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    viernes, 23 de septiembre de 2016

    Derecho y libertad Claudio Magris

    Norberto Bobbio, De Senectute (1987)

    1 FEBRERO, 2004



    Norberto Bobbio

    In memoriam, 1909-2004

    En mínimo homenaje a Norberto Bobbio, muerto el pasado mes de enero, publicamos un texto de Claudio Magris, otro de Luis Salazar y una carta inédita en español del mismo Bobbio en donde expone su microbiografía política y moral, y argumenta sus razones para rechazar un premio. En Nexos siempre celebraremos a Bobbio como el amigo y colaborador que fue de nuestras páginas.




    Norberto Bobbio o bien el significado de ser laico. Resulta difícil frenar la conmoción ante la muerte de un hombre que, protagonista histórico de la vida intelectual y moral de un país y una de las voces más grandes de la cultura europea de medio siglo, también es una persona a la que nos ligan afectos, recuerdos, momentos de vida compartida, la deuda por la claridad con la que nos ayudó a encontrar y a recorrer con más seguridad nuestro camino. Norberto Bobbio nos deja a una edad venerable, en la que la muerte entra en la gran ley de las cosas contra la cual uno debe protestar con un lamento, pero nos deja en un momento en que nuestro país y el clima cultural en general necesitan de su claridad, incluso todavía más que en el pasado.

    Bobbio es un gran laico, no en el sentido estúpido e incorrecto en el que de ordinario es utilizada esta palabra, casi como si significase lo opuesto a creyente o religioso. Bobbio nos enseñó que laicidad no es un credo filosófico específico, sino la capacidad de distinguir las esferas de las diversas competencias: lo que le atañe a la Iglesia de lo que le atañe al Estado, lo que le pertenece a la moral de lo que debe ser regulado por el derecho, lo que es demostrable racionalmente de lo que es objeto de fe, para prescindir de la adhesión a dicha fe. Muy pocos, al igual que Bobbio, testificaron la laicidad como actitud crítica para articular las propias ideas, religiosas o irreligiosas, de acuerdo a principios lógicos no condicionados por fe alguna; la cultura —incluso la católica— siempre es laica, así como la demostración de un teorema, incluso si es hecha por un santo de la Iglesia, obedece a las leyes de las matemáticas y no a los parágrafos de un catecismo. Bobbio encarna esta laicidad entendida como duda dirigida incluso a las propias certezas, como capacidad de adherirse a una idea sin ser sumisos a ella, como libertad tanto del frenesí por idolatrar como para desacralizar, como moralidad humanística que se opone tanto al sedicioso moralismo avinagrado como a la sosa desenvoltura ética; laicidad que distingue al pensamiento y al auténtico sentimiento —siempre riguroso— del fanatismo ideológico y de las viscerales reacciones emotivas, todavía más funestas que el dogmatismo.

    Todo esto Norberto Bobbio lo vivió, testimonió y defendió desde los más diversos frentes: con sus memorables estudios filosóficos y jurídicos, que hacen de él un raro maestro, un verdadero clásico, del que otros hablarán a fondo con la debida competencia; con su enseñanza universitaria en esa nuestra gran Turín que ha sido capital de una posible Italia más civil; con su milicia ético-política y su presencia generosa y creativa en la vida cultural. Se podrían citar muchos ejemplos sobre su servicio. Quisiera recordar dos, aparentemente menores respecto a tantas batallas de cincuenta años y más de historia italiana. Uno es el testimonio apasionado y lúcido —de verdadero laico, en un clima de intolerante sedición abortista— de la realidad de la vida naciente y de los consecuentes derechos del ser que está por nacer. Otro es la firme, melancólica e impopular claridad con la que —en un momento en el que el caso de una niña adoptada o afiliada irregularmente y disputada por diferentes familias había desencadenado una psicosis colectiva de sentimentalismo intolerante ante la ley— reivindicó, contra la marea vencedora del énfasis lacrimógeno, la necesidad de respetar la ley, con todos los prosaicos y a veces mezquinos límites que con frecuencia conlleva esto.

    Pero podrían recordarse muchas otras batallas, por ejemplo la defensa de la escuela pública contra los indecentes favores a las escuelas privadas. Su lucidez conceptual, esculpida en su perfil aguileno, se alimentaba de un corazón sensible y generoso, muy capaz de afecto, de amistad y de ironía. Precisamente por esto él defendió los “valores fríos” de la democracia —el ejercicio del voto, las formales garantías jurídicas, la observancia de las leyes y de las reglas, los principios lógicos— a sabiendas de que son ellos los que les permiten a los hombres, a cada individuo de carne y hueso, cultivar personalmente, libremente, sus valores y sentimientos “cálidos”, la amistad, los afectos, el amor, las pasiones y las predilecciones de todo tipo. Estos valores cálidos parecen y son más concretos que el sufragio universal, que la división de los poderes y que los artículos de un código, pero le deben a la observancia de esos principios la posibilidad de ser completamente cultivados y vividos.

    Hoy más que nunca se necesitan personalidades como la de Norberto Bobbio, en una temperie cultural muy poco laica, en la que se confunden y se enmarañan política, moral, derecho y cuestiones del corazón y triunfa una falta gramatical, lingüística, conceptual y ética, que a menudo pone al sujeto en el acusativo y el complemento indirecto en el nominativo, intercambiando así los papeles entre las víctimas y los culpables; en el que nadie se escandaliza de los que permutan al gobierno por la cosa pública persiguiendo el interés privado, retrocediendo a una barbarie premoderna y cancelando siglos de civilización liberal, que había trabajado controles y garantías para impedir abusos de poder.

    No es laico hacer una guerra —justa o errada, oportuna o inoportuna— sin declararla ni transformarla en una especie de guerra moral o religiosa, escandalizándose de encontrar, en esta intervención armada, resistencias que en una óptica de guerra es legítimo tratar de eliminarlas pero de las que en una óptica de guerra resulta curioso asombrarse. No es laico confundir las culpas morales o los delitos de los adversarios con sus responsabilidades políticas, que son otra cosa, ni con las penales y civiles, que también son otra cosa. Nunca como hoy es necesaria la palabra de un maestro como Bobbio, maestro en individualizar las relaciones y las distinciones entre derecho y moral, y entre moral y política, cuya confusión —que con mucha frecuencia lleva a aberrantes injusticias— cada vez es más cultivada. Cuando Ceasescu, el sátrapa rumano, cayó, pudo ser comprensible que alguien considerase necesario, en ese momento, su eliminación, pero asumiendo, entonces, la responsabilidad de esta terrible suspensión del derecho, en lugar de estimular una tragicómica legalidad como el proceso-farsa en el que su abogado defensor pidió para él la pena de muerte.

    Hombres como Norberto Bobbio ayudan a resistir este creciente analfabetismo conceptual y moral, que suma litros y kilos y razona, o mejor aún, induce a razonar con las visceras y no con la cabeza. Bobbio no luchó contra el fascismo con las armas en la mano, como un Valiani, no era un héroe, pero nunca se comportó como tal y su lección moral de claridad no es por esto menor. Recibió, como es inevitable y fisiológico, críticas, cuando la hegemónica cultura antifascista —de la que él era uno de sus más altos representantes y que tuvo su grandeza pero también ciertos límites— entró en crisis frente a una realidad italiana radicalmente cambiada. Que en el clima a menudo villano-alegre de estos nuestros años también recibiese risotadas de burla era predecible. No sería de laicos darles demasiada importancia.



    Claudio Magris

    Traducción de María Teresa Meneses


    2004 Febrero.

    Norberto Bobbio


    HASTA SIEMPRE, PROFESOR

    POR LUIS SALAZAR CARRIÓN

    El viernes nueve de enero falleció Norberto Bobbio, sin lugar a dudas una de las figuras intelectuales más importantes del siglo XX. Considerado por muchos como la conciencia crítica de la izquierda italiana y europea, su obra teórica y periodística puede también verse como un ingente esfuerzo por reivindicar a la filosofía del derecho y de la política como una disciplina indispensable para entender y defender teóricamente los valores que fundamentan a la democracia, es decir, la paz y los derechos humanos fundamentales. A diferencia de otros renacimientos de la filosofía política, sin embargo, su propuesta nunca quiso ser meramente normativa. Ya desde sus estudios sobre la teoría del derecho se mostró favorable al positivismo jurídico, y al análisis conceptual riguroso aplicado precisamente a las categorías jurídicas fundamentales. Recuperando y desarrollando las tesis de Kelsen contribuyó con obras decisivas a la formación de una importante tradición jurídica italiana que cuenta entre sus miembros a autores tan importantes como Luigi Ferrajoli y Riccardo Guastini, influyendo también decisivamente en autores españoles tan destacados como Gregorio Peces-Barba, Alfonso Ruiz Miguel y Elias Díaz.

    Pero sus propios estudios jurídicos condujeron a Bobbio al terreno de la filosofía y de la ciencia política. Reconociendo que el derecho y el poder forman las dos caras de una realidad única, se propuso entonces desarrollar una teoría general de la política que, partiendo de la lección de los clásicos, hiciera posible un encuentro y un debate fructífero entre las ciencias sociales y las disciplinas filosóficas. Su positivismo jurídico se transformó en realismo político, es decir, en un estudio desencantado del fenómeno del poder que, paradójicamente en apariencia, tenía como propósito defender a la democracia moderna frente a sus pretendidas alternativas. De esta manera, desde la década de los años cincuenta, debatió firmemente con los marxistas italianos, discusión que continuaría en los setenta con sus célebres ensayos sobre la teoría marxista del Estado y sobre el socialismo posible, y en los ochenta con los artículos que configuran su famoso libro El futuro de la democracia, para terminar en los noventa con su pequeño e iluminador libro Derecha e Izquierda.

    Pero estos textos, que revelan un realismo laico intransigente, un pesimismo combativo, no debieran hacernos olvidar una enorme cantidad de ensayos tanto sobre los clásicos —desde Hobbes hasta Weber y Kelsen, pasando por Locke, Kant, Hegel y Marx—, como sobre los conceptos de Estado, sociedad civil, política, poder, derecho, derechos humanos, moral, guerra, paz, etc. Ellos configuran, sin lugar a dudas, los elementos de una verdadera Teoría general de la política, que hoy podemos leer gracias a la cuidadosa compilación realizada por Michelangelo Bovero. Ni olvidar tampoco esa pequeña obra maestra que lleva por título El tiempo de los derechos, en la que Bobbio argumenta convincentemente su tesis acaso más original y relevante: la que nos habla de la revolución copernicana generada por la afirmación y consagración de los derechos humanos, como la gran mutación política, moral y cultural de la modernidad que hizo posible la democracia representativa.

    Apenas hace falta decir que el realismo de Bobbio, que sin duda toma en serio las lecciones de los grandes realistas clásicos (desde Maquiavelo hasta Marx, Weber, Pareto y Mosca), no se opone a los valores o a los ideales, sino a la ilusión filosófica de que, para realizarlos, basta descubrir su fundamento, así como a la ilusión ideológica de que en la historia humana hay soluciones inmediatas, sencillas, definitivas y armoniosas. No sólo debemos aprender de la lección de los clásicos, también debemos tener en cuenta las durísimas lecciones de la historia: ellas nos muestran no sólo que la realidad, la dura realidad, presenta siempre facetas demoniacas que degradan y hasta trastocan nuestros ideales, sino que, precisamente por ser tan dura, la realidad exige que se le trate con moderación, con racionalidad, con paciencia, con tenacidad.

    Pesimista, Bobbio pudo observar todavía el resistible pero no suficientemente resistido ascenso de las derechas en su país y en el mundo. No se hacía ilusiones por una izquierda que, aunque ha asumido finalmente un compromiso con la democracia moderna, parece haber perdido en el camino sus propios ideales igualitarios. Pero no dejó de insistir en que el aparente triunfo de la democracia liberal, que algunos interpretaron como el final de la historia, estaba muy lejos de resolver los retos de la desigualdad y de la miseria que habían impulsado el proyecto comunista. Lejos de terminar, decía, la historia apenas está comenzando.

    Su muerte deja un inmenso vacío intelectual y moral. Pero, por fortuna, contamos con su ejemplo y con sus obras. Hasta siempre, profesor.

    Norberto Bobbio

    Carta inédita de Norberto Bobbio
    1 FEBRERO, 2004

    Norberto Bobbio


    Este es el texto de una carta inédita que Norberto Bobbio le envió a Arturo Colombo, fechada el 23 de abril de 1984. En la breve misiva, el filósofo italiano argumentaba sus motivos —a través de la exposición de una microbiografía política y moral— para rechazar un premio prestigioso.

    Querido Colombo:

    Te escribo, sobre todo, para explicarte en privado la razón fundamental por la cual no puedo aceptar el premio milanés, que se le ha concedido a Bauer y a Valiani. Pertenezco a una familia de orientación fascista. Mi padre, uno de los más reconocidos cirujanos de la ciudad, se inscribió en el partido fascista en 1923, por lo tanto, poco tiempo después de La marcha sobre Roma. Al entrar a la universidad, en 1927, naturalmente me inscribí al GUF (Gruppi Universitari Fascisti. N. de la T.) y automáticamente obtuve la inscripción al partido cuando salí de la universidad. En cuanto me consideraba un no-fascista y mis amigos, desde Leone Ginzburg a Vittorio Foa, eran antifascistas militantes (también yo fui arrestado en la famosa redada de 1935), conservé la credencial que me era indispensable para presentarme a los concursos universitarios. Cuando participé en el concurso en 1938, durante un tiempo fui excluido de la lista de concursantes por mi arresto del 35, pero gracias a la intervención de un tío mío (hermano de mi padre), general de la armada y senador del reino, fui reintegrado. Creo haber redimido este pasado comprometedor con mi participación activa en el movimiento liberal socialista, en la fundación del Partito d Azione, y en la Resistencia, pero la ambigüedad de mi vida de entonces se ha quedado (habíamos teorizado el “nicodemismo”,* del que hablo en un texto mío sobre la cultura durante el fascismo), y no existe ningún premio que pueda borrarla, sobre todo, repito, cuando este premio le ha sido otorgado a personajes sin mancha como Bauer y Valiani.

    Hasta pronto Mis más cordiales saludos

    Norberto Bobbio

    *Comportamiento de aquellos que esconden sus convicciones religiosas, políticas e ideológicas adecuándose exteriormente a las opiniones dominantes. N.de la T.

    Traducción de María Teresa Meneses


    2004 Febrero.
    http://www.nexos.com.mx/?p=11054



    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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