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    domingo, 19 de junio de 2016

    GEORGE PACKER EL PAÍS DE LA BURBUJA

    GEORGE PACKER

    EL PAÍS DE LA BURBUJA

    GEORGE PACKER, EL AUTOR DE EL DESMORONAMIENTO

    Tanto se habló del fin del sueño americano y de la decadencia del imperio que, al parecer, finalmente llegó. Fue, según el relato de George Packer, un derrumbe lento, o como señala el título de su libro, ganador del National Book Award de 2013, El desmoronamiento. Packer se dedica a seguir la vida de un puñado de personas, algunas famosas, otras anónimas, entre 1978 y 2012, los años en que los Estados Unidos abandonaron paulatinamente la matriz industrial y productiva para convertirse en una sucesión de burbujas especulativas.






     Por Federico Reggiani

    “Los Estados Unidos son una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a primera vista, y frustra la expectación contra las ideas recibidas, y no obstante este disparate inconcebible es grande y noble, sublime a veces, regular siempre”. Así le escribía Sarmiento a Valentín Alsina sobre su experiencia norteamericana. Algo de esa fascinación incrédula aparece todavía en toda mirada latinoamericana que pueda sustraerse a formas infantiles de antimperialismo a la hora de mirar la complejidad de los Estados Unidos de América.
    Los viajes de Sarmiento a los Estados Unidos corresponden, sin embargo, a tiempos en que ese experimento económico, institucional y tecnológico estaba naciendo, y con él los modos en que la población se entendía a si misma: el nacimiento del american way of life. El tiempo pasa, y se sabe que más tarde o más temprano los imperios caen, aunque la caída no necesariamente sea abrupta, evidente ni definitiva. En ocasiones, sería más preciso decir que los imperios se desmoronan.
    Con El desmoronamiento, George Packer ganó el National Books Award en 2013, lo que prueba que anunciar desastres es siempre un emprendimiento redituable. Sin embargo, Packer no se entrega a predicciones, análisis morales y generalizaciones históricas, sino que se dedica a seguir las vidas de un puñado de personas entre 1978 y 2012; los años en que el sueño americano se convirtió, para muchos, en un sueño literal: lo contrario de la realidad. El libro sigue las vidas de algunos ciudadanos anónimos como un “cuadro” de Joe Biden, un agricultor devenido en evangelizador del biodisel, la hija de una heroinómana que se convierte en lider de su comunidad, un gurú de la tecnología e incluso la vida y muerte de toda una ciudad, intercalados con retratos de famosos como Raymond Carver, Newt Gingrich o Colin Powell; el fundador de Wall Mart, el rapero Jay-Z, o el presidente del Citigroup. El modelo narrativo que Packer homenajea en los agradecimientos finales es el de la Trilogía de Nueva York, de John Dos Passos. Sin embargo, el collage de vanguardia se limita a un par de páginas al inicio de cada capítulo, que sirven como introducción al año elegido para resumir una época. El resto del libro apuesta a la legibilidad y a la precisión que suelen caracterizar al mejor periodismo norteamericano, y recuerdan, sobre todo, a algunas series recientes. Los Estados Unidos de El desmoronamiento aparecen también en el Baltimore de The Wire y en la Nueva Orleans de Treme. Packer comparte con David Simon la empatía con sus personajes –aún con aquellos que tienen todo para desagradarnos–, el gusto por las historias corales y la idea de que las instituciones son monstruos que exceden a sus ocasionales conductores humanos y que suelen pasar por encima de las personas con la indiferencia de una catástrofe natural.
    Los treinta años que narra El desmoronamiento son aquellos en que algo se quebró en los Estados Unidos. Según ha resumido Packer en un reportaje, son los años en que se deshizo “el contrato que decía que si trabajabas duro y eras esencialmente un buen ciudadano iba a haber un lugar para vos, no sólo un lugar económico, no sólo ibas a tener una vida segura y tus hijos iban a tener la chance de tener una vida mejor, sino que serías de alguna manera reconocido como parte de la fábrica nacional”. Ese quiebre explica el presente. En una reciente nota sobre Donald Trump publicada en The New Yorker, Packer dice que “la declinación de las instituciones y las costumbres americanas, de Wall Street al Senado a los noticieros al mundo de twitter, hacen que la candidatura de una celebridad proto-fascista sin control de sus impulsos sea no sólo posible sino de algún modo inevitable”.
    Más allá de las metáforas fabriles, parte del problema fue justamente la destrucción de las fábricas norteamericanas y en general la sustitución de la producción de bienes (industriales, agrícolas) por la fabricación de dinero. Una de las historias centrales del libro es la de Tammy Thomas, una chica afroamericana, hija de una heroinómana, criada por una bisabuela que, “con su miserable empleo como sirvienta, cocinera y mujer de la limpieza, del que nunca se jubiló, había comprado una casa”. De hecho, esa casa funciona como una suerte de símbolo del desmoronamiento del que habla el libro. Si había sido el resultado del esfuerzo de una trabajadora, termina abandonada en un barrio deshecho por la miseria, las drogas y el crimen. Es sobre todo el símbolo de una movilidad social que se convirtió en una quimera. En uno de los episodios más conmovedores de un libro tan poco dado a las situaciones patéticas como a los juicios explícitos, la bisabuela llora cuando su bisnieta queda embarazada: tenía esperanzas de que Tammy fuera el primer miembro de la familia en terminar la secundaria. La historia de Tammy tiene un final relativamente feliz: ella pudo llegar a la universidad, pudo librarse de la pesadilla de depender de la beneficencia estatal, “sus hijas no quedaron embarazadas y su hijo no terminó en ninguna pandilla”. Pero aquello que venturosamente no se cumplió para ella se cumplió para su ciudad, Youngstown. Un día de septiembre de 1977 cerró la principal acerera de la ciudad, y en poco tiempo cayeron 40.000 puestos de trabajo: la ciudad perdería la mitad de sus habitantes en un par de décadas, y perdería sobre todo su sentido de comunidad, la idea de que sus habitantes no viven solos.
    La soledad del norteamericano medio es probablemente la sensación más consistente que deja el libro. El esfuerzo y el fracaso no están unidos a una red de contención familiar, laboral, sindical, barrial, estatal. Nada, salvo el esfuerzo y la voluntad, que para enormes zonas de las clases bajas y medias han dejado de ser condiciones suficientes para el progreso. Quizás en el otro extremo de la dura historia de Tammy Thomas está la de Peter Thiel, el niño prodigio que se convierte en uno de los fundadores de Pay Pal, accionista original de Facebook, fundador y redactor de revistas conservadoras, millonario sobreviviente de la burbuja de las punto.com y gurú del desarrollo tecnológico y la desregulación extrema y cuasi anarquista de los mercados. En su visión, Pay Pal era un modo de dar a los ciudadanos mayor control sobre sus divisas, y el progreso del sector informático se debió a que, al estar ultra regulado todo lo que tiene que ver con los objetos, sólo es posible hacer cosas en el mundo de los bits.
    Thiel surfeó el desmoronamiento para convertirse en un multimillonario, pero construyó en su madurez un diagnóstico pesimista. “1973 fue el último año de la década de 1950”, declaró. El año en que la ciencia y la tecnología se atascaron, se rompió un modelo de crecimiento, terminó el optimismo. Comparado con los viajes a la luna o el avión supersónico, un smartphone es una creación menor. La sucesión de burbujas (la de los bonos, la tecnológica, la de la bolsa, la de los mercados emergentes, la inmobiliaria) fue el indicio de que algo marchaba mal. Los salarios no hacían más que bajar, el precio del petróleo y los alimentos subía: todas las empresas en las que Thiel había invertido empleaban menos de mil quinientas personas en total. “Cuando no hay progreso aparecen cambios que aturden”. En un encuentro con Mitt Romney, el candidato republicano en 2012, Thiel dictaminó que ganaría el candidato más pesimista. Que sería un error tachar a Obama de incompetente y decir que las cosas mejorarían si cambiara el presidente. Ya casi nadie creía que la siguiente generación pudiera vivir mejor.
    Algo que llama la atención en varias de las biografías que elije Packer es la variación en las identidades políticas, que la distancia y la ignorancia podrían hacernos ver como incompatibles. También ilumina acerca de cierta versión estereotipada de lo que significa ser republicano o demócrata. Una de las biografías de “famosos” que interrumpen cada tanto el desarrollo de las vidas anónimas es la de Elizabeth Warren, “una buena chica de Oklahoma”, senadora demócrata por Massachusetts, profesora de Derecho especializada en quiebras, militante contra los abusos del sector financiero que hicieron estallar la economía mundial en 2008 y hoy feroz opositora contra Donald Trump. Podríamos imaginar a la distancia que se trata de una liberal con un pasado cercano a la contracultura y algún porro fumado en la Universidad, pero sus padres eran metodistas conservadores empobrecidos y obsesionados por la educación de sus hijos y Elizabeth se afilió al Partido Republicano en 1978. Por esos años creía que, si muchos norteamericanos terminaban ante el tribunal de quiebras, era porque eran un montón de tramposos: contra sus prejuicios, descubriría que la mayoría de los quebrados eran trabajadores de clase media y que eran demasiado responsables en un país en que el tejido normativo se dehilachaba para favorecer al sistema financiero. Y Wall Street es transversal a ambos partidos. Elizabeth Warren “había llegado al radicalismo, como muchos otros conservadores antes que ella, al ver que las instituciones que habían sustentado el estilo de vida de siempre se hundían”.
    La crisis de las hipotecas subprime es el climax del libro: el momento en que todo ese desmoronamiento de las instituciones se hace visible en una catástrofe que, además, no parece ofrecer enseñanza alguna al establishment. Uno de los “personajes” del libro es la ciudad de Tampa, a la que la burbuja inmobiliaria convirtió primero en la ciudad del futuro y luego en un páramo parecido a los restos de un bombardeo, lo que bien podría ser otro modo de pensar el futuro. Los capítulos dedicados a la burbuja inmobiliaria son los más complejos y los más desesperantes, y es buena idea leerlos después de ver la muy pedagógica La gran apuesta, la película de Adan McKay en que Hollywood vuelve a pelearse con Wall Street.
    Packer es bastante austero a la hora de adjetivar. Entre sus biografías hay dos “hombres institución”: el Secretario de Estado de Bush, Colin Powell, y el Secretario del Tesoro de Clinton (y ejecutivo de Goldman Sachs, y presidente del Citigroup), Robert Rubin. En ambos casos, los textos sólo se perciben como irónicos, e incluso como amargamente sarcásticos, cuando se entiende la contradicción entre los valores declamados y las políticas que eligieron o se vieron obligados a adoptar. Así, Powell termina su carrera de héroe impoluto sirviendo a las mentiras que justificaron la Guerra de Irak. Así, Rubin, que “en el fondo era un demócrata, pues le preocupaban las penurias de los pobres”, será funcionario “en el período de mayor desigualdad hereditaria que hubiera vivido el país desde la llegada del siglo XIX”. Su biografía termina dibujándolo como una triste figura nerviosa, que intenta presentarse sí mismo ante un comité de investigación con un fantoche sin capacidad de decisión.
    El desmoronamiento. George Packer Debate 528 páginas
    El desmoronamiento es un libro suavemente paradójico. En principio, en la edición original, el subtítulo –convertido en un más explicito “treinta años de declive americano” en la edición en castellano– propone al libro como “una historia íntima de la Nueva Norteamérica”, pero esa historia profunda no ofrece un panorama explicativo, sino un collage de vidas que se ofrecen para que en la lectura se reconstruyan las conclusiones. Por otra parte, detrás de ese desmoronamiento subsisten restos de ese optimismo de la voluntad que asociamos a los Estados Unidos. Es curioso que sean los pobres y los trabajadores los que se sostienen en luchar y los que finalmente progresan, mientras que los que están más cerca del poder –el asesor político que termina descreyendo de la política, el gurú tecnócrata que invierte en investigar su inmortalidad– son los que no pueden salir del pesimismo. Finalmente, las figuras que viven en ese mundo que se desmorona no nacieron en una edad de oro, sino, también, en un mundo durísimo, en “una vida dura, obtusa e inmisericorde”: como diría Marx, viven “en las aguas heladas del cálculo egoísta”, y también un fascinante disparate.


    http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5871-2016-06-19.html

    El desmoronamiento

    George Packer

    Traducción de Miguel Marqués. Debate. Barcelona,
     2015. 522 pp., 24'90€. Ebook: 14'99€
    DWIGHT GARNER | 20/02/2015 

    En los EE.UU. de hoy los perdedores no llegan nunca a tocar fondo.


    Si desmontasen El desmoronamiento, el ambicioso nuevo libro de George Packer, como si fuese el motor de un coche, y dispersasen los componentes por su garaje, verían básicamente cinco piezas grandes y diez pequeñas que constituyen los tornillos, las tuercas y los pasadores. Las piezas grandes son bosquejos biográficos, retratos de un republicano reaganiano metido a empresario de los biocombustibles; de un veterano miembro del equipo de Joe Biden atento y desencantado; de una trabajadora de una fábrica de Youngstown, en Ohio, convertida en organizadora comunitaria; de Peter Thiel, el libertario inversor de capital riesgo de Silicon Valley; y, por último, de la ciudad de Tampa, en Florida, que ya tenía problemas antes de la crisis de las ejecuciones hipotecarias, y que actualmente parece el infierno en la tierra.

    Las piezas pequeñas son variaciones críticas, a menudo mordaces, sobre estadounidenses influyentes de las últimas décadas. Los enumero en orden inverso a la estima del autor por sus contribuciones respectivas al bienestar común: Sam Walton, Newt Gingrich, Robert E. Rubin, Andrew Breitbart, Colin L. Powell, Jay-Z, Oprah Winfrey, Alice Waters, Raymond Carver y Elizabeth Warren. Algunas de las piezas grandes, que se encuentran divididas y soldadas al resto en bloques de unas 20 páginas, empiezan del mismo modo que los artículos de The New Yorker, de cuyo equipo de redactores forma parte Packer. Otras son material nuevo. Es mérito del autor que, combinadas y ensambladas con originalidad, esas piezas tengan velocidad y potencia de sobra. El libro vibra, con pesar, indignación y conmiseración por los que están atrapados en los engranajes de la cada vez más compleja (y peor calibrada) maquinaria financiera estadounidense.

    El desmoronamiento empieza como una novela de terror, y, en cierto modo, lo es. “Nadie puede decir cuándo comenzó”, escribe Packer, “cuándo cedió por primera vez la abrazadera que mantenía unidos a los estadounidenses con su agarre seguro y a veces agobiante”. Si han nacido tras 1960, viene a decir, habrán pasado parte de su vida viendo cómo se derrumban estructuras que existían desde hacía mucho. Las granjas, las fábricas y las escuelas públicas, por un lado, y “los escrúpulos de las camarillas de Washington y de los despachos financieros de Nueva York”, así como “los modales y los valores morales en todas partes”, por otro.

    Lo que las ha sustituido, afirma Packer, ha sido el dinero organizado, además de una sociedad en la que “los ganadores ganan más que nunca, flotando en el aire como dirigibles hinchados, y los perdedores tienen una larga caída antes de tocar fondo, cosa que a veces no llegan a hacer”. Si hay un hecho representativo por sí solo de lo que Packer argumenta en El desmoronamiento, probablemente sea el que se refiere a los herederos de la fortuna amasada por los Walton con la cadena de grandes almacenes Walmart. “Al final resulta que seis de los Walton que aún viven”, explica el autor, “tienen tanto dinero como el 30% de los estadounidenses más pobres”. Hasta la muerte de Walton, sostiene, “el país no comprendió lo que había hecho esa empresa. Con los años, Estados Unidos se había ido pareciendo cada vez más a Walmart: un sitio barato donde los precios eran más bajos, y los salarios también. Había menos puestos de trabajo en las fábricas protegidos por sindicatos, y más empleos a tiempo parcial como ayudante de tienda”. Y añade: “El vacío creado en el interior fue beneficioso para la cuenta de resultados de las empresas”.

    El desmoronamiento contiene numerosas panorámicas de amplio alcance de la vida en Estados Unidos. Sus retratos de Youngstown, de Tampa, de Silicon Valley, de Washington y de Wall Street son ricos, complejos, y están interconectados. Los regalos que nos hace su autor son steinbeckianos en el mejor sentido. Con gran pulso narrativo, Packer aborda pequeños momentos memorables. La valoración que hace de Biden es compleja y a veces positiva, pero incluye las siguientes frases que uno de sus empleados le dice a otro: “No lo tomes como algo personal, Jeff. Biden defrauda a todo el mundo. En lo que se refiere a defraudar, practica la igualdad de oportunidades”.

    Packer, entre cuyas obras se encuentra La puerta de los asesinos, publicado en 2005, describe cómo la retórica de Gingrich, cuando este llegó al poder a finales de los 80, cambió para siempre la forma en que los líderes electos hablaban entre ellos: “Les dio gas mostaza, y ellos lo utilizaron contra cualquier enemigo imaginable, incluido él mismo”.

    Tiene algunas observaciones elogiosas sobre la presentadora de tv Oprah Winfrey, pero, en conjunto, la sección que le dedica es una desmitificación profunda. De su público asegura que “tenía cosas que ella no: niños, deudas, tiempo libre. Consumía los productos que ella anunciaba pero que nunca habría comprado, como Maybelline, Jenny Craig, Little Caesars o Ikea. Cuando aumentaron sus problemas financieros, los emocionó eligiendo a una de sus miembros y liquidando sus deudas en antena”. A continuación, prosigue: “Atender a las mágicas enseñanzas de Oprah (las vacunas provocan autismo; los pensamientos positivos conducen a la riqueza, al amor y al éxito), y ver al mismo tiempo cómo ella hacía y tenía cada vez más cosas, no mejoró precisamente la vida de sus espectadores”. Luego la cosa se pone más dura.

    La presidencia de Obama ronda por los márgenes de este libro, en gran medida como un trabajo a medias en cierto modo decepcionante. Nos habla de un individuo que estrecha la mano al presidente y piensa: “De todos los hombres a los que he dado la mano nunca, la suya era la más suave. Me decía que Obama no había hecho el más mínimo trabajo físico en su vida”.

    El desmoronamiento es un libro duro. Hizo que me sintiese enfermo, como si hubiese contraído la gripe. Quizá fue Packer quien me inspiró esa idea, ya que a menudo se refiere a lo que está ocurriendo en Estados Unidos en términos médicos, como una enfermedad, un nuevo virus, una plaga o una infección bacteriana. Entre los escasos héroes del libro está Elizabeth Warren, la exprofesora de la Facultad de Derecho de Harvard experta en quiebras que actualmente ocupa el cargo de senadora de mayor antigüedad por Massachusetts. Gran parte de El desmoronamientoo trata de cómo los bancos se han convertido en nefastas fuerzas sin control, y, en parte, lo que a Packer le gusta de Warren, que es demócrata, es que los bancos la teman.Su libro está especializado en hablar llanamente, y en Warren le parece vislumbrar a uno de los pocos políticos dotados de esa misma cualidad.

    Packer describe como sigue una de sus comparecencias sobre la banca: “Parecía que hubiese entrado en la sala de audiencias y tomado asiento en el estrado procedente del pasado, de un época en la que en la planicie estadounidense crecían luchadores impetuosos y elocuentes pertenecientes al pueblo, como William Jennings Bryan y Robert La Follette, George Norris y Hubert Humphrey. Su mera presencia hacía que los afectados se sintiesen incómodos, porque les recordaba la confortable corrupción que había llegado a ser la forma normal de hacer negocios en el Capitolio. Y eso era algo imperdonable”.

    En un determinado momento del libro, nos encontramos en Florida con un periodista de talento que escribe acerca del lío de las ejecuciones hipotecarias. Ese corresponsal, leemos, “creía que había dos tipos de periodistas: los que cuentan historias, y los que destapan delitos”. Packer es las dos cosas, y lo que ha escrito está cerca de ser una obra maestra de la literatura de no ficción
    .
    http://www.elcultural.com/revista/letras/El-desmoronamiento/35987


    Portada      

    George Packer: El desmoronamiento. 
    Por Fernando Vidal
    Packer, George: El desmoronamiento. Treinta años de declive americano. Barcelona, Debate, 2015 (edición original de 2013). 528 páginas. 
    Comentario realizado por Fernando Vidal
     (Universidad Pontificia Comillas, @fervidal31).

     El desmoronamiento es un ensayo sobre cómo la desregulación financiera, las estafas piramidales, la obsesión por el éxito y la primacía de los intereses del capital han corroído la comunidad e instituciones públicas en Estados Unidos. La metodología para explicar ese deshilvanamiento es seguir las biografías de varias personas que representan a sus ciudades y sectores. Estados Unidos es un país de países, tan grande que en él caben interpretaciones muy distintas. En él hay tendencias destructivas pero también –y quizás en mayor medida- fuentes de regeneración y alternativas. El libro acaba en la esperanza que abren las protestas de ocupación de Wall Street, la reorganización comunitaria y la expansión del medioambientalismo. George Packer logra un gran relato veraz, rápido, vibrante y desasosegante.

    1. Burbujas

    El desmoronamiento, de George Packer te mete como un reportero de guerra en la Zona Cero estadounidense de la Crisis del 2007. Es un libro documental basado en el seguimiento de media docena de biografías. El libro va alternando las historias de un puñado de personas reales en las que se va siguiendo la trayectoria de desmoronamiento moral e institucional de la sociedad estadounidense en las últimas décadas. Junto a ellos, aparecen otros conocidos personajes de la vida americana –Oprah, Jay-Z, Joe Biden, Newt Gingrich o Colin Powell- que van completando esta biografía colectiva del saqueo moral y económico de Estados Unidos.


    El libro se tituló en inglés The Unwinding, que más bien significa El Deshilvanamiento: las cosas que antes estaban bien cosidas han sido deshilachadas, se ha quitado el hilo moral que las unía. El libro no es novela sino ensayo pero se lee como una narración coral, en claro homenaje a la trilogía U.S.A. que John Dos Passos escribió entre 1930 y 1936. El libro no sólo sigue vidas de personas sino que trata de la evolución de sus lugares: comunidades agrícolas de Carolina del Norte, ciudades residenciales como Tampa en Florida, ciudades del acero como Youngstown, Washington, Wall-Street y Silicon Valley. Su tesis es que desde 1970, Estados Unidos sufrió un tiempo en el que el gran capital ocupó los espacios del poder político, inoculó una ideología de avaricia en la cultura popular y desreguló todo el sistema que garantizaba una economía sostenible al servicio del interés general. Quizás lo resumen bien dos conclusiones a las que se llega hacia el final del libro: “Los imperios decaen cuando las elites se comportan irresponsablemente” (p. 382) y “A mediados de la década de 2000 había demasiado dinero sobre la mesa y la brújula moral se dislocó” (p. 422).

    “Nadie sabe cuándo comenzó a desmoronarse todo, cuándo cedió el correaje que mantenía a los estadounidenses unidos y a salvo, ciñéndolos con una fuerza a veces sofocante” (p. 11), pero parece que fue a partir de los 1970s “cuando las cosas empezaron a torcerse. Muchas instituciones dejaron de funcionar” (p. 455). Desde entonces, en Estados Unidos “se podía estudiar ese tiempo como una sucesión de burbujas” (p. 456). “Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo riquezas efímeras al mismo tiempo dejaban claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas.” (p. 456). Burbuja tras burbuja fueron estallando y bajo esas catástrofes “el mismo país (…) se convirtió en algo irrevocablemente distinto” (p. 11) porque se realizó “el desmantelamiento de la República rooseveltiana” basada en un fuerte contrato de seguridad institucional y libertades. “Sus pilares (…) se [hundieron] como castillos de naipes ante la tormenta, sin apenas hacer ruido” (p. 12). El vacío moral abierto en medio de la cultura pública estadounidense fue rellenado por “el dinero organizado” (p. 11). Estatus, poder adquisitivo o el puro poder se convirtieron en signo absoluto. En el discurso de bienvenida a Yale, el rector recibió a los nuevos estudiantes -los freshmen- con un “Felicidades. Tenéis la vida solucionada” (p. 460). Pero “en una sociedad desalentada como la estadounidense, era imposible que el estatus pudiera ser indicio de lo bueno y lo correcto” (p. 455). El desmoronamiento ha sido tal que “muchas cosas han cambiado hasta el punto de que ya no se las reconoce” (p. 11). Tan sólo persisten las familias luchando por subsistir -“las familias florecen incluso en el aislamiento, tratando de sobrevivir” (p. 12)-. “Nada permanece, excepto las voces, las voces de los estadounidenses” (p. 13) y a ellas es a las que el autor deja hablar para que nos cuenten lo que pasó.

    Las historias van alternando sus distintos episodios vitales. Los personajes principales son seis: Dean Price es un empresario rural de Carolina del Norte que quiere regenerar la comunidad a través de los empleos verdes que crea el biodiesel. Jeff Connaughton es un político y lobista blanco de Washington. Tammy Thomas es una afroamericana obrera de Youngstown, la Ciudad de Acero, que a mitad de su vida se reconvirtió en organizadora comunitaria. Peter Thiel es un inventor, empresario e inversor blanco de alta tecnología en Silicon Valley. Tampa fue el ejemplo de ciudad residencial de Florida en la que la estafa inmobiliaria y los desahucios fueron masivos. En ella nos encontramos a Matthew Weidner, un abogado blanco especialista en defender a las familias estafadas. Finalmente, Nelini Stamp es una joven latina de Brooklyn que participó en la ocupación ciudadana de Wall Street. Dos de esas historias nos hablan del saqueo organizado de Estados Unidos por parte del gran capital y los políticos al servicio del mismo: Connaughton y Weidner.

    2. Wall Street toma Washington


    Jeff Connaughton es un blanco del Norte de Alabama, fascinado por el demócrata Joe Biden y la épica de la victoria política. Llegó para servir en la Casa Blanca en 1994 e inmediatamente descubrió que en Washington los cargos electos eran una casta de príncipes del mundo. Para él, “el edificio al completo era como un templo, y esa sensación de asombro jamás remitió” (p. 138). Era un feligrés fervoroso del Olimpo de Washington. Tras dos años de servicio, en 1996 salió de la política y en virtud del a “puerta giratoria”, empezó a trabajar como lobista. Se dio cuenta que la lluvia de dinero empresarial caía sin descanso sobre Washington. La cultura pública cambió tanto en Wall Street como en Washington. Durante ese tiempo pudo comprobar que Wall Street había logrado “el desmantelamiento de las reglas que habían garantizado la estabilidad del sistema bancario durante medio siglo” (p. 335). “Washington había sido tomado por el poder del capital. La industria de la influencia –el lobismo, las campañas mediáticas, las elites, las puertas giratorias- habían transformado Washington” (p. 347). “Nuestro gobierno había sido secuestrado por la elite financiera y obligado a gobernar para la plutocracia” (p. 334). La crisis no sólo era financiera sino que la causa profunda procedía de que “la crisis suponía la ruptura del sistema legal” (p. 335). 

    Individuos como el “neocon” republicano Newt Gingrich luchaban por desarmar las instituciones con el fanatismo de quien se consideraba un “civilizador”, definidor de la civilización. La agresiva revolución Gingrich comenzó en la década de los 80 y en 1994 llegó a la presidencia de la Cámara de Representantes. Pero el desmoronamiento no afectaba sólo a personajes grotescos como Gingrich sino que había sólidos hombres institucionales que se corrompieron. Packer pone el caso de Robert Rubin, un financiero que corrompió su carrera cuando estaba en la cúspide. O el del general Colin Powell: su destrucción moral llegó cuando declaró ante la ONU el 5 de febrero de 2003 que había armas de destrucción masiva en Irak para justificar la nueva guerra. Por la noche, el remordimiento le provocaba que cada dos horas se despertara gritando.

    Connaughton tomó conciencia de que había sido un entusiasta “creyente” en una democracia que había sido tomada al asalto por el gran capital. “Estaba cabreado con Wall Street por dar la patada a las normas, a las reglas, a los sistemas de equilibrio de poder institucionales y a los códigos de conducta” (p. 333). La sofisticación de la conspiración no estaba alcance de quienes tenían que hacer justicia. La opacidad del laberinto electrónico en el que el gran capital usa complejos algoritmos para hacer miles de compraventas por segundo y sacar beneficios de las pequeñas fluctuaciones, es inescrutable (p. 348). Conaughton se pregunta: “¿Son capaces las fuerzas de seguridad del Estado de detectar el fraude y la m manipulación en mercados cada vez más complejos?” Y contesta claramente: No. “Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito sólo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir” (p. 420). “El cinismo era el pan nuestro de cada día” (p. 431). Por eso y por el desmantelamiento de los controles legales, las fuerzas de seguridad del Estado no han logrado disuadir eficazmente a los delincuentes financieros. El joven lobista reconocía el sufrimiento de “la gente de clase media que había trabajado duro, habían respetado las normas y habían visto sus pensiones desaparecer a finales de la cincuentena, justo cuando respiraban tranquilos porque creían haber reunido lo suficiente para la jubilación y habían terminado bien jodidos” (p. 333). Incluso visitó caravanas en Rapid City que ni siquiera tenían suelo, donde la gente vivía directamente sobre la tierra y esa pobreza le causó una honda y dolorosa impresión. Finalmente, Conaughton decidió hacer una denuncia pública de los mecanismos mediante los cuales Wall Street (el poder económico) había dominado a Washington (el poder político), lo que supuso su inmolación profesional.

    3. La estafa de las hipotecas basura

    Matthew Weidner ejerció como abogado en Tampa. El libro futurista Megatrends, publicado en 1982, predijo que Tampa sería la próxima gran ciudad americana. “Lo que se ofrecía allí era el sueño americano de la ciudad residencial” (p. 228), sin centros urbanos. “Había una corriente de pensamiento según la cual la vida urbana era algo poco estadounidense” (p. 237). En ese modelo sin centros urbanos apenas hay interacciones: “los extraños jamás se veían obligados a entablar relaciones entre sí. En Tampa nadie se encuentra con otra persona por casualidad y si ocurre puede ser traumático” (p. 237). Son ciudades sin peatones: “Cuando se veía a alguien andando por la calle era porque se le había roto el coche” (p. 237). Montar en bicicleta por la ciudad era peligroso. Tampa era la segunda ciudad del país con más peatones y ciclistas muertos al año.

    Toda la bahía de Tampa fue colonizada por familias de clase media y baja, las cuales compraron masivamente casas gracias a las hipotecas baratas. Eran los préstamos subprime, para los que no se pedía documentación alguna que certificase los ingresos de los compradores. Las personas firmaban documentos sin siquiera leerlos, el famoso robo-signing. Como atestiguaba un comprador, “te metían la deuda en el bolsillo como quien te mete caramelos” (p. 233). A los bancos y financieros, “el día se les hacía corto para conceder hipotecas” (p. 249). Las familias y los inversores formaban parte de una estafa piramidal Ponzi. Los esquemas Ponzi son una modalidad de estafa: todos los participantes son estafados y a su vez estafan a alguien. “El resultado es la universalización tanto de la credulidad como del miedo.” (p. 247). La gente compraba una casa como una inversión de la que iba a obtener una altísima rentabilidad en virtud del sistema piramidal. “En el súmmum de la locura, en 2005, una casa en Fort Myers se vendió por 399.600 dólares el 29 de diciembre y, de nuevo, por 589.000 al día siguiente” (p. 233). Todo era pelotazo. Parecía que se había instaurado en toda la población “el derecho a hacerse rico” (p. 239). Detrás de la mitad de las ventas de viviendas había inversores.

    Al llegar la crisis, hubo localidades de la bahía de Tampa que ya en 2007 tenían la mitad de todas sus casas embargadas. Entonces es cuando entró en juego el abogado Matthew Weidner, para luchar contra los grandes despachos jurídicos conocidos como “las Fábricas de Embargo”, de Florida, dedicados a quitar las viviendas a las familias. El sistema por el que se ordenaba la propiedad inmobiliaria había caído en el caos y corporaciones ajenas a cualquier atisbo de interés general multiplicaban sus grandes fortunas. Weidner recibía en su bufete a “hombres de rostro descompuesto que apenas podían reunir fuerzas para explicar la estafa hipotecaria de que habían sido víctimas” (p. 319). Las Fábricas de Embargo eran implacables en su defensa de los intereses de inversores y banqueros, pero en cuanto mostraba la mínima resistencia, los argumentos del banco se iban abajo. No se identificaba a la entidad que demandaba a las personas porque eran fondos de inversión diez y cien veces revendidos. “Wall Street había fragmentado y reagrupado las hipotecas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas” (p. 320).

    Mujeres luchadoras como Elizabeth Warren, profesora de Derecho de Harvard y senadora demócrata, “había llegado al radicalismo, como muchos otros conservadores antes que ella, al ver que las instituciones que habían sustentado el estilo de vida de siempre se hundían” (p. 417). Se negaba a aceptar que los estafados fueran encima estigmatizados: “La mayoría de los estadounidenses en quiebra no eran holgazanes que estuvieran jugando con el sistema. Eran clase media” que trabajó duro. “No eran personas irresponsables. Al contrario, eran demasiado responsables” (p. 415). Para ella, era evidente que la crisis “era consecuencia de una regulación débil. Cuanto más presionaban los bancos al Congreso para que se eliminaran las normas, más gente caía en la bancarrota” (p. 415). Dedicó parte de su carrera política a volver a regular los mercados inmobiliarios y de consumo.

    Para Weidner, el sistema era insostenible desde el comienzo porque Estados Unidos no crea sino que revende lo mismo una y otra vez: “Consumimos basura fabricada no sabemos dónde y nosotros no creamos nada. (.) El Producto Interior bruto no proviene de nada que hayamos producido sino de la compraventa” (pp. 317-318). Al principio todo el mundo cultivaba las tierras ribereñas del Nilo y entregaban el arroz a los faraones, pero entonces los faraones quisieron construir pirámides para glorificarse a sí mismos y empezaron a cobrarles impuestos… Lo mismo ocurría en Estados Unidos, “el país estaba entrando en decadencia” (p. 368).

    4. La esperanza de la economía verde


    Otras dos de las historias nos muestran a dos pioneros americanos que frente a la corrupción del sistema, optan por ideologías libertarias e innovaciones radicales. La primera historia es quizás la más débil de las seis. Se trata de Peter Thiel, el creador del sistema de pago PayPal. Thiel critica penetrantemente la vanidad e irrealidad de Nueva York, entregado a las luchas de estatus: “En Nueva York, la lucha por el estatus era ubicua y feroz. Todo el mundo pisaba a todo el mundo en un rascacielos infinito: mirabas abajo y no se veía el suelo; mirabas arriba y no se veía la cúspide. Pasabas años subiendo peldaños, preguntándote todo el tiempo si habías ascendido en altura o si todo era una ilusión óptica” (p. 158). Al irse a Silicon valley crea su sistema, forma una gran fortuna pero descubre también que es un mundo n el que no es posible echar raíces. En las empresas del Valle del Silíceo, muchos empleados vivían en sus escritorios, sólo comían comida basura y carecían de familia para que esposas o niños no les distrajeran del trabajo. “En un mundo realmente desigual, hacía falta un lugar al que anclarse” (p. 256). Cuando perdió su fortuna por una pésima inversión, pergeñó nuevas ideas radicales sobre el futuro en las que auspiciaba la fundación de utopías libertarias aunque fuera en plataformas suspendidas en el Océano.

    La otra historia es más consistente. Se trata de Dean Price, el hombre que creó la primera estación de biodiesel de los Estados Unidos. Procedía de las plantaciones de tabaco de Carolina del Norte, una industria decadente. Desde niño siguió una carrera ascendente que le impulsó a la universidad y luego a un prestigioso trabajo. Pero entonces se sintió vacío: “Se había tragado una mentira: ve a la universidad, sácate un buen título, consigue un trabajo en una empresa del Fortune 500. Entonces serás feliz. Él había hecho todo eso y se sentía un desgraciado” (p. 29). Lo abandonó todo y decidió hacerse empresario para labrar su propia vida. Vivió una conversión religiosa: cuando lo bautizaron en el río y salió del agua, sintió la seguridad de que podía empezar desde cero. A fin de cuentas, “la sed espiritual y material siempre han corrido de la mano en el espíritu estadounidense”. Price se dio cuenta de que la sociedad rural estadounidense se había descompuesto en las últimas décadas: “Pensemos en el dueño de la ferretería, de la zapatería. Del pequeño restaurante… Todas esas personas formaban parte del tejido de la comunidad. Eran los líderes. Eran la gente con la que los demás contaban para cualquier cosa. Eso se ha perdido”, dice Price. “El centro de la vida económica se había desplazado a la autopistas, donde ya habían abierto Lowe’s (electrodomésticos y bricolaje) y CVS (tiendas que venden de todo). Una de las historias cortas que el autor entremezcla es la de Sam Walton, un hombre poseído por la fiebre del sueño minorista pero que acabó fundando el tristemente célebre Wal-Mart. Sam Walton acumuló tanto dinero como el 30% más pobre de los estadounidenses. Fue el responsable de la plaga de la baratería de objetos de malísima calidad, fabricado en China e incluso peligrosos. Donde Wal-Mart se establecía, toda la comunidad se deshilvanaba. Los pequeños pueblos se empobrecían y eso era beneficioso para los objetivos de la empresa porque la gente tenía que comprar más barato. “Con los años, el propio país se había ido pareciendo cada vez más a Wal-Mart. Se había abaratado: precios más bajos, sueldos más bajos” (p. 130). Price se dio cuenta de que “lo que impulsaba la nueva economía era perjudicial para la economía de toda la vida” (p. 218). Noventa centavos de cada dólar de petróleo que gastas y 86 centavos de cada dólar gastado en una gran superficie, no recaen jamás en la comunidad. Es el efecto del cubo agujereado del que tanto se beneficiaban los “petrodictadores” y la energía era la clave.

    Dean Price quiso regenerar las comunidades rurales creando empleos verdes que le dieran otro destino a los ruinosos cultivos de tabaco. Soñó un nuevo mundo de recuperación comunitaria agracias al biodiesel y los empleos verdes. De cada dólar, 90 centavos se quedaban en la comunidad. Así, fundó Red Birch Energy, la primera área biodiesel de USA. Se trataba de volver a vivir de la tierra y arraigarse a ella. 
    Portada del libro 
    5. La redención del compromiso social

    Las últimas dos historias (aunque las seis se van entrelazando en la narración) son compromisos combativos por transformar la situación de desmoronamiento. La historia de Tammy Thomas es quizás la más potente de todo el libro. Se ubica en Youngstown, Ohio, una de las ciudades del acero del Valle del Mahoning. La ciudad había sufrido la desindustrialización y entró en una “espiral de muerte” (p. 67). La ciudad empezó a “venirse abajo, como si un cáncer la estuviese matando lentamente”, decía Tammy (p. 67). Las propias familias caían absorbidas por esa decadencia por culpa del crimen o las drogas. La propia madre de Tammy era toxicómana. Las casas eran masivamente abandonadas y el Ayuntamiento cobraba para que fueran demolidas porque cuando quedaban vacías eran un foco de delincuencia y peligros. Pero había agencias que cobraban la mitad que el Ayuntamiento por quemártela para que así pudieras cobrar el seguro. A comienzos de los 1980s, el antaño “cinturón del acero” estadounidense recibió el sobrenombre del “Cinturón del Óxido” y la ciudad más afectada era Youngstown. Se convirtió en la imagen de la desindustrialización. Durante 1980 y 90 Youngstown encabezó los 10 primeros puestos con ciudades con mayor tasa de homicidios y era donde más mujeres afroamericanas menores de 65 años morían asesinadas. La muerte por drogas era masiva. “Al repasar los sonrientes retrato de sus anuarios escolares, eran menos de la mitad” (p. 119). Con 15 años Tammy se quedó embarazada y escribió una carta a su madre para contárselo pese a que vivía a tres manzanas: “no se atrevía a decírselo a la cara” (p. 72). Ella se preguntaba: “¿Dónde estaba todo lo que había hecho de aquellos barrios una comunidad: las tiendas, las escuelas, las iglesias, los parques infantiles, los árboles frutales?” (p. 54).

    Hubo una reactivación económica en la que las fábricas reabrieron pero con condiciones laborales mucho peores que las anteriores. Tammy estuvo cobrando subsidios hasta que logró ser contratada en una fábrica de componentes de automóvil. Antes de cumplir 90 días de contrato le despedían para que no entraran en vigor las prestaciones sanitarias. No había descanso para el almuerzo, había que trabajar ocho horas seguidas y comían en la cadena de montaje. La fábrica “dejaba a los trabajadores hechos trizas”. Le mostraban un video que habla sobre las maldades de los sindicatos y decían que si alguna vez alguien le proponía unirse a uno, informara a la dirección. 

    Pero con la globalización la empresa optó por simular la quiebra y deslocalizarse: la fábrica donde trabajaba Tammy entró en 2005 en bancarrota a la vez que se convertía en una de las mayores empleadoras de maquilas mexicanas. Se llevaron la maquinaria al Sur. Era otra vez la agonía del Cinturón de Óxido. En 2005, el ayuntamiento de Youngstown puso de moda el término ciudad menguante: la ciudad tenía que decrecer y abandonar barrios a la demolición. El mundo de Tammy se venía literalmente abajo.

    Tammy aceptó la indemnización, cumplió 40 años y “por primera vez desde que era niña pudo soñar” (p. 184) en qué hacer con su vida. Su vida gozaba de solidez: de sus tres hijos, ninguno acabó en ninguna banda ni sus hijas prematuramente embarazadas. Había comenzado la llamada Cruzada “Save Our Valley” impulsada por la Coalición Ecuménica del Valle del Mahoning, católica-episcopal. Decidió estudiar Trabajo Social y fue empleada como organizadora comunitaria en 2007 para uno de los proyectos de regeneración comunitaria en todo el Valle del Mahoning destinado a combatir las causas y efectos de la decadencia. Tammy tenía algo: “una especie de poder puro que nacía de su pasión por su barrio y de lo frustrante que resultaba que hubiera caído en el olvido de esa manera” (p. 277). La historia nos presenta a Tammy comprometida radicalmente en la regeneración de su barrio, recorriendo el vecindario para sumar más apoyos: “La única manera de llevar el cambio al valle del Mahoning era calle a calle” (p. 276). Elevaron un mapa de la ciudad y comprobaron que el 40% de las parcelas estaban vacías. Tammy acabó muy comprometida en la creación de huertos urbanos y tejido comunitario verde. Youngstown era un desierto vegetal. Desde algunas partes se tardaba cuatro horas en poder conseguir fruta o verdura fresca. La mayoría de comercios era de comida rápida, tabaco y alcohol. Una iglesia del Sur de Youngstown puso en marcha una granja cooperativa que daba trabajo a personas discapacitadas y ex convictos. Tammy nunca había conocido a personas tan apasionadas por los perdedores (p. 393). Se unió a ellos y a un proyecto que no sólo buscaba crear comunidad y establecer nuevos estilos de vida sino que el objetivo de Tammy era “embellecer el vecindario” (p. 392).

    En la última parte del libro va cobrando fuerza la historia de Nelini Stamp, una joven latina de 23 años residente en Brooklyn. “El desmoronamiento” comenzó en Wall Street y tras destrozar Tampa, las ciudades del acero y tomar Washington, ahora retornaba a Wall Street en forma de revolución ciudadana. Nelini nos guía hasta llegar al corazón del movimiento Occupy Wall-Street. que ocupó el parque Zuccotti con el lema “Somos el 99%”. El desafío simbólico era tan intolerable para el sistema que finalmente el poder hizo que todo el distrito financiero se convirtiera en una zona militarizada para evacuar a los manifestantes. El conjunto de historias no tiene un final cerrado. Muestra una historia abierta: un desmoronamiento que aún no se ha frenado y que, pese a los desengaños y compromisos, continúa vigente.


    Una de las historias que entrecruza es la del escritor Raymond Carver, cronista de la desesperanza obrera. Sus personajes eran vidas que temblaban sobre el vacío. Les gustaría arreglar las cosas pero son incapaces, “bajo la superficie de la vida no se hacía pie” (p. 97). En su experiencia, “llegó un momento en que todo lo que mi mujer y yo habíamos considerado sagrado o digno de respeto, todos los valores espirituales, se vinieron abajo”, declaró Carver. Es difícil no hallar una cierta identificación de George Packer con la misión de Carver. También él ha mostrado personajes caídos o colgando de un hilo, pero a diferencia de aquel escritor maldito, Packer sí encuentra una vía de redención: el compromiso de la conciencia para volver a hilvanar el mundo.

    http://elblogdejaviersanchez.blogspot.com/2015/04/george-packer-el-desmoronamiento-por.html



    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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