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    domingo, 21 de agosto de 2016

    RODRIGO FRESÁN El chiste inmortal de Foster Wallace cumple 20 años


    RODRIGO FRESÁN
    21 AGO 2016 -
    El escritor David Foster Wallace, en junio de 2006. 

    Se reedita, dos décadas después de su publicación, ‘La broma infinita’, la gran novela del escritor estadounidense, el “Kurt Cobain de la literatura” que se suicidó en 2008


    Un fantasma recorre Europa (y el resto de los continentes) y ese fantasma es el de David Foster Wallace. Y su cada vez más vital espectro (su cuerpo nacido en 1962, su alma estrenada en 2008, previo veloz trámite de suicidio) reaparece sosteniendo en sus manos las sagradas escrituras de la novela por la que es más y mejor recordado y, tal vez, peor comprendido y más apresuradamente inmortalizado.
    La broma infinita, publicada en 1996, aquí y ahora, figurando en toda lista sobre los hitos jóvenes del fin/comienzo de milenio literario (junto a American Psycho, de Bret Easton Ellis, quien considera a Wallace un farsante sobrevalorado). La broma infinita no pasa de moda porque es una moda en sí misma, y en la web Literary Hub (http://lithub.com/infinite-jest-around-the-world/) puede seguirse su tránsito sin fronteras. Uno de esos libros —como Tristram Shandy,Moby Dick, El hombre sin atributos, Ulises o En busca del tiempo perdido— que permanecen, incluso aunque ni se los abra, en mesas junto a la cama o en listas de promesas a incumplir para el año nuevo. Un tótem/fetiche que se divide entre adoradores u odiadores, entre los que juran por él o lo maldicen, entre los que lo consideran una inventiva Gran Novela Americana o nada más, y nada menos, que el invento de otra novela grande Made in USA.
    Ya desde su título el propio Wallace anticipó la duda y el malentendido: sale de ese momento en que Hamlet sostiene la calavera del bufón Yorick y evoca su “ingenio interminable” pero, a la vez, insinúa la posibilidad de que todo sea como uno de esos chistes que siguen y siguen sin alcanzar jamás el remate de su final. Y sí lo saben los audaces y conversos que hasta allí llegaron: más de mil páginas y numerosas notas después, La broma infinita termina sin acabar del todo, como en el aire azul de ese cielo con nubes blancas que ilustraba su edición original.
    La leyenda continúa

    Aún así, la leyenda continúa, y el legendario no detiene su marcha. Veinte años después se reedita en su patria una edición conmemorativa de sus dos décadas (con prólogo del escritor y cronista Tom Bisell; extraña que ningún colega mayor o menor estéticamente más cercano a lo suyo como Thomas Pynchon, Don DeLillo, William H. Gass, Joshua Cohen, William T. Vollmann, Blake Butler, y siguen las posibles firmas, se animen o arrimen o sean invitados a honrar al monstruo), sucediendo a aquella primera resurrección de hace 10 años; entonces todavía con Wallace de este lado retocando erratas (con prólogo de Dave Eggers, discípulo feliz, donde proponía el libro como dardo/blanco perfecto a la hora del eterno duelo del difícil contra fácil).
    Lo que ha cambiado en este tiempo es, claro, la estatura mítica de Wallace, quien —según su traductor de cabecera al español, Javier Calvo— es hoy percibido como “el Kurt Cobain de la literatura, epítome de la agonía de la creación, congelado en su atuendo de los años noventa. Y como sucede en estos casos (de Plath a Bolaño), su obra entera pasa a ser leída en base a su biografía”. Así, ahora, los depresivos tenistas y familiares y revolucionarios enganchados a una película mortal en La broma infinita como reflejos distorsionados pero fieles —aunque sin caer en tics y taras de la autoficción tan en voga— de aquel que ya se ha convertido casi en un producto de éxito, potenciado por la pena infinita de su temprano auto-eject. Gesto finito y último y mortal, consecuencia, en parte, tal vez, del fracaso asumido de no encontrarle la vuelta a esa otra “cosa larga” que acabó siendo la inconclusa El rey pálido. De ahí, ahora, Wallace habitandomemoirs de amigos como Jonathan Franzen y de exnovias como Mary Karr; transparente inspirador de personajes turbios en novelas como Libertad (de Franzen) o La trama nupcial (de Jeffrey Eugenides), protagonista de un recientebiopic; recopilado póstumo en modo conversación o en piezas sueltas; sujeto a diseccionar en cada vez más numerosos volúmenes académicos que van del análisis de sus motivos sintácticos y religiosos; sujeto de la biografía que lo desmitifica a la vez que lo engrandece; materia radiactiva a clarificar en aislantes y numerosas guías de lectura, y hasta deconstruido y vuelto a armar en una versión de Lego y en línea de La broma infinita a cargo de —detalle muy wallaceano— un niño de 11 años que tal vez no exista, quién sabe.
    En España, llegado el otoño, Penguin Random House relanzará la inmensa novela con una nueva portada (que pone en evidencia su futurismo ya tecnológicamente vintage con esa cinta enredada de VHS); todavía señalada por su editor, Claudio López Lamadrid, como modélico y arquetípico y paradigmático “buque insignia” de la colección. Lamadrid la contrató al principio de su andadura y recuerda lo que significó la apuesta por semejante traducción (la primera junto a la italiana) que, con sucesivas reediciones y performance de gran vendedor clásico, probó a ser “correcta y acertada”. Y como aperitivo o postre se servirá un antológico David Foster Wallace Portátil (destilado del Reader norteamericano de 2014) con greatest hits como aquel “supuestamente divertido” crucero de no-ficción o relatos como El neón de siempre; rarezas de juventud y comentarios de seguidores como Leila Guerriero, Alberto Fuguet, Luna Miguel, Andrés Calamaro, Inés Martín Rodrigo y la propia madre de Wallace, entre otros.
    Que los disfruten si, por fin, se atreven a su descubrimiento o redescubrimiento.
    Y, por supuesto, inevitablemente, nos veremos dentro de 10 años. Cuando volveremos a hablar de todo esto de lo que, seguro, no habremos dejado de hablar (y, ojalá, de leer) mientras se nos comenta desde la primera línea que alguien continúa “sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos” que, sí, si hay suerte, fueron y son y serán las nuestras y los nuestros.

    http://cultura.elpais.com/cultura/2016/08/19/actualidad/1471634204_885931.html

    David Foster Wallace

    NECROLÓGICA:

    David Foster Wallace, 

    el mejor cronista del malestar 

    de EE UU


    El escritor, que ya había hablado de sus tendencias suicidas, 
    se quitó la vida
    EDUARDO LAGO
    15 SEP 2008
    David Foster Wallace, de 46 años de edad, el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana en la época a caballo entre los siglos XX y XXI, apareció ahorcado en su domicilio de Claremont, California, el viernes, 12 de septiembre, por la noche. El cuerpo fue descubierto por la esposa del escritor, Karen Green, que inmediatamente se puso en contacto con la Policía Local. La noticia se hizo pública 24 horas después, y ha causado una fuerte conmoción en la comunidad literaria estadounidense, que se debate entre la consternación y la incredulidad.
    Una de las notas más persistentes entre quienes escuchaban la noticia por primera vez fue el recuerdo de que hace unos años, el propio escritor pidió que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria pues no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida. Foster Wallace era un personaje muy querido tanto por sus estudiantes y colegas de la Universidad de Pomona, donde impartía clases de escritura creativa, como por sus compañeros de oficio. Tal vez uno de los rasgos más llamativos de su personalidad fuera el contraste entre el afecto que inspiraba en cuantos trataban con él y su marcada propensión a sumergirse en estados de ánimo sumamente sombríos.

    "Entre la gente de mi edad hay una sensación de malestar y tristeza"
    Nació en Ítaca, en el Estado de Nueva York, en 1962, hijo de profesores universitarios, su padre de filosofía y su madre de literatura. Sus primeros libros La escoba del sistema (1987) yLa niña del pelo raro (1989), escritos cuando tenía veintitantos años, llamaron la atención por la fuerza incendiaria del lenguaje y la radicalidad de sus planteamientos literarios.
    El interés se elevó a asombro con la aparición en 1996 de la monumental La broma infinita, edificio narrativo de más de mil páginas, que contaba con un complejo aparato de varios centenares de notas, muchas de considerable extensión. La novela adquirió el estatus contradictorio de ser considerada una obra de culto, pese a que gozó de una extraordinaria difusión. El consenso, sobre todo entre los escritores, es que se trataba de la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX.
    A los críticos les resultaba difícil encasillar a un autor como David Foster Wallace, pues se salía de los límites de lo estrictamente literario. Su estética remitía a referentes tan dispares como la obra del cineasta David Lynch (Wallace escribió una crónica memorable sobre el rodaje de Lost Highway) o los comentarios de alguien tan improbable como el célebre icono de la televisión estadounidense David Letterman.
    Punta de lanza de una generación literaria que incluye nombres como William T. Vollman, Richard Powers, A. M. Homes, Jonathan Franzen o Mark Layner, una generación convencida de que la circunstancia vital de nuestro tiempo no se puede explorar desde la estética periclitada del realismo, la obra de Foster Wallace supone una forma radicalmente nueva de entender la literatura.
    Sus estructuras narrativas son consecuencia directa de la sensibilidad de nuestra era; reventando los códigos estéticos de las generaciones precedentes, su prosa tentacular mimetiza los sistemas del paradigma cultural en que vivimos: el vértigo de las comunicaciones, el exceso de información, la influencia de las grandes corporaciones financieras, los iconos de la cultura pop, la industria del entretenimiento, el cine, el deporte y la música, la amenaza omnipresente del terrorismo.
    Publicada cuando el autor contaba 33 años de edad y ambientada en EE UU en torno al año 2025, La broma infinita propicia el entrecruzamiento de una portentosa diversidad de registros: de la trigonometría al tenis, pasando por las drogas, la estética grunge, la filosofía, y el cine. Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia, la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo, a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo.
    Tuve ocasión de entrevistar a David Foster Wallace para EL PAÍS en dos ocasiones. Hablando de su magnum opus, el escritor se lamentó de que a casi todo el mundo se le hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos: "Desde un punto de vista materialista", declaró entonces el autor, "los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas. Sobre nosotros sigue pesando la sombra de episodios históricos recientes, como Vietnam o el Watergate y ahora, el desastre que se avecina con la matanza que está a punto de comenzar en Irak". Señalando otro de los aspectos fundamentales del libro, añadió: "Otro tema central de la novela es el fenómeno de la adicción como síntoma del malestar de la sociedad capitalista: desde las drogas hasta otras formas más genéricas de adicción".
    Con posterioridad a La broma infinita, Wallace publicó colecciones de cuentos y ensayos, entre los que destacan Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer (1997), Breves entrevistas con hombres repulsivos (1999), Historia abreviada del infinito (2003), Olvido (2004) y Hablemos de langostas (2005). David Foster Wallace ejerció una influencia considerable entre los jóvenes novelistas de su país, así como entre los europeos. Su obra ha sido traducida ejemplarmente en nuestro país por el novelista Javier Calvo.
    Una de las intuiciones más llamativas de Wallace es su lúcida valoración del papel que le corresponde a la televisión que, tras superar un estado infantil, consideraba que estaba llamado a ser uno de los repositorios de las formas narrativas del futuro. "Nuestra relación con la realidad está violentamente mediatizada por el impacto de los medios visuales y la tecnología, sobre todo la televisión. Creo que la literatura seria mantiene una relación sumamente compleja y ambivalente con la industria del entretenimiento en general".
    En este sentido, el novelista estadounidense tenía ciertas reservas acerca de la omnipotencia de Internet: "No nos engañemos: la Red no es más que una avalancha de información, un laissez faire salvaje, sin estándares éticos. Se acosa al consumidor con un aluvión de ofertas seductoras, sin ayudarle a discernir a la hora de elegir. La explosión punto.com es la destilación de la ética capitalista en estado químicamente puro".
    Campeón del experimentalismo, siempre tuvo claro que no podía quedarse en un mero juego de artificio realizado en el vacío: "Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada".
    La inesperada desaparición del escritor en plena posesión de su talento ha causado una profunda desazón entre sus seguidores: éramos muchos los que estábamos convencidos de que lo mejor de David Foster Wallace estaba aún por llegar.

    Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York, ganó el Premio
    Nadal 2006 con su primera novela, Llámame Brooklyn. Su próximo libro,
     Ladrón de mapas (Destino) saldrá en octubre.
    * Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes,
    15 de septiembre de 2008

    DAVID FOSTER WALLACE

    ENTREVISTA:DAVID FOSTER WALLACE 
    | ESTADOS UNIDOS, UNA SÁTIRA FUTURISTA
    "Una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse
     a la soledad esencial del mundo"

    EDUARDO LAGO
    21 NOV 2002

    La broma infinita es una de las novelas más audaces publicadas a finales del siglo XX en Estados Unidos. Recién traducida al castellano, es una obra futurista que se desarrolla entre una academia de tenis y un centro de rehabilitación de drogadictos. Su autor quiso reflexionar sobre la adicción que producen las imágenes combinando la metaficción posmoderna con la emoción del realismo.

    Seis años después de su publicación, el lector en España tiene acceso a La broma infinita, que muchos, en particular otros escritores, consideran la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX. Su autor, David Foster Wallace, que contaba a la sazón 33 años, piensa que el adjetivo que mejor define su apabullante propuesta narrativa es "anular", en alusión a los diversos desarrollos más o menos circulares en que se mueven sus personajes. El protagonista, de 18 años, se llama Hal, como el ordenador de 2001: Una odisea del espacio, y ha memorizado en su totalidad el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa. Los dos enclaves en los que se desarrolla principalmente la acción son Enfield, una academia de tenis, y Ennet House, un centro de rehabilitación de drogadictos. Estamos, quizá, en la segunda década del siglo XXI. Varios Estados norteamericanos son inhabitables, debido a un accidente nuclear, y el tiempo no se mide en años, sino por unidades que llevan nombres de compañías comerciales, que pagan dividendos al Gobierno estadounidense a cambio de tan insólito usufructo. Hay, naturalmente, mucho más en esta extrañísima novela, sobre todo, una reflexión sobre las posibilidades del arte y la literatura en el paradigma cultural que nos ha tocado vivir. La lectura de La broma infinita plantea un reto al que no todos serán capaces de hacer frente. Es una obra inteligente, difícil, brillante y, no lo duden, vale la pena llegar hasta el final. Como afirmó el crítico Sven Birkerts, autor de Las elegías de Gutenberg, quienes lo hagan tendrán el raro privilegio de contemplar el universo iluminado por un torrente de luz negra.

    "Pese a sus muchos momentos de comicidad, La broma infinita es una obra impregnada de tristeza"

    PREGUNTA. ¿Cómo surgió La broma infinita?

    RESPUESTA. Uno de los impulsos que me motivaron fue el deseo de hacer frente al malestar de la cultura norteamericana desde la perspectiva de las generaciones más jóvenes. Pese a sus muchos momentos de comicidad, es una obra impregnada de tristeza. Muchos jóvenes de clase media-alta sentíamos en nuestras vidas una enorme tristeza y vaciedad, y ello a pesar de los bienes materiales que teníamos a nuestra disposición. Uno de mis objetivos era centrarme en las preocupaciones de quienes eran más jóvenes que yo, porque me daba la sensación de que podían constituir la última generación de mi país.

    P. ¿Cómo se le ocurrió mezclar el tenis con la cibernética, la filosofía, el cine de vanguardia, las drogas, la industria del entretenimiento como forma de adicción, y por si fuera poco, el terrorismo?

    R. Aparte de que siempre he pensado que el autor de un libro es la persona menos indicada para hablar de él, no se me ocurre cómo resumir una novela de mil doscientas páginas sin que suene absurdo. Una vez, al rellenar la solicitud de una beca con cuya dotación pensaba vivir para llevar a término la redacción de La broma infinita, me topé con un apartado que decía: "Indique el tema de la novela", y escribí: "La libertad". Lo hice pensando en que uno de los grandes ejes del desarrollo narrativo es el tema de la adicción. Muchos de los personajes padecen las más diversas formas de adicción que hacen del individuo contemporáneo un esclavo de una manera u otra.

    P. La broma infinita tiene lugar en un futuro imprecisamente cercano, que cabe cifrar en torno al año 2025. Orwell hizo algo semejante con 1984, y también Arthur C. Clarke con 2001: Una odisea del espacio. ¿Qué cree que ocurrirá cuando su visión futurista se entrecruce con la histórica?

    R. Creo que además de especular acerca de lo que pudiera aguardar a la gente de mi generación, me interesaba lo que podría suceder con ciertas características de la sociedad norteamericana una vez entrados en el tercer milencio, pero sobre todo lo hacía con intención paródica, exagerando ciertos rasgos, como por ejemplo la idea de que el Gobierno sustituyera los años del calendario por el de los nombres de ciertas corporaciones, a cambio de que éstas pagaran un precio. En cuanto al componente de terrorismo, no tiene absolutamente nada que ver con lo que está pasando ahora en el mundo. La idea de que Canadá pudiera llegar a ser un enemigo serio de Estados Unidos es ridícula, y lo hago a propósito, a fin de explotar las posibilidades paródicas. Sin embargo, la situación política actual, en la que la posibilidad de que el Gobierno norteamericano lleve a cabo una matanza de iraquíes con la excusa de que así vamos a estar más seguros en casa, es algo muy real, no tiene nada de ridículo.

    P. En La broma infinita hay tres líneas argumentales diferentes, ninguna de las cuales se resuelve claramente, y cien páginas de notas.

    R. No es exacto decir que la novela no llega a una resolución clara. Si se examina el principio, se ven indicios que apuntan hacia lo que va a pasar. En parte, el libro trata de la diferencia entre lo que se entiende como entretenimiento y el arte. En mi opinión, lo que caracteriza a la cultura del entretenimiento es que se propone consolar, dar soluciones cómodas y fáciles, no exigir mucho por parte del consumidor de cultura. Creo que en parte ésa es la razón por la que le hurto al lector un final convencional. En cuanto a las notas, es una forma de crear una segunda voz. Uno de los rasgos del diseño narrativo de La broma infinita es que los distintos leitmotiv no se hilvanan de manera lineal, entre otras cosas porque así es como procede el pensamiento.

    P. ¿Qué piensa de la atención que se le ha prestado a la novela?

    R. Escribir algo tan extenso es una experiencia muy extraña. En teoría de la información es tan importante eliminar datos como antes lo fue adquirirlos. Cuando llegó a manos de los lectores, decidí borrar el disco duro de mi cerebro, por decirlo de alguna manera. Supuse que tal vez despertaría un interés moderado en un público lector de corte serio. No estaba preparado para la recepción que tuvo por parte de un público tan amplio. Supongo que cuenta algo el hecho de que le presto atención a una serie de elementos que normalmente no encuentran cabida en las formas de ficción convencionales. En parte yo quería propiciar un flujo libre lleno de fuerza, más que proporcionar dosis discretas de información eficaz. Técnicamente, se hacía imperativo emplear una multiplicidad de perspectivas. Yo creo que hay muchas partes del libro en que la escritura refleja más la textura del pensamiento que la del lenguaje discursivo. Digo esto con cautela, porque seguramente si yo oyera a un autor decir algo así de su libro, se me quitarían las ganas de leerlo. Por otra parte, la novela salió en un momento en que se publicaba casi exclusivamente literatura tradicional de corte realista o metaficción posmoderna... y mi libro se planteaba como una alternativa al imperio de esas dos tendencias. Con La broma infinita me proponía encontrar una tercera vía, combinando los logros técnicos del posmodernismo con la emoción asociada al realismo, sin la que no puede haber buena literatura.

    P. ¿Cuál es su posición respecto a la distancia que separa el arte de la literatura, que sólo están atentos a los aspectos comerciales de las formas más elevadas de producción artística, cuyo fin, para usar sus propias palabras, no es ni el beneficio económico ni el placer, sino una exploración dolorosa de las zonas más oscuras de la condición humana?

    R. No creo que haya nada intrínsecamente malo en la voluntad de hacer dinero. Lo que sí creo es que la experiencia del capitalismo norteamericano y la industria del entretenimiento, sea en cine, televisión o literatura, al tener como objetivo prioritario generar beneficios económicos, se ve obligado a satisfacer a grandes sectores del público, que es de donde procede el dinero. Y si se quiere satisfacer necesidades compartidas por un número muy elevado de gente, es obvio que el producto a ofertar será algo bajo e infantil. Los intereses que comparte una gran mayoría de la gente no son particularmente nobles, refinados y complejos, sino que se trata más bien, hablando claro, de instintos animales. Al "arte bajo" se le da muy bien gratificar esas necesidades de orden inferior. Desde luego, hay gente que prefiere internalizar el arte auténtico efectuando un esfuerzo, un gasto de energía que requiere que los seres humanos hagan frente a ciertos elementos problemáticos de su vida en lugar de ignorarlos o dejarse distraer brevemente. Pero eso no genera beneficios, porque no hay millones de personas que se presten a ello. El problema en Estados Unidos es que la presión para que el arte de calidad se someta al rasero impuesto por el éxito de ventas es casi insoportable. Pero el artista de verdad ha de intentar hacer algo que es sencillamente diferente, porque en eso consiste la magia de la literatura.

    P. ¿En qué?

    R. Una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Yo no sé si funcionará en español, porque es un término sumamente idiomático e idiosincrático, en realidad, la expresión de un sonido. Lo encontré una vez leyendo a Auden o Yeats, no recuerdo exactamente. Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic, el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud.

    P. ¿Con qué escritores ha sentido algo así?

    R. A lo largo de mi vida, muchas veces. La primera vez, siendo muy niño, con C. S. Lewis. Los ejemplos son incontables: la oración fúnebre de Sócrates, la poesía de John Donne, Gerard Manley Hopkins y los poemas cortos de John Keats... Kafka, Camus, Moby Dick, el Joyce del Retrato del artista adolescente, Flannery O'Connor, Cormac McCarthy, algunos de los cuentos de Thomas Mann, ciertos momentos de la prosa de John Barth, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Entre los poetas más cercanos a nosotros en el tiempo, Philip Larkin. La filosofía también puede provocar ese efecto: Schopenhauer, William James y seguramente más que nadie Wittgenstein.

    P. ¿Por qué más que nadie?

    R. Encuentro que las ideas de Wittgenstein sobre el lenguaje encierran un sentimiento trágico. En su frialdad y abstracción, el Tractatus es la obra de filosofía más solitaria que cabe leer. Luego evolucionó. Una de las cosas que hacen de él un artista, en mi opinión, es que su horror ante la idea del solipsismo lo llevó a desdeñar la perfección que había alcanzado, decidiéndolo a sumergirse en las profundidades de las Investigaciones filosóficas, que constituyen el argumento más hermoso que se haya hecho jamás en contra del solipsismo. Creo que estamos muy lejos de agotar la riqueza de un pensamiento como el de Wittgenstein.

    BIBLIOGRAFÍA

    Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Barcelona, 2001. 408 páginas. 19,04 euros.Entrevistas breves con hombres repulsivos. Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Barcelona, 2001. 328 páginas. 15,58 euros.La niña del pelo raro. Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Barcelona, 2000. 408 páginas. 11,42 euros.

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    PATIO DE COLUMNAS
    El síndrome Foster Wallace
    Pese a su falta de glamour, el reportaje que escribió DFW para 'Harper's' sobre su experiencia en un crucero, es uno de los grandes relatos de viaje de la literatura contemporánea

    JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
    20 AGO 2016 - 

    ¿A qué hora es el snack de medianoche? ¿Para bucear hay que mojarse? ¿Toda la tripulación duerme en el barco? Este es el tipo de preguntas que escuchó David Foster Wallace en el mostrador de información del crucero al que le envió en 1995 la revista Harper’s, que a cambio recibió una crónica titulada Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Se trataba de pasar una semana navegando por el Caribe en un barco tan limpio que parecía recién hervido y en ese tiempo el novelista quedó tercero en el concurso de piernas masculinas, regateó por baratijas con niños desnutridos y comprobó que el dinero mezclado con el mal gusto produce estragos. Finalmente, dio con la fórmula que hace que en un crucero te lo pases “de muerte”: una mezcla de “relajación y estimulación, indulgencia tranquila y turismo frenético, servilismo y condescendencia”.

    Pese a su falta de glamour —o justamente por ella—, el de DFW es uno de los grandes relatos de viaje de la literatura contemporánea. Siempre es más pintoresca la peripecia de alguien que camina solo y con poco equipaje como quería Bruce Chatwin, pero si tuvieras que explicarle a un extraterrestre cómo viaja la mayoría de los terrícolas, ignorar el turismo sería postureo. ¡Si hasta en Marte, que tanto se parece a Almería, te cruzas con Matt Damon!

    La verdadera prueba de civilización es el viaje en grupo. Ponerse de acuerdo para elegir Gobierno no es nada al lado de elegir excursión. Consciente de ello, Stendhal viajó solo a Italia, pero a la hora de escribir sus libros se inventó un grupo en el que siempre hay alguien que se queja de que el mar es demasiado azul. Eso sí, en agosto de 1827 también se inventó un código que merecería ser verdadero: cuando alguien de la expedición se coloca un alfiler en la ropa se le considera invisible y nadie le dirige la palabra. Es el único artículo de su “constitución” y gracias a él, dice, esperan volver a Francia tan amigos como al salir.


    Ni que decir tiene que uno lee los Paseos por Roma incluyéndose entre los happy few, desdeñando a la masa y olvidando que de aquel grand tour nació nuestro turismo. Por un momento incluso te preguntas si este abotargamiento será la digestión o el síndrome de Stendhal. Pero luego repasas tu árbol genealógico y reparas en que en 1827 el Rodríguez de turno estaría cargándole el baúl al genio de La Cartuja de Parma o vendiéndole baratijas en Campo dei Fiori. Sales entonces de tu ensoñación, calibras las posibilidades de tus piernas en un concurso y te preguntas a qué hora servirán ese mítico snack de medianoche.

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    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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