La Repubblica, 6 de julio de 1.996
Reproducimos la entrevista que Eugenio Scalfaro, fundador y director del periódico La Repubblica, realizó a Marcello Mastroianni y Vittorio Gassman el 6 de julio de 1996, y que posteriormente reprodujo el El país... La entrevista también sirvió de prólogo al libro Sí, ya me acuerdo, transcripción al papel de la película del mismo título, dirigida por Anna Maria Tatò.
No soy tímido, y además la profesión que he elegido no me lo permitiría, pero ante los actores y los grandes cantantes me corto de pronto, me vuelvo timidísimo y casi vergonzoso. Entre Paolo Villaggio y yo hay un viejo contencioso: sostiene que cuando nos encontramos en algún aeropuerto lo veo y no lo saludo; él, por su parte, hace lo propio conmigo; nunca hemos sido presentados oficialmente. Y por eso -tímido él y timidísimo yo- seguiremos ignorándonos mutuamente o, en una próxima ocasión, nos arrojaremos el uno en brazos del otro para vencer la timidez.
Con los directores de cine y de orquesta nunca he sentido esta sensación de extrañeza y casi de temor hacia lo «distinto»: su oficio es idéntico al mío de tantos años, dirigir el trabajo de los demás y realizarse a sí mismo a través de los otros. Son sobre todo cuidadores, cuando no poseedores, de almas y por eso con ellos me siento a mis anchas; me pasa con Muti, me pasó con Federico Fellini.
Los lectores habrán comprendido por esta breve premisa caracterológica la angustia, apenas velada por las obligaciones de la profesionalidad, con la que esperaba encontrarme con dos monstruos sagrados del espectáculo: Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni. Los había invitado hacía unos días a una salita del Grand Hotel para una charla con tema libre que remataríamos con un almuerzo. Libre hasta cierto punto: los tres tenemos más o menos la misma edad y una larga vida a las espaldas rica en experiencias y también en éxitos, y mucha vitalidad todavía en reserva aunque sea dentro de un horizonte objetivamente definido.
Había, pues, numerosas razones para encontrarse, hablar, conocerse.
Los esperé, pues, con cierta inquietud mientras la fotógrafa había ya dispuesto los focos y el técnico de sonido preparaba las grabadoras para recoger nuestro diálogo. Al cabo de unos minutos llegó Mastroianni y luego, al poco tiempo, Gassman. Saludos, caluroso apretón de manos, falsa desenvoltura -al menos por mi parte, pues ellos parecían totalmente a sus anchas-.
No habíamos coincidido nunca, aunque ellos sabían bastante de mí y yo casi todo de ellos: las películas que habían hecho, las piezas de teatro que habían interpretado, los grandes amores, las aventuras fugaces, las arrugas del rostro, los timbres de voz.
¿Cómo es un actor en la vida? ¿Se parece a alguno de sus personajes o no se parece a ninguno? ¿Reflexiona sobre sí mismo y sobre su trabajo o bien, tras quitarse el maquillaje y el traje, vuelve a ser uno de nosotros, una persona cualquiera, anónima e irreconocible?
No sé si a ustedes les ocurre lo que a mí, pero cuando me encuentro por casualidad con un militar a quien he visto cien veces de uniforme y de repente aparece de paisano, me cuesta reconocerlo, y lo mismo me pasa si me topo con el camarero que me sirve en mi restaurante habitual o con el peluquero que lleva cortándome el pelo toda la vida: fuera de su papel y de la ropa que exige el papel, se convierten en otros tantos desconocidos a quienes nunca he visto ni oído.
¿Pasa eso frente a un actor cuando no pisa el escenario y no está recitando?
Mastroianni llegó a la salita donde yo lo esperaba por un corto pasillo; caminaba a pasitos, ligeramente cargado de espaldas; llevaba gafas de concha, estaba visiblemente delgado y envejecido. Pero ¿envejecido con respecto a cuándo? He visto muchísimas películas de Mastroianni, incluso recientes, pero la imagen que conservo en la memoria es la del protagonista de La dolce vita y de Ocho y medio: un guapo chico un poco disipado, un poco ingenuo, y también bastante ambiguo, ídolo de las mujeres y -caso rarísimo- no antipático a los hombres. Pues bien, el tiempo ha erosionado a fondo esa imagen de hace treinta años, y se nota.
Poco después, a pasos largos, hombros erguidos, entró Gassman; también delgado, pero atlético, la cara surcada por cien arrugas finas como las de la manzana reineta cuando está en plena madurez y esa rugosidad presagia la fragancia de la pulpa y el zumo. Sin embargo, la mirada, algo pasmada, vagaba a su alrededor como con miedo a descubrir algo imprevisto, un peligro, una presencia inquietante, un misterio arriesgado.
- Ya ven -digo tras las cortesías de rigor-, entre los tres sumamos más de dos siglos (Gassman ha cumplido 74 años y Mastroianni, 72).
Sonrieron, pero no recogieron el tema. Empezaron a hablar entre sí de amigos comunes y de comunes proyectos como si se hubieran encontrado por casualidad en un bar, en vez de haber sido convocados adrede. Ese tema, la vejez, el tiempo, la memoria, no tenían ganas de afrontarlo, aunque estuviera allí, sobre la mesa, con todo su peso y su amenaza. Daban vueltas a su alrededor lo desmitificaban, lo desdramatizaban. Y siguieron haciéndolo en las tres horas que pasamos juntos.
Pregunto: ¿Cuándo decidieron ser viejos?
Mastroianni: ¿Decidido? Eso no se decide, te cae encima cuando menos te lo esperas. En cierto momento empiezan a llamarte maestro. Maestro ¿de qué? Y me contestan: «Es por respeto.»
Maestra será tu madre, me dan ganas de decirles, pero comprendes que ha sucedido algo, que algo ha cambiado. Será cuando una ruedecilla del engranaje ya no funciona como antes, será un pliegue en la boca, una arruga en medio de la frente, no sé: un modo distinto de mirar a las mujeres, más dulce, menos agresivo.
Gassman: ¿Te has fijado, Marcello, en que después de haber sido años y años el más joven de la compañía, en cierto momento, en seis meses, te conviertes de pronto en el más viejo? Y comprendes que en adelante siempre será así, serás el más viejo, te mirarán con respeto si te va bien y si los jóvenes que tratas son bien educados, o con cierta compasión, incluso con un sentimiento protector, con ganas de mandarte a la cama temprano por miedo a que te canses o a lo mejor porque son ellos los que se cansaron de ti. Amigo mío, por eso empiezan a llamarte maestro.
M.: Tienes razón, es eso. Las mujeres, además, te das cuenta enseguida, se ponen maternales de repente.
G.: A veces es una ventaja.
M.: No digo que no, no digo que no. Cuando era joven jugaba a hacerme el niño, pero después era fácil sacarse de la manga a un amante lleno de fuego; ahora son ellas las que te quieren acunar y tú al final te duermes tan feliz, quizá con cierta nostalgia. No sé si son felices también ellas...
G.: Hasta los hijos adoptan una actitud protectora.
M.: Mi hija, en París, cuando cruzamos la calle me coge de la mano...
G.: A veces el respeto que siento en torno a mí parece insultante.
- Ustedes ahora hacen a menudo papeles de viejos. La obra de teatro que usted, Mastroianni, interpreta en estas semanas gira alrededor de este tema: un padre a quien su hijo interna en una residencia, un padre orgulloso, caprichoso, y también un poco maligno...
M.: Un padre desesperado, dígalo ya. Pues mire: la primera vez que representé este papel en el teatro Stabile de Trieste me maquillé de viejo, me encanecí el pelo, ahondé las arrugas. La segunda vez me dije: ¿qué demonios haces? ¿Te maquillas de viejo? Tienes 72 años, no tienes la menor necesidad de maquillarte para ser verosímil. Tal cual.
G.: Eso significa que no te sentías viejo.
M.: Justamente, Vittorio, no me sentía, pero lo era.
- ¿Y usted, Gassman? En la película de Scola La familia también interpreta el papel de un viejo iracundo y sumamente tristón. ¿Qué efecto le hacía meterse en aquel papel?
G.: Ningún efecto especial. Mire, para un actor, el papel forma parte del oficio: uno entra en él y luego sale con naturalidad.
M.: Muy bien, Vittorio, es exactamente eso. A mí me fastidia ese cuento de los actores que estudian el papel meses y meses para meterse en el personaje, impregnarse de él. A lo mejor se retiran un tiempo infinito a un convento, engordan o adelgazan para estar más en situación y, acabado el trabajo, necesitan otros meses de descompresión para olvidarlo, para volver a ser ellos mismos. De Niro, por ejemplo: esa historia de vivir el personaje a fondo se ha convertido en un chanchullo y con ella ganan un montón de dinero. Yo no sé; a mí no me pasa. Me estudio el guión un par de días, recito mi parte y se acabó. Todavía me acuerdo, Vittorio, de cuando hacías de Hamlet: «Ser o no ser, ésa es la cuestión», con esa voz tuya, grave, un poco soñadora; después, cuando te metías entre bastidores, le decías al iluminador: «¡Eh, tú, esos focos!, ¿no ves que son un asco?»
- ¿Está usted de acuerdo, Gassman? ¿Se entra y se sale del personaje como quien bebe un vaso de agua?
G.: Le parecerá raro, pero es así, también para mí es así. Mire, el actor es como una caja vacía, y cuanto más vacía esté, mejor que mejor; interpreta un personaje y la caja se llena, después termina el trabajo y la caja se vacía. Me contaron que una vez Gary Cooper, de jovencito, miraba fijamente al vacío, en silencio. Su madre le preguntó: «¿En qué piensas?» Contestó:
«No pienso absolutamente en nada.» Y la madre: «Pues entonces serás un buen actor.» El actor no debe ser especialmente culto y ni siquiera especialmente inteligente; incluso debe ser –quizáun poco idiota. Sí, sí, si fuese completamente idiota sería un grandísimo actor.
Veo que las palabras ya le han ganado la partida, veo que está recitando y que su patio de butacas somos yo, la fotógrafa, el técnico de sonido, la secretaria que nos ayuda y, naturalmente, Mastroianni. Creo que se ha percatado de estos pensamientos míos, porque inmediatamente baja el tono, aunque insiste en su punto de vista.
G.: Coja a una actriz, una gran actriz a quienes todos apreciábamos como se merecía: la Morelli. Era perfecta, ¿verdad, Marcello?
M.: Perfecta, finísima, nunca un tono equivocado, nunca un registro falso.
G.: Y ¿cómo era la Morelli fuera del trabajo? Díselo, Marcello.
M.: Una cretina. Eso es, perdona, una caja vacía como decías tú, como somos todos nosotros.
- Vamos, no puedo creer que hablen ustedes en serio. ¿Están jugando a tomarme el pelo?
Usted, Gassman, ha interpretado un repertorio clásico de los más difíciles, personajes de enorme envergadura, en pugna con el hado, con lo divino, con los mitos, con los monstruos, con la tragedia. Esas cosas no se hacen si uno es una caja vacía, esas cosas dejan huella.
G.: No olvide que hay otra parte de mí que no se parece en nada al repertorio que ha recordado, y hasta es todo lo contrario: mis películas con Risi, con Monicelli, la comedia italiana. Muchos críticos han dicho que ésa ha sido la parte mejor de mi arte, si es que puedo usar esta palabra. ¿Lo ve? En eso no hay nada de trágico: es la risa, la levedad, la ironía.
- Es la condición humana.
G.: La condición humana es siempre trágica. ¿Eso quería decir?
- Sí, era eso.
G.: Pero también es siempre lúdica.
M.: Vittorio tiene razón. Lo nuestro, lo de los actores, es sobre todo un juego. Ya ve cómo se dice en otras lenguas: en francés se dice jouer; en inglés, play, juego, jugar. Eso es el teatro, sea comedia o tragedia, o bien el cine: siempre juego.
- También la vida es juego.
M.: Estoy convencido.
- ¿La vida es teatro, entonces?
M.: En muchos aspectos creo que sí.
- ¿Y todos llevamos una máscara?
M.: La llevamos mientras jugamos a ese juego, pero luego cuando nos la quitamos...
- ¿Qué?
M.: No hay nada. La identidad de un autor es muy frágil.
G.: Tiene razón Marcello. Hasta el punto de que también algunas enfermedades psicológicas que sufrimos muchos de nosotros, como por ejemplo la depresión, provienen al menos en parte del oficio que tenemos. La disociación de la personalidad, algunos aspectos casi de esquizofrenia. Usted antes no parecía creerse mis juicios sobre la Morelli; pues le contaré lo que Zacconi pensaba de la Duse. Los jóvenes le preguntamos una vez: «Maestro, ¿cómo era la Duse?» Y él empezó alzando los brazos al cielo, arqueando las cejas con aquella voz suya ronca, profunda: «¡Oh, la Duse! -decía-, ¡la Duse, la Duse! », y cada vez profería aquel nombre, aquellas dos sílabas, con acentos distintos, tonos diversos, admirativos, exaltados, conmovidos, devotos. Después se paró, hizo una pausa. Miró a su alrededor contemplándonos uno por uno.
Y luego dijo: «La Duse, grandísima, la más grande. No entendía nada, absolutamente nada.»
- ¿Zacconi entendía? ¿Representaba a Sócrates y entendía?
G.: ¿Qué había que entender? ¿Cree usted que Zacconi había asimilado la lección de Sócrates? ¿Que era un socrático? Un grandísimo actor, Zacconi, como Ruggeri, otro grandísimo y finísimo actor. Pero no entendían nada. Lo que recitaban era la lectura de un guión.
- Me permitirán decir, al menos, que ustedes son bastante más ricos que la mayoría de los comunes mortales. No entenderán nada, acepto la paradoja, pero viven y han vivido muchas vidas, aunque sólo sean las vidas de sus personajes; una posibilidad reservada a muy pocos.
M.: Oiga, si ése es un privilegio lo compartimos con muchísimos otros. Para empezar, con ustedes los periodistas; también ustedes viven en cierto modo las vidas de la gente cuyos hechos cuentan y cuyos pensamientos interpretan. Con los novelistas. Con los autores de cine y de teatro. Y hasta diría que con todas las personas, con todos los seres vivos. Todos estamos dotados de fantasía, todos nos imaginamos historias de las cuales somos protagonistas, pasiones que en realidad no tenemos, cultivando ilusiones inexistentes. Si eso es vivir muchas vidas, le aseguro que no es un privilegio de los actores. La verdad es que la vida, la de veras, es muy breve.
- ¿Cree usted?
M.: Sí, lo creo. Uno se acuerda aún de las conversaciones de sus padres, del feliz período de la infancia como si fuese ayer, y ahora descubre que el tiempo ha volado. La barba se ha vuelto cana, ¿verdad? Pero dejadme decidir a mí cuándo debe encanecer..
G.: ¡Cuánta razón tienes, Marcello! Yo siempre lo digo: lo único que le reprocho al Padre Eterno, sobre el cual tengo ideas confusas aunque tiendo a creer en su existencia, es habernos dado una vida demasiado corta y demasiado única. Eso es, yo habría pedido por lo menos dos vidas.
M.: Dos, pero conservando el recuerdo de la anterior.
G.: Claro, Marcello, si no, ¿qué ventaja tendría? Sí, eso es lo que yo quisiera.
M.: Sí. A veces me dicen: dentro de poco habrá descubrimientos de la ciencia que alargarán la vida. Y por otra parte ya se ha alargado bastante. Se alargará aún más. Pero a mí esos razonamientos me consuelan muy poco. Vete a saber cuándo llegarán. Y, por lo demás, otros treinta o cincuenta años...
G.: Sería exactamente igual que ahora, pasarían volando.
M.: De todas formas, un plus de vida me consolaría; me irrita mucho la idea de tener que desaparecer, porque además no tengo una fe que me sostenga. Incluso así, medio hundido como estoy, preferiría quedarme aquí un rato, y hasta un buen rato.
- Mientras hablaban de la brevedad de la vida se me pasó por la cabeza esta pregunta: el oficio de actor les permite cierta ubicuidad; hoy son esto, mañana lo otro. La ubicuidad es uno de los atributos de la divinidad. ¿No buscará el actor de este modo robarles a los dioses uno de sus atributos?
M.: Lo que usted dice quizá sea cierto en el caso de un gran director de cine, pero no en el de un actor, por excelente que sea. El director vive todos sus personajes y todos a un tiempo. Me acuerdo de cómo trabajaba Fellini. Era fantástico: bailaba, lloraba, reía, prestaba su voz a la enamorada, al seductor, a la puta, se tiraba al suelo, mimaba todo y a todos. Mientras trabajabas tenías la impresión de que era un dios, en el sentido de que creaba. Visconti era lo mismo aunque sus métodos fueran distintos.
G.: ¿Y Strehler, Marcello?
M.: Lo he tratado poco.
G.: Ah, Strehler, fantástico, un actor nato también él. Aunque como hombre metía miedo. Una vez, hace muchos años, vino a Roma con Paolo Grassi para proponerme un triunvirato y dirigir juntos el Piccolo de Milán. La propuesta era muy atractiva y me la pensé dos días; después fui a ver a Grassi y le dije: «No, gracias.» Le dije: «Paolo, ese hombre es un fenómeno, pero me da miedo, me canso sólo con verlo trabajar. Mejor que no. »
M.: Yo conozco poco a Strehler, pero en cambio conocí muy bien a De Sica. Hice muchas películas con él, otro creador, otro excepcional hombre del espectáculo. No entiendo cómo no han hecho aún una película con un protagonista que sea una mezcla de Rossellini, De Sica y Fellini. A nadie se le ha ocurrido aún, ¿será posible?
G.: ¿Te acuerdas cómo trataba a los niños en sus películas? Siempre hubo muchos, y lo adoraban. ¿Sabe por qué? Porque era muy severo con ellos, los trataba como a adultos, y eso les encantaba. Una vez uno de ellos se equivocó en una frase y De Sica se puso furioso porque era la quinta o sexta vez que se la hacía repetir. Entonces lo llamó como hacía él, primero el apellido y después el nombre, tratándole de usted: «Gerolimoni Giuseppe, ¡es usted el peor gilipollas de todo el Napolitano.» A partir de entonces, el pequeño Gerolimoni se habría arrojado al fuego por él.
- ¿Y Sofía? Mastroianni, ¿y Sofía?
M.: Una espléndida actriz.
- ¿Sólo eso? Se lo pregunto, y disculpe, usted ha sido nuestro seductor nacional.
M.: ¡Por favor! Si hay un papel que nunca fue el mío, es justamente ése.
- Oiga, no lo digo yo sólo y no repito tampoco un lugar común. También yo fui amigo de Fellini, y Fellini a usted lo conoció muy a fondo. Federico siempre habló de usted como de un seductor nato.
M.: Porque el verdadero seductor era él y adoraba vivir por persona interpuesta. Una de esas personas interpuestas fui yo, y por eso él me atribuía capacidades y aptitudes de las que yo carecía totalmente.
G.: Marcello, no nos vengas ahora con humildades...
M.: Tú no hables de la seducción, que la llevas en el alma.
- ¿Puedo preguntarles a ambos qué definición darían del amor...?
«¡Ah, el amor! ¡El amor! ¡El Amor!», me hubiera esperado que respondieran los dos, quizá sólo esa palabra declinada con muy diversos acentos. En el fondo se han contado entre aquellos que han hecho suspirar a miles de mujeres aunque sólo fuera viéndolos en el celuloide y con la cara embadurnada de maquillaje. Pues no, se han bloqueado ambos y me han devuelto la pelota. ¿El Amor (con mayúscula)?
Connais pas.
G.: Creo en el amor, es una de las fuerzas que sostienen el mundo y lo mueven: el amor a los hijos, a los padres, a los amigos, a las mujeres que han contado en tu vida.
- Tal como lo describe es un sentimiento cósmico, pero yo le pedía una definición más concreta, una relación de pareja hombre-mujer como usted la ha vivido.
G.: Siempre deseé tener una relación serena, cosa nada fácil porque exige que cada uno se supere en cierto modo a sí mismo y se ponga en el lugar del otro, lo acepte, lo comprenda.
Desde hace treinta años tengo esa relación. Es una relación entre iguales; nos peleamos con frecuencia, pero eso no hace sino cimentar esa relación y volverla más sólida.
M.: Si usted quiere saber qué pienso del amor-pasión, se llevará una desilusión: no lo conozco bien. A veces creí sentirlo, pero vete a saber si no era mi sufrimiento por el hecho de sentirme rechazado...
- ¿Me está diciendo que sólo ha sentido amor cuando ha terminado mal, cuando lo han dejado?
M.: Sentí sufrimiento. ¿De qué otro modo se siente la pasión? Cuando se sufre por su culpa. Si todo va bien se construye esa relación serena de la que hablaba Vittorio, aunque yo eso lo definiría más bien como cariño, querencias, estima, apoyo recíproco: sentimientos muy profundos que incluso pueden durar una vida entera, pero que yo no llamo amor.
Gassman (interrumpiéndolo y como si estuviera recitando): «Eros me ha mirado largamente con sus ojos almendrados, en mí hay soledad y en mi lecho permanezco sola...»
- Safo.
G.: Exactamente.
- Y cuando se sentía rechazado, Mastroianni...
M.: Sufría, ya lo he dicho. Una vez, cuando me lo dijo así, de improviso, al abrirme la puerta de casa, caí redondo al suelo, desmayado.
- ¿Faye Dunaway?
M.: Déjelo, no importa, ¡ha pasado tanto tiempo! Pero luego me dije: menos mal.
- ¿No será que el hombre, normalmente muy narciso, no consigue salir de sí mismo y entregarse? Por eso le resulta difícil amar..
M.: Creo que tiene usted razón, pero esa condición no atañe sólo al hombre; también la mujer puede ser narciso, y a veces lo es bastante más que el hombre. Mi experiencia -amores aparteme lleva a la conclusión de que la mujer es muy superior a nosotros; de momento es más fuerte físicamente, y también es más inteligente, más sensible, más capaz de cariño y de amor. En mi opinión, las mujeres deberían gobernar el mundo; piense en la Thatcher o en Golda Meir.
- Pero yo hablo de mujeres que gobiernen como mujeres. A propósito, ¿les interesa la política?
M.: Poquísimo. Quisiera, naturalmente, que estuviéramos bien gobernados. Amo la libertad y no toleraría verla limitada y ahogada.
G.: No me apasiona demasiado. Detesto esos partidos que vienen a buscarte para incluir en las listas un nombre famoso. Me parece deseducador.
- Muchos nombres famosos, como usted dice, no pueden evitar morder el anzuelo con la excusa de que representan a la sociedad civil.
G.: Pues hacen muy mal, representan sólo su vanidad. También yo piqué una vez, y el seductor en ese caso fue Craxi, pero enseguida me di cuenta de su juego y lo dejé.
- Vuelvo un instante más sobre el amor. Se me había olvidado una pregunta quizá trivial, e incluso ni siquiera es una pregunta, sino una constatación: ambos han tenido muchas mujeres en el curso de sus vidas...
Se quedan mudos y recelosos. Luego Gassman se lo toma a guasa:
G.: Usted piensa: actores de éxito, todas las mujeres encima.... y en cambio, ¿sabe quién folla mucho? ¡Los ayudantes de cámara!
M.: Muy cierto. Y los fotógrafos. Los fotógrafos follan sin parar porque ella, la actriz, sabe cuál es el poder de la imagen.
Los dos se ríen como críos, las arrugas se planchan, y el peso de los años parece esfumarse por un momento.
- Quería preguntarles: al haber tenido muchas mujeres, habrán tenido también muchas rupturas. ¿Son capaces, pues, de romper una relación con facilidad?
M.: Por favor, mi caso es incluso proverbial. Si por mí fuera, nunca rompería con nadie y cargaría con todo.
- ¿Quiere decir con todas?
M.: Sí, con todas.
- Eso significa también vivir en un mar de mentiras.
M.: Un océano de mentiras. Dichas, naturalmente, para bien.
- ¿Qué significa «para bien»?
M.: Significa que pienso: sin mí ella vivirá mal, no será lo bastante amada y protegida como conmigo, por tanto es mi deber preservar esta relación a toda costa, por amor a ella.
G.: Marcello, ésa es otra mentira.
M.: ¿Y tú nunca te has visto en ésas?
G.: Claro que me he visto, más o menos como tú. También para mí las rupturas han sido difíciles, dificilísimas. Siempre intenté que fuera ella la que rompiese; cargas con menos responsabilidades, te da menos complejo de culpa. Mire -dirigiéndose a mí-, a todos nos devoran los complejos de culpa, ése es el verdadero problema de la vida. Si pudiéramos vivir con una completa inocencia...
M.: Y mucho tiempo...
G.: A lo mejor fundando una residencia, una casa de reposo para viejos actores y viejos directores, para charlar un poco entre nosotros...
M.: Para jugar entre nosotros al juego del actor, del director, de los que saben romper porque siempre lo querrían todo, porque quieren a toda costa seguir siendo niños.
- ¿Y a quién invitarían a esa casa de reposo? ¿Quiénes son sus amigos, sus modelos?
G.: ¿Vivos y muertos?
- Por supuesto, vivos y muertos.
G.: Bueno, empezaría por De Sica, ¿quién mejor que él para jugar? Maestro en no romper nunca con nadie.
M.: Y Federico. Otro maestro en querer tenerlo todo.
G.: Quisiera a John Barrymore, actor mítico, soberbio. Charles Laughton. Lawrence Olivier...
M.: Y una chispa de Cary Grant, Gary Cooper, Clark Gable...
G.: Y Gabin.
M.: Y Montgomery Clift.
- ¿Querrían a Brando?
G.: Mejor no, es una casa de reposo.
- ¿Y a De Niro?
G.: No, por la misma razón.
- ¿Y a Sordi?.
G.: Sordi sí, desde luego, aunque no creo que él quisiera. ¿Sabe que ya hacemos algo parecido? Nos reunimos a almorzar una vez a la semana en un reservado de un restaurante romano, una decena de amigos, para pasarlo bien. La semana pasada se abrió la puerta y asomó la cabeza Mario Monicelli (80 años cumplidos), nos miró uno por uno, dijo «todos viejos», cerró y se marchó.
- ¿Proyectos para el futuro?
G.: Queremos hacer una película juntos sobre una novela de Arpino, en la que hay dos personajes que parecen hechos a medida para nosotros. ¿Le parece una buena idea?
- Me parece excelente. ¿Puedo hacer una última pregunta? ¿Cuál es el mejor lado de la vejez?
Responde Mastroianni por los dos, mientras el otro asiente:
- Ser por fin libres. Libres de decir y hacer lo que sea, total ya nadie puede quitarnos nada.
- ¿Y los complejos de culpa? Ésos, si aún existen, limitarán su libertad.
G.: Créame, cuando se es realmente viejo los complejos de culpa ya se han ido. Aún más, su desaparición es la verdadera señal de que uno ha empezado a envejecer.
[Sí, ya me acuerdo, Ediciones B, traducción de José Ramón Monreal]



    

Magazine Littéraire No 373. Febrero 1999

Una leyenda tenaz dice que Cioran vivió al margen del mundo, sin relación con él. Si rechazaba las entrevistas en Francia, concedió sin embargo muchas, únicamente en el extranjero. Hace tres años, Gallimard publicó más de trescientas páginas de entrevistas del “gran ermitaño” con periodistas o escritores americanos, españoles o alemanes. Entonces, no es que Cioran rechazara hablar de su obra, sino que, por razones bastante contradictorias, reservaba esta eventualidad a publicaciones extranjeras. Casi cada mes, descubrimos así nuevas entrevistas.
Realizada en París en 1983, pero en alemán, por Hans-Jurgen Heinrichs, la entrevista de la cual presentamos estos extractos por temas, es sin duda una de aquellas en la que Cioran va más lejos en el análisis de su obra y de sus posiciones de fondo. Uno encontrará no solamente precisiones sobre su vínculo contradictorio con el francés y sus orígenes, sino también declaraciones sin ambigüedad sobre su rechazo a las etiquetas que han podido atribuirle. Contra el nihilismo y el pesimismo, de los cuales denuncia el carácter de “categorías escolares”, Cioran se afirma aquí antes que nada como el pensador por excelencia del antidogmatismo. Al leer esta larga entrevista la imagen que resulta del autor de los Silogismos de la amargura no es la de ese trovador de la nulidad y del suicidio que celebran a lo largo de clichés sus falsos admiradores y los diccionarios, sino la de un hombre que solamente ha procurado estar, tanto en su vida como en su obra, cada vez más cerca de sus sensaciones primarias, evolucionar lo más cerca de sí. Es decir: ante todo un escéptico, casi un pragmático, rechazando todas las ideas a priori, como lo indica cuando evoca, en términos duros pero justos, su rechazo final de una gran parte de la obra de Nietzsche, en provecho de un pensamiento inmediato de la vida, con sus contradicciones y, lógicamente, su placer de vivir: el autorretrato verídico de un hombre cuya única preocupación, idea fija, habrá sido intentar convertirse en un hombre libre. Nada más que eso, sino todo eso.
París. “Cuando llegué a París, de inmediato comprendí que el interés de esta ciudad, era la posibilidad que ella me ofrecía de vivir al lado de gente propiamente ociosa. Yo mismo soy un ejemplo de ocioso: nunca trabajé en mi vida, nunca tuve un oficio, salvo una vez, durante un año en Rumania, cuando enseñé Filosofía en Brasov. Fue insoportable. Y esa fue igualmente la razón por la cual vine a París. En su propio país, uno debe hacer algo, pero no necesariamente cuando uno vive en el extranjero. Yo he tenido la dicha de vivir más de cuarenta años de mi vida en la ociosidad y – ¿cómo le digo? – sin Estado. Lo que hay de interesante en París es, yo creo, que uno puede, que uno debe vivir como un extranjero radical, de modo que uno no pertenece a una nación, sino solamente a una ciudad. Yo me siento en cierta manera parisino, pero no francés – sobre todo no francés.
(...) Hay dos libros que, para mí, representan, expresan a París. De entrada ese libro de Rilke, Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, y luego el primer libro de Henry Miller, Trópico de Cáncer, que muestra otro París diferente al de Rilke, inclusive contrario, el París de los burdeles, de las prostitutas y de los proxenetas, el París del fango. Y es también ese París que yo conocí: (...) el París de los hombres solos y de las prostitutas.
A decir verdad, ya había vivido la misma cosa en Rumania: la vida del burdel era muy intensa en los Balcanes. Y era también el caso de París, al menos antes de la guerra (...). Cuando llegué aquí, había tenido largas conversaciones con muchas de esas damas. Al principio de la guerra, yo vivía en un hotel no muy lejos del bulevar Saint-Michel y trabé amistad con una prostituta, una vieja dama de cabellos blancos. Llegamos a ser muy buenos amigos; quiero decir: ella era demasiado vieja para mí. Pero era una increíble comediante, con un talento para la tragedia. Yo me la encontraba casi cada noche hacia las dos o tres de la mañana, pues yo regresaba siempre muy tarde a mi hotel. Eso fue al principio de la guerra, en 1940 – o mejor dicho, fue antes de la guerra, ya que durante la guerra uno no podía salir después de la medianoche. Nosotros paseábamos juntos y ella me contaba su vida, toda su vida – y la forma en la que ella hablaba de todo eso, las palabras que utilizaba: ¡yo estaba fascinado!(...) Las experiencias que he tenido en mi vida con este tipo de personas me han enseñado más que los encuentros con intelectuales.”
La lengua francesa. “Mantengo una relación muy compleja con la lengua francesa. Cuando comencé a escribir en francés, me dije que esa no era una lengua para mí. Me sentía como en una camisa de fuerza. Pero ahora, desde hace algunos años, desde que la lengua francesa zozobra, me siento en cierto modo atado a la suerte de esta lengua desfalleciente. Los franceses no son, yo diría, indiferentes a la decadencia de su lengua, pero ellos la aceptan – yo no. Mientras más boicoteado es el francés por el mundo, más me siento cerca de él. La razón es quizá también que todo lo que se pierde, se desmorona y se oculta, ejerce sobre mí un gran poder de atracción. Este aislamiento del francés me fascina. El contacto con el francés fue para mí, al principio, infinitamente duro. (...) En Rumania, todo el mundo hablaba francés y otras lenguas, pero, en cambio, yo venía de Transilvania donde uno no habla más que alemán o húngaro. He tomado muy en serio este cambio de lengua y todo lo que he escrito en francés, lo he reescrito varias veces, por ejemplo, el Breviario de Podredumbre, lo retomé cuatro veces. Para mí, era verdaderamente un reto la idea de que debía escribir como un Francés, competir con los Franceses en el manejo de su propia lengua – idea que puede ser un poco loca (...) De temperamento, debería haber escrito más bien en español, en húngaro o en ruso. Porque el rigor del francés es incompatible con mi temperamento. Pero esto es precisamente lo que también me gusta de él...”
Las mujeres. “Tengo un punto en común con Sartre. Sartre dijo, poco antes de su muerte, que él se había entendido siempre mucho mejor con las mujeres que con los hombres. Este es también, mi caso: yo prefiero las mujeres a los hombres. ¿Sabe usted por qué? Porque la mujer es más desequilibrada que el hombre. Ella es un ser infinitamente más mórbido y enfermo que el hombre. Ella resiente más las cosas, que un hombre no puede siquiera, sentir. He observado que las mujeres estaban en general más cerca de mi manera de escribir que los hombres. Quedé muy impresionado cuando leí que Sartre había dicho que él prefería la conversación de las mujeres a la de los hombres.
Cuando me preguntaron un día, cómo había podido vivir sin ejercer un “oficio”, respondí: “porque era un proxeneta”. Es una ocurrencia, pero hay algo de verdadero detrás de esta afirmación. Para mí “proxeneta” es un concepto muy universal. Quiero decir que, cuando un escritor vive con una mujer que provee la vida de todos dos, entonces, este escritor es un proxeneta. La mayoría de los escritores respetables que conozco en París han vivido como parásitos de sus mujeres. En este sentido, aunque nunca me he casado, he sido también, un proxeneta...”
Rumania, el lazo con los orígenes. “Me he desligado de mis orígenes. A pesar de ello, permanezco profundamente atraído por los Bogomilos, esos Maniqueos de los Balcanes, y por su idea de que el nacimiento es una catástrofe. Así que era casi fatal que regresara de manera inconsciente a mis orígenes. La idea de que no es Dios, sino Satán, un pequeño Satán, Satanael, quien ha creado el mundo, es una idea que siempre me atrajo. Es la razón por la que escribí un libro, El aciago demiurgo, que ha sido un poco inspirado en la teoría bogomila. Encuentro notable el hecho de que haya regresado, en París, después de tantos años, a mi patria fundamental, a ese mundo espiritual del Danubio, a los Cárpatos. La idea de una mística de lo prenatal pertenece a ese mundo: el Oriente. Aunque yo quise liberarme de mis orígenes, mis esfuerzos no tuvieron éxito realmente. Todas esas ideas, el Maniqueísmo y también la Gnosis, o al menos una Gnosis un poco degenerada, me vienen en parte de los Balcanes. Uno nunca se libera de su origen, de su comienzo. Yo he escrito mucho contra mi país natal. Por ejemplo: afirmé que ser rumano era irrisorio, pero debo reconocer al mismo tiempo que soy muy fatalista en la vida. El fatalismo es la religión natural en Rumania, todo el mundo es fatalista en la vida cotidiana y al respecto de todo. Así pues: uno no se libera jamás de uno mismo...”
Las contradicciones. “Siempre he vivido en contradicciones y nunca he sufrido. Si hubiera sido un ser sistemático, hubiera debido mentir para encontrar una solución. Ahora bien, no solamente acepté ese carácter insoluble de las cosas, sino que yo mismo encontré, debo decir, cierta voluptuosidad, la voluptuosidad de lo insoluble. Nunca he buscado nivelar, reunir o, como dicen los franceses, conciliar lo irreconciliable. Tomé siempre las contradicciones como ellas venían, tanto en mi vida privada como en la teórica. Nunca tuve metas, nunca pretendí encontrar ningún resultado. Creo que no puede haber, tanto en general como para sí, ni resultado ni meta. No es que todo sea sinsentido – la palabra me molesta un poco -, sino que todo es innecesario. (...)
Normalmente, si hubiera sido enteramente consecuente conmigo mismo, no habría podido hacer nada en absoluto. Haciendo a pesar de todo algo, me contradije, he vivido en la contradicción. Pero, toda vida, creo yo, está en el fondo condenada a la contradicción.
Deseo contar algo un poco idiota: cuando usted se encuentra en un cementerio – es un hecho banal -, y usted ve que un amigo, con quien ha reído hace dos o tres días, ha desaparecido sin rastro, ¿cómo puede uno aún después de aquello edificar un sistema? Para mí, ¡es inconcebible!. Uno de mis conocidos, a quien quise mucho, un judío polaco, hombre muy simpático e interesante, con quien me reía mucho de todo – era además más nihilista que yo – el hecho de estar ante su tumba, para mí era, ¿cómo decir...? Esto es banal, todo el mundo ha experimentado esta sensación... Pero cuando se traduce aquella experiencia en Filosofía - ¿cuál es la conclusión? La conclusión es esta: el mismo nihilismo es un dogma. Todo es ridículo, sin sustancia, pura ficción. He ahí por lo que no soy un nihilista, porque la nada es aún un programa. En la base, todo es sin importancia. Nada existe más que en la superficie, todo es posible, todo es drama.
Claro que existe el amor – soy a menudo cuestionado: ¿Cuándo todo ha sido adivinado, perforado con la mirada, cómo puede uno aún enamorarse de quien sea? No obstante, eso llega(...). Es lo mismo que hay de verdadero y de interesante en la vida. Deseo terminar esta reflexión con un toque optimista: la vida es realmente interesante y atractiva, porque, por debajo de todo, no tiene sentido. Y, a este respecto, yo doy siempre este ejemplo: uno puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como un nihilista, y sin embargo caer enamorado como el más grande de los idiotas. Esta imposibilidad teórica de la pasión, que la vida real no cesa de burlar, hace que la vida tenga cierto encanto, indiscutible, irresistible. Uno sufre, uno se ríe de sus sufrimientos, uno hace lo que quiere, pero esta contradicción fundamental es quizá finalmente lo que hace que la vida valga aún la pena de ser vivida...”
El cinismo. “Nunca he escrito como autor; créame, yo no busco la gloria, no me tomo por un autor y no soporto esa parte de los otros. Jamás he tenido ninguna prudencia y simplemente he dicho lo que me pasaba por la mente. De cierta manera, he buscado desenmascarar la existencia, y es por ello que me consideran como un cínico. Pero si soy un cínico en mi expresión, no lo soy en general para todo en la vida. A pesar de ello, reconozco el valor del cinismo, como un punto de vista taxonómico. Siempre he dicho que uno debe escribir lo que en el momento uno vive como una verdad, inclusive lo que uno no debería decir, por muy doloroso, frívolo o insolente que pueda ser. Cuando escribo algo o cuando reflexiono, no impongo ningún límite a la expresión de sentimiento de la verdad. Yo nunca, nunca pensé en las consecuencias. Y ninguna persona se ha suicidado jamás a causa mía. Al contrario, conozco mucha gente que dice: gracias a usted, no cometí suicidio. Y quienes sufren de depresión, cuando me leen, comprenden que pueden hundirse aún más en ella. Para hablar como Kierkegaard, la depresión es una etapa sobre el camino de la vida. No tengo pues la impresión de que haya hecho una carrera “negativa”. Además, todo es en definitiva igual, ¿no es cierto?...”
El pesimismo. “Han dicho de mí que soy un pesimista – esto ¡no es cierto! Esas categorías escolares son grotescas. Yo sé exactamente lo que es el pesimismo. Pero, como usted acaba de decir: hay una diferencia fundamental entre el pesimismo como sistema y la experiencia cotidiana del pesimismo, que nace simplemente de la experiencia cotidiana de ser un ser vivo. Uno no puede ser pesimista en la vida, en cuanto uno vive: eso no tiene ningún sentido. Uno es como los otros y hablo aquí de las cosas vividas. Yo intento hacer la apología del escepticismo y también la del pesimismo, pero – eso no es importante. Lo que es importante, es lo que uno vive, lo que uno experimenta, y como uno lo siente.”
Nietzsche. “Nietzsche ejerció una influencia muy grande sobre mí en la juventud. Pero, hoy, me siento muy lejos de él. ¿Por qué? Porque él construyó su teoría. Nietzsche tiene un ideal, una idea de los hombres, de su valor, en función de lo cual escribió, dio forma, elaboró toda su obra. Así, la impresión que me ha venido progresivamente es que todo aquello era un poco falso. Como profeta o analista – es lo mismo, porque cuando se quiere analista, sigue siendo un profeta – Nietzsche quiere “aportar” algo de absoluto, crear algo, jugar un papel en la cultura, etc. Es lo que hace que yo no pueda hoy leer sus cartas, pues, en sus cartas aparece como lo contrario de lo que es en sus escritos. En sus cartas, uno ve a Nietzsche tal como era verdaderamente: un pobre tipo. Y todos esos héroes, esos héroes del pensamiento, que jugaban un papel en sus libros, esta gran ilusión me parece entonces falsa. Aunque él sea, sin ninguna duda, genial, Nietzsche no es, de cierta manera, verídico. Para mí el verdadero Nietzsche se encuentra en sus cartas, es en ellas donde es verdaderamente él mismo. Por ello me he apartado de una gran parte de su obra. Nietzsche está dotado él mismo de una Weltanschauung, de una concepción del mundo. Él no se liberó de sus ideas y proyectos, permaneció dependiente, esclavo de sus ideas. Para mí, él no llegó a ser un hombre libre, por lo menos en sus libros.(...) Puede que yo exagere un poco; pero tengo la impresión de que hay verdad en lo que expreso. Nietzsche fue el héroe de mi juventud; pero no lo es ahora: aunque genialmente mordaz y cínico, lo encuentro en lo sucesivo demasiado juvenil para mí, demasiado cándido...”
Los alemanes. “Nietzsche no expresó su experiencia de la vida, nunca tuvo más que una idea en mente: superar, superar, superar – que en el fondo es muy alemán. Quizá este sea precisamente el error fundamental de los alemanes y también del pensamiento alemán: hay que superar, hay que construir, hay que edificar. De allí que la historia alemana es un naufragio sin igual, una catástrofe, pues los alemanes han querido construir su historia. A los Alemanes les hace falta sabiduría; tienen algo de genio, pero ninguna sabiduría. No viven ni la historia ni la vida misma: quieren siempre aún construir, erigir. Y, en la Filosofía, eso no se puede hacer más que por el intermedio de un sistema. Que todo debe ser homogéneo es, yo diría, un pecado idiota, una tara. Los alemanes son demasiado sistemáticos, han experimentado y construido una historia sistemática y han pagado las consecuencias de eso. Los alemanes siempre han estado fuera de la vida. (...) Hay algo de irreal en todo el destino alemán. Son también, por consecuencia, un pueblo trágico, porque los alemanes han llegado a ser muy serios y nunca han logrado reírse de sí mismos: no hay ironía alemana. Los alemanes han escrito sobre la ironía, pero nunca la han experimentado o practicado en ellos mismos – no hacen más que hablar y pensar de manera abstracta en ella. Esto es el origen del naufragio alemán. Porque, al fin de cuentas, cuando uno piensa que la nación alemana era la más genial de Europa, o en todo caso la más dotada, es un gran fracaso que una nación de este orden pudiera caer tan bajo, un fracaso casi sin igual; y eso, no solamente durante la Segunda Guerra Mundial, sino también durante la Primera. La historia, el espíritu alemanes han ido de cierta manera más allá, porque ambos han sido pensados de manera demasiado sistemática, sin sabiduría...”
La ventaja de la inseguridad. “Distribuyendo toda su fortuna, Wittgenstein se salvó espiritualmente. Usted sabe, yo me encontraba mucho mejor desde un punto de vista espiritual, vivía de manera más intensa, cuando tenía solamente una pequeña maleta y no vestía todo el año más que dos trajes, aún uno solo. Ahora – no soy rico, pago pequeños impuestos, gasto muy poco, pero vivo bastante bien, puedo comer lo que quiera, puedo viajar, etc. – en resumen, mi vida ha llegado a ser de cierta forma más segura. Ello ha proyectado grandes sombras sobre mí – sombras espirituales. Antes, vivía un París del día a día. Pero yo era más fresco espiritualmente, más joven también, sin duda alguna: era otro hombre. No sabía nunca de qué estaba hecho el mañana. Yo viví veinticinco años en hoteles y fui siempre como un animal, como una bestia salvaje (...). La seguridad representa un peligro increíble sobre el plano espiritual, así como una salud perfecta es una catástrofe para el espíritu. (...) También, un intelectual, o diremos, un escritor, debe conservar el sentimiento de no tener suelo sobre el cual apoyarse. Si, al contrario, comienza a instalarse, a - ¿cómo le diría? – Establecerse, está perdido. Entonces, uno hace una obra, o uno se convierte – yo no lo soy – en gran escritor: en “alguien”. Pero todo aquello es deplorable. (...) La inseguridad es una necesidad absoluta: un escritor, cuya vida se convierte en algo seguro, es un escritor perdido.”
España. “He experimentado, debo decir, un profundo amor por España, el único país literalmente poseído por la obsesión de la decadencia. Y es, muy temprano, después de la Conquista, después de la gran época, al final de las conquistas. Después de aquello, vinieron dos, tres siglos dominados por la idea de la decadencia, que es devenido el concepto central de la historiografía española. Esta es la razón por la cual tengo una gran afición por España, el por qué España ejerce sobre mí tal fuerza de atracción. Antes de la guerra, yo quería irme con el fin de asistir a los cursos de Ortega y Gasset, y, quizá establecerme. Había hecho una demanda para obtener una beca española y esperaba una respuesta. Luego la guerra civil estalló y mi vida tomo otro curso. Quizá, sin la guerra, me habría convertido en un español y habría vivido el resto de mi vida en España. Lo que me llama mucho la atención es que un pueblo tan extraordinario como los Españoles sientan a este punto la conciencia de su decadencia. (...) Los pueblos que no han dejado escapar su destino siempre me han atraído prodigiosamente. Es el caso, también de los alemanes. Los alemanes no han tenido la historia que habrían podido merecer. Con un Bach, un Hegel, un Kant o aún un Holderlin, Alemania debió haber tenido otra historia. Pero ella ha errado su historia. Alemania no ha conseguido convertirse en lo que debía ser. Esta dimensión patética de la historia me gusta. Inglaterra jamás me interesó como destino – no tiene ningún destino, tal como, en el fondo, Francia. Pero Alemania ha sido su destino: como un genio que nunca se realizó...”
Heidegger. “Heidegger creyó demasiado en las palabras. (...) Las dificultades, él no las resolvió sino simplemente las superó con la ayuda de la creación de palabras. Yo considero eso como altamente deshonesto. Yo no discuto que Heidegger haya sido un genio, pero lo considero también como un estafador. En lugar de resolver las preguntas, él se contentó escribiendo, creando palabras, desplazando los problemas, respondiendo - ¿cómo le diría? – con una producción de vocabulario. (...) Para mí, Heidegger fue realmente demasiado ingenuo, aunque al mismo tiempo astuto como un campesino. (...) Fue un hombre, me atrevería a decir, inconscientemente villano...”
Los aforismos y la novela. “Todo lo que he escrito es un resultado – los aforismos no los escribo primero como aforismos:... escribo una página... luego tiro todo y comienzo de nuevo. Para escribir una novela, hay que elegir los detalles. Yo, en cambio, no me intereso por los detalles, voy de inmediato a la conclusión. Si escribiera una pieza de teatro, la comenzaría por el quinto acto, porque desde el comienzo de cualquier cosa, entreveo ya el final. Con tal concepción de las cosas, uno no puede ni escribir un libro, ni practicar las bellas letras, ni, en general, ningún género literario. Es por lo cual no soy un escritor, yo soy un... no sé... un hombre de fragmento...”
Entrevista: HANS-JURGEN HEINRICHS
Presentación: FABRICE ZIMMER
Traducción: JUAN CARLOS ENSUNCHO B.
Corrección: CAMILLE CROS


    

*Fragmento del libro del autor Conversaciones con Sartre, 1970-74
traducción de Palmira Feixas, Madrid, España, Sexto Piso.

“Me encontré con Sartre el día de Navidad. Discutimos durante casi dos horas sin llegar a un acuerdo. Al final, me dijo: «Muy bien, ha cumplido con su obligación. Ha agotado todos los argumentos posibles. Ahora, como amigo, explíqueme por qué ha abandonado a su familia en mitad de la Navidad para unirse a este tribunal y viajar a Vietnam del Norte»”.

Cuando en 1966 el filósofo británico Bertrand Russell, de noventa años, fundó el Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra —que fue concebido sobre todo como arma de propaganda para investigar e, inevitablemente, condenar a Estados Unidos por su agresión al pueblo vietnamita—, sabía que estaba demasiado viejo y frágil para asumir su presidencia. Por ello, le pidió al novelista-dramaturgo-filósofo-activista más ilustre del siglo, Jean-Paul Sartre, que fuera el presidente ejecutivo, pero Sartre lo rechazó. Fue entonces cuando Russell me pidió que intercediera ante Sartre.
Como cabecilla de la Fundación Bertrand Russell para la Paz en Nueva York, yo había hecho varias propuestas para la fundación de dicho tribunal; además, Russell sabía que yo conocía muy bien a Sartre. Esto se debía, en parte, a que mi padre, el pintor español Fernando Gerassi, había sido el mejor amigo de Sartre antes de la Segunda Guerra Mundial, y había escrito sobre él en su trilogía Les chemins de la liberté [Los caminos de la libertad].
Gomez, como lo llamó Sartre, es un personaje importante en la novela que abandona a su mujer y a su hijo y combate por la república durante la Guerra Civil española entre 1936 y 1939, y se convierte en general y en el último gran combatiente por la defensa de Barcelona, cosa que, de hecho, sucedió de verdad.
Sin embargo, en aquella época a Sartre esto no le parecía admirable en absoluto; nada, insistía, debería interferir con la vocación artística. Al ir a luchar contra el fascismo, Fernando había traicionado su compromiso como artista. Sartre me preguntó en muchas ocasiones por qué mi padre había ido al frente, aun sabiendo que la república perdería. En la novela, Gomez dice: «No se combate el fascismo por que se vaya a ganar. Se combate el fascismo porque es fascista». Una explicación perfectamente lógica para cualquier animal político, hasta para Sartre, pero eso sería más tarde.
Por otra parte, mi madre, Sarah en la trilogía, había sido una de las mejores amigas de Simone de Beauvoir cuando ambas estudiaban en la Sorbona, fue ella quien le presentó a Sartre a mi padre. Castor (el apodo de Simone) y mi madre conservaron su gran amistad después de la guerra, y Beauvoir siempre se quedaba en nuestra casa cuando viajaba a Estados Unidos. Cuando yo iba a Francia también me quedaba con Sartre y Beauvoir.
Yo tenía mis propias razones para quedarme con ellos. En aquel entonces, estaba escribiendo mi tesis doctoral en la Universidad de Columbia, primero sobre la estética de Sartre y, cuando aquel tema me causó demasiado dolor de cabeza en el departamento de filosofía, sobre la pelea entre Sartre y Camus. Así que yo le hacía muchas preguntas a Sartre, cosa que parecía que le gustaba, aunque casi siempre hablábamos más sobre ideas políticas que sobre su estética o su pelea con Camus (de hecho, acabé cambiando el tema de mi tesis doctoral y escribí sobre teoría revolucionaria en el Colegio de Economía de Londres).
Fue durante una de esas conversaciones, en el piso superior del bar Falstaff, en la avenida Montparnasse, cuando con veintitrés años me porté como un malcriado. De forma muy arrogante, le dije a Sartre que jamás sería capaz de combinar su filosofía, el existencialismo, con el marxismo, tal y como deseaba, si no renunciaba a su idea de «proyecto del hombre», que estaba en el corazón de su filosofía de libertad. Cuando al fin me dio la razón y abandonó el marxismo, creí haberme ganado su confianza, al menos en asuntos de política.
Como yo había escrito varios artículos aquí y allá con citas directas de Sartre, Russell pensó que podía hablar con él en cualquier momento, y el 23 de diciembre de 1966 me llamó a Nueva York, mientras yo decoraba el árbol de Navidad con mi hija Nina, de seis años, y me preguntó si quería ir a Vietnam del Norte con el primer comité de investigación, que partiría de París el 26 de diciembre. ¿Cómo iba a rechazarlo? Entonces Russell me preguntó si podía hacer escala en París y convencer a Sartre para que aceptara el puesto de presidente del tribunal.
Me encontré con Sartre el día de Navidad. Discutimos durante casi dos horas sin llegar a un acuerdo. Al final, me dijo: «Muy bien, ha cumplido con su obligación. Ha agotado todos los argumentos posibles. Ahora, como amigo, explíqueme por qué ha abandonado a su familia en mitad de la Navidad para unirse a este tribunal y viajar a Vietnam del Norte».
«Tiene toda la razón —respondí—, no hará ningún bien político, pero voy porque los vietnamitas son las víctimas. Deben saber, aunque ello no detenga ni una sola bomba estadounidense, que estamos con ellos; que gente como usted, Sartre, y como Russell o Dave Dellinger [un pacifista estadounidense muy importante] está con ellos; que sabemos que Estados Unidos es el agresor, y el pueblo vietnamita la víctima valiente que lucha por su libertad. Por eso iré, aunque la prensa americana e inglesa no diga ni una palabra sobre este tribunal.»
Sartre sonrió y luego dijo: «De acuerdo, es una buena razón; cuente conmigo».
Ése fue el mejor momento que pasé con él.
Fueron muchos los momentos que compartimos, aunque no todos tan buenos. En 1970, yo ya no me dedicaba al periodismo profesional y me habían prohibido enseñar en escuelas americanas por mi activismo en contra de la guerra. En aquel entonces, estaba dando clases en la Universidad de París VIII, en Vincennes, y todos los domingos comía y hablaba de política con Sartre y Beauvoir en La Coupole, un restaurante bullicioso,   art déco   y decadente de Montparnasse, o en La Palette, otro restaurante que quedaba a una calle y era más tranquilo. En una de esas ocasiones, un tipo logró burlar la vigilancia de los camareros y se acercó a nuestra mesa para preguntarle a Sartre cuándo terminaría su autobiografía. De hecho, Sartre había empezado a contar la historia de su vida en   Les mots   [Las palabras], pero sólo había llegado hasta los trece años. No tenía intención de continuar. Antes de terminar aquella cena, como he explicado en   Jean-Paul Sartre: Hated Conscience of His Century , acepté escribir su biografía, y Sartre escribió una carta que sirvió de contrato en exclusiva.
Empezamos a grabar las conversaciones para su biografía en noviembre de 1970, y continuamos durante cuatro años académicos, hasta 1974. Nos encontrábamos en el apartamento de Sartre todos los viernes, mientras yo recibía noticias continuas sobre mi caso hasta que mis abogados lograron ganarlo y reinstalarme en una universidad americana. Nuestras conversaciones solían convertirse en peleas, a veces tan feas que muchas veces creí que el proyecto terminaría.
En una ocasión, después de que yo publicara un artículo en la prestigiosa revista anual francesa   Obliques , en el que dije que la relación entre Sartre y mi padre se había deteriorado porque Sartre se sentía culpable por no haberse involucrado más en la Guerra Civil española, Sartre me gritó que jamás se había sentido culpable por nada en toda su vida, y que yo nunca entendería el verdadero significado de la literatura. En otra ocasión, cuando defendí al entonces presidente Charles de Gaulle, alegando que él era el único político conservador que quería expulsar a Estados Unidos de la OTAN porque sabía que sólo quería dominar el mundo, Sartre me llamó «idiota reaccionario » como De Gaulle ( «Vous n'allez pas devenir un macreau réac comme lui?» ). Profesaba un odio feroz por De Gaulle, y el viernes siguiente me castigó con una nota colgada en su puerta que decía:
«Tuve que ir al dentista. Creo».
Pero siempre hacíamos las paces o, más bien, ignorábamos nuestras antiguas peleas, y seguíamos comiendo juntos todos los domingos como de costumbre con Beauvoir y con mi novia, Catherine. Durante una de aquellas comidas pasé mi peor momento con Sartre. Yo llevaba unos años viviendo con Catherine, una estudiante bonita, dulce y simpática que no tenía ningún interés por la filosofía de Sartre, pero disfrutaba burlándose de él por su gran apetito (a pesar del cual nunca engordaba) y hablando con él de cine contemporáneo. Una vez cuando todos estábamos en la casa que estaba cerca de Nîmes, en el sur de Francia, y que Sartre le había regalado a su hija adoptiva Arlette, ésta y yo fuimos de compras y, al regresar, nos encontramos a Sartre y a Catherine agachados como animales, observando el suelo.
«¿Sabía —explicaba Sartre, complacido— que las hormigas siempre se saludan entre ellas entrechocando la cabeza, antes de desplazarse hacia la izquierda para continuar su camino?».
«¿Cree que eso demuestra que la naturaleza es de izquierdas?», respondió Catherine.
Por esta razón, cuando unos meses después llegué tarde, y obviamente disgustado, a comer a La Palette, Sartre me preguntó: «¿Dónde está   la petite?». Siempre la llamaba así porque era tres centímetros más baja que él (un metro cincuenta). No supe qué decir. Beauvoir se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas y lo dijo. «Hemos terminado», confesé al fin.
Sartre me miró de lado a lado con sus ojos bizcos, y luego declaró: «Pues lo envidio. Yo nunca he llorado por una mujer en toda mi vida».
Esto fue doloroso para Beauvoir. Sartre lo intuyó y trató de explicarse a toda prisa: «Cuando Castor y yo decidimos mantener lo que se llama una relación abierta, descubrimos que la pasión lleva inevitablemente al afán de posesión y a los celos. Así que, como sabe, decidimos que nuestra relación sería “necesaria”, pero que seríamos libres para mantener otras relaciones, a las que llamamos “contingentes”. Esto exigía que elimináramos la pasión, la clase de emociones que a menudo se manifiestan con lágrimas. Pero ahora me doy cuenta de que… lo envidio; puede llorar a los cuarenta, y yo, a los setenta, nunca he llorado».
Observé el profundo sufrimiento de Beauvoir. Obviamente, ella sí había derramado lágrimas por sus amantes a menudo, fuera Sartre u otro, y estaba herida por el hecho de que él no hubiera llorado por ella.
Para mí también fue una experiencia muy dolorosa, especialmente porque, en aquel momento, Catherine formaba parte de mi cotidianidad con Sartre. No se encargaba de transcribir las conversaciones —eso lo hacía un profesional—, pero Catherine corregía los nombres, me describía los lugares que Sartre mencionaba y me contaba historias, suyas o de sus padres, sobre los acontecimientos evocados por él, volviéndolos mucho más humanos. Solía marcar con un rotulador verde los pasajes que más le interesaban de la transcripción de las conversaciones y, a decir verdad, eran los más fascinantes. Siempre estaba impaciente por escucharlos, ya que Sartre y yo habíamos convenido en que no nos enzarzaríamos en discusiones sobre su filosofía. «Dejemos que los académicos se encarguen de eso», dijo Sartre, delatando su desdén por esa clase de gente que dedica su vida a disectar las obras de otros. «Nosotros nos concentraremos en   le vivant   [lo vivo]», repliqué.
«D'accord», asintió.
Mis entrevistas con Sartre fueron más bien conversaciones. Yo era, y sigo siendo, un animal político, un internacionalista, y sobre todo un defensor del Tercer Mundo. Había viajado por todo el planeta, en ocasiones como periodista, a menudo como militante antiimperialista e, inevitablemente, también como un turista cualquiera. Sartre había viajado tanto como yo, pero como una persona famosa, era esperado siempre en los aeropuertos por funcionarios importantes y acompañado por intérpretes. Cuando empezamos las entrevistas, yo ya había publicado una docena de libros sobre América Latina, Vietnam, la Guerra Civil española y, con un amigo, sobre los estrechos vínculos entre el crimen organizado y el capitalismo en Estados Unidos. Sartre, por su parte, tenía una obra literaria compuesta por obras de teatro, ensayos, novelas y la brillante autobiografía de su juventud,   Las palabras, por la cual había ganado el Premio Nobel. Cada cual traía sus propias experiencias.
Aunque ninguno de los dos éramos marxistas, compartíamos una idea indiscutible. Conveníamos en que, a pesar de lo que sostuvieran los académicos pragmáticos, a pesar de lo que casi cualquier profesor estadounidense de bachillerato inculcara a sus alumnos crédulos, a pesar de que los ricos de los países desarrollados proclamaran que se preocupaban por los pobres, y que todo el mundo se acaba beneficiando de la riqueza de unos pocos (la teoría del goteo de la riqueza), el mundo está en guerra, en una guerra de clases de pobres contra ricos. Y estábamos de acuerdo en que, hasta que los pobres no se sublevaran y demandaran la riqueza de los ricos, y luego la distribuyeran justamente entre todos, la guerra de clases sería una guerra a muerte, al menos cada cierto tiempo.
Nuestra intención, por tanto, no era discutir quién había hecho algo ni cuándo lo había hecho, sino por qué. Perseguíamos las causas políticas de nuestras acciones (y digo «nuestras» porque Sartre pretendía explicar el comportamiento de mi padre a través de mis reacciones). Acatábamos el gran precepto existencialista de que todo lo personal es político, y todo lo político es siempre personal. Sartre y yo convinimos en que no tenía sentido repetir lo que él ya había contado con tanta elocuencia en   Las palabras , a no ser que yo pensara que había mentido, cosa que había hecho en ocasiones. Me propuse escribir su biografía política, evocar los caminos que había recorrido hasta convertirse en la conciencia mas odiada de su siglo, por retomar el título de mi libro. Nuestras conversaciones me darían las claves para entender por qué era tan odiado y por qué, al mismo tiempo, seguía siendo la conciencia de los estudiantes, los intelectuales y los militantes de todo el mundo.
La grabación de nuestras conversaciones requirió setenta y pico casetes, convertidos en una docena de cintas profesionales de calidad superior, cuya transcripción ocupó más de dos mil páginas de interlineado sencillo. Como es lógico, gran parte de lo que hablamos resulta hoy redundante, repetitivo e incluso incoherente, pues a menudo alude a episodios que ya no interesan ni a los académicos ni a los lectores inquietos. Por lo tanto, al traducir las conversaciones he suprimido dichos pasajes. En todo caso, algunos de los hechos mencionados siguen siendo importantes desde una perspectiva histórica. En caso de que requieran explicaciones, las he añadido en forma de notas. He incluido fragmentos de conversaciones que mantuvimos durante nuestras comidas, que transcribí de memoria justo después de terminar dichas comidas y que Catherine (hasta el día en que rompimos) revisó, aunque no estén grabadas. Quienes sientan curiosidad por lo que he suprimido o añadido, los que no confíen en mí, o simplemente quieran oír la poderosa voz de Sartre, encontrarán todas las cintas originales y todas las transcripciones sin editar en la biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, que las adquirió cuando regresé de Europa, sin dinero y sin trabajo.
He agrupado las conversaciones por meses, pero el orden no es del todo exacto, ya que nuestras conversaciones no siempre eran cronológicas. Podíamos discutir sobre un tema en particular durante un mes y luego, varios meses después, retomarlo. Así que he mezclado varias conversaciones bajo el epígrafe del mes en el que se desarrolló la parte más importante de la conversación. El investigador que desee oír el original deberá proceder como yo: primero, escuchar todos los casetes (o leer toda la transcripción), apuntar los temas que tratan y asignarles un número; y, por último, reconstruirlos. Es un trabajo muy difícil, o al menos lo fue para mí, pero el resultado —un testimonio, más o menos cronológico, que restituye la vida y la interpretación de una gran figura literaria— vale la pena.
Noviembre de 1970
Gerassi (G): ¿Qué edad tenía cuando se dio cuenta que era diferente a sus amigos, sus semejantes y sus compañeros de clase? Su padre había muerto. Su abuelo materno —el hombre de la casa, un titán barbudo que interpretaba el papel de Dios en las obras de teatro de la escuela, un tirano benévolo que trataba a su madre como si fuera su hermana, e incluso le hacía compartir la habitación con ella en su casa— debió de influir en su visión del mundo desde muy pronto.
Sartre (S): Sí y no. Su atención, su aprecio por mis fantasías literarias —pasaba todo mi tiempo libre en casa, leyendo y escribiendo «novelas» de aventuras, que él leía puntualmente—, su devoción por «sus hijos», que éramos mi madre y yo, me hacían sentir importante, por supuesto, pero no diferente. En la escuela no me sentía diferente a mis compañeros de clase. A las once y media, la hora del almuerzo, mi madre venía a recogerme como las otras madres, y después de las clases de la tarde, a las tres y media, vagaba por las calles igual que los otros niños. Jugábamos al fútbol en la calle y formábamos una especie de pandilla, por lo que a menudo acabábamos peleándonos con los chicos de otras escuelas.
G: En una ocasión me contó usted que esos chicos eran pobres, que venían de barrios malos. ¿Cree que eso le daba una idea de lucha de clases a sus peleas?
S: No. Es verdad, como sabe, que los niños ricos viven en barrios ricos, lo cual significa que allí las escuelas son mejores. Ello no se debe a que el Gobierno les dé más dinero. En Francia, donde la educación está centralizada, cada escuela recibe la misma suma por alumno, a diferencia de Estados Unidos, donde, según me ha contado usted, las escuelas se financian con los impuestos locales, de modo que están determinadas socialmente. Aun así, en Francia, como en todas partes, los niños ricos viven en barrios ricos. La mayoría de las madres de los niños ricos no trabajan, y dedican parte de su tiempo, y de su dinero, a hacer que la escuela sea más atractiva, que esté mejor decorada, sufragando obras de teatro, conciertos y otras actividades. En los barrios pobres, las madres trabajan y los padres no tienen ni tiempo ni costumbre de preguntar a sus hijos qué hacen en la escuela, ni tampoco de regañarlos cuando algún profesor dice que no se han portado bien. En ese sentido, sí había una diferencia de clases muy marcada entre las pandillas callejeras. No obstante, cuando te peleas con un adversario por el control de un territorio, el adversario es un adversario, claro, pero es un igual. Así que, cuando iba a la escuela en París, a pesar de mi entorno y de mis circunstancias familiares, jamás me sentí diferente ni tuve ninguna conciencia de clase.
G: A pesar de que su lycée [escuela primaria francesa] de entonces, el Henri IV, era uno de los mejores en París.
S: Es verdad, pero todos recorríamos París a nuestras anchas. (En aquella época, las calles eran seguras.) Tal vez los niños de otras pandillas sentían cierto antagonismo de clase, pero nosotros no, y no nos insultaban gritándonos «¡Ricachones!» ni nada parecido.
G: Pero cuando su madre volvió a casarse, con un ingeniero, y se mudaron a La Rochelle, me imagino que las cosas cambiaron.
S: Y mucho, pero no por una cuestión de clase. En primer lugar, yo era parisino, y en La Rochelle odiaban a los parisinos. Los niños de la capital. Eso era una distinción de clase, por supuesto, pero ni ellos ni yo lo veíamos así. Yo era un extranjero. Y no olvide que cambié de escuela a mitad de curso. Simplemente, no les caí bien a mis compañeros de clase, aunque ellos también eran niños burgueses. Las cosas se complicaron aún más porque al poco tiempo me convertí en un buen estudiante, ya que había leído mucho más que ellos, gracias a Charles [Schweitzer], mi abuelo, que me sugería sin cesar que leyera tal o cual libro, y que cuando leía mis «novelas», las comparaba con las de grandes autores. Y todo ello sin dejar de elogiarme. El resultado fue que en La Rochelle me convertí en el niño mimado del profesor de literatura. ¡No se imagina usted cómo se burlaban de mí por esto mis compañeros de clase! Pero todos éramos de la misma clase social. No éramos verdaderamente ricos, porque esos iban a escuelas privadas, religiosas. Nunca nos peleamos con ellos porque nunca llegamos a verlos. Digo «nosotros» porque cuando se trataba de pelearse, yo formaba parte de la pandilla. Sólo para las peleas.
G: ¿Con palos o sólo con puños?
S: Ni una cosa ni la otra. Sólo había empujones y bofetadas. Nadie se hacía daño de verdad. Pero cuando se acababan las peleas, mis compañeros de clase me ignoraban durante mucho tiempo, una vez durante un año entero. Nos peleábamos con niños de otras escuelas, que en su mayoría también eran burgueses, no como en Estados Unidos, donde las clases sociales se mezclan en las escuelas, ¿verdad?
G: En general, sí. Los ricos también van a escuelas privadas, pero yo me crié en el Upper West Side de Manhattan, que era una mezcla. Yo era un niño burgués, por supuesto, pero siempre acababa vagando con los niños pobres, sobre todo con los extranjeros, en parte porque, como les pasaba a ellos, se metían mucho conmigo por ser extranjero con un acento raro. Muchas veces llegaba a mi casa llorando, con la ropa rota, y Fernando siempre me preguntaba si me había defendido y cómo. Un día —nunca lo olvidaré— regresé a casa con la ropa hecha jirones, sangrando y dolorido, pero riéndome, y Fernando, antes de preguntarme qué había pasado, me felicitó.
S: La diferencia es muy significativa. Usted se crió como un rebelde. Usted experimentó subjetivamente la lucha de clases, aunque en aquella época sus enemigos fueran raciales, una especie de xenófobos, y cuando regresaba a casa, su padre le daba una perspectiva objetiva de todo ello. No fue mi caso. Tanto en el   lycée   Henri iv de París, donde la mayoría de alumnos eran hijos de burócratas o de funcionarios —a fin de cuentas, Charles era profesor de alemán—, como en La Rochelle, donde la mayoría de las familias estaban relacionadas con el mar y el puerto, pero no eran pescadores, sino administradores, no había conflictos de clase. Yo jamás fui un rebelde. Usted mismo lo dijo cuando insistió en que su biografía intentaría desentrañar cómo un buen burgués que nunca se había rebelado contra su clase social acabó siendo un revolucionario. Y es verdad. He denunciado las contradicciones de la sociedad, subrayando las diferencias entre lo que la gente dice y lo que hace, pero jamás he combatido con los proletarios, ni siquiera he convivido con ellos; siempre he llevado una vida de burgués.
G: Pero sus lecturas y su escritura eran actos de rebelión, ¿no?
S: No del todo. Es complicado, ¿sabe? Mi madre y mi abuela querían que yo leyera libros para niños, el tipo de libros que suelen leer los niños de diez años, e intentaban que Charles me impusiera mejores costumbres al respecto. Y Charles sabía que las «novelas» que yo escribía habían sido copiadas, inspiradas por las que leía y que, la verdad sea dicha, apenas comprendía. Está claro que cuando leí Madame Bovary a los diez años —¿o fue a los ocho?— no entendí nada, pero de ella saqué un hilo que luego retomé en una de mis historias. En teoría, toda mi familia estaba en contra de mis «novelas», pero yo sabía que mi madre se apoderaba de los cuadernos —cada novela ocupaba un cuaderno escolar— y se los daba a Charles, al parecer para demostrarle lo raro que yo era. Charles los leía a conciencia e incluso corregía las faltas gramaticales y ortográficas. De hecho, creo que en cierta medida escribía aquellas «novelas» para él, aun sabiendo que no le gustaban. En fin, el caso es que toda mi familia estaba en contra de mis lecturas, pero no de todas, porque también leía todo lo que escribían [Michel] Zévaco y [Pierre] Ponson du Terrail, dos escritores populares que, a pesar de ser anarquistas, publicaban todas las semanas en la prensa local, junto a chillonas ilustraciones. Tampoco les gustaban mis «novelas», pero sabía que, en realidad, me admiraban por escribirlas.
G: Eso forma parte de su infancia en casa, pero contrasta radicalmente con su vida fuera de casa.
S: Es complicado. Charles me convenció de que yo era especial, un prodigio, sin decírmelo nunca explícitamente, por supuesto. Eso significaba que yo era extraordinario. Pero en el mundo exterior, sólo los dioses como Charles eran capaces de comprender que yo era especial. A ojos de los demás, yo era como todo el mundo…
G: Usted ha dicho que de niño pensaba que en el mundo reinaba una armonía perfecta, que todo estaba en orden, estable, establecido. ¿No es contradictorio con el hecho que cuando usted quería jugar con otros niños en los Jardines de Luxemburgo, éstos le dijeran sistemáticamente que se largara, hasta tal punto que su madre intervino y le pidió ayuda a los otros padres? El mundo no era tan armonioso, a fin de cuentas.
S: Espere. Trataba de objetivar la situación. Aquellos niños estaban acostumbrados a estar juntos, a jugar juntos, sin mí. Por lo tanto, el orden de las cosas era que yo no formaba parte de su grupo. En el Henri IV era diferente. Yo conocía a los otros niños y ellos me conocían a mí. Los niños de los Jardines de Luxemburgo no me rechazaban porque yo fuera pequeño o feo, sino porque no formaba parte de su grupo.
G: Pero en   Las palabras   [la autobiografía de Sartre] usted confiesa haberse sentido frustrado, rechazado. ¿Por qué esto no le hizo darse cuenta que usted era diferente a los demás?
S: En cierto modo, sí. Me reafirmó en la idea de que era un prodigio, cosa que Charles había dado por sentada. En casa, yo era el centro. Mi abuelo era extremadamente autoritario, pero conmigo no. ¿Por qué? Porque yo era un niño prodigio. En los
Jardines de Luxemburgo, yo no era nada, lo cual era normal. Y en la escuela tampoco, al comienzo. Cuando empecé el bachillerato en La Rochelle (tenía doce o trece años), era un pésimo estudiante porque mis compañeros de clase no se daban cuenta de mi inteligencia. Era tan mal estudiante que mi madre tuvo que reunirse con los profesores de francés y de latín y rogarles que me prestaran un poco más de atención, cosa que hicieron. Aquello devolvió las cosas a la normalidad, de nuevo en orden. Pero Charles no estaba en La Rochelle. Con todo, obtuve la misma reacción que cuando intenté unirme al grupo del parque. Ellos formaban una unidad, mientras que yo era un extraño. Era normal.
G: ¿De veras? Por una parte se pasaba el día leyendo y escribiendo historias que Charles y las dos mujeres de la casa censuraban. Eso era un acto de rebeldía, pero deseaba la aprobación y la admiración de Charles. Por otra parte, los niños de su edad lo rechazaban, cosa que usted reconoce es dolorosa, pero le parece normal. No entiendo.
S: ¿Es que usted no hacía lo mismo? Castor me contó que en una ocasión en la que estuvo en Nueva York, usted discutió con ella durante más de dos horas, tratando de imponerle su visión marxista, mientras que su padre, que siempre fue antimarxista, o al menos no marxista, se limitaba a escuchar, sin decir una palabra —cosa rara en Fernando—, aunque usted buscara su aprobación.
G: Sí, me acuerdo bien, pero yo era mayor, debía de tener quince años. Fue en el bar Menemsha, en la calle Cincuenta y siete. Para mí era difícil hablar con Fernando, el hombre de acción, así que adopté la postura contraria a él: leía, estudiaba, hablaba, discutía, pero sin entrar en acción. Ésa era mi rebeldía. Perseguía su aprobación al tiempo que adoptaba un punto de vista opuesto al suyo. Y cuando más tarde, aquella misma noche, me dijo que no había defendido demasiado bien mi causa, me dolió.
S: Ahí lo tiene. Se rebelaba y buscaba su aprobación. ¿Es contradictorio? En absoluto.
G: Pero usted afirma que jamás se rebeló contra Charles.
S: Exacto, no lo necesitaba. A diferencia de Fernando y usted, Charles me había convencido de que yo era especial.
G.: Pero después sí le fascinaron los hombres de acción, cosa que Charles no era. Por ello se involucró con el único de sus amigos que sí lo era, Fernando. De todos sus amigos, Fernando fue el único por el que usted se tomó molestias para verlo, como cuando viajaba al sur de Francia siempre que Fernando cruzaba la frontera. Y está la fascinante conversación entre usted, representado por Mathieu [en Los caminos de la libertad], y Gomez, que encarna a Fernando. ¿Por qué regresa usted al frente, le pregunta Mathieu a Gomez, si sabe que la guerra está perdida?
S: Era una pregunta lógica.
G: No tanto, ya que Gomez le responde de una manera sumamente política a Mathieu que uno combate el fascismo no porque vaya a ganar, sino porque el fascismo es la ideología de los fascistas.
S: Eso fue lo que dijo su padre.
G: Pero usted decidió reproducirlo porque eso es lo que dice un hombre de acción comprometido, y porque usted, como Mathieu, se sentía culpable por no haber sido un hombre de acción.
S: Pero Mathieu se convierte en un hombre de acción.
G: No del todo. Acaba en el ejército y vive el día a día de un soldado, y luego de un prisionero, como usted, pero sin compromiso verdadero, tan sólo porque Francia está en guerra y usted y Mathieu son franceses. No es lo mismo que presentarse como voluntario para luchar en otro país, ni, como me preguntó usted cuando yo estaba a punto de marcharme a Vietnam del Norte, cosa que demuestra que semejante acto aún le desconcierta, «¿Por qué abandona a su mujer y a su hija?».
S: Espere. En primer lugar, su padre era español, aunque hubiera nacido en Constantinopla y hasta los veintisiete años no fuera a España, a copiar unos Velázquez en el Prado. El castellano, o el ladino, era su lengua materna, y tenía el carácter de un anarquista español en muchos aspectos. En segundo lugar, tal vez Mathieu no fuera un revolucionario comprometido antes de la guerra, pero es indiscutible que tenía cierta conciencia social, y fue comprometiéndose a medida que descubrió la vida colectiva en el stalag.
G: Vamos, no es lo mismo. Ni usted ni Mathieu tuvieron que enfrentarse a la realidad de tener que matar a un ser humano, por malvado que fuera. Y cuando Mathieu es liberado del stalag, retoma sus viejas costumbres, como escribir en un café, como usted.
S: Está usted hablando del compromiso desde un ángulo equivocado. La cuestión que yo trataba en esa conversación entre Mathieu y Gomez es la del abandono del verdadero compromiso del artista, es decir, cómo puede un escritor o un pintor abandonar su propia vocación, aunque sea por una guerra justa.
G: ¿Se refiere a la carta de Fernando a Stépha [la mujer de Fernando, mi madre], a la que abandonó para ir a luchar a España?
S: Fue crucial, absolutamente crucial. Le envió una carta que decía: «No soy un artista. Un artista no mata. Acabo de matar a un hombre. Olvídame». Tenía razón. Por eso en 1954 Picasso le dijo que si su padre no hubiera ido a España, habría sido tan famoso como él.
G: ¿Sabía que Fernando le escribió aquella carta a Stépha cuando usted escribíaLos caminos de la libertad?
S: Ella misma me la enseñó antes de marcharse a España, a su vez, a trabajar en la oficina de propaganda.
G: Pero usted no la utilizó en la novela.
S: Era demasiado melodramática, típica de Fernando.
G: Pero usted seguía fascinado por mi padre.
S: De todos mis amigos, era el único como yo, o eso creí. Una vez me dijo: «Ante todo, pinto; luego está mi familia. No me importa que Stépha o Tito se mueran de hambre; ante todo, pinto». [Tito era mi apodo]. Eso mismo pensaba yo por aquel entonces, aunque no tuviera familia: ante todo, escribo. Castor pensaba lo mismo. Probablemente por eso ninguno de los dos quiso formar una familia. Y de pronto resultó que uno de nuestros mejores amigos, que siempre había declarado el mismo compromiso con su arte que nosotros, se fue, sin maleta siquiera, sin muda de ropa, a la guerra. ¿Sabía que cuando lo llevé a usted a casa y le expliqué a Stépha lo sucedido, se puso histérica y empezó a repetir, una y otra vez, «Pero si llevaba calcetines de seda».
G: ¿Cree usted, en retrospectiva, que existía alguna relación entre Gomez y Pardaillan, el héroe de capa y espada de Zévaco que tanto admiraba usted —es más, veneraba— de niño? ¿Y puede que también incluyera a Charles, el imponente hombre de acción, aunque en realidad no lo fuera?
S: Exacto. La verdad es que no sé cómo era Charles. Por eso no lo definí en Las palabras, y hasta el día de hoy sigo preguntándomelo. Sé que le asustaba la muerte. Creo que por eso interpretaba la comedia del gran amor que me profesaba. Trataba de aceptarlo todo, la naturaleza, la vida y la muerte; pero necesitaba algo más para aceptar la muerte como algo normal, y eso era yo, así que sobreactuaba, lo convertía en un papel, para convencerse de que yo sería su extensión, su supervivencia, por así decirlo, su continuación tras su muerte. Así pues, en realidad, era lo contrario de un hombre de acción.
G: ¿Tan atormentado, tan atenazado estaba Charles por la angustia de la muerte que esperaba convertirle a usted en la extensión de su vida?
S: Creo que jamás llegó a comprender ni a enfrentarse con sus demonios, pero yo debí de contagiarme y, al tratar de parecerme a él, rechacé cualquier acto de rebeldía, descarté la idea del hombre de acción, aunque, como ha dicho usted con acierto, me convertí en uno de los héroes de   Las palabras . Aquello no era cierto. Mi abuelo era un voyeur.
G: ¿Y usted también, verdad? A pesar de sus peleas con otros niños en las calles de París, a pesar de todas sus negaciones, usted también estaba asustado por la muerte. Por eso una vez dijo que uno escribe para dios o para los otros, pero no para ser leído. En otras palabras, usted escribía para engañar a la muerte porque usted también estaba asustado. O, mejor aún: escribía para evitar la muerte. Escribía para ganar la eternidad.
S: Y por eso me fascinaba su padre, que se convirtió en lo opuesto, que no sentía temor alguno por la muerte.
G: Se equivoca usted. En un pasaje maravilloso de sus memorias, [Iliá] Ehrenburg habla sobre su visita a Fernando durante el sitio del alcázar de Toledo. Fernando lo llevó hasta la parte más alta de un edificio, cuyo tejado era muy resbaladizo, y desde donde podían ver a unos niños que jugaban en el interior del alcázar, tras las murallas. Fernando se había negado a bombardear la fortaleza por esta razón. De pronto, Ehrenburg vio que Fernando estaba blanco como un cadáver y que temblaba. «Una cosa es morir en la batalla —explicó Fernando—, pero caerse del tejado sería una estupidez.»
S: Claro, claro; Fernando, el macho anarquista.
G: No, en parte era ese absurdo sentido español del honor y del orgullo, pero también una maravillosa creencia en que la muerte debe tener sentido. Pero aun así miedo a la muerte.
S: Temor a la muerte, tal vez, pero no temor a ser olvidado.
G: Exacto. Eso es lo que temía Charles, y lo que le transmitió a usted.
S: Pero no nos burlemos de eso, porque ese temor nos vuelve más creativos, nos empuja a hacer el bien, o a convertirnos en hombres de acción. Al fin y al cabo, es un acicate para hacer algo durante los pocos años que vivimos en este mundo.
G: Es exactamente lo que decía usted en su maravilloso cuento «Érostrate» [Eróstrato], en el que el héroe, al darse cuenta de que nadie recuerda quién construyó el templo de Éfeso, pero sí quién lo redujo a cenizas, decide asesinar a seis personas al azar a fin de desencadenar un suceso tan absurdo que nadie lo olvide jamás. Pero sus ejemplos no son comparables. De los sesenta mil voluntarios extranjeros de las Brigadas Internacionales que fueron a España a luchar contra Franco, Hitler y Mussolini, al menos la mitad se presentaron con un nombre falso, sin ningún documento de identidad que permitiera reconocerlos. El mundo jamás sabría quiénes eran, jamás podrían ser identificados. Fueron a España, lucharon y murieron porque ése era el deber de un verdadero humanista. Y punto.
S: «Se combate el fascismo porque son fascistas.»
G: Exactamente.
S: Por eso fue usted a Vietnam del Norte, aunque tuviera que sacrificar un matrimonio feliz.
G: Por eso aceptó usted ser el presidente del tribunal. Y por eso le gustaban las historias de Zévaco, porque sus héroes luchaban por los pobres, los oprimidos, los explotados. Y en condiciones asombrosas: veinte contra uno, treinta contra uno… Pero Charles no era así. Y, sin embargo, usted lo admiraba; ¿por qué? Porque era un ateo que interpretaba el papel de Dios. ¿Y por qué amaba usted a su madre? Las madres no necesitan ser extraordinarias para ser amadas por sus hijos; tan sólo deben estar presentes.
S: Mi madre se dejaba tiranizar por Charles, que la regañaba delante de mí. «No hagas eso. No, eso está mal. Cállate.» Y ella se doblegaba. Pero en La Rochelle las cosas cambiaron. Un día, mi madre me pilló robándole dinero del monedero. Yo seguía intentando complacer a mis compañeros de clase y, como un idiota, pensaba que si compraba caramelos y se los daba, me aceptarían. Mi madre no sólo me pilló, sino que cuando Charles vino a pasar una temporada con nosotros, se lo contó. Él lo entenderá, pensé yo. Se pondrá de mi parte. No dijo nada, pero al día siguiente fuimos a comprar juntos y dejó caer una moneda, que yo recogí de inmediato. Con un gesto grandilocuente con la capa y el bastón, me detuvo. «Tú no puedes tocar dinero honrado —me dijo—, porque te has convertido en un ladrón.»
Y aunque le crujieran los dedos, muy despacio, y con mucho dolor, me pareció entonces, se agachó para recoger la moneda. Aquello fue la ruptura. Ya no era mi defensor. Nunca más lo admiré ni traté de imitarlo. Pero eso no me acercó a mi madre. Ella me había traicionado. Se había casado con un hombre que no me gustaba, un graduado de la [Escuela] Politécnica. Me había llevado a una ciudad que desdeñaba. Y me había puesto en una escuela en la que todo el mundo me odiaba. Aun así, jamás pude decirle lo mal que lo pasaba. ¿Por qué? Tal vez porque hasta aquel día, en la tienda —era una farmacia; parece que aún la veo—, detrás de mí había una roca inquebrantable que me hacía comprender que la vida era tal y como debía ser, y que una madre no significaba gran cosa. Una vez traicionado por la roca, por Dios, ya no me quedaba nada. A fin de cuentas, mi madre formaba parte de ese mundo.
G: ¿Tan malvado era su padrastro?
S: Desde un punto de vista objetivo, no, en absoluto. Era hijo de un ferroviario, y era estudioso, voluntarioso, un hombre de deber. Se había deslomado para ser el primero de la clase e ingresar en una de las instituciones académicas más prestigiosas de Francia. El triunfo burgués por antonomasia. Y se enorgullecía de ello. Desde un punto de vista subjetivo, era un fantoche engreído, un pesado que me había robado a mi hermana (es decir, mi madre) y que jamás me consideró un prodigio. Pero no era mi padre, así que nunca pintó gran cosa, y no me rebelé contra él.
Mi abuelo era un farsante, un impostor, incluso, pero me hacía creer que me admiraba. ¿Sabía usted que nos comunicábamos —hasta su traición, claro— en verso? Sí, en verso. Ojalá aún los conservara y pudiera mostrárselos. Figúrese, pues, su paciencia y su indulgencia. Leer mis espantosos poemas, llenos de faltas y de falsas rimas, ¡y tomarse la molestia de responder en verdaderos pentámetros yámbicos!
G: ¿A qué edad? ¿A los ocho, diez o doce? ¿Cómo llegaron ahí?
S: No, no, mucho más pequeño. Creo que siendo muy pequeño decidí que ya que mi dios y las dos mujeres de la casa leían en su tiempo libre, la lectura debía de tener un gran valor, así que empecé a fingir que leía. Me sentaba en una caja o en algún lugar imponente frente a mi familia, y fingía que leía, pasaba las páginas y esas cosas. Para no aburrirme tanto, mientras «leía» me inventaba historias inspiradas en las ilustraciones que acompañaban las historias de Zévaco o Ponson du Terrail en los periódicos. Empecé a fingir que leía el periódico porque Charles siempre lo leía, aunque los folletines no, por supuesto. De hecho, no le gustaba la ficción, e incluso la censuraba, pero leía a los clásicos porque «es necesario.»
Después de un tiempo fingiendo que leía, comencé a descifrar lo que en realidad no leía, y aprendí a leer solo. Como había que compartir el talento, empecé a escribir mis propias historias, con héroes como Pardaillan, de Zévaco, que, por supuesto, se parecía mucho a Charles. Mi primera «novela» se llamaba Le marchand de bananes [El vendedor de plátanos], y el protagonista llevaba barba, como Charles. Pero hubo un libro que a Charles le encantaba, y que me dio con tanta pompa que entendí que quería que me gustara. Y me gustó, aunque me salté páginas que habrían aburrido a cualquier niño, claro. Se trataba de Los miserables, de Victor Hugo, que, por supuesto, tiene su propio Pardaillan, ¿verdad? Sobre todo, Jean Valjean. Me pregunto por qué no incluí Los miserables en la lista que le di de mis lecturas de aquella época. Qué raro que me olvidara del libro más importante, ¿no?
G: Coménteselo a [Jacques] Lacan cuando vuelva a verlo.
S: ¿Bromea usted? Le encantaría, pero jamás le daré ese placer.
G: ¿Cree usted que su abuelo, al darle a leer Los miserables, trataba de inculcarle cierta conciencia política?
S: Oh, no; bueno, quizá un poco. Nunca se me había ocurrido, pero ahora que lo pienso, nunca puso ninguna objeción a que leyera a Zévaco, aunque él no siguiera el folletín semanal. Sabía muy bien quién era, que era anarquista. Pardaillan —es decir, Zévaco— decía: «No soy superior a nadie». Pero sí que lo era. Sin embargo, yo acepté aquella idea, aunque debía ponerla en tela de juicio cuando mis primos venían de visita. Charles los trataba de forma diferente que a mí. No era complaciente con ellos. A mí ellos tampoco me entusiasmaban, pero me parecía que era injusto por parte de Charles que hiciera diferencias, ya que éramos todos iguales. Ellos eran hijos de familia numerosa, así que no les importaba lo que Charles pensara, o cómo les hablara. Pero a mí aquello me hizo consciente de que mi familia no era como la suya. Creo que para un niño es muy importante tener un padre, sea bueno o malo. Y yo no tenía. Charles era como un dios, pero no era mi padre. Así que mi vida era, ante todo, solitaria. Y, sin embargo, me sentía feliz porque estaba mimado. Me decía: qué suerte haber nacido en Francia, con unos abuelos así, y una madre. Por supuesto, no me lo creía del todo. Sabía que los demás, la gente que no formaba parte de mi familia, me juzgaban por mis actos.
G: ¿ Huis clos [A puerta cerrada]? ¿El infierno son los otros?
S: Exactamente.
G: Y Charles, de hecho, era una prolongación suya, a su entender.
S: Exacto, y como yo sabía que yo era un impostor, él también lo era, así que ya no lo respetaba. Pero lo admiraba. Qué contradicción, ¿no?
G: ¿Es ésa la raíz de su inseguridad?
S: Es complicado. Creo que en aquella época era inseguro porque Charles me trataba de forma diferente que a mis primos, que a los demás niños. Por supuesto, me encantaba que Charles y mi familia cercana pensaran que yo era especial, y está claro que nadie, yo incluido, entendía que Charles me tratara de ese modo porque temía la muerte, y quería que yo fuera su extensión cuando se muriera. Pero algo no encajaba. ¿Era por mi soledad; quiero decir, porque era un niño en una familia de adultos? ¿O porque mi sentido de la igualdad, aprendido de Zévaco, estaba en contradicción con mi realidad? ¿Puede uno enamorarse del concepto de libertad, igualdad y fraternidad tan sólo a través de la lectura?
G: Es una cuestión difícil, porque la idea de solidaridad, que está en la base de la libertad, la igualdad y la fraternidad, es un sentimiento instintivo. Por eso nos hicimos socialistas mucho antes de comprender qué significaba la palabra. Supongo que eso es lo que le perturbó cuando descubrió que Charles no trataba a sus primos igual que a usted. A ningún aprendiz de capitalista le hubiera extrañado. Si la diferencia le resultara favorable, estaría contento. Y si le resultara perjudicial, se pondría celoso.
S: Desde luego. Pero al mismo tiempo que sabía que yo era igual a mis primos, también sabía que ellos tenían una estructura familiar más estable que yo y que, por otra parte, yo era superior a ellos. Dicho eso, era consciente de que en mi clase había alumnos que decían cosas más interesantes que yo. Pero nada de eso afectaba a mi profunda convicción de que no existía ninguna diferencia original entre las personas. Se trataba de una convicción emocional. Como dijo usted en su artículo en   Les Temps Modernes   [una revista mensual fundada en 1945 por Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros, y dirigida por Sartre, que aún se sigue publicando], aunque usted tenga un cociente intelectual de 20 y yo de 120, nuestras experiencias son equivalentes. [El artículo al que se refiere Sartre se titulaba «Vivre la révolution» (Vivir la revolución) y fue publicado en el número de junio-julio de 1969 de Les Temps Modernes]. Si no se acepta este postulado, no se puede ser un verdadero socialista. ¿Sabía que en 1955, cuando estuve en China, Zhou Enlai dijo que la idea de igualdad era pequeñoburguesa? La verdad es que me dejó atónito. Supongo que los comunistas del partido tienen que creer en ello para justificar los comités centrales, que dirigen la vida de todo el mundo. A la gente le cuesta mucho entender que la igualdad no significa que todos seamos igual de inteligentes, sino que nuestra alegría, nuestro dolor y nuestra necesidad de reconocimiento son equivalentes.
G: ¿Dónde aprendió usted esta idea de igualdad? ¿A Charles le interesaba la política?
S: Charles votaba por los radicales-socialistas. Era un partido de centro, pero anticlerical, al que votaba, sobre todo, la burguesía.
G: Lo cuenta usted en Las palabras, en especial que Charles votaba por un partido conservador creyendo que favorecería el progreso… Pero ello no le influyó, ¿verdad? En primer lugar, porque antes de la guerra usted era apolítico, y luego, cuando empezó a interesarse por la política, no era un verdadero izquierdista, sino un izquierdista de salón...