José Angel Sanz



Trópico de Cáncer 
(1934), Trópico de Capricornio (1939), El coloso de Marussi (1941), Sexus (1949), Plexus(1953)… a diferencia de la de otros autores, la de Henry Miller parecía una producción explorada y ya explotada, poco propensa a dar sorpresas. Los sobresaltos felices, como el que se produjo cuando se anunció que en este 2015 llegarían a las librerías cinco novelas nunca antes publicadas de su compatriota J. D. Salinger, parecían reservados a otros. 

Todo cambió en 2013, cuando la editorial Navona publicó el inédito en español Una pesadilla con aire acondicionado, una colección de veinte relatos breves sobre un recorrido en coche por Estados Unidos. En 2014 se repitió la jugada, con Leer en el retrete, un atípico monólogo sobre el hecho de leer. En 2015 llegó Inmóvil como el colibrí, una interesante colección de relatos y ensayos. Ahora es el turno para El puente de Brooklyn, seis relatos en los que se mantienen intactas su afilada crítica a todo lo común, a todo lo que entendemos por civilizado, y su filosófica y surrealista forma de habitar el mundo. Para hablar de sus personajes, muchas veces él mismo y otras cuantas mendigos, prostitutas, camareros, marineros o astrólogos (¡!), emplea su característica prosa enfebrecida. Un ejemplo de cómo describe a uno de esos personajes: “Sus gestos eran espasmódicos y temblorosos, cosa más que natural teniendo en cuenta el estado de sus nervios. Era todo fuego y energía, como quien acaba de recibir un disparo en el brazo”.

En los seis relatos que componen la obra, a 
Miller, maldito entre los escritores malditos, se le escucha tronar como desde el fondo de una cueva. Es su forma de escribir, siempre al filo de lo posible o, como afina, en el prólogo original de 1955, Kenneth Rexroth“como si acabara de inventar el alfabeto”.

http://www.notodo.com/libros/relatos/7146_henry_miller_el_puente_de_brooklyn.html