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    domingo, 26 de junio de 2016

    Philip Roth. La obra, la cosmovisión y el tiempo

    La supremacía de un complejo animal literario
    Philip Roth. La obra, la cosmovisión y el tiempo en el que le ha tocado escribir a este autor estadounidense proclive al Premio Nobel son analizados en una juiciosa biografía literaria.
    POR LUIS CHITARRONI
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    "No le faltaron competidores, pero Roth supo transtimir como nadie de su generación lo que significa, aun hoy, la denominación “judío norteamericano”, dice Chitarroni.


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    Guardo dos imágenes de Philip Roth: un retrato de Kitaj de 1985 –las líneas conspiran un bosquejo que las facciones del autor de Portnoy parecen haber resuelto con laberíntica complejidad– y una fotografía de los lugares de trabajo de los escritores en un libro ( The Writer’s Desk , de Jill Krementz). Alguien me lo regaló para demostrarme que había personas capaces de escribir en desórdenes mayores a aquellos con los que yo mismo suelo rodearme (dos, creo, lo lograban).
    Roth se cuida de permanecer lejos de su escritorio –ordenado o no– para la foto de Krementz, como si se eximiera de quedar expuesto a las labores y fatigas que encadenan a musas imprevisibles y faunos inveterados a una rutina. Ha mantenido con la mitología y la leyenda la misma relación de suspendida distancia. Y, gracias a este libro de Claudia Roth Pierpont, Roth desencadenado , averiguamos ahora, con su propia biografía.
    Podemos establecer proporciones semejantes entre algunos aspectos de su vida utilizados como materia prima y la elaboración secundaria que aparece en sus novelas. Sin embargo, el “guardo” de mi primera oración pertenece a un orden de propiedad y privilegio superior al vínculo –e inclinación– por y con esas imágenes.
    No, no las guardo ni las atesoro. Quedaron ahí para que mi memoria cada tanto las reconozca, debí poner. Convicción no exenta de remordimiento. Ya lo dijo Faulkner: “La memoria cree para que el conocimiento recuerde”.
    Philip Roth, escritor estadounidense proclive al Premio Nobel, con todas las concomitancias prejuiciosas que tal tendencia acarrea, es uno de los mejores testigos de cierta impaciencia alerta de los últimos cincuenta años. No le faltaron competidores –Singer, Bellow, Mailer–, pero él supo y sabe más que ninguno encaminar el esfuerzo testimonial en dirección al foco de ataque y de irradiación que significaba –y significa aún hoy– la denominación “judío norteamericano”. La legión es numerosa, y el conjunto de escritores guarda –esta vez sí guarda– con ésta una relación en la que la inteligencia tiene un valor preponderante.
    Hay que advertir que Kafka fue una especie de dómine de la impaciencia.
    Operación Shylock , la novela de Roth que ilumina la posición diasporista, incorpora como al pasar (como al pasar en una obra de vastedad y riqueza inabarcables) desencadenamientos y desenlaces distintivos. Quizá puedan observarse ahora mejor que en el momento de su publicación. Esa reserva se reserva el sentido de las proporciones y la Zeitgeist de Roth: el de ofrecer un punto de vista de época diferente al de cualquier perspectiva periodística o meramente oportunista.
    La definición de una voz

    Un revelado eficaz de la vida y actividades de Philip Roth incluye la de sus contemporáneos, que es lo que se llama una generación de corpulencia providencial, y hasta penitencial. El de obra más exigua, J. D. Salinger fue el que tuvo incidencia más directa y el que provocó, paradójicamente, más alboroto. El secreto del autor de The Catcher in the Rye ( El cazador oculto/El guardián en el centeno ) consistía en mantenerse pegado a la pared, lejos del riesgo de intemperie de la biografía. Fue también el que provocó al final la hecatombe de Salinger. Una biografía de la hija redunda – El guardián de los sueños , de Margaret A. Salinger– adversa hasta tal punto que el otro hermano tuvo que admitir luego en forma epistolar: “En realidad, creo que compartimos un padre diferente”. Se trataba, sin ir más lejos, de un padre anecdótico. Como aquel del que las biografías suelen abusar.
    No es el caso. La biografía de Claudia Roth Pierpont (sin parentesco) satisface dos exigencias que a menudo enmarcan el sentido biográfico anglosajón: la época y la relación con los contemporáneos, nociones juiciosas que comparte con el biografiado. Descuida otras, pero son tan íntimamente literarias que bien vale la pena, en estos tiempos de tribulación, hacer caso omiso.
    La atención y el sentido de la competencia de Roth se extienden no sólo a sus contemporáneos sino a la tradición entera de la narrativa judía, algo que tiene un carácter tan general como opaco.
    De 1974 a 1989, Roth dirigió para Penguin una colección de narradores rusos y centroeuropeos, Writers of the Other Europe , que incluyó a Bruno Schultz y a Milan Kundera, y que revelaba el prolongado europeísmo del que luego el sentido de la diáspora judía de Operación Schylock haría gala. (Curiosamente, creo recordar, no incluía a Joseph Roth, el santo bebedor, también sin parentesco. ¿Puritanismo neoyorquino o cuestión de derechos?) A su vez, el controvertido judaísmo y la introspección de Philip Roth hubieran podido, si la exégesis del simplismo y el humor se concentraran en la literatura, convertir a sus personajes de “judíos anecdóticos” en prototipos tan famosos como los de Woody Allen (nunca convertirlos, como transitoriamente Bob Dylan, a otra religión).
    Y es en este aspecto único y aquí omitido que la biografía vuelve a rendir tributo a William Empson, cuyo uso agudo del aporte biográfico para la crítica literaria quedó definido enUsing Biography (1984). Empson, tan luego, había partido con las premisas del New Criticism de I. A. Richards con el propósito de encontrar (y establecer) resultados lo más objetivos y “científicos” posible.
    La relación que los lectores hispanoparlantes, y argentinos en particular, sostuvimos con Roth se debe, en gran medida –o en primera instancia–, al cine. Desde Goodbye, Columbus , llamada acá Los principiantes , a El mal de Portnoy (llamada acá El lamento de Portnoy ), el vínculo expande una especie de imagen del escritor como antihéroe a veces mal defendida por el vulnerable actor. Sin embargo, y cambiando con rapidez antihéroe por disimulada heroína, en Goodbye, Columbus debuta una de esa bellezas aéreas estadounidenses descendientes de Pocahontas, Ali MacGraw.
    Roth tuvo mejor relación con las actrices de Hollywood que con el sistema, como algunos contemporáneos y algunos precursores (Arthur Miller, Romain Gary). Se enamoró, o por lo menos creyó enamorarse, de Claire Bloom, y ella de él (o viceversa: la reciprocidad implica figuras retóricas que no condensa sólo el oxímoron), y así las cosas. El mundo alrededor tuvo que arreglárselas.
    De los matrimonios infelices suelen sacarse menos conclusiones incluso que de las malas novelas.
    En tiempos de Portnoy , hubo una constelación de buenas novelas, entre las que no es posible olvidar las de Mailer, las de Heller y las de Updike (hubo también una constelación aún más numerosa de fracasos matrimoniales). El ejercicio exhaustivo sobre el tema lo llevó a buen término el escritor menos pensado: el tímido y republicano John Updike, de Pensilvania, cuyo horizonte de pecado y arrepentimiento compartía con Roth un arraigado estamento moral.
    En esos tiempos, además, Pynchon, Barth y Vonnegut despuntaban. Para colmo, como Tom Wolfe, Philip tenía un precursor homónimo, Henry Roth, quien había abierto una escotilla importante: Call it Sleep ( Llámalo sueño , Alfaguara, 2004). Henry había impuesto ya un desconcierto considerable sobre la novela –y el idioma de los norteamericanos y judíos. Por el contrario, a Philip Roth le toca un movimiento orquestal de la novela que se ha despedido ya de la secuela joyceana y de la literatura de “desciframiento”.
    Una mirada retrospectiva –es algo que las biografías ofrecen, sobre todo cuando se publican en vida del autor– no modifica el registro de dominio o predominio. Este se desarrolla y desenvuelve con la misma entereza con que la performance verbal actúa sobre el estado de lengua. El siglo XX y sus artilugios informativos –¿es necesario escribir “mediáticos”?– ha impuesto a los lectores del género biografía un tratamiento que conviene menos a los aportes que brinda sobre vida y obra, que a los cuadernillos de fotografías que suelen intercalarse.
    Roth sin su escritorio, Roth sin Claire Bloom, Roth sin su cabaña de Connecticut. La versión que leí del libro de Claudia Roth Pierpont, en un reverbero imitativo de prescindencia, nos ahorra estas pruebas adicionales. Va directamente al grano. No sé si es suficiente, tratándose de animal literario tan complejo como este que se libra de la jaula. En Roth a menudo la argumentación y la intención conceptual son las que sufren con el desplazamiento subjetivo impuesto por el autor.
    La economía de Roth y su pacto con la realidad –y con el presente, que sufrió a sus anchas con orgulloso estoicismo– le brindan una especie de salvoconducto simultáneo, un privilegio que no suelen compartir, menos lúcidas o más ilusas, otras criaturas verbales. No es raro que Philip Roth pase por rachas o períodos de abstinencia de lectores (que es lo que le ocurre ahora, pese a los favores y fervores ofrecidos). A veces resulta menos atractivo para el mundo del lector asomarse a abismos habituales que descubrir o reconocer otros que borró el pasado opaco de ese presente fulgurante desplegándose a toda velocidad.
    Hay otro tipo de escritores por ahí: John Williams, el de Stoner , por ejemplo, herido por las exigencias de la época –¿un metro de escayola y un cine prosaico aun?– ; Richard Yates, el de Revolutionary Road , tan digno de acompañar a Cheever (y, por lo tanto, de acompañar el regreso); o J. L. Davis, el de Una vida plena , tan capaz de alentar e inspirar a un escritor mucho más joven, como Jonathan Lethem.
    Dos imágenes de Philip Roth, escribí, me acompañan desde hace tiempo. No debe uno exagerar: la compañía que un escritor ofrece tiene siempre algo de fantasma. Roth lo ha dado a entender con más de un título, aunque no se haya encargado nunca de ese género entre los géneros de la novela norteamericana: la historia de fantasmas (¡alguien que incursionó incluso en la sátira menipea!).
    La tercera insistencia es la definición que alguna vez dio Roth de estilo. No de estilo, de voz: “Algo que comienza en la parte de atrás de las rodillas y se eleva muy por encima de la cabeza”.
    Habla Roth y hablo yo de algo que poco tiene que ver con la tesitura o el acento oral de Roth, y que instruye cada inflexión empleada por escrito por Alexander Portnoy, Nathan Zuckerman o David Kapesh (o el “otro”, homónimo Roth de Operación Shylock ).
    Está muy bien que la definición se ciña a algo físico, corporal, abarcable en términos anatómicos. El estilo es algo distinto, y es de los otros. De Pynchon, de Updike, incluso de Mailer. A lo largo de muchos años de carrera literaria, y de acaso demasiados libros, Roth se ha encargado de adueñarse de algo que tiene menos en común con el deseo de un escritor que con el de un protagonista. Que es lo que en definitiva ha terminado siendo, agente ideal de una biografía que achica sus diferencias con Prometeo. Agradezcamos a Claudia Roth Pierpont por la difícil misión que fue escribirla.

    Luis Chitarroni es editor y autor de, entre otros, Siluetas y Mil tazas de té (ambas publicadas por La Bestia Equilátera).

    http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Philip-Roth-supremacia-complejo-animal-literario_0_1589241215.html










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    Siempre se ha dicho que Jonathan Swift, tal vez el más importante escritor en lengua inglesa de su tiempo (con el permiso de James Boswell), fue un escritor que unía a su gran inteligencia una absoluta incapacidad para la ilusión. Una oculta de­sesperación le llevaba a la crítica de todos los valores dominantes, hasta amenazar las raíces mismas de la existencia humana en Los viajes de Gulliver (1726). Y agradezco a la autora de Roth desencadenado. Un escritor y sus obras, Claudia Roth Pierpont, que sugiera las correspondencias apreciables en el talento y sensibilidad de ambos novelistas. Porque, en efecto, con siglos de distancia, los dos recurren a la sátira como el principal instrumento de su literatura, pero también late en ellos el deseo de renovar la prosa de su tiempo, dotándola de una nueva y punzante vitalidad. Asimismo los dos se caracterizan por un componente obsesivo y amargo de su personalidad que les conduce a la depresión ocasionalmente.
    El título de este iluminador ensayo con hechura biográfica juega con el conocido Zuckerman encadenado / desencadenado de Philip Roth, como sugiriendo la liberación de las claves de un escritor cohibido (en todo caso, como persona, no como novelista). No hay ningún lazo de parentesco entre ellos, aunque su apellido sea idéntico. Claudia Roth fue periodista de The New Yorker hasta 2004, cuando levantó el vuelo para centrarse en su propia literatura. El libro que ahora nos ocupa sigue su metodología característica: yux­taponer vida y obra a fin de que ambas se enriquezcan mutuamente y permitan reconstruir las verdaderas dimensiones de una trayectoria literaria. Lo practicó ya con Hannah Arendt, Gertrude Stein, Anaïs Nin o Margaret Mitchell. Es decir, que casi siempre fueron ellas —“mentes apasionantes”— las que centraron su interés.












    El pequeño Swift
    Portada
    Su última contribución gira, sin embargo, en torno a Philip Roth, el escritor vivo más importante de la narrativa americana contemporánea. Y un novelista que ha tenido sus problemas con la crítica feminista, acusándole de misógino e incluso de maltrato emocional, a raíz de la publicación de las memorias de su segunda esposa, Claire Bloom, Leaving a Doll’s House (traducidas por Circe como Adiós a una casa de muñecas).Un libro que le valió la enemistad de John Updike, quien dio crédito absoluto a las acusaciones; y un sinfín de comentarios y chascarrillos que le dejaron particularmente indefenso. Para amortiguar el golpe, Roth abandonó Nueva York y se refugió en su casa de Connecticut, pero aquella experiencia trabajaría por dentro y de ella saldría Me casé con una comunista y, sobre todo, La mancha humana, una obra excepcional donde el novelista deconstruye la forma en que el deshonor moral y el chismorreo se han convertido en un entretenimiento público, causando un daño irreparable. En todo caso, con Bloom llovía sobre mojado, pues había quedado marcado por su primer matrimonio con Maggie Martinson, una mujer inestable de la que se vengaría enMi vida como hombre.
    Roth desencadenado se lee con fluidez y está escrito con inteligencia y perspicacia, ofreciendo una interpretación coherente de su carrera literaria. No se espere una biografía convencional del personaje, pues el libro ha contado con su estrecha colaboración: parte de una amistad imprecisa entre ambos —“en la salud y en la enfermedad”— y por ello ofrece muchas limitaciones. La más grave es que no se analiza la psicología de Roth ni se menciona su evidente neurosis, y se pasa de puntillas sobre el contexto judío de Newark, de donde salen sus primeros y vitriólicos libros, y muy especialmente El lamento de Portnoy. La escritora, consciente de su antifreudismo, evita profundizar en su vida familiar y traza una diagonal hasta el primer libro, Goodbye, Columbus. Ahí es donde Claudia Roth empieza a pisar firme, proporcionando una visión filosófica de su obra que incluye la tensa relación del autor con la crítica. Es obvio que el libro debe luchar con todo lo que Roth ha escrito y ha dicho de sí mismo —Los hechos: autobiografía de un novelistaPatrimonio: una historia verdaderaEl oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, y muy especialmente a través de su heterónimo, Nathan Zuckerman—, pero sale airosamente del empeño. La biografía llegará algún día.
    Roth desencadenado. Claudia Roth Pierpont. Traducción de Inga Pellisa. Random House. Barcelona, 2016. 416 páginas. 24,90 euros

    http://cultura.elpais.com/cultura/2016/03/24/babelia/1458822707_135120.html

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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