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    jueves, 25 de agosto de 2016

    Mark Lilla LA INOCENCIA POLÍTICA y PDF del libro PENSADORES TEMERARIOS

    Mark Lilla 


    Mark Lilla es profesor de Humanidades en la Universidad de Columbia. Colaborador de la New York Review of Books, entre sus obras más recientes destacan Pensadores temerarios: los intelectuales en la política y El Dios que no nació: religión, política y el Occidente moderno Traducción de Guillermo Graíño.








    “No lo sabía”. Durante un buen siglo, esta frase ha sido el mantra de quienes defendieron a los tiranos y a sus compañeros de viaje de regímenes totalitarios. “No lo sabía”. Durante casi el mismo tiempo, quienes estaban atentos a los crímenes de regímenes comunistas y fascistas, de despotismos del Tercer Mundo y, ahora, de movimientos islamistas, han ridiculizado esta excusa. Tienen, para ello, un buen argumento: las pruebas de muchos de esos crímenes estaban a disposición de cualquiera con ganas de saber la verdad. Se requería una extraordinaria falta de curiosidad, un ensimismamiento y una deliberada ceguera para no ver lo perfectamente obvio. En la Rusia en la que los Procesos de Moscú eran ejecuciones escenificadas y los campesinos morían de hambre; en la China en la que la Revolución Cultural fue un auto de fe tan enloquecido como el Terror francés; en la Camboya en la que la gente era expulsada de las ciudades hacia la muerte; en Irán, donde los homosexuales son colgados de farolas. Nadie que quisiera saber puede decir que no sabía. Los que no sabían, no querían saber. Entonces, ¿por qué no querían saber? Esta pregunta nos ha acompañado desde que existen las tiranías modernas. Se han dado dos tipos de explicaciones a este autoengaño político. Una primera es social y centra su atención en los intelectuales como clase con sus propios sesgos, compromisos y cegueras particulares. Julien Benda habla de La trahison des clercs, Milovan Djilas identifica a la “nueva clase”, Raymond Aron rastrea en el opio de los intelectuales, y Daniel Bell y otros proporcionan la idea de una “cultura adversaria de los intelectuales”. Aunque siempre he simpatizado con estos escritores, nunca me he sentido del todo satisfecho con este tipo de teorías sociales, por la misma razón por la que soy escéptico respecto a la reducción de las motivaciones humanas al interés de clase o a cualquier otro sesgo: simplemente, hay demasiada diversidad dentro de una misma clase. Es verdad que, a lo largo del siglo XX, al llamado ‘rebaño de mentes independientes’ le ha faltado tiempo para acudir a apoyar desastrosas revoluciones y despotismos carismáticos. Sin embargo, también muchos de ellos resistieron a la tentación totalitaria o, simplemente, cambiaron de opinión. Así pues, para entender esta tentación, no llegaremos lejos si tratamos a los intelectuales como a una clase homogénea que comparte un punto de vista común.

    Un segundo tipo de explicación para este autoengaño político centra su atención en la relación existente entre el totalitarismo y la religión. Este argumento es de más antiguo linaje, y se remonta a los pensadores contrarrevolucionarios de finales del siglo XVIII y principios del XIX que acusaron al Terror y a sus defensores intelectuales de ateísmo. T.S. Eliot, si lo entiendo correctamente, también mantiene esta posición. Una versión diferente –y, en mi opinión, más convincente– de este argumento fue expuesta por primera vez por Dostoyevski, quien vio en el propio ateísmo una expresión de religiosa desesperación, y en la pasión revolucionaria un desplazamiento perverso del anhelo mesiánico. Esta perspectiva fue particularmente popular después de la Segunda Guerra Mundial, momento en que fue común hablar de los movimientos y grupos revolucionarios como sucedáneos de iglesias, de los pensadores revolucionarios como sucedáneos de teólogos, y del autoengaño político como el correlato del autoengaño religioso. Estoy pensando en Eric Voegelin, Gershom Scholem, Czeslaw Milosz, Leszek Kolakowski, Isaiah Berlin y Jacob Talmon. Siempre he guardado simpatía por esta visión y todavía pienso que se acerca más a la comprensión de por qué el totalitarismo ha sido tan atractivo para tantos intelectuales. Una razón de esta simpatía es que vincula la dinámica de la vida política con la psicodinámica de los individuos, no de las clases. Y, ciertamente, los paralelismos son asombrosos. De igual forma que las ideas religiosas de pecado, conversión, autoridad divina, providencia y redención pueden llevar al creyente individual a negar la evidencia que tiene delante de sus ojos, asimismo las ideas políticas de explotación, revolución, partido, lucha de clases y emancipación pueden producir el mismo efecto. En mi último libro, El Dios que no nació: Religión, política y el Occidente moderno, traté de hacer explícito cómo estos dos conjuntos de ideas han convergido en el pensamiento moderno alemán.
    Sin embargo, desde que terminé el libro he comenzado a sentir que esta perspectiva es insuficiente. Me ha ido resultando claro que, al tratar de explicar el autoengaño político, he dejado fuera algo, algo sencillo pero importante. Aquellos de nosotros que escribimos sobre mesianismo y política moderna estamos, de una manera u otra, intentando explicar los extremos: cómo han podido cometerse crímenes horrendos para después ser justificados por gente consciente de ellos. Lo que no hemos tomado suficientemente en serio es la posibilidad de que, para ciertos tipos de intelectuales, los crímenes bien pueden no haber sido genuinamente tales. No se trata de que estos intelectuales estuviesen mintiendo o actuando de mala fe, como muchos hicieron, sino de que ciertos tipos de intelectual moderno –por razones profundas, y no por razones superficiales– son estructuralmente incapaces de hacerse cargo de la complejidad del mal. Son, en una palabra, inocentes.
    ¿Qué es la inocencia? Y, en particular, ¿qué es la inocencia política? Para el cristianismo, la inocencia es una virtud, aunque no una virtud simple. Los cristianos –y, añadiría yo, las culturas postcristianas como la nuestra– están divididos con respecto a su valor. Jesús estuvo a menudo rodeado por niños, y dijo a sus discípulos: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis; pues el reino de Dios es de los que son como ellos. Os aseguro que quien no recibe como un niño el reino de Dios no entrará en él. (Mc 10:14-15) Ésta es una perspectiva cristiana sobre la inocencia. Sin embargo, en las Confesiones de San Agustín escuchamos otra. Repasando la historia de su vida, Agustín dice que, cuando niño, jamás fue moralmente inocente, y que ningún niño lo es. Fue un crío egoísta, pedía leche a todas horas del día y la noche, y lloraba cuando no la conseguía. Siendo ya un chico joven, robó unas peras sólo por diversión para después tirarlas en lugar de comerlas. Todos los cristianos están de acuerdo en que, en su origen, el hombre es inocente y después cae en el pecado, pero están en desacuerdo respecto a lo que se colige de este hecho. ¿Están los fieles destinados, con la gracia de Dios, a recuperar su inocencia original y ver el mundo otra vez como lo hicieron los niños a los pies de Jesús? ¿O deben aceptar la caída, verla como un hecho afortunado, y desarrollar la fe de adultos conscientes? A través de la historia intelectual cristiana se oyen ambas perspectivas. La visión propia de Agustín es que no hay vuelta atrás al Edén –y que tal cosa es buena.
    Fue Reinhold Niebuhr quien, en EE. UU., vislumbró de forma más clara cómo esta visión doble ha determinado la imaginación política cristiana. Niebuhr era un agustiniano que dedujo de la doctrina del pecado de Agustín los principios de un lúcido realismo en asuntos políticos; no se hacía ilusiones respecto a la propensión del hombre hacia el mal, y concebía la fuerza política y la autoridad como herramientas imperfectas para prevenirlo y evitar los peores crímenes. Sin embargo, Niebuhr también sabía que estaba en minoría.
    Las iglesias cristianas del siglo XX, especialmente en EE. UU., todavía se hacían ilusiones imprudentes respecto a la naturaleza del mal, la perfectibilidad del hombre y la ilegitimidad de la fuerza. Los cristianos eran, en términos generales, inocentes políticos –y la gente políticamente inocente es más peligrosa de lo que parece. Como el novelista católico Graham Greene dijo una vez, “la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana y que se pasea por el mundo sin mala intención”.
    El ideal cristiano de inocencia ha proyectado una larga sombra sobre nuestra cultura postcristiana. Leszek Kolakowski lo vio acertadamente, creo yo, al decir que cuanto más se aleja la modernidad del concepto cristiano de pecado, más políticamente inocentes son los intelectuales como clase. Esto merece un poco de reflexión. Como nos recuerda Czeslaw Milosz en The Captive Mind, tipos humanos muy diferentes se sintieron atraídos por los movimientos políticos totalitarios o los legitimaron, y cada uno tuvo diferentes razones para hacerlo. Propongo ahora que echemos un vistazo a los inocentes, clasificándolos en dos tipos. Llamemos a los del primer tipo los “Billy Budds”, y a los del segundo tipo los “príncipes Mishkins”.
    * * *
    Billy Budd, el epónimo personaje principal de la novela de Melville, es un ángel encarnado. Se trata de un marino mercante profesional, siempre popular en sus barcos, a medio camino entre un líder y una mascota. Todos sus compañeros le aman y siguen instintivamente su ejemplo. Así pues, cuando le reclutan para la Marina inglesa y le destinan a un barco llamado el Bellipotent, Billy no se queja; asume que es un barco como otro cualquiera, tripulado por hombres como cualesquiera otros. Pero no lo es; se trata de un barco de guerra, lleno de marineros y oficiales cuyo trabajo es matar. Se enfrentan a la maldad todos los días, y a veces deben cometerla.
    No son ángeles. El sargento de marina del Bellipotent es Mr. Claggart, un hombre al que Melville califica de “naturalmente depravado”. Le coge ojeriza a Billy desde el primer momento por la simple razón de que le ofende la bondad. Así pues, Claggart se las arregla con otro marino para tender una trampa a Billy ofreciéndole dinero, pero Billy lo rechaza. Los otros marinos se dan
    cuenta de lo que pasa y advierten a Billy de que Claggart va a por él, pero éste se niega a creerlos. Defiende a Claggart porque el sargento de marina siempre ha sido bueno con él –algo que, en la superficie, es cierto. Frustrado por su incapacidad para atrapar a Billy, Claggart lo denuncia al capitán del barco, el Capitán Vere, alegando que Billy planea un motín.
    Cuando Vere llama a Billy y le pide que se explique, éste no puede ni hablar –se ha quedado mudo ante la mera idea de haber sido falsamente acusado.
    El capitán no sabe qué pensar, así que llama al acusador, quien le
    denuncia en persona. Billy le mira y le mira fijamente, y después le asesta un golpe en la cabeza que lo mata al instante. De acuerdo con las leyes de guerra, Billy debe ser ejecutado; camina hacia su propia muerte sin queja alguna. Sus últimas palabras, antes de ser colgado, son “¡Dios salve al Capitán Vere!”
    Me vino a la cabeza la novela de Melville, recientemente, cuando estaba releyendo Political Pilgrims de Paul Hollander, un clásico estudio americano sobre los intelectuales y el totalitarismo moderno publicado por primera vez en 1981. Es una extraña experiencia leer el libro ahora, treinta años después de su publicación y veinte después del colapso de la Unión
    Soviética. Página tras página asistimos a las versiones más extraordinariamente ingenuas e ilusorias de estos viajeros que visitan regímenes que hoy día todos reconocemos como despóticos.
    Algunos visitan a Stalin y quedan deslumbrados por su paternal amor hacia su pueblo; otros pasan noches discutiendo de filosofía y literatura con Castro y vuelven fascinados. Otros incluso se deshacen en elogios respecto a la armonía social lograda bajo el socialismo, y parecen creer de verdad que escritores y demás intelectuales son, de hecho, más libres en él.
    La economía socialista es otra maravilla. Ahí donde André Gide vio miedo y estantes de tienda vacíos, muchos otros vieron familias alegres y plenitud económica. O, al menos, un tipo de miseria económica más jovial. Después de hacer su visita, el novelista americano Theodore Dreiser escribió: “En Moscú hay pobreza. Hay mendigos en las calles. Pero Señor, ¡qué pintorescos
    son los abultados harapos multicolores!”.
    ¡Y están las prisiones! No estoy seguro de si los viajeros a los países comunistas fueron llevados a las prisiones por defecto, o si pidieron visitarlas ellos mismos. En todo caso, todos parecen asombrados con lo que encuentran. ¡Qué humano, cuántos libros en las librerías, qué felices parecían los prisioneros! “En Rusia –escribía George Bernard Shaw después de darse una vuelta– el prisionero entra siendo criminal y sale siendo hombre
    ordinario, si es que se le persuade para que salga. Hasta donde he podido observar, pueden quedarse cuanto gusten”. Muchos peregrinos se lo creyeron cuando les contaron que había una lista de espera de gente para entrar en prisión. Una de dos: o esto era una mentira absurda, o era una clara muestra de hasta qué punto la población estaba hambrienta. del término. Y seguramente no tendrían problema reconociendo y denunciando el mal: denunciaban el capitalismo y la política democrática de partido a cada instante. Lo que aparentemente les fue imposible de
    reconocer fue el lobo totalitario que se escondía tras el ropaje de un inocente cordero. Como muchos otros viajeros y apologistas, minimizaron el sufrimiento bajo el totalitarismo porque perdieron todo el sentido moral de la proporción. Pensaron que sólo podía haber un solo mal al que resistir, y no dos. ¿Cómo puede ser una fuerza que combate el mal también malvada?
    Había, creo yo, una ingenua inocencia cristiana detrás de toda la pose nietzscheana de Shaw.
    Y cuando los cristianos practicantes visitaron los regímenes totalitarios, ¿qué es lo que vieron? Desde los cuáqueros en Rusia hasta el pastor izquierdista americano en Hanói, Philipp Berrigan, el clero vio lo que esperaba ver: el Reino de Dios construyéndose en la Tierra. Una típica observación nos la proporciona el cuáquero inglés, D.F. Buxton, después de visitar la Unión Soviética en los años veinte. Escribió:
    En el énfasis que ponen en el espíritu de servicio, los comunistas se toman muy en serio algunas de las máximas más importantes del Nuevo Testamento. Repudian, por supuesto, el lenguaje religioso, pero como sus acciones son mucho más importantes que sus palabras, no creo que debamos tomar estas últimas muy en serio. Un cuáquero americano, Henry Hodgkin, dijo aproximadamente lo mismo después de visitarlos más o menos en la misma época: “Cuando miramos al gran experimento ruso de hermandad, nos parece que alguna vaga imagen del camino de Jesús, que a ellos les pasa completamente desapercibida,
    les está inspirando”. “Billy Budds” como éstos, inocentes como corderos, fueron idiotas extremadamente útiles para todos los tiranos del siglo XX, desde Stalin y Mao, hasta Tito, Ceaucescu, Castro, Pol Pot, Jomeini, y, hoy día, Hugo Chávez. Eventualmente, algunos de ellos perdieron su inocencia, al menos en lo que se refiere al comunismo y a la revolución del Tercer Mundo, y muchos de ellos escribieron libros confesionales sobre su conversión política.
    Pero merece la pena remarcar cuántos de estos inocentes, siendo ya anticomunistas, permanecieron fieles a su carácter al arremeter violentamente una vez desaparecidas sus ilusiones, un poco como Billy Budd. Alguien podría escribir un interesante libro algún día –o quizá alguien ya lo haya hecho–, sobre excomunistas radicales, y sobre lo poco que cambiaron sus caracteres después de que el velo se les cayera de los ojos. Desde James Burnham y John Dos Passos en los treinta, hasta el radical de los sesenta David Horowitz hoy día, nos enfrentamos con seres humanos que cambian de lado políticamente, pero que permanecen igualmente incapaces de entender la complejidad moral de la vida política y la polimorfa perversidad el mal. Sólo están dotados de credulidad y de un puño.
    * * *
    El idiota de Dostoyevski se abre con la vuelta del príncipe Mishkin a San Petersburgo. Acaba de pasar cuatro años en un hospital mental suizo, aquejado de epilepsia y de padecimiento humano. No fue curado de ninguna de las dos, pero mientras estuvo ahí, tuvo una epifanía que le hizo querer volver a la vida y hacer el bien. En un pequeño pueblo, no lejos del asilo, el príncipe conoce a una joven chica condenada al ostracismo por todos, incluida su familia, por haber perdido la virginidad. Estaba sola y sufría constantes abusos por parte de los niños del pueblo. A Mishkin le revolvió en su interior la pena, y decidió ayudar. Antes de nada, asumió la responsabilidad de convencer a sus jóvenes torturadores de que también ellos debían
    sentir pena por ella. Y, de hecho, con su palabra y su ejemplo, se las arregló para restaurar su simpatía natural. Cuando la mujer murió, no mucho tiempo después, estaba rodeada de niños inocentes y afectuosos, como lo estaba Jesús. Habían sido reformados.
    El príncipe Mishkin vuelve a San Petersburgo teniéndose por un mesías: cree que todo el mundo puede ser redimido. Por esta razón se interesa inmediatamente en Nastasia Filíppovna, otra mujer perdida que conoce poco después de su vuelta. Se obsesiona con ella después de oír su historia en boca de otra persona, y se convence de que sabe cómo salvarla. Cree que es mala porque ha sufrido y ahora se odia a sí misma. Su experiencia de
    Suiza le ha enseñado que no existe nada parecido al pecado, sino sólo sufrimiento, y que, en el momento en el que mitigamos el sufrimiento, el impulso de actuar mal desaparece.
    Así pues, Mishkin la persigue. Ella huye a los brazos de, al parecer, un mal tipo, Parfyon Rogozhin, pervirtiéndose así aún más. Después, vuelve a Mishkin. Este ciclo se repite varias veces hasta que Mishkin, en un intento por salvarla, le propone matrimonio. Nastasia acepta la propuesta, pero, en el día de su boda, huye de nuevo con Rogozhin. Enloquecido por su amor hacia ella, y queriendo mantenerla lejos de Mishkin, Rogozhin mata a Nastasia. El príncipe se apiada de ella y también de Rogozhin. Finalmente, incapaz de gestionar toda esta pena, es conducido de nuevo al asilo.
    Los “Billy Budds” de la vida política tienen dificultades para reconocer el mal y hacerse cargo de su complejidad. En su inocencia, celebran lo terrible.
    Los “príncipes Mishkins” de la vida política no son tan ingenuos.
    Saben reconocer que vivimos en un mundo caído, pero también creen que, con el suficiente esfuerzo, podemos superar los efectos de la caída. Son, en términos teológicos, pelagianos. Los “príncipes Mishkins” suponen que toda la maldad política es producto del sufrimiento, y conciben la acción política como un aumento o una disminución del sufrimiento en el mundo.
    La buena política es, pues, una actividad misionera.
    Hoy día, muchos progresistas sin ninguna ilusión totalitaria creen también que la política es una actividad misionera. Lo que distingue a los “príncipes Mishkins” es su compromiso con una cierta noción de la redención en la cual tienen una fe inquebrantable. Mishkin cree que, sólo con ser amada suficientemente, Nastasia puede ser buena y feliz. Se equivoca: Nastasia está demasiado perdida para ser buena, y, seguramente, demasiado herida para poder ser feliz. Claramente, la tenacidad de Mishkin sólo aumenta su sufrimiento, pero, a pesar de todo, él persiste en su creencia de que hace lo correcto, llevándola a ella a la muerte. Por el camino, también hace sufrir a mucha gente que la quiere.
    El amor redentor es al príncipe Mishkin novelesco lo que la revolución redentora es a los “príncipes Mishkins” políticos del siglo XX. Por momentos pueden ser algo lúcidos respecto a lo que estaba pasando en la órbita soviética. Sí, lo que ocurría en los gulags estaba mal, simplemente mal. Sí, los planes quinquenales eran falsos. Sí, el Gran Salto Adelante fue un desastre
    humano a una escala alucinante causado por el capricho de un megalómano. Sí, se censura y encarcela a intelectuales y disidentes en Cuba por sus opiniones, lo cual no es para nada lo prometido por la revolución. Y sí, los refugiados que huyeron de Camboya, huyeron del infierno en la Tierra. Reconocemos todo esto, dicen los “Mishkins”, y lo denunciamos. Sin embargo, su lucidez viene siempre después del hecho. Allí donde comienza una nueva revolución, siempre se puede contar con el apoyo de los “Mishkins”. Muchos recordamos lo que era discutir con los entusiastas revolucionarios de este tipo. Se cometieron errores en el pasado, pero esta vez será distinto, nos decían una y otra vez. La Unión Soviética fue simplemente otro despotismo ruso que impuso su poder sobre la indefensa Europa del Este –de acuerdo. China es China, y siempre será China, y Mao es simplemente otro cruel emperador. De acuerdo. Ni los regímenes son verdaderas fuerzas revolucionarias, ni nos proporcionan esperanzas de
    emancipar a la raza humana. En Europa, sólo la Yugoslavia tuvo una oportunidad –puede ser.
    Pero miren a cualquier sitio y verán cientos de puntos luminosos. Algo está en movimiento en las junglas del Sureste Asiático, en las sabanas de África, en las células guerrilleras de Sudamérica y en el Oriente Medio. Puede que la carne sea débil, pero el espíritu de la revolución todavía es fuerte. Como los personajes de una obra de Beckett, nuestros “príncipes Mishkin” políticos se pasaron los sesenta y los setenta esperando a que se presentase la revolución buena. Fueron inocentes en serie que no estaban dispuestos a contemplar la posibilidad de que todos esos fracasos apuntasen
    hacia un fracaso de la propia idea de revolución redentora. Para ellos, “la revolución” era una fiesta movible.
    La fiesta terminó más tarde, cuando los refugiados que huían de Camboya y Vietnam empezaron a ahogarse en el Mar de la China meridional, y los opositores al ayatolá Jomeini aparecieron colgados de las farolas de Teherán. El último “príncipe Mishkin” europeo fue Michel Foucault, corriendo hacia Irán poco después de la revolución y escribiendo como un loco artículos entusiastas, principalmente para periódicos italianos, acerca de qué significaba ésta para la emancipación humana en un futuro. Ahí donde iba, se topaba con un aluvión de críticas de los iraníes demócratas,
    especialmente de mujeres. Foucault escarmentó y no volvió a escribir jamás sobre política (a Dios gracias).


    * * *

    Sin embargo, los “príncipes Mishkin” gozan de buena salud en EE. UU., si bien hoy se les conoce como “halcones” por su apoyo a la reciente Guerra de Iraq. Estos intelectuales me fascinan, especialmente porque muchos de ellos fueron pacifistas radicales en los sesenta. A lo largo de los últimos cuarenta años han recorrido un largo camino: desde la fe en el ideal revolucionario
    en los setenta, pasando por el escepticismo en los ochenta, a la reconciliación con la democracia liberal, a pesar de sus problemas y limitaciones, en los noventa. Sin embargo, a lo largo de la última década, han vuelto a las andadas celebrando la revolución que esta vez, creen, emancipará de verdad a la raza humana: la revolución democrática que está removiendo el mundo árabe, y que pronto se extenderá. Estos inocentes no han aprendido nada. Creen realmente que la libertad y la justicia pueden llevarse donde sea, hasta la última tienda de campaña del último pueblo del último desierto. Han olvidado todo cuanto aprendimos en las últimas décadas. Que no se pueden construir naciones ahí donde la gente no se considera una nación. Que en gran parte del mundo, las familias hacen
    los clanes que hacen las tribus que hacen los Estados, y que un uniforme de policía no hace un ciudadano. Que la democratización le otorga el poder al demos y no sólo a los blogueros. Que el demos odia a los poderosos y nunca olvida las humillaciones, reales o percibidas. Y, lo más importante de todo, que las revoluciones siempre provocan reacciones.
    Por supuesto, es imposible saber cuáles serán las consecuencias a largo plazo de la Primavera Árabe. A corto plazo, en cambio, es una apuesta segura que, al menos en algunas naciones, veremos erigirse nuevas formas de despotismo político. No serán totalitarias, pero, con toda seguridad, tampoco serán democracias liberales; no hay absolutamente ninguna oportunidad de que tal cosa ocurra pronto en ninguno de los países hasta ahora afectados. Simplemente, las precondiciones sociales no se encuentran ahí,
    y no se encontrarán en nuestro tiempo de vida o en el de nuestros hijos. Lo que sí pasará es que las naciones que se han levantado contra un déspota, se encontrarán seguramente con otros peores. Se preguntarán si todo esto ha merecido la pena, y nosotros nos lo preguntaremos con ellos. ¿Significa esto que tales revueltas no merecen nuestra admiración y apoyo?
    No. O, mejor dicho, depende. Es imposible no ser movido por la retórica de la libertad y los derechos humanos, pero necesitamos recordar que esta retórica no siempre inspira la práctica de la libertad y la defensa de los derechos humanos. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es eso. Además, en aquellas partes
    del mundo donde las fuentes tradicionales de autoridad, legitimidad y orden todavía siguen vigentes –especialmente, las fuentes religiosas–, éstas jugarán un papel fundamental y deberán jugarlo, al menos a corto plazo. Seremos testigos de mucha experimentación política, de Gobiernos híbridos, de
    posibles golpes de Estado. En Occidente sólo podemos ser espectadores de este drama, y pensar de otra forma –pensar que, de alguna manera, a pesar de nuestra historia reciente con el mundo árabe y los musulmanes, podemos jugar un “papel constructivo”– es pura fantasía. Todo lo que sensatamente podemos hacer es seguir la regla de San Agustín y su moderno discípulo Reinhold Niebuhr: esperar lo mejor y prepararnos para lo peor.
    Espero que ésta sea la base de la futura política norteamericana en la región.
    Pero no me hago muchas ilusiones de que así sea en el debate político intelectual americano, el cual parece dividido a partes iguales entre “Billy Budds” y “príncipes Mishkin”. Parecen no aprender nunca, y otros pagan las consecuencias. Esta situación fue perfectamente captada por la escritora inglesa Elizabeth Bowen en su novela The Death of the Heart, cuando escribe: La inocencia se encuentra tan a menudo en una posición errónea que, interiormente, la gente inocente aprende a ser insincera. Viven solos... Incurablemente ajenos al mundo, nunca dejan de exigir una felicidad heroica. Su soledad, su falta de empatía, su continuo único deseo les empuja a ser crueles y a sufrir crueldades. Los inocentes son tan pocos que dos de ellos raramente se encuentran –pero cuando lo hacen, sus víctimas yacen esparcidas alrededor.

    PALABRAS CLAVE
    Occidente•Pensamiento político•Valores occidentales•Formas actuales de pensamiento
    antiliberal•Intelectuales
    RESUMEN
    El presente trabajo de Mark Lilla trata de
    explicar por qué algunos de los intelectuales
    más relevantes de la cultura occidental
    se han sentido atraídos por los regímenes
    políticos de Stalin, Mao, Tito, Jomeini o
    Castro. Para ello el autor pone en el centro
    de su análisis el concepto de inocencia
    cristiano y utiliza dos figuras literarias para
    articular su explicación: Billy Budd, de Hermann
    Melville y el príncipe Mishkin, de
    Dostoyevsky.
    ABSTRACT
    Mark Lilla's current work seeks to explain
    why some of the most renowned
    intellectuals of Western culture have felt
    attracted to the political regimes of
    Stalin, Mao, Tito, Jomeini or Castro. In
    order to do this, the author focuses his
    analysis on the Christian concept of
    innocence and uses two literary figures
    to articulate his explanation: Hermann
    Melville's Billy Budd, and Dostoyevsky's
    Prince Myshkin.


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    assets.espapdf.com/.../Mark%20Lilla/.../Pensadores%20temerarios%20-%20...
    9 nov. 2013 - Mark Lilla aborda en Pensadores temerarios el .... opinar y actuar en lapolítica de su país, ...... inocente y admitió que en los años treinta ...

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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