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    jueves, 31 de marzo de 2016

    ROBERT KURZ El desarrollo insostenible de la naturaleza

    Portada de un libro de Kurz


    Las inundaciones y sequías registradas durante los últimos meses en el mundo anuncian una nueva y grave dimensión de la crisis ecológica.

    Las inundaciones de julio a septiembre de este año, ocurridas en todo el mundo, entrarán en la historia de las catástrofes naturales como un triste recuerdo. En una extensión jamás vista desde el comienzo de los registros meteorológicos de la modernidad, regiones gigantescas quedaron inundadas simultáneamente en Europa, África, Asia, América del Sur y del Norte.

    Lluvias de intensidad extrema con hasta 600 litros por metro cuadrado, deslizamientos de tierra y ríos desbordados destruyeron las infraestructuras de provincias enteras, aniquilaron la cosecha, provocaron decenas de millares de muertes y dejaron a millones de personas sin techo. En el este de Alemania, una 'inundación del siglo' paralizó toda la vida económica.

    Al mismo tiempo, y exactamente a la inversa, otras regiones, a menudo en el interior del mismo país, fueron asoladas por las catástrofes correspondientes de la sequía. Así, si las personas en el sur reseco de Italia ya no podían bañarse y la Mafia empezó a vender agua en botellas, en el norte del país áreas completas estaban bajo las aguas y la vendimia era destruida en su mayor parte por los temporales.

    Método


    O el diluvio o nada de agua: esta desproporcionalidad posee un método. Como informan las grandes empresas de seguros actuantes en todo el mundo los daños por temporales e inundaciones aumentan de año en año: en Europa, según datos del consorcio Allianz, se cuadruplicaron sólo en la primera mitad de 2002. Hace ya mucho tiempo que hasta un niño sabe que la 'violencia máxima' de estas catástrofes no viene de los dioses; tampoco se trata de puros procesos naturales, exteriores a la sociedad humana. Al contrario, nos las tenemos que ver con alteraciones de la naturaleza socialmente producidas, sobre las cuales los ecologistas alertaron en vano hace ya décadas. El resultado son 'catástrofes sociales de la naturaleza', que se propagan de manera irreversible.

    ¿Por qué la percepción de los nexos ecológicos, existente hace años, es socialmente ignorada de un modo tan obstinado? Evidentemente el problema de la relación entre procesos socioeconómicos y naturales debe ser reformulado a fondo. La sociedad tiene una cualidad diferente de la naturaleza. Aunque no se extienda una muralla china entre los seres vivos, los hombres se distinguen fundamentalmente de las plantas y de los animales, sea donde fuere que resida esa diferencia y sea donde fuere se deba buscar el umbral de la transición.

    Decía Marx que lo que distingue al peor maestro de obras de la mejor abeja consiste en que la obra humana 'tiene que pasar primero por la cabeza', o sea que no es ella misma un proceso natural inmediato, sino la reconfiguración de la naturaleza por medio de la conciencia liberada. Sólo con esto, por supuesto, surge una relación de naturaleza y cultura o de naturaleza y sociedad. Esta relación contiene una tensión que puede estallar destructivamente. Puesto que procesos sociales y naturales no son idénticos, pueden chocar entre sí. Ningún ser humano es simplemente capaz de 'vivir en armonía con la naturaleza', como pretende la ideología verde. De lo contrario, él mismo sería simple naturaleza, es decir, un animal. La sociedad no es inmediatamente naturaleza, sino 'proceso de metabolismo con la naturaleza' (Marx), esto es, remodelamiento y 'culturización' de la naturaleza ('culto' significaba originariamente 'cultivo de la tierra').

    Para que este proceso no lleve a fricciones catastróficas, es indispensable una organización racional de la sociedad. Razón significa, en este aspecto, nada más que una reflexión sobre los nexos naturales de la conciencia y un comportamiento correspondiente en la reconfiguración social de la naturaleza que evite la explotación exhaustiva y absurda y los efectos colaterales destructivos. Una organización racional de la sociedad, sin embargo, no puede limitarse al 'proceso de metabolismo con la naturaleza'. La razón es indivisible. Sin una relación racional de los miembros de la sociedad entre sí, esto es, una relación que satisfaga las carencias sociales, no puede haber razón alguna ni remodelación de la naturaleza. Como Hokheimer y Adorno mostraron en la Dialéctica de la Ilustración (edit. Trotta, Madrid, 1994), un 'dominio sobre la naturaleza' irracional, destructivo e irreflexivo, y un idéntico 'dominio del hombre sobre el hombre' se condicionan recíprocamente.

    Dinámica amenazadora

    En este sentido, todas las sociedades hasta hoy deben considerarse irracionales, ya que no se libraron de la irracionalidad de la dominación. Incluso las catástrofes sociales, como las guerras o los flagelos del hambre, y la destrucción de la naturaleza se condicionan recíprocamente. La dominación siempre es destructiva, pues representa una relación de poder no-reflexiva.

    Definidas por relaciones de dominación y sometimiento en el nivel de las relaciones sociales, las sociedades agrarias premodernas también conocieron la destrucción de los nexos naturales ligada a ello. La calcarización de las orillas del Mediterráneo, otrora cubiertas de bosques, fue, como se sabe, consecuencia del consumo inescrupuloso de madera por las potencias antiguas, sobre todo por el Imperio Romano. La construcción de flotas de guerra desempeñó aquí un gran papel.

    Pero esa destrucción de la naturaleza se limitaba a aspectos aislados de la biosfera, no asumía aún un carácter sistemático y omnicomprensivo. Sólo la maravillosa modernidad desencadenó una dinámica que se volvió de modo general una amenaza para la vida terrestre, provocando en gran escala aquellas 'catástrofes sociales de la naturaleza'; y con tanto mayor ímpetu cuanto más la sociedad moderna se desarrolla, convirtiéndose en un sistema planetario total.

    Sería improcedente atribuir la dinámica de la destrucción moderna de la naturaleza exclusivamente a la técnica. Evidentemente son los medios técnicos los que intervienen directa o indirectamente en los nexos naturales. Pero esos medios no son responsables por sí, son el resultado de una determinada forma de organización social, que define tanto las relaciones sociales como el 'proceso de metabolismo con la naturaleza'. El moderno sistema productor de mercancías, basado en la valorización del capital monetario como fin en sí mismo, se revela así, de una doble manera, irracional: tanto en el macroplano de la economía nacional y mundial como en el microplano de la economía industrial.

    El macroplano, esto es, la suma social de todos los procesos de valorización y de mercado, produce la coerción de un crecimiento abstracto permanente de la masa de valores. Esto lleva a formas y contenidos nocivos de producción y a modos de vida que no son compatibles ni con las carencias sociales ni con la ecología de los nexos naturales (transporte individual, asentamientos irregulares, destrucción del medio ambiente, formación de aglomeraciones monstruosas en las ciudades, turismo de masas, etc.).

    En el microplano de la economía industrial, las coerciones del crecimiento y de la competencia conducen a una política de 'reducción de costes' a cualquier precio, sin importar si el contenido de la producción es en sí conveniente o nocivo. Pero los costes no son en su mayor parte objetivamente reducidos, sino simplemente desplazados hacia fuera: a toda la sociedad, a la naturaleza, al futuro. Esta 'externalización' de los costes aparece entonces, por un lado, como 'desempleo' y pobreza; por otro, como contaminación del aire y del agua, desertización y erosión del suelo, transformación destructiva de las condiciones climáticas, etc.

    La posguerra
    Las consecuencias destructivas de este modo de producción irracional sobre el clima y la biosfera parecían ser al principio una cuestión meramente teórica, ya que se manifestaban en escala planetaria sólo a largos intervalos. El proceso de destrucción fue preparado por dos siglos de industrialización, acelerado por el desarrollo del mercado mundial después de 1945 y agudizado por la globalización de las dos últimas décadas. Repitiéndose a intervalos cada vez más cortos y extendiéndose por un número cada vez mayor de regiones del globo, las catástrofes de las inundaciones y de las sequías anuncian los límites absolutos de este modo de producción, así como el desempleo y la pobreza en masa, globales y crecientes, marcan sus límites socioeconómicos absolutos. El diluvio y la sequía pueden ser explicados de manera precisa como relaciones de causa y efecto a partir de la lógica destructiva del mercado mundial y de la economía industrial. A escala continental y transcontinental, la lluvia y los temporales extremos y anormales, así como, a la inversa, la escasez extrema y anormal de agua son provocadas por modificaciones climáticas, que a su vez son el resultado de la emisión industrial desenfrenada de los llamados gases de invernadero (clorofluorocarbonados). Estos gases, que calientan artificialmente a largo plazo la temperatura de la tierra, son liberados en la producción y en la operación de casi todas las mercancías industriales importantes, aunque existan también otras posibilidades técnicas.

    Fracaso de las ONGs

    A escalas regionales menores, es una serie completa de intervenciones en la naturaleza producidas por la economía de mercado la que lleva a la intensificación de la nueva dimensión de los temporales, llegándose a las catástrofes de las inundaciones que se extienden a lo largo de grandes superficies: en los valles fluviales, las tierras son industrialmente endurecidas, las planicies a las orillas de los ríos aniquiladas y convertidas en regiones de comercio y construcción, y los propios ríos, 'rectificados', dragados y transformados en 'autopistas de agua'.

    Por un lado, en consecuencia, el cambio climático generado por la economía de la industria y del mercado concentra masivamente las lluvias, antes distribuidas con uniformidad, en determinadas zonas; por otro, en razón igualmente de las prácticas inescrupulosas del mercado y de la industria, los volúmenes de agua se escurren y se infiltran allí en una medida mucho menor de lo que sucedía en el pasado. Es cierto que los críticos ecologistas demostraron estos nexos, alertando sobre las catástrofes que ahora se manifiestan realmente. Pero siempre evitaron poner en cuestión el principio económico determinante como tal.

    Teóricos y ensayistas ecologistas, partidos 'verdes' y ONGs como Greenpeace se rindieron todos ellos a los principios 'eternos' del capitalismo. Nunca desearon algo diferente de una especie de 'lobby de la naturaleza', insertado en el marco exacto de la lógica que destruye la biosfera. Todo el debate sobre el llamado 'desarrollo sostenible' ignora el carácter del principio abstracto de la valorización y del crecimiento, que no posee ningún sentido para las cualidades materiales, ecológicas y sociales y, por ello, es completamente incapaz también de tomarlas en consideración. Absurdo por completo es el proyecto de pretender que la economía industrial contabilice en sus balances los costes de la destrucción de la naturaleza que ha acumulado. Desde luego, la esencia de la economía industrial consiste justamente en el hecho de externalizar los costes por sistema, costes que al fin ya no pueden ser pagados por ninguna instancia. Si de este modo encontrara un freno, ya no sería ninguna economía industrial, y los recursos sociales para el 'proceso de metabolismo con la naturaleza' tendrían que ser organizados de una manera cualitativamente diferente. Es una ilusión creer que la economía industrial vaya a renegar de su propio principio. El lobo no se hace vegetariano y el capitalismo no se convierte en una asociación para la protección de la naturaleza y la filantropía.

    Un 'lujo'

    Como era de esperar, todas 'cumbres' sobre la protección del clima y de la sostenibilidad, desde Río a Johannesburgo, pasando por Kyoto, fracasaron de forma lamentable, y la resistencia 'sostenible' de los EE.UU, que no quieren perder la alegría de su consumo de potencia mundial, no fue la última de las razones. Toda vez que el reequipamiento perfectamente posible con otras tecnologías pesaría en los cálculos de la economía industrial y reduciría las ganancias, es rechazado y el gas-invernadero sigue siendo emitido en grandes cantidades; de la misma forma, la destrucción del medio ambiente continúa de manera desenfrenada. Entretanto, la disposición para intervenciones ecológicas en la economía llegó a retroceder dramáticamente, porque el fin del capitalismo de burbujas financieras amenaza con estrangular la economía mundial y, por tal razón, la protección de la naturaleza y del clima parece ser sólo un 'lujo', el primero en ser recortado. Bajo el shock de la crisis económica, cada vez más ex eco-activistas prominentes se confiesan hijos del capitalismo, y ya no quieren saber nada de una limitación de la economía industrial. Uno de éstos es el 'científico político' danés Björn Lomborg [autor de El ambientalista escéptico], que se volvió el predilecto de la prensa económica y puede viajar a todas partes como misionero bien pagado de la industria, ya que remite la catástrofe del clima al reino de la fantasía y asegura que, con la ayuda de la economía de mercado global, todo quedará cada vez mejor y hasta la naturaleza empezará a valer.

    Sin enfriamiento

    Entusiasmado con esa falsificación descarada de los hechos, el Wirtschaftswoche, órgano central del neoliberalismo alemán, dedicó toda una serie a las tesis de Lomborg. En la última parte de la serie, llegó puntualmente la gran inundación. Meteorologistas e historiadores constataron de común acuerdo que hacía siglos que no se registraban en Europa central temporales e inundaciones de este tipo. La alteración del clima fue entonces directa y sensiblemente perceptible, pues se trataba de tempestades y aguaceros sin enfriamiento, como los que sólo se conocen comúnmente en las regiones tropicales. La catástrofe subsiguiente de la inundación en Alemania, en la República Checa y en Austria, de igual forma que en Asia, provocó daños por billones de euros.

    Debido a las arcas vacías del Estado, el canciller alemán Gerhard Schroeder tuvo que poner en cuestión el pacto de estabilidad de la Unión Europea. La inundación asumió dimensiones que afectan a la política financiera. Es cada vez más evidente: crisis económicas y destrucción ecológica se entrelazan en una catástrofe global única. Las leyes físicas no pueden ser manipuladas por las estadísticas, y los 'pragmáticos realistas' del sistema del mercado global se hunden literalmente en el agua sucia y en el fango.

    Argenpress.info

    La privatización del mundo

    Es de suponer que la naturaleza existía ya antes de la economía moderna. De ahí que la naturaleza sea en sí gratis, sin precio. Esto distingue los objetos naturales sin elaboración humana de los resultados de la producción social, que no representan ya la naturaleza "en sí", sino la naturaleza trasformada por la actividad humana. Estos "productos", a diferencia de los objetos naturales puros, nunca fueron de libre acceso; desde siempre estuvieron sujetos, según determinados criterios, a un modo de distribución socialmente organizado. En la modernidad, es la forma de producción de mercancías la que regula esa distribución en el modo del mercado, según los criterios de dinero, precio y demanda (solvente). Pero es un problema antiguo el que la organización de la sociedad tienda a obstruir también el libre acceso a un número creciente de recursos prehumanos de la naturaleza. Esa ocupación lleva, de las más diversas formas, el mismo nombre que los productos de la actividad social, la llamada "propiedad". O sea, se da un quid pro quo:
    otrora libres, los objetos naturales no elaborados por el ser humano son tratados exactamente como si fuesen los resultados de la forma de organización social, y de ahí sometidos a las mismas restricciones.

    La ocupación más antigua de esa clase es la tierra. La tierra en sí no es naturalmente el resultado de la actividad productiva humana. Por eso tendría que ser también, en sí, de libre acceso. Cuanto mucho, la tierra ya transformada, labrada y "cultivada" podría estar sometida a los mecanismos sociales; y, en tal caso, tendría que ser propiedad de aquellos individuos que la cultivaran. Pero, como se sabe, no es ese exactamente el caso. Justamente la tierra aún del todo inculta es usurpada con violencia. Ya en la Biblia existe la disputa entre labradores y criadores de ganado por territorio (Caín y Abel) y, entre los pastores nómadas, por "pastos más fértiles". La usurpación del suelo "virgen"
    es el pecado original y hereditario de la "dominación del hombre por el hombre" (Marx). Las aristocracias de todas las altas culturas agrarias represivas surgieron por esa apropiación violenta de la tierra, literalmente a punta de garrote y lanza. Sin embargo, la propiedad en las culturas agrarias no se parecía ni de lejos a la propiedad privada en el sentido actual. Eso significaba, ante todo, que la propiedad no era exclusiva o total. La tierra podía ser utilizada y cultivada también por otros, que a cambio pagaban ciertos tributos (la renta feudal en la forma de víveres o servicios) a los propietarios, aquellos originariamente violentos. Pero había aún posibilidades de uso gratuito. Por ejemplo, en muchos lugares, los campesinos tenían permiso para trasladar sus cerdos hasta las tierras incultas del señor feudal, cosechar allí forrajes que crecían de manera silvestre o recoger otras materias naturales. Diferentes posibilidades de uso libre nunca dejaron de ser controvertidas, como el derecho a la caza o a la pesca.
    Cuando los señores feudales intentaban establecer prohibiciones en ese sentido, éstas casi nunca eran obedecidas. Así, el cazador y el pescador furtivos llegaron a figurar entre los héroes de la cultura popular premoderna.

    La propiedad privada moderna reforzó monstruosamente la sumisión de la naturaleza "libre"
    a la forma de la organización social, obstruyendo así el acceso a los recursos naturales con un rigor nunca visto. Esta intensificación de la tendencia usurpadora tiene su razón en el hecho de que la ocupación se efectúa ahora ya no por el acto personal e inmediato de violencia, sino por el imperativo económico moderno, que representa una violencia "cosificada" de segundo orden. La violencia armada inmediata se manifiesta todavía hoy en la ocupación de los recursos naturales, pero ella ya está cosificada de forma institucional en la propia figura de la policía y del Ejército. La violencia que sale de los cañones de las armas modernas ya no habla por sí misma; se convirtió en el simple alguacil del fin en sí mismo económico.
    Este dios secularizado de la modernidad, el capital como "valor que se autovaloriza" incesantemente (Marx), no aparece, sin embargo, sólo en la figura de una cosificación irracional; él es incluso más celoso que todos los otros dioses que lo precedieron. En otras palabras: la economía moderna es totalitaria. Esgrime una pretensión total sobre el mundo natural y social.
    Por eso, todo lo que no está sometido y asimilado a su propia lógica es para ella fundamentalmente una espina en la garganta. Y como su lógica consiste única y exclusivamente en la valorización permanente del dinero, tiene que odiar todo lo que no asume la forma de un precio monetario. No debe haber nada más bajo el cielo que sea gratuito y exista por naturaleza. La propiedad privada moderna representa sólo la forma jurídica secundaria de esa lógica totalitaria. Aquélla es, por eso, tan totalitaria como ésta: el uso debe ser un uso exclusivo. Esto vale particularmente para los recursos naturales primarios de la tierra. Bajo la dictadura de la propiedad privada moderna, ya no es tolerado ningún uso gratuito para la satisfacción de las necesidades humanas, más allá de los oficiales: los recursos tienen que servir a la valorización o quedar en barbecho. Dada la forma de la propiedad privada, incluso la parte de la tierra que el capital no puede usar de ningún modo debe estar excluida de cualquier otro uso. Esta imposición descabellada provocó repetidas veces la protesta social. En la época anterior a 1848, una experiencia crucial para el joven Marx, subrayada a menudo en su biografía, fue la discusión en torno a la "ley prusiana contra el robo de leña", que pretendía prohibir a los pobres recoger gratuitamente la leña de los bosques. El conflicto sobre el uso libre de los bienes naturales, sobre todo de la tierra, jamás cesó en toda la historia del capitalismo. Incluso hoy, en muchos países del Tercer Mundo, existen movimientos sociales de "ocupantes de tierras" que ponen en cuestión la dictadura totalitaria de la propiedad privada moderna sobre el uso del suelo.

    En el desarrollo del moderno sistema productor de mercancías, el problema primario del acceso a los recursos naturales gratuitos fue relegado por el problema secundario del acceso a los recursos "públicos", directamente relacionados con el conjunto de la sociedad: las llamadas "infraestructuras". Con la industrialización capitalista y la inherente aglomeración de masas gigantescas de seres humanos (urbanización), surgieron carencias sociales, haciendo necesarias medidas que no podían ser definidas por la ley del mercado, sino sólo por la administración social directa. Por un lado, se trata ahora de sectores completamente nuevos, resultantes del proceso de industrialización, como el servicio público de salud, las instituciones públicas de enseñanza (escuelas, universidades, etc.), el suministro de energía y los transportes públicos (ferrocarril, metropolitano, etc.).
    Por otro lado, también los recursos naturales antes libremente accesibles sin ninguna organización social y los procesos vitales que se efectúan por sí mismos tuvieron que ser socialmente organizados y colocados bajo la administración pública: es el caso del abastecimiento público de agua potable, de la recogida pública de basura, de los alcantarillados públicos, etc., llegando incluso a los sanitarios públicos en las grandes ciudades. Bajo las condiciones del moderno sistema productor de mercancías, la "administración de cosas"
    pública y colectiva no puede asumir sino la forma distorsionada de un aparato burocrático estatal. Pues la forma moderna "Estado" representa solamente el reverso, la condición estructural y la garantía de lo "privado" capitalista; el Estado no puede, por naturaleza, asumir la forma de una "asociación libre".
    La administración pública de cosas permanece así nacionalmente limitada, burocráticamente represiva, autoritaria y ligada a las leyes fetichistas de la producción de mercancías. Por eso los servicios públicos asumen la misma forma-dinero que la producción de mercancías para el mercado. Aun así no se trata de precios de mercado, sino sólo de tarifas; algunas infraestructuras hasta son ofrecidas gratuitamente. El Estado financia esos servicios y agregados de cosas sólo en una pequeña parte, por medio de tarifas cobradas a los ciudadanos; en lo esencial, son subvencionados con la imposición a los rendimientos capitalistas (salarios y ganancias). De este modo, la administración pública de cosas permanece ligada al proceso de valorización del capital.

    Por un período de más de cien años, los sectores del servicio público y de la infraestructura social fueron reconocidos en todas partes como el apoyo necesario, amortiguación y superación de las crisis del proceso del mercado. Sin embargo, en las dos últimas décadas se impone en el mundo entero una política que, exactamente al revés, resulta en la privatización de todos los recursos administrados por el Estado y de los servicios públicos. De ningún modo esta política de privatización es defendida sólo por partidos y gobiernos explícitamente neoliberales; desde hace mucho tiempo, ella prepondera en todos los partidos. Esto indica que no se trata aquí sólo de ideología, sino de un problema de crisis real. Seguramente desempeña un papel en esto el hecho de que la recaudación pública de impuestos retrocede con rapidez a causa de la globalización del capital. Los Estados, las provincias y los ayuntamientos superendeudados en todo el mundo se convierten en factores de crisis económica, en vez de poder ser activos como factores de superación de la crisis. Una vez dilapidados los dineros de los sistemas socialmente administrados, las "manos públicas"
    acaban pareciéndose fatalmente a las masas de víctimas de la vejez indigente, que en las regiones críticas del planeta venden en los mercados de segunda mano los muebles y hasta la ropa para poder sobrevivir. No obstante, la raíz del problema es más honda. En esencia, se trata de una crisis del propio capital, que, bajo las condiciones de la tercera revolución industrial, tropieza con los límites absolutos del proceso real de valorización. Aunque tenga que expandirse eternamente, por su propia lógica, se encuentra cada vez menos en condiciones para ello, sobre sus propias bases. De ahí resulta un doble acto de desesperación, una fuga hacia adelante: por un lado, surge una presión aterradora para ocupar todavía los últimos recursos gratuitos de la naturaleza, de hacer incluso de la "naturaleza interna" del ser humano, de su alma, de su sexualidad, de su sueño, el terreno directo de la valorización del capital y, con ello, de la propiedad privada. Por otro, las infraestructuras públicas administradas por el Estado deben ser administradas, también a vida o muerte, por sectores del capitalismo privado.

    Pero esta privatización total del mundo muestra definitivamente el absurdo de la modernidad; la sociedad capitalista se convierte en autocanibalística.
    La base natural de la sociedad es destruida a velocidad creciente; la política de disminución de costos y la tercerización a todo precio arruinan la base material de las infraestructuras, el conjunto organizador y, con ello, el valor de uso necesario. Es conocido desde hace tiempo el caso desastroso del ferrocarril y, de modo general, el de los medios de transporte, en otro tiempo públicos: cuanto más privados, tanto más deteriorados y más peligrosos para la comunidad. El mismo cuadro se comprueba en las telecomuniciones, en el correo, etc. Quien hoy precisa, al mudarse de casa, instalar un teléfono nuevo, pasa por el fragor de plazos, confusión de competencias entre las instancias "tercerizadas" y técnicos seudoautónomos y maldicientes. El correo alemán, que se transformó en una empresa y "global player" ansioso por su capitalización en las Bolsas, en breve distribuirá cartas en California o China; a cambio, el servicio más sencillo de entrega sigue funcionando mal en casa. ¡Qué prodigio que actividades enteras sean ajustadas a salarios módicos, las regiones de entrega con pocos carteros dobladas o triplicadas, y las filiales extremadamente desguarnecidas! Las oficinas de correos o las estaciones de ferrocarril se transforman en kilómetros fulgurantes de terrenos ajenos a su competencia, mientras el que sufre es el propio servicio. Cuanto más estilizados los escritorios, tanto más miserable el servicio. A pesar de todas las promesas, la privatización significa tarde o temprano no sólo el empeoramiento sino también el aumento drástico de los precios. Porque eres pobre, tienes que morirte antes: con la privatización creciente de los servicios de salud, esa vieja sabiduría popular recibe nuevas honras incluso en los países industriales más ricos. La política de privatización no da tregua siquiera a las necesidades humanas más elementales. En Alemania, los baños de las estaciones de tren pasaron a ser recientemente controlados por una empresa transnacional llamada "McClean", que cobra por la utilización de un mingitorio lo mismo que cuesta una hora de aparcamiento en el centro de la ciudad. Por lo tanto, ahora ya se dice: ¡porque eres pobre, tienes que mearte en los calzones o aliviarte de forma ilegal!

    La privatización del suministro de agua en la ciudad boliviana de Cochabamba, que, por decisión del Banco Mundial, fue vendido a una "empresa de agua"
    norteamericana, muestra lo que nos espera aún. En unas pocas semanas, los precios subieron a tal punto que muchas familias tuvieron que pagar hasta un tercio de sus ingresos por el agua diaria. Juntar agua de lluvia para beber fue declarado ilegal, y a las protestas se respondió con el envío de tropas. Luego tampoco el sol brillará gratis. ¿Y cuándo llegará la privatización del aire que respiramos? El resultado es previsible: ya nada funcionará, y nadie podrá pagar. En ese caso, el capitalismo tendrá que cerrar tanto la naturaleza como la sociedad humana por "falta de rentabilidad" y abrir otra.

    Original alemán: "Die Privatisierung der Welt", en www.krisis.org Publicado en Folha de S. Paulo, el 14.7.02, con el título de "Modernidade Autodevoradora", en traducción de Luiz Repa.
    Traducción del portugués: Round Desk. Texto tomado de: http://planeta.clix.pt/obeco

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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