco científico, subjetivo y charlatán. Su personalidad autoritaria, la tentación de convertir a sus discípulos en leales miembros de una cuasi religión y sus trabajos especulativos sobre el fenómeno religioso y sobre la civilización, hicieron que se le tomara por un loco. Pero Freud transformó las pautas del pensamiento de su tiempo. Fue una extraña mezcla de racionalista y de profeta, destruyó unos mitos y creó otros.

«Los científicos y los psicólogos experimentales --dice Europ Today-- nunca han tenido mucho tiempo para estudiar a Freud. Ha sido más sugerente en terrenos como la literatura de la mente, o para quienes querían conocer la estructura de la psique humana y todo lo que se esconde al pensamiento cotidiano». Sea de esto lo que fuere, es difícil no ver en algunos ambientes más o menos intelectuales, que les llegan las nuevas corrientes culturales cuando entre los profesionales más especializados ya carecen de vigencia por haber sido superadas. Pasa incluso --con las necesarias salvedades, por supuesto-- en centros de enseñanza de nivel supuestamente elevado y en centros de enseñanza media.

QUÉ APORTA SIGMUND FREUD

La teoría psicoanalítica de Sigmund Freud presupone una antropología de la que podríamos hablar aquí con conocimiento de causa. Pero vamos a limitarnos a transmitir valoraciones de especialistas de reconocida solvencia en antropología y psicopatología. El asunto es relevante, porque no es infrecuente que lo freudiano se encuentre más o menos explícito en clases, tertulias televisivas y radiofónicas, en escaparates de librerías corrientes, etcétera. Se lanzan ideas al aire como si fuesen tesis indiscutibles y los inexpertos en el rigor científico se impregnan de ellas, adquieren un concepto distorsionado del hombre e insensiblemente pierden (si lo tenían) el rumbo vital.

¿No son fascinantes, por ejemplo, algunas películas del genial director cinematográfico católico Alfred Hitkoch (que muchos hemos visto y, si tuviéramos tiempo volveríamos a ver con fruición)? Ahí subyace Freud y su teoría de los sueños tramando el argumento o la clave de un suspense admirable; el análisis de los sueños conduce al descubrimiento del origen de tremendos desequilibrios psíquicos, incluso al criminal de la película.

De otra parte, no pocos católicos --y no me refiero ya a Hitkoch--, con un inexplicable complejo de inferioridad ante todo lo que parece moderno, quedan deslumbrados por el aparato científico con que el freudismo se ha venido presentando desde sus orígenes (lo mismo ha sucedido con el ya obsoleto marxismo), de tal manera que ante él sienten conmoverse los cimientos de su fe. No es que deba afirmarse simplemente que el freudismo es falso por oponerse a la fe, ni que esto no sea cierto. Lo que es de subrayar es que a estas alturas de un nuevo milenio, muchos eminentes psicólogos han demostrado, o al menos mostrado, que la antropología freudiana es insostenible. En el freudismo hay mucho de discutible y mucho de obviamente falso, aunque, como en todo lo que hace furor, algo haya de verdad. Pero lo normal es que la verdad involucrada en un inmenso error pueda hallarse también en otros campos, sin necesidad de tragarse equívocos que pueden resultar estragadores.

Hay cosas, como la energía atómica, que son ambivalentes: pueden utilizarse para el bien o para el mal. Si se utilizan mal, la culpa no es de la teoría que lo ha hecho posible. Hay también teorías que son globalmente un inmenso error, aunque contengan alguna verdad, que les presta credibilidad y fascinación. Cuando se aplican éstas, el balance es siempre letal. Pero, si satisface alguna pasión humana vehemente, es difícil de ver o reconocer. Ciertos materialismos encierran una verdad: la materia es cosa buena; el placer es deseable. Pero su error es incalculable, porque distorsiona el conocimiento de la realidad –la verdad sobre el hombre, la familia, la sociedad--, que posee una dimensión y sentido trascendente a todo lo material. Por otra parte, la verdad que pueda haber en el materialismo se puede encontrar también, y con mucha mayor riqueza, en el cristianismo, que profesa nada menos que la encarnación del Hijo de Dios. El bien que ha hecho el materialismo es exiguo; el mal, inmenso.

¿Qué bien ha hecho la antropología materialista de Freud a la medicina, a la psicología, a la ciencia en general, a los enfermos? Se dice que Freud introdujo una relación más humana con el enfermo. Pero cada día son más los que cuestionan la aportación de Freud a la medicina. El reciente descubrimiento de documentos relacionados con Freud y su círculo, además de la parsimoniosa autorización para publicar otros por parte de sus herederos, han proporcionado crecientes datos sobre el hombre y sus obras. Algunos son inquietantes. El hecho es que las historias publicadas de casos clínicos de Freud registran resultados poco convincentes o lamentables.

UN GENIO DE LA PROPAGANDA

Hans J. Eysenk, profesor de Psicología de la Universidad de Londres, ha escrito un documentado ensayo que lleva por título Decadencia y caída del imperio freudiano. Después de examinar, durante lustros, casos tratados por Freud, concluye que «fue, ciertamente, un genio, pero no de la ciencia, sino de la propaganda; no de la prueba rigurosa, sino del arte de persuadir; no del esquema de experimentos, sino del arte literario». Eysenck dice que aunque parezca un juicio duro, el futuro lo respaldará. Y añade que del psicoanálisis «sólo nos queda una interpretación imaginaria de seudo-acontecimientos, fracasos terapéuticos, teorías ilógicas e inconsistentes, plagios disimulados de los predecesores, percepciones erróneas de valor no demostrado y un grupo dictatorial e intolerante de seguidores que no insisten en la verdad, sino en la propaganda». Eysenck denuncia, además, que los dogmas freudianos han logrado minar valores fundamentales para la civilización, subjetivizar las normas morales y perturbar el sano ejercicio de la sexualidad.

Ante acusaciones tan duras y difíciles de rebatir, algunos de sus seguidores se han defendido: «Freud puede no haber sido muy hábil al practicar lo que predicaba, pero ese defecto no invalida en modo alguno sus teorías generales». Sin embargo, el abrumador número de fracasos prácticos lógicamente ha de poner en tela de juicio la teoría. Muchos son ya los científicos de prestigio que suscribirían el epitafio que el humorista Máximo puso –en una de sus viñetas de humor negro-- sobre la tumbra de Freud: «Sigmund Freud. Amplió ilimitadamente el desconocimiento del hombre». Hay una riada de nuevos libros que atacan a Freud y a su invento del psicoanálisis por «una extensa serie de errores, duplicidades, pruebas amañadas y pifias científicas».

LOS SUEÑOS Y LA REPRESIÓN

Su conocida «teoría de los sueños» supone que los sueños son fantasías repletas de deseos. Pero no se puede demostrar científicamente. De ser verdadera, ¿a qué extraños deseos corresponderían esos sueños terribles sobre sufrimientos y desastres que tenemos alguna vez? Lo cierto es que algunos sueños pueden revelar deseos escondidos, otros esconderlos y unos terceros refutar la teoría de Freud.

Para Freud toda represión sería causa de una neurosis. Adolf Grunbaum --eminente filósofo de la ciencia y profesor en la Universidad de Pittsburgh-- ha publicado un libro (Validation in the clinical theory of psychoanalysi), en el que examina desapasionadamente una serie de premisas psicoanalíticas claves: la teoría de la represión (lo que Freud denominaba «la piedra angular sobre la que descansa toda la estructura del psicoanálisis»). Grunbaum no pretende que la idea de los recuerdos reprimidos, por ejemplo, sea falsa. Simplemente, sostiene que ni Freud ni ninguno de sus sucesores ha demostrado alguna vez la existencia de un vínculo causa-efecto entre un recuerdo reprimido y una neurosis posterior, o entre un recuerdo recuperado y una consecutiva curación. Grunbaum, como es lógico, no se satisface con una retórica más o menos brillante, exige pruebas, y no las encuentra en las teorías freudiana de los sueños y de la represión: «Hay que demostrar más».

Es difícil saber por qué Freud ha dominado de forma tan profunda la imaginación del siglo XX. Existe un difícil equilibrio entre sus pretensiones «científicas» y sus atrevidas especulaciones. El profesor de Cambridge John Casey afirma: «Creo que me he librado de la influencia de Freud, y odio la sociología freudiana, que siempre busca motivos sexuales y "lapsus freudianos" en los motivos de actuación de las personas. Pero aún así no me parece posible librarme de la figura de Freud. Creo que el pensamiento de Freud ha deformado el pensamiento occidental, y que su pseudo-ciencia no dice nada nuevo sobre el mundo. Como dijo Wittgenstein, "en Freud no hay sabiduría, sólo inteligencia"».

SEXUALIDAD Y LIBIDO

Aquilino Polaino-Lorente (Universidad Complutense) ha escrito varios libros sobre el tema y afirma que aunque los partidarios del psicoanálisis consideren a Freud como el liberador de la represión sexual del hombre, el hecho es que no sólo no hizo tal cosa, sino algo bien distinto: «intentó comprender la neurosis desde un punto de vista meramente sexual y lo que hizo, en realidad, fue sexualizar la neurosis. Como consecuencia, neurotizó la sexualidad humana. No deja de ser curioso -añade el profesor- que cuanto mayor es el contacto de un cliente con las interpretaciones psicoanalíticas -un contacto siempre comprometido, porque exige creer en ellas-, más frecuentemente aparecen las neurosis sexuales. ¿Puede llamarse a esto liberación sexual?»

Algo hay de verdad en las teorías de Freud, dice el profesor Polaino. Pero añade que, en conjunto, son interpretaciones sin apenas valor científico. Freud no ha liberado a la humanidad, sino que la ha humillado. Ha pretendido que el hombre no se sienta ya dueño de sus actos. Según Freud, nuestros actos responderían siempre a una motivación inconsciente, de tal manera que no quedaría espacio para la libertad: el hombre de la interpretación freudiana no es más que un autómata instintivo al servicio de la pulsión sexual, más o menos latente.

Freud, en efecto, es uno de tantos "liberadores" que niegan la libertad, porque en su antropología materialista la libertad personal que confiere dominio de los propios actos, no puede por menos de naufragar en un piélago de instintos, entre los que se destaca enormemente el sexual. Pretende "liberar" de supuestas represiones, de neurosis más o menos reales y no se da cuenta –no puede desde su antropología materialista— de lo que es el hombre, de lo que es la sexualidad humana, ni siquiera de lo que es la neurosis.

Para Freud y todavía bastantes psiquiatras y psicólogos actuales (cada vez menos), la religión no sería más que el efecto de conflictos reprimidos. Las actividades del yo, el pensamiento, el juicio nacerían de la libido. Freud rechazó siempre la etiqueta de pansexualismo. Pero de hecho, en su obra, la libido está en la génesis de todos los trastornos mentales. Es más, se halla también en el origen de toda la Historia, la Cultura, el Arte y la Religión, siempre productos --estos últimos-- de la sublimación de la libido. El mismo desarrollo de la personalidad, desde el nacimiento a la madurez viene explicado según hipotéticas etapas de evolución del instinto sexual, dentro del cual sería normal (!) el complejo de Edipo. Casi todas las relaciones psicológicas del hombre nacerían en esa zona instintiva sexual. De modo que si no es pansexualismo lo de Freud, al menos es una hipertrofia increíble de lo sexual. En ese contexto, la vida religiosa y la moral cristiana aparece como una enajenación o fuente de desequilibrios mentales.

Es bueno, por eso, recordar lo que ya hace lustros escribía Giambattista Torelló, profundo conocedor tanto de la ciencia psquiátrica como del fenómeno religioso : «La vida religiosa no engendra neuróticos, sino que es el neurótico quien deforma la vida religiosa, y en determinados casos el enfermo da exclusivos o determinados contenidos religiosos a su neurosis... Sería fácil pensar, juzgando por el contenido religioso de tales neurosis, que son de origen religioso. Lo que sucede es muy distinto: la personalidad neurótica se ha adueñado de la religiosidad para manifestarse, como habría podido, por ejemplo, instalarse en la higiene, en la sexualidad o en los celos»

Especialistas en el tema aseguran que el psicoanálisis freudiano podrá desplazar seguramente el objeto de los escrúpulos de un neurótico, pero nunca curar su neurosis que se centrará, en otros objetos. Se habrá cambiado el objeto de la neurosis, pero no curado la enfermedad. Así, por ejemplo, del escrúpulo en materia sexual, se pasará a la falsa liberación de la entrega sin condiciones (a eso se llamará liberación) al abuso de la genitalidad. El psiquiatra competente, quizá no logre curar ciertas neurosis, pero no las agravará con engaños. Si una determinada neurosis hoy por hoy no es curable, la vida de fe la hará al menos más llevadera; y en modo alguno hay que excluir que la oración obtenga de Dios no sólo el alivio sino incluso la sanación del enfermo.

Vivir la religión cristiana no sólo no altera el equilibrio psíquico de las personas normales. «Los ideales religiosos, vividos en intensa vida espiritual, pueden prevenir, y de hecho previenen, algunos trastornos mentales, y a veces alivian e incluso curan estados en los que los medios terapéuticos han resultado ineficaces» (Moore). C. Jung llega a afirmar que el psicoanalista tendría pocos enfermos si la gente viviera de acuerdo con los Mandamientos. Y Victor Frankl asegura que la religión «resulta también psicohigiénica; es más, tiene eficacia en sentido psicoterapéutico, por cuanto recoge y ofrece asilo al hombre y le da una seguridad sin par».

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©2000 by Antonio Orozco
©2002 Edición Digital Arvo Net en línea.


 http://www.mercaba.org/Filosofia/Freud/un_mito_creador_de_mitos.htm


EL LUGAR DE LA DESESPERACIÓN

La historiadora Lydia Marinelli, comisaria de la exposición El diván. Sobre el pensar acostado, explica que, después de escuchar a sus pacientes, Freud percibió que el diván era "el lugar del desplome". Ellas, sus primeras pacientes histéricas, provenientes de la alta burguesía, solían tener un elegante diván en el salón, sillón de evocación erótica sobre el que aprendían a sentarse según los buenos modales de la época para no parecer indecentes. Pero era también sobre el diván donde, a solas, se desplomaban llorando, desesperadas, cuando estaban en crisis. En un principio, el padre del psicoanálisis ya usaba este mueble para el tratamiento mediante hipnosis. No suponía nada peculiar, ya que en los consultorios médicos del siglo XIX era normal encontrar un diván cubierto de tapices orientales como el que más tarde usó Freud. Una costumbre que la medicina eliminó cuando surgió el miedo a las bacterias. El pionero de la "cura de descanso" fue, hacia 1870, en EE UU, el precursor de la neurología Silas Weir Mitchell (1829-1914). La inmovilización en posición horizontal se empezó a aplicar en muchos países para tratar la neurastenia, pero numerosos expertos la consideraban arriesgada porque, acostado, el paciente podía perderse fácilmente en fantasías. Precisamente esas fantasías tan temidas fueron las libres asociaciones que Freud apreció como material para explorar la psique. No tardó mucho el diván en convertirse en icono de lo freudiano. Y sirvió de promoción del psicoanálisis dada su fácil representación visual, muy bien reciclada por Hollywood y por caricaturistas. La muestra presentará en este contexto también algunos cuadros de pintores surrealistas. En una serie de entrevistas con psicoanalistas se intentará averiguar cuán indispensable puede ser el diván, dado que muchos consideran que es un distintivo del psicoanálisis en comparación con otro tipo de terapias. "Las respuestas son muy variadas. Tenemos expertos muy fieles al diván y otros que lo rechazan por contraproducente. Así, la exposición se deriva ya sea hacia una crítica al psicoanálisis clásico como hacia una defensa de éste".

http://elpais.com/diario/2006/01/08/cultura/1136674801_850215.html

FREUD Y LACAN EL FRAUDE

Freud (1856-1939) y Lacan (1901-1981), el fraude

freudlacan
Alejandro Vázquez Cárdenas/Colaboración especial
Miércoles 28 de Marzo de 2007
Extractado
Dicho artículo cita, como si tuvieran valor científico, las opiniones de reconocidos farsantes como el señor S. Freud y señaladamente J. Lacan, uno de los mayores embaucadores que ha dado el mundo de la medicina.
La lectura de este artículo me ha hecho recordar la tragedia que ha significado para una parte de la sociedad el éxito que en su momento tuvieron esas fantasías producto de la imaginación de Sigmund Freud y que, afortunadamente para la humanidad y la medicina, han caído ya en el descrédito y se encuentran en el sitio de donde nunca debieron haber salido, las pseudociencias, junto con sus hermanos, la astrología y la quiromancia.
Como cualquier investigador serio lo sabe, las tesis fundamentales del psicoanálisis carecen de toda base científica, pero Freud poseía ambición, talento literario y una gran imaginación. Acuñaba neologismos y creaba lemas con facilidad hasta el punto de incorporar a su lengua palabras y expresiones nuevas: el inconsciente, el ego y el superego, el complejo de Edipo, la sublimación, la psicología profunda, etcétera.
La diferencia entre la entelequia de Freud y el trabajo de un científico es absoluta. Para el científico, la búsqueda de la verdad y la crítica constructiva es fundamental. Nada es más valioso para el científico que ver sus teorías debatidas y criticadas por sus pares. Si las críticas son infundadas, sabe que sus teorías sobrevivirán. Si están bien fundamentadas, entonces sabe que deberá cambiar sus teorías, o incluso abandonarlas. La crítica es vital para la ciencia, pero el psicoanalista se ha opuesto siempre a cualquier forma de crítica. La reacción más corriente ha consistido en acusar al crítico de «resistencias» psicodinámicas, procedentes de complejos de Edipo no resueltos y otros disparates; pero esto no es una réplica. Los puntos deben ser juzgados en términos de su relevancia fáctica y de su consistencia lógica. El uso del argumento ad hominem como réplica a la crítica es el último recurso de los que no pueden responder con hechos.
Todo en el psicoanálisis es falso, pero entre todas sus escuelas la más ridícula es la de Lacan. No hay nada, pero absolutamente nada que se pueda rescatar de las tonterías que dicen los lacanianos.
Lacan es básicamente una combinación de Freud y Saussure. Para Saussure, un lingüista suizo de principios de siglo, las palabras están constituidas por un significante y un significado. El significante es el sonido, el conjunto de fonemas que constituyen a una palabra. Mientras que el significado es la representación psíquica del objeto mencionado. Para Saussure todo lo que se debía conocer para aprender un idioma era un diccionario, él no se preocupaba por las estructuras de las palabras cuando son combinadas en oraciones. Lacan hace una modificación a las teorías de Saussure. Para Lacan no hay significados, un significante no se refiere a nada en particular, un significante es lo que es, no porque tenga un significado sino por lo que no es, se define por una relación negativa (así hablan los lacanianos). Como los significados no significan nada en particular, están constantemente cambiando, forman cadenas cambiantes de la misma forma que se forman las oraciones según Lacan y es esto lo que constituye nuestro inconsciente.
Lacan, dueño de significantes sin significado escribió una vez: «Así, calculando esa significación según el álgebra que utilizamos, a saber: S (significante) sobre s (significado) = S (el enunciado). Con S=1, tenemos s = Raíz Cuadrada de menos 1. Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce. No en cuanto él mismo, ni siquiera en cuanto a imagen, sino en cuanto parte faltante de la imagen deseada: por eso es igualable a Raíz Cuadrada de menos 1». Medalla de oro a quien descifre a la primera este galimatías.
Y qué dice el buen Lacan sobre la curación de un paciente: «La curación, en definitiva, se realiza por medio de la restitución de las cadenas asociativas que sostienen los símbolos hasta el acceso a la verdad del inconsciente, a los significantes elementales que por metáfora y metonimia se habían propulsado a la consciencia. La curación es la reintegración en el hilo normal del discurso de una palabra, la palabra plena, que no había podido decirse más que deformada». Segunda medalla de oro al que traduzca esto.
Para terminar recordemos algo. En relación con estas teorías freudianas, el psicólogo alemán H. Ebbinghaus, que fue el único en introducir el estudio experimental de la memoria en este campo, afirmó: «Lo que es nuevo en estas teorías no es verdad, y lo que es verdad no es nuevo». Este es el epitafio perfecto, no sólo de las teorías de Freud sobre el inconsciente, sino de toda su obra.
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Nada más hay un problema con esta teoría. Esta totalmente mal. En 1957 Chomsky probó que para poder entender el lenguaje se necesitan de estructuras que trabajen con la gramática de las oraciones, no nada más con las palabras. El significado de las palabras depende de las palabras que vienen antes y después. En términos más técnicos se necesitaba algo más que amontonar palabras (es decir un modelo de Markov) para describir la sintaxis de un lenguaje tal como lo hablamos, se necesita también contar de una memoria — se necesita algo más que una máquina de estados finitos.
Vamos a suponer que los conceptos de lenguaje que tiene Lacan son los correctos, el lenguaje esta formado de significantes y significados y a estos los juntamos usando metonimia (secuencia) y metáfora (sustitución). Esto entonces te permite usar teoría de juegos para modelar como se transmiten las ideas, puedes ver como se replican las ideas, puedes construir modelos de Markov para ver como va a cambiar la distribución de las ideas a través del tiempo.
Pero sabemos desde Chomsky que los modelos de Markov no son suficientes para modelar como adquirimos el lenguaje. Un modelo de Markov determina un autómata probabilístico de estados finitos y las gramáticas sin contexto (que es el mínimo requerido para describir la sintaxis de un lenguaje) no se pueden modelar con máquinas de estados finitos, necesitas algo con una memoria.
Las estructuras que dice Lacan forman el lenguaje son inadecuadas para describir la sintaxis del lenguaje. Peor aun, las ideas de nuestra mente son todavía más complicadas (por ejemplo, encontrar una solución para el problema del vendedor) y nunca las vas a poder describir con los significantes, significados y otras cosas que dice Lacan —necesitas de una máquina de Turing.
Desde hace 50 años sabemos que no bastan las estructuras que emplea Lacan para describir la sintaxis de un lenguaje (y mucho menos las ideas) y la gente le sigue haciendo caso. Creo que la mayoría de la gente que le hace caso a Lacan o es estúpida o son muy flojos para ponerse a averiguar si lo que dice siquiera tiene sentido.
Cuando Lacan dio una plática en la universidad donde enseñaba Chomsky, contestó una pregunta que le hizo Chomsky acerca del pensamiento diciéndole: “Pensamos que pensamos con nuestros cerebros, pero personalmente yo pienso con mis pies. Esa es la única manera por la que puedo entrar en contacto con algo solido. En ocasiones pienso con mi cabeza, como cuando choco con algo. Pero he visto suficientes encefalogramas para saber que no hay indicios de pensamiento en el cerebro”[1]
[1] Lacan, Politics, Aesthetics, eds. Richard Feldstein and Willy Apollon, p. 135.
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Para sus defensores, Lacan fue quien dio rigor científico al psicoanálisis; para sus detractores, fue un charlatán. Sokal y Bricmont no dicen esto último, pero sí se permiten lanzar una hipótesis sobre su obra en conjunto: si estaremos en el comienzo de una nueva religión, debido a que los escritos de Lacan produce efectos que no son puramente estéticos ni tampoco racionales; digamos, un “Misticismo laico”. El caso es que es muy dado a teorizar en una “ciencia”, por así decirla, tan joven como el psicoanálisis, en lugar de dedicarse a buscar alguna prueba empírica de lo que dice.
El caso es que Lacan tiene una idea sólo vaga de las matemáticas y, lo que es peor, nunca explica por qué sus analogías vienen a cuento. Por ejemplo, una de sus fijaciones parece ser la topología: así, del “corte” que se da a la cinta de Moebius, la botella de Klein, etc. nos dice: “Si se puede simbolizar el sujeto mediante este corte fundamental, del mismo modo se puede mostrar que un corte en un toro corresponde al sujeto neurótico, y en una superficie entrecruzada, a otro tipo de enfermedad mental”. (en un artículo de 1970). Por si fuera poco, nos aclara que habla de cosas que existen realmente, que “no es una metáfora”.
Otro objeto de su interés son los números imaginarios, que parece confundir con los irracionales: algunos cálculos “algebraicos” hacen comentar a Sokal que “se burla del lector”, pero lo mejor, la frase memorable, no ha llegado aún:
“Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce, no en sí mismo, ni siquiera en forma de imagen, sino como parte que falta de la imagen deseada: de ahí que sea el equivalente de sqr(-1) del significado obtenido más arriba, del goce que restituye, a través del coeficiente de su enunciado, a la función de falta de significante: (-1)” (“Posición del inconsciente”, en Ecrits, 2)
Tampoco tiene mucha consistencia su uso de la lógica y de la indución matemática, de las cuales nunca se explica a qué vienen a cuento hablando del psicoanálisis; en resumen, siempre que Lacan habla de matemáticas lo que encontramos es palabrería sin sentido.
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Portada de un comic de 1955
Gentileza de journal.davidbyrne.com
“Nuestra práctica es una estafa, fanfarronear, hacer pestañear a la gente, deslumbrarla con palabras rebuscadas, es lo que habitualmente llamamos “rebuscado”. (…) Desde el punto de vista ético, es insostenible nuestra profesión; es por eso que me enferma , porque tengo un superyó como todo el mundo.”
Jacques Lacan se refirió con esos términos a la práctica psicoanalítica el 26 de febrero de 1977 en una conferencia que dictó en Bruselas y fue publicada por Le Nouvel Observateur, Nº 880, p.88 según atestigua en sus paginas 62 y 108″El libro negro del psicoanálisis” que hace poco salió a la venta en idioma español.
Cualquier psicoanalista podrá -seguramente- decir que “no es lo que parece”, por eso el mismo Lacan se extendió sobre la cuestión en su seminario Nº XXIV “L’insu qui sait de l’une bevue s’aile a mourré”:
“Pienso que, si ustedes fueron informados según los belgas , les llegó a sus oídos que yo hablé del psicoanálisis que podría ser una estafa. (…) El psicoanálisis puede ser una estafa, pero no es cualquier estafa: es una estafa que acierta con relación a lo que es el significante, o sea, algo muy especial, que provoca efectos de sentido” (publicado en “Ornicar?, Bulletin periodique du champ freudien” , “L’Escroquerie psychanalytique”, 17.1979,1,p.8.)
Está de más decir que vender una casa que no fuera la mía provocaría también “efectos de sentido” al que la compre creyendo que soy el propietario, pero lo verdaderamente subyugante es que “el psicoanálisis sea una estafa que acierta con relación a lo que es el significante”.
No es una estafa cualquiera, claro.
Si tenemos en cuenta que Lacan asegura que un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante, aún quedaría por dilucidar si el significante “estafa” representa a un sujeto para cual otro significante, n’est pas?
Fuentes:
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La prueba más rigurosa del uso del psicoanálisis para ameliorar problemas sociales fue efectuada entre 1937 y 1945 en Boston. Mas de 600 niños que tenían alto riesgo de convertirse en delincuentes juveniles fueron asignados aleatoriamente a una combinación de psicoanálisis y psicoterapia rogeriana por 4 años o a un grupo control que no recibió tratamiento. Estudios efectuados a los 3 y 10 años después de que terminó el tratamiento de los jóvenes revelaron que no había ninguna diferencia en el número de arrestos entre los dos grupos. Sin embargo a los 30 años se encontró que en la gente que había recibido tratamiento psicoanalítico una mayor proporción había cometido más de un crimen y que la diferencia era significativa estadísticamente. Análisis posteriores revelaron que cuando el psicoanálisis fue más intenso y tuvo mayor duración, era mayor la probabilidad de que los jóvenes cometieran un crimen. La evaluación subjetiva de los sujetos que recibieron psicoanálisis fue positiva y sugería que los efectos del tratamiento fueron positivos. La realidad fue otra. La comparación entre el grupo de tratamiento y el control indicó que el programa tuvo efectos negativos. El decir que validaste tus teorías por la subjetividad de los pacientes cuando era perfectamente razonable diseñar un experimente para ver si estas eran verdaderas te convierte en un pseudocientífico. El psicoanalisis es una teoría acientífica, sin evidencia que la respalde y ha sido abandonada por la psicología moderna. Si Sigmund Freud cometió fraude en su libro La interpretación de los sueños, extorcionó a Horace Frink y mintió en el historial clínico de Anna O., que otro resultado se podía haber esperado.
Cuando Lacan dio una plática en la universidad donde enseñaba Chomsky, contestó una pregunta que le hizo Chomsky acerca del pensamiento diciéndole: “Pensamos que pensamos con nuestros cerebros, pero personalmente yo pienso con mis pies. Esa es la única manera por la que puedo entrar en contacto con algo solido. En ocasiones pienso con mi cabeza, como cuando choco con algo. Pero he visto suficientes encefalogramas para saber que no hay indicios de pensamiento en el cerebro”[1] [1] Lacan, Politics, Aesthetics, eds. Richard Feldstein and Willy Apollon, p. 135.

FREUD AL SOFA

La historia secreta del padre del sicoanálisis en la biografía más completa que se le ha hecho.
 FREUD AL SOFA
Sigmund Freud en la vida cotidiana, era más complicado que sus pacientes y esto se desprende del fragmento de una de sus cartas, en el cual confiesa: "He destruido todas mis notas de los últimos catorce años, así como cartas, resúmenes científicos y manuscritos de mis obras. Entre las cartas, sólo se salvaron las de la familia... que los biógrafos trabajen y se afanen; no queremos hacérselo demasiado fácil... quienquiera que se vuelve biógrafo se compromete a la mentira, el ocultamiento, la hipocresía, el embellecimiento e inclusive tiende a disimular su propia falta de comprensión, pues la verdad biográfica no se puede creer, no se puede poseer y aunque uno la posea, no la puede utilizar...".

La verdad biográfica: esa es la búsqueda que emprende y sostiene durante varios años el ya famosa biógrafo Peter Gay, en torno a una de los personajes más difíciles pero más apasionantes de la humanidad.

Freud no quería ayudar a los biógrafos. Sabía que sus cartas, apuntes, conversaciones con sus contemporáneos y familiares, sus conferencias, sus viajes, esos momentos de dolor, cuando comprendía que algunos subestimaban su trabajo y se burlaban de él, serían hurgados despiadadamente por extraños interesados en sacar sus propias teorías sobre las teorías freudianas. Por eso procedió a destruir casi todo ese material personal, pero no contaba con la labor de relojero de Peter Gay quien a lo largo de un libro voluminoso, desarma todo el laberinto freudiano, descompone las piezas que conforman ese universo fascinante, sus teorías, sus dudas, sus hallazgos, el aplauso de otros científicos, sus relaciones tensas con la familia y sobre todo, la permanente e intima convicción que sostenía su vida y su trabajo era un genio, adelantado a su época, lo que descubría le serviría a la humanidad, la cual, después de Freud ya no pudo seguir siendo la misma. Aunque algunas de sus teorías serían después revisadas y hasta puestas en duda por algunos de sus discípulos, el libro deja la sensación grata de estar asistiendo al espectáculo desbordante de un genio en su entorno cotidiano, con sus complejos, con sus fobias y resentimientos.

El prodigio del biógrafo es haber unido en una simbiosis entretenida y sabia, el ser humano que había en Freud, con sus problemas domésticos, y el científico que se plantea los más agudos e intrincados nudos teóricos. Mientras tanto, analizar y hacer entender por los demás, aspectos del hombre que ya eran motivo de curiosidad desde muchos siglos atrás, como los sueños, la conciencia, la culpa, la moral, y supera esos escándalos familiares que sacudieron su vida.

En este libro se mezclan lo trivial lo noble, lo cotidiano y lo científico lo real y lo imaginativo. Al lado de una descripción de los problemas sexuales que tenían Freud y su esposa. 
Aparecen los conflictos del maestro con sus discípulos. Paralelamente a las tensiones que padecía Freud por sus raíces judías, se hallan las anécdotas de esa Viena marcada por la figura barbuda y de chaleco de un hombre que sentía un pavor enorme al dolor y quien durante sus últimos meses de vida, no podía soportar los padecimientos de su enfermedad.

Pocos personajes tan discutidos como Freud. Lo llamaron genio, creador, fundador, maestro, sabio, gigante entre los gigantes, renovador de la humanidad, revolucionario de la mente humana y otros calificativos. 
Pero, al mismo tiempo, lo llamaban plagiario, embustero, chismoso, farsante, aberrado, pervertido y charlatán. además de otros epítetos. Mientras algunas corrientes siguen considerando el sicoanálisis una simple especulación, los siquiatras continúan analizando devotamente las teorias freudianas que todavia siguen en pie, tantos años después.

En medio de los discipulos, las mujeres, sus relaciones con personajes extraños como Carl Jung, el libro dedica un enorme significado a la presencia de la hija, Anna Freud, quien renunció a su propia vida para dedicarse al padre, a la persona y a la obra. Conociéndola profundamente y sabiendo hasta dónde llegaba la sensibilidad de la hija, Freud fomentaba su amistad profunda con otras mujeres, como Lou Andreas-Salomé sobre quien Liliana Cavani hizo una pelicula extraña. El relato de cómo Anna contaba a su padre los sueños que tenia a diario y cómo el anciano la sicoanalizaba, conforma uno de los momentos más emocionantes del libro.

Hasta la aparición de este libro de Gay, internacionalmente se tomaba la biografía escrita --en tres tomos- por uno de los discipulos del maestro Ernest Jones, como lo más exhaustivo sobre este personaje. Sin embargo, el método periodistico empleado por Gay, de ir mezclando a lo largo de esas numerosas páginas los dos niveles de la vida de Freud, el personal y el científico, convierte este libro recién aparecido en castellano, en obra obligatoria de consulta para no sólo los interesados en el sicoanálisis, sino también para quienes quieran conocer fragmentos de la historia que siguen teniendo incidencia en la vida cotidiana.-

http://www.semana.com/cultura/articulo/freud-al-sofa/13226-3










Lo acusan de convertir sus instintos en una teoría universal y de estafar a sus pacientes. El debate llegó hasta la Argentina, el país más psi del mundo. Un ¿necesario? juicio al padre del psicoanálisis bajo la mirada interesante de revista Veintitrés.
En la sala se apiñan hombres y mujeres, deseosos de ocupar los primeros lugares. Nadie quiere perderse un juicio público. La audiencia está por comenzar, con todos los involucrados en sus puestos.

En el banquillo de los acusados: Segismund Schlomo Freud, alias Sigmund, médico y neurólogo austríaco.

El fiscal general, Michel Onfray, se levanta y dice que acusa a Freud de:

- Falsear datos en las historias clínicas de sus pacientes para que pareciera que el tratamiento había sido exitoso. Por ejemplo, Sergei Konstantinovitch, apodado por Freud como “el hombre de los lobos”, siguió psicoanalizándose más de medio siglo después de haber sido “curado” (N. de R.: Sergei sufría de pesadillas que Freud interpretó. Concluyó que se relacionaban con un trauma sexual de su infancia y al contárselo, se habría curado).

- Transformar sus propios instintos y necesidades fisiológicas, desde la homofobia hasta la misoginia, en una doctrina con pretensión universal, verdadera y justa sólo en lo que concierne a sí mismo.

- Estafar a sus pacientes con esa doctrina, denominada psicoanálisis, comparable a una religión. El psicoanálisis cura tanto como la homeopatía, el magnetismo, la radiestesia, el masaje del arco plantar o el exorcismo efectuado por un sacerdote. Sabemos que el efecto placebo constituye el 30 por ciento de la cura de un medicamento. ¿Por qué el psicoanálisis escaparía a esta lógica?

- Abusar de sus pacientes, de su cuñada y hasta de su hija, Ana.

- Ser amigo del nazismo. En 1933 escribió la siguiente dedicatoria a Benito Mussolini: “Con el saludo respetuoso de un veterano que reconoce en la persona del dirigente un héroe de la cultura”.

- Ser homofóbico y tener un especial interés en el abuso sexual, el complejo de Edipo y el incesto (N. de R.: Freud consideró la homosexualidad como una enfermedad).

“¡Traidor!”, “¡Canalla!”, “¡Estafador!”, gritan algunos desde las gradas, dirigiéndose al acusado. De inmediato se escucha la respuesta de quienes están del otro lado del pasillo: “¡Genio!”, “¡Ídolo!”, “¡Sabio!”. Las voces se acallan para escuchar a la defensora oficial.

Elizabeth Roudinesco se levanta y afirma que:

–La fiscalía carece de fuentes y testigos fiables. Son patrañas surgidas de rumores. El fiscal proyecta sus propias obsesiones, al punto de hacer de Freud un criminal conspirador. Onfray quiere convertirse en supuesto liberador de una creencia y se presenta como un historiador serio, obviando el testimonio de quienes, desde hace años, conocen los distintos aspectos de la vida de Freud, quien de ninguna manera se adhiere al fascismo. Además, Freud no consideraba la homosexualidad como una perversión. La acusación no tiene fundamento, sino el de expresar la repulsión que Onfray tiene por la homosexualidad masculina y femenina. Onfray imagina que Freud habría tenido relaciones sexuales perversas con su cuñada, peor aún: que la habría embarazado para obligarla a abortar. Evidentemente, está poco preocupado por las leyes de la cronología y de la procreación: sitúa este acontecimiento en 1923, cuando la cuñada de Freud tenía 58 años.
Es un juicio que promete sacar trapitos al sol y develar secretos en la historia del señor que inventó eso de echarse en un diván a casi monologar de lo que a uno se le ocurra mientras alguien a quien no se ve, escucha en silencio. Usted se preguntará por qué este juicio público se realiza en la Argentina. La razón es sencilla: aquí hay 145 psicólogos por cada cien mil habitantes, una relación récord en el mundo (según reveló The Wall Street Journal). Además, el porcentaje de argentinos que visitaron a un terapeuta en algún momento de sus vidas es del 32 por ciento.

Volvamos a la sesión. Habla Onfray.

–Freud forma parte de esa ralea que quiere la celebridad sin sus inconvenientes: aspira a que se hable de él, pero bien y en los términos elegidos por él mismo. Obsesionado por la celebridad a la que aspira, toma su caso por una generalidad y publica trabajos extrapolando su experiencia. Freud camina junto a la Alicia de Lewis Carroll, a través del espejo e inventa un mundo mágico.

En el banquillo de los acusados, Freud guarda silencio. Se levanta José Abadi, destacado médico psiquiatra y psicoanalista que colabora con la defensa y dice:

–El fiscal es un filósofo bastante interesante, aunque para algunos polémico y frívolo. Freud deja muy en claro que el psicoanálisis es una teoría psicológica, pero es también una técnica y una metodología para aliviar el sufrimiento y para alcanzar algo de lo que podría ser la cura. Quien crea que Freud se aleja de ese fin esencial, aliviar el sufrimiento y potenciar las aptitudes, no entiende bien el psicoanálisis. Es cierto que también implica una cierta cosmovisión, pero lo fundamental es la postulación de que no sólo existe la conciencia, sino también el inconsciente y la represión de las representaciones angustiosas, algo aceptado por casi todos.

Hugo Vezzetti, profesor de psicología en la Universidad de Buenos Aires e invest igador del Conicet, pide la palabra:

–Es cierto que el psicoanálisis es la corriente dominante desde 1960 y hay una fuerte cultura psicoanalítica, pero siempre se discutió su eficacia. Y es difícil analizarla, como se puede hacer en otros campos de la medicina. Lo cierto es que los psicoanalistas siguen teniendo mucha demanda y acumulan experiencia pese a tratarse de un recurso costoso.

Recoge el guante el psicoanalista y escritor Gabriel Rolón, quien manifiesta:

–En los veinte años que llevo practicando el psicoanálisis jamás encontré un solo paciente que me hiciera pensar que Freud estaba equivocado: escucho casi a diario las pasiones edípicas, los traumas inconscientes, analizo sueños y actos fallidos. Es una teoría y una técnica brillante para el tratamiento de ciertas afecciones psíquicas. Nadie puede comprender cómo funciona el inconsciente si no se ha sorprendido con sus propios lapsus o sus sueños. Claro que es aconsejable profundizar la teoría, tal vez adaptar la técnica a los cambios culturales, pero la esencia básica del psicoanálisis, la importancia de la sexualidad, la existencia del inconsciente y el hombre como un producto del deseo y de la palabra, se sostienen más allá del paso del tiempo.

No duda en levantarse Eduardo Keegan, doctor en Psicología, profesor de la UBA y psicólogo clínico reconocido por impulsar la Terapia Cognitiva, y señalar:

–Freud ocultó datos en sus historias clínicas y todavía hay correspondencia suya que no podemos ver porque su hija, Ana, consideró que no era conveniente para el psicoanálisis. Algunos historiadores ya denunciaron que, por ejemplo, el caso de Anna O. (N. de R.: en realidad Bertha Pappenheim, a quien trató por histeria y utilizó de base para su Teoría de la Seducción) no fue exitoso como sostiene Freud, sino que volvieron a internarla con millones de síntomas. Además, como demostró Mikkel Bosch en El libro negro del psicoanálisis, Freud publicó las supuestas bondades de la cocaína para tratar a los morfinómanos a pesar de saber que su amigo y único paciente había tenido problemas. Lo que sucede es que la imagen de Freud que muestra el fiscal Onfray no les gusta a los psicoanalistas que lo ven rubio y de ojos celestes.

Tiemblan los divanes al ver por el piso la figura de quien los rescató para la posteridad. Es que el tal Onfray no ahorra adjetivos de connotación negativa al hablar de Freud: mentiroso, falsificador, charlatán, narcisista, amigo del nazismo y hasta abusador de su hija y su cuñada. Pero es el turno de la defensa y habla Andrés Rascovsky, médico, psicoanalista y presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

–Freud revolucionó la concepción del hombre, esclareció muchísimos aspectos del psiquismo y abrió un nuevo campo científico con la postulación del inconsciente. No ha surgido todavía ninguna teorización superior sobre lo que es, seguramente, la maquinaria más compleja del universo: el cerebro. Siempre hubo resistencia al psicoanálisis, ya sea por su teoría de la sexualidad, por su concepción sobre los instintos de muerte, por su teorización de la psicología de las masas y las condiciones de dominación y servidumbre que el sujeto tiene que enfrentar desde el comienzo de la vida. Pero no puedo confrontar a Onfray, quien no está en la ciencia y ni siquiera en la psicología; sólo pretende generar condiciones para vender más sus libros. Usaré la frase de Freud: “El oso blanco y la ballena no pueden confrontarse, viven en universos distintos”, para explicar que no podemos discutir científicamente. Onfray se ubica a favor de quienes pretenden reducir el hombre a una molécula, es decir, el imperialismo farmacológico que pretende resolver el conflicto y sus síntomas con una fórmula química. El psicoanálisis jerarquiza la historia del sujeto, lo vivido, y por supuesto la teoría se desprende de las experiencias personales de Freud, el primer sujeto que pudo descubrirse a si mismo y ver que algunas cuestiones eran universales. Descubrió las fantasías universales que anidan en el corazón de todo ser humano.

Las gradas del recinto se sacuden entre aplausos y abucheos, pero desde la fiscalía, pide silencio Federico Andahazi, más conocido como escritor que como terapeuta.

–El psicoanálisis es una construcción teórica magnifica. Pero hay una distorsión en relación con la práctica. La teoría de la relatividad de Einstein provocó un giro copernicano en la física, pero para probar sus instancias deberemos, primero, superar la velocidad de la luz, algo imposible hasta ahora. Con el psicoanálisis sucede algo parecido: el postulado del inconsciente freudiano es perfecto, pero dudo profundamente de su eficacia como terapia. En mi propia práctica como psicoanalista vi que esa teoría hacía agua y preferí abandonar antes que experimentar con mis pacientes. Con el lucro que genera, incluso me parece cuestionable éticamente que se intente probar la eficacia del psicoanálisis cobrándoles a los pacientes. En mis ocho años como paciente no podría decir con certeza haber visto una cuestión de causa y efecto.

La indignación tiembla en la voz de Eva Rotenberg, directora de Escuela para Padres, profesora de la Maestría de Psicoanálisis en la Universidad Kennedy y miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional.

–Es muy bajo hablar mal de Freud. El psicoanálisis no es una fe, es una teoría y una técnica que tiene cien años de desarrollo y que permite conectarse con los afectos, los vínculos, elaborar los traumas y desarrollar la psiquis. Se trata de escuchar y elaborar, de darse cuenta. Pero el aporte más importante que ha hecho es incluir las contradicciones y ambivalencias del alma. La filosofía pensaba en el placer como el bien último a conseguir. Freud y Lacan sostienen que el placer puede incluir sufrimiento, que debemos escuchar la polifonía de la mente.

La intervención de Bernardo Stamateas, ministro del Ministerio Presencia de Dios y licenciado en Psicología y Teología, procura calmar los ánimos.

–El psicoanálisis es una interpretación de la psiquis y la conducta del ser humano. Pero hay otra epistemología, la sistémica, que analiza la conducta desde lo relacional: el ser humano funciona dentro de un sistema y nos afectamos mutuamente. Lo que proponen las terapias breves, como las que practico, es ver cómo funciona uno dentro del sistema. Otra diferencia es que el psicoanálisis sostiene que es necesario hacer consciente lo inconsciente para que haya cambio en la conducta. En las terapias breves sostenemos que puede haber otras maneras de lograrlo, por ejemplo, con tareas determinadas. En las terapias breves sostenemos que los grandes problemas tienen soluciones sencillas y que no necesariamente necesitamos ir al pasado para resolver un problema presente. Entiendo que el psicoanálisis le ha servido a alguna gente y a otra no. También que estamos frente a un hombre, Freud, que hizo grandes aportes, por ejemplo, al decir que el yo no es el dueño de la casa sino una parte de nuestra psiquis que nos gobierna. A diferencia de Freud, en las terapias breves no se habla de “la verdad”, es una construcción individual marcada e influenciada por la cultura, las relaciones entre nosotros, etcétera.

Reina el desconcierto. ¿Stamateas no era de la fiscalía? A ver qué dice Juan Manuel Bulacio, médico psiquiatra y director de la Fundación Instituto de Ciencias Cognitivas Aplicadas.

–Freud trató de integrar un campo que no era estrictamente médico a la medicina, pero la psicología no tiene las mismas reglas, por eso fracasó. En sus teorías faltan evidencias empíricas, algo inadmisible en un desprendimiento de una ciencia como la medicina. Su pretensión fue ambiciosa, destacada, fue un adelantado: empezó a darle una pretensión científica o de ciencia a la psicología cuando aún no existía. Claro que con el transcurso del tiempo, quedó desactualizado. El método ha caído en desuso, hoy se usa más como una técnica de autoconocimiento que como psicoterapia efectiva. Hay corrientes más modernas, más alineadas con la medicina psiquiátrica y la ciencia. La psicología cognitiva tiene una pretensión científica, una línea basada en la evidencia y está más relacionada con la clínica actual que el psicoanálisis. Acusar a Freud desde los parámetros actuales es muy absurdo. Murió hace 72 años, fue un revolucionario que hubiese cambiado él mismo su propia teoría.

Más desconcierto en las gradas. La gente vuelve la cabeza hacia el banquillo de los acusados, donde Sigmund permanece impávido, la mirada vacía. Germán García rompe el hechizo del momento para congratularse por el reconocimiento a su defendido. Y de inmediato el psicoanalista, escritor y uno de los fundadores de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, contraataca:

–Las acusaciones de Onfray están elaboradas para el público que disfruta de los manuales de autoayuda. Califica a Freud como una especie de Marqués de Sade. Lo hace quedar como si fuera una especie de Juanita Viale travestida.

García hace un paréntesis hasta que se acallan las carcajadas y continúa:

–Usa un truco de mercadotecnia: la reducción de “las pretensiones científicas” de un discurso a las condiciones del productor de ese discurso. Es como decir que Karl Marx iba a los prostíbulos. ¿Qué tiene qué ver? Era una costumbre de época. Freud no era un santo. Creó un método. Lo que se puede discutir es si el método freudiano funciona o no.

El que se levanta ahora con ímpetu en el dedo acusador es Mario Bunge, epistemólogo y filósofo defensor del realismo científico, para decir:

–El psicoanálisis es una pseudociencia, no tiene consistencia externa. Está aislada del espectro del conocimiento, no interactúa con otras disciplinas como la neurociencia cognitiva y las ciencias biológicas. No involucra razonamientos rigurosos ni trabajos de laboratorio. Es un negocio, un “psicomacaneo”.

La batahola, ahora sí, es descomunal. De un lado y de otro se escuchan gritos acusadores que repasan una larga lista de adjetivos calificativos. El debate continúa, pero seguramente ninguna fracción podrá proclamarse vencedora. El veredicto, en todo caso, queda en las manos (o las mentes) de los pacientes.

Producción: Bruno Lazzaro y Leandro Filozof

Fuente: Veintirés


http://www.mdzol.com/nota/291628-freud-un-genio-o-un-farsante/