Es el intelectual más célebre de Francia, impulsor de un pensamiento vital y antiacadémico. Nacido en 1959, ha desarrollado el hedonismo filosófico

Si de afirmación de la vida se trata, nadie mejor que alguien que ha tenido la experiencia de estar cerca de perderla para hablar de ella. “Morí a los diez años, una hermosa tarde de otoño, en una luz que provocaba deseos de eternidad”, dice Michel Onfray en uno de sus libros. Esa muerte fue cuando su madre lo internó en un orfanato salesiano: allí había menos amor por el prójimo que miedo, abuso, suciedad y hambre.  
A los 28 años sufrió un infarto y, más tarde, dos derrames cerebrales. Cuando sufrió el infarto, acudió a una nutricionista que le ordenaba no comer sal, ni grasas, no tomar alcohol; así nació su primer libro, El vientre de los filósofos (1989). Una invitación a pensar que el placer de la alimentación era preferible al peligro del mal comer. La muerte de su padre y su pareja por mucho tiempo, han marcado también su último libro, Cosmos. 
Nacido en la pobreza de un pueblo de la Normandía en 1959, hijo de un obrero rural y una mucama, Onfray dejó el orfanato convertido en cualquier cosa menos en un dócil miembro de la sociedad.  Fue trabajador en una fábrica de quesos y empleado ferroviario. Alumno brillante, estudió filosofía en la Universidad de Caen y llegó a ser profesor en un liceo técnico. Luego dejó la educación oficial francesa para fundar la Universidad Popular de Caen, una universidad abierta a cualquiera que quiera asisitir a sus cursos.
En sus libros se cruzan ideas hedonistas y cínicas, la ética y la estética, el liberalismo y el anarquismo  (“Me resulta insoportable la autoridad, invivible la dependencia e imposible la sumisión”). Entre los objetos de su ataque se han contado desde Dios hasta Freud. Además de su Antimanual de filosofía, ha publicado varios volúmenes de una Contrahistoria de la filosofía (de los que se han traducido cuatro), en que se ocupa de filósofos menos conocidos u olvidados de la tradición central. Ha sido muy crítico del sistema educativo y de sus profesores; sin embargo, recuerda de una manera distinta a Lucien Jerphaghon, quien lo introdujo en Lucrecio, el autor de La naturaleza de las cosas, que probablemente deja su impronta en Cosmos, una amplia reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza (y en que dedica una curiosa atención al entomólogo Jean-Henri Fabre).
Autor de un tratado de ateología, un antimanual de filosofía y una contra-historia de ella. ¿Le gusta ir contra la corriente?
Vivimos en un mundo empapado de ideología y nadie se da cuenta, después de mucho haber leído y pensado, analizado y reflexionado. De hecho, parte de mi trabajo consiste en deconstruir mitos y fábulas. Pero eso es sólo una parte de mi trabajo que es, la mayor parte del tiempo, positivo. Una “contrahistoria” es también una historia, pero otro tipo de historia; del mismo modo, un “antimanual” es igualmente un manual, pero un manual de otro tipo.
¿Cree que la filosofía debe cambiar la vida del filósofo y, eventualmente, la de sus lectores?
Un pensamiento que no cambia la vida del lector es un pensamiento cosmético. Por desgracia, hay un mercado para este tipo de publicaciones inofensivas. Por mi parte, creo que, en el espíritu de la filosofía antigua, la filosofía es la conversión de la existencia después de la unión con un pensamiento.
¿Hay algo equívoco cuando se habla de hedonismo?
Por supuesto. Cuando se habla del placer, cada uno piensa en su propio placer. Y para la mayoría, rara vez es un territorio refrenado y feliz, sereno y apaciguado, calmo y alegre. El placer al que yo invito es el ascetismo y el despojamiento: no una vida ascética, sino una vida en la que el tener está ahí, pero no cuenta para nada. Bien se podría no tener nada. Hace falta el desapego. No: no tener, no ser poseído por lo que tenemos. No tiene nada que ver con el goce desenfrenado, el consumismo sexual, la conquista de mujeres por una noche, el libertinaje trivial, etc.
De joven sintió como amigos a Nietzsche, Marx y Freud. ¿La amistad continúa solamente con Nietzsche?
En efecto. Me mantuve en la izquierda, pero en la tendencia de Proudhon, el socialismo libertario. Creo en la existencia de una parte del ser humano que escapa a la conciencia, por supuesto, pero no creo en el inconsciente freudiano, que era sobre todo el inconsciente de Freud. Nietzsche se ha quedado, pero no necesariamente aquel que me cautivaba cuando tenía 17 años. Soy ahora más sensible a la sabiduría trágica del personaje que a su guerra contra el cristianismo.
¿Por qué Lucien Jerphagnon era un profesor diferente?
En sus cursos era pedagógico y claro, divertido e inteligente, cultivado y erudito, era fluido y transmitía felicidad. El me hizo descubrir la antigua filosofía que me enseñó que se puede ser moral sin el dios de los cristianos. Yo tenía 17 años, fue un rayo en el cielo negro de mi adolescencia. En la universidad, él contrastaba por su estilo.
¿Por qué siente Cosmos como su primer libro?
Porque la muerte de mi padre me puso ante una herencia espiritual que yo quería interrogar porque tenía la intención de serle fiel. La sabiduría de mi padre, que era un sencillo trabajador agrícola, cerca de la tierra, me llegó como un golpe cuando él murió en mis brazos, de pie, en la noche, mientras veíamos las estrellas. Escribí ese libro para ir a su encuentro y no perderlo por completo.
¿Cómo pensar, muy en breve, nuestra relación con el mundo?
Me pregunta por lo que me ha tomado cientos de páginas desarrollar... Para ser breve, es necesario saber que no somos sino un fragmento de un gran todo, que admitir la necesidad nos hace ser sabios y esta sabiduría trae la paz.
Jean-Henri Fabre, ¿podría ser uno de esos escritores olvidados o descuidados que le gustan?
¡Ah, sí! Creo que con él se aprende a mirar a la naturaleza que ya no miramos. Del mismo modo, cuando miramos, no sabemos ver. Un capítulo sobre un nido de Fabre es para mí una mayor lección de filosofía que un libro de Hegel.
¿Cuán importante es la reputación de un filósofo?
La reputación es a menudo la suma de malentendidos que se acumulan en nuestra cuenta. No es nada. Lo que importa, en cambio, es vivir bajo la mirada de la gente que se ama o de la gente que se amó y que está muerta, teniéndolos por testigos de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que decimos. Esta es la única reputación que me importa.

http://www.latercera.com/noticia/especiales/2015/11/973-655999-9-michel-onfray-un-pensamiento-que-no-cambia-la-vida-del-lector-es-un-pensamiento.shtml




Diferentes caminos han llevado a cientos de hombres y mujeres inteligentes por la opción no-religiosa. Grandes personajes fueron agnósticos como Thomas Henry Huxley, Charles Darwin, Carl Sagan y Stephen Jay Gould, o Ateos como Richard Dawkins, Steven Pinker. Un estudio llevado a cabo por Larson y Whitam en 1998 reveló que el 93% de los científicos más eminentes de los EEUU no creían en un Dios personal, y este resultado es muy similar en los científicos del Reino Unido, según otra investigación. A pesar de lo anterior en la mente de la mayoría de las gentes el adjetivo de ateo es relacionado negativamente.
Tras la publicación en 2007 de un artículo en el diario colombiano El Tiempo sobre la comunidad no creyente de Colombia (agrupada principalmente en el foro de Escépticos Colombia), se preguntó a los religiosos su opinión sobre este sector de la sociedad, a lo cual respondieron que “ellos mantenían ideas ya superadas en el siglo pasado”. Pero a pesar que los ateos son una minoría y que reciben el descrédito y el ataque de los bien financiados líderes religiosos, los ateos no son una especie social extinta. Cabe notar que la mayoría de los Premios Nobel de ciencia son ateos, al igual que la mayoría de la élite intelectual del mundo. Uno de estos intelectuales es el filósofo francés Michel Onfray.
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Entrevistando al autor del Tratado de ateología

El filósofo Michel Onfray empezó su vida de forma difícil. Nació en un hogar muy pobre, y a los diez años fué abandonado por su madre en un orfanato. A los 28 años sufrió un infarto, y más tarde dos derrames cerebrales. Onfray vive de forma sencilla y alegre. Tiene bloqueada su cuenta, para recibir solo lo que recibiría de jubilación un obrero agrícola. Ve que la vida debe llevarse de manera que pesé más el ser que el tener.
Para Michel Onfray las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. Afirma que los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, a la sexualidad y que detestan la libertad. Actualmente trabaja en la Universidad de Caen, Francia y es autor de 35 libros, de los cuales “Tratado de ateología” es uno de los más conocidos por el público hispano. A continuación se presenta un fragmento de la entrevista hecha por Luisa Corradini en Paris el 2007 para el diario argentino “La Nación”.
Usted afirma que no fue el orfanato lo que lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan. ¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte?
No veo por qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro: creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter inadaptado a las fábulas.
Usted escribe “los monoteísmos detestan la inteligencia”. Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que practicaron alguna de las tres religiones del Libro?
Yo hablo de “monoteísmos” y no de “monoteístas”. El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes.
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Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia. ¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir. ¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica?
La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma. Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario, bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo), pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad.
Usted critica a “los hombres que se embriagan de ilusiones”. ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: “El camino de la verdad filosófica es largo y difícil”. Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
En todo caso, tengo la impresión de que la desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin religión?
Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.
Usted escribe: “La autoridad me resulta insoportable; la dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos me paralizan”. ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo con sus allegados?
Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello. Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey.
Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me puede explicar?
Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social, riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad, amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo) constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno de los grandes instantes de la vida.
¿Y cuál es la diferencia entre ese hedonismo y el estoicismo?
La oposición entre ambas escuelas suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que perduran hasta hoy.
Usted es un filósofo decididamente orientado hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las neurociencias? ¿No cree que esta última esté terminando con Freud?
Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias. Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente neurovegetativo.
¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero…
¡Pero yo soy absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los estafadores.
http://www.sindioses.org/simpleateismo/onfray.html