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    viernes, 9 de septiembre de 2016

    Desmitificando a Ernst Jünger Luis Roca Jusmet



    Rebelión




    Me parece que el imaginario personal y social se alimenta de abundantes mitos sobre los cuales, pasado el tiempo, vale la pena volver con una mirada crítica. El caso Jünger es un caso interesante porque presenta una mitología moderna muy curiosa. Si entendemos el mito como un modelo ejemplar entonces Ernest Jünger lo fue para muchas generaciones y desde un espectro político-ideológico extraordinariamente amplio. No sólo para los extremos ( que para algunos se tocan) sino también para el centro. El neofascismo se entusiasmó con Jünger ( como podemos comprobar en muchas de sus publicaciones, como "Punto y coma") peo también lo hizo un sector de intelectuales heterodoxos procedentes de la izquierda radical ( como podemos también comprobar en antiguos números de revistas ya desaparecidas como "Archipiélago" o "Ajoblanco"). Lo sorprende es que también estadistas de la socialdemocracia como Mitterand o Felipe Gónzalez visitaron a Jünger en su mansión de la Selva Negra con la única intención de conocerle y conversar con él.
    ¿ Porqué diablos nos sedujo Jünger ? Su legendaria y romántica figura de superviviente, de hombre que había recorrido un siglo después de mil batallas. Su talante aventurero que le hace enrolarse en la Legión Extranjera en sus años juveniles, que le lleva a experimentar con drogas alucinógenas buscando ampliar las puertas de la percepción. Sus incansables viajes en la vejez. Su carácter indomable, que le hacía ser respetado por Bretch y por Hitler, que paraban respectivamente a los comunistas y a los nazis que querían acabar con él. Un hombre inquieto, entusiasta, lleno de energía pero capaz de mantener su serenidad en las situaciones más difíciles. Una especie de samurai europeo, un ronin sin señor al que someterse. Un emboscado, como se definía, que resistía la uniformidad del mundo burgués, de la lógica de la mercantilización. Todo esto formó parte de un imaginario juvenil muy variopinto que merece ser analizado hoy con un ojo crítico y desde un posición ética y política de izquierdas, ya que muchos de los que nos consideramos de esta tradición caímos en este espejismo.

    ¿ Quién fue realmente Jünger ? No cabe duda que Jünger formó parte en su juventud de la revolución conservadora alemana, aristocrática, nacionalista y guerrera. Que no fue un oportunista y que se mantuvo al margen del nazismo, con todos los peligros que comportaba, aunque manteniendo una posición política ambigua bajo el lema de la lealtad a su patria. Que a la larga se convirtió en un escéptico que mantuvo un espíritu muy crítico con el mundo en que vivía. ¿ Desde que posición ? Yo diría que desde una serenidad aristocrática, nietzscheana, que despreciaba lo plebeyo, que no soportaba a las masas y que sentía nostalgia por un pasado de caballero heroico que seguramente nunca existió y que queda reflejado en su novela Abejas de Cristal y en su ensayo La emboscadura.

    ¿ Que queda de aprovechable de Jünger una vez "muerto el mito" ? Algunas cosas, por supuesto. No creo que sean sus parábolas políticas, como Heliópolis, Los acantilados de mármol o Eumeswill , que me parecen algo caducas. Tampoco sus libros teóricos como El trabajador. Quizás tampoco la mayoría de sus novelas, que merecen ni más ni menos que la atención hacia cualquier buen escritor, como bien le reconoció el Premio Goethe. Tampoco me parece hoy especialmente interesante, aunque tenga pensamientos brillantes, que quizás donde mejor se reflejan en escritos tardíos ligeros como La tijera. Lecturas críticas para un lector de izquierdas, ya que Jünger no pierde nunca una actitud aristocratizante, que como diría Rancière, refleja un "odio a la democracia", al poder de cualquiera. Quizás haya también aspectos recuperables en su análisis sobre la técnica ( lo que llama "la era de los titanes") o sobre el nihilismo. En un sentido más específico Jünger continua siendo uno de los ensayistas que han tratado de forma más sugerente la experiencia de las drogas ( Acercamientos).

    Pero lo que yo salvaría incondicionalmente de Jünger son sus diarios. Empezando por Tempestades de acero, relato único de un oficial desde las trincheras, con todas las reservas de su actitud belicista, Continuando por Radiaciones y todos los diarios que fue escribiendo y se fueron publicando a lo largo de su vida. Los seis diarios que en conjunto forman sus Radiaciones sí me parecen un documento muy valioso para entender el siglo XX. El nombre ya es sugerente y el propio Jünger nos explica en el prólogo su procedencia : hace referencia a un diario que se recuperó de siete marineros que murieron en un naufragio cerca de la Isla de San Mauricio ( en el Océano Glaciar). Pero la idea viene del impacto que dejan a Jünger tanto el mundo y sus objetos como los otros seres humanos. Radiaciones a veces son claras y a veces oscuras y que reflejaban tanto la luz como la oscuridad que forman parte inevitable d ella condición humana. Estas radiaciones están también dirigidas al lector y en este sentido lo que hace el autor es un trabajo preliminar que armoniza y valora las imágenes visibles según su rango invisible. Y aquí elogia la Palabra como magia que actúa en la cripta, en las profundidades como una especie de crisol de la experiencia vital que contiene a la vez poder y sufrimiento.

    Si concretamos este conjunto de seis diarios vemos que ocupan casi diez años de vida que se corresponden con la Segunda Guerra Mundial, sus preliminares y su resto inmediato. Los diarios van desde la primavera de 1944 hasta el invierno de 1953. La edad del autor va desde los 44 años recién cumplidos hasta el final de los 53 . El itinerario es circular : va desde el avance alemán hacia territorio francés, ( “Jardines y carreteras”,1939-40), la primera estancia en el París ocupado ( “Primer diario de 1941-2”), su brusca y peligrosa participación en la incursión en el Cáucaso (“Anotaciones de 1942-3”), su segunda estancia en el París ocupado ( “Diario 1943-4”) hasta el retorno de Francia a Alemania marcado por la derrota (“Hojas de Kirchhorst”). Finalmente los años en la Alemania ocupada por el ejército aliado ( “La choza de la viña, 1945-8”).

    Lo primero que llama la atención es un hilo conductor marcado por la experiencia interna. El estilo de Jünger no es intimista, no se recrea en las emociones pero al mismo tiempo y de forma paradójica está marcado por lo interno no por lo externo. Los acontecimientos externos son muy rápidos, muy fuertes y de unas dimensiones imprevisibles y terribles. Pero Jünger no dramatiza, mantiene su distancia aunque a veces manifieste su repulsión por los hechos, pero también es una repulsa contenida. Jünger se mantiene fiel a sí mismo pero al mismo tiempo es extraordinariamente adaptable. Esta fidelidad a sí mismo es intelectual, ética y estética y se mantiene en un hábito, que es el de la lectura, que Jünger mantiene en situaciones de paz y de guerra, en un hotel o en una cabaña, en casa o viajando, en el bosque o en la ciudad. Resulta paradójico que Ernst Jünger, que ha fascinado a tantos intelectuales como hombre de acción confiese reiteradamente, en diarios y entrevistas, que es la literatura la que da sentido a su acción, la que le consuela en los momentos más difíciles. Otro de los hábitos es la escritura, que no solo se refleja en sus diarios sino también en su extensa obra. Podemos comprobar en estos diarios como se concreta el proceso de elaboración de una de sus obras capitales, que aquí llama La reina de las serpientes y que más tarde se haría famosa con el título de Sobre los acantilados de mármol. Y sus sugestivas reflexiones sobre el simbolismo de los sueños, el que se destila de sus propios sueños.

    Pero más allá de lo personal estos diarios hay un testimonio histórico de primera mano sobre un sector del Ejército alemán que vivió el nazismo de una manera diferente de los que conocemos ( los verdugos, las víctimas). Jünger vive la experiencia del nazismo de una manera desgarrada porque cada vez tiene más claro que la batalla, en cualquier caso, está perdida. Gane o pierda Jünger vive cualquiera de estas opciones como un desastre personal y nacional. La única opción, cada vez más clara, es un golpe de Estado contra el poder nazi. Las reflexiones políticas y metafísicas de Jünger tienen un gran valor. También la experiencia personal de un altivo nacionalista que empieza defendiendo la heroicidad de la guerra para acabar en un escepticismo en la que solo resta una dignidad propia individual y la humanidad delante del sufrimiento del otro.

    También me parece que vale la pena rescatar las inteligentes entrevistas de los italianos Antonio Gnoli y Franco Volpi ( Los titanes venideros) o el francés Julien Hervier (Conversaciones con Ernst Jünger), ambas dirigidas a un viejo Jünger con una perspectiva serena sobre su propia vida en el recorrido de todo el siglo XX. Un personaje y un escritor polémico que nos da un valioso material para entender nuestro mundo.

    Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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    Ernst Jünger


    La conversión de Ernst Jünger


    Ernst Jünger, uno de los grandes escritores en lengua alemana del siglo XX, siempre fue un árbol sacudido por el viento, a él no le valió una vida burguesa y resuelta, la incomodidad de sus permanentes cuestionamientos vitales le condujeron al final de sus días a la Iglesia católica, murió en 1998. Hay conversiones abruptas, como las sobrevenidas por un granizo de gracia, y las hay tan de medios pasitos que se parecen al olor a humedad cuando está a punto de llover, no sabes cuándo ocurrirá, pero intuyes su inminencia. Así le ocurrió a Jünger.
    En su adolescencia quedó marcado por las lecturas de Darwin, en las que descubrió que el hombre no es más que un pez gordo, evolucionado, eso sí, caprichoso y grandullón, pero solitario, sin un cielo ni una relación sobrenatural contra la que apoyarse. Llamó a su posición: “nihilismo heroico”. Después de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a devorar ávidamente la Biblia, sin rigor pero con apasionamiento, en sus diarios relata la salida de aquel abismo negro en el que se había sumido, “mi interés teológico pasa por el conocimiento. Debo probar la existencia de Dios para poder creer en Él. Para volver a Él, he de recorrer vuelta atrás el mismo camino por el que lo perdí”.
    En 1999, un año después de su muerte, dos periodistas alemanes escribieron un artículo en el periódico “Welt amm Sonntag”, en el que desvelaban el misterio del cambio en Jünger, su itinerario interior, “mostró siempre respeto por lo religioso aunque guardaba distancias con las Iglesias. Sin embargo, según muestran sus diarios, en los últimos años de su vida buscó una puerta de entrada en la catedral del catolicismo. La lectura de las obras del escritor católico Léon Bloy (1846-1917), vista con los ojos del presente, fue seguramente una preparación para el acto final de la conversión. A Jünger le fascinaban sobremanera sus cruzadas contra la tibieza religiosa y su deseo total de salvación”.
    Y no podía ser de otra manera, hubo un sacerdote al final de sus días con el que mantenía asiduas conversaciones. Ambos conectaron en seguida, entre ellos fluía la complicidad espiritual que el escritor siempre había deseado. La existencia de un Dios personal ocupaba el lugar central de las conversaciones. En su libro de memorias, ya habla de la necesidad de un auténtico mediador en la vida. A su abuelo dedica la novela “Venganza tardía”, un homenaje al maestro vocacional, desestimando esa pedagogía negra de los profesores sin pasión por la búsqueda de la verdad. El primer mediador fue un profesor enamorado de las plantas que llevó a los alumnos al patio de la escuela, les dijo que se sentaran delante de un parterre, “luego nos enseñó las flores que allí crecían: el llantén, el diente de león, la ortiga amarilla, la eufrasia, también el nomeolvides. Era un mediador. Hace mucho tiempo que he olvidado su nombre, el de las flores.
    El padre Kubovec, que así se llamaba el sacerdote de la penúltima hora en la vida de Jünger, estudiaba la historia del Camino de Santiago y le regaló una bendición papal con motivo de su 95 cumpleaños. Según el sacerdote, “cantar una vez es mejor que rezar tres”, cosa que gustó mucho a Jünger, ya que desde su niñez siempre había conservado en su memoria el recuerdo del canto litúrgico como símbolo confiado del trato personal con Dios.
    Por eso, en una de sus mejores novelas, “Sobre los acantilados de mármol”, recurre al canto litúrgico como signo de la esperanza en una nueva humanidad. La novela es una alegoría contra el nazismo, propone que sólo la fe religiosa puede deshacer el nudo de perpetuidades de las tiranías. El protagonista es un monje cristiano que porta un anillo con una inscripción, “mi paciencia tiene una causa”. En aquella novela, publicada en 1939, ya se perciben los brotes de su conversión, “nos vamos acercando al misterio escondido en el polvo. Cualquiera que sea el lugar donde nos encontremos, allí está el anillo puro que nos desposa con la Eternidad”.
    El párroco de Wilflingen, Roland Niebel, el último mediador en el largo camino hacia la conversión de Jünger, escribió que el escritor llevó a cabo su conversión “de una manera totalmente consciente, por convencimiento e iniciativa propia”. El acto de la conversión tuvo lugar, según el párroco, en la Misa de mediodía en el último banco del coro de la Iglesia de Sankt Nepomuk. “Allí pronunció el credo católico”.
    Javier Alonso Sandoica

    Ernst Jünger
    Ernst Jünger
    (Heidelberg, Alemania, 1895-Wiflingen, id., 1998) Novelista y ensayista alemán. Hijo de un farmacéutico, en 1913 huyó de su casa para alistarse en la Legión extranjera, y al año siguiente se presentó como voluntario de guerra en Hannover, siendo admitido en un regimiento de fusileros. Al término de la contienda, en la que resultó herido siete veces, recibió la orden "Pour le mérite" y continuó trabajando en el ejército hasta 1923, año en que inició estudios de filosofía y ciencias naturales -especialidad de zoología- en Leipzig.
    De aquel período datan sus primeros trabajos literarios: Tempestades de acero (1920), diario escrito en el frente francés que constituye un documento de estremecedora lucidez sobre la gran conflagración europea, La lucha como vivencia interior (1922), fervorosa glorificación de la guerra, y El bosquecillo 125 (1925), crónica del combate en las trincheras centrada en un solo mes de 1918.

    Tras la aparición de El corazón aventurero (1929), colección de viñetas en prosa que recogen impresiones y reflexiones diversas, publicó en 1932 su polémico libro El trabajador. Dominio y figura, estudio programático en el que presenta la figura del trabajador como una nueva magnitud social surgida de la Gran guerra y determinada por los medios de producción de la era técnica.

    En 1933 rechazó la admisión en la Academia Prusiana de las Artes que le ofrecía el nuevo régimen nacionalsocialista, frente al cual mantuvo una prudente y no siempre bien interpretada distancia que no le impidió, sin embargo, ocupar un puesto de oficial del ejército alemán en París, donde pasó casi toda la Segunda Guerra Mundial. Su controvertida postura de "anarca aristocratizante" unida a cierto dandismo esteticista y visceralmente antiliberal y antidemocrático le convirtieron, sobre todo después de 1945, en blanco permanente de ataques y críticas que alcanzaron particular relevancia al serle concedido, en 1982, el premio Goethe de la ciudad de Frankfurt.

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    De los títulos que publicó entre 1933 y 1945 conviene destacar Juegos africanos (1936), recreación de su fugaz experiencia adolescente en la legión, la novela Los acantilados de mármol (Auf den Marmor-Klippen, 1939), sin duda su obra más difundida, tras cuya textura simbólico-alegórica se advierten claras alusiones al régimen de terror imperante en Alemania, y Jardines y calles (1942), primera parte de sus voluminosos diarios de guerra y ocupación, escritos entre 1939-1948, que fueron reunidos bajo el título general de Radiaciones (Strahlungen, 1949).
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    Desde su instalación en la mansión forestal de Wilflingen, que le fue cedida por un amigo en 1950, la actividad creativa de Ernst Jünger siguió desarrollándose en tres vertientes principales: la obra narrativa, la prosa ensayística y los diarios y escritos autobiográficos. A la primera pertenecen tres importantes novelas utópicas: Heliópolis (Heliopolis. Rückblick auf eine Stadt, 1949) considerada por algunos como su obra maestra dentro del género, Las abejas de cristal (1957) y Eumeswil, de 1977, a las que habría que añadir Visita a Godenholm (1952), El tirachinas (1973), El problema de Aladino (1983) y Un encuentro peligroso (1985).


    Entre su prolífica producción ensayística sobresalen Más allá de la línea (1950), dedicado a Martin Heidegger, La emboscadura (1951), en que resume algunas ideas centrales de su concepción del mundo, El libro del reloj de arena (1954), Junto al muro del tiempo (1959), Ad hoc (1970) y Aproximaciones (1970). Sobre su vida y actividades entre 1965 y 1980 dan testimonio los dos tomos del diario Los setenta se desvanecen, publicados en 1980 y 1981, respectivamente. Sus últimas publicaciones fueron Zwei Mal Halley (El cometa Halley por segunda vez), de 1987, y La tijera (Die Schere, 1995). En los últimos años de su centenaria existencia, Ernst Jünger se dedicó con afán a la entomología, su gran afición.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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