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    sábado, 20 de agosto de 2016

    “Los intelectuales ya no son los sacerdotes del mundo”


    Gilles Lipovetsky


    Vacaciones, calor, fiestas, lujo, placer... Estos días cesan al fin las obligaciones, y el goce de vivir y el disfrute de los sentidos toman protagonismo. Por eso El Cultural ha conversado pausadamente con el filósofo francés Gilles Lipovetsky (1944), que vuelve a reflexionar sobre el tema en Le luxe éternel (El lujo eterno), de reciente aparición en Gallimard. Estamos en la Universidad de La Sorbona, tras una conferencia multitudinaria, y el autor de El Imperio de lo efímero nos atiende con cordialidad. Lipovetsky es uno de los filósofos franceses más reconocidos internacionalmente. Sus libros sobre las mutaciones acaecidas en los códigos sociales y morales de las sociedades modernas han llegado ser auténticos best- sellers y se han traducido a una veintena de lenguas. Discípulo y amigo de Jean François Lyotard, con quien compartió militancia en Pouvoir Ouvrier, se erigió en el exegeta del posmodernismo (él mismo acuña ahora la denominación de hipermodernismo).


    LOURDES VENTURA | 03/07/2003



    Observador, con Baudrillard, de los fenómenos de la seducción, Lipovetsky mantuvo desacuerdos con Finkielkraut. En realidad, nada de lo humano le es ajeno a este profesor de filosofía de Grenoble que con La era del vacío edificó el discurso del individualismo y narcisismo contemporáneos, y se convirtió en el pensador de referencia de la modernidad. Conferenciante por todo el mundo, este filósofo que gusta de provocar y agitar los dulces sueños platónicos de sus colegas que no pisan la realidad, afrontó en su ensayo El crepúsculo del deber el tema de las nuevas éticas, y más tarde despertó la irritación de un sector del feminismo con su libro La Tercera Mujer. A nadie deja indiferente, pero todos acaban reconociendo la audacia y complejidad de su pensamiento.

    Las apariencias y el exceso

    -Da la impresión de que usted da otra vuelta de tuerca a la idea de Lyotard de que la reflexión posmoderna tiende a “ la incredulidad ante las metanarrativas de la historia”. En El imperio de lo efímero ofreció una relectura de las estructuras que han determinado la organización social de la moda y ahora analiza los cambios producidos en la dinámica social del lujo. ¿Sigue postulando la reinterpretación de estos fenómenos? 

    -Lo que yo hago es retomar una cuestión de larga tradición en la historia del pensamiento. Desde Platón a Epicteto, pasando por Rousseau y Voltaire, hasta llegar a los análisis clásicos de Thorstein Veblen, las apariencias y el exceso no han dejado de suscitar el interés de la filosofía. En el último medio siglo la comunidad erudita ha considerado el fenómeno como un tema inferior que no ha merecido aportaciones teóricas o conceptuales de interés. Estamos siendo testigos de importantes cambios en la esfera del lujo. Asistimos a la gran expansión del mercado de los productos sofisticados, con la consiguiente democratización de un consumo anteriormente reservado a unos pocos. Pero no se trata únicamente de una nueva dimensión económica (una institución antes artesana y exclusiva se convierte ahora en masiva, mediática y globalizada). Existe un factor novedoso en relación al individualismo contemporáneo. “El lujo me tranquiliza”, es un anuncio de unos grandes almacenes de París. Hoy todos queremos tener derecho al bienestar, al goce estético, a los placeres, a la paz material y espiritual. Para el individuo contemporáneo el lujo implica una categoría subjetiva, menos ligada a la ostentación y al aparentar, y más vinculada a lo emocional. 

    Arqueología del lujo

    -Usted viene a decir que el lujo forma parte de la inteligibilidad de las sociedades humanas desde sus mismos orígenes.

    -Así es. Al remontarnos a la arqueología del lujo, cuando leemos a los etnólogos y a los antropólogos, llegamos a la conclusión paradójica de que el lujo surge antes de que exista la riqueza. Lo que yo llamo espíritu de lujo ha precedido en la historia de la humanidad a la aparición de los objetos suntuarios. De los análisis de Marshall Sahlins podemos deducir que incluso antes del desarrollo de las “artes de la civilización”, en los pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores del paleolítico ya se daba una lógica del lujo, una tendencia a la dilapidación y al intercambio ritual para asegurar los vínculos comunitarios, pero también para comunicarse con las fuerzas de lo invisible, con los espíritus del más allá. De modo que desde la edad de piedra podemos hablar de una tendencia al gasto superfluo. Incluso en situaciones extremas para asegurar la manutención del porvenir, en las ocasiones festivas, las sociedades del paleolítico despilfarraban sus recursos sin mirar al mañana. Es el intercambio ceremonial, el espíritu de largueza y no la acumulación de bienes de gran valor lo que caracterizaba el lujo primitivo. De modo que no se puede comprender el lujo primitivo sin encuadrarlo en un orden social y simbólico donde se entremezclan aspectos económicos y relacionales, metafísicos y mágicos. 

    Principios de la desigualdad

    -En su recorrido por la historia del lujo, la dimensión espiritual se va a entrelazar con el orden jerárquico y la aparición de las clases sociales.

    -Sólo a partir del IV milenio a. C. encontramos sepulturas diferenciadas socialmente. Por un lado estaban los enterramientos humildes, desprovistos de toda ofrenda, y por otro las tumbas principales con cerámicas finas, joyas preciosas y ornamentos de prestigio. El lujo en esta instancia aparece como mediador entre la otra vida y el cosmos jerárquico de la tierra. El advenimiento de las jerarquías teológico-políticas se tradujo en la división social, en la desigualdad en los modos de alimentarse, de vestir, de vivir y hasta de morir, por tanto se institucionaliza el lujo público y el lujo privado. Es la época de los monumentos funerarios grandiosos, de los palacios y la suntuosidad, elementos que reforzaban el poder y la superioridad jerárquica. Símbolos vinculados a los principios de la desigualdad pero también al deseo de inmortalidad y de reconocimiento de los poderosos. Esa necesidad de recibir honores y distinciones a través de la dilapidación suntuaria, va a continuar en el mundo greco-romano. Los notables van a rivalizar en el despilfarro. 

    -Según su punto de vista, en las sociedades modernas hemos pasado del lujo representativo, elitista y ostentoso, a un lujo más democrático y emocional. Lujo para todos. ¿No parece algo utópico?
    -Cuando hablo de una nueva edad del lujo me estoy refiriendo no sólo a los cambios significativos que han tenido lugar en los aspectos de la oferta, sino también a las nuevas motivaciones de la demanda. La individualización, lo emocional y la democratización son los procesos que tienen lugar en la cultura contemporánea del lujo. Esto no quiere decir que hayan desaparecido el deseo de aparentar y la búsqueda de la distinción social mediante signos demostrativos de riqueza. El derecho a sentirse bien con uno mismo, el deseo de vestirse conforme al estilo propio, o el hecho de tener un coche de alta gama (o alojarse en un gran hotel), se lleva a cabo para el propio placer y no para ser admirado, y esa dimensión subjetiva ha llegado a ser dominante. Todos los observadores del consumo reconocen el estancamiento de los productos de primera necesidad y el crecimiento de productos “especiales”. Y esto se ve en la alimentación, en los viajes, en el ocio, en la decoración y en el enorme mercado estético. Todo el mundo quiere disfrutar de aquello que puede hacerle sentirse mejor. Hace algunas décadas, una frase resumía la impotencia para acceder a ciertos caprichos: “eso no es para nosotros”, se decía en las clases más desfavorecidas. El espíritu de hoy se pregunta: ¿por qué no para mí? El lujo ha entrado también en la dinámica acelerada de lo que yo llamo el hiperconsumo. No hay un sólo modo de lujo, sino muchos lujos diversos y adaptados a cada bolsillo. Lujo a la carta: un europeo de cada dos ha consumido a lo largo del año pasado algún producto de lujo.

    -Gran parte del mercado del lujo tiene su punto de mira en las mujeres. Usted habla de la feminización del lujo. ¿Está diciendo que la mujer seguirá más vinculada que el hombre al mundo de las apariencias? 
    -La feminización del lujo es un fenómeno reciente. Hasta el siglo XVIII el lujo fue cosa de hombres. Al reinterpretar la cuestión del lujo hay que hacer también una reevaluación de las divisiones sociales de los sexos en el pasado. Lo suntuoso y la prodigalidad constituyeron los grandes vectores del poder masculino, desde las sociedades primitivas hasta la Revolución Francesa. El inventario del vestuario masculino en la Roma del Renacimiento revela el lugar preponderante de los hombres en cuestiones de apariencia. El gran cambio se produce en el XVIII, coincidiendo con el auge de los comerciantes de ropa femenina, y se institucionaliza en el XIX, en torno a la Alta Costura y a la popularización de las artes decorativas entre las capas sociales burguesas. Sin duda, en el siglo XX la liberación de la mujer ha dado un nuevo giro a la feminización del lujo. En las sociedades occidentales la mujer ya no depende económicamente del marido. Las tendencias, sin embargo, no contemplan cambios: las mujeres seguirán siendo las grandes consumidoras de este mercado. Su relación con la moda, con la belleza y la permanencia de los roles en la organización de la casa llevan a suponer que gran parte del consumo de artículos de lujo seguirá conjugándose en femenino. 

    Hiperconsumo sin fronteras

    -En Le débat acaba de publicar un extenso análisis sobre lo que llama la “sociedad de hiperconsumo”. Dice que es paralela a una espiral de ansiedad y a la búsqueda de sentido por parte de los ciudadanos. Sostiene que hay que seguir interrogándose sobre el nuevo “totalitarismo mercantil”. ¿Qué dirección lleva este hiperconsumo sin fronteras? 
    -Hay que hacer un intento por ver la complejidad de las mutaciones en las dinámicas del consumo. Hacia finales de los 90 los observadores señalaban una crisis en las sociedades de la abundancia: perdida del apetito consumista, indiferencia por las marcaz. éste titular apareció en L’Express: “¿Y si nuestro fin de siglo anunciase el final de la sociedad de consumo?” . Nada más lejos. El cambio a un sistema globalizado de redes de información, la modificación de actitudes en el seno de nuestras sociedades y la búsqueda de la calidad de vida por encima de la acumulación de bienes surgen como algunas de las consideraciones que han modificado el tipo de sociedad de consumo vigente hasta los años 90. Estamos ante un nuevo rostro del consumo de masas, desde el punto de vista de la demanda. El perfil del consumidor hipermoderno es flexible y nómada, volátil y transfronterizo, inestable y fragmentado, exigente y ético. La observación y el control se deberían focalizar sobre la presión creciente de la oferta, con unas técnicas de marketing cada vez más omnipresentes y sofisticadas; pero mi tarea consiste en realizar un análisis teórico y descriptivo del fenómeno y advertir de sus metamorfosis. Propongo interpretaciones que luego deben ser retomadas por otros ciudadanos desde sus perspectivas: los políticos, los economistas, los sindicalistas, las asociaciones de consumidores, los ecologistas. No soy catastrofista y creo que la sociedad de hiperconsumo no va a acabar con los ideales sociales. Los derechos del hombre, las libertades públicas e individuales, la tolerancia, la repulsa de la violencia y la crueldad, el amor y los valores afectivos no corren peligro de desaparecer en la apoteosis consumista, como piensan algunos apocalípticos.

    -Su tarea de interpretar los fenómenos del mundo contemporáneo para abrir otras líneas de pensamiento coincide con su idea democrática de que el conjunto del cuerpo social es más inteligente que un genio dispuesto a cambiar el mundo.

    -Creo que ha pasado ya el momento en el que los intelectuales se presentaban como los nuevos sacerdotes del mundo, llevando en su cabeza la solución a todos los problemas universales. Yo me siento simplemente un demócrata que observa algunos hechos y no me dispongo a reformar la sociedad, sino a comprenderla, porque creo que la sociedad debe ser reformada por el conjunto de los ciudadanos.

    Responsabilidades morales

    -Gran parte de la opinión pública internacional manifestó su oposición a la intervención armada en Iraq. ¿Cómo valora está movilización, mayoritariamente joven?
    -Aquí se ve un claro ejemplo de las nuevas responsabilidades morales de los jóvenes. Lejos de caer en el egoísmo, lo que yo he llamado el nuevo individualismo responsable coincide con “la moral de la piedad universal” de Nietzsche. Al menos desde Occidente, a fuerza de vivir sin grandes privaciones concebimos el sufrimiento del otro como intolerable. Las nuevas condiciones de bienestar dejan al descubierto la conmoción ante las injusticias.

    Política de la inteligencia

    -Es miembro del Consejo Nacional de Programas de Educación en Francia, y ha hablado de que deberíamos aspirar a entrar en una “política de la inteligencia”. ¿Qué papel juega la educación en la construcción de un futuro más justo?
    -Uno relevante. Creo que tenemos que exigir políticas más competitivas, con individuos mejor preparados, más humanistas. La eficacia social y política pasa hoy por la inteligencia, la cualificación y la innovación para afrontar conflictos cada vez más complejos. Son necesarias políticas de formación y capacitación a medio y largo plazo. La inversión en educación y formación se traduce en instituciones con funcionamientos más acertados a la hora de enfrentarse a los grandes problemas de nuestro tiempo. Estamos aprendiendo a movernos en una sociedad de redes y nuevas tecnologías; se necesitan personas cada vez más especializadas para la adaptación de todos a este nuevo universo, porque de lo contrario quedaran en el camino los nuevos analfabetos del siglo XXI. Los conflictos actuales no pueden ser resueltos solamente a base de voluntarismo moral ni tampoco en términos de competitividad. Deberíamos ser capaces de aspirar a unas políticas más humanistas que valoren la reflexión, la inteligencia y la creatividad como vehículos para acercarnos a la resolución de las profundas fracturas sociales. 

    http://www.elcultural.com/revista/letras/Gilles-Lipovetsky/7430

    Gilles Lipovetsky


    Gilles Lipovetsky: "los ciudadanos saben que la política es impotente frente al mercado"

    El intelectual francés, que llega esta semana al país, retrata una época de individualismo excesivo que cuestiona las instituciones, entre la felicidad ideal y la incertidumbre real
    LA NACION DOMINGO 18 DE MAYO DE 2014



    PARIS.- Existió la modernidad y la posmodernidad. Y hoy el mundo se encuentra sumergido en pleno frenesí hipermoderno. Ésa es la teoría del francés Gilles Lipovetsky, uno de los intelectuales preferidos del público argentino.

    Sociólogo, filósofo, pensador difícil de catalogar, a los 70 años, Lipovetsky es capaz de analizar con la misma agudeza los hábitos consumistas, la predominancia de Internet sobre las relaciones familiares, el lujo, el arte e incluso la liviandad que caracteriza nuestra época, tema de un próximo libro que se publicará en francés en enero próximo.


    Desde La era del vacío, publicado en 1983, Lipovetsky persiste en explorar el triunfo del individuo y las profundidades del narcisismo, erigido en modus vivendi de las sociedades occidentales. Para él, han desaparecido la ideología y la fe en un porvenir radiante, características propias de la modernidad. Lo mismo sucedió con las reivindicaciones libertarias del posmodernismo durante las décadas del 60 al 90.

    Fue entonces cuando llegó lo que llama la "hipermodernidad", un período en el que cada aspecto de la existencia presenta una parte de exceso y una dualidad en la cual, más que nunca, la frivolidad esconde una profunda ansiedad. "Vivimos sumergidos en imágenes felices en contradicción con nuestra cotidianeidad, en la cual todo es complicado, el futuro incierto y la vida privada agitada por sobresaltos permanentes", dice.


    Pero, definitivamente optimista, para Lipovetsky es necesario evitar un juicio totalmente peyorativo sobre ese proceso: "La mundialización encierra más promesas que amenazas para el hombre moderno", dice, en diálogo con la nacion en vísperas de su llegada a Buenos Aires.

    Invitado por la Fundación OSDE, pasado mañana dará una conferencia sobre "La sociedad del hiperconsumo"

    -Desde hace más de 20 años, usted afirma que las sociedades occidentales democráticas han entrado en un nuevo ciclo de la cultura del individualismo: "la segunda revolución individualista", producto -a su juicio- del consumo y la comunicación de masas a partir de los años 50. ¿Por qué "segunda revolución"?

    -Porque se inscribe en la continuidad de los valores del modernismo democrático en vigor desde los siglos XVII y XVIII. Es decir, la valorización del individuo autónomo, libre, igual a su prójimo. Ese individualismo, sin embargo, permanecía fuertemente anclado en la moral, las grandes ideologías, las rigideces normativas que contrarrestaban la autonomía individual. Eso fue precisamente lo que hizo estallar la época del consumo y la comunicación masivos. A partir de entonces, la espiral individualista se generalizó. Este proceso coincidió, además, con el retroceso de estructuras sociales rígidas y pesadas. Hoy, cada uno se ha transformado en legislador de su propia vida.

    -¿Cuáles son las características de esta cultura del hiperindividualismo?

    -Sus rasgos fundamentales son la expansión de la autonomía subjetiva, el hedonismo del presente, el culto del cuerpo, el culto de lo psíquico y lo relacional, y, naturalmente, el derrumbe de las grandes ideologías.

    -¿Se podría agregar también el culto al consumo y el mercado?

    -Naturalmente. El mercado tiene una importancia fundamental en todo este proceso que, desde luego, se acelera cada vez más.

    -En otras palabras, no hay retorno posible?

    -No. No creo que haya contramodelo o contraalternativas. Nuestro mundo actual reposa sobre tres grandes líneas que estructuran la sociedad occidental: el dinamismo tecnocientífico, el mercado y los derechos del individuo democrático. Hoy nos hallamos en un modernismo extremo, reconciliado con esos principios. Pero reconciliado no quiere decir tranquilo, sin contradicciones, excesos o tensiones: las finanzas, los medios de comunicación, Internet, la moral, la política? Todas esas esferas están afectadas por la escalada del "siempre más".

    -Para usted, ni siquiera el terreno estético escapa al fenómeno. En su último libro, L'Esthétisaton du monde (en proceso de traducción al español), afirma que hemos entrado en un extraño planeta en el cual los valores económicos y estéticos se mezclan y se confunden.

    -El capitalismo destruye empleos, desfigura paisajes, contamina la atmósfera, agota las materias primas y a veces quiebra a los individuos. Pero también es el sistema que produce y distribuye bienes estéticos a gran escala. Esa dinámica comenzó a mediados del siglo XIX en forma limitada con las grandes galerías comerciales, y siguió con el diseño industrial, la publicidad, el cine y la música. Hoy nos hallamos en la etapa hiperbólica de ese sistema marcado por la inflación estética. En nuestros días no existe un solo objeto que no esté sujeto al design. Los productos cotidianos, que antes no se veían sometidos a la búsqueda estética, se han transformado en accesorios de moda: cepillos de dientes, anteojos, ¡hasta el papel higiénico! Ese paradigma estético es hijo del capitalismo del consumo.

    -¿Qué es un homo aestheticus?

    -La aspiración generalizada del hombre actual es la belleza y la emoción. Hoy todos tienen ese tipo de sensibilidad: quieren los últimos jeans de moda, escuchan música, viajan, decoran y redecoran sus interiores, van a los institutos de belleza regularmente. El turismo de masas es exactamente eso: una aspiración generalizada a ir a ver hermosos paisajes y obtener placer. Hay que recordar que no siempre fue así. Antes había que ir a trabajar la tierra. Al regresar, se comía y se dormía. Esto no es un juicio de valor, es solamente la constatación de que nadie escapa al fenómeno.

    -¿Ese hiperindividualismo también se manifiesta en el terreno político?

    -Sin duda. La gente ha dejado de votar, de comprometerse. Y aquellos que votan lo hacen en general "en contra". La política tradicional cada vez interesa menos y las crisis aceleran ese proceso. Los ciudadanos saben que la política es impotente frente al mercado y a las finanzas, mientras que los partidos políticos, tanto de derecha como de izquierda, tienen un discurso prácticamente análogo.

    -Usted afirma que la juventud se construye hoy a través del consumo. ¿Quiere decir que el fenómeno toca en particular a los jóvenes?

    -No necesariamente. ¿Cuándo viajaron tanto como ahora los jubilados? ¿Cuánto dinero mueve esa capa generacional de las sociedades occidentales? No son únicamente los jóvenes quienes utilizan los celulares inteligentes o las tabletas o que recurren a la cirugía estética?

    -En otras palabras, ¿vivimos una época de liberalismo económico soft, donde la hiperglobalización tampoco es demasiado nociva?

    -La globalización es una suerte para los países en vías de desarrollo, como China, Brasil o el continente africano. Se terminó el imperio de Estados Unidos o de Europa. Ahora, todo el mundo cuenta. La mundialización encierra más promesas que amenazas para el hombre moderno.

    En su libro Occidente globalizado, escrito con el economista Hervé Juvin, Gilles Lipovetsky afirma que el actual proceso de globalización no debe ser percibido únicamente como productor de homogeneidad, sino como "paradojal": fuente de uniformización, es verdad, pero también de diversidad cultural. Un análisis que le permite establecer un retrato de un Occidente que, convirtiéndose en la norma, ha dejado de ser el centro del mundo.

    -A partir de la época de la Escuela de Fráncfort en los años 50, pasando por Baudrillard o Marcuse, la sociedad de comunicación de masas está bajo el fuego de las críticas. Televisión, Internet, redes sociales? ¿Cuál es su opinión al respecto?

    -Es innegable que la televisión tiene efectos sobre el comportamiento y la sociabilidad. Internet y la televisión participan en el repliegue del individuo hacia la esfera privada. Pero no creo en una televisión que impida a la gente decidir. El individuo hipermoderno pone en tela de juicio todas las instituciones, y en particular la televisión. Todos critican la televisión. Creo que, lejos de hipnotizar, la televisión empuja la gente a reflexionar cada vez más.

    -En cuanto a las redes sociales, ¿no hay una contradicción en el hecho de hacer todo lo posible para tener "amigos" virtuales en una sociedad hiperindividualista?

    -Yo diría más bien que estamos ante una innegable forma de narcisismo. La gente no es pasiva frente a Internet y las redes sociales: se ponen en escena y cada uno se vuelve actor. Cada uno pretende demostrar su capacidad creativa e intenta así existir frente al otro en una sociedad que olvida todo demasiado rápido. Eso le permite construirse una identidad virtual conectada al consumo, la moda y los propios gustos. Una identidad casi totalmente desconectada de la que recibió, lejos del peso de las tradiciones y las instituciones.

    -Hay quienes afirman que este hombre hipermoderno ha dejado de ser lo que era. Como si el siglo XXI hubiese visto el nacimiento de una suerte de mutante, que no tiene nada que ver con el anterior.

    -Sí. Hay muchos que lo piensan, pero no es mi caso. A pesar de todos esos cambios en su comportamiento, su forma de relacionarse con el resto de la sociedad y sus aspiraciones, creo que el hombre hipermoderno es la prolongación de sus ancestros. No hubo fractura en el proceso de evolución al que nos referimos al comienzo de la entrevista. Sólo una aceleración de fenómenos que responden, sobre todo, a los avances tecnológicos.

    -¿A su juicio, constituye esta nueva era un progreso para la humanidad?

    -Todo depende de la óptica que se utilice. Es un avance cuando se trata del derecho a la autodeterminación, a construir su propia vida. Que las mujeres puedan decidir cuándo tener hijos, que la gente pueda escoger el momento y la persona con quien casarse, la profesión que quiere ejercer, si quiere practicar una religión o no, la situación actual es definitivamente positiva. Es verdad que simultáneamente hay numerosos problemas que acompañan ese fenómeno: las carencias de una comunicación masiva que provoca aislamiento, la relación individual con el trabajo, las dificultades para construir la propia identidad. Las sociedades de hiperconsumo crean necesidades que con frecuencia no pueden ser satisfechas, y esto crea cada vez más frustración. Pero, ¿quién querría volver atrás?

    -¿Se podría decir que ese hiperconsumismo está caracterizado por una felicidad ilusoria o por una satisfacción efímera?

    -Así es. Se trata de un sistema que funciona por obsolescencia, vertiginosamente, que produce una necesidad de renovación permanente. Lo que en un momento llamé "felicidad paradojal" es el hecho de que la sociedad del hiperconsumo impone imágenes de felicidad, de bienestar, imágenes luminosas totalmente opuestas a nuestras sociedades sumidas en la ansiedad. Vivimos sumergidos en imágenes felices en contradicción con nuestra cotidianeidad, en la cual todo es complicado, el futuro incierto y la vida privada agitada por sobresaltos permanentes.

    -En otras palabras?

    -Cuanto más se multiplican los placeres privados, más se afirman las frustraciones de la vida íntima, las ansiedades y depresiones, las decepciones afectivas y profesionales. Si la sociedad de hiperconsumo no se parece al infierno descripto por sus detractores, tampoco es la sociedad de puertas abiertas a la felicidad.

    -¿Cuál es para usted el sistema social ideal?

    -El social-liberalismo practicado en los países de Europa del Norte, donde se combate la desigualdad y se deja funcionar el mercado sin intervención permanente del Estado.

    - ¿Y usted cree que eso será fácil de lograr para el resto del planeta?

    -Soy pesimista. Si bien la democracia se ha vuelto prácticamente planetaria, el verdadero problema es que se trata de una democracia "no liberal". ¿Acaso el modelo de democracia practicado en los grandes países de Occidente terminará por generalizarse? No creo demasiado en el triunfo de la igualdad, sino más bien en el aumento de las desigualdades. Veo venir un mundo habitado por hipermillonarios y los otros. Un mundo donde unos pocos países tendrán éxito y los demás quedarán relegados.

    De cara a su viaje a la Argentina, Lipovetsky dice estar sorprendido "del interés y la generosidad que manifiestan los argentinos" por sus trabajos.

    -¿No será porque sus reflexiones sobre la transformación de valores y comportamientos de los individuos en esta sociedad hipermoderna tocan una fibra sensible en un país que sigue buscando su identidad?

    -Es probable. La Argentina es un país particular. No es un secreto para nadie que a mediados del siglo XX era, para nosotros los europeos, una de las naciones destinadas al mejor de los futuros. ¿Qué pasó después...? ¿Por qué el país terminó siendo superado económicamente por Brasil, e incluso por Chile? En todo caso, es una pena que ese proyecto se haya frustrado.

    MANO A MANO

    Su próximo libro probablemente sea una vez más un éxito de librería. No sólo porque Gilles Lipovetsky es uno de los más agudos observadores de la sociedad contemporánea. O porque su estilo, siempre empático y picante, provoca en el público una atracción particular. Esta vez será por el tema escogido: la liviandad. ¿Liviandad de qué? "De todo en este mundo hipermoderno en el que vivimos", afirma. "Todo es liviandad: las relaciones sociales, la industria de lo infinitamente pequeño y liviano, la duración de los sentimientos, la perseverancia de las convicciones?" Lipovetsky pasó un año investigando el tema. De ese trabajo resultó un tratado de más de 400 páginas que será publicado en Francia en enero próximo. ¿Por qué se le ocurrió ese tema? En realidad, tantos años de observación de nuestras sociedades occidentales le permitió llegar a la conclusión de que una de las "células madre" de la hipermodernidad es precisamente su levedad. ¿Cuándo podrán leerlo los argentinos en español? No demasiado pronto. Por el momento, la editorial Anagrama está terminando la traducción de L'esthétisation du monde, aparecido el Francia en 2013.

    UN FUTURO POSIBLE

    Afirma que se vive una occidentalización del mundo, pero algunos países dejan dudas...


    "Esa afirmación no quiere decir que necesariamente la cultura occidental prevalecerá sobre todas las demás, sino que lo que Occidente ha aportado como vector universal al planeta -lo que llamé los cinco ejes de la modernidad- se generaliza." (Para Lipovetsky, esos cinco ejes son: el capitalismo; el consumo; las tecnociencias, que mundializan no sólo las máquinas, sino también formas de pensamiento y acción; el ciberespacio, y la cultura mediática. Y el individualismo, que encierra los principios fundamentales éticos y políticos de los derechos humanos, pero también su traducción social.) "El mercado es una invención de Occidente que se ha globalizado, lo mismo que la lógica de la competencia y la rentabilidad que lo acompaña. Sucede lo mismo con el consumo, pues no existe un rincón en el planeta que no aspire al bienestar que procura la renovación sistemática de productos. En cuanto a la tecnociencia, en todas partes se trata de domesticar la energía atómica, acceder a Internet o explorar el espacio. Se mundializan los gestos ligados a la tecnología, sin olvidar la lógica de la mediatización, que domina el planeta con Internet, el cine y la televisión."

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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