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    viernes, 15 de julio de 2016

    Henry Miller, encuentros y desencuentros Daniel Vigo ( Ultimo amor de Henry Miller)

    Portada


    Henry Miller es uno de esos escritores que más huella acostumbran a dejar entre aquellos jóvenes que se sienten rebeldes y aquellos no tan jóvenes que odian anudarse la corbata. Encumbrado por los inadaptados de la generación Beat e incomprendido por la critica más puritana. Miller responde a esa clase de escritores de corte individualista que adoptan una postura de enfrentamiento contra la sociedad en la que viven.

    Nacido en Nueva York en 1891, muy pronto decidirá que sus sueños no se correspondían a la vida a que estaba tocado a adecuarse. Cruzará el océano decidido a romper con su pasado y convertirse en escritor. Llegará a París con únicamente diez dólares en el bolsillo. Continuos cambios de empleo y una constante lucha por su subsistencia que le llevará a formar parte de la colonia de anónimos bohemios que deambulaban por los barrios artísticos de Montmartre y Montparnasse. A partir de entonces desarrollará una vida llena de dificultades que le alejará completamente de posturas cómodas o cotidianas; huyendo de horarios y sueldos fijos; encontrando la inspiración al mezclarse entre el bullicio de las calles; arrimándose a otros artistas errantes, a sabios villanos, y a delincuentes de poca monta.

    En su último libro El libro de mis amigos, Miller homenajeaba a todos aquellos amigos que habían sido fundamentales en su vida. La mayoría eran seres anónimos, seres de la calle que no pertenecían a los ambientes culturales. Sólo algunas de sus amistades podrían catalogarse como conocidas, entre éstas, estarían sin duda los escritores Lawrence Durrell y Anais Nin.

    Durrell es particularmente famoso por su Cuarteto de Alejandría, y en especial por el primero de los volúmenes: Justine, cuya protagonista, tal como el personaje sadiano, se encargará de buscar el placer como forma plena de aprendizaje. El libro destaca por la bellas imágenes con las que se describe la ciudad de Alejandría y por su alto contenido erótico. La obra más conocida de Anais es Delta a Venus, un libro que sería considerado por las feministas como una declaración de principios en la liberación sexual femenina. Y en el cual, Anais trabajó escribiendo historias cargadas de erotismo. El argumento es el de una chica escritora que trabaja bajo el mecenazgo de un excéntrico millonario y que éste le paga un dólar por cada página escrita. Tras su publicación se ha ido alimentando la leyenda de que ésta era en realidad una historia autobiográfica.
    Henry Miller and Anaïs Nin, Louveciennes, France 1932 
    Miller conoció a Anais Nin en su estancia en París, durante su segundo viaje a Europa, en el año 1931. Años después mantuvieron ambos una intensa relación triangular con la mujer de Miller, June Mansfield. Al británico Durrell lo conoció en 1937, una amistad que se fue afianzando tras el paso de los años. Miller incluso vivió como invitado durante un año en la casa que Durrell tenía con su esposa en la isla griega de Corfú. Vivencias que le sirvieron luego, para escribir El Coloso de Marusi (1941). Tanto con Durrell como con Anais mantuvo prolíficas relaciones epistolares, que posteriormente fueron recopiladas y publicadas.

    Esta triada de pluma rebelde destacó por abordar crudamente el tema del erotismo desde sus libros. Miller afirmaba que éste, era consecuencia del ejercicio desbocado del amor; era como alcanzar un grado de espiritualidad máxima. Anais en cambio, supo cubrir ese erotismo con velos transparentes de misterio, provocados por los arraigos y desarraigos del autoconocimiento. Durrell teorizó sobre el placer como búsqueda. Los tres escritores previamente habían sido influenciados por el escritor británico D. H. Lawrence, y su novela El amante de lady Chatterley, donde se narran las relaciones sexuales entre una mujer y el guardabosques de su noble esposo. Miller y Anais habían comenzado sendos ensayos sobre éste. El de Anais se publicó en 1932 con el nombre D. H. Lawrence: An Unprofesional Study; mientras que el de Miller se editó con el nombre de World of Lawrence en 1979 (lo que había comenzado como un simple ensayo en 1933 y con el que Miller bromeó durante el resto de su vida, pues estuvo a punto de no terminarlo nunca).

    Estos encuentros entre Henry Miller, Anais Nin y Lawrence Durrell lo que hacen es reafirmar la conocida frase de Borges que decía que cada escritor crea a sus propios precursores. Los encuentros entre los tres escritores fueron en parte casuales, y en parte buscados por cada uno de ellos, de tal manera que los tres buscaban compartir y desarrollar una nueva forma de escritura, en que se primara el impulso vital, y donde el erotismo no fuese censurado. Así, con un poco de suerte, era inevitable que antes o después dichos escritores se acabasen conociendo. Leyendo los libros autobiográficos que se realizaron a partir de conversaciones con Henry Miller, el de Bradley Smith Mi vida y mi tiempo y el de Christian de Bartillat Conversaciones con Henry Miller sorprende sin embargo una ausencia entre sus influencias. Sorprende que en ningún momento Miller nombrara al pintor Balthus, aunque el motivo fuese posiblemente que esa misma casualidad que hizo que se acercara a Anais y a Durrell, fuera también la que impidió que se cruzara con Balthus. Los dos artistas coincidieron en París durante la década de los 30, pero en aquella época París era un hervidero de artistas, con el dadaismo y el surrealismo en pleno auge. Además, tanto Miller como Balthus se mantuvieron siempre independientes a aquellos círculos artísticos, por los que sus influencias fueron bastante particulares.

    Miller siempre tuvo un interés especial hacia la pintura, él mismo presumía de haber llegado a pintar varios millares de acuarelas. Y es que, únicamente tras la perdida de visión del ojo derecho en sus últimos años, dejó de pintar. Decía que para él escribir era trabajar mientras que pintar significaba en cambio jugar. La relación de Miller con la pintura fue siempre muy estrecha: expuso la primera vez sus acuarelas en 1927, en Greenwich Village; en los momentos de penuria económica las acuarelas llegarían a servirle como tabla de salvación al ser canjeadas por comida, ropa o incluso las cuentas del dentista. Miller publicó también un libro dedicado a la pintura Pintar es volver a amar (1960).

    El escritor, preguntado por sus gustos sobre pintura, exponía sus preferencias: Hans Reichel, Paul Klee, John Martin, Picasso, George Grosz, Marc Chagall, etc, pero nunca Balthus. ¿Y por qué debería de estar Balthus? Porque Balthus fue a la pintura lo que durante esos años Miller fue a la escritura.

    Balthus, nacido en París en 1908, cuyo nombre verdadero era Balthazar Klossowski de Rola, descendía de un linaje aristocrático. Se caracterizó por una pintura muy realista, llena de vida y erotismo. Durante muchos años se le criticó el uso de jovencitas para sus cuadros, a lo que él siempre contestó que su búsqueda artística iba encarrilada hacia encontrar la pureza y la belleza, y éstas características eran especialmente notorias en las jóvenes lolitas, que utilizaba como modelos.

    Tanto Miller como Balthus sufrieron la dura crítica norteamericana por su elevado erotismo. Miller sufrió la censura y durante treinta años la publicación y venta de sus dos Trópicos fue prohibida en los Estados Unidos, las ediciones originales en inglés publicadas en Francia serían un bien muy buscado para aquellos norteamericanos que pasaban por Francia. Pero también allí, tras la publicación de Sexus se formó un gran escándalo: fue interrogado por un tribunal parisino con la posibilidad de que se le abriera un proceso penal, del que finalmente fue absuelto. Balthus por su parte, protagonizó un duro enfrentamiento contra los críticos norteamericanos que le colgaron la etiqueta de pintor pornográfico y que incluso llegaron a acusarle de pedofilia.

    Curiosamente, tanto Miller como Balthus declararon que su arte era un canto a la libertad, a la vida y a la belleza; que el erotismo era sólo una consecuencia de sus obras. Ambos, a lo largo de su vida se desvincularon una y otra vez de estar haciendo arte pornográfico, e incluso los dos confesarían en sus escasas entrevistas, que ésta no sólo no les estimulaba sino que les aburría. Otro dato anecdótico que parece unir a ambos artistas, es su atracción hacia las culturas orientales. A Miller le gustaba leer sobre el budismo zen, sobre la China, el Tibet y el arte Japonés. Balthus viajó varias veces al Japón. Se da la casualidad de que ambos se casaron en 1967 con mujeres japonesas, a las que superaban en varias decenas de años. Balthus se casó con Setsuko Ideta, siendo esta su segunda esposa mientras que Miller se casaría en su quinto matrimonio con la pianista japonesa Hoki Tokuda, un matrimonio que se rompería diez años después, aunque ya nunca volvería a divorciarse. Su último gran amor correspondería a la actriz Brenda Venus a la cual dedicaría los últimos años de su vida, muy menguado físicamente, pero dotado con la misma intensidad vital que tenía durante los años locos de París.

    Daniel Vigo, Miller, encuentros y desencuentros, Minotauro Digital, Enero 2003


    H.Miller


    HENRY MILLER (1891-1980)

    Henry Valentine Miller nació el 26 de diciembre de 1891 en Nueva York (Estados Unidos), en el seno de una familia humilde de origen alemán. Su madre se llamaba Louise Nieting y su padre, dedicado a la sastrería, Heinrich Miller.
    Aunque de formación autodidacta, Miller estudió durante dos meses en el City College neoyorquino hasta que el joven rebelde, gran amante de la literatura, en especial del escritor ruso Fedor Dostoievski, fue expulsado de la universidad, ocupándose posteriormente en distintos oficios, entre ellos ranchero o mensajero de la Western Union.
    En el año 1917 contrajo matrimonio con una muchacha llamada Beatrice Sylvas Wickens, con quien tuvo a su hija Barbara. En 1924 se divorció de Beatrice y se casó con la bailarina June Mansfield Smith, mujer que influyó decisivamente en Henry por su modo liberado y despreocupado de vivir.
    En los años 30 y en plena época de la Gran Depresión, Miller y June trasladaron su residencia a París, ciudad en la que llevó una existencia bohemia junto a Anais Nin, Gilberte Brassai y Alfred Perlés, empapándose de diferentes corrientes literarias, entre ellas el surrealismo.
    En la capital francesa apareció su primer libro publicado, “Trópico De Cáncer” (1934), un volumen prologado por su amiga Anais y censurado en su país hasta la década de los años 60. Junto a Nin escribió “Una pasión literaria” (1932-1953), libro con correspondencia entre ambos autores.
    El mismo año de la aparición de “Trópico de Cáncer”, novela publicada en la editorial Obelisk Press de Jack Kahane, Henry y June se divorciaron.
    Posteriormente Miller escribió novelas como “Primavera Negra” (1936), “El Universo De La Muerte” (1938) o “Trópico De Capricornio” (1939).
    A pesar de que “Trópico de Cáncer” fue la primera novela publicada en su trayectoria como literato, Miller había escrito previamente varios libros que no lograron ver la luz en su día, como “Clipped Wings”, “Moloch” y “Crazy Cock”.
    Sus textos, carentes de una estructura convencional y uso de una narración lineal, se vinculan a la exposición instrospectiva desde un universo esencialmente hombruno con tendencia a la exposición erótica y el proceder nihilista, modelado con un cierto sentido lírico de la prosa, esencia libertaria y vitalista, y plasmación autobiográfica en base al flujo de conciencia. 
    En el año 1939 Henry dejó Francia, país en el que llegó a trabajar como profesor de inglés en el Liceo Carnot de Dijon, y pasó un tiempo junto a Lawrence Durrell en Grecia para retornar en plena Segunda Guerra Mundial a los Estados Unidos, ubicándose en el estado de California. Allí escribió libros como “El Coloso De Marusi” (1941), título que abordaba su experiencia griega, “Una Pesadilla Con Aire Acondicionado” (1945), “Días Tranquilos En Clichy” (1956), “Big Sur y Las Naranjas Del Bosco” (1957) o la afamada trilogía “La Crucifixión Rosada”, conformada por los volúmenes “Sexus” (1949), “Plexus” (1952) y “Nexus” (1959), libros que incidían en el aspecto sexual que singulariza parte de sus trabajos literarios.
    henry miller books
    Al margen de sus novelas Miller también escribió ensayos sobre Marcel Proust, James Joyce o D. H. Lawrence.
    Después de su divorcio con June, Henry se casó en 1944 con Janina Martha Lepska, joven inmigrante polaca, estudiante de filosofía, con quien tuvo dos hijos, Tony y Valentine. En 1952 se divorciaron. Un año más tarde contrajo matrimonio con Eve McClure, de quien se separaría en 1960. Su última esposa fue la cantante de cabaret japonesa Hiroko Tokuda, con quien estuvo casado entre 1967 y 1977.
    Una de sus últimas amantes fue la joven actriz Brenda Venus. El libro “Querida Brenda” (1986) recoge las cartas de amor remitidas por el autor de Nueva York a la morena intérprete, vista en películas como “Foxy Brown” o “Límite 48 horas”.

    Miller, cuya influencia es muy apreciable en los escritores de la denominada Generación Beat, como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o William Burroughs, falleció a causa de problemas circulatorios en la localidad californiana de Pacific Palisades. Era el 7 de junio de 1980 y el escritor tenía 88 años.


    Henry Miller 

    Brenda Venus
    Inédito Miller, la última musa descubre 
    su Guía secreta de París
    Brenda Venus

    Ignorado, denigrado e incomprendido durante la mayor parte de su carrera literaria, Henry Miller fue el escritor norteamericano más controvertido del siglo XX. Revolucionó las reglas de la literatura y desafió los valores morales de su época. Sus compatriotas bienpensantes le tacharon de “obseso sexual”, le culpabilizaron por utilizar un lenguaje vulgar e intentaron marginarle definitivamente. En consecuencia, el autor de obras de culto como Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio decidió exiliarse a Francia. Se refugió en París, “desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”. Mucho de esa tibieza y comprensión encontró el gran pornógrafo en su última pasión. En efecto, en el ocaso de su vida, Henry Miller encontró a una mujer formidable, Brenda Venus, en aquella época actriz y bailarina, joven y bella, que le acompañó hasta la muerte. Miller se convirtió en su mentor y ella en su musa, inspirándole sus últimas cartas apasionadas y una guía de su París, que ha permanecido inédita hasta ahora. Lawrence Durrell, que la conocía, escribió: “Brenda Venus ha interpretado el papel más hermoso que cualquier actriz pueda desear: musa y enfermera de un gran espíritu al final de su vida... Ella le ha permitido dominar sus enfermedades y probar todos los beneficios del Paraíso. ¡Le estamos muy agradecidos por su amabilidad y su brillante dedicación!”. Hoy, Brenda Venus ha roto su silencio para desvelar los aspectos más desconocidos de su relación. Y su gran secreto, esa Guide Blue que Miller le escribió y que fue “su último acto de amor”.


    PATRIZIA SANVITALE | 14/11/2001 | 

    En 1976, Henry Miller conoció a una joven de 20 años, oriunda de Mississipi, medio siciliana medio amerindia. En aquella época Miller era el novelista rebelde más famoso. Había conseguido escandalizar al mundo literario rompiendo todas las convenciones artísticas. Sus escritos estuvieron prohibidos en Estados Unidos hasta 1964, fecha a partir de la cual pudo gozar de un reconocimiento bien merecido después de años de indiferencia, desprecio e insultos. Su vida y su obra estaban llenas de mujeres y de sexo. Sus escritos, en gran medida autobiográficos, le convirtieron en un mito.

    Liberador para algunos, fue considerado diabólico por otros, pero con los años Miller se calmó. Cuando encontró a Brenda Venus era un octogenario frágil. Lo que no le abandonó nunca, sin embargo, fue ese intenso deseo de vivir que le empujó a escribir, pintar y exaltar su amor hasta el final de sus días. En la época de su primer encuentro, Brenda Venus era ya una actriz y bailarina conocida. Inmediatamente surgió un lazo entre los dos: él se convirtió en su mentor, ella, en su musa. Su relación duró cuatro años, hasta el último aliento de Miller, que murió mientras le escribía una carta de amor. La última, después de tantas otras. En aquella época se escribían como mínimo una vez al día. Esta correspondencia apasionada se transformó para los dos en una especie de diario íntimo. En 1979, aunque estaba muy débil y enfermo, Miller creó un pequeño manuscrito, regalo destinado a Brenda, que debía marchar a París. Lo llamó Guide Bleu (Guía azul). Nunca publicada íntegramente, era a la vez una guía personal de París, un diccionario francés-inglés y una libreta de direcciones de cafés, de restaurantes y de amigos interrumpida por largas cartas de amor a Brenda. 

    -¿Qué significaba París para él?
    -París representaba sus recuerdos más queridos. Esa ciudad descubrió sus primeros libros, le aportó notoriedad y respeto, e hizo que apareciera en el panorama literario. Se había convertido en tema habitual de conversación entre nosotros. Lentamente, cena tras cena, en cartas y charlas, su París iba emergiendo. Empezó a enviarme libros en francés y a enseñarme a hablar y a escribir en francés. La Guide Bleu fue uno de los últimos actos de amor de Henry. El esfuerzo necesario para preparar esta obra, para renovar los contactos con vistas a mi viaje a París, allí donde su alma tenía sus raíces, extenuó a Henry en la misma medida en que a mí me llenó de alegría. En 1980 pude experimentar esa vida francesa de la que me había hablado. Recuerdo que estaba en París cuando Henry, todavía preocupado por mí, me escribió en una de sus cartas: “¿Va mejorando tu francés? No consultes diccionarios, subraya las palabras y frases que no entiendas. Léelas una y otra vez, explora el contexto”. Y unas líneas más abajo: “Ahora te tengo que dejar. ¿Te amo? ¿Brillan las estrellas? ¿Gira la tierra? Estés donde estés, yo estoy contigo”. París me absorbió completamente, mientras que Henry caía enfermo sin esperanza de curación. Necesitó mucha fuerza y valor para animarme a partir cuando yo era su lazo de unión con la vida.

    -¿Cuándo recibió usted la Guide Bleu?
    -Era una sorpresa, un regalo. Me escribía lecciones de francés en sus cartas y me sugería algunas cosas que podría hacer cuando estuviera en París. Estaba realmente entusiasmado en esa época, no dejaba de repetirme: “Me habría gustado mucho descubrirte París”.

    -¿Está todo escrito a mano?
    -Sí. Cuando encontré a Henry, la única máquina de escribir que tenía cerca era la que utilizaba su secretaria. Sabe usted, estaba totalmente ciego de un ojo y veía muy mal con el otro. La mayor parte del tiempo debía utilizar una lupa para escribir, pero creo que para él era más fácil expresarse a mano. Tenía una hermosa escritura, así que cada página era un regalo en sí misma.

    -¿Cuál es la que más le gusta? 
    -Hay un pasaje, hacia el final, donde me dice que me ama enormemente y que debo tener cuidado. El resto es muy divertido: “No bebas demasiado champán”, lleno de recomendaciones sobre lo que no debía hacer. Como un padre que envía a su hijita al colegio. “Y ten cuidado en la calle, no mires a la gente porque es mejor evitar el contacto visual directo, no vaya a ser que se trate de desequilibrados”. 

    Un exiliado muy extraño

    -¿Quién de los dos tituló el libro Guide Bleu, Henry o usted?
    -No sé cómo se nos ocurrió, pero creo que fue él. Era su guía. Hasta entonces no había escrito nada que se pareciera a un plano del lugar en que vivía, con lo que hacía, los lugares que visitaba. Era un estreno, una novedad. De hecho, la escribió en un cuaderno azul, por eso la llamó Guide bleu. Era una guía de París, su París narrado en un cuaderno azul.

    -Era un exiliado un tanto particular, ¿no es así?
    -Sí. Los exiliados como Hemingway, Francis Scott Fitzgerald y muchos otros artistas partían en el momento en que Henry llegó. Sin embargo, Henry coincidió con Hemingway, pero no le parecía que fuera un escritor muy bueno, sólo un buen escritor. Eran muy pocos los escritores que para Henry destacaban del montón.

    -¿Menciona Miller en algún momento el mundo artístico parisién?
    -Salía con amigos, pero Henry no tenía suficiente dinero para poder apreciar realmente la vida artística. Era un gran tímido y su conocimiento de París estaba ligado a verdaderas personas, contrariamente a Gertrude Stein y otros. En realidad no pertenecía a su círculo. Hablaban, eran amigos, pero no creo que les frecuentara mucho. Henry era un hombre muy tímido, pero su conversación era brillante y le apreciaban por su talento de narrador.

    -¿Fue a todos los lugares que menciona Miller en su Guide Bleu?
    -Sí, fui a Montparnasse, incluso me senté en la Academia Francesa y en el Dôme, yo sola, con un lápiz y un bloc, y le escribí desde allí, le decía: “Estoy sentada aquí, como tú hacías y siento lo que tú debiste de sentir. No sé si estaré sentada exactamente en la misma mesa que tú, pero estoy aquí”.

    -¿Se parecía París a la descripción que él le había hecho? Miller vivió allí en los años 30 y usted visitó París a principios de los 80...
    -París tenía un lado electrificante, un lado mágico. Fue una experiencia magnífica. Henry había descrito su encuentro con París como “enamorarse de un hombre o de una mujer por primera vez”. Era eso exactamente y mejor aún. Me enamoré de esa ciudad, de sus habitantes, de su ambiente, su olor, su historia... Me subyugó todo, como si estuviera embrujada.

    -¿Cuánto tiempo estuvo?
    -Unas cuatro semanas.

    Sin noticias de Brenda

    -¿Qué ocurrió cuando volvió a Los ángeles?
    -Mientras yo estaba en París Henry envió telegramas a varias personas: “¿Dónde está Brenda? No tengo noticias suyas”. Mis cartas no llegaban tan deprisa como él hubiera querido y se preocupaba por mí. Escribía a todo el mundo para intentar seguirme la pista. Durante mi ausencia cenó con uno de mis amigos, un modisto para el que yo había trabajado como modelo y que le dijo que había ido a París a casarme. No era verdad, pero es típico de Hollywood. Creo que después de eso la salud de Henry empezó a declinar, porque yo era el sueño de Miller, ese sueño que le daba fuerzas para seguir viviendo. Es muy triste que este hombre pusiera fin a su sueño, igual que le habría puesto fin yo misma si alguna vez hubiese mantenido relaciones sexuales con Henry o si mi relación con él hubiera tenido algo sexual, quiero decir claramente sexual. Había muchas jóvenes que venían a verle y le proponían hacer todo lo que él quisiera. Nosotros nunca hablamos de sexo mientras estuvimos juntos, excepto quizá, cuando respondía a las preguntas que yo le hacía sobre su mujer June o sobre Anaïs Nin. Nunca hablamos de sexo, aunque el tema aparece con frecuencia en las cartas que él me escribía.

    -¿Le volvió a ver después de volver de París?
    -Cuando todavía estaba en París me enteré de que había caído gravemente enfermo. Acorté mi estancia y me dirigí directamente a su casa, y en el momento en que yo subía corriendo las escaleras, él abrió la puerta, porque sabía que era yo quien llegaba. Dijo: “Deja que te mire, Brenda, te he echado mucho de menos”. Yo giré sobre mí misma, lentamente y él me dijo: “Has cambiado... ahora eres una mujer”. Yo respondí: “Yo no me siento diferente”. Entonces Henry dijo: “Ya veo que París te ha sentado bien. París te ha hecho suya igual que me ocurrió a mí en aquella época”.

    -¿Después de volver de París siguió escribiéndole igual que hacía antes de su partida?
    -No, era distinto. Estaba enfermo. Nunca se recuperó. Creo que el modisto que le dijo que me iba a casar en París le rompió el corazón y nunca consiguió reponerse. Me había escrito más de 4.000 páginas aparte de la Guide bleu, así que sentía que había cumplido su último deber aquí abajo: había formado a esta joven y la había guiado hacia la vida de mujer. Un día le pregunté por qué me había escogido para escribirme tantas cartas, y me dijo: “Eres la única que entiende mi alma”. Era una declaración como para volver loca a cualquier persona joven.

    Sus grandes amores

    -¿Le habló Miller de las dos mujeres que fueron los grandes amores de su vida, June y Anaïs?
    -Decía que las mujeres le inspiraban. Yo creo que la mayoría de los grandes artistas crean y expresan lo mejor de su arte cuando están enamorados. También Miller necesitaba una Venus, la buscó toda su vida. Tenía la costumbre de llamar a June “mi Venus”. Nunca llamó a Anaïs “mi Venus”.

    -¿Cree que aún sería posible vivir la misma historia, veinte años después?
    -Sí, porque era un hombre del Renacimiento y un autor epistolar prolífico. Escribía a muchos hombres y mujeres en todo el mundo. Para él escribir era tan importante como respirar.

    -¿Era su forma de expresar su creatividad?
    -Sí. A través de la escritura revelaba su pasión por la vida. Tenía en su interior un fuego que le quemaba y que nunca se extinguió. Cuando estaba a punto de morir, me escribió una carta para describir lo que sentía mientras se apagaba. Era una carta asombrosa. Me partió el corazón, pero además, cuando la leí, sentí que una parte de mí se iba con él; lo último que hizo por mí fue escribirme esa carta. Yo le había pedido, un poco tontamente, que me escribiera una carta cuando estuviera a punto de subir al cielo, y lo hizo. ¿No resulta increíble? Eso demuestra lo apasionado y generoso que era. Durante toda su vida, la gente se ha equivocado sobre su personalidad. Sus escritos sobre su vida en París tienen el carácter de una confesión. Hablaba de la auténtica vida. Al principio de su carrera, los escritos de Henry se consideraban brillantes, pero adelantados a su tiempo, de modo que le cerraron muchas puertas en las narices. Por eso se instaló en París. Creo que fue allí donde empezó a sentirse en paz consigo mismo.

    Una historia de amor sin sexo

    -¿Ha tenido ocasión de encontrarse con algún miembro de su familia? ¿Sigue en contacto con ellos?
    -Estoy en contacto con su hijo Tony. Me agradece a menudo el que ayudara a su padre durante los últimos años de su vida, y para mí significa mucho. Mi historia con Henry fue una historia de amor, no de sexo, y aún hoy sigo impresionada por su genio, su sensibilidad, su dulzura.

    -¿Cómo empezó?
    -El 6 de junio de 1976 le escribí mi primera carta.

    -¿Cuándo le vio por primera vez?

    -Terminé mis estudios en la universidad antes que la mayoría de los estudiantes. Me había mudado a California y había empezado a actuar en películas. Un día alguien mencionó a Henry Miller y yo me dije: “Me encantaría ver a ese hombre”. Era una idea que no me había abandonado desde la universidad. Y llegó una tarde en que yo debía ir a escucharle a una conferencia. Estaba tan excitada como la primera vez que me enamoré. Esa tarde mi casa se quemó y yo me encontré sin nada. Tenía la impresión de ser una mujer sin pasado.

    -¿Qué hizo usted?

    -Ese día no fui a la conferencia. Estaba desesperada. Entonces, unos días más tarde, mientras asistía a una subasta para reemplazar las cosas que había perdido en el incendio, me fijé en una serie de libros antiguos muy hermosos, y examiné uno. Lo abrí y cayó al suelo una carta. Era una carta que Henry Miller había escrito a una japonesa. La recogí, y sin dar crédito, vi que en la carta aparecía su dirección. Yo había preguntado a todo el mundo cuál era la dirección de Miller, porque le quería escribir, pero nadie la sabía. Gasté miles de dólares en comprar los libros, y al día siguiente escribí una carta a Henry.

    -¿Recuerda algún pasaje?

    -Le dije que un incendio me había impedido ir a su conferencia y que siempre había querido verle. También le envié algunas fotografías mías. él me llamó el día en que recibió mi carta. Cuando dijo: “¿Es usted Brenda?”, le respondí: “Sí, Henry”. Sabía que era él aunque nunca antes había oído su voz. Me dijo que quería verme cuando se encontrara mejor. Empezamos a escribirnos todos los días, después dos, tres o cuatro cartas al día. Se convirtió en el diario íntimo de nuestras vidas. Creo que se dio cuenta de que a través de mí podía escribir su último libro. Más tarde le pedí permiso para publicarlo.

    -¿Cómo se convirtió en su mentor?

    -Fue una elección deliberada. Quería que entrara en mi vida, y aún no sé por qué. Estaba escrito que tenía que encontrar a Henry. Fue la primera persona que me animó a escribir. Incluso corregía mis cartas. Al principio todas esas correcciones me desanimaron. Pero seguí escribiendo. Era tan ingenua que incluso le pedí que me enseñara todo lo que él sabía. Y lo intentó. Empezó a escribirme cartas sobre libros, arte, política y filosofía. Me enviaba toneladas de libros.

    Siempre sonriente y feliz

    -Se le tachó de depredador, liberador sexual, pornógrafo, perverso. ¿Qué pensó usted al conocerle? ¿Le reconoce en alguna de estas definiciones? ¿Quién era su Henry Miller?
    -Cuando le vi por primera vez, tenía unos ojos azules muy vivos y brillantes. Olía tan bien como un bebé y parecía igualmente frágil. Tenía esa pequeña sonrisa en las comisuras y siempre estaba feliz y sonriente conmigo.

    -¿Se veían a menudo?

    -Cenábamos juntos todos los jueves. Por lo general, era la única vez que salía en toda la semana. Recuerdo que una tarde empezó a llover y yo tuve que llevarle en brazos de mi coche al restaurante. él estaba molesto y me repitió varias veces: “Déjame, déjame antes de que alguien nos vea”.

    -¿Cómo era su casa en Pacific Palistades?

    -Llena de encanto. Grandiosa. En una calle llena de encanto. Henry tenía una casa de dos pisos, con un balcón en el piso superior. Y había una avenida para acceder a la casa. Por otra parte, después de conocerme, Henry se enteró de que las gardenias eran mis flores favoritas y entonces plantó gardenias a lo largo de toda la avenida. Nadie había hecho eso por mí jamás. La primera vez que florecieron, recogí una y le dije: “Henry...” él me respondió: “Sólo un pequeño obsequio...”.

    Libros europeos y telas de Japón

    -¿Le hizo algún otro regalo?
    -Me ofrecía constantemente regalos. Encargaba telas a Japón, libros a Europa, una pluma estilográfica.... Me recordaba que la belleza no es eterna y quería que me convirtiera en escritora.

    -¿Quién tuvo la idea del viaje a París?

    -Los dos. Casi siempre que yo conseguía un papel en una película, él lo desaprobaba. Siempre. Yo iba a hacer de vampiresa muy sexy en una película de miedo, y me decía: “No quiero que lo hagas, eso son cosas de niños, es realmente estúpido”. Y yo le respondía: “Henry, me va a proporcionar dinero y será divertido”. él empezó a mandarme cartas en las que me desaconsejaba interpretar ese personaje. Después recibí otra oferta para interpretar a una domadora. Reaccionó enérgicamente: “¡Oh no, Dios mío, no quiero ni imaginar que te puedan mutilar!”. Acabé por decirle: “¿Por qué no escribo un guión, por qué no producir una película a partir de uno de tus libros?”. Obtuve los derechos de tres de sus libros. Se lo conté: “Quizá debería ir a París”. Y él dijo: “¡Excelente idea!”

    -Aparte de la escritura o el estudio, ¿qué otras cosas hacían juntos?

    -él había sido nadador profesional y tenía una piscina olímpica en su propiedad, pero estaba tan frágil y enfermo que ya no podía nadar. Recuerdo que le gustaba verme nadar. También le gustaba presenciar mis ensayos de danza clásica. De vez en cuando él tocaba el piano. Nos gustaba cocinar juntos, y en la cocina, él me contaba sus recuerdos de June y de Anaïs. Yo le recordaba a June, la mujer a la que más quiso.

    -¿June o Anaïs?

    -June. Era bailarina y actriz. él se convirtió en un gran autor porque ella creyó en él. Si no hubiera conocido nunca a June, jamás habría escrito Trópico de Cáncer. Nunca habría ido a París, porque ella prácticamente tuvo que obligarle para que dejara Estados Unidos.

    -¿Y Anaïs? Miller escribió que había hecho de él el escritor en que finalmente se convirtió.
    -Yo creo que fue June. June le puso un traje y le dijo cómo llevarlo y después llegó Anaïs y le dijo: “Oh, June, has olvidado una cosa: el sombrero de copa y el bastón para ir a esta velada”. Y Henry hizo otro tanto con Anaïs. Sin Henry Miller nadie habría oído hablar de Anaïs Nin. También ayudó a otros artistas, era muy generoso. Además tenía una gran capacidad para escuchar. Y sabía dar: habría dado su camisa, aunque fuera la última que le quedara. Era sensible y adoraba a las mujeres. Le gustaba su forma de andar, el perfume de su pelo, su piel, su forma de sonreír y de echarse el pelo hacia atrás al reír. Y no se encuentran tan fácilmente hombres que amen realmente a las mujeres. Algunos quieren llevárselas a la cama o utilizarlas como trofeos, pero ¿aman a las mujeres? él las amaba de verdad, pero creo que sólo empezó a apreciarlas realmente muy tarde.

    -Henry Miller era un buen pintor y le gustaba pintar acuarelas. ¿Hizo algún cuadro para usted?
    -Sí. Muchos cuadros. Me regaló cerca de un centenar de acuarelas. Eran pequeños regalos. Un día me dijo: “Creo que te voy a hacer un retrato, pero no lo juzgues, porque yo no soy retratista. Soy un artista de la forma libre”.

    -¿Qué opina usted de su arte?

    -El arte formaba parte de su existencia: la escritura por la mañana, la pintura por la tarde. Y prácticamente durante toda su existencia fue un pianista asombroso. Era un hombre lleno de talento, le gustaban enormemente las artes, para admirarlas o practicarlas. Amaba la vida apasionadamente. Le gustaba cenar con amigos, reír, beber una botella de buen vino. Durante toda su vida sus amigos lo fueron todo para él. 

    -¿Cómo reaccionó su familia ante su relación con Miller?

    -Al principio no muy bien. Mi padre es siciliano y mi madre amerindia. Cuando les dije que conocía a Henry Miller dijeron: “Oh, querida, es maravilloso” y yo añadí: “Sí, mamá, nos hemos hecho muy amigos y nos escribimos cartas”. Mi familia se alegraba mucho por mí. Pero un amigo de mi madre le dijo que yo tenía una aventura con Henry y que era un viejo libidinoso. En fin, mi padre dijo que era lo bastante viejo como para ser mi bisabuelo. 

    “¿Amor con Henry Miller?”

    -Estoy segura de que no sólo su familia creía que usted era la amante de Miller.

    -Tiene razón. Me preguntaban a menudo: “¿Cómo puedes hacer el amor con Henry Miller? Tiene que ser un poco fuerte”. Yo contestaba: “No, no lo entiende. No es esa clase de relación. Es cuestión de sentimientos”. Y me respondían: “Claro, claro”. Nadie se daba cuenta de que estaba muy débil y sufría mucho. Desde luego, eso se le pasó por la cabeza. Es un hombre, tiene derecho a pensar en el sexo e imaginar una relación sexual. ¿Por qué no? Eso le mantenía joven de espíritu, pero no era el tipo de relación que existía entre nosotros. Era una historia de amor. En sus cartas, como subraya Lawrence Durrell, Henry se convertía en un hombre de cuarenta años y el recuerdo de June animaba su espíritu. Tuvimos una conversación casi al final y le dije: “¿Qué habría pasado si hubiera aceptado acostarme contigo?”. Me contestó: “¡Habría muerto! Menos mal que no lo hiciste”. Era un hombre lleno de encanto. Poseía magnetismo sexual y cuando conversaba contigo te convertías en la per- sona más importante del mundo.

    -¿Qué es lo que hizo que Miller se convirtiera en el escritor que fue?

    -Su misión era decir la verdad y afortunadamente tuvo el valor, la perseverancia y la humildad para llevar a cabo su misión; creía en sí mismo y en sus objetivos. Empezó la revolución sexual y fue uno de los pioneros. Antes de morir, Henry me pidió que me casara con él. Quería asegurar mi futuro para no preocuparse por mí en el más allá. Quería regalarme su casa de Pacific Palisades y también la de Big Sur. No acepté. Cómo le diría, tenía la impresión de que no estaba bien. Esos bienes deberían ir a sus hijos. A veces, cuando le echo de menos, cojo mi coche para ir a esos lugares, y una parte de mí me dice: “Imagínate, tu habrías podido tener esta casa”. Pero la otra parte de mí me responde: “No, hiciste lo que debías”.




    http://www.elcultural.com/revista/letras/Brenda-Venus/1243


    Brenda Venus  y Henry Miller

    Querida Brenda: las cartas de amor 
    de Henry Miller a Brenda Venus.
    Portada
     En la cuesta de los libreros he encontrado un libro descatalogado en España del escritor estadounidense Henry Miller (aunque él no se consideraba norteamericano, sino patrimonio literario de la humanidad): “Querida Brenda: las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus”. 189 páginas. Primera edición de Seix Barral de 1986. Lo he comprado al precio de 24 euros (¡Ya cobré!).

    Asombroso libro que nos muestra a un Henry Miller de 84 años de edad que conoce a la joven actriz Brenda Venus:

    –“Cuando la joven actriz entró en su vida –escribe Lawrence Durres en el prólogo del libro- Henry Miller volvió a ser el joven y rebelde amante de sus primeros libros. Miller acababa de salir de una desgraciada experiencia matrimonial con la deliciosa pianista japonesa Hoki y su auto confianza estaba tan maltrecha como su salud. Cualquiera que lea esta colección de cartas creerá estar leyendo la obra exuberante de un adolescente enamorado”



    Venus conoció a Henry Miller al encontrar -por casualidad, dentro de un libro que consiguió en una puja- una carta privada del escritor a una mujer. Así que Venus le mandó una carta devolviéndosela, pero añadiendo unas cuantas fotografías de actriz. Unos días más tarde, Henry Miller le envió la primera de las 1.500 cartas de las que le escribió en vida.

    Henry Miller tenía problemas de salud:

    –“Naturalmente –le escribe Henry Miller- que estaré encantando de recibirte, siempre me gusta ver a una mujer hermosa. Paso mucho tiempo en la cama a causa de mis piernas (artritis y esclerosis). Por lo tanto tendré que recibirte en pijama y en bata. He de advertirte que estoy ciego de un ojo pero como se mueve al mismo tiempo que el otro, no se nota”.

    Sin embargo, en su correspondencia, se muestra, como un amante liberal y sin par:

    –“Te llamé anoche hacia las diez y media pero no contestaste ¿Estabas fuera o en la cama con otro amante? ¿Has contestado alguna vez mientras estabas haciendo el amor o te has puesto el teléfono entre las piernas? (…) Recibir una montaña de cartas de una belleza como tú me pone un poco caliente (…) Lo importante no es cuándo empiezas a joder sino cómo lo haces. Con el corazón y el alma o sólo con el coño (…) Dios, si pareces violable. Perdona que te lo diga así pero no puedo evitarlo. Parece como si estuvieses lista para ser forzada (…) me siento culpable por hacerte insinuaciones. A decir verdad estoy profundamente enamorado de una mujer. Es un amor eterno y lo digo en serio. Pero soy un hombre y siempre estoy enamorado de una o de dos o de tres o de cuatro (…) Si los periodistas se enteraran de lo nuestro me ridiculizarían hasta la muerte”



    Toda esta pasión, a pesar de que en la puerta de su casa, Henry Miller hizo pegar un cartel donde se leía este párrafo de MENG TSE:

    “Cuando un hombre ha llegado a la ancianidad y ha cumplido su misión, tiene derecho a afrontar en paz la idea de la muerte. No tienen necesidad de otros hombres, los conoce y ya ha visto de ellos lo suficiente. Lo que precisa es paz. No es decoroso pretender algo de él, atosigarle con charlas intrascendentes y hacerle sufrir por banalidades. Habría que pasar ante la puerta de su casa como si nadie viviera allí.”

    Además de las cartas de Henry Miller, Brenda Venus narra acontecimientos tales como la primera vez que acude a su casa:

    “Una tarde sonó el teléfono y era Henry Miller que llamaba para acordar la hora en que yo pasaría a buscarle para cenar, esa misma noche. Elegí un traje verde esmeralda pensando que el color le gustaría.

    Fui a su casa, me abrió una empleada y me mostró el dormitorio de Henry. Me acerqué hasta allí y lo encontré dormitando. Permanecí en el umbral hasta que abrió los ojos. Dijo “¿Eres tú, Brenda? ¡Por un momento creí que eras una aparición”!

    Me acerqué y sonreí. En cierto modo tuve la sensación de haberle conocido toda la vida”

    O deliciosos episodios que nos hacen ver el espíritu alocado y soñador de Henry Miller a los 84 años de edad:

    –“Antes de que pudiera darme cuenta –narra Venus- Henry me hizo limpiar un cortaplumas con alcohol. Yo lo hice primero, cortándome en la muñeca (todavía conservo una pequeña cicratiz ahí.) Henry cogió la navaja y se pasó un poco con su corte. Nos la arreglamos para intercambiar sangre y votos de amor eterno.”

    A pesar de que Henry y Venus jamás llegaron a mantener relaciones sexuales (posiblemente porque Henry era ya impotente) el escritor conquistó el corazón de la joven actriz:

    –“Me has enseñado tanto… me has ayudado a entender la Vida –le escribe Venus en una carta fechada el 22 de enero de 1980- Estás tan próximo a la perfección como una rosa. Tú ánimo, tu espíritu, tu fortaleza son asombrosas. Siempre tengo necesidad de ti. De ti como hombre. El ser más especial del mundo (…) Gracias a ti vivo el momento, el ahora. No me preocupa el mañana pues sé que pronto estará aquí”.



    Especialmente enternecedor, el gesto que tiene la joven actriz con Henry Miller:

    –“En la familia de mi madre –cuenta Venus- teníamos un regalo especial. Al primogénito de cada generación se le entregaba el tesoro familiar, un rubí hexagonal que se le pone en la frente al nacer, con objeto de conferir al niño poderes especiales. Yo había sido la afortunada receptora de mi familia y estaba destinado a mi primer hijo. Pero decidí romper la tradición y se lo regalé a Henry Miller. Mi madre estuvo sin hablarme 6 meses”

    La última carta que Henry Miller le escribe es esta:

    29 de septiembre, 1980

    Y ahora un hombre de 87 años, locamente enamorado de una mujer joven que me escribe las más extraordinarias cartas, que me ama a morir, que me mantiene vivo y enamorado (un perfecto amor por vez primera) que me escribe tan profundas y emocionantes reflexiones que me siento feliz y confuso como sólo un adolescente podría estarlo. Pero, por encima de todo, agradecido y afortunado ¿Merezco realmente tan hermosos elogios como tú me dedicas? Haces que me pregunte quién soy exactamente, si me conozco en realidad y qué soy. Me tienes sobrenadando en el misterio. Por lo cual aún te amo más. Caigo de rodillas y rezo por ti, te bendigo con la poca santidad que hay en mí. Viaja feliz, mi queridísima Brenda y no lamentes nunca este romance a mitad de tu joven vida. Los dos hemos sido bendecidos. No somos de este mundo. Somos las estrellas y el universo de más allá.

    Larga vida a Brenda Venus ¡Dios le conceda dicha, plenitud y amor eterno!


    http://blogs.20minutos.es/ezcultura/2007/01/24/querida-brenda-cartas-amor-henry-miller-brenda/

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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