Tamara de Lempicka

Tamara Rosalía Gurwik-Gorska, conocida como:Tamara de Lempicka,
 pintora de origen polaco o ruso, (Varsovia o Moscú, entre 1895 y 1900, 
quizás el 16 de Mayo de 1898- Cuernavaca, México, 18 de Marzo de 1980).
 Hija de madre polaca y padre judío, nació en el seno de una familia 
acaudalada ostentando desde su nacimiento una elevada posición social.
 Descubiertas sus notables aptitudes para la pintura a la edad de 11 
años, ingresa en la Academia de San Petersburgo para dar comienzo
 a su formación. No obstante, tras contraer matrimonio con el
 rico abogado polaco Tadeusz Lempicki en 1916, da rienda suelta 
al tren de vida que desea experimentar: fiestas, derroche y ostentación. 
Unos hábitos de conducta, diametralmente opuestos a las condiciones 
de escasez y miseria sufridas por el pueblo ruso en momentos 
previos al estallido de la Revolución. A favor del zarismo y 
contrarevolucionarios, la victoria bolchevique obliga a la pareja a huir 
del país y establecerse en París. Una vez fijada su residencia en la 
capital francesa y acuciados por las dificultades económicas, 
Tamara se ve obligada a desprenderse de alguna de sus joyas 
y desarrollar su faceta artística. En consecuencia, retoma sus 
estudios y recibe clases de los maestros: Maurice Denis y 
André Lhote. Un inmenso y olvidado talento, ahora patente 
en su renacida actividad pictórica, que pronto le reporta sus
 primeros reconocimientos y beneficios económicos. No en 
vano, sus trabajos son valorados por la alta burguesía de 
París y es reclamada para retratar a las figuras más ilustres
 de la época. Integrada en los círculos aristocráticos 
(Añadir el "de" a su apellido, no fue una casualidad, sino 
más bien iba en consonancia a su creciente interés por ser 
relacionada con este selecto grupo), intelectuales y artísticos
 de la ciudad. Sus nuevas amistades supusieron una 
fulgurante inmersión en la vida bohemia y nocturna, poniendo 
de manifiesto un progresivo gusto por la cocaína, las orgías 
con ambos sexos o el completo desapego familiar. De hecho,
 la estabilidad de su matrimonio pronto se resquebrajó y su hija,
Kizzette, quedó al margen de su atención. En 1927, tras
 continuas infidelidades con entre quienes destacan: su vecina 
Ira Perrot, la cantante Suzy Solidor o el poeta Gabriele
 D´Annunzio, su marido comienza otra relación sentimental.

Mientras tanto, la carrera de Tamara va alcanzando notables 
posiciones: Obtiene la medalla de bronce en la Exposición 
internacional de Bellas Artes de Poznan (Polonia), es una de
 las participantes en el Salón anual del Instituto Carnegie 
en Pittsburg (EEUU) y en el Salón de Mujeres Artistas 
Modernas de París, o expone en la célebre galería Colette
 Weil de dicha capital.

Casada de nuevo en 1933 con el barón Raoul Kuffner de Dioszegh ,
 dejan atrás tierras galas y se instalan en EEUU (Primero en 
Los Ángeles de 1939 a 1943, y después de forma prolongada  
en HollywoodEn buena medida, para evitar la II Guerra
 Mundial que en breve estallaría en Europa), donde entran 
en contacto con el "Star System" del momento, aunque 
poco o nada tienen que ver con la elegancia, glamour y
 estilo francés de los años veinte.
 A lo largo de la década de los cuarenta, continúa con su 
actividad pictórica, pero el brillo de épocas pasadas hace
 tiempo que se apagó. Viaja por Estados Unidos, Italia, 
Cuba o México, y exhibe en ciudades europeas como 
Roma o París. Sin embargo, el público le da la espalda a 
una artista y estilo que las nuevas generaciones no 
consiguen entender. Relegada al olvido, el redescubrimiento
 de su obra y el Art Déco a comienzos de los setenta le 
reportan el prestigio perdido en su última etapa de
 trayectoria profesional. Afincada en Houston 
(Un año después de fallecer el barón), se instala de manera
 definitiva en Cuernavaca para que sus cenizas descansen,
 desde Mayo de 1980, en el fondo del volcán Popocatépetl.

Apasionada, exuberante, atrevida, soberbia, elegante, 
presumida, coqueta, voraz depredadora, con poses de 
estrella y maneras de femme fatal, esa es la descripción 
amplia de su persona. La de una mujer revolucionaria y 
adelantada a su tiempo, un tanto frenética y frívola en sus 
decisiones pero autónoma y creativa sin límites dentro de 
un mundo regido e administrado por hombres. Única y 
fascinante: "Entre un centenar de pinturas se puede 
reconocer la mía, mi objetivo era que: no se puedan 
copiar, tengan un nuevo estilo con colores claros y 
brillantes, y le devuelvan la elegancia a los modelos",
 afirmaba De Lempicka.Suya, es una pintura con 
aromas a séptimo arte que merece la pena disfrutar.
 En la actualidad sus trabajos cotizan al alza, siendo 
una referencia estética casi obligada dentro 
de escenarios como el de la moda o la publicidad.

Andrómeda, 1927.

La bufanda naranja, 1927.

Autorretrato del Doctor Boucard, 1928

Dos niñas, 1928.

Autorretrato en un Bugatti verde, 1929.

Las mujeres del baño, 1929.

Desnudo con edificios, 1930.

Retrato de Ira Perrot, 1930.
Joven con guantes blancos, 1930.


Desnudo con velero, 1931.

La convaleciente, 1931.

Adán y Eva, 1932.

La camisa rosa, 1933.

Mujer durmiendo, 1935.

El pensador, 1937.


http://www.artepinturaygenios.com/search/label/Art%20D%C3%A9co


Adolfo Arenas Alonso

Adolfo Arenas Alonso, (Sevilla, 1972). Artista español.
 Formado en La Escuela de Artes y Oficios de Sevilla, 
ara después continuar su formación en La Facultad de 
Bellas Artes de la misma ciudad.
Hecho a si mismo, de paso firme y mente lúcida. 
Marcado a fuego en el espíritu aventurero y romántico 
de los tenaces. Potencial a punto de estallar, en un 
juego de avance  sin tiempo para frenar.
Decadencia, elegante banalidad, alardes de decrepitud 
y oscura lujuria recorren una obra reflejo de simbolismo.
 Salvaje estructura en una fórmula amarrada a luces y
sombras,  tenebrismo sin defecto, atisbos fieles de
 genialidad en un claro recuerdo a Durero,Kubin o 
Dix sin una mínima intención por imitar. Music Hall, 
Broadway o las míticas coreografías de Bob Fosse 
con poses extremas, retorcidas e icónicas, se vislumbran
 en unos trabajos enriquecidos por su sabia cultura visual. 
Sello único en un universo propio, oculto y reconocible
 para los que lo saben apreciar. ByronShakespeare
Dickens o Goya entremezclan sus esencias, resultado 
de tradición, evolución y traducción propia a un idioma 
personal. Sin excusas, frontal. Conceptual, técnico y
envuelto en un aroma digno de siglos pasados. Su apetito
 voraz le concede a la creatividad un punto salvaje al alcance de minorías.


A continuación, os dejamos una pequeña muestra de algunos de sus trabajos.

Amore_amore (Lápiz sobre papel).

Bambalina_La Dolce Donna (Lápiz sobre papel)

Beso (Lápiz sobre papel).

Domenico (Lápiz sobre papel).

El conquistador (Lápiz sobre papel).

Faith Credo (Lápiz sobre papel).

Habitación 206 (Lápiz sobre papel).

Sinenobilitate Stravaganzza (Lápiz sobre papel).

Tempus Fugit (Lápiz sobre papel).
http://www.artepinturaygenios.com/search?updated-min=2014-01-01T00:00:00-08:00&updated-max=2015-01-01T00:00:00-08:00&max-results=1

Nick Knight



Skinheads, 182.
Nick Knight, (1958-), fotógrafo británico. Alumno 
en el Greenhead College de Huddersfield, con 
posterioridad ingresa en el Bounemouth and 
Poole College of Art and Design donde da 
por concluida su formación profesional. 
Dedicado al mundo de la moda y la publicidad,
 en cambio, durante su primera etapa  
productiva y de estudiante publica la 
obra Skinheads (1982) con un claro 
contenido crítico y social. Centrado en 
exclusiva en la imagen, la revista ID le
 brinda una oportunidad excelente para
 explotar a lo grande su ingente creatividad.
 De hecho, el encargo de cien retratos para
 dicha publicación y su excelente resultado, 
le otorgaron la posibilidad de enlazar con 
el catálogo del célebre Yohji Yamamoto 
de 1986. Una exitosa colaboración, 
fundamental, para su inmediato 
reconocimiento y prestigio internacional.
 No en vano, a partir de este momento 
su seña de identidad le convierte en 
autor de referencia ineludible para 
las principales marcas a nivel mundial.
En su dilatada producción, ha sido 
galardonado con multitud de premios,
 entre los que cabe destacar los 
recibidos por sus colaboraciones con 
revista como Vogue, W magazine o 
Visionaire, así como por proyectos 
de moda para marcas de la talla de
 Levi Strauss, Alexander McQueen ,
Yves Saint Laurent, o la firma Dior.

Asimismo, convertido en un artista
 polifácetico e incombustible, en su
 haber destaca la realización de 
portadas de discos para David Bowie,
 George MichaelPaul WellerBjörk,
Massive Attack y Suede, así como el
 lanzamiento del revolucionario portal 
virtual en el año 2000 de: Showstudio.com,
 centrado en la presentación de videos
 de moda, experimentales o de diseño.


Actualmente, gran parte del público lo 
reconoce como el "fotógrafo de Lady Gaga". 
Debido a la estrecha  (y discutida) colaboración
 profesional que le une con la cantante. 
Skinheads, 1982.

Susie Smonking, 1988.

War, 1997.

Levi Strauss, Denver Cowboy.

Devon, 1997.

Dolls, 2000.


Campaña para Alexander McQueen, 2004.

Beasting, Spring/ Summer 2007

Beasting, Spring/ Summer 2007.


Naomi.

Campaña para Alexander McQueen, 2010.

Lady Gaga, 2010.
http://www.artepinturaygenios.com/2013/02/nick-knight-moda-demonios-y-explosion.html
Portada del libro

El olvido que seremos - Hector Abad Faciolince.pdf

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La amistad y los libros
'El olvido que seremos', de Héctor Abad Faciolince, es una memoria desgarrada sobre la familia y el padre del autor y una inmersión en el infierno de la violencia política colombiana
Me pasó hace algunos años con Javier Cercas y ahora me acaba de pasar de nuevo con Héctor Abad Faciolince. Cuando leí la extraordinaria novela de aquél,Soldados de Salamina, no sólo me quedó en el cuerpo -bueno, en el espíritu- ese sentimiento de felicidad y gratitud que nos depara siempre la lectura de un hermoso libro, sino, además, una necesidad urgente de conocerlo, estrecharle la mano y agradecérselo en persona. Gracias a Juan Cruz, uno de cuyos méritos es estar inevitablemente donde se lo necesita, no mucho después, en una extraña noche en que Madrid parecía haber quedado desierta y como esperando la aniquilación nuclear, conocí a Cercas, en un restaurante lleno de fantasmas. De inmediato descubrí que la persona era tan magnífica como el escritor y que siempre seríamos amigos.
Rara vez siento la urgencia de conocer a los autores de libros que me conmueven o maravillan
Era culto, simpático, generoso y conversar con él resultó tan entretenido y enriquecedor como leerlo
Me ocurre muy rara vez sentir esa urgencia por conocer personalmente a los autores de los libros que me conmueven o maravillan. Me he llevado ya algunas tremendas decepciones al respecto y, de manera general, pienso que es preferible quedarse con la imagen ideal que uno se hace de los escritores que admira, antes que arriesgarse a cotejarla con la real. Salvo que uno tenga la aplastante sospecha de que vale la pena intentarlo.
Después de leer hace algún tiempo El olvido que seremos, la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años, deseé ardientemente que los dioses o el azar me concedieran el privilegio de conocer a Héctor Abad Faciolince para poder decirle de viva voz lo mucho que le debía.
Es muy difícil tratar de sintetizar qué es El olvido que seremos sin traicionarlo, porque, como todas las obras maestras, es muchas cosas a la vez. Decir que se trata de una memoria desgarrada sobre la familia y el padre del autor -que fue asesinado por un sicario- es cierto, pero mezquino e infinitesimal, porque el libro es, también, una sobrecogedora inmersión en el infierno de la violencia política colombiana, en la vida y el alma de la ciudad de Medellín, en los ritos, pequeñeces, intimidades y grandezas de una familia, un testimonio delicado y sutil del amor filial, una historia verdadera que es asimismo una soberbia ficción por la manera como está escrita y construida, y uno de los más elocuentes alegatos que se hayan escrito en nuestro tiempo y en todos los tiempos contra el terror como instrumento de la acción política.
El libro es desgarrador pero no truculento, porque está escrito con una prosa que nunca se excede en la efusión del sentimiento, precisa, clara, inteligente, culta, que manipula con destreza sin fallas el ánimo del lector, ocultándole ciertos datos, distrayéndolo, a fin de excitar su curiosidad y expectativa, obligándolo de este modo a participar en la tarea creativa, mano a mano con el autor.
Los cráteres del libro son dos muertes -la de la hermana y la del padre-, una por enfermedad y otra por obra del salvajismo político, y en la descripción de ambas hay más silencios que elocuciones, un pudor elegante que curiosamente multiplica la tristeza y el espanto con que vive ambas tragedias el encandilado lector.
Contra lo que podría parecer por lo que llevo dicho El olvido que seremos no es un libro que desmoralice a pesar de la presencia devastadora que tienen en sus páginas el sufrimiento, la nostalgia y la muerte. Por el contrario, como ocurre siempre con las obras de arte logradas, es un libro cuya belleza formal, la calidad de la expresión, la lucidez de las reflexiones, la gracia y finura con que está retratada esa familia tan entrañable y cálida que uno quisiera fuera la suya propia, hacen de él un libro que levanta el ánimo, muestra que aún de las más viles y crueles experiencias, la sensibilidad y la imaginación de un creador generoso e inspirado pueden valerse para defender la vida y mostrar que hay en ella, pese a todo, además de dolor y frustración, también goce, amor, ideales, sentimientos elevados, ternura, piedad, fraternidad y carcajadas.
Los dioses o el azar fueron benevolentes conmigo y organizaron las cosas de manera que en el reciente festival literario del Hay, de Cartagena, y, por supuesto, gracias a la intermediación del ubicuo Juan Cruz, conociera en persona a Héctor Abad Faciolince.
Naturalmente, la persona estaba a la altura de lo que escribía. Era culto, simpático, generoso y conversar con él resultó casi tan entretenido y enriquecedor como leerlo. A los diez minutos de estar charlando con él en el Club de Pesca de Cartagena, bajo una luna llena de carta postal, algunas siluetas de roedores merodeando por el embarcadero y frente a un suculento arroz con coco, supe que sería un buen amigo y compañero para siempre, y que hasta el fin de nuestros días tendríamos en la agenda el tema de Onetti, que a mí me gusta mucho y a él lo aburre. Espero tener tiempo y luces suficientes para persuadirlo de que relea textos como El infierno tan temido o La vida breve y descubra lo cerca que está el mundo de Onetti del suyo, por la autenticidad moral, la maestría técnica que ambos delatan y la impecable radiografía de América Latina que, sin proponérselo, han trazado ambos en sus ficciones.
En las tres horas y media que demora el vuelo de Cartagena a Lima leí el último libro de Héctor Abad Faciolince: Traiciones de la memoria. Son tres historias autobiográficas, acompañadas de fotografías de lugares, objetos y personas que ilustran y completan el relato. La primera, Un poema en el bolsillo, es de lejos la mejor y la más larga, y, en cierta forma, un complemento indispensable a El olvido que seremos. En el bolsillo del padre asesinado en Medellín, el joven Abad Faciolince encontró un poema manuscrito que comienza con el verso: "Ya somos el olvido que seremos". De entrada, le pareció de Borges. Confirmar la exacta identidad de su autor le costó una aventura de varios años, hecha de viajes, encuentros, rastreos bibliográficos, entrevistas, andar y desandar por pistas falsas, peripecia verdaderamente borgeana de erudición y juego, una pesquisa que se diría no vivida sino fantaseada por un escribidor "podrido de literatura", de buen humor, picardía y abundantes alardes de imaginación.
Esta averiguación parece al principio un empeño personal y privado, una manera más para el hijo destrozado por la muerte terrible del padre, de conservar viva y muy próxima su memoria, de testimoniarle su amor. Pero, poco a poco, a medida que la investigación va cotejando opiniones de profesores, críticos, escritores, amigos, y el narrador se encuentra vacilante y aturdido entre las versiones contradictorias, aquella búsqueda saca a la luz temas más permanentes: la identidad de la obra literaria, sobre todo, y la relación que existe, a la hora de juzgar la calidad artística de un texto, entre ésta y el nombre y el prestigio del autor. Respetables académicos y especialistas demuestran desdeñosos que el poema no es más que una burda imitación y, de pronto, una circunstancia inesperada, un súbito intruso, pone patas arriba todas las certezas que se creían alcanzadas, hasta que las pruebas llegan a ser rotundas e inequívocas: el poema es de Borges, en efecto. Pero su valencia literaria ha ido modificándose, elevándose o cayendo en originalidad e importancia, a medida que en la cacería aumentara o disminuyera la posibilidad de que Borges fuera su autor. El texto se lee con fascinación, sobre todo cuando se tiene la sensación de que, aunque todo lo que se cuenta sea cierto, aquello es, o más bien se ha vuelto, gracias a la magia con que está contado, una bella ficción.
Esta historia y las dos otras -la del joven escribidor medio muerto de hambre y tratando de sobrevivir en Turín y el ensayo sobre los "ex futuros"- tuvieron la virtud de hacerme olvidar durante tres horas y media que estaba a 10.000 metros de altura y volando a 800 kilómetros por hora, sobre los Andes y la Amazonía, sensación que siempre me llena de pavor y claustrofobia. Está visto que me pasaré el resto de la vida contrayendo deudas con este escribidor colombiano.
© Mario Vargas Llosa, 2010

El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince

Por Esther Andradi

Septiembre 2007 



De Agamenón para acá, padre es el que hace la guerra, el orden frente al caos, la autoridad frente a la desobediencia. Y si no es el mismo Dios, pues es el que negocia con los dioses. El ateniense sacrifica a Ifigenia para que el viento inflame las velas; el patriarca propone y dispone, el padre es la ley y la patria su territorio. Y sin embargo hasta el orden simbólico sufre sus cimbronazos.
Matar al padre, predestinó el psicoanálisis. Y Alexander Mitscherlich, de la Escuela de Frankfurt, exploró la ausencia de la paternidad en la sociedad alemana de posguerra. Genio sin imagen, a la deriva de una teoría que lo recupere y lo salve, el relato del padre en Occidente intenta reflejar su complejidad desde la tragedia, aún antes de la escritura. Por la carga ideológica en torno a esta figura, a menudo densa y en estrecha relación con el rol autoritario de los patriarcas –léase dictadores– latinoamericanos, cualquier versión en contrario no sólo llama la atención, también es bienvenida, porque la paternidad suele brillar por su ausencia, según las estadísticas, en el fragor cotidiano de la vida familiar.
En ese sentido, El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) es un libro “padre” como dirían en México –que es así como la lengua popular define todo aquello más que bueno–, por su calidad narrativa y sobre todo porque el protagonista de la historia es el doctor Héctor Abad (1921-1987), un progenitor diferente: “Cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política”.
El médico Héctor Abad, en efecto, era un convencido de la necesidad del compromiso social de la medicina en países devastados por la pobreza como Colombia. Durante toda su vida batalló por la paz, la tolerancia y la justicia, se encerraba en su estudio a oír a Bach y Beethoven para sanar su pena y su rabia, y confiaba en el amor a rajatabla, el amor por la vida, por los hijos, por el arte y por la justicia. Lo amenazaron muchas veces pero él no quiso exiliarse ni tampoco calló, en sus audiciones radiales y en sus escritos siguió denunciando a los ejecutores de la violencia que desgarraba a su país, a sus cómplices y a sus mentores. Hasta el 25 de agosto de 1987 en que dos sicarios vaciaron los cargadores sobre su cuerpo frente al Sindicato de Maestros de Medellín. Tenía 65 años, vestía saco y corbata, y en el bolsillo de su pantalón llevaba un soneto de Borges, “Epitafio”, acaso un apócrifo, y cuyo primer verso reza: “Ya somos el olvido que seremos...”
La mano, la memoria, el alma del escritor necesitaron cincelarse durante dos décadas para abordar la escritura de esta pérdida. “Me saco de adentro estos recuerdos como se tiene un parto, como uno se saca un tumor”, cuenta Héctor Abad Faciolince, quien escribió entre otras las novelasBasura (2000, Premio Narrativa Innovadora Casa de América) y Angosta (2003). Y no hay duda que el tiempo ayudó no sólo a madurar el trazo sino también a encontrar el tono adecuado en una tradición literaria donde prevalecen el padre autoritario, el tirano y el patriarca. Mientras la figura del padre de Kafka se impone sobre su labor y sobre su existencia, y Joseph Roth confiesa: “Yo no tuve padre, en el sentido que nunca conocí al mío...”, el narrador colombiano en cambio escribe: “Amaba a mi padre por sobre todas las cosas... Amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor... Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo”.
Por eso quizá el relato El olvido que seremos cobra grandeza a partir de la extrañeza. ¿Es posible este padre amoroso? Se carcajea más que sus hijos, llora a mares cuando está triste, canta tangos y escribe poemas. Tampoco es el sostén económico de la familia –al igual que en la antigua Grecia, en el gineceo de la familia Abad, del dinero y el presupuesto familiar se encargó la madre por vocación, en una división de roles totalmente atípica. O por lo menos a contramano de la estadística, que si bien incorpora la jefatura de familia en la mujer en los hogares con ausencia del padre, éste no era el caso del médico Abad. Esta madre entiende además su función de proveedora como un acto más de amor hacia su esposo y a su prole, convencida que de esa forma el médico puede dedicar más tiempo a sus ideales. Por si fuera poco el doctor Abad educa a su prole a fuerza de abrazos, con amor protege y rodea esa familia en una caricia permanente, como un útero placentero y seguro en medio de una sociedad atravesada por la violencia intrafamiliar, política, institucional e histórica.
“La idea más insportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al río Medellín si él llegaba a morirse”. Hay que imaginar al escritor, adulto, “nunca tanta sangre” en sus manos como la que brotó aquel día del cuerpo inánime de su padre. Imaginarlo durante años escribiendo otras novelas, hasta que un día decide ya no tirarse al río Medellín y en cambio relatar la vida de ese hombre amado hasta poner orden en los cajones, cicatrizando la herida desde la memoria. Un poco como quería Nietzche escribir “para sobreponerse a la realidad”. El resultado es la historia verídica del médico Héctor Abad contada con los recursos de la novela y que a la vez es carta, testimonio, documento, ensayo y biografía; cuarenta y dos capítulos que son la saga de la familia del escritor, iluminando la historia de Colombia de las últimas décadas desde el lugar del amor y la justicia, aunque sin poder evitar la pregunta con la que comienza y termina el libro. El por qué de la muerte.  
La vida es una herida absurda, dice el tango, ése que tanto le gustaba cantar al doctor Abad. Pero la vida no tiene cura. Ya lo dijo Artaud. ~