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El genero del cuento tiene miles de grandes historias que podríamos leer y disfrutar. Los 101 cuentos que compartimos aquí son solo una muestra de grandes obras del cuento de la literatura universal. Muchos otros cuentos podrían hacer parte de esta lista, así que los invitamos a comentar y compartir esos otros cuentos que todo amante de la literatura debería leer.

Nota: Pueden leer los cuentos haciendo click sobre cada titulo. 

  1. A la deriva - Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro - Ambrose Bierce
  3. Ante la ley - Franz Kafka
  4. Axolotl - Julio Cortázar
  5. Bartleby el escribiente - Herman Melville 
  6. Bola de sebo - Guy de Maupassant
  7. Casa inundada - Felisberto Hernández
  8. Casa tomada - Julio Cortázar
  9. Colinas como elefantes blancos - Ernest Hemingway
  10. Dagón - H.P. Lovecraft
  11. Dejar a Matilde - Alberto Moravia
  12. ¡Díles que no me maten! - Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo - Gabriel García Márquez
  14. El Aleph - Jorge Luis Borges
  15. El almohadón de plumas - Horacio Quiroga
  16. El banquete - Julio Ramón Ribeyro
  17. El beso - Anton Chejov
  18. El capote - Nikolai Gogol
  19. El color que cayó del cielo - H.P. Lovecraft
  20. El collar - Guy de Maupassant
  21. El corazón delator - Edgar Allan Poe
  22. El crimen de lord Arthur Saville - Oscar Wilde
  23. El cumpleaños de la infanta - Oscar Wilde
  24. El día no restituido - Giovanni Papini 
  25. El diamante tan grande como el Ritz - Francis Scott Fitzgerld
  26. El diente de la ballena - Jack London
  27. El episodio Kugelmass - Woody Allen 
  28. El extraño caso de Banjamin Button - Francis Scott Fitzgerald
  29. El fantasma de Canterville - Oscar Wilde
  30. El gato bajo la lluvia - Ernest Hemingway
  31. El gato negro - Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta - Oscar Wilde
  33. El guardagujas - Juan José Arreola
  34. El hijo - Horacio Quiroga
  35. El hombre muerto - Horacio Quiroga
  36. El horla - Guy de Maupassant
  37. El inmortal - Jorge Luis Borges
  38. El jorobadito - Roberto Arlt
  39. El nadador - John Cheever
  40. El perseguidor - Julio Cortázar
  41. El pirata de la costa - Francis Scott Fitzgerald
  42. El pozo y el péndulo - Edgar Allan Poe
  43. El príncipe feliz - Oscar Wilde
  44. El rastro de tu sangre en la nieve - Gabriel García Márquez
  45. El ruido del trueno - Ray Bradbury
  46. En el bosque - Ryunosuke Akutakawa
  47. Encender una hoguera - Jack London
  48. Ese cerdo de Morin - Guy de Maupassant
  49. Exageró la nota - Anton Chejov
  50. Exilio - Edmond Hamilton
  51. Felicidad - Katherine Mansfield
  52. Funes el memorioso - Jorge Luis Borges
  53. La autopista del sur - Julio Cortázar
  54. La caída de la casa Usher - Edgar Allan Poe
  55. La colonia penitenciaria - Franz Kafka
  56. La condena - Franz Kafka
  57. La estrella - Arthur C. Clarke
  58. La gallina degollada - Horacio Quiroga
  59. La insignia - Julio Ramón Ribeyro
  60. La lección de canto - Katherin Mansfield
  61. La lotería - Shirley Jackson
  62. La llamada de Cthulhu - H.P. Lovecraft
  63. La mujer del boticario - Anton Chejov
  64. La noche boca arriba - Julio Cortázar
  65. La pata de mono - W.W. Jacobs
  66. La perla - Yukio Mishima
  67. La sabana - Ray Bradbury
  68. La santa - Gabriel García Márquez
  69. La señora del perrito - Anton Chejov
  70. La última pregunta - Isaac Asimov
  71. Las joyas - Guy de Maupassant
  72. Las nieves del Kilimajaro - Ernest Hemingway
  73. Las ratas de las paredes - H.P. Lovecraft
  74. Las ruinas circulares - Jorge Luis Borges
  75. Los asesinos - Ernest Hemingway
  76. Los crimenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe
  77. Los gatos de Ulthar - H.P. Lovecraft
  78. Los nueve billones de nombres de dios - Arthur C. Clarke
  79. Luvina - Juan Rulfo 
  80. Macario - Juan Rulfo
  81. Mecánica popular - Raymond Carver
  82. Nadie encendía las lámparas - Felisberto Hernández
  83. No oyes ladrar los perros - Juan Rulfo
  84. Nos han dado la tierra - Juan Rulfo
  85. Parábola del trueque - Juan José Arreola
  86. Paseo nocturno - Rubem Fonseca
  87. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril - Haruki Murakami
  88. Sólo vine a hablar por teléfono - Gabriel García Márquez
  89. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius - Jorge Luis Borges
  90. Un artista del hambre - Franz Kafka
  91. Un artista del trapecio - Franz Kafka
  92. Un lugar limpio y bien iluminado - Ernest Hemingway
  93. Un marido sin vocación - Enrique Jardiel Poncela
  94. Un señor muy viejo con unas alas enormes - Gabriel García Márquez
  95. Una apuesta - Anton Chejov
  96. Una rosa para Emilia - William Faulkner
  97. Vecinos - Raymond Carver
  98. Vendrán lluvias suaves - Ray Bradbury
  99. Viaje a la semilla - Alejo Carpentier
  100. Volver a Babilonia - Francis Scott Fitzgerald
  101. Wakefield - Nathaniel Hawthorne 
http://guialiteraria.blogspot.com/2014/12/101-cuentos-que-todo-amante-de-la.html
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Mejores cuentos de Cortázar
Julio Cortázar es sin duda uno de los grandes cuentistas de la historia. Un experimentador del lenguaje y la forma que, creador de grandes frases, y autor además de la gran novela Rayuela. Compartimos 40 Cuentos de Julio Cortázar para leer online, de 5 de sus libros más conocidos, que esperamos disfruten.

Bestiario (1951)

  1. Casa tomada
  2. Carta a una señorita en París
  3. Lejana
  4. Ómnibus
  5. Cefalea
  6. Circe
  7. Las puertas del cielo
  8. Bestiario

Final del juego (1956)

  1. Continuidad de los parques
  2. No se culpe a nadie
  3. El río
  4. Los venenos
  5. La puerta condenada
  6. Las ménades
  7. El ídolo de las Cícladas
  8. Una  flor amarilla
  9. Sobremesa
  10. La banda
  11. Los amigos
  12. El móvil
  13. Torito
  14. Relato con un fondo de agua
  15. Después del almuerzo
  16. Axolotl
  17. La noche boca arriba
  18. Final del juego

Las armas secretas (1959)

  1. Cartas de mamá
  2. Los buenos servicios
  3. Las babas del diablo
  4. El perseguidor
  5. Las armas secretas

Todos los fuegos el fuego (1966)

  1. La autopista del sur
  2. La salud de los enfermos
  3. Reunión
  4. La señorita Cora
  5. La isla al mediodía
  6. Instrucciones para John Howell
  7. Todos los fuegos el fuego
  8. El otro cielo

Y un texto del libro "Historias de cronopios y famas"

  1. Instrucciones para subir una escalera

                                      José Saramago(1998)


Premios Nobel de Literatura
Compartimos 8 Discursos de Aceptación del Premio Nobel de Literatura.

  1. Discurso de aceptación(1945) - Gabriela Mistral
  2. Discurso de aceptación(1949) - William Faulkner
  3. Discurso de aceptación (1954) - Ernest Hemingway
  4. La vida contemporánea (1957) - Albert Camus
  5. Discurso de aceptación (1971) - Pablo Neruda
  6. La soledad de América Latina  (1982) - Gabriel García Márquez
  7. Discurso de aceptación (1990) - Octavio Paz
  8. De cómo los personajes se convirtieron en maestros y el autor en su aprendiz(1998) - José Saramago
El músico Jerry Lee Lewis, durante un concierto en 1963 en Berlín.  GETTY

Hay una anécdota especialmente ilustrativa de la clase de fuego que abrasaba a Jerry Lee Lewis y el incendio sin precedentes que causaba cuando le daba salida con unas simples teclas de piano. Era 1951 y aquel chaval de 16 años había ingresado en una escuela de la Asamblea de Dios, una secta pentecostal en Texas. Su madre y el pastor de Ferriday, en el Estado de Louisiana, le convencieron de que estaba en manos del “demonio” por ir a los clubs nocturnos, observar muchachas con blusas desabrochadas y bailar ese blues efusivo en Haney's Big House, el garito más movido del distrito negro al que acudían todo tipo de pianistas y guitarristas. El chico, que había accedido a seguir el camino de “pulcritud y pureza” de Dios, se escapaba siempre que podía porque quería seguir escuchando esa música. En un intento de integrarle, una noche los responsables de la escuela le pidieron interpretar en la capilla delante de todos sus compañeros el himno pentecostal My God is Real. Ante la mirada atenta de todos, Jerry Lee, al que ya le sobresalía un rutilante flequillo dorado, empezó a tocar y, al poco de que sus dedos se deslizaron, entró como en trance y se arrancó a aporrear las teclas con ritmo endiablado. Se puso de pie y, entre jadeos y alaridos, prendió fuego a My God is Real. Al día siguiente, fue expulsado de la congregación. Y su madre supo para siempre que su hijo estaba poseído por esa música del demonio.
Fue un día clave por todo lo que vino después. Jerry Lee Lewis se convirtió en uno de los grandes pioneros del rock and roll, ese sonido espasmódico y genuino queElvis Presley puso en la órbita mundial, pero al que contribuyeron de forma crucial afroamericanos como Chuck Berry o Little Richard, que como Lewis, un blanco del sur profundo también conocido como The Killer (apodo que recibió en el colegio por su férreo carácter), siguen vivos, como leyendas de un tiempo mágico. Mágico porque el rock and roll pareció irrumpir de la nada y, en apenas dos años, infectó a toda una generación de jóvenes, echando abajo las defensas morales del puritanismo estadounidense y rompiendo los corsés musicales de un país que, hasta esa mitad de los años cincuenta, se refugiaba en las historias delcountry y bailaba swing. Pero el rock and roll era otra cosa, y personajes como el volcánico pianista de Ferriday también, tal y como narra con atractivo sentido novelesco el escritor Nick Tosches en Fuego Eterno. La historia de Jerry Lee Lewis (Contra), una biografía de 1982 y ahora traducida al castellano. Un libro que sitúa perfectamente a Lewis en su tiempo y que, sin detenerse en acumular datos, busca, como señala el musicólogo Greil Marcus en el prólogo, ser un “alegato poético” sobre un músico lleno de luchas internas pero que marcó una época.



Lewis pasó una infancia nada fácil afectada por la muerte de su hermano Elmo, que acentuó la estricta moral familiar. Su padre, que estuvo en la cárcel por contrabando, le pegaba con un cinturón. Sin embargo, como aficionado a la música, fue el primero en apoyar su pasión. Le compró un piano Starck vertical y buscó dinero para que grabara en Memphis. Allí recaló en Sun Records, epicentro del terremoto del rock and roll y casa de Elvis Presley, con el que compitió por reinar tras el rotundo éxito en 1957 de Whole Lotta Shakin’ Goin’ On.
Al escuchar la canción, rociada de contagioso boogie-woogie, la gente se pensaba que era negro mientras que, con el sonido eufórico y abrasivo de su piano, hacía que una “serpiente reptase por los finos tobillos” de las chicas, tal y como lo describe Nick Tosches, quien afirma: “Las madres olfatearon su espantosa presencia entre la ropa sucia de sus hijas y los predicadores clamaron contra él y su canción pecaminosa”. Tan sólo Presley desprendía tanta descarga sexual, aunque The Killer infundía más miedo que ningún otro de su quinta, incluyendo a los pavos reales de Bo Diddley y Gene Vicent.
En el libro se cuenta cómo, enfadado por ser obligado a tocar antes que Chuck Berry, prendió fuego a su piano y, con el bidón de gasolina en la mano, gritó: “¡Chúpate esa negro!”. Demostraba que no era persona de medias tintas. En otra gira se fue con Johnny Cash y Carl Perkins y descubrió que el primero consumía pastillas y el segundo era alcohólico. Él dobló el exceso: terminó por engancharse a las cápsulas de bencedrina bañadas en whisky.
Parecía destinado a ser la figura más grande del rock and roll originario por encima de sus problemas con las drogas y sus crisis espirituales, que le llevaron a dejar la música por intentar ser predicador. Pero su verdadera caída llegó cuando con 22 años se casó con su prima de 13 —una práctica, la de casarse siendo menor, común en regiones del sur—. A pesar de que Great Balls of Fireenloquecía a los jóvenes en 1958, hubo un boicot contra él, que terminó por hacerle mella. La fulgurante aparición de los Beatles y todos los rockeros que se habían amamantado con sus canciones y la de los demás pioneros acabó por apartarle del rock. A finales de los sesenta, se reconvirtió al country. Volvió a conseguir fama y prestigio. También volvió a encontrar cierto sosiego espiritual pese a sus problemas fiscales. En estos años le rinden homenajes. A fin de cuentas, para todos los que se han liberado con la música del demonio, es un predicador. Es el bendito pirómano del piano.



http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/13/actualidad/1455398112_276741.html?rel=lom
'Paisaje azul', 1958. © VEGAP, Madrid, 2016 - Chagall®

Marc Chagall (Vítebsk, Bielorrusia, 1887- Saint-Paul de Vence, Francia, 1985), uno de los artistas esenciales del siglo XX fue también uno de los más prolíficos. Su fantástica y colorista obra no solo se limitó al ámbito de la pintura, sino que ilustró innumerables libros, diseñó hermosísimas vidrieras y creó inolvidables decorados y figurines para teatro y ballet. Inspirado casi siempre en los recuerdos de su infancia rusa y en la Biblia, su actividad creativa fue tal que muchos le conocen como el Picasso judío. Una de las facetas más importantes de esa actividad, su obra gráfica, protagoniza la exposición Divino y Humano que este jueves se abre al público en la Fundación Canal, en Madrid. En un espacio reconvertido en sinagoga, gracias al diseño de Enrique Bonet, se muestra un centenar de obras sobre papel procedentes del museo Pablo Picasso de Münster (Alemania) que se muestran por primera vez en España.
Ann-Katrin Hann, comisaria adjunta de esta exposición y conservadora jefe del museo que ha prestado las obras, explica que la obra gráfica fue tan importante para Chagall como la pintura. Los aguafuertes, las xilografías y las litografías le daban unas posibilidades de experimentación que no encontraba en otros soportes. El centenar de obras expuestas recogen cuatro décadas de actividad del artista, desde finales de los cuarenta hasta mediados de los ochenta.
La exposición está dividida en tres secciones: Divino y humano, que da título a la muestra y refleja la peculiar convivencia entre temas sagrados y profanos; Las almas muertas, que incluye 15 obras relativas a la novela de Nikolái Gogol y, por último, La Biblia, 20 obras con las que interpreta desde una perspectiva humanista y personal las sagradas escrituras.
Pero en el recorrido por la exposición, la división temática es puramente formal. Aunque Marc Chagall manifestó en reiteradas ocasiones que no era un hombre especialmente religioso, pero sí preocupado por lo trascendente, escribió que “los elementos de la fe judía forman parte integrante de su creación, pero que un artista verdaderamente grande busca lo universal que subyace a toda fe". Por tanto, señala la comisaria, a la hora de llevar a cabo sus representaciones religiosas, Chagall no busca abordar los dogmas de fe, sino simplemente aportar una visión humanística que da lugar a una iconografía totalmente personal. Por eso, tanto en sus autorretratos como en la puras escenas bíblicas, rara es la pieza en la que no incluye animales o personajes circenses. Obras como Los tres acróbatas (1957) intentan aunar la alegría del mundo del circo con la profundidad existencial del arte. “Siempre he considerados los payasos, a los acróbatas y a los actores”, escribió Chagall, “como la esencia de la humanidad trágica. Creo que se pueden comparar con los personajes de algunas pinturas religiosas”.

El grueso de la exposición está formado por las ilustraciones para la Biblia que realizó por encargo del marchante francés Ambrois Vollard en 1930, un trabajo para el viajó varias veces a Palestina para conocer en directo los lugares en los que se desarrollaron las escenas bíblicas. En total firmó 105 aguafuertes, de los que una veintena se pueden ver en la exposición. El resultado tiene poco que ver con el contenido de las sagradas escrituras. Su preocupación es la penetración psicológica de las escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, además de la visión humanística de la Biblia y sus personajes. Como él mismo explicó, la Biblia era para él pura poesía, una auténtica tragedia humana.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/03/actualidad/1454518194_727511.html
Nuevas traducciones de Grossman, Pasternak y ahora Tsvietáieva
nos acercan a un sufrimiento que algunos aún ignoran



En el fragor genocida del siglo XX parecería imposible que llegara a escucharse una voz tan débil como la de Marina Tsvietáieva. Es una mujer joven, sola, pobre, con dos hijas pequeñas, políticamente sospechosa en el Moscú de los primeros años de la revolución bolchevique. Eisenstein y los carteles vanguardistas y la épica tramposa de John Reed nos alimentaban la imaginación cuando éramos muy jóvenes. Después algunos hemos ido poco a poco aprendiendo el horror sin orillas de aquella tiranía que empezó como un gran cataclismo que lo devoraba todo y se fosilizó al cabo de unos años en un régimen sanguinario de burocracia y terror. Historiadores y memorialistas nos han contado la extensión de aquella calamidad que anegó a un país del tamaño de un continente entero. Filósofos con plazas en propiedad en universidades de prestigio y de pago exaltan de nuevo a los matarifes máximos de entonces con una desvergüenza de frivolidad posmoderna: por fortuna, la poesía, la novela, la indagación de Svetlana Alexiévich ponen las cosas indeleblemente en su sitio. Las traducciones, por primera vez directas, de Vida y destino, de Vasili Grossman, y de Doctor Zhivago, de Pasternak, nos dan acceso en español a un abismo de sufrimiento y desastre que muchos entre nosotros siguen negándose a ver. Decía George Orwell que la gran ceguera de la izquierda europea en los años treinta había sido querer ser antifascista sin ser antitotalitaria: en términos más claros, denostar a Hitler y Mussolini y Franco cerrando los ojos a los crímenes de Lenin y Stalin. Esa ceguera antigua sigue sin disiparse del todo: la diferencia es que ahora a nadie le falta la información contrastada necesaria para curarse de ella.

Su voz es incomparable y extrema en su percepción del todo, en el filo entre el arrebato poético y el trastorno mental
Hemos leído a Grossman y a Pasternak traducidos por Marta Rebón, y también a otros testigos y visionarios mayores en las traducciones de Ricard San Vicente. Ahora —ahora para mí, porque el libro lleva un año publicado— llegan los Diarios de la Revolución de 1917, de Marina Tsvietáieva, en Acantilado, una de las editoriales que nos están devolviendo, en nuestro país provincial, la anchura de la tradición europea. La traductora es Selma Ancira. Y no hace falta saber ruso para intuir que habrá sido un trabajo muy difícil, porque a veces se nota en el texto español la tensión de intentar reproducir lo imposible, los matices más singulares de un idioma, intensificados por la dificultad natural de una escritura, la de Tsvietáieva, que es tersa y urgente, desnuda y a la vez rica en asociaciones literarias y vernáculas. El libro llega a nosotros acompañado de notas muy útiles, de un buen índice onomástico, pero yo echo en falta más información sobre su origen editorial y también sobre las circunstancias vitales e históricas en las que se escribieron estas páginas. Me son algo más accesibles porque leí el año pasado una edición en inglés de poemas y fragmentos en prosa escritos en la misma época—Moscow in the Year of the Plague—, pero creo que para un lector en español haría falta una introducción biográfica, un asidero que facilitara la comprensión de lo que se nos presenta como un collage de instantáneas fulgurantes, un cuaderno de apuntes que explican mejor la destrucción y el desquiciamiento de todo porque ellos mismos tienen algo de catálogo de ruinas, de fragmentos sin orden de una experiencia a la que es imposible adjudicar una unidad de sentido.

La ceguera de la izquierda sigue sin disiparse del todo, pero ahora falta la información contrastada necesaria para curarse de ella
Quizás esa es una de las diferencias entre la prosa de Tsvietáieva y la de Pasternak o la de Grossman: uno y otro escriben novelas, y las escriben a una distancia suficiente de los hechos narrados. Tsvietáieva escribe temerariamente en el momento mismo en el que suceden las cosas. El caos de un presente más atroz aún porque no puede ser comprendido es la materia de su relato. Imagino, según las traducciones, que los versos de Tsvietáieva son de un rigor formal infalible. Su prosa tiene una libertad que corta el aliento. Se pasó toda la vida escribiendo cosas en cuadernos, diarios, aforismos, borradores de cartas de amor que algunas veces ni siquiera enviaba, citas, apuntes de poemas. Escribió sobre la felicidad de dejar a un lado el cuaderno para encontrarse con alguien, y de la otra felicidad de quedarse a solas para regresar a su cuaderno. En las oficinas en las que obtuvo trabajos episódicos y miserables durante los primeros tiempos de la revolución robaba papel y tinta y lápices para seguir escribiendo. Escribía con dificultad en un tren que se acercaba a Moscú y contaba el miedo a llegar y a no encontrar vivo a nadie de su familia. Escribía a la luz de una vela en casas campesinas a las que había viajado en trenes eternos para buscar algo de mijo o de manteca, alimentos siempre escasos para aliviar el hambre de sus dos hijas, una de las cuales, la más pequeña, murió de hambre en un orfanato de las afueras de Moscú. Vivió un tiempo, en los inviernos terribles de 1918 y 1919, en la buhardilla de lo que había sido su casa. Alimentaba la estufa serrando vigas del techo. Subía a tientas en la oscuridad porque no había luz eléctrica y porque otros vecinos habían cortado a hachazos la madera de las barandas para calentarse. Ella y sus hijas vivían de la caridad de algunos amigos, en medio del desorden, el hambre, las epidemias, el frío. Pero cuando las niñas se habían dormido, Tsvietáieva escribía en su cuaderno abrigada en la cama, a la luz de un cabo de vela.
Su voz es incomparable, cada vez más extrema en su percepción de todo, en el filo entre el arrebato poético y el trastorno mental, pero su oído para las otras voces despierta la misma admiración, lo cual es singular en un poeta. En los cuadernos de Tsvietáieva hay una taquigrafía de palabras escuchadas y registradas al instante, voces de gente de cualquier clase y cualquier origen, voces más claras porque casi siempre están despojadas de un contexto preciso: es gente que habla en un tren, o en una oficina sórdida, o en el funeral de alguien que se ha ahorcado; voces que nos llegan como si nosotros las estuviéramos escuchando y también como si sonaran en la conciencia febril de quien no puede dejar de poner oído ni de fijarse en todo. Tsvietáieva decía que ella no escribía, que solo transcribía: transcribía la voz de su conciencia testimonial y poética y las voces de la gente con la que se encontraba. En una época de terribles certezas, decía que le faltaba una concepción del mundo, pero que tenía una gran “sensación del mundo”. En medio de la pobreza y del frío, disfrutaba de un rapto de plenitud que le llevaba a escribir apuntes de poemas en las paredes de su cuarto. Sobrevivió gracias al exilio, al caos de los primeros años de la revolución, pero no al orden sanguinario de la dictadura de Stalin. Murió en la desesperación, ahorcada de una viga en 1941. Triste justicia que su voz sea ahora tan nítida.

Diarios de la Revolución de 1917. Marina Tsvietáieva. Traducción de Selma Ancira. Acantilado. Barcelona, 2015. 224 páginas. 14 euros.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/09/babelia/1455042831_799190.html?rel=lom

Bertrand Russell dedicó un libro entero (¿Satán en los suburbios?) a describir el infierno de ciertas personas eminentes



Bertrand Russell : Satán en los suburbios (PDF)






Francis Bacon, hombre que llegó a ser eminente traicionando a sus amigos, afirmaba, sin duda como una de las maduras lecciones de la experiencia, que "el conocimiento es poder". Pero esto no es cierto respecto de todo conocimiento. Sir Thomas Browne quería saber qué canción cantaban las sirenas, pero si lo hubiera averiguado, ello no le hubiese bastado para ascender de magistrado a gobernador de su condado. La clase de conocimiento a que Bacon se refería es la que nosotros llamamos científica. Al subrayar la importancia de la ciencia, continuaba tardíamente la tradición de los árabes y de la Alta Edad Media, según la cual el conocimiento consistía principalmente en la astrología, la alquimia y la farmacología, todas ellas ramas de la ciencia. Era un sabio quien, tras dominar estos estudios, había adquirido poderes mágicos. A principios del siglo XI, y por la única razón de que leía libros, todo el mundo creía que el papa Silvestre II era un mago en tratos con el demonio. Próspero, que en los tiempos de Shakespeare era una mera fantasía, representaba lo que durante siglos había sido la concepción generalmente aceptada de un sabio, al menos por lo que se refiere a sus poderes de hechicería. Bacon creía -acertadamente, según ahora sabemos- que la ciencia podía proporcionar una varita mágica más poderosa que cualquier otra en que hubieran soñado los nigromantes de épocas anteriores.
El Renacimiento, que estaba en su apogeo en Inglaterra en tiempos de Bacon, implicaba una rebelión contra el concepto utilitarista del conocimiento. Los griegos habían adquirido gran familiaridad con Homero, como nosotros con las canciones de los cafés cantantes, porque les gustaba, y ello sin darse cuenta de que estaban comprometidos en la búsqueda del conocimiento. Pero los hombres del siglo XVI no podían empezar a entenderlo sin asimilar primero una considerable cantidad de erudición lingüística. Admiraban a los griegos y no querían verse excluidos de sus placeres; por ello los imitaban, tanto leyendo los clásicos como de otras formas menos confesables. El saber, durante el Renacimiento, era parte de la joie de vivre, tanto como beber o hacer el amor. Y esto es cierto no solamente de la literatura, sino también de otros estudios más ásperos. Todo el mundo conoce la historia del primer contacto de Hobbes con Euclides: al abrir el libro, casualmente, en el teorema de Pitágoras, exclamó: "¡Por Dios! ¡Esto es imposible!", y comenzó a leer las demostraciones en sentido inverso hasta que, llegado que hubo a los axiomas, quedó convencido. Nadie puede dudar de que éste fue para él un momento voluptuoso, no mancillado por la idea de la utilidad de la geometría en la medición de terrenos.
Cierto es que el Renacimiento dio con una utilidad práctica para las lenguas antiguas en relación con la teología. Uno de los primeros resultados de la nueva pasión por el latín clásico fue el descrédito de las decretales amañadas y de la donación de Constantino. Las inexactitudes descubiertas en la Vulgata y en la versión de los Setenta hicieron del griego y del hebreo una parte imprescindible del equipo de controversia de los teólogos protestantes. Las máximas republicanas de Grecia y Roma fueron invocadas para justificar la resistencia de los puritanos a los Estuardo y de los Jesuitas a los monarcas que habían negado obediencia al papa. Pero todo esto fue un efecto, más bien que una causa, del resurgimiento del saber clásico, que en Italia había sido plenamente cultivado durante casi un siglo antes de Lutero. El móvil principal del Renacimiento fue el goce intelectual, la restauración de cierta riqueza y libertad en el arte y en la especulación, que habían estado perdidas mientras la ignorancia y la superstición mantuvieron los ojos del espíritu entre anteojeras.
Se descubrió que los griegos habían dedicado parte de su atención a temas no puramente literarios o artísticos, como la filosofía, la geometría y la astronomía. Estos estudios, por tanto, se consideraron respetables, pero otras ciencias quedaron más abiertas a la crítica. La medicina, es cierto, se hallaba dignificada por los nombres de Hipócrates y Galeno, pero en el período intermedio había quedado casi estrictamente limitada a los árabes y a los judíos, e inextricablemente entremezclada con la magia. De aquí la dudosa reputación de hombres como Paracelso. La química todavía tenía peor reputación, y comenzó a alcanzar con dificultades alguna respetabilidad en el siglo XVIII.
Y de esta forma vino a resultar que el conocimiento del griego y del latín, con unas nociones superficiales de geometría y quizá de astronomía, fuera considerado como el equipo intelectual de un caballero. Los griegos desdeñaban las aplicaciones prácticas de la geometría, y solamente en su decadencia hallaron utilidad a la astronomía, a guisa de astrología. En los siglos XVI y XVII, principalmente, se estudiaron las matemáticas con desinterés helénico, y se tendió a ignorar las ciencias que habían sido degradadas por su conexión con la magia. Un cambio gradual hacia una concepción más amplia y práctica del conocimiento, que había ido produciéndose a lo largo de todo el XVIII, experimentó de pronto una aceleración al final de aquel período a causa de la Revolución francesa y del desarrollo del maquinismo: la primera dio un golpe a la cultura señorial, mientras el segundo ofrecía un nuevo y asombroso campo de acción para el ejercicio de las técnicas no señoriales. Durante los últimos ciento cincuenta años, los hombres se han venido cuestionando, cada vez más vigorosamente, el valor del conocimiento, y han llegado a creer, cada vez con más firmeza, que el único conocimiento que merece la pena adquirir es aquel que resulta aplicable en algún aspecto a la vida económica de la comunidad.
En países como Francia e Inglaterra, que tienen un sistema educacional tradicional, el aspecto utilitario del conocimiento ha prevalecido sólo parcialmente. Hay todavía, por ejemplo, en las universidades profesores de chino que leen los clásicos chinos, pero que no conocen las obras de Sun Yat-sén, que crearon la China moderna. Hay todavía personas que conocen la historia antigua en tanto fue relatada por autores de estilo depurado, es decir, hasta Alejandro en Grecia y Nerón en Roma, pero que se niegan a conocer la mucho más importante historia posterior en razón de la inferioridad literaria de los historiadores que la escribieron. Aun en Francia e Inglaterra, sin embargo, la vieja tradición está desapareciendo, y en países más actualizados, como Rusia y los Estados Unidos, se ha extinguido totalmente. En los Estados Unidos, por ejemplo, las comisiones de educación señalan que mil quinientas palabras son todas las que la mayor parte de la gente utiliza en la correspondencia comercial, y proponen, en consecuencia, que todas las demás se eviten en el programa escolar. El inglés básico, una invención británica, va todavía más allá y reduce el vocabulario necesario a ochocientas palabras. La concepción del lenguaje como algo capaz de valor estético está muriendo, y se está llegando a pensar que el único propósito de las palabras es proporcionar información práctica. En Rusia, la persecución de finalidades prácticas es todavía más intensa que en Norteamérica: todo lo que se enseña en las instituciones de educación tiende a servir a algún propósito evidente de carácter educacional o gubernamental. La única escapada la permite la teología: alguien tiene que estudiar las Sagradas Escrituras en el original alemán, y unos cuantos profesores tienen que aprender filosofía para defender el materialismo dialéctico contra la crítica de los metafísicos burgueses. Pero cuando la ortodoxia se establezca más firmemente, aun esta estrecha rendija se cerrará.
El saber está comenzando a ser considerado en todas partes, no como un bien en si mismo, sino como un medio.
No crear una visión amplia y humana de la vida en general, sino tan sólo como un ingrediente de la preparación, ésto es parte de la mayor integración de la sociedad, aportada por la técnica científica y las necesidades militares. Hay más interdependencia económica y política que en el pasado y, por tanto, hay una mayor presión social, que obliga al hombre a vivir de una manera que sus convecinos estimen útil. Los establecimientos docentes, excepto los destinados a los muy ricos o (en Inglaterra) los que la antigüedad ha hecho invulnerables, no pueden gastar su dinero como quieren, sino que han de satisfacer los propósitos útiles del estado al que sirven, proporcionando preparación práctica e inculcando lealtad. Esto es parte sustancial del mismo movimiento que ha conducido al servicio militar obligatorio, a los exploradores, a la organización de partidos políticos y a la difusión de la pasión política por la prensa. Todos somos más conscientes de nuestros conciudadanos de lo que solíamos, estamos más deseosos, si somos virtuosos, de hacerles bien y, en todo caso, de obligarles a que nos hagan bien. No nos gusta pensar que alguien esté disfrutando de la vida pertinente, por muy refinada que pueda ser la calidad de su disfrute. Sentimos que todo el mundo debería estar haciendo algo para ayudar a la gran causa (cualquiera que ésta sea), tanto más por cuanto tantos malvados están trabajando en contra de ella y tienen que ser detenidos. No gozamos de descanso mental, por lo tanto, para adquirir ningún conocimiento, excepto los que puedan ayudarnos en la lucha por lo que quiera que sea que juzguemos importante.
Hay mucho que decir en cuanto al estrecho criterio utilitarista de la educación. No hay tiempo de aprenderlo todo antes de empezar a crearse un medio de vida, y no hay duda de que el conocimiento "útil" es muy útil. Él ha hecho el mundo moderno. Sin él no tendríamos máquinas, ni automóviles, ni ferrocarriles, ni aeroplanos; debemos añadir que no tendríamos publicidad ni propaganda modernas. El conocimiento moderno ha dado lugar a un inmenso mejoramiento en el promedio de salud y, al mismo tiempo, ha revelado cómo exterminar grandes ciudades con gases venenosos. Todo lo que distingue nuestro mundo al compararlo con el de otros tiempos, tiene su origen en el conocimiento "útil". Ninguna comunidad se ha saciado todavía de él, y es indudable que la educación debe continuar promoviéndolo.
También tenemos que admitir que buena parte de la tradicional educación cultural era estúpida. Los jóvenes consumían muchos años aprendiendo gramática latina y griega, sin llegar a ser, finalmente, capaces de leer un autor griego o latino, ni a sentir siquiera el deseo de hacerlo (excepto en un pequeño porcentaje de los casos). Las lenguas modernas y la historia son preferibles, desde cualquier punto de vista, al latín y al griego. No solamente son más útiles, sino que proporcionan mucha más cultura en mucho menos tiempo. Para un italiano del siglo XV, dado que prácticamente todo lo que merecía la pena leer estaba escrito, si no en su propia lengua, en griego o en latín, estos idiomas eran indispensables llaves de la cultura. Pero desde aquellos tiempos se han desarrollado grandes literaturas en diversas lenguas modernas, y el proceso de la civilización ha sido tan rápido, que el conocimiento de la antigüedad se ha hecho mucho menos útil para la comprensión de nuestros problemas que el conocimiento de las naciones modernas y su historia comparativamente reciente. El punto de vista tradicional del maestro de escuela, admirable en los tiempos del resurgir cultural, se fue haciendo cada vez más totalmente estrecho, ya que ignoraba lo que el mundo ha hecho desde el siglo XV. Y no sólo la historia y las lenguas modernas, sino también la ciencia, cuando se enseña apropiadamente, contribuye a la cultura. Es posible, por tanto, sostener que la educación debe tener otras finalidades que la utilidad inmediata, sin defender el plan de estudios tradicional. Utilidad y cultura, cuando ambas se conciben con amplitud de miras, resultan menos incompatibles de lo que parecen a los fanáticos abogados de una y otra.
Aparte, no obstante, de los casos en que la cultura y la utilidad inmediata pueden combinarse, hay utilidad mediata, de varias clases distintas, en la posesión de conocimiento que no contribuye a la eficiencia técnica. Creo que algunos de los peores rasgos del mundo moderno podrían mejorarse con un mayor estímulo a tal conocimiento y una menos despiadada persecución de la mera competencia profesional.
Cuando la actividad consciente se concentra por entero en algún propósito definido, el resultado final, para la mayoría de la gente, es el desequilibrio, acompañado de alguna forma de alteración nerviosa. Los hombres que dirigían la política alemana durante la guerra cometieron equivocaciones en lo que se refiere, por ejemplo, a la campaña submarina, que llevó a los americanos al lado de los aliados, y que cualquier persona que hubiera tratado el tema con la mente despejada hubiera estimado imprudente, pero que ellos no pudieron juzgar cuerdamente a causa de la concentración mental y la falta de descanso. El mismo tipo, de situación se ve dondequiera que grupos de hombres, emprenden tareas que imponen un, prolongado esfuerzo sobre los impulsos espontáneos. Los imperialistas japoneses, los comunistas rusos, los nazis alemanes, todos viven en una especie de tenso fanatismo que procede del vivir demasiado exclusivamente en el mundo mental de determinadas tareas que deben realizarse. Cuando las tareas son tan importantes y tan realizables como suponen los fanáticos, el resultado puede ser magnífico; pero en la mayor parte de los casos la estrechez de miras ha determinado el olvido de alguna poderosa fuerza neutralizante o ha hecho que todas aquellas fuerzas semejen la obra del diablo, que ha de cumplirse por el castigo y el terror. Los hombres, como los niños, tienen necesidad de jugar, es decir, de periódos de actividad sin más propósito que el goce inmediato. Pero si el juego sirve su propósito, ha de ser posible hallar placer e interés en asuntos no relacionados con el trabajo.
Las diversiones de los habitantes de las ciudades modernas tienden a ser cada vez más pasivas y colectivas, y a reducirse a la contemplación inactiva de las habilidosas actividades de otros. Sin duda, tales diversiones son mejores que ninguna, pero no son tan buenas como podrían serlo las de una población que tuviese, debido a la educación, un más amplio campo de intereses intelectuales conectados con el trabajo. Una mejor organización económica, que permitiera a la humanidad beneficiarse de la productividad de las máquinas, conduciría a un muy grande aumento del tiempo libre, y el mucho tiempo libre tiende a ser tedioso excepto para aquellos que tienen considerables intereses y actividades inteligentes. Para que una población ociosa sea feliz, tiene que ser población educada, y educada con miras al placer intelectual, así como a la utilidad directa del conocimiento técnico.
El elemento cultural en la adquisición de conocimientos, cuando es asimilado con éxito, conforma el carácter de los pensamientos y los deseos de un hombre, haciendo que se relacionen, al menos en parte, con grandes objetivos impersonales y no sólo con asuntos de importancia inmediata para él. Se ha aceptado demasiado a la ligera que, cuando un hombre ha adquirido determinadas capacidades por medio del conocimiento, las usará en forma socialmente beneficiosa. La concepción estrechamente utilitarista de la educación ignora la necesidad de disciplinar los propósitos de un hombre tanto como su práctica técnica. En la naturaleza humana no educada hay un considerable elemento de crueldad, que se muestra de muchas formas, importantes o insignificantes. Los niños en la escuela tienden a ser crueles con un nuevo niño, o con cualquiera cuyas ropas no sean totalmente convencionales. Muchas mujeres (y no pocos hombres) provocan todo el sufrimiento que pueden por medio de la murmuración maliciosa. Los españoles disfrutan con las corridas de toros; los ingleses disfrutan cazando. Los mismos crueles impulsos adquieren formas más serias en la caza de judíos en Alemania y de kulaks en Rusia. Todo imperialismo ofrece campo para tales impulsos, y en la guerra son santificados como la más elevada forma del deber público.
De modo que se debe admitir que gente con un alto nivel de educación es a veces cruel; y creo que no puede haber duda de que esa gente es cruel mucho menos frecuentemente que aquella cuya mente se ha dejado en barbecho. El bravucón del colegio rara vez es un muchacho cuyo aprovechamiento en los estudios está por sobre el promedio. Cuando tiene lugar un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes. Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses que el mal trato a los vecinos, y otras fuentes de respeto a la propia personalidad que la afirmación de dominio. Las dos cosas más universalmente deseadas son el poder y la admiración. Los hombres ignorantes, generalmente, no pueden conseguir ninguna de las dos sino por medios brutales que llevan aparejada la adquisición de superioridad física. La cultura proporciona al hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar. Galileo hizo más que cualquier monarca para cambiar el mundo, y su poder excedió inconmensurablemente del de sus perseguidores. No tuvo, por tanto, necesidad de aspirar a ser, a su vez, perseguidor.
Quizá la ventaja más importante del conocimiento "inútil" es que favorece un estado mental contemplativo. Hay en el mundo demasiada facilidad, no sólo para la acción sin la adecuada reflexión previa, sino también para cualquier clase de acción en ocasiones en que la sabiduría aconsejaría la inacción. La gente muestra sus tendencias en esta cuestión de varias curiosas maneras. Mefistófeles dice al joven estudiante que la teoría es gris pero el árbol de la vida es verde, y todo el mundo cita esto como si fuera la opinión de Goethe, en lugar de lo que éste suponía que era probable que dijera el diablo a un estudiante. Hamlet es tenido por una terrible advertencia contra el pensamiento sin acción, pero nadie tiene a Otelo como una advertencia contra la acción sin pensamiento. Los profesores como Bergson, por una especie de culto de moda al hom bre práctico, condenan la filosofía y dicen que la vida, en su manifestación más elevada, debería parecerse a una carga de caballería. Por mi parte, estimo que la acción es mejor cuando surge de una profunda comprensión del universo y del destino humano, y no de cualquier impulso salvajemente apasionado de romántica pero desproporcionada afirmación del yo. El hábito de encontrar más placer en el pensamiento que en la acción es una salvaguarda contra el desatino y el excesivo amor al poder, un medio para conservar la serenidad en el infortunio y la paz de espíritu en las contrariedades. Es Probable que, tarde o temprano, una vida limitada a lo personal llegue a ser insoportablemente dolorosa; sólo las ventanas que dan a un cosmos más amplio y menos inquietante hacen soportables los más trágicos aspectos de la vida.
Una disposición mental contemplativo tiene ventajas que van de lo más trivial a lo más profundo. Para empezar están las aflicciones de menor envergadura, tales como las pulgas, los trenes que no llegan o los socios discutidores. Al parecer, tales molestias apenas merecen la pena de unas reflexiones sobre las excelencias del heroísmo o la transitoriedad de los males humanos, y, sin embargo, la irritación que producen destruye el buen ánimo y la alegría de vivir de mucha gente. En tales ocasiones, puede hallarse mucho consuelo en esos arrinconados fragmentos de erudición que tienen alguna conexión, real o imaginaria, con el conflicto del momento; y aun cuando no tengan ninguna, sirven para borrar el presente de los propios pensamientos. Al ser asaltados por gente lívida de rabia, es agradable recordar el capítulo del Tratado de las pasiones de Descartes titulado "Por qué son más de temer los que se ponen pálidos de furia que aquellos que se congestionan". Cuando uno se impacienta por la dificultad existente para asegurar la cooperación internacional, la ansiedad disminuye si a uno se le ocurre pensar en el santificado rey Luis IX antes de embarcar para las cruzadas, aliándose con el Viejo de la Montaña , que aparece en Las mil y una noches como la oscura fuente de la mitad de la maldad del mundo. Cuando la rapacidad de los capitalistas se hace opresiva, podemos consolarnos en un instante con el recuerdo de que Bruto, ese modelo de virtud republicana, prestaba dinero a una ciudad al cuarenta por ciento y alquilaba un ejército privado para sitiarla cuando dejaba de pagarle los intereses.
El conocimiento de hechos curiosos no sólo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más agradables las cosas agradables. Yo encuentro mejor sabor a los albaricoques desde que supe que fueron cultivados inicialmente en China, en la primera época de la dinastía Han; que los rehenes chinos en poder del gran rey Kaniska los introdujeron en la India , de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio romano durante el siglo I de nuestra era; que la palabra "albaricoque" se deriva de la misma fuente latina que la palabra "precoz", porque el albaricoque madura tempranamente, y que la partícula inicial "al" fue añadida por equivocación, a causa de una falsa etimología. Todo esto hace que el fruto tenga un sabor mucho más dulce.
Hace cerca de cien años, un grupo de filántropos bienintencionados fundaron sociedades "para la difusión del conocimiento útil", con el resultado de que las gentes han dejado de apreciar el delicioso sabor conocimiento "inútil".
Al abrir al azar la Anatomía de la melancolía de Burton, un día en que me amenazaba tal estado de ánimo, supe que existe una "sustancia melancólica", pero que, mientras algunos piensan que puede ser engendrada por los cuatro humores, "Galeno sostiene que solamente puede ser engendrada por tres, excluyendo la flema o pituita, y su aserción cierta es firmemente sostenida por Valerio y Menardo, al igual que Furcio, Montalto, Montano... ¿Cómo -dicen- puede lo blanco llegar a ser negro?". A pesar de tan incontestable argumento, Hércules de Sajonia y Cardan, Guianerio y Laurencio son (así nos lo dice Burton) de opinión contraria. Confortada por estas reflexiones históricas, mi melancolía, fuera producida por tres o por cuatro humores, se disipó. Como cura para una preocupación excesiva, pocas medidas más efectivas puedo imaginar que un curso sobre tales controversias antiguas.
Pero en tanto que -los placeres triviales de la cultura tienen su lugar en el alivio de los problemas triviales de la vida práctica, los méritos más importantes de la contemplación están relacionados con los males mayores de la vida: la muerte, el dolor y la crueldad y la ciega marcha de las naciones hacia el desastre innecesario. Para aquellos a quienes ya no proporciona consuelo la religión dogmática, existe la necesidad de algún sucedáneo, si la vida no se les hace polvorienta y áspera y llena de agresividad fútil. Actualmente el mundo está lleno de grupos de iracundos y egocéntricos, incapaces de considerar la vida humana como un todo, y dispuestos a destruir la civilización antes que retroceder una pulgada. Para esta estrechez ninguna dosis de instrucción técnica proporcionará un antídoto. El antídoto, en tanto sea cuestión de la psicología individual, ha de hallarse en la historia, en la biología, en la astronomía, en todos aquellos estudios que, sin aniquilar el respeto a la propia personalidad, capacitan al individuo para verse en su verdadera perspectiva. Lo que se necesita no es este o aquel trozo específico de información, sino un conocimiento tal que inspire una concepción de los fines de la vida humana en su conjunto: arte e historia, contacto con las vidas de los individuos heroicos y cierta comprensión de la extrañamente accidental y efímera posición del hombre en el cosmos -todo esto tocado por un sentimiento de orgullo por lo que es distintivamente humano: el poder de ver y de conocer, de sentir magnánimamente y de pensar y comprender-. La sabiduría brota más fácilmente de las grandes percepciones combinadas con la emoción impersonal.
La vida, siempre llena de dolor, es más dolorosa en nuestro tiempo que en las dos centurias precedentes. El intento de escapar al sufrimiento conduce al hombre a la trivialidad, al engaño a sí mismo, a la invención de grandes mitos colectivos. Pero esos alivios momentáneos no hacen a la larga sino incrementar las fuentes de sufrimiento. Tanto la desgracia privada como la pública sólo pueden ser dominadas en un proceso en que la voluntad y la inteligencia se interactúen: el papel de la voluntad consiste en negarse a eludir el mal o a aceptar una solución irreal, mientras que el papel de la inteligencia consiste en comprenderlo, hallar un remedio, si es remediable, y, si no, hacerlo soportable viéndolo en sus relaciones, aceptándolo como inevitable y recordando lo que queda fuera de él en otras regiones, en otras edades, y en los abismos del espacio interestelar.


En Elogio de la ociosidad

Una seria advertencia contra el peligro que supone la intolerancia para la sociedad occidental, un brillante análisis de las repercusiones de una reducción del horario de trabajo, un estudio de las consecuencias de la incorporación de la mujer al mundo laboral... quince apasionantes y agudos ensayos del gran filósofo inglés de siglo XX, Bertrand Russell.