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    viernes, 29 de julio de 2016

    Pensar el siglo XX: intelectuales y políticos en el siglo XX Tony Judt Timothy Snyder (PDF del libro)



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    Thinking the Twentieth Century: Intellectuals and Politics in the Twentieth Century 
    [Pensar el siglo XX: intelectuales y políticos en el siglo XX] 
    Tony Judt & Timothy Snyder - William Heinemann, Londres, 2012

    En este maravilloso libro dos exploradores emprenden un viaje del que sólo regresará uno de ellos. Su tierra incógnita es ese continente a menudo pavoroso que llamamos siglo XX. Su ruta discurre a través de la mente y los recuerdos de ambos. Los dos son historiadores profesionales todavía atormentados por sus propias preguntas aún por responder. Necesitaban hablar y no tenían mucho tiempo.

    Tony Judt, autor de Postwar, [Postguerra, Taurus, Madrid, 2006] descubrió que sufría de ELA (esclerosos lateral amiotrófica), una enfermedad degenerativa incurable. Su amigo Timothy Snyder, un historiador norteamericano más joven, se ofreció a ayudar a Judt a crear su obra final con la forma de una serie de conversaciones, recogidas y transcritas para contar con el visto bueno de Judt a lo largo de casi dos años. Judt murió en agosto de 2010, pocas semanas después de dictar un largo “epílogo” que es tan lúcido como cualquier cosas que escribiera. Tenía 62 años.      

    Los dos hablan sin notas, sin referencias ni inhibiciones. Conforme se van entusiasmando, una cosa lleva a la otra, y Snyder – en tanto que editor – no ha cometido el error de imponer un orden temático excesivo. Sí persuadió, sin embargo, a Judt de que debía hablar de sí mismo y de su vida personal, así como de sus opiniones. Tal como dice el mismo Judt en un determinado momento: "No puedes apreciar plenamente las dimensiones del siglo XX si no has compartido alguna vez sus ilusiones".

    Nacido en Londres en 1948 en una familia judía inmigrante, Judt adquirió sus compromisos, pero, sorprendentemente, pocas ilusiones. Fue un historiador  "marxistizante", pero no comunista. Dedicó en la primera parte de su carrera muchos esfuerzos a la historia de la izquierda francesa, sin aplicarse empero su arrogante supuesto de que la Revolución Rusa era meramente una continuación de 1789. Se vio brevemente “arrebatado” por los sucesos de 1968, sólo que "mi formación marxista-socialista residual me hizo sospechar instintivamente de la popular noción según la cual los estudiantes podían ser ya una –la– clase revolucionaria”.

    Únicamente el sionismo le atrapó, haciéndole caer luego en el engaño, a la edad de 15 años. Trabajó lealmente en kibutzs de izquierdas y sirvió en las Fuerzas de Defensa de Israel hasta que cayó en la cuenta de que nunca había conocido a un árabe y que la mayoría de los israelíes que andaban "por ahí" eran todo menos socialistas y étnicamente tolerantes. Desde entonces, su crítica del Estado de Israel ha sido penetrante; su artículo de 1993 en la New York Review of Books, que apelaba como solución a "un solo Estado", levantó lo que él mismo denominó una “tormenta de fuego de resentimiento e incomprensión”. En estos diálogos, vuelve a menudo y con irritación a los judíos norteamericanos  "que han decidido compartir su suerte con el Likud". Para él, "el temor de que Israel pudiera "ser borrado de la faz de la tierra" … no es verdadero temor. Es una estrategia retórica que obedece a un cálculo político".

    Aunque están de acuerdo en que los intelectuales cometieron errores temibles entre el ascenso del estalinismo y la guerra de Irak, ni Judt ni Snyder llegan a definir qué constituye un intelectual. En cierto momento, Judt afirma que a un intelectual le hace falta dejar ver que "el modo en que contribuye a la conversación del lugar resulta en principio de interés para la gente que está más allá de esa conversación. Si no, cualquier bicho raro de la política, cualquier columnista de la prensa podría reclamar el estatus de intelectual". Esto contrasta bastante con su visión de que los intelectuales norteamericanos fallaron en lo tocante a la guerra de Irak y que sólo algunos periodistas hicieron gala de integridad y coherencia. Pero en otro momento declara que "El papel del intelectual es sacar a la luz la verdad… y explicar luego por qué se trata de la verdad". Lo que no quiere es que los intelectuales ofrezcan grandes relatos o "grandes obviedades morales".

    El pecado intelectual del siglo fue, para él, "emitir juicios sobre el destino de otros en nombre de su futuro, tal como tú lo ves…" Para Judt, "la mayor historia del siglo XX" fue "cómo tanta gente inteligente pudo llegar a contarse esas historias con todas las terribles consecuencias que de ello se siguieron”. Aquí interviene Snyder. Se cita repetidamente y con gran respeto a Eric Hobsbawm en estas conversaciones, pero, pregunta Snyder: "¿Cómo puede ser que alguien que cometió esa clase de error" – seguir en el Partido Comunista – "se haya convertido con el paso del tiempo en uno de los intérpretes más importantes del siglo XX?" Contesta Judt con su observación sobre la necesidad de haber compartido las ilusiones de ese periodo, "sobre todo la ilusión comunista"; Snyder reconoce que esa experiencia le otorga a un historiador una "comprensión receptiva".

    Snyder no es en absoluto un simple apuntador, aunque la voz principal sea aquí la de Judt. Veintiún años más joven, apunta gentilmente varias lagunas en el relato que Judt cuenta de sí mismo. ¿Por qué evitó durante tanto tiempo "la manifiesta centralidad del Holocausto" en los temas que trataba, como otros especialistas académicos judíos de su generación? O bien ¿cómo puede afirmar que "No me identifico profundamente con Norteamérica, con los Estados Unidos" y, sin embargo – pocos minutos más tarde – hablar acerca de "ese fracaso nuestro, norteamericano, a la hora de encarar este tema" de Israel? Y parece desconcertado por la puntillosa costumbre de Judt de referirse a "Inglaterra", en lugar de a "Gran Bretaña", en cuestiones de cultura e identidad.

    Por otro lado, Snyder sabe cosas de la historia cultural de Europa oriental que Judt no conoce. Y es Snyder, al preguntar si los intelectuales pueden operar con vagas categorías globales, el que provoca a Judt para que proclame que "no existe eso de una 'audiencia global' … no obstante las etiquetas que dicen lo contrario, no existe nada parecido a un 'intelectual global': Slavoj Žižek en realidad no existe". Judt insiste en que es el "terreno intermedio", que sigue siendo en lo esencial la nación, el que importa: "Cualquiera seriamente preocupado por cambiar el mundo es probable, paradójicamente, que opere sobre todo en este registro intermedio".

    Con brillante elocuencia, y acordándose por lo que parece de todo lo que han leído, los dos historiadores encuentran algo sorprendente y original que decir acerca de casi todo. Judt lanza un tajo demoledor a la educación inglesa “comprehensive” [educación secundaria sin separación por nivel de aptitud] ("Gran Bretaña procedió hacia atrás, pasando de una meritocracia social e intelectual de reciente creación a un sistema regresivo y socialmente selectivo en el que los ricos podían de nuevo adquirir con dinero una educación que no estaba a disposición de los pobres"). Se muestra hosco hacia los "estudios culturales" postmodernos ("una suerte de cencerrada académica semiinconsciente") y la historia social pseudomarxista que "substituía simplemente a los 'trabajadores' por 'mujeres' o estudiantes, o campesinos, o – finalmente – gais".

    Debaten cómo la I Guerra Mundial llevó a los intelectuales no sólo al pacifismo sino también– especialmente en Italia y Alemania – a una celebración de la violencia y el derramamiento de sangre, en la que los escritores fascistas podían admirar a Lenin por su absoluta crueldad. Comparan las reacciones de los intelectuales franceses ante el caso Dreyfus con el fracaso norteamericano a la hora de manifestarse en contra de la guerra de Irak en 2003, se pregunta por qué el marxismo arraigó con tanta fuerza en países católicos, y recuerda la Gran Bretaña "socialista" posterior a 1945, supuestamente tan reglamentada, no tenía en realidad ningún plan nacional, por contraposición a las naciones del Continente.

    Pero los diálogos convergen, lentos pero seguros, en la apasionada alarma de Judt frente al mundo en el que hoy vivimos. Tanto en Postwar como en la encendida y apremiante polémica de su último libro, Ill Fares the Land, [Algo anda mal, Taurus, Madrid, 2010], Judt defendió el consenso "socialdemócrata" de los años de postguerra y demolió los cimientos intelectuales de la época de Reagan-Thatcher que vino a continuación. Hoy en día, afirma, todas las certezas de la postguerra sobre el empleo, la salud o una jubilación confortable han sido substituidas por una nueva condición de temor. "Me parece que la reaparición del miedo, y las consecuencias políticas que evoca, ofrecen el argumento más sólido en favor de la socialdemocracia que pueda presentarse ".

    Judt sugiere que el conflicto principal del siglo XX no fue simplemente el de libertad contra totalitarismo, sino el relativo al papel del Estado. Después de 1945, los reformistas liberales "forjaron estados fuertes, de elevada recaudación fiscal y activamente intervencionistas que englobarían sociedades de masas complejas sin recurrir a la violencia o la represión". Reemplazaron "la erosión de la sociedad a causa de la política del miedo" con "la política de la cohesión social basada en fines colectivos".

    Lleva razón, a buen seguro, en que deberíamos recordar ese siglo no sólo por la guerra y el Holocausto, sino por el logro más humano y magnífico de la historia. Judt y Snyder se preguntan uno al otro si haría falta un desastre, guerras incluso, para recuperar ese espíritu. No, son los intelectuales los que han de "rehacer la argumentación sobre la naturaleza del bien público". Las últimas palabras de Tony Judt tienen el fervor de su característico coraje: "Va a ser un camino largo. Pero sería una irresponsabilidad pretender que hay alguna alternativa seria al mismo".

    Neal Ascherson (1932), polifacético periodista, historiador y ensayista escocés, “acaso el estudiante más brillante que he tenido” en palabras de Eric Hobsbawm, es uno de los más brillantes intelectuales públicos de Gran Bretaña.

    Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón



    Fuente:
    The Guardian, 2 de febrero de 2012




    http://www.sinpermiso.info/textos/pensar-el-siglo-xx-de-tony-judt


    Portada


    Pensar el siglo XX

    Luis Roca Jusmet
    Rebelión


    Traducción de Victoria Gordo del Rey. Madrid: Taurus, 2012

    Tony Judt es uno de los más lúcido historiadores del siglo XX, especialmente de los acontecimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desgraciadamente murió el año 2010, a los 65 años, víctima de una de una esclerosis lateral amiotrófica. Una enfermedad devastadora que va paralizando el cuerpo hasta la muerte pero manteniendo la mente intacta. Judt, testigo impotente de sus enfermedad, aceptó en el transcurso de esta participar en una conversación con un profesor de historia de la Universidad de Yale: Timothy Snydeer. Era un historiador más joven (nacido en 1969) pero igualmente brillante.

    Esta conversación viene a ser uno de los testamentos intelectuales de Judt. En ella, de manera informal, nos muestra unas opiniones personales, pero siempre con una base científica muy consistente. De esta manera combina sus extraordinarios conocimientos con elementos biográficos y una postura de izquierdas muy clara. Pero la radicalidad de Judt le aleja, paradójicamente, de los extremos. Quiere llegar al fondo de las cuestiones, sin concesiones, y esto le lleva a un escepticismo no derrotista pero posibilista. A pesar de todo, Tony Judt, continua defendiendo la opción socialdemócrata como la mejor alternativa política.

    El libro está estructurado en varias partes, todas ellas muy interesantes, que vienen a seguir un itinerario biográfico. A partir de los detalles personales de la vida de Judt vamos entrando, desde cada contexto biográfico, en problemáticas muchos más amplias. Empezamos con la infancia de un niño de la clase media-baja londinense, cuyos orígenes son judío y centroeuropeo. Ambiente de izquierdas, en la que su padre militaba en grupos marxistas radicales. Estudiante brillante de Cambrigde, cada vez más comprometido con la causas sionista. Judt participará varias temporadas en la experiencia de los kibutz. Parecía cumplir un ideal a la vez sionista y socialista. Pero el joven Judt, no dado a los fanatismo y con una gran capacidad crítica, ve dos graves problemas. El primer lugar el carácter sectario del sionismo y su racismo cultural hacia los palestinos y los árabes; y en segundo lugar el carácter opresivo del comunitarismo de los kibutz. En la reflexión paralela que realiza Judt sobre su itinerario académico señala una cuestión muy interesante. La educación comprensiva promovida por el Partido laborista con unas intenciones igualitaristas acabó dando lugar a una enseñanza más clasista. Lo que ocurrió es que se acabó la meritocracia en la que un hijo de familia trabajadora podía destacar por su capacidad, motivación y esfuerzo. La enseñanza pública pasó a ser asistencial y la promoción académica y profesional solo fue- posibles desde la enseñanza privada, donde fueron a parara todos los miembros de las clases medias.

    Posteriormente Tony Judt nos hablará de sus experiencias en París y en California, en la intensa vida social de finales de los sesenta. En París desarrolla unos estudios que le llevan a un análisis muy serio y muy intempestivo sobre lo que significó el fascismo y el comunismo para los intelectuales de entreguerras. Había un desprecio común hacia el parlamentarismo y una búsqueda de opciones radicales basadas en la promesa de un hombre nuevo. Con su libro Pasado imperfecto Judt analizará a los intelectuales sin piedad a los franceses de izquierdas de esta época.

    A finales de los años setenta, con el nuevo gobierno de Margareth Tatcher, Tony Judt , brillante profesor universitario e historiador, vuelve a Gran Bretaña. Aquí hay una reflexión sobre lo que ocurre en los países del socialismo real y como se enfrentan a ello los intelectuales marxistas europeos. Lo hacen, considera, de tres maneras. Uno era recurrir a figuras clásicas y críticas como Karl Korsch, Lukás, Rosa Luxemburgo o Gramsci. La segunda era volver al espíritu del joven Marx en su crítica d e la alienación. Finalmente mirar las experiencias de China y de Cuba. El liberalismo más lucido, con gente como Raymond Aron, decía que había que mirar a EEUU frente a la URSS porque era menos malo. Hay aquí todo un análisis, muy matizado, de Judt sobre las diferentes versiones del liberalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial.

    Tony Judt volverá a EEUU y lo hará como un moralista. Sus posiciones críticas respecto, por ejemplo, a la Guerra de Iraq, las hará desde un concepción moralizadora de la política. Postura que le llevará a muchas posiciones incómodas y poco conciliadoras, por cierto. No está dispuesto, y siempre lo demostrará, a comulgar con ruedas de molino. Con honestidad y compromiso personal.

    El último capítulo del libro es significativo : la socialdemocracia como banalidad del bien. Judt tiene como referencia el Estado que se construyó en muchos paises europeos después de la Segunda Guerra mundial. Judt es consciente que fue el resultado de la interacción de muchos factores, no la aplicación de un dterminado proyecto político. Pero en todo caso para él si coincide con el ideal del socialismo democrático, que es el de la socialdemocracia. Ni más ni menos. Para Judt la política debe garantizar unos derechos mínimos: individuales, sociales y políticos. Todas las demandas políticas excesivas han dado malos resultados. Esta es la banalidad del bien. La de un proyecto de no es el de la creación de un hombre nuevo, transformado, sino el de procurar una vida digna para que cada cual, en el que cada uno pueda realizar su proyecto.

    El libro, de todas maneras, hay que entenderlo con las aportaciones de Timothy Snyder. Tiene más de conversación que de entrevista aunque el centro del diálogo es, desde luego, Tony Judt. También hay que entender la riqueza de sus experiencias personales en una trayectoria que es, además de teórica, vivencial.


    Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


    Tony-Judt-Pensar-el-Siglo-XX.pdf

    https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=sites...

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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