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    sábado, 6 de agosto de 2016

    Martín Becerra La sociedad de la información (Texto completo)



    Texto que pretende caracterizar la Sociedad de la Información, la descripción de sus principales rasgos, la reseña de las líneas conceptuales de reflexión acerca de su significado, sus efectos y su trascendencia.

    I. Introducción

    La caracterización de la Sociedad de la Información, la descripción de sus principales rasgos, la reseña de las líneas conceptuales de reflexión acerca de su significado, sus efectos y su trascendencia, no es una tarea sencilla. La contemporaneidad y la inmediata actualidad de ese conjunto multifacético de procesos que la Sociedad de la Información denomina, junto con el vasto alcance de sus acciones y la heterogeneidad de prospectivas existentes, conspiran contra la tentación de reducir la complejidad del objeto (la sociedad informacional) a una serie de cambios tecnológicos en las industrias y actividades de información y comunicación. Aunque, ciertamente, esos cambios tecnológicos son el percutor de la “Sociedad de la Información”.
    El rasgo procesual de las mutaciones y metamorfosis presentadas como “Sociedad de la Información” es una cualidad esencial que, bien enfocada, permite aproximarse a los fenómenos contemporáneos ligados a la diseminación de la información y la comunicación en la desigual estructuración de las sociedades con mayor consistencia.
    Ese carácter procesual está contenido en muchos de los aportes que
    investigadores, académicos y profesionales realizan en pos de aclarar (y aclararse) el verdadero significado de la “Sociedad de la Información”, si bien algunos abjuran incluso de esa denominación, que sin embargo parece haberse consolidado durante los últimos años de la última década del Siglo XX. Distintos objetos de análisis, focos de atención divergentes, metodologías opuestas, intenciones diferentes, conclusiones desparejas y prospectivas por momentos irreconciliables se conjugan en el elevado número de producciones que la sociedad informacional viene suscitando. Junto con algunos tópicos que
    son convocados por casi todos los análisis, como el factor tecnológico en los cambios sociales y comunicacionales, otro de los elementos característicos del pensamiento sobre la “Sociedad de la Información” es su prodigalidad. La ocupación del centro de la escena productiva por parte de las tecnologías de la información y la comunicación se presta, como se advierte en la lectura de los textos sobre la sociedad informacional, a múltiples y variadas interpretaciones.
    Pero hay coincidencia en el atractivo del tema y en la importancia de algunos de los procesos a los que alude.
    En rigor, la ocupación del centro de la escena productiva por parte de las tecnologías de información y comunicación fue acompañada de un desplazamiento de los foros mundiales (y en muchos casos, de las agencias gubernamentales encargadas de la regulación del sector) donde se definen las líneas estratégicas de desarrollo de las comunicaciones. Por ello, la controversia sobre la sociedad informacional no sólo refiere a los diferentes registros de marcos teóricos y conceptuales, sino también al terreno del diagnóstico y de la descripción del contexto, así como de la puesta en cuestión en las agendas gubernamentales; es decir, en el concreto y asible territorio de lo político.
    Mattelart explica que “hasta el principio de los años ochenta, la UNESCO era una de las principales tribunas para debatir sobre cultura, información y comunicación. La discusión se ha desplazado hacia un organismo técnico, el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), redesignado como OMC (Organización Mundial del Comercio) a partir de 1995. Asimilada a los servicios en la denominación de los intercambios comerciales, la comunicación incluye tanto los productos de las industrias culturales como las telecomunicaciones; tanto la industria del turismo como las técnicas de gestión” (Mattelart, 2002a: 73).
    De modo que el advenimiento de la “Sociedad de la Información” a partir de los desarrollos tecnológicos fulgurantes en el tratamiento y transmisión de la información y la importancia estratégica creciente de la información y del conocimiento en el conjunto de las actividades humanas (Tremblay, 2003: 17), es contemporáneo con el replanteo de los ámbitos de decisión de las estrategias y políticas de regulación y ordenamiento de las comunicaciones. Esta situación es acompañada por un panorama de proliferación de organismos no gubernamentales (ONG´s) que, independientemente de las latitudes donde actúan, asumen la necesidad de coordinar acciones, de tipo inclusivo, que permitan corregir algunas de las tendencias de la “Sociedad de la Información”, fundamentalmente la existencia de una creciente brecha que separa en el nivel del acceso a los bienes y servicios infocomunicacionales a países, poblaciones, sectores sociales y personas. Las cumbres mundiales, donde también participan las organizaciones multilaterales como la UNESCO o el PNUD, buscan instalar foros internacionales en los que las voces que promueven la corrección de políticas en el marco de la sociedad informacional sean escuchadas.
    Este ánimo correctivo presente en foros y reuniones internacionales tampoco está exento de polémicas: la creciente segmentación social en el acceso a los bienes y servicios ofrecidos en el marco de la Sociedad de la Información, además de ser funcional a la lógica socioeconómica dominante, plantea cuestionamientos sobre el discurso promotor del proyecto e invita a reflexionar acerca de si la segmentación es una suerte de “enfermedad juvenil” de la Sociedad de la Información (al fin y al cabo, con una historia muy breve aún) o constituye uno de sus rasgos cardinales inalienables.

    II. Hechos y dichos

    Una primera aproximación conceptual acerca de la “Sociedad de la
    Información” debe interrogar(se) acerca del significado de dicha
    denominación. He aquí un nivel de dificultad, que se conjuga con la
    complejidad de los procesos a los que la sociedad informacional nombra, y que brevemente pueden aludirse como sociales, económicos, políticos, culturales y tecnológicos. Aunque muchos estudios focalizan como objeto de análisis la red Internet, el examen de la “Sociedad de la Información” debe ser capaz de superar la celada metonímica de tomar la parte por el todo: la sociedad informacional incluye pero excede con creces la atención en una de sus manifestaciones, como puede ser el caso de la red Internet.
    La complejidad del objeto de estudio (la sociedad informacional) impide que exista una metodología de abordaje consagrada como válida universalmente para proceder a un examen riguroso que se pretenda incuestionable. Por ello, además, a la hora de plantear temas vinculados con la “Sociedad de la Información” se dan cita actores tan heterogéneos como gobiernos de países centrales, gobiernos de países periféricos, empresas multinacionales de las industrias culturales, empresas multinacionales fabricantes de hardware y software, instituciones educativas, organismos técnicos de sectores económicos como el agro o la industria, centros de salud, organismos reguladores de transporte, investigadores, academias, organizaciones no gubernamentales, sociedades filantrópicas y clubes sociales, entre otros. Pues, en palabras de Vedel, la sociedad informacional...

    ... presenta de manera casi ideal las características que facilitan la inscripción de una cuestión en la agenda pública: la simplicidad (las autopistas de la información son asimilables a objetos familiares, como el teléfono, el fax, la televisión por cable, el teléfono inalámbrico); la proximidad con lo cotidiano del individuo (las autopistas de la información conciernen la manera de vivir, de trabajar, de divertirse); la generalidad (todo el mundo está relacionado al mismo tiempo: se trata de un proyecto “global”); el impacto (las autopistas de la información son presentadas como una revolución tecnológica al menos equivalente a la revolución industrial). Pero es sobre todo la ambigüedad misma del tema, y su capacidad de aportar a múltiples objetivos, que explica sin duda su éxito (Vedel, 1996: 15).


    Más allá de esta ambigüedad convocada por el nombre, la “Sociedad de la Información” presenta elementos objetivos que permiten identificarla, tal como se deduce de las políticas desarrolladas por países de América, de Europa, de Asia y de Africa desde los años noventa, se asienta en las ideas fuerza de la liberalización, la desregulación y la competitividad internacional. Estas ideas fuerza han complementado la inversión de la lógica nacional-global para el diseño de las políticas económicas, como se advierte en la agenda de la Organización Mundial del Comercio: mientras que hasta los años ochenta el factor interno era decisivo para la adopción de medidas políticas y reglamentarias, en los últimos veinte años del Siglo XX la lógica se ha invertido.
    Hay autores que se resisten a reconocer este cambio, argumentando la falta de consistencia del fenómeno de la globalización que, en cualquier caso, es una tendencia cardinal inherente a la formación capitalista. No obstante, “el reconocimiento de las antiguas raíces de la globalización capitalista (...) no implica desconocer la existencia de nuevos desarrollos que le han dado a la fase actual un dinamismo extraordinario” (Borón, 1999: 140). Estos desarrollos novedosos son, por un lado, la mundialización de los flujos financieros en una escala de crecimiento muy superior al del producto y comercio mundiales e interregionales (nota 1); por otra parte, es novedosa la extensión de la cobertura geográfica sin precedentes que ha logrado el mundo capitalista conforme se asienta el modo de desarrollo informacional; por último, es novedosa también la homogeneización de los productos info-comunicacionales en el marco de un modelo de consumo por nichos de acceso y pago. La convergencia de esos productos y el entramado de concentraciones e integraciones verticales que afectan y contraen la propiedad de los procesos de información y comunicación en todo el mundo ameritan, en virtud de su crecimiento en escala, igual consideración analítica.
    Pero aún con esos caracteres comunes, el proyecto de la “Sociedad de la Información” impacta de modo muy dispar en sociedades que son divergentes.
    Majó i Cruzate observa que "es casi seguro que coexistirán diferentes modelos de sociedad de la información como se encuentran diferentes modelos de sociedad industrial" ya que "las sociedades industriales actuales difieren por ejemplo en la importancia que asignan a evitar la exclusión social, en la preocupación por el impacto ambiental de la actividad económica o la forma en que hacen compatibles las iniciativas individuales con los intereses colectivos" (2000: 312). En efecto, si hay una diferencia entre el carácter novedoso dentro del continuum del desarrollo capitalista, entre la morfología que va adquiriendo la Sociedad de la Información en Europa y en América Latina, por ejemplo, es que las políticas europeas tienen como preocupación básica la garantía de la cohesión socioeconómica, mientras que en la América Latina posdictatorial la fractura social y económica es un fenómeno estructural que no ha hecho más
    que agudizarse en los últimos años del Siglo XX. Esta tendencia no ha sido, hasta el presente, modificada por el advenimiento de la sociedad
    informacional sino que, precisamente, la creciente importancia de la información como insumo y proceso productivo en la configuración estructural de la sociedad acompaña, muchas veces profundizándolas, las líneas señaladas.
    El racconto que la Comisión Europea realiza sobre las transformaciones producidas a finales del siglo XX y nombradas como Sociedad de la Información se precisa en el Libro Verde Vivir y trabajar en la sociedad de la información: prioridad para las personas, que señala:


    En los últimos veinte años venimos presenciando una revolución en las tecnologías de la comunicación y de la información cuyo alcance es mucho mayor de lo que la mayoría de nosotros pudimos haber imaginado. Uno de los principales efectos de estas nuevas tecnologías ha sido la reducción drástica del coste y del tiempo necesario para almacenar, procesar y transmitir la información. Estos impresionantes cambios en las relaciones de precios afectan de manera fundamental al modo en que organizamos la producción y distribución de bienes y servicios y, por ende, al propio trabajo. Esta evolución está transformando el trabajo, las estructuras de cualificaciones y la organización de las empresas, lo que introduce un cambio fundamental en el mercado de trabajo y en la sociedad en su conjunto
    (CE, 1996: 9).


    Esta caracterización de la Comisión Europea puede ser compartida incluso desde una perspectiva analítica crítica sobre los verdaderos efectos de la aplicación de las tecnologías de la info-comunicación en la organización y el procesamiento productivos. Pero parece, en cambio, incuestionable su impacto sobre la sociedad en su conjunto. Para el gobierno norteamericano, artífice de la idea de las autopistas globales de la información, las tecnologías producen una suerte de efecto derrame sobre el conjunto de las actividades económicas y, por ende, sobre los modos que la sociedad se da para organizarse, producir y reproducir(se). De hecho, la vigorización de la construcción de la agenda de la “Sociedad de la Información” se produjo luego de la adopción de la High-Performance Computing Act por parte del gobierno de los Estados Unidos en 1991, cuyos esfuerzos en la materia desde entonces estuvieron centrados en la promoción de las autopistas de la información, en el marco de la Global Information Infrastructure (GII) lanzada por el entonces vicepresidente demócrata Albert Gore en Buenos Aires en 1994, en la reunión de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). La propuesta de Gore se puede resumir en cinco puntos (Raboy, 1997):
    - fomento de la inversión privada;
    - incremento de la competencia;
    - desarrollo de una reglamentación flexible;
    - propensión a un acceso abierto; y
    - gestión mediante el principio de servicio universal.

    La coincidencia entre los objetivos declarados por la CE y por la administración gubernamental estadounidense es significativa aunque las denominaciones de los proyectos (Global Information Infrastructure por el lado norteamericano; Sociedad de la Información por el europeo) pueda suscitar contrapuntos. En realidad la Comisión Europea, que ya antes de la década de los noventa había esbozado planes de liberalización de las actividades informacionales como las telecomunicaciones, rebautizó las autopistas estadounidenses como “Sociedad de la Información” con la evidente voluntad de dotar de un contenido más social a los cambios vinculados a la difusión y transformación convergente de las actividades infocomunicacionales.
    Vista como producción histórica, la “Sociedad de la Información” trata efectivamente de transformaciones socioeconómicas fundamentales en la estructuración de las sociedades en los países centrales. La estructura económica es transformada y con ella el conjunto de relaciones sociales. En estas transformaciones, las tecnologías infocomunicacionales, notablemente las engendradas en torno a la microinformática y las telecomunicaciones, desempeñan un rol protagónico en el desarrollo de las fuerzas productivas. El salto tecnológico que permite reducir toda información a un código binario, y que alienta la hipótesis de que en los últimos treinta años se está produciendo una revolución informacional, se sustenta a la vez en el proyecto de la convergencia de soportes, lógicas industriales, culturas organizacionales, mercados y reglamentaciones de las principales industrias relacionadas con la producción, tratamiento, procesamiento, almacenamiento y distribución de información. La convergencia (nota 2) es uno de los principales conceptos que merecen elucidarse por tratarse de una suma de procesos que afectan la médula de la sociedad informacional.


    1. Como indicador de la afirmación, Borón subraya que “si en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial el volumen de las transacciones financieras internacionales representaba unas cinco veces el tamaño del comercio mundial, en la actualidad la proporción estimada es de aproximadamente quinientos a uno” (Borón, 1999: 141).
    2. Ver Comisión Europea (1997).

    III. Línias y análisis sobre la sociedad informacional

    Al examinar la literatura, los estudios y análisis realizados sobre los temas que son evocados por el proyecto de la Sociedad de la Información, centralmente los referidos a las políticas de comunicación en un contexto de acelerada transformación de los procesos productivos en información y comunicación, merced al salto tecnológico convergente en el sector, sobresalen cinco grandes
    líneas de reflexión. Esta clasificación reclama la aclaración sobre la
    heterogeneidad de métodos, de consistencia de los estudios y de resultados, entre las diferentes “líneas”, e incluso entre algunos de los principales exponentes de alguna de ellas entre sí. El agrupamiento en estas cinco “líneas” puede entonces ser observado por la disparidad entre ellas pero también porque las difusas fronteras entre algunas impide ser concluyentes a la hora de ordenar a algunos investigadores en una de las “líneas” y no en otra. Esta situación no es sólo fruto de la actualidad de los procesos sociales que se estudian, que por lo tanto inspiran una diversidad de análisis en continua evolución. También debería recordarse la prudencia metodológica recomendada por Michel Foucault, al introducir su clásico Las palabras y las cosas, al citar a Jorge Luis Borges para manifestar la arbitrariedad inherente a toda clasificación. En el ejercicio opinable de la clasificación, entonces, se pueden consignar las siguientes “líneas” de pensamiento acerca de la sociedad informacional (nota 3):


    3. Es preciso aclarar que en el punteo que se presenta se procuró mencionar los principales autores de distintas líneas de pensamiento relacionadas con la sociedad informacional. En el esfuerzo analítico por reseñar los caracteres de cada una de estas “líneas” de reflexión se resigna la intención de abarcar a todos y cada uno de los autores que podrían adscribir a ellas.

     III.a. Los "postindustrialistas"

    En un principio, cronológicamente, se sitúa la corriente que desde los años cincuenta y, con mayor sistematicidad, entre los sesenta y setenta, se abocó a la investigación de la estructura económica cambiante de los países centrales,cuya fuente de riqueza y de ocupación laboral provenía cada vez en menor medida de la industria y en mayor importancia, del sector servicios, del cual el conocimiento y la información se transformaron en insumos y productos estructurantes. Daniel Bell (1964, 1976, 1977, 1981), Alain Touraine (1971, 1993), Zbigniew Brzezinski (1979), Marc Porat, Alvin Toffler (1967, 1980) y Fritz Machlup (1984), son algunos de los principales referentes intelectuales de esta tendencia. Aun cuando sus tradiciones intelectuales y sus conclusiones hayan sido diferentes, fueron pioneros en la caracterización del fin del capitalismo en su modo de desarrollo industrial tal como se había consolidado, en los países centrales, entre 1945 y 1973. Otro común denominador de los autores mencionados es su convicción acerca de la centralidad de la información en el replanteo (cuyos contornos no siempre se precisan) del capitalismo en los países industriales más avanzados del globo. Una frase de Gaëtan Tremblay es pertinente para ilustrar los límites de esta primera corriente “postindustrialista” e introducir la siguiente, caracterizada por el liderazgo que el Estado, el sector público, viene sosteniendo en la problematización de la sociedad informacional: “la cuestión –sostiene Tremblay (2003: 17)- ya no es saber si cambian nuestras sociedades. Esto es evidente. El desafío consiste en comprender la dinámica, dirección y amplitud del cambio”. Ese parece el objetivo de la segunda “línea” de reflexión.

    III.b. El "estado" en la cuestión

    Las mutaciones socioeconómicas articuladas con la(s) progresiva(s) crisis del modelo del Estado de Bienestar consagrado durante la Guerra Fría, que fueron contemporáneas con el nacimiento y consolidación industrial de la microinformática, motivó a gobiernos de países industrializados a encargar estudios prospectivos sobre el carácter del cambio que se evidenciaba en la estructura de las sociedades desarrolladas. Así, el ex presidente francés Valery Giscard d´Estaing encomendó en 1976 una “misión de exploración” sobre los alcances de la informatización de la sociedad y de la progresiva imbricación de las industrias informática y de telecomunicaciones, dando lugar a un nuevo término, telemática. Al cabo de dos años el documento La informatización de la sociedad cuyos autores, Simon Nora y Alain Minc (1980), advertía acerca del carácter central que el complejo de la microinformática adquiría en esos años en las naciones avanzadas. Desde finales de los ochenta y muy especialmente durante la primera mitad de los noventa existió una notable proliferación de documentos encargados por las instancias gubernamentales de los Estados Unidos y de Europa. El sentido de estos documentos, sin embargo, acotan la atención (son menos “holísticos” que el Nora Minc) pero a la vez replantean, en muchos casos en sentido inverso, algunas de las finalidades que el gobierno francés perseguía en la segunda mitad de los años setenta. La vía estatal de producción acerca de la sociedad informacional está guiada por tres ideas fuerza: liberalización, desregulación, competencia global (nota 4). Durante la última década del Siglo XX el optimismo y las grandes expectativas inspiraron algunos de los principales documentos gubernamentales sobre la SI, como es el caso del paradigmático Informe Bangemann de la Comisión Europea, pero la burbuja de la nueva economía comenzó a desinflarse en las vísperas del cambio de siglo y en la actualidad las expectativas están siendo revisadas con un matiz más realista. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), por ejemplo, advierte que “las ventajas económicas de las TICs no han desaparecido con la desaceleración y con la depresión registradas en partes del sector productor de TICs” (OCDE, 2003: 5). En el mismo informe de la OCDE se reafirma el sesgo liberalizador y privatista que orienta en general la formulación de programas y proyectos sobre la sociedad de la información, pero sin embargo, y paradójicamente, se enfatiza que deben ser los gobiernos los actores centrales para proceder a la realización de la apertura libremercadista: “en vistas de la diseminación en curso de las TICs y de su importancia continua para el crecimiento, los hacedores de política deben fomentar un ambiente que ayude a las empresas a aprovechar las ventajas de TICs. Todos los gobiernos de la OCDE pueden hacer algo más para apoyar la difusión de estas tecnologías.” (OCDE, 2003: 7). La producción gubernamental es un dato significativo a la hora de plantear un estado de la cuestión sobre la sociedad informacional, toda vez que el compromiso de los diferentes Estados (primero los desarrollados desde los años ochenta, y a partir de la segunda mitad de los noventa también los de países periféricos) con la puesta en agenda de la Sociedad de la Información alentó no sólo acciones concretas sino también debates y reflexiones.


    4. Según Mattelart, “el proceso de desregulación y el proceso privatizador que se produjeron en cascada durante los años ochenta señalan el comienzo de un acercamiento entre dos imaginarios: la “era de la información” y la “era global”. Los años 1984-1985 representan el punto de inflexión. La ocasión estelar la brinda la desregulación de las finanzas mundiales, ya que las sedes de los centros financieros, separadas en el pasado, se integran en un mercado global plenamente fluido merced a la interconexión generalizada en tiempo real” (Mattelart, 2002a: 70).


    III.c. Los “gurús”

    Como se señaló en el punto anterior, la creciente participación de los gobiernos de los países centrales en la definición de escenarios y en la búsqueda de un mejor posicionamiento es uno de los aspectos novedosos de la producción teórica. Este protagonismo ejercido desde los estamentos oficiales coincidió también con una marcada orientación tecnofílica de numerosos autores convertidos en auténticos gurús de la era informacional. El tercer grupo puede entonces estar configurado por autores apegados a la racionalidad técnica, en el
    sentido que ellos, como sostiene Wolton, razonan a partir de los cambios tecnológicos y su efecto sobre una masa presuntamente neutra e indiferenciada, que sería la sociedad. Mattelart sostiene que “líderes en ventas como El mundo digital, de N. Negroponte, profesor del MIT, o Camino al futuro, del propietario de Microsoft Bill Gates, son representantivos de esta logística llamada a refrendar la promesa de triunfo del “capitalismo libre de fricciones” (Mattelart, 2002a: 71).
    Por otro lado, y aunque seguramente los autores de una y otra perspectiva no se sentirían a gusto en el mismo conjunto, el proceso de construcción de la sociedad informacional y la difusión cada vez más amplia de las tecnologías info-comunicacionales, ha inspirado una línea de esta misma corriente cuya herramienta de trabajo es el ensayo de índole prospectivo, pero no necesariamente sistemático en su metodología de abordaje y análisis (como sí lo fue la corriente “postindustrialista”, mencionada primero).

    III.d. Política y comunicación

    Una cuarta corriente de pensamiento sobre la sociedad informacional, cuya producción ha crecido en los últimos años, está referida al análisis de las políticas de comunicación y de los actores que las ejecutan. El razonamiento que guía a los autores que la conforman es la concepción de la comunicación como un fenómeno medular de la convivencia social. No hay teoría política sobre la sociedad, en este sentido, sin una teoría de la comunicación que produce y reproduce esa sociedad. La dimensión eminentemente política de la comunicación y la dimensión eminentemente comunicacional de lo político fue abordada originalmente por autores como Walter Benjamin o Roland Barthes, si bien con escritos de índole ensayística. En las últimas dos décadas esa tradición se enriqueció con nuevos y numerosos autores, quienes además fueron definiendo ejes metodológicos, además de conceptuales, sobre la matríz política
    de la circulación de información y comunicación en la sociedad. Algunos de estos autores son Régis Debray (1983, 1995, 2001), Mauro Wolf (1991, 1994), Dominique Wolton (1992, 1997, 2000; Ferry y Wolton, 1992), Enrique Bustamante (1982, 1997a, 1997b, 1999, 2000, 2002), Thierry Vedel (1996), Miquel de Moragas (1985, 1995, 2000), Giuseppe Richeri (1984, 1996), Tomás Maldonado (1998), Phiplippe Quéau (2002) y Daya Thusu (1998, Boyd-Barret y Thusu, 1992). Es en esta corriente que debe ubicarse al prolífico y, en muchos temas, innovador pensamiento y producción latinoamericanos. Así, académicos, investigadores y gestores de la talla de Antonio Pasquali (1978, 1990), Luis Ramiro Beltrán (1980), Valerio Fuenzalida (1986, 2002), Ana María Fadul (1986, 1996), Héctor Schmucler (1981, Mattelart y Schmucler, 1983), Aníbal Ford (1999, Becerra, 2003b), Mario Kaplún (1987, 1998) y por supuesto, en las últimas dos décadas Jesús Martín Barbero (1987 y 1999) y Néstor García Canclini (1989, 1990, 1995, 1998, 1999a y 1999b), aunque por la particular relectura de estos dos últimos respecto de los procesos de construcción de hegemonía, algunos de los primeros suelen criticarlos por su presunto hincapié en el “consenso” más que en la “coerción” ejercida en dichos procesos de construcción hegemónica.
    Buena parte de las reflexiones y análisis de esta corriente, integrada en rigor por una cantidad de investigadores que difícilmente puedan ser enumerados en este trabajo, ha focalizado como objeto de estudio a las políticas públicas. Una de las principales razones de esta coincidencia radica en que durante casi todo el Siglo XX se entendió que las políticas de comunicación (incluso antes de la formalización conceptual de estas políticas) eran políticas públicas. Por tanto, estas políticas expresaban las condiciones en las que cada Estado se vinculaba con la sociedad en la que estaba inmerso, a la hora de ordenar, definir modalidades de gestión (que en la mayoría de los países significó gestionar, con un modelo de mercado monopólico con el Estado como único operador de bienes y servicios info-comunicacionales de telecomunicaciones y de audiovisual), regular, proyectar.
    En consecuencia, los estudios de las políticas de comunicación tuvieron un desarrollo contemporáneo fuertemente ligadas a los modelos de Estado y a las agendas que estos construyeron. Con el proyecto de la Sociedad Informacional asumido orgánicamente por algunos de los principales Estados (y entidades supra-estatales) del planeta, ocurre algo análogo: el foco de atención lo constituyen los programas y proyectos que, mencionados en el punto “III.C.”, son asumidos por gobiernos y organizaciones gubernamentales con el objetivo de impulsar políticas de aliento a la construcción de sociedades informacionales.
    El concepto de “servicio público” (nota 5) que guió el desarrollo de los productos audiovisuales y el de “servicio universal” que acompañó a las telecomunicaciones son replanteados en el marco de la desregulación y liberalización de las actividades de información y comunicación, por lo que el acceso y la apropiación de bienes y servicios de info-comunicación tienden a convertirse en ejes cardinales de preocupación de la mayoría de los autores mencionados en esta línea de pensamiento sobre políticas de comunicación.


    5. “El servicio público está asociado a las actividades audiovisuales, mientras que el servicio universal está vinculado a las telecomunicaciones. En ambos casos, está implicada la noción de acceso: en audiovisual el servicio público conlleva la satisfacción a la recepción de frecuencias y en telecomunicaciones, el servicio universal debe garantizar el acceso a la red” (Becerra, 2003a: 116). En América las telecomunicaciones se guiaron según el principio del servicio universal (garantizar la cobertura a los ciudadanos independientemente de su lugar de residencia y de su situación económica), aunque el audiovisual se guió por el principio de “interés público”, con lo que el Estado no garantizaba el mismo precepto que en telecomunicaciones. En Europa desde la segunda posguerra y hasta los años noventa del Siglo XX, tanto las telecomunicaciones (servicio universal) como el audiovisual (servicio público) fueron gestionadas por el Estado con el principio de garantizar el acceso. Estos servicios eran ""propios o impropios, fuera por el desinterés del capital o por las grandes inversiones o por las grandes inversiones que implicaban (sistemas televisivos) o por las funciones de los Estados"" (Zallo, 1988: 8).

    III.e. La "investigación crítica”

    Contemporáneo a la consagración del proyecto de sociedad informacional por parte de los principales entes gubernamentales en los años noventa se advierte, asimismo, un incremento de la producción en investigación crítica a partir de la perspectiva de la economía política en la comunicación, como conjetura conceptual válida de abordaje de las transformaciones en curso. Esta corriente comparte planteos y autores con la reseñada anteriormente, pero enfatiza la centralidad económica de los procesos y actividades culturales, comunicacionales e informacionales. Referentes como Herbert Schiller (1971, 1974, 1976, 1986, 1993, 1996), Armand Mattelart (1982, 1983, 1993, 1998, 2002a, 2002b), Vincent Mosco (1988, 1994, 1996), Nicholas Garnham (1990a, 1990b, 1996), Peter Golding (1998), Bernard Miège (1986, 1987, 1989, 1992, 1997, Huet, 1978 y Becerra 1998a y 2002), Gaetan Tremblay (2003, 1996, Lacroix y Tremblay, 1995), Patrice Flichy (1982, 1993, 1995), Jean-Claude Burgelman (1994, 1996, 1997; Arlandis y Burgelman, 1999, Punie, Burgelman y Bogdanowicz, 2002), Ramón Zallo (1988, 1992, 1995, 2000), Juan Carlos Miguel de Bustos (1993, 1996), César Bolaño (2000, Mastrini y Bolaño, 1999), Heriberto Muraro (1987), Claudio
    Katz (1997, 1998, 2001), Guillermo Sunkel (1999, 2001), Frank Webster y Kevin Robins (Webster y Robins 1986, 1995, 2000, Robins y Webster, 1987) , Robert McChesney (1993, 1998a, 1998b, 2002) o Manuel Castells (1994, 1995, 1997, 1998, 2001) ponen el acento en el cambio de modo de desarrollo, que algunos de ellos nombran como modo de acción, proceso que independientemente de los términos, es protagonizado por las actividades info-comunicacionales. El influjo directo de estas actividades en el conjunto de los procesos productivos (sean o no comunicacionales) es el disparador del interés de muchos de los autores mencionados por el proyecto de la “Sociedad de la Información”.
    La transformación de los procesos y circuitos productivos, las rutinas laborales afectadas por la diseminación urbi et orbe de las tecnologías que permiten procesar y comunicar volúmenes de información inimaginados hace sólo cuarenta años, es entonces uno de los principales temas que ocupa al pensamiento sobre la economía de la info-comunicación. La naturaleza intangible de muchos de los intercambios económicos (básicamente los financieros) que afectan la estructura productiva y la performance de países y regiones enteras del planeta se retroalimenta con las tendencias globalizadoras del capital que también atienden, como objeto crítico de análisis, algunos de los autores de esta línea de aproximación a la economía política de la comunicación.
    Los cambios que se consolidan en las diferentes industrias de la información y la comunicación en las últimas décadas contribuyen a fomentar la asociación entre comunicación y aspectos económicos en una escala nunca antes registrada. De hecho, si por ejemplo en Europa y América Latina los primeros años ochenta incluían en la agenda del debate comunicacional varias manifestaciones no económicas (al menos no centralmente definidas por el intercambio económico) en el campo designado como “comunicación social”, hoy esas manifestaciones van quedando reducidas a espacios cada vez más alternativos.
    La doble faceta de la comunicación, que como recurso es infinito pero que sin embargo responde crecientemente a una lógica de intervenciones económicas, lógica que paradójicamente suele expandirse bajo la coartada de los bienes escasos, se perfila como un instrumento ideal para abordar el análisis de la sociedad de la información. Más aún cuando “el carácter mercantil que adquiere el uso de los recursos informacionales implica su sometimiento inevitable a las leyes que gobiernan la producción y realización general de mercancías” (Torres López y Zallo, 1991: 64).

    IV. En resumen

    En las páginas precedentes se ha intentado fundamentar los motivos y enunciar las dificultades inherentes a la ineludible tarea, desde los estudios de la comunicación, de describir e intentar comprender los cambios actuales, determinantes de (y determinados por) la extensión de los flujos de infocomunicación mayoritariamente guiados por una lógica comercial, concentrada, convergente y centralizada.
    Los movimientos de los flujos infocomunicacionales, posibilitados gracias al salto tecnológico convergente experimentado por las actividades de telecomunicaciones, informática y audiovisual desde los años setenta, han alentado la progresiva configuración de un proyecto, inacabado, que es llamado “Sociedad de la Información”. La heterogeneidad de actores, propósitos, acciones, desarrollos y consecuencias sociales, culturales, políticas y económicas, en el marco de la sociedad informacional, son síntoma de su carácter procesual y de su neta actualidad en las distintas latitudes del
    mundo.
    A pesar de las dificultades que entraña la reflexión sobre lo complejo, se han reseñado algunas de las más importantes líneas de trabajo que aportan significados a esa complejidad. Esas líneas, referidas a los principales procesos que son aludidos con la “Sociedad de la Información”, aspiran a completar un mosaico analítico consistente que permita elucidar hechos y anticipar prognosis acerca de las tendencias de desarrollo próximo de dichos procesos. La importancia de esa tarea en el campo de las ciencias sociales y humanas es clave, toda vez que se trata del desafío de comprender críticamente los cambios sociales contemporáneos en relación directa con la diseminación de
    los recursos de información y comunicación. Recursos y flujos multiplicados, concentrados, interconectados y ubicuos como nunca antes en la historia del hombre.



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    Martín Becerra 

    M. Becerra


    Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina) 
    y catedrático Unesco de Comunicación InCom-UAB 2005.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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