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    viernes, 22 de julio de 2016

    LA PARADOJA DE LA GLOBALIZACIÓN ULRICH BECK (Dossier)


    Ulrich Beck 

    El mundo se ha convertido en un lugar peligrosamente desigual, también para los ricos de las metrópolis occidentales. El último informe del Banco Mundial sobre la situación financiera de los países en desarrollo parece un manifiesto de protesta de la organización de ayuda a la infancia Terre des Hommes: la caída de los precios en los mercados mundiales de materias primas, el proteccionismo comercial y el estancamiento coyuntural en los países industriales, pero, sobre todo, el descenso del turismo mundial tras el 11 de septiembre de 2001, han agudizado dramáticamente la miseria en las zonas pobres del mundo. Sólo para pagar los intereses de la deuda, el Sur transfiere al Norte 200.000 millones de dólares anuales. Las desigualdades globales aumentan: entre 1960 y 2000, el 20 por ciento más rico de la población mundial pasó de disponer del 70 por ciento de la renta global a disfrutar del 90 por ciento, mientras que la cuota del 20 por ciento más pobre cayó del 2,3 al 1 por ciento. En tanto que 1.200 millones de personas tienen que sobrevivir con menos de un dólar diario, la ayuda al desarrollo descendió otro 20 por ciento desde 1990.

    La globalización, se afirma en un manifiesto del movimiento antiglobalización, "es el último nombre en la historia del crimen para referirse a la acumulación de privilegios y riquezas y la democratización de la miseria y la desesperanza". En contra de esto debemos movilizar la "internacional de la esperanza". En este sentido, la propia globalización engendra, ciertamente, su propia oposición, variopinta e increíblemente contradictoria: anarquistas, sindicalistas, neonacionalistas, ecologistas, parados, incendiarios de centros de refugiados, pequeños empresarios, profesores, sacerdotes, obispos católicos, el Papa, comunistas, fascistas, feministas, ultraortodoxos y fundamentalistas islámicos. En cualquier caso, todos ellos actúan según este lema: a la globalización hay que combatirla con... ¡globalización! O, en palabras de Richard Falk: resistencia contra la globalización desde arriba a través de la globalización desde abajo.

    Esta paradoja de la antiglobalización -el hecho de que sólo se pueda practicar y justificar la resistencia contra la globalización estableciendo como objetivo otra globalización, una globalización buena y genuina- se manifiesta de muchas maneras. Quienes se manifiestan en la calle contra la globalización no son "enemigos de la globalización": ¡qué mareo de palabras! Son adversarios de los defensores de la globalización que pretenden imponer otras normas globales en el espacio de poder global, frente a otros adversarios de los defensores de la globalización. De este modo, ambos grupos de adversarios se superan recíprocamente con sus objetivos globales y, con la fusta de la resistencia, jalean incesantemente el avance del proceso de globalización. Todos los "adversarios de la globalización" no sólo comparten con sus "adversarios" los medios globales de comunicación, ampliando de ese modo las posibilidades de aplicar esos medios a los fines de los movimientos transnacionales de protesta y las posibilidades organizativas de tales movimientos. También operan sobre la base de los mercados globales, la división global del trabajo y los derechos globales. Sólo esto hace factible su omnipresencia actual y potencial, que trasciende cualquier frontera. También piensan y actúan con arreglo a categorías globales, sobre las que, gracias a sus acciones, llaman la atención de la opinión pública global. Su lucha tiene como finalidad la domesticación de los mercados financieros. También defienden tratados y organizaciones de alcance mundial que vigilen a estos mercados. Las corrientes migratorias no se pueden ni entender ni regular nacionalmente. Ambas cosas presuponen una visión cosmopolita. Y, por último, la pobreza globalizada sólo puede combatirse globalmente.

    Consideremos el caso de los derechos sindicales: el derecho de organizar sindicalmente los derechos laborales, que muchas veces no es más que papel mojado, no está todavía globalizado, ni mucho menos. A diferencia de lo que ocurre con las normas de comercio de la Organización Mundial del Comercio (OMC), no se sancionan las violaciones de las convenciones en vigor sobre derechos sindicales de la ONU, ni las de la prohibición del trabajo infantil. Por eso, en EE UU muchos activistas participan en campañas contra la explotación desmedida de las fábricas textiles de México, Nicaragua e Indonesia, donde las costureras producen vaqueros de marcas caras por un par de céntimos a la hora, si bien cualquier intento de autoorganización es reprimido mediante la violencia policial. Esta relación directa de la cultura de protesta de las metrópolis con los sindicatos de los países en desarrollo da su pujanza global al movimiento de quienes se oponen a los defensores de la globalización. Habría que hacer lo posible por entender esta extraña ley: la resistencia a la aceleración de la globalización acelera más esa globalización.

    Si bien es cierto que la globalización se acaba imponiendo con el poder de sus enemigos, eso no quiere decir que todo dé lo mismo. Lo que impulsa la globalización no es la libertad global del capital, sino la falta de libertad global de las víctimas de la globalización. La resistencia frente a la agenda neoliberal de la globalización impone una agenda cosmopolita de globalización. Todas las crisis, los conflictos, los descalabros de la globalización tienen uno y el mismo efecto: refuerzan la apelación a un régimen cosmopolita, abren (pretendiéndolo o no) el espacio a una ordenación del poder y del derecho.

    Este círculo, en el que los conflictos y crisis de la globalización globalicen a ésta, puede documentarse de múltiples formas. Como los adversarios de los defensores de la globalización organizan sus cumbres transnacionalmente, las contramedidas policiales tienen que transnacionalizarse a su vez. Las policías nacionales tienen que saltar sobre su sombra nacional y desnacionalizarse, transnacionalizarse ellas mismas. Es decir, la protesta supranacional exige una policía supranacional, un sistema acorde de información supranacional, regulaciones jurídicas supranacionales, etcétera.

    Este hermanamiento paradójico de contrarios es lo que hace avanzar el régimen cosmopolita. Los grupos de protesta ecologistas Urgewald y Greenpeace, así como ATTAC y las ONG que combaten el hambre en el mundo, exigen la condonación de la deuda de las naciones más pobres y un cambio de rumbo drástico en la política sobre el clima. Pero eso mismo es lo que demanda, por ejemplo, el canciller federal alemán, en coincidencia con otros jefes de Gobierno. La brecha entre la política verbal y la política real es extrema. Se lleva a efecto

    poco o nada en absoluto de lo que se promete y publica a bombo y platillo en los comunicados de las cumbres. Pero lo único que quiere decir eso es que las organizaciones no gubernamentales son la mejor conciencia del Gobierno... quizá incluso fueran el mejor Gobierno.

    O pensemos en la evasión fiscal: paraísos fiscales como las Islas Caimán británicas, las Antillas Holandesas o Liechtenstein se convierten a ojos vista en un agujero negro de la economía mundial en el que, según cálculos del Fondo Monetario Internacional, fortunas privadas acumulan depósitos por valor de más de cinco billones de dólares fiscalmente opacos. Sólo la Hacienda alemana pierde de ese modo un mínimo de 10.000 millones de euros anuales. Sin embargo, todas las iniciativas para acabar con estos paraísos fiscales han fracasado porque los Gobiernos no reúnen las fuerzas para tocar este privilegio de los ricos. Los antiglobalización aguijonean en la calle a los Gobiernos para que se liberen del sueño que les autoconfina al ámbito nacional y neoliberal y, hombro con hombro con las organizaciones no gubernamentales, realicen los intereses que les son más propios.

    Sin duda, hay y seguirá habiendo contramovimientos reaccionarios reforzados y poderosos que traten de llevar a su molino el agua de las protestas contra la globalización, con el fin de alcanzar así influencia en los ámbitos políticos. De hecho, ya hoy se perfilan combinaciones perversas de una política de mercados mundiales abiertos y de xenofobia propagada por los Estados. Hacia fuera, hacia los mercados mundiales, el comportamiento es adaptativo; hacia dentro, autoritario. Para los que ganan con la globalización lo que procede es el neoliberalismo; para los que pierden con ella, se atiza el miedo al extranjero y se dispensa, dosificado, el veneno de la reetnificación. Pero incluso en esto se evidencia que un fascismo modernizado, en caso de que fuera posible, tampoco podría sustraerse al imperativo de la inmanencia oposicional.

    Este "tanto lo uno como lo otro" se personifica en la figura del especulador profesional George Soros, que encarna en una misma persona tanto el capital asilvestrado como el movimiento radical de oposición. Es a la vez especulador de primera fila y su crítico más radical. Por un lado, con sus apuestas especulativas pone a países enteros a la defensiva; por otro, proclama alto y claro que los mercados financieros albergan el peligro de un desarrollo autodestructivo. Como principio dominante, este "tanto lo uno como lo otro" tiene algo de totalitario: sustrae el suelo al "anti" del movimiento antiglobalización en la medida en que supera y anula el principio de oposición.

    ¿Quiere esto decir que queda excluida una red europea de movimientos de antiglobalización, quizá incluso un partido europeo antiglobalización? No, pero éstos tendrían que aportar el valor y la energía para romper la ilusión del falso "anti" proteccionista del movimiento antiglobalización y luchar por una Europa cosmopolita abierta al mundo, que afirme la alteridad de los otros.

    Diario El País, Madrid, 5 de diciembre de 2002


    U.Beck

    El poder de la impotencia 

    ULRICH BECK

    La relación entre economía, Estado y movimientos sociales siempre fue un juego de poder. Las reglas estaban controladas por el Estado de la nación y por ello eran más o menos perceptibles para el individuo particular. Así era antes, pero el nuevo mundo digital no tiene por qué atenerse a las fronteras estatales. Sobre todo, la economía ha roto la jaula del juego de poder dominado por el Estado de la nación y ha descubierto nuevas salidas para este juego del poder. Es como si se hubieran inventado nuevas reglas para el juego del ajedrez. Bajo las condiciones de movilidad de las tecnologías de la información, el peón –la economía– se convierte de repente en alfil, pudiendo incluso atacar al rey –el Estado– y hacerle un jaque mate. La economía global emplea para ello su medio de poder más eficaz: las inversiones. “Perdonamos a los cruzados y que vengan los inversores", decía en sus titulares un periódico de Europa del Este con motivo de la visita del canciller alemán. La inversión exacta de la idea clásica de dominio maximiza el poder de las empresas multinacionales. El medio coercitivo no es la invasión amenazadora, sino la amenazadora no-invasión de los inversores o su amenazador abandono. Sólo hay una cosa peor que ser arrollado por las multinacionales: no ser arrollado por ellas. Esta forma de dominio ya no está ligada a la ejecución de órdenes, sino a la posibilidad de invertir de manera diferente –en otros países– de forma más rentable. Con ello se crea un nuevo tipo de amenazadores bastidores: no hacer algo, es decir, dejar de invertir en ese país. En este sentido, el nuevo poder de los consorcios no está basado sobre algo tan pasado de moda como el poder como última ratio para imponer a los demás la voluntad propia. Este poder es móvil, independiente del lugar donde se encuentre y, por consecuencia, "de aplicación global". Una no-conquista premeditada –ese "No" invisible, carente de violencia y plenamente intencionado de la renuncia– ni está sujeto a acuerdo ni es apto para el acuerdo. Consecuentemente, "Gobernar" tiene lugar también de forma cada vez más privada. "Estamos escribiendo los estatutos de una economía global y única", presagiaba en este sentido el director general de la Organización Mundial del Comercio en el año 1997, Renato Ruggerio. Según esto, las reformas políticas deben orientarse, a nivel mundial, por los baremos de los objetivos económicos: una baja inflación, unos presupuestos equilibrados, el desmantelamiento de las barreras comerciales y los controles de divisas, una máxima libertad para el capital, una regulación mínima del mercado de trabajo y un Estado del bienestar esbelto y con capacidad de adaptación, que instigue a sus ciudadanos al trabajo; éstos son los objetivos de reforma del neoliberalismo que actúa a nivel mundial. De este modo, el dominio económico puede seguir siendo "apolítico", ya que la adaptación a los mercados financieros de la globalización se ha convertido en el compás interno de la política supuestamente "reinante". Las empresas multinacionales, así como la Organización Mundial del Comercio, se convierten en este sentido en "semiestados", con una consecuencia fundamental: en su calidad de semiestados, esas empresas, tienen que adoptar también decisiones semipolíticas, como hoy en día se ve, claramente, en la tecnología genética, por ejemplo. Las cuestiones de si está permitido, y bajo qué circunstancias, experimentar con el material genético de los animales, e incluso de los hombres, son temas políticos absolutamente neurálgicos. En la realidad, los gobiernos nacionales son, si acaso, asesores en esa clase de cuestiones. La ejecutiva de los consorcios adopta finalmente sus decisiones sin su consentimiento y las ejecuta también del mismo modo. Si a una institución nacional se le ocurriera restringir el ámbito de actuación de una empresa, ésta se buscará otro lugar donde actuar. La cuestión ya no es, por tanto, si algo se puede hacer o no, sino simplemente, dónde realizarlo. Por consiguiente, los agentes de la economía mundial adoptan decisiones políticas sin una legitimación político-democrática. Este vacío de legitimación es, por otro lado, una fuente de poder para los movimientos sociales. Éste es el punto en el que se centran. El movimiento contra la globalización, a pesar de no estar tampoco organizado ni legitimado democráticamente, es, para muchos, una especie de movimiento a lo Robin Hood. Por ejemplo, si se pregunta a los jóvenes cuáles son los agentes políticos que más estiman, conceden a los movimientos de este tipo –Greenpeace o Amnistía Internacional– los mejores puestos. Ello quiere decir que hay una paradoja entre poder y legitimación: los consorcios internacionales disponen de un gran poder y de una escasa legitimación. Los movimientos sociales, por el contrario, sólo tienen un reducido poder, pero una legitimación alta. Y el ritmo acelerado de la interconexión económica mundial acelera la caída de la legitimación de los nuevos amos. Esta pérdida de legitimación del poder económico mundial representa un considerable potencial de politización. La carencia crónica de legitimación hace extremadamente frágiles a los mercados mundiales, ya que también los grandes consorcios están sometidos a relaciones de dependencia. Cuanto más se emancipen de los votantes o de las instituciones estatales, tanto más dependientes se harán de los consumidores, de los clientes y de los mercados. La credibilidad se convierte en un capital decisivo, pues los mercados mundiales dan por sentada la existencia de confianza de la opinión pública y de los consumidores. Como pongan en juego su confianza –tal y como le está ocurriendo actualmente a parte de la industria internacional de la alimentación con sus productos cárnicos– se puede poner en peligro la existencia de mercados enteros. La fragilidad de la confianza en los mercados de consumo globales muestra la fragilidad de la legitimación de los consorcios de actuación mundial. Éste es su talón de Aquiles. Ésas son las miras de los movimientos sociales y también de los manifestantes que han alzado su voz en el congreso de Davos. Los programas informativos nocturnos en las televisiones mundiales pueden hacer que estas estrategias de provocación de los movimientos sociales obtengan muchas oportunidades y adquieran un gran poder. Las redes quieren poner al descubierto ante la opinión pública, con alfilerazos informativos, la contradicción que existe entre la maximización del poder económico mundial y la minimización de la legitimación del poder económico mundial. Para las redes sociales, se trata de cuestiones esenciales para la humanidad: la destrucción del medio ambiente, los peligros económicos a nivel mundial, los derechos humanos, los derechos de los ciudadanos y la pobreza global no son "asuntos internos" de los Estados nacionales o de los consorcios internacionales. Por esa razón, es legítimo mezclarse en ellos. Por todas partes, a nivel mundial. Aunque los distintos grupos, y especialmente los del movimiento contra la globalización, sigan peleando resueltos por el proteccionismo y en contra de una interconexión mundial de la economía, su propio compromiso tampoco puede detenerse ante límites fronterizos. La lucha contra la globalización hace ya mucho que se convirtió en una lucha globalizada. Sólo su actuación dentro de una red mundial hace que los movimientos sociales se conviertan en la única oposición política a tomar en serio dentro del ámbito del dominio de la economía mundial. Los consorcios frente a los movimientos; éstos son los dos grandes bloques que se enfrentan a nivel internacional. Para ello, el único instrumento de poder del que se pueden servir estas redes es la honestidad. En un mundo en el que se miente por principio, y no sólo ocasionalmente, todo aquél que diga lo que hay es peligroso. Los Estados y consorcios suelen tener un trato estratégico con la verdad, es decir, solapan las realidades que les perjudican, y propagan aquellas con las que se prometen obtener ventajas. Para este cometido se sostiene un aparato enorme y costoso. En su contra, el "poder de legitimación" de los movimientos sociales se basa en su credibilidad como productores de informaciones fiables. Sabido es que hacer predicciones es difícil, sobre todo cuando se proyectan al futuro. No obstante, a raíz de la contraposición esbozada entre poder y legitimidad en la economía mundial, se puede extraer un pronóstico: a corto plazo, puede que triunfen las fuerzas proteccionistas, esa "coalición de contrarios". Bajo su techo se revolverán agrupaciones con objetivos en parte contradictorios: nacionalistas, anticapitalistas, protectores del medio ambiente, defensores de la democracia y de la autoridad estatal, así como movimientos xenófobos. A largo plazo, sin embargo, una paradójica coalición entre los supuestos "perdedores" de la globalización económica (sindicatos, protectores del medio ambiente, demócratas) y los ganadores de la globalización (consorcios, mercados financieros, Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio...) podría conseguir una revitalización, e incluso la invención de la vida política en el espacio internacional, porque ambas partes tendrán que reconocer, antes o después, que lo mejor para los intereses de ambas son unos sistemas de regulación supranacionales. Los representantes de los trabajadores, los protectores del medio ambiente y los defensores de la democracia abogarán por unas normas de derecho internacional. Esto también es válido para las empresas multinacionales, o al menos para su fracción cosmopolita. A fin de cuentas, éstas sólo podrán triunfar a nivel económico bajo unas condiciones básicas que les garanticen a ellas y a los demás un mínimo de seguridad jurídica, política, social y, por tanto, también económica. Una ampliación del compromiso estatal democrático-social que constituya el capitalismo nacional de la primera modernidad, que se abra al espacio multinacional, podrá finalmente garantizar también los intereses de los beneficios de las empresas. Ciertamente, el camino para llegar a ello es un camino inseguro y pavimentado a base de desmoronamientos. Pero actualmente hay ya muchos indicios –ya no sólo en las actuaciones de los movimientos sociales, como ahora en Davos, sino también en las actividades de empresas y gobiernos– que permiten empezar a entrever este nuevo mundo político.

    Ulrich Beck es catedrático de sociología de la Universidad de Munich

    Portada


    ¡APÁRTATE ESTADOS UNIDOS... EUROPA VUELVE!

    Ulrich Beck
    Imaginemos por un momento que la Unión Europea solicitara la entrada en la Unión Europea, ¿cuál sería la respuesta? Rechazarían su petición sin paliativos. ¿Por qué? Sencillamente, porque la Unión Europea no satisface sus propios requisitos de democracia.
    Esta situación imaginaria representa las razones fundamentales de que el escepticismo con respecto a Europa esté tan extendido. ¿Existe verdaderamente una realidad que merezca el título de "Europa", o no es más que un término elitista e idealizado para designar una ilusión que no soporta un examen crítico? Ocurre exactamente lo contrario: lo que los críticos no ven es la realidad de Europa. El antieuropeísmo se basa en una imagen falsa de Europa.
    Primer paso: la Unión Europea no es un club cristiano. El único paisaje humano y cultural que merece la etiqueta de "europeo" es antiontológico y radicalmente abierto, es decir, determinado mediante trámites legales y políticamente pragmático. Los que quieren reinventar el Occidente cristiano y erigir barreras en torno a Europa están convirtiendo esta última en una religión, prácticamente en una raza, trastornando por completo el proyecto ilustrado europeo.
    Para empezar, el término "Europa cosmopolita" es empíricamente significativo, porque nos abre los ojos, por ejemplo, al hecho de que los turcos, a los que algunos quieren dejar fuera de Europa, ya están dentro, y lo están desde hace mucho tiempo: OTAN, acuerdos comerciales, formas transnacionales de vida. Turquía llegó al escenario europeo hace largo tiempo. Y existen grandes zonas del país que ya están europeizadas.
    El concepto de una Europa cosmopolita permite hacer una crítica de la realidad de la UE que no es nostálgica ni nacional, sino totalmente europea, por así decir. Dicha crítica afirma que "hay demasiado poca Europa", y el tratamiento terapéutico es "más Europa", entendida en el buen sentido, es decir, de forma cosmopolita. Por ejemplo, resulta totalmente antieuropeo equiparar los musulmanes con el islam y, por tanto, reducirlos a lo mismo. Precisamente el hecho de que los valores europeos sean unos valores laicos hace que no estén vinculados a ninguna religión ni herencia particular. La apertura radical es un rasgo esencial del proyecto europeo, y el verdadero secreto de su éxito. La sociedad civil europea sólo puede surgir si los demócratas cristianos y musulmanes luchan juntos por la realidad política de Europa.
    Segundo paso: la Europa cosmopolita se está apartando de la posmodernidad. En otras palabras, el orden de las etapas es: Europa nacionalista, posmodernidad, Europa cosmopolita.
    La Europa cosmopolita surgió tras la Segunda Guerra Mundial con la voluntad política consciente de crear la antítesis a la Europa nacionalista y su desolación física y moral. Ese espíritu de un nuevo comienzo fue el que hizo que, en 1946, Winston Churchill, en medio de las ruinas de un continente destruido, se entusiasmara: "Si Europa estuviera unida un día..., no habría límites para la felicidad, la prosperidad y la gloria de las que podrían disfrutar sus 300 o 400 millones de habitantes". Los estadistas carismáticos de las democracias occidentales, en especial los individuos y grupos que participaron en la resistencia activa, fueron quienes reinventaron Europa. La Europa cosmopolita es un proyecto nacido de la resistencia. Es importante tenerlo claro, porque ese dato reúne dos elementos: primero, la resistencia se inflama al vivir la experiencia de que se pervirtieran los valores europeos. Es decir, el origen no está en el humanismo, sino en el antihumanismo, en el sentido de la amarga comprensión de que los regímenes totalitarios siempre se han basado en la idea de "lo verdaderamente humano" precisamente para poder separar, excluir, reformar o destruir a las personas que no quisieran ajustarse a ese ideal. Ahora bien, si lo que tenemos es un sujeto descentrado, ¿qué queda por conservar? ¿En nombre de qué podemos garantizar que no le capturarán, le torturarán y le matarán? Este segundo punto es precisamente el momento en el que resultan fundamentales los orígenes de la protesta pública y la resistencia, porque es también donde pueden encontrarse los principios de la defensa de la dignidad humana basada en la compasión. Las personas suelen adquirir conciencia de unas normas internacionales, como si dijéramos, post hoc -como efecto secundario de la violación de dichas normas-, y eso es lo que les empuja a involucrarse en la acción política.
    La Europa cosmopolita es una Europa que lucha desde el punto de vista moral, político, económico e histórico por la reconciliación. En una ruptura decisiva con el pasado, 1.500 años de guerras europeas van a llegar definitivamente a su fin. Desde el principio, esta reconciliación -sin base, sin fundamento, si se quiere- no se propone de forma idealista, sino que se pone en marcha con una actitud materialista: la "felicidad sin límite" que predecía Churchill equivale, en primer lugar, a un mercado sin límites. Se lleva a cabo en sentido totalmente profano, como una creación de interdependencias en las esferas políticas de la seguridad, la economía, la ciencia y la cultura.
    Los dilemas del cosmopolitismo institucionalizado se revelan, sobre todo, en el recuerdo del holocausto, como afirman Natan Sznaider y Daniel Levy. Si investigamos en qué documentos y discursos se pueden estudiar los orígenes de ese cosmopolitismo institucionalizado, nos encontramos, entre otras cosas, con los juicios de Núremberg, en los que se procesó a los responsables del terror nazi en Alemania. Fue el primer tribunal internacional. Lo extraordinario es que la creación de unas categorías legales y un trámite procesal que superaba las soberanías de las naciones-Estado fue lo que permitió captar en conceptos y procedimientos judiciales la monstruosidad histórica de la exterminación sistemática y estatal de los judíos; unos conceptos y procedimientos que constituyen lo que puede y debe interpretarse como una fuente esencial del nuevo cosmopolitismo europeo.
    El artículo 6 de la Carta del Tribunal Militar Internacional perfila tres tipos de crimen -crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad- por los que fueron sentenciados los criminales nazis. Curiosamente, los crímenes contra la paz y los crímenes de guerra presuponen la soberanía de la nación-Estado, es decir, obedecen la lógica de la concepción nacional, mientras que los crímenes contra la humanidad, en contraposición, suspenden esa soberanía nacional y pretenden insertar la concepción cosmopolita en las categorías legales, y seguramente no es casualidad que los jueces que participaron en el tribunal de Núremberg fueran, al final, incapaces de entender del todo la categoría históricamente nueva de los "crímenes contra la humanidad". Al fin y al cabo, lo que se estaba introduciendo era no sólo una nueva ley o un nuevo principio, sino una nueva lógica legal que rompía con todas las lógicas anteriores del derecho internacional, basadas en la nación-Estado. Cito del artículo 6c: "Crímenes contra la humanidad: en concreto, asesinato, exterminio, cautiverio, deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, antes o durante la guerra, o persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos en ejecución de o en relación con cualquier crimen incluido en la jurisdicción del Tribunal, violen o no las leyes nacionales del país en el que se cometieron".
    En la formulación "antes y durante la guerra", los crímenes contra la humanidad quedan claramente diferenciados de los crímenes de guerra. Se crea así la noción de la responsabilidad de los autores individuales respecto a la comunidad de naciones, la humanidad fuera del contexto legal nacional. Si el Estado se convierte en un Estado criminal, el individuo que está a su servicio debe hacerse a la idea de que será acusado y sentenciado por sus actos ante un tribunal de derecho internacional. La expresión "cualquier población civil" suspende el principio nacional por el que las obligaciones de una persona dentro de sus fronteras son totales y su falta de obligaciones fuera de esas fronteras es igualmente total; lo sustituye por el principio legal de la responsabilidad cosmopolita. El principio legal cosmopolita que rompe con el derecho de la nación-Estado protege a las poblaciones civiles, no sólo de la violencia de otros Estados hostiles (algo ya contenido en el término "crímenes de guerra"), sino, en un sentido mucho más trascendental y provocador, de los actos aleatorios de violencia cometidos por Estados soberanos contra sus propios ciudadanos. En definitiva, lo que la moral cosmopolita de las leyes hace es transformar las prioridades, de manera que los principios del derecho cosmopolita abren una brecha en el derecho nacional. Los crímenes contra la humanidad no pueden legitimarse con las leyes de la nación-Estado ni juzgarse y condenarse en la nación-Estado. En resumen, es así como la categoría históricamente nueva de los "crímenes contra la humanidad" suspende los principios de la legislación y los fallos judiciales en el plano nacional.
    En este sentido, la Europa cosmopolita genera una contradicción interna genuinamente europea, desde el punto de vista moral, legal y político. Si las tradiciones en las que se origina el horror colonialista, nacionalista y genocida son europeas, también lo son los valores y las categorías legales que sirven para medir esos actos, proclamarlos como crímenes contra la humanidad y juzgarlos bajo los focos de la publicidad mundial. La reflexión que han hecho las ciencias sociales sobre el holocausto han suscitado un discurso de desesperación, y con motivo. Según Horkheimer y Adorno, es la propia dialéctica de la Ilustración la que genera la perversión. Esta hipótesis de causalidad entre la modernidad y la barbarie sigue presente en el gran libro de Zygmunt Bauman Modernidad y Holocausto. Pero este desesperanzado adiós a la modernidad no tiene por qué ser la última palabra sobre el tema. De hecho, se puede decir incluso que no tiene en cuenta de qué forma la creación de la Unión Europea ha provocado una lucha por las instituciones con el objetivo de contraponer, al horror europeo, unos métodos y valores también europeos: el Viejo Mundo que se reinventa a sí mismo.
    En este sentido, el recuerdo del holocausto se convierte en un modelo que advierte sobre la omnipresente modernización de la barbarie. La faceta negativa de la modernidad y su conciencia europea no es una mera actitud, una ideología de lo trágico. Así lo expresa la invención histórica de una modernidad que se ha apartado del buen camino en relación con la nación y el Estado, una modernidad que ha desplegado sin piedad las posibilidades de desastre moral, político, económico y tecnológico, sin pensar en su propia autodestrucción. Las fosas comunes del siglo XX -de las guerras mundiales, el holocausto, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, los campos de exterminio de Stalin y los genocidios- dan testimonio de ello. Ahora bien, existe un vínculo olvidado e intacto entre el pesimismo europeo, la crítica de la modernidad y la posmodernidad que convierte esa desesperación en un rasgo permanente; tiene razón al respecto Jürgen Habermas. Para decirlo de otra forma, existe una coalición paradójica entre la Europa de las naciones y la Europa de la posmodernidad, porque los teóricos de la posmodernidad niegan la posibilidad y la realidad de combatir el horror de la historia europea con más Europa, una Europa radicalizada y cosmopolita.
    La modernidad nacional y la posmodernidad provocan ceguera respecto a Europa. La europeización significa esforzarse en encontrar respuestas institucionales a la barbarie de la modernidad europea y, al mismo tiempo, dejar atrás la posmodernidad, que no reconoce este factor. En este sentido, la Europa cosmopolita constituye la forma europea de autocrítica institucionalizada. ¿Es posible que esa autocrítica radical sea lo que distingue a la UE de Estados Unidos o de las sociedades islámicas?
    Tercer paso: la mirada nacional ve dos -y sólo dos- formas de interpretar la política y la integración europea: como Estado federal (federalismo) o como confederación de Estados (intergubernamentalismo). Ambos modelos están empíricamente equivocados. Cuando se conciben en términos normativos y políticos, niegan precisamente lo que está en juego en la realidad y en el futuro: una Europa de la diversidad.
    Una Gran Europa nacional -un superestado federal- implica arrebatar el poder a las naciones europeas y asignarles el papel de museos; mientras que las naciones-Estado dentro de una confederación defienden celosamente su soberanía nacional frente a la expansión del poder europeo. En la perspectiva nacional, la integración europea tiene que concebirse, en última instancia, como una internalización del colonialismo. O ellos o nosotros. Lo que cedamos nosotros lo ganan ellos. O existe un solo Estado de Europa (federalismo), en cuyo caso no hay Estados nacionales miembros, o los Estados nacionales miembros siguen siendo los amos de Europa, en cuyo caso no existe Europa (intergubernamentalismo).
    Lo mismo ocurre con el debate actual sobre la Constitución. Gran Bretaña, por ejemplo, como es sabido, no tiene Constitución, y, sin embargo, habla (de vez en cuando) con una voz protoeuropea, protodemocrática y cosmopolita. Esto significa que intentar crear una sola Constitución para Europa es abolir Europa, arrebatarle el corazón, quitarle sus deliciosos provincialismos liberales. Sin embargo, optar por que no haya ninguna Constitución europea significa, aunque resulte vulgar, que vuelve a no haber Europa. Estamos, por tanto, atrapados en las falsas alternativas del punto de vista nacional, y nos vemos obligados a escoger ¡entre nada de Europa y nada de Europa!
    Igual que la Paz de Westfalia acabó con las guerras civiles y religiosas del siglo XVI mediante la división del Estado y la religión, las guerras (civiles) mundiales, entre naciones, del siglo XX y comienzos del XXI se pueden resolver separando el Estado de la nación; ésta es la hipótesis fundamental de la confederación cosmopolita de Estados europeos. Igual que un Estado laico permite a sus ciudadanos que practiquen diversas religiones, una Europa cosmopolita debería salvaguardar la coexistencia de las identidades y culturas étnicas, nacionales, religiosas y políticas por encima de las fronteras nacionales, gracias al principio de la tolerancia constitucional.
    El otro aspecto del declive del orden de las naciones-Estado es la oportunidad que se les ofrece a las entidades estatales de la Europa cosmopolita de transformarse ante la globalización económica, el terrorismo internacional y las consecuencias políticas del cambio climático. Dados los problemas mundiales que se amontonan con aire amenazador en nuestro entorno y que no se prestan a las soluciones de las naciones-Estado, la única forma de que la política pueda recuperar su credibilidad es dar el gran salto del Estado nacional al cosmopolita. Esto es exactamente lo que está en juego en la Europa cosmopolita: en una era de problemas globalizados que, sin embargo, afectan a la gente en su vida cotidiana, existe la necesidad de recuperar la credibilidad tanto en el ámbito de la política como en el de la ciencia política, mediante formas interestatales de cooperación y estrategias de colaboración a escala regional y mediante las correspondientes teorías políticas. El principio fundamental del realismo cosmopolita es el siguiente: Europa nunca será posible como un proyecto de homogeneidad nacional. Construir la casa común de Europa de acuerdo con la lógica nacional-internacional no es realista ni deseable; de hecho, es contraproducente. Sólo una Europa cosmopolita que sea capaz de superar su tradición nacional, tal como pretendían los padres fundadores -superarla mediante su reconocimiento, es decir, excluir la posibilidad de una Gran Europa nacional, pero celebrar la diversidad de lo nacional como rasgo esencial de Europa)- y, paradójicamente, al mismo tiempo reconocer que dicha tradición nacional es europea (en el sentido en que no es nacional) y nacional, porque es plurinacional, es decir, europea.
    Los británicos actúan como si Gran Bretaña siguiera existiendo. Los alemanes creen que Alemania existe. Los italianos piensan en Italia, los franceses en Francia, y así sucesivamente. Sin embargo, desde el punto de vista empírico, estos "contenedores" nacionales, organizados en un Estado, dejaron de existir hace mucho. En la Europa cosmopolita empieza a aparecer una nueva realpolitik de la acción política: al empezar el tercer milenio, la máxima circular de la realpolitik nacional -los intereses nacionales deben defenderse en el ámbito nacional- debe sustituirse por la máxima de la realpolitik cosmopolita: nuestra política será más nacional cuanto más europea y cosmopolita sea. Sólo la política multilateral permite opciones unilaterales para actuar. La cuestión europea, la pregunta sobre cómo puede aumentar una Europa cosmopolita su capacidad de actuar y su poder de persuasión, es: ¿cómo se puede sustituir el "círculo vicioso" del juego nacional del todo o nada por el "círculo virtuoso" de un juego europeo de todo o algo? Aquí también nos resulta fructífero el concepto de realpolitik cosmopolita.
    Lo que paraliza Europa es el hecho de que sus élites intelectuales viven una mentira basada en la idea de nación. Lamentan la existencia de una burocracia europea sin rostro y el alejamiento de la democracia, pero basan sus quejas, tácitamente, en la hipótesis completamente irreal de que es posible volver a la idílica situación de la nación-Estado. La fe ciega en la nación-Estado impera en medio de su propia historicidad: existe una ingenuidad insistente y desconcertante que permite que la gente considere eternas y naturales cosas que hace sólo 200 o 300 años se consideraban antinaturales y absurdas.
    Cuarto paso: una Europa renovada cosmopolitamente puede y debe, como actor en el escenario político global, adquirir y acentuar su perfil como rival de los Estados Unidos globales. El lema para el futuro podría ser: ¡Apártate EE UU... Europa vuelve!
    Hay un perturbador paralelismo entre la retórica del presidente Bush de una democratización militante del mundo y Amnistía Internacional: "Ejercemos el poder sin conquista, y nos sacrificamos por la libertad de extraños", afirmó en su discurso sobre el estado de la Unión. "No tenemos intención de imponer nuestra cultura", añadió, "pero Estados Unidos siempre se mantendrá firme en cuanto a las exigencias no negociables de la dignidad humana...".
    En la guerra de Irak, lo que está principalmente en juego no es "sangre por petróleo". La política estadounidense tampoco es unilateral en el sentido tradicional. Eso son graves malentendidos y simplificaciones europeos. De hecho, lo que se evidencia con la decisión sobre la guerra y la paz son dos visiones y misiones cosmopolitas diferentes, cada una de las cuales se fundamenta en la historia y en la autointerpretación de Estados Unidos y Europa. La colisión de creencias se refiere a la necesidad o la irrelevancia de crear aquellas instituciones internacionales y "liosas alianzas" que George Washington pidió a sus conciudadanos que evitaran hace dos siglos. "El curso de esta nación no depende de la decisión de otros", fue la frase clave en el discurso de Bush, que era una bofetada en la cara de las Naciones Unidas. Para Bush, la comunidad mundial de la ONU es interesante, pero no muy interesante, y desde luego no es esencial. Desde la perspectiva de Bush, la ONU es, en el mejor de los casos, la bandera y la teoría del orden mundial; pero lo que de verdad importa es el poder estadounidense, esencialmente bueno. Unos Estados Unidos globales que tratan de cumplir su misión cosmopolita por medios militares deben verse enfrentados a la voz opositora de Europa, que clama ¡haz el derecho, no la guerra!
    Existe una crítica proestadounidense del bushismo antiestadounidense que debe escucharse también dentro de Estados Unidos a través de la voz de una Europa cosmopolita. Si la Administración de Bush se lanza a desencadenar guerras preventivas para salvaguardar la seguridad de EE UU y del mundo, esta definición militar del bien global común debe ser contrarrestada por una definición europea. El mundo necesita lo que Europa ha aprendido del belicoso pasado que tiene en la memoria: no puede formar parte del interés nacional estadounidense, ni del interés mundial, desarrollar principios que garantizan a cualquier nación un derecho ilimitado a lanzar ataques preventivos contra amenazas a su propia seguridad que ella misma ha definido como tales. Lo que el Gobierno estadounidense pretende hacer es algo que también podría decidir hacer el Gobierno indio contra Pakistán (para combatir el terrorismo en Cachemira) o el Gobierno chino contra Taiwan (para reprimir una declaración de independencia), etcétera.
    El Nuevo Mundo Feliz de la seguridad militar prometido por la Administración de Bush sume al mundo real en un abismo erizado de peligros porque sustituye la lógica del tratado por la de la guerra. Y tampoco es baladí que eso signifique esperar de los soldados estadounidenses que hagan algo que sólo pueden lograr los tratados, que están parcialmente basados en la confianza: el desarme supervisado de armas nucleares, biológicas y químicas; sin unas Naciones Unidas eficaces tampoco puede haber seguridad interna para EE UU.
    El terrorismo fomentado por el Estado, junto con todos los peligros de las armas químicas, biológicas y nucleares, siempre abre dos posibilidades interdependientes a la hora de combatirlo: la opción de la guerra y la opción del tratado o, en otras palabras, el reforzamiento práctico de las convenciones internacionales para lograr que avance el desarme en el ámbito de las armas de destrucción masiva. Sin embargo, como Estados Unidos se niega rotundamente a someterse a las normas del desarme que exige a todos los demás estados -cuando sea necesario, utilizando la violencia militar- destruye la arquitectura de seguridad basada en tratados que en última instancia también proporciona un escudo protector a los ciudadanos estadounidenses.
    Y una vez que Irak haya sido ocupado, ¿de verdad se desplegará de inmediato en todo Oriente Próximo la doble bendición de la libertad , el mercado libre y la democracia, tal como parece soñar el Gobierno de Bush, en un auténtico estilo neorromántico? ¿La voraz oruga del islam militante se transformará súbitamente en una multicolor mariposa que sólo proclamará mensajes de paz y buena voluntad? El ingenuo destello militar en los juveniles ojos de los bolcheviques neoconservadores estadounidenses necesita el contrapeso de una voz opositora europea. Una Europa cosmopolita puede y debe contribuir a una situación en la que las relaciones internacionales ya no estén militarizadas y los tratados e instituciones internacionales no se arrojen al cubo de la basura de la guerra fría. Lo cierto es que sin ellos no puede haber seguridad en este único mundo nuestro, dividido y radicalmente desigual.
    Sin embargo, la Unión Europea está fundada sobre una mentira viviente: sin la hegemonía militar de Estados Unidos, el romance de la política de reconciliación europea se disiparía bien pronto. Una de las razones del superior poder de Estados Unidos puede remontarse hasta la política interna europea, a saber, su renuncia colectiva a la fuerza militar. Mientras este fracaso no se reconozca y rectifique, la Unión Europea no será capaz de desarrollar una política exterior digna de ese nombre. Sólo entonces podrá evitarse lo que ocurrió recientemente: nueve países europeos se alinearon en apoyo del eslogan de Bush: haz la guerra, no el derecho. Sólo podrá existir una política exterior europea cuando sus capitales reconozcan que transferir determinadas áreas de autoridad a Bruselas no las debilita, sino que, por el contrario, las fortalece, porque ese giro cosmopolita aumenta la influencia global de todos los Estados de la UE.
    Sin embargo, EE UU puede estar tranquilo. Mientras la existencia o no existencia de la UE se dirima en disputas sobre las cuotas lecheras o los subsidios agrícolas -y mientras existan Tony Blair y José María Aznar- la supremacía estadounidense no será desafiada.


    Diario El País, Madrid, 10 de marzo de 2003


    Portada


    Ulrich Beck y las paradojas de la globalización

    El sociólogo alemán será recordado por haber anticipado lo que en tiempos futuros ya será una evidencia, la necesidad de contrarrestar los desafíos de la globalización con un nuevo espíritu político

    “Tras su lectura, uno debería tener la impresión de comprender mejor el mundo en el que vivimos”, dice una carta de Arno Widmann, director del suplemento cultural del Frankfurter Rundschau, donde invita a Beck a hacer una compilación de artículos que en la edición española se agruparían bajo el nombre de Crónicas desde el mundo de la política interior global(2011). De la misma forma que El Capital de Marx desarrolló una filosofía existencial del hombre en la economía, Beck pensaba que la situación espiritual de nuestro tiempo se podría definir con ese término de “política interior global” o Weltinnenpolitik. Este libro “no reflejaría las cosas que vemos incesantemente en la televisión, sino los acontecimientos que pueden aclararnos hacia dónde camina la historia mundial”, la visión de los cambios en las relaciones de poder, o en qué lugar se está decidiendo el futuro para ver con mayor claridad “dónde se restaura lo antiguo y dónde se da una oportunidad a lo nuevo”.
    No es casual que el director del suplemento cultural del Frankfurter Rundschaueligiera a Beck para tal empresa. A este sociólogo que nos dejó el pasado jueves día 1, lo movía la intención específica de conocer científicamente lo social, pero también el por qué de ese mundo social. El “esto es así ” unido al “por qué es así”. En un mundo crecientemente complejo, en el que todo cambia constantemente, donde proliferan crisis y emergen situaciones nuevas al tiempo que la realidad no deja de sorprendernos con acontecimientos y paradojas, Ulrich Beck preparaba el camino para establecer conexiones y entender lo que teníamos que entender.
    Probablemente esa fue la obsesión que guió su pensamiento: entender los fenómenos. Y con ese fondo apareció la obra que le catapultaría a la fama mundial titulada  Sociedad del riesgo (1986), y traducida a 35 idiomas. El libro salió inmediatamente después de la crisis de Chernóbil, aunque lo había redactado antes, pero eso hizo que su impacto fuera inmediato. La tesis fundamental que esbozaba en él era que la modernidad había producido nuevas situaciones de riesgo que afectaban a todos por igual. Una tesis que el sociólogo resumía con la magnífica frase: “el smog es democrático”. Efectivamente, aunque algunos colectivos parten de situaciones más frágiles, ninguno de ellos puede escaparse a las nuevas situaciones de riesgo que ha generado la modernidad, de la misma forma que tales situaciones ya no pueden resolverse mediante el recurso a medidas aisladas por parte de los Estados nacionales. Esos nuevos riesgos sólo podrían evitarse a través de una constante acción preventiva más allá de las fronteras. La sociedad del riesgo es, en suma, un efecto más de la modernidad y su desarrollo tecnológico y presupone una constante acción anticipatoria de las posibles consecuencias no previstas de dicho desarrollo.
    Con posterioridad, el sociólogo volvería a algunas de las posiciones señaladas en dicha obra, pero trasladándolas a nivel global, por ejemplo, en  La sociedad de riesgo mundial (2007). El problema de hoy no sería ya tanto la persistencia de riesgos –cambio climático, energía nuclear, crisis financiera, flujos de inmigrantes masivos-, sino la diferente percepción de los mismos según los países y sus intereses puntuales. La “constante guerra preventiva” frente a los nuevos peligros es global y exige, por tanto, medidas apoyadas sobre un consenso mundial entre los países, pero la ideología dominante, el neoliberalismo, que antepone el negocio a los riesgos, impide que acaben de concretarse en medidas globales eficaces para combatirlo. De ahí que se produzca un “choque de culturas de riesgos” en vez del “choque de civilizaciones” anticipado por Huntington. A ello contribuye también nuestro “déficit de conocimiento”, la imposibilidad de definir con certidumbre absoluta el nivel exacto de los riesgos, lo cual permite refugiarse detrás de todo tipo de racionalizaciones para no adoptar según qué medidas. El cambio climático es un buen ejemplo a este respecto.
    La reflexión sobre la sociedad del riesgo pasó enseguida a formar parte de un análisis más general sobre los cambios que se venían produciendo en eso que él calificaba como “segunda modernidad”. Beck fue un activo analista del cambio social en las sociedades desarrolladas, marcadas por la individualización y una creciente capacidad “reflexiva” para la construcción autónoma de las biografías de los nuevos sujetos. Estos ya no aparecían inmersos en estructuras, grupos o clases, sino que construían su identidad a partir de procesos de decisión autónomos, el sujeto se “auto-bricolaba” , se autodiseñaba. En esto coincidió bastante con Anthony Giddens y su grupo de la LSE, con quienes mantuvo siempre un contacto directo y les permitió construir una especie de cártel académico que tendría una enorme influencia sobre movimientos tales como la Tercera Vía de Blair o la Neue Mitte de Schröder. Con aquellos compartía el afán por desentrañar los desafíos de la globalización, y la idea de que la teoría social dejara de ser una especialidad académica para convertirse en un instrumento con el que el público tomara conciencia de la nueva situación del mundo.
    Por eso Beck pertenecía a esa clase de sociólogos que, como Bauman, se preguntaban sobre el uso y la utilidad de la sociología. De ahí su afán casi obsesivo por interrogarse constantemente sobre las herramientas conceptuales con las que nos dotamos para entender ese mundo. A este respecto, en un artículo publicado en El País en agosto de 2013 y a raíz de las revelaciones de Eduard Snowden, Beck sentenciaba una lógica del riesgo completamente distinta donde lo que se ponía en riesgo era nada más y nada menos que nuestra libertad. Para calibrar la envergadura de estos cambios, afirmaba Beck, había que plantearse si “nosotros, como científicos sociales, hombres corrientes y usuarios de estos instrumentos de información digital, ya nos hemos dotado de conceptos adecuados para describir cuán profunda y fundamentalmente se han transformado la sociedad y la política”. Y añadía “creo que carecemos aún de categorías, mapas y brújula para ese Nuevo Mundo”.
    Por eso no sería aventurado afirmar que en Beck se dieron cita dos grandes esfuerzos. El primero, iría dirigido a comprender el mundo contemporáneo y dar cuenta de los peligros y ambivalencias de esta nueva modernidad tecnológica, reflexiva e individualizada. Los avances habían sido muchos, pero, a parte de los riesgos ya vistos, tales avances no habrían desembocado necesariamente en la realización de las promesas de la “primera” modernidad, como pudieran ser la creación de mayores cotas de solidaridad y democracia. El segundo de sus grandes esfuerzos y en parte derivado del anterior, buscaba además de comprender el mundo, transformarlo. Para ello puso todo su empeño en desarrollar un nuevo cosmopolitismo que dejara atrás lo que él denominó “nacionalismo metodológico”, con su amplia proliferación de “instituciones zombis” incapaces de afrontar los nuevos desafíos.
    La crisis europea no hizo sino confirmarle en sus hipótesis, y sus últimos ensayos se centraron en reivindicar una mayor unificación europea y en criticar la política de su país en la gestión de la misma. Junto a Habermas se lamenta de que se esté apuntalando una Europa alemana (2012), estancada además en esa “estela de la tecnocracia”. El mayor objeto de sus críticas fue la propia canciller alemana, A. Merkel, cuya indecisa posición por resolver los problemas planteados respondería, a su juicio, a una maquiavélica “duda premeditada”, a un no-decidir estratégico. De ahí que le diera el nombre de “Merkiavelli”. Su propia respuesta a la crisis la reflejó en un manifiesto que publicó junto con D. Cohn-Bendit, “Somos Europa”, en el que apuesta por una integración más profunda del continente. Previamente ya había planteado la necesidad de crear partidos europeos que concurrieran en las elecciones nacionales de los diferentes países de la UE para ir creando más Europa de abajo arriba.
    Sin duda, aquello por lo que este prolífico autor será recordado en la teoría sociológica es por haber anticipado lo que en tiempos futuros ya será una evidencia, la necesidad de contrarrestar los desafíos de la globalización con un nuevo espíritu político, eso que ya desde los estoicos recibió el nombre de cosmopolitismo. No como una alternativa a los sentimientos nacionales, sino como el complemento imprescindible para hacer frente a los peligros y riesgos de esta nueva modernidad que hasta que él apareciera estaba tan huérfana de teoría.

    Ulrich Beck (1944-)

    PERFIL BIOGRÁFICO Y ACADÉMICO

    Nació en 1944 en Stolp (hoy, Slupsk), Alemania. Estudió sociología, filosofía, psicología y ciencia política en Friburgo y Munich. Se doctoró en 1972. Inició su actividad docente en Münster (1979-1981), de donde pasó a la Universidad de Bamberg (1981-1992) y, ya en 1992, accedió a la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich como catedrático de sociología. Entre 1995 y 1998 impartió clases en la Universidad de Gales en Cardiff. También es docente de la London School of Economics. Editor de la revista sociológica Soziale Welt (desde 1980). Doctor 'honoris causa' por la Universidad de Jyväskylä, Finlandia. 
    Ha pertenecido a la Comisión para el Futuro de los gobiernos alemanes de Baviera y Sajonia. Ha pertenecido al Instituto de Estudios avanzados de Berlín, Wissenschaftskolleg (1990-191). Dirige el centro de investigación sobre la modernización de la Universidad de Munich, que trabaja en colaboración con otras instituciones académicas germanas (Sonderforschungsbereich).
    Sus opiniones sobre temas de actualidad se publican en el Frankfurter Allgemeine Zeitung y en la gran prensa internacional de referencia.
    Es autor, entre otros libros, de Risikogesellschaft. Auf dem Weg in eine andere Moderne (1986); Democracy Without Enemies (1998); World Risk Society (1999); What is Globalization? (1999); Individualization (con Elisabeth Beck-Gernsheim, 2000); Brave New World of Work (2000).
    Entre las obras traducidas a las lenguas española y portuguesa: Modernização reflexiva. Política, tradição e estética na ordem social moderna (con otros autores, UNESP, São Paulo, 1997; O que é Globalização: Equívocos do Globalismo Respostas à Globalização, Paz e Terra, São Paulo, 1999.La sociedad del riesgo. En camino hacia otra sociedad moderna, Paidós, Barcelona, 1998; ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas de la globalización, Paidós, Barcelona, 1998; La invención de lo político. Para una teoría de la modernización reflexiva, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999; Hijos de la libertad (comp.), Fondo de Cultura Económica, México DF, 1999; La democracia y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 2000; Un nuevo mundo feliz. La precarización del trabajo en la era de la globalización, Paidós, Barcelona, 2001; Sobre el terrorismo y la guerra, Paidós, Barcelona, 2003

    PENSAMIENTO Y EXPRESIÓN CIENTÍFICA

    Desde una posición crítica, inspirada en los planteamientos próximos a los de Habermas, se enfrenta a las corrientes del postmodernismo en las que se diluye el pensamiento fuerte, la racionalidad misma y se produce un alejamiento del compromiso social. Beck defiende, junto a Giddens, un espacio para la sociología reflexiva, para no abandonar el análisis crítico frente a los problemas del tiempo presente. Beck se acerca a los problemas de la nueva sociedad, que no son los mismos que describía la sociología de las sociedades precedentes, y encuentra el la complejidad de las relaciones, la desregulación absoluta, la prevalencia del poder y decisión de las corporaciones, la inhibición de los poderes políticos o su cooptación por el poder económico, una fuente de incertidumbre, inseguridad y riesgos. 
    La sociedad postmoderna asume una carga de riesgo –risikogesellschaft- en su propia identidad que encierra una grave contradicción: el peligro de supervivencia de la especie. La ‘rentabilidad’ del sistema corre el riesgo de la incertidumbre; no parte de la asunción de la seguridad y de un escenario sostenible en términos ecológicos, sino que conoce que existen márgenes de peligrosidad para la especie cuya cobertura no es, paradójicamente, prioritaria en un sistema guiado por la obtención de beneficios y una representación retórica de la racionalidad que oculta la racionalidad. Los medios de comunicación juegan aquí, como una extensión del poder y de control social, un papel determinante, en la escenificación de los riesgos y la búsqueda de soluciones.
    El pensamiento de Beck está jalonado por las constantes de una sociedad sometida a fuertes riesgos, a procesos de individualización o sujeción individual de los comportamientos en la vida social y modernización, como escenario de las representaciones que significan los cambios.
    La retórica envolvente habla de seguridad, prevención, control, pero la actualidad se traza con las noticias de las catástrofes ecológicas, las crisis financieras, el terrorismo, las guerras preventivas.
    Beck distingue una primera modernización, que discurre a lo largo de la industrialización y la creación de la sociedad de masas, de una ‘segunda modernización’, propia de una sociedad que propende a la globalización y se inscribe en una etapa de cambio tecnológico. 
    En la era industrial, el núcleo familiar era la célula social, la matriz cultural y laboral, la estructura de socialización primaria, la unidad económica. Ese núcleo se rompe y la dinámica de las sociedades impregnadas por los valores mercantiles empujan hacia la individualización de las estructuras, hacia situaciones donde se acentúan la incertidumbre del individuo en la ‘sociedad del riesgo’: trabajo precario, inestabilidad de las uniones matrimoniales, dificultades en la identificación de los valores, y, como expresiones de la crisis individual, el escepticismo, la marginación, el desarraigo.
    El individualismo aparece como un efecto esterilizador del neoliberalismo económico, que no sólo actúa en el plano personal, sino que alcanza al conjunto de las instituciones en las que antes de proyectaba la dimensión cívica del individuo. Una esterilización, un vacío institucional, que se manifiesta en la crisis de los sindicatos, de los partidos, de los mecanismos de representación y gestión públicos. Muchas veces bajo la seducción tecnológica, bajo la presión de una forma de progreso que, los propios políticos que la padecen, la reclaman e impulsan como una tabla de salvación que, paradójicamente, conduce a la crisis de representación.
    Su idea del arte de la política, que Beck proyectó, cerca de Anthony Giddens, bajo el enunciado propositivo de la ‘tercera vía’, se basa en la necesidad no tanto de redactar nuevas normas como de adaptar éstas a la realidad social, a las necesidades del momento, al patrimonio de la sociedad civil. Nuevos pactos sociales tendentes a contrarrestar el excesivo peso del mercado y sus efectos, aminorar los riesgos y ampliar el perímetro social y cultural del individuo. Los procesos de comunicación y el desarrollo de medios al servicio de la sociedad civil adquieren una importancia determinante en el cambio de mentalidad o resocialización en la que debe fundarse el equilibrio y la disminución de la incertidumbre.
    En una sociedad definida por los procesos de globalización, Beck distingue entre los vectores locales y globales, convencido de la necesidad de una cooperación supranacional como instrumento de refuerzo del desarrollo y la estabilidad local. Frente a los valores del viejo Estado nacional, fuerte y jerarquizado, describe el ‘Estado cosmopolita’, autónomo ciertamente, pero plenamente abierto a la cooperación y a una cohesión internacional que, manteniendo la diversidad, amortigüe las tensiones de las diferencias.



    Perfiles biográficos y académicos. Marcos epistemológicos y teóricos de la investigación en Comunicación. © B. Díaz Nosty, 2013-2016. Plan Nacional de I+D, CSO2013-47933-C4-3-P | Ministerio de Economía y Competitividad

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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